S 081 97

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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S-081-97

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL Y AGRARIA  

Magistrado Ponente :  

NICOLAS BECHARA  SIMANCAS   

Referencia: Expediente 4890  

                                 Decídese el recurso de casación  interpuesto    por   el   tercero   ad   excludendum  ENRIQUE  URIBE ALVAREZ, contra la sentencia de 1o. de  octubre  de  1993,  proferida  por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Santafé  de  Bogotá,  en este proceso ordinario iniciado por OLGA FANNY GARCIA  QUINTERO frente a HENRY URIBE PEREZ.   

ANTECEDENTES:  

                                  I.  Por  demanda  repartida  al  Juzgado  Quince  Civil  del  Circuito de Santafé de Bogotá, que posteriormente  fue  reformada, OLGA FANNY GARCIA QUINTERO solicitó que se declarase la nulidad  del  testamento  otorgado por MARGARITA URIBE ALVAREZ mediante escritura 5595 de  31  de  agosto  de  1977, corrida en la Notaría Novena del Círculo de Bogotá;  que  se  declarase  la  validez  del otorgado por escritura 2019 de 3 de mayo de  1974  ante  la  misma  notaría  y  se  condenase  al  demandado  al pago de los  perjuicios y las costas.   

                                  II. Los hechos constitutivos de  la causa petendi se pueden sintetizar del modo siguiente:   

                                  a)  Por  escritura pública No.  5595  de  31 agosto de 1977, MARGARITA URIBE ALVAREZ otorgó testamento en favor  de  HENRY  URIBE  PEREZ  a quien instituyó como heredero único universal, y lo  designó como su albacea con administración y tenencia de bienes.   

                                 b) Por escritura No. 2019 de 3 de  mayo  de  1974  corrida en la Notaría Novena del Círculo de Bogotá, MARGARITA  URIBE  ALVAREZ instituyó como única heredera de sus bienes a OLGA FANNY GARCIA  QUINTERO, a quien dejó como albacea con tenencia de bienes.   

                                    c)  MARGARITA  URIBE  ALVAREZ  falleció  en  Bogotá  el 17 de noviembre de 1981. Para la fecha en que otorgó  testamento   en  favor  de  Henry  Uribe  Pérez,  se  hallaba  recluida  en  la  “Clínica  Reposo  de  Fátima”   en  la que había estado internada en  varios  períodos: del 21 de julio al 12 de diciembre de 1976, del 8 de junio de  1977  al 10 de octubre de 1979. Tomando «como punto de  referencia  el otorgamiento del testamento a que se refiere la escritura 5595 de  agosto  31 de 1977, dicha señorita carecía de las aptitudes y capacidad mental  para otorga dicho testamento».   

                                  d) El testamento último es NULO  pues  la  otorgante se encontraba incapacitada y bajo interdicción por causa de  demencia.   

                                  III. HENRY URIBE PEREZ contestó  oportunamente  la  demanda  y  aceptó  como  ciertos los cinco primeros hechos;  replicó  el  sexto  y séptimo diciendo que, MARGARITA URIBE ALVAREZ sí estuvo  recluida   en   la  clínica  «pero  por  necesidades  puramente  de  descanso»,  siendo absolutamente falso  que  se  hallara  en interdicción. Igualmente formuló demanda de reconvención  para  que  se declarase que es sobrino de la testadora, y que en tal condición,  tiene mejor derecho para sucederla.   

                                  IV. Posteriormente concurrió al  proceso  ENRIQUE  URIBE ALVAREZ como tercero ad excludendum, solicitando que con  citación  de  OLGA  FANNY  GARCIA QUINTERO Y HENRY URIBE PEREZ, se hicieran las  siguientes declaraciones :   

                                 “1.-)              Que  los  testamentos  otorgados   por   la  causante  Doña  Margarita  Uribe  Alvarez,  mediante  los  instrumentos  Nos.  2019 de mayo 3 de 1974 y 5595 de 31 de agosto de 1977, ambos  de  la  Notaría  Novena  del  círculo  notarial  de Bogotá, D.E., adolecen de  NULIDAD  ABSOLUTA  al  no  encontrarse  la  testadora,  para la fecha en que los  otorgó,  en pleno ejercicio de sus facultades síquicas y mentales exigidas por  la ley, al estar padeciendo de Demencia Senil.   

                                 “2.-)            Que como consecuencia de  lo  anterior  se  declare  sin  valides  (sic)  los  dos  instrumentos públicos  anteriormente  citados informando de ello al Notario Noveno de esta ciudad, para  lo de su cargo.   

“3.-)            Que  la  parte  aquí demandada  entregará,  en  el  término  de  cinco  días siguientes a la ejecutoria de la  sentencia,  a  la  sucesión  de MARGARITA URIBE ALVAREZ todos y cada uno de los  bienes  del  haber relicto, tanto corporales como incorporales, que al tiempo de  la  muerte  le  pertenecían  lo  mismo que los aumentos que posteriormente haya  tenido la herencia.   

“4.-)            Que  la  parte  aquí demandada  pagará  a  la sucesión de Margarita Uribe Alvarez, o a quien la represente, el  valor  de  los  frutos  naturales  y  civiles  que  hayan  producido  los bienes  herenciales;  y  no  solamente  los  persibidos,(sic)  sino  también los que se  hubieran  podido  persibir  (sic)  con  mediana inteligencia y cuidado, desde el  día  de  la  muerte  de  la  causante  hasta  el  momento  de  su  devolución,  conjuntamente con sus intereses correspondientes.   

“5.-)            Que se condene a la parte aquí  demandada al pago de las costas del proceso.”   

                                En respaldo de sus pretensiones  el interviniente expone los hechos que seguidamente se sintetizan:   

                                 1.  MARGARITA  URIBE  ALVAREZ  otorgó  las  escrituras  públicas números 2019 de 3 de mayo de 1974 y 5595 de  31  de  agosto  de 1977 de la Notaría Novena de Santafé de Bogotá, en las que  fijó su memoria testamentaria.   

                               2. En ambos actos testamentarios  la  testadora  “lega todos sus bienes a la persona  que  allí  aparece  como  beneficiaria  dejándola  a  su  vez como albacea con  tenencia de bienes».   

                                3.  Tres años antes del 21 de  junio  de 1976, (fecha de ingreso a la Clínica Reposo Fátima), MARGARITA URIBE  ALVAREZ  padecía  de  demencia senil, es decir que a las fechas de otorgamiento  de  los  testamentos  relacionados  no  se  encontraba en pleno ejercicio de sus  facultades síquicas y mentales.   

                                4.  El  tercero  interviniente  es   hermano  de  MARGARITA  URIBE  ALVAREZ  y tiene interés para demandar  «la  nulidad  de los actos escriturarios, ya que con  ello      obtendría      su      calidad      de      heredero     ad-ventestato  (sic)  al  no  tener la  causante  ni  ascendencia  ni  descendencia alguna que le prive de su derecho de  heredero.”   

                               V. Los demandados por el tercero  ad  excludendum,  dieron  respuesta a la demanda en los términos consignados en  sus  correspondientes escritos, en los que OLGA FANNY GARCIA QUINTERO manifestó  estarse  a  lo  que se probara y propuso como excepción de mérito la     «CARENCIA    DE    LEGITIMATIO    AD    CAUSAM»,  en  tanto  que  HENRY  URIBE  PEREZ expresó su oposición a la  totalidad de las pretensiones.   

                                VI.              El  Juez  Décimo  de  Familia,  quien  asumió  el  conocimiento del proceso, le puso fin a la primera  instancia  con  sentencia  de  7  de  diciembre  de  1992, en la que declaró no  probada  la  excepción de falta de legitimación en la causa propuesta por OLGA  FANNY  GARCIA  QUINTERO  frente a la demanda del tercero excluyente; se inhibió  «para  proferir decisión de mérito respecto de las  pretensiones  de  la demanda de reconvención»; negó  la  nulidad  propuesta  por  el  tercero ad excludendum, respecto del testamento  otorgado  mediante  escritura  2019  de  3  de  mayo  de  1974; declaró nulo el  testamento  otorgado  mediante  la escritura No. 5595 de 31 de agosto de 1977 en  la  Notaría  Novena  del  Círculo  de Santafé de Bogotá; negó la condena en  perjuicios  solicitada;  y  condenó en costas a HENRY URIBE PEREZ en un 75% y a  ENRIQUE URIBE ALVAREZ  en un 25%.   

                                VII.            Inconforme con el fallo  que  se  deja  dicho, el tercero ad excludendum interpuso recurso de apelación,  que  decidió el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santafé de Bogotá,  mediante  sentencia  de 1o. de octubre de 1993, en la que confirmó la sentencia  censurada.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL:  

                                Dejó  sentado  de  entrada el  Tribunal,  que la impugnación únicamente se dirigía contra lo decidido en los  numerales  3o.,  5o.  y  6o. de la parte resolutiva de la sentencia, consignando  que  solo resolvería lo atinente a los numerales tercero, en su totalidad, y el  numeral  sexto  en  lo  que  corresponde  a  la  condena en costas en contra del  apelante,  pues  el  quinto  no  es  adverso  al apelante al no haber solicitado  condena al pago de perjuicios.   

                                A continuación, al analizar la  procedencia  de  las  acciones incoadas y el fenómeno de la legitimación en la  causa,  se  adentra en el estudio de las pretensiones deprecadas, señalando que  el  Código  Civil  en  su  artículo  1061-3, incluye entre los inhábiles para  testar  al  que  actualmente  no estuviere en su sano juicio por ebriedad u otra  causa,  mientras  que  en  el  artículo  siguiente  declara,  que el testamento  otorgado  durante  la  existencia  de  cualquiera de las causas expresadas en el  precepto  anterior  es  nulo, lo que acarrea la aplicación de lo previsto en el  artículo  553  ibídem,  que  establece  la presunción de nulidad de los actos  celebrados  por  el  demente  declarado  en interdicción y la presunción de su  validez  para  los  celebrados  antes de tal declaración, presunción ésta que  puede  desvirtuarse  probando la demencia para el momento de la celebración del  acto jurídico.   

                                Precisa  que  tanto demandante  como   demandado  y  tercero  interviniente  apuntan  al  estado  mental  de  la  testadora,  con  diferencia  eso  sí  del  momento  en  que  cada uno considera  sobrevino  la  causa  de  nulidad.  La  demandante  la  encuentra  acaecida  con  posterioridad   a  la  expresión  de  la  primera  voluntad  testamentaria;  el  demandado   la  considera  posterior  a  1977  cuando  fue  revocado  el  primer  testamento  y  el tercero interviniente afirma que la inhabilidad existía desde  antes de haber testado en la primera oportunidad y se mantuvo.   

                                  Al   ocuparse   del  caudal  probatorio  recaudado,  aduce  el  sentenciador  que  al  considerar  el  a  quo  insuficiente  la  primera  pericia,  ordenó  de  oficio una segunda peritación  encargándola  al  Instituto  de Medicina Legal, prueba decretada el 21 de julio  de  1987  y  presentada  el  13 de septiembre de 1991, extremos que precisa para  responder  imputación  del recurrente referida a la competencia del funcionario  al  decretarla,  por  corresponder  al  Juzgado  de  Familia  según  el censor,  jurisdicción  que  no  había sido creada al momento de ordenar la práctica de  la prueba, según lo afirma el sentenciador.   

                                 Se  refiere  seguidamente  el  tribunal  a  la  inconformidad  del  recurrente  en lo tocante con el número de  peritos  y  su  juramento  para rendir la experticia, evacuando el asunto con la  afirmación  de  ser  un informe técnico al cual no es aplicable la limitación  propia de la pericia.   

                               En alusión concreta a la prueba  pericial  proveniente  del decreto oficioso del a quo, concluye que «El  dictamen  de  Medicina  Legal,  siendo  detallado y profundo,  está  acorde  con  lo demostrado a través de otros medios de prueba, pues como  ya  se  dijo,  aunque se tiene noticia de los desórdenes nerviosos de MARGARITA  URIBE   ALVAREZ   desde  1944,  su  incapacidad  e  inhabilidad  para  suscribir  documentos  tales  como  el  testamento,  se  hace  notoria  desde  junio  21 de  1976».   

                                Concluye el sentenciador que el  dictamen  fue  elaborado de manera clara y, “aún sin habérsele solicitado”  expuso  en su análisis el estado mental de la causante en las diferentes fechas  a  partir  del  inicio  de  su  historia clínica, de todo lo cual colige que la  decisión  del a quo fue conforme a derecho lo que impone la confirmación de la  providencia recurrida.   

LA DEMANDA DE CASACION:  

                                Dentro del ámbito de la causal  primera  de casación, el recurrente formula un único cargo contra la sentencia  de   segundo  grado  «porque,  a  causa  de  errores  evidentes  de  hecho,  infringió  indirectamente  y  por  falta de aplicación,  respecto  del  primer  testamento, los artículos 1061-3o, 1062, 1740 y 1741 del  Código  Civil,  normas  que,  en  conjunto,  consagran  la nulidad absoluta del  testamento   otorgado   por   quien   padecía   demencia   en  el  acto  de  su  otorgamiento».   

                                Lo  desarrolla  el  recurrente  manifestando  que  el  Tribunal  incurrió  en  los  siguientes yerros fácticos  evidentes:   

                                a)  No  consideró y pasó por  alto,  como  si  no  existiera,  el  dictamen  pericial rendido por los médicos  Libardo  Martínez Posada y Bertha Cecilia Suárez, prueba controvertida por las  partes  y  ampliada  a  solicitud  de  estas,  según  la  cual se concluyó que  MARGARITA  URIBE  ALVAREZ “<en la época> que  otorgó  los  dos  testamentos  aquí  enjuiciados,  <no se hallaba apta para  elaborarlos,>  <no  se  hallaba en condiciones médico-psiquiátrico (sic)  para  elaborar  los  documentos  elaborados>  (f.  78);  que  <la  señora  Margarita  Uribe  Alvarez  no  se encontraba síquicamente apta para otorgar las  escrituras  públicas  2019  y  5595  (ambas  de la Notaría 9a. de Bogotá) los  días  3  de  Mayo  de 1974 y 31 de Agosto de 1977, por falta de sus capacidades  mentales  para  discernir,  debido  a  la  demencia  senil  que para esas fechas  padecía>”.   

                                El Tribunal no advirtió que en  el  expediente obraba el dictamen y su ampliación como un todo indivisible, que  es  plena  prueba  de  que  cuando  la  causante otorgó el primer testamento ya  estaba  padeciendo  de  demencia  senil  que  le  había alterado totalmente sus  capacidades mentales para discernir.   

                                  Al  no  haber  declarado  el  sentenciador  la  nulidad  del primer testamento infringió por error manifiesto  las normas mencionadas y el artículo 2º. de la Ley 50 de 1936.   

                                b) Igualmente incurre en error  de   hecho   el   Tribunal   al   sostener   en   su   fallo   que  “es  evidente que el a quo consideró que la primera peritación  era  insuficiente,  e  hizo uso de la facultad exclusivamente a él otorgada por  el  Código  Instrumental,  consistente en ordenar de oficio la peritación.”,  con  lo  cual  cae  en una manifiesta equivocación,  pues  no  vio  que  aunque  es cierto que la primera peritación rendida por los  médicos  Martínez  y  Suárez fue presentada en Abril y Mayo de 1990 (fls. 78,  85  y  86  del cuaderno 4) y la de medicina legal presentada el 13 de septiembre  de  1991  (f.  122  del  cuaderno 1), ésta última había sido decretada cuatro  años  atrás,  el  21  de  julio de 1987 (f. 89 cuaderno 1), por lo que resulta  contraevidente   afirmar  que  la  peritación  de  medicina  legal  se  hubiera  decretado  por  encontrarse  insuficiente el dictamen de los médicos Martinez y Suárez.   

                                c)  Incurrió  en  error al no  ver  «que  la  conclusión  del  perito  único  de  Medicina  legal  se  aviene  perfectamente  con  el  dictamen  de  los  médicos  Martínez  y  Suárez, pues en aquél se afirma la demencia de la testadora para  cuando  otorgó  el  segundo  testamento,  lo  que también se afirma en el otro  dictamen,  con  la importante agregación o adición  de  que  la  testadora,  para  cuando  otorgó  el  primer testamento, ya estaba  padeciendo   la   demencia   senil   que  alteró  totalmente  su  capacidad  de  discernir»;   

                                  No  advirtió  el  Tribunal,  incurriendo  en  yerro fáctico, que el siquiatra forense limitó su conclusión  a  lo  antes expresado que solo hace referencia al último testamento. Pasó por  alto  el  sentenciador  que en la “CONCLUSION” no se afirma que la testadora  gozara  de  plenitudes mentales o sano juicio para el 3 de mayo de 1974 fecha en  la  que  otorgó  el  primer  testamento mediante escritura 2019 a favor de Olga  Fanny García Quintero.   

                                Incurrió en yerro semejante al  pasar  por  alto el dictamen de los peritos Martínez y Suárez en el que sí se  afirma  que  la  testadora  ya  padecía  de demencia senil para el 3 de mayo de  1974,  cuando otorgó el primer testamento, por lo cual no gozaba entonces de su  sano juicio.   

                               El aludido dictamen entonces fue  preterido  por  el  sentenciador,  tanto  que  omitió  relacionarlo,  pues solo  enlista   dentro   de   las   “pruebas   recopiladas”   el   “dictamen pericial del instituto de Medicina Legal.”   

                                 

                                  Los   anteriores   son  los  argumentos  que esgrime el recurrente y sustentan su solicitud de rompimiento de  la  sentencia  del  Tribunal,  para  que  en su lugar se confirmen los numerales  primero,  segundo y cuarto de la sentencia del a quo y se revoquen los numerales  tercero,  quinto  y  sexto, con la consiguiente declaración de nulidad absoluta  del  testamento  otorgado  el  3  de  mayo de 1974 por MARGARITA URIBE ALVAREZ y  exoneración    de    costas    al    tercero    interviniente   ENRIQUE   URIBE  ALVAREZ.   

SE CONSIDERA:  

                                                    

1.-             Se  hace  necesario  precisar  anticipadamente  que  la  presunción  de  acierto  con  que  llega revestida la  sentencia  a  casación,  implica  que  su  rompimiento  a  través  del recurso  extraordinario  está  íntimamente  adherido  a la violación de la ley, en que  haya  podido  incurrir  el  sentenciador, bien en forma directa ya indirecta. En  este  último evento los errores que la constituyen pueden acaecer no solo en la  apreciación  de  los  hechos sino también  en la aplicación del derecho.  La  demostración  de  su  ocurrencia por supuesto, debe ser plena y contundente  pues  no  logra  ser  sustento  de  la  casación  la duda generada en una nueva  apreciación  que ofrezca el recurrente, sino la certeza de que su planteamiento  sea   la   única   alternativa   de  solución  en  tratándose  del  error  de  hecho.   

El error de hecho es por consiguiente, uno  de  tales  caminos  por  los  que  puede  llegarse  a quebrar la sentencia, y su  demostración  desde  luego  es  tarea  que exige contornos muy precisos para el  recurrente  de  quien  se demanda un esfuerzo dirigido a demostrar la ocurrencia  de  cualquiera  de los siguientes eventos: “ o bien  que  el  juzgador  no  vea  o  ignora  una  prueba  presente  en  el  juicio, en  consecuencia  de  lo  cual desconoce el hecho que tal medio acredita, o bien que  suponga  como  existente  una  prueba  que  no  obra  en  el  debate, dando como  demostrado  por ese medio imaginario un hecho que no ha sucedido…» (G. J. Tomo  CXLIII,  212) siendo de entender naturalmente que dentro de estas eventualidades  queda   comprendida   por   imperativo   lógico  la  desfiguración  del  medio  probatorio,   bien  sea  por  adición  de  su  contenido  (suposición)  o  por  cercenamiento  del mismo (preterición). En otras palabras, le incumbe al censor  poner  en evidencia, con exclusión de cualquier argumentación elaborada que se  funde  tan  solo  en  la  probabilidad  y no en la certidumbre (G.J. Tomo CXLII,  pág.  245),  que  la sentencia en instancia proferida es fruto de un error cuyo  prototipo  acaba  de  señalarse y que por lo tanto el juicio jurisdiccional del  que  esa  providencia  es  expresión,  se basa en la suposición de hechos cuya  verdad    fue   incontrastablemente   desvirtuada,   o   da   por   inexistentes  circunstancias  fácticas  influyentes que por fuera de toda discusión quedaron  establecidas,  lo que conduce a concluir que la clase de casación en estudio no  puede  ni  debe  ser  la  secuela  de  mero  contraste de criterios más o menos  disimulado,  sino  que tiene que ser resultado de un riguroso examen comparativo  entre  aquello  que  es  afirmado  o  negado  en  el  fallo y precisos elementos  probatorios  de  contraste que pongan al descubierto el yerro en forma palmaria,  manifiesta  e  inequívoca;  la  equivocación  del  juzgador  ha  de ser, pues,  objetiva  y  por  eso  mismo  dependiente  de  la realidad de los hechos fijados  procesalmente,  no  así del punto de vista particular que tenga por conveniente  exponer   el   recurrente,  motivo  por  el  cual  se  dice  que  cuando  cierta  apreciación  probatoria  apenas  aparece  como dudosa y no como definitivamente  errónea,  la infirmación de la sentencia no procede, habida consideración que  en  el  plano  en  referencia  «…la casación únicamente puede apoyarse en la  certeza…»  (G.J.  Tomo  CXXXIX,  pág.  240),  luego  es  indispensable, valga  insistir  que el censor demuestre que esa apreciación hecha por el Tribunal, en  tanto  riñe  con  la  objetividad  misma  de  la  prueba, resulta a todas luces  contraevidente». (Sen. 096, 08-VIII-94).   

                               2.-            Con  la pretensión de  hallar  consolidado  en  la  sentencia  del  Tribunal  un  error  de  hecho,  el  recurrente  esgrime  como argumento de su consideración, que el sentenciador ha  falseado  la objetividad misma de un medio probatorio, pasando sobre él como si  no  existiera,  ignorándolo  no obstante su presencia física, y en concreto se  duele  de  que tanto el Juez de primera instancia como el ad quem pretirieran el  dictamen  pericial  rendido  por  los médicos Libardo Martínez Posada y Bertha  Cecilia  Suárez, como si no hubiera sido aducido al proceso y controvertido por  las  partes,  siendo  que  es  plena  prueba  de que cuando el 3 de mayo de 1974  Margarita  Uribe  Alvarez  otorgó  testamento,  ya  estaba  padeciendo demencia  senil.   

Esa  contundente acusación se erige en la  columna  vertebral  del  cargo y por consiguiente en su soporte, lo que urge que  el  examen  se  enfile  a  establecer  si  en efecto el Tribunal incurrió en la  preterición  que  se  le  imputa,  resultado  de lo cual, para que el cargo sea  próspero,  ha  de  ser  que  realmente  se establezca de manera indubitable que  contra  toda  evidencia la omisión denunciada haya existido, sea palmaria, pero  además  que  por  lo  incontrastable  con  los  demás  elementos de prueba, la  omisión    sea    de    trascendencia  tal  en  la  decisión,  que de haberla considerado el resultado  hubiere sido completamente distinto al adoptado.   

                              La situación esgrimida entraña  en  principio  una  observación meramente objetiva tendiente a determinar si en  efecto  el  ad  quem  omitió  o  pretirió la prueba que ondea en el ataque del  recurrente,  y para ello nada más apropiado que volver al texto de la sentencia  en  la  que  se  considera  la  ocurrencia  de  ese tipo de yerro, pero antes de  consultar  su  cuerpo  han  de  hacerse  algunas  precisiones que permitirán el  examen y lucidez de su contenido.   

                               a.-            Cuando  para  el 17 de  noviembre  de  1982  Olga  Fanny  García Quintero elevó demanda frente a Henry  Uribe  Pérez,  la  pretensión  procesal  estaba  claramente  encaminada  en un  sentido:     obtener     la    nulidad  del  testamento  otorgado  por Margarita Uribe Alvarez, mediante  escritura  pública  5595  de  31  de  agosto de 1977 y de paso la validez de un  primer  testamento  otorgado  por la misma, mediante escritura 2019 de 3 de mayo  de 1974.   

                               b.-           La estructura probatoria  de  este  proceso,  dada  la  precisión  de  la pretensión reflejada, se dejó  descansar  en  principio  en  la  prueba  documental adjuntada al libelo (poder,  testamentos),  y  a  la  pedida,  testimonios,  interrogatorio  de  parte  y una  inspección  judicial  a la clínica de reposo allí anunciada, para examinar la  veracidad  de  su  paso  por  tal institución de la testadora señora Margarita  Uribe  Alvarez, la causa de su dolencia, el grado de su enfermedad, los médicos  que  la  atendieron y en fin, el historial clínico de aquella, elementos en los  cuales  apoyó  el  demandante  la  demostración  de  la insanidad mental de la  testadora,  que  aduce  para  la  época  de suscripción del acto testamentario  contenido en la escritura 5595 de 31 de agosto de 1977.   

                               Nótese  que  del  texto de la  demanda  no  se  establece  que  la  parte  actora  haya  recurrido  a la prueba  pericial,  como  medio  de  demostración  de  los  hechos  en  los que finca su  pretensión.   

                               c.-            Idéntica  conclusión  resulta  al  revisar  la  contestación de la demanda, documento en el que se ve  que  el  demandado  recurre  a pruebas similares sin acudir a la pericia médica  para  la  demostración  de  los  supuestos  de  facto de su defensa y lo propio  sucede  en  su  demanda de reconvención en la que igualmente se omite petición  de prueba en tal sentido.   

                               d.-            El 21 de julio de 1987,  hallándose  el proceso en disponibilidad de recibir sentencia, el a quo observa  la  necesidad de acudir a la pericia médica siquiátrica, dirigida a establecer  en  frente  de  la pretensión de nulidad del acto testamentario contenido en la  escritura  5595 atrás anotada, la incapacidad mental de la otorgante al momento  de  suscribirla, y solo frente a este instrumento público, pues era a la sazón  el único impugnado hasta ese entonces por las partes.   

                               Tal  el  motivo  por  el  cual  mediante  providencia de fecha 21 de julio de 1987, proferida en forma oficiosa,  se dispuso:   

“…Practíquese un dictamen pericial por  intermedio  del  Instituto  de  Medicina  Legal,  para  que los peritos médicos  -siquiatras-  establezcan  si  para  el  día  31 de  agosto  de  1977  MARGARITA  URIBE  ALVAREZ,  |se encontraba o no, en uso de sus  facultades  mentales, dictamen que se basará en las  historias  clínicas,  que  en copia, obran en el expediente.”  (Folio 89  cuad. 1. Las subrayas son fuera del texto).   

                               Es ostensible que a esa altura  del  proceso,  la  pertinencia  de  la  prueba iba dirigida a un claro objetivo:  demostrar  la  incapacidad  mental  de  la testadora Margarita Uribe Alvarez, al  momento  de  suscribir  la  escritura 5595 de 31 de agosto de 1977, sin que para  nada  incidiera  determinar  su  grado  de  sanidad  mental cuando suscribió el  primer  testamento,  aquel  que  recoge  la escritura 2019 de 3 de mayo de 1974,  pues  se  reitera,  este  no  había sido blanco de impugnación alguna hasta el  momento   en   que   el   juez   plasmó   oficiosamente  el  decreto  de  dicha  prueba.   

                                            e.-                    Ocurrió  sinembargo,  que el 23 de septiembre  de  1987,  es  decir  casi  dos  meses después de haberse decretado el dictamen  médico  siquiátrico para establecer puntualmente lo advertido antes, el señor  Enrique    Uribe    Alvarez,   en   actuación   ad  excludendum   provoca  demanda  en  frente  de  los  contendientes  iniciales Olga  Fanny García Quintero y Henry Pérez Uribe,  enfilando  su pretensión a obtener la declaración de nulidad  e invalidez  tanto  del  testamento  otorgado  por  Margarita  Uribe  Alvarez  en favor de la  primera,  recogido  en  escritura  2019  de 3 de mayo de 1974, como del otorgado  posteriormente  en  favor del segundo mediante escritura 5595 de 31 de agosto de  1977,  que  revocó  de  paso  el  inicial. Vale decir, este ataque fue dirigido  simultáneamente contra los dos actos testamentarios.   

                                  Esta   vez,   el   tercero  interviniente  y  para precaver la demostración de los hechos que esgrime y que  se  reducen  a la falencia de capacidad mental de la testadora para las fechas 3  de  mayo  de 1974 y 31 de agosto de 1977, correspondientes a las de suscripción  de   los  testamentos  redargüídos,  acude  a  la  petición  de  dictamen      pericial     médico     siquiatra,     prueba  que  es  decretada  el  29  de  enero de 1990 “a  fin de determinarse los puntos relacionados en el literal b)  del  folio  5  de  este  cuaderno.  …” (folio 68  vuelto  Cd.  4).  En  el  auto  se  designan como peritos médicos a los galenos  Libardo Martínez y Bertha Cecilia Suárez.   

                               En  el  cuaderno  4, a folio 5  literal  b)  de  la demanda del interviniente ad excludendum, la solicitud de la  prueba requiere se dictamine sobre lo siguiente:   

“1.-            Si  para  el día 3 de mayo de  1974  la  paciente  Margarita  Uribe  Alvarez  gosaba  (sic)  plenamente  de sus  facultades síquicas y mentales. en caso negativo porque.” (sic)   

“2.-            Si  para  el día agosto 31 de  1977,  dicha  paciente  gosaba  (sic)  de  sus  facultades  síquicas y mentales  plenamente; y, por que. (sic)   

                               La  situación  creada  con la  presencia  del tercero ad excludendum, provocó entonces el decreto -a petición  de  parte-  de  una  experticia  médica  siquiátrica, pero esta vez dirigida a  demostrar  el  supuesto de hecho común de las pretensiones demandadas, cual era  la  incapacidad  mental de la otorgante de los testamentos de que dan cuenta las  escrituras  públicas  2019 de 3 de mayo de 1974 y 5595 de 31 de agosto de 1977,  es  decir  la  insanidad  mental  de la suscribiente para esas precisas fechas y  respecto  de  ambos  documentos,  de  allí  que  en  el  auto  que la ordena se  especificara,  conforme fue pedido, a cuáles aspectos en concreto se enfocaría  la  pericia,  pues  esta  vez se trataba de acreditar hechos relativos a los dos  actos  jurídicos  y  en  épocas  diversas  y distantes, cosa que no acontecía  cuando  fue  dispuesto  el primero de los dictámenes periciales, en el que como  quedó  explicado,  su  enfoque  concreto se limitó con exclusividad al segundo  acto testamentario.   

                               f.-          Es preciso dejar en claro  que  el primer dictamen dispuesto frente a la pretensión de nulidad del segundo  testamento,  –  escritura  5595  de  31  de  agosto  de  1977  –  y para ese fin  exclusivo,  a pesar de haber sido decretado el 21 de julio de 1987 y antes de la  presencia  del  tercero  excluyente,  solo  fue  recibido  por el a-quo el 30 de  septiembre  de  1991,  al  paso  que  el  segundo  decretado  a  instancias  del  interviniente  y  dirigido  a  demostrar  la causal de nulidad respecto de ambos  testamentos,  decretado el 29 de enero de 1990, fue recepcionado por el despacho  el 26 de abril de ese mismo año.   

                               g.-            La secuencia reseñada  permite  vislumbrar  una situación previa que emerge diáfana en el proceso, de  la  que  resultan  consecuencias  que  son  determinantes  de  lo acontecido. En  efecto,  para  la prueba pericial, de conformidad con el artículo 236 del C. de  P.  Civil,  regla  primera, es carga atribuida a la parte solicitante determinar  en  forma concreta “las cuestiones sobre las cuales  deba  versar”, correspondiendo al juez “determinar  los  puntos  que  han  de  ser objeto del mismo, de  acuerdo  con  el  cuestionario  de  las  partes  y  el  que  de oficio considere  convenientes        formular.”        (regla  segunda)       

                                             Por  su  parte  la  prueba  decretada  oficiosamente  con  el  fin  específico  anunciado, estaba encaminada, en los términos del artículo 236, a  establecer   un   punto  determinado  anticipadamente  por  el  juez  dados  los  requerimientos  del  proceso,  y  la  controversia  de la misma habría de girar  desde  luego  alrededor  de  ese  punto  concreto,  pues  su  objeto había sido  claramente  previsto  en  el decreto oficioso. Es decir que su objeto cumpliría  un  fin  típico,  especial,  individual, cual era el de determinar si en frente  del  acto  testamentario contenido en la escritura 5595 de 31 de agosto de 1977,  se  daba  la  causal  de  nulidad generada en la falta de capacidad mental de la  testadora  al  momento  de su suscripción, pues a ello se refería su necesidad  por  ser  este  el  entorno  que  hasta  el  momento  ofrecían las pretensiones  debatidas por las partes.   

                                A  su  vez  y  por  el  mismo  imperativo   de   la   disposición  legal  citada,  la  presencia  del  tercero  ad  excludendum, provocó  por  su petición el decreto de una prueba pericial cuyo enfoque fue determinado  por  el interés que ahora aparecía en el escenario del proceso, distinto al de  la   necesidad  inicial.  Se  trataba  en  esta  nueva  etapa  de  enfrentar  la  pretensión   de  nulidad  de  los  dos  actos  testamentarios,  contra  quienes  disputaban   la  anulación  de  uno  solo  de  ellos,  prueba  que  si  pudiera  sobreponerse  a la anteriormente decretada, permitiría establecer que en efecto  coincidían  parcialmente,  pero sin que hubiera lugar a que la una desplazara a  la  otra,  pues   la  solicitada  por  el  tercero interviniente trataba de  abarcar  con  su  espectro  aspectos mucho más amplios que la primera, como que  persigue  acreditar para dos épocas distintas la demencia senil de la otorgante  de  los  testamentos  atacados. Es decir, que a su vez esta prueba cumpliría un  fin  típico, especial, individual cual era el de determinar si en frente de los  actos  testamentarios  contenidos  en  las  escrituras 2019 de 3 de mayo de 1974  y   5595  de 31 de agosto de 1977, se daba la causal de nulidad generada en  la falta de capacidad mental de la testadora.   

                                 La  especificidad  de  ambas  pruebas,  el  momento  procesal de su decreto y el objetivo claro de cada una de  ellas,  es  asunto  que no se puede desconocer, y por el contrario la reflexión  sobre  tales  sucesos  permite  considerar  la  obligatoriedad  del  juzgador de  recurrir  a  ambas  en el despacho de las pretensiones demandadas, pues no puede  pretenderse  como  ocurrió  en  este  asunto,  acudir  a  aquella  de  las  dos  experticias  que  había  sido  decretada  para  evacuar  apenas una parte de la  contienda,  –  la  existencia de la causal referida a la demencia al momento del  otorgamiento  de  la escritura 5595 de 31 de agosto de 1977,-  pero que por  obvia  y  elemental razón nacida tanto de su objetivo como de la determinación  claramente  expresada  en  su  decreto,  quedaba limitada al aspecto concebido y  puntualmente  señalado  oficiosamente  por  el  juez  que la dispuso, argumento  suficiente   para   considerar  que  ella  no  podía  extenderse  a  puntos  no  solicitados  en  ese  momento, a más de que no eran conocidos ni por el juez ni  por   las   partes,  pues  el  asunto  que  ella  no  comprendía  solo  afloró  posteriormente  por  efecto de la demanda ad excludendum en la que se solicitó,  esta  vez  sí,  la  anulación  tanto  del segundo testamento, como del primero  contenido  en  la  escritura  2019  de  3 de mayo de 1974, a causa de lo cual se  justificó  por el objetivo claramente determinado por el tercero, el decreto de  la  experticia  rendida  por  los  médicos  Libardo  Martínez y Bertha Cecilia  Suárez,  la  cual  si  habría  de  comprender  la  totalidad  de  los extremos  temporales en discusión.   

                                

                               Son entonces las circunstancias  determinantes  de  la  necesidad y decreto de ambas pruebas las que facilitan el  entendimiento  del  asunto.  El dictamen ordenado oficiosamente y practicado por  Medicina  Legal,  solo  tiene aptitud procesal para acreditar la insanidad de la  testadora  al  momento  de  otorgar  el  segundo  testamento,  pues  fue  ese el  propósito  que  inspiró  el decreto de esa prueba, propósito coherente con la  única  pretensión litigada en ese momento y tampoco desconocido por la pericia  en   tanto   ella   misma   sacó  como  terminante  “CONCLUSION”   que  “Margarita Uribe Alvarez para el día 31 de agosto  de  1977  no  se encontraba en uso de sus facultades mentales, dictamen pericial  que  se  basa  en  las historias clínicas aportadas al sumario.” No    se    reportó    para    nada    en    esta    “conclusión”  la  fecha  del 3 de  mayo  de  1974 en que se otorgó el primer testamento, por la contundente razón  de  que  no  era  tema  de  la  pericia,  ya que a esta se le había determinado  concretamente  su alcance y en él no se había prefijado dictaminar, insístese  una  vez más,  si también respecto del primer testamento se daba la misma  causal,  pues  tal  investigación no se encontraba en juego en los términos de  la demanda de Olga Fanny García contra Henry Uribe Pérez.   

                               3.- Como lo pone de presente la  censura,  varios  son  pues los yerros fácticos que se observan en la sentencia  del Tribunal, a saber:   

                                 a)   Uno  de  ellos  emerge  claramente  cuando  dicho  sentenciador concluyó que “el A-quo consideró que  la   primera   peritación   era   insuficiente,  e  hizo  uso  de  la  facultad  exclusivamente  a  él  otorgada  en  el  Código  Instrumental,  consistente en  ordenar  de oficio la peritación, pues quedó visto con la reseña efectuada en  párrafos  anteriores,  que  esta  última experticia fue dispuesta por el a-quo  antes  que  aquella  otra,  con  un alcance restringido frente al de ésta en la  medida  en  que  hasta  ese  momento  la pretensión ventilada en litigio era la  nulidad  del  segundo  testamento,  no  la  de  ambos  como aconteció cuando se  ordenó  la  posterior  pericia  (la  presentada  por  los  médicos Martínez y  Suárez).  De ahí precisamente, cual lo expone la impugnación, que el Tribunal  no  hubiese  visto que aun cuando el dictamen rendido por los médicos Martínez  y  Suárez  fue  presentado en abril y mayo de 1990 (fls. 78, 85 y 86 C. 4) y el  de  Medicina  Legal  el  13  de  septiembre de 1991 (fl. 122 C. 1), este último  había  sido  decretado  cuatro  años atrás, el 21 de julio de 1987 (fl. 89 C.  2);  y  que no obstante haber visto dicho sentenciador la existencia material de  aquél  dictamen  (el rendido por Martínez y Suárez), no lo tuvo en cuenta sin  embargo  para  la resolución del litigio, como lo corrobora el hecho, destacado  así  mismo  por la censura, de haber seguido “…a pie juntillas lo expresado  por  el  Juez de familia”, pues habiendo sido el fallo del Tribunal totalmente  confirmatorio  del  de  el a-quo, en el que no se hizo ninguna consideración ni  análisis  acerca  del  dictamen  pericial  de los médicos Martínez y Suárez,  aquél  prohijó como suyos la totalidad de los argumentos probatorios expuestos  por  éste (el a-quo), entre ellos la importante aseveración consistente en que  “…fuera  del  experticio  técnico  referido (alude al de Medicina legal, se  agrega),  no  existe  ninguna otra prueba seria que respalde el ataque formulado  por  el tercero (el interviniente ad-excludendum, se añade) y que desvirtúe lo  analizado  y  concluido  por  los peritos” (fl. 164 C. 1). Está visto que esa  prueba  si  existe,  que  está  representada  por  el  dictamen  de los peritos  Martínez   y  Suárez  ante  la  orden del a-quo para que establecieran en  concreto  el  estado  mental  de  la  testadora  al momento de otorgar los actos  testamentarios  a  que  aluden  estos  autos;  y se sabe por lo demás, como con  igual  énfasis  lo plantea la acusación, que ese dictamen fue controvertido en  el proceso sin objeción alguna de las partes.   

                               De  manera  que si no obstante  mediar  en  la  actuación  el  dictamen  de  los peritos Martínez y Suárez el  Tribunal  no  hizo  actuar  esa  prueba  al  momento  de  resolver el recurso de  apelación,  incurrió en el yerro apreciativo que le endilga la censura, porque  ciertamente  no  fue el dictamen de Medicina Legal la única prueba técnica que  para  resolver  el  litigio  fue recogida en el proceso, y porque el dictamen de  los  peritos Martínez y Suárez a más de reunir el requisito anterior, goza de  ser  la única prueba de ese linaje dispuesta por el a-quo en orden a establecer  el  estado  mental  de  la  testadora  para  el momento en que otorgó el primer  testamento.   

         

Partiendo   de   este   error  reseñado  expresamente    en    el    cargo,    el  sentenciador  al  hacer suyos como lo anota el recurrente, los  planteamientos  del  a quo y omitir su propio estudio probatorio, desconoció la  necesidad  en  que  se  hallaba  de  penetrar en el estudio del último dictamen  pericial   (el  rendido  por  los  médicos  Martínez  y  Suárez),  decretado,  producido  y  controvertido  en legal forma dirigido a demostrar dos situaciones  bien  distintas,  y  en  su  lugar  se  valió de una prueba cuyo destino estaba  limitado  desde  el  momento  mismo  de  su  decreto,  para  hacerla extensiva a  situaciones no comprendidas en ella.   

Esto  es  tanto como decir que el Tribunal  entró  a  resolver  dos aspectos del proceso prevalido únicamente del dictamen  de  Medicina  Legal,  una  prueba  cuyo  decreto  y práctica estaba orientada a  demostrar  en forma exclusiva uno solo de los vértices de la contienda, pasando  por   encima,  como  si  no  existiera,  sobre  otra  existente  como  medio  de  convicción  que  sí  comprendía  la situación bifronte materia de decisión,  pretiriendo  la  prueba  existente en el proceso llamada a resolverla, de la que  ni  siquiera  puede  afirmarse  que  fue  descalificada  por el juzgador, porque  justamente  no  la  consideró,  lo que impide aún que hubiese incurrido en una  calificación errada por la misma razón.   

Así,  pues, al haber omitido el juez toda  apreciación  del  dictamen pericial rendido por los médicos siquiatras Libardo  Martínez  Posada  y  Bertha  Cecilia Suárez, debiendo considerarlo, constituye  por   las  razones  advertidas  un  error  de  hecho  manifiesto  y  evidente  que  fue  advertido  por el  recurrente,        error        que        deviene        en        trascendente  al  haber  impedido  el  balance  del contenido probatorio de la prueba pasada por alto, en relación con  el  hecho  a cuya demostración iba encaminada y que por la omisión le llevó a  la  decisión  expuesta  en  la  sentencia,  sin considerar la perspectiva de la  prueba  omitida  para admitirla o rechazarla, actitud con la cual se provocó en  forma indirecta la violación denunciada de la ley sustancial.   

b)  Erró  también fácticamente  el  Tribunal  al  no  tener  en  cuenta  las  conclusiones  de  los peritos Médicos  Martínez  y  Suárez,  pues,  cual  lo  aduce  el  recurrente,  para el ad-quem  resultaba  vinculante  hacer  referencia al contenido material de esa experticia  decretada  a  instancias  del  interviniente  ad-excludendum,  para  acogerla  o  desdeñarla  según  las  razones  de  juicio  que pudiera presentar frente a la  realidad  de  la  prueba  y  a  su  conjunción  con las demás practicadas para  componer  el  litigio, lo que no hizo, pues no obstante aseverar que el dictamen  pericial  de  Medicina Legal “siendo detallado y profundo, está acorde con lo  demostrado  a  través  de otros medios de prueba…”, omitió tener en cuenta  que  aquél  dictamen  de  los  médicos  Martínez  y  Suárez  daba  margen al  sentenciador para pronunciarse en otro sentido.   

        En  efecto,  tal  cual  lo  indica  la acusación, a folios 78 del  cuaderno  4  aparece  el  dictamen pericial rendido por los médicos Martínez y  Suárez,  complementado  como  aparece  a  folios 85 y 86 del mismo cuaderno, de  cuyo   contenido   se   desprende   que   acorde  con  la  historia  “clínica  psiquiatra”  aparecida  en el proceso y a las hospitalizaciones y tratamientos  médicos  practicados  a  la  testadora  Margarita Uribe Alvarez, ésta “no se  hallaba  en condiciones Médico-Psiquiátrico para elaborar  los documentos  elaborados”  (fl.  78  C.  4); que “no se encontraba psiquicamente apta para  otorgar  las  escrituras  públicas  2019  y  5595  (ambas de la Notaría 9ª de  Bogotá),  los  días  3 de mayo de 1974 y 31 de agosto de 1977 por falta de sus  capacidades   mentales  para discernir, debido a la demencia senil que para  esas  fechas  padecía”  (fl.  85  C.  4);  que la demencia senil “empezó a  manifestarse,  en la paciente, (sic) desde 1949 (Diagnostico del Departamento de  Psiquiatría  –  Historia Clínica Caja Nacional) y que con el paso de los años  vino  agudisándose  hasta llegar a la pérdida total del discernimiento” (fl.  86   C.   4);   y  que  “En  las  historias  clínicas  mencionadas,  clara  y  repetidamente   se   encuentra   diagnosticada   la   demencia   senil   de   la  paciente…”.   

Todo lo anterior significa, a términos de  lo  que  plantea la impugnación, que si el Tribunal hubiese visto que la única  prueba  decretada  para  establecer  el estado Mental de Margarita Uribe Alvarez  fue  la  experticia  rendida  por los médicos Martínez y Suárez, y si hubiese  hecho  actuar  y  no  preterido  el  contenido  de esa pericia, entonces habría  estado  en  posibilidad de apreciar y de pronunciarse expresamente en uno u otro  sentido  sobre  el  alcance  de  esa prueba relativamente al estado de insanidad  mental  de la testadora para cuando otorgó el primer testamento, o cuando menos  para   permitirle   ahondar   en   la  investigación  de  ese  hecho,  lo  cual  evidentemente   no   hizo   porque   se   limitó    al   dictamen  médico  legal.   

        4.-  La  acusación,  por  lo  que  viene  de verse, se abre paso.   

SENTENCIA SUSTITUTIVA  

No  obstante  la prosperidad del ataque, y  justamente  por  lo  advertido en el párrafo precedente, la Corte no proferirá  la  sentencia  sustitutiva  que  corresponde, sino que decretará las pruebas de  oficio  que  adelante  se  señalarán,  con  el  fin  de  contar  con elementos  adicionales de juicio.   

DECISION:  

                                En armonía con lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de Casación Civil y Agraria, administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y por autoridad de la ley,  CASA  la sentencia de 1o. de octubre  de  1993,  proferida  por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santafé  de  Bogotá,  en  este proceso ordinario iniciado por OLGA FANNY GARCIA QUINTERO  frente  a  HENRY  URIBE PEREZ, con intervención ad excludendum de ENRIQUE URIBE  ALVAREZ.   

                                Antes  de  proferir  sentencia  sustitutiva,   decrétase   oficiosamente   la   práctica   de  las  siguientes  pruebas:   

a.-                Dispónese    que    los  médicos  Libardo  Martínez Posada y Bertha Cecilia  Suárez,  quienes  actúan  como  auxiliares  de  la  justicia en éste proceso,  AMPLIEN  EL  DICTAMEN  por  ellos rendido visible en los folios 73 a 76 y 78 del  cuaderno 4, en el siguiente sentido:   

        Acudirán  los peritos para la ampliación solicitada, al dictamen  rendido por Medicina Legal, documento que reposa en el expediente.   

        Para  el  efecto anterior, de conformidad con los artículos 180 y  240  del  C.  de  P.  Civil,  se  fija  a  los  peritos un término de diez (10)  días.   

b.-            Con  el  fin  de establecer el  estado  mental  que  presentaba  la  señora  MARGARITA URIBE ALVAREZ, su estado  intelectual  y  cognoscitivo y en fin su capacidad intelectiva para el 3 de mayo  de  1974, (fecha de suscripción del acto testamentario recogido en la escritura  pública  2019 de la Notaría Novena del Círculo de Santafé de Bogotá obrante  en  el proceso), previa ilustración en la historia clínica de la paciente dado  el  tiempo  transcurrido,  recíbase  declaración  juramentada  a  los médicos  ALVARO  BERNATE y RAFAEL HERNANDO SALAMANCA RODRIGUEZ, a quienes se interrogará  además  y  en  forma  concreta  por  el estado mental reportado por la paciente  referido  a  la  época  de suscripción de la citada escritura pública, según  dicha historia clínica.    

        Señálase  el día treinta (30) de enero de  1998 a las 8:30  a.m.  para  la  celebración  de la audiencia en la que habrán de recepcionarse  los testimonios decretados.   

c.-              Ordénase  que  los  peritos  avaluadores  LUCY CHAVARRO y PLUTARCO AUGUSTO OLARTE PEÑA, actualicen, año por  año,  la  valoración de FRUTOS CIVILES que pudiere haber producido el inmueble  a  que  se  refiere  éste  proceso,  desde el 4 de septiembre de 1992, hasta la  fecha,  para  lo cual habrán de tener en cuenta, en la medida de lo posible, el  cálculo de frutos que ya obra en autos.   

         

d.-              Para  los  efectos  de  las  notificaciones  a  quienes deben concurrir a los actos precedentes, recúrrase a  las  direcciones  que  figuren  en  el  expediente,  y  si  fuere  necesario  al  directorio telefónico de Santafé de Bogotá.    

                                Sin  costas  en  el recurso de  casación.   

NOTIFIQUESE  

JOSE FERNANDO RAMIREZ GOMEZ  

NICOLAS BECHARA SIMANCAS  

JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

CARLOS ESTEBAN JARAMILLO SCHLOSS  

         PEDRO LAFONT PIANETTA   

         RAFAEL ROMERO SIERRA   

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