SC1256 2022

MAYO

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SC1256-2022 (1999-00227-01)

        

AROLDO  WILSON QUIROZ MONSALVO  

Magistrado  Ponente  

SC1256-2022  

(Aprobado  en sesión virtual de siete de abril dos mil veintidós)  

Bogotá  D.C., veintisiete (27) de mayo de dos mil veintidós (2022).  

En  acatamiento de la orden emitida por la Corte Constitucional en la  sentencia SU455 del 16 de octubre de 2020, notificada a esta  Corporación el 2 de septiembre de 2021, se decide el recurso  de casación formulado por La Costeña Jaime Laserna y  Cía. S.C.A., Arrocera la Palma Laserna y Cía. S.C.A. –  en liquidación, Agropecuaria Tolima Laserna Serna & Cía.  S.C.A., Agropecuaria Los Corrales Laserna & Cía. S.C.A.,  Laserna Serna Hermanos & Cía. S.C.A., Agropecuaria Laserna  & Cía. S.C.A., Arrocera Potrerito Laserna y Cía.  S.C.A. -en adelante Arrocera Potrerito-, y Bertha Serna de Laserna,  frente a la sentencia del 16 de diciembre de 2010, proferida por el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Ibagué, Sala  Civil-Familia, en el proceso ordinario que aquellas promovieron  contra las sociedades Cementos Diamante de Ibagué S.A. y  Cementos Diamante del Tolima S.A.  

ANOTACIÓN  PRELIMINAR  

Como  el amparo constitucional promovido contra esta célula judicial  por Arrocera Potrerito S.A.S. concluyó con fallo de revisión,  el cual dejó sin efecto la decisión de casación  y ordenó, en su lugar, calcular los daños reclamados  con fundamento en el acervo probatorio recaudado, sin tomar ninguna  determinación frente a la decisión de segundo grado,  encuentra la Sala que para salvaguardar la coherencia del sistema  jurídico y respetar las competencias asignadas  constitucionalmente, es necesario, en primer lugar, estudiar los  cargos del remedio extraordinario para lograr la anulación de  la sentencia de alzada y, con posterioridad, sí emitir el  fallo sustitutivo en que se calcule el demérito.  

Sería  contrario a la técnica procesal que esta Corte dictara una  sentencia en la que exclusivamente cuantifique los perjuicios, si  previamente no derruye la sentencia de segundo grado que negó  íntegramente el petitum,  ni desatar el recurso de casación previsto, precisamente, para  tal propósito.  

ANTECEDENTES  

1.  Las actoras presentaron demanda el 10 de marzo de 1999 (folios 363 a  374 del cuaderno 1) con la que solicitaron declarar, en lo esencial,  que las convocadas les ocasionaron perjuicios por contaminación  ambiental en razón de los sólidos expelidos por las  chimeneas de sus plantas de producción de cemento ubicadas en  Ibagué, depositados en los terrenos de aquellas, desde 1960  hasta 1998 y que, en consecuencia, se condene solidariamente a las  demandadas a pagarles:  

1.1.  Por daño emergente y lucro cesante -a partir de 1979-:  a  Arrocera Potrerito $7.038’762.100 por menores rendimientos;  $2.416’134.439 por aumentos en costos de producción;  $11.173’000.000 por los perjuicios futuros calculados desde diciembre  de 1998; en subsidio de la última, se impongan: a su favor,  $4.552’000.000 por desvalorización del predio, y $536’000.000  para Bertha Serna de Laserna por igual concepto.  

1.2.        Lucro  cesante: $444’691.174 a La Costeña Jaime Laserna y Cía.  S.C.A.; $701’125.744 a Arrocera La Palma Laserna y Cía.  S.C.A.; $1.347’375.069 a Agropecuaria Tolima Laserna & Cía.  S.C.A.; $238’004.107 a Agropecuaria Los Corrales Laserna & Cía.  S.C.A.; $930’442.132 a Laserna Serna Hermanos & Cía.  S.C.A.; $227’183.371 a Agropecuaria Laserna & Cía. S.C.A.;  $667’745.509 a Arrocera Potrerito; y $95’819.726 a Bertha Serna de  Laserna.  

1.3.  Los intereses de mora comerciales hasta cuando paguen los valores  antes enunciados, y en subsidio, que las condenas se actualicen de  acuerdo con el índice de precios al consumidor hasta el día  de la solución.  

2.        Como  fundamento fáctico las demandantes expusieron, en resumen:  

2.1.  La meseta de Ibagué ha sido cultivada con arroz desde 1945,  cuando por iniciativa de la familia Laserna Pinzón,  propietaria de la hacienda La Palma, fueron construidos los canales  de riego que convirtieron esa zona en una de las de más alta  productividad en el mundo.  

2.2.  Hacienda La Palma, con extensión de 870 hectáreas, fue  dividida en 1970 en varios lotes, enajenados a diversas sociedades  -las demandantes-, constituidas con los mismos socios, esto es, Jaime  Laserna, su esposa e hijos. A pesar de esa división la heredad  conservó su unidad de explotación agrícola.  

Desde  el 28 de diciembre de 1996 los lotes pertenecen, salvo el de Berta  Serna de Laserna, a Arrocera Potrerito, por venta que le hicieran las  propietarias.  

2.3.  Precisaron que, si bien no desarrollaron actividades mercantiles,  Arrocera Potrerito administró, explotó y comercializó  productos agroindustriales, cuyos registros quedaron anotados en la  contabilidad de ella.  

2.4.  Los predios vecinos fueron ocupados por las demandadas, quienes  instalaron sendas plantas para fabricar cemento, una desde 1960 y la  otra en 1990, sin equipos adecuados para impedir las emisiones por  las chimeneas de polvo de cemento con altos niveles de carbonato de  calcio, los cuales resultaron transportados vía eólica  y depositados en varios lotes de propiedad de la actoras, alterando  sus condiciones físico-químicas, que con los años  provocó que una parte de la tierra fuera inapta para la  siembra rentable de arroz debido a la alteración de su pH.  

Así,  desde 1970, se empezó a notar que en el área cercana a  la fábrica de Cementos Diamante del Tolima S.A. las matas de  arroz no se desarrollaban bien, presentaban clorosis y morían,  lo que desvalorizó la tierra y causó perjuicios a las  demandantes por la imposibilidad de cultivar este producto.  

2.5.  Carlos Gonzalo Alvarado promovió una acción popular  contra Cementos Diamante del Tolima S.A., fallada por el Juzgado  Primero Civil del Circuito de Ibagué el 10 de junio de 1994, y  confirmada por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Ibagué  el 21 de marzo de 1995, siendo declarada responsable del daño  ambiental y a la salubridad pública humana, animal y vegetal.  

2.6.  Clarificaron que el perjuicio reclamado se circunscribe a los últimos  20 años y sólo en cuanto se refiere al cultivo de  arroz.  

3.        Las  demandadas se opusieron a las pretensiones (folios 725 a 768 del tomo  2 del cuaderno 1), con base en las subsiguientes clarificaciones: (I)  las promotoras son empresas mercantiles y comerciantes, contexto  dentro del cual han incumplido la obligación de llevar  contabilidad; (II) los cultivos de arroz por cerca de 50 años  fueron la causa de la alteración de la composición de  la tierra; (III) la planta de cemento instalada en 1960 (Buenos  Aires) suspendió operaciones en septiembre 1998; (IV) Cementos  Diamante de Ibagué S.A. inició su actividad en 1993 y  desde su inicio contó con filtros electrostáticos; (V)  no hubo emisiones de sólidos por las chimeneas de las  fábricas, ni se afectó el pH de los predios de la  demandante; (VI) la tierra no se tornó inadecuada para la  siembra de arroz; y (VII) la sentencia de la acción popular  difiere de la acción civil en el sub  lite.  

Además  formularon las excepciones que denominaron «no  existe el daño que se imputa a las sociedades demandadas»,  «estimación  errada de los supuestos daños»,  «no  hay relación de causalidad entre el daño que se  pretende y la actividad de los demandados»,  «el  supuesto daño a suelos y cultivos tiene otras causas que no  son imputables a las sociedades demandadas»,  «culpa  exclusiva de la víctima»,  «cobro  de lo no debido»,  «en  cualquier caso el daño fue muy reducido y pasajero»,  «cobro  de más de lo debido»,  «ausencia  de solidaridad»  y «prescripción».  

4. La  primera instancia terminó con sentencia estimatoria parcial de  las pretensiones y desestimatoria de las objeciones que, por error  grave, se formularon contra los dictámenes rendidos en el  proceso, así como el practicado en la acción popular  antes enunciada (folios 1763 a 1842 del tomo 3 del cuaderno 2).  

5.        Formulada  la apelación, inicialmente por ambas partes, fue desistida por  las actoras (folio 334 del cuaderno 5); recurso en cuyo epílogo  el Tribunal revocó la sentencia del juzgado y, en su lugar,  denegó las pretensiones, con los fundamentos que más  delante se compendian.  

6.  Las convocantes acudieron al remedio casacional y, después de  agotada su tramitación, la Sala, de forma mayoritaria,  profirió la sentencia SC2758 del 16 de julio de 2018, por la  cual resolvió «no  casar la sentencia de 16 de diciembre de 2010, proferida por la Sala  Civil Familia del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Ibagué».  

7.  Las afectadas acudieron a la acción tutela en salvaguarda de  sus derechos fundamentales y, la Corte Constitucional, decidió  «dejar  sin efectos la Sentencia SC2758-2018 del 16 de julio de 2018,  proferida, en sede de casación, por la Sala de Casación  Civil de la Corte Suprema de Justicia, dentro del proceso ordinario  de responsabilidad civil extracontractual adelantado por Arrocera  Potrerito S.A.S. contra Cementos Diamante del Tolima S.A. y Cementos  Diamante de Ibagué S.A., ahora CEMEX Colombia S.A.»  

Asimismo,  ordenó «remitir  el expediente a la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema  de Justicia, para que, con fundamento en la totalidad de las pruebas  recaudadas, tase los perjuicios probados dentro del proceso».  

8.  Arribado el expediente de nuevo a la Corporación, se adoptan  las determinaciones que en derecho correspondan, de acuerdo con la  orden del juez de tutela, para lo cual se desatará el recurso  de casación y, con posterioridad, se emitirá sentencia  sustitutiva que cumpla con la directriz emanada de la Corte  Constitucional.  

LA  SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

Resumida  la actuación, incluidas las posturas de las partes y alegatos,  el sentenciador comenzó aludiendo al abuso del derecho y a las  relaciones de vecindad, por ser las normas que gobiernan este asunto,  para así abordar el examen de las pruebas que obran en el  proceso (folios 913 a 1012 del cuaderno 5).  

Transcribió  apartes de los conceptos del agrólogo Abdón Cortés  Lombana y el agrónomo Francisco Boshell, de los ingenieros  Alfonso Pérez Preciado, Álvaro Salive y Armando  Castilla Lozano, así como del rendido por Raúl Darío  Zapata Hernández y la prueba pericial practicada con apoyo en  las descripciones contenidas en los cinco (5) perfiles de los suelos  de la finca, lo que permitió colegir que las series Llanos  Altos y Combeima «campean  en la finca»  (folio 1016 ibidem).  

De  las experticias de Francisco Boshell y Raúl Darío  Zapata, constató disparidad en sus conclusiones técnicas  (folio 1019 idem).  Transcribió parte del dictamen del geólogo Humberto  Pérez Salazar y del ingeniero agrónomo Germán  Augusto Galeano, cuyo rigor científico ponderó, para  concluir que no puede predicarse la génesis calcárea  del predio La Palma, ni que «geológicamente,  aquellos terrenos hayan sido originados por la inexistencia de  carbonatos en las rocas y sedimentos, o que la mayoría tenga  alta saturación de bases. Igualmente a tono del peritazgo no  se puede afirmar que la hacienda está afectada de una alta  erodabilidad, en razón a su ‘laboreo durante más  de 40 años continuos’»  (folios 1022 ibidem).  

De  los conceptos y testimonios del agrónomo Abdón Cortés  Lombana, los ingenieros Francisco Boshell y Luis Armando Castilla  Lozano, el dictamen de Humberto Pérez Salazar y Augusto  Galeano Arbeláez, de la evaluación hecha en mayo de  1995 por Eduardo Saavedra, del testimonio técnico de Rito  Alfonso Pérez Preciado, y de la declaración de Raúl  Darío Zapata, acogió las conclusiones de la experticia  de Pérez Salazar y Galeano, que transcribió en parte,  para anotar que los suelos «próximos  o inmediatamente aledaños a la planta de Cementos ‘Buenos  Aires’ se han alcalinizado en virtud de las altas  concentraciones de carbonato de calcio relacionadas ‘con la  influencia del material particulado finamente expulsado por la  fábrica de cementos Buenos Aires’»  (folio 1051 ibidem).  

En la  tasación del daño expresó el ad  quem  que, como los predios de las actoras están destinados a «la  industria de la siembra del arroz»  y ellas son comerciantes, están obligadas a llevar  contabilidad, y si bien la culpa no es controversia mercantil que  deba probarse con libros contables, no ocurre lo mismo para tasar el  daño, pues la pérdida en la producción de arroz  «integrada  por la reducción de rendimientos, incremento en los costos de  producción y lucro cesante de tierra arrocera no cultivada»,  debe reflejarse en la contabilidad.  

Comentó  que el estudio de Mauro Varela Navarro, aportado con la demanda, con  certificación sin fecha de Gerardo López, revisor  fiscal de Arrocera Potrerito, se soportó en los libros de las  demandantes; sin embargo, en la exhibición con inspección  judicial se constató:  

a)        La  Costeña Jaime Laserna y Cía. S.A. no exhibió  libros de mayor y balance, de inventario y balance, diario y libros  auxiliares; los estados constan en actas, pero «no  están firmados por el contador ni por el representante legal  (…) Los libros auxiliares para explicar cómo se  descomponen los grandes rubros del estado de resultados como los  ingresos operacionales y el costo de ventas (…) no se ponen de  presente…»  (folio 1059 ibidem).  

b)        Arrocera  La Palma y Cía. S.C.A.  divulgó  un libro  diario al que le faltan 20 hojas y que está reconstruyendo, al  de inventarios y balances le faltan las seis últimas hojas, y  los estados financieros no están firmados por el contador y el  representante legal.  

c) En  Agropecuaria Tolima Laserna Serna & Cía. S.C.A., al igual  que Agropecuaria Los Corrales Laserna & Cía. S.C.A. y las  demás sociedades demandantes, los estados financieros no están  firmados por el contador y el representante legal, total o  parcialmente, y son impresiones nuevas de años anteriores.  

Recordó  que Jesús Antonio Laguna, asesor contable de las actoras,  afirmó en la diligencia que la documentación contable  estaba allí y no en Bogotá, que la administración  de la actividad estaba encargada a Arrocera Potrerito, ya que con  acta n.° 01 de 1979 se acordó esa forma de manejo y  explotación de los terrenos, arreglo que se refleja en anexos  de las declaraciones de renta de las empresas (folio 1061 ibidem).  El representante de Arrocera Potrerito, Nicolás Laserna Serna,  en la misma diligencia afirmó que esa compañía  explotaba los predios, y que entre todas llevaban una cuenta  corriente (folios 1060 a 1061 ejusdem).  

d)        En  cuanto a Arrocera Potrerito, anotó el ad  quem  que «los  balances y estados de pérdidas y ganancias no llevan la firma  del contador y del representante legal»  (folio 1061); el registro de los libros de inventarios y balance se  hizo el 25 de marzo de 1997; el asesor contable en la diligencia  aclaró que no existían comprobantes y soportes de pagos  hechos por esa compañía a las otras en virtud del  convenio de administración, porque no había pago en  dinero que ameritara un soporte de egreso; el representante legal de  aquella sociedad expresó que no se presentaron cuentas de  producción ni de costo porque tal sociedad es quien ha  explotado las tierras, la que presenta cuentas a sus socios que son  los mismos de las otras, y no existen facturas de venta de arroz  entre 1981 y 1986 porque no era obligatorio facturar, aunque sí  hay recibos de consignación y otros. En la diligencia el  apoderado de las actoras aclaró que los balances y estados  financieros sin firmas, corresponden integralmente con lo consignado  en las respectivas declaraciones de renta.  

e)        De  la experticia de Mauro Varela, con que las actoras tasan el daño,  resaltó ese juzgador que tiene certificados de quien en marzo  de 1999 era revisor fiscal de Arrocera Potrerito, y según el  perito, el sistema de contabilidad y los controles internos eran  adecuados para salvaguardar activos propios y de terceros, además  de tener registro de ingresos y gastos (folio 1063). En otra  certificación anexa al dictamen el revisor fiscal hizo constar  que los registros del costo de los cultivos en las fincas Cauchitos y  La Palma coinciden con los volúmenes y valores de los insumos  agrícolas comprados (folio 1064). Así, si la fuente del  revisor fiscal fue la información financiera desde 1980 y el  sistema contable y los controles internos son adecuados, el origen de  dicha información para el daño debe ser la  contabilidad.  

Agregó  que «es  regla general que si la persona que reclama un perjuicio por  responsabilidad civil no lleva contabilidad, pierde el derecho a  reclamarlo»,  como precisamente sucede en el proceso, en que las demandantes tienen  obligación de llevar contabilidad en legal forma y no lo  hicieron, pues tienen muchas irregularidades, que menciona a espacio.  

Respecto  del acta de 12 de febrero de 1979, de la asamblea de accionistas de  Arrocera Potrerito, donde consta el acuerdo para delegar en esta  sociedad la explotación de todos los predios, así como  lo declarado por el representante y el contador Laguna, infirió  que la operación de cuenta corriente entre las sociedades no  se registró en la contabilidad de ninguna. Si no hay registros  contables de producción, eso no la relevaba de registrar en su  contabilidad las operaciones económicas.  

Con  apoyo en el artículo 11 de la ley 43 de 1990 y otras normas,  sobre funciones privativas del contador público, el Tribunal  manifestó que, como los peritos Norma Constanza Galeano  Arbeláez y Octavio Heredia Ramírez no tienen título  de contador público, no estaban autorizados para dictaminar si  las contabilidades de las sociedades se llevaban según las  normas vigentes, por lo que su opinión debe ser desestimada.  

En  torno a la réplica de las demandantes a la objeción por  error grave del dictamen de Octavio Heredia Ramírez y Norma  Constanza Galeano, para lo cual se adujo el concepto de Diana  Alexandra Cubillos Canal y Jorge E. Calderón, atinente a que  la contabilidad de las sociedades actoras estaba llevada en debida  forma, expresó el juzgador que eso no subsana las falencias  exhibidas.  

El  peritaje de la contadora Myriam Rivas, decretado de oficio en segunda  instancia y según el cual hay regularidad en las  contabilidades cuestionadas, fue desestimado por el Tribunal porque  en la inspección judicial la documentación señalada  por la perito no fue exhibida en la forma reclamada en la  contestación de la demanda, lo que impide darle pleno valor.  Inclusive, ese dictamen hace ver lo irregular de la contabilidad, por  ejemplo, el anexo n° 6, que relaciona asientos anteriores al  registro de los libros de contabilidad, entre otras cosas (folio 1090  ibidem).  

Concluyó  que ante los yerros detectados en la contabilidad debe restársele  eficacia probatoria, con independencia de la veracidad de sus datos.  Dado que «no  hay elementos de juicio inequívocos para tasar el daño»,  en torno a los efectos de la contaminación en la producción  de arroz y la alcalinización de los suelos, se carece de  certeza sobre la presencia del daño, por lo que no procede «el  estudio de las excepciones que formuló la parte demandada»  (folio 1093 ibidem).  

LA  DEMANDA DE CASACIÓN  

En el  escrito de sustentación del remedio extraordinario se  propusieron seis (6) cargos; empero, para satisfacer el mandato del  juez constitucional basta estudiar los embistes segundo y tercero,  por estar llamados a prosperar de cara a la demostración del  daño ambiental, de allí que la Corte se acote a su  estudio.  

CARGO  SEGUNDO  

En el  marco de la causal primera se achacó error de hecho en el  fallo de alzada, por interpretación errónea de los  medios probatorios y la demanda, que inequívocamente  demuestran la cuantía del detrimento, al darles un alcance que  no corresponde a lo que ellos evidencian y tener establecidos hechos  que no lo fueron, con violación de los artículos 32,  1494, 1613, 1614, 1615, 2341, 2342, 2343, 2344 y 2356 del Código  Civil; 48, 49, 50, 68, 70, 74 y 822 del Código de Comercio; 4,  174, 175 y 187 del Código de Procedimiento Civil, 16 de la ley  446 de 1998 y el decreto 2649 de 1993.  

Señaló  la censura que el Tribunal no tuvo en cuenta que, desde la demanda  (hechos 7º y 8º), se advirtió que la Hacienda La  Palma, a pesar de desenglobarse, se mantuvo como unidad de  explotación económica, al punto que en 1996 de nuevo se  consolidaron los lotes en cabeza de Arrocera Potrerito y de Bertha  Serna de Laserna, hechos demostrados con pruebas no estimadas, como  escrituras públicas y certificados de registro.  

También  se probó con el acta de socios del 12 de febrero de 1979, en  la que se decidió que esa última compañía  ejerciera toda la actividad agrícola, asumiendo los costos,  gastos y facturación a nombre propio de lo producido. El  fallador tampoco atendió la inspección judicial, en la  que el representante legal de Arrocera Potrerito manifestó  que, aparte de esa persona jurídica, ninguna otra explotaba la  finca, por lo cual la actividad agrícola no se refleja en el  movimiento contable de ellas. Esto se reiteró en el dictamen  de Norma Constanza Galeano y Octavio Heredia, en el que se señaló  que tal sociedad ejecutaba la actividad productiva y comercial y, por  tanto, es «quien  refleja plenamente en su contabilidad los efectos económicos  de todas las sociedades en virtud de la administración  delegada autorizada desde el 12 de febrero de 1979»  (folio 56 del cuaderno Corte). Eso lo confirmó la perito  contadora Myriam Rivas, designada de oficio por el Tribunal.  

De  todo lo anterior, extrajo que en la sentencia no se examinaron esos  medios, pues de haberlos considerado, habría tenido como  probado el monto del daño con la contabilidad de la citada  sociedad, siendo superfluas las contabilidades de las otras  demandantes «pues  no son aptas para demostrar el monto del perjuicio reclamado»  (folio  57 ibidem), por no reflejar la unidad económica.  

Resumió  que el Tribunal desconoció que todo lo relativo al «monto  del daño, debe ser mirado únicamente a través de  la actividad de la sociedad Arrocera Potrerito Laserna y Cía.  S.C.A. y no de las otras sociedades, de ahí que la sentencia  se refiera en general a todas las contabilidades de las demandantes y  se abstiene de analizar en concreto la contabilidad de la antes  citada sociedad» (idem).  

Igualmente  denunció error de hecho por generalizar, el sentenciador, como  si fuera una sola, las contabilidades de las demandantes,  desconociendo las constancias sentadas en la inspección  judicial atinentes a la exhibición de los libros de actas,  mayor y balance, inventarios y balance, cuenta y razón, todos  registrados, de Arrocera Potrerito, las declaraciones de renta y  estados financieros de 1981 a 1998, más de 266 tomos de  comprobantes de 1970 a 1999 que sustentan los asientos contables de  la compañía.  

El  juez colegiado, agregó, no hizo un reparo de fondo a la  documentación, la cual fue verificada por los peritos, pues  simplemente dejó constancia acerca de que la contabilidad se  llevaba «‘por  el sistema de computador, los balances y estados financieros que se  presentaron están sin firmas’ no obstante lo cual  quienes los han debido firmar se hallan presentes en la diligencia»  (folio 58 ibídem). Dicho juez, entonces, no precisó las  deficiencias en las contabilidades exhibidas, de allí su error  al concluir que no fueron puestos a disposición los libros  auxiliares, pues esa afirmación no corresponde con lo anotado  en la inspección judicial, donde consta lo contrario.  

Invocó  apartes de esas experticias: de Norma Constanza Galeano y Octavio  Heredia, en que afirman que se llevó bien la contabilidad de  Arrocera Potrerito; de los contadores Diana Alexandra Cubillos y  Jorge E. Calderón, que da cuenta del hecho de ser esa sociedad  la encargada de gestionar los negocios y que su contabilidad no  presenta irregularidades; y de la contadora Myriam Rivas, quien  expresó que esa contabilidad, en su concepto, en el periodo  1981 a 1998, fue llevada de manera regular y legal.  

Sin  embargo, añadió, el Tribunal concluyó lo  contrario, por otro error de hecho al haber considerado «que  las declaraciones de dos testigos fletados por la parte demandante  demuestran la supuesta irregularidad de las contabilidades incluyendo  la de Arrocera Potrerito»  (folio  67 del cuaderno Corte), esto es, las afirmaciones de Francisco  Barbosa Delgado y Jaime Alberto Fernández Vásquez,  sobre las cuales destacó que aquel seleccionó  fragmentos para transcribirlos -ocupando 17 páginas del  fallo-, pero sin hacer el estudio de ellas y, luego de la  reproducción, concluir que tenían falencias las  contabilidades, y sin advertir que esos declarantes se limitaron a  opinar sobre los alcances de un acta de inspección para  demeritar las contabilidades sin revisarlas.  

Para  la acusación el Tribunal cometió error de hecho al  concluir que los estados financieros y balances no están  firmados, sin considerar que estaban reproducidos en folios insertos  en el libro de actas de Asamblea General, documento que no forma  parte de la contabilidad. Asimismo, basado en esas declaraciones, que  asumió sin justificar la credibilidad que le generaban,  descalificó el análisis de la contadora Myriam Rivas,  por estimar que en la inspección judicial no fue exhibida la  contabilidad de las actoras en la forma pedida por las demandadas,  «lo  que a todas luces es contradictorio con la decisión de  designarla de oficio si precisamente uno de los objetivos de la labor  que le encomendó el tribunal era verificar la regularidad de  las contabilidades de las demandadas».  

CARGO  TERCERO  

Se  endilgaron al Tribunal errores de derecho y de hecho en la prueba de  la existencia del daño, provenientes de la violación de  los artículos 175, 187, 245 y 246 del Código de  Procedimiento Civil, lo que llevó al fallador a desconocer los  artículos 32, 1494, 1613, 1614, 1615, 2341, 2342, 2343, 2344 y  2356 del Código Civil, 48, 49, 50, 68, 70, 74 y 822 del Código  de Comercio, 8º de la ley 153 de 1887 y 16 de la ley 446 de  1998, así como el decreto 2649 de 1993.  

A  vuelta de advertir que el Tribunal fue contradictorio, pues reconoció  la existencia del daño y al final dijo que no estaba  demostrado, porque la pérdida en la producción de arroz  ha debido extraerse de la contabilidad, recordó el censor que  el error de derecho se presenta, entre otros eventos, cuando el  sentenciador exige una prueba especial que la ley no requiere, contra  la libertad probatoria y la apreciación racional de los  elementos de convicción que predomina, de acuerdo con el  artículo 187 del Código de Procedimiento Civil. Así,  el fallador entendió erradamente que para demostrar la  ocurrencia del daño era necesario acudir a la contabilidad de  las demandantes, sin que exista norma legal que lo disponga.  

Por  esa equivocación no examinó otras pruebas, y así  cometió yerro de hecho, pues la testimonial dejó claro  que las chimeneas de las demandadas, en especial de la planta de  Buenos Aires, emitían los sólidos de carbonato de  calcio que se depositaron en los predios de la parte demandante, con  graves daños a los cultivos y al suelo de la hacienda. Tal  relación de pruebas omitidas puede resumirse así:  

a)        Declaración  de Álvaro Salive Rengifo, quien reconoció el documento  que se adjuntó a la demanda y señaló que, como  investigador de Fedearroz, supo de la problemática del cultivo  en la zona, caracterizado por su pobre desarrollo y muerte en áreas  importantes, a diferencia de otras áreas de la meseta de  Ibagué, hecho que lo indujo a investigar por más de  seis años las soluciones a esas dificultades.  

b)        La  versión de Luis Armando Castilla Lozano, que a más de  reconocer el contenido y firma de su informe, aseveró que la  contaminación de los terrenos se dio por vía aérea,  siendo muy difícil que se deba al agua de riego o por la  acción de rastrillos y arados. Él destacó los  efectos del exceso de carbonato de calcio en cultivos de arroz, ya  que produce un desbalance entre nutrientes, ocasiona un bloqueo de  otros, como el potasio, el fósforo y elementos menores, que  disminuye la nutrición en las plantas y afecta la parte física  de los suelos.  

c)        El  agrónomo Carlos Arturo Varón Rodríguez,  investigador del ICA, explicó que el polvo emitido por los  tubos de escape de la fábrica de Cementos Diamante era denso y  constante, se acentúa más en la hacienda con el viento  norte-sur y se percibía después de una lluvia: las  hojas de la soya quedaban limpias, lavadas, al siguiente día  debían tomar datos y las hojas estaban cubiertas de polvo  (folio 90). En varios apartes declaró que la emergencia de las  plántulas de soya disminuían entre 15 y 20% por la  compactación, en las plantas de arroz la muerte era de 25 a  30%, atribuido a la reacción alcalina posible por el efecto  del contenido de calcio.  

d)        Declaración  del agrónomo Luis Alberto Echeverry, que también  reconoció su informe y manifestó que en los ocho años  de trabajo allí, vio que «sí  soplan»  los vientos hacia la hacienda Potrerito, que causó problemas  como el incremento de los costos, en un 30% aproximadamente, pues se  debían utilizar dosis mayores de fertilizantes.  

e)        Informe  del agrónomo José Héctor Montealegre, quien  sobre la dirección de los vientos observó que incidían  en la contaminación de los lotes de cultivo; advirtió  que cuando comenzó la planta de Caracolito hubo fuertes  emisiones de polvo que luego disminuyeron; aseveró que hay  diferencias entre cultivar arroz en una zona contaminada y otra  limpia, referidas al bloqueo de nutrientes por alta presencia de  carbonato de calcio en el suelo, desarrollo menor de las plantas o  mortalidad, pobre desempeño de los herbicidas, más  aplicación de fertilizantes, cubrimiento del follaje con el  polvo, bajo rendimiento y compactación del suelo que dificulta  prepararlo de nuevo.  

f)        Las  declaraciones de Hernando Muñoz Vásquez, quien señaló  que la producción de Potrerito  era entre un 25 y 30% inferior por el carbonato de calcio; en  consonancia con las del agrónomo Alberto Frey Casas, quien  afirmó que comprobó en forma directa y por información  indirecta que los residuos arrojados por las chimeneas de las  fábricas de cemento contaminaron los suelos de la finca; así  como el ingeniero agrónomo Luis Oliver Montealegre Guzmán,  quien ratificó que la caída del polvo de cemento  afectaba el rendimiento de las cosechas de un 30 a 40% y que era  frecuente que el viento soplara hacia el lado de la finca y llevara  partículas de polvo de cemento.  

g)        Sobre  la exposición de Raúl Darío Zapata Hernández  destacó la censura que manifestó haber recorrido toda  la finca y hecho personalmente pruebas de carbonato con ácido  clorhídrico en los suelos, en los techos cercanos, en los  alambres de púas y en las piedras, «encontrando  reacción positiva en todos los sitios chequeados»,  con la manifestación «que,  si el carbonato está en los alambres, está en las  piedras, esos tuvieron que haber llegado al suelo en forma aérea»  (folio 95). El testigo dijo que, para calcular la cantidad de polvo  caído en los suelos, recogió una muestra de la pátina  de carbonatos que había sobre las rocas y concluyó que,  como mínimo, cayeron 20 toneladas de cal por hectárea,  suficientes para dañar cualquier suelo.  

h) La  declaración de Rito Alfonso Pérez, autor de la  experticia allegada con la demanda, destinada a la demostración  del daño y su cuantía.  

Expuso  la recurrente que todos esos testigos coinciden en que la  contaminación generada por las fábricas de las  demandadas determinó los bajos rendimientos y los mayores  costos en la actividad agroindustrial de los demandantes.  

i)        Destacó  de la inspección judicial, a pesar del tiempo transcurrido -se  efectuó el 27 de julio de 2000-, que allí se comprobó  que los predios de las partes son colindantes, y se constató  la presencia de películas blancuzcas sobre piedras y cercas de  alambre de púa, de las que se tomaron diversas muestras para  el análisis de los peritos.  

j)        Del  dictamen pericial decretado por el juzgado, señaló la  censura que corrobora lo advertido por los declarantes y lo percibido  por el juez en la inspección judicial. Este dictamen,  apreciado por el Tribunal,  le dio plena credibilidad al desechar la  objeción por error grave de la parte demandada, «relieva  la contradicción del tribunal de advertir al final de su  sentencia que este [el daño] no se acreditó»  (folio 97).  

A  vuelta de reproducir apartes de la decisión del Tribunal,  atinente a la inspección judicial de la factoría Buenos  Aires, alusivos al polvo que expelen las chimeneas de la cementera,  cuya actividad suspendió el Jefe Seccional de Saneamiento  Básico y Protección al Medio Ambiente, volvió a  censurar que se obviara este actuar de las demandadas y,  adicionalmente, dejara de lado las pruebas periciales de Myriam  Rivas, Diana Alexandra Cubillos y Jorge Calderón que muestran  la idoneidad de la contabilidad, al igual que la de Norma Constanza  Galeano y Octavio Heredia. Si cinco expertos -tres contadores-  pusieron de presente que las contabilidades de las empresas, en  especial la de Arrocera Potrerito, se llevaban en debida forma, han  debido servir como medio admisible para avalar las conclusiones. Y en  lo relacionado con la cuantía del daño, el Tribunal  debió acoger la experticia elaborada por Epam y Mauro Varela,  que tampoco atendió.  

CONSIDERACIONES  

(I)  Estudio conjunto de los cargos.  

El  análisis coligado de los cargos segundo y tercero obedece a  que de ambos emana el encadenamiento lógico frente a los  yerros que se endilgan a la sentencia controvertida, pues el error de  derecho se soporta en que el juez de segundo grado, en contravía  de los principios de la libertad probatoria y de su apreciación  racional, consideró huérfano de prueba el daño  y, en concreto, su monto, por estimar que este sólo puede  acreditarse con base en la contabilidad de las demandantes, exigencia  probatoria que carece de sustento legal, lo que constituye un error  de derecho.  

A  partir de desatinos semejantes, desdeñó sin valorar las  demás pruebas que demuestran la existencia del daño y  su monto patrimonial concreto, en un desacierto de hecho ostensible.  

(II)  Régimen jurídico aplicable al remedio casacional.  

1.   Es del caso dejar en claro que, pese a que el Código General  del Proceso empezó a regir en todo el territorio nacional el  1º de enero de 2016, la impugnación extraordinaria que se  desata está sometida a las normas del Código de  Procedimiento Civil, habida cuenta la fecha de su interposición.  

2.  Según el numeral 5º del artículo 625 del primero  de tales estatutos, en el que se reguló el tránsito  entre esas dos legislaciones, «los  recursos (…)  se regirán por las leyes vigentes cuando se interpusieron».  

3. De  suyo, entonces, si el recurso de casación en cuestión  data del 10 de noviembre de 2014 (fl. 46, cd. 5), propio es colegir,  como ya se anunció, que la normatividad imperante entonces era  la del Código de Procedimiento Civil y que, por ende, ella  disciplina la censura que ocupa la atención de la Sala.  

(III)  Análisis de los cargos propuesto.  

1.  Para empezar, en la demostración de la existencia del  perjuicio reclamado por las demandantes, rememórase que estas  desistieron del recurso de apelación interpuesto contra la  sentencia de primera instancia (folio 334 del cuaderno 5), de manera  que no forman parte de la apelación, ni del recurso de  casación, por falta de interés de esos impugnantes, sus  primigenios reclamos atinentes a los perjuicios futuros invocados por  Arrocera Potrerito, la pretensión subsidiaria a esta  consistente en la desvalorización de los terrenos  contaminados, así como la tasa de interés mercantil  pretendida sobre las cantidades reclamadas a título de  indemnización.  

En  otras palabras, se contrae el debate al reclamo en favor de Arrocera  Potrerito por el lucro cesante derivado de mayores costos de  producción y la reducción de los rendimientos por  hectárea de cultivo de arroz, junto a la imposibilidad de  cultivar este grano en algunas parcelas en condiciones rentables.  

2. La  Corte principiará el estudio de la acusación relativa  al error de derecho, consistente en elevar a nivel de tarifa legal la  forma como debía probarse tanto el daño como su  cuantificación, al exigir para esto la contabilidad regular de  las demandadas, por cuanto su configuración explica que el  sentenciador pretermitiera las demás probanzas del expediente.  

2.1.  Bien sabido es que, a partir de la entrada en vigencia del Código  de Procedimiento Civil (1º de julio de 1971), el sistema  procesal civil colombiano abandonó la tarifa legal, para  acoger el sistema de la persuasión racional, en cuya virtud se  deposita en el fallador, no en la ley, la delicada misión de  ponderar razonadamente el mérito que ha de asignar a cada  prueba, y a todas ellas en su conjunto, conforme a la sana crítica.  

Así  se estableció en el artículo 175, salvo contadas y  taxativas excepciones, al consagrar la libertad tanto de medios  probatorios como de formación del convencimiento del juez. Con  base en tal postulado ha sostenido la Corte:  

[L]a  legislación no establece cortapisa alguna, en principio, a los  medios que el juez tenga a su alcance para forjar la convicción;  muy al contrario, es amplia la gama de posibilidades probatorias  respecto de hechos jurídicos no sometidos a tarifa, conforme  da fe la propia normatividad al consagrar, extensivamente, no solo  los que ella enuncia sino «cualesquiera otros medios que sean  útiles para la formación del convencimiento del juez»  (C. de P. Civil, art. 175). Tampoco privilegia la ley un medio frente  a otro sino que, por el contrario, a partir de la vigencia del Código  de Procedimiento Civil, expedido con los decretos 1400 y 2019 del 6  de agosto y el 26 de octubre de 1970, quedó abolido el sistema  de la tarifa legal en esa materia, y se introdujo, en su reemplazo,  el de la sana crítica, también llamado de la libre  apreciación razonada (artículo 187), cuya sola  enunciación permite entender, por lo regular, que en su marco  ninguna prueba tiene prevalencia sobre otras y, además, que su  función apunta al establecimiento de la verdad sin  calificativos como el de formal, que la distinguía en el  sistema superado  (SC141, 6 ag. 2002, exp. n.° 6148).  

La  sana crítica, según la Corporación, es un  «sistema  de valoración estructurado sobre la libertad y autonomía  del juzgador para ponderarlas y obtener su propio convencimiento,  bajo el único apremio de enjuiciarlas con soporte en el  sentido común, la lógica y las reglas de la  experiencia»  (SC, 24 mar. 1998, exp. n.° 4658, reiterada en SC, 12 feb. 2008,  rad. n.° 2002-00217-01).  

La  doctrina sostiene que «es  el arte de juzgar atendiendo a la bondad y verdad de los hechos, sin  vicios ni error; mediante la lógica, la dialéctica, la  experiencia, la equidad y las ciencias y artes afines y auxiliares y  la moral, para alcanzar y establecer, con expresión motivada,  la certeza sobre la prueba que se produce en el proceso»1.  A su vez, Eduardo J. Couture expresó que «son,  ante todo, las reglas del correcto entendimiento humano. En ellas  interfieren las reglas de la lógica, con las reglas de la  experiencia del juez. Unas y otras contribuyen de igual manera a que  el magistrado pueda analizar la prueba… con arreglo a la sana  razón y a un conocimiento experimental de las cosas»2.  

2.2.  En línea con lo apuntalado, la exigencia de un medio de prueba  específico, propio del sistema tarifario, debe estar ordenado  claramente en la ley, de manera que si el juzgador, apartándose  del principio general, sin norma alguna que lo autorice, reclama un  determinado medio demostrativo para la acreditación de un acto  o hecho que interesa al proceso, incurre en una pifia de juzgamiento,  tesis que refrendó la Corte a poco de ser expedido el citado  estatuto procesal, al aseverar que hay error de derecho cuando el  sentenciador «exige  para probar un hecho un medio que la ley no establece»  (G.J. CXCII, págs. 76 y 77).  

Reiterada  en el sentido de que «[e]l  error de derecho… apunta al aspecto normativo de las probanzas  y se presenta en el momento de la contemplación jurídica  de las mismas, es decir, cuando luego de darlas por materialmente  existentes en el proceso, se pasa a ponderarlas a la luz de los  preceptos que regulan su valoración… se  presenta en síntesis cuando la sentencia exige, para demostrar  un acto o un hecho, una prueba especial que la ley no reclama»  (negrilla fuera de texto, SC7019,  13 jun. 2014, rad. n° 2002-00487-01).  

Recientemente  se insistió:  

En relación  con el error de derecho, en tanto variable de la causal de violación  indirecta de la norma jurídica sustancial, conviene recordar  que el mismo apunta al aspecto normativo de las probanzas y se  presenta en el momento de la contemplación jurídica de  las mismas, es decir, cuando luego de darlas por materialmente  existentes en el proceso, se pasa a ponderarlas a la luz de los  preceptos reguladores de su valoración, razón por la  cual, se excluye toda controversia atinente a su aspecto físico  o material.  

Esta clase de  equivocación surge de la transgresión al debido respeto  que impone el postulado del contradictorio, en las fases de aducción  e incorporación de los elementos de juicio, ya sea porque se  contraría al legislador acerca del mérito o eficacia  probatoria a ellos asignados, o debido al desconocimiento del deber  de practicar pruebas de oficio, cuando es legalmente imperativo o son  indispensables para efectuar una condena pecuniaria en concreto o  impedir fallos inhibitorios y nulidades.  

Para su  acreditación, según lo ha señalado la Sala, se  impone realizar un ejercicio comparativo entre la sentencia y el  correspondiente medio de persuasión, con la finalidad de  evidenciar ‘que  conforme a las reglas propias de la petición, decreto,  práctica o apreciación de las pruebas, el juicio del  sentenciador no podía ser el que, de hecho, consignó.  En consecuencia, si dijo que la prueba era apta para demostrar el  hecho o acto, debe hacerse notar que no lo era en realidad; o si la  desestimó como idónea, debe puntualizarse que sí  era adecuada.  Todo, con sujeción a las susodichas normas reguladoras de la  actividad probatoria dentro del proceso, las cuales, en consecuencia,  resultan quebrantadas, motivo por el cual y a fin de configurar el  error, debe denunciarse su violación’ (CSJ SC 6 abr.  2011, exp. 2004-00206-00)…  (negrilla fuera de texto, SC5676, 19 dic. 2018, rad. n.°  2008-00165-01),  

2.3.  Ahora bien, una cosa es la exigencia legal sobre la demostración  de un hecho o acto con determinado medio y otra, muy distinta, la  conveniencia o utilidad que se predique de uno en particular por la  índole del asunto o por el tema en análisis.  

Así  acontece, por ejemplo, en casos de simulación, en que se tiene  por admitido, debido al sigilo u ocultamiento del acto simulado, que  acudir a la prueba indiciaria resulta conveniente, pues con ella  podrá develarse la intención real de los contratantes,  analizando los indicios a partir de su gravedad, pluralidad y  convergencia.  

Otro  tanto sucede con la demostración del justo precio en materia  de lesión enorme, en que la peritación es, en línea  de principio, el instrumento adecuado para establecer el valor de  mercado del bien al momento del contrato.  

Situación  semejante acontece en materia de nexo causal, pues la demostración  del vínculo entre el hecho contrario a derecho y el daño  no siempre resulta sencillo, ya que pudieron mediar muchos factores  que incidieron en el resultado, caso en el cual la prueba pericial o  el testimonio técnico brindan insumos relevantes para  clarificar el vínculo necesario o probable que debe darse  entre ambos.  

2.4.  A la misma directriz suele acudirse para la cuantificación de  perjuicios, campo en que el peritaje sirve para fijar con exactitud  su quantum,  de modo que se satisfaga el principio de reparación integral y  se eviten situaciones de enriquecimiento o empobrecimiento.  

Ciertamente  otros factores probativos pueden servir para estos fines, como sucede  con los documentales e incluso la contabilidad de los comerciantes,  sin que de ahí se siga que por esta vía pueda  establecerse una tarifa legal, porque ésta, insístase,  debe tener fuente en un mandato normativo expreso.  

3. En  el asunto que ocupa la atención de la Corte, para el Tribunal  la prueba de que el demérito originado en la «contaminación  de los suelos próximos a la planta de cementos ocasionó  la pérdida de la producción de la industria arrocera de  la hacienda la Palma, también  ha debido extraerse de la contabilidad de las demandantes»  (negrita fuera de texto).  

3.1.  Este aserto judicial estuvo precedido de argumentos nebulosos, de los  que coligió que como las demandadas eran comerciantes estaban  obligadas a llevar contabilidad regular conforme a las prescripciones  legales, pero como se había persuadido de que no atendían  estas exigencias, les restó eficacia probatoria, en compás  con la aseveración de que «es  regla general que si la persona que reclama un perjuicio por  responsabilidad civil no lleva contabilidad, pierde el derecho a  reclamarlo. No, lo que acontece en este litigio es que las sociedades  demandantes están obligadas a llevar la contabilidad ‘de  sus negocios conforme a las prescripciones legales’»  (folio  1065 ibidem).  

Con  tal manifestación limitó la demostración del  daño emergente y del lucro cesante a la contabilidad de las  demandantes, con lo cual impuso una prueba tarifaria no prevista en  la ley, incurriendo así en el yerro de derecho denunciado por  el casacionista.  

3.2.  Al respecto procede indicar que, ciertamente, los comerciantes deben  llevar contabilidad regular de sus negocios, como lo impone el  numeral 3° del artículo 19 del Código de Comercio,  y que los entonces vigentes artículos 271 del Código de  Procedimiento Civil y 68 del citado estatuto mercantil3,  le atribuían un especial mérito de convicción.  Empero, de esas normas no se sigue que estuviera en vigencia un  sistema de tarifa legal o prueba única, como concluyó  erradamente el ad  quem.  

3.2.1.  Para comenzar, el primero de los preceptos contempla una carga propia  de los comerciantes, cuya desatención tiene unas secuelas  señaladas en otras normas, entre ellas, las demás que  fueron mencionadas y que regulan el tema probatorio.  

El  referido artículo 271 preceptuaba:  

…los  libros de comercio hacen fe en los procesos entre comerciantes,  siempre que estén bien llevados en legal forma.  

Si  en los procesos entre comerciantes los libros de una parte no están  llevados en legal forma, se estará a los que la contraparte,  siempre que cumplan los requisitos legales, salvo prueba en  contrario. En los demás casos, si los libros de ambas partes  estuvieren en desacuerdo, el juez decidirá según el  mérito que suministren las otras pruebas…  

A su  vez, el citado artículo 68 disponía que «[l]os  libros y papeles de comercio constituirán plena prueba en las  cuestiones mercantiles que los comerciantes debatan entre sí,  judicial o extrajudicialmente».  

Estas  normas, por la materia que regulan, son aplicables únicamente  para los litigios entre comerciantes, siempre que actúen en  esta calidad, pues en ese campo es donde la contabilidad tiene su  plena razón de ser. Véase de forma literal cómo  el artículo 68 señala que sólo «en  las cuestiones mercantiles»,  esto es, vinculadas a los actos de comercio regulados en los  artículos 20 y 21 del Código de Comercio, los libros y  papeles de comercio pueden calificarse como plena prueba4.  

Más  adelante, el referido artículo 68 insiste que «[e]n  materia civil, aun entre comerciantes, dichos libros y papeles sólo  tendrán valor contra su propietario, en lo que en ellos conste  de manera clara y completa y siempre que su contraparte no los  rechace en lo que le sea desfavorable».  Significa que, en las controversias no vinculadas a actos de  comercio, aunque las partes sean comerciantes, la contabilidad es un  medio de prueba que deberá someterse al tamiz de la sana  crítica5.  

En el  tema ha puntualizado la Corte «que  la  parte inicial del primer inciso del artículo 271 del C.P.C.,  tiene como presupuesto necesario que  se trate de una disputa entre comerciantes, por asuntos mercantiles…  Es por ello por lo que el inciso 2º del artículo 68 del  Código de Comercio, como regulador de la materia, precisa que  ‘En materia civil, aún entre comerciantes, dichos libros  y papeles sólo tendrán valor contra su propietario…’,  que es lo que, en últimas, dispone la transcrita parte del  artículo 271 del C. de P.C.».  

Y  enfatizó, en párrafo subsiguiente, que por esa razón  esos libros y papeles «tienen  el valor de plena prueba en  las cuestiones mercantiles que los comerciantes disputen entre sí  (art. 68, ib.) y, en el caso de los libros, constituyen un principio  de prueba por escrito ‘a favor del comerciante’, cuando  contienda con persona que no lo sea (art. 69, ib.)»  (negrilla fuera de texto, SC de 26 may. 2006, rad. n.°  1994-09166-01).  

Aunado  a lo expuesto, se observa que los referidos artículos  establecieron que los documentos contables «hacen  fe»  y  son «plena  prueba»  de  la información en ellos contenida, pero de ninguna manera  consagraron que fueran el único medio de convicción  admisible para acreditar los supuestos fácticos fundantes de  los derechos reclamados.  

De  hecho, el citado artículo 271 prescribe que, cuando la  contabilidad de una parte carezca de valor probatorio, deberá  estarse a la de la otra, «salvo  prueba en contrario»,  lo que traduce que podrá acudirse a otros medios para restarle  mérito demostrativo, caso en el cual el juzgador tiene la  carga de evaluar la totalidad del plenario. Más categórico  es el segundo inciso de esta disposición, pues ante las  deficiencias contables de ambas partes, impone al juzgador considerar  todas las pruebas allegadas a la foliatura y decidir conforme a  ellas, que así excluye la simple absolución del  demandado ante esta situación.  

Esta  última prescripción también fue consagrada en  artículo 70 del Código de Comercio, al permitir que el  interesado allegue «plena  prueba»  para desvirtuar el contenido de los libros y papeles comerciales de  su contraparte, y al imponerle al juez que tome «las  demás pruebas allegadas al juicio»  cuando la contabilidad no se ajuste a las disposiciones legales.  

3.2.2.  Se colige, entonces, que el legislador no consagró un sistema  de prueba única o tarifaria, bajo cuyo mandato los errores  contables conlleven a la pérdida del derecho debatido, ante la  falta de demostración del daño ocasionado o de su  cuantificación. La consecuencia negativa prevista para tales  yerros, que ciertamente constituyen un desconocimiento de lo  prescrito en el numeral 3° del artículo 19 del estatuto  comercial, únicamente será restarles mérito de  convicción.  

Esta  Corporación, refiriéndose a la ausencia de idoneidad de  la información contenida en los libros contables, señaló:  «si  algún efecto adverso se buscara de ellos, no sería otro  distinto que el no tenerlos en cuenta»  (negrilla fuera de texto, SC16485, 30 nov. 2015, rad. n.°  2008-00160-01).  

De  forma detallada se ha dicho:  

En compendio,  si lo que muestra el proceso es que… el Tribunal otorgó  valor probatorio… a unos libros indebidamente llevados, cuando  lo cierto es que las probanzas mencionadas y, principalmente, las  experticias, en últimas, se apoyaron en una contabilidad  incompleta, no se remite a duda que el sentenciador incurrió  en error de derecho al no percatarse que, frente a semejante  irregularidad, la  prueba resultaba convicta de ineficacia,  al tenor del artículo 271 del Código de Procedimiento  Civil.  

En este preciso  sentido se ha pronunciado la Corte: “ Son dos los motivos  legales de ineficacia probatoria de los libros de comercio: la doble  contabilidad o fraude similar y la contabilidad irregularmente  llevada. En ninguno de los dos casos los libros prueban a favor…  La doble contabilidad, o fraude similar, suponen la existencia de una  contabilidad para engañar a terceros, que puede estar  regularmente llevada, es decir acomodada formalmente a los requisitos  legales, pero que no obstante resulta ineficaz, por ocultar las  operaciones verdaderas. La  contabilidad irregular por su lado también es ineficaz, por no  ajustarse a las formalidades legales, así refleje operaciones  verdaderas”  (G.J. t, CCXII, pag. 202)… (negrilla  fuera de texto, SC, 21 mar. 2003, exp. n.° 6642).  

Remárquese,  a riesgo de hastiar, la pérdida de peso probatorio de la  información contable es la única consecuencia de su  irregular adelantamiento, no así la consunción del  derecho reclamado, siempre que éste pueda demostrarse con  otros instrumentos suasorios en el contexto de la libertad de medios  y dentro de las reglas de la sana crítica.  

3.2.3.  Admitir la existencia de una tarifa legal supondría desconocer  el alcance probatorio atribuido a los libros de comercio por el  derogado Código de Procedimiento Civil, pues esta norma se  limitó a disponer que «hacen  fe»  de lo registrado en ellos, valga decirlo, sirven para tener por  probado sus registros, pero eso no excluye que los interesados puedan  acudir a otros medios de convicción para probar en contra de  ellos o en su ausencia.  

Carlos  Ducci Claro, al analizar los efectos de la plena fe probatoria,  sostuvo que «…no  quiere decir que las partes no puedan impugnar la verdad de sus  declaraciones, pero, al efecto, necesitarán un medio  probatorio que tenga al respecto la misma fuerza…, es decir,  otra plena prueba»6.  

Otro  tanto sucede con el Código de Comercio, pues consagró  que este medio demostrativo es una «plena  prueba»,  lo que significa que «manifiesta  sin dejar duda alguna la verdad del hecho controvertido, instruyendo  suficientemente al juez para que en virtud de ella pueda dar  sentencia condenatoria o absolutoria»7.  Esto, lejos de excluir otros instrumentos de persuasión, fue  la consagración de un valor preferente de la contabilidad  regularmente adelantada para las partes y el juzgador, que no tendrá  aplicación cuando falte o presente defectos que le resten su  valor.  

3.2.4.  Refulge de lo expuesto que la contabilidad no fue concebida como una  tarifa legal probatoria en todos los procesos en que intervengan  comerciantes, y mucho menos tal regla sería para los asuntos  no mercantiles; con todo, en ningún caso se sigue una  prohibición para acudir a otros mecanismos suasorios cuando la  contabilidad no pueda ser valorada por desconocer los cánones  técnicos que la rigen.  

4. Se  suma a lo anterior que el Tribunal extendió, incorrectamente,  los efectos del incumplimiento del deber de los comerciantes de  llevar contabilidad regular de sus negocios al presente caso, en  desatención de la naturaleza de los intereses en litigio.  

4.1.  Total, la presente controversia tiene un linaje civil, en el que la  contabilidad es un medio de convicción adicional del proceso.  Luego, aún de admitirse irregularidades contables, esto sólo  conduciría a restarle credibilidad, sin excluir la posibilidad  de acudir a otros medios demostrativos. Y es que, si la contabilidad  no fue concebida como una prueba única en asuntos mercantiles,  menos aún tendría tal carácter en las demás  materias de derecho privado.  

En el  sub  lite,  aunque las partes tienen calidad de comerciantes, lo cierto es que el  litigio carece de un talante comercial, en tanto no está en  discusión ningún acto de comercio o un vínculo  jurídico propio de este campo económico, sino que se  trata de una controversia civil fincada en la responsabilidad  extracontractual por el incumplimiento de las obligaciones del  propietario frente a sus colindantes.  

Luego,  por fuerza del artículo 70 del Código de Comercio,  entonces vigente, aún de admitirse que la contabilidad estaba  alejada de las reglas vigentes, la consecuencia es que no podían  ser valoradas a favor de quien las adujo, sin que por esto perdiera  su derecho de acudir a otros medios para acreditar los perjuicios que  en el desarrollo de sus actividades le fueron causados en forma  antijurídica por un tercero.  

Máxime  por cuanto, que la contabilidad permita establecer mejor la  afectación patrimonial reclamada, no significa reconocerle el  alcance de «único»  medio demostrativo y, menos aún, concluir que ante su ausencia  debe inferirse que el daño o su cuantía son  inexistentes.  

4.2.  Empero de lo comentado, el sentenciador de segundo grado exigió  la contabilidad regular como prueba necesaria de la configuración  y de la cuantía de los daños, en un evidente error de  derecho. Este énfasis en los estados financieros de las  demandantes y sus soportes contables cercenó el contenido de  las demás evidencias, las cuales simplemente fueron  pretermitidas, a pesar de que eran idóneas para definir el  demérito reclamado y su contenido.  

Esto  explica que el juzgador, a pesar de tener por demostrado que «los  suelos de los lotes de la hacienda ‘La Palma’ próximos  o inmediatamente aledaños a la planta de cementos ‘Buenos  Aires’, se han alcalinizado en virtud de las altas  concentraciones de carbonato de calcio relacionadas ‘con la  influencia de material particulado finamente, expulsado por la  fábrica de cementos Buenos Aires’»  (folio 1051 de la carpeta 5), de forma inexplicable rehusó la  indemnización por cuanto la contabilidad «no  estaba llevada en forma regular»  y, por ende, «no  tiene eficacia probatoria, con independencia ‘de la veracidad o  no de los datos incorporados en ella’»  (folio 1092 ibidem).  

5. En  punto a la pretermisión probatoria a que se ha hecho  referencia, conviene  recordar que los daños reclamados y a los cuales se limitó  la segunda instancia, fueron los que dijo padecer Arrocera Potrerito  como explotadora de todo el predio, otrora parcialmente de propiedad  de las otras demandantes y de la señora Bertha Serna de  Laserna, referidos al aumento en los costos de producción del  arroz y a la disminución de su fecundidad. Además,  reclamaron el lucro cesante que dijeron padecer por causa de no poder  cultivar tierras con arroz, las cuales quedaron ociosas para este  tipo de cultivos en razón de su contaminación.  

5.1.  Frente a la primera pretensión, según los hechos sexto  y octavo de la demanda, «[n]o  obstante tener matrículas inmobiliarias diferentes los  predios… mantuvieron materialmente su unidad para efectos de  su explotación agrícola»  (folio 367 del cuaderno 1), por lo que «todo  lo concerniente a la administración, explotación y  comercialización derivadas de la actividad agroindustrial, en  todos los predios… se encausó a través de la  sociedad Arrocera Potrerito Laserna y Cía. S.C.A.».  

En  igual sentido, las actas de las asambleas de accionistas de 1979, dan  cuenta de la aprobación, por parte de los asociados de las  diferentes personas jurídicas, de que toda la actividad  agrícola del predio en mayor extensión fuera manejada  por la citada sociedad, «asumiendo  los costos, gastos y a la vez facturar a nombre propio el producto a  los diferentes clientes y/o comprador»  (folio 797 ibidem).  

Ahora,  que entre las demandantes no se hubiera cumplido con las obligaciones  propias del contrato de cuenta corriente mercantil, en particular, el  reparto de utilidades, constituye una situación jurídica  ajena por entero a la discusión de fondo del presente caso,  asentado en el daño a los terrenos y sus efectos sobre la  productividad del arroz, frente a lo cual se tiene por acreditado que  Arrocera Potrerito, con anuencia de sus litisconsortes, explotó  –o decidió no explotar- tierras de estas que luego  fueron suyas, por cuya contaminación sufrió perjuicios.  

Por  ser esa sociedad la encargada de las actividades de administración  y enajenación, es connatural que el valor de los perjuicios  sea determinado a partir de sus ingresos y egresos, al margen de la  forma en que las propietarias se distribuyeran ese valor, aspecto que  constituye una relación sustancial interna.  

Con  estas advertencias, como bien manifestó el recurrente, el  Tribunal olvidó los hechos 7º y 8º de la demanda,  las escrituras públicas de venta de predios de las demandantes  a Arrocera Potrerito, las actas de asamblea de accionistas (folios  795-810 de los anexos del dictamen pericial de Norma Galeano y  Octavio Heredia), la inspección judicial en la que el  representante legal de dicha empresa manifestó que ella era la  única que ejerció la explotación agrícola  que se refleja en el movimiento contable (folios 1 a 12 del cuaderno  2, tomo 1), los dictámenes periciales de Galeano y Heredia  (folio 259 del cuaderno 2, tomo 1) y de Myriam Rivas (folios 450 a  481 del cuaderno 5), que conjuntamente apuntan a demostrar que la  explotación agrícola desde 1979 fue realizada  exclusivamente por la aludida sociedad y, por tanto, su información  financiera era la relevante para efectos de establecer el quantum  del perjuicio.  

5.2.  Por otra parte, si bien es cierto que, en la diligencia de inspección  judicial, durante la exhibición de libros de comercio de las  actoras, el señor Nicolás Laserna, representante de  Arrocera Potrerito, manifestó que  

…la  explotación de los predios de todas las sociedades ha sido  hecha por Potrerito, se corrige por la sociedad Arrocera Potrerito  Laserna y Compañía SCA como un conjunto y las demás  sociedades demandantes eran propietarias del terreno las que llevaban  una cuenta corriente con Arrocera Potrerito la cual se hacía  los movimientos al final del año, con esto pretendo aclarar  que aparte de Arrocera Potrerito ninguna de las sociedades explotaba  directamente el terreno y por eso no se refleja el movimiento  contable de una explotación agrícola, tal como se dijo  en el hecho séptimo de la demanda. No existe documento  contable soporte de movimiento contable de los libros de la sociedad  porque eso se hacía entre la sociedad Arrocera Potrerito  Laserna y las demás sociedades  (folio  2 del cuaderno 2, tomo 1).  

Frente  a esa aseveración, el apoderado de las demandadas solicitó  se exhibiera el documento en que constaba el acuerdo de  administración, así como los soportes contables de  rendición de cuentas de la sociedad responsable de la  explotación, de lo cual se dio como respuesta el acta 01 de  1979. En punto a la exhibición de los libros de las otras  compañías expresó el asesor contable que todos  los movimientos de la producción constan en los libros y  comprobantes de Arrocera Potrerito, por lo que los estados  financieros individuales sólo permiten evidenciar la situación  de esa sociedad (folio 5 ibidem).  

Además,  los peritos designados por el juzgado (Norma Constanza Galeano y  Octavio Heredia) expresaron que «para  la elaboración del flujo de caja se tomó como punto de  partida la contabilidad de Arrocera Potrerito, que es la que  consolida toda la operación productiva de las sociedades y  refleja los efectos económicos de la actividad agrícola,  objeto de análisis»  (folio 259 del cuaderno 2, tomo 1).  

Por  tanto, encuentra una explicación razonable que la experta  designada por el Tribunal (Myriam Rivas), expusiera en su dictamen  que la información contable que tomó en consideración  fue la de Arrocera Potrerito, en cuyos libros se hicieron los  registros ajustados «al  desarrollo de la actividad agropecuaria en virtud del encargo de  administración delegada conferido a esta por las otras  sociedades como unidad de explotación agrícola, el cual  fue verificado y se encuentra en las actas de asamblea general de  accionistas correspondientes al año 1979, de cada una de las  sociedades»  (folio 451 del cuaderno 5).  

Esta  delimitación de los datos objeto de análisis, no sólo  encuentra apoyo en las pruebas recabadas en el proceso, sino que  permite circunscribir el estudio de la legalidad de la contabilidad a  la que fue adelantada por Arrocera Potrerito, siendo inadecuado que  el Tribunal, basado en las falencias advertidas en la diligencia de  inspección judicial, o en los testimonios de Barbosa y  Fernández, respecto de la información financiera de las  otras demandantes, tildara de irregular aquélla; dicho en  breve, no se percató que su atención debía  centrarse en la contabilidad de Arrocera Potrerito, por ser la  encargada de la explotación agrícola.  

Así  las cosas, a más de que la perito Myriam Rivas concluyó  que las contabilidades de las demás sociedades diferentes a  Arrocera Potrerito se llevaron en forma adecuada, este tema no puede  demeritar el derecho reclamado, porque los datos financieros  relevantes estaban en los soportes del responsable de la siembra y  enajenación de los cultivos, y allí es donde se pueden  determinar los efectos patrimoniales de la contaminación. En  este contexto, los supuestos yerros que pudieran existir en los  estados financieros y libros de las demás actoras, carecían  de la entidad suficiente para desvirtuar el contenido de las pericias  realizadas o impedir que pudieran dar un concepto técnico.  

5.3.  El conjunto de las reflexiones anteriores muestra el error de  juzgamiento en que incurrió el Tribunal, de allí que  las acusaciones deban abrirse paso.  

6.  Habiéndose explicado que en la acreditación del daño  y su cuantía, salvo norma expresa, hay libertad en los medios  probatorios, incluso para quienes están obligados a llevar  contabilidad, ha de reconocerse que el éxito de la pretensión  depende del acopio probatorio; que, en asuntos donde intervienen  actividades productivas, cobran especial relevancia probanzas tales  como los informes estadísticos, los testimonios técnicos,  la peritación y, con mayor razón, la contabilidad de la  víctima, por su conveniencia para relievar las pérdidas  del ejercicio económico.  

6.1.  En la situación origen de esta litis, como ya se anticipó,  en que la conducta dañosa se mantuvo por largos periodos y  ocasionó perjuicios a la actividad empresarial de las  demandantes, y en particular de una de ellas, la contabilidad sirve  como instrumento prístino para conocer las afectaciones  económicas.  

Decía  Joaquín Garrigues: «los  comerciantes no realizan sus anotaciones con fines de futura  probanza, sino para obtener una visión exacta en todo momento  de su situación económica, y son ellos los más  interesados en la veracidad de los asientos»8.  

De  ahí que, sin el escollo inflexible que trazó el  sentenciador de segunda instancia, en relación con la prueba  emanada de la contabilidad para acreditar el daño y su monto,  debió abrirse paso el estudio de los demás medios  suasorios que integran la foliatura, en particular los soportes  contables de Arrocera Potrerito.  

6.2.  Sobre estos últimos conviene señalar que su mérito  demostrativo deviene del hecho de que estaban correctamente  reflejados en los estados financieros, según lo verificó  el dictamen pericial de esa especialidad que la revisó para  tasar el daño reclamado, a cuyo propósito no hallaron  erratas insalvables que impidan estimarla como importante elemento de  juicio.  

Es  cierto que al tenor del artículo 66 del Código de  Comercio, durante la exhibición de los libros de comercio, «el  juez o funcionario hará constar los hechos y asientos  verificados y, además, el estado general de la contabilidad o  de los libros, con el fin de apreciar si se llevan conforme a la ley,  y en consecuencia, reconocerles o no el valor probatorio  correspondiente».  Pero el artículo 288 del Código de Procedimiento Civil  dispuso que la diligencia de exhibición «parcial»  de los libros y papeles del comerciante «se  practicará ante el juez del lugar en que los libros se lleven  y se limitará a los asientos y papeles que tenga relación  necesaria con el objeto del proceso y la comprobación de que  aquellos cumplen con las prescripciones legales».  

Aparte,  es claro que si la inspección judicial apunta a la  «verificación  o el esclarecimiento de hechos materia del proceso»  (artículo 244 del Código de Procedimiento Civil), y  estos, por su naturaleza científica, técnica o  artística, requieren la asistencia de un perito para que  dilucide, por ejemplo, dudas en el área estrictamente  contable, la labor para el perito no se agotará en la mera  inspección, ni con la información allí recabada,  pues cumplir el encargo es labor que va más allá de  examinar el aspecto físico de los libros exhibidos, el cual  sólo permitirá establecer si se llevan en idioma  castellano, por el sistema de doble partida, su inscripción en  el registro9,  y otros aspectos formales, más no su veracidad y exactitud. De  modo que en esa sola diligencia no podría establecerse si es  regular y adecuada a las prescripciones legales la contabilidad de  que se trate, dado que, además de esos aspectos externos,  cuando menos, han de aplicarse conocimientos propios de la ciencia  contable, los principios y normas aceptados en esa área y de  la auditoría de cuentas, con reconocido valor técnico,  a efectos de poder establecer que la contabilidad sirve para  «identificar,  medir, clasificar, registrar, interpretar, analizar, evaluar e  informar, las operaciones de un ente económico, en forma  clara, completa y fidedigna»  (artículo 1º del decreto 2649 de 1993).  

Allí  es donde luce idónea la calificación que el experto  haga acerca de si la contabilidad que ha examinado permite «el  conocimiento y prueba de la historia clara, completa y fidedigna de  los asientos individuales y el estado general de los negocios»  (artículo 48 del Código de Comercio).  

Pero  el experto llamado a opinar sobre esa aptitud técnica y legal,  en primer lugar, debe ser contador, que así lo exige el  artículo 13 de la ley 43 de 1990 al prescribir que, a más  de lo ordenado en leyes anteriores, «se  requiere tener la calidad de contador público en los  siguientes casos: 1. Por razón del cargo: … c) Para  actuar como perito en controversias de carácter  técnico-contable, especialmente  en diligencia sobre exhibición de libros,  juicios de rendición de cuentas, avalúo de intangibles  patrimoniales, y costo de empresas en marcha».  Y en segundo lugar, debe fundar su dictamen en las pautas que esa  disciplina ha decantado como idóneas, aplicadas obviamente a  la contabilidad que examine con base en los soportes, comprobantes,  libros y estados financieros del ente económico que la lleva.  

6.3.  Se suma a lo expuesto el error de hecho en la apreciación de  la inspección judicial, por generalizar el Tribunal que las  demandadas tenían una contabilidad irregular, desconociendo  las constancias sentadas en el acta en cuanto a la exhibición  de libros principales, declaraciones de renta y comprobantes  contables de Arrocera Potrerito, los cuales se consideraron bien  llevados por los peritos Galeano y Heredia, lo que asimismo afirmaron  los contadores Cubillos y Calderón, y finalmente la contadora  Myriam Rivas, designada por el ad  quem.  

Para  dilucidar conviene resaltar que las demandadas pidieron exhibición  de los libros y papeles de las demandantes, para que en inspección  judicial con «peritos  contables»  (folios 764 y 765 del cuaderno 1, tomo 2), se examinara la  contabilidad en punto a la producción, costos, ventas e  ingresos por la explotación de los predios de la hacienda La  Palma con cultivos de arroz, se obtuvieran las declaraciones de renta  de sus propietarios, los estados financieros entre 1981 y 1998, así  como comprobar si las sociedades llevaban contabilidad regular para  los años de 1981 a 1991.  

La  inspección judicial a los libros y papeles de las actoras,  realizada el 26 de julio de 2000 por el Juzgado Cuarto Civil del  Circuito de Ibagué, con intervención de peritos (folios  1 a 10 del cuaderno 2, tomo 1), en la finca Los Cauchitos, fue  atendida por Jesús Antonio Laguna Donoso, asesor contable de  aquellas, persona que manifestó que «toda  la documentación contable de las sociedades demandantes y de  doña Berta Serna de Laserna se [encontraba] en esta oficina, y  no en la ciudad de Bogotá, en razón de la prueba  decretada»  (folio 1 del cuaderno 2, tomo 1).  

De  Arrocera Potrerito exhibió los libros allí  relacionados, con constancias de registro en cámara de  comercio, hojas útiles, usadas y fechas de las anotaciones. Se  apuntó que en los libros de actas figuran los balances y  estado de pérdidas y ganancias sin firma del contador y del  representante legal (folio 6), lo que dio pie a que el Tribunal  entendiera, incurso en yerro fáctico, que en la inspección  se constató que los estados financieros no estaban firmados,  cuando únicamente se aludió a los estados financieros  que estaban incorporados a las actas de asamblea.  

Incluso  pasó por alto que esa información contable fue  arrimada, debidamente suscrita, como uno de los anexos al dictamen  pericial de Norma Galeano y Octavio Heredia (folios 668-726), lo que  era hacedero por cuanto la labor de los expertos, como ya se señaló,  no se circunscribía a la mera audiencia de exhibición,  so pena de vaciar de contenido su actividad.  

La  Corte ha fijado que en el caso del dictamen no se requiere de  inspección judicial concurrente como condición de  eficacia probatoria de la información que reposa en esos  libros examinados por los peritos, «pues  además del principio de libertad probatoria consagrado en la  ley adjetiva civil, ninguna restricción, en punto de la  pericia, contempló el legislador, a partir de la cual se  imponga que el examen de los libros de contabilidad debe ser  simultaneo con la inspección judicial o que la única  forma de probar la conformidad de los libros de contabilidad con la  ley sea la inspección judicial directa»  (SC,  22 jun. 2011, rad. n.° 2000-00155-01).  

También  ha sentado que la falta de valoración de los anexos del  dictamen pericial es un error de hecho, por cuanto supone un  cercenamiento de esta prueba (CSJ, SC17215, 16 dic. 2014, rad. n.°  2005-00156-01), con claro desconocimiento del valor de la información  allegada por el experto después de realizar los estudios que  le han sido ordenados.  

6.4.        En  cuanto al dictamen de Myriam Rivas, practicado a instancias del juez  colegiado, se cometió un nuevo error fáctico, por  cuanto esta contadora pública explicó que, pese a las  falencias de la contabilidad objeto de análisis, y al igual  que los contadores Cubillos y Calderón, «durante  el periodo 1981 a 1998 fue llevada de manera regular y ajustada a las  normas vigentes y a las formalidades legales exigidas para su validez  como medio probatorio»,  que los estados financieros y declaraciones de renta de la misma  empresa, entre 1981 y 1998, «corresponden  fidedignamente a las cifras registradas en los libros de  contabilidad, y estos a su vez se encuentran suficientemente  soportados con sus comprobantes de contabilidad y soportes contables  respectivos»  (folio 454 del cuaderno 5).  

La  desaprobación del Tribunal a dicha pericia fue producto del  yerro fáctico en que incurrió al apreciarla, a partir  de los conceptos emitidos por los expertos Barbosa y Hernández,  con desfiguración también de este medio, pues no se  percató de que estos declarantes manifestaron no haber hecho  examen alguno a los libros y papeles contables de la sociedad, pues  su opinión se circunscribió a lo que se plasmó  en el acta de la inspección judicial y al dictamen de Galeano  y Heredia, diferente a la perito, que revisó los libros de  comercio y los registros contables de la sociedad para arribar a sus  colofones (folios 451 a 453 ibidem).  

Total,  los declarantes Barbosa y Hernández, contadores contratados  por las opositoras, conceptuaron tomando «como  base el acta que recoge la diligencia de inspección judicial  con exhibición de libros y papeles de comercio»  (folio 301 del cuaderno 2, tomo 1), según lo anunciaron en su  escrito, aportado por aquellas como prueba de la objeción por  error grave que habían elevado contra el dictamen de los  peritos Galeano y Heredia, designados por el a  quo.  

Al  contrario, los contadores Diana Alexandra Cubillos y Jorge Calderón,  al referirse a la contabilidad de Arrocera Potrerito y demás  actoras, en el marco de la objeción por error grave al  dictamen pericial de Galeano y Heredia, previo examen físico  documental, coligieron que se adelantaba en debida forma, para cuyo  fin describieron los diversos libros contables de las sociedades, y  en especial, afirmaron haber verificado los comprobantes y documentos  de soporte de 1981 a 1998, y que «mediante  la toma al azar de algunos comprobantes de contabilidad, se verificó  que éstos se encontraban debidamente asentados en los libros  de contabilidad, con resultado satisfactorio en la muestra tomada»  (folio 531 del cuaderno 2, tomo 1), la cual detallan.  

Frete  a la experticia de la contadora Myriam Rivas, destaca la Corte, allí  se indican que «fueron  puestos a disposición para el examen pericial los libros de  comercio de cada una de las sociedades mencionadas»  (folio 451), pero que el mismo se sustentó en la información  contable de Arrocera Potrerito, en la que se asentaron los registros  contables relacionados con la actividad agropecuaria. Señaló  que «Arrocera  Potrerito Laserna y Cía. S.C.A. aportó para el examen  pericial los comprobantes de contabilidad por el periodo 1976 a 1998  los cuales se encuentran adecuadamente archivados e identificados por  tomos mensuales y debidamente justificados con sus correspondientes  soportes contables»  (folio 453 del cuaderno 5), y en su concepto esa contabilidad, de  1981 a 1998, fue llevada de manera regular y ajustada a las normas  vigentes.  

Alrededor  del estudio de Epam Ltda., aportado con la demanda, esa experta  apuntó que al compararlo con los registros contables de  Arrocera Potrerito Laserna y Cía. S.C.A. respecto a producción  (bultos por hectárea), halló diferencias en el número  de bultos producidos, originadas, según la información  de los administradores de la sociedad, en que los datos tomadas por  Epam fueron los historiales de cultivos en el campo, los cuales no  tienen un peso exacto, mientras que los registros contables o de  facturación sí se hacen sobre ese pesaje y descontando  el material que se deja para semilla.  

La  perito, adicionalmente, tras revisar la información contable  del periodo 1981 a 1998, constató que había evidencias  de menores ingresos percibidos y mayores costos en los lotes  identificados como contaminados, en comparación con los  terrenos marcados como no afectados, según la clasificación  de los peritos Pérez y Galeano.  

La  metodología utilizada por la experta fue descrita de la  siguiente forma:  

…se calculó  el ingreso promedio por hectárea de los lotes «contaminados»  y de los «no contaminados», y se estableció la  diferencia entre ellos. El valor resultante constituye la diferencia  en ingreso percibido por hectárea en los lotes «contaminados»  en comparación con los «no contaminados» el cual  se totaliza multiplicando la diferencia por año por el número  hectáreas cultivadas en lotes «contaminados».  Asimismo, para el periodo 1981 a 1998, se calculó el costo  directo de producción promedio por hectárea de los  lotes «contaminados» y de los «no contaminados»,  y se estableció la diferencia entre ellos. El valor  resultante, constituye la diferencia en costos directos de producción  incurrido por hectárea en los lotes «contaminados»  en comparación con los lotes «no contaminados», el  cual se totaliza multiplicando la diferencia por año por el  número de hectáreas cultivadas en lotes «contaminados»  (folio 456-457  ibidem).  

Pese  a la suficiente fundamentación del dictamen, optó el  Tribunal por descalificarlo bajo el pretexto de que la contadora  debía limitarse a lo exhibido en la inspección  judicial, y como en esa oportunidad «no  fueron puestos a disposición los libros auxiliares de  contabilidad, in situ no se exhibieron los estados financieros  conforme lo exige la ley»  (folio 1089 del cuaderno 5).  

Frente  a lo anterior vale la pena inquirir ¿para qué decretó  la prueba dicho colegiado si de antemano estaba persuadido de que  esos libros no se habían exhibido y que el dictamen no tendría  la información suficiente para resolver los cuestionamientos  realizados? Luego, la recta hermenéutica del decreto  probatorio, so pena de faltar a la lógica y a la confianza  legítima, es que el sentenciador autorizó a la experta  para que acudiera, no sólo a los datos recabados en la  inspección y que fueron incorporados a la foliatura, sino a la  integridad de la contabilidad de las demandantes, con el fin de  extractar la información requerida para dar claridad al  proceso.  

Entendimiento  que encuentra asidero, en adición, en la relación  existente entre la inspección judicial y el dictamen pericial,  en el sentido de que por dejarse sin constar en el acta de la primera  algunos hechos o detalles, deban desecharse como faltos de  comprobación, pues hay otros medios «que  pueden probar hechos diversos de los observados por el juez; cuando  con esos otros medios de prueba se establecen esos otros hechos, el  juez tiene que reconocerlo así, pues con justedad el concurso  de los técnicos busca esclarecer, precisar o ilustrar las  cuestiones en relación con las cuales se verificó la  inspección judicial misma»  (SC, 18 may. 1983, G.J. n.° MMCDXI).  

Con  todo, es menester relievar que, de acuerdo con el acta de inspección,  dichos libros auxiliares («266  tomos, donde desde 1970 hasta 1999, se han archivado en estricto  orden todos los soportes»),  sí fueron puestos a disposición del juzgado y los  peritos, con independencia de que no fueran reproducidos para su  incorporación al expediente. Anotación que deja al  descubierto los errores endilgados al sentenciador de segundo grado,  pues orientado por las apreciaciones de Barbosa y Hernández,  quienes sólo produjeron un concepto basado en una parte de la  información, hizo a un lado las certificaciones de tres  contadores públicos que, importa relievar, examinaron los  libros, comprobantes y soportes de Arrocera Potrerito, entre otras,  con razones contrarias a las de aquellos asesores y declarantes,  acerca de la idoneidad de la contabilidad de esta compañía  como fuente para indagar con verosimilitud por la cuantía del  daño reclamado.  

6.6.  El Tribunal, igualmente, anotó que la perito Myriam Rivas  detectó que veintiún (21) lotes, de los que Epam Ltda.  incluyó en su experticia, no contaban con registros contables  en la información de Arrocera Potrerito. Con todo, eso no  impidió a la experta -ni a los otros que así lo  hicieron- certificar la regularidad de la contabilidad, ya que  precisamente el objeto del dictamen consistía en verificar el  adecuado registro de las operaciones realizadas, mostrando posibles  yerros en que pudieron incurrir los otros expertos, más aún,  cuando se tuvieron a la vista todos los soportes contables. No en  vano la contadora nombrada dejó en evidencia otras  deficiencias en que incurrió el concepto técnico de  Epam Ltda., como las diferencias en la producción de algunos  lotes, pues no tomaron los datos de la contabilidad sino de libros de  campo.  

En  todo caso, la pericia cumplió su finalidad, que era determinar  la posibilidad de acudir a la contabilidad de las demandantes, en  orden a establecer la aptitud de esos documentos para acreditar los  daños de las primeras a causa de la contaminación vía  eólica de sus terrenos productivos.  

6.7.  En suma, fue acreditado el error de hecho en la valoración del  dictamen de Myriam Rivas, en tanto se le restó fuerza  demostrativa por supuestos yerros contables, sin advertir que en su  contenido se hizo un estudio completo de la contabilidad y, a partir  de ella, obtuvo los datos necesarios para conceptuar sobre su  regularidad y el eventual monto de perjuicios derivados de la  contaminación.  

7. El  carácter manifiesto y trascendente de los errores de derecho y  de hecho en que incurrió el Tribunal conducen a casar el fallo  confutado, siendo procedente emitir proveído sustitutivo que  desate la apelación promovida por las convocadas, con el  objeto de satisfacer la orden emitida en la sentencia de revisión  de la Corte Constitucional.  

Juzga  esta Corporación, en este contexto, innecesario examinar los  demás aspectos de las acusaciones, por sustracción de  materia.  

No  habrá condena en costas por la prosperidad de la impugnación  extraordinaria.  

SENTENCIA  SUSTITUTIVA  

1.  El  veredicto  de  primera instancia.  

1.1.  Como ya se dijo, el a  quo accedió  parcialmente a los pedimentos de las reclamantes (folios 1763 a 1842  del cuaderno 2, tomo 3), por considerar que había «certeza  de los daños que fueron ocasionados a la demandante, y su  cuantía, por hechos imputables a las demandadas en razón  de su actividad productiva cementera, y su relación de  causalidad, reuniéndose los requisitos exigidos para el  establecimiento de la responsabilidad aquiliana o extracontractual».  En consecuencia, accedió a la declaratoria de responsabilidad  civil, con ocasión de emisión de sólidos por las  chimeneas de las plantas de producción de las convocadas.  

1.2.  La  condena impuesta fue por valor de $19.849.467.821, correspondiente al  daño económico pasado (causado entre 1981 y 1998),  junto con su indexación al IPC, hasta el pago total de la  obligación (folio 1841 del cuaderno 2 del tomo 3), valor que  corresponde al monto señalado en el dictamen pericial  realizado por Norma Galeano y Octavio Heredia, quienes para llegar a  este resultado tuvieron en cuenta los ingresos y egresos de la  explotación de los terrenos (folios 268 a 272 del cuaderno 2,  tomo 1, y anexos 14 y 15 del dictamen).  

2.        La  oposición de las demandadas.  

2.1.  Los argumentos de defensa, formulados en instancia y que deben  analizarse en el nuevo fallo de alzada, son los referidos a la  «estimación  errada de los supuestos daños»,  la «ausencia  de solidaridad»  y la «prescripción».  Las demás excepciones resultan desechadas por las razones que  sirvieron a la casación, a cuyas consideraciones se remite por  brevedad.  

2.2.  Del mismo modo, por corresponder a alegaciones del recurso de  apelación, deberán evaluarse los puntos relativos a la  condena en bloque, la falta de causalidad, y la prueba para tasar el  daño, sin perder de vista que los demás ya fueron  desvelados en la senda extraordinaria.  

3.  Consideraciones.  

3.1.  La protección del medio ambiente es una preocupación  creciente en las sociedades contemporáneas, amén de las  consecuencias indeseables que, sobre los ecosistemas y sus  individuos, provocan la degradación y contaminación de  aquél.  

Y  es que, si bien por muchos años se puso el énfasis en  el progreso y desarrollo tecnológico, sin importar los costos  asociados, lo cierto es que con el tiempo se hicieron patentes las  consecuencias indeseables de la industrialización  irresponsable y del consumismo, por medio de daños  irremediables sobre la biosfera, el subsuelo y la capa de ozono.  

De  allí que en la Declaración de Estocolmo sobre el Medio  Ambiente Sano, del 16 de junio de 1972, adoptada por la Conferencia  de las Naciones Unidas, se advirtiera que «[l]a  protección y mejoramiento del medio ambiente humano es una  cuestión fundamental que afecta al bienestar de los pueblos y  al desarrollo económico del mundo entero, un deseo urgente de  los pueblos de todo el mundo y un deber de todos los gobiernos»  (numeral 2°), fruto de que «[a]  nuestro alrededor vemos multiplicarse las pruebas del daño  causado por el hombre en muchas regiones de la tierra, niveles  peligrosos de contaminación del agua, del aire, de la tierra y  de los seres vivos; grandes trastornos del equilibrio ecológico  de la biosfera; destrucción y agotamiento de recursos  insustituibles y graves deficiencias, nocivas para la salud física,  mental y social del hombre, en el medio ambiente por él  creado. Especialmente en aquel en que vive y trabaja»  (numeral 3°).  

Y  se relievó que «[h]emos  llegado a un momento de la historia en que debemos orientar nuestros  actos en todo el mundo atendiendo con mayor solicitud a las  consecuencias que puedan tener para el medio ambiente. Por ignorancia  o indiferencia, podemos causar daños inmensos e irreparables  al medio ambiente terráqueo del que dependen nuestra vida y  nuestro bienestar. Por el contrario, con un conocimiento más  profundo y una acción más prudente, podemos conseguir  para nosotros y para nuestra posteridad unas condiciones de vida  mejores en un medio ambiente más en consonancia con las  necesidades y aspiraciones del hombre. Las perspectivas de elevar la  calidad del medio ambiente y de crear una vida satisfactoria son  grandes»  (numeral 6).  

De  forma más concreta, la Carta Mundial de la Naturaleza del 28  de octubre de 1982, adoptada y proclamada por la Asamblea General de  las Naciones Unidas, llamó la atención acerca de que  «[e]l  deterioro de los sistemas naturales que dimana del consumo excesivo y  del abuso de los recursos naturales y la falta de un orden económico  adecuado entre los pueblos y los Estados, socavan las estructuras  económicas, sociales y políticas de la civilización»,  de allí que se proclamara como principio general que «[s]e  respetará la naturaleza y no se perturbarán sus  procesos esenciales»  y que «[l]os  ecosistemas y los organismos, así como los recursos  terrestres, marinos y atmosféricos que son utilizados por el  hombre, se administrarán de manera tal de lograr y mantener su  productividad óptima y continua sin por ello poner en peligro  la integridad de los otros ecosistemas y especies con los que  coexistan».  

Además,  frente a la utilización de recursos naturales, se previó  que «[s]e  mantendrá o aumentará la productividad de los suelos  con medidas de preservación de su fertilidad a largo plazo y  de los procesos de descomposición orgánica y de  prevención de la erosión y de otra forma de deterioro»,  para lo cual «[se]  evitarán las actividades que puedan causar daños  irreversibles a la naturaleza»  y «[s]e  evitará la descarga de sustancias contaminantes en los  sistemas naturales».  

La  Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el  Desarrollo de 1992, adoptada por la Conferencia de las Naciones  Unidas sobre la materia, no sólo ratificó la  Declaración de Estocolmo, sino que proclamó que  «[con  el] fin de alcanzar el desarrollo sostenible, la protección  del medio ambiente deberá constituir parte integrante del  proceso de desarrollo y no podrá considerarse en forma  aislada»  (principio 4), imponiendo a los Estados «desarrollar  la legislación nacional relativa a la responsabilidad y la  indemnización respecto de las víctimas de la  contaminación y otros daños ambientales»  (principio 13).  

3.2.  Colombia se sumó a este movimiento por medio de normas  tendientes a la protección del medio ambiente, relievándose  la Constitución Política y las leyes 23 de 1973, 491 de  1999 y 1333 de 2009, así como el decreto 2811 de 1974.  

En  orden cronológico, con la ley 23 de 1973 se pretendió  «prevenir  y controlar la contaminación del medio ambiente… para  defender la salud y el bienestar de todos los habitantes del  territorio nacional»  (artículo 1°), por tratarse de un «patrimonio  común»  (artículo 2°).  

Para  hacer realidad este objetivo dispuso que «[c]uando  llegue a demostrarse técnicamente que se están  produciendo acciones que generen contaminación, podrá[n]  imponerse las siguientes sanciones según la gravedad de cada  infracción: amonestaciones, multas sucesivas…,  suspensión de patentes de fabricación, clausura  temporal de los establecimientos o factorías que están  produciendo contaminación y cierre de los mismos»  (artículo 18).  

El  Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de  Protección al Medio Ambiente, expedido por el decreto 2811 del  18 de diciembre de 1974, dispuso que «[e]l  ambiente es patrimonio común. El Estado y los particulares  deben participar en su preservación y manejo, que son de  utilidad pública e interés social»  (artículo 1°).  

Además,  estableció que «[t]oda  persona tiene derecho a disfrutar de ambiente sano»  (artículo 7°), así como hacer uso de los elementos  y recursos ambientales renovables, conforme a los siguientes  principios:  

a).  Los recursos naturales y demás elementos ambientales deben ser  utilizados en forma eficiente, para lograr su máximo  aprovechamiento con arreglo al interés general de la comunidad  y de acuerdo con los principios y objetos que orientan este Código;  

b).  Los recursos naturales y demás elementos ambientales, son  interdependientes. Su utilización se hará de manera  que, en cuanto sea posible, no interfieran entre sí.  

c).  La utilización de los elementos ambientales o de los recursos  naturales renovables debe hacerse sin que lesione el interés  general de la comunidad o el derecho de terceros;  

d).  Los diversos usos que pueda tener un recurso natural estarán  sujetos a las prioridades que se determinen y deben ser realizados  coordinadamente para que se puedan cumplir los principios enunciados  en los ordinales precedentes.  

e).  Los recursos naturales renovables no se podrán utilizar por  encima de los límites permisibles que, al alterar las  calidades físicas, químicas o biológicas  naturales produzcan el agotamiento o el deterioro grave de esos  recursos o se perturbe el derecho a ulterior utilización en  cuanto ésta convenga al interés público.  

f).  La planeación del manejo de los recursos naturales renovables  y de los elementos ambientales debe hacerse en forma integral, de tal  modo que contribuya al desarrollo equilibrado urbano y rural. Para  bienestar de la comunidad, se establecerán y conservarán  en los centros urbanos y sus alrededores espacios cubiertos de  vegetación (artículo  9).  

El  paso más decisivo en el proceso de protección está  contenido en el artículo 79 de la Constitución  Política, que elevó a la categoría superior el  derecho de todas las personas a gozar de un ambiente sano, y como  consecuencia, impuso al Estado no sólo la obligación de  proteger su diversidad e integridad, también la de conservar  las áreas de especial importancia ecológica.  

Para  el anterior fin, según el artículo 88, le corresponde  al Estado planificar el manejo y aprovechamiento de los recursos  naturales, prevenir y controlar los factores de deterioro ambiental,  imponer sanciones legales y exigir la reparación de los daños  causados.  

Este  seguro «tendrá  por objeto amparar los perjuicios económicos cuantificables  producidos a una persona determinada como parte o a consecuencia de  daños al ambiente y a los recursos naturales, en los casos del  seguro de responsabilidad civil extracontractual, cuando tales daños  hayan sido causados por un hecho imputable al asegurado, siempre y  cuando no sea producido por un acto meramente potestativo o causado  con dolo o culpa grave; o, en los casos de los seguros reales como  consecuencia de un hecho accidental, súbito e imprevisto de la  acción de un tercero o por causas naturales»  (artículo 1°).  

Por  último, la ley 1333 de 2009 fijó «el  procedimiento sancionatorio ambiental»,  con la advertencia de que «[l]as  sanciones administrativas en materia ambiental tienen una función  preventiva, correctiva y compensatoria, para garantizar la  efectividad de los principios y fines previstos en la Constitución,  los Tratados Internacionales, la ley y el Reglamento… Las  medidas preventivas, por su parte, tienen como función  prevenir, impedir o evitar la continuación de la ocurrencia de  un hecho, la realización de una actividad o la existencia de  una situación que atente contra el medio ambiente, los  recursos naturales, el paisaje o la salud humana».  

El  anterior recorrido muestra el convencimiento del legislador patrio  por otorgar una protección preeminente y eficaz al medio  ambiente, como lo ha remarcado esta Corporación:  

La  Carta Política de 1991 le concedió una importancia  primordial a la defensa del medio ambiente, estableciendo numerosas  disposiciones normativas en aras de garantizar su conservación  y protección, lo cual ha llevado a denominarla, por propia voz  de la Corte Constitucional como una “(…) constitución  ecológica o verde (…)”.  

En  ese sentido, la protección del medio ambiente se erige como un  propósito dentro del actual andamiaje del Estado Social de  Derecho, constituyéndose como un bien jurídico con una  triple connotación, pues (i) es un principio que se disemina  por todo el sistema normativo, el cual impone al Estado el deber de  proteger las riquezas naturales de la Nación; (ii) es un  derecho fundamental y colectivo, exigible por todas las personas a  través de varios mecanismos judiciales; y (iii) es una  obligación en cabeza de las autoridades, la sociedad y los  particulares, “(…) al implicar deberes calificados de  protección. Además, la Constitución contempla el  “saneamiento ambiental” como servicio público y  propósito fundamental de la actividad estatal (arts. 49 y 366  superiores) (…)” (Corte Constitucional, sentencia C-449 de  2015).  

Atinente  a las obligaciones que surgen para el Estado, a partir de la  declaración del medio ambiente como principio y como derecho,  ha señalado la Corte Constitucional: “(…)  [M]ientras por una parte se reconoce el medio ambiente sano como un  derecho del cual son titulares todas las personas -quienes a su vez  están legitimadas para participar en las decisiones que puedan  afectarlo y deben colaborar en su conservación-, por la otra  se le impone al Estado los deberes correlativos de: 1) proteger su  diversidad e integridad, 2) salvaguardar las riquezas naturales de la  Nación, 3) conservar las áreas de especial importancia  ecológica, 4) fomentar la educación ambiental, 5)  planificar el manejo y aprovechamiento de los recursos naturales para  así garantizar su desarrollo sostenible, su conservación,  restauración o sustitución, 6) prevenir y controlar los  factores de deterioro ambiental, 7) imponer las sanciones legales y  exigir la reparación de los daños causados al ambiente  y 8) cooperar con otras naciones en la protección de los  ecosistemas situados en las zonas de frontera (…)” (Sentencia  C-123 de 2014)… (STC7630,  9 jun. 2016, rad. n.° 2016-00036-01).  

3.3.  El compendio de marras, realizado sin ninguna pretensión de  exhaustividad, integra el denominado «derecho  ambiental»,  esto es, las normas que gobiernan el aprovechamiento responsable y al  servicio del interés general de los recursos renovables y no  renovables, así como la responsabilidad por la degradación  y contaminación, visto de forma integral y transversal a  cualquier actividad humana.  

Este  derecho tiene una serie de particularidades, asentado en principios  especiales, a saber: (I) prevención, consistente en que deben  adoptarse todas las medidas necesarias para evitar la ocurrencia de  daños al medio ambiente; (II) precaución, el cual  impone que la ausencia de certeza científica absoluta no  excuse la adopción de medidas preventivas; (III)  sostenibilidad, entendido como el deber de manejar adecuadamente los  recursos, tanto renovables como no, para garantizar la supervivencia  de las generaciones presentes y futuras; y (IV) «el  que contamina paga»,  según el cual los costos que conlleva el saneamiento de los  efectos negativos de la contaminación deben ser soportados por  quien los originó.  

3.4.  En relación con este último principio, su  reconocimiento inicial estuvo en manos de la Organización para  la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en la  primera serie de principios orientadores relacionados con los  aspectos económicos internacionales de las políticas  ambientales, proferida el 26 de mayo de 1972, en los siguientes  términos:  

El  principio a ser usado para distribuir los costos de contaminación  y medios de control para fomentar el uso racional de los escasos  recursos ambientales y evitar distorsiones en el comercio y la  inversión internacional es el famoso principio de  contaminador-pagador. Este principio significa que quien contamina  debe asumir los gastos de cumplir las medidas arriba mencionadas y  decididas por autoridades públicas para asegurar que el medio  ambiente esté en un estado aceptable. En otras palabras, el  costo de esas medidas debe estar reflejado en el costo de bienes y  servicios que causan contaminación en la producción y/o  consumo. Tales medidas no deberían estar acompañadas de  subsidios que pudieran crear distorsiones significativas en el  comercio y la inversión internacional.  

Con  posterioridad, en el principio 22 de la Declaración de  Estocolmo se dispuso: «Los  Estados deben cooperar para continuar desarrollando el derecho  internacional en lo que se refiere a la responsabilidad y a la  indemnización a las víctimas de la contaminación  y otros daños ambientales que las actividades realizadas  dentro de la jurisdicción o bajo el control de tales Estados  causen a zonas situadas fuera de su jurisdicción».  

Más  tarde el Consejo de las Comunidades Europeas emitió la  recomendación del 3 de marzo de 1974, relativa a la imputación  de costes y a la intervención de los poderes públicos  en materia de medio ambiente (75/436/Euratom), en la cual aceptó  que «efectivamente  es conveniente imputar los costes derivados de la protección  del medio ambiente contra la contaminación, con arreglo a  principios idénticos en toda la Comunidad con el fin de evitar  que, en los intercambios y la competencia se produzcan distorsiones  incompatibles con el buen funcionamiento del mercado común»  (preámbulo),  para lo cual instó a  «la  imputación a los causantes de la contaminación de los  costes resultantes de la lucha contra ésta»,  como forma de promover  «productos  y tecnologías menos contaminantes»  (numeral  1°).  

Reconocido  con posterioridad en múltiples instrumentos internacionales,  tales como el Convenio sobre Cooperación, Preparación y  Lucha contra la Contaminación Marina por Hidrocarburos, hecho  en Londres el 39 de noviembre de 1990, en los siguientes términos:  «Teniendo  en cuenta el principio de que ‘el que contamina paga’  como principio general del derecho ambiental internacional»  (preámbulo); y el Convenio sobre la Protección y  Utilización de los Cursos de Agua Transfronterizos y de los  Lagos Internacionales, aprobado en Helsinki (Finlandia) el 17 de  marzo de 1992 y en vigor desde el 6 de octubre de 1996: «El  principio de que quien contamina paga, en virtud del cual los costos  de las medidas de prevención, control y reducción de la  contaminación correrán a cargo del contaminador»  (literal b. del numeral 5° del artículo 2°).  

En  suma, el principio  el que contamina paga tiene  como objetivo promover medidas eficaces para evitar la afectación  al medio ambiente, entendido como bien común, y muestra el  compromiso estatal por evitar que el contaminador pueda salir indemne  frente a los daños irrogados.  

3.5.  Una de las expresiones del mencionado principio es la conocida  «responsabilidad  por daño ambiental»,  reconocida en nuestro país en el artículo 16 de la ley  23 de 1973 en los siguientes términos: «El  Estado será civilmente responsable por los daños  ocasionados al hombre o a los recursos naturales de propiedad privada  como consecuencia de acciones que generen contaminación o  detrimento del medio ambiente. Los  particulares lo serán por las mismas razones y por el daño  o uso inadecuado de los recursos naturales de propiedad del Estado»  (negrilla fuera de texto).  

La  jurisprudencia, refiriéndose a este precepto, doctrinó:  

[E]l  artículo 16 de la Ley 23 de 1973, al regular en forma precisa  y particular el fundamento legal de la responsabilidad civil  ambiental, tiene preeminencia y especialidad respecto del Código  Civil y de otras leyes, como la Ley 1333 de 2009 relativa a la  responsabilidad administrativa sancionatoria ambiental generada por  la comisión de infracciones de esta naturaleza y a las  sanciones imponibles en su virtud. Se trata, por lo tanto de una  regla especial, que precisamente es prevalente, preferente,  preeminente y está vigente en toda su extensión (SC,  16 may. 2011, rad. n.° 2000-00005-01).  

Dicho  en breve, los particulares están llamados a responder por los  daños «ocasionados»  a las personas o sus bienes, o a los recursos naturales vistos de  forma general, como «consecuencia  de acciones»  que generen contaminación o detrimento al medio ambiente, o  «por»  su uso inadecuado.  

Esta  responsabilidad puede emanar, entonces, de: (I) la transgresión  al derecho colectivo al medio ambiente sano, caso en el cual habrá  de acudirse a las reglas de las acciones populares (literal c del  artículo 4° de la ley 472 de 1998); o (II) de afectaciones  concretas a derechos individuales, las cuales deberán  encausarse por las reglas de la responsabilidad civil.  

Así  lo precisó la jurisprudencia de este órgano de cierre:  

[E]sta  especie de daño, empero, escapa al derecho civil mientras no  se trate, lo que es poco frecuente, de agente y víctimas  determinadas. La contaminación ambiental es por lo común  fenómeno de etiología colectiva y, consiguientemente,  anónima, incapaz de generar un vínculo jurídico  entre sujetos concretos… Mas, cuando quiera que la lesión  causada por la contaminación ambiental sea imputable a persona  determinada y la sufra también una víctima determinada,  allí surge la cuestión de la responsabilidad civil, por  la razón apodíctica de que si bien es verdad que  numerosas máquinas y fuerzas motrices producen daños en  sí mismos, se puede procurar que no los causen a determinadas  víctimas… Cuando los empresarios no realizan todo lo  que humana y técnicamente debe ejecutarse para evitar los  perjuicios que a terceros para evitar los perjuicios que a terceros  pueda causar el funcionamiento de una fábrica, y los daños  se producen, la incuria de aquellos en el desarrollo de la actividad  compromete su responsabilidad civil, por la muy obvia razón de  que el ejercitar su propio derecho no se comportan como un hombre  avisado, prudente y razonable (SC,  30 ab. 1976)  

Tesis  refrendada con los años:  

[L]a  contaminación que afecta intereses colectivos no puede  confundirse con el menoscabo de derechos individuales, así la  afectación de estos últimos sea una consecuencia de  aquello, porque los titulares del agravio y su extensión, en  uno u otro evento, no son los mismos… La Corte, por esto,  tiene explicado que el “daño ambiental sólo es el  inferido a los bienes ambientales y, por tanto, al ambiente, o sea, a  un derecho, colectivo, valor o interés público, cuyo  titular exclusivo es la colectividad, y cuya reparación versa  sobre éste, sin mirar el interés individual sino el de  toda la comunidad, así en forma indirecta afecte a cada uno de  sus integrantes” . De ahí que como en el mismo  antecedente señaló, cuando los intereses particulares  resultan afectados, “no se trata de un daño ambiental,  sino del detrimento de otros derechos” (SC,  14 oct. 2011, rad. n.° 2005-00277-01).  

3.6.  La responsabilidad por daño ambiental, ciertamente, plantea  vicisitudes únicas en razón de la complejidad de las  variables que entran en juego en esta materia, en punto a la  identificación de los responsables y las víctimas, así  como la concreción de sus resultados.  

No  en vano esta Sala tiene dicho:  

En  perspectiva exacta, autorizadas opiniones, palpan la problemática  en cuanto el daño ambiental usualmente recae sobre un número  plural de personas, afecta a una, muchas o todas, puede imputarse a  la conducta unitaria o colectiva, provenir de comportamientos únicos,  múltiples o coligados, ya del mismo sujeto, ora de varios, sus  efectos nocivos a futuro, certidumbre o dimensión, suelen ser  difíciles de apreciar por impredecibles e incalculables, el  detrimento de idéntico o diverso interés podrá  ser directo, indirecto, reflejo, conexo o consecuencial y la  causalidad difusa (SC,  16 may. 2011, rad. n.° 2000-00005-01).  

Empero,  estas dificultades no pueden servir de pábulo para impedir el  reconocimiento de la responsabilidad, incluso aunque deba  flexibilizarse el contenido de los requisitos para que emane el  débito indemnizatorio. El principio «el  que contamina paga»  reclama respuestas dinámicas, que impidan al agresor tomar  ventaja de las dificultades para concretar el daño, en  salvaguardia de los derechos de las víctimas. «[E]l  poder judicial… deberá presentar un vestido nuevo, más  flexible y comprensible»11.  

Recuérdese  lo dicho por la Corporación: «nada  obsta el ejercicio de la acción de responsabilidad civil  ordinaria para la reparación del daño inferido a una  pluralidad de sujetos, ya en virtud del quebranto directo a su  persona, integridad, derechos, bienes, valores e intereses, ora a  consecuencia de la lesión al ambiente, desde luego sometida a  todas sus exigencias normativas»  (SC, 16 may. 2011, rad. n.° 2000-00005-01).  

3.7.  Centrado en la responsabilidad civil por daño ambiental, la  reparación está condicionada a que la víctima  logre la demostración de los elementos propios del débito  indemnizatorio, consistentes en el hecho culposo, el daño y el  vínculo causal material y jurídico entre éste y  aquél.  

De  forma literal, la jurisprudencia tiene dicho:  

La  responsabilidad ambiental, tiene dicho desde antaño, en  específica referencia al derecho de dominio, descansa en el  régimen  jurídico de la objetiva,  en cuanto, por más lícito que sea el ejercicio de dicha  prerrogativa, el  dueño no está autorizado para dañar a los demás…  Eso mismo lo asentó no hace poco, esta Sala. La  responsabilidad civil derivada del medio ambiente, “por lo  general, es de naturaleza objetiva, dado que esa es la «tendencia  contemporánea, doctrinal, legislativa y mayoritaria», en  virtud del principio de que «quien contamina paga»”.  Todo ello ante el alto impacto del daño ecológico,  tanto en lo nacional como en lo internacional y la dinámica  creciente entre uno y otro nivel… La razón estriba en  el riesgo que implica el manejo del ambiente sano. La  responsabilidad, por tanto, es predicable de quien saca provecho de  esa actividad, en tanto, los sujetos de derecho que la soportan no  están obligados a sufrir o padecer sus consecuencias nocivas.  Se trata, por tanto, de equilibrar las cargas residuales en el  proceso distributivo daño-beneficio, al margen de que se haya  procedido con prudencia o diligencia, o de manera lícita  (SC3460,  18 ag. 2021, rad. n.° 2015-00658-01).  

Tesis  con profundas raíces jurisprudenciales:  

Las  actividades peligrosas derivadas del uso de maquinarias y de las  fuerzas motrices presentan, empero, un nuevo aspecto más  actual y acaso de mayor trascendencia que el del simple riesgo:  muchos de esos elementos de corriente empleo en el medio social,  comportan no solamente la amenaza de llegar a lesionar a terceros  (accidente aéreo, colisión de automóviles,  estallido de una caldera, verbigracia), sino que de hecho, por la  mera circunstancia de hacerse uso de ellos, producen daños de  diversa índole, aparentemente inevitables, cuales son los  ruidos ensordecedores (aviones, ferrocarriles, autobuses,  motocicletas, fábricas), los olores desagradables (plantas de  abonos orgánicos), las contaminaciones letales (fumigaciones  aéreas), las trepidaciones o vibraciones capaces de destruir  instalaciones de diverso género (decolaje o aterrizaje de  aeronaves, estallidos de dinamita u otros explosivos), el humo que  afecta la salud humana y deteriora equipos y enseres (chimeneas de  instalaciones industriales), para no citar sino algunos ejemplos…  

[E]n  tal hipótesis, haya dolo o simple culpa, esto es, sin que  medie fuerza mayor o caso fortuito, el titular del derecho lo ha  ejercitado abusivamente y es responsable por hecho ilícito. Y,  no sobra decirlo, la culpabilidad del agente del daño aquí  también se presume, porque los hechos ilícitos deben  suponerse libremente ejecutados mientras lo contrario no se demuestre  (SC,  30 ab. 1976).  

Hermenéutica  que, adicionalmente, es compartida por la doctrina especializada:  «Que  la responsabilidad es objetiva lo demuestra el hecho de que la sola  creación de riesgos para terceros en provecho propio hace  recaer el autor la responsabilidad derivada de aquél…,  esto es, la producción de daños revela la falta de  diligencia»12.  

3.7.2.  En materia de daño, de forma genérica el artículo  8° del Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y  de Protección al Medio Ambiente, señala que son  factores de deterioro ambiental, entre otros, «la  alteración del ambiente con sustancias o formas de energía  puestas en él, por actividad humana o de la naturaleza, en  cantidades, concentraciones o niveles capaces de interferir el  bienestar y la salud de las personas, atentar contra la flora y la  fauna, degradar la calidad del ambiente de los recursos de la Nación  o de los particulares».  

Noción  a partir de la cual la jurisprudencia señaló que el  «“daño  ambiental” (“daño ecológico”, “daño  a la salubridad ambiental”, etc.), estricto sensu, es todo  detrimento causado al ambiente, bien público resultante de la  conjunción de sus distintos elementos, susceptible de  protección autónoma, mesura o proyección  patrimonial, y derecho colectivo perteneciente a toda la comunidad,  conglomerado o sociedad»  (SC, 16 may. 2011, rad. n.° 2000-00005-01).  

Para  fines de la responsabilidad civil, el daño indemnizable es el  conocido como «impuro»  o «por  rebote»,  esto es, el que se produce a bienes individuales como consecuencia de  la afectación al medio ambiente; se trata de un «detrimento  consecuencial, conexo, reflejo, indirecto o consecutivo de otros  derechos, bienes o intereses particulares a consecuencia del  quebranto al ambiente, y cuyo titular, no es la colectividad in  abstracto, sino una, o varias, o muchas personas individualmente  consideradas»13.  Total, el «daño  ambiental en sentido estricto puede ser causa de otros daños  que afectan a las personas o a las cosas, en cuyo caso se trata de  una responsabilidad civil que tiene por objeto reparar los daños  que se derivan de aquél. Ocurre usualmente que un daño  ambiental… produce, a su vez, un efecto indirecto, que se  traduce en la pérdida de valor de un bien, en enfermedades o  en la privación de ingresos futuros; esto es, en un daño  privado derivado del daño ambiental, que puede ser de  naturaleza patrimonial o moral»14.  

3.7.3.  Por último, la posición más reciente de la  jurisprudencia tiene decantado que la causalidad no es una noción  meramente naturalística, como en antaño se aseguró,  sino que es una conjunción entre un análisis fáctico  y jurídico, que comienza por un juicio sine  qua non sobre  las causas que originaron el daño, a partir del cual se hace  una prognosis jurídica para decantar, a partir de criterios  normativos, lógicos o probables, el sujeto responsable.  

En  fallo del 26 de octubre de 2021 se dijo:  

Para  el establecimiento del nexo causal deben apreciarse los elementos  fáctico y jurídico. El primero se conoce como el juicio  sine qua non y su objetivo es determinar los hechos o actuaciones que  probablemente tuvieron injerencia en la producción del daño,  por cuanto de faltar no sería posible su materialización.  Con posterioridad se hace la evaluación jurídica, con  el fin de atribuir sentido legal a cada actuación, a partir de  un actuar propio o ajeno, donde se hará la ponderación  del tipo de conexión y su cercanía (SC4455,  rad. n.° 2010-00299-01).  

En  otro pronunciamiento reciente se aseguró:  

La  generalidad de los sistemas jurídicos occidentales admiten la  necesidad de desarrollar el análisis de causalidad en dos  fases diferenciadas. La primera, conocida como causalidad fáctica,  o causalidad de hecho, tiene por objeto identificar, en sentido  material, si una actividad es condición necesaria para la  producción del hecho dañoso; la segunda, que suele  denominarse como causalidad jurídica, o alcance de la  responsabilidad busca atribuir, a través de criterios  normativos, la categoría de causa a una de esas condiciones  antecedentes –como directiva para imputar a su autor las  secuelas de la interacción lesiva–…  

Ese  método, cabe resaltar, no es caprichoso, sino que sirve al  propósito de refinar el proceso de selección que se  sugirió en precedencia. La causa, en el sentido que interesa  al derecho de daños, es un concepto en el que se entremezclan  consideraciones factuales y jurídicas. Por tanto, la  verificación del nexo de causalidad exige un condicionamiento  de la conducta o actividad del demandado en la realización del  evento dañoso, pero no solamente eso, sino también  ciertas cualidades de aquella relación, que deben extraerse de  las fuentes del derecho aplicables.  

Los  “dos pasos” –que reflejan las “dos facetas”  de la causa–, sirven como una especie de recordatorio para  reflexionar y argumentar acerca del problema causal en sendas esferas  distintas, una fáctica, y otra jurídica (SC3604,  25 ag. 2021, rad. n.° 2016-00063-01).  

Ahora  bien, ante la dificultad que entraña demostrar las  consecuencias del daño y su conexión causal, es  imperativo que el sentenciador acuda a la «probabilidad  suficiente»15.  «Lo  dicho significa que los juzgadores de instancia incurren en errores  probatorios en los casos en que exigen a la víctima acreditar  el nexo causal con absoluta certeza… Todo, en el sentido de  una lectura que tenga en cuenta el enfoque o punto de vista de  dulcificar la prueba de la causa en asuntos ambientales»  (SC3460, 18 ag. 2021, rad. n.° 2015-00658-01).  

No  en vano los conocedores sobre esta materia sostienen:  

Los  principios y los valores basilares del microsistema protectorio del  ambiente en tantísima nos llevarán a extraer  presunciones de causalidad entre un hecho y un daño colectivo,  aligerando así la carga de la prueba de este requisito de la  responsabilidad civil que pesa sobre la víctima… Más  allá de las presunciones, a la hora de demostrar el vínculo  causal será perfectamente procedente acudir a todo tipo de  instrumento probatorio dirigido a descifrar los complejos procesos a  los cuales se enfrentará el actor en un juicio… El rol  de las investigaciones e informes periciales resulta fundamental,  pues éstos se erigen como los medios de mayor utilidad y peso  en el tránsito de aportar a los jueces elementos técnicos  útiles, sólidos y científicamente respetables  para tomar la decisión final16.  

3.8.  Aplicado el anterior estado del arte al presente caso se tiene que  deberá accederse al reclamo indemnizatorio, como ciertamente  procedió el juzgador de primera instancia y se concluyó  en la sentencia de revisión SU455 del 16 de octubre de 2020 de  la Corte Constitucional, en tanto las demandantes demostraron los  elementos de la responsabilidad reclamada en el curso del proceso,  como se particularizará a continuación.  

3.8.1.        En  cuanto a la conducta contraria al ordenamiento jurídico se  tiene que, está por fuera de controversia, las demandadas en  desarrollo de su actividad de producción cementera omitieron  implementar mecanismos técnicos para evitar la emisión  de sustancias contaminantes desde sus hornos de procesamiento -tales  como la instalación de filtros electrostáticos u otros  sistemas de control de partículas sueltas-, las que cayeron  sobre sus colindantes, en una omisión merecedora de reproche.  

Esto  fue evidenciado con varios medios persuasivos. Verbi gracia, la  sentencia proferida en la acción popular instaurada en contra  de Cementos Diamante del Tolima S.A. (folio 845 del cuaderno 2, tomo  2), se protegió el derecho colectivo al ambiente sano, en  razón de la proliferación de material particulado  originado en el procesamiento del cemento, de allí que se  ordenara una adecuación a la planta para incluir controles  eficientes.  

En  adición, en el informe del profesional Francisco Boshell se  reconoció que los citados filtros se instalaron en las  factorías de Buenos Aires y Caracolito en el año de  1994 (folio 533 del cuaderno 1, tomo 2), a pesar de haber recibido  recomendaciones del asesor ambiental en este sentido desde abril de  1983 (folio 368 del cuaderno 4), esto es, once (11) años  antes.  

Incluso  después, en el documento resumen de «Evaluación  de emisiones y calidad del aire de la Planta de Cementos Diamante de  Ibagué S.A.»,  de mayo de 1995, el consultor encargado sugirió a la empresa  promover «acciones  de carácter preventivo para el control de emisiones fugitivas  en la Planta»,  por cuanto «con  alguna frecuencia el precipitador electrostático… sale  de línea»,  y propuso adoptar «por  parte de los técnicos y operarios… las medidas  conducentes a minimizar posibles fallas en este equipo»  (folio 83 ibidem). Iguales sugerencias se hicieron a Cementos  Diamante del Tolima S.A., desde febrero de 1994 (folios 126, 183 y  295 ibídem).  

En  noviembre de 1996, el experto medio ambiental llamó la  atención de las demandadas en torno a que «[l]a  calidad del aire en los alrededores cercanos a la Planta [porque]  presenta niveles de concentración de partículas en  suspensión elevados»,  e insistió en efectuar un programa para reducirlas en el  interior «de  la Planta y en las inmediaciones cercanas a ella»  (folios 234, 235, 433 y 434 ibidem).  

Se  trata, pues, de un hecho probado, no desvirtuado en las instancias, y  que en sí mismo evidencia un comportamiento contrario a la  diligencia que se espera de una empresa conocedora de la actividad de  procesamiento de minerales.  

3.8.2.        El  daño se halla demostrado con un análisis en conjunto  del material probatorio, que revela una alta concentración de  carbonato de calcio en la hacienda La Palma, transportado por vía  eólica, depositado en sus suelos y adherido a las hojas de la  siembra, lo que tuvo incidencia en la productividad de las plántulas  de arroz, amén de los efectos derivados del cambio de  alcalinidad y la desmejora en el proceso de fotosíntesis.  

Más  aún, al margen de la discrepancia en los testimonios técnicos,  en todos se concluyó que las partículas contaminantes  provenían de las factorías cementeras y que se  esparcían en los predios cercanos. Incluso los expertos  contratados por las demandadas, como José Francisco Boshell,  quien admitió haber sido llamado «para  participar en la contestación de la demanda»  y asesorar a las demandadas en «todos  los aspectos técnicos involucrados en el caso»  (folio 487 ibidem), y Abdón Cortés Lombana, contactado  por Boshell para fines de asesoría (cfr. folios 416 a 441  ibidem), aceptaron en sus declaraciones, por lo menos, la  intervención del material particulado expelido por las  chimeneas de esa fábrica en la alcalinización de suelos  vecinos.  

A  igual conclusión llegaron los peritos Humberto Pérez  Salazar y Germán Augusto Galeano (folios 13 a 222 del cuaderno  3), quienes detectaron la presencia de «signos  atípicos, consistentes en costras y depósitos de  acumulación de un material grisáceo que aparece a  manera de costras finas y gruesas sobre piedras, alambre de púas,  techos de construcciones y saladeros, tal como se pudo determinar  durante la diligencia de inspección judicial»  (folio 89 ibídem);  y que «en  el recorrido, cuando se observaban estas costras y acumulaciones, se  aplicaba ácido clorhídrico al 10% observándose  una reacción de efervescencia»  (folio 90 ibidem), cuya severidad disminuía a medida que las  muestras estaban más distantes de la fábrica de  cementos.  

En  concreto sentaron que, en el trabajo de campo efectuado en la  hacienda La Palma,  

…en  compañía de personal técnico designado por los  demandados, se establecieron como signos de contaminación  visible los siguientes: 1) presencia de rocas (piedras) pequeñas  o de gran volumen con películas o costras de color grisáceo  o blancuzco que efervescen cuando reaccionan al aplicarles HCl al  10%. 2) depósitos de polvillo o películas de color  grisáceo o blancuzco  que  efervescen cuando reaccionan al aplicarles HCl al 10% en los hilos de  alambres de las cercas que dividen los diversos lotes de la hacienda,  3) presencia de material finamente estratificado en las tejas o  techos de las edificaciones y de los saladeros presentes en la  hacienda que efervescen cuando reaccionan al aplicar HCl al 10%, 4)  efervescencia del suelo cuando se aplica  HCl  al 10%, y 5) síntomas cloróticos (color amarillento) de  la vegetación presente en los diversos predios, así  como debilitamiento de su vigor (desarrollo)  (folio 95 del cuaderno 3).  

Esa  contaminación trajo efectos negativos para la actividad  productiva de Arrocera Potrerito, pues redujo  la aptitud del suelo para favorecer el crecimiento de semillas, y  contrajo la capacidad fotosintética de las plantas, llegando  incluso a su clorosis, con consecuencias negativas en la cantidad de  producto obtenido, como fue puesto de presente en el estudio  realizado por Epam Ltda. (folios 126, 141, 142, y 309 cuaderno  principal 1).  

Nótese  que incluso diversos investigadores, adscritos al Instituto  Colombiano Agrario (ICA) y a instituciones de educación  superior, encontraron que la muerte de plantas estaba vinculada a una  reacción alcalina, propia del cambio del pH o nivel de acidez,  emanado del material cálcico transportado por el viento  (folios 2, 3, 497, 510, 527, 528, del cuaderno 4), análisis  que, por la finalidad con que fueron desarrollados, son merecedores  de credibilidad.  

3.8.3.        El  nexo causal está demostrado con las pericias incorporadas y  practicadas en el proceso, que permiten inferir razonablemente que  las partículas sueltas de calcita micrítica de las  cementeras se desplazaron a la hacienda La Palma, con las secuelas  antes enunciada; así se advierte en el  dictamen realizado por Humberto Pérez Salazar y Germán  Galeano Arbeláez, a partir de un estudio de campo y del  análisis químico de los suelos, en el que se concluyó  que «al  no existir una relación entre la génesis de los suelos  y la presencia de calcita micrítica (carbonatos de calcio) en  las rocas, los alambres y los suelos de la hacienda La Palma o  Potrerito, existió un agente externo que es la fuente de éste»  y, «[a]l  analizar las posibles fuentes externas»,  determinó «que  esta fue la fábrica de cementos, ubicada en Buenos Aires,  cerca de la hacienda La Palma».  De otra manera no podría explicarse que «[a]  medida que la distancia desde la fábrica de Cementos Buenos  Aires se incrementa con respecto a la ubicación de los  perfiles de los suelos estudiados, el PH del horizonte Ap, disminuye»  (folios 191 y 216 del cuaderno 3).  

Ya  en lo relativo a la disminución de ingresos o afectación  económica, en las peritaciones de Norma Galeano y Octavio  Heredia, y de Myriam Rivas, así como el estudio técnico  de Epam Ltda.-Varela, se extrae que al hacerse una comparación  de los lotes que componen los predios, los más cercanos a las  plantas de cemento tienen un menor rendimiento, en comparación  con los más distantes, lo que repercutió en mayores  costos de producción y decrecimiento de la productividad.  Adviértase que todos los fundos están ubicados en la  misma región, tienen calidades térmicas y pluviales  equivalentes, poseen igual sistema de riego, y son utilizados para la  misma actividad agraria.  

En  la apelación se alegó que el origen de la menor  rentabilidad del cultivo se originó en las condiciones de  mercado y climáticas, como un fenómeno generalizado en  la región. Tal aserción, hecha de forma genérica,  desatiende el contenido de las pruebas en comentario, pues en ellas  quedó en evidencia que, al margen de los precios de mercado  del arroz o de las condiciones climáticas, aquellos lotes  expuestos a altas concentraciones de carbonato de calcio requerían  mayores inversiones para el sembrado y el volumen de grano  recolectado era inferior, lo que necesariamente perjudicaba sus  utilidades normales.  

Por  esto, aunque el valor de venta, las modificaciones térmicas o  la situación general del sector tuvieran incidencia en la  decisión de cultivar o no, de eso no se sigue que predios con  condiciones equivalentes, incluso con el mismo administrador,  presenten niveles de fertilidad disímiles, cuando la única  distinción relevante entre ellos consiste en su cercanía  a fábricas cementeras, que es precisamente el hecho probado en  el proceso.  

Esto  se expone con claridad en los anexos 14 y 15 del dictamen de Norma  Galeano y Octavio Heredia (folios 869-885 del cuaderno anexos), los  que señalan que, a mayor contaminación del terreno, el  flujo de caja es más desfavorable, en comparación con  el originado de suelos exentos de esta afectación. Otro tanto  pone de presente la experticia de Myriam Rivas, al revelar que los  costos directos por hectárea de siembras perturbadas por  carbonato de calcio, eran superiores a los de tierras sanas (folio  464 a 474 del cuaderno 5).  

3.9.  Probados los elementos de la responsabilidad, surge el deber para las  convocadas de reparar el agravio causado, para cuya cuantificación  deberán tenerse en cuenta los medios de convicción que  reposan en el expediente.  

3.9.1.  Reliévese que la determinación de la afectación  tiene como objetivo que la víctima sea resarcida en proporción  al daño recibido, a la luz de criterios de ponderación  y proporcionalidad, para que el perjuicio causado y la reparación  ordenada tengan simetría, vale decir, que el afectado sea  reintegrado, lo más cerca posible, al estatus anterior al  hecho dañoso.  

Y  aunque hubo épocas en que la falta de acreditación del  monto del daño por la víctima daba lugar a desestimar  la pretensión, la orientación actual es proteger el  derecho al resarcimiento, en lugar de la injusticia que engendra una  denegación (CSJ, SC 28 feb. 2013, rad. n.° 2002-01011-01).  

Así,  hace más de medio siglo la Corte doctrinó que, aún  en casos difíciles, el juez debe acudir, además de las  pruebas sobre la realidad ontológica del daño y su  extensión, a criterios sucedáneos como la equidad, en  tanto cada vez es «más  profunda la penetración de la equidad en los moldes reputados  como los más estrechos y rígidos de nuestras fórmulas  jurídicas»17;  jurisprudencia aplicada en múltiples fallos18,  y después recogida en el artículo 16 de la ley 446 de  1998, a saber: «Dentro  de cualquier proceso que se surta ante la administración de  justicia, la valoración de daños irrogados a las  personas y a las cosas, atenderá los principios de reparación  integral y equidad y observará los criterios técnicos  actuariales».  

La  Corporación tiene dicho:  

Habrá  casos, por supuesto, en los que si bien demostrado el daño, el  juez encuentra que su cuantificación, por las circunstancias  específicas en las que se dio la lesión del bien, no es  tarea sencilla, permitiéndose ahí, inclusive, acudir a  la equidad para determinar la intensidad del perjuicio (SC7637,  13 jun. 2014, rad. n° 2007-00103-01).  

Es  cierto que, sólo en ausencia de probanzas directas, será  posible acudir a la equidad, fórmula residual para calcular el  monto indemnizable, según lo reconocido por este Colegiado:  [T]oda  vicisitud probatoria respecto del monto de la indemnización no  excluye su reconocimiento, cuya valoración “atenderá  los principios de reparación integral y equidad y observará  los criterios técnicos actuariales” (artículos  16, Ley 446 de 1998, 230 de la C. P., 32 del Código Civil y 8º  de la Ley 153 de 1887; cas. civ. sentencias del 3 de septiembre de  1991, 5 de noviembre de 1998, 1 de abril de 2003, [S-042-2003], exp.  6499) (CSJ,  9 sep. 2010, rad. n.° 2005-00103-01).  

Reitérese,  en virtud de las reglas de la carga y necesidad de la prueba,  corresponde al interesado acreditar el valor de la afectación  que sufrió con ocasión del hecho culposo. Sin embargo,  ante el fracaso en su demostración, no es dable que el  juzgador simplemente se inhiba de condenar al victimario, pues ello  socavaría el principio de reparación integral y  llevaría a una re-victimización. En este caso, como  última posibilidad, deberá acudirse a la equidad e  imponer una condena razonable, atendiendo a las circunstancias del  caso.  

3.9.2.  En ese propósito cumple anotar que,  tratándose de  controversias en que intervienen comerciantes, tiene especial  carácter persuasivo la contabilidad, en particular, sus libros  y soportes contables, pues facilitan la determinación de los  efectos patrimoniales del hecho ilícito, por medio de la  comparación de ingresos, egresos, utilidades o pérdidas  de diferentes ejercicios contables.  

Sin  embargo, como fue explicado al analizar los cargos en casación,  esa prueba no puede estimarse como única o excluyente de  otras, pues resulta posible acudir a cualquier medio suasorio,  siempre que brinde la certeza requerida para determinar el quantum  de la afectación. Con todo, cuando los libros financieros se  encuentran debidamente inscritos y dan cuenta de la realidad  económica del ente productivo, pueden tener mérito  demostrativo en favor de la parte que los aduce, pues en caso  contrario sólo servirán en contra de la misma (Cfr.  CSJ, SC, 9 nov. 2009, rad. n° 1999-01621-01; 22 jun. 2011, rad.  n° 2000-00155-01). También deben estar exentos de errores  sustanciales, esto es, de desaciertos que revelen una falta evidente  de correspondencia entre la realidad económica de la operación  y los registros contables; de allí que, los yerros formales u  omisiones banales no pueden conducir a su rechazo in  limine,  sino en cuanto realmente falseen la información allí  contenida.  

Hace  décadas había dicho Bolaffio que el magistrado no puede  desconocer que los libros se llevan de forma regular, «sólo  porque las formalidades confiadas a la habilidad y a la diligencia  del comerciante no han sido rigurosamente observadas. Aun cuando  existan algunos espacios en blanco, interlineados, anotaciones  globales, notas marginales, raspaduras, etc. en algún asiento,  no llegará apresuradamente a la conclusión de que, por  tanto, el diario o el inventario no están llevados  regularmente»19.  

3.9.3.  Descendiendo al caso concreto, las demandantes buscaron probar el  valor de la menor productividad, los mayores costos de producción  y la tierra cesante para el cultivo de arroz, mediante diversas  pruebas, las cuales sirvieron de apoyo al peritaje que de oficio fue  decretado por el Tribunal, como se analizará en los párrafos  subsiguientes.  

(I)  Con la demanda se allegó el trabajo de la firma Epam Ltda.,  realizado por Mauro Varela y Rito Alfonso Pérez, denominado  «Valoración  económica de los daños causados por la fábrica  de cementos Diamante, Buenos Aires y Caracolito, en los terrenos de  la hacienda ‘la Palma’»,  quienes tasaron los perjuicios en $30.368’286.371. Escrito  controvertido por las demandadas, apoyadas en los trabajos de la  firma Invercor y de Francisco Boshell, los cuales fueron aportados  con la contestación.  

Advierte  la Sala que el primer documento no será tomado para fijar el  quantum  indemnizatorio, ya que los expertos utilizaron una tasa de colocación  de 40,92%, propia de actividades financieras, sin detenerse a  analizar que la presente controversia es de naturaleza civil, calidad  que impide, en línea de principio, tasar la expectativa de  remuneración a partir de fórmulas comerciales.  

Adicionalmente,  el trabajo se elaboró a partir de la cantidad de grano  recogido en el sitio de cosecha, sin considerar que no todo era  objeto de enajenación, por cuanto algunos bultos eran  destinados a semilla y otros se utilizaban para compensar la pérdida  de peso en el proceso de transporte, como fue advertido por la  experta Myriam Rivas en su estudio técnico (folios 455 y 456  del cuaderno 5).  

Por  último, para estimar la baja productividad, acudieron a  variables como precios unitarios de mercado y los efectos de la  apertura económica para ciertos sectores empresariales, las  cuales no fueron debidamente acreditadas en el proceso y, por ende,  impiden tener certeza sobre el resultado que tendrían sobre el  saldo final.  

(II)  El juez de primer grado ordenó la práctica de una  peritación, que a la postre acogió, realizada por Norma  Constanza Galeano y Octavio Heredia, quienes calcularon el monto del  perjuicio en $19.849’467.821.  

Este  análisis tampoco podrá tomarse para establecer el monto  indemnizable, ya que los expertos incluyeron variables  correspondientes a cultivos diferentes al arroz, sin considerar que  en la demanda se reclamaron únicamente las pérdidas  ocasionadas a este último. Así se infiere del estudio  técnico que fue arrimado con el líbelo introductorio,  el cual se circunscribió al estudio del comportamiento al  arroz. En adición, los fundamentos fácticos de la  demanda (cfr. hechos 1, 11, 13, 14, 15, 16, 18 y 22) se restringieron  al referido sembradío, sin mencionar otros granos.  

Y  es que los peritos, para establecer el daño, compararon los  ingresos y egresos de los lotes destinados al cultivo, no sólo  de arroz, sino también de algodón, sorgo, soya y otros  (folios 869-883 del cuaderno anexo al dictamen pericial), excediendo  así el objeto de la controversia.  

También  se observa que para determinar el flujo de caja de los predios se  incluyeron los costos directos e indirectos de la actividad de  labranza (anexo 13), tales como gastos de administración,  financieros y de riego, cuya causación no se encuentra  acreditada y que conduce a resultados negativos en todos los casos  (anexo 14), incluso para lotes sanos o sembradíos de  referencia, sin que haya una explicación razonable para que un  empresario siga realizando una actividad sin retorno alguno después  de 15 años.  

Por  último, esos peritos erraron al actualizar la condena con  tasas de interés comercial, pues olvidaron que la corrección  con el IPC es el instrumento idóneo para estos fines.  

Estas  razones impiden que se acoja ese trabajo pericial, sin que ello  signifique que prospere la objeción que por error grave  hiciera la parte demandada (folios 333 a 357 del cuaderno 2, tomo 1),  pues su eje se basó en tildar las conclusiones erradas a  partir de la irregularidad de la contabilidad, punto que quedó  zanjado al desatarse el remedio extraordinario.  

(III)  El Tribunal, de oficio, decretó nueva experticia contable que  se encargó a la contadora Myriam Rivas, quien tomó como  referencia los lotes de la hacienda «La  Palma»  que, al decir del dictamen técnico de los ingenieros Pérez  y Galeano, estaban contaminados, y contrapuso sus resultados  económicos con los obtenidos por los lotes exentos de la  afectación, de lo cual obtuvo una diferencia entre las  utilidades y los gastos directos en la producción de arroz.  

a)  Los ingresos y egresos fueron establecidos a partir de los soportes  contables de las demandantes, por considerar que se ajustaban a las  reglas de esta profesión, en tanto encontró armonía  entre su contenido y los registros que de ellos se hicieron en los  estados financieros (folio 453 del cuaderno 5).  

Tal  proceder es adecuado y merece valor persuasivo, pues la experta  centró su análisis en los labrantíos objeto de  reclamación y, de forma comparativa, revisó las  consecuencias del aprovechamiento útil de terrenos con altas  concentraciones de carbonato de calcio, sin acudir a variables  diferentes al flujo de efectivo derivado de su explotación.  

El  resultado fue indexado con base en el IPC, de acuerdo con la fórmula  reconocida por la jurisprudencia, lo que permite compensar la pérdida  del poder adquisitivo del dinero.  

Como  resultado de su trabajo, señaló la experta que «la  valoración de la pérdida neta por menores ingresos  percibidos y mayores costos directos incurridos durante el periodo  1981 a 1998, generado en la explotación del arroz de lotes  ‘contaminados’ a julio de 2006 y reconociendo un interés  civil del 6% asciende a la suma de $5.834.989.122».  

Sin  embargo, el guarismo antes alcanzado deberá ajustarse en un  doble sentido. Primero, para excluir el porcentaje correspondiente al  interés legal, por no haber sido objeto de pedimento y, aunque  lo hubiera sido, porque su reconocimiento sólo procede en  materia de obligaciones dinerarias, lo que únicamente se  alcanzará con la sentencia de condena20.  Segundo, para actualizarla hasta la fecha de su pago efectivo, con  base en los índices de precios al consumidor divulgados por el  Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane).  

La  parte convocada arguyó, al desestimar este pedimento, que la  determinación de sembrar el cereal estuvo en cabeza de las  actoras, quienes pudieron basarse en variables macroeconómicas  externas a la causa. Al respecto, recuérdese que tal decisión,  por sentido común, estuvo mediada por la contaminación  con carbonato de calcio que degradó los suelos y causó  menor productividad vegetal. Luego, no se trató de un terreno  que, motu  proprio o  por simple desidia, dejara de cultivarse con este grano; sino que sus  nuevas condiciones físico-químicas impulsaban esta  resolución, pues los intentos de explotación arrojaron  resultados adversos, en comparación con la productividad de  áreas ausentes de corrupción.  

Y  es que no podía exigirse, para la indemnización, que  las promotoras tuvieran que continuar con las siembras de arroz en  todo el interregno reclamado, lo que habría significado  pérdidas superiores y la agravación de su situación.  Antes bien, oportuno fue que ellas desplazaran su actividad hacia  otras labores agrícolas o que simplemente se abstuvieran de  labrar la tierra, buscando morigerar las consecuencias de las altas  concentraciones de carbonato de calcio.  

Una  persona razonable, en eventos similares, habría evitado seguir  con la acumulación de pérdidas derivadas de la siembra  de arroz, con diversificación de sus especies, como en efecto  procedieron las actoras, sin que por esto hayan perdido el derecho a  ser restablecidas al estado en que se encontrarían, de haber  podido sembrar un producto con mejores retornos de la inversión.  

Empero  de lo comentado, un análisis minucioso de la pericia, en  concordancia con las demás, pone en evidencia que la experta  omitió, con respecto a los terrenos ociosos y los cultivados  con productos distintos al arroz, correlacionar los terrenos  disponibles para la siembra y los lotes no contaminados, pues el  cálculo se hizo teniendo en cuenta únicamente la última  de las variables.  

Y  es que la perito se centró en las hectáreas no  sembradas, sin considerar que en La Hacienda la Palma existían  tierras con nula contaminación, que pudieron cultivarse con  arroz, sin exponerse a los efectos indeseables del carbonato de  calcio en los suelos y plantas.  

Según  el estudio de Epam Ltda. y el peritaje de Norma Galeano y Octavio  Heredia, del total de hectáreas que componen la hacienda  (870,70), sólo eran cultivables 454, atendiendo la  infraestructura interna y el sistema de canales de riego. De este  total, 220 podían sembrarse sin menoscabos, pues «el  comportamiento agronómico del cultivo de arroz… no  [mostró] señales de deterioro»  (folios 312 y 313 del cuaderno principal, tomo 1), por corresponder a  tierras con ninguna o poca afectación.  

Significa  que lo máximo que podía reconocerse como terreno ocioso  era la diferencia entre las 360 (capacidad máxima para el  cultivo de arroz) y 220 hectáreas (terreno con nula o baja  contaminación), pues se esperaba que se aprovecharan  adecuadamente estas últimas, en aplicación del  principio de mitigación del daño propio. En otras  palabras, el máximo que podía reconocerse como lucro  cesante, era el equivalente a 140 hectáreas, sin que pudiera  superarse este techo.  

Recuérdese  que el citado principio, como enseña la jurisprudencia, impone  al lesionado tomar medidas razonables y proporcionadas a su alcance,  que reduzcan las pérdidas, o impidan su agravación, ya  que no hacerlo puede acarrearle la reducción de la  indemnización que reclama. En palabras literales de la Sala:  

Respecto  al deber de mitigación… de rigor resulta recordar lo  que sobre él ha señalado la doctrina de esta Corte:  

Por  último, cabe señalar que en el campo de la  responsabilidad civil -contractual y extracontractual- la doctrina  contemporánea destaca la importancia, cada vez mayor, que  adquiere el que la víctima con su conducta procure mitigar o  reducir el daño que enfrenta o que se encuentra padeciendo.  Ejemplo diciente de lo anterior, en relación con el contrato  de seguro, es la previsión del artículo 1074 del Código  de Comercio colombiano que impone al asegurado, una vez ocurrido el  siniestro, la obligación de “evitar su extensión  y propagación, y a proveer al salvamento de las cosas  aseguradas” o la disposición que al respecto está  consagrada en la Convención de las Naciones Unidas sobre los  contratos de compraventa internacional de mercaderías,  artículo 77, incorporada, como bien se sabe, al ordenamiento  nacional a través de la Ley 518 de 1999.  

El  señalado comportamiento, que muchos tratadistas elevan a la  categoría de deber de conducta  al paso que otros lo  identifican con una carga, encuentra su razón de ser en el  principio de buena fe, hoy de raigambre constitucional (art. 83,  C.P.), el cual, sin duda, orienta, en general, todas las actividades  de las personas que conviven en sociedad, particularmente aquellas  que trascienden al mundo  de  lo  jurídico,  imponiendo  a   las  personas que actúan -sentido positivo- o que se abstienen  de hacerlo -sentido negativo- parámetros que denotan honradez,  probidad, lealtad y transparencia o, en el campo negocial, que la  actitud que asuman, satisfaga la confianza depositada por cada  contratante en el otro, de modo que ella no resulte defraudada (arts.  1603 del C.C. y 871 del C. de Co.)…  

En  tal orden de ideas, resulta palmario que ante la ocurrencia de un  daño, quien lo padece, en acatamiento de las premisas que se  dejan reseñadas, debe procurar, de serle posible, esto es, sin  colocarse en una situación que implique para sí nuevos  riesgos o afectaciones, o sacrificios desproporcionados, desplegar  las conductas que, siendo razonables, tiendan a que la intensidad del  daño no se incremente o, incluso, a minimizar sus efectos  perjudiciales, pues sólo de esta manera su comportamiento  podría entenderse realizado de buena fe y le daría  legitimación para reclamar la totalidad de la reparación  del daño que haya padecido. (CSJ SC de 16 dic. 2010, rad.  1989-00042) (SC2905,  29 jul. 2021, rad. n.° 2015-00230-01).  

En  el caso lo sensato era que, detectada la baja productividad de  algunos suelos, la demandante utilizara aquellos que tenían un  comportamiento promedio, mientras que hacían los estudios o  experimentos que condujeran a un aprovechamiento óptimo de las  heredades con mayor afectación. Por ende, sólo la  diferencia entre los lotes sanos y el máximo aprovechable, era  susceptible de ser reparado.  

Luego,  a pesar de la corrección contable y matemática de la  peritación, se pretermitió el anterior elemento  material con incidencia en la determinación de las tierras  «ociosas»,  por lo que deberá ajustarse en el siguiente sentido:  

                                                                                

Año                                                                                              

Ha                                  sembradas con arroz21                                                                                              

Ha                                   no cultivadas con arroz22                                                                                              

Tope                                  de ha reparables                                                                                              

Ha                                  ociosas                  

172                                                                                              

117                                                                                              

140                                                                                              

117                  

1982                                                                                              

226                                                                                              

83                                                                                              

140                                                                                              

83                  

1983                                                                                              

167                                                                                              

120                                                                                              

140                                                                                              

120                  

1984                                                                                              

185                                                                                              

109                                                                                              

140                                                                                              

109                  

1985                                                                                              

163                                                                                              

122                                                                                              

140                                                                                              

122                  

1986                                                                                              

164                                                                                              

122                                                                                              

122                  

1987                                                                                              

157                                                                                              

126                                                                                              

140                                                                                              

126                  

1988                                                                                              

157                                                                                              

126                                                                                              

140                                                                                              

126                  

1989                                                                                              

164                                                                                              

122                                                                                              

140                                                                                              

122                  

1990                                                                                              

246                                                                                              

71                                                                                              

140                                                                                              

71                  

1991                                                                                              

152                                                                                              

129                                                                                              

140                                                                                              

129                  

1992                                                                                              

190                                                                                              

106                                                                                              

140                                                                                              

106                  

1993                                                                                              

94                                                                                              

165                                                                                              

140                                                                                              

140                  

1994                                                                                              

74                                                                                              

177                                                                                              

140                                                                                              

140                  

1995                                                                                              

172                                                                                              

117                                                                                              

140                                                                                              

117                  

1996                                                                                              

211                                                                                              

83                                                                                              

83                  

1997                                                                                              

184                                                                                              

109                                                                                              

140                                                                                              

109                  

1998                                                                                              

143                                                                                              

135                                                                                              

140                                                                                              

135              

Los  cálculos se harán de forma anualizada, por cuanto las  utilidades se computaron con esta misma periodicidad, sin que ello  afecte los resultados, por la periodicidad de estos cultivos.  

Por  lo expuesto se accederá a las súplicas de acuerdo con  la cuantificación de la pericia de marras, pero al imponerse  la condena se recalculará el quantum,  descontando las ganancias obtenidas por la explotación de  otros cultivos, en tanto estos ingresos mitigaron el daño  experimentado. Se excluirán del análisis las pérdidas  causadas en otros sembrados, por ser un aspecto ajeno a la  controversia; así como los intereses civiles, por los motivos  expuestos en la anterior condena; y se tendrá en cuenta como  límite máximo el de 140 hectáreas de tierras  ociosas. Se corregirá el valor de la indemnización, de  acuerdo con el índice de precios al consumidor.  

3.10.  Decantada la procedencia de la reclamación deprecada y su  cuantificación, es necesario adentrarse en las excepciones  propuestas por las convocadas, con el fin de determinar si tienen la  aptitud de impedir la condena que se vislumbra, para lo cual son  necesarios los subsiguientes razonamientos:  

(I)  Los argumentos relativos a la errada estimación de los daños  fueron analizados en precedencia, al establecer el monto de la  reclamación, a los cuales se remite por concreción.  

(II)  Sobre la inexistencia de solidaridad entre las demandadas, es de  resaltar que la misma está demostrada por su coparticipación  causal en la producción del daño cuya indemnización  se pretendió.  

En  efecto, según el dictamen pericial presentado por los señores  Galeano y Pérez, los penachos con emisión de material  particulado emanaron, tanto de la chimenea de la fábrica  Caracolito (perteneciente a Cementos Diamante de Ibagué  S.A.)23,  como de Buenos Aires (de propiedad de Cementos Diamante del Tolima)24,  afectando al unísono a la hacienda La Palma, sin que existan  datos conclusivos que permitan establecer el nivel de participación  de cada una de las cementeras en la contaminación resultante.  

Sobre  el particular, es cierto que lo normal es que la imputación  por responsabilidad se efectúe de forma individual, esto es,  debe dirigirse sobre la persona causante del daño y de acuerdo  con el nivel de participación. Sin embargo, cuando varios  sujetos concurren a la producción del perjuicio, en la órbita  de la responsabilidad extracontractual, todas ellas podrán ser  condenadas al resarcimiento de forma solidaria, según lo  previene el artículo 2344 del Código Civil. Punto sobre  el cual, de antaño, tiene dicho esta Corte:  

[C]uando  en la producción del daño han actuado varias personas,  generalmente todas ellas son solidariamente responsables y, por tal  virtud, la víctima o acreedor, a su arbitrio, puede demandar a  cualquiera de ellas por el total de perjuicios. Sobre el particular  tiene sentado la jurisprudencia de la Corporación que ‘la  posible culpa concurrente del tercero, o quien por serlo no se le  puede juzgar aquí, no exonera de responsabilidad del daño;  apenas lo haría solidariamente responsable del mismo…  Siendo pues solidaria la responsabilidad, la parte demandante podía  demandar el resarcimiento del daño contra todos los  responsables o contra cualquiera de ellos’…  (SC,  2 nov. 1982, GJ MMCDVI, p. 267-268).  

Traídas  las anteriores consideraciones al caso se tiene que, ante la duda  persistente sobre los porcentajes de participación de las  plantas cementeras en la contaminación del predio colindante,  deberá condenarse de forma solidaria a ambas sociedades, por  fuerza tanto de la solidaridad a que se refiere el artículo  2344 del Código Civil, como por la atribución in  solidum a  todos los agentes no individualizados.  

Más  aún, por estar en presencia de una responsabilidad  extracontractual originada en el ejercicio de una actividad  peligrosa, consistente en la manipulación de hornos con  potencialidad de emanar residuos contaminantes, de allí que  entre las demandadas se genere un vínculo solidario para  indemnizar a las afectadas, siendo únicamente admisible que se  exoneren con la prueba de una causa extraña, aspecto que se  echa de menos en el proceso.  

De  otra parte, frente a situaciones que guardan similitud con el  presente expediente, en relación con el artículo 2344  del Código Civil, parece pertinente reiterar que la  responsabilidad solidaria ocurre, «así  se trate de hechos instantáneos o de extensa duración.  Lo que interesa para los efectos de la solidaridad no es el proceso  mismo causante del daño, sino su resultado»  (SC, 30 ab. 1976, G.J. CLII, pág. 123), como acontece con  conductas que se cometen de forma prolongada pero que tienen un  resultado común, porque uno sólo es el vínculo  entre los agentes y la víctima; así no es admisible «la  tesis de que el citado artículo 2344 sólo es aplicable  a quienes simultáneamente cometen hecho ilícito  determinado, de modo que si su intervención en éste es  sucesiva e independiente, sea preciso dividir la indemnización  proporcionalmente, a efectos de que la víctima la cobre por  partes. Esto es, precisamente, lo que la disposición en  comento se propone evitar»  (ídem).  

De  allí que, con independencia de la fecha en que entraran a  operar las fábricas, o la mayor aportación de material  contaminante por parte de una de ellas, todas las demandadas deberán  asistir en el pago de la indemnización, razón para  denegar esta excepción.  

(III)  En punto a la prescripción de la acción resarcitoria ha  de recordarse que las convocadas cuestionan que, si bien se  solicitaron los perjuicios por los últimos veinte años,  se alegó que la contaminación data desde 1960, por lo  que para el año de 1979 ya se había afectado la calidad  de los suelos, que hacía imposible su comparación con  predios en buenas condiciones. Por consiguiente, cuando Arrocera  Potrerito incurrió en mayores costos de producción u  obtuvo menores ingresos, la causa es anterior.  

Al  respecto, es menester considerar que este litigio tuvo como eje la  configuración de un daño continuado, por la explotación  cementera que durante décadas permitió la emisión  de material particulado en terrenos adyacentes y que condujo a un  cambio de sus condiciones químicas. El menoscabo no puede  ubicarse en un momento único, porque se extendió  mientras subsistió la conducta ilícita, interregno en  el cual era dable acudir al aparato judicial para obtener el  resarcimiento de perjuicios, e incluso después de que cesara,  siempre que no prescribiera la acción respecto de prestaciones  concretas afectadas por el paso del tiempo. En otras palabras, la  demanda podía formularse desde el primero de los hechos  ilícitos, o en cualquier momento mientras no cesara la  contravención, sin perjuicio de que la reparación se  limitara en el tiempo para las prestaciones económicas  específicas por la prescripción alegada.  

Aquí,  examinado que el daño fue configurándose día  tras día, si en gracia de discusión se admitiera que  hay duda respecto a la intensidad de ese detrimento durante cada  momento de la pertinaz ilicitud, sería exorbitante estimar que  la víctima deba cargar con los efectos fatales de una eventual  prescripción integral de la acción de reclamo, pues  tesis semejante sería injustificada rodela para que el sujeto  vulnerador de los derechos pueda perpetuar impunemente su conducta  opuesta al orden jurídico, esto es, que pueda aprovecharse de  su propio dolo o culpa de manera indeterminada, conclusión  carente de sostén en el ordenamiento jurídico.  

En  esa perspectiva, la prescripción sólo podría  permitirse en las prestaciones económicas concretas faltas de  reclamación en tiempo, cosa que en el evento de litis está  fuera de lugar desde la raíz (in  radice),  de atender que la demanda, ya se apuntó, fue paladina en  cuanto a que reclamaba indemnizaciones por los últimos veinte  años, que era el término de la prescripción  extraordinaria a esa sazón, antes de las modificaciones  temporales de la ley 791 de 2002.  Así, la indeterminación  en torno a los eventuales efectos del daño pasado al suelo,  anterior a 1979, sobre el posterior, sólo podría  afectar la reparación de ese periodo indemnizable pretérito,  más no la correspondiente al lapso ulterior.  

Se  sigue de lo anterior que la defensa en comento está llamada a  fracasar.  

(IV)  Respecto a la inviabilidad de imponer una condena única en  favor de una de las demandantes y sin consideración del  interés individual que le asiste a las demás, en una  especie de comunidad que no está demostrada y que implica  ausencia de consonancia con las pretensiones, procede rememorar que,  como se explicó al resolver el remedio casacional, en el  proceso se demostró que, entre las convocantes, se celebró  un contrato cuyo objeto fue permitir a Arrocera Potrerito que  realizara las actividades de explotación de la hacienda La  Palma, con lo cual se tejió entre ellas una suerte común,  fruto de su propia manifestación de voluntad.  

De  ese modo, reluce que la condena debe imponerse como unidad, aunque a  favor de todas las demandantes. Y es que, de cara a la existencia de  un contrato de colaboración entre empresarios, resulta natural  que el socio que se da a conocer al público realice todas las  reclamaciones connaturales a la actividad productiva, al margen de  que con posterioridad deba realizar su distribución con los  demás asociados.  

Sin  embargo, esto no implica que la responsabilidad no sea reconocida a  favor de todas las promotoras, siendo de su resorte la distribución  de la indemnización una vez recibida.  

(V)  En cuanto se refiere a la falta de causalidad y prueba del daño,  argumentos esgrimidos por las apelantes en su escrito de  sustentación, como ya fueron analizados y decididos al  establecer los elementos de la responsabilidad, se remite a dichas  consideraciones.  

(VI)  Sobre la objeción por error grave del peritaje realizado por  Jairo Luis Romero y Gloria Penagos, en el proceso de la acción  popular, la Corte mantendrá la decisión de primera  instancia, en atención a que ese medio no sirvió de  apoyo probatorio para arribar al quiebre del fallo, ni a esta  sentencia sustitutiva.  

3.11.  Para la liquidación de los perjuicios, como ya se anticipó,  se tendrá en cuenta la experticia de Myriam Rivas, haciendo  los ajustes explicados.  

3.11.1.  La profesional cuantificó la mengua en la rentabilidad de la  siguiente manera:  

                                                                                            

Año                                                                                                                      

Mayor                                          valor de la producción y menor retorno de utilidad25                                                              

1981                                                                                                                      

$1.537.817                          

1982                                                                                                                      

$7.908.928                          

1983                                                                                                                      

$6.189.488                          

1984                                                                                                                      

$6.497.108                          

1985                                                                                                                      

$4.134.539                          

$3.687.943                          

1987                                                                                                                      

$830.078                          

1988                                                                                                                      

$41.106.742                          

1989                                                                                                                      

$10.983.882                          

1990                                                                                                                      

$39.070.705                          

1991                                                                                                                      

$0                          

1992                                                                                                                      

$26.699.609                          

1993                                                                                                                      

$70.066.624                          

1994                                                                                                                      

$12.636.339                          

1995                                                                                                                      

$59.238.223                          

1996                                                                                                                      

$1.427.456                          

1997                                                                                                                      

$82.650.004                          

1998                                                                                                                      

$47.059.328                          

Valor                                          histórico Total                                                                                                                      

$421.724.813                                

3.11.2.  El valor por no aprovechamiento del terreno, conforme a lo  dilucidado, se recalculará así:  

Año                                                                                                                      

Hectáreas                                          ociosas                                                                                                                      

Utilidad                                          por hectárea26                                                                                                                      

Descuento                                          por rendimientos de otros cultivos                                                                                                                      

Utilidades                                          dejadas de percibir                                                              

1981                                                                                                                      

117                                                                                                                      

$                                          69.069                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                                8.081.073                          

1982                                                                                                                      

83                                                                                                                      

$                                          80.393                                                                                                                      

$1.159.740                                                                                                                      

$                                                5.512.879                          

1983                                                                                                                      

120                                                                                                                      

$                                          114.937                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                              13.792.440                          

1984                                                                                                                      

109                                                                                                                      

$                                          142.614                                                                                                                      

$                                          156.841                                                                                                                      

$                                              15.388.085                          

1985                                                                                                                      

122                                                                                                                      

$                                          146.558                                                                                                                      

$                                          4.121.817                                                                                                                      

$                                              13.758.259                          

1986                                                                                                                      

122                                                                                                                      

$                                          118.062                                                                                                                      

$                                          3.950.058                                                                                                                      

$                                              10.453.506                          

1987                                                                                                                      

126                                                                                                                      

$                                          150.080                                                                                                                      

$                                          3.339.300                                                                                                                      

$                                              15.570.780                          

1988                                                                                                                      

126                                                                                                                      

$                                          683.095                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                              86.069.970                          

1989                                                                                                                      

122                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                              58.561.708                          

1990                                                                                                                      

71                                                                                                                      

$                                          458.111                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                              32.525.881                          

1991                                                                                                                      

129                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                          0                          

1992                                                                                                                      

106                                                                                                                      

$                                          621.895                                                                                                                      

$                                          1.683.534                                                                                                                      

$                                              64.237.336                          

1993                                                                                                                      

140                                                                                                                      

$                                          902.984                                                                                                                      

$                                          39.208.205                                                                                                                      

$                                              87.209.555                          

1994                                                                                                                      

140                                                                                                                      

$                                          1.542.890                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                            216.004.600                          

1995                                                                                                                      

117                                                                                                                      

$                                          1.278.122                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                            149.540.274                          

1996                                                                                                                      

83                                                                                                                      

$                                          1.242.788                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                            103.151.404                          

1997                                                                                                                      

109                                                                                                                      

$                                          1.911.341                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                            208.336.169                          

1998                                                                                                                      

135                                                                                                                      

$                                          1.844.956                                                                                                                      

$                                          0                                                                                                                      

$                                            249.069.060                          

Valor                                          histórico total                                                                                                                      

$                                          1.337.262.979                                

3.11.3.  Estos montos se actualizarán, desde la fecha en que se  causaron los daños y hasta el 28 de febrero de 2022, último  mes disponible para el cálculo, de acuerdo con los índices  publicados en las series de empalme por el Departamento  Administrativo Nacional de Estadística (DANE), siguiendo los  precedentes jurisprudenciales vigentes (cfr. CSJ, SC, 18 mar. 2003,  exp. 6892; 19 oct. 2011, rad. n° 2001-00847-01). La fórmula  que se empleará se transcribe:  

VP        =  

Donde,  

VP  = valor presente  

VH  = valor histórico  

Se  descarta la aplicación del interés bancario corriente  como fórmula de actualización, por las razones ya  anotadas en cuanto al linaje de la controversia.  

Aplicado  el procedimiento antes señalado, los valores actualizados a la  fecha de esta providencia, son:  

(I)  Por mengua de rentabilidad:  

                                                                                

Año                                                                                              

Mayor                                  valor de la producción y menor retorno de utilidad                                                                                              

IPC                                  inicial27                                  (enero del año siguiente)                                                                                              

IPC                                  final28                                                                                              

Valor                                  actualizado                                      

1981                                                                                              

$1.537.817                                                                                              

1,16                                                                                              

115,11                                                                                              

$152.601.823                  

1982                                                                                              

$7.908.928                                                                                              

1,43                                                                                              

115,11                                                                                              

$636.641.050                  

1983                                                                                              

$6.189.488                                                                                              

1,67                                                                                              

115,11                                                                                              

$426.629.918                  

1984                                                                                              

$6.497.108                                                                                              

115,11                                                                                              

$375.820.152                  

1985                                                                                              

$4.134.539                                                                                              

2,46                                                                                              

115,11                                                                                              

$193.466.172                  

1986                                                                                              

$3.687.943                                                                                              

2,98                                                                                              

115,11                                                                                              

$142.456.080                  

1987                                                                                              

$830.078                                                                                              

3,68                                                                                              

115,11                                                                                              

$25.964.750                  

1988                                                                                              

$41.106.742                                                                                              

4,71                                                                                              

115,11                                                                                              

$1.004.627.828                  

1989                                                                                              

$10.983.882                                                                                              

5,97                                                                                              

115,11                                                                                              

$211.784.700                  

1990                                                                                              

$39.070.705                                                                                              

7,88                                                                                              

115,11                                                                                              

$570.739.702                  

1991                                                                                              

$0                                                                                              

10,04                                                                                              

115,11                                                                                              

$0                  

1992                                                                                              

$26.699.609                                                                                              

12,54                                                                                              

115,11                                                                                              

1993                                                                                              

$70.066.624                                                                                              

15,36                                                                                              

115,11                                                                                              

$525.089.133                  

1994                                                                                              

$12.636.339                                                                                              

18,59                                                                                              

115,11                                                                                              

$78.244.700                  

1995                                                                                              

$59.238.223                                                                                              

22,35                                                                                              

115,11                                                                                              

$305.096.727                  

1996                                                                                              

$1.427.456                                                                                              

26,96                                                                                              

115,11                                                                                              

$6.094.750                  

1997                                                                                              

$82.650.004                                                                                              

31,77                                                                                              

115,11                                                                                              

$299.459.930                  

1998                                                                                              

$47.059.328                                                                                              

37,23                                                                                              

115,11                                                                                              

$145.500.920                  

Valor                                  total                                                                                              

$                                  5.345.305.417              

(II)  Por no aprovechamiento del terreno con cultivos de arroz:  

                                                                                

Año                                                                                              

Valor                                  histórico                                                                                              

IPC                                  inicial29                                  (enero del año siguiente)                                                                                              

IPC                                  final30                                                                                              

Valor                                  actualizado                                      

$                                        8.081.073                                                                                              

1,16                                                                                              

110,60                                                                                              

$801.907.166                  

1982                                                                                              

$                                        5.512.879                                                                                              

1,43                                                                                              

110,60                                                                                              

$443.767.484                  

1983                                                                                              

$                                      13.792.440                                                                                              

1,67                                                                                              

110,60                                                                                              

$950.687.286                  

1984                                                                                              

$                                      15.388.085                                                                                              

1,99                                                                                              

110,60                                                                                              

$890.111.791                  

1985                                                                                              

$                                      13.758.259                                                                                              

2,46                                                                                              

110,60                                                                                              

$643.785.851                  

1986                                                                                              

$                                      10.453.506                                                                                              

2,98                                                                                              

110,60                                                                                              

$403.792.978                  

1987                                                                                              

$                                      15.570.780                                                                                              

3,68                                                                                              

110,60                                                                                              

1988                                                                                              

$                                      86.069.970                                                                                              

4,71                                                                                              

110,60                                                                                              

$2.103.506.209                  

1989                                                                                              

$                                      58.561.708                                                                                              

5,97                                                                                              

110,60                                                                                              

$1.129.152.129                  

1990                                                                                              

$                                      32.525.881                                                                                              

7,88                                                                                              

110,60                                                                                              

$475.133.777                  

1991                                                                                              

$                                  0                                                                                              

10,04                                                                                              

110,60                                                                                              

$0                  

1992                                                                                              

$                                      64.237.336                                                                                              

12,54                                                                                              

110,60                                                                                              

$589.661.862                  

1993                                                                                              

$                                      87.209.555                                                                                              

15,36                                                                                              

110,60                                                                                              

$653.560.669                  

1994                                                                                              

$                                    216.004.600                                                                                              

18,59                                                                                              

110,60                                                                                              

$1.337.508.849                  

1995                                                                                              

$                                    149.540.274                                                                                              

22,35                                                                                              

110,60                                                                                              

1996                                                                                              

$                                    103.151.404                                                                                              

26,96                                                                                              

110,60                                                                                              

$440.421.295                  

1997                                                                                              

$                                    208.336.169                                                                                              

31,77                                                                                              

110,60                                                                                              

$754.849.745                  

1998                                                                                              

$                                    249.069.060                                                                                              

37,23                                                                                              

110,60                                                                                              

$770.087.013                  

Valor                                  total                                                                                              

$13.645.169.004              

Como  el cálculo se hizo con corte a 28 de febrero de 2022, el juez  de conocimiento deberá actualizar el guarismo hasta el día  del pago total, con sujeción al procedimiento explicitado en  precedencia, acorde con el inciso final del artículo 308 del  Código de Procedimiento Civil.  

3.11.4.  Remárquese que esta condena observa plenamente el principio de  no reforma peyorativa, el cual prohíbe desmejorar  la situación del apelante único, esto es, las  convocadas, bajo la consideración de que los demandantes  desistieron del remedio vertical que en su momento interpusieron.  

Y es  que, el fallo de primera instancia había impuesto una condena  por valor de $19.849.467.821, con indexación a partir del 15  de diciembre de 2003, lo que arroja un monto superior al que ahora se  calcula.  

4.  Recapitulación final.  

4.1.  En suma, la sentencia del Tribunal será casada por haber  exigido una prueba huérfana de soporte normativo, y contraria  a la libertad probatoria consagrada en la ley, a consecuencia de lo  cual omitió valorar los medios demostrativos que permitían  establecer el daño causado a los terrenos explotados por  Arrocera Potrerito y la cuantía del demérito. No habrá  condena en costas del recurso extraordinario por su prosperidad y  originarse en el cumplimiento de una sentencia de revisión de  la Corte Constitucional.  

4.2.  En su lugar, se proferirá sentencia de segunda instancia  confirmatoria de la providencia del 15 de diciembre de 2013 dictada  por el Juzgado Cuarto Civil del Circuito de Ibagué, salvo lo  atinente a la cuantificación de los perjuicios, pues los  mismos serán tasados conforme a la pericia practicada en el  curso de la apelación.  

4.3.  Se desestiman las excepciones de mérito en virtud de las  consideraciones efectuadas a lo largo de la providencia.  

4.4.  Se  impondrá a las demandadas la condena en costas de segundo  grado, porque a pesar de la enmienda del fallo apelado, la decisión  de alzada se resuelve desfavorablemente a sus intereses, acorde con  el numeral 1° del artículo 392 del entonces vigente Código  de Procedimiento Civil. Las agencias en derecho se tasarán,  según el numeral 3 del artículo 393 ibidem  y las tarifas establecidas por el Consejo Superior de la Judicatura.  

DECISIÓN  

Con  base en lo expuesto, y en cumplimiento de la sentencia de revisión  SU455 del 16 de octubre de 2020 de la Corte Constitucional, la Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Civil, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,  casa  la sentencia del 16 de diciembre de 2010, proferida por el Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Ibagué, Sala Civil-Familia,  en el proceso promovido por La Costeña Jaime Laserna &  Cía. S.C.A. y otros contra Cementos Diamante de Ibagué  S.A. y Cementos Diamante del Tolima S.A., y en  sede de instancia, resuelve:  

Primero.-  Confirmar  los numerales primero a quinto y octavo y noveno de la sentencia  apelada.  

Segundo.-  Modificar el numeral sexto de la sentencia apelada el cual quedará  así: «Declarar  civil y extracontractualmente responsables a las demandadas por los  perjuicios provenientes de la contaminación ambiental generada  por los sólidos que fueron expedidos por las chimeneas de sus  plantas de producción de cemento, en los terrenos que estaban  bajo administración de la sociedad Arrocera Potrerito Laserna  y Cía. S.C.A., los cuales eran de su propiedad y de las otras  demandantes».  

Tercero.-  Modificar el numeral séptimo de la sentencia recurrida en el  siguiente sentido: «Condenar  a Cementos Diamante de Ibagué S.A. y Cementos Diamante del  Tolima S.A. a pagar de forma solidaria a Arrocera Potrerito Laserna y  Cía. S.C.A.,  La  Costeña Jaime Laserna y Cía. S.C.A., Arrocera la Palma  Laserna y Cía. S.C.A. – en liquidación, Agropecuaria  Tolima Laserna Serna & Cía. S.C.A., Agropecuaria Los  Corrales Laserna & Cía. S.C.A., Laserna Serna Hermanos &  Cía. S.C.A., Agropecuaria Laserna & Cía. S.C.A. y  Bertha Serna de Laserna,  por los daños causado desde 1981 hasta 1998, las siguientes  sumas: (I) cinco mil trescientos cuarenta y cinco millones  trescientos cinco mil cuatrocientos diecisiete pesos  ($5.345’305.417), por mayor valor de la producción y  menor retorno de utilidad; y (II) trece mil seiscientos cuarenta y  cinco millones ciento sesenta y nueve mil cuatro pesos  ($13.645’169.004), por no aprovechamiento del terreno con  cultivos de arroz».  

Cuarto.-  La condena que se impone a cargo de las demandadas se actualizará,  con base en el IPC certificado por el DANE, a partir del 1° de  marzo de 2022 y hasta la fecha de pago efectivo.  

Quinto.-  Imponer costas de segunda instancia a cargo de las demandadas. Para  su valoración el magistrado ponente fija la suma de cincuenta  y dos millones de pesos ($52’000.000) como agencias en derecho.  

Oportunamente  devuélvase el expediente a la corporación de origen.  

Notifíquese  

HILDA  GONZÁLEZ NEIRA  

Presidenta  de Sala  

ÁLVARO  FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

Aclara  voto  

MARTHA  PATRICIA GUZMÁN ÁLVAREZ  

Salvamento  de Voto  

AROLDO  WILSON QUIROZ MONSALVO  

LUIS  ALONSO RICO PUERTA  

Aclara  voto  

FRANCISCO  TERNERA BARRIOS  

ACLARACIÓN  DE VOTO  

Radicación  n.°  73001-31-03-004-1999-00227-01  

Con todo respeto por el  Magistrado Ponente, me permito aclarar mi voto dentro del proceso de  la referencia para señalar que, a pesar de que no comparto la  decisión que en este proceso se toma, debo aprobarla porque  ella obedece a una orden dada por la Corte Constitucional en una  acción de tutela, la cual debemos acatar todos los ciudadanos,  principalmente los jueces, aunque no la compartamos.  

Sin embargo, a pesar de  aprobar lo decidido por la razón expuesta, no puedo dejar de  indicar que, desde mi punto de vista, la tutela no era procedente  para ordenar una nueva mirada a la prueba reina del proceso, por el  solo hecho de que el juez constitucional tenga una visión  diferente a la del juez ordinario, pues ese solo hecho no da lugar a  la vulneración de derechos fundamentales señalada. La  acción de tutela no puede volverse una nueva instancia dentro  del proceso como lo pretende la Corte Constitucional, lo cual  constituye como mínimo un abuso de ésta.  

Por esa razón dejo  sentada mi protesta contra semejante intromisión, que se ha  hecho común en el ejercicio de nuestra judicatura y que no  hace más que generar desconfianza en la ciudadanía.  

ÁLVARO  FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

Magistrado  

SALVAMENTO  DE VOTO  

Radicación  n.° 73001-31-03-004-1999-00227-01  

Con  el acostumbrado respeto por la decisión mayoritaria, me  permito  exponer las razones que me llevaron a disentir de la decisión  de casar  la sentencia del 16 de diciembre de 2010, proferida por el Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Ibagué, Sala Civil-Familia,  en el proceso promovido por La Costeña Jaime Laserna &  Cía. S.C.A. y otros contra Cementos Diamante de Ibagué  S.A. y Cementos Diamante del Tolima S.A.,  y en sede de instancia confirmar  los numerales primero a quinto, octavo y noveno de la sentencia  apelada; declarar civil y extracontractualmente a las demandadas y  las condenó a pagar las sumas indicadas allí.  

En  el presente asunto se decretó la inspección judicial  con intervención de perito, diligencia en la que se recaudaron  documentos relacionados con la contabilidad de la parte actora,  conforme se dejó constancia en el acta correspondiente, y se  rindió la experticia solicitada, allegando con ésta  legajos adicionales a los aportados en la prueba referida.  

Debiendo  definirse si la labor del perito debía limitarse a lo  recaudado en la diligencia en cita, o si, como se afirmó en la  providencia, «la  labor para el perito no se agotará en la mera inspección,  ni con la información allí recabada».  

Para  tal efecto, el artículo 239 del Código General del  Proceso, prevé que «cuando  la inspección deba versar sobre cosas muebles o documentos que  se hallen en poder de la parte contraria o de terceros se aplicarán  también las disposiciones de la exhibición»  y, respecto de esta última, el artículo 268 ibidem,  regula la exhibición de libros y papeles del comerciante, que  debe concordarse con el canon 266 del estatuto en cita, que  desarrolla el trámite de esa exhibición, precisando, en  su inciso 4°, que: «presentado  el documento el juez lo hará transcribir o reproducir a menos  de que quien lo exhiba permita que se incorpore al expediente».  

En  esas precisas circunstancias, la exhibición de documentos y el  dictamen pericial que se emita a continuación, no son pruebas  independientes, sino que la experticia, depende de los documentos que  se exhiban, pues son éstos, y no otros, los incorporados al  proceso.  

Ahora  bien, el perito, es un auxiliar de la justicia, que desarrolla un  oficio público ocasional [Art. 47 del C.G.P.], y generalmente  se trata de personas o instituciones calificadas, distintas e  independientes de las partes y del juez, por sus especiales  conocimientos científicos, técnicos o artísticos  [inc. 1° del art. 226 del C.G.P] a través del cual  suministra al juez explicaciones para la formación de su  conocimiento, respecto de hechos que escapan a sus conocimientos, y  que se encuentra regulada en los artículos 226 a 235 ejusdem.  

Es  cierto que los peritos pueden allegar documentos «que  le sirven de fundamento y aquellos que acrediten la idoneidad y la  experiencia del perito»,  por lo que no genera discusión la aportación de  documentos necesarios para acreditar la idoneidad y experiencia del  perito, acorde con el numeral 3° del artículo 226 del  C.G.P., pero no resulta claro si lo dispuesto en el numeral 10°  del artículo en cita, que dicta: «relacionar  y adjuntar los documentos e información utilizados para la  elaboración del dictamen»  está autorizando a que dichos auxiliares de la justicia  alleguen elementos probatorios que correspondía aportar a las  partes.  

Para  resolver tal aspecto recuérdese que uno de los principios más  relevantes en materia probatoria es el de contradicción,  consagrado en el artículo 29 de la Carta Política que  desarrolla el derecho de toda persona a presentar y controvertir las  pruebas que se allegan en su contra, tratándose de una  garantía para la realización del debido proceso y el  derecho de defensa. Temática sobre la cual la doctrina ha  precisado que «los  jueces no pueden darle a una prueba el mérito de convicción  que en si misma merezca, por perfecta que intrínsicamente sea  […]  si frente  al adversario o contraparte tal prueba no se ha ajustado al trámite  procesal previsto para presentarla, decretarla y practicarla»32.  

De  suerte que, los documentos así allegados, devendrían en  pruebas ilícitas al no haberse aportado en la forma dispuesta  por el legislador, temática que ha sido analizada por esta  Corporación al referir que:  

«La  prueba ‘ilícita’ difiere de la ‘ilegal’  o ‘irregular’, que ‘no pretermite un precepto  constitucional fundamental sino uno de índole legal, en  sentido amplio, de suerte que será la tipología  normativa objeto de infracción, en esta tesitura, la llamada a  determinar si se está ante una u otra clase de prueba, sobre  todo a partir de la noción de derechos o garantías  fundamentales. Si es la Carta Política la quebrantada,  particularmente uno o varios derechos de la mencionada estirpe, la  prueba se tildará de ilícita, mientras que si la  vulnerada es una norma legal relativa a otra temática o  contenido, se calificará de ilegal o irregular distinción  significativa por sus consecuencias, ‘ad exemplum, se señala  que la prueba ilícita, en línea de principio, no es  pasible de valoración judicial, como quiera que carece de  eficacia demostrativa -desde luego, con algunas puntales excepciones  a partir de la adopción del criterio o postulado dela  proporcionalidad-, al paso que la ilegal o irregular si lo será,  aspecto éste, por lo demás, no pacífico en el  derecho comparado»33  

No  desconozco que la decisión de la que me aparto se profirió  en cumplimiento de lo resuelto por la Corte Constitucional en  sentencia de unificación 455 de 2020, la que en su numeral 3°  dispuso: «REMITIR  el  expediente a la Sala  de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia,  para que, con fundamento en la totalidad de las pruebas recaudadas,  tase los perjuicios probados dentro del proceso.».  

Determinación  que se tomó bajo el entendido de que debió darse  aplicación al principio de la Constitución ecológica,  en cuanto que, «quien contamina paga»,  amén de que se estimó que esta Sala «al  avalar la valoración probatoria hecha por el juez de segunda  instancia, negando eficacia a un documento que probaba hechos  determinantes en el proceso de responsabilidad civil  extracontractual, por la ausencia de unas firmas que posteriormente  fueron estampadas en los estados financieros, sin alterar su  contenido, incurrió en un exceso ritual manifiesto»,  a lo que se agregó que se omitió valorar otros medio de  prueba y «no decretar pruebas de oficio para  llegar al grado de convición (sic) requerido».  

Por  lo que, si en las pruebas obrantes en el expediente existían  falencias a efectos de poder determinar de manera certera, cuál  era el monto del perjuicio sufrido por la demandante, lo que procedía  era el decreto de pruebas de oficio, en los términos en que se  autorizó en la providencia a la que se le está dando  cumplimiento, pues, como se viene de explicar, los documentos  arrimados por el perito, atinentes a la contabilidad de la actora,  cumpliendo los requisitos legales, es una prueba ilegal, al haberse  aportado fuera de los cauces previstos por el Legislador.  

Amén  de lo antedicho, la Sala no ha sido ajena a la necesidad de decretar  pruebas de tal linaje para la búsqueda de la verdad material,  al precisar que:  

«Por  ello es que repetidamente esta Corporación  ha resaltado la importancia y alcances de la atribución de  decretar oficiosamente pruebas, para indicar sobre el particular,  entre otras cosas, que “a los órganos jurisdiccionales  en el orden civil no les está permitido … desentenderse  de la investigación oficiosa con el fin de llegar a la verdad  material frente a los intereses en pugna, asumiendo cómodas  actitudes omisivas, por lo general puestas al servicio de una  desapacible neutralidad funcional que el estatuto procesal en  vigencia repudia siempre que por fuerza de las circunstancias que  rodean el caso, llegare a hacerse patente que decretando pruebas de  oficio puede el juez, mediante la práctica de las respectivas  diligencias y aun a pesar de que hacerlo implique suplir vacíos  atribuibles al descuido de las partes, lograr que en definitiva  resplandezca la verdad y por lo mismo, impere en la sentencia un  inequívoco designio de justicia. En consecuencia, no es  facultativo del juzgador obrar de este modo ‘… sino que en  toda ocasión, en la debida oportunidad legal, en que los  hechos alegados por las partes requieran ser demostrados, así  la que los alega hubiese sido desidiosa en esa labor … es un  deber del juzgador utilizar los poderes oficiosos que le concede la  ley en materia de pruebas, pues es este el verdadero sentido y  alcance que exteriorizan los Arts. 37 Num. 4, 179 y 180 del C. de P.  C. ..’ ” (G.J. t. CCLII, pag. 399)34.»  

Voluminosa  doctrina y jurisprudencia ha precisado que el juez tiene el deber de  decretar pruebas de oficio, entre otros, en los siguientes casos: (i)  la prueba genética en los procesos de filiación o  impugnación de maternidad o paternidad; (ii) la inspección  judicial en los procesos de pertenencia; (iii) las necesarias para  realizarse condena en concreto respecto de los frutos, mejoras o  perjuicios35,  correspondiendo a esta última hipótesis el caso en  estudio.  

De  manera que, si las pruebas allegadas no permitían deducir, de  manera cierta, el monto de los perjuicios padecidos por la parte  actora, por el actuar de la demandada que contaminó los  terrenos en los que realizaba sus actividades de cultivo, por  tratarse de documentos allegados de manera extemporánea, en mi  opinión, debió hacerse uso de la facultad oficiosa que  trae el artículo 169 y 170 del C.G.P. y, así,  garantizar la introducción de los referidos documentos de  manera legal, como lo refirió la Corte Constitucional en su  sentencia SU455 de 2020.  

Con  el debido respeto, así dejo consignada mi divergencia.  

MARTHA  PATRICIA GUZMÁN ÁLVAREZ  

Magistrada  

Radicación  n.° 73001-31-03-004-1999-00227-01  

ACLARACION  DE VOTO  

Si  bien no comparto los razonamientos en materia probatoria consignados  en esta providencia, ni las decisiones que allí se adoptaron,  mi voto afirmativo obedece al estricto acatamiento de la sentencia  SU-455 de 2020, proferida por la Corte Constitucional.  

En  los anteriores términos dejo consignada mi aclaración  de voto, con reiteración de mi respeto por la Sala de Casación  Civil.  

Fecha  ut  supra,  

LUIS  ALONSO RICO PUERTA  

Magistrado  

2          Eduardo J. Couture, Fundamentos          del Derecho Procesal Civil,          Roque-Depalma Editor, 1958, p. 270-271.  

3          Derogados por el artículo 626 del Código General del          Proceso.  

4          Rubén S. Stiglitz, al analizar el artículo 208 del          Código de Comercio argentino, similar al colombiano, concluye          que los libros de comercio constituye plena prueba cuando «se          intente probar un hecho entre comerciantes»          y sea una «hecho          de su comercio»          (Derecho de Seguros, 3ª Edición, Abeledo Perrot, Buenos          Aires, 1998, p. 588).  

5          Cfr. Hernando          Devis Echandía,          Compendio          de la Prueba Judicial,          Tomo II, Rubinzal – Culzoni Editores,  Argentina, p. 257.  

6          Carlos Ducci Claro, Derecho Civil, Parte General, Editorial Jurídica          de Chile, 2005, p. 138.  

7          Adolfo Alvarado Velloso, Temas procesales conflictivos, Prueba          Judicial, Editorial Librería Juris, Argentina, 2007, p. 179.  

8          Curso          de derecho mercantil,          tomo III, Bogotá, Temis, 1987, p. 9 y 10.  

9          El artículo 175 del decreto 19 de 2012, al modificar el          numeral 7º del artículo 28 del Código de          Comercio, suprimió los libros de contabilidad, dentro de          aquellos que deben ser registrados en el registro mercantil que          llevan las cámaras de comercio. Pero, a su vez, con base en          lo previsto en el artículo 174 de ese decreto, se impuso la          obligación de registrar los libros de comercio que sean          llevados en medios electrónicos, incluidos los de          contabilidad.  

10          Rafael Valenzuela, El          que contamina, paga.          En Revista de la          Cepal, n.° 45,          diciembre de 1991, Santiago de Chile, p. 81.  

11          Gastón Médici Colombia, La          tutela judicial frente al daño ambiental colectivo,          Publicaciones de la Universitat Rovira i Virgili, Tarragona, 2019,          p. 120.  

12          Encarna Cordero Lobato,          Daños a          particulares y medio.          En Tratado de          Derecho Ambiental,          Luis Ortega Álvarez y Consuelo Alonso García (Coor.),          Tirant lo Blanch, Valencia, 2013, p. 331.  

13          Ricardo Luis Lorenetti y Pablo Lorenzetti, Derecho          ambiental, Tirant          lo Blanch, Buenos Aires, p. 333.  

14          Enrique Barros Bourie, Tratado          de responsabilidad extracontractual,          Editorial Jurídica de Chile, 2009,          p. 804.  

15          La Corte Suprema de Justicia ha acudo a este estándar en las          sentencias SC, 30 ene. 2001, exp. n.° 5507 y SC8219, 20 jun.          2016, rad. n.° 2003-00546-01, entre otros.  

16          Ricardo Luis Lorenzetti y Pablo Lorenzetti, Derecho          ambiental, Tirant          lo Blanch, Buenos Aires, p. 350  

17          Sala de Negocios Generales, sentencia de 29 de mayo de 1954.  

18          Entre muchas, sentencias de 17 de diciembre de 1953, 28 de febrero          de 1956 (G. J., LXXVI pág. 821 y LXXXII pág. 100), 10          de marzo de 1994 (G.J. t. CCXXVIII, pág. 645).  Cas. Civ. de          3 de septiembre de 1991, 5 de noviembre de 1998, 1 de abril de 2003,          [S-042-2003], exp. 6499), reiteradas en sentencia de 17          de noviembre de 2011, rad. 11001-3103-018-1999-00533-01.  

19          Bolaffio, León, Derecho comercial, parte general, Ediar Ed.          t. 2, v. II, Buenos Aires, 1947, pág. 205 y 206  

20          «[L]a          obligación de reparar[,] consistente en la satisfacción          de una suma de dinero, sólo se hace exigible con la          ejecutoria de la sentencia, de manera que es con posterioridad a          ella que podrían computarse los réditos de mora,          conforme al artículo 1617 del Código Civil»          (SC, 13 may. 2010, rad. n° 2001-00161-01).  

21          Valor tomado del dictamen pericial de Myriam Rivas (folio 462 del          cuaderno 5).  

22          Ídem.  

23          Folio 130 del cuaderno 3.  

24          Folios 118 ibidem.  

25          Folio 474 del cuaderno 5.  

26          Folio 475 ibidem.  

27          Datos          tomados de la serie de empalme base diciembre de 2018 = 100, tomados          de          https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/precios-y-costos/indice-de-precios-al-consumidor-ipc

28          Ídem.  

29          Datos          tomados de la serie de empalme base diciembre de 2018 = 100, tomados          de          https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/precios-y-costos/indice-de-precios-al-consumidor-ipc

30          Ídem.  

31          «Para          que sean apreciadas por el juez las pruebas deberán          solicitarse, practicarse e incorporarse al proceso dentro de los          términos y oportunidades señalados para ello en este          código.          

          

En          la providencia que resuelva sobre las solicitudes de pruebas          formuladas por las partes, el juez deberá pronunciarse          expresamente sobre la admisión de los documentos y demás          pruebas que estas hayan aportado. El juez se abstendrá          de ordenar la práctica de las pruebas que, directamente o por          medio de derecho de petición, hubiera podido conseguir la          parte que las solicite, salvo cuando la petición no hubiese          sido atendida, lo que deberá acreditarse sumariamente.          

          

Las          pruebas practicadas por comisionado o de común acuerdo por          las partes y los informes o documentos solicitados a otras entidades          públicas o privadas, que lleguen antes de dictar sentencia,          serán tenidas en cuenta para la decisión, previo el          cumplimiento de los requisitos legales para su práctica y          contradicción.»  

32          ANTONIO ROCHA. De la prueba en derecho. Tomo 1, pág. 149  

33          Cas. Civ., sentencia de 29 de junio de 2007, expediente No.          2000-00751-01  

34          SC          26 de julio de 2004, exp. 7127.  

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