S 110 99 [5337]

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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S-110-99 [5337]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA    DE   CASACION   CIVIL Y AGRARIA   

Magistrado Ponente:  

DR.     JORGE     ANTONIO     CASTILLO  RUGELES   

Santafé de Bogotá Distrito Capital, treinta  (30) de noviembre de mil novecientos noventa y nueve (1999).   

Rad. Expediente 5337  

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto por la parte demandada  contra  la  sentencia  del  3  de  noviembre  de  1994, proferida por la Sala de  Familia  del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bucaramanga, dentro del  proceso  de  investigación  de  la  paternidad  promovido  por  la DEFENSORIA     DE    FAMILIA    -REGIONAL    SANTANDER-,      en      representación      del      menor     M.E.C.M.,    frente   a   R.R.S..   

A  N  T  E  C  E  D  E  N T E S:   

                     1. Díjose  en  la  demanda que R.R.S. y G.I.C.M., se conocieron en el centro comercial «San  Andresito  -La  Isla-»  de  Bucaramanga, sitio en el cual los dos trabajaban, en  agosto  de 1988. Que a partir de esta época, y hasta marzo de 1990, sostuvieron  un  trato amoroso, aunque discreto y prudente en razón de que él era un hombre  casado.  Se  afirmó,  así  mismo, que desde el 23 de enero de 1989 sostuvieron  relaciones  sexuales,  las cuales tenían lugar en «residencias» de la ciudad de  Bucaramanga,  y que fruto del trato íntimo nació en esa ciudad, el 13 de marzo  de 1990, el menor M.E..   

                     Durante su  embarazo,  G.I.  recibió de su amante ayuda económica, vestuario, comida, y en  su  momento,  los gastos del parto. Del mismo modo, hasta febrero de 1991, R. le  entregaba  o  le  enviaba  por conducto de G.M., su progenitora, sumas de dinero  que  oscilaban  entre  $13.000 y $15.000, destinados a la manutención y crianza  del recién nacido.   

                    2. Con base  en  los  hechos  así compendiados, impetró la parte actora que se declarara al  demandado  padre extramatrimonial del mencionado menor, y que, subsecuentemente,  se  fijara  la cuota alimentaria a su cargo. Enterado éste del libelo, se opuso  a  las  pretensiones que se le enfrentaron y negó casi todos los hechos que las  sustentan,  aun  cuando  aceptó que había sostenido una vez, en abril de 1989,  trato sexual con la madre del menor demandante.   

                        3.  La  primera  instancia  concluyó  con  sentencia  estimatoria  de las pretensiones,  proferida   por   el   Juzgado  Tercero  de  Familia  de  Bucaramanga,  al  cual  correspondió  la  tramitación  de la demanda, decisión que fue confirmada por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  esa  ciudad al despachar el  recurso de alzada propuesto por el demandado.   

LAS   RAZONES   DEL   TRIBUNAL   

                      Luego de  reseñar  las  incidencias  del  proceso y de advertir la cabal presencia de los  presupuestos  procesales,  asentó  el  fallador  que,  según  se  deduce de la  narración  de  la  demanda,  el  actor  invocó  las  presunciones 4a. y 5a del  artículo  6°  de  la  ley  75  de  1968  como  fundamento  de  sus peticiones,  desechando  de  entrada  cualquier  alusión  a la concerniente con la posesión  notoria  en  cuanto  consideró  que no habían transcurrido los cinco años que  exige la ley.   

                      Asevera,  entonces,  el  ad-quem, no  sin  antes  haber  precisado  las  peculiaridades  de  la  causal  4ª invocada,  apoyándose,  además,  en una cita jurisprudencial de esta Corporación, que en  el  asunto sometido a su juicio no se acreditaron en debida forma las relaciones  sexuales  de  la  pareja  en la época de la concepción del menor. Ciertamente,  agrega,   ninguno  de  los  testimonios  recepcionados  «da  certeza»  de  tales  relaciones,  puesto  que algunos aluden a hechos posteriores a la concepción, y  otros  se  enteraron por comentarios de la madre del menor. El demandado aceptó  haber  tenido  intimidad  sexual  con ella, pero por fuera de los límites de la  época de la procreación.   

                      Se ocupa,  seguidamente,  el  Tribunal de la causal 5a., que se refiere al trato personal y  social  dado  por  el  presunto padre a la madre durante el embarazo y el parto,  demostrado  con  hechos  fidedignos,  indicativos  de  la  paternidad  para, sin  ambages, asentar que se encuentra demostrada en el proceso.   

                     En efecto,  agrega,  obran  en  el expediente los testimonios de G.M. DE C., D.C.A. y L.M.DE  E.,  de  los  cuales, el de la primera, la madre de G.I., «… a contrario de lo  expuesto  por el apoderado del demandado, merece toda credibilidad, por tratarse  de  un pariente cercano, lo cual le permite tener un conocimiento directo de los  hechos,  razón  que  ha  llevado  a  la  Jurisprudencia a considerar que en los  procesos  de familia los mejores testimonios son los de las personas allegadas a  ella,  dada  la  naturaleza  de  los  hechos  generalmente (sic.) se desarrollan  dentro del seno familiar…»   

                      De  esta  testificación   destacó   el   ad-quem,  que  la  testigo,  de una manera clara y precisa, relató que el  demandado  hablaba  con  ella y que le suministraba $15.000 o $20.000 durante el  embarazo  y  que  fue él quien, después, le dio la plata para pagar los gastos  del  hospital,  versión  que  el  sentenciador  encontró  concordante  con  la  declaración  de  la  madre  del  menor.  De otro lado, la psicóloga L.M.DE E.,  consejera  de  la  familia  del  demandado,  supo  que G.I. «tenía enredos» con  aquel,  situación  que  descarta  cualquier  duda  y que permite deducir que si  éste  aportó  dineros durante el embarazo y canceló los gastos del parto, sin  que  exista  otra justificación de tal actitud, es porque es el padre del menor  demandante.   

LA   DEMANDA   DE   CASACION   

                   En el único  cargo  que  la misma contiene, y con apoyo en la causal primera de casación, se  acusa  la  sentencia recurrida de violar los «artículos 5° (sic.) de la ley 75  de  1968;  artículos 179, 180, 184, 187, 217 y 218 del Código de Procedimiento  Civil,  por error de hecho manifiesto al analizar la prueba testimonial recibida  en el proceso…»   

                      Luego de  citar  una  definición  de  la  prueba  testimonial  y  de transcribir aquellos  apartes  de  la sentencia impugnada en los cuales el fallador examinó la prueba  de  esa  especie  que  le  permitió  inferir  que  se  probó la causal 5a. del  artículo  6  de  la  ley  75 de 1968, afirma el recurrente que el análisis del  Tribunal  fue  «precario  y  carente de argumentos contundentes», actitud con la  cual  violó lo dispuesto en el artículo 187 del C. de P.C., en cuanto estatuye  que  «..El  juez expondrá siempre razonadamente el mérito que le asigne a cada  prueba».   

                    Quebrantó,  además,  el  principio  según  el cual «las pruebas deberán ser apreciadas en  conjunto,  de  acuerdo  con las reglas de la sana crítica». Las consideraciones  del  Tribunal,  añade,  no  ahondan  ponderadamente  en  los  testimonios, como  tampoco  los  someten  a  la sana crítica, exponiendo las razones de fondo para  asignarle  valor  probatorio  a  cada uno de los elementos arrimados al proceso.   

                         Los  testimonios  que supuestamente dan razón del trato que el demandado le prodigó  a  la  madre  del  menor  demandante, o sea, las declaraciones de G.M. y GUSTAVO  GRANADOS  son  contradictorias  entre  sí  y frente a las versiones de G.I.C. y  D.C.A.,  amén  de  que  existe  presunción  de  parcialidad por tratarse de la  progenitora y un amigo de G.I.C..   

                         La  versión  de  la  progenitora  de G.I.C. se tachó de sospechosa por hallarse en  circunstancias  que  afectan  su  credibilidad  y  parcialidad. » En el afán de  favorecer   a  su  hija,  G.M.  DE  C.,  la  deponente,  falla  al  precisar  la  circunstancia  de  tiempo,  pues declara que ello ocurrió en 1988, cuando iba a  su  residencia  a llevarle la pensión a GLORIA, siendo que la prueba documental  y  la  misma  actora  sitúan  el  nacimiento  en  1990.» Es de anotar que ni el  anterior  deponente  ni esta testigo concuerdan en esa circunstancia, aspecto en  el cual no reparó el Tribunal.   

                                           Contradice,  también,  la  testigo, afirma el censor, lo dicho en  la  demanda  porque afirmó que solamente ella recibía el dinero, cuya cantidad  aumenta,  que  le  enviaba el demandado a la madre del menor, mientras que en el  libelo  se  dijo  que  tanto  la actora como la progenitora de esta eran las que  recibían esas sumas.   

                       Hizo  hincapié   el  ad-quem,  prosigue,  en  las  declaraciones  de D.C.A. y L.M.DE E., pero estos testimonios  son  de  oídas.  Si  bien la doctrina les reconoce a estas declaraciones algún  valor,   ello   depende   de  que  existan  otras  pruebas  que  corroboren  sus  dichos.   

                       Para  finalizar,  se  duele el impugnante de que no se hubiese podido llevar a cabo el  «examen  heredo-biológico»,  cuya  práctica depreca previamente a proferir una  decisión de fondo.   

S   E    C  O  N  S  I  D  E  R  A:   

                    1. En el  asunto   sub-judice  el  censor  citó  como  norma  de  derecho  sustancial  supuestamente  quebrantada,  únicamente,  «los  artículos  5°  (Sic.)  de la ley 75 de 1968», precepto por  medio  del  cual  se  dispone que «El reconocimiento (del hijo extramatrimonial)  solamente  podrá  ser  impugnado  por  las personas, en los términos y por las  causas  indicadas  en los artículos 248 y 335 del Código Civil». Es decir, que  la  aludida  regla  gobierna  lo pertinente a la impugnación del reconocimiento  del  hijo  extramatrimonial,  o  sea, la manifestación voluntaria del individuo  dirigida  a  reconocer  como  hijo  suyo  a  una persona frente a la cual pasa a  ocupar  el estado de padre, acto que se caracteriza, entre otras peculiaridades,  por ser eminentemente personal, voluntario, expreso e irrevocable.   

                     Empero,  como  es fácilmente advertible, el asunto sometido ahora a la consideración de  la  Corte,  no  guarda relación alguna con la impugnación del acto facultativo  por  medio  del  cual el demandado hubiese acogido como hijo suyo al menor, sino  que,  al  contrario,  el  litigio  tuvo  como  objeto  la  investigación  de la  paternidad  natural  del  demandante,  paternidad que en su momento el encausado  negó.   

                         Es  patente,  entonces, que el recurrente erró absolutamente en el señalamiento de  la  norma  de  derecho  sustancial  que  regula  el presente litigio, ostensible  desacierto  que  no  puede enmendar oficiosamente la Corte y que imposibilita la  confrontación  de  la  sentencia con la ley sustancial y que es el objeto de la  causal primera de casación.   

                    2.- Mas,  si  de  alguna  forma  se  pudiera  dejar  de lado lo dicho, de modo que pudiera  entenderse  que  el  recurrente  aludía a la causal 5ª del artículo 6° de la  Ley  75  de 1978, norma a la que, tangencialmente, con posterioridad alude, pero  sin  haberla  señalado  como quebrantada, es patente que el censor incurrió en  otras  deficiencias técnicas que igual frustran cualquier intento de abordar el  estudio del fondo del asunto.   

                  En efecto,  de  un  lado, se quejó de que el Tribunal incurrió en error de hecho porque no  apreció  en  conjunto  las pruebas que obran en el proceso, acusación que solo  podía  apuntalar  por la vía del error de derecho, en cuanto que de ser cierta  la  imputación,  que  no lo es, estaría el juzgador infringiendo aquella norma  procesal  que  le indica cómo debe apreciar la prueba. De igual modo, acusó de  manera  contradictoria  los  testimonios  tachados  de  sospechosos, pues, de un  lado,  se dolió de su defectuosa valoración jurídica, refiriéndose, quizás,  a  que  el sentenciador los consideró  como “los mejores testimonios”,  caso  en el cual el error debió denunciarse como de derecho y no de hecho, como  equivocadamente  lo  cree  el censor; pero de otro lado, alude veladamente a que  el   juzgador  no  habría  visto  la  tacha  formulada  contra  esos  testigos,  imputación  esta  última  que no se aviene con la anterior, toda vez que no es  posible,  como  reiteradamente  lo  ha puntualizado la Corte, que sobre el mismo  medio  de  prueba  puedan  recaer  las  dos especies de yerro. Por lo demás, el  Tribunal  reparó  en  la tacha, pero consideró tales testimonios como los más  idóneos.   

                     Débese  acotar  al  respecto,  en  todo  caso,  que  no  es  cierto,  como desenfadada y  precipitadamente   lo   asevera   el   Tribunal,  que  la  jurisprudencia  tenga  establecido,  “que  en los procesos de familia los mejores testimonios son los  de  las  personas  allegadas  a  ella  (la parte) …” pues, por el contrario,  conforme   a  reiterada  y  permanente  doctrina  de  la  Corte,  para  que  los  testimonios  sospechosos,  inclusive  en asuntos como el de esta especie, puedan  merecer  plena  credibilidad,  deben  sopesarse con meticulosidad y mayor rigor,  ello,  cabalmente,  por  tratarse de declarantes colocados en circunstancias que  ponen en entredicho su imparcialidad o su credibilidad.   

                   Es decir,  que  si  bien  no  es posible descartar de plano los testimonios de esa índole,  tampoco  es  dable  concederles eficacia plena si, previamente, no ha mediado un  examen  reposado  y  minucioso  de  los  mismos.  De  ahí que esta Sala hubiese  puntualizado     que     “…    ‘no         puede         considerarse        a        priori  que  un  testigo,  ligado  por  vínculos  de  consanguinidad con una de las partes, va a faltar deliberadamente  a  la  verdad  para  favorecer  a su pariente. Esa declaración si bien debe ser  valorada  con  mayor  rigor,  dentro  de  las  normas de la sana crítica, puede  merecer  plena  credibilidad  y  con tanto mayor razón si los hechos que relata  están  respaldados  con  otras  pruebas  o  al  menos con indicios que la hacen  verosímil’; que si las  personas  allegadas  a un litigante pueden tener interés en favorecerlo con sus  dichos,   no  puede  olvidarse  que  ‘suelen  presentarse  a menudo conflictos judiciales en los que sus  hechos  determinantes  apenas  si  son conocidos por las personas vinculadas con  los  querellantes  y  por  eso  son  solamente  ellos  los  que  naturalmente se  encuentran   en   capacidad   de   trasmitirlos   a   los   administradores   de  justicia’. (Sentencias:  11  de  febrero  de 1979, 19 de agosto de 1981 – no publicadas – y 22 de febrero  de   1984  (G.J.  tomo  CLXXVI,  pág.  84)”  (Casación  del  5  de  mayo  de  1998).      

                     De otro  lado,  divaga  el  recurrente en torno a la declaración del testigo G.E.G., sin  advertir  que  el Tribunal, al encontrar probada la causal 5a. del artículo 6°  de  la  ley 75 de 1968, sólo reparó en los testimonios de G.M. DE C., D.C.A. y  L.M.DE  E.,  y  así lo hizo constar de modo tajante en el folio 25 del cuaderno  pertinente,  sin  que  al  respecto  hubiese  abordado  el  análisis  de  otras  pruebas.   

                   En lo que  concierne  a  la declaración de G.M. DE C., que ciertamente el Tribunal tuvo en  alta  estima,  intentó el recurrente ensayar su propia valoración de la misma,  endeble  y  no  muy  afortunada  por  cierto,  absteniéndose,  en todo caso, de  parangonar  lo  que  de  la  prueba  dijo el fallador, con lo que realmente esta  demuestra,  para efectos de hacer patente el error de hecho que alega, como así  lo  exige la técnica de casación en el punto. De la forma como este aspecto de  la  impugnación  fue  desarrollado por el censor puede decirse, sin incurrir en  equivocación,  que  más  se  preocupó por bosquejar una especie de alegato de  instancia  que  de plantear un ataque serio y ajustado a las exigencias formales  del  recurso de casación. Si el demandado, según la testigo, aportaba sumas de  dinero  superiores  o  inferiores a las anotadas en la demanda -punto en el cual  no  puede  perderse  de  vista  que  fue  enfática en manifestar que esas sumas  variaban   en   cada   ocasión-,  o  si  algunas  veces  entregaba  ese  dinero  directamente  a  G.I.C.  y  no  siempre  a  la testificante, su progenitora, son  trivialidades  de las cuales no puede inferirse, ni por asomo, un supuesto error  de  hecho  en  la  apreciación  de  tal  declaración  que  de al traste con la  sentencia recurrida.   

                    También  lo  es  la  acomodadiza  interpretación  que  se  hace  sobre  el  aparte de la  declaración  en  el  cual  la  testigo, al ser interrogada sobre si conocía al  demandado,  ambiguamente  afirmó:  »  Bueno yo lo conocí a él en 1988 que iba  allá,  cuando iba a la casa a llevarnos la pensión  a  Gloria cuando ella quedó por lo menos en cinta de él y le llevaba $15.000 o  $10.000….»,  pues,  como  se  ve,  a  pesar  de la  oscuridad  de  la  alocución,  bien puede entenderse que la testigo dijo que el  demandado  les  llevaba  unas  sumas  de dinero cuando su hija quedó encinta de  él,  inferencia  que  no  puede  tildarse de contraevidente, amén de que en el  relato  subsiguiente  es  contundente la declarante en afirmar que tal ayuda fue  contemporánea con el embarazo de su hija.   

                                 

                  3. Como la  ocasión  se  presta  propicia  para  hacerlo, la Corte exhorta nuevamente a los  juzgadores  de  instancia  para  que  no  desdeñen  con  anodinos pretextos, la  práctica,  no  solo  de los informes técnicos y demás experticias a que alude  el  artículo  7°  de  la  Ley  75  de  1968,  sino, fundamentalmente, de todas  aquellas  pruebas científicas puestas actualmente a disposición de la justicia  que,  con estribo en el aludido precepto, puede decretar el juez y cuyo grado de  confiabilidad,   dependiendo  de  su  naturaleza,  ha  destacado  en  reiteradas  oportunidades  esta  Corporación. Al respecto, débese recordar, en efecto, que  como  la  filiación  “es un vínculo jurídico que  une  a  un  hijo  con  su madre o con su padre y que consiste en la relación de  parentesco  establecida  por  la  ley  entre un ascendiente y su descendiente de  primer   grado,   encuentra  su  fundamento  en  el  hecho  fisiológico  de  la  procreación,  salvo  obviamente  en la adoptiva que corresponde a una creación  legal…” (Casación del 12 de enero de 1976).   

                       Cabe  colegir,  entonces,  que  siendo  la  filiación  la  “afirmación  jurídica”  de  un nexo biológico entre el padre o la madre y  el  hijo, su investigación presupone, en últimas, la averiguación de un hecho  concreto  consistente  en  determinar si el actor fue procreado o engendrado por  el  demandado; e, igualmente, si no se discute que las presunciones de que trata  el   artículo  6°  de  la  ley  75  de  1968  son  de  las  que  se  denominan  “iuris  tantum”,  es  decir  de  aquellas  que  admiten  prueba en contrario del hecho presumido, debe  colegirse,  por consiguiente, que mediante la regla prevista en el artículo 7°  de   la   citada   Ley,   según  la  cual  “…En  todos los juicios de investigación de la paternidad  o  la  maternidad,  el juez a solicitud de parte o, cuando fuere el caso, por su  propia   iniciativa,   decretará  los  exámenes  personales  del  hijo  y  sus  ascendientes  y  de  terceros,  que aparezcan como indispensables para reconocer  pericialmente  las características heredo – biológicas paralelas entre el hijo  y  su presunto padre o madre, y ordenará peritación antropo-heredo-biológica,  con   análisis   de   los   grupos   y  factores  sanguíneos,  los  caracteres  patológicos,  morfológicos  e intelectuales transmisibles que valorará según  su  fundamentación  y  pertinencia…  La  renuencia  de  los  interesados a la  práctica  de  tales exámenes, será apreciada por el juez como indicio, según  las  circunstancias”,  mediante la aludida regla, se decía, no sólo se puede  obtener  un  elemento de convicción que conduzca a robustecer vigorosamente las  conclusiones  del  juzgador  que busca la prueba de las circunstancias definidas  en  alguna  o  algunas  de las presunciones de paternidad consagradas en la ley,  sino  que,  además,  le  permite, cuando es el caso, la comprobación del hecho  contrario al  presumido por la ley.   

                   Lo que se  quiere  poner  de  presente  es, entonces, la especial fuerza de convicción que  tiene  la  prueba  a  la cual se ha venido haciendo referencia, pues con base en  ella  se  puede  lograr  la  demostración  tanto de la causal alegada, como del  hecho   contrario   al  colegido  por  la  ley,  aserto  este  último  de  gran  trascendencia  puesto que ya no se trata de atajar o desvirtuar la prueba de las  circunstancias  o  antecedentes  que fundan la inferencia, sino de una verdadera  prueba del hecho opuesto al presumido por la ley.   

                  Si tal es,  pues,  la  importancia  de  las  pruebas  de  esa índole, no encuentra la Corte  justificación  valedera  alguna  al  desdén  con  que algunas veces se mide la  necesidad  de  practicarlas  en los juicios de esta estirpe y, mucho menos, a la  evasiva  de los juzgadores a deducir, con la rigurosidad prescrita en la ley, el  indicio  pertinente  cuando  alguno de los interesados se abstiene de comparecer  al examen respectivo.   

                  4. En todo  caso,  de  vuelta al asunto de esta especie, es palpable que, por lo ya anotado,  la acusación no se abre paso.   

                                                                         

D   E   C   I   S   I   O   N:   

                  En mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de Casación Civil y  Agraria,     administrando     justi­cia  en  nombre  de  la República y por autoridad de la ley   N  O   CA  S  A  la  sentencia  del  3  de  noviembre  de  1994, proferida por la Sala de Familia del  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Bucaramanga, dentro del proceso de  investigación    de    la    paternidad    promovido    por   la   DEFENSORIA    DE    FAMILIA    -REGIONAL    SANTANDER-,      en      representación      del     menor     M.E.C.M.,   frente   a   R.R.S..    

                   Costas en  el  recurso  de  casación  a cargo de la parte recurrente.  Tásense en su  oportunidad.   

JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

MANUEL ARDILA VELASQUEZ  

NICOLAS BECHARA SIMANCAS  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

JOSE FERNANDO RAMIREZ GOMEZ  

JORGE SANTOS BALLESTEROS  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

    

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