T-705-09

Tutelas 2009

    Sentencia   T-705   de  2009   

Referencia: expediente T-2294513.  

Acción  de  tutela  instaurada  por  María  Eugenia  Donado Torres, contra el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario,  INPEC.   

Procedencia:   Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito de Montería.   

Magistrado Ponente:  

Dr. Nilson Pinilla Pinilla.  

Bogotá,  D.  C., seis (6) de octubre de dos  mil nueve (2009).   

La  Sala  Séptima  de Revisión de la Corte  Constitucional,  integrada  por  los  Magistrados  Nilson Pinilla Pinilla, Jorge  Iván  Palacio  Palacio  y  Humberto  Antonio  Sierra Porto, en ejercicio de sus  competencias constitucionales y legales ha proferido la siguiente   

SENTENCIA  

en  la  revisión del fallo proferido por el  Juzgado  Tercero Penal del Circuito de Montería, dentro de la acción de tutela  instaurada  por  María  Eugenia  Donado  Torres,  contra  el Instituto Nacional  Penitenciario y Carcelario INPEC.   

I. ANTECEDENTES.  

La  señora  María  Eugenia  Donado  Torres  instauró  acción  de tutela, actuando también como representante legal de una  hija  menor  de  edad,  contra  el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario  INPEC,  aduciendo  vulneración de los derechos “a la  familia,  a  los niños y al debido proceso”, por los  hechos que a continuación son resumidos.   

A.   Hechos   y  relato  contenido  en  la  demanda.   

    

1. La   actora   afirmó   que  es  “compañera  permanente  del  señor  ORLANDO  ROJAS  VALERO,  quien  actualmente  se  encuentra  cumpliendo  una pena privativa de la  libertad,   …   en  el  Establecimiento  Penal  y  Penitenciario  ‘Las        Mercedes’      de      Montería,     hasta  aproximadamente   el  día  18  de  Noviembre  del  2008,  en que de manera  abrupta”   fue   enviado  a  Valledupar  (f. 2 cd. inicial). Él se haya condenado  por secuestro extorsivo, entre otros delitos (f. 55 ib.).     

    

1. De  esa  unión, el 10 de abril de  2007  nació  LUNA ALEJANDRA ROJAS DONADO (f. 19 ib.), sosteniendo la actora que  la  niña  veía  a su padre en la cárcel “todos los  días  asignados  para la visita de los niños” y que  la  demandante  acudía  “todos los domingos y días  que   asignara   el   centro   de   reclusión  para  las  visitas  de  mujeres,  constituyéndose  en  una  verdadera  familia” (f. 2  ib.),    constituyendo    el    traslado    de    Orlando    Rojas    Valero   a  Valledupar   “el   desintegramiento   del   núcleo  familiar” (f. 3 ib.).     

    

1. Trasladado el señor Orlando Rojas  Valero  a  Valledupar, una defensora pública “elevó  derecho  de  petición  con  fecha  27  de  noviembre  del  2008” (f.  3  ib.),  ante el Director del establecimiento penitenciario de  mediana  seguridad  y carcelario de Montería, para que le informara los motivos  que  generaron el cambio, obteniendo respuesta en diciembre 29 de 2008, donde se  señaló   que   el   traslado  obedeció  al  cumplimiento  de  los  “artículos  73,  74  y  75  numeral  6,  de   la Ley 65 de  1993” (f. 55 ib.).      

B.    Respuesta    del   establecimiento  penitenciario y carcelario de Montería.   

Mediante  escrito  de febrero 16 de 2009, el  Director  del establecimiento penitenciario de mediana seguridad y carcelario de  Montería   aseveró  que  es  potestad  del  Director  del  INPEC  “trasladar  a  los  internos a las diferentes cárceles del país,  fundamentado  en  lo establecido por la ley para… la finalidad del tratamiento  penitenciario,   que  es  alcanzar  la  resocialización  del  infractor  penal,  mediante  el examen de su personalidad y a través de la disciplina, el trabajo,  el  estudio,  la  formación  espiritual, cultural, el deporte y la recreación,  bajo  el  espíritu  humano y solidario” (f. 46 ib.).   

Añadió    que   es   la   “institución  la  que  teniendo  en cuenta factores de seguridad,  desafinamiento  (sic)  en las  cárceles,  perfil del infractor de la ley penal, la que decide cuando se ubican  las  personas  que  de  una  u  otra manera atentaron en un momento determinado,  contra la sociedad” (f. 46 ib.).   

Frente al traslado, precisó que “esa  orden se da luego de un estudio minucioso de los centros que  los  alberga  y  buscando  que  se  cumpla lo estipulado en el art. 10 de la Ley  65/93,  código  penitenciario  y  carcelario” (f. 47  ib.).   

Indicó  también  que  la acción de tutela  resulta  improcedente, ante la “potestad discrecional  del  director  general  del  INPEC, por lo tanto, proceder en sentido contrario,  aparejaría   una   extralimitación  del  juez  constitucional”  (f. 49 ib.).   

Finalizó    solicitando   se   deniegue  “la  acción  presentada por carencia de objeto, por  ilegitimidad  de  la  acción; por carecer de fundamento constitucional y legal,  habida  consideración de estar el interno condenado a pena de prisión impuesta  por    un   juez   de   la   república”   (f.   53  ib.).   

C. Sentencia única de instancia.  

Mediante  providencia de febrero 23 de 2009,  el  Juzgado  Penal del Circuito de Montería negó la tutela, al estimar que los  reclusos  “no  tienen  ejercicio pleno de algunos de  los  derechos fundamentales de que gozan los demás asociados. En segundo lugar;  la  potestad  de  traslado  de  los  internos,  en cabeza de la Dirección de la  entidad  accionada,  es  una  facultad  legítima;  que  tiene  fundamento en el  alcance   de   los   fines   del  tratamiento  penitenciario,  como  lo  son  la  resocialización  del infractor mediante un examen de personalidad a través del  trabajo,  la  disciplina,  el  deporte  entre otras. En tercer lugar, la acción  constitucional  de tutela, no es un mecanismo idóneo para incoar la protección  de  los  derechos  fundamentales de un recluso que, por consecuencia de su misma  conducta  asocial,  le  han  sido suspendidos algunos de sus derechos; en virtud  del  llamado  Contrato  Social  suscrito con el Estado; el cual es fundado en el  aforismo  ‘el bien general,  prevalece  sobre el interés particular’” (f. 62 ib.).   

D.   Actuación   cumplida   en   sede  de  revisión.   

El Magistrado sustanciador, mediante auto de  septiembre  22  de  2009,  dispuso oficiar a autoridades penitenciarias para que  precisaran  los  motivos  que conllevaron el traslado de cárcel, de Montería a  Valledupar,  del  señor  Orlando  Rojas  Valero e informaran cuál es el centro  penitenciario de alta seguridad más cercano a Montería.   

En   la   respuesta   que   a  cada  quien  correspondía, se recibió la siguiente información:   

1.  Mediante oficio N° 007567 de septiembre  25  de 2009, la Coordinadora Grupo Asuntos Penitenciarios del INPEC reportó que  los  Establecimientos  Penitenciarios  de  Alta  Seguridad  en el país son, por  regionales,   los   siguientes:  “Regional  Central:  EPAMSCAS  Bogotá,  EC  Bogotá, EPAMSCAS Cómbita, Regional Occidente: EPAMSCAS  Palmira,  EPASMSCAS  Popayán,  Regional  Norte:  EPAMSCAS  Valledupar, Regional  Oriente:  EPAMS  Girón,  Regional  Noroeste:  EPAMSCAS Itagüí, Regional Viejo  Caldas: EPAMS Dorada.”   

Expresó   así   mismo  que  “el  Establecimiento  Penitenciario de Alta Seguridad más cercano  a   Montería   sería  el  EPAMSCAS  de  Valledupar  de  la  Regional  Norte”  (f. 12 cd. Corte).   

2. En oficio de septiembre 28 de 2009 (f. 13  ib.),  el  Director  del  Establecimiento  Penitenciario  de Mediana Seguridad y  Carcelario   de   Montería  contestó:  “El  señor  interno  Orlando  Rojas  Valero,  ingresó  al  establecimiento Penitenciario de  Mediana  Seguridad  y Carcelario de Montería, el día 16 de septiembre de 2003,  con  la siguiente situación jurídica. Fallo de fecha 09 de septiembre de 2005.  Condenado  a  la  pena  de  420  meses  de prisión por los delitos de Secuestro  Extorsivo  y Fabricación y Porte de Armas, autoridad Juzgado Penal del Circuito  Especializado  de  Montería-  o  sea  condenado  a 35 años de prisión… este  establecimiento  es  de  Mediana  Seguridad  y  para  el  pago  de dicha condena  necesita  un  establecimiento  de  Alta  Seguridad.”   

Agregó en la respuesta que el traslado tiene  su  base  legal “en los artículos 73, 74 y 75 de la  Ley   65   de   1.993.   Código   Penitenciario  y  Carcelario”  (f. 15 ib.).   

Además,  anexó  copia  del acta N° 015 de  octubre  20  de 2008, del Consejo de Seguridad del Establecimiento Penitenciario  de  Mediana  Seguridad y Carcelario de Montería, en la cual, frente a solicitud  de   “viabilidad”  del  traslado  de  varios  internos,  entre  ellos  Orlando  Rojas  Valero,  se  hace  referencia  a “múltiples incidentes generados por el  trafico  de  estupefacientes al interior del establecimiento, teniendo en cuenta  las  informaciones  y  la  presunta  participación  en ilícitos”,  por  lo  cual  dicho  Consejo  de  Seguridad  pidió “a  la  Dirección  Regional  del INPEC el traslado de los citados  internos” (f. 20 ib.).     

También  se  adjuntó  copia  de  la  carta  dirigida  al centro de prisión de Montería por “las  visitantes  de  esa  cárcel”,  relatando  que  unos  reclusos,   entre   ellos   el   señor   Orlando   Rojas  Valero,  “son  los dueños del negocio de la pepa y el bazuco en la cárcel  claro  con la ayuda de algunos guardias pero como estos presos son lo dueños de  los  patios  abusan  de  su  poder y tienen amenazados a nuestros familiares que  están  presos  en  esa  cárcel”  (f. 24 ib.).    

Primera. Competencia.  

Esta  Corte  es  competente para decidir, en  Sala  de  Revisión, de conformidad con lo dispuesto en los artículos 86 y 241,  numeral   9°,   de   la   Constitución,   y  31  a  36  del  Decreto  2591  de  1991.   

Segunda.    El    asunto    objeto    de  decisión.   

Corresponde   a  esta  Sala  de  Revisión  establecer  si  los  derechos  fundamentales de la señora María Eugenia Donado  Torres  y  de su representada hija menor Alejandra Rojas Donado a la familia, de  los  niños y al debido proceso, le fueron conculcados por el Instituto Nacional  Penitenciario  y  Carcelario,  INPEC,  al  trasladar a su esposo y padre Orlando  Rojas   Valero,   del  establecimiento  penitenciario  de  mediana  seguridad  y  carcelario   de  Montería,  ciudad  donde  ellas  residen,  al  establecimiento  penitenciario de alta y mediana seguridad de Valledupar.   

Tercera.  Procedibilidad  de  la  acción de  tutela  para  amparar  los derechos de los niños y a la familia, en procura del  desarrollo integral de los menores.   

Los  derechos  fundamentales  de  los niños  gozan  de  protección  constitucional privilegiada, dentro del marco del Estado  social   de   derecho,   dada  la  situación  de  debilidad,  vulnerabilidad  e  indefensión  en  que  está  inmersa  la población infantil, a la cual se debe  otorgar   amparo   especial,   en   garantía   de  su  desarrollo  armónico  e  integral.   

Así lo estatuye el artículo 44 de la carta  política,  en  cuyo  inciso 2° se lee: “La familia,  la  sociedad  y  el  Estado tienen la obligación de asistir y proteger al niño  para  garantizar  su desarrollo armónico e integral y el ejercicio pleno de sus  derechos.” De allí que el Estado deba propender por  ese   crecimiento   y   desarrollo   integral,   desde  los  distintos  aspectos  existenciales,   como   físicos,   psicológicos,  afectivos,  intelectuales  y  éticos,  debiendo protegerlos de cualquier arbitrariedad y abuso y propiciar la  plena  evolución de la personalidad que, en correlación, permite la formación  de  seres  libres,  en  lo  posible  felices y útiles a la sociedad1.   

De  la  siguiente  manera se manifestó esta  corporación,  en sentencia T-510 de junio 19 de 2003, M. P. Manuel José Cepeda  Espinosa:   

“Esta Corte ha sido enfática al aclarar  que  el interés superior del menor no constituye un ente abstracto, desprovisto  de  vínculos  con la realidad concreta, sobre el cual se puedan formular reglas  generales  de  aplicación  mecánica.  Al  contrario:  el  contenido  de  dicho  interés,  que  es  de naturaleza real y relacional,2  sólo  se  puede  establecer  prestando  la debida consideración a las circunstancias individuales, únicas e  irrepetibles  de  cada  menor  de  edad,  que  en  tanto  sujeto digno, debe ser  atendido  por  la  familia,  la  sociedad  y  el  Estado con todo el cuidado que  requiere su situación personal.   

Esta  regla  no  excluye,  sin  embargo, la  existencia  de parámetros generales que pueden tomarse en cuenta como criterios  orientadores  del  análisis  de  casos individuales. En efecto, existen ciertos  lineamientos  establecidos  por  el  ordenamiento  jurídico  para  promover  el  bienestar  de  los  niños, tanto a nivel general (en la Constitución, la ley y  los  tratados  e  instrumentos  internacionales que regulan la situación de los  menores  de  edad)  como  derivados  de la resolución de casos particulares (es  decir,  de  la  jurisprudencia  nacional  e internacional aplicable), que sirven  para  guiar  el  estudio  del  interés  superior de menores, en atención a las  circunstancias de cada caso.”   

Según lo expuesto, los asuntos que afecten a  un  menor  deben  ser  analizados en concreto, bajo las aristas individuales del  caso  particular,  sin  desconocer  la  existencia  de  derechos prevalentes que  confluyen  en  beneficio  de  todos  los  niños  y  que deben ser desarrollados  armónicamente por la familia y el Estado.   

En  relación con el derecho de todo niño a  tener  una  familia,  esta  Corte precisó (T-1275 de diciembre 6 de 2005, M. P.  Humberto Antonio Sierra Porto):   

“La familia, como se sabe, desempeña, por  lo  general, un papel fundamental en el desarrollo y protección de los menores.  Son  los  nexos  familiares  los  primeros  que  se construyen y a partir de los  mismos  se  apropian  niñas y niños del lenguaje, construyen su propio mundo y  comienzan  a  relacionarse  con  el  mundo  que  los  rodea.  Gran  parte  de la  autoestima  de  los  menores y de la seguridad en sí mismos depende de la forma  como  se  tejan  los  vínculos  familiares.  Un  niño  rodeado  del amor y del  bienestar  que  le  pueda  brindar  su  familia suele ser un niño abierto a los  demás  y  solidario. De ahí la necesidad de procurar un ambiente propicio para  que  los  vínculos  familiares  se  construyan  con  fundamento  en condiciones  positivas  para  el  desarrollo integral de las niñas y de los niños y de ahí  también  la importancia que le confiere la Constitución a la protección de la  familia3.”   

Es   importante   señalar  que  desde  la  perspectiva  de  los  Derechos  Humanos se colige que el desarrollo integral del  niño  se  concibe  desde  sus  relaciones  familiares;  en la Convención sobre  Derechos  del  Niño,  artículos  7°,  8°  y  9°, se disponen sus derechos a  conocer  a  sus  padres,  a ser cuidado por éstos y a no ser separado de ellos,  salvo  cuando  las  circunstancias  lo exijan en resguardo del interés superior  del    menor4.   

De  acuerdo  a  lo  expuesto,  es importante  destacar  que  el  legislador  y  la  jurisprudencia  han  establecido  precisos  cometidos  de  protección, orientados primariamente a garantizar la existencia,  unidad  y  desarrollo  de  la  familia,  institución  básica  y  núcleo de la  sociedad,  donde se consolidan los derechos fundamentales de sus integrantes, en  particular de niños y adolescentes.   

Cuarta. Garantía a la unidad familiar de las  personas privadas de la libertad. Reiteración de jurisprudencia.   

La  Corte  Constitucional  ha  expresado  de  manera  reiterada  que,  si  bien hay derechos fundamentales de los reclusos que  son   suspendidos  o  restringidos  desde  el  momento  del  sometimiento  a  la  detención  o a la condena, otros se mantienen indemnes y deben ser respetados y  protegidos  por  las  autoridades  públicas  que  se  encuentran  a cargo de la  custodia.   

Si  bien  derechos  fundamentales  como  la  libertad  física y de locomoción se encuentran severamente suspendidos, los de  intimidad  personal  y  familiar,  reunión, asociación, libre desarrollo de la  personalidad   y   libertad  de  expresión,  sólo  están  restringidos,  como  consecuencia  de  las  circunstancias  emanadas de la privación de la libertad;  otros,  como  la  vida,  la  integridad  personal,  la  salud,  la  dignidad, la  igualdad,   la   libertad   religiosa,  el  reconocimiento  de  la  personalidad  jurídica,  el debido proceso y el derecho de petición, se mantienen incólumes  y   no   pueden  ser  menoscabados  por  el  hecho  de  la  prisión5.   

Esta  corporación  ha establecido que entre  los  reclusos  y  el  Estado  existe  una  relación  marcada, de la cual se han  extraído   importantes   consecuencias  jurídicas6:   

“Las  relaciones  de  especial  sujeción  implican       (i)       la      subordinación7  de  una parte (el recluso), a  la  otra  (el  Estado);  (ii) esta subordinación se concreta en el sometimiento  del   interno  a  un  régimen  jurídico  especial8           (controles  disciplinarios9         y        administrativos10  especiales  y posibilidad de  limitar11  el  ejercicio  de derechos, incluso los fundamentales). (iii) Este  régimen  especial,  en  todo  lo  relacionado  con  el ejercicio de la potestad  disciplinaria  y  la  limitación  de  los  derechos  fundamentales  debe  estar  autorizado12  por  la  Constitución  y  la  ley.  (iv) La finalidad13    del  ejercicio  de  la  potestad  disciplinaria  y  de la limitación de los derechos  fundamentales,  es  la  de garantizar los medios para el ejercicio de los demás  derechos  de  los  internos (mediante medidas dirigidas a garantizar disciplina,  seguridad  y  salubridad)  y  lograr  el  cometido  principal  de  la  pena  (la  resocialización).   (v)   Como   consecuencia  de  la  subordinación,     surgen     ciertos     derechos  especiales14   (relacionados  con  las  condiciones  materiales  de  existencia:  alimentación,  habitación,  servicios  públicos,  salud)  en  cabeza  de  los  reclusos,      los      cuales     deben     ser15  especialmente  garantizados  por  el  Estado.  (vi)  Simultáneamente  el  Estado debe garantizar16  de  manera  especial  el principio de eficacia de los derechos fundamentales de los reclusos  (sobre todo con el desarrollo de conductas activas).”   

Es  clara  consecuencia de lo analizado, que  las  personas   privadas  de  la  libertad  también  tienen  limitados sus  derechos  familiares,  pero  ello  es  tan  solo una garantía reducida, sin que  pueda  coartarse  desproporcionadamente  la  reincorporación a la sociedad y al  ambiente   familiar,   una   vez   superados   los   efectos   de   la  sanción  penal.   

Es por ello que en el sistema penitenciario y  carcelario    debe    procurarse    que,    en    lo  posible,  el  recluso  mantenga  contacto con su grupo  familiar,  máxime  si  dentro  del mismo existen hijos menores de edad, lo cual  impone    adicional    preservación    de    la   unidad   familiar17.   

Quinta.  La  facultad discrecional del INPEC  para trasladar a los reclusos. Reiteración de jurisprudencia.   

De acuerdo con los artículos 73 y siguientes  de  la  Ley  65  de  1993,  corresponde  al  Instituto  Nacional Penitenciario y  Carcelario,  INPEC,  determinar  la ubicación y el traslado de los condenados a  penas  privativas  de la libertad a los distintos centros carcelarios del país,  por   decisión   autónoma   o   por   solicitud   de  los  directores  de  los  establecimientos  respectivos, los funcionarios judiciales de conocimiento o los  mismos internos.   

El  artículo  75  de  la  Ley  en  mención  establece:   

“Son causales del traslado, además de las  consagradas en el Código de Procedimiento Penal:   

1.  Cuando  así  lo  requiera  el estado de  salud, debidamente comprobado por médico oficial.   

2.  Falta  de  elementos  adecuados  para el  tratamiento médico.   

3.   Motivos   de   orden   interno   del  establecimiento.   

4.  Estímulo  de  buena  conducta  con  la  aprobación del Consejo de Disciplina.   

5.   Necesidad   de   descongestión   del  establecimiento.   

6. Cuando sea necesario trasladar al interno  a  un  centro  de  reclusión  que  ofrezca mayores condiciones de seguridad.”   

Ciertamente  esas  causales,  si bien están  bajo  la órbita de discrecionalidad de la autoridad respectiva, no implican una  facultad  de  carácter  absoluto.  Recuérdese  al efecto lo señalado por esta  Corte   (C-394   de   septiembre   7   de   1995,   M.   P.   Vladimiro  Naranjo  Mesa):   

“Lo  enunciado  sobre  los  traslados,  se  extiende  para defender la constitucionalidad de los artículos 72, 73 y 77, por  motivos  de  seguridad,  pues  la  Corte  ve en esta facultad de trasladar a los  internos,  un  ejercicio razonable de la misión administrativa del Director del  INPEC.  Como es lógico, el INPEC debe garantizar la seguridad y el orden en los  establecimientos,  y  además  prever  con  prudencia,  que puede presentarse el  desorden  por  la  presencia de un detenido o condenado en un sitio determinado.  Empero,  la  Corte  aclara  que los eventos de que tratan estos tres artículos,  deberán  ajustarse  a los límites establecidos por el artículo 36 del Código  Contencioso     Administrativo,    para    el    ejercicio    de    atribuciones  discrecionales.”   

En igual sentido, en sentencia T-435 de julio  2  de  2009,  M.  P.  Jorge  Ignacio  Pretelt Chaljub, esta Corte reiteró (está en  negrilla en el texto original):   

“Es  decir,  la  facultad  de  traslado de  presos  tiene  naturaleza  discrecional.  Por ello, en principio, tal naturaleza  impide  que  el  juez  de  tutela  interfiera  en  la decisión. Sin embargo, la  discrecionalidad  no  se  traduce  en arbitrariedad, y por tanto, ésta debe ser  ejercida  dentro  de  los límites de la razonabilidad y del buen servicio de la  administración.   

En   otras   palabras,   la   discrecionalidad  es  relativa porque, tal  y  como  lo  ha  sostenido  esta  Corporación, no hay  facultades   puramente   discrecionales  en  un  Estado  de  Derecho18.  Por ello,  la  Corte  al  resolver  esta  clase de conflictos, ha  dicho  que  el  juez  de  tutela  no  puede  interferir  en las decisiones sobre  traslados,  a  no  ser  que  observe  una  arbitrariedad o una vulneración de los derechos fundamentales del  reo.  Así  mismo,  ha  sostenido  que  cuando  no  se  vislumbra  la  violación  de  un  derecho  fundamental, la acción de nulidad y  restablecimiento   del   derecho   es  la  acción  procedente  para  atacar  la  actuación.   

En este sentido, la  regla   general   ha   sido   el   respeto   de  la  facultad  discrecional  del  INPEC,  a  menos  que se demuestre que en su ejercicio  fue   irrazonable   o   se   desconocieron  ciertos  derechos  fundamentales.”   

Como se observa, correspondiéndole al INPEC  garantizar  la  seguridad  y  el  orden en los establecimientos carcelarios, sus  funcionarios   competentes   pueden  proceder  dentro  de  una  discrecionalidad  reglada,  que impone una sustentación razonable sobre las causas de un traslado  de  establecimiento de reclusión, que guarde proporcionalidad entre el motivo y  lo   decidido,   debiéndose   amparar   que   la  restricción  sobre  derechos  fundamentales    sea    sólo    la    absolutamente   indispensable19.   

Sexta.     Análisis     del     caso  concreto.   

En  el  asunto  bajo  análisis  corresponde  establecer  si,  al  realizar  el  traslado  del señor Orlando Rojas Valero del  centro  de reclusión de Montería al establecimiento penitenciario y carcelario  de  alta  y mediana seguridad de Valledupar, el Instituto Nacional Penitenciario  y   Carcelario,   INPEC,   vulneró  derechos  fundamentales  de  su  compañera  permanente María Eugenia Donado Torres y la hija menor de ambos.   

La accionante busca que se ordene el retorno  de  su  compañero  al  establecimiento  penitenciario  de  mediana  seguridad y  carcelario  de  Montería,  entendiendo  que  el traslado a una prisión en otra  ciudad ha afectado en forma antijurídica su núcleo familiar.   

El  Director  del  establecimiento accionado  indicó  que  es el INPEC la entidad a la cual corresponde definir la ubicación  de  los  reclusos,  de  acuerdo  con  la  normatividad  establecida  al efecto y  teniendo  en  cuenta  factores como la seguridad y el perfil del infractor de la  ley  penal.  Adjunto  la  contestación  que  rindió  en  diciembre 29 de 2008,  respecto  al derecho de petición que había formulado una defensora pública en  diciembre  27  de  2008, sobre las razones del traslado del señor Rojas Valero,  señalándose   entonces   que   su   traslado   obedeció  a  los  “artículos   73,   74   y   75   numeral  6,  de  la  Ley  65  de  1993”  (f.  55  ib.), ante su condena a 35 años por  delitos  de  “fabricación tráfico y porte de armas  de   fuego   o   municiones,   hurto   y   secuestro  extorsivo”  (f. 55 ib.).   

El    a   quo  denegó   el   amparo  solicitado,  argumentando  que  “los reclusos…no tienen ejercicio pleno de algunos  derechos   fundamentales   de  que  gozan  los  demás  asociados”  y  que  “la potestad de traslado de los  internos,  en  cabeza  de la Dirección de la entidad accionada, es una facultad  legítima”,  fundada  en  los  fines del tratamiento  penitenciario (f. 65 ib.).   

Frente a lo anterior, recuerda la Sala que el  INPEC  es el instituto al que se le ha encomendado la administración carcelaria  y   que,   en   tal   virtud,   legalmente    le   corresponde  escoger  un  establecimiento  que ofrezca adecuadas medidas de seguridad, para proteger a los  internos  y  a  la  sociedad,  debiendo  resolver  las  ubicaciones en prisiones  acordes  con  la  naturaleza  del delito o delitos cometidos y la pena impuesta,  sin     que     lo     anterior    se    entienda    como    una    “discrecionalidad  radical,  sino tan sólo de un margen razonable  de    acción,    precisamente    para    que   se   cumplan   la   ley   y   la  sentencia”     20.   

Si   bien   en  algunos  fallos  la  Corte  Constitucional  ha  protegido  derechos  del  menor  y  de  la familia, en casos  relacionados  con traslado de presos, ello se ha efectuado ante las particulares  de  cada  situación.  Así  se  resolvió,  por ejemplo, en sentencia T-1275 de  diciembre  6 de 2005, M. P. Humberto Sierra Porto, cuando se ordenó amparar los  derechos   de   tres   menores  que  habían  sido  abandonados  por  su  madre,  encontrándose  el  padre  privado de la libertad por homicidio agravado, por lo  cual  se  le  trasladó  desde  Florencia  a  la Penitenciaria de Alta y Mediana  Seguridad  de  Girón,  Santander,  ocasión  en  la  cual  se tuvo en cuenta la  lejanía  en  que  se  encontraba  el  progenitor  y  la  carencia  de  recursos  económicos   para   poder   ir  a  visitarlo,  encontrándose   los  lazos  familiares seriamente debilitados.   

De  la  misma  manera, en sentencia T-566 de  julio  27  de  2007,  M.  P.  Clara  Inés  Vargas  Hernández,  se  ordenó  la  protección  de  los  derechos invocados por un interno en representación de su  hija  menor  de  edad,  estando la mamá igualmente privada de la libertad en el  mismo  centro  de  reclusión. En ese caso, el INPEC había ordenado trasladar a  la  mujer  a  otro  centro penitenciario, hecho que le dificultó a su hija de 4  años  y  a  la  persona  que  la  cuidaba  llevarla el día de visita a los dos  centros  de  reclusión,  lo que a juicio de la Corte afectó los derechos de la  niña y la unidad familiar.   

En  los  casos  antes  señalados  estuvo en  evidencia  que  los  lazos familiares de los menores resultaron más severamente  afectados,  al ser abandonados por quien no se hallaba privada de la libertad, o  porque  ambos  padres estaban presos y no existía una razón inexorable para el  traslado,  situaciones distintas a la ahora estudiada, pues la niña convive con  su  progenitora  en  Montería y el padre tiene que estar internado en un centro  de  alta  seguridad, del cual se carece en dicha ciudad. siendo el de Valledupar  el más cercano de esa especificación superior.   

Si  bien la menor y la peticionaria resultan  afectadas  por  la decisión adoptada por el INPEC, ésta no fue arbitraria sino  inevitable,  bajo  los  parámetros  estatuidos en la Ley 65 de 1993, artículos  73,  74  y  75  numeral  6°  y  ante la gravedad de la punición, que impone el  internamiento   bajo   condiciones   sólo   disponibles  en  ciudad  diferente.   

Es  la  situación  particular  del  señor  Orlando  Rojas  Valero,  responsable  de  delitos  de  elevada lesividad y grave  impacto  social,  la  que  conlleva la mayor restricción, en deplorable pero no  evitable repercusión contra el derecho a la unidad familiar.   

Por lo analizado, esta Sala debe confirmar el  fallo  proferido en febrero 23 de 2009 por el Juzgado Tercero Penal del Circuito  de Montería, que en su momento negó el amparo impetrado.   

III.- DECISIÓN  

En  mérito de lo expuesto, la Sala Séptima  de  Revisión  de  la Corte Constitucional, administrando justicia en nombre del  pueblo y por mandato de la Constitución,   

RESUELVE  

Primero: CONFIRMAR  el  fallo  proferido  por  el Juzgado Tercero Penal del Circuito de Montería en  febrero  23  de 2009, mediante el cual se denegó la protección de los derechos  invocados  por  la  señora María Eugenia Donado Torres, actuando también como  representante  legal  de  una  hija  menor de edad, contra el Instituto Nacional  Penitenciario  y  Carcelario  INPEC,  aduciendo  vulneración  de  los  derechos  “a   la   familia,   a   los  niños  y  al  debido  proceso” .   

Segundo:   Por  Secretaría  General, LÍBRESE  la  comunicación  a  que  se  refiere  el  artículo  36  del  Decreto  2591 de  1991.   

Notifíquese,  comuníquese,  publíquese e  insértese en la Gaceta de la Corte Constitucional. Cúmplase.   

NILSON PINILLA PINILLA  

Magistrado  

HUMBERTO ANTONIO SIERRA PORTO  

Magistrado  

JORGE IVÁN PALACIO PALACIO  

Magistrado  

MARTHA SÁCHICA DE MONCALEANO  

Secretaria General  

    

1 T-566  de julio 27 de 2008., M. P, Clara Inés Vargas Hernández.   

2  “T-408  de  1995  M. P. Eduardo Cifuentes Muñoz.”   

3  “C-660  de  junio  8  de 2000., M. P. Álvaro Tafur  Galvis.”   

4 T-599  de julio 27 de  2006., M. P. Álvaro Tafur Galvis.   

5 T-566  de julio 27 de  2007, M. P. Clara Inés Vargas Hernández.   

6  T-1190 de diciembre 4 de 2003, M. P. Eduardo Montealegre Lynett,   

7“La  subordinación  tiene  su  fundamento  en  la obligación especial de la persona  recluida  consistente  en  el deber de ‘cumplir  una  medida  de  aseguramiento,  dada su vinculación a un  proceso  penal,  o  una  pena  debido a que es responsable de la comisión de un  hecho   punible’.  Cfr.  Sentencia  T-065  de  1995.  O  también  es  vista  como  el  resultado  de  la  ‘inserción’ del administrado en la organización  administrativa     penitenciaria     por     lo    cual    queda    ‘sometido  a  un  régimen  jurídico  especial’.   Así   en  Sentencia T-705 de 1996.”   

8“Desde  los  primeros  pronunciamientos  sobre  el tema, la Corte  identificó  la  existencia  de  un  “régimen  jurídico  especial  al que se  encuentran  sometidos  los  internos”,  el  cual  incluye  la suspensión y la  limitación  de  algunos  derechos fundamentales, en este sentido Cfr. Sentencia  T-422 de 1992.”   

9  “Que  se  concreta  por  ejemplo,   en  la  posibilidad  de  implantar un  régimen  disciplinario  para  los  reclusos,  así  en  Sentencia T-596 de  1992.”   

10  “Que  se  concreta  por  ejemplo,  en  la posibilidad de implantar un régimen  especial de visitas, así en sentencia T-065 de 1995.”   

11  “Sobre   los   tres  regímenes  de  los  derechos  fundamentales  de  los  reclusos,  según  la  posibilidad  de  la  suspensión,  limitación  y  goce  pleno, ver entre otras las sentencias T-222 de 1993, T-065  de  1995  y T-705 de 1996. Sobre la razonabilidad de las limitación del derecho  al  libre  desarrollo  de  la personalidad en relación con el derecho a recibir  visitas íntimas, ver la sentencia  T-269 de 2002.”   

12  “En este sentido véase la sentencia C-318 de 1995.  La  potestad  administrativa para limitar o restringir derechos fundamentales en  el   contexto   de   las   relaciones   especiales  de  sujeción,  ‘debe estar expresamente autorizada en  la   ley   que   regule  su  ejercicio’, así en la sentencia T-705 de 1996.”   

13  “Sobre  la  finalidad  de  la  limitación  a  los  derechos   fundamentales   en  el  contexto  de  las  relaciones  especiales  de  sujeción,  véase  especialmente la sentencia T-705 de 1996. Sobre su relación  con  la  posibilidad  real  de  la resocialización véase la sentencia T-714 de  1996.”   

14  “Entre  los  especiales derechos de los presos y su  correlato,  los deberes del Estado, como consecuencia del establecimiento de una  relación     especial     de     sujeción,    se    encuentran    ‘el  deber de trato humano y digno, el  deber   de  proporcionar  alimentación  suficiente,  agua  potable,  vestuario,  utensilios  de  higiene,  lugar de habitación en condiciones de higiene y salud  adecuadas,  el  deber  de asistencia médica, y el derecho al descanso nocturno,  entre  otros’, citada de  la  sentencia  T-596  de 1992. De otro lado, frente al derecho a la salud de los  internos  ha  considerado la Corte que ‘al  presentarse  una  limitación irresistible de las posibilidades  de  opción  del  interno  (no  poder  vincularse a ningún programa de salud ni  obtener   dichos   servicios  por  cualquier  medio),  se  hace   necesario  garantizar      de      manera     absoluta     el     derecho,     ‘al  disfrute  del  más  alto  nivel  posible  de  salud  física  y  mental ‘  (artículo  12  del  pacto  internacional de derechos económicos  sociales  y  culturales),  como  una  consecuencia  normativamente determinada a  partir     de     la     relación     de     especial    sujeción.’  Así, en la sentencia T-687 de  2003.”   

15  “Sobre  los  deberes  especiales  del Estado ver la  sentencia T-966 de 2000.”   

16  “Para  la  Corte esta garantía debe ser reforzada,  ya  que  el  recluso  al  estar  sometido a una relación especial de sujeción,  tiene  limitado su derecho a escoger entre diferentes opciones y le es imposible  autoabastecerse,  en  este sentido ver la sentencia T-522 de 1992.  Además  se   encuentra   en   un  estado  de  ‘vulnerabilidad’  por  lo cual la actividad del Estado en procura de la eficacia de  los  derechos  fundamentales  debe  ser activa y no solo pasiva, en este sentido  ver  las  sentencias T-388 de 1993 y T-420 de 1994. Respecto de la imposibilidad  de  procurarse  en  forma  autónoma  los  beneficios propios de las condiciones  mínimas  de  una  existencia  digna, pueden consultarse, entre otras,  las  sentencias T-714 de 1995 y T-435 de 1997.”   

17  T-515 de mayo 22 de 2008 M. P, Clara Inés Vargas Hernández.   

19  T-214 de abril 29 de 1997, M. P. Alejandro Martínez Caballero.   

20  C-394 de septiembre 7 de 1995, M. P. Vladimiro Naranjo Mesa.     

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