S 012 99

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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S-012-99

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA    DE   CASACION   CIVIL Y AGRARIA   

Magistrado      Ponente:   

DR. JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

Santafé  de Bogotá Distrito Capital, cinco  (5) de mayo de mil novecientos   

Rad. Expediente 4978   

                      Decide la  Corte   el  recurso  de  casación  propuesto  por  la  demandante  RAQUEL   GUTIERREZ  SALAZAR,  contra  la  sentencia  del  29  de  junio de 1993, proferida por la Sala Civil – Laboral del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Neiva, dentro del proceso ordinario  promovido  por  la  recurrente,  junto con JESUS MARIA  ZANABRIA   PERDOMO   E  IRENE  CABRERA  PENAGOS,  frente  a  la  «COOPERATIVA DE MOTORISTAS DEL HUILA Y  CAQUETA   LTDA.-   COOMOTOR-»   e   ISIDRO  QUINTERO.   

                           1.  Correspondió  al  Juzgado  Primero  Civil  del  Circuito de Neiva aprehender el  conocimiento  del  libelo  en  virtud del cual los demandantes deprecaron que se  declarara  que  los  demandados  son  «solidaria  y civilmente responsables» del  accidente  de  tránsito acaecido en esa ciudad el 22 de noviembre de 1986 y por  cuya  causa  fallecieron  los  señores  LUIS ALBERTO  GUTIERREZ   y   JESUS   ANTONIO   ZANABRIA   CABRERA.  Impetraron,  subsecuentemente,  que  se condenara a los encausados a pagarles la  totalidad  de  los  perjuicios patrimoniales y de afección que con tal insuceso  se les ocasionaron.   

                           2.  Fundamentan  estos  pedimentos  en  los  supuestos  fácticos  que  bien  pueden  compendiarse así:   

                      El 22 de  noviembre  de 1986, hacia las 12 del día, el bus de placas VX-1780 de propiedad  del  demandado  ISIDRO  QUINTERO  y conducido por un hijo suyo del mismo nombre,  colisionó  en la intersección de la avenida «La Toma» con carrera 2a de Neiva,  con  la  motocicleta   marca Honda, modelo XL125S, conducida por quien a la  sazón  era  su poseedor material, señor LUIS ALBERTO GUTIERREZ y quien viajaba  acompañado por el joven JESUS ANTONIO ZANABRIA CABRRERA.   

                   El conductor  del  bus  hizo caso omiso de la señal de pare que en ese sitio le correspondía  acatar,  y  debido  a  la  excesiva  velocidad a la que conducía, chocó con el  bomper  del  automotor la parte central de la moto, con tal fuerza que arrojó a  sus  dos ocupantes «…a una distancia de cinco y ocho metros, aproximadamente y  sobre  la  avenida  de `La Toma’…», mientras que el bus detuvo su marcha en la  intersección de esta avenida con la carrera 3a.   

                     Por razón  de  la  colisión,  los  dos  ocupantes de la moto fallecieron el mismo día del  accidente   en   el  Hospital  General  de  Neiva,  con  un  intervalo  de  seis  horas.   

                   LUIS ALBERTO  GUTIERREZ  era  un  joven  de  28  años  de  edad que laboraba como operador de  maquinaria  agrícola  y  que  con  sus ingresos contribuía al sostenimiento de  RAQUEL  GUTIERREZ,  su  madre,  persona  casi  inválida por causa de una penosa  enfermedad.   

                   Por su parte  JESUS  ANTONIO  ZANABRIA  CABRERA, en ese entonces de 21 años de edad, laboraba  en  la  finca de su padre, tarea con la cual contribuía al sostenimiento de sus  progenitores,  quienes,  al  igual  que  la otra demandante, se ven privados del  afecto  y cooperación de sus hijos, por causa de la impericia del menor de edad  que  guiaba  el  bus,  la  imprudencia  del  propietario  del  mismo   y la  tolerancia  del  conductor  asignado  por la empresa, quienes permitieron que el  menor,  violando las normas de tránsito, lo condujera, factores todos estos que  confluyeron en la causación del daño que se alega.   

                    3. Enterada  la  empresa transportadora de las pretensiones que se le enfrentaron, se opuso a  las  mismas,  afirmando  desconocer  los  hechos  que  la  soportan, llamando en  garantía  a  la  sociedad «COLSEGUROS S.A.», llamamiento que también impetrara  el  demandado  ISIDRO  QUINTERO quien, además de oponerse a las pretensiones de  la demanda, propuso excepciones de fondo.   

                      4.  A la  primera  instancia  puso fin la sentencia del 9 de abril de 1991 por medio de la  cual  el  a-quo desestimó  las  pretensiones  de la demanda, providencia que fue confirmada por el Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Neiva al despachar la apelación propuesta  por la parte actora.   

LAS RAZONES DEL TRIBUNAL  

                      Luego de  destacar  los  antecedentes relevantes del litigio y de señalar que se trata de  una  acción de responsabilidad civil extracontractual derivada del ejercicio de  actividades  peligrosas,  advierte  el  Tribunal que están fuera de discusión,  tanto  el  suceso del accidente, como la defunción de los señores LUIS ALBERTO  GUTIERREZ  y  JESUS ANTONIO ZANABRIA CABRERA por causa del mismo. De igual modo,  encuentra  probada  la  legitimación  de  la  parte  demandante con base en los  certificados  allegados  con la demanda y que dan fe de los vínculos parentales  en  ella  aducidos,  al  paso  que  del  certificado  expedido por la Oficina de  Transportes  y  Tránsito  del  Huila,  infiere que el demandado ISIDRO QUINTERO  era,  para  la  época  del percance, el propietario del bus, hecho que, agrega,  aceptó al contestar la demanda.   

                      En lo que  concierne  con  la  calidad en que fuera citada la Cooperativa encausada, afirma  el  ad-quem que ésta quedó  establecida  en  la  diligencia  de  inspección  judicial  realizada  sobre los  documentos  alusivos  a  la  afiliación  del  bus,  y  de  los  cuales se dejó  fotocopia auténtica en el expediente.   

                     

Como  quiera  que  los  dos  vehículos  se  encontraban  en  movimiento,  prosigue,  la  presunción  de culpabilidad de que  trata  el artículo 2356 del Código Civil, recae no solo sobre el conductor del  bus,  sino  que  también  cobija  al  de  la moto, circunstancia por la cual la  presunción  de  culpa  no  rige exclusivamente para la parte demandada sino que  comprende igualmente al demandante.   

                       Cita  a  continuación   jurisprudencia   de  esta  Corporación  para  destacar  que  en  acontecimientos  similares,  quien  pretenda  indemnización  por  dicha  causa,  deberá  demostrar  los  elementos  que  estructuran  la  responsabilidad civil,  incluyendo  el  subjetivo  o  culpa,  para  emprender, luego, la búsqueda de la  comprobación  de  este aspecto, asentando para tal efecto, que la única prueba  que  obra  al respecto en el expediente, es la declaración del señor JOSE EDIL  BERNAL,  de  la  cual hace una sinopsis, recalcando los fragmentos que considera  más importantes.   

                      Si bien  estima  que  tal testimonio es responsivo en lo referente a que el conductor del  bus  no  hizo  el  pare  pertinente,  encuentra  que  su  respuesta  no  fue  ni  categórica,  ni  espontánea  porque,  en cierta forma, el testigo reproduce la  pregunta,  amén  que  de  su  texto  puede inferirse que era una deducción del  deponente,  como  lo  sostiene  el  a-quo,  o  bien que se trata de una simple explicación de su dicho. En  todo  caso, agrega, debe tenerse en cuenta que el testigo no se encontraba en el  sitio de la colisión, sino a una distancia aproximada de 80 mts.   

                   Repara en  que  si  bien  es  cierto son fundadas la objeciones del apelante en torno a las  declaraciones  de  RICARDO  RAMIREZ  y  RICARDO  GARZON, en cuanto las considera  discrepantes  entre  si, no es menos cierto que estas testificaciones sí tienen  la  virtualidad  de  infirmar  el  dicho  del testigo Bernal en lo relativo a la  persona  que  conducía  el  bus,  puesto que RICARDO RAMIREZ admite que era él  quien  lo  guiaba,  aseveración  que,  según su parecer, no puede desatenderse  dada la gravedad de tal reconocimiento.   

                   Encuentra  el  Tribunal  otras  inconsistencias en el testimonio de BERNAL, como aquella de  no  recordar  el  nombre  de  una  de las personas que hablaron con él momentos  antes  del accidente, no obstante dejar entrever que con ellas iba a realizar un  negocio,  motivo  por el cual no ve en su dicho la prueba de la culpabilidad del  conductor del bus.   

                    Le resta  importancia  a  la  inasistencia  del  gerente  de «COOMOTOR» a la diligencia de  interrogatorio  de  parte  a  la que fuera citado, porque en este caso, dice, la  validez  de  la  confesión  del  representante  legal se condiciona a que éste  tenga  facultades  para  «imponer  al  representado la obligación que surja del  hecho   confesado»,   facultad   que   no   se   encuentra   acreditada   en  el  proceso.   

                    Además,  añade,  la  supuesta  confesión  resultaría  infirmada por la declaración de  RICARDO  RAMIREZ,  y  que  el  indicio  de  que  trata  el  artículo 201 (sic.)  ejusdem   ,  carece  de  eficacia  demostrativa  por  no tratarse de un indicio necesario, amén de estar  desprovisto  del  requisito  de  la  pluralidad,  según  así  lo  establece el  artículo        250        ibídem.   

                     En ese  orden  de  ideas,  concluye  el fallador, como quiera que no se puede prescindir  del  elemento  subjetivo  de  la  responsabilidad,  incumbía  a los demandantes  acreditar  la  culpa  de los demandados, carga probatoria que no fue debidamente  atendida por aquellos.   

LA   DEMANDA   DE   CASACION   

                  Como ya se  dijera   el  recurso  de  casación   propuesto  por  la parte actora,  solamente  fue  admitido  en  relación  con  la  codemandante RAQUEL GUTIERREZ,  habida  cuenta  que  el  interpuesto en favor de los otros demandantes  fue  inadmitido  por  razón  de  la cuantía. De los dos cargos que en la demanda se  plantean  contra  el  fallo  impugnado,  fundados  ambos en la causal primera de  casación,  despachará  la  Corte  únicamente  el  segundo por estar llamado a  prosperar.   

SEGUNDO CARGO.  

                         Se  denuncia  en él la sentencia recurrida de haber violado, de modo indirecto, los  artículos  2341,  2344-1,  2343-1  y  1626  del  Código  Civil,  por  falta de  aplicación,  como  consecuencia del manifiesto error de hecho en que incurriera  el  Tribunal  Superior  de Neiva en la apreciación de la prueba, a consecuencia  del  falso entendimiento de las disposiciones contenidas en los artículos 227 y  228 del Código de Procedimiento Civil.   

                       Para  sustentar  sus  imputaciones,  la  censura  transcribe  aspectos  del  fallo del  Tribunal,  apuntando  que éste malinterpretó algunos pasajes del testimonio de  José  Edil  Bernal Andrade, quizás por estar preocupado en calificar si una de  las  respuestas  era  o  no  categórica,  o  si  utilizó el mismo lenguaje del  interrogador  o,  en fin, acusándolo de falta de originalidad; en consecuencia,  le  hace  decir  lo  que  no ha afirmado, atribuyéndole “incongruencia” por  incurrir  en  contradicciones  con otros testigos, a los cuales ha descalificado  por     las     múltiples     inconsistencias     que    presentan    sus   versiones.   

                   Añade el  impugnante,  que  Bernal Andrade reseña lo que constituye el meollo del asunto,  es  decir, la señal de pare y su omisión por parte del conductor del autobús,  cuando  dice  “que  después  de  hablar  con  los  jóvenes,  en  su  casa de  habitación,  situada a unos ochenta metros de la intersección de la Avenida La  Toma  con  carrera  segunda  de  Neiva  -lugar  del  accidente- ellos arrancaron  ‘…y  yo también iba  de  salida,  yo había andado unos veinte metros cuando el bus que venía por la  avenida  la  toma  (sic) subiendo hacia el occidente, se los llevó por delante,  los  mató  …’ (cdno.  2,   fl.   63   v.);   que   allí   ‘…  existe  una  señal  de transito (sic) marcada en el piso que  indica  el  pare de los vehículos que transitan por la Avenida La Toma en ambos  sentidos’  (fl.  65) y  que  ‘el bus no atendió  ninguna     señal     de     pare’…”.   

                  Critica el  Tribunal  este  testimonio  porque,  agrega,  el  declarante utiliza un lenguaje  similar   al   de   los  interrogadores,  tildándolo,  entonces,  de  falto  de  originalidad  y  espontaneidad,  además  de  estar  infirmado  por  el dicho de  Ricardo  Ramírez en lo relativo a la persona del conductor del bus, no obstante  que  éste  y  Ricardo  Garzón  son  testigos  que a los ojos del sentenciador,  denotan  discrepancias  y  desacuerdos en torno a las circunstancias anteriores,  concomitantes     y     posteriores    del    accidente,    que    les    mengua  credibilidad.   

                    Sobre la  violación  del “pare” precisa que no fue una sola la respuesta del testigo,  sino  que éste, a lo largo de su declaración, concreta el alcance de su dicho,  por   lo   que   es  completa.  Advierte  el  deponente  “que…  ‘el  bus  venía  por  la avenida la  toma  (sic)  subiendo  hacia el occidente, se los llevó por delante’,  lo  cual  denota espontaneidad y  una   tácita   explicación   del   siniestro:   no  hizo  pare  alguno  en  la  intersección”.  Esta  respuesta no  carece de espontaneidad, sino que es  responsiva,  exacta y completa. El declarante da cuenta de la razón por la cual  se  percató  del  hecho  fatal:  “conocimiento  personal  de  las  víctimas,  conversación  última  con ellos sostenida,  proximidad del lugar de donde  partieron  al  lugar del accidente,  inmediatez, vecino del sector”. A lo  anterior  se  suma  que  hizo  un  relato  completo  sobre  el sentido en que se  desplazaba  cada  vehículo, la prevalencia de la vía, la forma del impacto que  coincide  con  las  fotografías  aportadas por el propietario del autobús; hay  exactitud   en  las  circunstancias   de  modo,  tiempo  y  lugar;  es  coherente,  no incurre en contradicción consigo mismo. Sus respuestas no llaman  a duda; son breves pero claras.   

                  No existe,  pues,  la  falta  de  originalidad   que  le  imputa el Tribunal porque con  anterioridad  había  puntualizado  el  testigo  que “el bus se los llevó”,  reiterándolo    poco    después    al    decir    que    “…   ‘El  busno  (sic)  atendió  ninguna  señal  de pare’. (Cdno.  2,  fl.  65)”,  contestación  que no puede tacharse de falta de originalidad,  razón  por la cual el sentenciador incurrió en evidente error de hecho cuando,  de  manera  tangencial  y  en  punto  al  análisis de la anotada pregunta doce,  asevera    “que    también    acontece    en    la    respuesta   final   del  interrogatorio”.   

                    

                         El  deponente,  acota  el impugnante, al narrar las circunstancias concomitantes del  siniestro,  precisa  que el autobús colisionó “totalmente de frente, bien de  frente,  los  cogió  de  lleno,  no  hubo  nada que hacer” (cdno. 2, fl. 64),  reiterando  lo  ya por él expresado al inicio: “se los llevó por delante”;  que,  luego   con  seguridad  y  sin  dubitación repite: “El busno (sic)  atendió  ninguna  señal  de  pare”  (fl.  65)”, respuestas que, de ninguna  manera  constituyen  simples juicios de valoración, ni carecen de originalidad,  como lo asevera el Tribunal.   

                         La  normatividad  procesal  que  rige  la evaluación de la declaración del testigo  (artículos  227  y  228 del Código de Procedimiento Civil), se ocupa, dice, de  tres  aspectos  para  efectos  de  su credibilidad: que sea responsiva, exacta y  completa.  El Tribunal encontró satisfechos el primero y el último, no así el  segundo  que  opera  “cuando  la  respuesta  no deja lugar a incertidumbre”.  Empero,  la  “falta  de  originalidad”  reprochada  al testigo, no significa  inexactitud   o  incertidumbre.  No  ser   exacto,  en  materia  de  prueba  testimonial,  asevera, es dejar campo a la dubitación, a que pueda tenerse como  probable  o  no verificable el hecho. Un “tal vez” de lo narrado, o  un  “quién  sabe”.  “Lo  que  la  sentencia  confunde, en verdad,  es la  pregunta  sugestiva  con la incertidumbre en la respuesta. Puede darse aquella y  no ésta; o de modo inverso; o una y otra”.   

                  Puntualiza  la  censura  que  la  Corte ha admitido cierta sugestividad e insinuación en el  interrogatorio  al  testigo,  aserto  que  apuntala citando el texto pertinente,  amén  de  que  “no  demerita la credibilidad del testimonio que se examina el  que   la   explicación  que  acompaña  a  la  respuesta  doce,  por  no  estar  ‘dada   en   forma  suficientemente           categórica          y          explícita’, pueda tenerse como una deducción  del  deponente”.  La contestación es explícita y reiterada en el sentido que  el  conductor  del bus no hizo el pare, además que las tres preguntas atinentes  a  ese  hecho  no están formuladas de modo tal que el testigo no hubiera tenido  otra  respuesta  que dar o alternativa distinta para responder; sin que, de otro  lado,  sea  imposible  evitar  que el testigo dé opiniones, conceptos, juicios,  que   complementen  su  narración,  juicios  que,  por  lo  demás,  no  están  proscritos  del  régimen probatorio colombiano, según  se desprende de la  parte  final del inciso 3o. del artículo  227 del Código de Procedimiento  Civil     que,     contrario    sensu,  tolera  las  respuestas  a  preguntas  que  tiendan  a provocar  conceptos  del  declarante, cuando éstos son necesarios para precisar o aclarar  sus percepciones.   

                     “Por  ende,  advierte el censor, la respuesta dada por el testigo a pregunta sugestiva  no  demerita,  por  sí  misma,  la credibilidad del testimonio, menos aún  cuando   en  la  declaración  de  las  circunstancias  modales  del  hecho  son  reiteradas,  exactas  y  coherentes.  Esto  último  -la  reiteración y la  coherencia-,  es  lo  que  el  Tribunal no quiso ver; o si vio,  no otorgó  relievancia  en  la  ponderación  del  único  medio probatorio; amén de haber  considerado,  por  falso  entendimiento  de  las normas procesales citadas en el  cargo,  que  toda  pregunta  sugestiva  torna  en  inexacto el testimonio,   creando,    para   proscribir,   una  relación  de  equivalencia  pregunta  sugestiva  =  respuesta  inexacta, incurriendo, por tales razones, en manifiesto  error   facti   in    iudicando”.   

                    El Error  del  fallador  cobra  mayor  entidad, prosigue el impugnante, cuando el Juzgador  ad   quem,   trae   el  testimonio  de  Ricardo  Ramirez, al que había descalificado, para resaltar que  el  testigo  único  falla  en  “lo  relativo  a  la persona del conductor del  bus”,  sin  poner  atención  en  que  ese  testigo  oculta  la  presencia del  joven   al  decir:  “que  yo me acuerde venía con el ayudante del bus de  nombre  Ricardo”,  incurriendo  en  contradicción  con Ricardo Garzón, quien  asevera  que  con  ellos  iba  “un  mucho  (sic)  o el hijo del dueño del bus  …”.  Si  carece de valor probatorio cierto testimonio, peca de manera grave,  el  juzgador  que  lo tiene como base para confrontarlo con el  dicho   de     otro     testigo    único.    Es   incongruente   el  raciocinio   lógico   jurídico  que  toma  como   premisa  un  testimonio  descalificado  para  inferir  de él la infirmación de  otro;  es  decir, que no puede fundarse el análisis o valoración de una prueba  en  otra  que  carece  de  mérito o poder de convicción. “Es el principio de  tercero  excluído  (sic)  que, en materia probatoria, lleva a la conclusión de  que  uno  de los dos testimonios (o grupo coincidente de testimonios) debe tener  mérito  probatorio. Es un axioma ontológico: Premisa mayor: el testimonio de X  no  prueba el hecho; premisa menor; el testimonio de Y es contrario; conclusión  de  modo  necesario:  éste  -el de la premisa menor- debe probarlo, como que no  pueden   ser   contradictorias   las  dos  premisas  (principio  lógico  de  no  contradicción).   Para  el  sub  judice,  razónase  así:  Los testimonios de Ricardo Ramírez y Ricardo  Garzón  no  prueban  el  hecho  (Cdno.  5, fl. 28); el testimonio de José Edil  Bernal  A., testigo único (cdno. 5, fl. 35), se opone a los de Ricardo Ramírez  y  Ricardo  Garzón  en el mismo hecho; luego el testimonio de José Edil Bernal  A., prueba el hecho”.   

                                           Finalmente,  destaca  la censura cómo el Tribunal encontró otras  inconsistencias  en  el  testimonio  de  Bernal  que  contribuyeron  a  restarle  credibilidad,  como  aquella  de  no  recordar  el  nombre  de   uno de los  jóvenes  que  hablaron con él; no obstante, deja entrever que con ambos tenía  un  negocio  en cuanto a la preparación  de un terreno, e igualmente la de  sostener   que  el  joven,  cuyo  nombre  no  recuerda,  era  el  dueño  de  la  motocicleta,  para  manifestar,  a  renglón seguido, no conocer este vehículo.  Sin  embargo,  el testigo no aseveró haber mantenido amistad con las víctimas,  luego  no  tendría  porque  exigírsele  el  recordar  los  nombres;  supone el  sentenciador  que la eventual celebración de un negocio debe comportar, de modo  ineludible, mantener en la memoria los nombres de tales personas.   

                       Así  mismo,  sí  afirmó  que  el dueño de la motocicleta era aquél cuyo nombre no  recordaba;  jamás  aseveró  no conocerlo. El Tribunal, en donde le preguntaban  al  testigo si “Conduce Ud., motocicleta”, a lo cual éste contestó que no,  entendió  que  si  “conoce”  en  lugar  de  “conduce”,  incurriendo  en  evidente error de hecho.   

S   E    C  O  N  S  I  D  E  R  A:   

1.  Entre  los  diversos  aspectos  a  cuyo  análisis  debe  dedicarse  el  juez  para  ponderar  la eficacia probatoria del  testimonio,     se     encuentran    algunos    de    naturaleza    subjetiva,  que le permiten establecer  la  idoneidad  del  testigo  para rendir declaración judicial, aptitud que debe  enjuiciarse,   entonces,   desde   dos  ópticas  claramente  definidas  por  el  legislador:  de  un lado, la habilidad fisiológica del declarante para percibir  los  hechos  sin  equivocarse,  requerimiento  este  que  habrá de conducirlo a  rechazar   ab-initio  el  testimonio  de las personas previstas en los artículos 215 y 216 del Código de  Procedimiento  Civil,  amén  que lo impulsará a cerciorarse de las condiciones  sensoriales  de  los  deponentes;  y,  de  otro  lado, a determinar su idoneidad  moral,  particularidad que debe apremiarlo a examinar con mayor celo el dicho de  quienes  se  encuentren  en  cualquier  situación  que  los  torne  proclives a  engañar  o  mentir,  circunstancias  estas  que, valga la pena anotarlo, pueden  ser,      según     lo     prevé     el     artículo     217     ejusdem,  de muy variada índole.   

                      Otras  condiciones     por     el     contrario,     apuntan    a    la    forma como se produce la declaración,  esto  es,  al  modo  y  la  oportunidad  de  la misma, aspecto que conducirá al  juzgador  a  establecer,  entre  otros,  el adecuado discernimiento del lenguaje  utilizado  por  el  testigo y a preocuparse por advertir si éste recurrió a un  estilo  artificioso  o  afectado,  lo  que  de  ordinario  denota un premeditado  esfuerzo mental por engañar.   

                    De igual  modo,  cuando  algunas  expresiones  y  precisiones se repiten mecánicamente en  varios  testimonios,  podrá  colegir el juzgador cierto afán de los deponentes  por  narrar  un  libreto  preestablecido,  ocurrencia  que  les  podría  restar  crédito  habida  cuenta  que esa “identidad de inspiración” o concordancia  entre  los  testigos  es,  en  verdad,  inusitada. También estará atento a las  vacilaciones  o  turbaciones del declarante, pues ellas suelen obedecer al temor  a  ser  descubierto,  a no contradecirse, nada de lo cual suele acontecer cuando  se dice con la verdad.   

                   Asimismo,  deberá  establecer  si  la  respuesta  del  atestiguante no fue sugerida por el  interrogador,  análisis  que  lo  pondrá  de  cara  a uno de los aspectos más  controversiales  de  la  prueba  testifical porque, si bien lo ideal en el punto  pareciera  ser  que  el  declarante deba ser sometido a un examen abierto que le  permitiera  la  libre  exposición  de  los  hechos  por  él conocidos, librado  subsecuentemente  de  cualquier  influencia  malsana  de  quien  interroga,  tal  método  que garantizaría la espontaneidad y sinceridad de su versión, podría  aparejar,  empero, la vaguedad y falta de colorido de su deposición, la cual se  caracterizaría,  entonces, por la poca concreción del testigo y la ausencia de  pormenores  que  enriquezcan  su  testificación.  De  ahí  que sea admitida la  técnica   de   la  declaración  provocada,  que,  por  supuesto,  favorece  un  testimonio  más  concreto  y  acaso  más  preciso,  pero  que  trae consigo la  eventual  sugestión  a  que  pueda  ser  sometido el deponente, amén de que la  espontaneidad  de  su  dicho  flaquearía  en  provecho  de  la  concreción del  mismo.   

                  Para salir  al  paso  a estos inconvenientes, el Código de Procedimiento Civil prohíja una  técnica  mixta  en  virtud  de la cual el juez debe apremiar al declarante para  que  realice  una narración abierta de los hechos, interrogándolo, en seguida,  en  procura  de  “precisar el conocimiento que pueda tener sobre esos hechos y  obtener  del  testigo  un  informe espontáneo sobre ellos” (artículo 228 del  Código   de  Procedimiento  Civil),  esforzándose  porque  el  testimonio  sea  “exacto  y completo, para lo cual exigirá al testigo que exponga la razón de  la  ciencia de su dicho con explicación de las circunstancias de tiempo, modo y  lugar  en  que  haya  ocurrido  cada  hecho  y  de  la  forma  como  llegó a su  conocimiento  teniendo en cuenta lo dispuesto en el artículo 226”    (artículo  228  ejusdem),  todo  ello,  obviamente,  con el fin de recoger una atestiguación espontánea y  sincera  que  se  erija  en  un  valladar  frente  a  las  eventuales  preguntas  insinuantes  de las partes, las cuales, como se sabe, también están facultadas  para  examinar  al  deponente,  sujetándose,  empero,  a  lo  previsto  en  los  artículos   226,   227  y  228  ibídem.  En lo pertinente, el artículo  226  impele al juez a rechazar las preguntas que sugieran la contestación, como  acontece  con  todas  aquellas que exigen del testigo una respuesta afirmativa o  negativa,  generándole  lagunas  en la memoria que aquél pretenderá colmar de  la  manera  más  fácil y convincente posible, o, primordialmente, con aquellas  otras  en  las  cuales se enuncia la respuesta que se espera; si no obstante las  precauciones  que  el  juez  adopte  en  el  transcurso  del interrogatorio para  impedir  la  formulación  de  esa especie de preguntas, estas se plantearen, el  fallador  deberá  examinar  con  especial  celo  el  testimonio,  con  miras  a  establecer  si  la  respuesta del deponente es en verdad el fruto de la pregunta  sugestiva.   

                     Mas tal  afán  del  juzgador no debe trocarse en desmesurada severidad, toda vez que, si  bien  es  deseable que la prueba testimonial se ciña  ajustadamente  a  las reglas legales prescritas en los preceptos mencionados, no  lo  es  menos  que  esa  labor  no  puede  ejecutarse  con  “…  ‘desmedido  rigor,  puesto  que  es  común  que los declarantes, por su escasa cultura, su poca locuacidad, su misma  discreción,   mesura  o  prudencia,  sus  limitantes  sicológicos,  el  tiempo  transcurrido  entre  la  ocurrencia  de  los hechos y el momento en que declara,  tenga  que  ser  inquirido  sobre el conocimiento de los hechos, en lugar de que  éste  inicialmente  haga  un relato de los mismos. Por estas circunstancias, se  debe  tolerar  cierto  margen  sugestivo o insinuante en el interrogatorio, como  hoy  lo  acepta  la doctrina, máxime cuando es verbal, que, como norma general,  no  es  calculado  ni viene hábilmente dirigido. En este mismo orden de ideas y  como  se presentan declarantes que no son expresivos, o porque su impreparación  los  limita,  o  porque  solo  les  consta  lo  que  contiene  la  pregunta, sus  respuestas  son  igualmente cortas, pero no del todo inexpresivas. De suerte que  si  el  juez no dispuso que el testigo hiciera un relato de los hechos objeto de  su    declaración,    pero    por   otra   parte   en   el   interrogatorio   y  contrainterrogatorio  que  le formulan las partes ha expuesto los hechos por él  conocidos,  atinentes al litigio, con precisión y claridad, aquella omisión no  puede  conducir  a  restarle toda eficacia probatoria a tal prueba. Como tampoco  cuando  dentro  de  un  aceptable  margen  de  tolerancia  se formulan preguntas  sugestivas  al  declarante,  o este responde en pocas palabras lo que le consta,  pero   de  manera  clara  y  correcta’.  (Cas.  Civ.  de 30 de julio de 1980, 6 de julio de 1987 y 25 de  julio de 1990)” (Sentencia del 30 de mayo de 1996).   

                         En  consecuencia,  para  efectos  de aquilatar el testimonio, incumbirá al juzgador  distinguir  las  preguntas  abiertamente sugestivas o  sugerentes,  en  las que el “hecho real o supuesto  que  el  interrogador  espera y desea ver confirmado con la respuesta, se indica  al  interrogado  mediante  la pregunta”, de aquellas interrogaciones meramente  determinativas  que  se  imponen  cuando  por  causa  de  la  divagación,  inexactitud  o  parquedad del  declarante,  el  interrogador  se  ve compelido a inquirirlo para que precise su  respuesta,  interrogación que suele caracterizarse porque parte, la mayoría de  las  veces,  de  conceptos que el mismo testigo ha esbozado con anterioridad o a  dejado apenas bosquejados en su deposición.   

                                           Finalmente,  cabe  destacar aquí que el sentenciador debe reparar  en     las     condiciones      que    atañen    con    el    contenido  de la declaración y que le  imponen   el   escrutinio   de  aspectos  intrínsecos  de  la  misma,  como  su  verosimilitud  o  inverosimilitud, la índole asertiva o dubitativa de la misma,  la  determinación  de  las  circunstancias  de  modo,  tiempo  y  lugar  de  su  percepción,  etc.,  o  extrínsecos,  como  las  contradicciones en que hubiere  incurrido con otros testimonios considerados mas fiables.   

                     2.De la  mano  de  las  precedentes consideraciones, puede palparse, en el caso que ocupa  la  atención  de la Corte, cómo el Tribunal, al abordar el examen de la prueba  testimonial,  más  concretamente  la declaración rendida por José Edil Bernal  A.,  incurrió en los errores de hecho que le atribuye la censura, especialmente  en  lo concerniente al punto medular de su declaración, vale decir, lo relativo  a  si  el  conductor  del bus había realizado el pare a que por los reglamentos  del  tránsito  vehicular  estaba  obligado.  Al respecto asentó el fallador lo  siguiente:  “…  El  texto de la respuesta en comento y de la pregunta que la  originó  son  del  siguiente  tenor: ‘PREGUNTADO:  Presenció  usted  si  el  …, autobús hizo el pare  correspondiente  para  dar  prelación  a  los  que  transitan  por  la  carrera  segunda’,  CONTESTO:  ‘El  no  hizo el pare,  porque  desde  que  hubiera  hecho el pare le había dado prelación a los de la  moto      que      iban      por      la      carretera      segunda’.       

                      “La  respuesta  así  dada,  según  lo  sentenciara el ad  quem,   acusa   falta   de   originalidad   y   de  espontaneidad,  ya  que guarda identidad con el lenguaje empleado en la pregunta  -lo   que   también   acontece  en  la  respuesta  final  del  interrogatorio-,  reproduciéndose  ésta  en  cierto  modo,  en  cuanto  dice  relación  con  la  explicación  que  suministra  el  testigo; y en cuanto  al yerro que en la  apreciación  de  su  contenido  le  endilga el censor al juzgado, la Sala no lo  advierte;  porque si bien es cierto que el análisis que al respecto hace aquél  es  más  sutil y severo que el del a-quo,  los  términos en que aparece consignada dan lugar a entenderla  en  el sentido que uno y otro le asignan; bien como una conclusión o deducción  del  deponente,  o  bien  como  una  explicación  con  la cual afirma su dicho,  precisamente  porque  tal  explicación  no  es  dada  en  forma suficientemente  categórica  y  explícita,  a lo que debe agregarse un hecho que no puede pasar  desapercibido,  cual  es el de que el testigo no se encontraba en el lugar donde  según  él  debió  hacerse el pare, sino a una distancia aproximada de 80 mts.  de  este  sitio, circunstancia que pudo ser la que indujo a declarar en la forma  en que lo hizo”.   

            

                         Es  diáfano,  en  primer  lugar,  que el sentenciador no apreció en su contexto la  declaración  del mencionado testigo, pues de haberlo hecho habría llegado a la  conclusión  opuesta.  En  efecto,  es  menester  recordar  cómo  el  señalado  declarante  fue  previamente  interrogado  así: “Sírvase manifestar si Usted  recuerda  de  un  accidente de tránsito ocurrido en noviembre de 1986, ocurrido  en  la  carrera  2ª y Avenida La Toma de Neiva, entre un bus y una motocicleta.  En  caso  afirmativo narre las circunstancias en que tal hecho ocurrió”. A lo  cual  aquél contestó: “Si señor, fuí (sic) testigo palpable del accidente,  es  decir,  yo  estaba parado frente al apartamento de mi propiedad, cargando un  ladrillo  cuando  los  dos  muchachos  arrimaron al píe (sic) de mi camioneta a  preguntarme  cuando  (sic)  iba  yo  a  prepararle el terreno, los muchachos era  (sic)  José  Zana, se corrije (sic), Jesús Zamabria (sic), el otro no recuerdo  el  nombre;  yo  les  manifesté que todavía no sabía porque no había hablado  con  Aldemar  Quintero  cual  (sic) era el precio del terreno a como (sic) iba a  preparar  por  hectárea,  ellos  me dijoern (sic) nos vemos en el Juncal, ellos  arrancaron  y  yo  también iba de salida, ellos corrijo, yo habían andado unos  veinte  metros  cuando  el  bus  que  venía  por la  avenida  la  toma  subiendo  hacia  el occidente, se los llevó por delante, los  mató,  yo  arrimé  donde estaba la moto,  él  (sic)  uno  quedó  retirado del otro, y arrimó otro señor y dijeron ya están  muertos;  el  señor  (sic)  bus  intentó  huir, el chofer quien iba totalmente  solito,  y arrimaron otros señores y le dijeron que no se fuera porque  ya  había  hecho el accidente, luego llegó la policía y se llevaron los muertos y  el  carro,  de  ahí en adelante no se más, se los llevaron me imagino que para  el hospital” (se subraya).   

                    A partir  de  esta  explanación  del  deponente,  el  apoderado  de  la  parte demandante  procedió  a  inquirirlo por cuestiones más precisas sobre los hechos narrados.  De  ahí  que  le hubiese preguntado sobre si “Zanabria (sic.) y su compañero  de  él al salir hacia el Juncal, desde su apartamento, se fueron en contravía,  o  por  el  contrario,  observaron el sentido de la vía”. A lo que el testigo  respondió  que:  “De  ninguna  manera,  incluso  conservaron  su  vía porque  todavía  tienen  la  vía  los  que  van por la carrera segunda hacia el puente  Pastrana,  o  sea,  que  ellos llevan la vía, el que  sube  por  la  avenida La Toma tiene que parar” (Se  destaca).   

                   Si, pues,  como  queda  claro, el deponente, de manera espontánea, esto es, sin sugestión  de  ninguna  índole,  ante  la invitación de manifestar lo que sabía sobre el  referido  accidente,  ya  había  advertido  que  el  bus  “se  los llevó por  delante”  y  había  puntualizado que quien “sube” por la Avenida La Toma,  vía  por  donde se desplazaba el autobús, debe “parar” en la intersección  con  la carrera segunda, no puede calificarse de sugestiva la siguiente pregunta  que  le  hiciera  al testigo así: “presenció Usted si el automo, se corrige,  autobús  hizo  el  pare correspondiente para dar prelación a los que transitan  por  la carrera segunda?”; y no es posible, se decía, tildarla de insinuante,  porque,  como  se  ha  afirmado,  la  pregunta  sugestiva   es  aquella que  envuelve   en   sí  misma  la  respuesta,  o  sea,  tiende  a  “sustituir  la  percepción”  del  testigo  ofreciéndole  la  respuesta  deseada,  lo  que no  acontece  en  este  caso  en el que la interrogación no involucra la respuesta,  amén  de  que,  no era fácil concebir otra forma de invitar al deponente a que  puntualizara  si  el  aludido  conductor  respetó  la señal de “pare” cuya  existencia  el  testigo  había  mencionado antes. Por el contrario, se trata de  una  pregunta  de  carácter eminentemente determinativo encaminada, por ende, a  que  el  declarante  especificara  un  hecho  al  cual  ya  se  había  referido  anteriormente,  con  imprecisión y vaguedad, quizás, pero en todo caso latente  ahí,  en  su  testificación,  sin  que la contestación hubiese sido puesta en  boca del mismo por el interrogador.   

                     En todo  caso,  de haber quedado alguna duda al respecto, el Tribunal no advirtió que el  testigo,  al  ser  interrogado  nuevamente  por el  apoderado de la empresa  llamada   en   garantía  sobre  tales  aspectos,  reiteró  en  forma  clara  y  contundente,  su  versión acerca de la existencia de la señal de pare -la que,  valga  la  pena destacarlo, nadie discute en el proceso- y su infracción por el  conductor del bus.   

                     No hay,  pues,  razón  valedera  alguna  que sirva de fundamento serio para invalidar la  respuesta  concreta, específica y unívoca asentada por el testigo en ese punto  que era medular en el litigio.    

                  3. De otro  lado,  todo  indica  que  el  Tribunal confunde el interrogatorio sugestivo que,  como  se  ha  explicado  reiteradamente,  contiene  dentro  de  sí la respuesta  esperada  del  testigo,  con  la  semejanza terminológica que pueda presentarse  entre  la  pregunta  y la respuesta, confusión que lo llevó a decir que “…  La  respuesta  así  dada acusa falta de originalidad y de espontaneidad, ya que  guarda  identidad  con  el  lenguaje  empleado  en  la pregunta -lo que también  acontece  en  la  respuesta   final  del  interrogatorio-, reproduciéndose  ésta  en  cierto  modo,  en  cuanto  dice  relación  con  la  explicación que  suministra el testigo”.   

                    El error  del  Juzgador radica, entonces, en no distinguir que la inclinación del testigo  por  ceñirse  con  alguna  fidelidad al texto de la pregunta, ora por su escasa  locuacidad,  bien  por  timidez  o  ya  para evitar confusiones, no conduce a la  invalidación   de   la   respuesta,   si  aquella,  la  interrogación,  no  es  sugestiva.   

Así,  pues,  de la semejanza idiomática  entre  la  interrogación  y  la  respuesta, no es dable inferir insinuación en  aquella,  ni carencia de espontaneidad en esta otra. Igual acontece en el asunto  de  esta  especie  en donde, como se dijo, el testigo simplemente utilizó en su  contestación  ciertas  voces  contenidas en la pregunta, tales como “pare”,  “prelación”,  etc. debido, quizás, a que son de uso común y generalizado,  o  a  que  no  encontró  otros términos similares en su léxico para responder  fidedignamente  lo  que  se le inquiría, nada de lo cual conduce a descalificar  su  respuesta,  como  lo  hiciera  el Tribunal, pues, como viene de decirse, tal  interrogación no podía tildarse de sugerente.   

                         4.  También  se  equivocó  notoriamente  el  fallador,  en  cuanto coligió que el  testigo  se  encontraba a 80 metros del lugar del accidente, que es la distancia  existente  entre  su  apartamento  y el sitio de la colisión, pues éste había  puntualizado  con anterioridad que “… yo estaba parado frente al apartamento  de  mi propiedad, cargando un ladrillo cuando los dos muchachos arrimaron al pie  de  mi  camioneta  a  preguntarme  cuando  iba  yo  a prepararle el terreno, los  muchachos  era  (sic)  José  Sana, se corrige Jesús Zamabria (sic), el otro no  recuerdo  el  nombre;  yo  les manifesté que todabía (sic) no sabía porque no  había  hablado  con  Aldemar  Quintero  cuál  era el precio del terreno a como  (sic)  iba  a  preparar  por hectárea, ellos me dijeron nos vemos en el Juncal,  ellos  arrancaron  y yo también iba de salida, ellos  corrijo,  yo  había  andado unos 20 metros cuando el  bus  que  venía por la avenida la roma (sic) subiendo hacia el occidente se los  llevó  por  delante, los mató, yo arrimé hasta donde estaba la moto…” (Se  subraya);  y  no existe, ciertamente, argumento alguno que conduzca a desmerecer  la  percepción  del  testigo  por causa de la distancia a la que se encontraba,  máxime  cuando su deposición se ofrece como espontánea, vívida y verosímil.   

5.    En    el    asunto   sub-judice,  se  valió el Tribunal de  la  supuesta  discrepancia  que  existe  entre  la  testificación de José Edil  Bernal  y  Ricardo  Ramírez  respecto de la persona del conductor del autobús,  para  restarle  peso  probatorio a la primera de ellas,  sin reparar en que  tal  circunstancia  es  apenas  trivial  en relación con el tema verdaderamente  relevante  del  testimonio  de aquel, esto es, la existencia y omisión del pare  por  parte del chofer del mencionado vehículo, amén que, como es patente en su  deposición,  el  susodicho  testigo  se encontraba a unos metros del accidente,  luego  su  percepción  es trascendente en lo relativo a la colisión y la forma  como  ella  se  produjo,  no  en lo relativo a la persona del conductor, máxime  cuando  el  mismo  deponente  agrega  que  tan  pronto acaeció el infortunio se  acercó  a auxiliar a los pasajeros de la moto y no a indagar por la persona del  chofer  del  automotor que los arrolló, percepción esta última sobre la cual,  desafortunadamente,  no  fue  interrogado para establecer las condiciones en que  pudo  observar  su  fisonomía  y  establecer  su  calidad.  Además, no es  comprensible  que  el  fallador,  luego  de  haber desdeñado los testimonios de  Ricardo  Garzón  y  Ricardo  Ramírez por encontrar en ellos “discrepancias y  desacuerdos   en   torno   a  las  circunstancias  anteriores,  concomitantes  y  posteriores  al  accidente”,  los  adopte  como  parámetro  para  valorar  el  testimonio de aquél.   

                         6.  Finalmente,    también    erró    notoriamente    el   fallador   ad-quem,   al   desechar   la  citada  declaración  porque  el  testigo  no  recordó “el nombre de los jóvenes que  hablaron  con  él  momentos antes del accidente, no obstante dejar entrever que  con   ambos  tenía  un  negocio  o  proyecto  de  negocio,  consistente  en  la  preparación  de  un  terreno,  e  igualmente  la  de sostener que el joven cuyo  nombre  no  recuerda  era  el  dueño de la motocicleta, y manifestar a renglón  seguido  no  conocer  ese  vehículo”.  Se  equivocó  el Tribunal, se decía,  porque  “No  se  puede perder de vista que dado el tiempo que ha corrido desde  la  ocurrencia  de  los  hechos a que aluden los testigos, no cabe exigir que el  recuerdo  de  éstos se vierta en autos con rígida precisión” (Casación del  19  de  abril  de  1979, sin publicar aún), mayormente si de lo que se trata es  del  olvido del nombre de una persona que apenas se conoce, amén que esta clase  de  lagunas  u  olvidos  del  testigo  en torno a cuestiones tan secundarias, en  lugar  de  restarle  credibilidad  a  su versión, puede acrecentársela cuando,  como  aquí  acontece,  permite inferir sinceridad y espontaneidad en su relato;  por  supuesto  que  las  declaraciones  prolijas en detalles y demás pormenores  insubstanciales  suelen  indicar,  inversamente,  el  adoctrinamiento previo del  testigo.   

                                           Tergiversó,  asimismo,  la  aludida deposición, pues es palpable  que  el  testigo,  al  ser interrogado sobre si “conducía” motos, contestó  que  “No”;  empero,  el  Tribunal entendió allí que el atestiguante había  negado  “conocer”  la  moto  accidentada,  cuestión,  obviamente  distinta.   

                         7.  Comoquiera,  pues, que el juzgador incurrió en los ostensibles errores de hecho  que  se  le  imputan,  relativos  a la apreciación de la testificación de JOSE  EDIL  BERNAL,  y  que éstos ciertamente son trascendentes, habida cuenta que de  no  haberlos cometido habría encontrado suficientemente acreditada la culpa del  conductor del autobús, habrá de casarse la sentencia recurrida.   

SENTENCIA     SUSTITUTIVA    

                     1.  Ha  puntualizado  la  Corte,  que  la  regla  del  artículo  2356 del Código Civil  apareja  una  presunción  de  culpa  en  contra  de  quien causa perjuicios con  ocasión   del  ejercicio  de  aquellas  actividades  cuya  ejecución  entraña  peligros  o  riesgos  para  las personas del entorno, responsabilidad de la cual  solamente  se  exonera  en  cuanto  acredite  que  el daño sólo pudo tener por  fuente  cualquier  suceso  extraño, como la fuerza mayor, la culpa exclusiva de  la  víctima  o  la  de  un  tercero.  Esto es, que todas las actividades de esa  especie,  llamadas  peligrosas,  aparejan  “la  existencia  de una obligación  legal  de resultado consistente en vigilar esa actividad e impedir que ella, por  su  propio  dinamismo  o debido a circunstancias anormales que la rodearon en un  momento  dado,  escape  al  control  de quien de la aludida actividad se sirve o  reporta  beneficio;  luego  si  en  la realización de un daño se demuestra que  tuvo  influencia  causal  caracterizada, un hecho de la índole de los que viene  haciéndose  mérito  en  estas  consideraciones,  ello, en términos de ley, es  suficiente  para  tener  por  probada,  por vía de una presunción contenida en  aquella  disposición,  la  infracción  de  la  obligación  de  guarda recién  aludida.  La  causalidad  basta  para tener por establecida la culpa en aquellos  casos   en   que,   atendidas  la  naturaleza  propia  de  la  actividad  y  las  circunstancias  precisas  en que el hecho dañoso se realizó, la razón natural  permite  imputar  este último a la incuria o imprudencia de la persona de quien  se  demanda  la  reparación,  e  inútil  será por lo tanto, que este último,  guardián  de  la  actividad  y  demandado en el proceso, intente establecer que  observó  la  diligencia  debida;  su defensa, entonces, no puede plantearse con  éxito  en  el terreno de la culpabilidad sino en el de la causalidad, rindiendo  la  prueba  de  la causa extraña del perjuicio, originada en el caso fortuito o  en  la  fuerza mayor, en el hecho de la víctima o en el hecho de un tercero”.  ( G.J. CCXXXIV. Pág. 260).   

                                           Reduciendo,  pues,  lo  dicho  a su ultima esencia para ponerlo en  términos  concluyentes, habría que puntualizar que gravita sobre quien realiza  actividades  de esa especie, la presunción de ser responsable del daño causado  con ocasión de su ejercicio.   

                   Otra cosa  debe   concluirse,   empero,   cuando  demandante  y  demandado   concurren   al   suceso  dañoso  ejerciendo  similares  actividades  peligrosas,  vale  decir,  cuando  el  daño  alegado  encuentra su venero en la  convergencia  de  sendas  actividades  peligrosas,  pues,  en  tal supuesto, las  respectivas   presunciones  de  culpa  que  cobijan  a  los  implicados,  pueden  aniquilarse  mutuamente,  forzando  al  demandante  a  demostrar  la  culpa  del  encausado;  por  supuesto  que, como lo tiene dicho esta Corporación: “Varias  son  las soluciones que la doctrina propone para solucionar el enfrentamiento de  las  presunciones  de  culpa,  pero el problema prácticamente desaparece cuando  solo   una  de  las  partes  reclama  daño,  demostrando  culpa  exclusiva  del  demandado.  Esa prueba de culpa hace desaparecer el interés de las presunciones  en juego.   

                  “Así lo  entendió…  la Corte, cuando en fallo de 25 de febrero de 1987, dictado dentro  del  proceso  ordinario  de  Lisandro  Sánchez contra Darío Maya Botero, dijo:  ‘Como ambos automotores  se  hallaban  transitando,  ambas partes están bajo la presunción de culpa que  determina  el  ejercicio  de  actividades  peligrosas  frente  al daño causado.  Siendo  esto  así,  se hallan demandante y demandado en idénticas condiciones,  es  decir,   ambas  fueron causa por culpa del daño sufrido mientras no se  demuestre  otra  cosa. Dicho de otra manera, se vuelve a la situación inicial o  sea,   que  quien  pretende  indemnización  debe demostrar los cuatro  elementos     dichos,    incluyendo    el    subjetivo    o    culpa’…”   (Sentencia  de  casación  civil de 12 de abril de 1991).   

                        Sin  embargo,  dicho  sea  de  paso  pero  sin desandar la marcha, tal regla no puede  formularse  en  los  términos tan genéricos e indiscriminados en los que se ha  venido  planteando, toda vez que en lugar de rendir tributo a los imperativos de  justicia  en  los  que está inspirada, puede llegar a constituirse en fuente de  graves  iniquidades,  socavando  de  ese  modo  los  cimientos  cardinales de la  responsabilidad  civil  extracontractual;  por  supuesto  que cuando un daño se  produce  por la concurrencia de sendas actividades peligrosas (la de la víctima  y  la  del  agente),  en  lugar  de colegir maquinalmente la aniquilación de la  presunción  de culpa que favorece al damnificado, el juez deberá establecer si  realmente  a  ella hay lugar en ese caso concreto, juicio para cuya elaboración  deberá  tomar en consideración la peligrosidad de ambas, la incidencia de cada  una  en  el  percance  o la virtualidad dañina de la una frente a la otra. Más  exactamente,  la  aniquilación  de la presunción de culpas por concurrencia de  actividades  peligrosas  en  la  generación  de un daño, presupone que el juez  advierta,  previamente,  que  en  las  específicas circunstancias en las que se  produjo  el  accidente, existía cierta equivalencia en la potencialidad dañina  de  ambas,  pues de no darse esa correspondencia, gravitará siempre en favor de  la  víctima la presunción de que el demandado fue el responsable del perjuicio  cuya reparación demanda.   

                     En todo  caso,  nada  impide,   no  obstante  la convergencia de las dos actividades  peligrosas  en  la  producción  del  daño,  que el actor, siguiendo las reglas  generales  trazadas  por el artículo 2341 del Código Civil, demuestre la culpa  del  demandado, como aquí acontece. En efecto, ya se dijo al despachar el cargo  de  la  demanda  de casación que resultó victorioso, que de la declaración de  JOSE  EDIL  BERNAL  se  colige  la  culpa  del  conductor  del  autobús  en  la  producción  del daño cuya reparación reclama la demandante, culpa derivada de  la  desatención  de  la  señal  de  “pare”  que  lo  obligaba a detener la  velocidad  de su automotor en el cruce de la Avenida La Toma con carrera segunda  de  la ciudad de Neiva, para darle prelación a quienes se desplazaban por dicha  vía  y  cuya  inobservancia causó la muerte de Luis  Alberto  Gutiérrez  y Jesús Antonio Sanabria Cabrera. Y es que, complementando  lo  ya  precisado  respecto  de  tal  testificación, la misma resulta altamente  verosímil  habida  cuenta  que  ella  explica  la  violencia  del impacto y las  fatales  consecuencias  que  de  él  se  derivaron,  lo  que  de  no  ser  así  resultaría  francamente  incomprensible, pues no puede perderse de vista que el  testigo  relató que la moto acababa de arrancar cuando se produjo el accidente,  motivo  por  el  cual  es poco probable que en tan poco tiempo hubiese alcanzado  una  velocidad  tal que al chocar con el vehículo estacionado fuera lanzada tan  lejos,  produciendo  las  funestas secuelas ya conocidas, amén que el autobús,  como  lo  anotan  tanto  el  mencionado  declarante,  como  su conductor RICARDO  RAMIREZ  GALEANO,  e  inclusive  ello  se  observa  en  las  fotos  allegadas al  expediente  por uno de los demandados, golpeó con su parte delantera, es decir,  frontalmente,  la  moto  en  la  que transitaban las víctimas, suceso que sólo  puede  explicarse en la medida en que se piense que aquél no respetó la señal  de  tránsito  que  le ordenaba detenerse y avanzó con la velocidad a la que se  desplazaba hasta arrollar la motocicleta.   

                  2. De otro  lado,  es  pertinente  recordar  que la jurisprudencia de la Corte, a la hora de  inquirir  por  las  personas que deben ser llamadas a responder por las secuelas  de  un  daño ocasionado por el ejercicio de una actividad peligrosa, ha acudido  a  la  noción del “guardián” de la misma, o sea, todas aquellas de quienes  pueda  predicarse  potestad  de  mando  y control de la misma en cuanto detentan  “un  poder  efectivo  de uso, control y aprovechamiento respecto del artefacto  mediante  el  cual  se realiza aquella actividad” (Casación del 13 de octubre  de  1998,  no publicada aún). Tal condición se presume, como reiteradamente se  ha  dicho,  en el propietario de esas cosas sobre quien recae, subsecuentemente,  la prueba del hecho contrario.   

                     A este  respecto,  obra  en  el  expediente  constancia  no  refutada,  expedida  por el  Director  Departamental  de Transportes y Tránsito del Huila, según la cual el  señor   ISIDRO   QUINTERO  POLANIA  era,  para  la  época  del  incidente,  el  propietario  del  autobús  que  lo  ocasionó.  De  igual  manera, la señalada  certificación  alude  a  que  el referido vehículo se encontraba afiliado a la  empresa  demandada  “COOMOTOR  LTDA.”, circunstancia que, por lo demás, fue  corroborada   por   el   Juzgador  a-quo  en  las  diligencias  de  inspección  judicial  que  al  efecto  practicó   y   en   las   que   constató  la  existencia  de  un  contrato  de  administración  suscrito entre el dueño del bus y la mentada empresa, la cual,  en  todo  caso,  asumió,  también,  un  control  directo  y  remunerado por la  actividad  transportadora,  particularidad que la hace igualmente responsable de  los perjuicios aquí reclamados.   

                  3. Para la  estimación  de  los  daños  cuya  reparación  incumbe  a los encausados, debe  tomarse  en  cuenta,  primeramente,  que  dado  que  la admisión del recurso de  casación  que  resultó prospero, sólo cobijó, como oportunamente se anotara,  a  la  demandante  RAQUEL  GUTIERREZ,  a la tasación de los perjuicios por ella  reclamados se dedicará exclusivamente la Corte.   

                     Tampoco  hay  fundamento  para proferir condena alguna por el daño emergente sufrido por  la  mencionada  demandante  a  raíz  de  las erogaciones que hubiese tenido que  atender  por  razón de los gastos hospitalarios o funerarios ocasionados por el  hecho  ilícito  de  los encausados, toda vez que, con relación a los primeros,  no  hay  prueba  de que se hubiesen causado, ni mucho menos que ella los hubiere  pagado;  y respecto de los otros, reposa al folio 12 del cuaderno principal, que  el  costo de los servicios funerarios fue asumido por el señor ALDEMAR QUINTERO  BAUTISTA,  lo mismo que la adquisición del ataúd, quien, dicho sea de paso, no  compareció al proceso a reclamar su reparación.   

                     4.  Si  bien,  pues,  no  hay lugar a condenar a los demandados a indemnizar a la actora  ningún  daño  patrimonial  por las razones apuntadas, no acontece lo mismo con  el  perjuicio moral que sufriera la citada reclamante en su calidad de madre del  fallecido  Luis  Alberto Gutiérrez. Tal perjuicio, como se sabe, es una especie  de  daño  que  incide  en  el  ámbito  particular de la personalidad humana en  cuanto  toca  sentimientos  íntimos tales como la pesadumbre, la aflicción, la  soledad,  la  sensación  de  abandono  o de impotencia que el evento dañoso le  hubiese  ocasionado  a  quien lo padece, circunstancia que, si bien dificulta su  determinación,  no  puede  aparejar  el  dejar  de lado la empresa de tasarlos,  tarea  que,  por  lo  demás,  deberá  desplegarse  teniendo  en cuenta que las  vivencias  internas causadas por el daño, varían de la misma forma como cambia  la  individualidad  espiritual  del hombre, de modo que ciertos incidentes que a  una  determinada  persona   pueden  conllevar  hondo  sufrimiento, hasta el  extremo  de  ocasionarle  severos  trastornos  emocionales, a otras personas, en  cambio,  puede afectarlos en menor grado. “Aparte de estos factores de índole  interna,   dice  la  Corte,  que  pertenecen  por  completo  al  dominio  de  la  psicología,  y  cuya  comprobación  exacta  escapa  a  las  reglas procesales,  existen  otros  elementos  de  carácter  externo,  como son los que integran el  hecho   antijurídico   que   provoca   la   obligación   de   indemnizar,  las  circunstancias   y  el  medio  en  que  el  acontecimiento  se  manifiesta,  las  condiciones  sociales  y  económicas  de los protagonistas y, en fin, todos los  demás  que  se  conjugan  para  darle  una individualidad propia a la relación  procesal  y  hacer más compleja y difícil la tarea de estimar con la exactitud  que   fuera   de   desearse   la  equivalencia  entre  el  daño  sufrido  y  la  indemnización     reclamada    …’  (G.  J.  Tomo LX, pag. 290)”.  (sentencia del 10 de marzo  de 1994).   

                     De ahí  que,  atendiendo  todas  estas dificultades, algunos digan que la indemnización  del  daño  moral, mas que ostentar un carácter resarcitorio propiamente dicho,  cumple  una  función  “satisfactoria”, como quiera que, dada su naturaleza,  aquél  no  puede  ser íntegramente reparado, lo que no obsta, empero, para que  la  víctima  reciba  una  compensación  suficiente  a  fin  de  procurarle una  satisfacción  que  guardando alguna proporción con su aflicción, la haga más  llevadera,  razón  por  la  cual su cuantificación no puede quedar librada, al  sólo  capricho del juzgador; por el contrario, la estimación de esa especie de  perjuicio  debe  atender  criterios  concretos como la magnitud o gravedad de la  ofensa,  el  carácter  de la víctima y las secuelas que en ella hubiese dejado  el  evento dañoso e, inclusive, en algunos casos, porque no, la misma identidad  del  ofensor,  habida  cuenta  que  ciertos  sucesos  se  tornan  mas  dolorosos  dependiendo de la persona que los ha causado.   

                   Quiérese  destacar,  entonces,  y  con  particular  énfasis,  que  la cuantificación del  perjuicio  moral  no  es asunto que la ley hubiese atribuido al antojo judicial,  como  algunos erróneamente han querido verlo, equivocación que lamentablemente  ha  desembocado en una injustificada mengua de su importancia, habida cuenta que  al  pretender  asentarlo  sobre  la  veleidad  del  juez,  se  le  despoja de su  carácter  técnico  y  acaba  teniéndose  como  una  merced ligada a criterios  extrajurídicos  como  la  compasión  o  la  lástima.  Por el contrario, en la  medida  en  que  la  indemnización  del  perjuicio  moral  sea  examinada en su  verdadera  entidad  y  se  advierta  en ella la satisfacción de un daño real y  cierto, podrá el sentenciador calcular adecuadamente su monto.   

                      “En  relación  con la prueba (del daño moral), ha dicho esta Corporación, se ha de  anotar  que es, quizá, el tema en el que mayor confusión se advierte, como que  suele  entreverarse  con  la  legitimación  cuando  se  mira  respecto  de  los  parientes  cercanos  a  la  víctima  desaparecida, para decir que ellos, por el  hecho  de  ser  tales,  están  exonerados  de  demostrarlos.  hay allí un gran  equívoco  que,  justamente,  proviene  del significado o alcance que se le debe  dar     al     término    presunción.  Ya  …  se anotó que, conforme viene planteado el cargo, este  vocablo  se toma acá como un eximente de prueba, es decir, como si se estuviera  en     frente    de    una    presunción    iuris  tantum.   

                     “Sin  embargo,  no  es  tal  la  manera  como la cuestión debe ser contemplada ya que  allí  no  existe  una  presunción  establecida  por  la  ley. Es cierto que en  determinadas  hipótesis,  por  demás  excepcionales,   la  ley presume -o  permite  que  se presuma- la existencia de perjuicios. Mas no es tal cosa lo que  sucede en el supuesto de los perjuicios morales subjetivos.   

                                           “Entonces,  cuando  la  jurisprudencia de la Corte ha hablado de  presunción,  ha  querido  decir que esta es judicial o de hombre. O sea, que la  prueba  dimana del razonamiento o inferencia que el juez lleva a cabo. Las bases  de  ese  razonamiento  o  inferencia no son desconocidas, ocultas o arbitrarias.  Por  el  contrario, se trata de una deducción cuya fuerza demostrativa entronca  con   clarísimas  reglas  o  máximas  de  la  experiencia   de  carácter  antropológico  y  sociológico,  reglas  que permiten dar por sentado el afecto  que  los seres humanos, cualquiera sea su raza y condición social, experimentan  por su padres, hijos, hermanos o cónyuge.   

                     “Sin  embargo,  para salirle al paso a un eventual desbordamiento o distorsión que en  el  punto  pueda  aflorar,  conviene  añadir  que  esas reglas o máximas de la  experiencia  -como  todo  lo que tiene que ver con la conducta humana- no son de  carácter  absoluto.  De ahí que sería necio negar que hay casos en los que el  cariño  o  el  amor no existe entre los miembros de una familia; o no surge con  la  misma  intensidad  que  otra,  o  con  respecto  a  alguno  o algunos de los  integrantes  del  núcleo.  Mas  cuando  esto  suceda,  la  prueba  que tienda a  establecerlo,  o,  por  lo menos, a cuestionar las bases factuales sobre las que  el  sentimiento  al  que  se  alude  suele desarrollarse -y, por consiguiente, a  desvirtuar  la inferencia que de otra  manera llevaría a cabo el juez-, no  sería  difícil, y si de hecho se incorpora al proceso, el juez, en su discreta  soberanía,  la  evaluará  y  decidirá si en el caso particular sigue teniendo  cabida   la   presunción,   o   si,   por   el   contrario,  ésta  ha  quedado  desvanecida.   

                  “De todo  lo  anterior se sigue, en conclusión,  que no obstante que sean tales, los  perjuicios  morales  subjetivos  están  sujetos a prueba, prueba que, cuando la  indemnización   es  reclamada  por  los parientes cercanos del muerto, las  más  de  las veces, puede residir en una presunción judicial. Y que nada obsta  para  que  ésta  se  desvirtúe  por  el  llamado  a  indemnizar poniéndole de  presente  al  fallador  datos que, en su sentir, evidencia una falta o una menor  inclinación   entre   los   parientes”   (Sentencia  del  28  de  febrero  de  1990).   

                               La Corte, teniendo en cuenta los  anteriores  derroteros  jurisprudenciales  y  adoptando para el caso esas reglas  antropológicas,  sociales,  sicológicas  y  de  experiencia,  que a las claras  indican  que  normalmente  la  muerte  de  un hijo de por sí, produce indecible  dolor,   desolación   y   angustia   en   sus   padres,  habrá  de  hacer  una  reconsideración  en  el  cuantum  de  la tasación indemnizatoria del perjuicio  moral,  puesto  que  en  este  caso  esas  vivencias  emocionales  cobran  mayor  dimensión,  pues  como lo registran SIMEON y ARNULFO FIERRO PINHA, médicos que  atendieron  a  la  demandante  RAQUEL GUTIERREZ, por la época en que sucedieron  los  trágicos  hechos,  ésta  como  secuela de la muerte de su hijo sufrió un  alto  grado  de  depresión  que  afectó  su  salud  general  hasta el punto de  producir  “un  deterioro  conciderable  (sic.)  de  sus funciones vitales como  fueron   alteraciones   nutricionales,  alteraciones  en  el  sistema  nervioso,  alteraciones    de    orden   sicológico,   estado   de   anciedad   (sic.)   y  depresión…”,  y  “complicaciones  somáticas”. De modo que la sumatoria  de  estas  circunstancias  probadas  en  el  proceso,  ameritan  que para que la  indemnización  del  perjuicio  moral cumpla la función satisfactoria que le es  propia,  la Corte proceda a señalar la suma de DIEZ MILLONES DE PESOS, cantidad  que  se  ofrece  como  justa  para  paliar  de  alguna  forma, el dolor por ella  sufrido,   lo   cual  significa  que  la  Corporación  incremente  los  valores  pecuniarios  que  de  tiempo atrás aplicaba en el punto, atendiendo entre otros  factores,  además,  la  inflación que, como hecho notorio, viene padeciendo la  economía del país.   

                                                       

                    5. Ahora  bien,  en lo concerniente a las excepciones denominadas “culpa exclusiva de la  víctima”  y  “concurrencia  de culpas” propuestas por el demandado Isidro  Quintero  Polanía,  es  preciso señalar, en relación con la primera, que dada  la  prosperidad  de las pretensiones de la demandante, justamente fundadas en la  culpabilidad  de  los demandados, no hay lugar a su prosperidad, inferencia cuya  motivación   corresponde  a  lo  que  oportunamente  se  dijo  en  torno  a  la  infracción  de  la  señal  de  pare  por  parte  del conductor del autobús de  propiedad  del  excepcionante. Mas exactamente, como quiera que está probada en  el  proceso la culpa de los demandados, no puede abrirse paso aquella excepción  por  medio  de  la  cual pretenden éstos exculparse descargando la culpabilidad  del accidente en las víctimas.   

                   En cuanto  al  otro  medio  exceptivo,  es  patente  que en el expediente no obra prueba de  ninguna  especie que permita inferir que los ocupantes de la moto se desplazaban  en  contravía,  pues el único testimonio que alude al tema, vale decir, el del  señor   Ricardo  Ramírez  quien  conducía  el  bus,  además  de  sospechoso,  precisamente  por  tal  razón  se limitó a divagar en el punto y a suponer que  así  habían  sucedido  las  cosas por no encontrarles otra explicación.   Luego la excepción no prospera.   

                    6. Resta  por  examinar  lo  relativo  al  llamamiento  en  garantía  que  los demandados  «COOPERATIVA  DE  MOTORISTAS DEL HUILA Y  CAQUETA  LTDA.-  COOMOTOR-» e ISIDRO  QUINTERO   hicieron   a  la  aseguradora  “COLSEGUROS  S.A.”,  citación  en  relación  con la cual es menester precisar, en primer lugar, que para la época  de  celebración  de  ese  contrato,  y  para  aquella en la que el ad  quem  profirió  su  sentencia, no  había  sido  expedida  aún la ley 389 de 1997, motivo por el cual, al tenor de  lo  dispuesto  por el artículo 1036 del Código de Comercio en concordancia con  lo       prescrito       por       el      artículo      1046      ejusdem,  el  contrato  de  seguro  se  perfeccionaba  y  probaba  únicamente  con  la póliza respectiva.            

                        Sin  embargo,  y  no obstante la vigencia señalada, los demandados se abstuvieron de  aportar   al  expediente  las  pólizas  de  seguros  con  base  en  las  cuales  pretendían  deducir  responsabilidad a la aseguradora “COLSEGUROS S.A.” por  ellos  citada. En efecto, el demandado ISIDORO QUINTERO simplemente adjuntó una  “Certificación”  expedida  por  aquella  (folio 46 del cuaderno principal),  que  en  cuanto  tal  no podía, para ese momento, sustituir la póliza 384612 a  que  aluden  los convocadores en su llamamiento, amén de carecer de la mayoría  de  los  requisitos  prescritos  por  el artículo 1047 del Código de Comercio,  toda  vez  que  no  se alude en ella, a la persona del tomador del seguro, ni al  valor  de  la  prima  o  el  modo  de  calcularla,  ni  menos la fecha en que se  perfeccionó el contrato.   

                         La  sociedad    “COOMOTOR    LTDA”,    aportó,    por   su   parte   fotocopias  “informarles”  de un anexo modificatorio de la referida póliza 384612, pero  sin  allegar  ésta,  anexo  cuya  vigencia, de todas formas, comenzaba el 16 de  julio  de  1985  y  vencía  el  16  de  julio de 1986, es decir que expiró con  anterioridad  al  accidente  que,  como  quedara  establecido, acaeció el 22 de  noviembre de 1986.   

                                           Subsecuentemente,   el   llamamiento   en  garantía  no  se  abre  paso.   

D E C I S I O N:   

                  En mérito  de  lo  discurrido,  la  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil y  Agraria,  administrando  justicia  en nombre de la República y por autoridad de  la ley,   

C  A  S  A  la  sentencia  del  29  de  junio  de 1993, proferida por la Sala Civil- Laboral del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Neiva, dentro del proceso ordinario  promovido  por  RAQUEL GUTIERREZ SALAZAR, JESUS MARIA  ZANABRIA  PERDOMO  E  IRENE CABRERA PENAGOS, frente a  la  «COOPERATIVA  DE  MOTORISTAS DEL HUILA Y CAQUETA  LTDA.-   COOMOTOR-»  e  ISIDRO  QUINTERO,  y  en  lo  pertinente dispone:   

                    PRIMERO:  Revócase  parcialmente  el  numeral  primero  de la  sentencia  apelada,  es decir, la proferida el 9 de abril de 1991 por el Juzgado  Primero  Civil  del  Circuito de Neiva, en cuanto denegó las pretensiones de la  demandante RAQUEL GUTIERREZ DE SALAZAR.   

                                           SEGUNDO:  En  su  lugar,  CONDENASE     a    los    demandados  «COOPERATIVA  DE  MOTORISTAS  DEL  HUILA  Y  CAQUETA  LTDA.-   COOMOTOR-»   e   ISIDRO  QUINTERO  a  pagar  solidariamente  a  la  demandante  RAQUEL  GUTIERREZ DE SALAZAR, la suma de DIEZ  MILLONES  DE  PESOS  M. CTE. ($10.000.000,00) por concepto de perjuicios morales  causados  a  raíz  de  la  muerte  de  su  hijo LUIS  ALBERTO GUTIERREZ.   

                    TERCERO:  REVOCASE   el  numeral  segundo  de  la  mencionada  sentencia  esto  es,  la  del  9  de  abril de 1991,  proferida por el Juzgado Primero Civil del Circuito de Neiva.   

                     CUARTO:  DECLARANSE  infundadas  las  excepciones  de mérito  propuestas por el demandado ISIDRO QUINTERO.   

                     QUINTO:  ABSUELVASE a la aseguradora “COLSEGUROS S. A” de  los  pedimentos del llamamiento en garantía relacionados con la pretensión que  prosperó.   

                                           SEXTO:  Condénase  a los demandados a  pagar a la demandante las costas del proceso en ambas instancias.   

                    SEPTIMO:  CONFIRMASE   la   sentencia   apelada  en  todo  lo  demás.                       

Notifíquese.  

JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

NICOLAS BECHARA SIMANCAS  

CARLOS ESTEBAN JARAMILLO SCHLOSS  

PEDRO LAFONT PIANETTA  

JOSE FERNANDO RAMIREZ GOMEZ  

RAFAEL ROMERO SIERRA  

JORGE SANTOS BALLESTEROS   

                    

    

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