SC 033 2005 [7095]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-033-2005 [7095]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá  D.C., catorce (14) de febrero de dos  mil cinco (2005).   

Referencia:  Expediente  número 7095.   

                             Decide la Corte los recursos de casación  interpuestos  por  las  partes  contra  la  sentencia  de  2 de octubre de 1997,  proferida  por  la  Sala  Civil  del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Medellín,  dentro  del  proceso  ordinario  instaurado por Confecciones Stephan  Limitada   frente  a  la  sociedad  Circle  Freight  International  de  Colombia  Limitada.   

I. ANTECEDENTES  

1.            La demandante convocó a juicio ordinario  a  la demandada para que contra ésta se profiriera sentencia con las siguientes  declaraciones y condenas:   

“1.-          Declárese que la sociedad CIRCLE FREIGHT  INTERNATIONAL  DE  COLOMBIA  LTDA.  es  contractualmente  responsable  frente  a  CONFECCIONES  STEPHAN  LTDA.  por  haber  incumplido su obligación derivada del  contrato  de  Comisión  de  Transporte que celebró con esta última, en cuanto  nunca  entregó al destinatario  acordado, en el lugar de destino, es decir  el  muelle  Cocosolo,  en  la ciudad de Colón, en Panamá”, la mercancía que  era objeto del contrato, ni la devolvió a la demandante.   

“3.-          Condénese  adicionalmente a la sociedad  demandada  a  pagar  a la sociedad demandante, por concepto de lucro cesante, la  suma  de  cincuenta y cuatro millones setecientos ochenta y cinco mil quinientos  cincuenta  pesos   ($ 54.785.550.oo), suma correspondiente al 25% del valor  que  tenía  la  mercancía  en  la  época  en  que  se celebró el contrato de  comisión de transporte.”   

“4.-          Corríjase monetariamente el valor de las  condenas  solicitadas  en las peticiones 2 y 3 anteriores, teniendo en cuenta la  pérdida  del valor adquisitivo de la moneda que ocurra entre la fecha en que se  celebró  el  contrato de comisión de transporte y la fecha en que la demandada  pague el valor de dichas condenas.”   

“5.-          Sobre  el  valor  de la condena a que se  refiere  la  petición  4  anterior,  condénese  a  la  demandada  al  pago  de  intereses, para ser liquidados durante ese mismo período.”   

2.    Son  fundamentos  de  las  pretensiones  anteriores,  los  hechos que seguidamente se  compendian:   

a) El 28 de enero de  1993  la  demandada, obrando por intermedio de su agencia en Medellín, celebró  un  contrato  de  comisión  de  transporte con la actora, en virtud del cual se  obligó  a hacer transportar desde aquella ciudad hasta el muelle de Cocosolo en  Colón,    República    de    Panamá,   una   mercancía   de   propiedad   de  ésta.   

b)  En  la  misma  fecha,  Circle  Freight  International  de  Colombia  Limitada,  a través de su  gerente  Luz  Marina  Moreno,  recibió  aquellos  bienes para ser transportados  conforme  al  contrato de comisión de transporte, la que personalmente dirigió  la  labor  de empaque de 167 cajas que los contenían, las que fueron puestas en  el  contenedor  ICSU-493235, y que así salieron en un camión contratado por la  misma.   

La  accionante  entregó  a  la demandada la  lista  que  especificaba el contenido de las cajas y copias de los documentos de  remisión  números  3207, 3208, 3209 y 3210 y copia de las facturas comerciales  números  2459,  2460 y 2461, a cargo del comprador de la mercancía, en las que  se  especificaba el valor de la misma. Luz Marina Moreno firmó una carta en esa  misma fecha en señal de haber recibido tales documentos.   

c)  En el contrato  acordaron  que  el  comisionista asumía la obligación de hacer transportar los  bienes  hasta  el  punto  final de su destino y a hacerla entregar a la sociedad  Kamally    Import    Export    S.    A.,   representada   por   Jose   Fadlallah  Cheaitelly.   

d)  La  demandada  nunca  cumplió  su  obligación  de  entregar  la  mercancía  en  el puerto de  Cocosolo  de  Colón,  República  de  Panamá,  al destinatario acordado, ni la  devolvió a la demandante.   

e) Las mercaderías  entregadas  por  Confecciones Stephan Limitada a Circle Freight International de  Colombia  Limitada  se  identifican  en  los  documentos que fueron dados por el  comitente  al  comisionista,  y  tenían   en la época de celebración del  contrato  un  valor de  USA$292.189,60,     suma     que    en    la    misma    época    equivalía    a  $219’142.200.   

   

3.  Notificada  la  demandada,  dio oportuna respuesta en el sentido de oponerse a las pretensiones;  en  cuanto  a  los  supuestos  de  facto,  negó  los  primeros  cinco y dijo no  constarle   el   último.   Propuso   las   excepciones   que   denominó   como  “inexistencia   del   supuesto   contrato   de   comisión  de  transporte”,  “cumplimiento   del  objeto  del  contrato  alegado  por  el  demandante”  e  “inexistencia  de la pérdida de la mercancía”. Finca la primera, en que la  demandada  decidió  el medio de transporte de su preferencia, a pesar de que la  vía  aérea era más rápida y económica, autorizó a la empresa de transporte  terrestre  TDM  Transportes  S. A.  para retirar de los patios de Almadelco  el   “container”,  hizo  entrega  de  la  mercancía  a  tal  transportador,  contrató  con  la  Compañía  Suramericana  de  Seguros el transporte hasta el  destino   final   y   dio  a  la  demanda  los  documentos  que  presumiblemente  correspondían  a  los  bienes  que  entregó  a aquella transportadora para ser  enviados  a  Cartagena  con  el  fin  de  adelantar  los trámites aduaneros. La  segunda  la  hizo  consistir  en  que,  en  el  hipotético  caso  de aceptar la  existencia  del contrato de comisión de transporte, la mercancía fue entregada  al  destinatario  y  con  intervención  de  éste llegó a su destino final; en  Cartagena   las   mercaderías   se   entregaron   a   la   sociedad   Traslados  Internacionales  de  Cartagena  y  fueron  movilizadas  en el vapor Lontue de la  naviera  C.S.A.V  Chilean  Lines,  representada por Navemar; en el puerto de San  Cristóbal  de  Panamá,  fueron  recibidas  por Circle Freight International de  Panamá,  sociedad  que  es  distinta  de  la demandada; ésta notificó a José  Fadlallah  Cheaitelly,  representante  de  Kamally  Import Export S. A., la cual  ordenó  el  traslado a la zona libre de Colón y de allí enviada a Cocosolo, a  la  bodega  Ferca International S. A.; esa sociedad de Panamá, por cuenta de la  destinataria  y  para  ésta,  las  reembarcó  con  destino a Bahía Portete en  Colombia.   Agrega   que  la demandante carece de título para ejercer  una  acción  contra  la demandada porque no hubo pérdida de las cosas, pues el  representante  del  destinatario ordenó su traslado a zona libre de Colón para  que  allí  fuera  inspeccionada  por  las autoridades, reempacada, enviada a la  bodega   Ferca   Int.  S.  A.  en  el  muelle  Cocosolo  y  exportada  a  Bahía  Portete.   

En  el  curso  del  proceso  se  admitió la  intervención  adhesiva litisconsorcial de la Compañía Suramericana de Seguros  S.   A,   como   subrogataria   legal   de   la  actora.       

4.           Mediante            sentencia  proferida   el  7  de  abril  de 1997 por el Juzgado  Cuarto  Civil  del  Circuito  Especializado  de  Medellín  culminó  la primera  instancia,   en   la   que  se  declaró  a  la  demandada  responsable  por  el  incumplimiento   del  contrato  de  comisión  de  transporte  acordado  con  la  accionante,  para  condenarla  a   pagar  $204.532.720, con sus respectivos  intereses  moratorios  al doble del bancario corriente, si no se hiciere el pago  a   la  ejecutoria  de  la  sentencia;  y  tras  desestimar  los  demás  rubros  pretendidos,   reconoció a Suramericana de Seguros S. A., su condición de  subrogataria   legal,  hasta  el  monto  de  $110´000.000  con  respecto  a  la  indemnización  tasada   a  favor  de  Confecciones Stephan Limitada.    

5.  El Tribunal le  puso  fin  a  la  alzada  mediante  fallo  de  2  de  octubre de 1997, en el que  confirmó  el  de primera instancia en cuanto estimó la pretensión incoada por  la  demandante  y  la  reformó  en  el siguiente sentido:  la adicionó al  precisar   que    “su  cuantía    asciende    a    $94.532.720,    cuyo    valor    actual    es    de  $137.488.387”; le impuso a  la  demandada  la obligación de pagarle a la accionante la suma de $23´133.180  por  concepto  de indemnización de perjuicios en la modalidad de lucro cesante;  le  reconoció  a  la  interviniente  la pretensión incoada contra demandante y  demandada,  alrededor  de  lo  cual  dispuso  que  ésta  debía restituirle los  $110´000.000  que  aquélla  le pagó a la accionante; le impuso a Confecciones  Stefhan  la  carga  de  cubrir  las  costas procesales de ambas instancias; y se  abstuvo   de  condenar  en  costas “por   la  apelación  para  demandante  e  interviniente”(fl.48vto.).   

   

                             La  parte  actora   solicitó   corrección  del fallo, la cual se decidió con sentencia complementaria de 5 de  noviembre    de    1997,    en    la    que   se   dispuso:    “ADICIONA  la  sentencia anterior, en el  sentido  de concretar la suma de $27.500.000, por lucro cesante y sobre la cifra  pagada  por el interviniente ad-excludendum,  para  un  total  de $51.133.180, por dicho concepto; cantidad que  ahora  asciende  a  $ 88.312.155, siendo que aquélla se pagará con corrección  monetaria  entre la fecha de la sentencia $23.633.180 y de esta complementaria $  27.500.000.  y hasta cuando se pague, calculando para el  efecto el 36,36 %  anual;     igualmente,    la    ADICIONA  disponiendo  que,  el  valor  de  la  mercancía  se  pague con la  devaluación  monetaria  producida  entre  esta  época  y  la  de cumplimiento;  CORRIGE los errores en que se  incurrió  por alteración de la palabra demandante por demandada, parte ésta a  la  que corresponde el pago de las costas causadas al interviniente ad  excludemndum; y por cambio de la cifra  6  por  1,  siendo  que  la  cantidad  parcialmente  deducida  por lucro cesante  equivale  a $ 23.633.180 y no a $ 23.133.180, como se transcribió; DENIEGA    las    demás    correcciones  pedidas.”(fls.60vto   y  61).       

La   misma  parte  solicitó  correcciones  aritméticas  de la sentencia inicial y de la complementaria, petición denegada  mediante providencia de 5 de diciembre de 1997.   

          II. LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL   

                               

1. Con fundamento en  los  artículos  1494, 1495, 1602, 1626, 1627, 1645 y 1648 del Código Civil, el  sentenciador  comienza  por  precisar  que  todo  contrato  legalmente celebrado  produce   vínculo  jurídico  que  no  puede  ser  destruído  sino  por  mutuo  consentimiento  o  por  causas  legales,  lo  que  comporta  unas  consecuencias  jurídicas  tales  como la generación de obligaciones, que es lo que constituye  el  objeto, en orden a lo cual expresa que  uno y otro colocan al deudor en  la  necesidad  jurídica  de  cumplir, de buena fe, la prestación materia de la  correspondiente  obligación  cuando  ésta  sea  exigible,  en el lugar y de la  manera estipulados.   

Asimismo,  expresó  que  de  acuerdo con lo  dispuesto  en  los  artículos  1604,  1605  y  1606  del mencionado Código, la  obligación  de  entregar  cuerpo  cierto  conlleva  la  de conservarlo hasta su  entrega  e  impone  la  necesidad  de  emplear en su custodia el debido cuidado,  según a quien beneficie el contrato.   

El  perecimiento, destrucción, ausencia del  comercio,  desaparecimiento o ignorancia de la existencia de la cosa, provoca el  incumplimiento  que es igual al hecho ilícito, dice el tribunal, de donde surge  la   legitimación   o   interés   jurídico  del  acreedor  para  reclamar  el  cumplimiento  coactivo  y por equivalencia, cambio de la prestación de entregar  la  cosa  por  la  de  pagar  su  precio, efecto primordial de las obligaciones,  además  de la indemnización de los perjuicios moratorios que es el secundario;  pero  ello,  prosigue,  sólo  resulta  una  vez estructurada la responsabilidad  civil  en  su  correlación con el hecho ilícito de la culpa que se presume por  el   supuesto   del  incumplimiento;  esta  presunción  se  destruye  única  y  exclusivamente  con  la  prueba del caso fortuito, no obstante la observancia de  diligencia  y  cuidado, en orden a lo cual cita los artículos 1604, inciso 3º,  1610,  1729,  1730,  1731 del Código Civil y 1º de la ley 95 de 1890; y no sin  antes  mencionar  el  artículo  1738  de aquella codificación, añade que esta  culpa  se  extiende a la de las personas respecto de las cuales incumbe deber de  selección y vigilancia.   

2. Esta declaración  de  principios  generales  sirve de preámbulo al tribunal para adentrarse en el  caso  concreto,  y  lo hace precisando inicialmente que, conforme al certificado  de  la  Cámara de Comercio de Medellín, el objeto social de la demandada está  constituido,  entre  otros,  por la realización de actividades de transporte de  carga,  tales  como  la  consecución  de  cupos  y  tramitación de procesos de  nacionalización  en  el  exterior.  En  desarrollo  del objeto social descrito,  prosigue,  recibió  de la demandante una mercancía para ser transportada hasta  Panamá;  llegada  la misma por carretera a Cartagena, celebró contrato para su  traslado,  vía  marítima,  al puerto de Cristóbal, donde la recibiría Circle  Freight  International  de  Panamá S. A., encargada de transportarla a su vez a  la  zona  libre  de Colón, muelle de Cocosolo Norte, bodega Ferca International  S.  A.,  a  donde arribó en marzo 19 siguiente, lo cual se prueba con  los  documentos  visibles  a  folios  70,  71,  74,  75, 76, 78, 79 y 82 del cuaderno  principal,  aportados  por  la  demandada,  aspectos sobre los que en sentir del  ad    quem   no   existe  controversia.   

   El conflicto lo origina, según  sostiene,  el  hecho  de  no  haber cumplido  la sociedad última citada su  encargo  de  entregar  la  carga al destinatario Kamally Import Export o a José  Fadlallad  Cheaitelly,  en  aquella  zona  libre;  este  incumplimiento, como lo  prevé  el  artículo 177, inciso 2º, del Código de Procedimiento Civil, es un  hecho   negativo   indefinido   propuesto  por  la  demandante  para  apoyar  su  pretensión  de  cumplimiento  por equivalencia y traslada de este modo la carga  de la prueba a la  demandada.   

Indicó  que  los  testigos  Lilibeth Elvira  Gordon  Real y Carlos Manuel Eleta López, al servicio de Circle Panamá para la  época  de  la  supuesta  pérdida  de la mercancía, declararon que la misma se  entregó  a  quien  se  presentó  como José Cheaitelly, sin que se le exigiera  identificación,  ni  entrega  de la copia del conocimiento de embarque expedido  por  la naviera que efectuó el traslado de Cartagena a Panamá, que había sido  entregado  personalmente en Bogotá por el representante de la demandada, según  lo afirmó su representante en interrogatorio de parte.   

Aseveró  el fallador que la citada sociedad  panameña,  intervino  entonces como dependiente de la demandada, a quien le fue  recomendada  la  nacionalización de la mercancía y la entrega al destinatario,  diligencia  en  la  que  actuó con negligencia e imprudencia al dar por cierto,  sin  prueba al respecto, que quien se presentó era el destinatario determinado,  siendo  que  además no exhibió el original del conocimiento de embarque que lo  convertía  en  tenedor  legítimo,  al  tenor  del  artículo  1642  Código de  Comercio, lo que traduce culpa cometida por la demandada.   

3.  Seguidamente  observó  el  sentenciador  que  como  la  pérdida de la mercancía ocurrió en  poder  del  dependiente  de  la demandada, no es del caso acudir a los preceptos  reguladores  de  los  efectos  de  las  obligaciones  derivadas  del contrato de  transporte  a  las  que remite el artículo 1313 del Código de Comercio, porque  el  celebrado  entre  demandante  y demandada fue uno de comisión que de manera  especial  recoge  el  artículo 1291 ibidem,  regido  en  sus  efectos  y  estructura por los artículos 1287 y  siguientes  del  mismo ordenamiento, pues en torno a sus elementos esenciales se  formó  el  consentimiento,  por lo que si aquélla encomendó a ésta, dedicada  profesionalmente  a  ello, la nacionalización en Panamá de una mercancía y su  entrega  a  un  destinatario  determinado,  no  interesa  desentrañar, aduce la  sentencia,  si respecto del mismo la demandada obtuvo la calidad de comisionista  de  transporte o de remitente, como intrascendente resulta también averiguar si  las  mercancías  fueron  entregadas  al  verdadero  destinatario,  pues ello es  asunto  que  deben  dilucidar los jueces en lo penal de aquella república, para  determinar la eventual responsabilidad de aquél.   

4. Tras indicar el  fallo  que hubo un incumplimiento del vínculo jurídico surgido del contrato de  comisión,   al   no   entregar   al   destinatario   los   artículos  una  vez  nacionalizados,  agregó  que  ese incumplimiento está íntimamente ligado a la  culpa,  que  es  la  misma  de  su  dependiente,  todo  lo  cual  estructura  la  responsabilidad  civil  (art.  1292 ib), y como ya no es posible el cumplimiento  de   lo   estipulado  se  impone  hacerlo  por  su  equivalencia,  cambiando  la  prestación  por el pago del valor de los bienes conforme a los datos contenidos  en   los   documentos  de  remesa,  pues  no  se  hicieron  constar  diferencias  certificadas  por  contador  público o en su defecto por dos comerciantes (art.  1293  ib).  Esos  documentos  privados, implícitamente reconocidos por la parte  demandada  y demostrativos de sus fechas y declaraciones en ellos contenidos, de  la  manera  indicada  por  los  artículos  252-4, 276, 279 y 264 del Código de  Procedimiento  Civil,  describen  pormenorizadamente los bienes, y así aparecen  registrados  en  los libros de contabilidad de la demandada, llevados conforme a  las  normas  legales,  por  valor  de  $  204´532.720,  como  lo dictaminan los  peritos.  Advirtió  que de esta cifra fue pagada por la Compañía Suramericana  de  Seguros S. A. la suma de $110´000.000 el 23 de noviembre de 1994, cubriendo  el  siniestro  asegurado  como  riesgo  en  el contrato de seguro (fls.129 y 146  cd,1),  por  lo que ésta tiene interés jurídico para pretender el pago de esa  cantidad   de   dinero,   al   tenor   de   los   artículos   53   ibídem, 1096 Código de Comercio y 1630 a  1669  del  Código  Civil,  aspecto  por  el cual reformó la sentencia apelada,  imponiendo   la   obligación   al   pago   de   las   costas  a  favor  de  tal  interviniente.   

5. La cuantía de la  pretensión,  precisó  el sentenciador, queda reducida a $94´532.720, valor de  la  mercancía  desaparecida,  cifra  que  asciende actualmente a $137´488.387,  computando  sobre  la primera un interés del 36,36% anual durante cuatro años,  que  es  el  legal  para  créditos  ordinarios,  para proteger de tal manera la  pérdida  del  poder  adquisitivo  de  la  moneda  (art. 1626 C.C.), suma que no  devenga  intereses  para  no  caer  en  un  doble  pago.   Y por cuanto los  perjuicios  moratorios,  en  el  renglón  de  lucro  cesante  “equivalen  a  la  ganancia  dejada  de  percibir  por  la demandante, en concepto de expertos, guarda proporción con el  35%,  del  que  se  reclama  solamente el 25% que es igual a $23´133.180”, en  este   sentido   también   se   reformó   la   providencia   del  a-quo.   

6.  Como la actora  solicitó  la corrección de errores aritméticos y la aclaración del fallo, el  juzgador  profirió  sentencia  complementaria  el  5 de noviembre de 1997, cuya  parte  resolutiva  quedó  reseñada  atrás,  frente  a  la  cual  se insistió  nuevamente  en  su  corrección  por  supuestos  desajustes  en las cifras allí  contenidas. Esta última petición fue denegada.   

III. LAS DEMANDAS DE CASACIÓN  

                               

                              En  las  demandas  presentadas  por  la  demandada  y  la  demandante,  siete y dos cargos respectivamente formularon. La  Corte  estudiará,  en  primer  término,  el séptimo de la parte demandada por  estar  referido  a vicios de procedimiento; luego, en forma conjunta, el primero  al  cuarto  de  aquélla;  después,  el  quinto y sexto de la misma; y en forma  conjunta  los  de  la  actora,  por  hacer  referencia a un mismo aspecto de las  determinaciones adoptadas en la decisión acusada.   

                            A. DE LA PARTE DEMANDADA   

CARGO SÉPTIMO  

Observa  la  recurrente  que  la  sentencia  atacada  no  se  encuentra  en consonancia con las pretensiones del libelo, pues  éstas  están dirigidas a que se declare que la demandada es responsable frente  a  la  demandante  por  haber  incumplido el contrato de comisión de transporte  celebrado  entre  ellas,  pese  a  lo  cual  el tribunal, en la parte motiva del  fallo,   dice  que  el  celebrado  fue  el  de  comisión,  sin  que  interesara  desentrañar  si  aquélla  detentó la calidad de comisionista de transporte ni  se  pudiera  acudir  a  las  normas  reguladoras del contrato de transporte. Con  todo,  agrega  el  censor,  en  la  parte  resolutiva, al confirmar la sentencia  apelada,  da  a  entender  que  el  ajustado  sí fue un negocio de comisión de  transporte.   

Deduce   entonces   que  el  ad-quem  fundamentó  su  decisión  en la  existencia  de  un contrato de comisión regulado por los artículos 1287 a 1311  del  Código de Comercio y no en la del acuerdo aducido en el libelo, del que se  ocupan  los  artículos 1312 a 1316 ibídem,  de  lo cual concluye que el sentenciador trasgredió los límites  fijados  por  las  súplicas  de  la demanda y dentro de las cuales sólo podía  moverse, según el artículo 305 del estatuto procesal.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  De acuerdo  con  la  regla  segunda del artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, es  motivo  de  casación  no  estar la sentencia en consonancia con los hechos, las  pretensiones  de la demanda, o las excepciones propuestas por el demandado o que  el  juez  ha  debido reconocer de oficio. Involucra, pues, esta causal, un vicio  de   construcción   formal   o   de   actividad   in  procedendo.   

                             2.  Vistas las  resoluciones  adoptadas  en  el fallo atacado, encuentra la Corporación que, en  el   terreno   en   que   se   hizo   mover  esta  acusación,  el  ad-quem     se     contrajo  a  confirmar  la  providencia de primera  instancia,  en la que el a-quo  declaró  a  la  demandada  responsable  del  incumplimiento  del contrato   “de    comisión    de  transporte”  ajustado  con  la  actora  (fl.217, Cd.1), que fue precisamente lo deprecado en la primera  pretensión  de  la  demanda  (fl.32,  cd.1), de lo cual se infiere que el fallo  recurrido  en  este  específico  aspecto  se  cuidó de guardar correspondencia  entre  lo resuelto y lo pedido, siendo por tanto ajeno a la incongruencia que se  le achaca.   

                              Es  que,  aunque  el  tribunal  en  sus  motivaciones  dio  por  establecido  un  contrato  diferente al socorrido en las  súplicas  del acto introductorio del proceso, lo cierto es que ese razonamiento  no  repercutió en la parte resolutiva de la decisión impugnada por cuanto esta  providencia,   como   viene  de  expresarse,  al  respaldar  el  fallo  apelado,  finalmente  confirmó,  entre  otras  determinaciones,  aquella  en  la  que  el  a-quo declaró responsable a  la    demandada    “de  incumplimiento    contractual    de    comisión    de    transporte”(fl.217,cd.1);  a  este  respecto ha de  verse,  como  reiteradamente lo ha sostenido esta Corporación, que “la  sentencia  conforma  una  unidad de  motivación  y  resolución,  de  manera  que su fuerza tiene que buscarse en su  integridad”, razón por la  cual  ha de “entenderse como  un   todo,   así   lo   que   obligue   sea   la  parte  resolutiva”(sentencia  número  089 de 18 de marzo  de 1988, no publicada aún oficialmente).   

                               

3.  Por lo demás,  si  la  incongruencia  que como causal de casación consagra el citado artículo  368  puede  tener  ocurrencia  únicamente  en los eventos que atrás se dejaron  relacionados,  en  otras palabras, cuando el juez en la sentencia decide más de  lo  pedido  (ultra  petita),  resuelve   asuntos  no  sometidos  al  litigio  (extra  petita),  omite  pronunciarse  sobre  alguna  de  las  pretensiones  del  actor  o frente a las excepciones del demandado (mínima  petita), o que debió reconocer de  oficio,  es  palmario, entonces, que cualquier ataque frente a los razonamientos  de  mérito  aducidos por el juzgador habrá de enderezarse por el sendero de la  causal   primera   de  casación,   ya  que,  como  lo  ha  sostenido  esta  Corporación,   “todo  lo  demás  relacionado  con  el  fondo  mismo  de  la  cuestión controvertida, las  acusaciones  que  conduzcan a calificar legalmente los fundamentos o motivación  jurídica  del  fallo,  como es el de haberse otorgado lo pedido por un concepto  de  derecho  diferente  al  que  ha  servido de apoyo al demandante, son materia  exclusiva  del  primero  de  los  motivos  de casación que engloba las diversas  maneras      de      violación     de     la     ley     sustancial”  (G.  J.,  t. CXXXV, pag.178), sin que  sea   de   recibo,   por   lo  mismo,  “cuando  se  fundamenta en la falta de correspondencia entre la parte  motiva  y  la  dispositiva  del fallo, ni tampoco cuando se hace descansar en la  falta  de  armonía entre ésta y la conclusión a que el sentenciador llega del  análisis    del    haz    probatorio”,    puesto   que    “si  estas últimas discrepancias existen, podrán alegarse dentro de  la  causal primera de casación, si con ellas se incurre en violación de la ley  sustancial,  pero  no  por  la  causal  segunda,  por no estar de acuerdo con la  preceptiva   legal   que   la  consagra”(G. J., t. CXXXIX, pag.171).    

                             Con  arreglo  a  lo  expuesto, es verdad  inconcusa  que  la  circunstancia de que el sentenciador en las motivaciones del  fallo,  tras  el  correspondiente análisis probatorio, hubiera tipificado en un  contrato  de  comisión  los  hechos  que  halló  establecidos, que no en el de  comisión  de  transporte  aducido  por  el actor en el acto introductorio de la  litis,  no engendra el vicio  estructural  de  la  causal  segunda  de  las  previstas en el artículo 368 del  Código  de Procedimiento Civil, pues tal aspecto, que es el argumento en que se  funda  el  cargo, según se vio, debió alegarse al abrigo del primero de dichos  motivos,  al  estimarse  que  con  esa  particular  manifestación  el  tribunal  incurría en violación de la ley sustancial.   

                              4.   Por  consiguiente, no prospera el cargo.   

CARGO PRIMERO  

Apoyado en la causal primera, la recurrente  acusa  la  sentencia  de violar los artículos 1287, 1291, 1292, 1293 y 1312 del  Código  de Comercio, 1494, 1495, 1602, 1603, 1605, 1606, 1610, 1729, 1730, 1731  y  1738  del  Código  Civil,  por  aplicación  indebida,  y 1502 de este mismo  código,  por  falta  de  aplicación, por errores de hecho en la apreciación y  falta de valoración de algunas de las pruebas.   

                               

1. En la sección  primera se refiere a las pruebas dejadas de apreciar, así:   

                               

Las  que  acreditan  que  la  demandada  no  recibió  de  la  demandante  la  mercancía ni contrató en nombre propio y por  cuenta de ésta el transporte:   

a)    Las  declaraciones  de  Carlos  Alberto  Franco  Botero,  representante  legal  de la  demandada,  y  Luz  Marina  Moreno,  en  las  que  manifiestan que las gestiones  adelantadas   por   Circle   Colombia,  en  relación  con  la  actora,  fueron:  presentarle  diferentes  alternativas  para  exportar  la  mercancía a Panamá;  acoger  su  decisión de que el transporte Cartagena-Panamá se hiciera por vía  marítima;  asesorarla en la elaboración de la documentación necesaria para la  exportación;  contactar  a  las  empresas  con  las cuales Confecciones Stefhan  celebró  los  contratos  de  transporte terrestre entre Medellín y Cartagena y  marítimo  entre esta ciudad y Panamá; asistirla en la entrega de la mercancía  a  la  transportadora  terrestre;  y  contactar  a  quien realizó los trámites  aduaneros en Cartagena y entregó la mercancía a la naviera.   

                               

b) La comunicación  dirigida  por  la  demandada  a  NAVEMAR,  solicitando  la  autorización  de un  contenedor  para  el  transporte  de  la mercancía; la autorización de ésta a  ALMADELCO  para  la  entrega del contenedor; la comunicación que a esta última  le  dirigió  la  demandante  en  el  sentido  de  permitir  a  la  sociedad TDM  Transportes  S.  A.  retirar  el  contenedor  y firmar el respectivo contrato de  comodato;  y la orden de cargue número 121592, mediante la cual TDM Transportes  S.  A.  faculta  a  la  accionante  para  entregar al conductor del vehículo de  placas  AEA 998 la mercancía. Según el censor, estos, documentos ratifican las  declaraciones  antes  relacionadas  en  lo tocante con el contrato de transporte  terrestre  celebrado  entre  TDM  Transportes  S.A. y la actora para el trayecto  Medellín-Cartagena.   

                               c)    Los  documentos  visibles  a  folios  51  a  60  del cuaderno 2, donde consta que los  gastos  ocasionados  por  el transporte de la mercancía, así como los causados  por   los   trámites   aduaneros,   fueron   facturados   por  los  respectivos  beneficiarios  a  la  actora;  que  la demandada pagó dichos gastos debido a la  falta  de  disponibilidad  económica de aquélla y por petición de la misma; y  que  por  los  servicios  que le prestó, la demandada le cobró a la demandante  únicamente  la  «comisión  aduana»  que  corresponde  al 0.50% del valor de la  mercancía.   

d) El hecho 1º de  la  demanda,  las  respuestas  dadas por el representante de la demandante y Luz  Marina  Moreno,  así  como las remisiones y facturas que obran a folios 44 a 50  del  cuaderno  2,  en cuanto que de dichas pruebas se desprende que la actora no  dio  información  acerca del lugar donde pudiera localizarse al destinatario de  la  mercancía,  puesto  que se limitó a indicar una dirección genérica,  como quedó registrado en el respectivo  «Bill of Lading».   

e) La comunicación  de  16  de  junio  de  1993,  que  obra  a folio 65 del cuaderno 2, en la que la  demandante  le solicita a la demandada que por escrito le haga constar que ésta  no  actuó  como  su  representante  en relación con la susodicha exportación,  indicando  claramente  que era una simple intermediaria de carga; y la respuesta  correspondiente,  que  obra a folio 91 del ese cuaderno, donde se señala:   «De   acuerdo   a  su  solicitud  y  a  lo  expresado  personalmente  en  varias  oportunidades  le  ratificamos  que  nuestra  organización  está  dedicada  al  servicio  como  agentes  de  carga  internacional tanto de importaciones como de  exportaciones   desde   y   hacia   Colombia,   que  simplemente  actuamos  como  intermediarios   ante   las   aerolíneas   navieras   y   todas  las  entidades  gubernamentales  como  aduana  e  Incomex, que no somos transportistas ya que no  tenemos   ningún   instrumento  ni  autorización  para  dicho  fin.   Con  relación  a  las  instrucciones  impartidas por ustedes para la exportación en  mención  era  que  los documentos y la mercancía fueran consignadas a la firma  Kamally  Import  Export  S.A.  en  el  Muelle de Cocosolo en Panamá, lo cual se  realizó».   

Las  que  demuestran  que  la  demandada no  encargó  a  Circle  Freight Internacional de Panamá S. A. la ejecución de las  gestiones  para  entregar  la mercancía a la destinataria en el muelle Cocosolo  de Colón:   

a) El fax enviado  por  la  demandada  el  26  de  enero  de  1993  a Circle Panamá (fl.17, cd.2),  mediante  el  cual  le  solicita  ayuda  para  el  embarque e información de si  estaban  en  capacidad  de  nacionalizar  mercancía  en  puerto y entregarla al  cliente en Colón y los gastos que ocasionaría la gestión.   

                               

b) El fax enviado  por  Circle Panamá a la actora el mismo día presentando la cotización (fl.66,  cd.2)  y  el que remitió la demandada a Circle Panamá el 18 de febrero de 1993  (fl.67,  cd.2)  pidiéndole  contactar  cliente  para  nacionalizar  mercancía.  Sostiene   el  impugnador  que  estos  documentos  acreditan  que  la  demandada  contactó  a  Circle Panamá a solicitud de la demandante, que los servicios que  pedían  era  la  nacionalización de la mercancía y su entrega al destinatario  en  Colón,  lo cual ratifican el representante de la demandada y la señora Luz  Marina Moreno al absolver preguntas.   

c) Los documentos  obrantes  a  los folios 79, 80, 81, 82 y 84 del cuaderno 1, que acreditan que la  mercancía  ingresó  a  la  zona libre de Colón y salió de ella con destino a  ser  reexportada  a  Colombia  en  el  buque  Samboy,  es  decir,  que nunca fue  nacionalizada  en  la República de Panamá, hecho que ratifica con la respuesta  dada  por  Lilybeth  Elvira  Gordon  Real,  funcionaria  de  Circle  Panamá  al  contestar una pregunta que le formuló el juzgado.   

d) El documento que  obra  a  folio  25  del  cuaderno  2,  reconocido  por la parte demandante, y la  respuesta  dada por Lilybeth Elvira Gordon Real, que  acredita que aquélla  no  instruyó  a Circle Panamá para el manejo que se le dio a la carga en dicha  ciudad,  así  como  el  que corre a folio 80 del mismo cuaderno, y respuesta de  esa   declarante,  donde  consta  que  la  demandada  tampoco  impartió  dichas  instrucciones.   

e) Los documentos  de  folios  79, 80, 81, 82 y 84 del cuaderno 1  y  68, 77, 82 y 83 del  cuaderno  2,  así  como  las  declaraciones  del representante de la demandada,  de   Lilybeth  Elvira  Gordon Real y de Carlos Manuel Eleta López, los que  establecen  que  si  la mercancía no se nacionalizó en Panamá fue porque así  lo  decidió  la  única  persona  que  se  presentó  como  representante de la  destinataria,  quien  contrató  los  servicios de Circle Panamá y la instruyó  para  que  procediera  a  su  reempaque,  tramitara su salida de Zona Libre y la  transportara  a  las bodegas de Ferca International S. A. para su reexportación  a Colombia.   

f) Los documentos  que  obran a folios 28 y 30 del cuaderno 2, las respuestas dadas por Gordon Real  y  Carlos  Manuel  Eleta  López,  que  demuestran,  de  una parte, que quien se  presentó  a  reclamar la mercancía como representante de la destinataria y dio  las  instrucciones  respectivas  a  Circle Panamá le pagó por sus servicios la  suma  de  802  Balboas  y, de otra, que por concepto de dichos servicios nada le  pagó  la  demandada  a  Circle Panamá, ni esta última le reconoció comisión  alguna a la primera.   

g) La comunicación  de  31  de  marzo  de  1993  que  le envió la demandante a la demandada (fl.26,  cd.2),  donde  expresa que el  representante de Kamally Import Export S.A.,  José  F.  Cheaitelly  sí recibió la documentación necesaria para reclamar la  mercancía   en  las  bodegas  de  Ferca  International  S.  A.,  así  como  la  declaración  jurada rendida ante notario por el citado representante, en la que  manifiesta   que   recibió   unos  documentos  para  que  se  presentara  a  la  Almacenadora Ferca de Colón.   

h) El documento del  folio  19  del  cuaderno  3  que  acredita  la existencia de la sociedad Kamally  Import  Export  S.A.  y  su  representación  en cabeza de  José Fadlallah  Cheaitelly.   

2. En la sección  segunda  se  refiere  a  las  pruebas  indebidamente apreciadas, de la siguiente  manera:   

Comienza   precisando  que  la  sentencia  recurrida      «la  fundamentó  el  Tribunal  en  la  afirmación  de  que entre la demandante y la  demandada  se celebró un contrato de comisión de transporte en virtud del cual  esta  última  se  obligó  a  contratar  y  hacer ejecutar el transporte de una  mercancía  desde  Medellín hasta Panamá, nacionalizarla en este último país  y  entregársela  a  su destinatario en el Muelle de Cocosolo, Colón, delegando  la  ejecución  de  los  trámites  que  debían  adelantarse  en  Panamá en la  Sociedad    Circle   Freight   Intenational   (sic)   Panamá   S.A.».   

Afirma  que  para  sustentar lo anterior el  ad-quem  se  apoya  en  los  documentos  de  folios  70,  71,  74,  75, 76, 78, 79 y 82 del cuaderno 1.   De   los  documentos  que  obran  a folios 70 y 71 parece que dedujo que la  demandada  adquirió  la  obligación de llevar la mercancía hasta el muelle de  Cocosolo  y  que  para  el  efecto  encargó  a la Circle Panamá, siendo que la  verdad  es  que esa comunicación fue suscrita el 25 de marzo de 1993, cuando la  demandada  ya  había  sido  informada  por  la sociedad panameña del rumbo que  había  tomado  la mercancía por las instrucciones de CHEAITELLY, por lo que en  este  contexto  es claro que la demandada está informando que el traslado de la  mercancía    lo    hizo    ese    tercero   porque   así   lo   requirió   el  consignatario.   

Lo  anterior  significa  que la gestión en  Panamá  la  realizó la mencionada compañía por encargo de la destinataria de  la  mercancía  y no de la demandada, como erróneamente parece haberlo deducido  el  fallador.  Del  documento  visible  a  los  folios  74  y 75 del cuaderno 1,  también  dedujo  erróneamente  el  supuesto  compromiso  de  la  demandada  de  entregar  la  mercancía  en  el  Muelle  de Cocosolo y la delegación en Circle  Panamá,  cuando de su texto se concluye que esta última actuó en cumplimiento  de  las  instrucciones de CHEAITELLY. La prueba del folio 76 del mismo cuaderno,  lo  interpretó  el  ad-quem  como   el  cobro  de  la  demandada  por  sus  servicios  como  comisionista  de  transporte,  cuando  de  lo  que  se  trata  es  de  la factura por concepto del  reembolso  de  unos  gastos  a  cargo  de  la  demandante  por  los  respectivos  beneficiarios  y  de  la  remuneración  que  como  agente  de  aduana cobró la  demandada.   

El  escrito  del  folio  78 del cuaderno 1,  conocido  como   «Bill  of Lading»  o conocimiento de embarque, que de  acuerdo  con  las  normas  que  regulan  la  materia  es  prueba  del negocio de  transporte  y  sus condiciones, lo tuvo el juez de segundo grado como fundamento  de  la  afirmación  de que la demandada celebró contrato para su traslado vía  marítima  al  Puerto  de  Cristóbal,  desconociendo que quien allí ostenta la  calidad   de   remitente   de   la   mercancía   es   la   actora   y   no   la  demandada.   

Los  documentos  que obran a folios 79 y 82  del  señalado cuaderno el juzgador los apreció como prueba de la llegada de la  mercancía  a  Panamá  y su nacionalización, cuando la verdad es que éstos, y  el  del  folio 80, lo que acreditan es que aunque la mercancía llegó a Panamá  nunca fue nacionalizada.   

3. En la sección  tercera  del  apartado  de este cargo, el recurrente precisa que el yerro en que  incurrió  el  sentenciador consistió en ignorar las pruebas que menciona en la  sección  primera  y  apreciar  indebidamente las que detalla en la segunda, que  evidencian  que  no  se  dieron  los  requisitos  necesarios  para configurar el  contrato  de  comisión  de  transporte,  ni  la  obligación  de  entregar  las  mercancías  a  su  destinatario  en  cabeza  de la demandada y, finalmente, que  quien  contrató  los servicios de Circle Panamá no fue la demandada sino quien  se presentó en ese país como el destinatario de la mercancía.   

Arguye  que  tanto  las  pruebas  que no se  tuvieron  en cuenta, como las que se apreciaron indebidamente, demuestran que la  demandada  se limitó a poner en contacto a la demandante con TDM Transportes S.  A.,  Navemar  Limitada,  Traslados  Internacionales  Limitada  y  Circle Freight  International  Panamá;  que  la mercancía no fue entregada a la accionada; que  los  contratos de transporte interno y externo no fueron celebrados por la ésta  sino  por la actora, y que la accionante no suministró una dirección precisa y  específica  del  destinatario  de  la  mercancía  y  por  ello,  a  fin de dar  cumplimiento  al  artículo  1010 del Código de Comercio, la consignó a nombre  de Circle Freight Panamá.   

                             En cuanto a la decisión del tribunal en  el  sentido  de  que  la  demandada  encargó  a  Circle  Panamá de entregar al  destinatario  las  mercancías en el Muelle Cocosolo, argumenta que esas pruebas  evidencian  que  aquella  sociedad  no  tenía  forma  alguna  de  contactar  al  destinatario  de  la  mercancía en ese territorio, pues nunca se le suministró  su  dirección  o  teléfono;  que  la mercancía no se nacionalizó en el país  vecino;  que  fue  entregada  en las bodegas de Ferca International S. A., sitio  este  que  nunca había sido mencionado por la demandante o la demandada; que la  única  persona  que  se  presentó  a  reclamar  la  mercancía fue la que dijo  llamarse  José F. Cheaitelly como representante de Kamally Import Export S. A.,  quien  dispuso que la misma fuera reempacada y trasladada a las bodegas de Ferca  International  S.  A.  para  su  reexportación a Colombia, labores que realizó  Circle  Freight  International  Panamá;  que  los  anteriores  servicios fueron  pagados  por esa persona; y que ni la demandante ni la demandada cancelaron suma  alguna  a  la nombrada sociedad panameña por las gestiones que ésta adelantó,  ni  le  dieron  instrucciones  para  que  la  mercancía no fuera nacionalizada,  reempacada,  trasladada a las bodegas de Ferca International S. A. y reexportada  a Colombia.   

Asevera  el acusador que si el ad-quem  hubiera  ponderado  las  pruebas  mencionadas  no  habría  llegado  a  la  errónea conclusión de que las partes  celebraron  un contrato de comisión de transporte que obligaba a la demandada a  entregar  las  mercancías  a  su  destinatario  por intermedio de un mandatario  (Circle  Panamá). Hace ver que es de la esencia que el comisionista contrate el  respectivo  transporte  en  nombre  propio  pero  por  cuenta de otro, según lo  dispuesto  en  el  artículo  1312  del Código de Comercio, requisito que no se  cumplió  en  este caso, pues quien celebró los dos contratos de transporte fue  la demandante.   

4. Concluye que no  existió  entonces comisión de transporte como tampoco se presentó encargo por  parte  de  la demandada a Circle Panamá para que entregara las mercancías a la  destinataria,  y  que  es  irrelevante  determinar  si  la  persona  que dio las  instrucciones  a esta sociedad era realmente CHEAITELLY, pues lo que interesa es  aclarar  si  dicha  sociedad  estaba  actuando  como mandataria o delegada de la  demandada.  Basándose  en una obligación que la demandada nunca adquirió y en  el  incumplimiento  de  la  misma  por  su  supuesta delegada Circle Panamá, el  fallador  la  condenó  a  indemnizar  los  perjuicios,  por lo cual es clara la  incidencia  del  error  de hecho en la condena impuesta. El camino para  su  corrección lleva forzosamente a la absolución, asegura.   

CARGO SEGUNDO  

Por manifiesto error de hecho en la falta de  apreciación  de  algunas  de  las  pruebas, sostiene el censor que la sentencia  recurrida  violó los artículos 754, numeral 4º,  1625 y 1627 del Código  Civil,  por  falta  de  aplicación,  y 1610, 1613, 1614, 1615, 1729, 1730,  1731 y 1738 del mismo estatuto, por aplicación indebida.   

Expresa  que el juez de segundo grado dejó  de apreciar las siguientes pruebas:   

1. El documento del  folio  25  del  cuaderno  2,  la  respuesta  dada  por  el  representante  de la  demandante  a  la  pregunta 7ª, lo respondido por Lilybeth Elvira Gordon Real a  la  1ª  pregunta,  que  acreditan  que  la actora no dio instrucciones a Circle  Panamá  para el manejo de la carga, así como el escrito visible a folio 80 del  mismo  cuaderno  y  la  contestación  de  la señora Gordon Real a una pregunta  donde    consta   que   la   sociedad   demandada   tampoco   impartió   dichas  instrucciones.   

2. Los documentos  que  aparecen  a los folios 79, 80, 81, 82 y 84 del cuaderno 1  y  68,  77,  82 y 83 del cuaderno 2, así como las declaraciones del representante de la  demandada  al  contestar algunas preguntas, las declaraciones de Lilibeth Elvira  Gordon  Real  y  Carlos  Manuel Eleta López, gerente de Circle Panamá, los que  demuestran  que  si  la mercancía no se nacionalizó en Panamá fue porque así  lo  decidió  la  única  persona  que  se  presentó  como  representante de la  destinataria.   

3. Los documentos  que  obran a folios 28 y 30 del cuaderno 2, las respuestas que dio Gordon Real a  unas  preguntas  y  las  que ofreció Eleta López a otras,  que corroboran  que  quien  se  presentó  a  reclamar  la  mercancía  como representante de la  destinataria  dio las instrucciones respectivas a Circle Panamá,  la   remuneró  por  sus  servicios,  por  los  cuales nada pagó la demandada, ni la  sociedad extranjera le reconoció comisión alguna.   

4. La comunicación  que  el 31 de marzo  de 1993 le envió la demandante a la demandada (fl.26,  cd.2),   donde   manifiesta  que  el  representante  de  Kamally  Import  Export  S.A.,   José  F.  Cheaitelly,  recibió  la  documentación necesaria para  reclamar  la  mercancía  en las bodegas de Ferca International S. A., así como  la  declaración jurada rendida ante notario por CHEAITELLY donde manifestó que  recibió  unos  documentos  para  que  presentara  a  la  Almacenadora  Ferca de  Colón.   

5. El documento que  obra  a  folio  19  del  cuaderno  3  que  acredita la existencia de la sociedad  Kamally  Import  Export  S.A.  y su representación en cabeza de José Fadlallah  Cheaitelly.   

6. Plantea así que  el  error  en  que  incurrió el juzgador consistió en ignorar la existencia de  las  pruebas  antes  mencionadas,  que  en  su  conjunto  acreditan que quien se  presentó  y dio las instrucciones a Circle Panamá sí fue José F. Cheaitelly,  representante  legal  de la sociedad Kamally Import Export S.A., destinataria de  la mercancía.   

7.  En cuanto  a     la     incidencia     del     error,     dice    que     “el  Tribunal  ignoró  la existencia de  unas  pruebas que acreditan la entrega de las mercancías a su destinatario y la  condena  impuesta  en  la  sentencia recurrida se fundamentó precisamente en la  falta  de  dicha  entrega  y, por lo tanto, la prosperidad de este cargo deberá  llevar  a  que  se  case  totalmente la sentencia del Tribunal y se rechacen las  pretensiones    de    la    demandante”.   

CARGO TERCERO  

En  éste  se  acusa al fallo de violar los  artículos  1268,  1269,  1270  y  1308  del  Código  de Comercio, por falta de  aplicación,  y  1610,  1613,  1614  y  1615  del Código Civil, por aplicación  indebida,  por  manifiesto  error  de  hecho  en la falta de apreciación de las  siguientes pruebas:   

                               

1.    Las  comunicaciones  de  25  y  31  de marzo, 5 de abril y 16 de junio, todas de 1993  (fls.  69  y  72,  cd.1  y  26  y  65,  cd.2), mediante las cuales la demandante  solicitó  información  a  la demandada sobre sus gestiones, y las que el 25 de  marzo,  5  de abril y 23 de junio del mismo año (fls. 25 y 27, cd.1 y 91, cd.2)  le  dirigió  la  demandada  en respuesta a las primeras, donde consta que ésta  informó  a  aquélla  sobre  la  marcha  del  encargo  en  los términos de los  artículos  1268  y  1269  del  Código   de Comercio, en la última de las  cuales  Circle  Colombia  manifiesta  que  entregó  los  documentos  y  que  la  mercancía  fue  consignada  a Kamally Import Export S. A. en el Muelle Cocosolo  en  Panamá,  que  implica  la  información  por  parte  de  la mandataria a la  mandante  de la ejecución completa del mandato (art. 1269 C. Co.).  Agrega  que  la  demandante  guardó  silencio  frente a tal comunicación, hasta cuando  instauró la demanda.   

2.  El  error  de  hecho,   anota   el   casacionista,   consistió   en   ignorar  tales  pruebas,  demostrativas  de  la  conducta  que  asumió  la  demandada   -mandataria-    frente   a   la   actora   -mandante-    relacionada  con  el  deber  de  informar  sobre  el  desarrollo  y ejecución del encargo encomendado, lo que le  impidió  ver  que  la  mantuvo  informada  del  desarrollo del encargo y que el  silencio  de  la  demandante  frente  a  la comunicación de 23 de junio de 1993  conlleva  su  aprobación  tácita  a  la  forma  como  ejecutó  y  cumplió la  gestión,  según lo señala el artículo 1270 del Código de Comercio.  Si  hubiera  apreciado  dichas  pruebas se habría abstenido de hacer condena por el  incumplimiento    de    una    obligación    nacida    de   dicho   encargo   o  comisión.   

CARGO CUARTO  

Por manifiesto error de hecho en la falta de  apreciación  de  algunas  de las pruebas, la providencia censurada infringe los  artículos  1697  del  Código  de  Comercio,  por falta de aplicación, y 1610,  1613,  1614,  1615,  1729,  1730  y  1731  de esa codificación, por aplicación  indebida.   

1.  Afirma  el  recurrente  que  se dejaron de apreciar las facturas cambiarias de compraventa y  los  documentos  obrantes a folios 48 a 60 del cuaderno 2, el dictamen visible a  folios  101  y  siguientes  del  cuaderno  1  y  las  respuestas  dadas  por  el  representante  legal de la actora a varias preguntas, que acreditan que sobre la  mercancía  que ha dado origen al proceso se celebró un contrato de compraventa  entre  la  demandante  y  la  destinataria,  en relación con el cual las partes  acordaron que el precio incluía el valor de los seguros y fletes.   

                              2.  El  yerro  consistió   en   ignorar   la  existencia  de  esas  pruebas,  indicativas  del  cumplimiento  de  los requisitos que configuran la existencia de una venta   “C.I.F.”   en  los términos del artículo  1697  del  Código  de Comercio, el que, a su vez, le impidió al tribunal tener  en  cuenta  uno  de sus efectos principales, cual es el de trasladar los riesgos  de  las  cosas  vendidas  al comprador a partir del momento en que las mismas se  embarcan  (art.  1697-3,  C.  Co.).  Si  hubiera  apreciado  dichas  pruebas, en  armonía  con  la  conclusión a que llegó en el sentido de que las mercancías  llegaron  a Panamá, no habría condenado al pago de la indemnización porque la  accionante  no  experimentó  perjuicio  alguno,  en  virtud  de  que  cualquier  pérdida  ocurrida  con  posterioridad  a su embarque en Cartagena afectaría el  patrimonio de la destinataria compradora.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                             1. Establece el  inciso  2º,  numeral  1º, del artículo 368 del Código de Procedimiento Civil  que  la  violación  de  una  norma de derecho sustancial también puede ocurrir  como  consecuencia  de  un  error  de  hecho  manifiesto  en  la apreciación de  determinada      prueba,      y      el      artículo      374     ibídem  exige  para  tal  evento  que  el  recurrente  lo  demuestre,  en  orden  a lo cual ha de verse que el yerro de ese  talante  tiene  lugar cuando el sentenciador da por establecido un hecho sin que  exista    prueba    del   mismo    -suposición-,   o  no lo da por evidenciado no obstante obrar en el proceso  prueba    idónea    de    él     -preterición-,   comprendiendo el primer evento los casos de adición, o sea  cuando  se  le hacen agregados al contenido material de la prueba, y el segundo,  el  cercenamiento,  las  mutilaciones  de  su  contenido objetivo. Como en forma  reiterada  lo  ha  precisado  la  Corte,  el  error de facto tiene como punto de  referencia  la  objetividad del medio de prueba, por lo que desde la perspectiva  técnica   el   cargo  planteado  debe  poner  de  presente,   “por  un  lado,  lo que dice, o dejó de  decir,  la  sentencia  respecto  del  medio  probatorio,  y,  por otro, el texto  concreto  del medio, y, establecido el paralelo, denotar que existe disparidad o  divergencia   entrambos   y   que   esa   disparidad   es   evidente”(casación de 13 de octubre de 1995, no  publicada  aún  oficialmente),  toda vez que, como ya se precisó, esta especie  de  error debe ser manifiesto, es decir, protuberante, de forma tal que aparezca  a   simple   vista,  para  cuya  determinación  no  resulte  menester  realizar  complicados  esfuerzos  analíticos,  y  además debe ser trascendente, esto es,  determinante de la decisión ilegal.   

                             2.  De acuerdo  con  los  antecedentes  que  se dejan extractados, puede verse que la razón que  llevó   al   tribunal   a   confirmar   el   fallo   de   instancia,  obedeció  fundamentalmente    a   que   halló   que   la   demandada    “en  desarrollo  de  su  objeto  social  recibió  de  la  demandante  una  mercancía  para  transportar  hasta Panamá,  llegada  la misma a Cartagena vía terrestre, celebró contrato para su traslado  vía  marítima  al  puerto  de Cristóbal (Panamá), donde la recibiría Circle  Freight  International Panamá S. A., encargada de transportarla a la zona libre  de  Colón,  muelle  de  Cocoloso  Norte,  bodega  de Ferca International S. A.,  adonde      efectivamente     llegó”,   negocio  jurídico  que  aquélla  desatendió en cuanto no  cumplió   “su encargo  de  entregar  la  carga  al destinatario Kamally Import Export o al señor José  Fadlallah           Cheaitelly”,   puesto  que  la  misma le fue dada al que se presentó como  éste   “a quien no se  exigió  identificarse, tampoco entrega de la copia del conocimiento de embarque  expedido      por     la     naviera”(fls.45vto.,46 y 46vto).   

                               

                             Esa  conclusión  fáctica la derivó el  sentenciador  de  segundo grado del conjunto probatorio, en esencia, de un lado,  de  los  documentos  visibles  a  folios  70,  71,  74,  75, 76, 78, 79 y 82 del  cuaderno  1,  y,  de  otro,  de los testimonios de Lilibeth Elvira Gordon Real y  Carlos  Manuel  Eleta  López,  servidores de la compañía panameña, así como  del  interrogatorio de parte de la representante legal de la demandada, de cuyas  versiones  dijo,  en  síntesis, que declararon que la mercancía se entregó al  que  se presentó como José Cheaitelly a quien no se le exigió identificación  alguna  ni  el  conocimiento  de embarque expedido por la naviera, en el caso de  los  primeros,  y que de ese conocimiento a dicha representante le fue entregada  copia en Bogotá, en el de la segunda.   

                             3.  Frente  al  planteamiento  del ad-quem, el  recurrente  esgrime  varios  argumentos,  en aras de desquiciar los soportes del  fallo.   

                             En  uno,  le  endilga  yerro  porque,  a  contrario  de lo que señala el fallo, lo cierto es que la demandada no recibió  de  la accionante las mercaderías ni contrató en nombre propio y por cuenta de  ésta su transporte desde Medellín hasta Panamá.   

                             En  otro,  que  como  la demandada nunca  encargó  a  Circle  Panamá  la  ejecución  de  las  gestiones necesarias para  entregar  la  mercancía  a  la  destinataria,  desatinó el fallador al dar por  establecido lo contrario.   

                             En  el tercero, que quien se presentó a  reclamar  las mercancías y dio instrucciones alrededor de las mismas sí fue el  destinatario  o  representante  legal  de  éste,  por lo que el juez de segundo  grado  erró  al  afirmar  que  los  bienes  no se entregaron a su destinatario.   

                             En  el  cuarto, que si hubiera visto las  pruebas  que  el  cargo  tercero  cita  como  dejadas  de  apreciar,  se habría  percatado  que la conducta de la demandada demuestra que ella asumió cabalmente  frente  a  la  demandante  el deber de informar sobre el desarrollo y ejecución  del  encargo  encomendado   y  ejecución  completa  del mandato, hecho que  unido al silencio que guardó implica aprobación tácita.   

                             En  el  último,  según  sostiene en el  cargo  cuarto,  que  como  dejó  de  ver  los  documentos de folios 44 a 50 del  cuaderno  2,  no  observó  que  al haberse celebrado el contrato de compraventa  entre  la demandante y destinataria relativo a las mercancías transportadas, en  los  términos  del  artículo 1697 del Código de Comercio, aquélla no sufrió  ningún  perjuicio  pues  a voces de ese precepto legal en esos casos los daños  los  asume  el  comprador  y  no  el  vendedor,  por  lo  que  cometió yerro al  condenarla a pagar perjuicios.   

                             4. En síntesis,  en  vía de fundamentar esas afirmaciones, el inconforme edifica sus acusaciones  en  que,  como  se  dejó  extractado,  el  juzgador  ignoró  algunas  pruebas,  particularmente  documentales,  y  apreció mal las que tomó en consideración,  sobre  lo que observa la Corte que, en verdad, los yerros que aquél le atribuye  a  éste  no  alcanzan  a  desquiciar  las  razones  con  base  en las cuales el  sentenciador  desató  el  pleito, pues es claro que las motivaciones del fallo,  así  se  pueda  tener  un  criterio  diferente,  no  rayan  en  lo absurdo para  predicar,  como  en efecto lo hizo, la existencia del contrato ajustado ente las  partes  y el subsiguiente incumplimiento en su ejecución por la demandada, pues  esa  conclusión,  que fue a la que a la postre llegó el tribunal, proviene del  análisis  objetivo  y razonado, con apego a los principios de la sana crítica,  sobre el haz probatorio que en la sentencia claramente determinó.   

                             No sin antes recordar que, como lo tiene  suficientemente    esclarecido   la   doctrina   de   la   Corte,   “no se presume el desconocimiento de una  prueba  por  el  sentenciador,  cuando  sus  conclusiones  no pugnan”(G.  J.,  t.  CXLVIII,  pág.54), ha de  recordarse  cómo,  por  el  sólo  hecho  de  no  estudiar algunas pruebas o no  citarlas,   esta   preterición   per  se  no  viene  a  constituir  error  manifiesto  de  hecho, salvo, por  supuesto,  cuando de haberla visto su percepción condujera a una determinación  final   que   fuera   diferente  a  la  tomada  por  el  fallador;  contrario    sensu,   si   pese   a   esa  pretermisión  la  decisión adoptada en la sentencia continúa siendo la misma,  no  hay  lugar a predicar falencia determinante del fallo.  En este preciso  sentido      ha      pregonado      la      Corte     que      “la  mera  circunstancia  de  que  en un  fallo  no  se  cite  determinada  prueba  o  parte  del contenido de la misma no  implica  error  manifiesto de hecho, a menos que de haber apreciado tal medio la  conclusión  del  pronunciamiento  hubiera tenido que ser evidentemente distinta  de  la  adoptada  por el sentenciador. En fin, es igualmente sabido que un fallo  solamente  puede  ser  infirmado  por  la  causal primera de casación cuando el  ataque  contra el mismo destruye totalmente sus bases, mas no así cuando alguna  de  estas  que  sea  por  sí  sola suficiente para mantener en su integridad el  fallo  queda en pie, bien sea porque la impugnación no la cobije, o bien porque  la  misma resulte inane para destruirla.”(G.    J.,    t.   CXXIV,   pag.448).   

Asimismo,  ha  precisado  la Corte cómo la  aproximación  que  el  sentenciador  haga  acerca  de los hechos sometidos a su  estudio  deviene  del  ejercicio de la función soberana que le compete, de modo  que,   en  principio,  no  puede  ser  motivo  de  enjuiciamiento  en  la  senda  extraordinaria,  a  menos,  claro  está,  en el evento en que su raciocinio sea  contraevidente,  cosa  que,  como  se  anticipó, aquí no ocurre.  De este  modo,  es palmar entonces que por valederos que sean los argumentos expuestos en  casación,  esa  sola  situación no viene a significar que la posición asumida  por  el  ad-quem adolezca de  lógica  o  de  una  adecuada  motivación, habida cuenta que si la sentencia se  mantiene  dentro  de  los  límites  de lo sensato y razonable, como ciertamente  aquí  acontece,  ha  de  respetarse  la  autonomía  probatoria,  de suerte que  aquélla  seguirá  arropada  por  la presunción de legalidad y acierto con que  llega a la Corte.   

                                 5.  Adicionalmente,  véase que el recurrente, en punto a las pruebas que aduce como  indebidamente  consideradas,  al  margen de transcribir apartes de su contenido,  se  limita  a  exponer  su  propia  versión alrededor de ellas, lo cual resulta  inane  en orden a argumentar correctamente el reproche, como que, tal cual lo ha  reiterado  la  Corte,  no puede ser fundamento del cargo edificado en violación  indirecta   de   la   ley   sustancial  por  manifiesto  error  de  hecho,   “la valoración que de las  pruebas  efectúe  el  recurrente  sino la certeza de que su planteamiento es la  única       alternativa       de       entendimiento       posible.”(sentencia número 39 de 28 de marzo de  2003,  exp.#6709,  no  publicada aún oficialmente), aserción esta última que,  frente  al  conjunto probatorio identificado como mal considerado, evidentemente  no  tiene cabida en tanto que, objetiva y razonadamente, en fiel uso de la regla  de  la  sana  crítica,  casualmente  de  ese  haz  de probanzas el sentenciador  extrajo  el  entendimiento  que  le permitió concluir en la existencia de aquel  acuerdo  de  voluntades  y  del  incumplimiento  de  la  demandada  en cuanto no  entregó las cosas transportadas al destinatario determinado.   

                                                                          

6.  Auncuando las  consideraciones  precedentes por sí solas son suficientes para desestimar   las  acusaciones,  es  claro  que  si  fuera  dable,  con  independencia  de los  razonamientos  que  se  dejan expuestos, examinar detalladamente las pruebas que  en  los  cargos  efectivamente  fueron fustigadas, no se llegaría a conclusión  diferente,  pues  de  la  labor  que  frente a ellas realizó el juez de segundo  grado no emerge la comisión de yerros de hecho, como pasa a verse.   

                               

                              7.  Así,  en  cuanto  tiene que ver con las pruebas que la primera parte del primer cargo dice  que  se  dejaron  de  apreciar  (fl.27), determinadas todas ellas para pretender  demostrar  que  la  demandada  no  recibió  de la accionante las mercancías ni  contrató  en  nombre propio y por cuenta de ésta su transporte desde Medellín  hasta  Panamá,  observa la Corte que ellas no son demostrativas de esa conducta  negativa.   

                             En  efecto,  como dejadas de apreciar se  adujeron  las  declaraciones de Carlos Alberto Franco Botero y Luz Marina Moreno  López   –sólo en los  apartes    citados    por    el   censor-,   los  documentos visibles a folios 13, 14, 44 a 60, 65, 70 y  71  y  91  del cuaderno 2, y el hecho primero de la demanda, mas ellos para nada  aluden   a   que   la   demandada   no   hubiere   recibido   de  la  actora  la  mercancías.   Es  evidente  que  la circunstancia de que algunos de éstos  hubieren  sido  otorgados  por  la  actora  o  que  en  ellos  figure su nombre,  per  se no desdice la entrega  afirmada  por  el  sentenciador,  siendo  que  en  concreto se contraen a hechos  diferentes:   el  primero,  a una supuesta autorización de TDM Transportes  S.  A.  a  Confecciones  Stefhan Limitada para que le entregara a un chofer unos  cargamentos,  pero  sin especificar cuáles ni a qué título; el segundo, en el  que  ésta  le  comunica  a ALMADELCO que autoriza a aquella transportadora para  retirar           un           “container”  y  firmar  un contrato de comodato; los siguientes (fls. 44 a 50), son las facturas  con  las  cuales  la actora, como su propietaria, le remitió las mercaderías a  la  destinataria;  el  posterior  (fl.60),  a  aquel por el cual la demandada le  factura  a  la  accionante  el  precio de sus servicios; el del folios 65, a una  rogativa  de  ésta  a aquélla relativa a la calidad en que actuó alrededor la  susodicha  exportación;  el penúltimo (fl. 71), a una autorización de NAVEMAR  a  ALMADELCO  para  que  le entregara a Circle Freight International/Confeciones  Stephans       Ltda.       un      “container”;  y  el  último  (fl.91),  a  una  misiva  dirigida  a  la  accionante, en la que su  contraparte,  antes  que  desmentir  el hecho de que recibió los bienes, lo que  hace  es  ratificarlo  en  cuanto  que  en uno de sus apartes expresamente dijo:  “Con   relación  a  las  instrucciones  impartidas  por  ustedes para la exportación en mención era que  los  documentos  y  las mercancías fueran consignadas a la firma KAMALLY SEPORT  S.  A.  en  el  muelle  de Cocosolo en Panamá, lo cual se realizó.”.   Ahora,  el  aparte  que  esta  sección  del  cargo  refiere  de  las  declaraciones  de Franco Botero y Moreno  López  está  orientado  a  hacer  ver  la ratificación que ellos hicieron del  contenido de tales documentos.   

                             Los  documentos  de  folios  51 a 60 del  cuaderno  2, antes que demostrar lo que sostiene el casacionista lo que hacen es  ratificar  el  hecho  de  que  fue  la  demandada quien contrató el servicio de  transporte  hasta  Panamá, al punto que pagó los fletes correspondientes, como  así  lo  refiere  esa misma documental. Concordante con la idea que se trae, es  lo  cierto  que en el literal d) del apartado que se viene analizando (fl.29) el  censor  se  limitó  a  citar el hecho primero de la demanda y unas determinadas  respuestas  de  la representante legal de la actora y Moreno López, sin cumplir  la  carga  de  efectuar el correspondiente parangón de esas pruebas frente a lo  que al respecto sostuvo el juzgador.   

                             Independientemente  de los razonamientos  que  preceden,  lo  cierto  es  que,  en  cuanto  toca con el punto que se viene  tratando,  el  Tribunal  enfatizó  que la demandada, en desarrollo de su objeto  social,   “recibió de  la  demandante una mercancía para transportar hasta Panamá, llegada la misma a  Cartagena  por vía terrestre, celebró contrato para su traslado vía marítima  al   puerto   de  Cristóbal  (Panamá),  donde  la  recibiría  Circle  Freight  International      Panamá      S.A.”;   lo  que dio por probado con base en los documentos obrantes  a  folios 70, 71, 74, 75, 76, 78, 79 y 82 cuaderno 1 (fl.45vto, y 46), es decir,  que  la  conclusión  de  que aquélla sí recibió de ésta las mercaderías la  sacó   el   ad-quem,  entre  otras,  de  la  prueba  que  corre  a  folios 74 y 75 citados, en la que aquella  sociedad  panameña  le comunica a José Manuel Rivera como jefe de “DITA”,      que       «Nuestra  oficina  de  Medellín-Colombia,  recibió   de   la   Cía.  Confecciones  Stephan  Ltda.,  182  Ctnes  como  consta en el Bill of Lading No.  0023835   del   15  de  feb.  De  1993…»;   luego  así  fuera que los medios que el censor indica como  dejados  de  apreciar  por el fallador hicieran referencia a la falta de entrega  que  pregona,  la  verdad  es que, como se ve, este otro elemento probatorio sí  permite    llegar    la    conclusión    que   sacó   el   juez   de   segunda  instancia.   

                             8. Referente a  las  pruebas  que  el  numeral 2º del primer cargo dice no se estimaron, con el  propósito  de  demostrar  que  la  demandada  nunca  encargó  a Circle Freight  International  de  Panamá  S. A. la ejecución de las gestiones necesarias para  entregar  la  mercancía  a  la  destinataria (fl.30), debe decirse que ellas no  conducen  a  generar  ese  aserto,  como tendría que ser en orden a edificar el  éxito de la impugnación.   

                             A  este  propósito el censor se vale de  los  documentos  visibles  a folios 79, 80, 81, 82, 84 y 86 del cuaderno 1   y   17,  25,  26,  28,  30, 66, 67, 68, 77, 80, 82 y 83 del cuaderno 2, del  interrogatorio  de parte absuelto por los representantes legales de la demandada  y   la  demandante,  en  las  respuestas  que  allí  particulariza,  y  en  las  declaraciones  de Lilybeth Elvira Gordon Real y Carlos Manuel Eleta López, pero  ocurre   que  ellos,  ni  por  semejas,  evidencian  lo  que  así  sostiene  el  casacionista.   

                             Los primeros de aquellos papeles en tanto  que  apenas  apuntan  a  establecer  algunas de las gestiones que Circle Panamá  desarrolló  en  el  vecino  país  alrededor  del traslado dado a los productos  encargados,  tales  como  unas  declaraciones  de movimiento comercial, la orden  dada  por la sociedad extranjera al conductor Modesto Herrera para que entregara  los  bienes  allí  relacionados  a  la  sociedad  Ferca  Internacional S. A. en  Cocosolo,  el  manifiesto  de  hacienda  y  tesoro relacionado con el transporte  anterior,  un  conocimiento  de embarque en el que figura que quien entregó las  mercancías  allí  aludidas  fue Circle Panamá y una declaración extraproceso  rendida  por José Fadlallah Cheaitelly en la que expone no haberle dado ninguna  instrucción  a  esa  compañía  panameña relativa al manejo y disposición de  esos bienes.   

                             Los segundos, a la ayuda que la demandada  le  pidió  a  Circle Panamá en el embarque allí citado; a unos documentos que  la  actora  le  solicitó a aquélla para tramitar la reclamación del seguro; a  una  carta enviada por la actora a Circle Colombia en la que le pone de presente  que  ésta aceptó las condiciones en que fue acordado el envío de las cosas; a  lo  cobrado  por aquella compañía panameña por la legalización de los bienes  allí  relacionados;  a  un recibo generado por esta misma; a un fax que ella le  envió  a  la  demandada;  a  la  solicitud  que  ésta  le hace a aquélla para  contactar  al cliente para nacionalizar los artículos; al registro de entrada y  salida  de  mercancía  generado  por  FERCA  INT.  S. A. en el que se señala a  Circle  Colombia  como  embarcador;  al  telefax  que ésta le remitió a Circle  Panamá  pidiéndole  explicaciones  del  porqué  fue  devuelta la mercancía a  Colombia;  a  la respuesta a la exigencia anterior; y a unas explicaciones dadas  por la representante legal de la demandada.   

                             Obsérvese  que  esas  probanzas  ni por  asomo  desvirtúan  el  hecho  que dio por probado el juzgador relativo a que la  demandada  sí  encargó  a la nombrada organización panameña la ejecución de  las  gestiones  necesarias  para  entregarle  al  destinatario  en ese país las  especies  exportadas  por  la  actora,  pues  todas  a  una,  al  igual  que las  declaraciones  de  los  representantes  legales de las partes, con las cuales el  censor  aduce  la  ratificación  del  contenido  de algunos de esos documentos,  simplemente  describen  ciertas actividades desarrolladas desde cuando se supone  llegaron las mercancías al territorio del vecino país.   

                             Véase que el sentenciador efectivamente  concluyó  que  aquella  carga,  una  vez llegara al Puerto de Cristóbal,   “la   recibiría  Circle  Freight  International  Panamá S.A., encargada de transportarla a la zona libre  de  colón, muelle de Cocoloso Norte, bodega de Ferca internacional S.A., adonde  efectivamente   llegó   en   marzo  19”,   para   admitir   como   evidente   que  esa  sociedad  sí   “intervino como dependiente  de  la  demandada  en  Panamá, a quien se recomendó la nacionalización de las  mercancías    y    hacerse    cargo    de    ellas    hasta   su   entrega   al  destinatario”(fl.46vto.),  lo  que  así  aseveró  con apoyo, entre otros, en los documentos de los folios  70,  71,  74  y  75   y en los testimonios de Lilibeth Gordon Real y Carlos  Manuel  Eleta  López.  En el caso particular de estos documentos, se aprecia de  su  contenido  que  la  demandada  le  informó  a  la actora las comunicaciones  sostenidas  con  Circle  Panamá a través de las cuales ésta le manifestó que  la  “mercancía  se  encuentra  en La Almacenadora cerca al Muelle de Cocosolo  desde  el 15 de marzo/93”, y que esa compañía extranjera le expresó a José  Manuel  Rivera,  como  jefe  de “DITA”  que  “nuestra oficina de  Medellín-Colombia,  recibió  de  la Cía Confecciones Stefhan Ltda., 182 Ctnes  como  consta  en  el  bill  of  Lading  No.  0021825”.   Y  en  el de los  testimonios,   en   los   que  se  observa  que  el  segundo  de  los  nombrados  declaró:    “Circle  Freigth  Colombia estaba actuando en Medellín Colombia bajo instrucciones de su  cliente  y  nos envió a nosotros Circle Freingth Panamá para que ofreciéramos  nuestros  servicios”.   No  está  de  más  observar  que  siendo  cierto  que el tribunal valoró como  pruebas  aquellas declaraciones, se equivoca el casacionista en señalarlas como  dejadas de apreciar.   

                             Entonces,  así fuera que los medios que  el  censor  indica  como  no  valorados de modo expreso hicieran referencia a la  ausencia  de  ese encargo, lo cierto es que, como se dejó indicado, estas otras  probanzas   permiten   la   conclusión   a   la  que  arribó  el  ad-quem al respecto.   

                             9. En torno de  las   pruebas   indebidamente  apreciadas,  dice  el  censor  que  el  fallo  se  fundamentó  en   “la  afirmación  de  que  entre el demandante y la demandada se celebró un contrato  de  comisión  de  transporte  en  virtud  del  cual  esta  última se obligó a  contratar  y  hacer  ejecutar  el  transporte  de una mercancía desde Medellín  hasta  Panamá,  nacionalizarla  en  este  último  país  y  entregársela a su  destinatario  en  el  Muelle de Cocosolo, Colón, delegando la ejecución de los  trámites  que  debían  adelantarse  en  Panamá  en la Sociedad Circle Freigth  International     Panamá    S.    A.”(fl.33),  apoyándose  en  los  documentos de folios 70, 71, 74, 75,  76, 78, 79 y 82 del cuaderno 1.   

                             Como  quedó  visto  de  las pertinentes  consideraciones  que  incorporan  los  numerales  inmediatamente  anteriores, es  cierto  que  el fallador se basó en esas pruebas para argumentar aquello que la  censura  le atribuye, pero también es verdad que se apoyó en las declaraciones  de  Lilibeth  Gordon Real y Carlos Manuel Eleta López, empleados de la sociedad  extranjera.   Como  se  dejó  analizado, todas estas pruebas objetivamente  permiten  extraer  la  inferencia tenida en cuenta por el juez de segundo grado,  de  donde  surge  indudable que no incurrió en yerro evidente en la valoración  de  las  que  como  indebidamente  apreciadas  cita el casacionista, pues ellas,  ponderadas  en  conjunto,  como  lo hizo, permiten sostener el convenio ajustado  entre  las  partes  en  virtud del cual Circle Colombia se obligó a ejecutar el  transporte  de  las  cosas desde Medellín hasta Panamá, nacionalizarla en este  último  país  y  entregársela  a  su  destinatario  en el Muelle de Cocosolo,  Colón,  delegando  la  ejecución  de  los trámites que debían adelantarse en  aquel  territorio  en  la  nombrada sociedad extranjera. La circunstancia de que  éste  le de a esos medios una interpretación diferente de la del juzgador, por  sí  misma no entraña yerro en esa tarea evaluadora de las pruebas, pues, valga  reiterarlo,    como    lo    ha    pregonado    la    Corte,   la   ”presencia    de    un   criterio   de  ponderación  probatoria  en el censor, diverso del expuesto por el tribunal, no  se  erige  en  causa suficiente para pregonar el yerro fáctico ´mientras éste  no  degenere  ostensiblemente  en arbitrariedad´, (…), en la medida que no es  la  disparidad de opiniones en torno de la interpretación de la prueba, sino la  franca  desconexión  con  lo  que  ella  muestra,  lo  que  comporta  el  error  señalado.”(sentencia de 28  de octubre de 2003, exp.#7007, no publicada aún oficialmente).   

                               10.   Con  relación  a  las  pruebas  que  el cargo segundo dice que no fueron analizadas,  para  señalar  que  el  conjunto  de  ellas  acreditan que quien se presentó a  reclamar  las  mercancías y dio instrucciones alrededor de las mismas fue José  F.  Cheaitelly  en su condición de representante legal de Kamally Import Export  S.  A.,  ha  de  anotarse  que la aserción del sentenciador de que la demandada  incumplió  el  contrato  en  cuanto  su  gestora  en  aquel  país, esto es, la  sociedad   Circle   Freigth   International   de  Panamá,  no  le  entregó  al  destinatario  las  mercancías,  la  fundamentó  en los testimonios de Lilibeth  Gordon  Real  y  Carlos  Manuel Eleta López, quienes para esa época estaban al  servicio  de  ésta,  los  que en sus versiones ciertamente fueron enfáticos en  declarar  que nunca identificaron a quien se presentó a exigir la entrega de la  carga,  pues  simplemente  se  atuvieron  a  que  cuando se hizo presente en sus  instalaciones,  dijo  ser  José  F.  Cheaitelly,  la  persona  que  en ocasión  anterior  había  llamado  por  teléfono  para  averiguar sobre el arribo de la  misma.   

                             Es  palmario entonces, que si el soporte  de  esta  argumentación  probatoriamente  está  dado  por  dichos elementos de  convicción,  los que evidentemente apuntan a la omisión con base en la cual el  sentenciador  acabó por aseverar el incumplimiento de la demandada por no haber  entregado  las  cosas  a  su destinatario, no puede sostenerse, en consecuencia,  que  de  esas  mismas  pruebas no fueron estimadas. Y en torno de los documentos  aludidos,  ha de decirse simplemente que ninguno de los referidos en el cargo es  demostrativo  de  que la persona a quien le fue entregada la mercancía era o lo  hizo  en  nombre y representación de aquella destinataria, luego si el tribunal  los  dejó  de  apreciar,  esa  falta de consideración en orden a establecer el  aserto  del que se viene hablando resulta intrascendente. Cosa diferente hubiera  sido  si cuando menos una de tales probanzas objetivamente permitiera establecer  que  a  quien  las  cosas  le fueron entregadas era aquella persona, pues en tal  supuesto  podría  pensarse  que  esa  omisión  era grave y decisoria en cuanto  podía trascender en el resultado del fallo, lo que no ocurre.   

                             11. Referente al  cargo  tercero,  en  el  que se enlistan unas determinadas pruebas que según el  recurrente  el  ad-quem dejó  de  ver,  para  sostener  que  si las hubiera examinado se habría percatado que  ellas   “demuestran la  conducta   que   asumió  la  demandada  (mandataria)  frente  a  la  demandante  (mandante)  en  relación  con  el  deber  de  informar  sobre  el  desarrollo y  ejecución   del   encargo  encomendado”,   y  que  con  la  comunicación  de  23  de junio de 1993 le  informó      “la  ejecución  completa  del  mandato,  hecho que, unido al silencio que guardó la  demandante  durante  más  de un año, implica su aprobación tácita a la forma  como    la    demandada    ejecutó    y    cumplió    su   encargo”,  citando  al efecto el artículo 1270  del  Código  de  Comercio,  es  decir  que con su conducta aquélla aprobó esa  gestión   (fl.45),   basta   precisar   que  el  tema  planteado,  relativo  al  cumplimiento  o  no  del  deber  de  informar  el desarrollo del encargo, no fue  precisamente  el  argumento  toral  del  fallo,  sino  el  incumplimiento de esa  persona  jurídica con las obligaciones contraídas en el contrato, en la medida  en  que no entregó las cosas a su destinatario en el lugar y tiempo convenidos,  por  lo  que,  ha  de repetirse, no fue alrededor de aquélla situación sino de  ésta  que  el  juzgador  sentó  los  fundamentos que lo llevaron a adoptar las  decisiones  contenidas  en  la  providencia censurada, de lo cual resulta que el  ataque  así  planteado  es  desorientado, en la medida en que se circunscribe a  una  circunstancia  del  todo  ajena  a  las  consideraciones  que  sirvieron de  apoyatura a las resoluciones adoptadas.   

                             Sabido  es  que, como con insistencia lo  viene  pregonando  la  doctrina  jurisprudencial de la Corporación, la crítica  que  formule  el  casacionista  a  la  sentencia debe guardar una adecuada   “consonancia   con   lo  esencial  de  la  motivación  que  se  pretende descalificar, vale decir que se  refiera  directamente  a  las  bases  en  verdad  importantes  y decisivas en la  construcción  jurídica  sobre  la  cual se asienta la sentencia, habida cuenta  que  si  blanco  del  ataque  se  hacen  los  supuestos  que  delinea a su mejor  conveniencia  el  recurrente  y  no los que objetivamente constituyen fundamento  nuclear  de  la  providencia,  se  configura  un  notorio  defecto  técnico por  desenfoque   que  conduce  al  fracaso  del  cargo  correspondiente.”(G.J.,  t.  CCLVIII, pag.294; reiterada  en   sentencia  de  7  de  noviembre  de  2002,  exp.#7587,  no  publicada  aún  oficialmente).   

12.          En  el defecto técnico anterior incurre  el  cargo  cuarto,  pues  es palmar, según ya quedó analizado, que la causa de  este  proceso  no  giró  en punto al contrato de compraventa que pudo ajustarse  entre  la  demandante,  como  vendedora de las mercancías transportadas, con la  destinataria  como  compradora  de  ellas,  sino del negocio jurídico alcanzado  entre  las  partes  en  el  que  la  demandada  contrajo la obligación de hacer  transportar  las  cosas  desde Medellín hasta la República de Panamá, el cual  incumplió  al  no  haber  procurado  la  entrega,  por lo que lo inherente a la  forma,  condiciones  y  consecuencias de aquel acto dispositivo se encuentra por  fuera  de  los  límites  de la  casación, desde luego que por lo mismo no  fue objeto de estimación en la sentencia recurrida.   

13.  No prosperan  los cargos analizados.   

CARGO QUINTO  

La sentencia recurrida infringió de manera  directa,  por falta de aplicación, los artículos 1608 y 1615 del Código Civil  y 90 del Código de Procedimiento Civil.   

1.  Argumenta que  según  las  normas  mencionadas  para  que  haya  lugar  a la indemnización es  indispensable  la  mora del deudor y que, con apoyo en ellas, la Corte ha venido  sosteniendo  que  la corrección monetaria es un perjuicio que encaja dentro del  daño  emergente,  de  suerte  que  su indemnización también está sujeta a la  mora del deudor.   

2.  El  Tribunal  condenó  a  la  demandada al pago de la corrección monetaria por un periodo de  cuatro  años,  sin  tener  en  cuenta  las  disposiciones invocadas, ya que con  anterioridad  al 29 de agosto de 1994, fecha de notificación del auto admisorio  de  la demanda a la sociedad demandada, ésta no se encontraba en mora. De haber  aplicado  esos  preceptos legales, habría impuesto las condenas por corrección  monetaria  a  partir  de  la fecha última citada y no del 2 de octubre de 1993,  como lo hizo.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1. Sobre el punto  relativo   a   la  corrección  monetaria,  su  relación  con  el  concepto  de  indemnización  y  la  necesidad de constituir en mora al deudor para efectos de  su reconocimiento y pago la Corte ha dicho:   

                              “Incurre,  pues,  en desacierto la censura, en cuanto en términos absolutos asevera que el  pago   de   obligaciones  dinerarias  corregidas  monetariamente  obedece  a  la  necesidad  de  resarcir un perjuicio y que, subsecuentemente, mientras el deudor  no   sea  constituido  en  mora  no  hay  lugar  a  tal  reconocimiento,  porque  ésta      –la  mora-,   es  el  presupuesto ineludible de toda indemnización. El desatino  que  al  recurrente  se  le  atribuye radica en que, como viene de exponerse, el  fundamento  de  la  corrección  monetaria  no  puede ubicarse en la urgencia de  reparar  un  daño  emergente,  sino  en obedecimiento, insístese, a principios  más  elevados  como  el  de la inequidad, el de la plenitud del pago o el de la  preservación  de  la  reciprocidad  en  los  contratos  bilaterales. De ninguna  manera,  en  fin,  es  dable  inferir que en asuntos como el de esta especie, el  reajuste  de  la  condena  en proporción a la depreciación del signo monetario  constituya  un perjuicio más que deba ser reparado, puesto que, reiterase aun a  riesgo  de  fatigar,  la  pérdida del poder adquisitivo del dinero no afecta la  estructura  intrínseca  del daño, sino su cuantía, de modo que la corrección  tiene  por  finalidad  la reparación integral, no la de indemnizar un perjuicio  más;  amén  que,  en ese mismo orden de ideas, tampoco puede verse en ello una  sanción    por   un   acto   contrario   al   ordenamiento   legal.”(sentencia   número   042   de  9  de  septiembre de 1999, no publicada aún oficialmente).   

                               

2. De suerte que si  la   actualización   monetaria   per  se    no    entraña   ni   está   dentro   del   concepto   de   “indemnización”,  como se acaba de dejar sentado, evidente resulta concluir  que  el juez de segundo grado no quebrantó las normas que en esta acusación se  le  achacan  como  infringidas,  no  solo  porque  bajo el entendido expuesto no  tenía  que aplicarlas sino porque, en el caso particular del artículo 1615 del  Código  Civil, se regula un evento relativo a la indemnización, siendo que las  dos  restantes,  en  la  idea expuesta por el censor, fueron citadas apenas como  indicadoras   de   la   necesidad   de  constituir  en  mora  para  el  pago  de  perjuicios.   

3.  Por tanto, el  cargo fracasa.   

CARGO SEXTO  

Por  manifiesto  error  de  hecho  en  la  apreciación   de  algunas  pruebas,  la  sentencia  quebrantó,  por  falta  de  aplicación, los artículos 1613 y 1614 del Código Civil.   

1. Plantea que se  dejaron  de  apreciar la complementación al dictamen pericial que obra a folios  152  a  157  del  cuaderno  1, en cuanto dichos expertos determinaron que de los  $204’532.720  en  que  valoraron  la  mercancía, $132’946.268 corresponden a su  costo  y los $71’586.452 restantes a la utilidad por su venta, ésta equivalente  al 35% de aquella.   

2. El error en que  incurrió   el   ad-quem,  asegura,  consistió  en  ignorar las pruebas citadas que demuestran que la suma  de  $204’532.720  no  corresponde en su totalidad al costo de la mercancía que,  de  no  haberlo  cometido,  habría  concluido que el valor de la mercancía era  apenas  de  $132’946.268;  igualmente  que  la ganancia que dejó de percibir la  demandante  por  lucro  cesante  ascendía  a  $33’236.507,   y no el monto  establecido  en  la  sentencia.  Es  claro  que  ese  error llevó al fallador a  liquidar  el  lucro  cesante  sobre una cifra que ya lo contenía, haciendo más  gravosa  la  situación  de  la  demandada;  añade que de haber lugar a imponer  condenas,  sería  apenas  en  las sumas de $132’946.268, por daño emergente, y  $33’236.507, por lucro cesante.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  De entrada se  advierte  que la acusación es incompleta pues, como se acaba de dejar visto, el  error  a  que  se  contrae  la  misma  se  limitó a que se dejó de apreciar la  complementación  del  dictamen  pericial, de modo que si no se hubiera cometido  ese  yerro las condenas no habrían sido las impuestas sino las memoradas por el  censor,  pero  sucede que las pruebas que en el punto guiaron al sentenciador, a  más  del  dictamen  pericial,  en  su  integridad,  fundamentalmente fueron las  remesas  de  carga  y la contabilidad de la misma demandada, de suerte que, para  romper  la  presunción  de  acierto  con  la  que  llega a la Corte el fallo el  impugnador  estaba  en  el  deber  de  atacar  también  esos  otros  medios  de  convicción  a  cuyo  amparo  el  juzgador  optó  por  la  decisión  objeto de  inconformidad,  lo  que  no  hizo, situación que  comporta inane el cargo,  toda  vez  que,  como  con  insistencia  la  Corporación  lo  viene expresando,  el   “quiebre  de  un  fallo  en  casación  exige,  merced a lo excepcional del recurso y al principio  dispositivo  que lo inspira el rompimiento de la presunción de verdad y acierto  que  arropa  a  la sentencia enjuiciada, así como, en tratándose de acusación  consistente  en  violación  de  ley  sustancial  por  el  sendero indirecto, la  demostración  palmar  de una equivocación evidente y trascendente cometida por  el  fallador  en  la apreciación de las pruebas obrantes en el expediente, cual  lo  ha  reiterado  la  Corte  en  múltiples  ocasiones, pues `…por vía de la  causal  primera  de  casación no cualquier cargo puede recibirse ni puede tener  eficacia  legal,  sino  tan  sólo aquellos que impugnan directa y completamente  los  fundamentos  de  la  sentencia  por las resoluciones adoptadas en ésta; de  allí  que  haya  predicado repetidamente que los cargos operantes en un recurso  de  casación únicamente son aquellos que se refieren a las bases fundamentales  del  fallo recurrido, con el objeto de desvirtuarlas o quebrantarlas, puesto que  si  alguna  de ellas no es atacada y por sí misma le presta apoyo suficiente al  fallo  imputado,  éste  debe quedar en pie haciéndose de paso inocuo el examen  de  aquellos otros desaciertos cuyo reconocimiento reclama la censura`(sentencia  de  27  de  julio de 1999, exp.#5189, no publicada oficialmente), criterio éste  que       la       Sala       ha      reiterado      insistentemente”(sentencia  de  12  de  abril  de 2004,  exp.7077, no publicada aún oficialmente).   

                             2. Nótese que  para  cuantificar la indemnización el sentenciador expresó lo siguiente:   «…como ya no es posible el  cumplimiento  tal  cual  se  estipuló, se impone por equivalencia, cambio de la  prestación  por  el  pago  del  valor  de  los  bienes  y  conforme a los datos  contenidos  en  los  documentos  de remesa, porque al recibirlos no hizo constar  diferencias  certificadas  por  contador  público  o,  en  su  defecto, por dos  comerciante (art. 1293 ib.)»   

                               

«Papeles  domésticos que describen por sus  características  individualizantes,  uno  a  uno,  los  artículos;  documentos  privados  implícitamente  reconocidos por la parte demandada cuyo representante  aportó  copia de los mismos, por tanto, son auténticos, así, prueban su fecha  y  declaraciones  que  insertan  (arts.  252  apte.  4°,  276, 279, 264 Código  Procesal  Civil);  lo que aparece en los libros de contabilidad de la demandada,  por  valor  de  $204.532.720; llevados con sujeción a las normas rectoras, como  lo   dictaminan  peritos  en  la  materia».   

                               

3. De los apartes  transcritos  se  establece que el sentenciador, para concluir en esas cifras, se  apoyó  en lo consignado en aquellas pruebas documentales, es decir, las remesas  y  los  libros  de  contabilidad, las que, como ya se dijo, el casacionista pasa  del  todo  por  alto,  dando  lugar, con ese particular comportamiento, a que el  fallo  atacado  continúe  con  el  sello de presunción de acierto de que goza.   

                               

                             4. No prospera,  pues, este cargo.   

B. DE LA PARTE DEMANDANTE  

                                                          

                             CARGO  PRIMERO   

                            Con  base en la causal primera, se acusa  el  fallo de violar, de manera directa, por falta de aplicación, los artículos  1613,  1614, 1615, 1617, 1626, 1731 y 1738 del Código Civil, y 992, 1024, 1030,  1031, 1292, 1293, 1312, 1313, 1314 y 1315 del Código de Comercio.   

                              

                              1.   Para  desarrollar  el  concepto  de  la  violación,  observa  el  impugnador cómo en  relación  con  el  cálculo  de  la  corrección monetaria e intereses sobre el  valor  de  la  mercancía el tribunal aceptó que la demandante tenía derecho a  un  capital  de $94’532.270 y a la actualización y réditos a una tasa del  36,36%  anual  durante cuatro años, pero que al hacer la operación aritmética  concluyó  que  la  suma  total  de los tres conceptos ascendía a $137’488.387,  siendo  que  esta  cifra  correspondía  sólo  a  los dos últimos y que a ella  debía  de  sumarle  la del capital que sirvió de base para el cálculo, lo que  arrojaba un gran total de $232’021.107.   

                              

                               Con    ello,    el    ad-quem,  en  la práctica, no aceptó una  porción  de  la  indemnización  que  en  la parte motiva dijo conceder y puede  pensarse  o  que dejó de reconocer la totalidad del capital o bien que hizo tal  reconocimiento,  pero  dejó  de  estimar una buena porción de la corrección e  intereses.   

                            2. Asimismo, hay  error  en  la  actualización  y  la utilidad del lucro cesante, porque el   fallador  admitió  que el actor tenía derecho por este concepto a $51’133.180,  sobre  el  que  debía  hacerse  la  “revaluación  monetaria”  a la tasa ya  indicada  y  durante  el  tiempo  transcurrido  hasta  la  fecha de la decisión  complementaria.   Empero,  al  efectuar la operación aritmética concluyó  que   el   valor   de   ese   lucro  más  su  corrección  y  réditos  era  de  $88’312.155.   El  error consistió en que esta última cifra correspondía  exclusivamente  a  la  actualización  e  intereses,  y a ella debía sumarse el  valor  del  capital  que sirvió de base para el cálculo, lo que conducía a un  gran total de $139’445.335.   

                            3.  De modo que  el  juez  de  segunda  instancia  en  la  práctica  no  acogió  el total de la  indemnización  que  en la parte motiva dijo conceder y puede pensarse que dejó  de  reconocer  la  totalidad  del capital o que aceptó el capital pero dejó de  convenir  una  buena  porción  de la corrección y los intereses, por lo que la  parte  resolutiva  del  fallo no otorgó las indemnizaciones a que el demandante  tenía  derecho; de esta manera dejó de aplicar las normas citadas en el cargo,  que seguidamente entró a explicar.   

                              

CARGO SEGUNDO  

                               

Se  formula  con base en la causal segunda,  por  no  estar  el  fallo  en  consonancia  con  las  pretensiones  del  libelo,  asegurando  que  aunque  en  este escrito se solicitó el pago de la mercancía,  del  lucro  cesante,  la  corrección  monetaria de ambos y los intereses de las  sumas   ya   corregidas,   la   providencia  dejó  de  reconocer  parte  de  la  actualización  y de los réditos sobre el valor de las mercaderías y del lucro  cesante.   

1. Explica que el  juzgador  reconoció el valor de la mercancía por $94’532.720 y por corrección  monetaria  e  intereses  el  36,36%  anual,  mas después de hacer la operación  aritmética  dijo  que  aquella  suma,  para  la  fecha  de  esa determinación,  ascendía  a  $137’488.387.  No  se percató así que esta última cantidad hace  referencia  únicamente  al  monto  de la actualización y a la ganancia de  aquel  capital,  y  que  la  cuantía  correcta  de  éste es el resultado de la  sumatoria    de    aquellas    dos    cifras,    el    cual    asciende   a  $232’021.107.   

2.   Asimismo,  prosigue,  la  sentencia  condenó  al  pago  del lucro cesante, y al calcularlo  nuevamente   en   la   resolución   complementaria   aceptó  que  ascendía  a  $51’133.180.  Aparte  de  ello  el fallo adicional admitió conceder corrección  monetaria  y  los  rendimientos,  pero el sentenciador finalmente no se percató  que  los $88’312.155 que allí mencionó corresponden únicamente al valor de la  actualización  y  no  a  ese  concepto y al lucro cesante, puesto que por uno y  otro  el importe correcto es de $139´445.335.  De tal suerte que aunque en  la  parte resolutiva dice reconocer el lucro y la actualización sobre el mismo,  lo   cierto   es   que   no   lo  hizo,  debido  al  error  aritmético  en  que  incurrió.   

                             3. Señala que  debido  a ese yerro, la sentencia cae en omisión que puede interpretarse de dos  maneras:  o  que  dejó  de  reconocer el capital correspondiente al costo de la  mercancía  y  el  relativo  al  lucro  cesante  y  sólo otorgó la corrección  monetaria  e  intereses,  o  que  reconoció  el  capital pero dejó de resolver  parcialmente  sobre  esos  otros  conceptos, razón por la cual considera que el  fallo omitió decidir parte de las pretensiones de la demanda.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                                1.  Delanteramente  ha  de verse cómo las acusaciones que se analizan carecen de la  precisión  que de ellas se exige, puesto que, tal cual se registró al hacer su  compendio,  a  ciencia  cierta  no  se  sabe  si lo que se propuso el censor fue  enrostrarle  al  tribunal  haber dejado de reconocer parte del capital o, por el  contrario,  criticarlo por no aceptar en su integridad la corrección monetaria,  situación  que,  por  ese  mismo  carácter,  no le permite a la Corte tener la  suficiente  certeza  acerca  de  cuál es en realidad la verdadera inconformidad  del  recurrente  frente a las determinaciones adoptadas en el fallo, esto es, si  lo  uno  o lo otro; desde luego que para que una censura en casación cumpla con  la  exigencia  formal  de  ser  precisa,  clara  y concreta, el impugnador ha de  exponer,  de  manera indubitable, el punto exacto que lo aleja del fallador, que  ha de constituir el eje central de su crítica.   

                            De modo que cuando dice que la sentencia  puede  interpretarse  en  el  sentido  de  que  dejó  de  reconocer  el capital  correspondiente  al  costo  de  la  mercancía  y el relativo al lucro cesante y  sólo  otorgó  la corrección monetaria e intereses o que reconoció el capital  pero  dejó  de  resolver  parcialmente  sobre  esos  otros conceptos, sin tomar  partido  por  ninguna  de  esas  dos alternativas, el casacionista se aparta del  postulado  que  se  comenta, como que esa ambivalencia contrasta ostensiblemente  con la precisión exigida.   

                            2.  Desde otra  perspectiva,   ha  de  observarse  cómo  el  acusador  desarrolla  la  crítica  afirmando  que  en  relación  con el cálculo de la corrección monetaria y los  intereses  sobre  el  valor  de  la  mercancía  y  el lucro cesante el tribunal  aceptó  que  la  demandante  tenía  derecho  a las sumas de $94’532.270, en el  primer  caso,  y  $51’133.180,  en  el segundo, y a la actualización y réditos  sobre  cada  una  de  ellas  a  la tasa del 36,36% anual durante el tiempo allí  indicado,  pero que al hacer la operación aritmética concluyó que la cantidad  total  por  los  tres  conceptos  ascendía  a  $137’488.387  y  a  $88’312.155,  respectivamente,  siendo  que estas cifras correspondían sólo a la indexación  e   intereses;   esto  es  que  el  casacionista  le  atribuye  al  ad-quem   haber  descompuesto  los  tres  rubros,  vale  decir,  el  capital,  la actualización monetaria y los réditos,  tanto  en lo tocante con el valor de las mercaderías como con el lucro cesante,  por  lo  que  considera  que  al  resultado  que  generó cada una de las reglas  matemáticas  aplicadas  debía agregarse la cifra que como base tomó para cada  una de ellas.   

                            Pero  acontece  que  en  lo inherente al  valor  de  las  mercancías, al manifestar su respaldo a la providencia apelada,  el      fallador      sostuvo      que      la     confirmaría     “en  cuanto estimó la pretensión de la  demandante,  cuya  cuantía queda, entonces, reducida a $94.532.720, valor de la  mercancía   desaparecida,   cifra  que  actualmente  asciende  a  $137.488.387,  computando  sobre  aquella  un  interés  del  36.36%  anual  y  durante  cuatro  años”  (fl.48),  aspecto  sobre  el  que,  en  la decisión complementaria, reiteró que para alcanzar esa  cifra   “acudió   a  la  fórmula  de calcular los intereses vigentes para créditos ordinarios a la tasa  del  36.36% anual, que comprenden la corrección monetaria e intereses; por eso,  en  estricto  sentido  y  como  la tasa mencionada no corresponde únicamente al  último  concepto,  no  se  puede adicionar a la cifra adeudada la resultante de  calcularla     sobre     la     misma”(fl.60).   

                            Y  sobre el lucro cesante consideró que  equivalía  “a la ganancia  que  dejó  de percibir la demandante por no haber efectuado la venta, que en el  concepto  de  expertos  guarda  proporción  con  el  35%,  del  que  se reclama  solamente  el  25%,  igual a $23.133.180”(fl.48vto.),   para  seguidamente  señalar,  en  la  determinación  complementaria,  luego  de  admitir que la cifra correcta es de $23.633.180 y de  reconocer  a  favor de la aseguradora por ese concepto $27.500.00, que el mismo,  sumando  aquel  valor  reconocido  al  actor  y  éste  a  la  interviniente, ya  actualizada,    “ahora  asciende       a       $88.312.155”(fl.60vto.).   

                            Efectuada la comparación entre lo que el  juez  de segundo grado ciertamente expresó y resolvió sobre la particularizada  temática  con  aquello  que el censor le atribuye haber argumentado y decidido,  surge  palmario  el desacople en que incurre la censura, por cuanto el error que  se  pretende  evidenciar  parte  de achacarle al juzgador haber descompuesto los  conceptos  de  capital,  actualización  monetaria  e  intereses para generar el  resultado  frente al cual la acusadora sostiene que la cuantía es mayor, cuando  la  verdad  es  que  el sentenciador consideró que en la cifra que halló, como  consecuencia  de  las  operaciones  matemáticas  que  verificó, se encontraban  involucrados  todos  los  conceptos,  sin hacer la distinción que en esta senda  extraordinaria  se  le imputa; al malinterpretar así la providencia atacada, el  impugnador  puso  al  tribunal  a  decir  lo  que  ciertamente  no argumentó ni  resolvió,  desde  luego  que  éste  jamás  tuvo en mente sumar intereses más  capital,  como  que  se  limitó a adoptar unas determinadas reglas aritméticas  con  el único propósito de encontrar el valor al que ascenderían las condenas  a  la  fecha de la resolución combatida, tomando como cifras base, por un lado,  el  valor  de las mercancías, una vez dedujo la cantidad que dijo reconocerle a  la  aseguradora  interviniente  y,  por  otro,  el  monto que estimó como lucro  cesante,  aplicando en cada caso el 36.36%. Expresado con otras palabras, pese a  que  el  ad-quem se limitó a  la  aplicación  de  este  porcentaje,  pues  entendió que bajo esa fórmula se  abarcaban  todos  los  conceptos,  el  recurrente  erradamente entiende que para  hallar  aquellas  cantidades,  aquél  descompuso  dichos  tres  conceptos, para  argumentar,  bajo  esa desacertada comprensión, que el resultado que finalmente  generaban  las  mentadas  operaciones  era  el  indicado  en  los cargos y no el  reconocido  en  la  sentencia;  así  terminó  enjuiciándole  al  fallador  un  discurso  que,  itérase  a  riesgo de fatigar, en la decisión criticada brilla  por su ausencia.   

                            3.  Ahora,  de  hacer   la   Corte  abstracción  de  las  deficiencias  técnicas  acabadas  de  evidenciar,  de entenderse que lo que se cuestiona es que el fallador de segundo  grado,  al  resolver  sobre  la  corrección y los rendimientos del valor de las  mercaderías  y  del  lucro  cesante,  no  impuso la condena por la cuantía que  indica  el  impugnador,  siendo  que  éste  parte  de  la idea de que al efecto  debieron  sumarse  las  cifras  que  sirvieron  de  base  para  las  operaciones  aritméticas  a  los resultados obtenidos, es decir, que de considerarse que los  cargos  arremeten  concretamente  contra el producto hallado por el sentenciador  al  hacer aplicación de las reglas matemáticas, pues dicen que debió ser, por  ejemplo,    en    lo    que   toca   con   daño   emergente,   $232’021.107.00,     en     lugar     de  $137’488.387, la negativa  a   reconocerle   mérito   a   las   acusaciones   se   impone,   como  pasa  a  verse.   

                             4.   En  lo  relativo  al  cargo  primero, debe observarse que a la vía directa de la causal  primera  de casación, prevista en el artículo 368 del Código de Procedimiento  Civil,  se  acude  cuando es necesario formularle al juzgador reproches por caer  en  yerros  puramente  jurídicos,  esto  es,  cuando  la  violación  de la ley  sustancial  tiene lugar con abstracción de los fundamentos de hecho del asunto,  es   decir,   que  “en  la  demostración  de  un  cargo  por  violación  directa,  el  recurrente no puede  separarse  de  las  conclusiones a que en la tarea del examen de los hechos haya  llegado  el  tribunal.  En  tal  evento, la actividad dialéctica del impugnador  tiene   que  realizarse  necesaria  y  exclusivamente  en  torno  a  los  textos  sustanciales   que   considere   no  aplicados,  o  aplicados  indebidamente,  o  erróneamente  interpretados;  pero  en todo caso, con absoluta prescindencia de  cualquier  consideración  que  implique  discrepancia  con  el  juicio  que  el  sentenciador    haya    hecho   en   relación   con   las   pruebas”(G.J., t. CXLVI, pag.50).   

                            La  crítica  que el actor formula en la  acusación  señalada  se  concreta al hecho de que, al efectuar las operaciones  aritméticas,  con  miras  a  establecer  la  actualización  monetaria  de  las  condenas  que concedió, el sentenciador encontró unos resultados diferentes de  los  que  por esta senda casacional se pretende, pues al paso que aquél indicó  que  dentro de los mismos se hallaban incorporadas las sumas que tomó como base  para  hacer  el  cálculo,  éste,  por  su lado, pregona que no, por lo que las  cifras  adoptadas como soporte debían ser adicionadas. En esto, pues, radica el  error  que,  desde la perspectiva jurídica, como viene montada esta arremetida,  el censor le endilga al tribunal.   

                            De lo anterior de advierte, entonces, que  el  acusador  no  plantea un desacuerdo en el análisis jurídico con base en el  cual  el ad-quem resolvió lo  atinente  al  monto  de las indemnizaciones, al punto que ni siquiera lo critica  por  el  método utilizado para hallar la susodicha actualización monetaria; es  decir,  que  el  planteamiento ciertamente no radica, como tenía que ser, en un  problema  sobre  la  inteligencia  con  base  en  la  cual  el  juzgador hubiera  interpretado   y  aplicado  las  normas,  a  través  del  cual  se  hiciera  un  planteamiento  sobre  un  error  eminentemente  jurídico,  sino  de  uno apenas  aritmético,  al  estimar  la  censura,  como ya se dijo, que el resultado de la  operación  elaborada por el fallador no era el que éste a la postre reconoció  sino el sugerido por el recurrente.   

                              No   existe,   pues,   un   discurso  argumentativo  que explique la violación de una norma de derecho sustancial, el  cual,  por  lo  demás,  no  lo podía haber si se toma en consideración que lo  mentados  resultados,  surgidos  como  consecuencia  de  las reglas aritméticas  aplicadas  por  el  fallador, no están previstos en la ley, tampoco la forma ni  la  fórmula  como  los  mismos  podían  obtenerse,  razón por la cual la sola  circunstancia  de  que  el  sentenciador,  en la aplicación y desarrollo de las  operaciones  numéricas respectivas, no hubiere concluido en las cifras alegadas  por  el impugnador, así las sumas obtenidas por aquél fueran diferentes de las  que  sugirieran  la  lógica  de las matemáticas, no constituiría un error que  pudiera  ser  atacable  por  vía  directa,  pues falencia de esa naturaleza muy  lejos  se  halla,  itérase,  de quebrantar, por esta vía, una norma de derecho  sustancial  por  no  comprender  ello  un  razonamiento de estirpe jurídico. Es  palmario  que  el  yerro  que  alrededor  de  la  generación  de los susodichos  resultados    dice    el    recurrente   cometió   el   juzgador   per   se   no  podría  entrañar  error  juris  in  judicando, desde  luego  que  se  trata  de una probable equivocación surgida en el desarrollo de  unos  cálculos  aritméticos,  para  cuya  corrección el ordenamiento procesal  señala  una  solución  que,  en  todo  caso,  no  es  la  vía de este recurso  extraordinario,  como  así  lo  establece  del  artículo  310  del  Código de  Procedimiento  Civil  al  prever  que  “toda  providencia  en  que  se  haya  incurrido  en  error puramente  aritmético,  es  corregible  por  el  juez  que  la  dictó, en  cualquier  tiempo,  de  oficio  o  a  solicitud  de parte, mediante auto susceptible de los  mismos   recursos   que  procedían  contra  ella,  salvo  los  de  casación  y  revisión”.   

                              5.    La  consideración  inmediatamente  precedente  de  paso  conduce  a sostener que la  incongruencia alegada en el cargo segundo tampoco tuvo lugar.   

                             No  obstante  lo  anterior,  de  por sí  suficiente  para  negarle  todo mérito a la aludida crítica, es de notarse que  para  argumentar  con  éxito  el  motivo  segundo casacional el recurrente debe  evidenciar  que  el  sentenciador  resolvió  más  de  lo  pedido (ultra   petita),  o  que  decidió  sobre  asuntos  no  sometidos  a la correspondiente composición judicial (extra  petita), o, en últimas, que dejó  de  pronunciarse  sobre  alguna  de  las pretensiones del accionante o sobre las  excepciones  del  demandado  (citra petita),  o  acerca  de  algunas  que  debió  reconocer oficiosamente. En  tratándose  de  este  último  evento, vale decir, cuando el pronunciamiento es  criticado     por     mínima    petita,  ha dicho la Corte, el fallo es inconsonante habida consideración  a  que de ese modo no se habría dirimido en su totalidad el litigio planteado a  la  jurisdicción  del Estado, continuando así trabada la relación procesal en  lo  no  resuelto.  Se  trata  entonces de que sobre alguna de las pretensiones o  excepciones  propuestas el juez no hubiere emitido la correspondiente decisión,  hipótesis  bajo la cual el fallo, en cuanto toca con ese particular aspecto, es  disonante.    

   

                            Tal cual se dejó registrado al hacer el  compendio  de la providencia atacada, en el caso presente el sentenciador sí se  pronunció  sobre  las  pretensiones de la demanda relativas a la actualización  de  la moneda y a los intereses, tanto en lo concerniente al valor de los bienes  distraídos  como  al  lucro  cesante,  de donde se desprende que formalmente la  sentencia    no    es    disonante    por    mínima  petita,  en  cuanto  no  dejó  de  resolver sobre tan  particularizados  aspectos,  sólo que lo hizo por suma diferente a la socorrida  por  el  censor;  esto  es,  que el tribunal sí apreció las pretensiones de la  demanda  al  despachar  la  condena  por  los  conceptos de capital, intereses y  corrección   monetaria  aunque  en  expresiones  numéricas  diferentes  a  las  insinuadas por el impugnador.   

                             Por  supuesto que en su entendimiento el  juzgador  incluyó  todo,  tanto  así  que  en  la  providencia  complementaria  señaló:    “En  la  sentencia  se  precisó  que,  el  valor  de  los bienes desaparecidos ascendía  a             (…)            $94.532.720        (…),  los  que  revaluados  alcanzaban  a  $137.488.387; para lo que se  acudió  a  la  fórmula  de  calcular  los  intereses  vigentes  para créditos  ordinarios  a  la tasa del 36.36% anual, que comprenden la corrección monetaria  e  intereses;  por  eso,  en  estricto  sentido  y  como  la  tasa mencionada no  corresponde  únicamente  al  último concepto, no se puede adicionar a la cifra  adeudada    la    resultante    de   calcularla   sobre   la   misma”.  Allí  mismo,  en  relación con el  lucro   cesante,   luego   de  precisar  que  le  reconocía  a  la  aseguradora  interviniente  $27.500.000,  para  un  total  de  $51´133.180 por ese concepto,  sumando  así  los  $23´633.180 que en la providencia inicial concedió a favor  del  actor,  falló que sobre el mismo “amerita  sentencia complementaria; al igual que para la revaluación  monetaria,    siendo    que    la   expresada   cifra  ($51´133.180)   corresponde  ahora  a  $88´312.155;  también,  para  imponer  el  pago  de  las cifras deducidas por capital y lucro  cesante,  con  su corrección monetaria entre la fecha de la sentencia y de esta  complementaria”(fls.59vto.  y 60).   

                            Por  consiguiente,  si  algún  error se  presentó,  sería  apenas de cálculo, el cual, en todo caso, no entraña dejar  de  resolver  sobre lo pedido, como quiera que al proceder de la manera indicada  el  ad-quem entendió que en  el  resultado  que  finalmente  admitió  estaban  incluidos todos los conceptos  impetrados  en  la  demanda, razón por la cual la predicada incongruencia no se  gestó.   

                            6. No prosperan  los cargos.   

                               

DECISIÓN:  

                              

En  armonía  con  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de  la  República,  y  por  autoridad  de  la  ley, NO  CASA  la  sentencia  de 2 de  octubre  de  1997,  pronunciada  por  la  Sala  Civil  del Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  dentro del proceso ordinario identificado en  esta    providencia.    

                             Sin  costas  en  casación, por no haber  prosperado ninguno de los recursos.   

CÓPIESE,  NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

    

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