SC12449-2014 [2006-00052-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  CIVIL   

MARGARITA  CABELLO BLANCO   

Magistrada  Ponente   

SC12449-2014  

Radicación n° 11001 31 03  034 2006 00052 01   

(Discutido y aprobado en  sesión de doce de mayo de dos mil seis)   

Bogotá, D.C., quince (15)  de septiembre de dos mil catorce (2014).   

Procede  la  Corte  a resolver el recurso de  casación  presentado por ISABEL MONTOYA NARANJO, en nombre propio y en el de su  hijo  JUAN  SEBASTIAN VARGAS MONTOYA, demandantes, contra la sentencia proferida  el  veinticinco  (25) de noviembre de dos mil once (2011), por la Sala Civil del  Tribunal   Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  dentro  del  proceso  ordinario  que  los  mismos  promovieron frente a EUGENIA GUTIÉRREZ SANTOS y la  sociedad E.P.S. CRUZ BLANCA.   

I.   ANTECEDENTES   

1.  Los  demandantes  pidieron declarar a la  sociedad  EPS  CRUZ  BLANCA  ENTIDAD  PROMOTORA  DE  SALUD  S.A., y a la señora  EUGENIA  GUTIÉRREZ  SANTOS,  responsables civil y solidariamente, de todos  los  daños  que les generaron como consecuencia de los errores en que incurrió  esta  última,  profesional maxilofacial, en el procedimiento de análisis de la  historia clínica e intervención quirúrgica practicada.   

Subsecuentemente,  solicitaron  que  a  las  demandadas  se  les  condenara  a  pagar  los  siguientes  conceptos  y sumas de  dinero:   

i)  A  título  de  daño moral, para Isabel  Montoya  Naranjo,  la  suma  equivalente  a  1000  SMLMV;  y, para el menor Juan  Sebastián Vargas Montoya, 200 SMLMV;   

ii) Por concepto de perjuicios materiales, en  favor  de  ella,  el valor equivalente a 100 SMLMV o lo que resultare probado en  el expediente.    

iii)  Atribuibles  a  los  daños materiales  sufridos  reclamaron  que  «En el evento de que no le  sea  reconocida  la pensión de invalidez a mi representada debe condenarse  a  las  demandadas como perjuicios los salarios y demás emolumentos que habría  percibido   como   fruto   de  su  labor   al  igual  que  la  pensión  de  jubilación (…)»; y, por último:   

iv)   Por   concepto   de  la  afectación  fisiológica,  la  señora  Isabel  Montoya  reclamó para sí, el equivalente a  1000 SMLMV.   

2.   Las pretensiones reseñadas fueron  soportadas en la situación fáctica que se sintetiza así:   

2.1.  La actora Isabel Montoya Naranjo,  en  el  mes de marzo de dos mil tres (2003), se encontraba afiliada a la Empresa  Prestadora  de  Salud convocada al proceso. Para esa data, al verse afectada por  un  fuerte  dolor  en  el  maxilar  superior  izquierdo,  decidió  utilizar los  servicios  médicos  de  dicha  entidad  y,  luego de ser valorada por el galeno  general, fue remitida a un especialista maxilofacial.   

2.2.  La profesional Eugenia Gutiérrez,  demandada,  quien  asumió  la  atención  de  la  demandante,  como  parte  del  procedimiento  adoptado,  dispuso  la práctica de un TAC ART TEMPOROMANDIBULAR,  diagnosticando,  el  25  de  abril  de  2003,  que la accionante la aquejaba una  Osteoartritis   Degenerativa  en  ATM  Izquierda  y  un  Osteoma en zona de  14.    

2.3.  La  conclusión  a  la  que arribó la  odontóloga  citada  resultó determinante para la programación de una cirugía  Menisectomía  Condiletomia;  la  intervención  respectiva,  en  últimas,  fue  llevada  a  cabo  el  veintiséis  (26)  de  mayo de esa anualidad, por la misma  facultativa.  La  referida operación, no revistió complicación y si bien hubo  sangrado     el     mismo    fue    ‘escaso’, como  así quedó señalado en la memoria clínica elaborada.    

2.4.    Se   narró   en   el   hecho  décimo-primero  que,  el  seis (6) de junio del año citado, la actora acude al  consultorio  de  la experta demandada con el propósito de realizarse un control  y,  además,  para  que le fueran retiradas las vendas que cubrían la parte del  rostro  afectada  con la cirugía. Cumplido lo anterior, la accionada se mostró  sorprendida  y  dejó  conocer su extrañeza por lo observado. La señora Isabel  Montoya,  al  verse  en  el espejo, constató que tenía la cara desfigurada, la  nariz  y  la  boca torcidas y el ojo izquierdo desproporcionado. En conclusión,  la  paciente  había  sufrido  una  parálisis  facial  izquierda  por  cirugía  ATM.   

2.5.  A raíz de dichos acontecimientos, por  disposición  de  la  profesional  mencionada,  dio  inicio a varias terapias y,  además,  consultó  a  algunos  especialistas,  entre  ellos,  al  oftalmólogo  Gerbrecht  Olarte,  quien,  el  29  de  julio  de  2003,  según  el decir de la  recurrente  (hecho  18,  del  libelo),  no  dudó  en atribuir la parálisis que  padecía  a  efectos  secundarios  de  la intervención quirúrgica a que había  sido sometida.   

2.6.  En  su  momento,  la  promotora  de la  acción  resarcitoria  elevó  una  petición a la «clínica la 100», lugar en  donde  se  había  llevado  a  cabo  la  operación,  para  que, con vista en la  historia  clínica,  se suministrara alguna información y, además, se rindiera  una  explicación sobre lo acontecido. No obstante, la respuesta dada, antes que  aclarar  lo sucedido, generó más dudas, quedando en evidencia la existencia de  varias inconsistencias y  contradicciones.   

          2.8.  Las  secuelas dejadas por la mala práctica de la dentista, no  solamente  afectaron  a  la  actora  sino,  también, a su hijo Juan Sebastían,  quien  se  alteraba  al verle la cara desfigurada. Pero a esa situación no solo  se  redujo  el perjuicio, dado que su patrimonio sufrió igualmente deterioro en  cuanto  que  se  vio precisada, por un lado, a reducir las horas de trabajo para  atender  las citas de los diferentes médicos, lo que, como resultó inevitable,  trajo  consigo  una  significativa  merma  en los ingresos que percibía; y, por  otro,  tuvo que erogar sumas importantes de dinero para hacerle frente a algunos  gastos, vr. gr., transporte y, otros más.    

          2.9.  Como el procedimiento efectuado a la accionante no fue el más  idóneo,   los   resultados   observados   nunca  debieron  producirse;  en  esa  dirección,  no hay duda que las demandadas tienen responsabilidad y, por tanto,  deben  ser  comprometidas al resarcimiento de los daños generados, tanto a ella  como a su hijo.   

3. La demanda fue admitida el quince (15) de  marzo  de  dos  mil  seis  (2006),  siendo  contestada en tiempo por la cirujana  demandada;  respecto  de  la  clínica,  la respuesta dada se hizo por fuera del  término  concedido,  circunstancia  que condujo, a través de la providencia de  veinticuatro   (24)   de   julio   de   dos   mil   seis   (2006)   –folio  172,  cuaderno  principal-,  a  tenerla  por  no  presentada.  La  profesional, al pronunciarse sobre los hechos  expuestos,  aceptó  algunos, negó otros y respecto de unos más manifestó que  no  le  constaban. Frente a las pretensiones se opuso y formuló las excepciones  que  denominó ‘Ausencia de  responsabilidad  por  inexistencia  de  una  conducta  o  hecho  culposo  de  la  demandada;  obligación  de  medio  y  no  de  resultado  en  el ejercicio de la  actividad    médica    y    excesiva    tasación   de   perjuicios’.  De  manera  puntual,  sobre las dos  primeras,  adujo que siendo el ejercicio de la medicina una actividad que genera  únicamente   el   compromiso   de   poner   toda  la  capacidad  profesional  y  conocimientos  en  función de aliviar al paciente, no puede responsabilizarse a  la  demandada  de  negligencia o por dolo, pues hizo todo lo posible para lograr  un  buen  resultado.  Por  último,  manifestó que la indemnización solicitada  resultaba exagerada y podría constituir un enriquecimiento.   

4. En proximidad de ser emitida la decisión  de  primera  instancia,  entre  la  sociedad  demandada  E.P.S. CRUZ BLANCA y la  señora  ISABEL  MONTOYA  NARANJO,  tanto en nombre propio como en el de su hijo  JUAN  SEBASTIAN  VARGAS  MONTOYA,  fue  celebrado  un  contrato  de transacción  parcial  que condujo a la exclusión de la empresa de salud de toda reclamación  surgida  de  la  intervención  quirúrgica  referida.  El  acuerdo ajustado fue  glosado     al    expediente    y,    en    su    momento,    el    a-quo,   lo  aprobó  (folios  347 a  366,  del  cuaderno No. 3), dejando por fuera de la contienda al ente societario  mencionado.   

5. Una vez cumplidos los trámites reservados  por  la  ley  procesal  para  esta  clase  de  controversias, el juez de primera  instancia  profirió  la  sentencia  el veinticinco (25) de noviembre de dos mil  diez  (2010),  disponiendo  declarar  probadas las excepciones propuestas por la  demandada  que  continuó  vinculada y, subsecuentemente, negar las pretensiones  formuladas.   

6.  El  Tribunal,  al resolver el recurso de  apelación  confirmó  en  su totalidad lo decidido por el juez de conocimiento.  Dicha  parte  interpuso  en  tiempo  el  recurso  de  casación que es objeto de  estudio en esta instancia.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

1. Estudió la existencia de los presupuestos  procesales  los  que encontró reunidos a plenitud; luego, constató la ausencia  de  nulidades  que  pudieran  afectar  la  actuación  cumplida  y así lo dejó  señalado.   

2.  Expresó que el asunto sería auscultado  bajo  la  óptica  de  la  responsabilidad contractual, no obstante que la parte  demandante,  en  el  libelo,  había reclamado la indemnización a partir de una  relación de carácter extracontractual.   

3.  Analizó  el vínculo que ataba, para la  época  de  los sucesos, a la actora y a las accionadas, en particular, la clase  de  compromisos  derivados  de  la relación establecida; dicha claridad, según  aseveró,  resultaba indispensable, en cuanto que la práctica de la medicina y,  especialmente,  el  acto  médico,  por  regla general, comporta obligaciones de  medio,  aunque  en  algunas  situaciones,  cuando  las partes así lo establecen  expresamente,  se  generan  cargas  alrededor  de  resultados  concretos. En esa  dirección,  sostuvo  el  fallador, ante una eventual responsabilidad del galeno  sea  por  sus  actuaciones  u omisiones, debe sopesarse, en primer lugar, si por  parte  del  profesional  se  ofreció  un  resultado en particular. Precisado lo  anterior,  dijo,  según  las  circunstancias,  es  inevitable que al proceso se  allegue,  entonces,  en  función  de  fijar  esa obligación resarcitoria de la  demandada,  la  prueba de su proceder irregular o defectuoso; en otras palabras,  le  compete  al  actor  acreditar  la  culpa del facultativo; además, según el  ad-quem, surgía el deber de  auscultar,  con  miras a brindarle acogida a las pretensiones, la «relación         de         causalidad        adecuada».   

Ya,  en  cuanto  al  procedimiento llevado a  cabo, se expuso:   

Ahora,    que    la   odontóloga   especializada   no   hubiera  realizado  la  cirugía   con  el  cuidado  y  diligencia    que  le  son  exigidos,  atendidas  las  patologías  que  ya  presentaba    la    señora    Montoya,    es    un   hecho   que   no   aparece  demostrado,  si  se  tiene  en  mente  que  aunque no  coinciden  las  anotaciones  relativas al sangrado de la intervenida, pues en la  epicrisis   se  calificó  como  ‘escaso’ (fl.  17  C.1)  y  en la anotación dejada  en el control del 20 de mayo de 2003,  se       refirió        que      presentó      sangrado      ‘que   se   logra   hemostasia   con  transfixiones  y  electrocoagulación  y  comprensión  que hizo necesario mayor  manipulación  de  tejido y retracción lo cual puede ser la causa de la paresia  facial’   (fl.   41),  lo   cierto   es   que   no   obran   elementos   de  convicción   en  el  proceso  que lleven a concluir que la doctora Eugenia  Gutiérrez  era  conocedora  de  los  antecedentes  de  abundante sangrado de la  demandante  en intervenciones quirúrgicas anteriores,  como  quiera  que  a ello se alude en la valoración del médico Alirio Zuluaga,  especialista  en  hematología y oncología, la cual fue posterior a la cirugía  maxilofacial,   con   la   anotación   de   desconocerse   la   causa   de  tal  condición  –la   Sala   hace   notar-  (folio        31,        fallo        del       Tribunal).   

Y agregó:  

Luego,  entonces, no es posible reprochar a  la  accionada  por  no  reparar  en  que  el  sangrado  podía  aumentar por una  condición  orgánica  específica  de  su  paciente  y menos aún, se le podía  exigir  que  presentado  aquél,  adoptara una conducta diferente a la observada  durante   el   procedimiento,   la   cual  según  los  testigos  técnicos  que  depusieron   en  el  proceso,  era  la  adecuada  para  detener  el  fluido  sanguíneo    que   sobrevino   (…).   Tampoco   se   podía  esperar  que  la  cirujana  ante  el conocimiento de aquellas condiciones, se hubiera abstenido de  realizar  la  intervención,  cuando  además  de  que ésta es la indicada para  mejorar  el  estado  de  salud de la señora Isabel Montoya en el área afectada  por  la  osteoartritis,  ella  consintió en que se le realizara para aliviar su  estado.   

Sin  embargo,  la  ciencia  médica  no  es  infalible  y  muchos  eventos   escapan  al  control del médico, porque no  obstante  que  su  proceder se atempere a la lex artis específica y obre con la  prudencia  y  diligencia que le son exigibles en su ejercicio profesional, no le  resulta   posible  prevenir  o evitar algunas consecuencias lesivas para la  salud  de  su  paciente.  Por  vía  de  ejemplo, la Corte ha señalado que así  acontece   ‘en  aquellas  situaciones  en  las  que  obran  limitaciones  o  aleas  propias  de la ciencia  médica,  o  aquellas  que se derivan del estado del paciente o que provengan de  sus  reacciones  orgánicas  imprevisibles  o de patologías iatrogénicas o las  causadas   por   el   riesgo  anestésico,  entre  otras,  las  cuales  podrían  calificarse  en  algunas  hipótesis  como  verdaderos  casos  fortuitos  con la  entidad   suficiente   para   exonerarlo  del  deber  resarcitorio  (folios 32 y 33 ib).   

(…)  

De  esta  manera,  aunque, en principio, el  nervio   facial   no   debía   resultar  afectado,  pues  la  zona  de  la  intervención   está   separada   aproximadamente  5  centímetros  del  tronco  principal  de  aquél, pudo suceder que fuera alcanzado al manipular el tejido y  retraerse  éste  como  consecuencia  de  las maniobra ejecutada para detener el  sangrado,  como también que la paresia facial del lado izquierdo fuera uno más  de  los  eventos  presentados  por  la paciente como la paresis del lado derecho  desde  hace 6 años (fl. 14) o que lo causara su patología de base, investigada  actualmente   por  la  especialidad  de  neurología.  (folio 34 idem).   

Concluyó     con    las    siguientes  reflexiones:   

En   el   contexto   probatorio   atrás  referenciado,  la conclusión atinente a que en la producción del hecho dañino  medió  la culpa  de la odontóloga demandada, no se encuentra respaldo, si  se  tiene en mente  que si la culpa médica, según la Doctrina consiste en  la  ‘falta de diligencia o  previsión  que  acarree  la  infracción  de alguno de los deberes médicos. En  definitiva,  la  culpa  médica   es  la  culpa  que  el  profesional de la  medicina  comete  infringiendo  las  reglas  que regulan el funcionamiento de la  misma,    de   la   llamada   lex   artis   o   lex   artis   ad-hoc’,  en  la  especie de este litigio no  aparece  que  la  cirugía  practicada  a  Isabel  Montoya  Naranjo  se  hubiere  realizado  con  una  mala  práctica  médica,  ni  con  falta de diligencia que  llevara  a  infringir  algún  deber  de los que la profesional de la salud  tiene  en  su  profesión  o contrario a las reglas de la lex artis (…)  –folio  36, cuaderno del Tribunal-.   

4.   En   definitiva,   el   ad-quem   infirió   que   las   pruebas  allegadas  al  proceso,  antes que demostrar la negligencia, impericia o, alguna  culpa  de  la  profesional  maxilofacial,  lo que informaban era que su proceder  estuvo  plegado  a  la normatividad reguladora de dicha actividad, es decir, que  no     hubo     trasgresión     de     la     lex  artis    ad-hoc   y,  por  ello,  debido  a  esa ausencia de pruebas, no  resultaba procedente acoger las súplicas de la demanda.   

III. LA DEMANDA DE CASACIÓN  

La  recurrente,  en  el  único  cargo  que  formuló   contra   la   sentencia   opugnada,   denuncia  la  violación,  vía  indirecta,   de  los  artículos 2341, 2342, 2343 y 2344 del Código Civil,  debido   a   su  “aplicación  indebida”;  y, “sirviendo como medio para esta  violación   la   indebida   aplicación”   de  los  artículos  2347,  2349, 2356 y 2359, de la misma codificación, violaciones que  tuvieron  lugar  al apreciar erróneamente varias de las pruebas recogidas en el  proceso.   

1.  Sostuvo  que, en rigor, el debate debió  girar  alrededor  de la enfermedad llamada “vasculitis”, padecimiento que si  bien  no  le  fue diagnosticado a la actora, para el momento de la cirugía a la  que  fue  sometida,  ya  existían manifestaciones de su presencia y, para ello,  debió realizarse una biopsia de tejido.   

Así lo expuso:  

(…)    la  cirujana   demandada EUGENIA GUTIERREZ SANTOS, no observó en su integridad  la  historia clínica de la paciente, especialmente las recomendaciones de otros  médicos  tratantes  que  recomendaba el estudio para descartar una vasculitis y  sin  obtener  un diagnóstico  definitivo  y de la mano un tratamiento  certero,   ordena  que  se  lleve  a  cabo  la  cirugía, que conllevaba la  manipulación  constante  del  nervio  facial  o  séptimo  par  por  la vía de  abordaje  a  la  lesión  y que desde un comienzo el nervio estaba convaleciente  como  lo  refiere  la  historia clínica, al argumentarse la sintomatología que  obligó  a  la  paciente  a  buscar  ayuda profesional  (folio     16,    demanda    de    casación).    Y  continúo:   

Aun     es     mas     (sic)    el  descuido  o  exceso  de  confianza  de  la  profesional  demandada  para  con la  particular  situación  de  la  paciente  ISABEL  MONTOYA que para cuando estaba  inicialmente    programada     la    cirugía     y    que    por   el  incumplimiento   en  la  duración de las cirugías en las salas no se pudo  realizar,  mayo  19  de  2.003,  aun  no  había  sido acatada la recomendación  efectuada  por  el  doctor Jaime Restrepo  anestesiólogo (fl 16 y 26 cd 3)  donde  se solicita interconsulta con medicina interna realizada el mismo día de  inscripción  para la hospitalización, 16 de mayo de 2.003, que se cumplió con  la  valoración  del  doctor  Francisco  Rodríguez González médico internista  efectuada  el  20  de  mayo  de 2.003, (fls 28 y 29 cd 3) quien recomienda   investigación   para plomo y talio sarcoidosis e infección por retrovirus  sin  que  se  especifique   si antes o después de la cirugía (folio 17 idem).   

          Insiste  en  que el historial clínico de la señora Isabel Montoya,  de  haberse  atendido con el profesionalismo del caso, le hubiere permitido a la  odontóloga  concluir  que  la patología de base que afectaba a la actora, como  era  la  vasculitis  o,  por  lo  menos  la  sospecha  de  ella,  le impedía la  realización   de   la   intervención  y,  al  proceder  en  conformidad,  como  correspondía, se hubiese evitado el resultado presentado.   

          Agregó  que: «La responsabilidad médica  se  predica  no solo del procedimiento utilizado en las intervenciones sino como  bien   lo   menciona   el   fallo   de   segunda   instancia   (….)      también     ‘los  métodos  terapéuticos  y  los  diagnósticos      ceñidos     a     la     ciencia    médica’   para   que   no   comprometan  su  responsabilidad» (folio 18,  del mismo cuaderno).   

          Afirmó,  adicionalmente, que la demandada Eugenia Gutiérrez Santos  «por    negligencia,    descuido   o   exceso   de  confianza   no  observó  la  patología   de  base  VASCULITIS  y  la  práctica  de  la  cirugía  simplemente   aceleró la presencia en la zona  intervenida   de   dicha   enfermedad»  (folio 19 ib).   

          Concluye,  respecto  de  este  argumento,  que de haberse revisado y  atendido,  cuidadosamente, tanto la historia clínica de la demandante, como las  recomendaciones  de  los  médicos  que,  previamente  a la cirugía, la habían  atendido,  la profesional maxilofacial habría concluido que no era recomendable  someter a la actora a la intervención mencionada.   

          La   situación   descrita   en   precedencia,   que   condensa  las  equivocaciones  del Tribunal, en términos del casacionista, fue determinada por  la  actitud  del  juzgador  frente  al recaudo probatorio, en cuanto que, por un  lado,   apreció  de  manera  errónea  algunos  elementos de juicio y, por  otro,  se produjo «como consecuencia de la indebida o  falta   de   valoración  de  estas  pruebas  (…)».  Referente  al  primer yerro, señaló: i) la historia clínica y, en particular,  las  indicaciones  o  conceptos  de  los  expertos  Jaime  Alberto Avendaño, la  doctora  Cuervo  Cely, Clara Inés Cárdenas, Adriana Carolina Correal y Eduardo  Alirio  Zuluaga.  Y,  las  anotaciones de la demandada Eugenia  Gutiérrez;  ii)   las declaraciones de los facultativos Edwin Carbrecht Olarte, Eduardo  Alirio  Zuluaga  y  Carlos  enrique  Amador  Preciado; y, iii) el original de la  respuesta dada por la Clínica la 100.   

Alusivo   al   segundo   aspecto   de   la  equivocación     «indebida     o     falta    de  valoración»,  indicó:  i)  dio  por establecido sin  estarlo  que  la actora fue evaluada y sometida a todos los exámenes necesarios  para  afrontar  la  cirugía  a que fue sometida; ii) dar por establecido que la  demandada  procedió  con  diligencia y  cuidado al momento de practicar la  operación;   además,   que   dispuso  de  todos  los  medios  requeridos  para  emitir   un  debido  diagnóstico;  iii)  dar  por  inexistente  el nexo de  causalidad  entre  el  comportamiento  de  la accionada y el daño generado a la  demandante;  iv)  dar  por establecido sin estarlo que la demandante no padecía  de  vasculitis,  que  dicha patología  no generaba ningún riesgo y que la  misma  se  presentó  después  de  la  intervención quirúrgica; v) no dar por  probado  que para la fecha señalada, en que debía llevarse a cabo la cirugía,  existían  recomendaciones  sobre  la  práctica  de  exámenes  o estudios para  determinar  la  existencia de vasculitis; y, vi) dar por establecido sin estarlo  que  la  demandante  Isabel  Montoya «habría dado el  consentimiento» para la intervención, luego de haber  sido enterada de los riesgos.   

         

          2.    En   cuanto   al   ‘consentimiento   informado’  la  casacionista señaló que el mismo es válido siempre y cuando  el  paciente  sea  consciente,  por  la ilustración brindada, de las secuelas o  efectos  secundarios, pero, como en el caso de la demandante, no se le instruyó  sobre  el  riesgo de la parálisis, por tanto, no puede, bajo esa circunstancia,  considerarse  suficiente  la autorización que la señora Isabel Montoya firmó.  Así lo expuso:   

          (…)  el mismo  se  otorga  con  fundamento  en  la información que le es suministrada  al  paciente  por el médico  PERO QUE PARA EL CASO QUE NOS OCUPA NO APLICA POR  CUANTO  DE  MANERA ALGUNA LA SEÑORA ISABEL MONTOYA FUE INFORMADA DE QUE PADECIA  VASCULITIS  Y  LAS  CONSECUENCIAS  QUE PODRIAN PRESENTARSE CON ESTA PATOLOGIA DE  BASE  AL  REALIZARSE  LA  INTERVENCION  A LA CUAL SEGÚN LA DRA GUTIERREZ SANTOS  DEBIA SOMETERSE.   

          Insistió  en que a la demandante no se le informó de la enfermedad  padecida  y  menos  las implicaciones o efectos de la cirugía; adicionó que de  haberse  conocido por la paciente los riesgos de la parálisis, muy seguro no se  hubiese sometido a la intervención quirúrgica.   

          Plasmada  su  inconformidad  en esos precisos términos, atribuye al  Tribunal  el  error  denunciado,  habida cuenta que dio por cumplido el deber de  información  de  la profesional, pasando por alto que el documento que contiene  el    ‘consentimiento  informado’  no  aparece  diligenciado  (folio  35,  cuaderno  No.  3).  Se limitó la cirujana, de manera  apresurada,  a  cumplir  ese  formalismo sin ilustrar a la paciente de todas las  implicaciones de la intervención.   

IV. CONSIDERACIONES  

1.  Cumple   decir,   en  primer  lugar,  que  la  transacción  parcial  celebrada  entre  la  sociedad  E.P.S.  CRUZ  BLANCA y la señora ISABEL MONTOYA  NARANJO,  a  título  personal  y  en  nombre  de  su hijo JUAN SEBASTIAN VARGAS  MONTOYA,    así    como    su    aprobación   por   parte   del   a-quo, resultan válidas y ajustadas a la  legalidad  (folios  347  a 366, del cuaderno No. 3), por lo que, a esta data, la  integración  de  la  relación procesal entre las personas naturales citadas en  precedencia  y  la  odontóloga  maxilofacial,  Eugenia Gutiérrez Santos, en su  calidad  de  demandada,  deviene conforme a la normatividad vigente y se muestra  suficiente  para  resolver  la  censura extraordinaria; lo anterior en virtud de  estructurarse  un litisconsorcio facultativo entre los accionados, en donde cada  demandado  comprende  una  relación  jurídica  independiente y autónoma, como  así lo contempla el artículo 50 del C. de P.C.   

         

2.  Debe  resaltarse,  así mismo, que en la  sentencia    cuestionada    el   ad-quem  evidenció  y,  en  ese  sentido  discurrió,  la existencia de un  vínculo  contractual  y,  a  partir  del  mismo,  luego  de hacer explicita tal  consideración  procedió a definir la segunda instancia, sometiendo el debate a  las normatividad propia de la responsabilidad médica.   

2.1.  Atinente  al  primero  de  los  puntos  señalados,   ninguna   de  las  partes  cuestionó  tal  inferencia,   por   tanto,   frente   al   recurso  extraordinario  que  ocupa  a la Corte, dicho aspecto quedó intacto y al margen  de  cualquier  alteración.  En otros términos, la evaluación que cumplirá la  Sala   se  hará  teniendo  en  cuenta  el  negocio  jurídico  que  las  partes  concertaron.  Igualmente,  la  falla denunciada será objeto de valoración bajo  la  consideración  de  una  actividad  obligacional de medio y no de resultado,  aspecto que también fue aceptado por la hoy reclamante.   

            Empero,  no  obstante  tal  realidad  procesal,  la recurrente, al  momento  de delinear los argumentos de la impugnación, describió, ciertamente,  un  desvío  de  ese  linaje,  pues  endilgó  a  la  profesional de la salud un  desconocimiento  de  la  historia clínica, no haber informado a la paciente los  riesgos  de  la  cirugía,  amén de errar en la valoración de los antecedentes  clínicos  de  la  actora.  Sin  embargo, a pesar de esa postura, en una actitud  ambivalente,  evocó  normas concernientes a la responsabilidad extracontractual  (art.  2341  C.C.),  y, algunas de ellas, con la presunción de culpa (art. 2356  ib),  derivada  de  actividades  peligrosas;  o,  la responsabilidad por quienes  están  bajo el cuidado o dependencia de terceros (art. 2347 y 2349 ib); empero, no obstante tal divagación,  la  acusación  formulada  no  resulta  afectada  en  la  medida en que, como se  advirtió  precedentemente,  el  origen  de  la responsabilidad reclamada no fue  controvertida  por  ninguno  de  los contendientes, con mayor razón si se tiene  presente  que  los  ofrecimientos  o  compromisos  asumidos  por la demandada no  fueron  específicos  alrededor  de  un  resultado determinado, amén de haberse  canalizado  el  reproche por la vía indirecta y como consecuencia de errores en  la  apreciación  probatoria,  situacion  que,  por  igual,  concierne  con  una  hipotética  responsabilidad  de  orden  contractual  o  extracontractual, luego  procede la resolución de la censura.   

2.2.  Ahora,  como  dicho asunto involucra  aspectos  anejos  a  la salud de la actora, es decir, la profesional odontóloga  que  le  prestó  los servicios requeridos a la accionante, lo debió hacer bajo  el  compromiso  de la «(…) utilización de medios y  conocimientos   para  el examen, diagnóstico, pronóstico con criterios de  prevención,  tratamiento de las enfermedades, malformaciones, traumatismos, las  secuelas  de  los  mismos a nivel de los dientes, maxilares y demás tejidos que  constituyen     el    sistema    estomatognático»  (literal a, artículo 1º, Ley 35 de 1989).              Y,  en  cuanto  que     «como             (…)  perteneciente  a  las áreas de la  salud,  tiene  la  responsabilidad  de  aplicar  sus  conocimientos   en el  diagnóstico  precoz  de  las  enfermedades  de  la  boca  y de las enfermedades  generales  que  presenten  manifestaciones  orales,   valiéndose   de  todos  los  medios   de  diagnóstico que tenga a su alcance» (literal     i,     ibídem),  una  eventual  responsabilidad  de  la  odontóloga y, con mayor  razón,   la   del  especialista  maxilofacial,  preparado  para  intervenciones  quirúrgicas,  debe  ser  valorada,  tanto a su incumplimiento o mala práctica,  como  a  las  consecuencias  derivadas de ella, bajo la regulación alusiva a la  lex      artis      ad      hoc,     aplicación  que  proviene  del  concepto  que  esta Corporación ha  acuñado  respecto  del  acto médico que, en diversidad de oportunidades, lo ha  definido  como  «toda  aquella actividad mediante la  cual  el  galeno  se  compromete  a emplear su habilidad y sapiencia con miras a  curar  al  enfermo;  para  tal  efecto,  debe desarrollar un conjunto de labores  encaminadas  al  diagnóstico,  pronóstico  y tratamiento de aquel y, de ser el  caso,  a  intervenirlo  quirúrgicamente (CSJ SC 26 de  noviembre de 2010, rad. 1999 08667 01).   

         3.  Plasmado  lo  anterior,  cumple asentar que anejo a la actividad  médica,  derrotero  a  observar  según  se delineó en procura de definir esta  impugnación  extraordinaria,  aparece  evidente  que  la  acusación fijó como  epicentro  de  la misma la falta de cuidado de la profesional en el análisis de  la  historia  clínica  y  error en el diagnóstico, por la inobservancia de las  recomendaciones  de  los  médicos  respecto a la sospecha, para la época de la  cirugía  practicada, de la presencia de la enfermedad llamada vasculitis, hacia  ese  aspecto  se  focalizará el estudio del presente asunto en primer término,  para  luego  analizar  el  segundo tema de discrepancia que alude a la falta del  consentimiento  informado  por  carecer  de  valor  el documento suscrito por la  paciente, según su dicho, al no encontrarse diligenciado.    

4.  El  ejercicio  de  la medicina  se  manifiesta  en  muchos  casos a través de la relación médico-paciente, siendo  la  misma,  según  lo  informa  la  Ley  23  de  1981,  en su artículo 4º, el  elemento  primordial en la práctica medical.   

El acto realizado por el experto debidamente  acreditado,  siguiendo  las  reglas  y/o  protocolo  para  cada  caso, de manera  lícita,   con   la  intención  de  sanar  o  rehabilitar  al  enfermo,  genera  obligaciones   y  deberes, que de incumplirlos, devienen en responsabilidad  tanto  de  carácter civil como, en muchos eventos según las circunstancias, de  orden penal, si ocasionan daño al paciente.   

   5. Por ello, en la medida en que la  actividad  del  profesional  señalado  implica  multitud de episodios, como por  ejemplo,  la elaboración o estudio de la historia clínica; la formulación del  diagnóstico,  del  pronóstico  o  del tratamiento,  las eventualidades de  una  equivocación,  se  tornan  posibles  y, al margen de que dicho desvío sea  atribuible,  de  manera exclusiva al médico, a sus colaboradores o, en general,  al  personal  que haya  intervenido, resulta indiscutible que en cualquiera  de  los  momentos  de  la  participación  del experto y sin importar el mayor o  menor  tiempo  destinado,  su  responsabilidad  puede  verse  comprometida;  tal  proyección,   igualmente,   puede   alcanzar  a  la  organización  empresarial  dispuesta para la ejecución de semejantes actividades.   

6.  Sobre la clase de responsabilidad   atribuida   al  ejercicio  de la medicina y su manejo probatorio, esta  Corporación ha expresado:   

          Es  en la sentencia de 5 de marzo de 1940 (G.J. t. XLIX, págs. 116  y  s.s.),  donde  la  Corte, empieza a esculpir la doctrina de la culpa probada,  pues  en  ella,  además  de  indicar  que  en  este tipo de casos no sólo debe  exigirse   la   demostración   de   ‘la   culpa   del  médico  sino  también  la  gravedad’,   expresamente   descalificó   el  señalamiento      de     la     actividad     médica     como     ‘una  empresa  de  riesgo’,   porque  una  tesis  así  sería  ‘inadmisible  desde  el  punto  de  vista  legal  y  científico’     y     haría     ‘imposible     el    ejercicio    de    la    profesión’.   

          Este,  que  pudiera  calificarse  como  el criterio que por vía de  principio  general  actualmente sostiene la Corte, se reitera en sentencia de 12  de  septiembre  de  1985  (G.J.  No.  2419, págs. 407 y s.s.), afirmándose que  ‘…el médico tan sólo  se  obliga  a  poner  en  actividad todos los medios que tenga a su alcance para  curar  al  enfermo;  de suerte que en caso de reclamación, éste deberá probar  la   culpa   del   médico,   sin  que  sea  suficiente  demostrar  ausencia  de  curación’.  Luego  en  sentencia  de  26  de  noviembre  de 1986 (G.J. No. 2423, págs. 359 y s.s.), se  ratificó  la  doctrina, inclusive invocando la sentencia de 5 de marzo de 1940,  pero  dejando  a  salvo, como antes se anotó, en el campo de la responsabilidad  contractual,  el  caso  en  que  en el ‘contrato  se hubiere asegurado un determinado resultado’        pues       ‘si    no   lo   obtiene’,  según dice la Corte, ‘el  médico  será culpable y tendrá  que    indemnizar   a   la   víctima’,  a  no  ser  que  logre  demostrar  alguna  causa de ‘exoneración’,  agrega  la  providencia,  como  la  ‘fuerza   mayor,  caso  fortuito  o  culpa  de  la  perjudicada’.  La  tesis  de la culpa probada la consolidan las sentencias de 8  de mayo de 1990, 12 de julio de 1994 y 8 de septiembre de 1998.   

          Con  relación  a  la responsabilidad extracontractual del médico,  siguiendo  los lineamientos del artículo 2341 del C. Civil, la Corte reitera la  doctrina  sentada el 5 de marzo de 1940, sobre la carga de la prueba de la culpa  del   médico   cuando   se   trata   de   deducírsele   responsabilidad  civil  extracontractual   por   el  acto  médico  defectuoso  o  inapropiado  (medical  malpractice,  como  se  dice  en  USA),  descartándose así la aplicabilidad de  presunciones  de culpa, como las colegidas del artículo 2356 del C. Civil, para  cuando  el  daño  se  origina  como consecuencia del ejercicio de una actividad  peligrosa,  tal  como lo pregonó la Corte en las referidas sentencias de 1942 y  1959,  porque  la  labor  médica  está  muy  lejos de poderse asimilar a ellas  (CSJ    SC    30    de    enero   2001,   rad,   5507).   

          En   fecha  más  reciente,  fortaleciendo  la  posición  reseñada  precedentemente,  esta  Corporación  asentó lo que, hasta la fecha, ha sido el  derrotero observado. Así se pronunció:   

Por  supuesto  que,  si  bien  el pacto de  prestación  del  servicio  médico  puede generar diversas obligaciones  a  cargo  del  profesional que lo asume, y que atendiendo a la naturaleza de éstas  dependerá,   igualmente,  su  responsabilidad,  no  es  menos  cierto  que,  en  tratándose  de  la  ejecución  del  acto  médico  propiamente  dicho, deberá  indemnizar,  en  línea  de principio y dejando a salvo algunas excepciones, los  perjuicios   que  ocasione  mediando  culpa,  en  particular  la  llamada  culpa  profesional,   o  dolo,  cuya carga probatoria asume el demandante, sin que  sea  admisible  un  principio general encaminado a establecer de manera absoluta  una  presunción de culpa de los facultativos (sentencias de 5 de marzo de 1940,  12 de septiembre de 1985, 30 de enero de 2001, entre otras).   

          Empero,  a  esa conclusión no se opone que el juez, atendiendo los  mandatos  de  la sana crítica y mediante diversos procedimientos racionales que  flexibilizan  el  rigor  de  las  reglas  de  la  carga  de  la  prueba, asiente  determinadas  inferencias lógicas enderezadas a deducir la culpabilidad médica  en  el  caso  concreto.  En  efecto, como quiera que es posible que una rigurosa  aplicación  de  la  disposición  contenida  en el artículo 177 del Código de  Procedimiento  Civil  puede  aparejar en este ámbito el fracaso de la finalidad  reparadora  del  régimen  de la responsabilidad civil, particularmente, por las  dificultades  probatorias  en  las  que  se  puede  encontrar la víctima, no es  insensible  la  Corte  ante  esa  situación,  motivo  por  el cual asienta que,  teniendo  en  consideración  las  particularidades de cada caso en concreto, lo  que  repele  indebidos  intentos  de  generalización  o  de  alteración de los  principios  y  mandatos  legales,  y en la medida que sea posible, puede el juez  acudir  a  diversos  instrumentos  que  atenúan  o  “dulcifican”  (como  lo  denominan  la  doctrina  y  la  jurisprudencia  españolas)   el  rigor del  reseñado precepto.   

Así, dependiendo de las  circunstancias  del asunto, se insiste una vez más, es posible que el juez, con  sujeción  a las normas jurídicas y de la mano de las reglas de la experiencia,  el  sentido  común, la ciencia o la lógica, deduzca ciertas presunciones   (simples  o  de  hombre)   relativas  a la culpa galénica; o que lo haga a  partir  de  indicios  endoprocesales  derivados  de  la  conducta  de las partes  (artículo  249 Ibídem); o que acuda a razonamientos lógicos como el principio  res  ipsa  loquitur (como cuando se olvida una gasa o material quirúrgico en la  zona  intervenida,  o  se  amputa  el  miembro  equivocado, etc.); o teniendo en  consideración  la  manifiesta anormalidad de las consecuencias del acto médico  deduzca  una  “culpa virtual” o un “resultado desproporcionado”, todo lo  anterior,  se  reitera  aún  a  riesgo  de  fastidiar, sin que sea admisible la  aplicación   de   criterios   generales   que  sistemática  e  invariablemente  quebranten  las reglas de distribución de la carga de la prueba previstos en el  ordenamiento  (CSJ  SC 22 de  julio 2010, rad. 2000 00042 01).   

7.  El  régimen  que  gobierna la eventual  responsabilidad  está  marcado  por el de culpa probada empero e igualmente, su  disciplina  probativa no debe responder a la rigidez de antaño, sino que, ya el  médico  ora el paciente, debe asumir ese compromiso demostrativo, atendiendo la  real  posibilidad  de  hacerlo;  aquél  que se encuentre en mejores condiciones  para  acreditar  los  supuestos  de  hecho  configurantes del tema a establecer,  deberá asumir esa carga.   

Sobre este último aspecto, por lo reciente  de  su  adopción,  resulta oportuno memorar la siguiente decisión de la Corte:   

          En  cuanto  a  la  carga  de  la  prueba,  como  ya  lo  ha precisado esta Corporación, se deberá  analizar  si  el  supuesto de hecho se enmarca en el régimen del inciso 3° del  artículo     1604     del     C.C.,     según     el     cual     ‘la  prueba de la diligencia o cuidado  incumbe  al  que  ha  debido  emplearlo’,  o  si  ‘el  régimen  jurídico  especifico  excepcion[a] el general de los primeros incisos  del  artículo  1604  del Código Civil, conforme lo autoriza el inciso final de  la  norma’ (Cas. Civ. 30  de  enero  de 2001, exp. 5507), lo que permitirá, v.gr., la utilización de los  criterios  tradicionalmente  empleados  por la Corte sobre la carga de la prueba  dependiendo de si la obligación es de medio o de resultado.   

          Sin  perjuicio de  lo  anterior,  no  se  puede  perder  de vista, como también lo ha resaltado la  jurisprudencia  civil  que,  en  relación  con  el  onus  probandi, es dable al  juzgador  aplicar criterios de flexibilización o racionalización probatoria en  algunos   supuestos   excepcionales,  atendiendo  las  circunstancias  del  caso  concreto,  v.gr.,  la  regla res ipsa loquitur, la culpa virtual, o la presencia  de  un  resultado desproporcionado, entre otros (cfr. Cas. Civ. Civ. 30 de enero  de  2001,  exp.  5507, 22 de julio de 2010, exp. 41001 3103 004 2000 00042 01, y  de 30 de noviembre de 2011, exp. 76001-3103-002-1999-01502-01).   

           Igualmente,   es  menester  recordar  al respecto que ya esta corporación, en el mencionado fallo  de  30  de enero de 2001, destacó que ‘es  precisamente en este sector del comportamiento en relación con  las  prestaciones  debidas,  donde  no  es  posible  sentar  reglas  probatorias  absolutas  con  independencia  del  caso concreto, pues los habrá donde el onus  probandi  permanezca  inmodificable, o donde sea dable hacer actuar presunciones  judiciales,  como aquellas que en ocasiones referenciadas ha tenido en cuenta la  Corte,  pero  también  aquellos donde cobre vigencia ese carácter dinámico de  la  carga de la prueba, para exigir de cada una de las partes dentro de un marco  de  lealtad  y  colaboración, y dadas las circunstancias de hecho, la prueba de  los  supuestos  configurantes  del tema de decisión. Todo, se reitera, teniendo  en  cuenta  las  características particulares del caso: autor, profesionalidad,  estado  de  la  técnica,  complejidad  de la intervención, medios disponibles,  estado  del paciente y otras circunstancias exógenas, como el tiempo y el lugar  del  ejercicio,  pues  no  de  otra  manera,  con justicia y equidad, se pudiera  determinar   la   corrección   del   acto   médico   (lex   artis)’.   

            Esta    última  referencia  es  particularmente  importante en situaciones excepcionales, en las  que  exista una evidente dificultad probatoria para el paciente o sus familiares  en  orden  a  obtener  los  medios  de prueba que sirvan para acreditar la culpa  médica,  y  por  el contrario, por cercanía o disponibilidad, la demostración  de   la  diligencia  resulte  de  mayor  facilidad  para  el  facultativo  o  la  institución  hospitalaria  demandada.  En  tales  supuestos,  obviamente,  debe  existir  suficiente  claridad  en  cuanto  a  la distribución probatoria que se  determine  para  el  caso particular, adoptada en el momento procesal oportuno y  garantizando  la  adecuada  defensa y contradicción de las partes. Al respecto,  resulta  pertinente  tener presente, como criterio interpretativo mientras entra  en  vigor,  que  el  inciso  2°  del  artículo 167 de la Ley 1564 de 2012, que  adoptó  el  Código  General  del  Proceso,  luego de señalar que ‘[i]ncumbe  a  las  partes  probar  el  supuesto  de  hecho  de  las  normas que consagran el efecto jurídico que ellas  persiguen’,  introduce  explícitamente  el  concepto  de carga dinámica de la prueba en los siguientes  términos:  ‘No obstante,  según  las  particularidades  del caso, el juez podrá, de oficio o a petición  de  parte,  distribuir, la carga al decretar las pruebas, durante su práctica o  en  cualquier  momento del proceso antes de fallar, exigiendo probar determinado  hecho  a la parte que se encuentre en una situación más favorable para aportar  las  evidencias o esclarecer los hechos controvertidos. La parte se considerará  en  mejor  posición  para  probar  en  virtud  de  su cercanía con el material  probatorio,  por  tener  en  su  poder  el  objeto de prueba, por circunstancias  técnicas  especiales,  por  haber  intervenido  directamente  en los hechos que  dieron  lugar  al  litigio,  o por estado de indefensión o de incapacidad en la  cual  se  encuentre  la contraparte, entre otras circunstancias similares. (…)  Cuando  el  juez  adopte  esta  decisión,  que  será  susceptible  de recurso,  otorgará  a  la  parte  correspondiente  el  término  necesario para aportar o  solicitar   la  respectiva  prueba,  la  cual  se  someterá  a  las  reglas  de  contradicción        previstas        en        este       código.’  (CSJ SC 5  de noviembre 2013, rad. 2005-00025-01).   

8.  El  ejercicio de la  medicina  comprende  por  su  propia  naturaleza un riesgo; en cualquiera de las  fases  en  que  intervenga el galeno, unas de manera más evidente que otras, es  latente  un  resultado  adverso  que,  incluso,  puede desbordar la capacidad de  reacción  o  control  del  profesional,  ajeno  el mismo a negligencia o culpa.   

           Sobre ello ha dicho la Corte:   

En fin, el riesgo puede  estimarse                “‘como   la  posibilidad  de  ocurrencia de determinados accidentes médico-quirúrgicos que,  por  su  etiología,  frecuencia  y  características,  resultan imprevisibles e  inevitables’”.  Desde esa perspectiva, en línea de principio, tanto  el  riesgo quirúrgico como el anestésico no son reprochables al galeno, por su  imprevisibilidad  e  inevitabilidad  y,  por ende, no suelen generar obligación  reparatoria    a    cargo   de   éste   (CSJ    SC    26   de   noviembre   de   2010,   rad.   1999   08667  01).   

9.  Importa  para el presente litigio   por  centrarse  en  ellos  la  acusación  planteada,  los  procedimientos   relacionados con la historia clínica y el diagnóstico.   

9.1.  Aquella,  no  es  nada  distinto a la  memoria  o  reseña  de  todo lo que concierne al enfermo y la patología que lo  aqueja;  constituye  pieza  angular  por  ser  la  narración  clara, completa y  oportuna  del  estado  de  salud  del  paciente;  ella  entrega  elementos  para  diagnosticar,  pronosticar,  medicar  o  intervenir  quirúrgicamente.  En dicha  minuta  debe  quedar,  en  detalle,  las  circunstancias  más  relevantes de la  relación médico-paciente.   

Sobre  dicho escrito, el artículo 34 de la  Ley  23  de  1981,  establece:               

«La  historia  clínica  es  el  registro  obligatorio  de  las condiciones de salud del paciente. Es un documento privado,  sometido  a  reserva,  que  únicamente  puede  ser conocido por terceros previa  autorización del paciente o en los casos previstos por la ley».   

Alusivo  al  tema,  la  Sala  ha  dicho:   

Debe  puntualizarse la relevancia  de  la  historia  clínica.  Por mandato normativo, la historia clínica consigna de  manera  cronológica,  clara,  precisa,  fidedigna,  completa, expresa y legible  todo  el  cuadro  clínico  en  las  distintas  fases  del acto médico desde su  iniciación  hasta  su  culminación,  a partir del ingreso del  paciente a  una   institución  de  salud  a  su  salida,  incluso  en  la  rehabilitación,  seguimiento  y control; contiene el registro de los antecedentes, y el estado de  salud  del  paciente,  la  anamnesis, el diagnóstico, tratamiento, medicamentos  aplicados,  la  evolución,  el  seguimiento,  control,  protocolo  quirúrgico,  indicación   del  equipo  médico,  registro  de  la  anestesia,  los  estudios  complementarios,  la  ubicación  en  el  centro  hospitalario, el personal, las  pruebas  diagnósticas,  etc.  Trátase  de  un  documento  probatorio  sujeto a  reserva  o  confidencialidad  legal  cuyo titular es el paciente y cuya custodia  corresponde  al  profesional o prestador de salud, al cual puede acceder aquél,  el  usuario,  las  personas  autorizadas  por  éstos,  el equipo de salud y las  autoridades  competentes  en  los  casos   legales,  ostenta una particular  relevancia  probatoria  para  valorar  los  deberes  de conducta del médico, la  atención  médica  al  paciente,  su  elaboración  en forma es una obligación  imperativa  del  profesional  e  instituciones  prestadoras  del  servicio, y su  omisión  u observancia defectuosa, irregular e incompleta, entraña importantes  consecuencias,  no  sólo  en  el  ámbito  disciplinario  sino  en los procesos  judiciales,    en   especial,   de   responsabilidad   civil,   por   constituir  incumplimiento  de  una  obligación legal integrante de la respectiva relación  jurídica  (CSJ  SC  17  de  noviembre de 2011, rad. 1999 00533 01).   

9.2.  La diagnosis, puede definirse como la  concreción  en  torno  a  la  patología  del paciente y/o reconocimiento de la  enfermedad que lo afecta.    

La Corte se ha expresado así:  

                                 

          El        diagnóstico   está  constituido  por  el  conjunto  de  actos  enderezados  a  determinar  la  naturaleza  y  trascendencia  de  la  enfermedad padecida por el  paciente,  con  el  fin  de  diseñar el plan de tratamiento correspondiente, de  cuya   ejecución   dependerá   la   recuperación  de  la  salud,  según  las  particulares  condiciones  de  aquel.   Esta  fase  de la intervención del  profesional  suele  comprender la exploración y la auscultación del enfermo y,  en  general  la labor de elaborar cuidadosamente la “anamnesia”, vale decir,  la    recopilación    de    datos    clínicos    del    paciente    que   sean  relevantes.   

          Trátase,  ciertamente, de una tarea compleja, en la que el médico  debe  afrontar  distintas  dificultades,  como  las derivadas de la diversidad o  similitud  de  síntomas  y  patologías, la atipicidad e inespecificidad de las  manifestaciones  sintomáticas, la prohibición de someter al paciente a riesgos  innecesarios,  sin  olvidar  las  políticas de gasto adoptadas por los órganos  administradores  del  servicio.   Así por ejemplo, la variedad de procesos  patológicos  y de síntomas  (análogos, comunes o insólitos), difíciles  de   interpretar,  pueden  comportar  varias  impresiones  diagnosticas  que  se  presentan  como  posibles,  circunstancias que, sin duda, complican la labor del  médico,  motivo  por  el  cual  para  efectos  de establecer su culpabilidad se  impone  evaluar,  en  cada caso concreto, si aquel agotó los procedimientos que  la   lex  artis  ad  hoc  recomienda  para  acertar  en  él   (CSJ SC 26 de noviembre de 2010, rad. 1999 08667-01).   

10. La base de la controversia se centró en  considerar  que  la  profesional maxilofacial incurrió en varias equivocaciones  al,  de  una parte, menospreciar  por exceso de confianza o no analizar con  el  debido cuidado la historia clínica de la demandante; de otra, por desdeñar  los  anuncios  existentes alrededor de la alta probabilidad de existencia de una  vasculitis  que  otros  expertos  habían  conceptuado.  Allí  (folios 17 y 18,  cuaderno  de  la  Corte),  en una y otra actuación de la demandada se condensan  los errores atribuidos a ella.   

10.1. En cuanto a la historia clínica debe  decirse  que  libre de toda discusión está que la cirujana maxilofacial tuvo a  su  disposición dicho documento y, por ende, la información allí compilada le  proveía  suficiente  ilustración  relativa  a  la  salud  de la señora Isabel  Montoya.   

La lectura cuidadosa  en el expediente  de  ese  texto  no  refleja,  en  rigor,  la realidad que pretende la recurrente  evidenciar,  pues  en ninguna de las anotaciones por ella resaltadas se aconseja  o  reseña  la  posibilidad  de  no  llevar  a  cabo la cirugía practicada. Son  coincidentes,  eso sí, varias notas alrededor del estudio por sospecha  de  una  vasculitis,  pero,  no  aluden a que previamente y como condicionante de la  cirugía,  deba  agotarse  el  procedimiento  evaluativo  de  dicha  patología.   

          En  esa dirección, la realización del procedimiento quirúrgico al  que  fue sometida la demandante no puede atribuirse a una omisión en la lectura  de  la  historia  clínica  y  mucho  menos  a la sospecha de tal enfermedad. En  primer  lugar,  por  cuanto  que  no  hay  acreditación alguna que confirme esa  inferencia;  no  existen pruebas sobre la preterición de dichas notas por parte  de  la  cirujana.  La  sola  percepción de la recurrente no es indicativa de un  desconocimiento  de  la  misma.  Pero  aún,  en el caso de haber acontecido tal  situación,  es  decir,  de  considerar  que  la  experta no se percató de esas  anotaciones,   la   cirugía,  como  se  advirtió  precedentemente,  no  estuvo  condicionada a la finalización de los estudios recomendados.   

            En  efecto,  aparecen  algunos elementos de prueba que infirman la  supuesta  negligencia  de  la  demandada.  Nótese  que  el anestesiólogo Jaime  Restrepo    en    la    «evaluación   de   riesgos  operatorios» -folio 26, cuaderno No. 3-, expresamente  asentó:   «se   solicita  interconsulta  con  Med.  Interna,   para   valoración   y   concepto».   Y,  en  la parte inferior de dicho documento señaló:  «se         puede         operar».   

          El  mismo  profesional, al valorar a la demandante en la víspera de  la    cirugía,   aseguró:   «no   encuentro   contraindicación      clínica       para      cirugía»     (folios 28 y 29, del cuaderno principal).   

          Y,  si  bien, en últimas, el cirujano es quien decide realizar o no  el    procedimiento   quirúrgico,   asumiendo   la   responsabilidad   de   tal  determinación,  su proceder resultará más o menos comprometido en cuanto que,  eventualmente,   inobserve  apreciaciones  de otros profesionales alrededor  de  una  ausencia de condiciones para no operar o la imprescindible realización  de  ciertos  exámenes  etc.,   o  registros  de  la  historia clínica que  aconsejen  una  práctica   diferente,  en  fin,  vaya  en  contra  de toda  prudencia  y  conducta  profesional,  lo  que,  en  el  presente  asunto  no  se  vislumbra, precisamente, por las razones señaladas.    

            En  ese orden, puede afirmarse que la accionada Eugenia Gutiérrez  no  procedió  de  manera  temeraria, imprudente o fue negligente al sopesar los  elementos  necesarios  para intervenir a la actora, ya que, se reitera,  la  referida    cirugía   inclusive   recibió   el   visto   bueno   del   experto  señalado.   

         

          10.2.  Respecto  a  la  enfermedad  propiamente  dicha, es decir, la  vasculitis,  cuya evaluación o apreciación podría haber originado un error de  diagnóstico   y,   en   donde,   la   actividad   cumplida   por  la  demandada  hipotéticamente  resultaría  comprometida,  cumple  resaltar  varios  aspectos  anejos a esta problemática.   

10.2.1.  La  relación  que  como  paciente  estableció  la  señora  Isabel  Montoya  con la  profesional maxilofacial  Eugenia  Gutiérrez,  estuvo  determinada por el dolor que la actora padecía en  el  maxilar superior izquierdo. Esta patología condujo a la práctica de varios  exámenes  y,  en  particular,  un  TAC  ART TEMPOROMANDIBULAR. Al culminar este  procedimiento   previo,  la  experta  generó  el  diagnóstico  que  consideró  apropiado,  atendiendo  los  resultados  del  análisis  efectuado. En concreto,  concluyó      que     la     demandante     padecía     una     «Osteoartritis  Degenerativa  en  ATM Izquierda y un Osteoma en zona  del  14».  Este, en rigor, fue el único diagnóstico  que ella emitió.   

Y frente a ese señero concepto generado por  la   odontóloga   alrededor  de  la  «naturaleza  y  trascendencia  de  la  enfermedad  padecida  por  el  paciente,  con  el  fin de  diseñar     el    plan    de   tratamiento   correspondiente»,  aparece  que la parte demandante no lo  cuestionó,  es  decir,   la  conclusión  a la que arribó la especialista  quedó  desprovisto  de  ataque  alguno;  en  otras palabras, la paciente estuvo  conforme  (su silencio así lo indica), con la opinión formalizada sobre que la  aquejaba una Osteoartritis Degenerativa.   

10.2.2.  En lo que respecta a la patología  de  la que se comenta (vasculitis), en el expediente no existe prueba alguna que  señale  la  existencia  real  y  cierta  de  ella;  solo  aparecen  referencias  probables  o  sospecha de la presencia de la misma. La propia casacionista en su  escrito  de  demanda  valida  el  hecho  de no haberse demostrado tal patología  (folios  14  y 15, cuaderno de la Corte). Luego, si no fue acreditada; si no hay  elemento  probativo  de  carácter  científico  sobre  ese padecimiento para la  época  de  la  intervención  quirúrgica,  ni  aún  con posterioridad, no hay  razón  válida  y  sostenible que induzca a dar crédito a las apreciaciones de  la recurrente.   

          En  ese  contexto,  sin  duda,  puede aseverarse que hay ausencia de  acreditación  de  la enfermedad y de un diagnóstico sobre dicha perturbación;  la  demandada  no  concretó  dicho  análisis, luego, por elemental lógica, no  resulta  procedente  atribuirle responsabilidad por esa acción, tampoco aparece  en  la  historia clínica u otro documento que alguno de los galenos que valoró  a la actora haya determinado ese padecimiento.   

          Y,  si,  el  compromiso de responsabilidad que se pretende derivar a  la   Doctora   Gutiérrez,   proviene   de  la  omisión  en  agotar  todos  los  procedimientos  o  exámenes  necesarios para concluir sobre la existencia de la  vasculitis,  es  decir,  de  visualizarse  una  censura  por  la omisión en ese  sentido,  tampoco  podría  abrigarse dicha pretensión, habida cuenta que, como  fue  advertido  precedentemente,  ningún  concepto  médico  de quienes habían  tratado  anticipadamente  a  la  actora,  condicionaron  cualquier cirugía a la  culminación   de   dichos   exámenes   o  al  diagnóstico  de  la  enfermedad  (vasculitis).   

          A  lo  anterior  debe  sumarse  que,  dada  la  especialidad de cada  galeno,  la  actora  fue  remitida  a la especialista (Doctora Gutiérrez), como  maxilofacial,  empero,  el  diagnóstico referente a la vasculitis estaba siendo  adelantado por otros especialistas.   

          10.2.3.  Pero,  más allá de la probable existencia de la afección  mencionada,  debe  indicarse  que,  si  en  gracia de discusión, se aceptara la  presencia  de  la misma (ya no solo la sospecha sino considerarla una realidad),  y  que la profesional ignoró anotaciones en la historia clínica sobre el punto  o  no  realizó  el  diagnóstico  o  al  llevar a cabo lo hizo inadecuadamente,  resulta  imposible afirmar, de forma contundente y excluyente, con miras a fijar  el  compromiso  indemnizatorio  de  la accionada, que ese malestar precipitó la  parálisis que afecta a la demandante.   

          No  puede  olvidarse que en aplicación del artículo 2341 del C.C.,  atinente  a  la responsabilidad extracontractual o aquellas disposiciones anejas  a  la contractual, por igual, corresponde al demandante demostrar, en principio,  no  solo  el  hecho  intencional o culposo y el daño padecido, sino también el  nexo  causal  entre  ese  proceder u omisión negligente del causante  y el  perjuicio  sufrido por aquel, salvo, la concertación de las partes alrededor de  un resultado concreto y específico.   

          No  se  encuentran  en el plenario elementos de juicio que acrediten  con  la  claridad  y  persuasión  requeridos, la existencia de una relación de  causalidad  entre  la intervención quirúrgica  practicada y la parálisis  facial  acaecida, por un lado; por otro, al proceso se incorporaron  varios  medios  probatorios  que  llevan, antes que a concluir sobre la existencia                       del  nexo  como lo dice la recurrente, a otorgar a la Sala, al igual  que  ocurrió  con  el  Tribunal, suficientes dudas respecto al origen del daño  cuya  reparación  se reclama. Obsérvese lo expuesto por profesional al Eduardo  Alirio Zuluaga  Cristancho:   

          (…)  se  consideró  entonces que todas  las  pruebas  de  coagulación  hechas  estaban  normales  y que era probable el  diagnóstico     de    polineuropatía   o   de   vasculitis    y   se  recomendó   continuar estudios  con   neurología   (…)   aunque  son cercanas la articulación  temporomandibular y las  raíces  del nervio facial, es poco probable la lesión de este nervio de manera  directa   en  el  procedimiento quirúrgico. (…)  se  puede  pensar  que aunque hubo una cirugía   reciente  en  la  zona  afectada,  existe  poca  probabilidad  de  relación  de  causalidad  entre  la  cirugía y la nueva parálisis facial probablemente   fue  un  nuevo  episodio  de  parálisis  de nervios de la cara como los ya  presentados   antes,   de   causa  no  conocida   (…)  sí, es posible haber  tenido   la   lesión   en  la  cirugía  aunque  es  poco  probable                (…)  no   se  confirmó   el  diagnóstico   de  vasculitis,  se sugirió éste por los antecedentes y  hallazgos   clínicos  en  la  paciente,  ya  que  la  vasculitis son causa  frecuente   de  parálisis  de  nervios  (folios    234    a    237,    cuaderno    No.    3)    –la Sala hace notar-.   

          A su turno, el experto Edwin Garbrecht, expuso:   

          (…)  determinar la causa en ese momento,  de   esa   parálisis   podría   ser   por  efectos  inflamatorios    del   quinto   par,   por   la   supuesta   manipulación   quirúrgica,  pero sin  embargo,  hay  muchos  pacientes  que  hacen  parálisis  faciales sin que medie  intervención  alguna,  por  lo  tanto  y  ante el no  regreso  de  la  paciente,  para  mi  es  imposible  establecer  la causa de las  consecuencias    que    supuestamente    pudieron    ser    atribuibles   a   la  cirugía             (…)   Si  la  causalidad  se  debe  al  procedimiento  quirúrgico  practicado  y luego de ver la historia clínica y la  descripción   quirúrgica   que  salvo  por  un  pequeño sangrado no  presenta  ninguna  complicación,  podría  decir  que  desde  el punto de vista  técnico  la cirugía fue exitosa, pero desde el punto de vista de la causalidad  para    generar   una  parálisis  facial,  podría  haber  ayudado  a  generarla    dado   que   la   paciente  presenta  un  cuadro  de  base  de  mononeuropatías  aisladas  que  dificultan   determinar qué tanto podría  influir  ese  terreno  ya  abonado, en generar  una parálisis  facial  por un edema pos operatorio normal dentro de la práctica.   

          Y continúo:   

          (…)  Hay  pacientes a quienes no se les  practica  ningún   tipo  de cirugía, no tienen historia  ni sospecha  de  neuropatías  aisladas  y  quienes hacen un cuadro de parálisis facial, sin  que  medie  manipulación  alguna  y  que  no  se  recuperan   (folios 241 a 243 ib.).   

          Por  su  parte,  el  odontólogo  Carlos  Enrique  Amador  Preciado,  expuso:   

          (…)  la  descripción  del  curso de la  cirugía  en  mi concepto es normal y el pos operatorio veo que se prescribieron  drogas  (…) y veo además  que  se solicitaron exámenes e interconsultas  complementarios para tratar  de  encontrar  la causa y guiar el tratamiento correspondiente a la paciente, en  resumen     creo     que     se     obró    correctamente     (CONTESTO).  Al  parecer  la  patología  del nervio facial solamente fue advertida en un control  pos  operatorio el día  20 de junio, es decir, unas tres semanas posterior  (sic) a la cirugía. Con el  antecedente  de  neuropatía  de  varios  nervios  craneanos que había tenido 7  años   atrás  y  cuya  etiología   no fue establecida, queda  la duda si se trató  de un nuevo evento de neuropatía  que  coincidió con el tiempo de la cirugía  ya que en la evolución   pos  operatoria  inmediata al procedimiento no veo que se relate ningún tipo de  alteración     a     este    nivel.    –Las      líneas      no      son  originales-.   

         

          No  debe  perderse  de  vista  que  las  versiones  memoradas fueron  emitidas  por  profesionales de la salud, respecto de los cuales no hay sospecha  alguna  o  indicio  que lleven a creer la existencia de un ánimo de favorecer o  perjudicar a algunas de las partes.   

          Ahora,   respecto  de  las  pruebas  invocadas  por  la  impugnante,  demostrativas,  según  ella, de la negligencia de la maxilofacial, no tienen la  capacidad  persuasiva  que  ella  pretende. Por ejemplo, en uno de los controles  realizado  a  la  demandante,  el  otorrinolaringólogo  Jaime Alberto Avendaño  (folio  89, cuaderno No. 4), luego de reseñar varios antecedentes familiares de  ella,  anotó  en  la  historia  clínica: «se cita a  junta   quirúrgica,  es  probable  ss  RNM  de  base  de  cráneo  (sic)».           Referencia  respecto  de  la  cual,  en  manera  alguna,  puede  atestarse  la  presencia  de la vasculitis o inferirse la negligencia o culpa de  la  demandada.  En  cuanto al trabajo de la profesional Olga Alicia Cuervo Cely,  médica  general,  nada  novedoso  representa,  en  la  medida  en que las notas  dejadas  en  la  historia  clínica  (folios 95 a 105, cuaderno 4), aluden a los  padecimientos  de  la  actora,  previos  a la cirugía, vr. gr., dolor, aspectos  relacionado  con  el  peso,  los  hábitos  alimenticios,  etc.,  empero, no hay  diagnóstico  alusivo  a la vasculitis o manifestación tendiente a restringir o  limitar  cualquier  intervención  quirúrgica; situación similar surge con las  anotaciones  de  las  médicas  Clara  Inés  Cárdenas y Adriana Carolina   Correal,  quienes, de manera uniforme, aluden a la recomendación de exámenes o  estudio  de  la vasculitis. No hay allí, un diagnóstico alusivo a la presencia  de  dicha  patología;  sólo  se trataba de una sospecha de la presencia de esa  enfermedad  y  así  quedó  registrado;  de  ahí,  la  orden  de estudios para  concluir, en definitiva, sobre su presencia.   

         

          Bajo  esta  perspectiva,  los argumentos expuestos por la demandante  en  torno  a  los posibles errores en la lectura de la historia clínica o en la  formulación  del  diagnóstico, por parte de la accionada, se traducen sólo en  la  presentación de un punto de vista o de una percepción diferentes alrededor  de  unas  circunstancias  anejas  a la situación de su salud, conclusiones que,  frente  a  la  naturaleza y exigencias del recurso extraordinario que ocupa a la  Corte, no resultan ser suficientes para quebrar el fallo opugnado.   

          Así lo ha expresado la Sala:   

Recurrir en casación implica algo más que  mostrar  desacuerdo  con  las decisiones; necesarísimo es que el recurrente, en  tanto  que  el blanco de su ataque sea la sentencia, por sobre todo, y antes que  ensimismarse  en  su  propio parecer, enristre contra las argumentaciones que el  sentenciador  tuvo  en  mira  para apuntalar el mérito que finalmente otorgó a  las  pruebas;  porque es evidente que mientras éstas  no  sean  derribadas,  habrá  que  tenerlas  por ciertas dada la presunción de  legalidad  que  las  ampara  (CSJ  SC 7de noviembre de  2000,  rad.  5693;  postura  ratificada,  entre  otras decisiones, en la de 9 de  diciembre de 2013, Exp. 2002 00099 01).   

          11.  Síguese de lo expuesto que las exposiciones memoradas conducen  a  afirmar,  en  últimas,  que  no  se  acreditó  la  existencia  real  de  la  vasculitis;  no  hubo  la  práctica  de análisis que permitieran corroborar la  presencia  de  la  enfermedad;  se  quedó  solo  en  la  sospecha. Empero, aún  aceptando  su ocurrencia, no fue, definitiva e inequívocamente ella la causa de  la  parálisis  que  padece  la demandante; no se adujeron al expediente pruebas  con el suficiente valor persuasivo.    

          Y,  precisamente,  esa circunstancia que corresponde al nexo causal,  cuando  no  aparece debidamente acreditada, como acontece en el sub-lite, impide  estructurar  válidamente  la  responsabilidad reclamada; en ese orden de ideas,  el Tribunal no incurrió en los errores atribuidos.   

          12.  No  obstante  ser  suficiente  lo  hasta aquí expuesto para no  casar  la  sentencia,  por  no  estar  demostrada la prueba sobre la culpa de la  profesional  señalada  y  de  la  relación  causal,  se  adentra  la Sala, por  considerarlo  importante  desde  el  punto  de  vista conceptual, a dilucidar lo  relacionado  con el consentimiento informado, en cuanto considera la censura que  «el   mismo   se   otorga   con  fundamento  en  la  información   que  le  es suministrada al paciente por el médico PERO QUE  PARA   EL   CASO   QUE   NOS   OCUPA   NO  APLICA  POR  CUANTO  DE  (sic)MANERA  ALGUNA  LA  SEÑORA ISABEL MONTOYA FUE INFORMADA DE QUE PADECIA VASCULITIS Y LAS  CONSECUENCIAS   QUE   PODRÍAN  PRESENTARSE  CON  ESTA  PATOLOGÍA  DE  BASE  AL  REALIZARSE  LA  INTERVENCIÓN  A  LA  CUAL  SEGÚN LA DRA GUTIERREZ SANTOS DEBIA  SOMETERSE».   

Oportuno resulta memorar lo que el Tribunal  dijo:   

«Del  documento  firmado  surge  ineluctable  que  la señora Isabel Montoya directa y libremente  autorizó  la  práctica  de  la  cirugía maxiolofacial que se le practicaría,  refiriéndose  incluso  a que tuvo la posibilidad de realizar preguntas y éstas  fueron   contestadas   por  la  cirujana  que  se  la  realizaría  (…)»  -folio  31, cuaderno del Tribunal-.   

         

          13.  Los  artículos  5  y  8,  en  su  orden, de la Ley 35 de 1989,  relativa   a   la  profesión  de  la  odontología  y,  particularmente,  a  la  ‘ética      del  odontólogo’,  disponen:  «El  odontólogo   debe informar al paciente de  los  riesgos,  incertidumbres  y demás circunstancias que puedan comprometer el  buen  resultado  del  tratamiento»;  y,  «El  odontólogo  cumple  la advertencia del riesgo previsto a que  se  refiere la Ley 35 de 1989, capítulo II, Artículo 5º., con el aviso que en  forma  prudente   haga  a  su paciente, o a sus familiares o allegados, con  respecto  a  los  adversos  que,  en  su  concepto, dentro  del campo de la  práctica    odontológica,    pueden    llegar    a    producirse     como  consecuencia     del    tratamiento   o   procedimiento   odontológicos».  A  su  turno,  el  precepto  15  de la Ley 23 de 1981,  impone  al  facultativo la obligación de obtener el consentimiento del paciente  respecto  de  aquellos  tratamientos  médicos  o  quirúrgicos  que  lo  puedan  afectar,   previa   información,  de  manera  anticipada,  al  mismo  o  a  sus  responsables   de  «tales  consecuencias».  Es evidente el propósito del legislador de proteger al usuario  de  la  medicina, al exigir que, por tratarse de su propio cuerpo y salud, se le  entregue  la  información  necesaria y suficiente sobre la enfermedad  que  padece  y  el  procedimiento  a  seguir,  las  consecuencias,  riesgos,  efectos  secundarios,  etc.,  a  fin de que pueda tomar las decisiones que considere más  apropiadas.   

Sobre el punto la Sala ha dicho:  

Para la Corte es de sumo interés, por las  aristas  del  caso,  detenerse un tanto en la conocida figura del consentimiento  “informado”   o,   con  mejor  denominación,  “ilustrado”,  débito  de  singular  importancia  en el ejercicio de la actividad médica que sin duda pesa  sobre  quien  presta  tan  caro servicio, quien corre además con la carga de su  acreditación   (art.   177  del  C.  de  P.  C.).  Ese  imperioso  deber,  cuya  satisfacción,  por  regla,  ha  de  remontarse  a  las  etapas  anteriores a la  ejecución  del  acto  médico,  pero  no  se extingue del todo, necesariamente,  durante  los  periodos  subsiguientes, no emergía para nada ajena al evento sub  lite,  respecto  de  la  cual no se avizora la presencia de circunstancia alguna  que autorizara prescindir de la aludida prestación.    

Precisamente,  sobre  el  galeno  pesaba  satisfacer   ese  deber  de  ilustración  acerca  de  la  naturaleza,  riesgos,  inconvenientes,  ventajas  y  expectativas  de las intervenciones quirúrgicas a  practicar  a  la  señora  Ortega Jaramillo, como presupuesto indispensable para  obtener  el  consentimiento  de  la  paciente,  abriendo  el  paso,  así,  a la  configuración  del  acuerdo  de  voluntades cuya ejecución motivó la presente  controversia.   

No  se  trata,  ni  de  lejos,  de un mero  formalismo,  como  quiera que los negocios jurídicos de esta especie -y así el  acto  médico  obrase  exclusivamente  en cumplimiento de un deber legal-, recae  nada  más ni nada menos que sobre la vida, la salud y la integridad corporal de  las  personas,  por  manera  que  el carácter venal que de suyo caracteriza los  contratos  bilaterales,  onerosos  y  conmutativos  de  derecho privado, en este  escenario  se  ve, por fortuna, superado por el humanístico que es propio de la  actividad  médica.  Más  que  un  mercado  o  una  clientela que cultivar, los  posibles   usuarios   de   los  servicios  médicos,  incluyendo  los  meramente  estéticos  o  de embellecimiento, son ampliamente acreedores de un trato acorde  con  la  naturaleza  humana, de modo que la obtención de su consentimiento para  la  práctica  de  un  acto  médico exige el que, en línea de principio, se le  haga  cabalmente  conocedor  de  todas  las circunstancias relevantes que puedan  rodear  la  actuación  del  médico,  obviamente  en  la medida en que este las  conozca  o  deba  conocerlas (CSJ SC 19 de diciembre de  2005, rad. 1996 5497- 01).   

         Luego, en providencia más reciente, la Sala expuso:   

El   médico,  en  efecto,  ‘no  expondrá  al  paciente a riesgos  injustificados’,  suministrará    información   razonable,   clara,   adecuada,   suficiente   o  comprensible  al  paciente  acerca  de  los tratamientos médicos y quirúrgicos  ‘que  puedan  afectarlo  física  o  síquicamente’  (art.  15,  Ley  23  de 1981), la utilidad del sugerido, otras alternativas o su  ausencia,   el   ‘riesgo  previsto’ por reacciones  adversas,  inmediatas o tardías hasta el cual va su responsabilidad (artículos  16,  Ley  23  de 1981 y 10, Decreto 3380 de 1981), deber que cumple ‘con  el  aviso que en forma prudente,  haga  a  su  paciente o a sus familiares o allegados, con respecto a los efectos  adversos  que,  en su concepto, dentro del campo de la práctica médica, pueden  llegar   a   producirse   como  consecuencia  del  tratamiento  o  procedimiento  médico’  (artículo 10,  Decreto      3380     de     1981).y     dejará     constancia     ‘en  la historia clínica del hecho de  la  advertencia del riesgo previsto o de la imposibilidad de hacerla’  (artículo  12,  Decreto  3380  de  1981).   

8  

        (…)   

El  consentimiento  informado,  es un acto  dispositivo  espontáneo,  esencialmente  revocable,  singular  al tratamiento o  intervención  específica,  recepticio,  de  forma  libre  o  consensual, puede  acreditarse   con   todos  los  medios  de  prueba,  verbi  gratia,  documental,  confesión,  testimonios,  etc.,  y  debe ser oportuno  (CSJ  SC 17 de noviembre de 2011, rad. 1999-00533-01).   

          Síguese  de lo expuesto que la manifestación del paciente en torno  a   conocer   las   circunstancias   que   rodean  su  situación  de  salud  y,  eventualmente,  la  autorización  de  una intervención quirúrgica, no es otra  cosa  que la exteriorización de ser consciente y haber sopesado los alcances de  las  consecuencias  derivadas  del  tratamiento  o  intervención  a  que  será  sometido;  contrariamente,  de  no  estar  enterado  de todo ello, difícilmente  podría,  de manera consciente, decidir lo más aconsejable para sus intereses y  deducirse    probablemente    de    ello    un    daño   susceptible   de   ser  reparado.   

         En  el caso que se analiza, en folio 35, del cuaderno No. 3, aparece  como  prueba  el  documento  que  recoge  la autorización otorgada, debidamente  suscrita  por  la  propia  demandante  en  señal de aceptación,  en donde  claramente   se   observa   que  la  operación  programada  consistía  en  una  «Menisectomía              –Articul+con.  Mandibular».  También  se  aprecia,  así  sea en forma preimpresa, que a la  paciente   se   le  ilustró  sobre  «las  ventajas,  complicaciones,  molestias  y  riesgos  que  puedan  producirse».  Asunto  que  es  ratificado por la accionada al momento de contestar  la demanda (respuesta al hecho 5º).   

         En   consecuencia,   a   partir  de  la  documental  referida  puede  aseverarse  que  respecto  de  la acreditación del consentimiento informado, no  hay  duda.  Y  si  se  trata  de  evaluar una asimilación por la paciente de la  información  recibida  por la cirujana, en otros términos debió plantearse la  queja.  Y,  si  el  propósito  era  derruir  las apreciaciones del ad-quem,  quien  aceptó  ese hecho así  como  su  contenido,  le correspondía a la recurrente  desbrozar  su  inconformidad  no solo alegando su desacuerdo sino, por ser de la  naturaleza  del  recurso  extraordinario, demostrando que tal forma de discernir  resultaba  abiertamente  contraria  a  toda  razón;  no  de  otra  forma  puede  resquebrajar  la  sentencia  opugnada. Su compromiso la obligaba a ir más allá  que  exteriorizar otro punto de vista; le competía acreditar que la motivación  del  fallador  alrededor  de  ese elemento de prueba (consentimiento informado o  ilustrado),   resplandecía   arbitrario  o  ajeno  a  toda  forma  racional  de  aprehender  la  idea  allí contenida. El error de facto, cuando de la actividad  probatoria  se  trata,  ha  dicho  la  Corte,  no  se estructura a partir de una  interpretación  contraria   a  la prohijada por el juzgador; su fundamento  radica  en lograr demostrar que hubo una equivocación abismal, contraria a toda  realidad  procesal,  amén  de  mostrarse  como  un yerro de suma notoriedad, de  evidencia inocultable, manifiesto y, además, trascendente.   

Así  lo expuso la Corporación en reciente  fallo:   

(…)  el  error  fáctico  probatorio recae sobre la materialidad u objetividad de las pruebas, y  acontece  ‘a) cuando se da  por  existente  en  el  proceso  una  prueba  que en él no existe realmente; b)  cuando  se omite analizar o apreciar la que en verdad si existe en los autos; y,  c)  cuando  se  valora  la  prueba que sí existe, pero se altera sin embargo su  contenido  atribuyéndole  una inteligencia contraria por entero a la real, bien  sea  por  adición  o por cercenamiento’ (cas. civ. 10 de agosto de 1999, exp. 4979).   

             En   esta  hipótesis,  el  error  debe  aparecer ‘de  modo  tan  notorio  y  grave que a simple vista se imponga a la  mente,  esto  es  que  para demostrarlo no se requieran complicados o esforzados  raciocinios,  o  en otros términos que sea de tal entidad que resulte contrario  a  la  evidencia  que  el proceso exterioriza, ya que en el recurso de casación  los  únicos errores fácticos que pueden tener el vigor suficiente para quebrar  la    sentencia    atacada    son    ‘los  que  al  conjuro  de  su  sola  enunciación  se  presentan al  entendimiento   con  toda  claridad  sin  que  para  descubrirlos  sea  menester  transitar  el  camino más o menos largo y más o menos complicado de un proceso  dialéctico’ Cas. Civ. de  21  de  noviembre de 1971; 4 de noviembre de 1975 y 14 de diciembre de 1977 y 17  de  marzo de 1994).’ (cas.  civ.  sentencia  18  de septiembre de 1998, exp. 5058), y el recurrente no puede  ‘reducirse  a una simple  exposición   de   puntos  de  vista  antagónicos,  fruto  de  razonamientos  o  lucubraciones  meticulosas  y detalladas, porque en tal evento el error dejaría  de  ser evidente o manifiesto conforme lo exige la ley, caso en el cual la Corte  no  podría  tomar  partido distinto al consignado en la sentencia combatida, no  sólo  porque  ésta ingresa al recurso de casación escoltada de la presunción  de  acierto,  sino  porque  ese  medio  de  impugnación  no  es una oportunidad  adicional  para  debatir  con amplitud las circunstancias fácticas del proceso,  como  si  lo  fueron  las  instancias respectivas. El error de hecho para que se  estructure,  además  de  trascendente,  es decir, que sea el determinante de la  decisión  final,  lo  tiene  dicho  la  jurisprudencia,  debe  ser ‘tan  grave  y  notorio  que  a simple  vista  se  imponga  a  la  mente,  sin  mayor esfuerzo ni raciocinio, o en otros  términos,  de  tal  magnitud, que resulte contrario a la evidencia del proceso.  No  es,  por lo tanto, error de hecho aquél a cuya demostración sólo se llega  mediante   un  esforzado  razonamiento’      (G.J.      Tomo      LXXVII,      pág.      972)’  (cas.  civ.  sentencia 006 de 12 de  febrero  de  1998, exp. C-4730). (CSJ SC 2 de diciembre  de 2011, rad., 2005 00050 01).   

         Empero,  la  accionante,  en  su  libelo,  se  limitó  a decir que:  Así  mismo, le hace firmar una autorización para la  realización  de  la  cirugía  sin  que  se  indique en dicha autorización que  exista  alguna  clase  de riesgo relacionado con  parálisis  facial y  en  el  cual  si  bien  es  cierto  que se manifiesta sobre la libertad de hacer  preguntas  por parte de la paciente y de haber sido puesta  en conocimiento  sobre  las  posibles   dificultades  o  traumatismos   que la cirugía  podría  traer  consigo,  esto por la  importancia  que reviste debía  haber  quedado  consignado   por  escrito  y  no  limitarse  a  cumplir  un  requisito  de forma y no de fondo, circunstancia que no se dio como se prueba en  documento   que   se   anexa   (folio   19,   demanda  sustentatoria de la impugnación).   

Puestas   así   las   cosas,   refulge,  prontamente,   que  la  promotora  del  recurso  extraordinario  no  logró  tal  cometido,  es  decir,  derruir  la  motivación  de la decisión recurrida. Y no  obtuvo  tal  propósito,  habida  cuenta  que  denunciar  que  el  documento que  recogió          el          ‘consentimiento   informado’,  no  fue diligenciado; que en él no se señalaron con precisión,  las  ventajas,  riesgos,  consecuencias,  etc., de la cirugía; que los espacios  quedaron  en  blanco  y, bajo esa circunstancia, argüir que no podía darse por  cumplida    esa    exigencia,    no   resulta   suficiente   para   quebrar   la  sentencia.   

El  aludido  documento  privado  goza  de  autenticidad   por  haber  sido suscrito por la demandante y aceptado   así  por  ella  misma;  el artículo 279 del C. de P. C., le otorga  a esa  clase  de  escrito  auténtico el mismo valor que a los públicos y el artículo  264  ibidem  ordena  que el  alcance  probatorio   de estos consiste en dar fe de su otorgamiento, de su  fecha y de las declaraciones  que en ellos se hagan.   

Por  tanto,  era  necesario   para  la  casacionista   destruir   esa  presunción  de  certeza  contenida  en  las  manifestaciones,  no obstante ser impresas, relativas a que le fueron explicadas  «la    naturaleza   y   propósito    de   la  intervención   quirúrgica o procedimiento especial, también informado de  las    ventajas,    complicaciones    molestias    y    riesgos    que    puedan  producirse».   

La  eficacia probatoria de ese ‘consentimiento  informado’,    deviene    entonces    de    su  carácter   de  auténtico  respecto del contenido del mismo, de haber sido  incorporado  oportunamente  al  proceso y finalmente, lo más importante para el  caso,  por  no  existir  prueba  válida  que contradiga la mentada sinceridad y  veracidad  de  su  contenido,  ni tacha de falsedad que demerite lo expuesto. En  esos  precisos  términos  se  trajo al conocimiento  de la Corte, el dicho  allí expresado.   

          Pero  además,  para  la  actora,  no resultaba del todo extraño el  tema  de  la  vasculitis, pues de conformidad con la información que aparece en  el  trámite,  ya existían  consultas previas a la cirugía en donde se le  había  enterado  de esa probabilidad, como así se desprende de las citas a las  que  asistió  con  la  médica  general Olga Alicia Cuervo Cely; los eventos de  parálisis  no  constituían una novedad en su estado físico, habida cuenta que  el   propio   experto   Eduardo   Alirio   Zuluaga   expuso  que  «    la    nueva    parálisis   facial  probablemente   fue  un nuevo episodio de parálisis  de nervios de la  cara  como  los  ya  presentados  antes,  de  causa  no  conocida».  A lo que debe agregarse, a título de ilustración, porque ello no  es  óbice  para atribuir responsabilidad (art. 10 ley 23 de 1981), que esa  situación  no  fue comentada en oportunidad a la odontóloga demandada como era  deber  de  la  paciente;  al  menos  no  aparece tal circunstancia acreditada o,  siquiera, referida.    

          14.   En   conclusión,  los  términos  en  que  fue  planteada  la  impugnación  no  resultan  contundentes  para  arrasar  la  sentencia objeto de  censura, lo que implica desechar la acusación.   

          El cargo no prospera.   

V. DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República  de  Colombia  y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia  proferida  el veinticinco (25) de  noviembre  de  dos  mil once (2011), por la Sala Civil del Tribunal Superior del  Distrito  Judicial de Bogotá, dentro del proceso ordinario promovido por ISABEL  MONTOYA  NARANJO,  en  nombre  propio  y  en el de su hijo JUAN SEBASTIAN VARGAS  MONTOYA,   contra   EUGENIA   GUTIÉRREZ   SANTOS  y  la  sociedad  E.P.S.  CRUZ  BLANCA.   

Costas a cargo de la parte recurrente.   Conforme  lo  previene  la Ley 1395 de 2010, se fija por concepto de agencias en  derecho  la  suma  de  $6.000.000.oo.,  atendiendo   que  la opositora hizo  presencia en este trámite, dando respuesta al recurso.   

         Cópiese, notifíquese  y, en su momento, devuélvase.   

JESÚS  VALL  DE  RUTÉN  RUIZ   

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

ALVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

Impedido  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA    

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