SC 101 2005 [0472 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

SC-101-2005 [0472-01]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá, D.C., veintisiete (27) de mayo de dos  mil cinco (2005).   

Referencia:  expediente  número 0472-05.   

                               

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  la  Universidad de Antioquia contra la sentencia de 11 de mayo  de  2000,  proferida  por  la  Sala  Civil  del  Tribunal  Superior del Distrito  Judicial  de  Medellín,  dentro  del  proceso  ordinario promovido por Gilberto  Hurtado  Ramírez  y Evangelina Hurtado Hurtado, en nombre propio y en el de sus  menores  hijos  Jhon  Jairo,  Bibiana  y  Adriana  Hurtado  Hurtado, frente a la  Fundación  Hospitalaria  San Vicente de Paúl, la cual llamó en garantía a la  recurrente.   

         

I.  ANTECEDENTES   

                               1.    Los  demandantes  convocaron  a juicio ordinario a la demandada para que se declarara  que  ésta  era  civilmente  responsable  de  los  daños  causados  a ellos con ocasión de las lesiones que  recibió  Jhon  Jairo  Hurtado  Hurtado  en el procedimiento médico-quirúrgico  realizado  el  28  de  agosto  de  1981  en  el  Hospital  Infantil,  anexo a la  accionada,    y    se    la    condenara    a    pagarles   la   correspondiente  indemnización.   

2. Fundamentaron sus  pretensiones en los hechos que seguidamente se compendian:   

a)   Un  médico  especialista  y  el  personal  del  servicio de ortopedia del Hospital Infantil,  anexo  de  la  Fundación  Hospitalaria  San  Vicente  de Paúl, examinó a Jhon  Jairo,  hijo  de  Gilberto Hurtado Ramírez y Evangelina Hurtado Hurtado, nacido  en  Fredonia  el 28 de enero de 1978, y le diagnosticó una luxación congénita  en  su  cadera izquierda; y por cuanto observaron que podía corregirse mediante  sucesivos  procedimientos  quirúrgicos  que permitieran colocar la cadera en su  sitio  y  suprimir  el  defecto  que  aquél  padecía,  se  empezó el programa  respectivo   con   el   primer  procedimiento,  llamado  tracción  esquelética  “supracondílea    y  Letonia”   cerrada   de  aductores,   que   se   llevó   a   cabo   exitosamente   el  5  de  agosto  de  1991.   

b)  El  segundo,  denominado  corrección  quirúrgica  de  la  cadera  izquierda  con material de  osteosíntesis,  cumplido  el  28  de agosto de 1991 por el cirujano ortopedista  Juan  Guillermo  Sanín  Echeverri,  el cirujano auxiliar Carlos Enrique Mejía,  Fernando  de  Jesús  Álvarez  como anestesiólogo inicial y su reemplazante el  anestesista  Joaquín Saulo Ríos Mesa, más la enfermera Elcira Aguilar Rivera,  todos   vinculados   a   la   demandada,  dejó  al  paciente  una  “encefalopatía         hipóxica  intraoperatoria”,   con  secuela  permanente  de perturbación funcional del órgano del sistema nervioso  central,  según  el examen practicado por los legistas, la que postró al menor  en  estado  de  invalidez absoluta de conformidad con la certificación expedida  por el médico Francisco Javier Zapata Bermúdez.   

c) El procedimiento  quirúrgico  era  apropiado  para  corregir la luxación congénita de la cadera  del  menor,  pero  el  anestesiólogo  Álvarez  Osorio, quien coincidió con el  cirujano  en  que  el  paciente  perdió 600 c.c. de sangre durante “el      intraoperatorio”, dispuso que se le aplicaran sólo 250  c.c.  de  glóbulos  rojos  que  eran insuficientes para reponer dicha pérdida.  Además,  en  esa  misma  fase  de  la intervención, que duró cuatro horas, el  anestesista  realizó  sólo dos hematocritos cuando lo recomendado era efectuar  uno  cada  hora, siempre que se trate de intervenciones de larga duración y que  el  intervenido  pierda  apreciable  cantidad  de  líquido  sanguíneo.  En  el  registro  de la operación consta que el paciente presentó una severa caída de  su  presión  arterial,  configurando un síntoma objetivo del déficit de flujo  sanguíneo  que lo afectaba, el cual no fue tomado en cuenta y llevó después a  Jhon  Jairo  al  paro  cardiaco  y,  por la respuesta tardía a las maniobras de  resucitación  que  le  practicaron,  a  falta de oxígeno en las neuronas de su  sistema       nervioso      central,      calificada      como      “encefalopatía         hipóxica  intraoperatoria”.    

d)  El anestesista  Álvarez  Osorio  dio  por  terminada  su  participación  en  el  procedimiento  faltando  5 minutos para las 12 del día, una hora antes que finalizara su turno  laboral,  y  dejó  al  paciente  en  malas  condiciones,  según la versión de  Joaquín  Saulo  Ríos  Mesa, profesional que lo remplazó, quien, al ingresar a  la     sala    de    cirugía,    encontró    al    intervenido    “muy  pálido aunque con signos estables  y     el     frasco     de     succión     completamente     vacío”,  como  también  que las pérdidas de  sangre   “no  se  habían  repuesto   correctamente”,  pues  los líquidos intravenosos para esta finalidad se hallaban en los límites  inferiores.  Al  anestesiólogo  Joaquín Saulo Ríos tampoco se le hizo entrega  adecuada  del  paciente,  señalando  su  estado, qué se le había hecho y qué  faltaba  por hacerle, pues Fernando Álvarez se olvidó de ello, en el afán por  salir  a  almorzar,  y  sólo  alcanzó a manifestar, a quien lo sustituyó, que  “lo   había  cogido  el  día”.  El  paro  cardiaco  derivado    del   “shock  hipovolémico”  mencionado  se  presentó  cerca de la una de la tarde del 28 de agosto de 1991 y colocó al  menor,  quien  antes  de  la operación de esa fecha presentaba buen estado  de  salud, salvo en cuanto a un órgano de su locomoción, en estado vegetativo,  desconectado       del       medio       circundante,      con      “cuadriparesia   espástica”    y   alimentado   por   sonda   de  gastronomía,  debido a que recibe poca alimentación por vía oral.     

e)  La  lesión  irreversible  que sufrió Jhon Jairo Hurtado obedeció a grave falla cometida en  el  procedimiento  quirúrgico,  es  imputable  a  los  profesionales que en él  participaron   y,  por  tanto,  a  la  Fundación,  pues  a  ésta  se  hallaban  laboralmente  vinculados. Los dictámenes médicos practicados establecieron que  la  causa  de  la hipovolemia fue generada por no reponer al paciente el volumen  sanguíneo  que  requería  y  además  advirtieron  que, de presentarse un paro  cardíaco,  como aquí ocurrió, la inadecuada atención y el transcurso de más  de  tres  minutos  sin  que  el  cerebro  reciba sangre producen un daño neural  irreversible.  Los  padres  del  menor,  éste y sus hermanos han sufrido serios  perjuicios materiales y morales que deben ser indemnizados.   

                               

3.  Notificada  la  demandada   del   libelo,   lo  contestó  oponiéndose  a  las  pretensiones  y  expresando,  en  cuanto  a  los  hechos, que debían demostrarse, aunque aceptó  como  cierto  que  el médico Juan Guillermo Sanín, especialista en ortopedia y  traumatología,  fue  quien  examinó  al  menor  y  le  practicó  la  cirugía  relatada,  junto  con  el  grupo  que  la  demanda  precisa, todos vinculados al  servicio de la accionada.   

Adicionalmente,  tras  afirmar  que existía  “derecho  contractual para  solicitar”(fl.42, cd.1) que  respondiera   por  las sumas a que eventualmente fuera condenada, llamó en  garantía,  en  escritos  separados, al anestesista Fernando Álvarez Osorio y a  la Universidad de Antioquia.   

La  convocatoria de la Fundación al médico  Álvarez   Osorio   afirma  que  éste  se  obligó  a  prestarle  servicios  de  anestesiólogo,  según contrato de trabajo vigente en agosto de 1991, cuando se  produjo  la  lesión  que  narra  la demanda, cuyos hechos ilustran que aquélla  “se  debió  al mal manejo  con     la     anestesia     de     la    cual    era    responsable”  dicho profesional (fls. 4 y 5, cd.2).  El  llamado  en  garantía  se opuso a las pretensiones de la demanda, solicitó  probar  los  hechos  que  las  sustentan  y  propuso  como  excepciones  las que  denominó  como  “falta de  causa   para   pedir”  e  “inexistencia   de   la  obligación”(fls. 17 y 18,  cd.2).    

El llamamiento de la Fundación Hospitalaria  San  Vicente  de  Paúl  a  la Universidad de Antioquia predica que entre ésta,  aquélla  y  el  Servicio Seccional de Salud de dicho Departamento se ajustó un  contrato,  cuya  cláusula  quinta  señala que la institución universitaria se  obligó  a  responder de todas las reclamaciones, demandas e indemnizaciones que  se  formularan  en  relación  con  los programas docente-asistenciales a que se  refiere  dicho  negocio;  que ella, por resolución 0207 de 17 de marzo de 1986,  nombró   a   Fernando   Álvarez  Osorio  como  docente  especial  ad-honorem  de  tiempo  parcial;  que  en  desarrollo  de  la  obligación  docente asistencial, el anestesiólogo Álvarez  Osorio  atendió  al  citado  menor  en  dicho  hospital  y,  según afirman los  demandantes,  ese  paciente  resultó  lesionado a consecuencia de la deficiente  actividad  de  este médico (fls.19 y 20, cd.3). La Universidad llamada también  se  opuso  a  las  pretensiones  de  la  demanda  y formuló las excepciones que  denominó          como         “inexistencia          de          la         obligación”,              “caso        fortuito”         y         “ausencia   de   culpa  en  el  docente  Fernando    Álvarez”.  Además,  solicitó  probar  las afirmaciones de hecho del escrito a través del  cual  se la convocó, al tiempo que aceptó que estaba obligada en los términos  de    la    cláusula    citada    por    la    opositora   (fls.   34   y   35,  cd.3).       

                             Esta llamada, por su lado, hizo lo propio  frente  al aludido anestesiólogo, para lo cual afirmó la vigencia del contrato  recordado  atrás  y  el  nombramiento  de  aquél  en  dicho cargo ad-honorem, así como que ese profesional  prestaría  sus  servicios  en lo docente-asistencial a la demandada y que ésta  le  pagaría  por  esa  labor  (fls.  19 y 20, cd.4). El interviniente, luego de  oponerse  a  las  pretensiones  y  de  pedir  que se probaran los hechos que las  sustentan,      propuso       las      excepciones      de     “inexistencia        de        la  obligación”, “caso        fortuito”         e         “inexistencia  de culpa en el llamado en  garantía”(fls.  29  y 30,  cd.4).   

                             4. Por sentencia  de   31   de  diciembre  de  1999  el  Juzgado  Noveno  Civil  del  Circuito  de  Descongestión  de  Medellín culminó la primera instancia, en la que negó las  pretensiones  de  las  demandantes  Bibiana  y Adriana Hurtado Hurtado; declaró  responsable  de los daños sufridos por el menor Jhon Jairo Hurtado Hurtado a la  demandada,  condenándola  a  pagar  a  favor  de  Gilberto  Hurtado  Ramírez y  Evangelina    Hurtado   Hurtado   $23’744.066,  por  daño  emergente  y  perjuicios  morales, y del menor  afectado  $56’506.593, por  concepto  de  perjuicios  morales  y  fisiológicos  e  indemnización  futura y  consolidada;  dispuso  asimismo  que  en  caso de mora debían pagarse intereses  legales  sobre las sumas anteriores; desestimó los llamamientos en garantía; y  condenó  la  demandada  a  pagar  las  costas  del  proceso  en  favor  de  los  demandantes.   

                             5. Al desatar la  apelación  interpuesta, el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Medellín  le  puso fin a la alzada mediante fallo de 11 de mayo de 2000, en el que revocó  el   reconocimiento   de  intereses  moratorios  y  dispuso,  en  su  lugar,  la  actualización   de   las   condenas  para  el  momento  del  pago;  revocó  la  desestimación  del llamado en garantía que hizo la Fundación a la Universidad  de  Antioquia  y,  en  su  reemplazo,  la  condenó  a  cancelarle a la llamante  “las  sumas  de dinero que  ésta  tenga  que pagarle a la parte demandante por virtud de la prosperidad del  llamamiento   en   garantía   de   que   fue   objeto   en   esta  litis,   también  indexadas”;   adicionó   el   fallo   recurrido  disponiendo  el  reconocimiento  de  perjuicios  morales  a  favor  de Bibiana y  Adriana   Hurtado   Hurtado,   en   $5’000.000  para  cada una; y condenó a la Universidad de Antioquia en  costas    de   primera   instancia,   “en  favor  de  su  llamante  en  garantía  y  por  virtud  de dicho  llamamiento”.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

                               

1.   Una   vez  determinó  las  partes  del proceso, los hechos afirmados en la demanda y citó  jurisprudencia  y  doctrina relativa a la responsabilidad médica, basado en los  dictámenes  médico  legales,  la historia clínica y el testimonio científico  de  Joaquín  Saulo  Ríos  Mesa,  el  tribunal  estableció,  de  un  lado,  la  culpabilidad   del  anestesiólogo  Fernando  Álvarez  Osorio,  de  quien  dijo  procedió  en  forma  negligente  ya que la encefalopatía que padeció el menor  Jhon  Jairo  Hurtado Hurtado se produjo por la falta de oxígeno en las neuronas  de  su  sistema  nervioso  central,  deficiencia que se hubiera podido evitar de  haberse  implementado  un  adecuado manejo anestésico, el que aquél no puso en  práctica  al  punto  que ni siquiera enteró al médico que lo sustituyó en el  tratamiento  respectivo acerca de las verdaderas condiciones en que ese paciente  se  encontraba  ni  de  los procedimientos aplicados; y, de otro, la culpa de la  demandada,  quien,  al  dejar de ejercer el control sobre la tarea ejecutada por  ese  anestesiólogo,  concurrió a la producción del daño padecido por Hurtado  Hurtado,  en  tanto  que  al  no  exigir  de  aquél  la  memoria escrita de los  procedimientos  que frente a éste había desarrollado, dejó al tratante que lo  relevó  sin  la  información necesaria para precaver el compromiso de la salud  del  intervenido,  como  así  lo  expuso  el  médico que reemplazó a Álvarez  Osorio,     al     declarar    que    éste    simplemente    le    “dijo fue que el paciente estaba estable  y   que   estaba   cogido   del   día  y  que  ahí  me  lo  dejaba”.    

2.   Concluyó  entonces    el    ad-quem  afirmando    que    la   demandada,   “en  la  ejecución  del  contrato de asistencia médica que celebró  con  la  parte  demandante,  faltó a la prudencia debida, pues que no sólo fue  ligero  el  Dr.  Álvarez Osorio, adscrito al Hospital San Vicente de Paúl como  docente-asistencial  de la Universidad de Antioquia, al no transfundir sangre al  menor  Hurtado  Hurtado  durante  el  período intraoperatorio, sino que tampoco  advirtió  de tal hecho al galeno que lo reemplazó para así poder éste prever  o  enervar  las severas lesiones a que conllevó el paro cardiaco que se produjo  como      consecuencia     del     ‘shock     hipovolémico’  presentado  por el paciente tantas veces citado y ante el cual, el  médico  reemplazante  reaccionó  en  forma  inmediata  mas  sin los resultados  deseados”,   los  cuales  pudieron   lograrse   “de  haberse   actuado   en   forma   adecuada,  tal  como  lo informó la pericia oficial, al dictaminar, como ya  se  dijo antes, que con ‘un  adecuado   manejo   anestésico  de  presentarse  esta  complicación  y  diagnosticarse  y  tratarse  oportunamente  antes  de  que  se  produzca  el  daño neurológico, la probabilidad del daño irreversible es poco  frecuente”(fls.38    y  39).     

                             3. No sin antes  aludir  a  la  idea  del  daño moral, extender los efectos de la condena en ese  campo  a  favor de las hermanas de Jhon Jairo, disponer la actualización de las  cargas  económicas  impuestas  y resolver negativamente lo atinente al nombrado  Fernando  Álvarez,  en  torno  al llamamiento en garantía de la Universidad de  Antioquia,  que  es  el  aspecto  de  la controversia al que con exclusividad se  circunscribe  el  cargo  propuesto,  el  fallador  determinó, una vez citó los  artículos   55   a   57   del   Código   de   Procedimiento  Civil  y  apartes  jurisprudenciales  y  doctrinales  sobre  la  aludida  figura  jurídica, que la  convocatoria  de  la  Universidad  de Antioquia efectuada por la Fundación bajo  esta     modalidad     de     intervención     procesal     era    “viable  dado  que si por activa en esta  clase  de  acciones  y  para el supuesto de que a la producción del daño hayan  contribuido  varias personas, éstas frente a la víctima responden in  solidum”,  también  era  “evidente que  cuando  ésta  solo  demanda  a  uno  de los copartícipes en la producción del  perjuicio,  dicho demandado”  podía  “a su vez llamar …  al   proceso   a   quien   fue  el  único  culpable  del  hecho  dañoso  o  su  coautor”, para seguidamente  argumentar  que a folios 9 y siguientes del cuaderno 3 obraba copia del contrato  de  docencia-asistencial  ajustado entre la llamada y el Hospital San Vicente de  Paúl,  adscrito  a  la accionada,  en cuya cláusula quinta, literal N, se  pactó     que     ésta     se     obligaba     a     responder    “de  todas las reclamaciones, demandas e  indemnizaciones  que  se  lleguen  a  formular  en  relación  con los programas  docente-asistenciales”  a  los    que    se    contraía   ese   acuerdo,   para   los   que   “fue   precisamente   nombrado  el  Dr.  Álvarez  Osorio”,  según  resolución  rectoral  número  0207  de  17  de  marzo  de  1986,  “lo  que  por ende y como bien lo dijera  la  parte  demandada,  hace  perfectamente  viable  el  llamamiento  que en este  sentido     le     hizo    a    la    Universidad    de    Antioquia”(fls.50 y 51).   

III.   LA  DEMANDA  DE  CASACIÓN   

Al amparo de la causal primera prevista en el  artículo  368  del  Código  de Procedimiento Civil, un cargo se plantea, en el  que  se acusa la sentencia de violar, indirectamente, los artículos 1494, 1495,  1542,  1602,  1603,  1618, 1619, 1622, 1624, 1626 y 1627 del Código Civil, como  consecuencia  de  los  errores  de  hecho  en  la  apreciación  de  los  medios  probatorios.   

1.   Expone  la  recurrente,  en  efecto,  que el juez de segundo grado entendió equivocadamente  la  cláusula  quinta, literal N, del acuerdo docente-asistencial ajustado entre  la  Fundación Hospitalaria San Vicente de Paúl, el Servicio Seccional de Salud  y      la     Universidad     de     Antioquia,     desbordando     “la  naturaleza y el objeto del contrato  y  la  voluntad  expresa  de  las partes”,  pues trasladó en forma exclusiva y absoluta al centro académico  “la   obligación   de  responder  por cualquier daño o perjuicio causado a terceros, en desarrollo del  convenio  docente-asistencial,  sin importar, si dicho daño o perjuicio tuviese  o  no,  relación  con  las obligaciones”  que  cada  parte  allí  asumió;  agrega  que  en la respuesta al  llamamiento  la  institución académica aceptó la existencia de la obligación  de  responder  de  todas las reclamaciones, pero ello no podía entenderse, como  lo  hizo  el  juzgador,  como un aseguramiento de toda la actividad hospitalaria  desarrollada   por   la   demandada   sino   circunscrita   a   las  demandas  e  indemnizaciones  que  tuvieran  relación  con  el desarrollo de las actividades  docente-asistenciales,  “y  dentro  de  las  que  no  podía estar la de amparar siniestros que no le fuesen  imputables  directamente”,  desde  luego  que  el  deber  negocial  no  era  el  de  amparar  a la opositora  “de  toda reclamación que  tuviese     por    fundamento    la    ejecución    del    convenio”.   

Insiste  la  acusadora  que  la discrepancia  concretamente  consiste  en  que  el  sentenciador  haya  entendido, a la luz de  aquella  norma  del contrato, que la obligación de responder por los perjuicios  que  con  su  ejecución  se  llegaren a causar a terceros fuera trasladada a la  entidad  educadora  bajo la figura del afianzamiento, siendo que ello no lo dice  el  convenio,  con  lo  cual  el tribunal lo desnaturalizó al convertirlo en un  pacto  de  seguro, “que nada  tiene  que  ver  con  el  objeto  o  función  social que la ley y los estatutos  internos      asignan      a     las     Universidades     Públicas”.              

2. El ad-quem  dedujo  que  la cláusula citada  recogía  la  obligación autónoma de asegurar a una de las contratantes y que,  por  ello,  estaba relevado de analizar la actuación de la llamada en garantía  en  los hechos objeto de las pretensiones, pese a que aludió a la solidaridad y  la  coparticipación  como  institutos  que fundamentan ese llamamiento, tras lo  cual  sostiene  que  aquella  cláusula  obligaba  al centro docente a responder  únicamente   cuando   el   reclamo   surgiera   en   torno   a   los  programas  docente-asistenciales,    en    los    que    ella    participara   “y   cuya   causa  la  constituyera  la  actuación  directa” de la  misma,  pues  allí  no  “se  dijo  que  se  asegurarían  los  siniestros  que  con  motivo  de  la actividad  hospitalaria      se     atribuyeran”  a  la  accionada,  entre  otras  cosas  porque  aquélla no podía  legalmente constituirse en aseguradora de riesgos ajenos.   

Anota  la  censora  que  el fundamento de la  condena    no   lo   constituyó   el   incumplimiento   de   las   obligaciones  docente-asistenciales,  tampoco  haber  causado  el  daño  o  participado en su  producción,  sino  el hecho de que se pactó que la Universidad de Antioquia se  obligaba  a  responder  de todas las reclamaciones que se llegaran a formular en  relación  con  los programas a que se refiere el acuerdo, y que el fallador, al  haber  tomado ese postulado contractual, como una obligación autónoma, cambió  la  naturaleza  del  negocio  y  le  hizo  decir  lo  no pactado, siendo que esa  estipulación   no   podía   entenderse  sino  como  el  compromiso  de  asumir  responsabilidad  por las demandas que con su participación se causaran, pero no  como obligación aislada del contexto convencional.   

3.   Luego   de  transcribir  apartes  de lo que sobre la responsabilidad de la demandada dijo el  juez  de  segundo  grado, señala la impugnadora que en el fallo no se expuso la  razón  por  la  cual  se  concluía  que  existía obligación de reembolsar la  totalidad  de  la condena, liberando a aquélla de los efectos patrimoniales por  su     actuación     culposa,    a    más    que    desestimó    “la  vinculación  simplemente  formal o  protocolaria  del  médico  a  la Universidad como docente-especial ad-honorem”,  de  manera  que  el  juzgador  no  solo  incurrió  en  error  de  hecho  en  la  apreciación  del  medio  probatorio en que se basó sino que fue incoherente ya  que  si  el  fundamento  de  la  condena a la llamada lo constituyó el aparente  aseguramiento  de  lo  reclamado en la demanda, entonces debió establecer si el  caso  quirúrgico que motivó esta acción hacía parte de los programas materia  del  mentado  acto  bilateral, acontecimiento que, al decir de la recurrente, no  se  estableció sino que se supuso, pues ni siquiera se probó la existencia del  siniestro  asegurado, lo que debió hacerse si el convenio tenía por objeto una  obligación  de  afianzamiento; argumenta que si el sentenciador hubiera asumido  el   citado  negocio  en  su  integridad,  habría  llegado  a  una  conclusión  diferente,  puesto que para imponer una condena era necesario demostrarse que el  supuesto  que  la  sustentara  constituía desarrollo del convenio, lo que no se  evidenció.   

4.  Tomando  como  punto  de  referencia la cláusula segunda del acto bilateral, en la que excluye  de  su  influencia el área relativa al “servicio   de   pensionado”,   al   indicar   que   sólo   podría   utilizarse   “para   el  desarrollo  de  actividades  docente-asistenciales,  previa  autorización  general  del hospital”,   afirma   la   acusadora   que   la  exoneración  de la institución educativa se imponía aun en el supuesto de que  se  entendiera  que sí se aseguró el riesgo ajeno, ya que la prueba obrante en  el  proceso,  concretamente  las  declaraciones  de  los  padres  del  menor, la  demanda,  en  sus  hechos  primero,  segundo,  tercero,  cuarto  y  quinto, y el  interrogatorio  de  parte  absuelto  por el representante legal de la accionada,  “confusa       y  tímidamente”,  permitían  inferir  que  el  paciente  estuvo hospitalizado en esa sección, situación que  debió  entenderse  a  favor de la llamada en garantía, puesto que el artículo  1624  del  Código  Civil  consagra  el beneficio de la duda a favor del deudor,  aseveración  en torno de la cual puntualiza que en su versión el representante  de  la  opositora declaró que el menor “fue  atendido en el Hospital Infantil donde no se atienden pacientes  pensionados,  es  decir  pagó  de acuerdo a su capacidad económica”(fls.29  y 30), mientras que los padres  de  éste  coincidieron  al sostener que quien lo internó fue su patrono y que,  al  recibirlo,  les  exigieron pagar $4’500.000(fl.30),  de  lo  que  infiere  la  incertidumbre  de  si  el  paciente estaba pensionado o no.   

                             5.  Comenta la  censora  que  para  fulminar la condena “no  era suficiente estructurar la responsabilidad contractual frente  a  la  Fundación demandada, sino que era imprescindible hacerlo también frente  a  la Universidad de Antioquia, pues la causa de su obligación, no era la culpa  y  la  condena ajena, como sí es suficiente en la obligación de aseguramiento,  sino  su  propia  culpa  contractual  en  el  cumplimiento  de  las obligaciones  docentes-asistenciales”;  refiere,  asimismo, que la responsabilidad que el tribunal encontró probada fue  la  de  la  parte  demandada, porque la persona a quien atribuyó la negligencia  “estaba vinculada mediante  contrato  de trabajo” a ella  y   sin   “dependencia  ni  subordinación   con   la   Universidad”.   

IV. CONSIDERACIONES DE LA  CORTE   

                               1.   Por  averiguado  se  tiene  que por cuanto los jueces gozan de discreta autonomía en  la  valoración  probatoria para tomar sus decisiones y las providencias con las  que  resuelven  los  litigios  sometidos  a  su  conocimiento  llegan a la Corte  precedidas  de  la presunción de verdad y acierto, la tarea de quien recurre en  casación  obligadamente  tendrá  que estar dirigida a demostrar que el dislate  que  le  achaca al ad-quem es  notorio  y  trascendente,  esto  es,  de  tal tamaño que a la primera mirada se  advierta  la  contraevidencia  de la determinación adoptada con la realidad que  surge  del  proceso,  ya  que  como él “es  autónomo en la apreciación de las pruebas, sus conclusiones al  respecto  son  intocables  en  este  recurso  extraordinario,  mientras  por  el  impugnante  no  se  demuestre  que  aquél,  y  al efectuar tal apreciación, no  incurrió  en  error  de  hecho evidenciado de los autos o en infracción de las  normas  que  disciplinan  la  ritualidad y eficacia de los medios de convicción  aducidos”(G. J., t. CCXXXI,  pag.644).   

                             Es  palmario,  entonces,  que  tan  solo  cuando  el  yerro  del  fallador  brota con absoluta claridad es posible abrirle  paso  a  la  casación, vale decir, únicamente en aquellos casos en que incurra  en  una  equivocación protuberante y trascendente, de donde se desprende que la  acusación  que  no se dirija a enrostrarle vicios de esa envergadura no pasará  de  ser  inane,  como  lo  será  igualmente  la  que  se  apoya  en fundamentos  dubitativos,  toda  vez  que al no corresponder ninguno de tales supuestos a las  reseñadas  exigencias,  habrá de otorgarse prevalencia a los razonamientos que  el  juez  de  segundo  grado  haya  dejado sentados en el fallo, como quiera que  “el  error  de  hecho  se  estructura  cuando  el juicio probatorio del sentenciador es arbitrario o cuando  la  única ponderación y conclusión que tolera y acepta la apreciación de las  pruebas    sea   la   sustitutiva   que   proclama   el   recurrente”,  ya  que  si  la  inferencia a la que  hubiera  llegado,  “luego de  examinar  críticamente  el  acervo probatorio se halla dentro del terreno de la  lógica  y  lo  razonable,  en  oposición  a  la que del mismo estudio extrae y  propone  el  censor  en  el  cargo,  no  se  genera  el  yerro  de facto con las  características  de  evidente  y  manifiesto, por cuanto en dicha situación no  hay       absoluta      certeza      del      desatino      cometido”(G. J., t. CCLVIII, pags.212 y 213). En  tales  eventos se impondría el fracaso de la acusación, puesto que, como lo ha  dicho  la  Sala, “la ruptura  del   fallo   acusado   sólo  podría  fundarse  en  la  certeza  y  no  en  la  duda”(G.  J.,  t.  CVII,  pag.289),   en   tanto   que   ésta   “jamás   sería   apoyo   razonable   para  desconocer  los  poderes  discrecionales”    del  juzgador (G. J., t. CCXXXI, pag.645).   

                              2.   Habida  consideración  que en lo fundamental el cargo está dirigido a evidenciar error  de  hecho  en la apreciación del negocio jurídico efectuado entre la opositora  y  la  institución  educativa, es de verse cómo el tribunal, una vez citó los  artículos  55  a  57  del  Código  de  Procedimiento  Civil, así como apartes  jurisprudenciales  y  doctrinales  sobre el llamamiento en garantía, determinó  que  la  convocatoria que de la Universidad de Antioquia hizo la Fundación bajo  esa     modalidad     de     intervención     procesal     era     “viable  dado  que si por activa en esta  clase  de  acciones  y  para el supuesto de que a la producción del daño hayan  contribuido  varias  personas, estas frente a la víctima responden in  solidum”,  también  era  “evidente que  cuando  ésta  solo  demanda  a  uno  de los copartícipes en la producción del  perjuicio,  dicho demandado”  podía  “a su vez llamar …  al   proceso   a   quien   fue  el  único  culpable  del  hecho  dañoso  o  su  coautor”, para seguidamente  argumentar  que  a  folios  4  y siguientes del cuaderno 3 obraba copia del  contrato  de  docencia  asistencial  ajustado entre la llamada y el Hospital San  Vicente  de  Paúl,  adscrito  a  la  accionada,  en cuya cláusula quinta,  literal  N,  se  pactó  que  aquélla  se  obligaba  a  responder  “de  todas las reclamaciones, demandas e  indemnizaciones  que  se  lleguen  a  formular  en  relación  con los programas  docente-asistenciales”  a  los    que    se    contraía   ese   acuerdo,   para   los   que   “fue   precisamente   nombrado  el  Dr.  Álvarez  Osorio”,  según  resolución  rectoral  número  0207  de  17  de  marzo  de  1986,  “lo  que  por ende y como bien lo dijera  la  parte  demandada,  hace  perfectamente  viable  el  llamamiento  que en este  sentido     le     hizo    a    la    Universidad    de    Antioquia”(fls.50 y 51).   

                             Y  es que visto el citado acto bilateral  en   su   amplio  contexto,  ajustado  entre  el  Servicio  Seccional  de  Salud  Departamental,  la  Fundación  Hospitalaria  San  Vicente  de  Paúl  y la  Universidad  de  Antioquia(fls.4  a 16, cd.3), se comprende cómo, con arreglo a  su  cláusula primera, el objetivo trazado por las partes con esa conjunción de  voluntades  radicó  en establecer las bases de cooperación entre ellas para el  desarrollo  integral de programas docente-asistenciales en el campo de la salud,  en  orden  a  lo  cual  definieron,  como lo prescriben las cláusulas tercera a  quinta,  las  obligaciones que cada una de ellas asumía, siendo de verse que en  lo  que  particularmente concierne a la universidad, de conformidad con la regla  contenida  en  el  literal  N de esta última, contrajo la de responder de todas  las   demandas   y   reclamaciones   que,   en   relación   con  los  programas  docente-asistenciales  a  que se refería ese acuerdo de voluntades, se llegaran  a  presentar  (fl.9,cd.3),  precisándose  que,  según  la  parte  final  de la  cláusula  primera,  esos contratantes definieron que se entendía por actividad  docente-asistencial  la  utilización  que debía hacer la universidad del área  del  hospital  como campo docente e investigativo y la cooperación que la misma  debía  ofrecer  para  el  perfeccionamiento constante de las actividades que se  desarrollaban en el hospital (fl.5).     

                             3. De suerte que  si      con     fundamento     en     esas     probanzas     el     ad-quem  estableció  la  procedencia del  llamamiento  en  garantía,  al  advertir que dicho fenómeno jurídico también  tenía  lugar cuando el actor demandaba, en acciones como esta, a un solo sujeto  de  derecho  no  obstante  que  en la producción del daño hubieran participado  varias  personas,  pues  en tal supuesto la demandada podía llamar al litigio a  cualquiera  de  los culpables o coautores del hecho dañoso, como ocurrió en el  presente  asunto,  siendo  que  adicionalmente estableció que el anestesiólogo  que  causó  el  perjuicio  lo  hizo  en  ejecución  de aquel acto bilateral al  hallarse  nombrado por la universidad para fungir como docente-asistencial, y si  lo  que  el  fallador  así coligió objetiva y razonablemente se desprendía de  tales  probanzas,  ha  de  seguirse que esa determinación lejos se encuentra de  ser  arbitraria  o de estar en notoria desconexión con lo que esos elementos de  certeza en sana lógica permitían inferir.   

                             Ha de verse que, contrariamente, el cargo  propende  porque  al  señalado  medio  probatorio  se  le  dé la lectura allí  propuesta,  todo  con  el  propósito  de que a partir de esa interpretación se  considere  que  del  citado  acuerdo  no  se  desprendía frente a la llamada en  garantía  carga  de amparar obligación alguna, desconociendo con ello que, por  virtud  de  aquel  principio  que pregona la libre la valoración probatoria, el  juez  de  segundo  grado  podía  comprender,  como  en  efecto lo hizo, que del  aludido  cúmulo de probanzas sí afloraba la obligación de la interviniente de  asumir    responsabilidades   como   las   aquí   controvertidas,   pues   este  entendimiento,  como ya se dijo, se lo permitía particularmente ese clausulado,  aquella  resolución  rectoral  y  el  hecho no controvertido de que el profesor  Álvarez  Osorio,  precisamente  en  virtud  de  ese  convenio, fue quien con su  actuar negligente generó el daño.   

                             De  modo  que  si las probanzas aducidas  autorizaban  al  juzgador  llegar  a la conclusión que sentó, en contraste con  los  yerros  de  que se duele la acusadora, lo cierto es que éstos, de existir,  no  alcanzarían  a  derrumbar  el  fallo; por ende, como la deducción a la que  llegó  tras examinar el acervo probatorio no es arbitraria ni cae en lo absurdo  pues,  antes  bien, se halla dentro del terreno de la lógica y lo razonable, en  oposición  a  la  que  del  mismo se propone en el cargo, es evidente que no se  estructura el error de hecho atribuido.   

                                  En  este  preciso  punto  de  la  exposición  no  ha  de  perderse de vista que como la  interpretación  que el juez hace de un negocio jurídico es asunto de hecho que  compete  a  su  discreta  soberanía,  con  insistencia  se  ha sostenido que la  conclusión  a que en esa tarea llegue “no  es  susceptible de modificarse en casación, sino al través de  la  demostración  de  un  evidente  error  de  hecho  que  ponga de manifiesto,  palmaria  u  ostensiblemente,  que  ella  es  de  tal  alcance que contradice la  evidencia”,   ya   sea   porque   el   sentenciador  “supone  estipulaciones  que  no  contiene,  ora  porque  ignore las que ciertamente expresa, o ya porque  sacrifique   el   verdadero  sentido  de  sus  cláusulas  con  deducciones  que  contradice      la      evidencia      que      ellas     demuestran”(G.  J., t.  CXLII,  pag.219),  hipótesis  en las cuales el error  del  tribunal lo puede conducir a quebrantar disposiciones de derecho sustancial  por  aplicación  indebida,  pues  en  tal  supuesto podría estar dirimiendo el  conflicto  con  base  en  preceptos  que  no regulan la especie litigiosa, o por  falta     de     aplicación     de     las    normas    pertinentes.   

                              Es   palmario,   entonces,  que  en  los casos en que surja una controversia a propósito del  entendimiento  que  ha de dársele a un acuerdo de voluntades, a su cumplimiento  o     incumplimiento,    la    ponderación    que    haga    el    ad-quem es una cuestión fáctica que el  legislador  dejó  a su autonomía, de donde surge que  la  valoración  que al respecto extraiga es susceptible de derrumbarse sólo en  la  medida  en  que salte a la vista que el alcance que le otorgó al respectivo  pacto  es  del todo distinto del que realmente nace de su propio contenido, y no  en  los  eventos en que se requiera efectuar complicados esfuerzos analíticos o  cuando   entre  varias  interpretaciones  lógicas  y  razonablemente  posibles,  el  fallador  escogió  una de ellas; y acontece que,  valga  repetirlo,  en  este  asunto no se ve cómo el juez de segundo grado pudo  incurrir  en  el  yerro  que se le achaca, pues si bien es cierto interpretó el  convenio   en   cuestión  para  sostener  que  de  la  comentada  cláusula  se  desprendía  la  garantía  que  la  llamada  le  otorgó  a la Fundación en el  sentido  de  que  asumiría la responsabilidad frente a todas las reclamaciones,  demandas  e  indemnizaciones  que  se  llegaran  a formular en relación con los  programas  docente-asistenciales, no lo es menos que en esa cardinal gestión no  quebrantó  las  reglas  propias  sobre esa especie de entendimiento, por cuanto  que  en  ningún  momento  se  apartó  del  contenido  literal que fluía de la  descrita relación negocial.   

                              Ha  de  tenerse  en  cuenta  que,  para  condenar  a la llamada en garantía, el sentenciador se basó en la comprensión  que   extrajo   de  ese  particular  texto  convencional  y,  con  ello,  en  el  comportamiento  negligente  del  anestesiólogo Álvarez Osorio, al advertir que  tal   proceder   éste  lo  desarrolló  en  cumplimiento  de  esas  actividades  docente-asistenciales,   para   cuya   ejecución   precisamente  fue  designado  directamente  por  aquella  institución  académica  a  través  de  la mentada  resolución  rectoral, en la que determinó que quedaba adscrito al Departamento  de  Cirugía  de  la  Facultad  de  Medicina  de  dicha universidad “bajo   las   órdenes  del  respectivo  jefe”  y,  adicionalmente,  que   esa  “labor  docente  asistencial”  la  debía  pagar  el Hospital Universitario San Vicente de Paúl(fl. 1,cd. 3), siendo ello,  justamente,   el   origen   para   que   luego   la   demandada   lo   vinculara  laboralmente.   

                                 4. Con  todo,  como  el  fundamento toral de la acusación estriba en que el juzgador se  fundó       “con  exclusividad”  (fl.27), en  el  preanotado pacto, tratándolo como un típico negocio de seguros, siendo que  no  lo  es,  y  otorgándole efectos de los que carece, al punto que a su amparo  condenó  a  la  universidad a pagar la totalidad de la indemnización sin haber  analizado  si  ella participó en la producción del resultado dañino, y en que  el  sentenciador  dejó  de  ponderar  los  hechos  afirmados  en la demanda, el  interrogatorio  de  parte  que  absolvió el representante de la demandada y las  declaraciones  de  los  padres del menor, pruebas estas que en su sentir generan  incertidumbre  acerca  de  si  el  paciente  se  hallaba  pensionado  o no en el  hospital,  propiciando  así  una  duda  que beneficiaba a la llamada, porque el  convenio  excluyó  el servicio de pensionado como área de su ejecución, es de  verse  que  aun  al  analizar la Corte este cuestionamiento desde la perspectiva  propuesta,    los    errores    denunciados    no    fluyen,    como    pasa   a  explicarse.   

                               

En  efecto, es de observarse que el reproche  estriba,  en  primer  lugar, no en la cláusula cuya objetividad es indiscutible  sino   en  el  marco  general  del  contrato,  pero  resulta  que  repasado  con  detenimiento  ese  amplio  contenido  negocial  (fls.  4  a  16,  cd.3) se logra  establecer  que  el  propósito  fundamental  de  las partes fue fijar reglas de  cooperación   “para  el  desarrollo    de   programas   docente-asistenciales   en   el   campo   de   la  salud”    y   que   su  cumplimiento     debería     generar     como     consecuencia,    “por  un  lado,  el  mejoramiento  de la  atención  que  se brinda a la comunidad”   en   el   centro   hospitalario   y,   por   otro,   “el  que  las  Facultades y Escuelas del  área  de  la  salud” de la  Universidad   de  Antioquia  pudieran  “disponer  de  campos  de práctica para el adecuado desarrollo de la  labor” docente-asistencial,  en  orden  a  lo cual en forma separada determina las cargas correspondientes al  Servicio  Seccional de Salud del departamento, a la institución académica y al  Hospital  San  Vicente de Paúl, fijándole a éste el deber de denunciarle a la  segunda  “las reclamaciones,  pleitos  o  demandas”  que  surgieran  “en virtud de los  programas    docente    asistenciales”,  según  así  lo prescribe el literal J de la cláusula cuarta, e  imponiéndole  al  centro  educativo,  la  obligación de responder “de  todas  las reclamaciones demandas e  indemnizaciones”   que  llegaran  a  formularse  en relación con esos mismos programas, que es a la que  alude  el  mentado  literal N de la cláusula quinta, así como la de proponerle  tales   programas   al   hospital   y  “responsabilizarse  de  programar,  dirigir  y coordinar, supervisar,  controlar  y  evaluar  la  realización  de  estos programas y … los alumnos y  profesores     que     lo    realizan”,  de acuerdo con los literales A y C de la cláusula citada(fls.7 y  8, cd.3).   

Por  consiguiente,  resulta  palmario que al  desarrollar  el  análisis  a  partir  de  ese marco general, la conclusión del  tribunal,  independientemente de la cortedad de su análisis y de que no hiciera  alusión  al  contenido  restante,  apoyada  en la memorada cláusula, antes que  chocar  armoniza  con  ese  amplio  contexto  del  negocio,  así  sea  que, con  estrictez,  no se trate de un acuerdo puro de aseguramiento, por supuesto que de  ese  contenido  no otra cosa se evidencia más que la manera deliberada como las  partes    optaron   por   atribuirle   a   una   de   ellas    -a  la  universidad  que  a raíz de dicho  pacto    podía   disponer   de   los   campos   para   desarrollar   la   labor  docente-asistencial-,   la  obligación  de responder de las indemnizaciones originadas con la práctica  de  los  mentados  programas,  en  relación con los cuales contrajo el deber no  sólo  de proponerlos sino de controlar y evaluar su ejecución, así como a los  alumnos  y  profesores  con  los  cuales los realizaba, y a la otra, la carga de  denunciar  a aquélla los pleitos que surgieran por el desarrollo de esos mismos  programas.   

                             En  segundo, que también involucra como  dejadas   de   apreciar   las   declaraciones   de  los  padres  del  menor,  el  interrogatorio  de  parte  absuelto  por  el  representante  de  la fundación y  algunos  fundamentos  fácticos  de  la demanda, mas sucede que ninguno de tales  medios  desvirtúa  que  el  hecho dañoso se hubiera producido en desarrollo de  aquella  actividad docente-asistencial, que Álvarez Osorio obró como vinculado  que  estaba  a esa ejecución o que él fue nombrado por la llamada en garantía  para  cumplir  dicha función, pues, valga repetirlo, no ha de perderse de vista  que  fue  a  raíz  de esa designación que la Universidad de Antioquia envió a  aquel  galeno  al  hospital para que lo vinculara y que debido justamente a ello  éste  lo recibió para que, a partir de tales actos, empezara a ejecutar, en el  ámbito  de  su profesión, la misión que le competía de acuerdo con el objeto  del mencionado acto bilateral.    

                             Es que en este punto de la exposición ha  de  tenerse  presente que la condena impuesta también encontró como soporte la  circunstancia        consistente        en       que       el       ad-quem  halló  que  el  anestesiólogo  Fernando   Álvarez  estaba  vinculado  como  docente  para  la  ejecución  del  señalado  negocio por nombramiento que le hizo el rector del centro académico,  y  que  su negligencia fue la causa que realmente desencadenó el proceso lesivo  en  la  salud  del  paciente;  de  ahí  que  el censor se aleje de la verdad al  argumentar  que  el  fallador  no estableció la culpa de la llamada y que aquel  médico       no       tenía      “dependencia    ni    subordinación    con    la    Universidad   de  Antioquia”,  pues el fallo  permite  inferir que fue con base en la resolución 0207 de 17 de marzo de 1986,  expedida  por  el  rector  de  la  mencionada  institución educativa(fls.1 a 3,  cd.3),  que el juez de segundo grado dio por evidenciado que Álvarez Osorio fue  nombrado  docente  especial  II ad-honorem,  adscrito  al  Departamento de Cirugía de la Facultad de Medicina  ”bajo  las  órdenes  del  respectivo  jefe”,  y  que  entre   sus   funciones   estaba  la  de  docencia-asistencial  en  el  Hospital  Universitario  San  Vicente  de  Paúl, aspecto que a la postre adujo como pilar  para hacer valer aquella cláusula de responsabilidad pactada.   

Como  es  claro  que  con  base en la prueba  citada  el  juzgador  concluyó  en  que  el autor de la conducta generadora del  daño  fue  el  anestesiólogo Álvarez Osorio, que ello acaeció en el Hospital  Universitario    San    Vicente    de   Paúl   en   desarrollo   del   programa  docente-asistencial  convenido  entre  éste  y la Universidad de Antioquia, que  para  ejecutar tal acuerdo la institución universitaria precisamente designó a  aquél  como médico anestesiólogo por medio de la dicha resolución, en la que  además  se  dispuso que “su  labor  docente-asistencial  será pagada”  por  el  establecimiento hospitalario, que fue con ocasión de esa  puntual  determinación  que  la universidad lo envió al hospital, siendo ésta  justamente  la  causa  para  que  lo  vinculara laboralmente, y que ese tratante  obró  en  desarrollo de la función de docencia-asistencial por el nombramiento  que  para  ella  le  hizo la institución educativa, la contraevidencia afirmada  por  el impugnador no surge, menos cuando la duda que plantea acerca de la falta  de  certeza  sobre si el menor fue atendido a través del servicio de pensionado  o  no,  antes  que  obrar  en  beneficio  del casacionista lo que hace es dar al  traste  con  las  posibilidades  de  éxito  de  la acusación, pues, como lo ha  sostenido  la  Corporación,  la  simple  dubitación  en  torno  del  aspecto o  circunstancia  sobre  la  que se edifica el yerro, es apenas sintomática de que  la  irregularidad  que  así se le enrostre al sentenciador no es evidente, como  tendría que  ser.                           

                             5. Por tanto, no  prospera el cargo.   

                              6.  Por  otra  parte,  la Sala considera necesario que de esta determinación se dé noticia al  Tribunal  de  Ética  Médica  de  Antioquia, para lo de su cargo, en orden a lo  cual   se   dispondrá  la  expedición  y  remisión  de  las  copias  de  esta  sentencia.   

IV. DECISIÓN:  

                                  En armonía con lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia  en   nombre   de   la  República  y  por  autoridad  de  la  ley,  NO  CASA  la  sentencia de 11 de mayo de  2000  pronunciada  en  este  proceso  ordinario  por  el  Tribunal  Superior del  Distrito Judicial de Medellín.   

                                 Condénase  a  la recurrente al  pago de las costas causadas en el recurso extraordinario. Tásense.   

         

                             Ordenar a la secretaría de esta Sala que  expida  y  remita,  al  Tribunal  de  Ética  Médica  de  Antioquia, las copias  referidas  en el numeral 6º de las consideraciones de esta providencia, para el  fin allí determinado.   

CÓPIESE,  NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *