S 015 97

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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S-015-97

              CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION CIVIL   

          Magistrado Ponente:   

          Dr. JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES   

Santafé  de  Bogotá,  D.C., veinte (20) de  mayo de mil novecientos noventa y siete (1997).   

                                      Rad.-    Expediente   No.  4486   

                                  Se  pronuncia la Corte sobre el  recurso  de  casación  interpuesto y sustentado por los demandados DELIA   COLMENARES,   MARIA   INES  AVILA  MACIAS,  HOGAR  INFANTIL  COMUNITARIO  DE GARAGOA, CENTRO DE BIENESTAR DEL ANCIANO JUAN XXIII DE GARAGOA Y  LA  SOCIEDAD  SAN VICENTE DE PAUL DE GARAGOA contra la  sentencia  dictada  por  la  Sala  de Familia del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Santafé  de  Bogotá, fechada el 18 de diciembre de 1.992, dentro  del  proceso ordinario que contra ellos y otros demandados, instaurara el señor  ANTONIO JOSE AVILA PERILLA.   

          A N T E C E D E N T E S:   

                                  1.  En  la  demanda  con que se  inició  el  proceso  referido,  de  la que en principio conoció el Juzgado 4o.  Civil  del  Circuito  y  después  el  Juzgado  Once  de  Familia de Santafé de  Bogotá, el demandante pidió:   

                                          De     manera  principal  :  Que  se declare la  nulidad  absoluta  del testamento otorgado por la señorita Elvia Avila Perilla,  mediante  la  escritura  pública  No.  255 de 5 de marzo de 1988 de la Notaría  Unica  de Garagoa; que, consecuentemente, se declare restablecido el derecho del  demandante,  como  heredero  único  y  abintestato, y que los demandados no son  herederos  y  legatarios  de  aquélla; que se ordene al albacea con tenencia de  bienes,  señor  Timoleón  Fernández, la restitución de todos los bienes y se  le  condene  a  pagar  los  respectivos  frutos naturales y civiles desde cuando  asumió  su  función  y  hasta  la fecha de restitución; que del mismo modo se  disponga  la  restitución  y  el  pago  de  frutos  a los herederos demandados,  respecto  de  bienes de la herencia que hayan tenido a cualquier título; que se  ordene  levantar  los  embargos, secuestros y cualquier otro tipo de gravámenes  que  recaigan sobre los bienes que son propiedad de la causante; que en firme la  sentencia,  se autorice al demandante para realizar los trámites de sucesión y  que  se  declare,  en  consecuencia,  la  terminación  del proceso de sucesión  testada  que  se  adelanta  en  el Juzgado Civil del Circuito de Garagoa; y, por  último,  que  se ordene la inscripción de la sentencia y se imponga condena en  costas a los demandados.   

                                          De     manera  subsidiaria:  Que se declare que  el  Hogar  Infantil  Comunitario,  el  Instituto Nacional Nocturno Nacionalizado  Jairo  Calderón  Salamanca  y  el  Instituto  Nacionalizado San Luis – todos de  Garagoa  -,  no existían como personas jurídicas al momento de la muerte de la  causante  y,  por  tanto, que son incapaces para heredar por vía del testamento  citado,  ya  que  las  asignaciones  efectuadas a ellos no tienen ningún valor.  Igual  declaración  y con las mismas consecuencias, se pide en relación con la  demandada  María  Inés Avila Macías, por cuanto al momento de la muerte de la  causante no existía como persona natural.   

                                       2.    La    causa   petendi   se  puede  compendiar  así:   

                                                    b)  El  proceso  de  sucesión testada de Elvia  Avila  Perilla  se  tramita  en  el Juzgado Civil del Circuito de Garagoa, donde  aparecen  reconocidos  como  herederos  el Centro del Bienestar del Anciano Juan  XXIII,  la Sociedad San Vicente de Paúl, Delia Colmenares, María Inés Avila y  el  Instituto  Nacionalizado  Jairo  Calderón Salamanca; que ese reconocimiento  fue  equivocado  respecto  de  los dos últimos: del uno porque se le reconoció  sin  prueba  de la existencia y representación; y, de la otra, por cuanto quien  aparece  en  el registro civil de nacimiento es Mariela Inés Avila – no María.  El  Hogar  Infantil  Comunitario  no  fue  reconocido como heredero por no haber  demostrado   su   existencia   y   representación;   los   restantes  herederos  testamentarios no se han presentado.   

                                                    c)  La  causante  Elvia  Avila  Perilla  había  otorgado  testamento  por  medio de escritura pública, dentro del cual aparecen  distintas  asignaciones  en  provecho de los demandados, designándose al señor  Timoleón Fernández como albacea con tenencia de bienes.   

                                                    d)  En  dicho  testamento  no  concurrieron las  formalidades  legales  necesarias para su validez: se otorgó ante un número de  testigos  que  no  es el señalado por la ley y los que comparecieron y firmaron  como  tales  no  lo  presenciaron en todas sus partes; tampoco hay constancia en  él  de  que  su  contenido  fuera  leído a los testigos, sino únicamente a la  testadora.   

                                                    e)  El  Hogar  Infantil  Comunitario  carece de  personería  jurídica  y  por  tanto  de  capacidad  para  suceder;  aunque  el  testamento  da  a  entender  que  sí  la  tiene,  realmente  corresponde  a  la  Asociación  de  Padres  de  Familia  y  Vecinos  del Hogar Infantil de Garagoa.  También  son  incapaces  de  suceder, por carecer de personería jurídica, los  establecimientos  educativos  mencionados y María Inés Avila Macías, quien no  existía como persona natural.   

                                 3. Efectuados los traslados y las  notificaciones  del  auto  admisorio  de  la  demanda,  compareció  la  Nación  -Ministerio  de  Educación-, por medio de un delegado especial designado por el  Procurador  Delegado  en  lo Civil, quien se limitó a decir que si su citación  obedecía  a  que  aparecen  involucradas  unas  instituciones educativas, estas  deben  estar  representadas  por  el  Gobernador  del  Departamento. También la  respondió  el apoderado de quienes hoy son recurrentes en casación quien, tras  reconocer  unos  hechos  y  negar  otros,  manifestó  su oposición a todas las  pretensiones contenidas en la demanda introductoria al proceso.   

                                  4. Rituada la primera instancia,  el  juez  a quo le puso fin  por  medio de sentencia absolutoria de los demandados, la cual fue impugnada por  el  demandante.  El  Tribunal,  por  su  parte,  revocó aquella y, en su lugar,  decretó  la  impetrada  nulidad  del  testamento,  ordenó  la cancelación del  instrumento   público  anulado,  negó  las  demás  pretensiones  principales,  declaró  impróspera  la  tacha  de  sospecha  respecto  del testigo Adriano de  Jesús   Alfonso   Fernández;  dispuso  compulsar  copias  con  destino  a  las  autoridades  competentes  a  fin  de que adelanten las investigaciones sobre los  delitos  que  se  hubieren  podido  cometer  con  ocasión  del otorgamiento del  testamento  anulado  y,  en  fin,  condenó en costas a los demandados, en ambas  instancias, en un monto del 60%.   

         LOS FUNDAMENTOS DEL FALLO ACUSADO:   

                                I.  Tras  advertir  que no hay  inconvenientes  para que se decida de fondo el litigio, el sentenciador entra en  materia  sobre  la  nulidad  de  los testamentos surgida como consecuencia de la  omisión  de  algunas  de  las  formalidades establecidas en la ley a partir del  artículo  1070  del C. Civil; dice al respecto que el artículo 11 de la ley 95  de  1890  dispone  que  el  testamento solemne, cerrado o abierto, en el cual se  omitiere  cualquiera  de  sus formalidades propias, no tendrá valor alguno; que  de  acuerdo con las normas antes citadas, el testamento abierto debe cumplir con  rigor  las  siguientes ritualidades: a) que su contenido provenga de la voluntad  exclusiva  y  personal del testador; b) que el otorgamiento se haga ante Notario  y  se  verifique bajo los parámetros establecidos en la ley; c) que comparezcan  los testigos en el número indicado y que sean estos hábiles.   

                                 Añade  el  Tribunal  que  el  otorgamiento  es  una solemnidad especial consistente, en el testamento abierto,  en  la  lectura  realizada personalmente por el Notario en frente del testador y  los  tres  testigos;  que  éste  se  presenta  irregular y afecta de nulidad el  testamento  cuando  al  leerse  sólo están presentes dos testigos, pues la ley  manda  que  la lectura se haga en un solo acto, en presencia del testador y tres  testigos.   

                                En  la  sentencia  se  cita la  doctrina  relativa  a la no exigencia legal en los testamentos solemnes de hacer  constar  el  cumplimiento de las formalidades a que aluden los artículos 1071 a  1074  del  C.  Civil,  pero  que si se expresa en la carta testamentaria haberse  observado  las solemnidades cuando en realidad no se cumplieron el testamento es  falso  por  contener  aserciones  supuestas,  falsedad  cuya prueba le incumbe a  quien  la  alega  y  que,  al  ser establecida, induce a la nulidad absoluta del  mismo.   

                               II.  Situado el fallador en  el  campo  de  las  demostraciones  sobre  la existencia de las formalidades del  testamento,  explica  que  en cumplimiento del decreto de pruebas se recibió el  testimonio  de  Jesús  Manrique  Mesa  (C.  1,  Fl.  197) a quien no le constan  directamente  los  hechos,  es  testigo de oídas y su dicho apenas configura un  indicio;  también  se  obtuvo  la declaración de José Joaquín Martín (C. 1,  Fl.  199)  quien narra las circunstancias en que se dio la participación de dos  testigos  testamentarios,  entre  los  cuales se hallaba él. Observa igualmente  que  como  los  demás  testimonios se debían recibir por juez comisionado y el  interesado  no  pagó  el  porte  de  correo  para la remisión de los despachos  comisorios,  el  a  quo  declaró desierta dichas pruebas aunque ya habían sido  practicadas;  después  y  de  oficio, ordenó recibir de nuevo el testimonio de  Ofelia  Quiñones  de Murillo, la Notaria, (C 1, Fls. 346 a 352); José Joaquín  Martín  (C. 1, Fls. 352 a 356), Ignacio Forero (C. 1, Fls. 356 a 359) y Adriano  de  Jesús Fernández (C. 1., Fls. 360 a 361), a su vez testigos testamentarios,  de quienes el Tribunal extracta distintos apartes.   

                                  Dice  el  Tribunal  que  los  testigos  muestran  en  su  nueva  versión  someras  coincidencias, pero que es  necesario  analizarlos con sus propias declaraciones rendidas antes y durante el  proceso  «para  ver  de  establecer  que  alguno  de  ellos  miente  y que en la  convicción  de  la  Sala la solemnidad tan severamente plasmada en la ley no se  verificó  a cabalidad porque el acto testamentario y su otorgamiento no se hizo  y  firmó  simultáneamente  ante  los tres testigos de que venimos hablando, lo  propio  se  predica  de  la  firma  de  todos  los demás intervinientes»; dicho  análisis  lo emprende el sentenciador después de señalar que la deserción de  la  prueba determinada por el juez de primera instancia, no lo vincula y que los  testimonios  que  ha  de  valorar  son los que se recibieron durante el proceso,  dado  que  la  prueba  testimonial anticipada carece de eficacia en tanto que no  fue  practicada   con  apego  a las previsiones del artículo 298 del C. de  P.C.   

                                  De  ese  modo,  el  fallador  encuentra  contradicciones  en  lo  dicho la primera vez  por el declarante  Adriano  de  Jesús  Alfonso  Fernández,  quien  se  refirió  a  la  presencia  únicamente  de  otro  testigo  testamentario  pero  ya en el proceso señala la  comparecencia   de   los   tres   testigos;   converge   en  esta  ocasión  una  manifestación  distinta a lo expuesto por la Notaria en el sentido de que todos  cinco  llegaron  juntos  al  ancianato,  mientras  el testigo señala que cuando  llegó a este lugar estaba ya aquélla.   

                                Por  su  parte  – continúa el  Tribunal  -,  el testigo José Joaquín Martín, en ambas ocasiones, expresa que  «firmamos  los  dos  testigos», que no distingue a Ignacio Forero como tampoco a  Adriano  de  Jesús  Alfonso  y  que  después  de firmar salieron del lugar sin  percatarse  si  la  Notaría  firmó, todo lo cual «indica que en una de las dos  oportunidades  el  testigo  Adriano  de Jesús Alfonso Fernández no ha dicho la  verdad  en  lo  que  atañe  a  la  presencia  simultánea de los tres testigos,  requisito externo necesario para la validez del testamento».   

                                Y añade: «Tráiganse a manera  de  recuento  las manifestaciones hechas por la notaria, cuando al aludir que el  texto  de  la  memoria  testamentaria afirma que éste venía elaborado desde la  Notaría  completamente diligenciado y conforme a la minuta que le presentara el  abogado,  donde  además  de no decir que se celebró en el ancianato, lo que si  aparece  es que la comparecencia de la testadora lo fue en el recinto notarial y  agrega  que  al  momento de firmar ella, el mismo quedó debidamente legalizado.  Cómo  ajustar  su  versión  a  la realidad si cuando ella salió de la Oficina  Notarial,  aún no se sabía quienes eran los testigos, recabándose que en este  punto  convergen  todos  los  deponentes, esto es, que si no todos, dos de ellos  fueron  apenas  contactados durante el trayecto al ancianato. Cómo explicar que  conforme  al  Instrumento Público, en la parte introductoria del mismo aparecen  sus  nombres  relacionados  en  espacio  apenas  suficiente para que cupieran la  totalidad  de  las  letras  que los componen, y más aún, la antefirma de todos  los  comparecientes  aparece  en letra puesta en máquina de escribir, si según  su  declaración  solo  llevaba  el  estilógrafo para firmar y no fue necesario  hacer  modificaciones,  nótese  como  dentro  del  mismo no aparece atestación  semejante».   

                                El fallador sigue diciendo que  mirados  en  conjunto  los  testimonios,  se  obtiene  la  certeza  de  que  «el  otorgamiento  del  testamento  no  se  hizo  en  un  solo acto…los testigos no  estuvieron  todos  presentes  en  el  acto  mismo..» y ello no era posible, como  expresa  la  Notaria,  porque  el  único testigo que no varía la esencia de su  declaración  en  las tres oportunidades en que se le llamó, siempre afirma que  solo   estuvieron   presentes  dos  testigos;  ese  testimonio  además  de  ser  responsivo,   ofrece  la  ciencia  del  dicho  y  muestra  coincidencia  en  las  circunstancias  de modo, tiempo y lugar, sin que aparezca probada la mácula que  consideró  el  a quo para  desecharlo,   puesto   que  el  mismo  declarante  explica  el  por  qué  y  la  interpretación  de  sus  palabras;  al  paso  que  la Notaria si muestra cierta  imparcialidad  (sic)  en  lo  que  tiene  que ver con la defensa del instrumento  público,  «pues  quien  más  si  no  ella,  es  la  más llamada a mantener la  presunción  de  que  está  investido  el  documento,  pero  en su afán olvida  detalles  circunstanciales  que  sí  trascienden  y  son  definitivos  para  la  resolución del conflicto que nos ocupa».   

                                El  sentenciador, de nuevo con  referencia  al  testimonio  de Adriano de Jesús Alfonso Fernández, descarta la  tacha  de  sospecha que a éste le fuera formulada con base en el parentesco que  lo  une con el albacea testamentario, e igualmente el hecho de que haya existido  en  él  inhabilidad para participar como testigo testamentario; simplemente que  «en  alguna  de  las  dos  oportunidades  en  que  declaró  miente  en el punto  específico   de  la  firma  y  el  número  de  testigos  que  presenciaron  la  celebración  del  plurimentado  testamento,  razón suficiente para descartarlo  definitivamente».   

                                De acuerdo con lo anterior, el  Tribunal  afirma  que  se  llega  a la conclusión de que el testamento es falso  deviniendo   inexorablemente  la  declaratoria  de  nulidad  absoluta  del  acto  testamentario  contenido en la escritura pública de la que se trata, motivo por  el  cual  la  sentencia  de  primera  instancia  debe ser revocada. Por último,  explica  que  las  demás  pretensiones  principales  no son de recibo, salvo la  atinente  a  la orden de registrar la sentencia por tratarse de una consecuencia  de la declaración principal.   

         LA DEMANDA DE CASACION:   

                                En dos cargos se concretan las  acusaciones  contra  el  fallo impugnado, los cuales se despacharán en el orden  propuesto.   

        CARGO PRIMERO:   

                                Apuntalado en la causal primera  de  casación  consagrada en el artículo 368 del C. de P.C., se acusa en él la  sentencia  de  haber  infringido, indirectamente y por aplicación indebida, los  artículos  11  de  la  ley 95 de 1890 que subrogó el 1083 del C. Civil; 1740 y  1741  del  C.  Civil,  así  como el 2o. de la ley 50 de 1936, a consecuencia de  evidentes errores de hecho en la apreciación de las pruebas.   

                                Previa a la puntualización de  los  yerros  de  apreciación  probatoria,  el  casacionista trae a recordación  distintas  jurisprudencias  sobre  el  valor  de  las  atestaciones  que hace el  Notario  cuando  ante  él  se otorga el testamento, cuya invalidación sólo se  puede  obtener  mediante  prueba  irrefragable; que a ese respecto no bastan las  manifestaciones  de  los  mismos testigos instrumentales, en oposición a lo que  dicen dichas atestaciones.   

                                Igualmente,  con  cita  de las  normas  que rigen el testamento, especialmente el abierto como lo es el otorgado  por  la señora Elvia Avila Perilla, y a tono con lo dispuesto en los artículos  1070,  1072,  1074  y  1075  del  C. Civil, dice el impugnador que aquél debió  otorgarse  ante notario y tres testigos, ser presenciado en todas sus partes por  la  testadora,  unos  mismos testigos y un mismo notario, ser leído en alta voz  por  éste  estando  a  la  vista  de  dichos  testigos,  de tal manera que esas  personas  oyeran  todo  el tenor de sus disposiciones, y que debió culminar con  las  firmas  de  todos  ellos;  que  de acuerdo con lo dispuesto en el art. 1073  íb.,  hay  unas solemnidades cuya omisión no obliga bajo sanción de nulidad y  otras  que  sí;  que  la ley, en distintos preceptos, dispone que el testamento  otorgado  ante notario es un documento público y como tal se presume auténtico  y  es  indivisible la prueba que resulta de él, hace fé de su otorgamiento, de  su  fecha  y  de  las declaraciones hechas por el notario; que el artículo 1o.,  inciso  2o., de la ley 29 de 1.973 otorga plena autenticidad a lo que expresa el  notario  en  la  respectiva escritura, por lo que el testamento lleva a su favor  la  presunción de validez y de que fue extendido con el lleno de los requisitos  legales.   

                                Con referencia al testigo José  Joaquín  Martín,  el  casacionista  se  pregunta  si  para  la  anulación del  testamento  bastará  la  afirmación  de «un testigo astuto, dudosamente venal,  desmemoriado  y  dubitativo»,  que contrariamente a lo que dicen el testamento y  los   otros   testigos   instrumentales,   señala   obstinadamente   que  sólo  concurrieron  dos  de estos y no tres; agrega que al unísono el testigo Ignacio  Forero  y  la  Notaria afirman que fueron tres testigos instrumentales, mientras  que  el Tribunal, de manera contraevidente, dice que de todos los declarantes el  testigo  José  Joaquín  Martín  «es el único que no varía su declaración»,  dando  por  sentado  que el otro testigo varía la suya lo que es contrario a la  verdad;  y  que  no  se  encuentra  explicación  que justifique el proceder del  fallador  al  acoger  el dicho del testigo sospechoso y olvidadizo, frente a las  afirmaciones  del  testigo  Forero y de la Notaria, quienes dan cuenta de que se  cumplieron  las  formalidades  del  testamento  otorgado  por la señorita Elvia  Avila Perilla.     

                                Centrada  la  censura  en  los  errores  evidentes  de  hecho, antepone que declararon dentro del proceso Ofelia  Quiñones  de  Murillo,  la  Notaria, y José Joaquín Martín, Ignacio Forero y  Adriano   de   Jesús   Alfonso   Fernández,   quienes   fueron   los  testigos  testamentarios   (Fls.   346  a  364);  que  el  Tribunal  dedujo  que  el  acto  testamentario  y  su  otorgamiento no se hizo y firmó simultáneamente ante los  tres  testigos  y  que mirados en conjunto los testimonios dan la certeza de que  el  otorgamiento  no  se  hizo  en  un  solo acto. A semejantes conclusiones, el  impugnador     le    imputa    al    sentenciador    los    siguientes    yerros  fácticos:   

                                                 a)  En  cuanto  dijo  que  el  testigo  José  Joaquín  Martín  es  el único testigo que en sus varias declaraciones siempre  afirma  que  en  el  otorgamiento  del testamento solo participaron dos testigos  instrumentales  y  que  sus  afirmaciones  son  responsivas y dan la ciencia del  dicho,  cuando  la  realidad procesal muestra que el fallador pasó por alto que  el  testigo  Ignacio Forero (Fls. 246 y 247 – 356 a 359), la Notaria (Fls. 245 y  246  –  346  a 352) y el declarante Dr. Carlos Mora Roa afirmaron que en el acto  participaron  tres  testigos;  resulta  contraevidente  que  el Tribunal afirme,  entonces,  que  la  única  versión  uniforme fue la del testigo José Joaquín  Martín;   pasó   por   alto  que  estos  tres  testigos  tampoco  varían  sus  declaraciones,  de las cuales brota que el testamento se otorgó en un solo acto  y ante tres testigos.   

                                                 b)  Pasar por alto deducir, de las anotaciones  contenidas  en  la  escritura  pública  contentiva  del  testamento, que sí se  cumplieron  las  solemnidades del testamento; según describe aquel instrumento,  la  Notaria  lo  leyó,  terminada la lectura lo aprobó la testadora y luego lo  firmaron los tres testigos y la Notaria.   

                                                 c)  Al  decir  que  las declaraciones de José  Joaquín  Martín  son  responsivas,  dan  la  ciencia de su dicho, coinciden en  circunstancias  de  tiempo,  modo y lugar, son espontáneas y firmes, siendo que  son  inconsistentes  en  el  señalamiento  de  la  hora  en  que  se otorgó el  testamento  (Fls.  199,  268  y  354),  mientras  que  los  demás  testigos son  uniformes  en  decir que el acto se cumplió antes del medio día; o respecto de  quienes   firmaron  el  testamento;  ni  puede  ser  digno  de  crédito  cuando  reconoció  que  le habían prometido una casa en Garagoa si el pleito se ganaba  (Fl.  353);  ni  se puede afirmar que da la ciencia del dicho, si al final de su  declaración  afirma  que  el otro testigo testamentario era Antonio Acevedo, y,  según  la  escritura  pública,  ninguno  de los testigos tiene ese nombre (Fl.  267).   

                                                 d)  Cuando  de la sola versión de la Notaria,  concluyó  que  se  copió  previamente  el  testamento  dejando los espacios en  blanco  para  llenarlos  con  el  nombre  de  los  testigos que aun no se sabía  quienes  serían,  espacios  que se colmaron después de otorgado el testamento,  pasando  por  alto  que  los tres testigos testamentarios – en distintos apartes  que  cita  el  impugnante  -,  se refieren a que el testamento se ecribió en el  ancianato.  «Si  el  Tribunal  hubiera apreciado el texto de la propia escritura  No.  255 citada, que contiene la memoria testamentaria, había concluído que el  testamento  no  es falso, que no fue posteriormente interpolado con el nombre de  los  tres  testigos instrumentales, como ligera y equivocadamente lo declaró la  notaria,  y  que precisamente, por haber sido él escrito totalmente antes de su  lectura,   <en   la  parte  introductoria  del  mismo  aparecen  sus  nombres  relacionados  en espacio apenas suficiente para que cupieran la totalidad de las  letras que los componen y más aún la antefirma..>”.   

                                                 e)   Expone  la  censura,  además,  que  las  causas   de  nulidad  de  un testamento por carencia de solemnidades tienen  que  existir al momento de su otorgamiento y no pueden surgir con posterioridad,  como  sería el caso de la interpolación del nombre de los testigos y que si la  memoria  testamentaria  ya otorgada de manera plena, firmada por el testador, el  notario  y  los  tres  testigos,  sufre  una  interpolación,  no  por  ello  el  testamento  se tornaría nulo, pues de ese modo resultaría fácil aniquilar una  declaración de última voluntad.   

                                En conclusión, remata diciendo  el  casacionista,  «la  comisión  de  los errores que dejo expuestos, llevó al  Tribunal  a  considerar como falso y, por tanto, nulo absolutamente por falta de  algunas  solemnidades,  un testamento que no tiene vicios de forma ni de fondo»;  proceder que lo condujo a infringir las normas citadas en el cargo.   

        SE CONSIDERA:   

                                I.  El  testamento nuncupativo  otorgado  ante  Notario,  es un acto solemne por medio del cual el testador hace  sabedor  de  sus  disposiciones  a  éste  y  a los testigos; es además un acto  único  y  continuo en la medida en que debe ser presenciado en todas sus partes  por  el testador, por unos mismos testigos en número de tres y un mismo Notario  (Artículos  1070  y  1072  C.  Civil);  que  «será  leído  en alta voz por el  Notario»  y  que «Mientras el testamento se lee, estará el testador a la vista,  y  las  personas  cuya  presencia  es  necesaria,  oirán  todo  el tenor de sus  disposiciones»  (Art.  1.074  íb.);  y  que «Termina el acto por las firmas del  testador y testigos, y por la del Notario..» (Art. 1075 íb.)   

                                Dichas normas reflejan el rigor  con  que  el  legislador  quiso  rodear la expresión de la última voluntad del  testador,  para garantizar de ese modo la pureza del acto y evitar deformaciones  de  esa voluntad, hasta el punto de disponer que el «testamento solemne, abierto  o  cerrado,  en  que  se  omitiere  cualquiera  de  las  formalidades a que debe  respectivamente  sujetarse,  según  los  artículos  precedentes,  no  tendrá  valor  alguno» (Art. 1083,  modificado,por el art. 11 de la ley 95 de 1890).   

                                II.  Lo  esencial  del  asunto  estriba,  pues,  en determinar si es equivocado o no el análisis probatorio que  hizo  el  Tribunal  para concluir en la nulidad del testamento disputado, basado  en  que  este  no se otorgó en un mismo acto ni contó con la presencia de tres  testigos, sino de dos.   

                                En  esa tarea, observa la Sala  que  la  censura  enfrenta  las conclusiones fácticas a que llegó el Tribunal,  por  medio  de  un planteamiento que, de acuerdo con lo compendiado atrás de la  sentencia  impugnada  y  del  cargo  primero,  se  configura del siguiente modo:   

                                                 1).  El  Tribunal,  entre  las  declaraciones  recibidas  en  el  proceso, encuentra más razonable,  consistente  y  uniforme  la versión dada en distintas ocasiones por el testigo  instrumental  y  del  proceso,  señor  José  Joaquín Martín, en vista de que  invariablemente  siempre  se refirió a la presencia de sólo dos testigos en el  acto  de  otorgamiento del testamento de la señorita Elvia Avila Perilla.   Descarta,  por  contradictoria,  la  declaración  del  señor Adriano de Jesús  Alfonso  Fernández, también testigo instrumental y del proceso, a raíz de que  en  una  ocasión  se  refirió  a la presencia de dos testigos testamentarios y  luego de tres; y concluye diciendo que:   

                                                 «Mirados   en  conjunto  los  testimonios  al  valorarlos,  se  obtiene  la certeza de que en el punto principal por demostrar,  cual  es  el que el otorgamiento del testamento no se hizo en un solo acto, dado  que  se repite, los testigos no estuvieron todos presentes en el acto mismo y no  era  posible  que, como quiere expresarlo la depositaria de la fe pública, este  quedara  legalizado  cuando todos firmaron, primero porque el único testigo que  no  varía  la  esencia  de  su declaración en las tres oportunidades que se le  llamó,  siempre  afirma  que solo estuvieron dos testigos; sus afirmaciones son  responsivas,  dan  la  ciencia  de  su  dicho,  mostrando  coincidencia  en  las  circunstancias  de  modo, tiempo y lugar y por sobre todo la expontaneidad (sic)  con  que se actúa, dada su condición de campesino de la región. La mácula de  que  se  valió el apoderado de la parte demandada para desecharlo, así como el  A-  quo,  no  aparece probada y por el contrario, el mismo declarante explica el  por  qué  y  la  interpretación  de sus palabras. Es que no es usual que en el  devenir  de  un  proceso  se le llame tantas veces a un testigo, no a ampliar su  declaración,  sino  siempre con el mismo objeto como ocurrió en el subjudíce.  Al  paso  que  el  perfil  de  la declaración de la señora Notaria, si muestra  cierta  imparcialidad  (sic)  en  lo  que  tiene  que  ver  con  la  defensa del  instrumento  público, pues quien más si no ella, es la más llamada a mantener  la  presunción  de  que  está  investido el documento, pero en su afán olvida  detalles  circunstanciales  que  sí  trascienden  y  son  definitivos  para  la  resolución  del  conflicto  que nos ocupa»; y un poco más adelante el fallador  añade,  en  relación  con  la versión dada por Adriano de Jesús Alfonso, que  «Para  la  Sala  este  testigo  en  alguna de las dos oportunidades que declaró  miente  en  el  punto  específico  de  la  firma  y  número  de  testigos  que  presenciaron  la  celebración  del  plurimentado  testamento, razón suficiente  para   descartarlo  definitivamente».   Ya  antes  también  había  citado  apartes  de  las  declaraciones  rendidas  por la Notaria e Ignacio Forero, este  último quien figura igualmente como testigo instrumental.   

                                                 2).  Por su parte,  la  censura  centra  su  análisis  en  la  crítica del dicho de José Joaquín  Martín,  en relación con los demás testimonios, aunque sin hacer referencia a  la  contradicción  que  el  Tribunal hallara en el de Adriano de Jesús Alfonso  Fernández;   de   aquel   dice   que  se  le  dio  crédito  siendo  dudoso  su  proceder.    

                                                 Le   imputa   yerro   al   sentenciador   por  considerarlo  como  el  único declarante que en sus varias exposiciones siempre  afirma  que  en  el  otorgamiento del testamento sólo participaron dos testigos  instrumentales  y  que  su  afirmaciones  son  responsivas  y dan la ciencia del  dicho,  cuando  la  realidad procesal muestra que el fallador pasó por alto que  Ignacio  Forero (Fls. 246 y 247 – 356 a 359), la Notaria (Fls. 245 y 246 – 346 a  352)  y  el declarante Dr. Carlos Mora Roa afirmaron que en el acto participaron  tres  testigos;  resulta  contraevidente  que  el  Tribunal  estime  como única  versión  uniforme  la de José Joaquín Martín; no vio que estas tres personas  tampoco  variaron  sus  declaraciones,  de las cuales surge que el testamento se  otorgó en un solo acto y ante tres testigos.   

                               Igualmente le imputa al fallador  error  de hecho por no haber deducido, de las anotaciones hechas en la escritura  pública  contentiva  del testamento, que sí se cumplieron las solemnidades del  testamento;  según  describe  aquel  instrumento,  la  Notaria lo leyó, siendo  aprobado  por  la  testadora  y  luego  lo  firmaron  los  tres  testigos  y  la  Notaria.   

                               III. De la confrontación de las  dos  posiciones resulta claramente que el Tribunal apuntala sus decisiones en el  mérito  que  le  otorga  al  testimonio de Joaquín Martín, quien en verdad se  refirió  siempre  a  la comparecencia de dos testigos instrumentales en el acto  de   otorgamiento   del   testamento,   reforzando   su   convicción   ante  la  contradicción   que  le  atribuye  al  declarante  Adriano  de  Jesús  Alfonso  Fernández  y  las  inconsistencias  del  dicho  de  la Notaria, en frente de lo  consignado  en  la escritura pública contentiva del testamento; y el impugnante  objeta  el  fallo  recurrido  al  amparo  de la crítica del testimonio de José  Joaquín  Martín,  particularmente  en  aspectos circunstanciales distintos del  señalamiento   que   hizo   el   declarante   sobre   el  número  de  testigos  comparecientes;  además,  resalta  lo  expresado  en  la escritura pública, le  resta  importancia  a las inconsistencias visibles en la versión rendida por la  Notaria  y hace ver cómo lo declarado por Ignacio Forero no fue considerado por  el  ad quem. De otro lado,  soslaya  en  el cargo propuesto, la contradicción a que se refiere la sentencia  impugnada  respecto  del  dicho de Adriano de Jesús Alfonso Fernández por cuya  causa el fallador le dio mérito al testigo José Joaquín Martín.   

                                IV. Es patente, entonces, cómo  el  casacionista  se  esfuerza  en  hacer  un  análisis probatorio distinto del  efectuado  por  el  Tribunal, abordándolo de una manera tan prolija y detallada  que  al  mismo  tiempo  muestra  que,  de  existir  los  errores de apreciación  probatoria  que  le  adjudica  al ad quem, estos no serían manifiestos.   

                                En ese orden de ideas, no puede  la  Corte  prohijar los razonamientos del censor por sobre los del sentenciador,  por  juiciosos  que  aquellos  parezcan,  si  se  tiene  en  cuenta que el fallo  impugnado  llega al recurso de casación amparado con la presunción de acierto,  la  cual  únicamente se desvanece si el impugnante demuestra de modo fehaciente  y  palmario,  que  el Tribunal incurrió en yerros de hecho en la valoración de  las  pruebas  y  que  a  consecuencia  de  los  mismos  el fallo acusado resulta  contrario a derecho.   

                                En este caso, no se percibe que  el  sentenciador, en la tarea evaluativa de los distintos medios de prueba, haya  obrado  de  modo  arbitrario  o  con  desvío  que  configure  falacia, al haber  afirmado  que  el  declarante  José  Joaquín  Martín siempre se refirió a la  presencia  de  solo  dos  testigos  en el acto de otorgamiento del testamento en  cuestión,  o  al  aseverar que no existe sospecha que afecte la credibilidad de  este  testimonio,  o  al  hallar  contradictorias  las distintas versiones dadas  sobre  el  mismo  punto por el testigo Adriano de Jesús Alfonso, o al encontrar  inconsistencias  en  aspectos circunstanciales de dicho otorgamiento visibles en  la  declaración  de  la  Notaria,  opuestas  a  lo  mostrado  en  la  escritura  contentiva   de   la   memoria  testamentaria,  o  al  otorgarle  mayor  mérito  demostrativo  a  la  declaración  de José Joaquín Martín que a la de Ignacio  Forero  y  a  la  del  Dr.  Carlos  Mora  y  de  todo  ello  concluir, como hizo  el   ad quem, que si  solo  comparecieron  dos  testigos  y aparecen firmando tres, fue porque el acto  testamentario no se realizó en un único y continuado acto.   

                                V.- Visto lo anterior y siendo  que   la  sentencia  impugnada  llega  a  la  Corte,  insístese,  amparada  por  presunción  de  acierto,  preciso  es entonces concluir que no resulta bastante  para  obtener  su  aniquilamiento,  oponer  al  análisis  fáctico y probatorio  efectuado  por  el  Tribunal el propio razonamiento del censor, así éste pueda  ser  atendible,  puesto  que  mientras  no  exista la demostración fehaciente y  palmaria  de  los yerros a que se contrae el cargo, ni aflore como arbitrario el  proceder del sentenciador, el fallo acusado deberá mantenerse.   

                                “Si márgenes de duda -tiene  dicho  esta Corporación-, permitieran a la Corte sustituir con otro el criterio  adoptado  por  el  sentenciador  de  instancia  en  la apreciación del material  probatorio,  entonces  se desfiguraría el recurso de casación para tornarse en  una  instancia  más  del  proceso.  No  es a la Corte, sino a los juzgadores de  instancia,  a  quienes  la  ley  ha confiado la ponderosa tarea de decidir sobre  todos  los extremos del litigio, apreciando con tal propósito la integridad del  material   probatorio  y  concediendo  o  negando  a  cada  medio  el  valor  de  persuasión  de  que  los  encuentran  investidos.  La Corte, cuando actúa como  Tribunal  de  casación  sólo puede entender en los temas que le  proponga  el  recurrente  y  únicamente  puede  modificar las apreciaciones del fallador,  atinentes  a  puntos  de  hecho,  cuando  formulado  un ataque en esa órbita se  demuestra  la  comisión de error trascendente que aparezca de manifiesto en los  autos,  es  decir,  yerro que emerja con esplendor bajo la sola circunstancia de  su  enunciación.  De  modo pues que las conclusiones de la sentencia recurrida,  mientras  no sean radicalmente contrarias a la lógica o contradigan la realidad  procesal,   se  imponen  a  la  Corte.  Tal  la  razón  para  que  la  doctrina  jurisprudencial  haya dicho reiteradamente que para los juicios del sentenciador  de  instancia  no  admitan  censura  en  casación,  basta  que  no degeneren en  arbitrariedad,  por  situarse  ostensiblemente afuera del sentido común, aunque  se  pueda  organizar  otro  análisis  de los medios probatorios más profundo y  sutil,  más  severo,   más lógico o de mayor juridicidad en sentir de la  crítica  o  de  la misma Corte. Y aún en el evento de que un nuevo estudio del  haz  probatorio  produjera vacilaciones más o menos intensas sobre el acierto o  desatino  del  sentenciador  en las conclusiones fácticas, mientras no aparezca  que  existe  contraevidencia,  es  obvio  que la ruptura del fallo acusado sólo  podría   fundarse   en   la   certeza   y   no   en  la  duda  (T.  107.  Pág.  277)”.   

                                Y en sentencia del 14 de julio  de 1975, enseñó:   

                                 “Siendo  extraordinario  el  recurso  de  casación y no constituyendo una tercera instancia, es claro que no  basta  en  este  recurso  como  sí  se puede en las instancias que le preceden,  ensayar  simplemente  por  el  impugnador un análisis de la prueba distinto del  que  hizo  el Tribunal para contraponerlo al de éste. No es suficiente hacer un  examen,  como lo ha dicho la Corte, más profundo o mas sutil, para que se pueda  lograr   la   modificación   de   las   apreciaciones   que   el   ad  quem haya hecho en su sentencia, Si  el  tema  de  discusión  en  el recurso extraordinario no es el planteado en la  demanda  o en las defensas del demandado, sino la propia sentencia recurrida; si  ésta  llega a la Corte amparada por la presunción de acierto relativa a que el  fallador  atinó  tanto  en la apreciación de los hechos como en la aplicación  del  derecho,  es  diáfano  que  para  casar  el  fallo  con  base  en  que  el  sentenciador  cometió  un  yerro  fáctico,  éste  tiene  que estar demostrado  plenamente,  debe  estar  acreditado en forma cabal pues no puede fundarse en la  duda  sino en la certeza. De otro lado, como las conclusiones a que, en el campo  de  los  hechos haya llegado el Tribunal son intocables por la Corte mientras no  se   compruebe   que   se   deban   a   arbitrarios  procedimientos  suyos  o  a  contraevidencias,  a yerros que aparezcan de modo manifiesto o palmario, resulta  que,  como  está  expresado ya, aunque la Corte encontrara que es más ajustado  al  material  probatorio  el  examen que de la prueba haga el recurrente, no por  ello  puede  aniquilar  el fallo, pues mientras no se demuestre la arbitrariedad  del  Tribunal,  un  mejor  razonamiento  del censor no es suficiente para que la  Corte     pueda     desconocer     las     conclusiones    de    la    sentencia  recurrida”.   

                                  VI.  Por  último,  importa  relievar  que  fue  base  fundamental  del fallo impugnado el análisis crítico  cumplido  respecto  del testimonio de Adriano de Jesús Alfonso Fernández, dado  que  confrontó  su  dicho  en  dos  ocasiones  para  hallarlo  contradictorio y  mentiroso,  en  referencia  al número de testigos actuantes en el  acto de  otorgamiento  del  testamento;  además, el Tribunal se inclinó, a raíz de ese  motivo,  por  darle  mérito  y  credibilidad  al  testimonio  de José Joaquín  Martín.  Empero,  la  censura  no combate esa apreciación probatoria, proceder  que se traduce en que el cargo resulta incompleto.   

                                  En  consecuencia,  no  puede  prosperar.   

        CARGO SEGUNDO:   

                                También  dentro              de  la  órbita  de  la  causal  primera de casación, se acusa el fallo del Tribunal de  haber  infringido, indirectamente y por el concepto de aplicación indebida, los  artículos  1.740  y 1741 del C. Civil, 2o. de la ley 50 de 1.936 y 11 de la ley  95  de  1.890,  y,  como  infracción  medio, los artículos 1o. de la ley 29 de  1.973,  174,  176,  187,  251 (inc. 3o.), 252, 258 y 264 del C. de Procedimiento  Civil,  a  consecuencia  de  los  errores  de  derecho  en la valoración de las  pruebas.   

                               En la sustentación del cargo se  dice  que  el  ad  quem,  cometiendo  error  de  derecho  «le  dió  (sic) a las  declaraciones  de  José Joaquín Martín y Ofelia Quiñones de Murillo un valor  de  que carecen en este caso, y le quitó valor probatorio que la ley le concede  a  la escritura pública No. 255 corrida ante el notario de Garagoa el 5 de Mayo  de  1.988  (visible  a  folios  8  y  9  del  cuaderno  1o.),  en  cuanto  a las  declaraciones  que  allí  consignó  el Notario,instrumento público aquél que  contiene  el  testamento  nuncupativo  de  la  señorita Elvia Avila Perilla; le  negó  a  esa  escritura pública, en el punto expresado, la plena fuerza de los  documentos  públicos, de los instrumentos auténticos, (art. 264 del C.P.C.), y  no  le  concedió  mérito  demostrativo  que,  según  el  inciso  segundo  del  artículo  1o.  de  la  ley  29  de  1.973,  tiene  esa escritura en cuanto a lo  expresado  en  ella  por el notario respecto de los hechos percibidos por él en  ejercicio  de  sus  funciones notariales en el otorgamiento de testamento…Así  mismo  desconoció el valor probatorio que esa escritura No. 255, a tono con los  artículos  251,  252,  258 y 264 del C. de P. Civil y 1o. de la ley 29 de 1.973  tiene  como  documento  auténtico  o  público,  que  hace  fe  de su    otorgamiento,   de   su   fecha  y   de  las declaraciones que en éllos haga el  funcionario  que  lo autoriza, es decir el notario de  Garagoa, en la especie de esta litis.   

                               «No obstante que en el cuerpo de  la  mencionada  escritura  No.  255,  expresa  la  notaria  que ante élla y los  testigos  Adriano  de Jesús Alfonso Fernández, Ignacio Forero y José Joaquín  Martín,   compareció  Elvia  Avila  Perilla  y  otorgó  el  testamento  allí  contenido,  el  que  después de leído y aprobado fue firmado por la testadora,  los  tres  testigos  instrumentales antes mencionados y la notaria, el Tribunal,  apoyado  en  la  dudosa declaración de José Joaquín Martín, concluyó que el  testamento  no  fue  otorgado  ante  tres  testigos, sino solo ante dos y que su  otorgamiento  no fué en un solo acto, pues la notaria, señora Ofelia Quiñones  de  Murillo,  contrariamente  a  lo que ostenta ese documento público, declaró  que  el  nombre  de  los  tres  testigos  que firmaron, se escribió después de  otorgado  el testamento, llenando así dizque los espacios que se habían dejado  al efecto».   

                                Insiste  el  impugnante  en la  doctrina  contenida en la sentencia de la Corte dictada el  30 de noviembre  de  1.955,  relativa  a que «no basta que los testigos afirmen que no conocen el  interior  de  la  morada  donde fue otorgado el testamento, o simplemente que no  estuvieron  allí,  y  aún  más:  que  no  firmaron, porque entre lo que dicen  éllos  y aquello de que da fe el Notario, se debe estar a lo último, ya que en  este  funcionario  deposita la ley la fé (sic) pública respecto de los actos y  contratos  que  frente a él pasan..», para decir que los errores de derecho que  denuncia  cometidos  por  el Tribunal al negarle al testamento, como instrumento  público,  la  fuerza  plena  que  le  da la ley (artículos 1o. de la ley 29 de  1.973  y  264 del C. de P.C.) respecto de su otorgamiento y de las declaraciones  consignadas  en  él, y al concederle al dicho de José Joaquín Martín y de la  Notaria,  un  valor probatorio del cual carecen para destruir la fe pública del  testamento,  llevaron  al  Tribunal  a quebrantar los preceptos señalados en el  cargo  propuesto, toda vez que declaró la nulidad absoluta de un testamento que  no  ostenta ningún vicio y cuya validez se presume por haber sido otorgado ante  Notario.   

                                Depreca de ese modo la quiebra  total  del fallo impugnado a fin de que la Corte, en sede de instancia, confirme  la  sentencia  absolutoria que había proferido el a-  quo.   

        SE CONSIDERA:   

                               I. El artículo 1083 del Código  Civil,  modificado  por  el  artículo 11 de la ley 95 de 1890, determina que el  testamento  solemne  en  el  cual  se  omitiere  cualquiera  de las formalidades  prescritas    en   la   ley   «no   tendrá   valor  alguno»;  la  sanción en ese caso se traduce, pues,  en  la  nulidad del acto testamentario, la que debe ser declarada judicialmente.   

                                Si  precisamente la acción de  nulidad  se apoya, como en este caso, en que la escritura pública contentiva de  la  memoria  testamentaria no se otorgó en un acto único y continuo, ni con la  presencia  del  número  de  testigos  que  exige  la  ley,  a  pesar de que las  respectivas  atestaciones notariales digan lo contrario, es indispensable que el  demandante  asuma la carga procesal de probar esos hechos, y, en cumplimiento de  tal  cometido,  se  halla  habilitado  para  acudir  a  cualquier  otro medio de  convicción que sea admisible y eficaz para ese propósito.   

                                II.  De  otro   modo,  se  llegaría  al  absurdo  de  que  jamás  podría  alegarse  vicio  que afecte el  testamento  contenido  en escritura pública, si esta en apariencia no ofreciere  duda  alguna sobre el cumplimiento de las solemnidades propias de dicho acto; de  seguirse  ese  criterio,  ningún  otro  medio  de  prueba  cabría  contra  las  atestaciones  notariales,  no obstante que aquellas formalidades hubieran podido  ser desatendidas.   

                                En verdad, se presumen ciertas  las  manifestaciones  del  Notario contenidas en el instrumento sobre la fecha y  lugar  de otorgamiento de la escritura pública y la comparecencia de las partes  o  de  los  testigos, mas ello es sin perjuicio de que se pueda demostrar que no  corresponden  a  lo  realmente  sucedido  en la celebración del respectivo acto  jurídico.   

                                III.  Conviene  recordar en el  punto,  lo  que  dijo  la  Corte  en  caso  y  acusación  semejante  a  los  de  ahora:   

                                                 << El Código de Procedimiento Civil que  hoy  rige  modificó  sustancialmente  lo  que concierne a la estimación de las  probanzas  en  el  proceso, pues faculta al juzgador para apreciar los distintos  medios  persuasivos  producidos dentro de la actuación «en conjunto, de acuerdo  con  las  reglas de la sana crítica» (artículo 187 C. de P.C.); lo que permite  un  mejor  examen  de  la situación y un análisis más de fondo de todo lo que  conduzca  al  conocimiento de los hechos o a su mejor representación; claro que  ello  debe  hacerse, como también lo manda la misma norma de procedimiento, sin  perjuicio   de  las  solemnidades  prescritas  en  la  ley  sustancial  para  la  existencia o validez de ciertos actos.   

                                                 «Es cierto que de conformidad con el artículo  264  del  C. de P.C. los documentos públicos hacen fe de su otorgamiento, de su  fecha  y de las declaraciones que en ellos haga el funcionario que los autoriza,  pero  este precepto, desde ningún punto de vista, impide que dentro del proceso  civil  pueda  demostrarse  lo  contrario  y  que  tal demostración se logre por  diversos  medios  persuasivos,  como acontece en el caso presente en donde se da  la  singular  situación  en que los mismo testigos instrumentales sostienen que  el  testador no firmó el testamento en presencia de ellos, ni éstos escucharon  la  lectura  del  mencionado  acto,  ni  estaban  presentes cuando el testador y  notario suscribieron el testamento.   

                                                 «La  presunción  de  validez  del  testamento  otorgado  ante  Notario,  es susceptible de ser desvirtuada y, claro está, como  advierte  la  doctrina,  que  ello  no  puede  acontecer  sino  con  prueba  que  ciertamente  demuestre  lo  contrario de lo considerado en el documento notarial  >> (G. J. CLXXXVIII, p. 290).   

                                 IV.  En  tal  virtud,  no  se  configura  el  error  de  derecho  que  la  censura le enrostra al sentenciador,  puesto  que  al  haberle  negado  al  testamento,  como instrumento público, la  fuerza  probatoria  en  los  términos  indicados  en el cargo, no se infringió  ninguna  norma  de  carácter  probatorio;  como  se  anotó,  la presunción de  validez  de  la  escritura  pública  en  que se otorgó el testamento objeto de  litigio,   admite   prueba  en  contrario  y  para  el  efecto  existe  libertad  probatoria.   

                                El segundo cargo, pues, tampoco  puede prosperar.   

        DECISION:   

                                En  mérito de lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de Casación Civil Y Agraria, administrando  justicia  en  nombre de la República y  por  autoridad  de   la       ley,      NO      CASA   la  sentencia  dictada por la Sala de Familia del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Santafé  de  Bogotá,  fechada  el 18 de  diciembre  de  1992,  dentro del proceso ordinario que adelantó  el señor  ANTONIO     JOSE     AVILA    PERILLA  en  frente de DELIA COLMENARES, MARIA  INES  AVILA  MACIAS,  HOGAR INFANTIL COMUNITARIO DE GARAGOA, CENTRO DE BIENESTAR  DEL  ANCIANO  JUAN  XXIII  DE  GARAGOA  Y  LA  SOCIEDAD  SAN  VICENTE DE PAUL DE  GARAGOA y otros.   

                                  Costas  en  el  recurso  de  casación, a cargo de los impugnantes. Tásense.   

NICOLAS BECHARA SIMANCAS  

JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

CARLOS ESTEBAN JARAMILLO SCHLOSS  

Referencia: Expediente No. 4486  

PEDRO LAFONT PIANETTA  

RAFAEL ROMERO SIERRA  

JORGE SANTOS BALLESTEROS  

    

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