SC15437-2014 [2000-00664-01]

2014

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                         CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

ÁLVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

Magistrado Ponente  

SC15437-2014  

Radicación    n°  11001-31-03-018-2000-00664-01   

(Aprobado  en  sesión  de  7  de  julio  de  2014)   

Bogotá, D. C., once (11) de noviembre de dos  mil catorce (2014).-   

Decide  la  Corte  el  recurso  de casación  interpuesto   tanto   por  el  demandante  señor  CAMILO ACERO BERNAL,   como   por   el   demandado  señor  JOSÉ    FRANCISCO    PIZARRO   MONDRAGÓN,  respecto de la sentencia proferida el  28   de   octubre      de      2009 por el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Bogotá, Sala  Civil,   en  el  proceso  ordinario  que  el  primero  adelantó  en contra del segundo, de la señora GLORIA  INÉS  ÁNGEL GIRALDO y de las sociedades MAZCO      BOGOTÁ      S.A., COLINSA  S.A.    EN    LIQUIDACIÓN,    antes   De   Lima   Bohmer  S.A.,  y    LATINO    S.A.,   antes  Inversiones Latinoamericanas S.A.    

ANTECEDENTES  

1.          En la demanda  integrada    que    sustituyó    la   inicialmente   presentada,   obrante  del   folio         314        al    322  del           cuaderno          principal,  el  apoderado     del    actor    solicitó   que   se   efectuaran   los    pronunciamientos   que   para   mayor   claridad,   a  continuación  se  transcriben:   

DECLARACIONES PRINCIPALES.  

PRIMERA.  Que las  sociedades  MAZCO  BOGOTÁ  S.A.  y TALLER JAPONÉS S.A. (hoy liquidada) y el señor JOSÉ FRANCISCO PIZARRO  MONDRAGÓN,  representante legal de ambas compañías, actuaron de mala fe en la  operación   de   compraventa   del   establecimiento   de  comercio  denominado  ‘Taller  Japonés’, que consta en  la  escritura pública No. 6725 del 12 de diciembre de 1997 de la Notaría 42 de  ésta ciudad.   

SEGUNDA.  Que la  sociedad   MAZCO   BOGOTÁ  S.A.,  como  adquirente  del establecimiento de comercio denominado ‘Taller      Japonés’,  es  responsable  del  pago  de los  perjuicios  morales,  así  como de los perjuicios materiales causados al señor  CAMILO  ACERO  BERNAL, derivados de la no cancelación, por parte de la sociedad  TALLER  JAPONÉS  LTDA.,  del  saldo  de  la  condena  que le fue impuesta en la  sentencia  proferida por el Juzgado Segundo Civil del Circuito de Bogotá, el 12  de   noviembre   de   1999,   consistentes   en  el  valor  impago  (sic)  de  la  referida providencia.   

TERCERA.  Que la  sociedad  MAZCO  BOGOTÁ S.A. debe ser condenada a cancelar el saldo impagado de  la  condena  mencionada  en  la  pretensión  SEGUNDA,  junto  con sus intereses  moratorios a la tasa más alta prevista por la ley.   

CUARTA.  Subsidiariamente  a la pretensión  TERCERA,       que       la      sociedad      MAZCO      S.A.      (sic) debe ser condenada a cancelar el  valor  de la condena, traído a valor presente al momento de la sentencia, junto  con sus intereses civiles.   

QUINTA.  Que  el  señor  JOSÉ  FRANCISCO  PIZARRO  MONDRAGÓN,  en  su  calidad  que  fue  de  liquidador  de  la sociedad  ‘TALLER   JAPONÉS  S.A.’,  es responsable  de  los  perjuicios causados al señor CAMILO ACERO BERNAL por negligencia en el  cumplimiento  de  sus  deberes,  como lo dispone el artículo 255 del C. de Co.,  especialmente  por  no  haber  apropiado una reserva adecuada para atender a las  obligaciones  que  se  derivaran  del  proceso que, contra la citada compañía,  adelantaba    mi    representado    en    el    Juzgado   Segundo   Civil       del      Circuito de esta ciudad.   

SEXTA.  Que  el  señor  JOSÉ  FRANCISCO  PIZARRO  MONDRAGÓN,  en  su  calidad  que  fue  de  liquidador  de  la sociedad  ‘TALLER   JAPONÉS  S.A.’,   debe   ser  condenado  a  pagar  los  perjuicios  morales  causados  al  señor CAMILO ACERO  BERNAL,  así  como  los  perjuicios  materiales  que  se  le  ocasionaron  como  consecuencia  de no haber sido pagado el saldo de la condena que le fue impuesta  a  la sociedad TALLER JAPONÉS S.A. (sic)  mediante  sentencia proferida por el  Juzgado  Segundo  Civil del Circuito de Bogotá el 12  de   noviembre   de   1999,   consistente   en   el  valor  impago  (sic) de la  referida providencia.   

SÉPTIMA. Que el valor de la condena que se  imponga  al  señor  JOSÉ  FRANCISCO PIZARRO MONDRAGÓN, debe incluir el de los  intereses  moratorios  causados desde la ejecutoria de la sentencia originada en  el  Juzgado  Segundo  Civil  del  Circuito  de Bogotá dentro del proceso que el  señor  CAMILO  ACERO  BERNAL  adelantó  contra  la  sociedad  TALLER  JAPONÉS  LTDA.   

OCTAVA.  Subsidiariamente a la pretensión  SÉPTIMA,  que  el señor JOSÉ FRANCISCO PIZARRO MONDRAGÓN, debe ser condenado  a  cancelar  el  valor  de la condena, traído a valor presente al momento de la  sentencia junto con sus intereses civiles.   

NOVENA.  Que las sumas de dinero a las que  fueren      condenados      los      demandados      MAZCO     BOGOTÁ  S.A.  y  JOSÉ  FRANCSCO  PIZARRO  MONDRAGÓN,  deben  ser  pagadas en el término de cinco días contados a partir  de  la  ejecutoria  de  la  sentencia  que  ponga  fin  al  presente  proceso o,  subsidiariamente, en el lapso de tiempo que señale el juzgado.   

DÉCIMA. Que los demandados sean condenados  al pago de las costas del proceso.   

DECLARACIONES SUBSIDARIAS.  

PRIMERA.  Que  el  señor  JOSÉ FRANCISCO  PIZARRO  MONDRAGÓN,  la  señora  GLORIA  INÉS  ÁNGEL  G.  y  las  sociedades  denominadas  MAZCO  BOGOTÁ  S.A.,  DE  LIMA  BOHMER  S.A.  (hoy  COLINSA S.A.),  CONTINENTAL   DE   INVERSIONES   S.A.  e  INVERSIONES  LATINOAMERICANAS  S.A.,  en  su  calidad  de  accionistas de la sociedad TALLER  JAPONÉS  S.A.,  son  responsables  de  los perjuicios morales, así como de los  perjuicios  materiales causados al señor CAMILO ACERO BERNAL, como consecuencia  de  la  venta  del  establecimiento  de comercio denominado TALLER JAPONÉS a la  sociedad  MAZCO  BOGOTÁ  S.A.  y  de  la  liquidación  de la compañía TALLER  JAPONÉS  S.A.,  consistentes,  estos  últimos,  en  el  saldo  impagado  de la  sentencia  proferida  por  el  Juzgado  Segundo  Civil  del Circuito de Bogotá,  dentro  del proceso que contra ésta compañía, adelantó mi representado y que  culminó con sentencia calendada el 12 de noviembre de 1999.   

SEGUNDA. Que las sumas de dinero a las que  fueren  condenados  los  demandados,  deben  ser pagadas junto con sus intereses  moratorios  a  la  tasa  más  alta  prevista  por  la  ley, liquidados desde la  ejecutoria  de la providencia que puso fin al proceso que, en el Juzgado Segundo  Civil  del  Circuito  de  Bogotá,  adelantó mi representado contra la sociedad  TALLER JAPONÉS LTDA.   

TERCERA.              Que,   en  subsidio  de  la  pretensión  inmediatamente anterior, la condena que se imponga a los demandados  debe  ser actualizada de conformidad con la pérdida del poder adquisitivo de la  moneda  desde  el  momento en que quedó ejecutoriada la sentencia proferida por  el  Juzgado Segundo Civil del Circuito de Bogotá dentro del proceso que, contra  la  sociedad  TALLER  JAPONÉS  LTDA.  adelantó  mi representado, junto con sus  intereses civiles.   

CUARTA.  Que las sumas de dinero a las que  fueren  condenados  los  demandados  GLORIA  INÉS  ÁNGEL  G.,  JOSÉ FRANCISCO  PIZARRO   MONDRAGÓN   y  las  sociedades  denominadas  MAZCO  BOGOTÁ  S.A.,  DE  LIMA  BOHMER  S.A. (hoy  COLINSA    S.A.),    CONTINENTAL    DE    INVERSIONES    S.A.    e   INVERSIONES  LATINOAMERICANAS  S.A.,  deben  ser  pagadas  en  el  término  de  cinco días contados a partir de la ejecutoria de la sentencia que  ponga  fin  al  presente  proceso o, subsidiariamente, en el lapso de tiempo que  señale el juzgado.   

SEXTA.  Como  consecuencia  de la anterior  petición,  ordenar  a  los  accionistas  de la sociedad TALLER JAPONÉS S.A. el  restablecimiento  del patrimonio de la sociedad en el momento en que se realizó  la liquidación.   

SÉPTIMA. También como consecuencia de la  quinta  de  las  pretensiones,  ordenar  que  la  Cámara de Comercio de Bogotá  cancele    la    inscripción    de    la    liquidación    en    el   registro  mercantil.   

OCTAVA.  Que  los  demandados  deben  ser  condenados    al    pago    de   las   costas   del   proceso.       

2.          Como soporte fáctico de las anteriores  pretensiones, se adujeron los hechos que pasan a compendiarse:   

2.1.              En  razón  de  un  accidente  de  tránsito provocado  por  el  señor  William  Adolfo  Carreño  Parra,  en  su condición de dependiente de la sociedad TALLER  JAPONÉS  LTDA.,  el  aquí  demandante “perdió    la    motricidad   en   sus   miembros   inferiores,  quedando  destinado  a  movilizarse  en  una  silla  de  ruedas por el resto de sus días”.   

2.2.             Previa  la  tramitación  del  proceso  correspondiente,  en  el que fue llamada en  garantía  la ASEGURADORA  LATINOAMERICANA  S.A.,  el Juzgado Segundo Civil del  Circuito  de  esta  capital,  mediante  sentencia  del  12 de noviembre de 1999,  que   se   encuentra   ejecutoriada   y  en  firme,  declaró  civilmente  responsable  a la citada  sociedad TALLER JAPONÉS LTDA.  de   los  perjuicios  que  con  dicho  accidente  se  causaron  tanto  a  Camilo  Acero  Bernal,  como  a  los señores Rafael Acero y  Mariela  de  Acero,  y  consecuencialmente  la  condenó, así como también  a la mencionada aseguradora,  a  pagar  las  sumas de dinero especificadas en su parte resolutiva.   

2.3.            Con el  propósito    de    “eludir    los    resultados  desfavorables”   derivados   de   ese   proceso,  “los accionistas de la  sociedad  TALLER JAPONÉS LTDA., una vez transformada  en    sociedad   anónima,   decidieron,    en    reunión    verificada  el  17  de  septiembre  de  1997,    vender   a   la   sociedad   MAZCO      BOGOTÁ     S.A.          el   establecimiento   de  comercio  denominado  TALLER  JAPONÉS,  principal  activo  de  la  sociedad, lo que hicieron  mediante  la  escritura  pública No. 6725  del  12 de diciembre de 1997 de la  Notaría    42    de  Bogotá”, negocio      que      en          verdad          fue          una          “permuta”, puesto que “la  sociedad mencionada entregó el establecimiento de comercio  a      cambio      de      acciones      de     la     compradora”.   

2.4.            En  la  relación  de  pasivos  consignada  en  la  mencionada escritura pública, no se incluyó la obligación  “contingente  a  favor de CAMILO ACERO, derivad[a]  del  proceso  que,  entonces,  se  hallaba  en  curso, con desconocimiento de lo  previsto    en    el    artículo    245    del    C.    de   Co.”.   

2.5.            La  buena  fe  de que trata el  artículo  529  del  Código  de  Comercio  no  aparece  reflejada en la aludida  negociación,  “toda  vez  que, como se aprecia en  los  certificados  expedidos  por  la  Cámara  de  Comercio  de  Bogotá que se  protocolizaron  con  la  escritura  de  venta  (No.  6725 del 12 de diciembre   de   1997   de  la  Notaría  42  de  Bogotá),  ambas  compañías  tenían  un  mismo representante legal y una misma junta directiva,  de  donde  se  colige que  obraron  de  mala fe al desconocer el pasivo eventual surgido del proceso que se  adelantaba  contra  TALLER  JAPONÉS LTDA. en el Juzgado 2 Civil del Circuito de  esta ciudad”.   

2.6.              En  la  liquidación  de  la  precitada   sociedad   no   se   cumplió  el  mandato  legal  que  “ordena  al liquidador hacer una reserva adecuada para atender a  las  obligaciones  en litigio (Art. 245 C. de Co.), lo cual fue del conocimiento  tanto     de     la     sociedad     MAZCO     S.A.     BOGOTÁ     (sic), adquirente del establecimiento,  como  de  las personas que integraban las juntas directivas de ambas sociedades,  lo  que  es indicativo de la mala fe con que se ha actuado, en procura de evitar  las  consecuencias  de  la  sentencia  y  eludir  el  pago  de  la  condena a mi  representado”.   

2.7.              Como  consecuencia  de  las  referidas  actuaciones,  por  una  parte, enajenación del establecimiento de  comercio    mencionado  y, por otra, liquidación  de  la  sociedad  TALLER  JAPONÉS S.A., antes TALLER  JAPONÉS  LTDA.,  en  las  que  intervinieron  los  demandados  por  sí  o  por  intermedio   de   apoderado,   el   aquí   demandante   no   pudo  “hacer  efectiva” la indemnización  reconocida  en  su  favor  por  el  Juzgado  Segundo  Civil del Circuito de esta  capital   en  cuantía  de  $107.140.536,  corregida  monetariamente,   por   daño  emergente;  la  suma  equivalente  a  “tres  salarios con ochenta y tres  centésimas  (3.83)  de  salario  mínimo  legal  vigente  a  partir  del  21 de  noviembre   de   1999,  durante  toda  la  vida  de  la  víctima”,  por  lucro  cesante;  y  la  cantidad de $2.052.825,    valor    de   la   “silla   de  ruedas”  que  el  señor  Acero  Bernal  debe usar  diariamente,   “o  su  equivalente”.   

2.8.            La ASEGURADORA LATINOAMERICANA  S.A.,  en  razón  de haber sido llamada en garantía, pagó al aquí demandante  el  valor  de  $80.000.000,  lo  que  hizo  el  14  de  febrero  del 2000.    

3.          Habiendo correspondido el conocimiento  del  presente  asunto al  Juzgado    Dieciocho   Civil   del   Circuito   de   Bogotá,   éste    mediante    auto   del  25  de  octubre  de  2000,  admitió  la demanda (fl. 53, cd.  1).   

4.          Dicho  proveído  se  notificó  a los  demandados así:   

4.1.            Personalmente  a  José  Francisco  Pizarro  Mondragón,  en  diligencia  del  27 de  agosto  de  2001 (fl. 84, cd. 1); Gloria Inés Ángel  Giraldo,  por  intermedio del apoderado judicial que designó, en diligencia del  13  de  septiembre  de 2002 (fl. 146, cd. 1); y a las sociedades COLINSA S.A. EN  LIQUIDACIÓN  y  LATINO S.A., a través de la abogada  que  las  representó, en diligencia del 11 de junio  de 2003 (fl. 204, cd. 1).   

4.2.                     Por      conducta  concluyente,  a  MAZCO  BOGOTÁ   S.A.,   según   determinación   adoptada   en   auto  del  9  de  junio  de  2004,  visible  a  folio  346 del cuaderno  principal.   

5.                En  providencia  fechada  el 29 de octubre del precitado  año,  se  aceptó  el  desistimiento  presentado  por la parte actora de adelantar la acción contra la  sociedad   CONTINENTAL  DE  INVERSIONES  LTDA.,  que  había  sido  inicialmente  demandada (fl. 363, cd. 1).   

6.               Los  convocados, por separado,  respondieron  en  tiempo  la demanda. Todos se opusieron a sus pretensiones y se  pronunciaron  de  distinta  manera  sobre  los  hechos  que  les  sirvieron  de  sustento.  Adicionalmente,    propusieron   las   siguientes      excepciones     de  mérito:   

6.1.              José   Francisco   Pizarro  Mondragón,       las       de      “[f]alta  de [l]egitimación en la [c]ausa  por            (…)           [a]ctiva”;            “[c]aducidad             y/o            [p]rescripción”;            “[i]nexistencia  para  el liquidador  de   la  obligación  de  constituir  reservas  para  atender  la en ese entonces obligación contingente,  por   estar   la   eventual   y   contingente    obligación    garantizada   y   provisionada”;  “[l]egalidad    de  la  [l]iquidación  de  la  sociedad TALLER JAPONÉS  S.A.    y    cumplimiento   de   las   [f]ormalidades   establecidas”;  “[f]alta  de relación  de    causalidad    entre    el    acto  jurídico  de enajenación del establecimiento de comercio y los  hechos   por   los   cuales   dice  la  demanda  pretender  la  declaración  de  nulidad”;  “[l]egalidad de la enajenación del  establecimiento     de     comercio”;            “[i]nexigibilidad        de        la       obligación”;  “[r]renuncia  parcial  a la indemnización a cargo  de    la    obligada  LATINOAMERICANA   DE   SEGUROS   S.A.  hoy      SEGUROS     LIBERTY  S.A.”;   “[p]ago   de  la  obligación  o  extinción    de    la    obligación   por   pago   de   la   misma”;  “[l]imitación  de la eventual responsabilidad del  liquidador  al  monto  de  los  activos  recibidos”  e    “[i]nexistencia    de    los    presupuestos    fácticos   de   la  demanda”    (fls.  108   a   115, cd. 1).   

6.2.               Gloria   Inés     Ángel     Giraldo     las     de     “INEXISTENCIA             DE            RESPONSABILIDAD”,            “INEXISTENCIA  DE CAUSAL”        y        “TRANSACCIÓN”  (fls.  151 a 156, cd. 1).   

6.3.            Las  sociedades    COLINSA   S.A.   EN   LIQUIDACIÓN   y   LATINO   S.A.,  representadas  por  un  mismo  apoderado judicial, las       de       “COBERTURA      DE     LA     CONTIGENCIA     LITIGIOSA”        e        “ILEGALIDAD        DE       LA  ACCIÓN”  (fls. 303 a 307, cd. 1).   

6.4.           Y MAZCO BOGOTÁ S.A.,      las     de     “AUSENCIA   DE  RESPONSABILIDAD  DE  MAZCO”,  “FALTA DE LEGITIMACIÓN EN LA CAUSA  POR               PASIVA”,  “FALTA  DE      LEGITIMACIÓN      EN      LA      CAUSA      POR     ACTIVA”,  “VENCIMIENTO  DEL  TÉRMINO  PARA  IMPUGNAR  [LA]  DECISIÓN      DE     LIQUIDACIÓN”,   “LA  SUPUESTA  OBLIGACIÓN  INCUMPLIDA  NO  ES  ATRIBUIBLE  A  MAZCO  NI  SE LE PUEDE  EXTENDER   RESPONSABILIDAD   POR   HABER   ADQUIRIDO   EL   ESTABLECIMIENTO   DE  COMERCIO”,           “PAGO”,  “AUSENCIA  DE  ELEMENTOS  PARA  QUE  PROSPERE  LA  SOLICITUD      DE     NULIDAD”     e            “INADECUADO              TRÁMITE              PROCESAL”    (fls.    348   a   357,   cd.  1).   

7.         El Juzgado  del     conocimiento     admitió    “la        reforma  de  la demanda presentada en octubre 30 de 2003 (fls. 313 a 321  del  C.  1)”  mediante  auto  del 11 de febrero de  2005, que aparece a folios 367 y 368 del cuaderno principal.   

8.          En frente de la reforma de la demanda,  los  accionados  se  opusieron  al  acogimiento  de  las súplicas principales y  subsidiarias  en  ella  elevadas,  se  refirieron  con  detalle  a  sus hechos y  reiteraron  las excepciones de fondo que formularon cuando contestaron el libelo  inicial,  salvo  el  señor  Pizarro  Mondragón que  propuso     en     esta     oportunidad,     las     siguientes:    “Falta de ejecutoria de la sentencia  proferida  por  el  Juzgado  Segundo  Civil  del  Circuito de Bogotá dentro del  proceso     que     Camilo     Acero     adelantó     contra     los  herederos indeterminados de William  Adolfo   Carreño  y  otros  y  con  fundamento  en  la  cual  se  inició  este  proceso”; “[n]ulidad  de  toda  la  actuación  cumplida  con  posterioridad  a  la expedición de la sentencia proferida por el  Juzgado  Segundo  Civil  del Circuito de Bogotá dentro del proceso ordinario de  que    trata    la   excepción   formulada   en   el   numeral   inmediatamente  anterior”; “[i]nexigibilidad      de     la  [o]bligación”;  “[e]xtinción  de  la  obligación  por  renuncia a la indemnización a cargo de la aseguradora llamada  en     garantía”;  “[p]ago    de   la  obligación  o  extinción  de  la  obligación por pago de la misma”;  “[l]egalidad  de  la  enajenación       del       establecimiento       de       comercio”;            “[l]egalidad  de  la liquidación de  la   sociedad   TALLER   JAPONÉS   S.A.  y  cumplimiento  de  las  formalidades  establecidas  para esta clase de actos”;            “[i]nexistencia  para el liquidador de la obligación de constituir  reservas  para  atender la en ese entonces obligación contingente, por estar la  eventual  y  contingente  obligación     suficientemente     garantizada    y    provisionada”;            “[l]imitación   de   la   eventual  responsabilidad  del  liquidador  al  monto de los activos recibidos”;        y       “[c]aducidad  de  las  acciones  y/o  prescripción     de     las    obligaciones”.    

9.           Agotada la tramitación de la instancia,  el  Juzgado  del conocimiento le puso fin con sentencia del 21 de enero de 2009,  en  la  que  negó  el  acogimiento  de  la  totalidad de las pretensiones de la  demanda y condenó en costas al accionante.   

10.          Inconforme  con  esa decisión, el actor  interpuso  recurso de apelación, que el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Bogotá, Sala Civil, desató mediante sentencia del 28 de noviembre de 2009,  en  la  que revocó la de primer grado y, en su remplazo, adoptó las siguientes  determinaciones:   

10.1.          Acogió  las defensas propuestas por las  sociedades  demandadas  y por la señora Gloria Inés Ángel Giraldo, accionadas  a las que absolvió de las súplicas del libelo introductorio.   

10.2.          Aceptó  la  excepción  de “[l]egalidad   de   la   enajenación   del  establecimiento  de  comercio”,   planteada   por   el   señor  Pizarro  Mondragón, y desestimó las restantes que él formuló.   

10.3.           Declaró   al   prenombrado  demandado  “civilmente responsable (…), en su condición de  liquidador  de la sociedad Taller Japonés S.A. de los hechos que dan cuenta las  páginas  de  este proceso y que dejaron sin solución de pago la indemnización  de  los  perjuicios reconocidos por la jurisdicción ordinaria a favor de Camilo  Acero Bernal”.   

10.4.           Y,   en   tal   virtud,   lo  condenó  “a  pagar  al  demandante,  dentro de los tres (3)  días  siguientes a la ejecutoria de la presente sentencia, las sumas y condenas  ordenadas  en la sentencia del doce (12) de noviembre de mil novecientos noventa  y  nueve  (1999),  proferida  por  el  Juzgado  Segundo  Civil  del  Circuito de  Descongestión  de  Bogotá;  descontando de la misma la cantidad de $80.000.000  que    le    fuere    abonada    por    la   aseguradora   como   pago   de   la  indemnización”.             

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

Luego  de  memorar lo acontecido en las dos  instancias,  de  reconocer  la  satisfacción de los presupuestos procesales, de  señalar   tanto   los  “elementos  definidores”  como   las  “condiciones  de  la  acción”  y de  comentar,            en           abstracto,           la           “legitimación”  de  las  partes, se  consignaron  en  el fallo de que se trata, los argumentos que a continuación se  extractan:   

1.           Frente al cuestionamiento que se hizo en  la  demanda  respecto  de  la  enajenación que la sociedad Taller Japonés S.A.  hizo  el  17  de  diciembre  de  1997 del establecimiento de comercio denominado  “Taller  Japonés”, el  ad quem expuso:   

1.1.             Como    el    actor    “no  tenía  ningún  tipo  de  acreencia  en contra de la (…)  enajenante,  pues  la sentencia que reconoció su derecho se dictó el doce (12)  de   diciembre   de   mil  novecientos  noventa  y  nueve  (1999)”,    es    claro    que   “no   está  legitimado”,    por    una   parte,   “para   demandar”  la  “revocatoria”   de   ese   negocio  jurídico,  “ni  siquiera  si alega la mala fe con  que  supuestamente  actuaron  los  demandados” y, por  otra,  para  “hacer responder a la parte pasiva por  una    obligación    inexistente   a   la   fecha   de   celebración   de   la  convención”.   

1.2.          El  señor  Acero  Bernal  tampoco tiene  “interés  para obrar”,  pues  este  supone que “el derecho lesionado con la  celebración  del  acto atacado, (…), necesariamente debe existir al tiempo de  deducirse    la   acción,   porque   el   derecho   no   puede   reclamarse   a  futuro”,   y   el  aquí  accionante,  “al  momento  de  la celebración del contrato, sólo tenía una  expectativa,  o  sea  que  en  su  fuero  íntimo apenas estaba el propósito de  demandar  la  celebración del contrato si la sentencia que cursaba en contra de  la       enajenante      llegaba      a      serle      favorable”.   

2.            En   lo   tocante   con   “la  segunda  pretensión,  que  busca  que  la  sociedad  Mazco  Bogotá  S.A.  sea  declarada responsable del pago de los perjuicios causados al  demandante   en  virtud  de  haber  adquirido  el  establecimiento  de  comercio  ‘Taller  Japonés’”,   el   sentenciador  de  instancia  observó:   

2.1.          El  carácter solemne de la venta de los  establecimientos  de comercio y la “obligación del  enajenante  de  entregar  al  adquirente  un balance general acompañado por una  relación  discriminada  del  pasivo  (…),  ambos  documentos certificados por  contador  público”,  medida  ésta  relacionada con  “la   responsabilidad   solidaria”  que  puede  surgir para los dos, “por  las  obligaciones que se hayan contraído en desarrollo de las actividades a que  se  encuentra destinado el establecimiento hasta el momento de la enajenación y  que consten en libros de contabilidad”.   

2.2.          Del artículo 528 del Código de Comercio  se   desprende   que   “una   vez   enajenado  el  establecimiento  de  comercio  se generan, en lo que hace a las obligaciones del  negocio  a  cargo del enajenante, cuatro situaciones específicas”,  que  comentó  una  a una y de las que destacó aquella en la que  “no    opera    la  sustitución”, hipótesis  en  torno  de  la que explicó: “(…) ‘La sustitución sólo se produce en  cuanto  a  las  deudas  del  negocio  que  constan en los libros obligatorios de  contabilidad  y,  por  ende,  en  la  lista  del pasivo certificada entregada al  adquirente;  pero  con  salvedad  de  que si el adquirente no demuestra buena fe  exenta  de culpa (la que se presume en su favor), responderá solidariamente con  el  enajenante por dichas obligaciones’ (…)”.   

2.3.          El artículo 529 del Código de Comercio  “no   parte   del   supuesto   de   la   mala  fe  del comerciante -como equivocadamente lo  señala  el  actor-,  sino  que  por  el  contrario,  se impone al adquirente la  obligación  de asumir una conducta diligente, oportuna, activa, libre de culpa,  so   pena   de  resultar  solidariamente  responsable  por  las  acreencias  del  establecimiento  que  no  figuren  en  los  libros  de  contabilidad  (Sentencia  C-963/99)”.   

2.4.                Y       las       siguientes  conclusiones:   

2.4.1.              “(…)   al   no  ser  la  responsabilidad   derivada  de  culpa,  un  evento  propio  de  las  operaciones  efectuadas  por  un establecimiento de comercio, no había lugar a discriminarla  en  el  respectivo  balance”,  menos  si, como aquí  aconteció,  en  el  “momento  de  verificarse  la  enajenación  del  establecimiento  de  comercio,  no había ninguna obligación  pendiente con el demandante”.   

2.4.2.              “(…)   la  omisión  de  mencionar  esta  suerte  en  los  balances  y  documentos  de  enajenación,  no  constituyó  un  comportamiento  carente de probidad sino que, por el contrario,  guardaba  coherencia con el tipo de obligaciones que debían consignarse en esos  instrumentos”.   

2.4.3.            “No  podía  de ningún modo  exigírsele  al  adquirente  que demostrara la suma diligencia y cuidado propios  de  ‘un buen hombre de  negocios’  frente a un  acto  que  escapaba del ámbito específico del cual es experto o conocedor. Por  lo  tanto, mal podría obligarse a este comerciante a que demostrara su buena fe  exenta  de  culpa para exonerarse de una responsabilidad que nada tenía que ver  con      obligaciones     derivadas     del     ejercicio     de     actividades  mercantiles”.   

2.4.4.                    Como     “la  norma  trata de obligaciones derivadas del ejercicio propio  de  las  actividades  mercantiles que desarrolla el establecimiento de comercio,  dentro  de  las  cuales no se enmarca el evento que se examina (…), la segunda  pretensión   está   de   igual   modo,   destinada  al  fracaso”.   

3.          El  Tribunal  pasó  a  ocuparse  de  la  súplica  encaminada  a  que  “se  declare  que el  señor  José  Francisco  Pizarro  Mondragón,  en  su calidad de liquidador, es  civilmente  responsable  por  los perjuicios causados al demandante, debido a la  negligencia  en  el  cumplimiento  del  deber consignado en el artículo 255 del  Código  de  Comercio,  ya  que no efectuó la adecuada reserva para atender las  obligaciones  que  eventualmente  hubieran  podido  afectar  el patrimonio de la  sociedad”,  aspecto  de la controversia que definió  en los términos que pasan a condensarse:   

3.1.          Ninguna  duda  existe  respecto  de  las  variadas  obligaciones  que  surgen para el liquidador desde el mismo momento en  que  se  inicia  el proceso dirigido a finiquitar la existencia de una sociedad.  En  tal  virtud,  el  artículo  238  del Código de Comercio le otorga diversas  facultades  para que realice su función; y el artículo 255 de la misma obra lo  responsabiliza   “ante   los   asociados  y  ante  terceros,  de los perjuicios que se les cause por violación o negligencia en el  cumplimiento de sus deberes”.   

3.2.          Como  consecuencia  de  lo anterior, los  socios   y   los   terceros,   para   hacer  valer  sus  derechos,  “tienen     la     posibilidad     de     demandar     a     los  liquidadores”  mediante el ejercicio de “las  acciones  a  que  se refieren los artículos 200 y 252 del  Código   de   Comercio   y   25   de   la   ley   222   de  1995”.   

3.3.           El  demandado  Pizarro  Mondragón,  al  contestar  la  demanda  y,  luego,  en el interrogatorio de parte que absolvió,  señaló  que  no  estaba  obligado  a  “constituir  reserva      alguna”      para      “atender  el  pago”  de la acreencia  “contingente” reclamada  entonces  por el aquí demandante, “toda vez que la  misma      se      encontraba     ‘suficientemente     garantizada     y     provisionada’   con   un   contrato  de  seguro  ‘de  responsabilidad’  celebrado  con  Latinoamericana de Seguros S.A., cuya cobertura ascendía a cien  millones  de pesos ($100.000.000)”, planteamiento del  que   se   infiere   que   él,   por   consiguiente,   se   sustrajo   a  dicho  deber.   

3.4.          Abstenerse de relacionar la “obligación  litigiosa  en el balance elaborado a treinta y uno  (31)    de   octubre   de   mil   novecientos   noventa   y   ocho   (1998)   (f  275-277)”    y    de   contabilizar   “la          ‘reserva     adecuada’  que impone el artículo 245 del Código de Comercio para atender  su  pago”, son comportamientos indicativos de que el  liquidador  “incurrió,  sin duda, en una conducta  negligente,  pues debió prever que para esa fecha cursaba una demanda en contra  de  la  sociedad  que  representaba,  cuyas  pretensiones  ascendían  a  ciento  cincuenta   millones   de   pesos   ($150.000.000)   (Folio  402)”,   por   lo   que   no   es  admisible  su  argumento  “de  que  la  póliza de seguro podía cubrir la totalidad de la  eventualidad  de  la  obligación  litigiosa, pues aquélla sólo se constituyó  por $100.000.000”.   

3.5.          La referida póliza no puede “equipararse  como  sustituto  funcional  de la adecuada reserva  establecida   por   el   legislador   para   atender  el  pago  de  obligaciones  litigiosas”,  puesto  que,  de un lado, “el  artículo  87  del  Decreto  2469  de 1993 señaló que las  reservas  ‘representan  recursos  retenidos  por  el  ente  económico  (…)  con  el fin de satisfacer  requerimientos  legales, estatutarios u ocasionales”;  y,   de  otro,  “el  artículo  245  del  estatuto  mercantil  claramente  dispuso que una vez finalizado el proceso de liquidación  sin  que  se  hubiere  hecho exigible la obligación condicional o litigiosa, la  reserva     debe    depositarse    ‘en         un         establecimiento         bancario’”.   

3.6.           Es   ostensible,   por  lo  tanto,  la  responsabilidad   del   mencionado   liquidador,   como  consecuencia  de  haber  incumplido       el       indicado      “deber  jurídico”,    comportamiento   que   “se  conecta con los perjuicios sufridos por el demandante al no  recibir  el  pago  de  la  indemnización  a  que tiene derecho en los términos  señalados    por    el   Juzgado   Segundo   Civil   del   Circuito   de   esta  ciudad”.   

3.7.             Esa    responsabilidad    comprende  “la  totalidad  de estos perjuicios”  y  no está limitada por el valor “de  los  bienes  inventariados (artículo 242)”, toda vez  que   cuando  un  liquidador  “(…)  ‘por  negligencia  o  por  indebido  cumplimiento  de  sus  funciones ha perjudicado a alguien y tiene que responder,  ya   no   tiene  los  topes  del  inventario  ni  de  ninguna  clase’ (…)”,  sino  que  deberá  resarcir  “(…)  ‘lo que se logre demostrar en juicio  como   la   cuantía   del  perjuicio’   (…)”,   es  decir,  “(…)         ‘el  monto  total  del perjuicio que llegue a causar…’”.   

4.              Finalmente,     el    ad   quem  manifestó  que  “la  responsabilidad  de  los  socios de la demandada Mazco S.A.  (sic),   (…)   será  descartada  de  plano  por  la  expresa  exclusión  a  que  hace  referencia el  artículo       525       del       estatuto       comercial:       ‘En  las  sociedades por acciones no  habrá   acción  de  los  terceros  contra  los  socios  por  las  obligaciones  sociales…’”.   

LOS RECURSOS DE CASACIÓN  

Tanto  el  actor,  como  el demandado José  Francisco   Pizarro  Mondragón,  impugnaron  extraordinariamente  el  fallo  de  segunda  instancia. La Corte, conforme el orden lógico de las cosas, resolverá  primero el recurso de aquél y luego el de éste.   

DEMANDA DE   

CAMILO ACERO BERNAL  

De  los  tres  cargos  que  contiene,  la  Corporación,  mediante auto del 18 de marzo de 2011 (fls. 20 a 31 de este mismo  cuaderno),  sólo  admitió a trámite los dos últimos, a los que, por ende, la  Sala  circunscribirá  su  fallo, cuyo examen hará en conjunto, como quiera que  unas  mismas  razones,  en  buena medida, guiarán la decisión que en relación  con ellos habrá de adoptarse.   

CARGO SEGUNDO  

1.           El  recurrente se limitó a reprochar la  “falta de aplicación de los artículos 232, 901 y  233 del Código de Comercio”.   

2.           Luego  de  reproducir la primera de esas  disposiciones  legales,  el censor aseveró que en el proceso no se demostró su  cumplimiento  y  que,  por lo tanto, el Tribunal debió hacer actuar la segunda.   

3.             Añadió    que    si   “la  sociedad  en  liquidación  hubiera  dado cumplimiento a lo  preceptuado   en   el   artículo  233  del  C.  de  Co.,  y  dado  aviso  a  la  Superintendencia  de  Sociedades  del  estado  de  la  sociedad  disuelta, ésta  entidad  hubiera  dado  aviso  a  los  acreedores  conforme lo dispone el inciso  segundo de la disposición en cita”.   

4.             Precisó   que,   por   consiguiente,  “el  negocio jurídico consistente en la venta del  establecimiento  de  comercio realizado por TALLER JAPONÉS S.A., no es oponible  a  mi  representado,  toda vez que, teniendo la calidad de acreedor contingente,  ha  debido  ser  advertido  del  estado  de  la liquidación de la sociedad, con  arreglo  a  la  norma  transcrita  y,  en consecuencia, no solamente la sociedad  MAZCO  S.A.  (sic), sino los  propios  accionistas  de  TALLER  JAPONÉS S.A., demandados en el proceso, deben  ser   llamados   a   la  reparación  de  los  perjuicios  ocasionados  a  quien  represento”.   

5.            Al  cierre  señaló  que  “[l]a  falta  de  documentación,  que los demandados han debido  allegar,  para  demostrar  que  la liquidación fue tramitada de acuerdo con las  disposiciones  legales,  esto  es,  que  no  fue  adelantada  a  espaldas de sus  acreedores,  tales  como  los  avisos en periódicos de amplia circulación y la  intervención  de  la  Superintendencia  de  Sociedades, se echan de menos en el  expediente”.   

      

CARGO TERCERO  

1.           Aseveró  su proponente que la sentencia  impugnada  es  “violatoria de los artículos 19 No.  3,  48, 232, 234, 245, 529 y 835 del C. de Co.”, así  como  del  artículo  871  de la misma obra, pero por  “falta      de      aplicación”,        todo        “como  consecuencia  de  no haber observado pruebas documentales  allegadas al proceso”.   

2.           Una  vez  memoró  el  contenido  de los  artículos   529  y  835  del  citado  Código,  señaló  que  el  ad  quem  “no tuvo en cuenta el hecho  de   que   el   adquirente  del  establecimiento  de  comercio  conocía  la  impericia  y  la  falta  de  cuidado,  el  desconocimiento  de la ley, equiparable a la culpa grave o, lo que  es  peor,  la  mala fe con que actuó, por intermedio de su representante legal,  al  no  dar  aviso  a  mi representado, quien era acreedor contingente, ni a los  demás  acreedores,  del  estado  de  la  liquidación  en  que se encontraba la  sociedad  TALLER  JAPONÉS  LTDA.  (art. 232 C. de Co.). Tal impericia, descuido  manifiesto   o   mala  fe,  se  evidencia  en  los  balances  que  obran  en  la  certificación  expedida por la Cámara de Comercio de Bogotá, obrante a folios  14  a  19  y  adjuntos  a  la escritura pública No. 6725 del 12 de diciembre de  1997,  de  la  Notaría 42 de Bogotá, visible a folios 21 a 41, escritura en la  cual   se  relacionan  los  pasivos  sociales,  pero  se  omite,  culpablemente,  mencionar  la  obligación  litigiosa”.   

3.           En  opinión  del  censor,  “[r]esulta  contrario  a toda lógica, a la justicia, al derecho  y     a     la     equidad,     considerar    que    se    obró    ‘de    buena    fe    exenta    de  culpa’,   cuando  la  liquidación  de  una  sociedad,  como en el caso de marras, se lleva a cabo sin  tener  en  cuenta  las exigencias de publicidad que la ley exige (C. de Co. Art.  232),  sin  ‘llevar la  contabilidad   regular   de   sus   negocios   conforme   a  las  prescripciones  legales’ C. Co. art. 19  ord.  3º)  sin  que  la contabilidad ‘facilite  el  conocimiento y prueba de la historia clara, completa  y   fidedigna   de  los  asientos  individuales  y  el  estado  general  de  los  negocios’  (C.  de Co.  Art.   48   in   fine),   sin   que  ‘[l]a  contabilidad (…) suministre una historia clara, completa y  fidedigna  de los negocios del comerciante, con sujeción a las reglamentaciones  que     expida     el     gobierno’,   sin   que  el  inventario  incluya  obligaciones  ‘…que    solo   puedan   afectar  eventualmente  su  patrimonio  (el del comerciante), como las condicionales, las  litigiosas,    las  fianzas…’  (art. 234  inc.  1º  in  fine),  sin que se hubiera hecho la reserva adecuada para atender  las  obligaciones condicionales o litigiosas, como lo observa el art. 245 del C.  de  Co., sin que se hubiera cumplido el artículo 35 del D. 2649 de 1993, ni los  artículos  36,  42, 52, 81 y 110 del mismo Decreto, que ordenan consignar en el  pasivo  social  las obligaciones futuras, las contingentes, las contingencias de  pérdidas         que         ‘Tratándose   de   procesos  judiciales  o  administrativos  deben  reconocerse  las contingencias probables en la fecha de notificación del primer  acto  del proceso’, como  lo  advierte  en  su  parte  final  el artículo 52 de la misma normatividad, ni  cuando    no    se    registró    ‘bajo           ‘cuentas  de  orden  por responsabilidades contingentes’ los compromisos o contratos que se  relacionen  con  posibles obligaciones’ (subrayado mío)”.   

4.              Puntualizó    que    “[t]odo  este  bagaje  de  violaciones a la ley configuran culpa  grave,  equiparable  al  dolo,  por  parte  del  inicialmente  gerente  y  luego  liquidador   de   TALLER   JAPONÉS  S.A.,  quien,  a  su  turno,  fungía  como  representante  legal,  en  su  calidad  de  gerente  de  MAZCO S.A. (sic),  que  legitiman  a  mi  representado  para  demandar  a  ésta  última  sociedad como  responsable  de los perjuicios causados a mi representado al tenor del artículo  529  del  C. de Co., atrás transcrito”,   tesis   que   reforzó   con  reproducción  del  artículo  871  ibídem.   

CONSIDERACIONES  

1.           El  recurso extraordinario de casación,  como  medio  de  impugnación  que  es,  tiene como finalidad exclusiva que esta  Corporación,  única competente para resolverlo, examine y establezca, a la luz  de  los específicos reproches que eleve el impugnante, si el fallo de instancia  cuestionado  guarda  o  no conformidad con la ley, sustancial o procesal, según  sea  la  naturaleza  de los cargos que se formulen, para solamente en el segundo  de esos supuestos, disponer su quiebre.   

Ahora  bien,  si  como  se  desprende de lo  dicho,  desde la perspectiva del recurrente, la casación comporta derrumbar una  sentencia  que  le  es  desfavorable  y  que, como todas, está amparada por las  presunciones  de  legalidad  y  acierto,  propio  es, por una parte, destacar la  trascendencia  jurídica  de  su actividad impugnativa y, por otra, entender que  al  desarrollarla,  está  llamado  a  cumplir  cabalmente  las  previsiones del  legislador  que  la  regulan,  normativa  que,  como  consecuencia  de esa misma  relevancia, debe ser siempre aplicada rigurosamente.   

2.            En  lo  que  aquí  resulta  pertinente  resaltar,    el    artículo    374   del   Código   de   Procedimiento   Civil  consagra:   

La demanda de casación deberá contener:   

(…)  

3o.  La  formulación por separado de los  cargos  contra  la sentencia recurrida, con la exposición de los fundamentos de  cada  acusación, en forma clara y precisa. Si se trata de la causal primera, se  señalarán   las   normas  de  derecho  sustancial  que  el  recurrente  estime  violadas.   

Cuando  se  alegue la violación de norma  sustancial  como consecuencia de error de hecho manifiesto en la apreciación de  la  demanda  o de su contestación, o de determinada prueba, es necesario que el  recurrente lo demuestre (…).   

3.           De  esa disposición, aplicada en asocio  con  las  demás  que  disciplinan  el  recurso  extraordinario  en mención, en  particular  el  artículo  368  de  la  misma obra, se desprenden los requisitos  formales  y  técnicos  que  pasan  a  explicarse  y  que interesan en este caso  particular:   

3.1.          Los  diversos  reproches  que  el censor  tenga,   deberá   esgrimirlos   en   cargos  separados  que,  a  su  turno,  le  corresponderá,  según su particular naturaleza, encuadrar y soportar en alguna  de  las específicas causales que, con carácter taxativo y autónomo, contempla  la segunda norma atrás invocada.   

3.2.          Cada  acusación  deberá fundamentarse,  para  lo  que  se impone al recurrente explicitar los argumentos que con ese fin  aduzca,  con  claridad  y  precisión,  es  decir,  de  una  manera “perceptible     por     la    inteligencia    sin    duda    ni  confusión”,               “exacta”,        “rigurosa”    y    contentiva   de  “los datos que permitan individualizarla dentro de  la   esfera  propia  de  la  causal  que  le  sirve  de  sustento” (CSJ, SC del 15 de septiembre de 1994).   

Como  mínimo,  de  los  planteamientos del  impugnante  debe  inferirse  en  dónde  radica  y  cómo  se  produjo  el yerro  atribuido  al  sentenciador de instancia, sin que, por lo tanto, pueda dejarse a  esta  Corporación la carga de definir o desentrañar los alcances del reproche,  lo  que  le  está  vedado  debido  al carácter eminentemente dispositivo de la  casación.   

Así  las cosas, sustentar debidamente cada  acusación,  reclama  de su proponente explicar y demostrar las trasgresiones de  la  ley  en  las  que  la  respectiva autoridad judicial pudo haber incurrido al  dictar  el fallo controvertido, por lo que los argumentos que esgrima, no pueden  quedarse  en  meras  generalizaciones,  o  afianzarse  en  la  totalidad  de  lo  acontecido  en  el  litigio,  o aludir globalmente a lo probado en el proceso, o  reprochar  de  forma  abstracta  las  decisiones  adoptadas, actitudes todas que  tornan  frustránea  la  acusación  que en tales condiciones se formule, puesto  que  “…‘el  recurrente,  como  acusador  que  es  de  la  sentencia, está  obligado  a proponer cada cargo en forma concreta, completa y exacta para que la  Corte,  situada  dentro de los límites que demarca la censura, pueda decidir el  recurso   sin   tener  que  moverse  oficiosamente  a  completar  la  acusación  planteada,  por  impedírselo  el  carácter  eminentemente  dispositivo  de  la  casación       (G.J.       t.       CXLVIII,       pág.       221)’” (CSJ,  auto del 28 de septiembre de 2004).   

3.3.          Ahora  bien,  en  tratándose  de cargos  fincados  en  la  causal  primera de casación, la señalada exigencia de que su  fundamentación  sea  clara  y  precisa,  comporta  que  las  censuras, además,  sean:   

3.3.1.           En primer lugar, simétricas, esto  es,  que  guarden  armonía con los genuinos argumentos en los que el respectivo  juzgador     soportó     las     decisiones     que    adoptó,    “porque         lógica    y    jurídicamente   debe  existir  cohesión entre  el  ataque  o  ataques  contenidos  en la demanda de  casación  y la sentencia del ad quem  (…). El  recurso     de     casación     -ha     dicho     la     Corte-    ‘ha  de  ser  en  últimas y ante la  sentencia      impugnada,      una      crítica  simétrica  de  consistencia tal que, por mérito de  la  tesis  expuesta  por  el  recurrente  de manera precisa, y no por intuición  oficiosa  de la Corte, forzoso sea en términos de legalidad aceptar dicha tesis  en  vez  de las apreciaciones decisorias en que el fallo se apoya…’  (Cas. civ. de 10 de septiembre de  1991).     (…).     La    simetría    de    la  acusación  referida  por  la  Sala  en  el  aparte  anterior,  debe  entenderse no solo como armonía de la demanda de casación con  la   sentencia   en   cuanto   a   la  plenitud  del  ataque,     sino     también    como  coherencia lógica y jurídica, según se dejó visto, entre las  razones    expuestas    por    el    juzgador    y   las   propuestas   por   el  impugnante,  pues en vano resulta para el éxito del  recurso  hacer  planteamientos  que  se  dicen  impugnativos,  por pertinentes o  depurados  que  resulten,  si  ellos  son  realmente  extraños  al discurso argumentativo de la sentencia,  por   desatinada   que   sea,   según   el  caso”  (CSJ,  SC  del   10   de   diciembre   de   1999,  Rad.  No.  5294).   

3.3.2.           Y, en segundo término, completas,  condición  relacionada  con  que  se  controvierta  la totalidad de las razones  basilares     esbozadas    en    la    sentencia    cuestionada,    “puesto  que si alguna de ellas no es atacada y por sí misma le  presta   apoyo  suficiente  al  fallo  impugnado,  éste  debe  quedar  en  pie,  haciéndose  de  paso  inocuo  el  examen  de  aquellos  otros  desaciertos cuyo  reconocimiento  reclama  la  censura” (CSJ, SC del 7 de septiembre de 2006).   

3.4.           Y  cuando  la  violación  de  la  ley  sustancial  deriva  de la comisión de errores de hecho en la apreciación de la  demanda,  su  contestación  y/o  de  las  pruebas  del  proceso,  es  deber del  recurrente,  demostrarlos,  toda vez que él, “más  que    disentir”,   debe   ocuparse   “de  acreditar  los  yerros  que  le  atribuye  al sentenciador,  laborío  que  reclama  la  singularización  de los  medios  probatorios  supuestos  o  preteridos; su puntual confrontación con las  conclusiones  que  de  ellos  extrajo  -o  debió  extraer-  el  Tribunal  y  la  exposición  de  la evidencia de la equivocación, así como de su trascendencia  en    la   determinación   adoptada”   (CSJ,   SC   del   23  de  marzo  de  2004,  Rad.  No.  7533;  se  subraya).   

4.           Los cargos en estudio, no satisfacen los  anotados requisitos, como sigue a explicarse:   

4.1.          En  ninguno  se  indicó  la  causal  de  casación  que  les  sirviera de sustento; de tratarse de la primera, tampoco se  especificó  si la violación de la ley sustancial se produjo en forma directa o  indirecta;  y  si se entendiera que ello aconteció de la segunda forma, ninguna  precisión  se hizo sobre si los yerros atribuidos al Tribunal fueron de hecho o  de derecho.   

4.2.          De su simple lectura, se establece que la  fundamentación  de  ambas  acusaciones  es obscura e imprecisa, al punto que no  puede  establecerse cuál o cuáles de las decisiones adoptadas por el Tribunal,  y  que  son  desfavorables al actor, fueron, en concreto, las controvertidas con  ellas,   es   decir,   que   ninguna   especificación   se   hizo   sobre   sus  alcances.     

4.3.          Se  suma  a lo precedentemente expuesto,  que   en   las   dos   censuras  el  recurrente  entremezcló,  confundiéndolas  impropiamente,  de  un  lado,  la  enajenación  del establecimiento de comercio  denominado    “Taller    Japonés”,  contenida  en  la escritura pública No. 6725 del 12 de diciembre  de  1997; y, de otro, la liquidación de la sociedad TALLER JAPONÉS S.A., a que  se   contrae   el  documento  que  milita  del  folio  14  al  20  del  cuaderno  principal.   

4.3.1.            En  efecto, en el cargo segundo,  sobre  la  base  de que el liquidador de la persona jurídica atrás mencionada,  no  acató  el  mandato  del  artículo 232 del Código de Comercio, esto es, no  avisó  a los acreedores de la misma, entre ellos, al aquí demandante, sobre el  estado  de la liquidación, el impugnante, en definitiva, adujo que “la  venta  del establecimiento de comercio realizado por TALLER  JAPONÉS  S.A.  es  inoponible  a  mi  representado,  toda  vez que, teniendo la  calidad  de  acreedor  contingente,  ha  debido  ser  advertido del estado de la  liquidación   de  la  sociedad,  con  arreglo  a  la  norma  transcrita  y,  en  consecuencia,    no    solamente    la    sociedad   MAZCO   S.A.   (sic),  sino  los propios accionistas de  TALLER  JAPONÉS  S.A.,  demandados  en  el  proceso,  deben  ser  llamados a la  reparación  de  los  perjuicios  ocasionados a quien representó”.   

4.3.2.            Y  en  la tercera acusación, su  proponente  afirmó  la mala fe con la que actuó Mazco Bogotá S.A. al adquirir  el  indicado  establecimiento  de  comercio,  respaldado  en  dos circunstancias  específicas:   

a)            Que   ella,   no   obstante   que   su  representante  legal  era la misma persona que fungió como liquidador de TALLER  JAPONÉS   S.A.,   no   dio  “aviso”   al  aquí  demandante,  “quien  era  acreedor   contingente,   ni   a   los  demás  acreedores,  del  estado  de  la  liquidación”   de   la   premencionada   sociedad.   

b)           Y  que  ni  en  el  balance,  ni  en  la  relación  de  pasivos  anexos  a  la  venta  en  cuestión,  se hizo figurar la  acreencia contingente del señor Acero Bernal.   

4.3.3.              Tales  planteamientos  riñen  abiertamente  con  el  requisito de claridad y precisión atrás comentado, pues  tratándose,  precisamente, de negocios jurídicos de distinta naturaleza, amén  que   su   realización   tuvo  lugar  en  diferentes  momentos,  la  venta  del  establecimiento  de  comercio el 12 de diciembre de 1997 (fls. 21 a 41, cd. 1) y  la  liquidación  de  la  sociedad  TALLER JAPONÉS S.A. entre el 23 de enero de  1998  (fecha en la que se acordó su disolución; fls. 264 a 269, cd. 1) y el 15  de  enero de 1999 (día en el que se inscribió en el Registro Mercantil el Acta  No.  028  del  20 de noviembre de 1998, en la que se aprobó la distribución de  activos  de  dicha  sociedad,  y  en el que se canceló su matrícula mercantil;  fls.   14   a   20,  cd.  1),  no  era  dable  confundirlos,  para  aseverar  la  inoponibilidad  del  primero  o  a  la  mala fe de quien intervino en éste como  comprador,   debido   a   la   insatisfacción   de   requisitos   propios   del  segundo.   

4.4.          Ahora  bien,  si se admitiera que en los  dos  cargos  se  denunció  la  infracción  indirecta de la ley sustancial como  consecuencia  de  la  comisión  de  errores de hecho por parte del Tribunal, se  encuentra:   

4.4.1.            El  recurrente  no  se allanó a  cumplir  el  deber que tenía de comprobar los supuestos yerros fácticos que le  endilgó a dicho sentenciador, puesto que:   

a)           En  las  dos  censuras  fue notoriamente  deficiente  la singularización que se hizo de los medios de convicción y, más  exactamente,  de  los  pasajes  o  segmentos  de ellos, sobre los que recayó la  equivocación     del     ad     quem.   

b)           En  ninguna  se  realizó  la  labor  de  contraste   entre   el  contenido  objetivo  de  las  pruebas  no  apreciadas  o  deficientemente  ponderadas,  y  lo  que  de ellas debió inferir o coligió esa  autoridad.   

c)           Y omitió toda referencia que permitiera  establecer  la  trascendencia  de  los  supuestos  desatinos del sentenciador de  instancia.   

4.4.2.            Las dos censuras son asimétricas  e  incompletas,  pues  no guardan relación con los argumentos esgrimidos por el  Tribunal en apoyo de sus determinaciones, como pasa a dilucidarse:   

a)           En frente de la que el Tribunal denominó  “primera  pretensión de la demanda”,  consistente,  según  esa  misma  autoridad,  en que “se  declare  que  las  demandadas  Mazco  Bogotá  S.A., Taller  Japonés  S.A.  y  José Francisco Pizarro Mondragón, actuaron de mala fe en la  compraventa    del   establecimiento   de   comercio   denominado   ‘Taller     Japonés’”, dicha  Corporación,  para  desestimarla,  adujo, en concreto, que el actor carecía de  legitimación  y  de interés para actuar, toda vez  que para el momento en  que   se   verificó   dicha  venta  (12  de  diciembre  de  1997)  “el  demandante  no  tenía  ningún  tipo   de   acreencia   en   contra   de   la   sociedad  enajenante,  pues  la  sentencia que reconoció su derecho se dictó el doce  (12)  de  diciembre  de 1999” (se subraya), de lo que  infirió  que  la  referida  enajenación,  de  ninguna  manera, pudo afectar su  derecho de crédito.   

b)             Y    para   descartar   “la  segunda  pretensión,  que  busca  que  la  sociedad  Mazco  Bogotá  S.A.  sea  declarada responsable del pago de los perjuicios causados al  demandante   en  virtud  de  haber  adquirido  el  establecimiento  de  comercio  ‘Taller  Japonés’”, señaló:   

No obstante, al  no  ser la responsabilidad derivada de culpa un evento propio de las operaciones  efectuadas  por  un establecimiento de comercio, no había lugar a discriminarla  en  el  respectivo balance. Menos aún si se tiene en  cuenta  que al momento de verificarse la enajenación  del  establecimiento  de comercio no había ninguna obligación pendiente con el  demandante.  De  modo  que  la omisión de mencionar  esta  suerte  en  los  balances  y documentos de enajenación, no constituyó un  comportamiento  carente  de  probidad  sino  que,  por  el  contrario,  guardaba  coherencia  con  el  tipo  de  obligaciones  que  debían  consignarse  en  esos  instrumentos.   

No  podía  de  ningún  modo exigirse al  adquirente  que  demostrara la suma diligencia y cuidado propios de ‘un      buen      hombre     de  negocios’  frente a un  acto   que   escapaba   del   ámbito   específico   del   cual  es  experto  o  conocedor.  Por  lo  tanto,  mal podría obligarse a  este  comerciante  a  que demostrara su buena fe exenta de culpa para exonerarse  de  una  responsabilidad  que  nada tiene que ver con obligaciones derivadas del  ejercicio de actividades mercantiles.   

Como  ya  se  ha dicho, la norma trata de  obligaciones  derivadas  del ejercicio propio de las actividades mercantiles que  desarrolla  el  establecimiento  de comercio, dentro de las cuales no se enmarca  el evento que se examina (se subraya).   

c)            Ninguno   de   esos   argumentos   del  sentenciador  de segunda instancia fue combatido por el recurrente, toda vez que  éste,  como  se  infiere de lo hasta aquí analizado, encaminó sus reproches a  censurarle  al  Tribunal  que hubiese desconocido la inoponibilidad al actor del  contrato  de  compraventa del establecimiento de comercio; que los demandados no  allegaron  las pruebas que acreditaran que la liquidación de la sociedad TALLER  JAPONÉS  S.A.  se  adelantó  con sujeción a las exigencias legales; que no se  avisó  al  señor  Acero  Bernal,  como  acreedor contingente, del estado de la  liquidación;  y  que  en  la contabilidad de la citada persona jurídica, no se  relacionó el indicado crédito.     

5.           En definitiva, se concluye que los cargos  analizados no están llamados a buen suceso.   

DEMANDA DE  

JOSÉ      FRANCISCO      PIZARRO  MONDRAGÓN   

Contiene  cinco  cargos.  En el inicial, se  denunció  la  sentencia  del Tribunal por ser incongruente; y en los restantes,  por vulnerar la ley sustancial.   

La  Corte resolverá conjuntamente las tres  primeras  acusaciones, pese a su distinta naturaleza, por versar, como se verá,  sobre  una  misma  cuestión  jurídica.  Seguidamente estudiará la cuarta y la  quinta, como fueron propuestas.   

CARGO PRIMERO  

1.           Con  estribo  en  la  causal  segunda de  casación,   el   impugnante   reprochó  el  fallo  combatido  por  no  guardar  consonancia   “con  las  facultades  otorgadas  al  apoderado”      del      actor,     “ni   con   la  demanda  incoatoria  del  proceso”.     

2.           Tras  reproducir  el  contenido  de  los  poderes  que  el  demandante  le  confirió  al abogado que lo representó en el  proceso,  militantes en los folios 1 y 124 del cuaderno principal, el recurrente  aseveró  que  en los dos “el objeto del mandado es  idéntico”:  “solicitar  la    nulidad    de   la   liquidación   de   la   sociedad   Taller   Japonés  S.A.”.   

3.           Sentada  la  anterior premisa, el censor  trajo  a colación las distintas pretensiones elevadas en la demanda integrada y  observó:   

3.1.          Las  cuatro  primeras principales tienen  “como    fundamento    la    mala   fe   en   la  compraventa” y, en relación con ellas, “NO  alcanza el poder”, porque en él  no se autorizó controvertir dicho negocio jurídico.   

3.2.           Las  súplicas  siguientes,  quinta  a  octava,  se  apoyan  exclusivamente en “la presunta  negligencia   del  Liquidador  por  no  haber  hecho  la  reserva”;  su acogimiento procedía solamente en  el  supuesto  de  que  se  hubieren “negado las del  primer  grupo”;  y  como  en  el  caso  anterior, el  mandato    otorgado   al   apoderado   del   demandante   tampoco   “alcanza”,  puesto  que “NO  es  para  que  se  deduzca una responsabilidad personal del  Liquidador,   la   cual  NO  es  consecuencia  obligada  de  la  nulidad  de  la  liquidación”.   

3.4.          Las restantes pretensiones subsidiarias,  en  esencia,  están  dirigidas a que se declarara la nulidad de la liquidación  de  la sociedad Taller Japonés S.A., por no haberse constituido la reserva para  pagarle  al  actor  el crédito de que es titular, y a que, como consecuencia de  ello,  se  ordenara  a  los  socios  restablecer  el  patrimonio  de  la persona  jurídica.   

Pese  a  que,  como  ya  se  registró,  la  finalidad  de  los referidos poderes es, precisamente, demandar la invalidación  de  la mencionada liquidación, ellos, de todas maneras, no son suficientes para  que  se  hubiesen  elevado  tales  reclamaciones,  en la medida que “nada  se  pid[ió]  contra Pizarro y no se puede resolver sobre  lo que no se ha pedido”.   

4.           A  continuación el recurrente analizó,  en   abstracto,   la  congruencia  y  repitió  los  anteriores  planteamientos.   

5.              Luego    solicitó    “se  case  totalmente la sentencia acusada en cuanto a Francisco  Pizarro    se    refiere”   y   que,   “en  sede  de  instancia,  se  confirme  la  sentencia de primer  grado” o, “en subsidio,  se  declare  la  inhibición  para resolver respecto”  del precitado demandado.   

6.           Por  último,  el  impugnante  consignó  otros  argumentos,  pero, según él mismo lo indicó, a modo de un “[a]legato       propio      de  instancia”.   

CARGO SEGUNDO  

1.           Con  fundamento  en  el  primero  de los  motivos  consagrados  en el artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, se  denunció  la  sentencia  del  Tribunal  por  violar indirectamente “los  artículos 245 y 255 del Código de Comercio, por error de  hecho  manifiesto  en  la  apreciación de la demanda y del poder”.   

2.            Después   de  memorar  nuevamente  lo  expresado  en  los  mandatos  que obran a folios 1 y 124 del cuaderno No. 1 y de  insistir  en  que  la única facultad que mediante ellos se otorgó al apoderado  del  accionante, fue la de demandar la nulidad de la liquidación de la sociedad  Taller Japonés S.A., el censor precisó:   

2.1.            De    esos   escritos   “NO  surge  ni  siquiera  de  manera  implícita  la facultad de  demandar personalmente a Pizarro”.   

2.2.           Pretender   que   se   establezca   su  responsabilidad,  “es  asunto que evidentemente se  relaciona  con  lo que en el poder se determina, pero se relaciona de una manera  tangencial  que  lo  único  que  permite es una acumulación de pretensiones, y  además,      una      acumulación     condicionada     sucesiva”.   

2.3.          “Para  deducir  que  el  mandato  se  extiende  a  pedir  una condena contra Pizarro, se debe entender que se requiere  previamente  [que] se decrete la nulidad de la liquidación y que posteriormente  y  como  consecuencia  de  dicha nulidad,  se condene a Pizarro. Si no hay nulidad, no hay condena, porque  el   poder   es   para   la   nulidad,  no  para  la  condena  como  pretensión  individual”.   

2.4.           Otra  cosa  acontecería  si  el  poder  señalara  “que  se encarga para obtener condena a  cargo  de Pizarro por no haber efectuado la reserva”,  que  fue lo que resolvió el Tribunal y para lo que se requería de “apoderamiento   expreso,   completamente   deslindado   de   la  nulidad”.   

3.           La restante fundamentación del cargo, es  similar a la del primero.   

4.              Al     cierre,    el    impugnante  advirtió:   

4.1.          Por una parte, que los referidos poderes  posibilitaban  solamente  la  aducción de las pretensiones quinta y siguientes,  subsidiarias.   

4.2.          Y,  por otra, que si el Tribunal hubiese  “advertido   que   el   poder   no   era   suficiente  para  formular  todas las demás  peticiones”,     se     habría     “declarado  inhibido  por  falta de habilitación”,  como quiera que es a nombre del demandante que se pide y que, por  consiguiente,  es éste quien debe conceder a su abogado tal habilitación. Pero  si  “el  apoderado  no  tiene poder, pues no puede  demandar  y  si  lo  hace,  pues  nada  puede  resolver  el  juez”,  a lo que añadió que “[s]i el poder  no  es  suficiente  para  unas  determinadas  pretensiones,  pues  no  las puede  proponer,  y  si  lo  hace,  pues  nada  puede  resolver  el juez”.   

CARGO TERCERO  

1.            Esta   acusación   es,  en  términos  generales,  semejante  a  la  anterior,  con la importante diferencia de que los  errores  que  el  recurrente  aquí  le imputó al ad  quem,    en  torno de su apreciación del poder y de la demanda, ya no fueron  de hecho sino de derecho.   

2.           Por  esa razón, el impugnante adicionó  los  planteamientos  del  cargo segundo con el propósito de puntualizar que las  normas probatorias violadas, fueron las siguientes:   

2.1.          Los  incisos  2º y 4º del artículo 70  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  “porque el  poder  para  demandar  la nulidad de la liquidación no puede extenderse a otros  asuntos  diferentes y que requieren de petición y autorización expresas porque  (…)  además  implican  disposición del derecho del mandate. Pedir una cosa u  otra  es  disponer;  pedir una cosa que implica otra que le es connatural, no es  disponer.  Son  los  elementos naturales: aquellos que se entienden incorporados  sin necesidad de cláusula especial”.   

2.2.          El  artículo  24 de la Ley 222 de 1995,  que  subrogó  el  artículo  200  del  Código  de Comercio, como quiera que el  Tribunal   aseveró   que   “(…)   ‘la  normativa  societaria  en vigor  establece  una  presunción  de  culpa  para  aquellos administradores que hayan  incumplido  o  cuando  hayan  violado  la ley o los estatutos. En estos casos la  carga  de la prueba se invierte y, en consecuencia, el Liquidador debe demostrar  que  a  pesar  de  la  violación  legal o estatutaria, los perjuicios no fueron  imputables    a    su    actuación’  (fl.  54  cdno.  Tribunal,  pág.  35  del fallo)”.   

3.            Por   lo  demás,  como  se  dijo,  la  acusación es muy próxima a la que le antecede.   

CONSIDERACIONES  

1.           El fundamento medular de los tres cargos  de  que  ahora  se  trata,  es  el  mismo:  que el apoderado del actor no estaba  habilitado  para  demandar  nada  distinto a la nulidad de la liquidación de la  sociedad  Taller  Japonés  S.A.,  pues  en los poderes que éste le confirió a  aquél,  que  obran en los folios 1 y 124 del cuaderno principal, únicamente se  incluyó esa facultad.   

Con  dicho argumento el censor denunció la  incongruencia  del  fallo  del  Tribunal (cargo primero); y, por aparte, que esa  autoridad  infringió  indirectamente  los  artículos  245 y 255 del Código de  Comercio,  como consecuencia de que al apreciar “la  demanda  y el poder” cometió errores de hecho (cargo  segundo) o de derecho (cargo tercero).   

Ello explica y, al tiempo, justifica, que la  Corte,  no  obstante  su  diferente naturaleza, hubiese conjuntado las indicadas  acusaciones  para  resolverlas,  amén  que,  como se verá, unas mismas razones  guiarán   la   decisión   que   en   torno   de   ellas,   aquí   habrá   de  adoptarse.   

2.           Como  complemento  de  las apreciaciones  generales  que,  respecto  del  recurso  extraordinario de casación, se dejaron  consignadas  al  desatar  los  reproches  que  propuso  el  actor,  es necesario  reiterar  ahora que de la interpretación integral y de la aplicación armónica  de  las  normas  que  regulan dicha forma de impugnación, especialmente, de los  artículos  368  y  374  del  Código de Procedimiento Civil, se infiere que las  diversas  inconformidades  que el recurrente tenga en relación con la sentencia  que   lo   agravia,   debe   formularlas   en   cargos   separados,   para  cuya  individualización   le   resulta   obligatorio   adecuar   los   hechos  y  las  circunstancias  que los estructuran, a las distintas causales contempladas en el  primero de esos preceptos.   

De  suyo  que  si,  por  ejemplo, su reparo  consiste  en  que el sentenciador de instancia desfiguró la plataforma fáctica  del  litigio,  tal reproche habrá de plantearlo fincado en el motivo inicial de  la  indicada  disposición  y, más exactamente, bajo la égida de la violación  indirecta  que allí se contempla, ya sea que denuncie la comisión de yerros de  hecho,  ora  de derecho, según fuere el caso, en la apreciación de la demanda,  su contestación o de las pruebas del proceso.   

En  cambio,  si para el censor, en el fallo  controvertido  no  se incurrió en ningún desatino al establecer los hechos del  proceso,  pero  se  erró al seleccionar las normas sustanciales aplicadas o que  debían  hacerse  actuar,  es claro  que  dicha  acusación   tendría   que   formularla   con  apoyo  en la señalada causal,  pero   esta   vez   aduciendo   la  infracción  directa  de  tales  previsiones  legales.   

A  su turno, si el desacierto avizorado por  el    impugnante    refiere   a   que   el   juzgador   resolvió   citra,            extra o ultra  petita,  esto  es,  con  desconocimiento de las reglas  consagradas  en  el  artículo  305 del Código de Procedimiento Civil, la queja  que  al  efecto  eleve, indefectiblemente, deberá encuadrarla en el numeral 2º  del     ya     varias     veces     citado     artículo     368    ibídem.   

Pero  si  el yerro advertido está previsto  como  motivo de nulidad procesal, su alegación en casación tendrá que hacerse  dentro  de la órbita de la causal quinta de la norma precedentemente señalada.   

3.           Propio  es  colegir,  entonces,  que  en  atención  a  los  requisitos  de precisión y claridad señalados en el numeral  3º  del  artículo  374 del Código de Procedimiento Civil, es obligatorio para  el  censor  tipificar acertadamente cada una de sus inconformidades en una, y en  sólo  una, de las causales de casación, puesto que si así no lo hiciera y si,  por  el  contrario,  adecuara incorrectamente sus reproches, ubicándolos en uno  de  aquellos  motivos  que  no  le  corresponda, el cargo que así se propusiera  sería confuso y, por ende, contrario a las aludidas exigencias.   

La Corte, de antaño, tiene precisado que en  aplicación  de los principios de autonomía e independencia que caracteriza las  causales  de casación, es imperativo “que   cada   acusación   se   formule   en   forma   coherente  y  armónica” con una sola  de   ellas   y  no  con  “varias,  no  solo  por  ser  diferentes y a veces  contradictorias,    sino    porque   el   principio   dispositivo   le  impone  al  recurrente  el deber de seleccionar debidamente la  causal,   sin   que  la  Corte  pueda  hacerlo  por  él”  (CSJ,  SC del 29 de septiembre de 1998, Rad.  5191;         se         subraya).   

Y  sobre el mismo tema, en tiempo reciente,  expuso  que  “[e]l legislador, en el artículo 368  del  C.  de  P.  C.,  consagró  diferentes  causales  de  casación para que el  interesado,  al  momento de exponer las razones de su inconformidad e invocar la  senda  pertinente pudiera, ciertamente, presentar una  adecuada   denuncia   o   encauzar   su   queja  de  manera  idónea.    Atendiendo    esa   perspectiva,   al   censor   le   está   vedado,  al  momento  de  formalizar  los  cargos,  involucrar indistintamente  reproches  que  refieran  a  una  y  otra  senda casacional; también mixturar o  entremezclar,  simultáneamente,  la  fundamentación  que  sirve  de  soporte a  cualquiera     de    ellas    (…)”  (CSJ,  auto  del  15 de mayo del 2012,  Rad. 1998-00181-02; se subraya).   

4.           Mirados  en  conjunto los tres cargos de  cuyo  estudio  se  ocupa  en este momento la Corte, se concluye que en relación  con  ninguno,  el  recurrente  satisfizo  el  deber  de  realizar  una  adecuada  tipificación, como a continuación se explica.   

4.1.          Es evidente que la queja expresada por el  censor  en  tales acusaciones tiene que ver, según su verdadera esencia, con la  indebida  representación  del  demandante,  en  la  medida que se asienta en el  hecho  de que éste, en el poder que le confirió al apoderado al que le delegó  su  representación procesal, no lo facultó para demandar, en frente del señor  José  Francisco  Pizarro  Mondragón, ni la invalidación de la compraventa del  establecimiento  de  comercio  denominado  “Taller  Japonés”,  ni  su responsabilidad personal derivada  de  su  condición de socio de las personas jurídicas entre quienes se realizó  esa  enajenación  o  de  sus  actuaciones como liquidador de la sociedad Taller  Japonés  S.A.,  ni  la  nulidad  de  la  liquidación  de  esta última persona  jurídica.   

4.2.          Y  ello  es  así puesto que la indebida  representación  de  las  partes  en  el  proceso se da, en primer lugar, cuando  alguna  de  ellas o ambas, pese a no poder actuar por sí misma, como ocurre con  los  incapaces  y las personas jurídicas, lo hace directamente o por intermedio  de  quien  no  es  su  vocero  legal;  y, en segundo término, cuando interviene  asistida  por  un  abogado  que  carece,  total  o  parcialmente,  de poder para  desempeñarse en su nombre.   

Al  respecto,  tiene  dicho  la  Corte  que  “[t]al irregularidad, cuando de personas naturales  se  trata,  tiene  ocurrencia  en  aquellos  eventos en que un sujeto legalmente  incapaz  actúa  en  el  proceso  por  sí  mismo,  y  no  por  conducto  de  su  representante  legal, o cuando obra en su nombre un representante ilegítimo. En  tratándose  de  apoderados  judiciales, deviene de la gestión a nombre de otra  persona,  careciendo  por  completo de atribución para el efecto”  (CSJ, SC del 11 de agosto de 1997, Rad.  No. 5572).   

4.3.          Con  ese  entendimiento de la cuestión,  debe  destacarse  que  en  el  ámbito  del  derecho procesal civil, el referido  defecto,  cualquiera  sea su causa, está contemplado como uno de los motivos de  invalidación  de  las actuaciones litigiosas en el artículo 140 del Código de  Procedimiento Civil que, en lo pertinente, reza:   

El  proceso  es  nulo en todo o en parte,  solamente en los siguientes casos:   

…  

7o. Cuando es indebida la representación  de  las  partes.  Tratándose  de  apoderados  judiciales  esta  causal sólo se  configurará    por    carencia    total    de    poder   para   el   respectivo  proceso.   

4.4.          Se sigue de lo precedentemente expuesto,  que  la  alegada inconformidad del censor, conforme su genuina naturaleza, sólo  podía  plantearse  en  casación a la luz del numeral 5º del artículo 368 del  Código  de Procedimiento Civil, toda vez que en él se consagra como uno de los  motivos       de       dicho      recurso      extraordinario,      “[h[aberse  incurrido  en  alguna  de  las  causales  de nulidad  consagradas    en    el    artículo    140,   siempre   que   no   se   hubiere  saneado”.   

4.5.           En   un   caso   que,   guardadas  las  proporciones,   se   asemeja   al  presente,  la  Corte,  sobre  el  particular,  señaló:   

(…)  es manifiesto que la irregularidad  aducida  para  socavar la legitimación de la defensora de familia, por  entrañar  un  vicio  constitutivo  de  nulidad  por falta de  representación,      no      podía    denunciarse    por    la   causal  primera, sino con base en una causal independiente y  autónoma   prevista   específicamente   para   este   tipo   de  desviaciones,  la  contemplada  en  el numeral quinto del artículo  368  del  código  citado (CSJ, SC del 20 de febrero de  2002, Rad. No. 6894; negrillas y subrayas fuera del texto).   

         

4.6.          Así las cosas, forzoso es colegir que el  censor  se  equivocó  al  escoger la senda por la que hizo transitar los cargos  que  se  examinan, puesto que si el defecto en ellos denunciado aparece definido  en  la ley como causal de nulidad procesal, es evidente que no podía plantearlo  en  casación  con  fundamento  en  los  numerales 1º y 2º del ya tantas veces  citado  artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, como lo hizo, sino que  estaba  obligado  a  presentarlo con fundamento en su numeral 5º, que contempla  todos  los  eventos  taxativamente enumerados en el artículo 140 del Código de  Procedimiento  Civil  como  determinantes  de  nulidad procesal, entre ellos, la  “indebida      representación      de     las  partes”.   

4.7.             Las     acusaciones    son,    por  consiguiente,   contradictorias  e  incoherentes,  puesto  que  en ellas su  proponente  tipificó  la  indebida  representación  del  actor en las causales  primera  y  segunda  de  casación,  lo  que impide a la Corte resolverlas en el  fondo,  puesto  que,  como  igualmente  ya  se  señaló,  no le es dable a esta  Corporación  seleccionar  la  vía  idónea  de los reproches formulados por el  censor.   

5.           Estando claro que el defecto aducido por  el  censor  en  los cargos auscultados concierne con la indebida representación  del  demandante,  de  esa  sola  circunstancia  se  desprenden otras razones que  impiden la prosperidad de tales reproches, como pasa a indicarse:   

5.            El   recurrente,  que  corresponde  al  demandado  José  Francisco  Pizarro Mondragón, carece de interés para invocar  esa  deficiencia,  habida  cuenta que, según voces del inciso 3º del artículo  143  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  “[l]a  nulidad   por  indebida  representación  o  falta  de  notificación  o  emplazamiento  en  legal  forma,  sólo    podrá    alegarse    por    la   persona  afectada”     (se  subraya).   

Pero  en  el  evento  en  que  se  hubiera  propuesta  así,  esa  anomalía  estaría en principio saneada, toda vez que el  inciso   1º   del   precitado   artículo   143   establece   que  “[n]o  podrá  alegar  la nulidad quien haya dado lugar al hecho  que   la   origina,  ni  quien  no  la  alegó  como  excepción   previa,   habiendo   tenido  oportunidad  para  hacerlo”  (se  subraya),  eventualidad  esta  última  que  aquí  se  cumple,  pues  la indebida representación de la partes  aparece  prevista  como  tal,  en  el  numeral 5º del artículo 97 ibídem.   

6.           Por  lo  expuesto,  los  cargos a que se  refiere   el   análisis   en   precedencia  efectuado,  no  están  llamados  a  prosperar.   

CARGO CUARTO  

1.           También con estribo en la causal primera  de   casación,   el  recurrente  le  enrostró  al  Tribunal  haber  infringido  rectamente  de  los  artículos  200, subrogado por el 24 de la Ley 222 de 1995,  222,  226,  234, 245 y 255 del Código de Comercio; 25 de la precitada ley; y 30  del Decreto 2469 de 1993.   

2.              De    entrada,    el    recurrente  señaló:   

2.1.            El   ad  quem  interpretó  erradamente el mencionado artículo  245,  “al estimar que la reserva tenía que ser en  dinero,  siendo que puede existir un sucedáneo igualmente eficaz como lo es una  póliza de seguro”.   

2.2.          Esa  autoridad,  del mismo modo, aplicó  indebidamente  el  artículo 24 de la Ley 222 de 1995, quebranto que explicó de  similar manera a como lo hizo en el cargo anterior.   

2.3.          Igualmente se equivocó al hacer actuar,  por   una  parte,  el  artículo  222  del  Código  de  Comercio,  “que   reprime   cualquier   operación   o   acto  ajeno  a  la  liquidación,   por   cuanto  Pizarro  no  ejecutó  ningún  acto  ajeno  a  la  liquidación”;  y,  por  otra, el artículo 25 de la  mencionada  Ley 222 de 1995, “que regula la Acción  Social  de Responsabilidad contra los administradores, porque en este proceso no  es     esa     la     acción    que    se    está    ejerciendo”.   

2.4.          Los  artículos  226  y 234 ibídem    fueron    mal    aplicados,  “porque  los  h[izo]  actuar como incumplidos para  sancionar  la  omisión  de  la  reserva  prevista  en el artículo 245 ibídem,  artículo  éste  que  interpret[ó]  erróneamente  al no permitir que la dicha  reserva  admita  sucedáneo. Y por la misma razón aplicó indebidamente el art.  30  del  Decreto 2469 de 1993 porque lo h[izo] actuar como incumplido gracias al  entendimiento        equivocado        del       citado       245”.   

3.           Una vez memoró los argumentos en los que  el  Tribunal  cimentó la declaratoria de responsabilidad que efectuó en frente  del demandado José Francisco Pizarro Mondragón, el censor expuso:   

3.1.           “[U]na  cosa  es  la  ‘reserva’    y    otra   la   ‘provisión’”  y,  según    el    artículo    245   del   Código   de   Comercio,   “la  reserva debe ser ‘adecuada’”.   

3.2.             “Hacer  reserva  y  que  sea  adecuada,  es  asunto  que  queda  al  prudente juicio del  liquidador.  Lo  que  queda  al  arbitrio  de una persona no es revisable por el  juez,  justamente  porque  se  trata  de  una  apreciación  que surge del fuero  interno  de  la  persona. Lo que sí puede hacer el juez es revisar si se cumple  la  finalidad  de  la  norma  o  si  la  traiciona haciéndole fraude. No sería  admisible   una   reserva   por   un   monto  excesivamente  alto”,  criterio  que  reforzó  con  la reproducción de un concepto que  sobre  el  particular  emitió el “Consejo Técnico  de la Contaduría Pública”.   

5.                Luego       el      impugnante  puntualizó:   

5.1.           Que   el   accionado   en   un  juicio  “no  puede determinar ex ante si lo van a condenar  y  en caso afirmativo por cuánto; entonces ¿cómo puede estimar el valor de la  reserva?”.   

5.2.              Que      debía     “tenerse  en  cuenta que se trata[ba] de un litigio en curso, en  el  cual  para  la  época  de la liquidación no había ni siquiera un fallo de  primera   instancia”,   pues   éste   “se  dictó el 12 de noviembre de 1999 y la liquidación se hizo  en    noviembre    de    1998,    es    decir   un   año   antes”.   

5.3.          Que si un derecho litigioso es incierto,  como  se  infiere  del  artículo  1969 del Código Civil, su valor “tan  solo  viene  a  concretarse  en la sentencia ejecutoriada,  antes  lo  que  hay  es  una incertidumbre y no puede el demandado estimarlo con  exactitud,      si     acaso     con     alguna     aproximación”.   

5.4.          Y  que  “si  son  dos  los  demandados y a los dos los demandan en conjunto por 150 millones,  parecería   razonable   que   cada   uno   hiciera   una   provisión   por  75  millones”,  de lo que infirió que si alguno la hizo  por  “100  millones y además se constituy[ó] una  póliza  de  seguros  por  esa  suma, la actuación es completamente prudencial.  ¡Qué    mejor   garantía   que   una   póliza   de   seguros!”.   

6.            En  ese  orden  de  ideas,  el  censor  preguntó   “¿para  qué  reserva?”   cuando   “hay   una   póliza   de  seguro”,  ya  que,  en  su  concepto,  “[n]o     tiene     sentido     tener    póliza    y    además  reserva”.     Y    afirmó    que    “[e]s  tan cierto que la póliza sí sirve, que Acero transigió  con  la  aseguradora  y recibió de ella, en su momento, ¡80 millones de pesos!  De los 100 que pedía”.   

7.            Desde  otra  perspectiva  observó  que  “[p]ara  el  caso  de  autos,  no  existe  ni  la  presunción  de  culpa  del liquidador ni la inversión de la carga de la prueba  que  aparece  aplicando  la sentencia reclamada”; que  “[l]a   buena  fe  se  presume  y  la  mala  debe  probarse”;  y que “[n]o  hay    prueba    de    mala    fe,    lo   que   implica   que   Pizarro   obró  correctamente”.   Y   concluyó   que  “…no  hay  lugar a condenar a Pizarro, motivo por el cual  se  violaron  las  normas  enlistadas  en  la especie indicada al inicio de este  cargo”.   

CONSIDERACIONES  

1.            Para  deducir  la  responsabilidad  del  demandado  José  Francisco Pizarro Mondragón, en los términos en que lo hizo,  el   Tribunal   sustentó   su   juicio  en  las  razones  que  seguidamente  se  precisan:   

1.1.          Conforme  lo  establece el artículo 255  del  Código  de  Comercio “los liquidadores serán  responsables  ante  los  asociados  y ante terceros de los perjuicios que se les  cause    por    violación   o   negligencia   en   el   cumplimiento   de   sus  deberes”.   

1.2.          Para ese efecto, el legislador contempló  “las acciones a que se refieren los artículos 200  y  252  del  Código  de  comercio  y  25  de  la ley 222 de 1995”.   

1.3.          “De  la  mayor  relevancia  son  las  innovaciones  introducidas por el artículo 24 de la ley 222 de 1995 en punto de  la  responsabilidad  de  los  administradores. Ese estatuto determina que éstos  son  responsables  solidaria  e  ilimitadamente de los perjuicios que por dolo o  culpa  ocasionen  a  la  sociedad,  a  los  socios  o  a terceros”;  y  previó “una presunción de culpa  para   aquellos   (…)   que   hayan  incumplido  sus  funciones”    o   “violado   la   ley   o   los  estatutos”,   supuestos  en  los  que  “la  carga  de la prueba se invierte”  y,  por  lo  tanto, recae en ellos “demostrar que a  pesar  de la violación legal o estatutaria, los perjuicios no fueron imputables  a su actuación”.   

1.4.          Entre  otros  más,  son  deberes de los  liquidadores, los siguientes:   

1.4.1.                 Presentar    “en  las  reuniones  de asamblea o de la junta de socios estados  de  liquidación,  con  un  informe  razonado  de  su  desarrollo,  un   balance   general   y   un  inventario  detallado”   (art.   226,   C.   de   Co.;  se  subraya).   

1.4.2.              Especificar  en  el  referido  inventario  el pasivo social, con inclusión de las obligaciones condicionales y  litigiosas     (art.     234,     ib.).   

1.4.3.             Liquidar  las  cuentas  de  los  terceros    y    de    los    socios    (art.    238,   num.   7,   ib.).   

1.4.4.                   Hacer     “una  reserva  adecuada” para atender  el  pago  de las obligaciones condicionales y litigiosas (art. 245, ib.).   

1.5.           El   señor   Pizarro  Mondragón,  al  contestar  la demanda, confesó que “no efectuó la  reserva  contable  de las obligaciones litigiosas circunscritas a los resultados  de   un  proceso  en  el  que  se  discutía  la  responsabilidad  civil  de  la  empresa”,  pues  libre  y  conscientemente  admitió  “no  haberlo  hecho  por  considerar suficiente la  existencia  del  amparo  con  que  contaba  la  sociedad  con base en el anotado  contrato de seguro”.   

1.6.          Adicionalmente,  él  no  relacionó  la  referida    “obligación    litigiosa    en   el  balance”      que      elaboró     “a  treinta  y  uno (31) de octubre de mil novecientos noventa y  ocho   (1998)   (f   275-277)”,   ni   contabilizó  “la   ‘reserva     adecuada’  que impone el artículo 245 del Código de Comercio para atender  su  pago”,  omisiones de las que se desprende que su  conducta  fue  “negligente, pues debió prever que  para  esa  fecha  cursaba una demanda en contra de la sociedad que representaba,  cuyas   pretensiones   ascendían   a   ciento   cincuenta   millones  de  pesos  ($150.000.000) (Folio 402)”.   

1.7.          No  puede  admitirse  el  argumento  del  citado  demandado,  consistente  en que “la póliza  (…)   podía  cubrir  la  totalidad  de  la  eventualidad  de  la  obligación  litigiosa”, por las siguientes razones:   

1.7.1.               Ese   contrato   de   seguro  “sólo        se       constituyó       por  $100.000.000”.   

1.7.2.            La  referida  póliza  no  puede  “equipararse   como  sustituto  funcional  de  la  adecuada  reserva  establecida  por  el  legislador  para  atender  el  pago  de  obligaciones  litigiosas;  máxime,  cuando  expresamente  el  artículo  87 del  Decreto    2469    de    1993    señaló    que   las   reservas   ‘representan  recursos retenidos por  el  ente  económico  (…)  con  el  fin  de satisfacer requerimientos legales,  estatutarios     u     ocasionales’;  y  a  su vez el artículo 245 del estatuto mercantil claramente  dispuso  que  una  vez  finalizado el proceso de liquidación sin que se hubiere  hecho   exigible   la  obligación  condicional  o  litigiosa  la  reserva  debe  depositarse   ‘en  un  establecimiento        bancario’”.   

1.8.           El   incumplimiento  de  esos  deberes  “se  conecta  con  los  perjuicios sufridos por el  demandante,  al  no  recibir el pago de la indemnización a que tiene derecho en  los  términos  señalados  por  el  Juzgado  Segundo Civil del Circuito de esta  ciudad”.   

1.9.           La   responsabilidad   del  mencionado  demandado   es  “por  la  totalidad”   de   los  perjuicios  que  experimentó  el  actor,  “y    no    solo    hasta    el    límite    de    los   bienes  inventariados”,  en  tanto  que ella se deriva de la  “negligencia”  con  la  que  actuó  y  del “indebido incumplimiento de sus  funciones”.   

1.10.           “Queda  claro  que  los  perjuicios  ocasionados  al  demandante deberán ser pagados, en su totalidad, por el señor  Francisco  Pizarro Mondragón, en su calidad de liquidador de la sociedad Taller  Japonés  S.A.,  en  los  términos  de  los artículos 222 y 255 del Código de  Comercio”.   

2.            De   los   argumentos  que  acaban  de  compendiarse, pueden extractarse las siguientes conclusiones:   

2.1.          De las distintas obligaciones que la ley  impone  a  los  liquidadores,  el  señor Pizarro Mondragón, al actuar como tal  respecto  de  la  sociedad  Taller  Japonés S.A., incumplió concretamente dos:   

2.1.1.            La  de incluir en el balance que  elaboró  al 31 de octubre de 1998, la obligación litigiosa que se discutía en  el  proceso  ordinario  que  el  señor  Acero  Bernal  adelantaba  contra dicha  sociedad en el Juzgado Segundo Civil del Circuito de Bogotá.   

2.1.2.           Y la de constituir la “reserva  adecuada”  para garantizar  el   pago   de  la  misma,  de  que  trata  el  artículo  245  del  Código  de  Comercio.   

2.2.          La prueba de lo primero es, precisamente,  el  balance  respectivo, que obra del folio 275 al 277 del cuaderno principal; y  de  lo  segundo,  la  confesión  del  citado  demandado, que se desprende de la  contestación  de  la demanda que en su nombre se presentó y del interrogatorio  de parte que absolvió.   

2.3.          Ese  incumplimiento lo hace responsable,  en   los   términos   de   los   artículos   222   y   255   del   Código  de  Comercio.   

2.4.          No  es admisible la explicación que, en  relación  con la insatisfacción del segundo deber anotado -la constitución de  la  reserva-,  ofreció  el citado accionado, como quiera que el valor asegurado  en  la  póliza  que  invocó  era  sólo  de  $100.000.000,  en  tanto  que las  pretensiones  formuladas  en  el  indicado  proceso ascendían a $150.000.000; y  porque,  según se desprende de los artículos 87 del Decreto 2469 de 1993 y 245  del  Código  de  Comercio, la reserva tenía que constituirse en dinero, puesto  que,    según    la    primera   disposición,   corresponde   a   “recursos  retenidos”  y,  según la  última,     debe    “depositarse”   su  valor  en  un  “establecimiento  bancario”,   si   a  la  finalización  de  proceso  liquidatorio  no se hubiere hecho exigible la correspondiente obligación. Claro  está  que el obligado se podría exonerar de las consecuencias de incumplir esa  carga  demostrando  que dentro de la liquidación no había dinero para hacer la  reserva.   

3.           Cotejados,  por una parte, los referidos  planteamientos  del  Tribunal  y las conclusiones que de ellos extrajo la Corte,  y,  por  otra, los fundamentos del cargo en estudio, se colige que la acusación  es  incompleta  y desenfocada, puesto que, como pasa a examinarse, el recurrente  no  atacó  la totalidad de los genuinos soportes del fallo combatido, en cuanto  hace  a  la  responsabilidad  que  allí se dedujo a cargo del demandado Pizarro  Mondragón.   

3.1.          Sea lo primero destacar que el censor no  combatió  concisa  y  certeramente el argumento del Tribunal consistente en que  el  citado accionado también incumplió la obligación de incluir en el balance  que  elaboró  al 31 de octubre de 1998, la obligación litigiosa perseguida por  el señor Acero Bernal.   

3.1.1.            Al  respecto,  se aprecia que el  ad  quem, para estructurar  dicho deber, invocó las siguientes normas:   

a)           El artículo 226 del Código de Comercio,  en  cuanto  ordena a los liquidadores presentarle a la asamblea de accionistas o  a  la  junta  de  socios,  según  fuere  el  caso,  estados de liquidación que  incluyan  “un  balance  general  y  un  inventario  detallado”.   

b)           El  artículo 234 de la misma obra, toda  vez  que  en  él  se  precisa que “[e]l inventario  incluirá,  además  de  la  relación  pormenorizada  de  los distintos activos  sociales,  la  de  todas las obligaciones de la sociedad, con especificación de  la  prelación  u  orden  legal  de  su  pago, inclusive de las que sólo puedan  afectar  eventualmente  su  patrimonio,  como las condicionales, las litigiosas,  las fianzas, los avales, etc.”.   

c)           Y los artículos 30 y 52 del Decreto 2469  de   1993,   en   la   medida  que  establecen,  el  primero,  que  “[s]on  estados  de  liquidación aquellos que debe presentar un  ente  económico  que ha cesado sus operaciones, para informar sobre el grado de  avance  del  proceso  de realización de sus activos”  y,   el  segundo,  que  “[s]e  deben  contabilizar  provisiones  para cubrir pasivos estimados, contingencias de pérdidas probables  así  como  para disminuir el valor reexpresado si fuere el caso de los activos,  cuando  sea necesario de acuerdo con las normas técnicas. Las provisiones deben  ser   justificadas,  cuantificables  y  confiables”.   

3.1.2.            Así  las cosas, es evidente que  para  controvertir  esas  reflexiones  del  Tribunal,  no se muestra idónea, ni  suficiente,  la  queja  del censor consistente en que esa autoridad “[a]plic[ó]  indebidamente  los  artículos  226  y 234 del Co.  (sic),    porque   los  hace  actuar  como  incumplidos  para  sancionar  la  omisión  de  la  reserva prevista en el 245 ibídem,  artículo  éste  que  interpreta  erróneamente  al  no  permitir  que la dicha  reserva  admita  sucedáneo.  Y, por la misma razón,  aplicó  indebidamente el art. 30 del Decreto 2469 de 1993 porque lo hace actuar  como  incumplido  gracias al entendimiento equivocado del citado 245” (se subraya).   

3.1.3.           Esos planteamientos del recurrente  no  explican,  en  lo  más  mínimo,  por qué fue errada la aplicación que el  Tribunal  hizo  de  las precitadas normas, claro está, en el contexto en el que  las  hizo  actuar,  esto  es,  se  reitera,  para estructurar la obligación que  tenía  el  liquidador  de  incluir  en  el balance del 31 de octubre de 1998 la  obligación  litigiosa  que  se debatía en el mencionado proceso que cursaba en  el Juzgado Segundo Civil del Circuito de esta capital.   

3.1.4.              De  suyo,  entonces,  que  esa  específica acusación, no puede acogerse.   

3.2.          Lo  segundo,  que  si  bien  el Tribunal  aludió  a  los artículos 200 (reformado por el 24 de la Ley 222 de 1995) y 222  del  Código  de Comercio, así como al 25 de la precitada Ley, es lo cierto que  la  responsabilidad  que  le  imputó  al  señor  Pizarro  Mondragón,  como lo  precisó  al  cierre  de las consideraciones que en torno de él consignó en su  fallo,   la  dedujo a la luz del artículo 255 de ese mismo estatuto, de lo  que  se  sigue  que  caen  al  vacío  los reproches que en punto de la indebida  aplicación de esos iniciales preceptos elevó el recurrente.   

3.3.           Finalmente,  en  cuanto  toca  con  la  desestimación  que  el  Tribunal  hizo  del  argumento defensivo del demandado,  relativo  a  que  no  constituyó  la  reserva de que trata el artículo 245 del  Código  de  Comercio porque el contrato de seguro de responsabilidad que tenía  celebrado  Taller  Japonés S.A. con Latinoamericana de Seguros S.A. garantizaba  suficientemente  el  crédito litigioso del señor Acero Bernal, son pertinentes  las siguientes apreciaciones:   

3.3.1.           Es del caso insistir en que fueron  dos las razones en las que se soportó esa determinación:   

b)           Y,  por  otra,  que ese contrato, aunque  como  se  demuestra  puede  garantizar  el  pago  de  las  indemnizaciones, como  reserva,  no  podía  sustituirse  válidamente porque ésta  debía ser en  dinero.    

3.3.2.             De  esos  dos  fundamentos,  el  recurrente  se  ocupó  del  primero,  pero  su  reproche no fue suficiente para  probar  que  esa  garantía  era  suficiente  y que remplazaba la obligación de  hacer la reserva.   

3.3.3.            Así  las  cosas, son inanes las  censuras  que en relación con el segundo formuló el casacionista, pues así se  admitiera,  en  gracia  de discusión, que esa Corporación erró al interpretar  el  artículo 245 del Código de Comercio, pues la reserva de que allí se trata  sí  admite sucedáneo, la decisión de no atender la justificación aducida por  el  señor  Pizarro Mondragón para haberse sustraído a acatar la previsión de  la  mentada norma se mantendría, en la medida que encuentra sustento suficiente  en  que el valor de la póliza no cubría el de las pretensiones elevadas por el  señor  Acero  Bernal  en el proceso ordinario de responsabilidad que adelantaba  en contra de la sociedad.   

4.           Corolario  de  lo  expresado,  es que el  cargo examinado no se abre camino.        

CARGO QUINTO  

1.           Refirió  la violación indirecta de las  mismas  normas  indicadas  en el cargo que antecede y por idénticos conceptos a  los allí aducidos.   

2.           Adelante,  el recurrente especificó que  los  errores  del  Tribunal  consistieron  en que tuvo por probado, sin estarlo,  “(i)  que  hay  relación  de causalidad necesaria  entre  el  hecho  de  no estar incluida la reserva y el perjuicio del demandante  ‘al  no  recibir  el  pago’ de la condena del  Juzgado  2º.  Y,  (ii) que el monto del perjuicio es el saldo de lo no recibido  por concepto de la condena”.   

3.           A continuación estimó que “[e]n  el  proceso  NO  hay prueba del perjuicio ni del monto de  quantum  del  mismo.  (…). En materia probatoria, en cuanto a responsabilidad,  nexo  de  causalidad, causación del juicio y monto, en el proceso existe: (…)  1.  La  sentencia  del  Juzgado 2º en la cual condenan a Taller Japonés; 2. La  liquidación  de  la sociedad en la cual no está efectuada la provisión. 3. La  afirmación   del   demandante   de   haber   recibido   ochenta   millones   de  pesos”.   

4.           Añadió  que  así  se admitiera que el  demandado  Pizarro  Mondragón es responsable de la omisión que como liquidador  de  la  sociedad  Taller  Japonés S.A. se le atribuyó, no está probado que su  conducta  le irrogó perjuicio al actor, ni que “el  supuesto  saldo  sea  el monto del perjuicio”, ya que  “[e]l   daño  por  no  recibir  el  pago  de  la  indemnización  puede  tener  otra causa, como la insolvencia del deudor, que es  un riesgo que asume todo acreedor”.   

5.           Destacó que una cosa es sostener que al  aquí  accionante  “no  le  pagaron”    y    otra,    bien    distinta,    afirmar    que   “no  le  han pagado”, pues la segunda  “no  excluye la posibilidad de que en el futuro le  paguen”, planteamiento que lo condujo a predicar que  al  prenombrado  demandado  se  lo condenó “por un  hecho    incierto:    que    no    le    han   pagado   a   Acero”.   

6.            Seguidamente   preguntó  “¿[d]e  dónde  sac[ó]  el  Tribunal  la conclusión de que la  obligación     se     quedó     ‘sin  solución  de  pago?”, tras lo que  afirmó  que dicha inferencia “[e]s apenas una mera  hipótesis”,     puesto     que     “no  está  acreditado  que  NO  le vayan a pagar”.  Acotó,  adicionalmente,  que  “[e]l  demandante  ni  siquiera  ha intentado una acción ejecutiva para el cobro de la  condena;     ha     permanecido     pasivo     en     el    cobro”.   

7.             En    concepto    del   recurrente,    “[u]n   acreedor  que  no  cuenta  con  garantía  específica,  corre  el  riesgo  de  la  solvencia   de   su   deudor.   Si   éste   incurre  en   maniobras   fraudulentas  de  insolvencia,  existen  las  acciones  revocatorias  paulianas     -consilium     fraudis     et    eventos   damni-   para  restablecer  el patrimonio. Pero lo que no se puede es pasar  directamente  y  ‘de una  sola    zancada’   a  condenar   a   un   liquidador   con  prescindencia  absoluta  de  las  acciones  restitutorias.  Al perjuicio no se llega por la no inclusión de la reserva sino  por  el  no  pago;  la  reserva  no  es una garantía específica a favor de esa  persona.  No  incluir  la  reserva  no  implica  que  la obligación contingente  desaparezca”.   

8.           Observó, además, que el perjuicio cuyo  resarcimiento  aquí se persiguió, no reúne los requisitos que le son propios,  toda  vez  que  “no  es  cierto  porque  no  está  consumado”,   “no  es  actual  porque  lo  funda  en una conjetura” y no hay  nexo causal.   

9.           En  este  orden  de ideas, el impugnante  pidió  que  el  quiebre  de  la  sentencia  de  Tribunal,  en  cuanto afecta al  demandado  José  Francisco  Pizarro Mondragón, y que, en sede de instancia, se  lo absuelva de la totalidad de los cargos que se le endilgaron.   

CONSIDERACIONES  

1.           Se  dijo atrás, y ahora se reitera, que  la  violación  indirecta de la ley sustancial como consecuencia de la comisión  de  errores  de hecho en la apreciación de la demanda, de su contestación o de  las  pruebas  del  proceso,  reclama  del  recurrente  la  comprobación  de los  correspondientes  yerros  (primera  parte,  inc.  2º, num. 3º, art. 374, C. de  P.C.),  para lo que es necesario que especifique los elementos de juicio dejados  de  apreciar  o que fueron incorrectamente ponderados; que en relación con cada  uno  de  ellos,  singularice  los  segmentos  o  pasajes  en  los que recayó el  desatino  imputado;  y  que contraste su contenido objetivo, con lo que de ellos  infirió o debió colegir el sentenciador de instancia.   

2.           Al respecto, la Corte invariablemente ha  predicado  que  para  atender  el deber de demostración de los yerros fácticos  que    se    atribuyan    a    los   juzgadores   de   instancia,   “es insuficiente limitarse a esbozar  o  delinear  el  supuesto yerro en que habría incurrido el juzgador,  siendo  necesario  que  se acredite  cabalmente,  esto es, que  se  le  presente a la Corte no como una mera opinión  divergente  de  la  del  sentenciador, por atinada o  versada  que  resulte,  sino  como  corolario de una  evidencia  que,  por sí sola, retumbe en el proceso.  ‘El  impugnante  -ha  puntualizado  la  Sala-,  al atacar la sentencia por error evidente de hecho, se  compromete      a     denunciar      y   demostrar  el  yerro  en  que incurrió el Tribunal,  como  consecuencia  directa  del  cual  se  adoptó  una decisión que no debía  adoptarse’ (CCXL, pág.  82),  agregando  que ‘si  impugnar      es      refutar,      contradecir,  controvertir,   lo   cual   exige,   como  mínimo,  explicar qué es aquello que se enfrenta,  fundar  una acusación es entonces asunto mucho más elaborado,  comoquiera  que  no se logra con un simple alegar que  el  juzgador  de instancia carece de razón, sino que  impone,   para  el  caso  de  violación  de  la  ley  por  la  vía  indirecta,  concretar  los  errores  que se habrían cometido al  valorar  unas específicas pruebas, y mostrar de qué manera esas equivocaciones  incidieron      en      la      decisión     que     se     repudia’  (se subraya; auto de 29 de agosto  de   2000,   exp.   1994-0088),   (…).  En  suma,  la  exigencia  de  la  demostración  de un cargo en  casación,   no  se  satisface  con  afirmaciones  o  negaciones  panorámicas  -o generales- sobre el tema  decidido,  así  éstas  resulten  pertinentes  respecto de las conclusiones del  Tribunal,  siendo  menester  superar el umbral de la  enunciación   o   descripción  del  yerro,  para  acometer,  en  concreto,  el  enjuiciamiento   insoslayable   de   los   argumentos  del  fallador,   lo   que  se  cumple  mediante  la  exposición  de  la  evidencia  del  error  y  de  su incidencia en la decisión  adoptada”  (CSJ, SC del 2 de febrero  de  2001,  Rad. No. 5670;  se subraya).   

3.              Es    que,    como    “[r]epetidamente  ha  dicho la Corte, (…) constituye requisito  formal  de  la  demanda  de  casación,  que en ella el recurrente demuestre los  errores  de  hecho (…) en que habría incurrido el sentenciador al valorar las  pruebas  recaudadas  y  que, por repercusión, afectaron la recta aplicación de  la  ley  sustancial  (Vid  inciso  2º, numeral 3º del artículo 374 C. P. C.),  carga   ésta   que  no  se  reduce  a  exponer  una  inconformidad  con las conclusiones a las que arribó el juzgador en el plano de  los  hechos,  o  que  pueda tenerse por satisfecha a  partir  de aludir simplemente a los medios de prueba,  o  de  transcribir,  sin más, pasajes de los mismos,  sino     que     lo    obliga    a    ‘poner  de presente, por un lado, lo  que  dice,  o  dejó de decir, la sentencia respecto del medio probatorio, y por  el  otro,  el  texto  concreto del medio, y establecido el paralelo, denotar que  existe   disparidad   o   divergencia  entre  ambos  y  que  esa  disparidad  es  evidente’ (Sent. de 15  de  septiembre de 1993; reiterada en sentencia de junio 28 de 2000, exp.: 5430).  (…).  Por virtud de lo anterior, no es admisible en  casación  el  cargo que se limita a presentarle a la Corte un nuevo criterio de  apreciación  de  las  pruebas, o unas conclusiones diferentes de las que obtuvo  el  juzgador,  pues el recurso aludido no constituye  una  tercera  instancia,  al  punto  que  la  Sala, en estrictez, no es juez del  asunto   litigioso,  sino  de  la  legalidad  del  fallo  que  le  puso  fin  al  conflicto  (CSJ, auto de 18 de diciembre de 2009, Rad.  1999-00045-01; se subraya).   

4.           De  la  simple  lectura del cargo de que  ahora  se  trata,  se  colige  que  el recurrente no atendió la referida carga,  puesto  que  si en opinión del recurrente, en el proceso no existen pruebas que  acrediten  “que por la no inclusión de la reserva  se  causó  un perjuicio” al actor, es claro entonces  que  el  presunto  yerro  cometido por el Tribunal consistiría en que supuso la  prueba  del nexo causal, desatino que el censor no denunció con la contundencia  y  claridad  que era necesaria y en relación con el cual ningún parangón hizo  entre  los  medios  de  convicción recaudados y tal deducción del ad  quem,  para  desvirtuar que de ellos  pudiera  extraerse  esa inferencia, como quiera que la única mención que sobre  pruebas  efectuó  el  censor,  se  limitó  a señalar que, en cuanto hace a la  responsabilidad  civil  investigada,  los medios de convicción existentes en el  proceso  eran  solamente  la “sentencia del Juzgado  2º   en   la  cual  condenan  a  Taller  Japonés”,  “la  liquidación  de  la  sociedad, en la cual no  está  efectuada  la  provisión”  y la “afirmación   del   demandante   de   haber   recibido  ochenta  millones”.   

5.           En lo restante, el cargo se asemeja más  a  un  alegato  de  instancia en el que su autor niega que el demandante hubiese  sufrido  algún  perjuicio, básicamente, porque la circunstancia de que aún no  le  hayan  pagado  la  condena  impuesta  a  su  favor  en el memorado fallo, no  significa  que  en el futuro no se le vaya a pagar y que, por lo tanto, la falta  de  la  reserva  prevista  en  el  artículo 245 del Código de Comercio, sea la  causa   de   que   esa   obligación   continúe  insoluta,  planteamiento  que,  independiente  de  su validez, no sirve para enervar y desvirtuar la conclusión  del  Tribunal  relativa a que “no hay duda respecto  de  la  responsabilidad surgida como consecuencia del incumplimiento de un deber  jurídico  único  y determinado por la codificación mercantil que, sin lugar a  discusión,  se  conecta  con  los  perjuicios  sufridos por el demandante al no  recibir  el  pago  de  la  indemnización  a  que tiene derecho en los términos  señalados    por    el   Juzgado   Segundo   Civil   del   Circuito   de   esta  ciudad”.   

6.             El   cargo,   por   lo   tanto,   no  prospera.   

DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de   Justicia,   en   Sala   de  Casación  Civil,  NO  CASA   la  sentencia  del  28   de   octubre      de     2009,            proferida  por el Tribunal Superior del  Distrito     Judicial    de    Bogotá,  Sala  Civil, en el proceso ordinario  que  se  dejó plenamente  identificado al inicio de esta providencia.   

Costas    en    casación,     a     cargo    de     cada    recurrente, por el fracaso de su respectiva impugnación.   

La  Secretaría  de  la  Sala  efectúe  las  correspondientes             liquidaciones.   

Inclúyase      como      agencias      en  derecho,  la      siguientes      sumas      de      dinero:      $6.000.000,  en la liquidación de las  costas  causadas  para  el  demandado  José  Francisco Pizarro Mondragón, como  quiera  que  él  replicó  oportunamente  la  demanda de casación del actor; y  $3.000.000,  en  la  de  las  costas  causadas para éste, pues guardó silencio  frente   a   la   demanda   de   casación   presentada  por  aquél.   

Cópiese,  notifíquese,  cúmplase y, en  oportunidad, devuélvase el expediente al Tribunal de origen.   

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

ÁLVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA    

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