SC 305 2005 [0281]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-305-2005 [0281]

SALA   DE   CASACION  CIVIL   

Magistrado  Ponente   

PEDRO   OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

Bogotá  Distrito  Capital,  primero (1°) de  diciembre de dos mil cinco (2005).   

Rad.- Expediente No.  0281   

                      Decide  la  Corte  el  recurso de Casación que la parte demandante ha interpuesto contra la  sentencia  del  26  de  abril  de 2000, proferida por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  dentro  del proceso ordinario  adelantado  por  MARIA  DE  JESÚS  AURORA CASTAÑO DE  RAMIREZ  y  FRANCISCO EMILIO  RAMIREZ     SALAZAR     frente    a    HUMBERTO DE JESÚS HOYOS ARDILA.   

A N T E C E D E N T E S:  

                    1. Ante el al  Juzgado  Trece  Civil  del  Circuito  de  Medellín  compareció MARIA DE JESÚS  AURORA  CASTAÑO  DE  RAMIREZ  para  reclamar, frente a HUMBERTO DE JESÚS HOYOS  ARDILA,  que  se  declarara resuelto por incumplimiento de éste, el contrato de  promesa   de   compraventa  celebrado  entre  ellos;  subsidiariamente,  que  se  decretara   la  nulidad  absoluta  del  citado  contrato,  por  carecer  de  los  requisitos  establecidos  por  la  ley.  Igualmente que, de prosperar la primera  pretensión,  se condenara al demandado a pagar la multa pactada en la cláusula  octava  del  contrato.   En todo caso, de resultar airoso cualquiera de los  dos  primeros  pedimentos  de la demanda, que se ordenara al demandado restituir  el    inmueble   y   el   establecimiento   de   comercio   reseñados   en   el  libelo.   

                    2. Díjose en  la  demanda,  para  sustentar dichos pedimentos, que la demandante es dueña del  inmueble  ubicado en la carrera 51D No. 61-114 de Medellín, en el cual funciona  el  establecimiento  de  comercio denominado “LAS DOS TORTUGAS”, también de  su  propiedad.  Que  el 23 de junio de 1992 ajustó con el demandado un contrato  de  promesa de compraventa del inmueble y del establecimiento de comercio que en  él   funciona,   en  el  que  acordaron  que  el  precio  de  venta  sería  de  $40.000.000.00,  pagaderos  en  la  siguiente  forma:  a)  $4.500.000.00  (no se  especifica  cuando);  b)  $5.500.000.00  en  un plazo de quince días contados a  partir  de la firma del contrato; y, finalmente, c) $30.000.000.00, el día 8 de  agosto de 1992, cantidad esta que el demandado no ha cancelado.   

                     Se añadió,  así  mismo, que en la cláusula quinta se acordó otorgar la escritura pública  pertinente,  a  la  hora  de las dos de la tarde del 10 de agosto de 1992, en la  Notaría  Sexta de Medellín, lugar al que ambos contratantes comparecieron, sin  que  se  hubiese  otorgado el instrumento previsto porque el demandado no había  cancelado  el  saldo  de  treinta  millones  restante.  Para finalizar acotó la  demandante,  que  aquel  tiene  bajo  su  poder el inmueble y el establecimiento  prometidos  en  venta y que la promesa acordada omitió datos relativos al área  del  predio,  lo  cual constituye falta contra lo prescrito en el artículo 1611  del Código Civil.   

                   3. Enterado el  demandado  de  dichos  pedimentos  se  opuso  a los mismos y replicó que ejerce  posesión  desde  la fecha del contrato de promesa de compraventa, puntualizando  que  el establecimiento de comercio no está en cabeza de la demandante, sino de  FRANCISCO  EMILIO  RAMIREZ  SALAZAR.  Agregó que la fecha en la cual tenía que  cancelar  la  suma  de  treinta millones de pesos no era el 8 de agosto, sino el  10,  es  decir, el mismo día en el que debía suscribirse la escritura pública  prometida.  Puntualizó  que  la  demandante  no se encontraba en condiciones de  otorgar   dicho   instrumento,  porque  el  inmueble  estaba  embargado  por  la  Tesorería  de  Rentas  Municipales,  hecho  que  siempre  le  ocultó  y que le  impidió  obtener  un  préstamo en Conavi, circunstancia que, a su vez, explica  la  razón  por  la  cual  la  demandante  no  se  presentó a la notaría en la  oportunidad  acordada.  Finalmente, adujo que existía “falta de legitimación  por  activa”  y  “falta  de  causa para demandar” a la vez que propuso las  excepciones   de   “petición   de   lo   no   debido”   y   “mala   fe  y  temeridad”.   

                    4. La demanda  fue   reformada   para   presentar  a  FRANCISCO  EMILIO  RAMIREZ  SALAZAR  como  propietario  del  establecimiento “LAS DOS TORTUGAS” y, como tal, integrarlo  a   la   parte   demandante,   agregando   que   era   promitente  vendedor  del  establecimiento  mercantil. De igual modo, reclamaron los actores el pago de una  indemnización  equivalente  a  $600.000 mensuales a partir de junio de 1992; el  pago  de  los  frutos civiles dejados de percibir por RAMIREZ SALAZAR; y el pago  de  $20.000.000,oo por concepto de perjuicios morales. En subsidio de la primera  pretensión  pidieron  la nulidad del contrato y que se condenara al demandado a  pagar  $5.000.000.00  como multa. Y como quiera que éste había puntualizado en  la  contestación  de la demanda que con posterioridad a la fecha señalada para  otorgar  la escritura pública, esto es, el 16 de febrero de 1993, la demandante  había  recibido  $3.400.000.00,  se precisa en la reforma de la demanda que los  recibió  Francisco  Ramírez  como  abono  a  los  intereses  de  la  venta del  establecimiento de comercio.   

                    5. La primera  instancia  concluyó con sentencia estimatoria de la pretensión resolutoria, en  la  que,  en  todo  caso,  se  excluyó  a  FRANCISCO EMILIO RAMIREZ como sujeto  legitimado   para  demandar.  Apelada  como  fuera  esa  determinación  por  el  demandado,    el    Tribunal    ad   quem  confirmó  lo  relativo a la falta de legitimación del mencionado  demandante,  pero  revocó  lo  demás,  para  declarar probada, en su lugar, la  excepción de contrato no cumplido.   

LA     SENTENCIA  RECURRIDA   

                        Una  vez  agotada  la  reseña  de  los  pormenores  del litigio, abordó el fallador, sin  rodeos,  el  examen del caso concreto, punto en relación con el cual acotó que  María  de  Jesús  Aurora  Castaño prometió vender a Humberto Hoyos Ardila el  inmueble  especificado en la demanda y el establecimiento de comercio denominado  “Las  Dos  Tortugas”,  por  un  precio  de  $40.000.000.00,  pagaderos así:  $4.500.000.00,  a la firma del contrato de promesa de compraventa; $5.500.000.00  quince  días  después; y el resto, o sea, la suma de $30.000.000.00, según lo  que  el  contrato  reza,  el  8 de agosto de 1992. Acordaron, igualmente, que la  escritura  correspondiente  habría  de  otorgarse  el 10 de agosto de ese mismo  año.  No  se  discute el pago de los primeros diez millones, como tampoco nadie  asevera que los treinta millones restantes se hubieran cubierto.   

                      Según  lo  previsto  en  el  documento  pertinente, añadió, la entrega del inmueble y del  establecimiento  de  comercio  se  realizaría  el  día  en  que  se firmara la  escritura.  Sin  embargo,  “la  demostración  ofrece otra versión en torno a  este  hecho  de  la entrega”: el demandado, mediante contrato de arrendamiento  ajustado  con  el  cónyuge  de  la  demandante,  a  la vez titular inscrito del  establecimiento  mercantil,  lo  explotaba  junto con el predio, desde agosto de  1988,  y  a  partir  de  la  promesa dejó de cancelar la renta respectiva, pues  entendió que su tenencia derivaba de ésta.   

                   El 23 de junio  de  1992,  cuando  se  fecha  el  contrato de promesa, María de Jesús confiere  poder  a  su  cónyuge Francisco Ramírez Salazar para que suscriba la escritura  correspondiente.  El  folio  real  001-0045404  evidencia la inscripción de una  hipoteca  otorgada  a   favor de Carlos Alberto Betancur Vásquez, el 31 de  mayo  de  1993,  por  la  suma  de $9.000.000.00, hipoteca que fue cancelada; e,  igualmente  que  el  27  de  noviembre  de  1992  se  canceló  un embargo de la  Tesorería  de  Rentas  Municipales,  registrado  el  1º  de  octubre  de 1987;  finalmente,  que  María de Jesús había comprado el bien el 17 de diciembre de  1982.   

                   De conformidad  con  el  certificado  de  la  Cámara de Comercio, el establecimiento “Las dos  Tortugas”  es  propiedad  de  Francisco  Emilio  Ramírez Salazar. Así mismo,  CONAVI  informó (folio 235), que el demandado pidió un préstamo para adquirir  el  inmueble,  pero  que  no se lo concedieron porque el avalúo era inferior al  requerido.       

                      El  10  de  agosto  de  1992,  prosigue  el  Tribunal,  Humberto  de  Jesús Hoyos Ardila se  presentó  a  la  Notaría;  al  folio 55 del cuaderno principal, obra un cheque  girado  contra  Bancoquia por $30.000.000.00, roto. Aquél, en su interrogatorio  de  parte  y  sobre el particular, explicó que quedó de pagar esa suma el 8 de  agosto  de  1992,  pero  como ese día no era hábil, llegaron al acuerdo de que  pagaría   el   10,   o  sea  el  día  hábil  siguiente.  “…  ‘Yo fui el 10 a la notaría a cumplir la  obligación.   El  cónyuge  me  dijo  ‘dame  la  plata’  le  dije  deme  los  papeles…  salió  de la notaría y no volvió’”.  Respecto  de  la  suficiencia  de  fondos    “explica    lo   inexplicable”,   es   decir,   “   ‘que  es  un manejo de cuenta bancaria y  no  todo  el  dinero  está en el banco. Yo  soy comerciante y manejo mucho  efectivo  y  yo  le  puedo dar un cheque a Ud. hoy y cubrírselo mañana y puedo  tener  la  plata  en  una  cuenta de ahorro, en la casa, en el fondo y si Ud. ha  manejado  cuenta  sabe  eso  …  Sí  tenía  fondos suficientes pero no en esa  cuenta  y  en ese banco, podía cubrir el cheque en cualquier momento para hacer  el   negocio’   …   EN  CONCLUSION   el   demandado   incumplió   el  pago  del  precio”.             El  mismo  Notario  Sexto  certifica  que el demandado compareció a la Notaría, pero nada  más.   

                   Empero, acotó  el   sentenciador,  el  embargo  de  Rentas  departamentales  solamente  aparece  cancelado  el  27  de  noviembre  de  1992. Entonces, Francisco compareció a la  Notaría  pero  no  llevó  los documentos necesarios para otorgar la escritura,  esto  es,  que  también  AURORA  incumplió  la  obligación  de “entregar la  escritura”.  “Estas obligaciones eran dando y dando, como puede colegirse de  la  fecha  8  de  agosto,  día  no  hábil y del dicho de IVAN FERNANDO PALACIO  NARANJO  (cuaderno  dos  fls 1) quien depone y expresa que él  elaboró la  promesa  el  23  de  junio  de  1992  en  la  Notaría Sexta de Medellín que el  comprador      tenía      la      ‘posesión’   del  bien  en  calidad  de  arrendatario  y que al efecto se  manifestó   que   a   partir   de  esa  fecha  no  se  causarían  cánones  de  arrendamiento,  la  vendedora manifestó que el inmueble tenía un gravamen pero  sin  especificarlo  y  se comprometió a cancelarlo antes del otorgamiento de la  escritura”.  La vendedora nunca llevó los documentos necesarios para tal fin,  se  anotó  el 8 de agosto para el pago de los treinta millones, pero se aclaró  que  era  para  el día 10, que era lunes y que ese mismo día se pagaría. Este  testigo  es  imparcial,  demuestra conocimiento de los hechos y convence. “Hay  pues un incumplimiento mutuo”.   

                     Sin embargo,  añadió  el  Juzgador,  ocurrió  luego  un hecho confuso. Obra al folio 43 del  cuaderno  principal,  una  minuta  de  escritura  abortada, de la Notaría 19 de  Medellín,  del  año  de  1993,  en  la  que  las  partes aluden a un precio de  $32.000.000.00,   más la corrección monetaria, en abonos de $8.000.000.00  anuales.  De  igual  modo, al folios 53, un documento en donde se dice que el 16  de  febrero  de  1993  el  cónyuge de la demandante recibió $3.400.000.00, por  “intereses   de   la   venta   de   ‘Las     dos     tortugas’  y  que  resta  treinta  y  dos  millones.  El  hecho lo explica el  demandado  en  su  interrogatorio  de parte de la siguiente manera: ‘el  15  de febrero de 1993 me encontré  con  ellos  (demandante y su cónyuge) en las dos tortugas y me dijeron que para  que  arregláramos  el problema que les diera el dinero que tenía en el banco y  que  al  otro  día  firmábamos  la  escritura  … y al otro día hicieron una  escritura  toda  rara  …”.  Por  consiguiente.  lo  demostrado  es  el mutuo  incumplimiento del contrato de promesa de compraventa.   

                     Es evidente,  precisó  el fallador, que el demandante Salazar no tiene legitimación, “dada  su  extraneidad  (sic)  al  contrato  debatido. Ser dueño del bien prometido en  venta  no  es condición que legitime para afrontar el debate que concierne a la  pretensión  resolutoria…”  de  la  promesa  de  venta.  Y  luego de algunas  consideraciones   relativas   a   las   condiciones   de  prosperidad  de  dicha  pretensión,  apuntó  que  no procede pues la estimación de la reclamación de  la  demanda,  dada la prosperidad de la “exceptio non adimpleti contractus”,  especie  de  derecho  de  retención  del  cumplimiento de la propia obligación  hasta  cuando  el  contratante  no  cumpla o se allane a cumplir. “Esta es una  excepción  temporaria  que  no produce cosa juzgada porque cuando cualquiera de  los  contratantes  se  allane  a  cumplir o cumpla, el otro estará en mora y se  operará  el  fenómeno  necesario para que se den los elementos axiológicos de  la pretensión resolutoria”.   

                          No  es  admisible  la  idea  del  mutuo  disenso,  porque  nada  sería  más ajeno a la  realidad  de  los hechos. “En efecto, si bien la demandante en la audiencia de  conciliación  expresamente manifiesta que ella ya no vende el local, el proceso  todo   demuestra   la  voluntad  de  persistir  en  el  contrato  que  anima  al  demandado”.  Los  testigos  nada saben diverso de lo que las partes mismas les  han    comentado,    luego    es    inútil   detenerse   en   su   enunciación  nominal.      

LA    DEMANDA    DE  CASACION   

                      De los dos  cargos  que ella contenía, solamente fue admitido a estudio el primero, de cuyo  examen se ocupa la Corte.   

CARGO  PRIMERO   

                     Con sustento  en  la  causal  primera  casación,  se acusa la sentencia de ser violatoria del  artículo  1609  del Código Civil, por causa del error de hecho cometido por el  fallador  en  la  apreciación del testimonio rendido por IVÁN FERNANDO PALACIO  NARANJO,  que  lo  llevó,  igualmente,  a  errar  en  la interpretación de las  cláusulas  contractuales estipuladas en la promesa de compraventa, ya que dicha  prueba  no  tiene  eficacia  suficiente para desvirtuar lo que en el contrato se  afirma.  De  acuerdo  con  el  principio  de la sana crítica, ese testimonio no  tiene  fuerza  de  plena  prueba  suficiente  para cambiar o desestimar el tenor  literal  de  un contrato de promesa de compraventa, máxime si “se trata de la  declaración  de  un  testigo, sin razón del hecho (sic.) que se declara, o que  simplemente  no  colige  o  converge  con  el  conjunto  de pruebas aportadas al  proceso”.   

                       Emprende,  entonces,  el  censor,  la  tarea de señalar los errores de apreciación en los  que,  en su entender, incurrió el sentenciador al apreciar ese testimonio, para  lo  cual  advierte  que  el declarante afirmó lo siguiente: “… ‘Elaborando  la  promesa,  la  suma  de  $30’000.000  se pactó fue  para  la  escritura, se le colocó el 8 de agosto, porque no tenía calendario a  la  mano,  pero  cuando  nos dimos cuenta FRANCISCO HUMBERTO y yo de que el 8 de  agosto  no  era  día  laboral,  las  partes contratantes (vendedor y comprador)  manifestaron  que  no  había ningún problema, porque la escritura se haría al  lunes  siguiente, o sea el 10 de agosto.’”   

                      Al respecto  puntualiza  el impugnante, que el deponente deja la “sensación de ambigüedad  y   vaguedad”   en   su   respuesta,  ya  que  al  expresar  que  la  suma  de  $30’000.000  “se  pactó  fue  para  la escritura, y se colocó el 8 de agosto porque no tenía calendario  a  la  mano”, salta a la vista que si eso fuera cierto, dicha estipulación se  habría  plasmado  en  la cláusula quinta de la promesa, donde se pactó que la  suscripción  de  la escritura se haría el día 10 de agosto, y para lo cual no  se  necesitaba  calendario,  porque la fecha de suscripción y perfeccionamiento  del  contrato  ya  estaba  determinada.  Además,  no se dejó nota marginal por  escrito  al  respecto,  dentro  de  la misma promesa que comprobara esa voluntad  externa de las partes.   

                      Así mismo,  añade,   “es  constante”  en  los  autos,  la  prueba de que la actora  exigía  estrictamente  la  cancelación  del  resto del precio para antes de la  fecha  de  suscripción  de la escritura, debido a que el demandado ya tenía la  posesión  material  del  inmueble  prometido  en venta y, además, que la parte  demandante  debía  cancelar el gravamen que recaía sobre el inmueble, tal como  lo  manifiesta  el  demandado  en  su  interrogatorio y lo declara la demandante  (folios  9  del cuaderno 2). Si bien es cierto que, como lo explica la Corte, el  párrafo  2º  del artículo 232 del Código de Procedimiento Civil, no excluye,  explícita  o  implícitamente,  la  prueba  testimonial  o  la indiciaria, para  desvirtuar  la  voluntad  expresada  en  documentos  públicos o privados, no es  menos  cierto,  que  sí entraña una prevención destinada al juzgador para que  los   aprecie   “   ‘con  extremada   cautela   y   desconfianza’  en  cuanto  a  la  credibilidad que merezcan”. Lo anterior cobra  efecto  en  este  caso, adicionándole que cuando el testigo hizo su exposición  espontánea  de  los  hechos,  los  narró de forma extensa, tratando de cobijar  todos  los  pormenores  y  detalles  que  supuestamente  se  presentaron  en  la  negociación,  inclusive  hasta  el  punto  de coincidir con las mismas palabras  utilizadas  por  el demandado en su declaración, ya que éste, refiriéndose al  pago     del     saldo     de     $30’000.000,        expresó        que:       “…       ‘se  quedó de pagar el día 8, pero ese  día  no era día hábil, ya que después  que nos fijamos en un calendario  en  la  Notaría’, dejando  entrever  con  esto  una  especie  de confabulación para la confección de esta  versión”,  pues  no  tiene razón de ser que para la fijación de la fecha de  otorgamiento  de  la  escritura  si  tuvieran calendario, pero que determinar la  fecha  de  pago  del  excedente del precio debiera sobreentenderse que era la de  suscripción  del instrumento de venta, o sea, sea el 10 de agosto, y no el 8 de  ese mismo mes, como se plasmó en la promesa de compraventa.   

                   Interrogado el  mencionado  declarante,  añade  el censor, sobre la razón por la que recordaba  con   tanta   precisión  lo  sucedido  entre  las  partes,  respondió:  “…  ‘Porque  el día en que se  celebró  el  contrato  fueron casi dos horas que estuve oyéndolos conversar de  un  lado  y  del otro’. Ante  eso  cabe la pregunta si con unas cuantas horas que compartió con las partes en  la  redacción  de  la  promesa y en el día del otorgamiento de la escritura es  suficiente  para  que un testigo imparcial y neutral, sin volver a tener ninguna  relación  o contacto con las partes, tal y como lo expresó en su declaración,  tenga   supuestamente   en   su   memoria  todos  los  hechos  que  rodearon  la  negociación,  después  de  pasados  seis  años  hasta  el día que rindió su  declaración…”,  máxime  si  se considera que, como “protocolista”, son  múltiples los negocios que, similares a este, debe atender.   

                          Acota  enseguida,  refiriéndose  a  las  manifestaciones  del  Tribunal relativas a la  apreciación  de  ese  testimonio,  que  ellas  son “indeterminantes”, y que  tratan  de  desvirtuar  la  obligación  que  tenía el demandado de cancelar el  resto  del  precio  el  día  sábado  8 de agosto de 1992, esto es, antes de la  suscripción  de escrituras, lo que debía ocurrir el 10 de agosto, haciendo ver  que  las  mutuas obligaciones de las partes debían ejecutarse simultáneamente,  es  decir,  al  mismo  tiempo,  presentándose  de  esta forma un error de hecho  manifiesto  y  trascendente,  por cuanto es muy clara la cláusula de la promesa  mediante  la  cual  los contratantes acordaron el pago del resto del precio para  el  8 de agosto sin que, aparte de este testimonio, exista prueba que desvirtúe  esa  estipulación  escrita,  ya que las partes no pactaron explícitamente otra  cosa,  lo  que  demuestra  que las obligaciones eran de ejecución sucesiva y no  simultánea,  habiendo  incumplido la demandada con las obligaciones de su cargo  antes de la suscripción de la escritura.   

                           Para  robustecer  su  inferencia,  añade  el  impugnante que si, hipotéticamente, el  Tribunal  no hubiera apreciado el testimonio de IVAN FERNANDO PALACIO NARANJO, y  el  demandado  hubiere  recurrido  en  casación  por  error  de  hecho  por tal  circunstancia,  “es  muy clara la Corte al considerar en reiteradas sentencias  que  no  es  posible  sustentar ataque a la sentencia con fundamento en error de  hecho  en  la  apreciación de los medios de prueba, cuando el fallador parte de  la  base  de  la  presencia  de  ellos  en  el  proceso  pero  no los estima por  considerarlos  inconducentes o ineficaces para justificar determinados hechos, y  con  mayor  razón  cuando  con  el testimonio aducido se trata de desvirtuar lo  plasmado  en  un  acto  jurídico  solemne, como lo es la promesa de compraventa  celebrada  en notaría”. Cuando el querer de los contratantes queda escrito en  cláusulas  claras,  precisas  y  sin  asomo de ambigüedad, debe presumirse que  esas  estipulaciones,  así  concebidas,  son  el  fiel  reflejo  de su voluntad  interna,   y   que,   por  lo  mismo,  se  torna  inocuo  cualquier  intento  de  interpretación o cambio de su sentido por prueba testifical.   

                          Cita,  seguidamente,  jurisprudencia de esta Corporación, relacionada con la necesidad  de  interpretar  los  contratos oscuros, para asentar que no se puede sacrificar  el   verdadero   sentido   de   una  cláusula  contractual  con  deducciones  o  interpretaciones  que  se  hagan  con  base  en  un  testimonio  que, como se ha  demostrado,  no  converge  con  el  acervo  probatorio  en  conjunto  ni  con el  verdadero sentir de las partes que se plasmó en el contrato.   

                     Por último,  obran  en  el  proceso  debidamente  probados  en  sus  hechos  indicadores, los  siguientes  indicios que por ser graves, concordantes y convergentes, conducen a  demostrar,  apreciados  en conjunto, y en relación con la prueba testifical del  señor  Ivan  Fernando  Palacio,  que  ésta  fue apreciada erróneamente por el  Tribunal:   

                       a)  Copia  auténtica  del  poder  especial conferido por la demandante al señor Francisco  Ramírez  Salazar,  para  suscribir  la  escritura del contrato prometido con el  demandado  (folio  4  el cuaderno principal); b) oficio suscrito por el Director  de  Tesorería  del Instituto Metropolitano de Valorización de Medellín, donde  consta  que  el  inmueble  prometido en venta se encontraba a paz y salvo con el  “Inval”  para la fecha de suscripción de las escrituras, es decir, el 10 de  agosto  de  1992.  (folio 208 del cuaderno principal); c) oficio suscrito por la  Jefe  de  la  Sección  de Información y Archivo de la División de Catastro de  Medellín  donde consta que el inmueble prometido en venta se encontraba a paz y  salvo  con  el Municipio de Medellín al tercer trimestre de 1992 (julio, agosto  y  septiembre),  por concepto de Impuesto predial y complementarios. No obstante  que   dicha  prueba  fue  solicitada  por  ambas  partes,  no  fue  allegada  al  expediente,  motivo  por  el  cual  se  anexa  con  el presente recurso, sin que  constituya  medio  nuevo “sino medio viejo”, aserto cuya justificación cree  ver en una jurisprudencia de esta Corporación.   

                          Estos  documentos,  concluye,  acreditan  suficientemente  que  la demandante ha tenido  siempre  la  manifiesta y ostensible “buena fe” para darle cumplimiento a la  promesa  de  venta  y  que siempre se ha allanado a cumplir y que, aun cuando el  demandado  no  cumplió  con  su  obligación  de  pagar  el  resto  del  precio  ($30’000.000),  el  8  de  agosto  de  1992,  se  encontraba  totalmente  posibilitada  para cumplir con el  contrato  prometido,  ya  que  compareció,  por medio de apoderado especial, su  cónyuge,  el día 10 de agosto de 1992, a la Notaría Sexta de Medellín, quien  se  retiró  sin  exigir  el  certificado  notarial,  luego  de  hablar  con  el  promitente   comprador,   el   cual  no  había  llevado  el  precio  convenido.  Aproximadamente  un  mes  después  aquél  regresó  a  la  notaría  y  le  lo  expidieron  la  certificación,  pero  sin  la  constancia de haber aportado los  documentos  requeridos,  pero  que  igual  constan  en  el plenario y demuestran  claramente  que la demandante siempre cumplió y se allanó a cumplir la promesa  de  compraventa,  situación  que  no  se  presentó  con  el demandado quien no  cumplió   con   el   pago  del  resto  del  precio  el  día  8  de  agosto  de  1992.   

S E  C O N S I D E R A   

                   1. Advierte la  Corte  que  el  desarrollo  del  cargo  apenas  comporta  un  vacilante discurso  argumentativo  por  medio  del  cual el censor ensaya su propia apreciación del  testimonio  de IVÁN FERNANDO PALACIO, bosquejando al efecto algunas razones por  las  cuales, en su entender, el mismo carece de relevancia probatoria, es decir,  denotando  al  efecto  algunos  reparos  que  impedirían  concederle el mérito  persuasivo que el sentenciador le confirió.    

                    Mas, es claro  que  no  era  esa  la labor que realmente tenía frente a sí el impugnante; por  supuesto  que  su  compromiso  era  de  mayor  hondura que el de discrepar de la  estimación  que  de  la  prueba hiciera el sentenciador, así sus argumentos se  ofrezcan  como  razonables.  No,  su  tarea  en el punto era la de confrontar el  contenido  del  testimonio  con lo que el sentenciador dijo o dejó de decir del  mismo,   para   que   de   ese  cotejo  aflorara  manifiesto,  sin  enmarañadas  elucidaciones,  el  error denunciado. Y a tal cometido renunció el censor, pues  no  se  ocupó de especificar y demostrar los errores de facto que, en el punto,  al  Tribunal  le enrostra, sino, simplemente, como ya se dijera, a presentar una  percepción  divergente de dicha testificación.   

                          Con  relación  a  este  aspecto  de  la  acusación  el censor se limitó a poner de  presente  que la respuesta del declarante dejaba la “sensación de ambigüedad  y   vaguedad”,   y   denotaba   “una  especie  de  confabulación  para la confección” de su versión, porque no tendría razón  de  ser  que  para  la fijación de la fecha de suscripción de la escritura sí  tuvieran  calendario,  pero  que, para determinar la fecha de pago del excedente  del  precio,  debiera sobreentenderse que era la de suscripción del instrumento  de  venta,  o  sea,  sea  el  10  de agosto, y no el 8 de ese mismo mes, como se  plasmó   en  la  promesa  de  compraventa.  Sin  embargo,  lo  cierto  es  que,  independientemente   de   cualquier  comentario  en  torno  a  la  eficacia  del  testimonio  en  este  asunto,  no  se  empeñó en demostrar que el sentenciador  incurrió  en  un disparate al concederle vigor persuasivo a dicha declaración,  pues,  como  ya  se  dijera,  la  censura se circunscribió a elaborar su propio  análisis  crítico  del  testimonio,  dejando de lado las reflexiones que en el  punto asentara el sentenciador.   

                     Ahora, si de  lo  que  el  recurrente  quiso dolerse fue de la conducencia del testimonio para  probar  contra  la  estipulación  escrita  en  la  promesa,  debió  enfilar  y  demostrar  tal  acusación,  con  el  cumplimiento  de las exigencias formales y  técnicas de rigor, como un error de derecho.   

                    En todo caso,  al  margen de la anterior consideración, y dejando de lado cualquier reflexión  respecto  a  la  idoneidad  del  testimonio  para  probar  respecto  de la fecha  realmente  acordada  por las partes, y si se admitiese como incomprensible, a la  luz  de  las  reglas  de  la  sana  crítica  que  los  contratantes no hubiesen  procedido  a  corregir inmediatamente la fecha plasmada para efectos de pagar el  saldo  del  precio,  concordándola con la de suscripción de la escritura, como  era  su  verdadera  intención,  según  el  testimonio cuestionado, no es menos  cierto  que,  puesta la Corte, únicamente, en la tarea de examinar la veracidad  de  la  testificación cuestionada, resultaría inexplicable que los demandantes  hubiesen  asistido  a  la  Notaría  el  día  previsto  en el contrato para tal  efecto,  a  reclamar  ese  pago  y, sobre todo, que no hubiesen hecho constar al  Notario  que,  por  su  parte,  se  negaban a suscribir el instrumento prometido  porque  el  demandado  había  incumplido  con anterioridad esa obligación a su  cargo.  E  inclusive,  que  tiempo  después  hubiesen recibido parte del dinero  adeudado.   

Colígese, por consiguiente, que el escrutinio  material  que de la declaración en comento hace el recurrente no se ofrece como  la  única  posible,  circunstancia  que  impide  pensar que el fallador hubiese  incurrido  en  el  error  fáctico,  con  carácter  de  manifiesto,  que  se le  atribuye.   

                      3.  Por lo  demás,  si  el tribunal, por examinar aisladamente el aludido testimonio, no se  percató  de que este no concordaba con las demás pruebas del proceso, el error  que  habría  que  enrostrarle  sería  de  derecho,  por  no  haber examinado y  valorado  las  pruebas  en  conjunto.  Finalmente,  son  irrelevantes los demás  imputaciones  de  la  censura,  particularmente  las  encaminadas  a  denotar el  supuesto  cumplimiento  de  los demandantes de las obligaciones a su cargo, pues  no  enervan  las reflexiones asentadas en el punto por el sentenciador, esto es,  que  las  obligaciones de las partes de pagar el precio y suscribir la escritura  eran  concomitantes,  y  que ambos habían incumplido: una por no pagar el saldo  del  precio  y  la  otra  por no estar en capacidad de disponer del inmueble por  encontrarse éste embargado.    

                         Por  lo  anteriormente indicado, el cargo no se abre paso.   

D  E  C  I S I O  N   

                             En  mérito  de  lo  expuesto,  la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de  la  República  y  por autoridad de la ley, NO CASA  la sentencia del 26 de abril de 2000, proferida por la  Sala  Civil del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Medellín, dentro del  proceso  ordinario  adelantado  por  MARIA JESUS AURORA  CASTAÑO   DE   RAMIREZ   y  FRANCISCO  EMILIO RAMIREZ SALAZAR frente a HUMBERTO DE JESUS HOYOS ARDILA.   

                      Costas a  cargo de la parte recurrente   

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁSQUEZ   

JAIME  ALBERTO  ARRUBLA  PAUCAR   

CARLOS IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO  FERNANDO  TREJOS  BUENO   

En comisión especial  

CESAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

Con excusa justificada  

     

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