SC 041 2005 [7300131100042001 00198 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-041-2005 [7300131100042001-00198-01]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  CIVIL   

Magistrado Ponente:  

CÉSAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

Bogotá D.C., primero (1) de marzo de dos mil  cinco (2005).    

                                            Ref:                  Exp.  73001-3110-004-2001-00198-01   

Se decide el recurso de casación interpuesto  por   el   demandante   JUAN   JOSÉ  BARRAGÁN  CRUZ  contra la sentencia de 5 de febrero de 2003, proferida  por  la  Sala  Civil  –  Familia  del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Ibagué,  en  el  proceso  de  impugnación  de  la  paternidad extramatrimonial  adelantado  frente  a  la  menor PAULA ANDREA BARRAGÁN  MORENO,   representada   por  su  madre  MARTHA BEATRIZ MORENO ROJAS.   

                                I.           ANTECEDENTES   

                                            1.        Mediante  demanda  presentada  el  15  de  marzo de 2001, Juan José  Barragán  Cruz  convocó a la menor Paula Andrea Barragán Moreno, a través de  Martha  Beatriz  Moreno  Rojas,  para  que  se  declarara que ella no es su hija  extramatrimonial   y,   consecuencialmente,   se  comunicara  lo  pertinente  al  funcionario competente del registro civil.   

2.             Como  sustento  de  las  súplicas  se  describieron los hechos que pasan a compendiarse.   

a.            El  actor  conoció  a Martha Beatriz en  Ibagué,  y  desde  1990,  cuando  ésta se trasladó a Bogotá, él la visitaba  quincenal  o  mensualmente,  a  la  vez  que  sostenían  “relaciones sexuales  esporádicas”.   

b.            Cuando  el  demandante  se  enteró  del  embarazo  de Martha Beatriz, y que el hijo esperado era suyo, colaboró con ella  y su familia para que se reinstalaran en Ibagué.   

c.            El  15  de  febrero de 1991 nació Paula  Andrea, y Juan José la reconoció como hija extramatrimonial.   

d.             En   diciembre   de   2000,  por  vía  telefónica,   alguien   no  identificado  le  manifestó  al  actor  “que  se  encontraba  manteniendo  a  la  hija  de  otra  persona,  de  un excompañero de  estudios  de  la  señora MARTHA BEATRIZ MORENO ROJAS por cuanto PAULA ANDREA no  era su hija”.   

e.             Como   producto  de  las  indagaciones  realizadas  por  el demandante, en febrero de 2001, con base en aseveraciones de  Martha  Beatriz,  pudo  corroborar  que  la  menor  no  era  su hija, por lo que  suspendió   la  ayuda  económica  que  le  brindaba  e  inició  este  pleito.   

3.            Por  conducto de mandatario judicial, la  madre  de  la  menor  respondió  la  demanda,  oponiéndose a sus pretensiones;  asimismo,  admitió  algunos  hechos,  negó  otros  y  exigió la prueba de los  restantes,  al  paso  que  formuló  infructuosamente  la  excepción  previa de  “caducidad  de  la  acción”,  y  la  de mérito de “prescripción, por no  accionar  en  término  legal”,  fundada  en  los  artículos  2512 y 2535 del  Código Civil.   

Sobre esta última anotó, entre otras cosas,  que  Juan  José  “tuvo  conocimiento de que la menor que había reconocido no  era  hija  suya,  desde hace muchos años, pero debido a la demanda de alimentos  interpuesta  …  éste procedió a iniciar la impugnación con el fin de evadir  su responsabilidad.”    

                             4.          El Juez Cuarto de Familia de Ibagué puso  fin  a  la  primera instancia, con fallo de 14 de mayo de 2002, donde accedió a  las  aspiraciones  contenidas en el libelo, decisión que, al ser apelada por la  demandada,  resultó revocada por el Tribunal, que, en sentencia de 5 de febrero  de  2003,  declaró probada la excepción de caducidad de la acción y negó las  pretensiones,  acogiendo  de  este  modo  el  concepto emitido por el Ministerio  Público.   

                                                II.                       LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL   

1.            Tras reseñar la actuación procesal, el  ad  quem  precisó  que  la  acción   intentada   es   la   de   impugnación  del  reconocimiento  de  hija  extramatrimonial,  prevista  por  el  artículo  5º  de  la  ley 75 de 1968, en  consonancia con los artículos 248 y 335 del Código Civil.   

Seguidamente   reprodujo   apartes  de  un  precedente  jurisprudencial,  y  afirmó que estaba acreditada la primera causal  del  artículo  248  in fine,  esto  es,  “que  el legitimado no ha podido tener por padre al legitimante”,  como  consecuencia  del  resultado de incompatibilidad y exclusión arrojado por  la  prueba genética, evidencia esta sobre la que, agregó, “ … no ha habido  controversia alguna …”.   

2.            A  continuación  emprendió  el estudio  acerca  de  la oportunidad en la interposición de la acción, es decir, si ella  fue  adelantada  “dentro  de los trescientos días subsiguientes a la fecha en  que  el  reconocedor tuvo interés actual y pudo hacer valer su derecho”,  como lo ordena el inciso final del mentado artículo 248.   

Relacionó   las   probanzas   recaudadas,  específicamente,  el  registro  civil  de  la  menor;  la  demanda de alimentos  instaurada  frente  a  Juan  José Barragán Cruz; el oficio de 17 de febrero de  1992  dirigido  por  la  Comisaría  de  Familia  de  Ibagué  a  la Defensoría  correspondiente,  por el cual remitía a esa dependencia a Martha Beatriz Moreno  Rojas,  quien estaba interesada en la “impugnación al apellido de su hija …  en  razón  a  que el padre genético en este momento desea darle su apellido”  y,  adicionalmente,  indicaba  que  “según  lo  mencionaba  dicha señora, el  apellido  BARRAGÁN lo aportó voluntariamente un amigo suyo”; los testimonios  de  Luz  Stella  Garzón  Roa, Martha Cecilia Rojas de Moreno, Myriam Cristina y  Lola   María  Moreno  Rojas,  así  como  el  interrogatorio  absuelto  por  el  demandante.   

Entonces,  a  partir  de  la apreciación de  estas  piezas  de  convicción,  el  fallador  conformó  dos grupos, el primero  integrado  por  el  dicho  de Luz Stella Garzón Roa,  y el segundo por las  versiones  de  la madre y hermanas de Martha Beatriz Moreno Rojas, para concluir  que  “…confrontadas las dos posiciones, y luego de analizar con detenimiento  las  pruebas,…  el  actor  no probó suficientemente estar dentro del término  previsto  en  el  artículo  248  del  Código  Civil  para promover la presente  acción  de  impugnación  de paternidad. En efecto, los hechos sexto y séptimo  expuestos  en  la  demanda,  que se refieren al momento a partir del cual nacía  para  él el interés a impugnar la paternidad de la niña PAULA ANDREA, carecen  de  soportes  probatorios  convincentes, pues el testimonio de LUZ STELLA GARZON  ROA  que  aisladamente  tuvo  en  cuenta la señora Juez Cuarto de Familia de la  ciudad  para  despachar  favorablemente las súplicas de la demanda, no tiene la  solidez  necesaria  para  acreditar  el  dicho  del actor en el sentido de haber  tenido  conocimiento  por  primera vez el 18 de febrero de 2001 que PAULA ANDREA  no  era  su  hija. Al respecto obsérvese que la declarante no precisó el año,  ni  modalidades  de  tiempo  ni  lugar,  cuando  supuestamente  le  comentó  al  demandante  de  la verdad que había prometido guardar a su amiga MARTHA BEATRIZ  MORENO  ROJAS  acerca  de  la  verdadera paternidad de la hija de ésta. … Con  relación  a  lo  alegado  en la contestación de la demanda, referente a que el  actor  tuvo  conocimiento de no ser el padre de la niña PAULA ANDREA recién la  reconoció,  declararon  la madre de MARTHA BEATRIZ MORENO ROJAS, señora MARTHA  CECILIA  ROJAS  DE  MORENO,  y  sus  hermanas  MYRIAM CRISTINA … y LOLA MARÍA  MORENO  ROJAS,  quienes  coincidieron  en  afirmar que JUAN JOSÉ BARRAGÁN CRUZ  sabía  de  antaño  que no era el padre biológico de la niña PAULA ANDREA …  ya  que de esta realidad se enteró meses después de haberla reconocido como su  hija  y  sin  embargo  la siguió tratando como tal. Estas declaraciones, aunque  provienen  de  familiares  de  MARTHA BEATRIZ y de la propia niña PAULA ANDREA,  las  acoge  la  Sala  dada  su  espontaneidad  y  claridad.  Sobre el particular  recuérdese  que  si  bien  los  parientes y las personas allegadas a una de las  partes  pueden  tener  inclinación  a favorecerla con su testimonio, no por eso  deben  rechazarse  en  estos  procesos en donde se debate el estado civil, donde  los  hechos  determinantes  apenas  si son conocidos por las personas vinculadas  estrechamente   a   la   familia,  convirtiéndose  prácticamente  en  testigos  exclusivos de importancia incuestionable”.   

Finalmente, añadió que la copia del oficio  de  17  de febrero de 1992, aportada en tiempo por la demandada, “afianza más  las  declaraciones  de  las familiares de MARTHA BEATRIZ MORENO ROJAS, pues todo  hace  indicar  que  ésta hizo público ante la Comisaría Permanente de Familia  de  Ibagué  … su deseo de adelantar las diligencias encaminadas a impugnar el  reconocimiento  voluntario  efectuado por JUAN JOSE BARRAGAN CRUZ respecto de su  hija   PAULA  ANDREA,  ‘en  razón   a   que   el   padre   genético   en   este  momento  desea  darle  su  apellido’”.   

                                  III.           EL RECURSO DE CASACIÓN   

                                    En  el  único  cargo  formulado  frente  a  la  resolución del Tribunal, se denuncia la infracción indirecta de  los  artículos  9°  de  la ley 45 de 1936, 5° de la ley 75 de 1968, 248 y 335  del  Código  Civil,  y  251  a  254  del  Código  de  Procedimiento Civil, por  aplicación  indebida,  “como consecuencia de los manifiestos y graves errores  de  hecho”  en la apreciación de las declaraciones de Luz Stella Garzón Roa,  Martha  Cecilia  Rojas de Moreno, Myriam Cristina y Lola María Moreno Rojas, al  igual  que  del  interrogatorio  al  recurrente  y  del  oficio  expedido por la  Comisaría de Familia de Ibagué el 17 de febrero de 1992.   

                                            

                               Primeramente  el  impugnador  critica  la  tergiversación  de  la  exposición  de Luz Stella  Garzón  Roa,  a la que se dio un valor exiguo, cuando la deponente “de manera  fehaciente,  espontánea  y  sincera,  manifiesta  en  forma clara y precisa, no  solamente  la indagación que le hiciera Juan José Barragán sobre la verdadera  paternidad  de  su  menor hija Paula Andrea; sino que también, de contera y por  la  íntima  relación  de  amistad, que la denotaba como a su confidente con la  madre  de  la  menor,  de  la circunstancia cómo ella le informó que sabía, a  ciencia  cierta,  que  Juan  José  Barragán  no  era  el  padre de la menor, e  informándole   sobre   el   conocimiento   de  quien  era  el  verdadero  padre  …”.    

                                        A  continuación   agrega   que   “la   falta   de  análisis  crítico  de  este  testimonio   por parte del juzgador, fue lo que lo llevó a desvirtuar a la  testigo,  casi  que  a  desecharla, para desconocerla y llegar a la conclusión,  errada  por  cierto,  que  la  misma  no  era precisa sobre el año, ni modo, ni  tiempo,  ni  lugar  de  su  dicho,  y  así  llegar  a declarar la excepción de  caducidad  de  la acción …”, y, posteriormente, acota que se pretirió esta  probanza,  en  la  que  de manera vehemente, sincera y sin ánimo proclive hacia  las  partes,  se había expresado que “fue en su casa, que fue un domingo, por  la  mañana,  que ella salía con la niña y su esposo, para que hablaran, en el  año  2001  (se colige, por la fecha de la declaración), en que le dijo que si,  pues Paola no es hija suya, pero que ya qué se iba a hacer”.   

                             En segundo término, censura la indebida  ponderación  de  los testimonios de la abuela y tías maternas de Paula Andrea,  por  asignarles  un  peso  demostrativo que no tienen, versiones que califica de  vagas,  infundadas,  imprecisas y contradictorias, entre otras, en cuanto hace a  la  forma  y  momento en que el actor fue informado del hecho de no ser el padre  de  su  demandada.    En  el  punto, sostiene que “el Tribunal al no  someter  a  la  criba  del  cedazo  los  testigos,  para decantar y encontrar la  verdad,  es  por  lo  que  considero,  que  hizo  caso  omiso  a la crítica del  testimonio  y  no les dio la verdadera dimensión de lo que fueron sus dichos ya  que  el  testigo  sospechoso  hay que recibirlo con reserva y no en plena razón  como   lo   hizo   …”.                                                                      

                                Prosigue el  acusador  con  la  denuncia  en  torno  al desconocimiento del interrogatorio de  parte  que  él   respondió, que en lo atinente a la “fecha exacta cómo  llegó  a  su  información la circunstancia de no ser el padre biológico de su  menor  hija”,  fue  responsivo,  vertical,  conciso  y concordante, por lo que  achaca   al   Tribunal   un   error   “al  desdeñar  esta  prueba,  por  mala  interpretación”.  También puntualiza que “no hay que dejar de soslayo, que  Juan  José  jamás  dudó  que  fuera  su  hija  biológica,  pues  los  demás  argumentos  son  gratuitos, baladíes, inanes, me refiero a los de la familia de  la  menor, pues aún estando en el exterior proveía por el sustento de su hija,  cosa  que  dejó  de  hacer  una  vez  apercibido  del conocimiento cierto de su  verdadera  relación  con su hija, que le cortó los alimentos en forma abrupta.  Aquí  es  bueno  resaltar  que  no es cierto lo dicho al contestar la demanda y  excepciones   la   actora,  en  el  sentido  de  que  la  impugnación  fue  una  retaliación  por  la  demanda  de alimentos, cuando lo que ocurrió fue todo lo  contrario.   …   Primero   fue  la  impugnación  (15  de  marzo  de  2001)  y  posteriormente  sí  fue  la de alimentos (23 de marzo de 2001) … Entonces, al  perderse  la  ilación  o  coherencia  del  silogismo  jurídico,  el  yerro fue  protuberante  al  no  haberle  dado  ningún  valor a esta prueba.  Pues de  haberla  acogido,  como  era  lo  debido, se llegó a una conclusión errada del  juicio,  siendo  que  la  apodicticia  (sic)  del  proceso, era que el actor sí  probó  estar  dentro  del  tiempo  para  impugnar  la paternidad conforme a las  pruebas aportadas”.   

                             Por  último,  enfoca  el  ataque  hacia  la   evaluación  del oficio de 17 de febrero de 1992, para aseverar que no  es   un  documento  público  ni  privado,  y,  respecto  de  él,  atribuir  al  sentenciador  la  comisión  de un “error de derecho”, por violación de los  artículos  251 a 253 del Código de Procedimiento Civil, pues se trataba de una  copia simple, sin autenticar, que no podía ser apreciada.   

                                                      IV.                       CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

                             1.          El  lugar  de  partida de este análisis  está  en  la  confesión de la paternidad que, en las condiciones previstas por  el  artículo  1° de la ley 75 de 1968, apareja el reconocimiento voluntario de  un  hijo,  actitud  esta  con  la  cual,  en principio, quien la hace, acepta la  existencia  y  ejecución  de  actos  propios  encaminados a la procreación del  afectado  con  tal decisión, y no conlleva simplemente el establecimiento de un  estado   civil  en  su  favor,  lo  que  explica  cabalmente  que,  admitida  la  paternidad,   esa   determinación   se   vuelva   irrevocable  para  su  autor,  impidiéndose   así   que   por   la   misma   vía   se   pueda,  motu  proprio, despojar al reconocido de su  estado  civil,  dado  que  este  tema,  íntimamente vinculado a la personalidad  jurídica,  ha  de ser regulado privativamente por la ley, como categóricamente  lo  dispone el artículo 1º del decreto 1260 de 1970, refrendado por el mandato  del inciso final del artículo 42 de la Carta Política.   

Empero,  el  hecho de que esté tajantemente  vedado  a  los particulares el despliegue de cualquier acto tendiente a disponer  sobre  el  estado  civil,  como si se tratara de una retractación, no significa  que  la  irrevocabilidad  haya  de  ser  entendida como una inimpugnabilidad del  reconocimiento,  pues  éste  puede ser atacado siempre que el interesado cumpla  con  los  rigurosos  requisitos  contemplados  por la misma ley, que, para estos  propósitos,  exige  que  el  impugnador  haga  desaparecer  los  efectos  de la  confesión  que  condujo al reconocimiento, con la plena demostración de que el  reconocido  no  ha  podido  tener  por padre a quien figura como tal, hipótesis  aludida  por  el  numeral  1° del artículo 248 del Código Civil, al que, a su  turno, remite el artículo 5° de la ley 75 de 1968.   

                             Este  último precepto enseña que “el  reconocimiento  solo  podrá  ser impugnado por las personas, en los términos y  por  las  causas  indicadas en los artículos 248 y 335 del Código Civil”, y,  por  su  parte,  el  mencionado  artículo  248  reza que “en los demás casos  podrá  impugnarse  la  legitimación,  probando  … 1. Que el legitimado no ha  podido  tener  por  padre  al  legitimante”, así como que “no serán oídos  contra  la  legitimación sino los que prueben un interés actual en ello, y los  ascendientes  legítimos  del  padre  o  madre  legitimantes;  éstos en sesenta  días,  contados  desde  que tuvieron conocimiento de la legitimación; aquellos  en  los  trescientos  días  subsiguientes  a  la fecha en que tuvieron interés  actual  y  pudieron  hacer  valer  su  derecho”,  plazo  este  último  que la  sentencia  de constitucionalidad C – 310 de 2004 igualó al precedente – sesenta  días – .    

                           2.         En lo que toca  con  la  caducidad  a  que  se  encuentra  sujeta  la  facultad para impugnar el  reconocimiento,  ha  de  verse,  siguiendo la doctrina jurisprudencial, que ella  “entraña  el  concepto  de  plazo  extintivo  perentorio  e improrrogable que  impide  el  ejercicio  de  un  derecho  cuando  la  inactividad  de  la parte ha  permitido  que transcurra el término previsto por la ley para activarlo, y esto  refleja  que  su  presencia viene a pender en forma exclusiva del hecho objetivo  de  su  falta de ejercicio dentro del tiempo preestablecido, sin atender razones  de   índole  subjetiva  o  que  provengan en forma única de la voluntad o  capricho  del  interesado.   Su  efecto  es automático en la medida que no  depende  ni  de  la  actividad  del  juez  ni de las partes, pues la regla está  delimitada  de  antemano,  conociéndose su principio y su fin. Es la ley la que  fija  sus extremos sin que esté dentro de la capacidad de los afectados alterar  su  contenido” (sentencia de 11 de abril de 2003, exp. 6657, no publicada aún  oficialmente).   

         

                             Asimismo, recientemente esta Corporación  ha  puesto  de  “relieve que históricamente el legislador ha regulado el tema  del  estado  civil  y  de  la  familia  con  precisión y cuidado sumos a fin de  proteger  la  propia  intimidad  que  rodea  su constitución y de atender a las  realidades  que  en punto de los hijos genera su entorno y su propio desarrollo,  tanto  como  para  no  haber  permitido, a través de las épocas, que cualquier  persona  puede acudir a los estrados judiciales para cuestionar una paternidad o  maternidad  propiciada  en  ese  ámbito.  Incluso  ha establecido prohibiciones  específicas  para  que,  consumados  ciertos  hechos  o  vencidos  determinados  plazos,  la  situación  jurídica  se  torne  inexpugnable,  y por consiguiente  definitiva;  rigor  que  en  general antes que disminuir se ha reafirmado en los  últimos  tiempos,  de  lo  cual  es  elocuente  ejemplo, la sentencia del orden  constitucional  (C-310-2004)   mediante  la cual se declaró inexequible la  expresión  “trescientos  días”  que  aparecía en el artículo 248, inciso  2°,  numeral  2°,  relativa  al  término  de  caducidad  otorgado  a personas  distintas  a  los  ascendientes  para  impugnar  la  legitimación  de los hijos  extramatrimoniales,  el  cual  quedó  reducido  también  a  los  sesenta días  fijados  para  las  otras  personas  autorizadas  legalmente  para  hacerlo. …  Empero,  siempre  ha  preferido  el  legislador  aceptar los hechos por los  cuales  se  producen  situaciones  jurídicas  que  surgen de la vivencia de las  relaciones  intrafamiliares,  en  lugar  de dejar un determinado estado civil en  entredicho  o  sujeto  a  una  incertidumbre  permanente,  motivo por el cual ha  impedido,  en  línea de principio, que cualquier persona llegue a cuestionar un  estado  civil que viene consolidado de atrás, ni que pueda intentarlo cuando se  le  ocurra y en todo tiempo, por muy altruista que parezca o pueda ser el motivo  aducido   para   desvirtuar   una  situación  familiar  en  cuya  construcción  afectivamente  se  han  afirmado lazos sólidos y definitivos” (sentencia de 9  de     noviembre     de    2004,    exp.    00115-01,    no    publicada    aún  oficialmente).   

                                                                 

                             3.          Ahora  bien,  descendiendo  al  presente  asunto,  se advierte que el término de caducidad relativo al ejercicio por Juan  José  Barragán  Cruz de la acción de impugnación del reconocimiento que hizo  de  Paula  Andrea era, en la época en que ocurrieron los hechos, de trescientos  días  siguientes  a  la  fecha  en  que surgió un interés actual y pudo hacer  valer su derecho.   

                             La  determinación del momento en que el  recurrente  adquirió  la  convicción  de  que  la  menor  no era su hija es el  aspecto  que  ha  generado  su inconformidad, toda vez que, como lo expuso en la  demanda  y proclamó durante el litigio, tal conocimiento lo obtuvo solamente el  18  de  febrero  de 2001, cuando, por un lado, la madre de la menor y, por otro,  Luz  Stella  Garzón  Roa,  amiga  íntima  de ella y de la familia de ésta, le  confirmaron  el hecho.   En dirección diversa, el Tribunal consideró  que  el  enteramiento  de  esa  circunstancia  se  produjo  “meses después de  haberla   reconocido   como   su   hija”,    aserto  que  dedujo  de  las  declaraciones  rendidas  por  Martha  Cecilia Rojas de Moreno, Myriam Cristina y  Lola  María Moreno Rojas, en su orden, abuela y tías maternas de la menor, que  acogió,  a  pesar  de  provenir  de  familiares  de  la  demandada,  “dada su  espontaneidad  y  claridad”,  y  en cuyo refuerzo encontró el oficio de 17 de  febrero  de  1992,  originado  por la Comisaría de Familia de Ibagué, resumido  enantes  (C. 1, fl. 9), raciocinio este que, de  paso, llevó al juzgador a  descartar  la  versión  de  Luz  Stella  Garzón  Roa,  dado que “no tiene la  solidez  necesaria  para  acreditar  el  dicho  del  actor”,  por cuanto “la  declarante  no  precisó  el  año,  ni  modalidades  de tiempo ni lugar, cuando  supuestamente  le  comentó  al  demandante  de  la  verdad que había prometido  guardar  a  su  amiga  MARTHA  BEATRIZ  MORENO  ROJAS  acerca  de  la  verdadera  paternidad de la hija de ésta”.    

                             4.            Para    los    fines   del   recurso  extraordinario,  el  censor  combate  la  conclusión  fáctica del ad  quem,  y  acusa la sentencia de violar  indirectamente  múltiples normas de derecho material, por razón de los errores  de  hecho  y  derecho  en  que habría incurrido al ponderar las pruebas, en los  términos compendiados con antelación.   

                              De cara a los  reproches  que se formulan sobre la base de un supuesto error de hecho, no está  de  más  recordar  que  semejante  yerro debe aflorar en forma protuberante, es  decir,  ha  de  ser  tan nítido y contundente que ninguno pueda ignorarlo, o lo  que  es  lo  mismo,  el  atropello a la lógica o razón debe ser de una entidad  mayúscula,   que   implique,  definitivamente,  que  a  nadie  le  sea  posible  sustraerse  a  tal  desatino;  desde  luego,  esto  habrá de acompañarse de la  influencia  decisoria  del  error,  característica  que  no  quiere  decir cosa  distinta  que,  de  no  haberse  cometido,  otro habría sido inexorablemente el  sentido de la decisión.   

Entonces,  si  se  examinan  en conjunto las  pruebas,  como  lo  pregona el artículo 187 del Código de Procedimiento Civil,  puede  extraerse  razonablemente de las declaraciones de Martha Cecilia Rojas de  Moreno,  Myriam  Cristina  y  Lola  María  Moreno  Rojas,  que  el conocimiento  efectivo  del  demandante acerca de no ser el padre del hijo que esperaba Martha  Beatriz  se  remontaba a la época misma del embarazo, cuestión que resultaría  corroborada  por  diferentes  episodios,  como  un  altercado  familiar acaecido  cuando  la  niña tenía más o menos diez meses de edad, del que se desprendía  que   Juan   José   era   consciente  de  la  situación,  así  como  por  las  conversaciones  que  éste  sostenía  con Myriam Cristina, en las que le pedía  que  lo  “ayudara  para  que mi hermana [se refiere a Martha Beatriz] volviera  con  él,  que  él  iba  a  cuidar  la  niña, que la iba a criar como si fuera  propia,  que  él  siempre  utilizó la niña para llegar a mi hermana” (C. 2,  fls. 17 – 20 vto).   

                              Por tanto, el  hecho  de  que  el  Tribunal  haya  dejado  de  lado el testimonio de Luz Stella  Garzón  Roa,  enderezado  a demostrar que la realidad sólo fue revelada a Juan  José  hasta  el  18  de  febrero  de  2001  (C.  2,  fls.  12  –  13), no viene  necesariamente   a   configurar   el   yerro  fáctico  que  se  le  endilga  al  sentenciador,  o  por lo menos ninguno de los perfiles que la ley exige para que  sea  relevante  en  casación,  pues,  en  todo  caso,  las  piezas  que  fueron  apreciadas  como  fundamento de la decisión fustigada, aunque pudieran no estar  totalmente  exentas  de  críticas, muestran sensata y lógicamente que el actor  estaba  al  corriente  de los acontecimientos, de manera que para el 15 de marzo  de  2001, cuando radicó la demanda, había transcurrido ampliamente el término  de  caducidad  de  la acción previsto por el inciso final del artículo 248 del  Código Civil.   

                                                Dicho  con  otras palabras: claramente se ve que el fallador no hizo  más  que inclinarse por uno de los escenarios probatorios que se le presentaban  –  y  así lo dijo – , sin que ello hubiera significado el desconocimiento de la  otra  opción  con  que  contaba,  decisión esta que, por sí misma, no resulta  cuestionable,  sino  que, por el contrario, aparece como una natural proyección  del  ejercicio  de la función jurisdiccional.   En esta materia se ha  precisado  que  si  el  juzgador  toma en consideración una o unas determinadas  pruebas,  ello obedece a la “ … labor crítica propia que integra el trabajo  de  discernimiento mediante el cual puede, en definitiva, colegir el acogimiento  de  aquellas  que  le ofrecen mayor convicción y credibilidad y desoír las que  se  les  oponen, discurrir dialéctico que no es constitutivo de yerro de facto,  salvo  en  cuanto  la  conclusión a que arribe se ofrezca arbitraria, absurda o  riña  abiertamente  con  la  lógica” (sentencia de 28 de marzo de 2003, exp.  6709, no publicada aún oficialmente).   

Así  las cosas, no obstante que lo anterior  bastaría  para  concluir  que  respecto  de  las  pruebas  testimoniales  no se  cometió  el error denunciado, llama la atención de la Corte el hecho de que la  censura,  entre  sus  diversas  quejas,  haya  manifestado  reservas  sobre  las  declaraciones  de  los  parientes de Martha Beatriz Moreno Rojas, justamente por  tener   tal  calidad,  cuando  extrañamente  dicho  vínculo  no  le  despertó  preocupación  en  las  instancias.   Sin  embargo,  pese  al  silencio que  guardó  el demandante, lo único cierto es que, como quedó visto en la reseña  de  la  sentencia  atacada,  tal  circunstancia  –  el  parentesco  –  no  pasó  inadvertida  para el Tribunal, pues la tuvo presente, sólo que estimó que ella  no   suponía   forzosamente   la   descalificación   de   lo   dicho  por  los  deponentes.    Adicionalmente,   ha  de  decirse  que  no  bastaba  afirmar  simplemente  que  los testigos eran sospechosos, sino que era menester demostrar  cabalmente  la manera como se había afectado la imparcialidad o credibilidad de  su dicho.         

                            Este criterio  de  ponderación,  por  lo demás, compasa con el indicado por la jurisprudencia  en  asuntos  similares,  pues  sobre  el tema ha señalado que “el recelo o la  severidad  con  que  el fallador debe examinar estos testimonios, no lo habilita  para  desconocer, a priori, su  valor   intrínseco,   debido  a  que  ‘la    sospecha    no    descalifica    de    antemano   –pues  ahora  se escucha al sospechoso-,  sino  que  simplemente se mira con cierta aprensión a la hora de auscultar qué  tanto   crédito   merece’  (sent.  de  septiembre  19  de  2001, exp. 6624)” (sentencia de 29 de abril de  2002,  exp.  6807,  no  publicada  aún  oficialmente).   

                                   5.        Síguese  que al mantenerse en pie el principal pilar fáctico de la  sentencia  del  ad  quem, no  otro  que  las  comentadas  exposiciones,  ninguna  trascendencia  tendrían los  demás  yerros que se le imputan, pues la conclusión sobre el momento en que el  actor  tuvo  certeza  de  no ser el padre de la demandada no se afectaría en el  evento  en que se excluyera el argumento meramente confirmatorio que el Tribunal  invocó  con  apoyo  en el documento militante a folio 9 del cuaderno principal,  como  tampoco  podría  verse alterada sobre la base del interrogatorio de parte  que  el  mismo  absolvió, toda vez que “como lo enseñan elementales nociones  de  derecho  probatorio,  jamás  las expresiones notoriamente interesadas de la  misma  parte  pueden  favorecerla,  pues,  en  esencia,  este  medio  de  prueba  únicamente  ha  de  ponderarse por el fallador en cuanto contenga una verdadera  confesión,  o  sea,  sólo  cuando  aparezcan  manifestaciones  que  lleguen  a  producir   consecuencias   desfavorables   a  quien  las  hace,  –  contra  se -, de la manera pregonada por el  artículo  195  del  Código de Procedimiento Civil” (sentencia de 28 de marzo  de 2003, exp. 6709, no publicada aún oficialmente).   

                                                6.        En  todo  caso,  aunque podría obviarse, no puede la Corte dejar de  señalar  que  el  reparo  esgrimido  frente  al oficio de 17 de febrero de 1992  emanado  de  la  Comisaría  de Familia de Ibagué (C. 1, fl. 9), consistente en  que  “es  una copia simple, que no reviste la calidad de documento público, y  que  no  ha  sido  autenticado,  como  ha  debido  serlo  para  haber sufrido la  ritualidad  de  ser  refutado;  como  tampoco  es  documento  privado  porque no  proviene  del  actor  en  el  proceso,  por no estar autorizado por el mismo, ni  tampoco  aparece  la firma impresa de dicho sujeto … ”, de donde el acusador  colige  la  comisión de un “error de derecho por apreciación errónea” (C.  Corte,  fls.  11,  15,  16  y  17), emerge como un tema novedoso y sorpresivo en  casación,  pues  no  se  aludió  a  él con anticipación, por lo que no puede  sacarse a relucir a estas alturas, de modo más que extemporáneo.   

                                                Ciertamente,  nada dijo el censor cuando el documento cuestionado se  aportó  junto  con el escrito de  formulación de la excepción previa (C.  2,  fls. 1 – 3), así como también calló de cara a los autos de 14 de junio de  2001  y  30  de  enero de 2002, por los cuales el juez del conocimiento decidió  tener  tal  elemento como prueba (C. 1, fls. 21 y 22; C. 2, fls. 7 y 8), actitud  pasiva  esta  que,  además,  observó  en  las  restantes  ocasiones que tuvo a  disposición,  en  las  que,  como  se  dijo, no expuso ninguna objeción formal  acerca del medio.   

                               En el punto,  insistentemente  se  ha   precisado  que  “toda  alegación  conducente a  demostrar   que   el   sentenciador  de  segundo  grado  incurrió  en  errónea  apreciación  de  alguna  prueba por razones de hecho o de derecho que no fueron  planteadas   ni  discutidas  en  las  instancias,  constituye  medio  nuevo,  no  invocable  en  el  recurso extraordinario de casación.” (G.J. t. CXXXIX, pag.  84).     

                             7.            Por   ende,   el   cargo   no   tiene  éxito.   

                             V.         DECISIÓN   

En mérito de las consideraciones expuestas,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación  Civil, administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia  proferida en este  asunto  el  5  de  febrero  de  2002  por  la  Sala Civil – Familia del Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Ibagué.   

Las  costas  en casación son de cargo de la  parte recurrente.  Tásense en su oportunidad.   

Cópiese,  notifíquese,  cúmplase y, en su  momento devuélvase el expediente el Tribunal de origen.   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA    

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