SU811-09

Sentencias de Unificación 2009

    Sentencia  SU.811-09   

ACCION  DE  TUTELA CONTRA  PROVIDENCIAS           JUDICIALES-Procedencia excepcional   

ACCION  DE  TUTELA CONTRA  PROVIDENCIAS           JUDICIALES-Línea jurisprudencial   

ACCION  DE  TUTELA CONTRA  PROVIDENCIAS           JUDICIALES-Requisitos generales   

ACCION  DE  TUTELA CONTRA  PROVIDENCIAS           JUDICIALES-Clases de defectos   

PRINCIPIO  DE  LA  DOBLE  INSTANCIA     EN     PROCESO     PENAL-Excepción  a fueros especiales/PROCESO     PENAL     DE     UNICA    INSTANCIA-Fueros especiales   

FUERO CONSTITUCIONAL DE LOS  CONGRESISTAS-Respaldo  en la  jurisprudencia    nacional    y    en    los   ordenamientos   y   la   doctrina  foráneos   

FUERO     DEL  CONGRESISTA-Naturaleza   y  finalidad   

SUPREMA     DE  JUSTICIA-Competencia  para  investigar y juzgar a Congresistas   

JUZGAMIENTO DE CONGRESISTAS  POR   LA   CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA-Juzgamiento en única instancia   

ACCION  DE  TUTELA CONTRA  PROVIDENCIAS  JUDICIALES  DE  LA  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA-No  conculcación del derecho al debido proceso y  de    defensa    al    negar    apelación    contra    sentencia   condenatoria  constitucionalmente proferida en única instancia   

Referencia:  expediente  T-2207961   

Acción  de  tutela  instaurada por el señor  Luis  Eduardo  Vives  Lacouture,  contra  la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia   

Procedencia:  Corte Suprema de Justicia, Sala  de Casación Civil   

Magistrado   Ponente:   

Dr.   NILSON  PINILLA  PINILLA   

Bogotá, D. C., dieciocho  (18) de noviembre de dos mil nueve (2009).   

La Sala Plena de la Corte Constitucional, en  cumplimiento  de  sus  atribuciones  constitucionales y legales, ha proferido la  siguiente   

SENTENCIA   

en la revisión de la actuación surtida ante  la  Sala  de  Casación  Civil  de  la  Corte  Suprema de Justicia, donde no fue  admitida  la acción instaurada por Luis Eduardo Vives Lacouture, contra la Sala  de Casación Penal de esa corporación.   

La Sala Plena en sesión de abril 1° de 2009  determinó  asumir  el  conocimiento  del  presente  asunto, una vez escuchado y  aprobado   el   informe   presentado   por  el  Magistrado  sustanciador,  dando  cumplimiento  a  lo  preceptuado  en el inciso 2° del artículo 54A, modificado  por  el  acuerdo  01  de  diciembre  3  de  2008,  del  Reglamento Interno de la  Corte.   

I.  ANTECEDENTES.   

El  señor  Luis  Eduardo  Vives  Lacouture  promovió  acción de tutela en noviembre 6 de 2008, contra la Sala de Casación  Penal  de  la Corte Suprema de Justicia, reclamando la protección de su derecho  al    debido    proceso,   según   los   hechos   que   a   continuación   son  resumidos.   

A.  Hechos  y narración  efectuada en la demanda.   

El  accionante  indicó  que  la  Sala  de  Casación  Penal profirió en su contra una sentencia condenatoria en agosto 1°  de  2008,  frente  a  la cual interpuso recurso de apelación. A este recurso la  mencionada  Sala  no  le dio trámite, “por cuanto el  proceso  que  se  adelantó  es  de única instancia”  (auto  de  agosto  20 siguiente, folio 78 cd. inicial), ante lo cual planteó el  actor  que  se  vulneró  su  derecho  al debido proceso garantizado en tratados  internacionales,  artículos  14.5 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y  Políticos   y   8.2   de  la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos,  desconociéndose  las  obligaciones  internacionales adquiridas por el Estado en  esos instrumentos.   

Luego  de  referir  pronunciamientos  de  la  Comisión  Interamericana  de  Derechos  Humanos sobre la interpretación de las  normas  previamente  referidas,  propuso  que  la  posibilidad  de  recurrir una  sentencia  condenatoria   “no admite excepciones  de   ninguna  clase”,  al  tiempo  que  “los  Estados  no  pueden alegar su derecho interno” para desconocer esas disposiciones.   

Bajo  tales  argumentos,  señaló que en la  providencia   objeto  de  la  presente  acción  se  efectuó  una  “interpretación  equivocada”  de  los  artículos   186   y  235  de  la  Carta  Política,  los  cuales  disponen  que  “los  procesos  penales  adelantados  en  contra  de  Congresistas  serán  conocidos por la Corte Suprema de Justicia, pero en manera  alguna  ello  supone  que  tales  sentencias  no  puedan ser recurridas, máxime  cuando  la  Convención Americana y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y  Políticos  consagran  el  derecho  a  recurrir toda sentencia condenatoria (sin  hacer distinción alguna)”.   

Entonces,   sostuvo   que   “la  única  interpretación  que  se  puede  dar  a  la normativa  constitucional   que   resulta   coherente   con  los  tratados  internacionales  ratificados  por  Colombia,  es  que  las  sentencias  proferidas por la Sala de  Casación  Penal  de  la Corte Suprema de Justicia en contra de Congresistas son  recurribles en apelación”.   

Igualmente  advirtió  que el debido proceso  incluye   el   derecho   a   impugnar   las  sentencias  penales  condenatorias,  “sin  excepción alguna”,  lo   cual  no  fue  tenido  en  cuenta  en  su  caso,  en  el  que  “la  Sala  de  Casación  Penal  determinó  que su providencia no  podía  ser  recurrida  so  pretexto  de que la ley nacional no consagraba dicha  posibilidad”.   

B.   La   demanda  de  tutela.   

A  partir  de  estos  hechos,  el accionante  solicitó  el  amparo  del  derecho  al  debido  proceso,  para que la sentencia  condenatoria  proferida  en  su contra “sea examinada  en  segunda instancia de conformidad con lo dispuesto en los artículos 8.2.h de  la  Convención  Americana  y 14.5 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos, y  que  en  consecuencia  se  conceda  el recurso de apelación contra la sentencia  proferida  por la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia el día 1 de agosto  de 2008”.   

C. Documentos relevantes  allegados en copia por el accionante.   

2.  Sentencia  condenatoria proferida por la  Sala  de  Casación  Penal  en  agosto 1° de 2008, dentro del proceso de única  instancia adelantado en contra del demandante (fs. 24 a 77 ib.).   

3.  Auto  dictado  por  la Sala de Casación  Penal  en  agosto  20  de  2008, donde se resuelve no dar trámite al recurso de  apelación  interpuesto  contra  la  sentencia  condenatoria  proferida  por esa  corporación,  por  tratarse  de  un  proceso  de  única instancia (fs. 78 a 83  ib.).   

4. Auto proferido por uno de los Magistrados  de  la  Sala  de  Casación  Civil  en  enero  20  de  2009,  donde se resolvió  “no  admitir  a trámite”  la tutela presentada por el actor (fs. 84 a 90 ib.).   

5.  Auto  de  febrero 11 de 2009 mediante el  cual  se  rechazó  por  improcedente  el recurso de súplica dirigido contra la  providencia   que   no  dio  trámite  a  la  presente  acción  (fs.  91  a  93  ib.).   

II.    ACTUACIÓN  PROCESAL.   

En  efecto,  un  Magistrado  de  la  Sala de  Casación  Civil  de  la Corte Suprema de Justicia, mediante auto de enero 20 de  2009  (fs.  84  a  90  ib.),  resolvió “no admitir a  trámite  la demanda de tutela”, argumentando que esa  acción  no  procede contra las providencias proferidas por esa corporación, al  ser  el máximo tribunal de la jurisdicción común. Igualmente, dispuso que esa  decisión  “no se remitirá a la Corte Constitucional  para  su eventual revisión al no tratarse de sentencia  (artículos 86 inciso 2° de la Carta Política y 33 a  36  del  Decreto  2591  de  1991),  y  en  su  contra  no procede recurso alguno  (artículo 31 ejusdem)”.   

El actor interpuso recurso de súplica contra  el  citado auto, que el mismo Magistrado rechazó por improcedente en febrero 11  de 2009 (fs. 91 a 93 ib.).   

Por lo anterior, el demandante solicitó a la  Corte  Constitucional en febrero 18 de 2009, “revisar  la  providencia”  proferida por la Sala de Casación  Civil en enero 20 de 2009 (f. 1 ib.).   

Una  vez  seleccionada  para  revisión  y  sometida  al  correspondiente  reparto  la presente actuación, mediante auto de  mayo  4  de  2009  (f.  21 cd. Corte Const.), el Magistrado sustanciador ordenó  notificar  el inicio de la respectiva actuación a la Sala de Casación Penal de  la  Corte  Suprema de Justicia y solicitarle pronunciarse sobre los hechos de la  demanda.   

2.1.  Respuesta  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia.   

El Presidente de la Sala de Casación Penal,  mediante  oficio  de  mayo  6  de 2009 (fs. 25 a 29 cd. Corte Const.), solicitó  declarar     la     “improcedencia”  del  amparo,  argumentando  que no se ha vulnerado ningún derecho  fundamental del accionante.   

Señaló  que  la  tutela  es  una  acción  judicial   subsidiaria,  residual  y  autónoma,  que  no  procede  “contra  los actos legítimos de las autoridades públicas y menos  aún  contra  las  decisiones  judiciales  cuando la única razón para atacarla  consiste  en la mera subjetividad de quien, como en este caso, simplemente está  en  desacuerdo  con  la  decisión  como  con  el  procedimiento” dentro del cual se profirió.   

Agregó que la decisión que es objeto de la  censura,  “por ser de única instancia, lejos de ser  lo   que   plantea  el  accionante,  se  ajusta  a  los  parámetros  legales  y  constitucionales  toda  vez  que  corresponde precisamente a la nueva figura del  fuero  especial  para  los  congresistas  de  ser investigados y juzgados por la  Corte  Suprema  de  Justicia, lo cual constituye una competencia específica del  alto  Tribunal,  figura  jurídica  esta  que  ha superado con creces, cualquier  examen  de  constitucional;  entre otras la sentencia C-545 de 2008, mediante la  cual  la  Corte  Constitucional  hizo  un  extenso  análisis  del artículo 235  numeral  3  de  la  Carta,  concluyendo  sobre  su  exequibilidad”.   

Igualmente,  reiteró  que  la  providencia  proferida  por  la Sala de Casación Penal se expidió dentro de los parámetros  legales    y    constitucionales    vigentes,    cuyas    razones   “están  inmersas  en  la  decisión que se cuestiona por una vía  judicial  que  no  corresponde,  dentro  de  un  procedimiento  que atiende a la  manifestación  de  su  poder  o  potestad  de  administrar justicia, por lo que  resulta  suficiente con acudir a la simple lectura de la decisión para observar  la  contundencia  de  su argumentación y su fiel apego a las normas que regulan  el supuesto fáctico juzgado”.   

Recordó además que mediante sentencia C-934  de  2006  se  indicó  que  tratándose  de  la  potestad  de configuración del  legislador,  en  particular  sobre  el  juzgamiento de altos funcionarios por la  Sala   de   Casación  Penal,  se  cuenta  con  un  variado  campo  de  acción.   

Finalmente,  refirió  que  el estudio de la  demanda,  el  contenido  de  la  sentencia  atacada  y el procedimiento vigente,  permiten  concluir  que  la  tesis  planteada  por  el  accionante  se encuentra  “huérfana  de  razones”  para  predicar  que la Corte Suprema de Justicia hubiere incurrido, ni de lejos,  en los supuestos alegados.   

III. CONSIDERACIONES DE LA  CORTE CONSTITUCIONAL.   

Primera.  Competencia.   

Esta corporación es competente para examinar  en  Sala Plena, a decisión de ésta, la determinación referida, al tenor de lo  dispuesto  en  los  artículos 86 y 241 numeral 9º de la Constitución, 31 a 36  del   Decreto   2591   de  1991  y  54A  del  Reglamento  Interno  de  la  Corte  Constitucional.   

Segunda. El asunto objeto  de discusión.   

Corresponde  a  la Sala  Plena  determinar si el derecho al debido proceso invocado, fue transgredido por  la  Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, al proferir un auto  mediante   el  cual  decidió  no  dar  trámite  a  un  recurso  de  apelación  interpuesto  contra una sentencia condenatoria proferida dentro de un proceso de  única instancia.   

Para   resolver   la  situación   planteada,   la   Sala  Plena  se  referirá  primero  al  supuesto  excepcional  bajo  el  cual  procede  el amparo constitucional contra decisiones  judiciales  que  pongan  fin  a  un  proceso.  Acto  seguido examinará si en el  presente  asunto  concurre  dicha excepción; de ser así, abordará entonces el  estudio  de  las  glosas  planteadas  por  el  demandante  y,  a partir de ello,  resolverá lo que en derecho corresponda.   

Tercera.  Reglas  jurisprudenciales sobre la  procedencia  excepcional  de  la acción de tutela contra sentencias judiciales.  Reiteración de jurisprudencia.   

Acorde   con  la  jurisprudencia  de  esta  corporación,  la tutela contra providencias judiciales procede excepcionalmente  para  enfrentar  aquellos  eventos  en  los  cuales  el  juez  incurre en graves  falencias   de   relevancia  constitucional,  haciendo  imperante  preservar  la  eficacia de los preceptos superiores.   

“4.   El   problema  de  la  procedencia  excepcional  de la acción de tutela contra providencias judiciales es un asunto  que  ha  sido abordado por esta Corporación en múltiples ocasiones, por lo que  procederá   la  Sala  a  reiterar  las  premisas  en  que  se  fundamenta  esta  posibilidad,  y  las  reglas establecidas para el examen de su procedibilidad en  un caso concreto.   

5. Del artículo 86 de la Constitución, que  consagra  la  acción  de tutela como mecanismo para la protección inmediata de  los   derechos   constitucionales  fundamentales,  cuando  quiera  que  resulten  vulnerados  o  amenazados  por  la  acción o la omisión de cualquier autoridad  pública,  se  ha inferido que el amparo constitucional procede en contra de las  decisiones   judiciales,   en   tanto  actuaciones  adelantadas  por  servidores  públicos que ejercen función jurisdiccional.   

Sin embargo, ha advertido la jurisprudencia,  que  la  procedencia  de la acción de tutela contra sentencias es un asunto que  comporta  un  ejercicio  de  ponderación  entre  la  eficacia  de la mencionada  acción  –presupuesto del  Estado       Social       y       Democrático       de      Derecho–,  y  la  vigencia  de la autonomía e  independencia   judicial,   el   principio   de  cosa  juzgada  y  la  seguridad  jurídica1   

En virtud del principio de supremacía de la  Constitución   (Art.   4   C.P.),   los   procesos  judiciales  ordinarios  son  considerados  escenarios  en los que, debe primar el reconocimiento, protección  y  garantía  de  los  derechos fundamentales. En consecuencia, las normas de la  Carta   Política   y,   en  especial,  aquellas  que  prevén  tales  derechos,  constituyen parámetros ineludibles para la decisión judicial.   

La  legitimidad  de una actuación judicial  deviene  así  de  la  concurrencia  de  dos  presupuestos  básicos: (i) que el  procedimiento  surtido para adoptar una decisión haya preservado las garantías  propias  del  debido proceso, de las que son titulares los sujetos procesales; y  (ii)  que  la  decisión  judicial  es  compatible  con  el conjunto de valores,  principios y derechos previstos por la Constitución.   

Por  lo  tanto,  en  los  casos  en  que se  acredite  con suficiencia que la decisión judicial incumple estos requisitos de  legitimación,   la   necesidad  de  preservar  la  eficacia  de  los  preceptos  constitucionales   justifica   la  existencia  de  un  instrumento  que  permita  restituir   la   vigencia   de   las   normas   constitucionales   en   el  caso  concreto.   

6.  De  acuerdo  con el estado actual de la  jurisprudencia,  la  acción  de  tutela  contra  sentencias  judiciales  es  un  instrumento  excepcional,  dirigido  a  enfrentar aquellas situaciones en que la  decisión  del  juez  incurre en graves falencias, de relevancia constitucional,  las  cuales  tornan  la  decisión  incompatible  con  la Constitución. En este  sentido,  la  acción  de  tutela contra decisión judicial es concebida como un  ‘juicio      de  validez’  y  no  como  un  ‘juicio      de  corrección’  del  fallo  cuestionado,  lo  que  se  opone  a  que  se  use  indebidamente  como una nueva  instancia  para  la  discusión  de  los  asuntos  de  índole  probatoria  o de  interpretación    del    derecho    legislado,   que   dieron   origen   a   la  controversia.   

En   desarrollo   de   esas  premisas  la  jurisprudencia  constitucional  ha  establecido  las reglas sobre la procedencia  excepcional  de la acción de tutela contra decisiones judiciales. Esta doctrina  ha    redefinido    la    concepción    tradicional    de    la    ‘vía      de     hecho’ judicial, para establecer un conjunto  sistematizado   de   condiciones   estrictas,   de   naturaleza   sustancial   y  procedimental,   que   deben   ser  acreditadas  en  cada  caso  concreto,  como  presupuestos  ineludibles  para  la  protección  de  los derechos fundamentales  afectados por la sentencia.   

El  precedente vigente sobre la materia fue  expuesto   de  manera  unánime  y  sistemática  por  la  Sala  Plena  de  esta  Corporación    en    la    sentencia    C-590/052.  En consecuencia, la presente  decisión  adoptará  la  metodología  y las reglas fijadas por la Corte en esa  oportunidad, a fin de resolver el caso propuesto.   

7.   La  jurisprudencia  distingue  entre  requisitos  generales  y  específicos  de  procedencia  de la acción de tutela  contra   sentencias.   Mediante   los  primeros,  relacionados  con  condiciones  fácticas  y  de procedimiento, se busca hacer compatible dicho mecanismo con la  eficacia  de  valores  de  estirpe  constitucional  y legal, relacionados con la  seguridad  jurídica,  los  efectos  de  la  cosa  juzgada,  la  independencia y  autonomía  del  juez, así como la distribución jerárquica de competencias al  interior  de la rama jurisdiccional. Los segundos, describen los defectos en que  puede  incurrir  una  decisión  judicial  y  que  la  hacen incompatible con la  Constitución.   

7.1  Los requisitos generales de la acción  de  tutela  contra  sentencias,  según lo expuso la sentencia C-590/05, son los  siguientes:   

7.1.1  Que  la  cuestión  que  se  discuta  resulte   de   evidente  relevancia  constitucional.  Para  la  Corte,  el  juez  constitucional  no  puede  estudiar cuestiones que no tienen una clara y marcada  importancia  constitucional  so  pena de involucrarse en asuntos que corresponde  definir       a      otras      jurisdicciones.3   

7.1.2 Que se hayan agotado todos los medios  -ordinarios  y  extraordinarios-,  de  defensa judicial al alcance de la persona  afectada,  salvo  que  se  trate  de  evitar  la  consumación  de  un perjuicio  iusfundamental              irremediable4.   

7.1.3  Que  se  cumpla  el  requisito de la  inmediatez,  es  decir,  que  la  tutela  se  hubiere interpuesto en un término  razonable    y    proporcionado   a   partir   del   hecho   que   originó   la  vulneración5.   

7.1.4  Cuando se trate de una irregularidad  procesal,   debe   quedar  claro  que  la  misma  tiene  un  efecto  decisivo  o  determinante  en  la  sentencia  que  se  impugna  y  que  afecta  los  derechos  fundamentales     de     la     parte     actora.6    No    obstante,   si   la  irregularidad  comporta grave lesión de derechos fundamentales, tal como ocurre  con  los  casos de pruebas ilícitas susceptibles de imputarse como crímenes de  lesa  humanidad,  la  protección de tales derechos se genera independientemente  de  la  incidencia que tengan en el litigio y por ello hay lugar a la anulación  del          juicio         correspondiente.7   

7.1.5  Que  la  parte actora identifique de  manera  razonable  tanto  los  hechos  que  generaron  la  vulneración como los  derechos  vulnerados  y  que  hubiere  alegado  tal  vulneración  en el proceso  judicial  siempre  que  esto  hubiere  sido posible.8   

7.1.6  Que  no  se  trate  de sentencias de  tutela.9  Esto  por  cuanto los debates sobre la protección de los derechos  fundamentales no pueden prolongarse de manera indefinida.   

7.2   De   otra   parte,  los  requisitos  específicos  aluden  a  la concurrencia de defectos en el fallo atacado que, en  virtud  de  su  gravedad,  conducen  a  que  el  mismo  sea incompatible con los  preceptos  constitucionales.  A  continuación  se  presenta una reseña de esos  defectos,  haciendo  énfasis  en el error fáctico, por la relevancia que tiene  para   la  resolución  del  presente  asunto,  dado que las otras causales  invocadas   –   desconocimiento  del  precedente  y  violación  directa  de  la  Constitución    –   se  plantean  como  consecuencia  de  los  supuestos  en  que se fundamenta el error  fáctico invocado.   

7.2.1  Defecto orgánico: se origina cuando  el  juez  que  adoptó  la  decisión carecía absolutamente de competencia para  hacerlo.  La  estructuración  de  esta  causal,  ha  sido  considerada  por  la  jurisprudencia         de        carácter        calificado        ‘pues  no  basta con que la competencia  del  funcionario judicial sea un asunto sometido a debate, sino que debe estarse  en  un  escenario  en  el  que,  a  la  luz de las normas jurídicas aplicables,  resulte  manifiestamente  irrazonable considerar que el juez estaba investido de  la    potestad    de    administrar    justicia   en   el   evento   objeto   de  análisis’  10.   

7.2.3.  Defecto  fáctico:  surge cuando el  juez  carece  del apoyo probatorio que permita la aplicación del supuesto legal  en  el que se sustenta la decisión. Al respecto, ha destacado esta Corte que se  trata  de  uno de los supuestos más exigentes para su comprobación como causal  de  procedencia  de la acción de tutela contra sentencias. Ello debido a que la  valoración  de  las  pruebas  en  el  proceso es uno de los campos en que   cobra  mayor  relevancia el ejercicio de la autonomía e independencia judicial.  En  efecto,  ‘El ejercicio  epistemológico  que  precede  al  fallo  es  un tarea que involucra, no solo la  consideración   acerca   de   las  consecuencias  jurídicas  que,  en  materia  probatoria,   impone  el  ordenamiento  jurídico  positivo,  sino  también  la  valoración  que  de  los  hechos  del  caso  realice el funcionario judicial, a  partir  de su propia experiencia y de su conocimiento sobre el área del derecho  correspondiente,   tópicos  que  suelen  reunirse  bajo  el  concepto  de  sana  crítica’12.   

En  múltiples decisiones esta Corporación  ha  señalado  que  la  labor  del  juez  de  tutela en relación con el defecto  fáctico  está  estrictamente  limitada  a aquellos eventos en que la actividad  probatoria  desarrollada  por el funcionario judicial, incurre en errores de tal  magnitud  que,  por  su  evidencia, ocasionan que la decisión judicial se torne  arbitraria  e  irrazonable.  Esto  supone  que  la  acción  de tutela carece de  alcance  para  realizar un juicio de corrección sobre la valoración probatoria  efectuada  por  el juez del conocimiento, su juicio se limita a determinar si el  juez  ordinario  incurrió en un error indiscutible en el decreto o apreciación  de  la  prueba.  Se  trata  de un vicio que debe ser trascendente en cuanto debe  tener  una  relación  intrínseca  con  el sentido de la decisión judicial, de  modo  que,  de  no concurrir ese error manifiesto, la sentencia hubiera adoptado  un  sentido  distinto. El yerro además debe ser relevante, no solo en términos  de  afectación  del  derecho  al  debido  proceso,  sino  en  cuanto a la   incidencia  en  la  controversia  jurídica  materia  de  la decisión judicial.   

Estas consideraciones han sido corroboradas  por  distintas  decisiones  de  la Corte. De acuerdo con la jurisprudencia de la  Corporación13,  este  defecto  se  produce cuando el juez toma una decisión, sin  que  se  halle  plenamente  comprobado  el  supuesto  de hecho que legalmente la  determina14,  como  consecuencia  de  una  omisión  en  el decreto15     o  valoración  de las pruebas; de una valoración irrazonable de las mismas; de la  suposición  de  una  prueba,  o del otorgamiento de un alcance contraevidente a  los medios probatorios.   

A  juicio  de la Corte, el defecto fáctico  puede  darse  tanto  en  una  dimensión  positiva,16  que comprende los supuestos  de  una  valoración  por  completo  equivocada,  o  la  fundamentación  de una  decisión  en  una  prueba  no  apta  para  ello,  así  como  en una dimensión  negativa17,  materializada  en  la  omisión  en  la valoración de una prueba  determinante, o en el decreto de pruebas de carácter esencial.   

En  cuanto  a los fundamentos y al marco de  intervención  que  compete  al  juez  de  tutela,  en  relación con la posible  ocurrencia   de  un  defecto  fáctico,  la  Corte  ha  sentado  los  siguientes  criterios,   que   encuentran  plena  armonía  con  las  consideraciones  antes  expuestas:   

El fundamento de la intervención radica en  que,  a  pesar  de  las  amplias  facultades discrecionales que tiene el juez de  conocimiento  para  el  análisis  del  material probatorio, este debe actuar de  acuerdo  con los principios de la sana crítica, es decir, con base en criterios  objetivos           y           racionales.18   

No  obstante,  se reitera, la intervención  del  juez  de tutela en relación con el manejo dado por el juez de conocimiento  debe  ser  de  carácter  extremadamente reducido. En primer término, porque el  respeto  por  los  principios de autonomía judicial y del juez natural, impiden  que   el   juez   de   tutela   realice   un   examen  exhaustivo  del  material  probatorio.19  En  segundo  lugar,  porque  las  diferencias de valoración en la  apreciación   de  una  prueba,  no  constituyen  errores  fácticos.  Frente  a  interpretaciones   diversas   y   razonables,  el  juez  del  conocimiento  debe  determinar,  conforme  con  los  criterios  señalados, cuál es la que mejor se  ajusta  al  caso  concreto. El juez, en su labor, no solo es autónomo, sino que  sus   actuaciones   se   presumen   de   buena   fe20. En consecuencia, el juez de  tutela  debe  partir de la corrección de la decisión judicial, así como de la  valoración   de   las   pruebas  realizadas  por  el  juez  natural21.   

Por  último,  para  que  la tutela resulte  procedente  ante  un  error  fáctico, ‘El  error  en  el  juicio  valorativo  de  la prueba debe ser de tal  entidad  que  sea  ostensible, flagrante y manifiesto, y el mismo debe tener una  incidencia  directa en la decisión, pues el juez de tutela no puede convertirse  en  una  instancia  revisora  de la actividad de evaluación probatoria del juez  que  ordinariamente conoce de un asunto’22   

7.2.4  Defecto  material  o  sustantivo: se  presenta  cuando se decide con base en normas inexistentes, inconstitucionales o  claramente  inaplicables  al  caso concreto. Esta misma falencia concurre cuando  se  presenta una evidente y ostensible contradicción entre los fundamentos y la  decisión.  Así,  el  defecto material o sustantivo se sustenta en la necesidad  que  la sentencia judicial tenga un soporte racional argumentativo mínimo, esto  es,  que  (i)  se  soporte en las normas constitucionales y legales que resulten  aplicables;  (ii)  acredite  consonancia entre la motivación, que da cuenta del  reconocimiento  de  esos  preceptos  de  derecho  positivo y su contraste con el  material  probatorio  legal  y  debidamente  recaudado durante el trámite, y la  decisión  que  adopta  el  juez  del  conocimiento23.   

7.2.5  Error  inducido:  tradicionalmente  denominado  como  ‘vía de  hecho  por consecuencia’ se  presenta  cuando  el  Juez  o  Tribunal  fue víctima de un engaño por parte de  terceros  y  ese  engaño  lo  condujo  a  la  toma  de una decisión que afecta  derechos fundamentales.   

7.2.6 Sentencia sin motivación, que implica  el  incumplimiento  de  los servidores judiciales del deber de dar cuenta de los  fundamentos  fácticos  y jurídicos de sus decisiones, pues precisamente en esa  motivación  reposa  la  legitimidad  de  su  órbita  funcional.  Este  tipo de  falencia  se distingue del defecto fáctico, en cuanto no se estructura a partir  de   la  disconformidad  entre  la  motivación  de  la  sentencia  y  su  parte  resolutiva,  sino  en la ausencia de razonamientos que sustenten lo decidido. Es  evidente  que  una exigencia de racionalidad mínima de toda actuación judicial  es  que  exprese  los argumentos que hacen inferir la decisión correspondiente.  Cuando   este   ineludible   presupuesto  no  puede  verificarse,  la  sentencia  contradice   aspectos   que   hacen  parte  del  núcleo  esencial  del  derecho  fundamental al debido proceso.   

7.2.7  Desconocimiento del precedente: esta  hipótesis  se  presenta,  por ejemplo, cuando la Corte Constitucional establece  el  alcance  de  un  derecho  fundamental  y  el  juez  ordinario aplica una ley  limitando  sustancialmente  dicho alcance. En estos casos la tutela procede como  mecanismo    para    garantizar    la    eficacia    jurídica   del   contenido  constitucionalmente  vinculante  del  derecho fundamental vulnerado.25   

Al  respecto  conviene  precisar  que,  de  acuerdo  con  la  jurisprudencia,  se reconoce como precedente aquel antecedente  del  conjunto de sentencias previas al caso que se habrá de resolver que por su  pertinencia  para  la  resolución de un problema jurídico constitucional, debe  considerar  necesariamente  un  juez  o una autoridad determinada, al momento de  dictar                   sentencia26.   

En    ese    sentido,    ‘lo   vinculante   de  un  antecedente  jurisprudencial  es la ratio decidendi de esa sentencia previa, – o de varias si  es  del  caso-  ,  que  resulta ser uno de los referentes fundamentales que debe  considerar  necesariamente   un juez o autoridad determinada, como criterio  de   definición   de   la   solución   de   un   caso  específico’27.   

En  la  providencia  SU-047  de  1999,  se  recogieron    estas    consideraciones   al   sostener   que   el   ‘precedente        vinculante  es’,  por  consiguiente,  ‘la  ratio  decidendi del  caso’,   que  debe  ser  aplicado por los jueces en otras situaciones similares.   

La  sentencia  SU-1219  de  2001,  fue más  específica   al   afirmar   que  la  ‘ratio  decidendi  de  las sentencias, es la parte de ellas que tiene  la   capacidad   de   proyectarse   más  allá  del  caso  concreto’,      y      que     ‘integra  la  norma  constitucional  y  adquiere  fuerza  vinculante  al  ser  parte  del  derecho a cuyo imperio están  sometidas  todas  las  autoridades  en  un  Estado Social de Derecho’,  en  virtud  de  los  principios  de  igualdad,  de  seguridad  jurídica, de confianza legítima, y de la supremacía  de            la            Constitución28.   

7.2.8.   Violación   directa   de   la  Constitución,  causal  de procedencia de la acción de tutela que se estructura  cuando   el  juez  ordinario  adopta  una  decisión  que  desconoce,  de  forma  específica,  postulados  de  la  Carta  Política.   A este respecto, debe  insistirse  en  que  el  actual  modelo  de ordenamiento constitucional reconoce  valor  normativo  a los preceptos superiores, de modo tal que contienen mandatos  y  previsiones  de  aplicación  directa  por  las  distintas  autoridades y, en  determinados  eventos,  por  los  particulares.  Por  ende,  resulta  plenamente  factible  que  una decisión judicial pueda cuestionarse a través de la acción  de   tutela   cuando  desconoce  o  aplica  indebida  e  irrazonablemente  tales  postulados.”   

Igualmente, en sentencia T-549 de agosto 28  de 2009, M. P. Jorge Iván Palacio Palacio, se expuso:   

“4. Procedencia  de  la  acción  de  tutela  contra  providencias  judiciales.  Reiteración  de  jurisprudencia.   

Esta  Corporación  en  Sentencia  C-543 de  1992,  declaró  inexequibles los artículos 11 y 40 del decreto 2591 de 1991, y  en  la  misma  decisión,  señaló  la procedencia excepcional de la acción de  tutela  contra providencias judiciales, sujeta a criterios precisos que la Corte  ha  venido  fijando  a  lo largo de su jurisprudencia, todos ellos, claro está,  ligados  a  la  vulneración  explícita  de  derechos  fundamentales.   La  sentencia en comento expresó lo siguiente:   

‘Ahora bien, de  conformidad  con  el  concepto  constitucional de autoridades públicas, no cabe  duda  de que los jueces tienen esa calidad en cuanto les corresponde la función  de   administrar   justicia   y  sus  resoluciones  son  obligatorias  para  los  particulares  y  también  para el Estado. En esa condición no están excluidos  de  la  acción  de tutela respecto de actos u omisiones que vulneren o amenacen  derechos  fundamentales,  lo  cual no significa que proceda dicha acción contra  sus  providencias.  Así,  por  ejemplo,  nada  obsta para que por la vía de la  tutela  se  ordene  al  juez  que  ha incurrido en dilación injustificada en la  adopción  de  decisiones  a  su  cargo que proceda a resolver o que observe con  diligencia    los   términos   judiciales,   ni   riñe   con   los   preceptos  constitucionales  la  utilización  de  esta  figura  ante  actuaciones de hecho  imputables  al funcionario por medio de las cuales se desconozcan o amenacen los  derechos   fundamentales,  ni  tampoco  cuando  la  decisión  pueda  causar  un  perjuicio       irremediable,       (…).   En  hipótesis  como  estas  no puede hablarse de atentado  alguno  contra la seguridad jurídica de los asociados,  sino   que   se   trata   de   hacer   realidad   los   fines  que  persigue  la  justicia’.   

Es  así  como,  atendiendo  a  la  fuerza  vinculante  de los fallos de constitucionalidad, en sentencia T-079 de 1993, con  base  en  una  decisión  tomada  por  la  Corte  Suprema  de  Justicia en donde  concedió  una  acción  de tutela contra una sentencia judicial y respetando el  precedente  judicial  contenido en la sentencia C-543 de 1993, se comenzarían a  construir  y  desarrollar  los  criterios  de  procedibilidad  de  esta  acción  constitucional  contra  providencias  judiciales,  los cuales constituyen pautas  objetivas  a  partir  de  las  cuales  se  puede  derivar la vulneración de los  derechos fundamentales dentro de un proceso judicial.   

Al  comienzo, en las primeras decisiones de  esta  Corporación,  se  enfatizó  y  definió que el punto en el que giraba la  viabilidad  del  examen  de  las decisiones judiciales a través de la tutela lo  constituía  la  vía de hecho, definida como el acto absolutamente caprichoso y  arbitrario29  producto  de  la  carencia  de  fundamentación legal,            constitucionalmente  relevante.  Ahora  bien, la  jurisprudencia    ha    rediseñado    tal    enunciado   dogmático30  para  dar  cuenta  de un grupo enunciativo de los criterios de procedibilidad de la acción  de  tutela  contra  decisiones judiciales. Al respecto, en la sentencia T-949 de  2003, se señaló lo siguiente:   

‘Esta Corte en  sentencias    recientes   ha   redefinido   dogmáticamente   el   concepto   de  procedibilidad  de  la  acción  de  tutela contra providencias judiciales. Esta  redefinición  ha  operado  a  partir del poder de irradiación del principio de  eficacia  de  los  derechos fundamentales (art. 2 C.P.) y de una interpretación  sistemática  de diversas disposiciones de la Constitución (arts. 1, 2, 13, 86,  228 y 230 C.P.).   

‘En esta tarea  se   ha   reemplazado   el   uso   conceptual   de  la  expresión  ‘vía      de     hecho’    por    la    de    ‘causales       genéricas      de  procedibilidad’.   Lo  anterior  ha  sido  inducido  por  la urgencia de una comprensión diferente del  procedimiento    de    tutela    con    tal    de   que   permita   ‘armonizar la necesidad de proteger los  intereses   constitucionales  que  involucran  la  autonomía  de  la  actividad  jurisdiccional  y la seguridad jurídica, sin que estos valores puedan desbordar  su  ámbito  de irradiación y cerrar las puertas a la necesidad de proteger los  derechos  fundamentales que pueden verse afectados eventualmente con ocasión de  la         actividad        jurisdiccional        del        Estado.’   

La  sistematización  de  los  criterios  o  causales  a  partir  de  los  cuales es posible justificar la procedencia de una  acción  de tutela contra una decisión judicial, ha generado la obligación del  operador  de  respetar  los precedentes y de guardar respeto y armonía entre su  discrecionalidad  interpretativa  y  los  derechos fundamentales previstos en la  Constitución31.  En  este  punto, es necesario advertir  que   la   Corporación   ha   definido  e  identificado  dentro  del  ejercicio  jurisdiccional,  la  obligación  de  argumentar suficientemente cada una de sus  decisiones  y  también, de ponderar con claridad los derechos fundamentales que  se   encuentren   en   disputa.   El  principio  de  eficacia  de  los  derechos  fundamentales  y el valor normativo de la Constitución obligan al juez a acatar  las  normas  legales aplicables a un caso concreto pero también, a justificar y  ponderar  las  pugnas  que  se  llegaren  a  presentar  frente  a  los  derechos  fundamentales32.   

Pues  bien,  la  jurisprudencia  de  esta  Corporación  ha  señalado distintos requisitos de procedencia de la acción de  tutela  impetrada  contra  sentencias  judiciales, las que se constituyen en los  motivos  que ameritarían conceder la acción de tutela que ha sido intentada en  contra  de  una providencia judicial acusada de constituir vías de hecho. Sobre  este   asunto,   en   la   Sentencia   C-590   de   2005,   se  vertieron  estos  conceptos:   

‘para   que  proceda  una  acción  de  tutela  contra  una  sentencia  judicial es necesario  acreditar  la  existencia de requisitos o causales especiales de procedibilidad,  las  que  deben  quedar  plenamente  demostradas.  En  este  sentido, como lo ha  señalado  la  Corte,  para  que  proceda  una  tutela  contra  una sentencia se  requiere  que  se  presente, al menos, uno de los vicios o defectos que adelante  se explican.   

‘a. Defecto  orgánico, que se presenta cuando  el   funcionario  judicial  que  profirió  la  providencia  impugnada,  carece,  absolutamente, de competencia para ello.   

‘b. Defecto  procedimental  absoluto,  que se  origina  cuando  el  juez  actuó  completamente  al  margen  del  procedimiento  establecido.   

‘c. Defecto  fáctico,  que  surge  cuando el  juez  carece  del apoyo probatorio que permita la aplicación del supuesto legal  en el que se sustenta la decisión.   

‘d. Defecto  material  o  sustantivo, como son  los   casos   en   que   se   decide   con   base   en   normas  inexistentes  o  inconstitucionales33 o que presentan una evidente  y grosera contradicción entre los fundamentos y la decisión.   

‘f. Error  inducido, que se presenta cuando el  juez  o  tribunal fue víctima de un engaño por parte de terceros y ese engaño  lo    condujo    a    la   toma   de   una   decisión   que   afecta   derechos  fundamentales.   

‘g. Decisión  sin motivación, que implica el  incumplimiento  de  los  servidores  judiciales de dar cuenta de los fundamentos  fácticos  y  jurídicos  de  sus decisiones en el entendido que precisamente en  esa motivación reposa la legitimidad de su órbita funcional.   

‘h. Desconocimiento     del     precedente,  hipótesis  que  se  presenta,  por  ejemplo,  cuando  la  Corte  Constitucional  establece  el  alcance  de un derecho fundamental y el juez ordinario aplica una  ley  limitando  sustancialmente  dicho alcance. En estos casos la tutela procede  como   mecanismo   para   garantizar   la   eficacia   jurídica  del  contenido  constitucionalmente  vinculante  del  derecho  fundamental vulnerado34.   

‘i. Violación  directa     de     la    Constitución.’    (Subrayas    fuera   del   texto  original.)   

La  Sentencia  en comento también explicó  que  los  anteriores  vicios,  que  determinan  la  procedibilidad la acción de  tutela  contra  decisiones judiciales, ‘involucran  la  superación  del  concepto  de  vía  de  hecho y la  admisión  de  específicos supuestos de procedebilidad en eventos en los que si  bien  no  se  está  ante  una  burda  trasgresión  de la Carta, si se trata de  decisiones    ilegítimas    que   afectan   derechos  fundamentales.’  Añadió   que   esta   evolución   de  la  doctrina  constitucional  había  sido  reseñada  de  la  siguiente  manera por la Corte:   

‘(E)n   los  últimos  años  se  ha  venido  presentando una evolución de la jurisprudencia  constitucional  acerca  de  las situaciones que hacen viable  la acción de  tutela  contra  providencias  judiciales.  Este desarrollo ha llevado a concluir  que  las sentencias judiciales pueden ser atacadas mediante la acción de tutela  por  causa  de  otros defectos adicionales, y que, dado que esos nuevos defectos  no   implican   que   la   sentencia   sea   necesariamente   una   ‘violación  flagrante  y grosera de la  Constitución’,  es  más adecuado utilizar el concepto de ‘causales  genéricas de procedibilidad  de  la  acción’ que el de  ‘vía       de  hecho.’  En  la sentencia  T-774  de  2004  se  describe  la  evolución presentada de la siguiente manera:   

‘(…) la Sala  considera  pertinente  señalar  que el concepto de vía de hecho, en el cual se  funda  la  presente  acción  de  tutela,  ha  evolucionado en la jurisprudencia  constitucional.  La Corte ha decantado los conceptos de capricho y arbitrariedad  judicial,  en  los  que  originalmente  se  fundaba la noción de vía de hecho.  Actualmente   no   ‘(…)  sólo  se trata de los casos en que el juez impone, de manera grosera y burda su  voluntad  sobre  el  ordenamiento, sino que incluye aquellos casos en los que se  aparta  de  los  precedentes  sin  argumentar debidamente (capricho) y cuando su  discrecionalidad  interpretativa  se  desborda  en  perjuicio  de  los  derechos  fundamentales  de  los  asociados  (arbitrariedad).  Debe  advertirse  que  esta  corporación  ha  señalado  que toda actuación estatal, máxime cuando existen  amplias  facultades  discrecionales (a lo que de alguna manera se puede asimilar  la  libertad  hermenéutica  del  juez),  ha  de  ceñirse  a  lo  razonable. Lo  razonable   está   condicionado,  en  primera  medida,  por  el  respeto  a  la  Constitución.’35  En  este  caso  (T-1031  de  2001)  la Corte decidió que la acción de tutela procede contra una providencia  judicial  que  omite,  sin  razón  alguna, los precedentes aplicables al caso o  cuando       ‘su  discrecionalidad  interpretativa  se  desborda  en  perjuicio  de  los  derechos  fundamentales de los asociados.’   

‘Este  avance  jurisprudencial    ha    llevado   a   la   Corte   a   remplazar   ‘(…)   el   uso   conceptual  de  la  expresión    vía    de    hecho    por    la   de   causales   genéricas   de  procedibilidad.’ Así, la  regla jurisprudencial se redefine en los siguientes términos…   

‘…todo  pronunciamiento  de  fondo  por parte del juez de tutela respecto de la eventual  afectación   de  los  derechos  fundamentales  con  ocasión  de  la  actividad  jurisdiccional   (afectación   de   derechos   fundamentales  por  providencias  judiciales)  es  constitucionalmente  admisible,  solamente, cuando el juez haya  determinado  de  manera  previa  la  configuración  de  una  de las causales de  procedibilidad;  es  decir,  una  vez  haya  constatado la existencia   de   alguno   de   los   seis  eventos  suficientemente  reconocidos  por  la  jurisprudencia:  (i)   defecto   sustantivo,  orgánico  o  procedimental;  (ii)  defecto  fáctico;  (iii)  error  inducido; (iv) decisión sin motivación,  (v)   desconocimiento  del  precedente   y   (vi)   violación   directa   de  la  Constitución.’36   

Los  anteriores  criterios  constituyen  el  catalogo  a  partir  del  cual  es  posible  comprender de manera excepcional si  procede   o   no,   la   tutela   contra   providencias  judiciales.”   

Cuarta.  Los  procesos  seguidos  en única  instancia   contra   altos   dignatarios   del   Estado   investidos   de  fuero  constitucional,  son  especiales y atienden los postulados de la Carta Política  y del bloque de constitucionalidad.   

Como ha sido ampliamente analizado por esta  corporación,  los  artículos  186  y  253,  numeral  3º,  de la Constitución  Política,  atribuyen  a  la  Corte  Suprema  de Justicia la investigación y el  juzgamiento  de  los  miembros  del Congreso, estableciendo de manera expresa un  fuero  para  esos  altos  dignatarios  del Estado, el cual fue reiterado por los  artículos  75.7 y 32.7 de las Leyes 600 de 2000 y 906 de 2004, respectivamente,  que   preceptúan   la   competencia   privativa  del  máximo  tribunal  de  la  jurisdicción  ordinaria,  en  Sala  de  Casación  Penal,  para  conocer de los  delitos  cometidos  por  los  senadores  y  los  representantes  a  la  Cámara.   

Acorde  con  la  jurisprudencia de la Corte  Constitucional37,  consagrar un procedimiento  de  única instancia para la investigación y el juzgamiento de los congresistas  conlleva,  además  de la mayor aspiración de todo sindicado de ser juzgado por  el  más  alto tribunal de la jurisdicción ordinaria, tres ventajas adicionales  como  son  la  economía  procesal,  “escapar  a  la  posibilidad   de   los   errores   cometidos   por   los   jueces  o  tribunales  inferiores”  y  la factibilidad de incoar la acción  de revisión contra la sentencia ejecutoriada.   

En  el  pronunciamiento  que  se  acaba  de  referir,  el  cual  fue también citado en la sentencia C-934 de noviembre 15 de  2006,   M.   P.   Manuel   José   Cepeda  Espinosa38,  la  Corte  Constitucional  examinó  si  algunas  disposiciones contenidas en los Códigos de Procedimiento  Penal,  Penal  Militar  y  Penal  vigentes en aquél entonces, que permitían el  juzgamiento  de  altos  funcionarios  por la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia  en un procedimiento de única instancia, eran compatibles  con la preceptiva superior.   

Para   arribar   a   la  declaratoria  de  exequibilidad   de   algunas  expresiones,  correspondientes  a  términos  como  “o  de única instancia”,  “o en única instancia” y  “única     de     instancia”     contenidas   en   el   Decreto   2700  de  1991,  esta  corporación  puntualizó   en  la  sentencia  C-142  de  1993  que  el  artículo  29  de  la  Constitución   emplea   el   verbo   “impugnar,  que  es  genérico,  y  no  se  refiere  a  una forma de  impugnar   en  particular.  Como  tampoco  menciona  recurso  alguno.  Hay  que  decir  esto  porque, como se verá, en el procedimiento  penal    colombiano   existen   diversos   medios   de   impugnación   de   las  sentencias”  (no  está  en  negrilla  en  el  texto  original).   

Entre  esos  medios  de impugnación fueron  reseñados  la acción de revisión, los recursos de apelación y extraordinario  de  casación  y  la  nulidad  de  los actos procesales. Además, se puntualizó  sobre  el  “principio de intangibilidad de los fallos  definitivos  del  máximo  tribunal”,  atendiendo el  artículo 234 superior.   

Como conclusión, en la providencia referida  además  se  expresó  (está  en  negrilla  en  el texto original):  “En una u otra forma, haciendo uso de  uno  o  más  de  los recursos que existen, todo reo puede impugnar la sentencia  condenatoria.”   

Igualmente,   frente   a   los   tratados  internacionales  entonces  invocados  por  el  ciudadano  demandante39, también se  puntualizó  que el ordenamiento interno se ajusta a esos instrumentos (no está  en negrilla en el texto original):   

“Lo   dicho  permite  concluir  que  la  legislación colombiana en esta materia, se ajusta a  los  tratados internacionales invocados por el demandante. Y que es inútil, por  lo   mismo,   analizar   si   tales   tratados   prevalecen   o   no   sobre  la  Constitución.  Además,  no  hay  que  olvidar que la  Corte,   en   este   mismo  proceso,  rechazó  la  demanda  contra  las  normas  constitucionales     que     consagran     el     fuero     de     los     altos  funcionarios.”   

Continuando con los pronunciamientos de esta  corporación  sobre  la constitucionalidad de la consagración de procedimientos  penales  de  única  instancia,  en sentencia C-561 de octubre 24 de 1996, M. P.  Alejandro         Martínez         Caballero40,  se indicó que, como regla  general,  la  distribución  de  competencias es una materia donde el legislador  cuenta  con  “una amplia libertad de configuración,  pues   ‘la  facultad  de  atribuir  competencia a las distintas autoridades judiciales para conocer de los  asuntos  que con fundamento en una determinada y preconcebida política criminal  se   les   asigne,  es  tarea  propia  y  exclusiva  del  legislador41’.”42   

Se  indicó además que en aquellos eventos  en  los  cuales  la  distribución de competencias ha sido directamente asignada  por la Constitución, no puede el legislador alterarla.   

Posteriormente, mediante sentencia C-411 de  agosto  28  de  1997,  M.  P.  José  Gregorio Hernández Galindo, fue declarada  exequible   la   expresión   “única”,  contenida  en el numeral 2° del artículo 68 del Decreto 2700 de  199143  y  se  estuvo  a  lo resuelto en la ya referida C-142 de 1993, con  relación al numeral 6° del mismo artículo.   

En  la  providencia de 1997 reseñada en el  párrafo  que  antecede,  frente  a las afirmaciones esgrimidas por el ciudadano  demandante,  según  las  cuales  a  los  congresistas  se  les excluyó de todo  recurso y garantía posterior a la sentencia, se explicó:   

“En  primer  lugar debe destacarse que la  norma,  entendida  en  su conjunto, lejos de constituir un límite al derecho de  defensa  de  quien  haya  sido  condenado, lo que consagra es una posibilidad de  revisión  extraordinaria  de  lo  actuado, inclusive y con mayor razón cuando,  según  el  ordenamiento  jurídico,  el  trámite  procesal  no  ha sufrido dos  instancias.   

Ello significa que, si la Corte accediera a  declarar  la  inconstitucionalidad de la palabra mencionada, el efecto no sería  otro    que    el    de   suprimir   –contra  lo  que el demandante dice defender- la acción de revisión  y  la consiguiente competencia de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema  de  Justicia,  cuando la sentencia ejecutoriada hubiese sido proferida en única  instancia.   

Ahora bien, si lo que busca el impugnante es  que  allí  donde  la norma acusada contempla como de única los procesos que se  adelantan   contra  los  congresistas  esta  Corporación  introduzca  la  doble  instancia,  dando  así  la  posibilidad  de  apelar  las decisiones de la Corte  Suprema  de  Justicia  en  esa clase de proceso, su pretensión está llamada al  fracaso,  por  cuanto  la  función  de definir las instancias procesales en las  distintas   materias   corresponde   al   legislador   (artículos  31  y  150-2  C.P.).”   

Y, más adelante, tratándose del principio  de  la  doble instancia se aclaró que no posee un carácter absoluto (subrayado  en el texto original):   

“Al    efectuar   el   análisis   de  constitucionalidad  solicitado, esta Corte ha de reiterar que el principio de la  doble  instancia,  con  todo y ser uno de los principales dentro del conjunto de  garantías  que  estructuran  el debido proceso, no tiene un carácter absoluto,  como  resulta del precepto constitucional que lo consagra (art. 31 C.P.), a cuyo  tenor   ‘toda  sentencia  judicial  podrá  ser  apelada o consultada, salvo las  excepciones   que   consagre   la  ley’.”   

Así,  se  expuso  que  el legislador está  facultado  para  señalar  en qué casos no hay lugar a la segunda instancia, en  cualquier  tipo  de  proceso,  sin perjuicio de los recursos extraordinarios que  también  puede consagrar. A su vez, se enfatizó que la Constitución Política  ha   definido   ciertos   juicios   como   de   única  instancia,  “pues  los  ha  confiado  a  las corporaciones que tienen la mayor  jerarquía dentro de la respectiva jurisdicción.”   

En  esa  providencia se puntualizó además  que  la Carta Política ha definido ciertos juicios como de única instancia, al  estar  confiados  a  las  corporaciones  de  mayor  jerarquía,  entre ellos los  adelantados  contra el Presidente de la República, los magistrados de las altas  corporaciones,  o  el  Fiscal  General de la Nación. Se resaltó además que el  fuero  constitucional  que reviste a los congresistas y a otros altos servidores  del  Estado, conlleva el trámite de procesos en única instancia no sólo en el  ámbito  del derecho penal, sino también para la imposición de otras sanciones  independientes  a  las  propias  de  esa  jurisdicción,  como  es  el  caso del  procedimiento   especial   ante  el  Consejo  de  Estado  para  la  pérdida  de  investidura44   

.  

Al  respecto  se  explicó  (no  está  en  negrilla en el texto original):   

“Pero,   por   otra   parte,  la  misma  Constitución  Política se ha ocupado en definir ciertos juicios como de única  instancia,  pues  los  ha  confiado  a  las  corporaciones  que  tienen la mayor  jerarquía  dentro  de  la  respectiva  jurisdicción.  Sin  ir  más lejos, los  artículos  174,  175 y 178 de la Carta, que desarrollan las reglas aplicables a  los  procesos  iniciados  contra el Presidente de la República o quien haga sus  veces,  contra  los  magistrados de la Corte Constitucional, de la Corte Suprema  de  Justicia,  del  Consejo  de Estado, del Consejo Superior de la Judicatura, o  contra  el Fiscal General de la Nación, plasman la única instancia, tanto ante  el  Senado,  en lo que a él corresponde, como ante la Corte Suprema de Justicia  en  lo  relativo  a  la  responsabilidad  penal  si los hechos ameritan una pena  adicional  a  las  de  destitución  del  empleo, privación temporal o pérdida  absoluta  de  los  derechos  políticos  (Fuero  constitucional especial). A los  congresistas  y  a  otros  altos  servidores  del  Estado  la  Constitución  ha  reservado  un  fuero,  previsto  en  el artículo 235, en cuya virtud, en única  instancia,  han  de  ser  juzgados por la Corte Suprema de Justicia.  La  pérdida de la investidura, contemplada en los artículos 183  y  184  de  la  Constitución,  carece  también  de  segunda  instancia y está  reservada  de  manera  exclusiva  al Consejo de Estado,  como  lo  destacó  la  Corte  en  las sentencias C-319 del 14 de julio de 1994,  C-247 del 1 de junio de 1995 y C-037 del 5 de febrero de 1996.”   

De  ese  modo,  en  la jurisprudencia de la  Corte  Constitucional se ha reiterado que las competencias impuestas en la Carta  Política  a  varias  corporaciones,  entre  estas la Corte Suprema de Justicia,  para  conocer de ciertos procesos en única instancia, se funda en la jerarquía  que  les  es  inherente, reconocida en la norma superior, no siendo factible que  el  Legislador  y  menos  aún  el  juez  en  sede  de  tutela  desconozcan esas  asignaciones.   

Posteriormente  en sentencia C-040 de enero  30  de  2002, M. P. Eduardo Montealegre Lynett, al analizarse la factibilidad de  consagrar  excepciones al principio de la doble instancia, se puntualizó que la  apelación  de  una  sentencia  adversa no hace parte del contenido esencial del  debido  proceso  ni  del derecho de defensa en todos los campos, como quiera que  el  artículo  31 superior indica que toda sentencia judicial podrá ser apelada  o   consultada   (regla   general),   salvo  las  excepciones  que  consagre  la  ley.   

Con  relación al fuero para los más altos  servidores  públicos,  que  al  elevar  la acción a la competencia exclusiva y  excluyente  del  órgano  límite  de  la  jurisdicción  respectiva,  deja  sin  contenido   ni   aplicabilidad  el  numeral  5°  del  artículo  14  del  Pacto  Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos y el literal h) del numeral 2°  del  artículo  8°  de  la  Convención Americana sobre Derechos Humanos, al no  poderse  recurrir ante el juez o tribunal superior contra un fallo proferido por  el  de  cierre,  se  reiteró  que  “la garantía del  debido  proceso  es  lograda  por  el  hecho  mismo de que esos funcionarios son  investigados  penalmente  por  la más alta corporación judicial de la justicia  ordinaria”.   

La  importancia  de  la  existencia  de ese  fuero,  como  óptima  garantía  para los altos funcionarios al ser juzgados de  una  vez  por  la Corte Suprema de Justicia, “máximo  tribunal  de  la  jurisdicción  ordinaria” (art. 234  Const.),   fue   también  realzada  por  la  Corte  Constitucional  en  la sentencia C-934 de 2006, en los  siguientes términos (no está en negrilla en el texto original):   

“Según   la   línea   jurisprudencial  recordada,  (i)  el juzgamiento de altos funcionarios  por  la Corte Suprema de Justicia no desconoce el debido proceso, porque obedece  a  las  previsiones establecidas por el legislador en desarrollo de lo estatuido  en          la          propia         Carta45;  y  (ii) el Legislador goza  de  potestad  de  configuración (a) para definir los cargos de los funcionarios  que  habrán  de  ser  juzgados  por  la  Corte Suprema de Justicia,46 como quiera  que  el  texto constitucional autorizó expresamente al legislador para atribuir  funciones   a   la   Corte   Suprema  de  Justicia;47    (b)   para   distribuir  competencias  entre  los  órganos  judiciales  (artículo 234, CP);48  (c)  para  establecer  si  los  juicios  penales seguidos ante la Corte Suprema de Justicia  serán  de única o doble instancia, dado que el principio de la doble instancia  no  tiene un carácter absoluto, y el legislador puede definir excepciones a ese  principio;49  y  (d)  para  definir  los  mecanismos  a través de los cuales se  pueden  corregir  eventuales  errores  judiciales, como quiera que el legislador  puede  establecer  las  acciones o recursos disponibles para impugnar decisiones  adversas o contrarias a derecho.   

Adicionalmente,  cabe  destacar  que  el  juzgamiento  de  altos  funcionarios  por  parte de la Corte Suprema de Justicia  constituye  la  máxima garantía del debido proceso visto integralmente por las  siguientes  razones:  (i)  porque  asegura  el  adelantamiento  de un juicio que  corresponde  a  la  jerarquía del funcionario, en razón a la importancia de la  institución  a  la  cual  éste  pertenece,  de  sus  responsabilidades y de la  trascendencia  de  su  investidura. Por eso, la propia  Carta  en  el  artículo  235  Superior  indicó  cuáles  debían ser los altos  funcionarios   del   Estado   que   gozarían   de   este   fuero;  (ii)  porque  ese  juicio  se  adelanta ante un órgano plural, con  conocimiento  especializado  en  la  materia,  integrado  por  profesionales que  reúnen   los  requisitos  para  ser  magistrados  del  máximo  órgano  de  la  jurisdicción     ordinaria;     y     (iii)  porque ese juicio se realiza ante el órgano de cierre de la  jurisdicción  ordinaria,  quien  tiene  a su cargo la interpretación de la ley  penal   y   asegurar   el   respeto  de  la  misma  a  través  del  recurso  de  casación.”   

En ese mismo pronunciamiento, con fundamento  en  lo  expuesto  en  la  precitada sentencia C-040 de 2002, se reiteró que los  procesos  de  única  instancia  se  avienen a la Constitución y se indicó que  “la   doble   instancia  no es la única forma de garantizar el debido proceso  y el derecho a la defensa”.   

Así,  la sentencia C-934 de 2006 reafirmó  que  el principio de la doble instancia no posee un carácter absoluto. Para tal  efecto,  acudiendo  a pronunciamientos previos de esta corporación se concluyó  que  de los instrumentos internacionales que la consagran no se deriva una regla  general  aplicable  a los funcionarios investidos de fuero, cuando el proceso se  adelanta ante el órgano de cierre de la jurisdicción penal.   

En  particular, se puntualizó que la Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos  se ha pronunciado en varias oportunidades  sobre  el  alcance  y  sentido del principio de la doble instancia, “pero  ninguna  de  ellas ha versado sobre el juzgamiento de altos  funcionarios con fuero constitucional”.   

Al  respecto,  se  indicó  (no  está  en  negrilla en el texto original):   

“De lo anterior  encuentra  la Corte que la interpretación del art. 14.5 del Pacto Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos  y  art. 8.2 del Pacto de San José que han  efectuado  los  órganos  internacionales  competentes, resulta armónica con la  interpretación  que  se  ha  hecho de los artículos 29 y 31 Carta Política en  materia  de  juzgamiento  de  los altos funcionarios del Estado, en la medida en  que  de  dichos  pronunciamientos  no  se deriva una regla según la cual en los  juzgamientos  de altos funcionarios con fuero penal ante el órgano de cierre de  la  jurisdicción  penal, deba establecerse una segunda instancia semejante a la  que  existe  para otros juicios penales. Es decir, cada  Estado  goza  de  un  amplio  margen  para  configurar los procedimientos y para  diseñar  los  mecanismos  eficaces de protección de los derechos, sin  que  esté  ordenado, según la jurisprudencia vigente, que en  los   casos  de  altos  funcionarios  aforados  se  prevea  siempre  la  segunda  instancia.   

6. La constitucionalidad  de   los   numerales   5,  6,  7  y  9  del  artículo  32  de  la  Ley  906  de  2004   

Las demandantes consideran que los numerales  5,  6,  7 y 9 del artículo 32 de la Ley 906 de 2004 contravienen los artículos  29  y  93  de  la  Constitución  Política  y  el  literal  h del numeral 2 del  artículo  8  de  la  Convención  Americana  de  Derechos Humanos, así como el  numeral  5  del  artículo  14  del  Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y  Políticos,  al  consagrar  procesos  penales  de única instancia que niegan la  posibilidad  de apelar una sentencia condenatoria. Sin  embargo,  la  Corte  Constitucional  concluye  que a la luz de la jurisprudencia  constitucional  en  la  materia  y  en  armonía con la Convención Americana de  Derechos  Humanos y el Pacto de Derechos Civiles y Políticos, el juzgamiento de  altos  funcionarios  por parte de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema  de   Justicia,   resulta   ajustado   a  la  Carta.”   

Así,  esa  forma  de  proteger  el  fuero  constitucional  del  cual  gozan los altos dignatarios del Estado, incluidos los  congresistas,  no  sólo  tiene  respaldo en la jurisprudencia nacional, sino en  los  ordenamientos  y  la  doctrina  foráneos. Se trata de uno de los elementos  característicos  de los Estados democráticos, que busca garantizar la dignidad  del  cargo y de las instituciones, al igual que la independencia y la autonomía  para  que  los  funcionarios  puedan  ejercer  las  labores  que  les  han  sido  encomendadas,  sin  ser  afectados  por interferencias indebidas provenientes de  intereses  extra jurídicos, que pudieran engendrarse o canalizarse por conducto  de servidores judiciales de menor nivel.   

El  fuero  reconocido  entre  otros  a  los  congresistas  es  un  precepto  constitucional  de  ineludible acatamiento, pues  además  de  constituir  un  privilegio  protector de la investidura, asegura al  máximo     la     independencia     durante     la    investigación    y    el  juzgamiento.   

Adoptar  esa clase de sistemas, como ocurre  en  otros países, se encuentra acorde con lo avalado en los actuales postulados  doctrinarios,  según  los  cuales un punto tan delicado como la responsabilidad  penal   de  quienes  cumplen  funciones  que  resultan  relevantes  al  interés  público,  se  sustrae  de la actividad legislativa, para otorgar la competencia  juzgadora  al  órgano  situado  en  la  cúspide  del poder judicial y, por eso  mismo,  el  más capacitado para repeler unas eventuales presiones o injerencias  y  comporta  una  serie de beneficios, como una mayor celeridad en la obtención  de  una  resolución  firme, rapidez recomendable en todo tipo de procesos, pero  particularmente  en  los  que,  como  presumiblemente  los  aquí  contemplados,  provocan   un   gran   sobresalto  en  la  sociedad50.   

De ese modo, el fuero penal especial es otro  de  los  elementos  característicos de los estados democráticos, que protege a  ciertos  altos  funcionarios  del  Estado,  de  modo  que se pueda garantizar la  dignidad  del  cargo  y  de  sus  instituciones, al igual que su independencia y  autonomía51,  para  que  puedan  desarrollar  las  funciones  que  les han sido  encomendadas.   

Además,   la  prescindencia  de  algunas  manifestaciones  procesales  existentes  en  el diligenciamiento común, como lo  serían  aquellos  procesos  penales en los cuales se aplica la regla general de  la  doble  instancia,  es  suplida  por  la  presteza  de  la  actuación  y  la  preponderancia  y pluralidad de los jurisperitos que participan en la actuación  y  decisión,  que  ciertamente  representan  óptima  garantía  y apuntalan la  justificación   del   fuero  especial  constitucional  configurando  excepción  válida a las reglas del sistema procesal común.   

Debe recalcarse que la Carta Política, por  haberlo  determinado  así  la  Asamblea  Nacional  Constituyente en su voluntad  soberana,  obligó  a  la  Corte Suprema de Justicia a investigar y juzgar a los  congresistas.  Al  expedirse el Acto Legislativo 03 de 2002 los Representantes a  la  Cámara y Senadores que entonces conformaban el Congreso de la República de  Colombia,  en  desarrollo  de  su elevada función de reformar la Constitución,  preservaron  dicha  competencia,  que no puede ser sino de única instancia ante  la  ausencia  de  superior  jerárquico,  respetando así la manera como la más  alta  entidad  de  la jurisdicción ordinaria ha cumplido tal función; claro es  que   en  esa  reforma,  o  en  otra,  habrían  podido  modificar  también  la  atribución  3ª  del  artículo  235  superior,  que enfáticamente entrega esa  misión.   

Con  todo  lo  anteriormente  expuesto, la  existencia  de  procesos  de  única  instancia,  para  la investigación y/o el  juzgamiento  de  funcionarios  investidos con un fuero constitucional como el de  los  congresistas,  adelantados  por  el  máximo  organismo de la jurisdicción  penal   ordinaria,  cuenta  con  el  aval  de  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  y  armoniza con los principales instrumentos internacionales que  consagran  el  principio de la doble instancia, sin que en forma alguna llegasen  a constituir una vulneración al debido proceso.   

Quinta. Análisis  del caso concreto.   

Corresponde  así  a  la  Sala Plena de la  Corte  Constitucional  determinar si fue conculcado el derecho al debido proceso  por  la  Sala  de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia, que resolvió  no  dar  trámite  a  un recurso de apelación instaurado por Luis Eduardo Vives  Lacouture  contra  la  sentencia  mediante  la  cual fue condenado, dentro de un  proceso de única instancia.   

Acorde con lo expuesto en precedencia, por  regla  general  la  acción  de  tutela no procede contra decisiones judiciales,  máxime  cuando  no se vulneran ni amenazan derechos fundamentales y mucho menos  si  las  mismas provienen del acatamiento expreso de la Constitución, el bloque  de   constitucionalidad   y   la   jurisprudencia,  como  acontece  en  el  caso  sub iudice.   

Empero,   como   se  indicó,  la  Corte  Constitucional  ha  señalado que existen unos supuestos sumamente excepcionales  de  procedencia de la acción de tutela contra providencias judiciales. Así, se  debe  constatar  si  en  el  caso  objeto  de  estudio  se cumplen los rigurosos  requisitos de procedibilidad ya referidos.   

La  Corte ha establecido que dentro de los  presupuestos  de  procedibilidad  de  la  tutela  contra  decisiones judiciales,  existen  unas  condiciones de carácter general que habilitan su interposición,  las   cuales,   junto  con  aquellas  otras  de  orden  específico,  deben  ser  confrontadas  en  cada  caso  por  el  juez  constitucional,  para determinar la  procedibilidad o no del amparo.    

En   primer  lugar,  se  encuentran  los  requisitos  generales de procedencia de la acción contra decisiones judiciales,  que  en  criterio de esta corporación “habilitan la  interposición  de  la tutela”, y de ser constatados  debe  procederse  al  análisis de los presupuestos de carácter específico que  “tocan con la procedencia misma del amparo, una vez  interpuesto”    (C-590   de   2005,   previamente  citada).   

Aceptando,        “prima  facie”,  que  en  este  caso  están  satisfechos  los  requisitos  generales  de procedencia de la acción de  tutela  contra  decisiones  judiciales,  encuentra  la  Sala  Plena  de la Corte  Constitucional  que  la  censura  dirigida  por  Luis Eduardo Vives Lacouture no  encaja  dentro  de  causal alguna de las especiales de procedibilidad del amparo  que se impetra contra una providencia judicial.   

Nótese que el actor planteó la existencia  de  una  presunta  anomalía  de  carácter  procesal,  al  no darse trámite al  recurso  de  apelación interpuesto contra la sentencia proferida por la Sala de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia. Sin embargo, cómo quedo  señalado  y se reforzará a continuación, la ausencia de una segunda instancia  en  el  caso  del  juzgamiento de aforados, no conculca el debido proceso, ni el  derecho  de  defensa,  luego no existe tal irregularidad procesal o defecto  fáctico  absoluto,  menos  que  haya  tenido  un  efecto decisivo o determinante en el auto impugnado en sede de  tutela;  por  el  contrario,  nada  conduce  a  inferir  que  al  ser tomada tal  decisión,  se  hubiera  actuado  “completamente al  margen  del  procedimiento  establecido”, cuando es  incontrovertible  que la actuación se realizó de una manera totalmente ceñida  al ordenamiento procedimental.   

En  la  providencia  objeto  de la presente  acción,   la   Sala  de  Casación  Penal  reiteró  que  por  expreso  mandato  constitucional,  en  los  procesos  de  única  instancia  adelantados por ella,  “no hay lugar a recurrir el fallo, lo que no implica  -como  lo  insinúa  el recurrente- que se afecten garantías fundamentales o se  contravengan  tratados  internacionales”  (f. 78 cd.  inicial).   

Para  tal  efecto se argumentó, citando lo  expuesto  en  la  audiencia  preparatoria  del  juicio  seguido contra el actor:  “La  doble instancia no es, entonces, simplemente el  derecho  a  que otro juez revise la decisión adversa proferida por el anterior,  sino  que  ese funcionario sea de rango superior, es decir, de mayor entidad que  el    primero.    Por    eso,    justamente,    se    trata    de   un   recurso  vertical.” (F. 79 ib.).   

Obsérvese que tanto el Pacto Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos, artículo 14.5, como la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos,  artículo 8.2, conceden el derecho al acusado de que,  respectivamente, “el fallo  condenatorio  y  la  pena  que  se le haya impuesto sean sometidos a un tribunal  superior,  conforme  a  lo  prescrito  por  la ley” y  “a   recurrir   el   fallo  ante  juez  o  tribunal  superior”,  superioridades  inexistentes  cuando se ha otorgado, no sólo conforme  a  la  ley  sino  a  la Constitución, el notable privilegio de ser juzgado, sin  mediación   previa   alguna,   por  el  supremo  órgano  de  la  jurisdicción  respectiva.   

Tratándose  entonces  de  una impugnación  vertical,  se  realza  la  imposibilidad  de la segunda instancia, al no existir  superior  jerárquico  que avoque la pretendida apelación, pues precisamente el  fuero,  constitucionalmente  fijado  por las razones antes expuestas, acarrea la  beneficiosa   prerrogativa  de  ser  procesado,  de  una  vez,  por  la  máxima  corporación   de   la  jurisdicción  respectiva,  esto  es,  aquélla  que  se  pronunciaría  finalmente,  lo hará antes, con su pluralidad de juristas de las  más elevadas calidades.   

Igualmente, hacer prevalecer forzadamente y  en  errada  interpretación de los tratados internacionales, una doble instancia  malentendida  como  absoluta,  equivaldría  a violentar el recto criterio de la  Corte  Suprema y de la Corte Constitucional y desconocer expresas previsiones de  la Constitución Política y las leyes colombianas.   

Recuérdese  que  en  la sentencia C-934 de  2006,  previamente  citada  y  con  fortaleza de cosa juzgada constitucional, la  interpretación  del  Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y del  Pacto  de  San  José  de  Costa  Rica  efectuada  por  órganos internacionales  competentes,  es  armónica con la adelantada frente a los artículos 29 y 31 de  la  Carta  Política  colombiana,  ante el juzgamiento de altos funcionarios del  Estado.   

A  su  vez,  como reiteró acertadamente la  Sala  Penal  accionada,  cada  Estado goza de un amplio margen de configuración  para  los  procedimientos  y  mecanismos de protección de los derechos, sin que  ello implique que se imponga siempre la segunda instancia.   

Así,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  corporación  a  la  cual  la  Carta  Política ubicó expresamente como máximo  tribunal  de  la  jurisdicción  ordinaria  (art.  234),  ha acogido precedentes  certeros,  según  los  cuales  la  existencia  de  actuaciones como la sujeta a  estudio,  tramitadas  en  única instancia, tiene su génesis en el cumplimiento  de  lo  preceptuado  por  la  preceptiva  superior,  de manera armónica con los  diferentes tratados internacionales invocados.   

Efectuar  una  interpretación distinta no  conllevaría  la protección del derecho invocado por el actor sino, ahí sí, a  una   flagrante   vulneración   al  debido  proceso,  que  además  de  afectar  potencialmente  a  otros  intervinientes  en  la  acción  penal,  a  eventuales  víctimas   de  la  conducta  juzgada  y  a  la  sociedad,  constituiría  grave  desconocimiento    de    la   Constitución   e   indebida   prolongación   del  proceso.   

Además,  también  le  asiste  razón  al  Presidente  de  la Sala de Casación Penal cuando recuerda que al juez de tutela  le  está vedado modificar las formas propias de cada proceso, máxime cuando la  jurisprudencia  de  la  Corte Constitucional en varias oportunidades ha indicado  que  ni  el legislador puede desconocer las competencias que en materia judicial  son asignadas por la Carta Política.   

De ese modo, el contenido de la providencia  impugnada  en sede de tutela mantiene incólume la intangibilidad reconocida por  esta  corporación,  al  tratarse de una acertada decisión del máximo tribunal  de  la  jurisdicción ordinaria. Fue proferida respetando la Constitución y las  normas   procesales  que  le  son  propias  a  esa  clase  de  investigación  y  juzgamiento,   y   reafirma,   como  lo  hace  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional,  que  la doble instancia no posee un carácter absoluto, de suyo  excluido  por  el  artículo  31  superior,  en  armonía  con  los instrumentos  internacionales que erradamente invoca el demandante de tutela.   

No     existe     la    “interpretación      equivocada”  sugerida  por  el  actor,  sino  la  aplicación razonada e imprescindible de la  Constitución,  como  debidamente  sustentó  la  Sala  de Casación Penal en el  cabal  desarrollo de su función judicial. Simplemente, se está en presencia de  un  procedimiento  legítimo  y  recto, frente al cual el señor Vives Lacouture  está  en  desacuerdo, no obstante el ostensible acatamiento del debido proceso,  bajo  mecanismos  reiterativamente  convalidados  desde  la  sentencia  C-142 de  1993.   

Entonces,  con  la  actuación  de la Corte  Suprema  al  negar  una improcedente apelación, no se afectó el debido proceso  sino  que  estrictamente  fue  acatado,  en  lo que realmente correspondía como  garantía   fundamental   del  aquí  actor,  quien  pudo  desplegar  todos  los  mecanismos  idóneos  para la defensa de sus intereses, pero mal pretende que le  concedan  privilegios  adicionales;  cumplir la preceptiva superior no puede ser  tildado  de  arbitrariedad  y lo único que podía proceder era actuar de manera  acorde   con   la   Carta   Política   y  con  las  respectivas  sentencias  de  constitucionalidad,  tal  como hizo la Sala de Casación Penal, paradójicamente  accionada por cumplir con su deber.   

Con  fundamento  en  todo  lo  anterior, se  negará  la  acción  de  tutela  incoada  por  el  señor  Luis  Eduardo  Vives  Lacouture,  contra  al  auto  proferido  en  agosto  20  de  2008 por la Sala de  Casación  Penal  de la Corte Suprema de Justicia, mediante el cual resolvió no  dar  trámite  al  recurso  de  apelación  interpuesto  frente  a  la sentencia  condenatoria  dictada  por  esa corporación en contra del ahora demandante, por  tratarse de un proceso de única instancia.   

IV.- DECISIÓN.  

En mérito de lo expuesto, la Sala Plena de  la  Corte  Constitucional,  administrando  justicia  en  nombre del pueblo y por  mandato de la Constitución,   

RESUELVE  

NEGAR  la  tutela  solicitada  por  Luis  Eduardo  Vives Lacouture, contra el auto proferido por la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, en agosto 20 de  2008.   

Cópiese,  notifíquese,  comuníquese  e  insértese en la Gaceta de la Corte Constitucional. Cúmplase.   

NILSON PINILLA PINILLA  

Presidente  

Aclaración de voto.  

MARÍA VICTORIA CALLE CORREA  

Magistrada            

MAURICIO GONZÁLEZ CUERVO  

Magistrado  

JUAN CARLOS HENAO PÉREZ  

Magistrado            

GABRIEL E. MENDOZA MARTELO  

Magistrado  

Magistrado            

JORGE IGNACIO PRETELT CHALJUB  

Magistrado  

HUMBERTO A. SIERRA PORTO  

Magistrado            

Aclaración  de  voto   

LUIS ERNESTO VARGAS SILVA  

 Magistrado  

MARTHA VICTORIA SÁCHICA MÉNDEZ  

Secretaria General  

ACLARACIÓN  DE VOTO DEL MAGISTRADO   

NILSON PINILLA PINILLA A LA SENTENCIA SU-811  DE 2009   

Referencia: expediente T-2207961  

Acción  de tutela instaurada por el señor  Luis  Eduardo  Vives  Lacouture,  contra  la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia   

Magistrado   ponente:   Nilson   Pinilla  Pinilla   

Habiendo sido aceptada y suscrita por todos  los  integrantes  de  esta  corporación la parte resolutiva y la mayoría de la  sustentación  que  como ponente propuse, estimo necesario consignar por escrito  la  aclaración  sobre  el  sentido de mi voto en el presente asunto, para dejar  constancia  de  algunas importantes reflexiones que en su momento hicieron parte  de  la motivación del proyecto originalmente puesto a consideración de la Sala  Plena, las cuales no fueron acogidas por los demás Magistrados.   

Al  igual  que  como  se  planteó  en  las  discusiones  que  antecedieron  a la adopción de la sentencia C-522 de agosto 4  de  2009  cuya  ponencia  también correspondió al suscrito Magistrado, para el  presente  asunto  propuse  incorporar algunas consideraciones generales sobre la  excepcionalísima  procedencia de la tutela contra decisiones judiciales, que en  mi  concepto  contribuirían  para  racionalizar  y  rescatar  esa  acción  del  desbordamiento  que  ha  eclipsado  sus  innegables  bondades.  Sin embargo, los  restantes  integrantes  de  la  Corte manifestaron su mayor o menor discrepancia  con esas reflexiones.   

Dado  que,  por el contrario, considero que  esos  aportes  constituyen  un sustento adicional de la determinación adoptada,  me  permito  transcribirlos  a  continuación,  además  como  testimonio  de mi  permanente  y  renovado desacuerdo, muy respetuoso, con la posición asumida por  la  mayoría  de  los  Magistrados que tanto antes como ahora han hecho parte de  esta  corporación,  en cuanto a ampliar las eventualidades de procedencia de la  tutela  frente  a decisiones judiciales que pongan fin a un proceso, no obstante  el  claro  efecto  de cosa juzgada derivado de la sentencia C-543 de octubre 1°  de 1992, M. P. José Gregorio Hernández Galindo.   

El texto de las consideraciones omitidas es  el siguiente:   

Por  regla general, la acción de tutela no  procede contra decisiones judiciales.   

Como es bien sabido mediante sentencia C-543  de  1992, la Corte declaró la inexequibilidad de los artículos 11, 12 y 40 del  Decreto  2591  de  1991,  normas que establecían las reglas relacionadas con el  trámite   de  tales  acciones,  pero  que  fueron  excluidas  del  ordenamiento  jurídico  al  descartarse la posibilidad de interponer acción de tutela contra  determinaciones  judiciales  que  pongan fin a un proceso. De esa providencia se  desprende   claramente   que,  por  regla  general,  no  procede  tutela  contra  decisiones  judiciales, salvo si se trata de una ostensible y grave “actuación  de  hecho”, perpetrada por  el propio funcionario judicial.   

Entre otras razones, se estimó inviable el  especial  amparo  constitucional  ante  diligenciamientos reglados dentro de los  cuales  están  previstos, al interior del respectivo proceso, los mecanismos de  protección de los derechos fundamentales.   

Al respecto, al estudiar el asunto frente al  tema  del  “principio  democrático de la autonomía  funcional  del  juez”, reconocido expresamente en la  Constitución  Política,  esta corporación determinó que el juez de tutela no  puede  extender  su decisión para resolver la cuestión litigiosa, obstaculizar  el  ejercicio  de  diligencias ordenadas por el juez ordinario, ni modificar sus  providencias,  o  cambiar  las  formas propias de cada  juicio,   lo   cual   sí  violaría  gravemente  los  principios constitucionales del debido proceso.   

En el referido pronunciamiento se expuso (en  el  texto  original  sólo  está  en  negrilla  “de  hecho”,    del    primer    párrafo    que    se  cita):   

“Ahora  bien,  de  conformidad  con  el  concepto  constitucional  de  autoridades  públicas,  no  cabe  duda de que los  jueces  tienen  esa calidad en cuanto les corresponde la función de administrar  justicia  y  sus  resoluciones son obligatorias para los particulares y también  para  el  Estado.  En esa condición no están excluidos de la acción de tutela  respecto   de   actos   u   omisiones   que   vulneren   o   amenacen   derechos  fundamentales, lo cual no significa que proceda dicha  acción  contra  sus  providencias. Así, por ejemplo,  nada  obsta para que por la vía de la tutela se ordene al juez que ha incurrido  en  dilación injustificada en la adopción de decisiones a su cargo que proceda  a  resolver  o que observe con diligencia los términos judiciales, ni riñe con  los  preceptos constitucionales la utilización de esta figura ante actuaciones   de   hecho   imputables  al  funcionario  por  medio  de  las  cuales  se desconozcan o amenacen los derechos  fundamentales,  ni  tampoco  cuando  la  decisión  pueda  causar  un  perjuicio  irremediable,  para  lo  cual sí está constitucionalmente autorizada la tutela  pero  como mecanismo transitorio cuyo efecto, por expreso mandato de la Carta es  puramente  temporal y queda supeditado a lo que se resuelva de fondo por el juez  ordinario  competente  (artículos  86  de  la Constitución Política y 8º del  Decreto  2591  de 1991). En hipótesis como éstas no puede hablarse de atentado  alguno  contra  la  seguridad  jurídica  de los asociados, sino que se trata de  hacer realidad los fines que persigue la justicia.   

Pero,  en  cambio,  no  está dentro de las  atribuciones  del  juez de tutela la de inmiscuirse en el trámite de un proceso  judicial  en  curso,  adoptando  decisiones  paralelas  a  las  que  cumple,  en  ejercicio  de  su  función,  quien  lo  conduce,  ya  que tal posibilidad está  excluida  de  plano  en  los conceptos de autonomía e independencia funcionales  (artículos   228   y   230   de  la  Carta),  a  los  cuales  ya  se  ha  hecho  referencia.   

No puede, por tanto, proferir resoluciones o  mandatos  que interfieran u obstaculicen diligencias judiciales ya ordenadas por  el  juez  de  conocimiento,  ni modificar providencias  por  él  dictadas, no solamente por cuanto ello representaría una invasión en  la  órbita autónoma del juzgador y en la independencia y desconcentración que  caracterizan  a  la  administración  de  justicia  (artículo  228  C.N.), sino  porque,  al  cambiar  inopinadamente  las  reglas  predeterminadas por la ley en  cuanto  a  las  formas propias de cada juicio (artículo 29 C.N.), quebrantaría  abierta    y    gravemente    los   principios   constitucionales   del   debido  proceso.   Lo   anterior   sin  tener  en  cuenta  la  ostensible    falta    de   competencia  que  podría  acarrear  la  nulidad  de  los  actos  y diligencias  producidos  como  consecuencia  de la decisión con los consiguientes perjuicios  para  las  partes,  la  indebida prolongación de los  procesos   y   la   congestión  que,  de  extenderse,  ocasionaría esta práctica en los despachos judiciales.   

De  las  razones  anteriores  concluye  la  Corte  que  no  procede  la  acción de tutela contra  ninguna   providencia   judicial,   con   la   única   salvedad  del  perjuicio  irremediable,  desde  luego  aplicada  en este evento como mecanismo transitorio  supeditado  a  la decisión definitiva que adopte el juez competente.”   

Las  razones  tenidas en cuenta para apoyar  esta  posición  jurisprudencial  se  encuentran  consolidadas, con la fortaleza  inamovible  erigida  por  lo  dispuesto  en  el  inciso  1º  del  artículo 243  superior,   a   partir   de   la   declaratoria   de  inexequibilidad    de   los   removidos   artículos  del    Decreto    2591    de   1991,   como  quiera  que  la parte resolutiva de  dicha  sentencia  está  protegida  por  la  garantía  de  la  cosa  juzgada  constitucional,  luego      es     de     obligatoria  observancia.   

En  sustento  de esa decisión,    entre    otras    consideraciones  convergentemente       definitorias,  además  se  plasmó   lo   siguiente  (sólo  están  en  negrilla en el texto original las  expresiones        “alternativo”,      “último”     y         “único”):   

“La  acción de tutela no es, por tanto,  un  medio  alternativo, ni menos adicional o complementario para alcanzar el fin  propuesto.  Tampoco  puede  afirmarse  que sea el último recurso al alcance del  actor,  ya  que su naturaleza, según la Constitución, es la de único medio de  protección,  precisamente  incorporado  a  la  Carta  con  el fin de llenar los  vacíos  que  pudiera  ofrecer  el sistema jurídico para otorgar a las personas  una plena protección de sus derechos esenciales.   

Se  comprende, en consecuencia, que cuando  se  ha  tenido  al  alcance un medio judicial ordinario y, más aún, cuando ese  medio  se  ha  agotado  y  se  ha  adelantado  un  proceso, no puede pretenderse  adicional  al  trámite  ya  surtido  una  acción  de tutela, pues al tenor del  artículo  86  de  la Constitución, dicho mecanismo es improcedente por la sola  existencia  de  otra posibilidad judicial de protección, aún sin que ella haya  culminado   en   un   pronunciamiento   definitorio  del  derecho.  Bien  puede  afirmarse que, tratándose de instrumentos dirigidos a  la  preservación  de  los  derechos,  el  medio  judicial  por excelencia es el  proceso,     tal     como     lo     acreditan          sus         remotos         orígenes.”   

En  relación  con  el  mismo  asunto,  y  particularmente   sobre   el   cumplimiento  del  proceso  de  una  “función      garantizadora      del      derecho”, agregó (no está en negrilla en el texto original):   

“Así,  pues,  no  corresponde  a  las reglas de hermenéutica ni se  compadece  con  los principios de la lógica asumir que el Constituyente de 1991  consagró   la  acción  de  tutela  como  medio   de  defensa  contra  los  resultados  de los procesos que él mismo hizo indispensables en el artículo 29  de    la    Constitución    para   asegurar   los   derechos   de   todas   las  personas.  Debe  entenderse, por el contrario, como lo  ha  entendido desde su instauración el constitucionalismo, que los procesos han  sido  instituidos  en  guarda  de la justicia y la equidad, con el propósito de  asegurar  a  los gobernados que el Estado únicamente  resolverá  las  controversias  que  entre  ellos se susciten dentro de límites  clara  y  anticipadamente  establecidos por la ley, con  el  objeto  de evitar los atropellos y las resoluciones arbitrarias, desde luego  dentro  de  la  razonable  concepción,  hoy  acogida  en el artículo 228 de la  Carta,  sobre  prevalencia  del  derecho sustancial, cuyo sentido no consiste en  eliminar  los procesos sino en impedir que el exagerado culto a las ritualidades  desconozca   el  contenido  esencial  y  la  teleología  de  las  instituciones  jurídicas.   

Así concebido, el  proceso  cumple una función garantizadora del Derecho y no al contrario, razón  por  la cual no puede afirmarse que su efectiva aplicación ni la firmeza de las  decisiones  que  con  base  en  él  se adoptan tengan menor importancia para la  protección  de  los  derechos  constitucionales  fundamentales que el instituto  previsto    en    el    artículo    86    de    la    Constitución.”   

De  la  misma  providencia  C-543  de 1992,  refréndase  que  “si  la  tutela  es  un  mecanismo  subsidiario  o supletorio, según queda demostrado, es  clara  su  improcedencia  cuando  ya se han producido no sólo un proceso, en el  cual  se  encuentran  comprendidos  todos  los  recursos y medios judiciales que  autoriza  la  ley,  sino  también  una  providencia  definitiva que puso fin al  mismo”.   

Igualmente,  con  fundamento  en  que  el  constituyente   estableció   jurisdicciones   autónomas   y   separadas   cuyo  funcionamiento   ha   de  ser  desconcentrado,  esa  sentencia  puntualizó  que  “no  encaja  dentro de la  preceptiva  fundamental un sistema que haga posible al juez, bajo el pretexto de  actuar  en  ejercicio de la jurisdicción Constitucional, penetrar en el ámbito  que  la  propia  Carta  ha  reservado  a  jurisdicciones  como la ordinaria o la  contencioso  administrativa a  fin de resolver puntos de derecho que están  o   estuvieron   al  cuidado  de  estas” (no está en negrilla en los textos originales).   

Sin   embargo,   a   partir   de  algunas  manifestaciones  que  la  propia Corte incluyó dentro de esa providencia, entre  ellas  que  los  jueces  de  la  República  tienen  el carácter de autoridades  públicas,  y  pueden  incurrir  en  “actuaciones”  de  hecho,  fue  dándose  origen  a la doctrina de la  vía de hecho, a partir de la  cual,  de  forma muy excepcional, se permite el uso de la acción de tutela para  cuestionar   aquellas   “decisiones”  que   por  contrariar  de  manera  grave,  flagrante  y  grosera  el  ordenamiento  constitucional,  no  puedan  en realidad reputarse como verdaderos  pronunciamientos judiciales.   

Sobre  este  tema  expresó  la Corte en la  sentencia  T-173 de mayo 4 de 1993, M. P. José Gregorio Hernández Galindo, uno  de  los  primeros  fallos  de  revisión  en  acciones  de  tutela en los que se  planteó esa doctrina (está en negrilla en el texto original):   

Esta  radical  diferencia  que determina la  procedencia  o  no  de  la acción de tutela contra providencias judiciales, fue  reiterada  por  esta corporación en decisiones posteriores, destacándose entre  ellas  la  sentencia  T-231  de mayo 13 de 1994, M. P. Eduardo Cifuentes Muñoz,  donde,  en  consonancia  con lo anterior, se expuso (se encuentra en negrilla en  el original):   

“Para  que  la tutela contra una actuación  judicial  reputada  como  vía  de  hecho  pueda  discernirse  no  es suficiente  endilgarle  a  la  actuación  judicial  demandada  errores y deficiencias en la  apreciación  de  los  hechos  o  en  la  aplicación  del  derecho,  pues  aún  existiendo  no  por  ello  la  providencia  se  constituye  en vía de hecho. Se  requiere,  como  se  ha expuesto, que la providencia adolezca de un defecto  absoluto -estimado, claro está,  no  de  manera  formal  sino material- de sustentación fáctica o jurídica que  repercuta  en  la  violación de un derecho fundamental, amén de que se reúnan  las condiciones señaladas para su procedibilidad.”   

Así,  siendo  claro  e  indiscutible  que  también  los  administradores  de justicia deben respeto a la Constitución y a  las  leyes, más aún en el ejercicio de sus competencias, no le es dado al juez  de  tutela  asumir asuntos asignados a otras jurisdicciones, como la ordinaria y  la contencioso administrativa.   

En la jurisprudencia de esta corporación se  ha   venido   desarrollando   así,   desde   1993   hasta  sus  más  recientes  pronunciamientos,   la   noción   de   la   vía  de  hecho52,   al   igual   que,   especialmente  en  los  últimos  años,  la  acomodaticia  concepción  de algunos de los requisitos  generales   de   procedencia   y,   sobre  todo,  las  causales   especiales  de  procedibilidad,  resultando  necesario  mantener  y reiterar la esencia de aquella  excepcionalísima  posibilidad, de tal forma que para que prospere la acción de  tutela  contra  providencias  judiciales  deberá  tratarse  de una trascendente  actuación  arbitraria  y ostensiblemente opuesta al ordenamiento jurídico, que  implique  vulneración  grave  de derechos fundamentales, al punto de requerirse  la   intervención   del   juez   de   tutela   como   única   vía   para   su  restablecimiento.   

En  esta misma línea, la Corte ha realzado  que  la  circunstancia  de que el juez de tutela pueda, por rigurosa excepción,  revisar  una  decisión  judicial tildada de arbitraria, no lo convierte en juez  de  instancia, ni puede llevarle a sustituir a quien lo es. En efecto, el amparo  constitucional  implica  una  confrontación  de  la  actuación judicial con el  texto  superior,  para la estricta verificación del cumplimiento y garantía de  los  derechos  fundamentales,  que  no  puede  conducir  a  que  se  imponga una  interpretación  de  la  ley  o una particular forma de apreciación probatoria,  que  se  considere  más acertada a la razonadamente expuesta en el proceso y en  la           sentencia           respectiva53.   

También  es  importante  considerar que si  bien   la   jurisprudencia   constitucional   ha   paulatinamente   admitido  la  excepcionalísima  procedencia  de  la  acción  de  tutela  contra providencias  judiciales,  pese  a  la  claridad y al efecto de cosa juzgada (art. 243 Const.)  que  es inmanente a las decisiones contenidas en la sentencia C-543 de 1992 a la  que  antes  se  hizo referencia, no sería menos pertinente ni valedero tomar en  cuenta  también  los  parámetros  de  racionalidad  dentro  de  los  cuales el  legislador  extraordinario  de  1991  quiso  enmarcar  la  procedencia  de  esta  acción.  En  este  sentido es necesario entonces evocar el contenido del inciso  final  del parágrafo 1° del artículo 40 del Decreto 2591 de 1991, que por esa  decisión  fue  declarado  inexequible: “La tutela no  procederá  por errónea interpretación judicial de la ley ni para controvertir  pruebas.”   

De otra parte, la sentencia C-590 de junio 8  de  2005,  M. P. Jaime Córdoba Triviño, circunscrita al estudio y declaración  de  inexequibilidad  de  un  segmento normativo de la Ley 906 de 2004, artículo  185,  que  conducía  a  la  proscripción  de  la  acción de tutela contra las  sentencias  de  casación  penal, contiene también importantes reflexiones, muy  pertinentes  al propósito de acotar el ámbito estrictamente excepcional dentro  del   cual   es   constitucionalmente  admisible  la  tutela  contra  decisiones  judiciales.  Sobre  el tema expuso en esa ocasión esta corporación, además de  reafirmar    categóricamente   que   “no  puede  el  juez de tutela convertirse en el máximo intérprete  del  derecho legislado ni suplantar al juez natural en su función esencial como  juez  de  instancia” (no se  encuentra en negrilla en el texto original):   

“Desde  luego,  una  comprensión  de  la  Constitución  como  sistema  normativo  plantea  la  necesidad  de armonizar la  procedencia  de  la  acción  de  tutela contra ese tipo de pronunciamientos con  principios   constitucionales   como   el   de   seguridad   jurídica,  con  la  distribución  superior  de  competencias y con otros principios específicos de  la  jurisdicción,  también de índole constitucional, como los de autonomía e  independencia.    

De  ese  modo,  si  se  equilibran, por una  parte,  la  índole  constitucional  de  la  acción  de  tutela  como mecanismo  diseñado  por  el  propio  constituyente  para  la  protección de los derechos  fundamentales,  con,  por  otra  parte, los demás principios constitucionales y  con   los   fundamentos   superiores  de  la  administración  de  justicia,  la  conclusión  a  la  que  se arriba es que la procedencia de la acción de tutela  contra  las  decisiones  tomadas  por  la jurisdicción debe ser excepcional, es  decir,  debe limitarse a aquellos casos que efectivamente configuren una lesión  o  una  puesta en peligro de derechos fundamentales. Sobre este punto, ese es el  alcance  de  la Carta Política de 1991 y de esa manera ha sido interpretada por  esta Corporación.”   

Más   adelante,   en   el   precitado  pronunciamiento se indicó:   

“…  el  panorama  es  claro,  ya  que  como  regla  general  la acción de tutela no procede  contra   decisiones   judiciales  y  esto  por  varios  motivos.   Entre   ellos,   en   primer   lugar,   el   hecho  que  las   sentencias  judiciales  constituyen  ámbitos  ordinarios  de  reconocimiento  y  realización  de  los  derechos  fundamentales proferidos por  funcionarios  profesionalmente  formados  para  aplicar  la  Constitución  y la  ley;  en  segundo  lugar, el  valor  de  cosa  juzgada  de las sentencias a través de las cuales se resuelven  las  controversias  planteadas  ante  ellos  y  la  garantía  del  principio de  seguridad  jurídica  y, en tercer lugar, la  autonomía  e  independencia que caracteriza a la jurisdicción  en    la    estructura    del   poder   público   inherente   a   un   régimen  democrático.”   

Dentro  de  la  misma  línea, señaló la  Corte en esa providencia:   

“Ahora,   la   intervención  del  juez  constitucional  en  los  distintos  procesos  es  únicamente  para  efectos  de  proteger   los  derechos  fundamentales  afectados.  Al  respecto  en  reiterada  jurisprudencia   la   Corte   Constitucional   ha   señalado  que  la  función del juez constitucional no es la de reemplazar al juez  de  la  causa  ni  la de crear incertidumbre a la hora de definir el sentido del  derecho.  Muy por el contrario, el juez constitucional  debe  tener particular cuidado a la hora de evaluar si una determinada decisión  judicial vulnera los derechos fundamentales de una de las partes.   

En  ese  sentido,  los  fundamentos  de una  decisión   de   tutela   contra   una  sentencia  judicial  deben  aclarar  con  transparencia  la  relevancia  iusfundamental del punto que se discute y el juez  debe   contraerse  a  estudiar  esta  cuestión  y  ninguna  otra.  No   se  trata  entonces  de  un  mecanismo  que  permita  al  juez  constitucional  ordenar  la anulación de decisiones que no comparte o suplantar  al  juez ordinario en su tarea de interpretar el derecho legislado y evaluar las  pruebas  del  caso.  De  lo  que  se  trata  es  de un  mecanismo  excepcional,  subsidiario  y  residual  para  proteger  los  derechos  fundamentales  de  quien  luego  de  haber  pasado  por  un  proceso judicial se  encuentra  en condición de indefensión y que permite la aplicación uniforme y  coherente  -es  decir  segura  y  en  condiciones  de  igualdad- de los derechos  fundamentales a los distintos ámbitos del derecho.”   

Es  sin  embargo  palmario  que  la  citada  sentencia  C-590  de  2005,  cuya  decisión en todo caso gravita exclusivamente  sobre  la  procedencia  de  la  acción de tutela contra sentencias de casación  penal54,  no  podía  de  manera  alguna variar el inexorable sentido de la  sentencia  C-543  de  1992,  ésta  sí  específica  sobre  el reglamento de la  acción  constitucional  de  tutela  y  contundente al declarar inexequibles los  artículos  11,  12  y  40  de  tal reglamento, expedido por el Presidente de la  República  observando el trámite ante la Comisión Especial creada por expreso  mandato constitucional (arts. 5° y 6° transitorios Const.).   

Manifiesta la Corte Constitucional encontrar  claro  que  la  expresión “involucran la superación  del  concepto  de  vía  de  hecho  y  la admisión de específicos supuestos de  procedibilidad  en  eventos  en  los  que  si  bien  no  se está ante una burda  trasgresión  de  la  Carta,  sí se trata de decisiones ilegítimas que afectan  derechos  fundamentales”,  contenida en la comentada  sentencia  C-590  de 2005 (literal i de la consideración 25), no ha de conducir  a  que  se quebrante la intangible disposición del inciso 1° del artículo 243  de la Constitución.   

De esta manera, tal expresión incidental no  puede  ser  entendida y menos aplicada sin el debido acatamiento y armonización  con  lo  previamente  determinado  en  la sentencia C-543 de 1992, en la cual se  concluyó,  en  los  términos  antes  trascritos  y allí sí como ratio   decidendi,   que  las  decisiones  judiciales  no  pueden ser objeto de la acción de tutela, salvo que constituyan  graves    y    protuberantes    “actuaciones    de  hecho”.   

Recapitulando,  merece  también  especial  atención  el  planteamiento  de  la  Corte  Constitucional en cuanto a la labor  específica  del juez de tutela, en punto a que no puede desconocer “los  conceptos  y  principios de autonomía, independencia de los  jueces,  acceso a la administración de justicia, seguridad jurídica y vigencia  del      Estado     social     de     derecho”55.   Es  entonces  desde  las  rigurosas  perspectivas expuestas en precedencia que el juez constitucional debe  avocar  el análisis cuando quiera que se plantee por parte de quienes acudieron  a  un  proceso  judicial  ordinario,  la  supuesta  vulneración de sus derechos  fundamentales como resultado de providencias entonces proferidas.   

Por  lo  anterior,  dado  que  la decisión  adoptada  con  mi  acuerdo  y  participación,  implicó  la  supresión  de las  precedentes  consideraciones,  que  había  incluido  en la ponencia original, y  fueron  reemplazadas  por  meras transcripciones de las sentencias T-545 y T-555  de  2009,  en  el acápite tercero de las consideraciones, aclaro el voto según  lo que ha quedado expuesto.   

Con mi acostumbrado respeto,  

Fecha     ut  supra   

NILSON PINILLA PINILLA  

Magistrado  

    

1  “Cfr. Corte Constitucional, sentencia T-310 de 2009.”   

2 “En  esta  sentencia  se  declaró  la  inexequibilidad de la expresión ‘ni         acción’, contenida en el artículo 185 de la  Ley 906/04, relacionado con la sentencia de casación penal.”   

3  “Corte    Constitucional,    sentencia   173/93.   [Cita   de   la   sentencia  C-590/05].”   

4  “Corte    Constitucional   sentencia   T-504/00.   [Cita   de   la   sentencia  C-590/05].”   

5“  Ver   entre  otras  la  reciente  sentencia  T-315/05.  [Cita  de  la  sentencia  C-590/05].”   

6  “Corte   Constitucional,  sentencias  T-008/98  y  SU-159/2000.  [Cita  de  la  sentencia C-590/05].”   

7  “Cfr.     Corte     Constitucional,    sentencia    C-591/05    y    sentencia  T-310-09.”   

8“  Corte    Constitucional,    sentencia    T-658-98.   [Cita   de   la   sentencia  C-590/05].”   

9  “Corte  Constitucional sentencias T-088-99 y SU-1219-01. [Cita de la sentencia  C-590/05].”   

10  “Ver  Corte  Constitucional,  sentencia  T-310  de  2009.”   

11  “Cfr. Corte Constitucional, sentencia T-993/03.”   

12  “Cfr. Corte Constitucional, sentencia T-310-09.”   

13  “Ver,  entre  otras,  las  sentencias  T-231  de 1994, T-442 de 1994, T-567 de  1998,  T-008  de 1998, SU-159 de 2002, T-025 de 2001, T-109 de 2005, T-639   de 2006 y T-310 de 209 de la Corte Constitucional.”   

14  “Así,  por  ejemplo, en la sentencia SU-159 de 2002, Corte Constitucional, se  define   el  defecto  fáctico  como  ‘la  aplicación  del  derecho sin contar con el apoyo de los hechos  determinantes  del  supuesto  legal  a  partir  de  pruebas válidas’.”   

15  “Cabe  resaltar  que  si esta omisión obedece a una negativa injustificada de  practicar  una  prueba  solicitada por una de las partes, se torna en un defecto  procedimental,     que    recae    en    el    ejercicio    del    derecho    de  contradicción.”   

16  “Cfr.  Corte  Constitucional, sentencias SU-159 de 2002, T-538 de 1994 y T-061  de 2007.”   

17  “Ver  sentencias  Corte Constitucional: T-442 de 1994, T-567 de 1998, T-239 de  1996  y  SU–159 de 2002,  T-244 de 1997.”   

18  “Corte Constitucional, sentencia T-442 de 1994.”   

19  “En  la  sentencia  T-055  de 1997, la Corte Constitucional determinó que, en  tratándose  del  análisis  del  material probatorio, la independencia judicial  cobra mayor valor y trascendencia.”   

20  “‘En  el  plano de lo que constituye la valoración de una prueba, el  juez  tiene autonomía, la cual va amparada también por la presunción de buena  fe’,  sentencia T-336 de  1995, reiterada por la T-008 de 1998.”   

21  “Sobre     el     particular,     ha     señalado    la    Corte:‘(…)  al  paso que el juez ordinario  debe  partir  de  la  inocencia plena del implicado, el juez constitucional debe  hacerlo  de  la  corrección  de  la  decisión  judicial impugnada, la cual, no  obstante,  ha  de  poder  ser cuestionada ampliamente por una instancia de mayor  jerarquía         rodeada        de        plenas        garantías’  (sentencia T-008 de 1998. Reiterada  en la sentencia T-636 de 2006).”   

22  “Ibid.”   

23  “Ibídem.”   

24  “Sobre    estas    condiciones,    Cfr.    Corte   Constitucional,   sentencia  T-705/02.”   

25  “Sobre   una   exposición   acerca   del   valor   jurídico  del  precedente  constitucional  y  su  conformación como causal de tutela contra sentencias, en  los   casos   en   que   es  desconocido  por  el  juez  ordinario,  Cfr.  Corte  Constitucional, sentencia T-292/06.”   

26  “Cfr.  Corte  Constitucional,  sentencias  C-104  de 1993 y SU-047 de 1999.”   

27  “Ibid.”   

29  “Ver sentencia T-008 de 1998.”   

30  “Al    respecto    pueden    consultarse    las    sentencias    T–441,           T–462,           T–589       y       T–949 de 2003.”   

31  “Sentencia T-1031 de 2001, argumento jurídico número 6.”   

32  “Sobre  el  papel  actual  que  juega  el  juez en un Estado Social de Derecho  véanse las sentencias C-037/00, C-366/00 y SU-846/00.”   

33“  Sentencia T-522/01”   

34  “Cfr. Sentencias T-462/03; SU-1184/01; T-1625/00 y T-1031/01.”   

35  “Sentencia  T-1031  de  2001.  En  este  caso  se  decidió  que  ‘(…)  el pretermitir la utilización  de  los  medios  ordinarios  de  defensa,  torna  en  improcedente la acción de  tutela.  Empero,  la  adopción  rigurosa de éste postura llevaría, en el caso  concreto,  a  una  desproporcionada  afectación  de  un derecho fundamental. En  efecto,  habiéndose  establecido de manera fehaciente que la interpretación de  una  norma  se  ha  hecho con violación de la Constitución, lo que llevó a la  condena  del  procesado  y  a una reducción punitiva, no puede la forma imperar  sobre  lo sustancial (CP. art. 228). De ahí que, en este caso, ante la evidente  violación  de  los  derechos  constitucionales  fundamentales del demandado, la  Corte  entiende  que  ha  de  primar  la  obligación  estatal  de garantizar la  efectividad  de  los  derechos,  por encima de la exigencia de agotar los medios  judiciales       de       defensa’.”   

36  “Sentencia  T-949  de  2003.  En  este caso la Corte decidió que ‘(…)  la  infracción  del  deber de  identificar  correctamente  la  persona  sometida  al proceso penal, sumada a la  desafortunada  suplantación,  constituye  un  claro  defecto  fáctico,  lo que  implica  que  está  satisfecho  el  requisito  de procedibilidad exigido por la  Jurisprudencia  para  la procedencia de la acción de tutela contra providencias  judiciales.’”   

37  C-142 de abril 20 de 1993, M. P. Jorge Arango Mejía.   

38 En  esa  providencia  fueron declarados exequibles los numerales 5°, 6°, 7° y 9°  del  artículo  32  de la Ley 906 de 2004, que consagran competencias de la Sala  de  Casación  Penal de la Corte Suprema de Justicia, demandados por la presunta  vulneración  de  los  artículos  29 y 93 de la Constitución, el literal h del  numeral  2° del artículo 8° de la Convención Americana de Derechos Humanos y  el  numeral  5°  del artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y  Políticos,  al  consagrar procesos penales de única instancia, que en criterio  de   las  ciudadanas  demandantes  pretermiten  la  posibilidad  de  apelar  una  sentencia condenatoria.   

39 En  la  demanda  que  dio lugar al pronunciamiento de la referencia fueron invocados  los  artículos  14  del  Pacto  de  Derechos  Civiles  y Políticos y 8° de la  Convención Americana de Derechos Humanos.   

40 En  esa  providencia  se  declaró  exequible  el  numeral  7° del artículo 68 del  Decreto  2700  de  1991,  que  consagraba en aquel entonces la competencia de la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia para conocer del  juzgamiento  de  los altos funcionarios del Estado referidos en el artículo 174  superior.   

41  “Sentencia  N°  C-076  de 1993. M. P. Jaime Sanín  Greiffenstein.”   

42 Esa  potestad  de  configuración  también  fue  referida  en  la sentencia C-873 de  septiembre  30  de  2003,  M. P. Manuel José Cepeda Espinosa, donde entre otras  determinaciones  se declaró exequible el numeral 9° del artículo 75 de la Ley  600  de  2000,  que  asigna  a la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia  el  juzgamiento  de  viceprocurador,  vicefiscal,  magistrados  de los  consejos  seccionales  de  la  judicatura,  del  Tribunal  Superior Militar, del  Consejo  Nacional  Electoral,  fiscales  delegados  ante  la  Corte  Suprema  de  Justicia   y   tribunales   superiores   de  distrito,  procuradores  delegados,  Registrador  Nacional  del  Estado  Civil,  Director  Nacional  de  Fiscalía  y  directores seccionales de fiscalía.   

43 El  numeral  consagraba  la  competencia  de  la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de Justicia para conocer: “De la acción de  revisión  cuando  la  sentencia  ejecutoriada  haya  sido proferida en única o  segunda  instancia  por  esta  corporación,  por el Tribunal Nacional o por los  Tribunales Superiores de Distrito.”   

44  Acorde  con  la sentencia C-247 de junio 1° de 1995,  M.   P.  José  Gregorio  Hernández  Galindo:  “La  Constitución  ha  establecido  la  pérdida de la investidura como una sanción  que  es  independiente  de  las  penales  que  pudieran  ser  aplicables  por la  comisión  de  delitos  y  que  encuentra  su  razón  de  ser  en  el  régimen  constitucional  de  las  actividades  que  cumplen  los  congresistas.  Tiene un  carácter  disciplinario de muy especiales características, la competencia para  decretarla  es  atribuida  de  manera  exclusiva  a  un  tribunal -el Consejo de  Estado-  y  tan  sólo puede operar en los casos, bajo las condiciones y con las  consecuencias  que la Carta Política establece. Las causas que dan lugar a ella  son taxativas (artículo 183 C.P.).”   

45  “Ver   las   sentencias   C-142   de   1993,   C-561   de   1996,   C-411   de  1997.”   

46  “El  legislador,  en  ejercicio de la potestad de configuración ha modificado  la  lista  de  cargos cobijados por este fuero especial ante la Corte Suprema de  Justicia,  sin  embargo,  desde  el  año  2000  el legislador ha determinado la  inclusión   de   los  siguientes  funcionarios:  (i)  los  mencionados  en  los  artículos  174  y 235, numerales 2, 3, y 4 de la Carta, (ii) el viceprocurador,  (iii)  el  vicefiscal,  (iv)  los  magistrados de los consejos seccionales de la  judicatura,  (v)  del  Tribunal  Superior  Militar,  (vi)  del  Consejo Nacional  Electoral,  (vii)  los  fiscales  delegados  ante la Corte Suprema de Justicia y  (viii)  los  tribunales superiores de distrito, (ix) los procuradores delegados,  (x)  el  Registrador  Nacional  del  Estado  Civil, (xi) el Director Nacional de  Fiscalía  y (xii) los directores seccionales de fiscalía. La Corte declaró la  exequibilidad  de  dichas  inclusiones en las sentencias C-142 de 1993, C-561 de  1996, C-411 de 1997 y C-873 de 2003.”   

47  “Ver la sentencia C-873 de 2003, precitada.”   

48  “Ver  la  sentencia C-561 de 1996. No obstante, la Corte Constitucional (C-037  de  1996) declaró inconstitucional que la Ley Estatutaria de la Administración  de  Justicia  atribuyera  a  la  Sala  Plena  de la Corte Suprema de Justicia el  conocimiento  de  las  apelaciones  de  algunos  de estos procesos. El artículo  juzgado  decía: ‘Articulo  17.  De  la  Sala  Plena.  La  Sala  Plena  cumplirá  las siguientes funciones:  (…)   6.  Resolver  las impugnaciones y los recursos de apelación contra  las  sentencias,  medidas  cautelares,  providencias y autos interlocutorios que  profiera  la  Sala  de  Casación  Penal en los procesos que trámite contra los  funcionarios  y servidores públicos con fuero constitucional de juzgamiento por  los  hechos  punibles que se les imputen (Proyecto de ley número 58/94 Senado y  264/95         Cámara,         ‘Estatutaria   de   la   Administración   de   Justicia’)  La  Corte  resolvió lo siguiente:  ‘DECIMOTERCERO.- Declarar  INEXEQUIBLES   (…)   el   numeral   6o   del  artículo  17  (…)’”   

49  “Ver las sentencias C-142 de 1993 y C-411 de 1997.”   

50  Cfr.  Obregón García, Antonio, “La responsabilidad  criminal  de  los  miembros  del  Gobierno:  análisis  del  artículo 102 de la  Constitución   española”,  ed.  Civitas,  Madrid,  1996, págs. 56 y 57.   

51 En  la  sentencia  T-1320 de diciembre 10 de 2001, M. P. Alfredo Beltrán Sierra, se  indicó  (no  está en negrilla en el texto original):  “En  apoyo  de  la  aserción anterior, en relación  con  el fuero otorgado a los congresistas para ser juzgados por la Corte Suprema  de  Justicia,  ha  de  tenerse en cuenta que dicho fuero no se instituye como un  privilegio  de  carácter  personal,  sino en razón de la investidura y con una  finalidad  protectora  de  la  integridad  y  la  autonomía  del Congreso de la  República.  Por  eso  no  puede  admitirse que sólo  tenga  operancia respecto de hechos presuntamente delictuosos que sean cometidos  por  el  sindicado  cuando ostente la calidad de miembro del Congreso, pues, aun  cuando  en  este caso tiene fuero, también este se extiende a hechos anteriores  a  su posesión como Senadores de la República o Representantes a la Cámara si  el  proceso  penal  se  adelanta  cuando  se  encuentran  en  ejercicio  de  sus  funciones.  Es  decir,  si  el  hecho  se  cometió  antes  de  que el sindicado  ostentara  la  calidad  de miembro del Congreso pero el proceso penal respectivo  se  inicia  después  de  que  adquiera  dicha calidad, el fuero ha de aplicarse  necesariamente  para  cumplir  con  la finalidad constitucional que se le asigna  que,  se  repite,  no  es  de carácter individual no en beneficio personal sino  institucional.”   

53  Cfr.  sobre  este  tema, entre muchas otras, las sentencias T-008 de enero 22 de  1998,  M.  P.  Eduardo  Cifuentes  Muñoz, T-357 de abril 8 de 2005, M. P. Jaime  Araújo  Rentería  y  T-952  de  noviembre  16  de  2006,  M. P. Nilson Pinilla  Pinilla.   

54  Declaró    inexequible    la    expresión    “ni  acción”  del  artículo  185  de  la  Ley  906  de  2004.   

55  Sentencia  T-518 de noviembre 15 de 1995, M. P. Vladimiro Naranjo Mesa, citada a  su  vez  en  la  T-1036  de  noviembre  28  de  2002,  M. P. Eduardo Montealegre  Lynett.     

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