S 014 97

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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S-014-97

              CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION CIVIL Y AGRARIA   

Magistrado    Ponente:    Dr. Rafael Romero Sierra   

                                   

                                   

                                  Santafé de Bogotá, trece (13)  de mayo de mil novecientos noventa y siete (1997).   

                                Expediente No. 4687   

                                   

                                      Decídese    el   recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto por el demandante contra la sentencia  de  25  de  agosto  de  1993,  proferida  por  el Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de  Cundinamarca  en  este  proceso  ordinario  de  Alfredo  Vásquez  Solórzano contra Blanca Díaz de Vanegas.   

                                        I    –    Antecedentes   

                                  1.- Alfredo Vásquez Solórzano  demandó  a  Blanca  Díaz  de  Vanegas para que con su citación y audiencia, y  previo  el  trámite  del proceso ordinario de mayor cuantía, fundamentalmente,  se hiciesen las siguientes declaraciones y condenas:   

                      1.-  Que  «…se  decrete  que  la  señora  Blanca  Díaz  de Vanegas, debe restituír la  posesión  material  de  un inmueble al señor Alfredo Vásquez Solórzano, cuya  descripción  cabida  y  linderos…» se suministran en la respectiva petición;  que,  como  consecuencia  de  dicho  decreto  se  «…determine que la entrega o  restitución,  se  haga  dentro de los 15 días siguientes a la ejecutoria de la  providencia  que  así  lo  ordene»;  que  se  condene  a la demandada «…a las  indemnizaciones  de  que  trata  el artículo 955 del C.C., por ser poseedora de  mala  fe»,  así como a «…restituír los frutos civiles y naturales de la cosa  reivindicada,  no  solamente  los  percibidos,  sino  los  que el dueño hubiera  podido  percibir  con  mediana  inteligencia  y actividad teniendo la cosa en su  poder»,  y,  «…a  pagar  y  reconocer el deterioro o pérdida que por su culpa  haya  sufrido  el  bien  que  aquí  se reivindica, especialmente respecto de la  construcción».   

                                  2.-  El  demandante  adujo como  sustrato  fáctico  de  las anteriores peticiones los hechos que a continuación  se resumen:   

                       a.-  La  demandada  es hija de Carlos Díaz Rocha, hermano de Rafael Díaz Rocha, y ambos  hijos  de  Uldarico  Díaz,  quien  nació el 6 de marzo de 1941 en Soacha y fue  bautizada  el  14  del  mismo  mes  y  año, es decir, a los dos años de muerto  Rafael Díaz;   

                     b.- Rafael  Díaz  Rocha  murió  en Soacha el 26 de noviembre de 1939 y le sobrevivieron su  esposa  Donatila  Romero  de  Díaz y sus hijos Ana Julia Díaz de Casas, Carmen  Rosa  y  Luis  Eduardo  Díaz  Romero,  «…quienes  abrieron  y  liquidaron  la  sucesión  respectiva ante el Juzgado Primero Civil del Circuito de Bogotá y se  protocolizó  ante  la  Notaría  Tercera  de  Bogotá,  mediante  escritura No.  3832/40»;   

                      c.-  Los  derechos  de  dominio  que  invoca «…están plasmados en el folio inmobiliario  No.  050-0176871 de la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Bogotá,  mediante  contrato  de  compraventa  que contiene la escritura No. 0865/70 de la  Notaría Cuarta de Bogotá»;   

                          d.-  «…desde  hace  18 años… recibió quieta y pacíficamente el inmueble, hasta  cuando  el  22 de enero de 1989, por orden del Juzgado Quince Civil del Circuito  de  Bogotá,  fue  despojado  del  inmueble  con  todas  sus  mejoras, y mejoras  descritas,  sin  causa  jurídica,  pero  al  fin  y  al  cabo  la  orden  de un  Juzgado»;   

                      e.-  «En  forma  absurda y antijurídica, la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos  de  Bogotá  folió  del  inmueble reivindicado, una permuta de bienes celebrada  por  Angel  María  Medina  y  Rafael Díaz R.. porque al estudiar el respectivo  folio,  encontramos  que  Angel  María  Medina,  no  podía  enajenar lo que no  tenía,  ya  que el dominio estaba en cabeza de sus hijos y él sólo era dueño  del derecho real de usufructo»;   

                    f.- «En los  términos  del artículo 2529 del C.C. ha poseído materialmente el inmueble por  más  de 10 años, es decir exactamente 18 años, luego sus derechos están más  que  afianzados, para esta petición. Esto respecto de él solamente, porque los  legítimos  propietarios  que  figuran  en  el  folio  que  contiene  el derecho  inscrito,  le  transmitieron  también la posesión para dar en total la suma de  56  años  de  posesión material, ininterrumpida, sólo hasta el 22 de enero de  1988,   cuando   en   cumplimiento   de   un  absurdo  fallo  civil…»,  se  le  despojó;   

                       g.-  De  conformidad  con  la escritura No. 145 de 1931 de la Notaría Quinta de Bogotá,  «…el  predio  que  se  especifica  en el petitum 1, fue desmembrado de otro de  mayor   extensión   equivalente  a  la  sexta  parte  de  ese,  cuyos  linderos  fueron:   ‘…’. Con estos linderos viene figurando el predio reivindicante  (sic),  desde  1931,  hasta  la  fecha.  No  se  debe  confundir  ‘estación del  ferrocarril  del  Sur’  con  la  expresión ‘carrilear (sic) del ferrocarril del  sur’, dos cosas distintas».   

                          h.-  «…parece  que  Benigno  Correa  le vendió el resto a Rafael Díaz, lo cual ha  venido  figurando  bajo  el  folio inmobiliario No. 050-0292717 de la Oficina de  Registro  de Instrumentos Públicos de Bogotá, con estos linderos:  ‘…’,  pero  desfiguraron  un  poco  los  linderos,  y no hicieron mención en la venta  correspondiente  a  la  escritura 145/31, Notaría Quinta de Bogotá, asunto que  ha  traído  confusión,  con  los  Díaz,  por lo cual, con la ayuda de algunos  funcionarios  del  poder judicial, engañaron o hicieron fraude, hasta lograr su  entrega o despojo, el 22 de enero de 1988»;   

                    i.- «Miguel  Prieto  Chía,  siguió  un preventivo en el año de 1969, ante el Juzgado Civil  Municipal  de  Soacha, contra Teresa Escobar Prieto y los hijos del señor Angel  María  Medina,  quienes  denunciaron, conforme al Código Judicial imperante en  la  época,  los  bienes  que  adquirió…, habiéndole entregado en calidad de  administradores  el  inmueble,  por el secuestre, señor José Torres Perdomo, a  los señores Miguel Vanegas y Blanca Díaz de Vanegas»;   

                         j.-  «Aprovechando  la confusión jurídica y la poca precisión de jueces y abogados  de  la  época, los esposos Vanegas-Díaz procedieron a entablar un incidente de  levantamiento  de  las  medidas  cautelares,  con  el argumento de confundir una  sexta  parte,  del  predio  dicho  en  la  escritura  145/31,  con  que  habían  secuestrado  todo  el  inmueble,  realmente  fue falta de cuidado no solo de los  abogados   intervinientes,   sino  de  jueces  y  magistrados  que  absurdamente  levantaron las medidas, con argumentos erróneos»;   

                  k.- Miguel  Vanegas  y Blanca Díaz solicitaron la entrega del inmueble con base en el fallo  incidental,  dentro del proceso de Miguel Chía (sic), pero el juez, corrigiendo  las  fallas y errores judiciales, les negó la entrega según aparece diligencia  ejecutoriada  al  cuaderno  4  folio 159 al 164 del citado ejecutivo, puesto que  era inocuo hacerles entrega»;   

                        l.-  Posteriormente,  y  ante un descuido, en 1984  «…Blanca Díaz de Vanegas,  de  mala  fe y mediante fraude procesal, adelantó o mejor, revivió la entrega,  la  cual  se  ganó  en  primera  instancia, por parte de Vásquez en calidad de  tercero,  con tan mala fortuna que volvió a reinar la confusión jurídica y el  Juez  15  Civil  del  Circuito,  ordenó entregar el inmueble sin oposición, el  cual se cumplió el 22 de enero de 1988».   

                     m.- «Se  revivió  un  caso fallado por el mismo Juez Civil de Soacha, asunto que intenta  solucionar  con este reivindicatorio, pues, el abuso del derecho fue al máximo,  pues  hasta  los contratos de arrendamiento fueron desconocidos y los inquilinos  fueron  lanzados,  sin  tratarse  de  un  proceso  de lanzamiento. El despotismo  jurídico  fue  al  máximo,  asunto que se empieza a investigar por la justicia  penal».   

                                3.- La demandada, al responder  el  libelo  incoatorio  del  proceso,  se  opuso  al  despacho  favorable de las  peticiones  deducidas  por  el  actor  en  su contra; y, en cuanto a los hechos,  negó  la veracidad de los relacionados por el demandante como fundamento de sus  pretensiones.  Agregó,  luego  de  un recuento cronológico de la situación de  facto  que  origina  la  presente controversia, que en el año 1969 Miguel Chía  Prieto  demandó  ejecutivamente  a María Teresa Escobar Vda. de Medina, Carlos  Alberto  y  Ana  Tulia  Medina Escobar, quienes denunciaron para el pago la nuda  propiedad  y  el  usufructo  que ostentaban sobre el inmueble de la calle 13 No.  5-21;  que embargado dicho bien, el 3 de enero de 1970 se practicó el secuestro  del  inmueble,  en  el  que  vivían  los  hermanos Manuel Arturo y Blanca Díaz  Montoya,  además de Miguel Vanegas, esposo de ésta; que Teresa Escobar vda. de  Medina,  Carlos  Alberto  y  Ana Tulia Medina Escobar inician la sucesión de su  esposo  y  padre  Angel  María  Medina  y  posteriormente venden sus derechos y  acciones  a Alfredo Vásquez Solórzano, mediante escritura 865 de 3 de marzo de  1970  de  la  Notaría  4a.  de  Bogotá;  que, por auto de 30 de agosto de  1976,  el Juzgado Quinto Civil del Circuito de Bogotá, que conocía del proceso  de  ejecución  que  adelantaba  Miguel  Chía, decretó el levantamiento de las  medidas  cautelares  y ordenó la restitución a los poseedores Miguel Vanegas y  Blanca  Díaz  de  Vanegas,  providencia confirmada por el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de Bogotá mediante auto de 10 de mayo de 1977, restitución  que se cumple el 25 de febrero de 1988.   

                                Propuso, además, la excepción  de  prescripción  de la acción reivindicatoria, con apoyo en las apreciaciones  de hecho y de derecho que allí se exponen.   

                                4.-  Agotado  el  trámite del  proceso  ordinario  de  mayor  cuantía,  la  primera  instancia  concluyó  con  sentencia  de  17  de  marzo  de 1993, mediante la cual el Juzgado Promiscuo del  Circuito  de  Soacha  negó las pretensiones de la demanda, por cuanto encontró  probada  una  excepción,  cuya existencia declaró oficiosamente; y la segunda,  abierta  en  virtud  del  recurso de alzada formulado por el actor, terminó con  sentencia  de  25  de  agosto de 1993, por medio de la cual el Tribunal Superior  del  Distrito  Judicial  de  Cundinamarca confirmó la providencia apelada, pero  por    motivos    diversos    de    los    esgrimidos    por   el   a-quo     para    tal   efecto.   

                                  5.-   Contra  esta  última  determinación  el  demandante interpuso recurso de casación, impugnación que,  debidamente rituada, pasa a decidirse por la Corte.   

                                     II    –    La sentencia recurrida y sus fundamentos   

                                Referidos los antecedentes del  litigio,  reproducidas  las  peticiones  del actor, resumida la defensa adoptada  por  la  demandada  y relacionada la actuación surtida en primera instancia, el  Tribunal  define  el  perfil  de  la controversia advirtiendo que en el presente  caso  se  ejercita  la  acción  reivindicatoria,  respecto  de  la  cual,  tras  puntualizar   quienes  son  los  titulares  y  recordar  los  elementos  que  la  caracterizan,  aborda el tema del primero de éstos, identificado con el derecho  de  dominio que en relación con el bien materia de restitución alega el actor,  para lo cual expone la siguiente situación:   

                     «En el  caso  de  autos,  afirmándose  propietario  del  inmueble,  el  señor  Alfredo  Vásquez  Solórzano  depreca la restitución del inmueble indebidamente ocupado  por la demandada señora Blanca Díaz de Vanegas.   

                                           «Fundamenta  el  actor  su  pretensión al señalar que el dominio  del  bien lo adquirió mediante escritura No. 865 de 1970, de la Notaría 4a. de  Bogotá,  por  compra  que  hizo  a  sus  propietarios,  habiendo  detentado  la  posesión  hasta  el  22 de enero de 1988 en que fue despojado del inmueble ‘por  orden  del  Juzgado  15  Civil del Circuito de Bogotá’  y  ‘sin causa  jurídica’.  Los  vendedores María Teresa de Jesús Escobar vda. de Medina, Ana  Tulia  Medina de Rodríguez y Carlos Alberto Medina Escobar, habían adquirido a  su  vez,  la  primera  el  usufructo  y  los segundos la nuda propiedad mediante  escritura   No.   145   de   30   de  enero  de  1931  de  la  Notaría  5a.  de  Bogotá».   

                                Y,  con el fin de verificar el  alcance     de     tales     instrumentos     notariales,     el    ad-quem   resalta   el  contenido  de  algunas  de las declaraciones consignadas en la escritura No. 145 de 30 de enero  de  1931  de  la Notaría 5a. de Bogotá, por medio de la cual Benigno Correa le  vendió  a  Angel  María  Medina  el  lote  de  terreno  allí individualizado,  especialmente  de  aquellas  que  dicen relación con la aceptación de la venta  que  expresa el comprador «por estar a su satisfacción» y la manifestación que  éste  hace,  a continuación, en el sentido de  «Que la nuda propiedad del  lote  pertenece a los menores hijos del exponente y de la señora Teresa Escobar  de  Medina  por  ser  con  dinero  de  ellos  con  lo  que se paga esa parte del  precio…»   y  que   «El derecho de usufructo de dicho lote pertenece  al  otorgante  y  a su esposa ya citada…», para, a renglón seguido y después  de  reproducir  el  texto  del  artículo  1618  del  Código  Civil, sentar las  siguientes precisiones:   

                                           «Infiérese  del  texto  de  la  escritura  No.  145  que se viene  comentando,  que  la  intención del vendedor Benigno Correa fue transferirle la  propiedad  plena  al  comprador  Angel  María  Medina,  y  así lo acepta éste  expresamente.   

                     «Ahora  bien:  si  lo querido por las partes fue la venta pura y simple del inmueble, es  claro  concluír  que  la  posterior  manifestación que hace el comprador Angel  María  Medina  no  puede  trocar  el contrato en otro. Y no lo puede modificar,  porque  la  transferencia  de  la  nuda  propiedad  a  sus  menores hijos debía  cumplirse  a través del contrato de compraventa, o de una donación, y estos no  aparecen por parte alguna.   

                    «Podría  arguírse  que  la escritura contiene una estipulación para otro, que lo que el  comprador quiso fue comprar para sus hijos el predio.   

                        «De  conformidad  con el artículo 1506 del Código Civil ‘cualquiera puede estipular  a  favor  de  una tercera persona, aunque no tenga derecho para representarla; y  mientras  no  intervenga  su  aceptación  expresa  o  tácita,  es revocable el  contrato  por  la sola voluntad de las partes que concurrieron a él’.   

                  «Aceptando  que  el  contrato  contiene  una verdadera estipulación para otro, se encuentra  que  Angel  María  Medina mediante escritura No. 136 de 1932 de la Notaría 5a.  de  Bogotá,  permutó  a  favor  de  Rafael  Díaz  R. el inmueble que aquí se  reivindica,  revocó  así  la  estipulación  hecha  a  favor  de  sus  menores  hijos.   

                     «Y  si  Angel  María  Medina había transferido la propiedad que ostentaba en el predio  que  aquí  se  reivindica,  es  claro  concluír  que  la venta contenida en la  escritura  No. 865 de 3 de marzo de 1970 de la Notaría 4a. de Bogotá, mediante  la  cual María Teresa Escobar vda. de Medina (esposa), Ana Tulia Medina Escobar  de  Rodríguez  y  Carlos  Alberto Medina Escobar (hijos) dicen vender a Alfredo  Vásquez  Solórzano  los  derechos  y acciones herenciales sobre el bien, en la  sucesión  de Angel María Medina, es una venta que cae en el vacío, pues éste  ya había dispuesto en vida de sus derechos sobre el inmueble.   

                    «Alfredo  Vásquez  Solórzano se hizo presente en el proceso de sucesión de Angel María  Medina  como  cesionario  de los derechos herenciales, y se le adjudicó el bien  que  se  pretende  reivindicar y con esta calidad es que se presenta al proceso.   

                                           «Recapitulando  se  tiene  lo siguiente: Angel María Medina en el  año   de  1931 le compró el inmueble de marras a Benigno Correa y aceptó  la  venta  para  sí.  Luego  expresó  que  compraba la nuda propiedad para sus  menores  hijos;  sin  embargo,  esta  pretendida  estipulación  para  otro  fue  revocada,  cuando  en  el  año  de  1932  Angel María Medina permuta el bien a  Rafael  Díaz  R.  Al morir éste, se tramita su proceso de sucesión en el  que  se adjudica la mitad del bien a su esposa Donatila Romero y la otra mitad a  su hija Carmen Rosa Díaz Romero. Esto ocurre en el año de 1940.   

                   «En junio  de  1969  Miguel Chía Prieto formula demanda ejecutiva contra la esposa e hijos  de  Angel  María  Medina  y  ellos  al  ser  intimados  del mandamiento de pago  denuncian,  para el pago de su deuda, los derechos acciones herenciales sobre el  bien  objeto  de  este  proceso, en la sucesión de Angel María Medina, los que  quedan  embargados.  En  marzo de 1970, los ejecutados venden a Alfredo Vásquez  Solórzano  los  mismos  derechos y acciones que habían denunciado para el pago  de  la deuda, y el título se registra con autorización del juez que conoce del  proceso.  Como  ya  se  dijo,  Vásquez Solórzano se presenta a la sucesión de  Angel   María   Medina   y   en   1978   le   adjudican  el  bien  materia  del  proceso.   

                    «Nótese  que  los  hijos  de  Angel  María  Medina  no  tienen  en  cuenta  para nada la  pretendida  estipulación  para otro que dijo hacer su padre Angel María Medina  y  lo  que  ellos  le  venden  a  Alfredo Vásquez Solórzano son los derechos y  acciones en la sucesión de su padre.   

                  «Es amplia  y  conocida  la diferencia que existe entre el derecho de propiedad y el derecho  real  de  herencia.  Cuando  se vende el primero, se hace sobre un bien singular  determinado  y se transfiere el derecho de propiedad sobre él. Con la venta del  segundo,  lo  que  se  hace  es  que  los  herederos ceden a otro su lugar en la  sucesión,  sin transferir propiedad sobre bien determinado, sino la posibilidad  de  presentarse a la sucesión y obtener que le adjudiquen algo de lo que estaba  en el patrimonio del causante.   

                   «Y es que  la  sucesión  por causa de muerte no transfiere al heredero, o cesionario, más  derecho  que  el  que  tenía el causante, y si éste no tenía ningún derecho,  pues  ninguno  adquiere  el  cesionario,  que  fue lo ocurrido en el caso que se  analiza.   

                     «Y  si  Alfredo  Vásquez Solórzano no es propietario del inmueble, no está legitimado  para  demandar  la  reivindicación, pues ésta solo corresponde al que tiene la  propiedad  del  bien,  de  acuerdo  con  las voces del artículo 950 del Código  Civil.   

                  «De lo que  obra   en   autos,   surgen   dos   preguntas   curiosas   que   no   encuentran  respuestas:   a)  Por qué Alfredo Vásquez Solórzano instauró un proceso  de  pertenencia  contra  Rafael  Díaz Rocha?  b) Por qué Alfredo Vásquez  Solórzano  tuvo  que  instaurar  proceso de entrega contra la esposa e hijos de  Angel María Medina?».   

                                  Por   tanto,   concluye  el  ad-quem,    «…el  demandante  no  demostró  dentro del proceso el pretendido derecho de propiedad  sobre  el bien que se pretende reivindicar, y como los elementos de esta acción  son  concurrentes, basta con que falle uno de ellos para que la acción no pueda  prosperar,   sin   necesidad   de  entrar  a  estudiar  los  demás  elementos».   

                                    III    –    El recurso extraordinario   

                                Dos cargos integran la demanda  presentada    por   el   demandante-recurrente   para   sustentar   el   recurso  extraordinario  interpuesto  contra  la  sentencia  precedentemente  extractada,  situados  en  el  ámbito  de  la  causal  primera  de casación, prevista en el  artículo  368 del Código de Procedimiento Civil, los que se despacharán en el  orden propuesto.   

                              Cargo primero   

                                  En  éste,  denúnciase  la  sentencia  por  infringir   «…los artículos 950 a 971 del Código Civil,  en  concordancia  con  los  artículos  174  y  264 del Código de Procedimiento  Civil,  que  regulan  el  derecho  al debido proceso y el derecho de defensa, en  cuanto  a  que  toda  decisión  judicial debe fundarse en las pruebas regular y  oportunamente  allegadas  al  proceso, y los artículos 304, 305 y 332 del mismo  Código  de  Procedimiento  Civil,  que  regulan y consignan el contenido de las  sentencias,  y  los  principios  de  la  congruencia  y  de  la cosa juzgada, al  incurrir  en error de hecho manifiesto por la falta de apreciación de numerosas  pruebas visibles en el expediente».   

                                En  el  desenvolvimiento de la  censura,  el  recurrente  expresa  que el quebranto de las mencionadas normas se  produjo por las siguientes razones:   

                        «La  violación  del  artículo 950 del Código Civil radica en el desconocimiento en  la  sentencia  de la calidad de propietario del reivindicante, como consecuencia  del  error  de hecho en la valoración parcial de la escrituras públicas 145 de  1931,  136  de  1932 y falta de apreciación de las pruebas que se enlistan más  adelante…»,  agregando  que   «…el  artículo  951  del  Código Civil,  también  inaplicado,  concede  la  acción  reivindicatoria aunque no se pruebe  dominio  al  que  ha perdido la posesión regular de la cosa, y se hallaba en el  caso de poder ganar por prescripcion».   

                        «La  violación  del  artículo 304 del Código de Procedimiento Civil, que conduce a  inaplicar  el  artículo  950  del  Código  Civil,  deriva  del  incumplimiento  flagrante  de  ese  mandato  legal que gobierna el contenido de las sentencias y  que  específicamente  obliga  al ‘examen crítico de las pruebas’, valga decir,  de todas las pruebas, pero además conforme a la ley.   

                    «De otro  lado,  el  quebrantamiento  de  los  artículos  305  y  332  se evidencia en el  desobedecimiento  de  ese  precepto  en  cuanto dispone que los jueces no pueden  desconocer  la  realidad  material  ni  la  fuerza  de  la  cosa  juzgada de las  sentencias,   ni   después   de   formulada   la   demanda   ni   mucho   menos  antes».   

                               A renglón seguido el recurrente  afirma  que  «…la  sentencia  valoró  parcial  y erróneamente las escrituras  públicas  números  136 de 1945, por las cuales se constituyó una permuta y la  865  de  1970,  por  medio  de  la  cual  los  herederos  de Angel María Medina  vendieron  al  reivindicante  el inmueble que ahora se pide a la justicia que se  restituya.  En  el  primer  caso para hacerle producir unas consecuencias que no  tenía,  y,  en  el  segundo,  para ignorar que efectivamente se vendió por los  herederos  de  Medina  dentro de las acciones y derechos herenciales el inmueble  referenciado.  Pero  estas razones se expondrán en el segundo cargo por razones  metodológicas».   

                                 Asevera  la  censura  que  la  sentencia  recurrida  «igualmente  ignoró  la  abundante  prueba  documental  y  testimonial  visible  en  el  expediente, incluídas por supuesto las sentencias  ejecutoriadas  proferidas  por  los jueces de la República, no sólo autos que,  en  principio,  no  siempre tienen fuerza de cosa juzgada sino un grado menor de  ejecutoria,  como lo ha puesto de presente, entre otros, el Honorable Consejo de  Estado,  por  medio  de las cuales se reconoció el carácter de probatorio y se  hizo   entrega  real  y  material  del  inmueble  reclamado  al  señor  Alfredo  Vásquez».   

                                Así  puestas  las  cosas,  el  censor  expresa  que  las  pruebas  dejadas  de  apreciar  por  el  ad-quem        son       las  siguientes:   

                  «En primer  lugar,  la  sentencia  del  Juez  7o.  Civil  del  Circuito  de Bogotá del 5 de  diciembre  de  1977  proferida  en  el proceso de entrega del bien comprado, con  autorización  judicial,  por  Alfredo  Vásquez  Solórzano  a los herederos de  Angel  María Medina mediante escritura No. 865 de la Notaría Cuarta de Bogotá  (C. 3, f. 20).   

                        «En  segundo  lugar,  la  sentencia  del  proceso de sucesión de Angel María Medina  dictada  por  el  Juzgado  Once  Civil del Circuito de Bogotá el 16 de junio de  1978,  en  el  cual  se  adjudicó  directamente  el  bien comprado por Vásquez  Solórzano  a  los  Medina,  y  como tantas veces se ha dicho, en el cual fueron  rechazados  expresamente  Blanca  Díaz  de  Vanegas  y  su  esposo Miguel Angel  Vanegas (c-1, f.29).   

                  «En tercer  lugar,  la  confesión  de  la  demandada  en  el  fallido proceso ejecutivo por  obligación  de  hacer  contra  Luis  Eduardo  Díaz,  que  se  transcribe  más  adelante,  en  la cual manifestó que no era poseedora, al reconocer la supuesta  propiedad  y  posesión  de  ese  inmueble  en cabeza de Luis Eduardo Díaz (ver  numeral  4,6  de  los  hechos,  transcrito renglones más abajo, y visible en el  C-1, f. 151, numeración en negro grande).   

                  «En cuarto  lugar,  la  confesión  de  la  demandada  en el proceso penal por daño en bien  ajeno  que  se le siguió en el Juzgado de Bogotá, ante el cual declaró que el  dueño   era   su   hermano  Manuel  Díaz,  no  ella  (ver  numeral  4,8,  c-5,  f.34).   

                  «En quinto  lugar,  la  declaración  visible  en el expediente de la pretendida y frustrada  oposición  de  Miguel  Vanegas,  en  la  cual  extemporáneamente  alegaba  la  calidad  de  poseedor  para  él  pero no para Blanca  Díaz    (C.   6   y   ss.   vuelto   número  morado).   

                                Expresa,  entonces, la censura  que  «…la  propiedad  y  posesión  de  Vásquez  Solórzano está debidamente  acreditada,  no  solamente  en  las  citadas  providencias,  sino en el folio de  matrícula  inmobiliaria  número  050-01176871 (c-1, f.1), y mediante abundante  prueba dejada de apreciar por el Tribunal».   

                                En relación con la «abundante  prueba  dejada  de  apreciar  por  el  Tribunal»,  el  recurrente  relaciona  el  testimonio  de  Enrique  Caribello  Prieto «…veterano inspector de policía de  Soacha…,  que  realizó una de las tantas diligencias de entrega…», del cual  transcribe  el  contenido  de  una  de  sus  respuestas, y la afirmación de que  «…igualmente  indicó  que salvo una ocasión no había visto a Blanca Díaz y  que  el  señor Luis Eduardo Díaz, de quien se dice habría vivido en esa casa,  según  Blanca  Díaz,  residía  en realidad en la casa de la carrera 7a. entre  calles  12  y  13,  hoy  parque  de  Soacha», así como la declaración de Marco  Alfredo  Bogotá  Chía (f. 236), de la cual, igualmente, transcribe una sola de  sus  respuestas y la aseveración de que «…tampoco dice conocer a Blanca Díaz  y  relata  que Luis Enrique Díaz no vivió en esa casa»; agrega en el punto que  «…precisamente  en  1969,  se efectuó una construcción en la mencionada casa  que  se  inscribió  en  el registro de matrícula inmobiliaria (c-1 , f1, entre  otros)».   

                                  Prosigue   la  impugnación  expresando  que  «…lo  que  es  más diciente ni Luis Eduardo Díaz a quien la  demandada  le  reconoce la propiedad, nunca declaró haber vivido en esa casa» y  en  cuanto  a  la  promesa  de  venta dijo que le habían incumplido con el pago  (c.1, f.172) y excepcionó prescripción (f-187).   

                                   Afirma   seguidamente   el  recurrente  que «tan evidente es la carencia de posesión que en el petitum    del  fallido  proceso  ejecutivo  por  obligación  de  hacer de los Díaz y Miguel Vanegas contra Luis  Eduardo  Díaz,  en  1977, repito, en 1977, con el cual aspiraban a legitimar su  conducta, la primera pretensión era del siguiente tenor:   

                     «a) Que  por  medio  de  instrumento  público transfiera a título de venta y a favor de  mis     poderdantes     el     derecho     de     dominio     y     POSESION   sobre  la  casa  de la  calle 13 número 5-21 en Soacha…» (C-1, f.151).   

                                Añade el casacionista que debe  tenerse  en cuenta que «…para esa época estaban ocupando la casa ilegalmente,  por  lo demás, cuando era administrador, cargo del cual fue removido», y que en  cuanto  «…a  la  confesión  contenida en la demanda es legalmente válida por  mandato del artículo 197 del C. de P.C.».   

                                Continúa la censura expresando  que  para «…tratar de convencer a la justicia de la pretendida posesión no se  ha  vacilado  en acudir a testaferros como la señora Odilia Restrepo Piedrahita  supuesta  arrendataria  de Vanegas, quien confesó ser empleada del apoderado de  Vanegas  y  compañera  de  trabajo de Vanegas en la oficina de su abogado (c-1,  f-193)»,   pero   «…que  en  realidad Miguel Vanegas ni Blanca Díaz  eran   poseedores,  se  corroboró  por  parte de la misma Blanca Díaz el 29 de abril de 1988 al rendir  indagatoria  ante el Juez 14 de Instrucción Criminal en el proceso penal que se  le  siguió por daño en bien ajeno, arrimado al expediente en copia auténtica,  en  el  cual  puede  leerse que el pretendido dueño era su hermano Manuel Díaz  (c-5,  f-34  consecutivo)», cuando dijo:  «…con motivo de los ultrajes de  Alfredo  autoricé  a mi hermano Manuel para que él se hiciera cargo de todo lo  referente  con  dicha  casa, ya que él es el dueño, como heredero de mi padre,  YO POR LO QUE ME PUSIERON AHI EN EL LANZAMIENTO PERO  EL  ES  EL  DUEñO…». «Preguntado: Sírvase decirle  al  Juzgado  si Ud. sabe qué persona ejerce el dominio o la tenencia de la casa  ha  (sic)  que  nos  hemos  venido refiriendo. Contestó: En este momento Manuel  Díaz (C-5, f. 37)».   

                               A renglón seguido el recurrente  asevera  que:   «la  propiedad  de  los  herederos de Angel María Medina y  luego  de  Alfredo  Vásquez  Solórzano  es  indiscutible. Precisamente el 3 de  junio  de 1969 el señor Miguel Chía Prieto inició un proceso ejecutivo contra  Teresa  Escobar  vda.  de  Medina,  Ana Tulia Rodríguez vda. de Medina y Carlos  Alberto  Medina  Escobar, que correspondió al Juzgado Civil Municipal de Soacha  (c-6,  f-7)…»,  para lo cual  «…los ejecutados denunciaron el lote y la  casa  ya  mencionada  calle  13  número  5-21  de  Soacha», y al practicarse su  secuestro     «…el    3    de    enero   de  1970   se  encontró a DOS PERSONAS QUE DIJERON  SER  INQUILINOS  DE  NOMBRE RIGOBERTO HERNANDEZ Y ALBERTO GONZALEZ (C. 6, F-37 y  57)     sin   que   se   hubiera   presentado  oposición».  Posteriormente con motivo de una nueva  entrega   a  otro  secuestre,  el  20  de  enero  de  1975,  es  decir  cinco (5) años después, intentó  hacer  oposición el señor Miguel Vanegas como supuesto poseedor «desde hace 10  años»  (c. 6, f-65 v/to. y ss), quien apeló ante el Tribunal y se ratificó la  providencia  (f-67).  «En nueva diligencia efectuada el 28 de noviembre de 1975,  el  señor  Miguel  Vanegas manifestó tener ocupadas dos habitaciones y ante su  rebeldía  a  desalojar  se allanaron y se dejaron las pertenencias en depósito  (f-69)…».   «Pero  después  de  sucesivos secuestres, el 23 de agosto de  1976,     el    señor    José    Torres    Perdomo    designó    administrador   al  señor Miguel  Vanegas,  oportunidad en la cual ingresó otra vez a  la   vivienda,   en   compañía   de   su   esposa   Blanca   Díaz,  repito,  sólo  como ADMINISTRADOR, cargo del cual fue removido  (C.  6,  f-103  y  104;   257  y  especialmente  402)».  «Entonces  Miguel  Vanegas  y  Blanca Díaz de Vanegas tuvieron que  desocupar  las  dos  piezas  que  ocupaban el día 28 de noviembre de 1975, y el  inmueble  se le entregó al secuestre en el ejecutivo de Chía Prieto contra los  Medina   Escobar,   pero   volvió   como  administrador  el  23  de  agosto  de  1976».   

                                Manifiesta luego el censor que,  como  Angel  María  Medina  falleció  en  Bogotá  el  14 de julio de 1964, se  tramitó  la  correspondiente sucesión en el Juzgado Once Civil del Circuito de  Bogotá,  y  allí  «…se  embargó y secuestró el  inmueble  por  orden  del  Juzgado,  diligencia  ésta  que  se  cumplió por la  inspección   de   policía  de  Soacha  el  28  de  julio  de  1971…»,  durante  la  cual se identificó el inmueble con el número  5-21  de  la  calle  13  y  se designó «…a solicitud de los interesados en la  sucesión»  y  posesionó  como secuestre al señor Alfredo Vásquez, a quien se  le  hizo  entrega  real  y material del inmueble (C-1, f-253 y siguientes)   (…);   «durante  la  citada  diligencia  de  embargo y secuestro, repito,  efectuada  el  día  28  de  julio  de  1971, ni después, se hizo oposición de  ninguna  clase»,   «sólo hasta el año de 1976, según informe secretarial  del  21  de  mayo de 1976 (C-1, f-310)…, después de la oportunidad legal para  hacerse  presente  en  el  proceso  de  sucesión, Blanca Díaz y Miguel Vanegas  pretendieron  vincularse al proceso de sucesión, alegando extemporáneamente su  calidad  de  poseedores y/ propietarios»,  pero  «…fueron rechazados  mediante  auto del 17 de noviembre de 1977…», por cuanto  «…el traslado  de  los  inventarios  precluyó  sin  que  éstos  hubieran  sido objetados para  exclusión de bienes…», providencia que recurrida fue confirmada.   

                                 De  lo  expuesto  la  censura  concluye  que  «…se  consolidó  la situación jurídica de los Medina Escobar  como  herederos  de  su  esposo  y  padre  Angel  María Medina y que la hijuela  correspondiente   salió   a   nombre  de  Alfredo  Vásquez.  La  escritura  de  protocolización  de  la  sucesión  fue  aportada por el propio apoderado de la  ahora demandada (F-333)».   

                                A  continuación el recurrente  relata  que  «…la  entrega  real  y  material  del  inmueble se hizo a Alfredo  Vásquez  por  orden  del  Juzgado  7o.  Civil del Circuito de Bogotá, mediante  sentencia  proferida  el 5 de diciembre de 1977 y debidamente ejecutoriada (C-3,  f.  17)…»,  la  que  «…se efectuó por parte del Inspector de Soacha el  día  25  de  agosto  de  1978,  negándose una vez más el reconocimiento de la  oposición  del  señor  Miguel  Vanegas  (f-47 v/to. y especialmente 64 v/to.),  decisión  esta confirmada por el juez (f-57 y 63 v/to.)»; pero que  «…en  cambio,  en  febrero  de  1977, los señores Blanca Díaz, Rafael Díaz y Manuel  Díaz,  alegando  su  calidad  de herederos de Carlos Arturo Díaz, iniciaron un  proceso  ejecutivo  por obligación de hacer contra el señor Luis Eduardo Díaz  quien,  al  parecer,  había  prometido  en  venta  el inmueble al señor Carlos  Arturo  Díaz,  fallecido  (c-1,  f-151)…, y el Juzgado Quinto (5o.) Civil del  Circuito  con  fecha  20  de  febrero de 1979, profirió sentencia inhibitoria y  condenó  en  costas a los demandantes Blanca Díaz, Rafael Díaz y Manuel Díaz  (c-1,  f-202  v/to.)…,  la  cual  fue  confirmada  por el Tribunal Superior de  Bogotá,   mediante   sentencia   del   15   de   diciembre   de  1979…  (c-1,  f-226-229)».   

                   «De todas  maneras  -sigue  narrando  la censura- con autorización del Juzgado, la señora  Teresa  y  los  hijos  ya  mayores  de edad vendieron, según escritura pública  número  865 de 3 de marzo de 1970 de la Notaría 4a. el derecho de DOMINIO    y    las    demás    acciones   y   derechos   de   la  sucesión, de Bogotá (sic)  ver certificación  del  registrador  de  Instrumentos  Públicos  y  Privados (sic) de Bogotá, c-6  f-251)…»;    que   «más  adelante,  mediante  sentencia  del  5  de  diciembre  de  1977  el  Juzgado 7o. Civil del Circuito en proceso de entrega de  Alfredo  Vásquez  contra  María Teresa Escobar de Medina y sus hijos profirió  sentencia  de  condena  contra  éstos  (c-3,  f.20) y ordenó entregar el mismo  inmueble,  diligencia  que  se  cumplió  efectivamente, con desalojo del tantas  veces  citado  Miguel  Vanegas  el  25  de agosto de 1978 (c-3, f-58)…»;   que   «mientras tanto, se adelantó el proceso de sucesión de Angel María  Medina,  con  toda  la  publicidad,  con la ya conocida adjudicación a Vásquez  Solórzano.  Para  abundar  en  razones, Vásquez inició proceso de pertenencia  contra  Rafael  Díaz  para finiquitar el pleito, mediante demanda presentada en  Noviembre  de  1986  que  correspondió  al  Juzgado  23 Civil del Circuito pero  finalmente  no  se  tramitó  (c-2, f-1 y ss)»;  que  «años después,  levantado  el  embargo  en  el  ejecutivo  de  Miguel  Prieto  contra los Medina  Escobar,  inadvertidamente  de  que el inmueble había sido vendido y adjudicado  legalmente  al  señor  Alfredo Vásquez en la sucesión de Angel María Medina,  como  una  forma  de  volver  las  cosas  al  estado  anterior  al del embargo y  secuestro,  el  Juzgado 5o. Civil del Circuito de Bogotá, ordenó devolverle el  inmueble  a  Miguel  Vanegas  y  Blanca  Díaz  mediante auto de 30 de agosto de  1976…»  cuya  motivación  transcribe;   que  «…dicha  providencia  fue  apelada  y  confirmada  por el Tribunal Superior de Bogotá, mediante auto de 10  de  mayo  de 1977 (c-1, f-342 y 379  y c-6, f. 140)…»;  que «…solo  hasta  1985,  de  mala  fé  por todo lo antes relatado, la señora Blanca Díaz  indujo  al  Juzgado de Soacha para que entregara el inmueble, lo cual fue negado  por  auto del 29 de abril de 1985″, determinación que apelada, fue revocada por  el  Juzgado  15 Civil del Circuito de Bogotá, mediante auto de 14 de septiembre  de  1985  (c-1,  f-406),  en  virtud  del cual se ordenó devolver el inmueble a  Blanca  Díaz»;  que  la diligencia de entrega se inició el 6 de enero de 1988,  cuando  fue  desalojado  del  inmueble el señor Alfredo Vásquez, quien inició  entonces,  el  presente  proceso  reivindicatorio; que para esta fecha  «la  Oficina  de Registro unificó tres folios de matrícula inmobiliaria, durante la  cual  ‘aparecieron’  otras anotaciones en la historia del inmueble, que induce a  pensar que se trata de bienes distintos».   

                                Remata  el impugnante el cargo  afirmando   que   «es  incuestionable  que  Alfredo  Vásquez  es  el  legítimo  propietario  del  inmueble,  con mayor razón desde la compra del inmueble a los  herederos  de Angel María Medina en 1970 y con mayor razón desde la ejecutoria  de  la  aprobación  de  la  partición,  proceso  en  el cual, se repite fueron  rechazados  por  llegar  tarde  Miguel  Vanegas y Blanca Díaz, todo lo cual fue  debidamente  inscrito  en  el  registro  de  instrumentos  públicos,  argumento  suficiente    que    lo    habilita    para    incoar    el   presente   proceso  reivindicatorio».    

                                  Consideraciones   

                                1.- La sentencia impugnada pone  de  presente,  en  forma  por  demás  meridiana,  que el fracaso de la gestión  reivindicatoria  promovida  por  Alfredo Vásquez Solórzano contra Blanca Díaz  de  Vanegas  para  obtener  la  restitución  del  inmueble  a que se refiere la  demanda,  obedeció  exclusivamente a la falta de demostración de la calidad de  propietario  alegada por el actor sobre el pretendido bien, conclusión a la que  el  tribunal  arribó  luego  de  examinar  la  prueba  de  carácter documental  aportada por el actor con aquella finalidad.   

                                En efecto:  puntualizando  que  la  acción reivindicatoria deducida por Alfredo Vásquez Solórzano contra  Blanca  Díaz  de  Vanegas se edifica sobre la afirmación del demandante de ser  propietario  del inmueble  cuya   restitución   depreca,  en  virtud  de  haberlo  adquirido  «…mediante  escritura  No. 865 de 1970, de la Notaría 4a. de Bogotá, por compra que hizo a  sus  propietarios,  habiendo detentado la posesión hasta el 22 de enero de 1988  en  que  fue  despojado del inmueble por orden del Juzgado 15 Civil del Circuito  de  Bogotá»,   y   «sin causa jurídica», y que los vendedores María  Teresa  de  Jesús  Escobar  vda.  de  Medina y Ana Tulia Medina de Rodríguez y  Carlos  Alberto Medina Escobar,  «…habían adquirido a su vez, la primera  el  usufructo  y los segundos la nuda propiedad mediante escritura No. 145 de 30  de  enero  de  1931  de  la  Notaría  5a.  de  Bogotá»,   el ad-quem,  luego de transcribir algunas  cláusulas  de  este  último  instrumento notarial y de someterlas al tamiz del  principio  de  hermenéutica  contractual  consagrado  en  el artículo 1618 del  Código  Civil,  no  encuentra radicado en el patrimonio del actor el derecho de  dominio  que  alega  sobre  el  controvertido  bien  raíz,  con  estribo en las  siguientes  reflexiones:   una,  mediante la cual considera que el contrato  allí  consignado  constituye  una  compraventa pura y simple, por la cual Angel  María  Medina compra para sí el inmueble que le vende Benigno Correa y que, en  consecuencia,  la  posterior manifestación que el comprador hace de comprar, la  nuda  propiedad  para sus hijos Ana Tulia y Carlos Alberto Medina Escobar «…no  puede  trocar  el  contrato  en  otro.  Y  no  lo  puede  modificar,  porque  la  transferencia  de  la  nuda  propiedad  a  sus  menores hijos debía cumplirse a  través  del  contrato  de compraventa, o de una donación, y éstos no aparecen  por  parte  alguna»;  y otra, en virtud de la cual estima que aceptando que  dicho  pacto  contiene  una  estipulación  para  otro,  en  los  términos  del  artículo  1506   del  Código  Civil,  «…se  encuentra  que Angel María  Medina  mediante  escritura  No.  136  de  1932  de  la Notaría 5a. de Bogotá,  permutó  a  favor  de  Rafael  Díaz  R.  el  inmueble que aquí se reivindica,  revocó  así  la  estipulación hecha a favor de sus menores hijos», razón por  la  cual  «…si  Angel  María  Medina  había  transferido  la  propiedad  que  ostentaba  en el predio que aquí se reivindica, es claro concluír que la venta  contenida  en  la  escritura No. 865 de 3 de marzo de 1970 de la Notaría 4a. de  Bogotá,  mediante  la  cual  María Teresa Escobar vda. de Medina (esposa), Ana  Tulia  Medina de Rodríguez y Carlos Alberto Medina Escobar (hijos) dicen vender  a  Alfredo  Vásquez  Solórzano  los  derechos  y acciones herenciales sobre el  bien,  en  la  sucesión  de  Angel  María  Medina,  es una venta que cae en el  vacío,  pues  éste  ya  había  dispuesto  en  vida  de  sus derechos sobre el  inmueble».   

                                2.- Así las cosas, no hay duda  alguna  que  el  blanco  de la impugnación estaba constituído por aquellas dos  conclusiones  del  tribunal, y a destruírlas debió enfilarse, inexorablemente,  toda  la  actividad del recurrente, labor que, según se desprende de la demanda  respectiva,  intentó el recurrente, pero con muy poca fortuna, como se expone a  continuación:   

                   En primer  término,  el  cargo  resulta  notoriamente  desenfocado, como quiera que aunque  denuncia  quebranto  indirecto  de  los  preceptos legales allí invocados, como  consecuencia  de  los  errores  de  hecho  en  que  incurrió  el tribunal en la  apreciación  de  las  pruebas  aportadas  al  expediente,  empezando  con la de  carácter  documental  relacionada con las escrituras 145 de 1931 de la Notaría  4a.  de  Bogotá,  136  de 1932 de la Notaría 5a. y 865 de 1970, de la Notaría  4ª.  de  la  misma  ciudad, lo cierto es que en el desarrollo de la censura, el  recurrente,  de manera expresa, se abstiene de realizar la labor pertinente para  demostrar  la  comisión  del error fáctico atribuído en el análisis de dicha  prueba,  para  hacerlo «…en el segundo cargo por razones metodológicas…”,  determinación  con  la  cual  tornó  inane  la acusación, pues marginó de la  crítica  probatoria  los  elementos de juicio de que se valió el Tribunal para  arribar  a la decisión impugnada, y con ello, dejó incólumes las conclusiones  que  dicha  corporación extrajo del examen de tales probanzas, las que, como ya  quedó  suficientemente  dilucidado,  constituyeron los pilares sobre los que se  estructuró  el  fracaso  de la acción reivindicatoria, y que, por la inocuidad  del   cargo   siguen,   en   consecuencia,   prestándole  sólido  apoyo  a  la  determinación cuestionada.   

                                En  segundo  término,  si  la  intención  del  recurrente era la de demostrar el error de hecho en que habría  incurrido  el  fallador  de segundo grado cuando, por haber ignorado las pruebas  relacionadas  en  el  cargo, afirmó que la acción reivindicatoria promovida en  el  presente  asunto estaba ubicada en el contexto del artículo 950 del Código  Civil  y, por ello, era indispensable que el demandante acreditara la prueba del  derecho  de  dominio  alegado,  cuando  de tales probanzas se establecía que la  prementada  acción  tenía  como  fundamento  la  preceptiva  contenida  en  el  artículo  951  ibídem,  por  cuanto  se trataba de un poseedor que habiendo perdido la posesión regular  de  la  cosa,  se  hallaba  en el caso de poderla ganar por prescripción y, por  consiguiente,  en  tal  evento  no era necesario que se probara dominio sobre el  bien  objeto  de  reivindicación,  el  cargo aparece igualmente incompleto como  quiera  que  deja  por  fuera del reproche probatorio la mencionada conclusión,  extraída   indudablemente   de   la   interpretación   que   el   ad-quem   le  dio  a  la  demanda  incoatoria  del  proceso, prueba que sin duda alguna le sirvió a éste de marco  para    expresar    que     «En    el    caso    de   autos,   afirmándose  propietario del inmueble,  el  señor  Alfredo  Vásquez  Solórzano  depreca  la restitución del inmueble  indebidamente  ocupado  por  la demandada señora Blanca Díaz de Vanegas»   (Subrayas  de  la Sala), y para que concluyera que  «…si Alfredo Vásquez  Solórzano  no es propietario del inmueble, no está legitimado para demandar la  reivindicación,   pues ésta sólo corresponde  al  que  tiene la propiedad del bien, de acuerdo con las voces del artículo 950  del  Código  Civil».   (Subrayas  de la Sala).   

                                3.-  En  resumen,  ni siquiera  obrando  generosamente  puede  la  Corte  encontrarle  coherencia y consistencia  alguna  al  cargo  en  estudio,  ya  que  allí,  al fin y al cabo, tan sólo se  consigna   un   extenso  relato  de  la  situación  fáctica  litigiosa  y  una  enumeración  de  los elementos de juicio que la censura estima inapreciados por  el  sentenciador  de  segunda  instancia,  para exponer después de todo ello su  personal  criterio  acerca  del  mérito  probatorio  de aquellas probanzas, sin  realizar  el  indispensable  examen  comparativo  orientado  a destacar aquellos  pasos   de   las   pruebas  que,  habiendo  sido  preteridas  por  el  tribunal,  demostrarían  de  un  modo evidente el derecho de dominio, o aún la posesión,  según  el  deducido  propósito  de  la  censura,  en cabeza del demandante, es  decir,  sin  preocuparse por sujetar sus puntos de vista a lo que, en casación,  son  los  yerros  de  apreciación  probatoria,  pues  es  notorio  que  ninguna  preocupación  le  causó  la  demostración  del  error de hecho en que hubiera  podido  incurrir  el  tribunal  cuando apreció la prueba documental relacionada  con  las  aludidas escrituras públicas, ni se inquietó por señalar las faltas  del     mismo     orden,     cuando     a    su    juicio,    el    ad-quem pasó por alto las pruebas que  demostrarían  la  concurrencia  del  primer  requisito  exigido  para despachar  favorablemente  la  pretensión  reivindicatoria  del  actor,  por  cuanto, como  fácilmente  se  establece  de la lectura del cargo, su única labor se redujo a  relacionar  las distintas pruebas que obran en el proceso y a exponer sus puntos  de  vista  sobre  el  análisis  probatorio  que  ha debido verificarse, como si  estuviera  en  una  instancia  más  del  proceso, y como si a la Corte le fuera  dable,  sin más preámbulos, creerle a él y no a la sentencia proferida por el  tribunal,  cuando  esta,  como  se  sabe, ingresa a la casación amparada en una  presunción de acierto.   

                                Por  lo  tanto,  el  cargo  no  prospera.   

                              Cargo segundo   

                                Aquí,  acúsase  el  fallo de  «…violar  directamente  los artículos 950 al 971 del Código Civil, por falta  de  aplicación,  y  1506  y  1618  del  mismo  Código  Civil,  por aplicación  indebida,  producto  del error en la apreciación parcial y fuera de contexto de  las  escrituras  públicas 145 de 1931, 136 de 1932 y 0865 de 3 de marzo de 1970  de  la  Notaría  Cuarta  de  Bogotá,  y  los  artículos 1857 y 1967 del mismo  Código,  por  falta  de aplicación, que conducen igualmente al quebrantamiento  del artículo 950 del Código Civil».   

                                  En   el  desarrollo  de  la  impugnación,  el  recurrente expresa que «la indebida aplicación del artículo  1618  del  Código  Civil  radica en que la sentencia formula un juicio sobre el  principio  de  la  eficacia  de  los  contratos  para  derivar  una consecuencia  contraria  a  la  ley  en  materia  de  la pretensión reivindicatoria. Por esta  razón,  en  principio,  podría  pensarse en una interpretación errónea. Pero  no,   una  cosa  cierta  es  que  ‘conocida  claramente  la  intención  de  los  contratantes,  debe  estarse a ella más que a lo literal de las palabras’ (1618  C.C.),  pero  otra cosa es que esa norma resulta notoriamente impertinente en la  criticada  sentencia  porque no es cierto que si el padre o un mandatario compra  para  el  hijo  o el mandante, según el caso, con dineros de éste, se requiera  de  un  nuevo contrato de compraventa o donación, entre éstos, como lo reclama  el        fallo        sub-júdice»   y que  «por la misma razón se infringe el artículo  1506  del  C.C.  que consagra la estipulación por otro o para otro. El yerro se  evidencia  en  la valoración  de la escritura pública 136 de 1932, cuando  el  tribunal  juzga el caso a la luz de la estipulación para otro, precisamente  tratándose  de  una  transacción  realizada  para  sus  hijos  por un padre de  familia.  La  violación  del  artículo 1506, y por tanto del artículo 950 del  Código  Civil, se produce justamente porque, como lo ha dicho la jurisprudencia  reciente   y   vigente   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia,  el  estipulador por otro o para otro no puede ser ni mandatario ni  representante      legal     del     obligado     o     beneficiario»,   quebranto  que  ubica   «…en  la  valoración del  tribunal  de la mencionada escritura (sic) en la que se comenta la validez de la  compra  del  inmueble  del  padre  para  los  hijos  menores y su esposa», cuyos  pasajes  reproduce  para, a continuación, exponer su criterio en los siguientes  términos:   

                     «No, la  intención      de     Correa     fue     vender,  ciertamente,  PERO LA DE MEDINA FUE COMPRAR PARA SUS  HIJOS  Y,  LO  QUE ES TODAVIA MAS DICIENTE, LA COMPRA SE HIZO CON LOS DINEROS DE  LOS   HIJOS»,   como   se   lee   en   la   escritura   que   ha  transcrito  la  sentencia.   

                  «Olvida el  tribunal  que  la  parte  compradora estaba integrada por los hijos menores -hoy  adultos-  del  mencionado  Medina.  Mal  se  necesitaría  otro contrato, u otra  donación,  por  el  cual  se le transferiría un bien que era de ellos desde el  principio,  sin  sacrificar  el  derecho  sustancial  en  un  excesivo  culto al  formalismo.   

                                           «Justamente  la  jurisprudencia  de  la  Corte Suprema de Justicia  enseña  todo lo contrario, al proscribir la posibilidad de que el representante  legal  o  más  exactamente  el  padre  pueda  revocar lo que adquirió para sus  hijos, aún mayores de edad».   

                                La censura reproduce luego los  pasajes  del  fallo  impugnado  en  los  que  el  tribunal,  tras aceptar que el  mencionado  instrumento  notarial  pudiera contener una estipulación para otro,  establece  que  de  ser  así,  Angel  María Medina, cuando permutó con Rafael  Díaz  R.  el  inmueble disputado, revocó la estipulación hecha a favor de sus  menores hijos, para, a renglón seguido, expresar:   

                   «Cuidado.  En  este  caso  el  padre  es  el  representante  legal  y no podía ni siquiera  revocarse  el contrato sin la autorización expresa de los hijos, sin el PERMISO  JUDICIAL   por  ser  menores.   

                     «No, lo  que  no  puede  negarse,  ni  siquiera ponerse en duda, es que efectivamente los  compradores fueron los hijos de MEDINA.   

                                Y, para refutar la conclusión  final  del  ad-quem   en  cuanto éste afirmó que por haber transferido la propiedad que Angel María  Medina  ostentaba  sobre  el  predio materia de reivindicación, resultaba claro  que  la  venta  contenida  en  la  escritura No. 865 de 3 de marzo de 1970 de la  Notaría  4a. de Bogotá, mediante la cual la cónyuge sobreviviente y los hijos  de  aquél  dijeron  vender  a  Alfredo  Vásquez  Solórzano «…los derechos y  acciones  herenciales  sobre el bien, en la sucesión de Angel María Medina, es  una  venta que cae en el vacío, pues ésta (sic) ya había dispuesto en vida de  sus  derechos  sobre  el inmueble»,  y por lo tanto  «…el demandante  no  demostró…  el  pretendido derecho de propiedad sobre el bien que pretende  reivindicar..»,  razón por la cual  «…la acción no puede prosperar…»,  el recurrente expuso en el punto:   

                     «No. En  primer  lugar,  la  propia  escritura  865  que documenta la venta de los Medina  Escobar  a  Alfredo Vásquez es clara al detallar que se venden: A) los derechos  de  propiedad  y  dominio,  y  B) como derechos y acciones herenciales  sobre  el  inmueble  que nos ocupa. Así se registra. La sentencia echa de menos  la  palabra ‘lote’  o  ‘inmueble’  para negar la venta del cuerpo  cierto,  pero  precisamente  puede leerse en medio de la fraseología que venía  repitiéndose   por   generaciones,   lo   siguiente…»,  para  cuya  finalidad  transcribe  la cláusula primera de la escritura 865 de 3 de marzo de 1970 de la  Notaría 4a. de Bogotá, al cabo de lo cual manifiesta:   

                   «Además,  los  herederos puede que no distinguieran entre derechos y acciones herenciales,  o  que  el  bien estaba en su patrimonio o en el de su padre o esposo fallecido,  pero  si  estaban  seguros  de  que  les  pertenecía  hasta  el punto de que lo  vendieron.  El  error,  con  todo  respeto  es  del  Tribunal, que no aplica los  artículos  1857,  1967 y 1871 del Código Civil que autorizan la cesión de los  derechos herenciales y hasta la venta de bien ajeno.   

                    «En todo  caso  no puede olvidarse que ellos si consideraban que tenían derechos sobre el  inmueble,  hasta el punto de darlo en garantía de la obligación que justamente  meses  antes  le  estaban  reclamando  en  proceso  ejecutivo.  Asunto éste muy  diferente  a  decir  como  el  tribunal, que  ‘…los hijos de Angel María  Medina  no  tienen en cuenta para nada la pretendida estipulación para otro que  dijo  hacer  su  padre  Angel  María Medina y lo que ellos le venden al Alfredo  Vásquez  Solórzano  son  los  derechos  y  acciones  en  la  sucesión  de  su  padre».   

                        «La  sentencia  también  pasó por alto las anotaciones de la Oficina de Registro en  el  folio de matrícula inmobiliaria número 050-0176871, en el cual se hizo una  doble  anotación  de  la  compra  inicial  del  bien  por medio de la escritura  pública  No.  145  de  1931,  COMO  NUDA  PROPIEDAD  Y  COMO  USUFRUCTO,  y  la  resolución No. 410 de 10 de julio de 1991 (c-7, f-16).   

                         En  efecto:   

                       «1.-  Mediante  escritura  pública número 145 de 1931 Benigno Correa vendió y Angel  María  Medina compró para sus hijos menores de edad  y  CON  DINEROS  DE  ESTOS,  un  lote  y una casa de  habitación  en la calle 13 número 5-21 de Soacha (c-1, f-2). Así se lee en la  escritura», cuyo pasaje pertinente transcribe a continuación.   

                     «2.- La  Oficina   de   Registro   de   Instrumentos   Públicos   de  Bogotá  registró  separadamente,  valga  decir, HIZO DOBLE ANOTACION:  1) de la venta de nuda  propiedad,   y  2)  del  usufructo  en  el folio de matrícula inmobiliaria  número 050-0176871 C-1, f-1).   

                     «3.- En  1932,  sin  consentimiento  ni  mucho  menos autorización de su esposa y de sus  hijos  MENORES,  Angel  María  Medina permutó los derechos sobre el inmueble a  Rafael  Díaz,  mediante  escritura pública No. 136 de la Notaría Quinta (c-1,  f-82).   

                  «3.1.- Con  lo  cual,  en estricto derecho no podía ceder legalmente más de lo que poseía  que era un derecho de usufructo.   

                     «3.2.-  Como  en  efecto  así  lo  entendió  y  registró  en  el  folio de matrícula  inmobiliaria  citado (c-1, f-1); y lo aclaró en la resolución número 739 de 8  de  abril  de  1985  el  Registrador  de Instrumentos Públicos de Bogotá (c-1,  f-143)… al unificar dos folios.   

                    «3.2.1.-  También  lo  entendió  así  la  propia  Oficina  de  Registro de Instrumentos  Públicos  de  Bogotá  Zona Sur, en la controvertida resolución No. 410 del 10  de  julio  de  1991,  al  unificar  varios  inexplicables folios de matrícula y  consignar la siguiente observación (c-7, f-16).   

                                           «Anotación  006-09-02-32.-  Escritura  136 de 03-03-1932. Permuta  derechos  de cuota (adquiridos por escritura 145 de 30-01-1931)  de: Medina  Angel María a: Díaz Rafael.   

                                           «NO   ESTABLECE   SI   PERMUTA   NUDA  PROPIEDAD  O  USUFRUCTO, pero por escritura 145 de 30-01-1931 adquirió derechos  de    usufructo    (libro    1o.,    pág.    62    No.    322/32)    matrícula  050-0176871  (…).   

                    «Pero ya  se  dijo  que,  contrariamente  a  lo  manifestado  por  el  Tribunal,  en  esta  oportunidad  no  se  estaba en la hipótesis de la estipulación para otro, para  lo  cual  me  remito  a  la  jurisprudencia  de  la  Corte Suprema de Justicia»,  transcribiendo,  con  este fin, la parte respectiva de algunas sentencias, entre  ellas, la de 1o. de febrero de 1993.   

                              Consideraciones   

                                  1.-Como  en  este  cargo  el  recurrente  indudablemente  controvierte  las razones que expuso el ad-quem   para  concluír  que la  acción  promovida  no podía despacharse favorablemente, por cuanto no radicaba  en  el  patrimonio  del  actor el bien inmueble cuya reivindicación pretendía,  resulta forzoso sentar en el punto las precisiones que siguen.   

                               2.- En criterio del ad-quem,   en  suma,  y formulado  como  una mera posibilidad de análisis, mediante aquella escritura 145 de 30 de  enero  de  1931,  no  adquirieron la cónyuge y los hijos de Angel María Medina  derecho  alguno  de  propiedad  en el inmueble de que allí se da cuenta, de tal  manera  que  cuando,  en  1932,  el  citado  Medina celebró contrato de permuta  relacionado   con   dicho   inmueble,  el  bien  salió  definitivamente  de  su  patrimonio.  De  allí  esta perentoria afirmación contenida en el fallo:   “…(…)   cuando en el año de 1932 Angel María Medina permuta el bien  a  Rafael  Díaz R., sale así ese bien de su patrimonio e ingresa al patrimonio  de  Rafael  Díaz  R.”.   Y  poco más adelante remata el Tribunal:   “si  Alfredo  Vásquez  Solórzano  no  es  propietario del inmueble, no está  legitimado  para  demandar  la  reivindicación, pues ésta sólo corresponde al  que  tiene la propiedad del bien, de acuerdo con las voces del artículo 950 del  Código Civil”.   

                               Y a la anotada conclusión llega  el    tribunal    previas   las   consideraciones   que   a   continuación   se  resumen:   

                     a) – La  citada  escritura  145  contiene pura y simplemente la venta que el mismo Correa  hace  a Angel María Medina del inmueble objeto del proceso, como así lo acepta  este  último  en  forma expresa. Esa y no otra, la de transferir a Angel María  Medina el bien fue la intención de las partes, dice.   

                    b) – Que  si  lo  anterior es cierto, la manifestación posterior que hace el comprador en  relación  con la nuda propiedad y el usufructo para sus hijos y su cónyuge, no  trueca esa venta, pura y simple, en un contrato diferente.   

                    d) – Que  de  otro  lado,  también  podría  tomarse aquella manifestación del comprador  relacionada  con  su esposa y sus hijos, como una estipulación para otro;   pero  en  tal  caso,  arguye,  esa estipulación habría quedado revocada cuando  Medina  permutó  el  inmueble  con  Rafael  Díaz  R.,  conforme  aparece en la  escritura    pública   No.   136   de   1932   de   la   Notaría   Quinta   de  Bogotá.   

                                  3.-   Y   para   una  cabal  comprensión  del  asunto,  cabe recordar que en la referida escritura 145 de 30  de  enero de 1931, luego de darse fe de la comparecencia de los señores Benigno  Correa  y  Angel  María  Medina,  se  hace  constar  que  el  primero  de ellos  “vende…  al  señor  Angel  María  Medina  una (1) porción de (6ª.) sexta  parte del lote ya mencionado…”.   

                                Por su parte, en relación con  el comprador Angel María Medina, reza así el sobredicho título:   

                                           “Impuesto  este señor Angel María Medina del contenido de este  instrumento,  lo  aceptó  por  estar  a  su  satisfacción  y de acuerdo con la  póliza  presentada  para su otorgamiento, aceptó también la venta que por él  se  le  hace. Manifestó luego:  que la nuda propiedad del lote pertenece a  los  menores  hijos  del  exponente y de la señora Teresa Escobar de Medina por  ser  con  dinero  de ellos con lo que paga esa parte del precio- – – Los menores  se  llaman Carlos Alberto y Ana Tulia Medina (…)  el derecho de usufructo  de  dicho  lote pertenece al otorgante y a su esposa ya citada. – – – Muerto uno  de  ellos  el  usufructo continuará durante la vida del otro cónyuge. – – – Es  entendido  que  los  menores  no  podrá pedir licitación  (sic)  del  derecho ni enajenarlo mientras no lleguen a la mayor edad”.   

                                4.-  Ahora bien:  sábese  que    el    recurrente   Vásquez    Solórzano   finca   su   pretensión  reivindicatoria  básicamente  en la escritura 865 de 1970 de la Notaría Cuarta  de  Bogotá,  la  cual,  dice,  contiene  la  venta que del inmueble materia del  proceso  le  hicieron  la  cónyuge  y  los  hijos  de Angel María Medina, cuya  propiedad  éstos  habrían  a  su  vez  adquirido  mediante la arriba analizada  escritura 145 de 30 de enero de 1931.   

                                En  tal virtud, en el cargo se  combaten  las  preanotadas  conclusiones  del  tribunal alrededor del sobredicho  título,  expresando  el  impugnador  que  conforme  al  texto  del mismo, “la  intención  de  Correa  fue  vender,  ciertamente, pero la de Medina fue comprar  para  sus  hijos  y,  lo  que  es  todavía más diciente, la compra se hizo con  dinero  de los hijos, como se lee en la escritura…”.  Añadiendo:   “…lo  que no puede negarse ni siquiera ponerse en duda, es que efectivamente  fueron  los  compradores  los  hijos de Medina. Y en cuanto a su esposa también  debe  entenderse  como  el  cumplimiento  de un mandanto porque si Medina estaba  comprando  con  dinero  de  su  esposa y de sus hijos, era porque esta le había  dado dinero para que hiciera esa compra…”.   

                                5.- Planteado en esta forma el  debate,  surgen,  por  supuesto,  variados y numerosos temas en relación con el  alcance  y entendimiento de los títulos escriturarios relacionados en párrafos  anteriores.  Así,  lo  relacionado  con  la  calidad en que Angel María Medina  actuó  cuando firmó la escritura 145;  lo relativo a esa “estipulación  para  otro” que en dicho título encontró el Tribunal así como la pretendida  revocación  unilateral  de  la  misma por el estipulante;  lo atinente, en  fin,  al  verdadero objeto del contrato de compraventa contenido en la escritura  865 de 3 de marzo de 1970 de la Notaría Cuarta de Bogotá.   

                                6.-  Empero, encuentra la Sala  que  la  resolución de los anotados puntos resulta intrascendente, en la medida  en  que,  cualquiera  que  fuese  la  respuesta a ellos, queda siempre en pie el  argumento  del tribunal referente al hecho de que el demandante no ha demostrado  ser el propietario del inmueble materia de la reivindicación.   

                                  En  efecto,  conforme  a  la  demanda,  persigue  el actor la restitución de un lote de terreno situado en el  municipio  de  Soacha,  en  la  calle 13 No. 5-21, cuyos linderos allí se dejan  determinados,  inmueble  que habría adquirido por medio de la escritura 0865 de  3  de  marzo  de 1970 de la Notaría Cuarta de Bogotá, en donde consta la venta  que  le  hicieron  María Teresa de Jesús Escobar viuda de Medina y Ana Tulia y  Carlos  Alberto  Medina Escobar, viuda e hijos, respectivamente, de Angel María  Medina.   

                                Ahora bien;  la escritura  145  de  30  de  enero  de 1931 de la Notaría Quinta de Bogotá,  reza que  Benigno  Correa,  en  su  calidad  de  propietario en común y proindiviso de un  derecho  de  $2.500.oo  sobre un avalúo de $15.000.oo dado al lote que allí se  especifica,  vende  a  Angel  María  Medina “una (1) porción de sexta (6ª.)  parte  del  lote  ya  mencionado,  o  sea  de  los  derechos  y  acciones que le  correspondieron  en  el  juicio  de sucesión de (…)  advirtiendo que con  los   comuneros  citados  ya,  no  ha  habido  división  material,  judicial  o  extrajudicial de ninguna especie”.   

                                  Y  es  precisamente  de este  último  título,  de donde el actor Vásquez Solórzano hace derivar el derecho  de  propiedad  que  esgrime  como  fundamento de su reivindicación, por cuanto,  como  quedó  estudiado  a  espacio,  según  el recurrente fue a través de esa  escritura   145   como   sus   causahabientes  adquirieron  el  derecho  que  le  transmitieron  a  través del contrato de que da cuenta la escritura 865 de 3 de  marzo de 1970.   

                                7.- De esta manera, resulta que  Alfredo  Vásquez  Solórzano,  pretendiendo reivindicar en su totalidad el bien  inmueble  determinado  en  la  demanda,  arrima  títulos que eventualmente solo  podrían  acreditarlo  como  propietario de una cuota determinada proindiviso de  ese  bien  cuya  restitución  persigue.   Así  las cosas, no demostró el  demandante  el  derecho  de propiedad exclusivo que lo legitimaría para ejercer  la acción de que trata la demanda incoatoria del proceso.   

                                Desde luego que en el punto no  sobra  advertir  que el artículo 949 del Código Civil contempla la posibilidad  de  reivindicar  la  cuota  parte de una cosa, pero, como es evidente, siendo el  todo  individualmente  distinto  de  la  cuota,  el propietario de esta que  pide  la  totalidad,  pretende  un objeto y un derecho que no tiene. Así lo han  definido  muy  bien tanto la doctrina como la jurisprudencia, a propósito de lo  cual cabe transcribir lo expresado por la Corte al respecto:   

                    “Desde  la  perspectiva  de  la  normatividad,  no  es  igual  afirmar  que se es dueño  exclusivo  de  un  bien  pero demostrar que apenas se tiene el derecho sobre una  parte  individualizada  del  objeto,  que pretenderse propietario único y luego  comprobar  que  se es titular de un derecho de cuota. Lo primero se gobierna por  las  reglas  propias  del  derecho  de  dominio.  Y  si  bien  estas  reglas son  indispensables  para  lo  segundo,  no  son,  en cambio, suficientes, pues, como  nadie   se   atrevería  a  negarlo,  se  las  debe  articular  con  las  de  la  comunidad.   

                                           “Aproximando   el   punto   de  vista  sobre  el  que  se  viene  discurriendo  a  las  reglas  pertinentes  a  la  reivindicación, se ve como la  primera  hipótesis  se  ajusta,  sin  más,  al artículo 946 del C.C.  En  cambio,  la segunda tiene inevitablemente que contar, también, con el artículo  949 ib.”.Cas. Civ. de 30 de junio de 1989).   

                                Y  también se expresó por la  Corte, en otra ocasión, lo siguiente:   

                  “Como en  el  caso  en estudio el actor es dueño de un derecho correspondiente a la mitad  del  inmueble  objeto  de la demanda, con base en él no puede demandar para sí  la  reivindicación  de  todo  el  predio,  como  cuerpo cierto, pues si solo es  titular  de  un  derecho,  la  acción  que  le  corresponde  ejercer  no  es la  consagrada  en  el  artículo  946  del Código Civil, sino la del artículo 949  ibídem,  referente  a  la  reivindicación  de cuota determinada proindiviso de  cosa singular.   

                      “No  siendo  el  actor  dueño de todo el predio sino de una parte indivisa  -ha  dicho  la  Corte-   su  acción no podía ser la consagrada en el artículo  946  del Código Civil sino la establecida en el 949 de la misma obra, ya que el  comunero  no  puede  reivindicar  para  sí  sino  la  cuota  de que no está en  posesión  y  al  hacerlo debe determinarla y singularizar el bien sobre el cual  está radicado.   

                  “Como es  bien  sabido,  el comunero posee el bien común en su nombre y también en el de  los  condueños  y  por  lo  mismo la acción de dominio que le corresponde debe  ejercitarla para la comunidad”.  (Tomo XCI, pág. 528).   

                                8.-  De  suerte que, dadas las  anteriores  precisiones,  este  cargo  también  resulta  inocuo  y,  por tanto,  impróspero.   

                                     IV    –    Decisión   

                                En  mérito de lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia en Sala de Casación Civil y Agraria, administrando  justicia  en  nombre  de  la  República   y  por  autoridad  de la ley, NO  CASA   la sentencia proferida  en este proceso el 25 de agosto de 1993  por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Cundinamarca.   

                                        Condénase      al  demandante-recurrente  al pago de las costas causadas en el trámite del recurso  extraordinario. Tásense.   

                                  Cópiese,   notifíquese  y  oportunamente devuélvase al tribunal de origen.   

                                    JOSE   FERNANDO   RAMIREZ  GOMEZ   

                                        NICOLAS     BECHARA  SIMANCAS   

                                   JORGE   ANTONIO   CASTILLO  RUGELES   

                                  CARLOS   ESTEBAN  JARAMILLO  SCHLOSS   

                                         PEDRO      LAFONT  PIANETTA   

Expediente No. 4687  

                              RAFAEL ROMERO SIERRA   

                                  JORGE   SANTOS  BALLESTEROS   

                    

                             

    

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