SC 102 2005 [7795]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-102-2005 [7795]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá,  D.C., treinta y uno (31) de mayo de  dos mil cinco (2005).   

Referencia:  Expediente  número 7795.   

                               

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  demandante  contra  la sentencia de 28 de octubre de 1998,  proferida  por la Sala Civil-Familia del Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Barranquilla,  dentro  del  proceso  ordinario  promovido por Guillermo Ruiz  Castro  frente  a  la  Compañía  Colombiana  de  Apuestas Permanentes Limitada  “El   Chance”.   

I. ANTECEDENTES  

                             1. El demandante  convocó  a juicio ordinario a la demandada para que se declarara la resolución  del  contrato  de compraventa contenido en la escritura pública número 2603 de  30  de agosto de 1988, de la notaría quinta de Barranquilla, por incumplimiento  de  la demandada en el pago del precio pactado; se dispusiera la cancelación de  tal   título  y  el  registro  de  la  sentencia  en  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria  del inmueble objeto de ese negocio; se ordenara a la contraparte a  restituirle  la  referida propiedad; y se la condenara a pagarle el valor de los  frutos  civiles y naturales producidos por el bien o que hubiere podido producir  con  mediana  inteligencia y actividad, así como los perjuicios causados con el  incumplimiento.   

2.  Fundamentó sus  pretensiones en los hechos que seguidamente se compendian:   

                             a) Mediante el  señalado  instrumento  público el actor vendió a la demandada el inmueble que  por  sus  linderos  y demás características identificó en el hecho primero de  la  demanda;  aquél  atendió  las obligaciones que allí contrajo, como quiera  que hizo entrega del bien a la adquirente.   

                             b)  El  precio  realmente  convenido  en dicha compraventa fue de $18´000.000 que la compradora  se  obligó  a  pagar  así:  $5´000.000,  el  día  de  la  firma del título;  $5.412.904  mediante  pagos  de  $100.000  diarios de lunes a viernes durante 54  días  contados  a  partir del 1° de septiembre de 1988 y la cuota 54 para  pagar  el  18  de  noviembre  de  1988  por  $112.904;  $4´348.167,45  en  una  obligación  hipotecaria  que  existía  a  cargo  a  Álvaro  Ruiz  Castro,  hermano  del  accionante,  con la  Corporación  de  Ahorro  y Vivienda Granahorrar; y $3´289.929 subrogándose en  un   crédito   hipotecario   que   el   demandante   tenía   con   esa   misma  entidad.   

                             c) La demandada  no  cumplió  el contrato en lo referente al precio estipulado, puesto que no se  ha  subrogado ni en la obligación hipotecaria a cargo de Álvaro Ruiz Castro ni  en  aquella  en  que  era  deudor  el  demandante,  y  menos  las  ha cancelado,  ocasionando  que  Granahorrar  haya  promovido  en contra de éstos los procesos  ejecutivos  que cursan en los Juzgados Primero y Segundo Civiles del Circuito de  Barranquilla;  tampoco  ha  sustituido las garantías hipotecarias que respaldan  los mencionados créditos.   

                              d)   En  un  documento  complementario  a  la  escritura  arriba  señalada,  la demandada se  obligó  a  subrogarse  en  la  obligación  que  con Granahorrar tenía Álvaro  Ruiz.   

                             3. Notificada la  demandada    del    libelo,    dentro   del   término   de   traslado   guardó  silencio.   

                             4. Por sentencia  de  9  de  julio  de  1996  el Juzgado Octavo Civil del Circuito de Barranquilla  culminó  la primera instancia, en la que absolvió  a  la  demandada  de  las  pretensiones  elevadas  por el  actor.   

                             5. Al desatar la  apelación   interpuesta,   el   Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Barranquilla  le  puso  fin a la alzada mediante fallo de 28 de octubre de 1998,  en   el   que   confirmó  el  del  a-quo.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

                             1. Con apoyo en  los  artículos  1849  y  1864  del  Código  Civil  arguyó  el tribunal que en  tratándose   del   contrato   de   compraventa,   el  precio  era  “uno      de      sus      elementos  esenciales”,  por  lo  que  debía  ser  determinado  por  los  contratantes, pudiendo hacerse por cualquier  medio  o  indicación,  aserto  que  sustenta  con  uno  de  los  fallos de esta  Corporación.   

                             Con ese punto de referencia, no sin antes  aseverar  que  del  proceso  se  desprendía  que  eran los contratantes quienes  integraban  los  extremos  litigiosos  y  que  en  la escritura que contenía el  referido  contrato  estipularon  el precio en $10´000.000 y no de $18´000.000,  como  lo  afirmó  el  demandante  en  el  libelo,  pasó  a  decir que en dicho  instrumento  se dejó establecida la forma como se pagaría aquella cantidad, al  indicarse   que   se   cancelarían   “$5´000.000  a  la firma del mismo documento y el saldo ($5.412.904)  en  54 cuotas diarias de $100.000, ascendiendo la última a $112.904”,  punto en torno del cual recalcó que  en  ninguna  de  las  cláusulas  figuraba  que  ese precio incluyera el pago de  obligaciones  hipotecarias  a  cargo  de  Álvaro  Ruiz  Castro,  pues la única  subrogación  a  que  se  aludió  en  la  escritura  era  la relacionada con la  obligación  existente  a  favor  de  Granahorrar,  ya  que  sobre  el  inmueble  aparecía constituida una hipoteca de primer grado en su favor.   

                             2. Agregó que  en  el  proceso  obraba  “un  confuso   documento  conforme  al  cual”   Álvaro  Ruiz  Castro,  representado  por  Ana  Castro  de  Ruiz,  manifestó  que  cedía  a  la  demandada el crédito hipotecario que a su cargo  tenía  con  la  nombrada  institución  bancaria  por  $4´348.167,45,  pero  que como aquél no fue parte en  el  negocio  cuya  resolución  se  demandaba,  no podía aceptar que el acuerdo  contenido  en  ese  escrito privado, así estuviera firmado con la representante  de  la  compradora, tuviera el alcance de modificar la identificada escritura en  torno  al  precio y la forma de pago convenida; añadió que dicho documento era  de  tal  confusión  que  allí  se indicaba que Álvaro Ruiz cedía un crédito  siendo  que  la  calidad que tenía era la de deudor, con lo cual se desconoció  que  la cesión es un acto jurídico por el cual un acreedor, que toma el nombre  de  cedente, transfiere voluntariamente el crédito que tiene contra su deudor a  un   tercero,  que  acepta  y  toma  el  nombre  de  cesionario,  para  comentar  seguidamente  que  al  parecer lo que se quiso fue sustituir un deudor por otro,  pero  para  que  ello  pudiera producirse se requería, según el artículo 1694  del   Código  Civil,  que  Granahorrar,  como  acreedor,  lo  hubiera  aceptado  liberando  al  primitivo  deudor;  y  que si de subrogación se trataba, seguía  siendo    ambiguo    porque    según    el    artículo    1666    ibídem  esa  figura jurídica consistía  en  la  transmisión  de  los  derechos  del acreedor a un tercero que le había  pagado.   

                              4.  Remató  indicando  que  los  indicios en contra de la demandada, por no haber contestado  la  demanda  y  dejar de comparecer a la audiencia de que trata el artículo 101  del  Código de Procedimiento Civil, no eran suficientes para quitarle validez a  aquel  instrumento  público,  aseveración a partir de la cual insistió, de un  lado,  que  Álvaro  Ruiz no fue parte en el contrato de compraventa y, de otro,  que  no  fue  probado  que la opositora hubiese aceptado, como parte del precio,  pagar  una  obligación  a  cargo  del  demandante y en favor de Granahorrar, en  tanto  que  sí  se  demostró  que  la  única  obligación  hipotecaria que se  comprometió  a  cubrir  la contraparte fue aquella que para entonces gravaba el  bien  objeto  del  contrato.  Añadió que el promotor de este proceso no alegó  que  la  compradora  hubiera  incumplido  con  el  pago de las 54 cuotas diarias  acordadas  en  la  escritura  de  venta,  por  lo  que  debía  entender que esa  obligación se atendió a satisfacción.   

III. LA DEMANDA DE CASACIÓN  

                             Con  respaldo  en  la causal primera del  artículo   368  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  un  cargo  plantea  el  recurrente,   conforme   al   cual  la  sentencia  combatida  es  indirectamente  violatoria,  por falta de aplicación, de los artículos 1546, 1602, 1613, 1614,  1618,  1621,  1622,  1930  y  1932  del  Código  Civil,  a  consecuencia de los  “errores  de  hecho  en la  apreciación  de  algunas  pruebas  y  errores  de  derecho en la valoración de  otras”.   

                             1. En relación  con  los  yerros  de  hecho  refiere  el acusador que el contrato de compraventa  contenido  en  la  escritura  2603  de  30 de agosto de 1988 fue incorrectamente  apreciado  por  el  tribunal,  porque consideró que el precio allí pactado era  únicamente    de    $10´000.000,    en    lo   cual   no   tuvo   “en    cuenta    que    interpretando  rectamente”  ese  negocio,  también  se  había  incluido como parte el pago que la compradora se obligó a  efectuar  a Granahorrar, “en  virtud     de    haberse    subrogado”  en  la hipoteca constituida mediante el acto público 186 de 29 de  enero  de 1986, instrumento en el que la compradora expresó subrogarse en dicha  hipoteca  y  se  obligó  “a  seguir   cancelando”  ese  crédito  “en  la  forma y  condiciones  establecidas”  por  aquella  institución  bancaria;  esta falencia es evidente y protuberante,  pues  el  fallador  habría  accedido  a  la  resolución  deprecada de no haber  incurrido en ella.   

                             También  fue indebidamente apreciado el  interrogatorio  de  parte  absuelto  por la demandada dentro de la diligencia de  inspección  judicial, cuya acta reposa a folios 70 y siguientes del cuaderno 1,  donde  manifestó  que había hecho lo posible por subrogarse en la hipoteca con  Granahorrar  y  cancelar la obligación, al punto que conversó con los abogados  de  ésta,  y  que tenía los saldos de las deudas hipotecarias para cancelarlos  inmediatamente  tuviera  los  dineros disponibles, por cuanto el juez de segundo  grado,   al   no   apreciar   que   allí  la  accionada  admitió  “que  para  la fecha de la diligencia no  había  cumplido con la obligación, sino que pensaba cumplir cuando tuviera los  dineros    necesarios    para    ello”,  dejó de ver la confesión que de ello surgía. Destaca el censor  que   de  no  haber  incurrido  en  dicho  desacierto,  hubiera  accedido  a  la  resolución.   

                              Del  mismo  modo  se  equivocó  en  la  valoración  del  certificado  de tradición que obra a folio 45 del cuaderno 1,  en  el  que aparece registrado el embargo dispuesto dentro del proceso ejecutivo  hipotecario  de  Granahorrar  contra  Guillermo  Ruiz  Castro,  pues  de haberlo  observado  habría llegado a la conclusión de que esa acción se inició por la  falta  de  pago  del crédito respectivo y tenido que decretar el incumplimiento  de esa obligación, con la consiguiente resolución suplicada.   

                             Anota que fue errada la ponderación que  efectuó  el juzgador del escrito del folio 63 del cuaderno 1, donde se confirma  que  fue  el actor quien canceló las cuotas vencidas del crédito cuyo pago esa  corporación  persiguió  dentro  del  hipotecario que adelantó ante el Juzgado  Primero      Civil     del     Circuito     de     Barranquilla     “con  la  consiguiente  terminación del  proceso”,   yerro   que  califica   de   protuberante   y   evidente,  ya  que  de  allí  se  deriva  el  incumplimiento del contrato.   

                             Asevera que el dictamen que obra a folio  86  del  cuaderno  1,  en  el  que  los  peritos  afirmaron que habían obtenido  evidencia  del pago hecho por Guillermo y Álvaro Ruiz Castro a Granahorrar, fue  también  preterido;  de  haberlo  valorado,  el  juzgador  hubiera llegado a la  conclusión  “de que al no  ser   la   demandada  la  que  efectúa  el  pago,  incumplió  el  contrato  de  compraventa”.   

                             2. En lo tocante  con  los yerros de derecho, el casacionista afirma que el sentenciador no le dio  el  valor  probatorio  de  plena prueba a los hechos de la demanda ni al acta de  conciliación,  visible  a  folio  29,  en  la  que  se  dejó  constancia de la  incomparencia  de  la  accionada,  pues  de  esta  omisión dedujo la gestación  apenas   de   un   “simple  indicio”,  no obstante que  el  numeral  4°  del  artículo  10°  del  decreto  2651 de 1991 prevé que la  inasistencia  injustificada a la citada audiencia hace que se tengan por ciertos  los  hechos  susceptibles  de  confesión  contenidos en la pieza iniciadora del  pleito;  agrega  que si el tribunal hubiera dado a la falta de concurrencia a la  conciliación  el  valor  probatorio  que  le  correspondía, habría tenido por  ciertos  los  hechos tercero, cuarto y quinto del libelo, que en su orden aluden  a  que  la  compradora  se  obligó  a  pagar  $3´289.929 correspondientes a la  hipoteca  que  el vendedor tenía con Granahorrar, que la opositora no pagó tal  acreencia  y que tampoco se subrogó como deudora ante la citada corporación en  relación  con  el  crédito  contenido  en  la  escritura 186 de 29 de enero de  1986.   

                               Añadió    que    el   ad-quem también dejó de atribuirle a la  falta  de  contestación al libelo el carácter de indicio grave en contra de la  contraparte,   yerro   que  tilda  de  “evidente    y    decisivo”,  como quiera que, de haber efectuado dicha valoración y ponderado  tal  indicio  en conjunto con los restantes elementos de juicio existentes en el  proceso, hubiera decretado la resolución impetrada.   

                             3. Manifiesta el  censor  que  esos  dislates  de  hecho  y  de  derecho  llevaron  al  fallador a  quebrantar  los  preceptos  legales  ya señalados, así como los artículos 95,  187,  194  y  241  del  Código  de  Procedimiento  Civil y 10, numeral 4º, del  decreto 2651de 1991, como normas probatorias.    

                                    4.  Finaliza  exponiendo  que  el  juez  de  segundo  grado  se dedicó “exclusivamente  a  examinar la fuerza  probatoria   y   sustancial   del   acuerdo   visible   a   folio  3”  del cuaderno 1 y a pregonar que ese  escrito   “carecía  de  eficacia  jurídica  y  valor probatorio por no haberse hecho la aclaración del  precio    con    las    solemnidades”   del  instrumento  notarial,  pero  que  esos  argumentos  caían  “por su base, puesto que  bastaba    el    incumplimiento    de    la    obligación   pactada” en la misma escritura de venta, esto  es,  la  de  pagar  el  crédito  hipotecario a que se refería el acto público  número  186  de  29  de enero de 1986; en fin, que el sentenciador se limitó a  fijar  sus  ojos  en  el  contenido  del indicado documento para concluir que la  obligación  que  del  mismo  surgía  “era     inocua     por     falta     de    solemnidades”,  desconociendo  que  tras una recta  interpretación  del negocio de enajenación hubiera establecido que la carga de  pagar  aquella  acreencia,  que no fue cumplida por la compradora, formaba parte  del  precio y, por tanto, esa sola circunstancia era suficiente para decretar la  resolución del contrato con indemnización de perjuicios.   

IV. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                               1.   Por  averiguado  se  tiene  que  como  la  casación es un recurso extraordinario, la  demanda  con  la  que  se  sustente  debe  reunir unos requisitos muy puntuales,  concretamente  los  previstos  en  el artículo 374 del Código de Procedimiento  Civil,  con  las modificaciones introducidas por el decreto 2651 de 1991, lo que  traduce   que  únicamente  mediante  su  cabal  cumplimiento  la  Corte  podrá  desarrollar  la  actividad  que le es propia, pues es claro que, por tratarse de  una  cuestión  esencialmente dispositiva, no puede, como mucho lo ha sostenido,  establecer  a  su  juicio  el querer del acusador, por supuesto que es a éste a  quien  le  corresponde  establecer  el  contexto  y ámbito conceptual acerca de  cómo  el  sentenciador  de  instancia incurrió en el desacierto. De este modo,  sea  cual  fuere la causal que se invoque, la demanda respectiva ha de contener,  entre    otros   presupuestos,   la   “formulación     por     separado    de    los    cargos”, con la exposición de los fundamentos  de  la acusación, “en forma  clara  y  precisa” y, en el  evento  de que se aduzca la segunda parte de la causal primera del artículo 368  ibídem,  la  demostración  cabal  de  “la violación de  norma   sustancial  como  consecuencia  de  error  de  hecho  manifiesto  en  la  apreciación   de   la   demanda   o  de  su  contestación,  o  de  determinada  prueba”.   

En  punto  a  la debida sustentación de los  cargos,  cuando  el  ataque  se centra en la violación indirecta de la norma de  derecho  sustancial,  ya  por  errores  de  hecho  ora  de  derecho, la doctrina  jurisprudencial  de la Corporación ha sostenido, de manera insistente, que ello  le  impone  al  impugnador  la  carga  de  singularizar  uno  a  uno  los medios  persuasivos  en  que  recayeron  los  desaciertos del fallador y que adelante la  labor  dialéctica  de  confrontar  lo  que  ciertamente  aflora  de la probanza  respectiva  con la sustancia que de ella extrajo el sentenciador que lo llevó a  edificar  la  conclusión, pues que sólo así podrá la Corporación, dentro de  los  lineamientos  trazados  por  la  acusación,  establecer si se presentó el  desatino   que   con   las   características  de  protuberante  le  endilga  el  censor.   

Desde  luego  que la demanda de casación no  cumplirá  los requisitos formales si no contiene censuras precisas y claras, de  las  cuales  emerja  su  exacta  identificación,  lo  que  acontecería  si  el  recurrente  dedica  su  labor a hacer comentarios o apreciaciones sobre el fallo  acusado  o  alegaciones que son propias de las instancias, pues, como es sabido,  en  virtud del carácter dispositivo que campea en esta senda extraordinaria, no  es  a  la  Sala  a  quien  debe  dejarse  la  tarea de encontrar las pruebas mal  apreciadas   o  de  investigar  cuáles  de  sus  apartes  fueron  erróneamente  interpretados,  supuestos  o agregados, o de establecer en qué consistieron los  desaciertos  del  juzgador  sino  que  justamente  ello  es lo que el cargo debe  mostrar  y  probar;  con otras palabras, no basta que la acusación se refiera a  las  pruebas globalmente o se limite a presentar meras consideraciones generales  sobre  ellas,  sin  que  se  haga  el  contraste  entre la realidad objetiva que  ostenta  cada uno de los medios de persuasión cuya apreciación se critica y lo  que  el  fallo  dice  o  deduce de ellos, explicando la falencias del juicio del  sentenciador.   

                             2.  En el caso  presente,  ha  de  verse  que el cargo planteado se distancia ostensiblemente de  las  directrices  que  se  acaban  de  dejar sentadas, pues en lo que hace a los  errores  de  hecho que le endilga al tribunal no satisface la exigencia técnica  de la debida sustentación, como pasa a explicarse.   

                             En  lo  tocante con el yerro que se dice  cometió  el  ad-quem en la  valoración  de  la  escritura 2603 de 30 de agosto de 1988, obsérvese cómo el  acusador   se  limitó  a  señalar  que  tal  dislate  consistió  “en que consideró que el precio pactado  para  la  compraventa  fue  únicamente”        de        $10’000.000     sin     tener     en     cuenta     que,    “interpretado  rectamente  el  contrato,  también  se incluyó como parte del precio el pago que la compradora se obligó  a  efectuar”  a la entidad  financiera,  “en virtud de  haberse     subrogado     en     el     pago    de    la    hipoteca”  constituida  por instrumento público  186  de  29  de enero de 1986, es decir, que al circunscribir su labor a indicar  la  interpretación  que  de la compraventa realizó el fallador en lo referente  al  precio,  a  dar  su  personal  posición  al  respecto  y  a colegir que fue  equivocada  la  inteligencia  otorgada  a  esa  prueba  en  lo  atinente a dicho  requisito  del  negocio,  dejó  de  identificar  en concreto los errores en que  éste  pudo  incurrir  al  concluir,  con  base  en  lo que textualmente reza la  convención  de  que se trata, que el precio estipulado fue de $10´000.000 y no  de  $18´000.000.  Es  claro  que  al  casacionista  no  le  bastaba  afirmar la  comisión  del  error  sino  que  debía sustentarlo y demostrarlo, para lo cual  tenía  que  explicar  porqué  la  objetiva  lectura del contrato arrojaba como  resultado  que  en  el  precio fue incluida la obligación que le impusiera a la  compradora  la  carga  de  subrogarse  en  la  hipoteca  constituida mediante la  escritura  186 de 29 de enero de 1986  y, paralelamente, porqué fue errada  la  ya  referida  conclusión fáctica del juez de segundo grado, cuando sostuvo  que  el  precio no comprendió esa específica obligación adicional sino que se  redujo a la suma expresamente señalada como tal.   

                             De este particular apartado de la censura  apenas  se  extrae  en  claro  que en sentir del censor el juez de segundo grado  erró  al  establecer  el  precio  del  contrato,  mas  no en qué consistió su  equivocación,  como  quiera  que, como viene de explicarse, olvidó indicar las  concretas  falencias en cuanto no desarrolló la fundamental tarea de confrontar  eso  que  aquél  concluyó  de  tal  específica  pieza  procesal  con  lo  que  materialmente  el  mismo  medio  refiere;  al  proceder  así,  dejó  el  cargo  huérfano de sustentación.   

                             Ahora,  en  relación  con  los  errores  fácticos  que la censura le enrostra al juzgador al pretermitir la ponderación  de  la  confesión  de  la  demandada  que brota del interrogatorio de parte que  absolvió    dentro    de    la    inspección    judicial,   del   “certificado  de  tradición  que obra a  folio  45,  en  que  aparece  que Granahorrar embargó con acción hipotecaria a  Guillermo   Ruiz   Castro  el  inmueble”     materia     de     la     compraventa,     del     “memorial  de  folio  63 del cuaderno 1,  donde  se  confirma  que  el  actor  canceló  las  cuotas vencidas del crédito  hipotecario  seguido  por  aquella  entidad  en  el  Juzgado  Primero  Civil del  Circuito  de Barranquilla” y  del  dictamen  pericial en el que los peritos afirmaron haber obtenido evidencia  del   pago  hecho  por  Guillermo  y  Álvaro  Ruiz  Castro  a  Granahorrar,  la  deficiencia  que  se viene comentando también tiene inocultable presencia, pues  el  recurrente  al  advertir  sobre tales yerros limita sus manifestaciones a lo  que  se  dejó  transcrito,  a  precisar  que  esos defectos eran protuberantes,  evidentes  y  decisivos  y  a  colegir  que de no haberse incurrido en ellos, se  hubiera impuesto la resolución contractual solicitada.   

                             Es manifiesto, entonces, que el acusador  omitió  realizar  la  labor comparativa entre lo que objetivamente fluye de los  medios  de  convicción que asegura fueron indebidamente apreciados o dejados de  valorar  y lo que de ellos dedujo o debió deducir el sentenciador, limitándose  en  cada  caso  a  sostener simplemente que las equivocaciones en cuestión eran  evidentes, protuberantes y decisivas.   

                                 3.  Adicionalmente,  el  cargo  alberga  otra  deficiencia  de  orden  estrictamente  técnico,  consistente  en  que  no  ataca  todos los pilares en que se apoya la  sentencia combatida.   

                               Ciertamente,    al    analizar   las  consecuencias  surgidas por la falta de contestación del acto introductorio del  proceso  y  la inasistencia de la sociedad demandada a la audiencia de que trata  el  artículo  101  del Código de Procedimiento Civil, véase cómo el tribunal  consideró  que  el  efecto  generado  por  tales omisiones procesales no podía  oponerse  a  lo  que  reza la escritura de compraventa, por ser éste un negocio  solemne  cuyos  elementos  esenciales,  entre ellos el precio, eran demostrables  únicamente  a  través  de  instrumento público y no por ningún otro medio de  prueba,  razón  por  la  cual,  adicionalmente,  y  para  los propósitos de la  accionante  de  que  se  admitiera  que  tan particular exigencia del negocio se  tuviera  por  modificada  mediante  el  escrito  privado  en el que intervino un  tercero  ajeno a la compraventa, no podía admitirse; argumentos estos que, como  se  constata  al  volver  la  mirada  al cargo en su doble dimensión, es decir,  tanto  en  los  aspectos que por errores de hecho ataca como en los que integran  los  reparos  por  yerros de derecho, el casacionista dejó de lado en cuanto se  sustrajo  de  hacer,  siquiera tangencialmente, el menor comentario alrededor de  cualesquiera de ellos.   

                             La  circunstancia de que el razonamiento  sentado  por  el  ad-quem en  torno  a  la  prueba  solemne que necesariamente debió traerse al plenario para  demostrar  que  el  pacto originalmente establecido entre las partes en punto al  precio  del  negocio  y  a  la  forma  de  pago  se  mutó al  agregarse la  obligación   de   la  compradora   -aquí         demandada-   de  asumir  el  pago de la acreencia hipotecaria existente a  favor  de  Granahorrar, no hubiere sido debidamente criticada por el impugnador,  por  sí sola mantiene firme la decisión adoptada en el fallo censurado, lo que  significa  que así se admitiera que el fallador incurrió en los errores que en  la  acusación  se  le enrostran, ello en todo caso no conduciría al quiebre de  la  providencia, pues aún en tal supuesto ésta permanecería en pie apoyada en  ese  cardinal  argumento del juez de segundo grado que no fue objeto de embate y  menos derribado.   

                               A   este   respecto   ha   expresado  reiteradamente  la  Corte que cuando una sentencia se acuse por errores de hecho  o   de   derecho  y  la  misma  se  encuentre  fundada  en  diversas  apoyaturas  probatorias,     para     destruir    la  presunción de acierto de las conclusiones fácticas con las que  llega  a  esta  senda extraordinaria, el casacionista debe plantear un ataque en  el   que   involucre   íntegros   esos   cimientos,   esto   es,   “una  impugnación  que  comprenda todos  los  soportes  probatorios  que fincan la decisión, porque si ésta es parcial,  así  se demuestren los errores denunciados, los fundamentos no controvertidos y  determinantes  de  ella,  la  siguen  manteniendo  y  por ende el cargo fracasa,  porque    la    presunción    de   acierto   continuaría   vigente”(G. J., t. CCLXI, pag.882).   

                               

                             En  lo  inherente  al  yerro  de derecho  atribuido  al  fallo, independientemente de que la inasistencia del demandado en  proceso  ordinario  a  la audiencia de que trata el artículo 101 del Código de  Procedimiento  Civil,  conforme a las voces del artículo 10 del decreto 2591 de  1991,  provoque  que  los  hechos de la demanda susceptibles de confesión deban  tenerse  por  ciertos,  la  verdad  es que el sentenciador sí apreció el hecho  mismo  de  la  no  comparecencia de la citada parte al mencionado acto procesal,  así  como  que ella no le dio contestación al libelo, sólo que consideró que  esa  conducta  no podía oponerse a lo que literalmente expresaba el instrumento  de  compraventa,  pues  se  trataba de un negocio solemne cuyos elementos, entre  ellos  el  precio, eran demostrables únicamente con la escritura misma y no con  ningún  otro  medio  de  prueba.  Siendo  ello  así,  fluye  intrascendente el  calificativo  que  de  meros  indicios le dio el tribunal a las particularizadas  conductas  de  la  opositora,  situación  que  al  mismo  tiempo  conduciría a  sostener  que  así  éste  hubiera  concluido que la inasistencia a la referida  audiencia  tenía  por  efecto  que  los  hechos  de  la demanda susceptibles de  confesión  se  tuvieran  por  ciertos, ello no habría cambiado sus inferencias  acerca  de  que  no  formó  parte  del  precio  la  obligación que el actor le  atribuye  a  la demandada de subrogarse en la hipoteca contenida en la escritura  186  de  29 de enero de 1986 y que, por ello, al haberse pagado la cuota inicial  de  $5´000.000 a la firma de la promesa y dejado de denunciar el incumplimiento  de  alguna  de  las  54  cuotas  diarias  fijadas para la cancelación del saldo  ($5´412.904),  no  hubo incumplimiento del precio, que fue la causa invocada en  la demanda para deprecar la resolución.   

                               Es   claro   que   el   ad-quem,  con  respaldo en el instrumento  2603  de  30  de agosto de 1988, coligió que el precio de la compraventa fue de  $10´412.904  y no $18´000.000, habiendo apreciado igualmente, que “la  única  subrogación  a  la cual se  alude  en  la  escritura  de  compraventa  es  la relacionada con la obligación  existente          con         ‘Granahorrar’,  pues  sobre el bien aparece constituida una hipoteca de primer grado en favor de  esa  corporación”, pero que  tal     subrogación,     por     sí     misma,     no     hizo    “parte     del     precio”;  expresado  con  otras  palabras, que  para  el  juez  de  segundo  grado  el  precio de la venta fue aquella suma y no  ninguna  otra,  como  quiera  que  la  obligación  relativa a que la compradora  debía  subrogarse  en  la hipoteca que mediante escritura pública 186 de 29 de  enero  de  1986  existía  constituida  a  favor  de  la  entonces  Corporación  Grancolombiana  de  Ahorro  y  Vivienda “Granahorrar”,  en  todo  caso  no integró el precio aludido, ya que en la cláusula respectiva  de  la  mentada  compraventa,  las  partes,  en efecto, dijeron que “el  precio  o valor del inmueble objeto  de   esta  venta”  era  de  “la  suma de DIEZ MILLONES  CUATROCIENTOS        DOCE        MIL        NOVECIENTOS       CUATRO”,  enfatizando  allí mismo, a renglón  seguido,  que  de  esa  forma  quedaba  “totalmente     cancelado     el     inmueble    objeto    de    esta  compraventa”(fl.5vto,cd.1).   

                             Apoyadas como se hallan tales inferencias  en  lo  que sobre el precio y la subrogación reza la escritura contentiva de la  enajenación,  no puede afirmarse, por ende, que tales conclusiones no fluyan de  la  convención  misma  o  que  ellas se opongan al acuerdo de voluntades, o que  sean  manifiestamente  contraevidentes,  lo  que  descarta  la  presencia de los  errores   de   hecho   denunciados,   así   hubiese   otro  modo  aceptable  de  interpretación.   

                              Es   que,   como  lo  tiene  dicho  la  Corporación,    la   interpretación   de   los   contratos   es   “cuestión que corresponde a la discreta  autonomía       de       los      juzgadores      de      instancia”,    por    lo    que    “la   que   el   tribunal  haga  no  es  susceptible  de modificarse en casación, sino al través de la demostración de  un  evidente error de hecho que ponga de manifiesto, palmaria u ostensiblemente,  que  ella es de tal alcance que contradice la evidencia. Por lo mismo, cuando el  sentenciador  al  interpretar  un contrato le asigna un sentido que no pugna con  la  objetividad  que muestra el contexto de sus cláusulas, no puede decirse que  incurre  en  manifiesto  error  fáctico”(G. J., t. CXLII, pag.219).   

                                  5. Por  tanto, no prospera el cargo.   

IV. DECISIÓN:  

                                  En armonía con lo expuesto, la  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en  nombre  de la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia de 28 de  octubre  de 1998 pronunciada en este proceso ordinario  por  la  Sala  Civil-Familia  del   Tribunal   Superior  del  Distrito  Judicial  de  Barranquilla.   

                             Condénase a la parte recurrente al pago  de  las  costas  causadas  en  el  recurso extraordinario. Tásense.   

CÓPIESE,   NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

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