SC 135 2005 [7188]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-135-2005 [7188]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado Ponente  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

                     

                       Bogotá  Distrito    Capital,    veintisiete   (27)   de   junio   de   dos   mil   cinco  (2005).   

Ref: Expediente 7188   

                                             Resuelve  la  Corte  el  recurso de casación que la parte demandante ha interpuesto contra la  sentencia  del  6  de  marzo  de  1998, proferida por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  dentro  del  proceso  ordinario  adelantado   por   MARIA   CONSUELO  DÁVILA  SILVA  frente  a  OSCAR  MARULANDA  GOMEZ.   

ANTECEDENTES  

                        1.  Al  Juzgado  25 Civil del Circuito de Bogotá le correspondió conocer de la demanda  que  dio  origen al proceso en cita, en la que la actora pidió se declarara que  entre  ella  y el demandado existió una sociedad comercial de hecho desde el 26  de  febrero  de  1971 hasta el 28 de noviembre de 1990, a la cual pertenecen los  bienes  que allí relacionan y, subsecuentemente, su disolución y liquidación,  con  la determinación que a cada uno de los socios le corresponde el 50% de ese  patrimonio,  como  también  de  sus frutos y ganancias.  Igualmente,   solicitó  se  ordenara  a  las  partes  restituir  a dicha sociedad el valor de  los   bienes  que integran el haber social y que enajenaron unilateralmente  a  terceros,  y  que  se  condenara al demandado a restituirle los bienes que le  correspondan  en  la liquidación de la sociedad, junto con los frutos que hayan  producido   desde   la   notificación  de  la  demanda  hasta  el  día  de  su  entrega.   

                   2.  Los  fundamentos  de  facto  que  apuntalan  los  anteriores  pedimentos  bien pueden  compendiarse del siguiente modo:   

                    Desde el 26  de  febrero  de  1971  y  hasta  el  28 de noviembre de 1990, la demandante y el  demandado  vivieron  en  concubinato.  Al  margen de la relación concubinaria y  durante  el término de la misma, los concubinos formaron una sociedad de hecho,  animados  por  el  propósito de repartirse entre sí las utilidades y pérdidas  provenientes  del  desarrollo de su objeto social consistente en la adquisición  de  bienes  a  título  oneroso,  con  destino  a enajenarlos de igual forma. El  aporte  de la demandante consistió en la orientación, asesoría y gestión que  ella  prestó  para  la ejecución de la empresa social, “a cuyo servicio puso  todos  sus  conocimientos  de  profesional  de  la  economía; y cuya relaciones  públicas  lideró  con  indiscutible  acierto, amén de las labores domésticas  propias   del   hogar,   que   con  verdadero  desvelo  cumplió…  durante  el  concubinato”.   

                                             3.            Enterado  el  demandado  de las pretensiones que se le enfrentaron,  se  opuso  a  las  mismas,  aduciendo,  en  síntesis,  que  nunca  existió  la  mencionada  sociedad de hecho y que los bienes relacionados en la demanda fueron  adquiridos           a          título          personal          y          no  social.                         

                        4.  La  primera  instancia finalizó con sentencia desestimatoria de las pretensiones de  la   demanda,   decisión  que  fue  confirmada  por  el  juzgador  ad-quem,  aun  cuando  adicionada  para  efectos  de  condenar  a  la demandante a pagar los perjuicios causados p.or las  medidas  cautelares  solicitadas,  condena  que  debía  liquidarse  en la forma  prevista por el artículo 307 del Código de Procedimiento Civil.   

LA SENTENCIA RECURRIDA  

                     Agotada la  reseña  de  los antecedentes del litigio y luego de cerciorarse de la presencia  de  los  presupuestos  procesales, advirtió el Tribunal que lo pretendido en la  demanda   consistía,  fundamentalmente,  en  que  se  declarara  que entre la demandante y el demandado existió una sociedad de hecho  desde  el  26  de  febrero  de 1971 hasta el 28 de noviembre de 1990 y que, como  consecuencia  de  tal  declaración, se decretase su disolución y liquidación.  Apuntó  enseguida  que  por razón del principio de la congruencia debe existir  armonía  entre  el fallo, y el objeto y la causa que identifican la pretensión  y  la  oposición,  es decir, que la sentencia debe adecuarse a lo pedido y a lo  resistido.   

                    Agregó que  la   Corte,   con   estribo   en  postulados  de  elemental  equidad,  recogidos  posteriormente  por  la  Ley 54 de 1990, ha sostenido que el concubinato, que es  un   estado   de   hecho,   por  prolongado  que  sea,  no  genera  per  se régimen económico alguno entre  los  concubinos, a diferencia de lo que ocurre con el matrimonio, pero sí puede  ser  fuente  de  las sociedades de hecho a la luz de lo previsto en el artículo  2083  del  Código  Civil,  aserto que apuntaló  en jurisprudencia de esta  Corporación.  En  consecuencia,  añadió,  la convivencia extramatrimonial por  sí  sola  no  tiene la virtualidad de acreditar la existencia implícita de una  sociedad  patrimonial  entre  los  concubinos, pero puede ocurrir que dentro del  desenvolvimiento   de  la  relación  concubinaria  constituyan  una  compañía  patrimonial,  civil o comercial, regular o de hecho con el objeto de especular y  repartirse las utilidades.   

                      Es decir,  que  de la simple convivencia de los concubinos no brota necesariamente la   “conformación  de  comunidad”,  pues  para  el  efecto  deben concurrir los  elementos  que  le  son  esenciales.  “Las  sociedades  cualquiera  que sea su  naturaleza,  surgen  del  concurso  de  voluntades y, según se cumplan o no las  formalidades  exigidas  por  la  ley,  se pueden clasificar en sentido amplio en  sociedades  de  derecho y de hecho, siendo notorias las diferencias entre ellas,  principalmente   en   lo   que   atañe   a  la  personalidad  jurídica,  a  la  responsabilidad   de   los   socios  y  a  su  prueba”.   Las  sociedades  mercantiles,  se  clasifican,  a  su  vez, en regulares, irregulares y de hecho,  pero    respecto    de    todas    ellas    deben    concurrir   los   elementos  esenciales.   

                      Luego de  aludir  a  las  clases  de sociedad de hecho, puntualizó que la controversia en  este  asunto  gira  en torno a la existencia de una sociedad comercial de facto,  derivada  del  esfuerzo  y  colaboración  de  dos personas con el propósito de  repartirse  las  utilidades obtenidas; esto es, que corresponde a las que surgen  de  puro  hecho  en  razón  de  que  no hay estipulaciones explícitas sobre el  acuerdo  social.   Con  miras a averiguar si estaban probados los elementos  esenciales  para  su  estructuración,  esto  es,    “conjunción de  aportes  comunes,  participación  en  las  pérdidas  y ganancias, affectio   societatis”,  cuya  demostración  incumbía a la demandante, según el principio  de  la  carga de la prueba del artículo 177 del Código de Procedimiento Civil,  precisó,  de manera preliminar, que si bien el demandado aceptó como cierta la  unión  extramatrimonial,  negó  que se hubiesen realizado actos comerciales de  alguna índole.   

Hecha esa advertencia, abordó el fallador el  examen  del  interrogatorio de parte absuelto tanto por el demandado como por la  demandante;  y de los testimonios de David Mejía Velilla, Humberto Rojas Ruíz,  Luis  Ignacio  Justiniano  Betancourt Escobar, Martha Elisa Lasprilla Michaelis,  María  Doris  Marulanda  Mejía,  Alfonso Dávila Ortíz, María Teresa Garcés  LLoreda,  Francisco  Raúl  Jaramillo Panesso, Mónica Dávila Cubillos, Marcela  Rosa  Del  Perpetuo Socorro Cárdenas Silva y Gloria Rosa Roa de Rojas, de todos  los  cuales  ofreció  una  ajustada sinopsis, al cabo de lo cual apuntó que de  dichas  declaraciones no era posible deducir  “certeramente que al margen  de  la  relación  de  convivencia  armónica  y  de  mutua colaboración en las  labores  hogareñas, haya existido paralelamente entre María Consuelo Dávila y  Oscar  Marulanda  Gómez  una  comunidad  de  intereses económicos que sirva de  soporte  firme  a  la  invocada sociedad comercial de hecho, pues obsérvese que  sobre  los motivos estructurantes de los elementos esenciales es muy poco lo que  relatan,  y  en cambio varios de los testimonios contienen una buena cantidad de  apreciaciones puramente subjetivas”.   

Agregó  que  tampoco podía llegarse a esa  conclusión  con  base en los indicios, pues los señalados por el recurrente no  conducen  inequívocamente a inferir los elementos esenciales de la sociedad, ya  que  hacer  aparecer  a la demandante como cónyuge del demandado en un balance,  no  es claramente indicativo de aquella, como “tampoco existe confesión en el  memorando     con     referencia    ‘Acción  de los Pinos Club’,  ni  la  carta  de propuesta de compra obrante a folios 134 y 135  configura  hecho  indicativo  por  provenir  de  la  demandante, como tampoco la  compra   o   venta   conjunta   de  bienes,  o  la  suscripción  de  documentos  obligacionales,  pues  ello  puede  ocurrir  dentro  del ámbito de autonomía y  libertad  contractuales,  máxime  si  existía la unión concubinal, y menos se  pueden  colegir  indicios  graves,  convergentes  y  concurrentes  del análisis  integral   de   la   prueba   testimonial   recaudada  por  las  razones  atrás  indicadas”.   

                        Debía  acreditar  la  demandante,  añadió,  que al lado de la comunidad de vida y del  aporte  doméstico  realizado  por  los contendientes, desarrollaron actividades  encaminadas  a  obtener beneficios y a repartirse las utilidades o las pérdidas  que  pudieran  resultar,  asistiendo en ambos el ánimo inequívoco de asociarse  que  debe  existir en todo tipo de sociedad. Sin embargo, el conjunto probatorio  está     lejos     de    mostrar    la    affectio  societatis  toda vez que no  aparece  probado  de  manera  clara y concluyente el ánimo de asociarse para la  persecución de fines económicos.   

                          Para  concluir  acota  que  en lo relativo a la apelación adhesiva, debe ordenarse la  cancelación  de  la  medida  cautelar decretada, con la consiguiente condena al  pago  de  perjuicios  originados  con  ella,  los  cuales  serán tasados previo  trámite incidental.        

LA DEMANDA DE CASACION  

De  los  tres  cargos  que ella contiene la  Corte    se   ocupará   únicamente   del   tercero   que   está   llamado   a  prosperar.   

CARGO TERCERO  

                          Con  fundamento  en  la  causal primera de casación acusa el recurrente la sentencia  impugnada  de  violar  los  artículos 2079, 2081 y 2083 del Código Civil; 498,  499,  501,  505,  506 Y 831 del Código de Comercio; del artículo 1° de la Ley  222  de  1998; de los artículos 8 y 48 de la Ley 153 de 1887; de los artículos  4,  62  y  230  de la Constitución Política y de los artículos 4º, 175, 176,  187,  195, 228, 241, 151, 252, 253, 254, 256, 258, 264, 269 y 279 del Código de  Procedimiento  Civil,  a  causa  de  haber  incurrido  en  error  de hecho en la  apreciación de la prueba.   

                      Afirma el  censor  que  el  Tribunal  desconoció  la  existencia  y  el  contenido  de los  siguientes  documentos:   la  información  confidencial del Banco Cafetero  –sucursal Pereira-   (F.2  C.1),  la  carta  que  Oscar  Marulanda dirigió a María Consuelo Dávila  Silva  que  reposa  a  folios  3 al 13 del cuaderno principal, las cartas que la  madre  del  demandado  dirigió a éste y a la actora  (Fs.14 a 16 C.1), la  comunicación   remitida   por   Corpavi  al  Juez  25  Civil  del  Circuito  de  Bogotá    (F.186   C.1),   el  memorial  suscrito  por  el  apoderado  del  demandado   (Fs.187  y  188  C.1),  la traducción de extractos bancarios y  otros  documentos visible a folios 264 a 266 del cuaderno principal,  y las  escrituras  públicas  Nos.2502  del  20 de mayo de 1974, 0806 del 26 de mayo de  1979,  6936 del 4 de diciembre de 1976, 979 del 10 de marzo de 1982, 8086 y 8088  del  31  de diciembre de 1974, 4245 del 31 de mayo de 1989, 8826 del 3 de agosto  de 1992 y 6806 del 27 de noviembre de 1979.   

                    Además, el  juzgador  de  segundo  grado  erró  en  la  apreciación  de los testimonios de  Humberto  Rojas  Ruíz,  Alfonso  Dávila Ortíz, María Teresa Garcés LLoreda,  Francisco  Raúl  Jaramillo, Mónica Dávila Cubillos, Marcela Rosa del Perpetuo  Socorro  Cárdenas  Silva  y  de  Gloria  Rosa  Roa  de Rojas, habida cuenta que  desfiguró  su  contenido  objetivo,  reproche  que  sustentó en los siguientes  términos:   

Humberto  Rojas  Ruíz  al  ser interrogado  sobre   si   la   actora   había   trabajado   en   la   firma   Ofisel   Ltda.  contestó:       “       ‘Si  porque  en  varias  oportunidades  ella  estuvo presente en la sede de la oficina y desarrolló algunas actividades  de       tipo       administrativo’.    …   ‘Fue  uno  de  los  socios’   y al preguntársele qué personas fueron socios dijo:   ‘Luis Ignacio Betancourt,  María  Cristina Salazar y muy corto tiempo fue Juan Sebastián Betancourt   …      ‘Lo  único  que  sé  en  ese  campo  es  la  compra  de  una oficina en el Edificio  Internacional,  que  hicimos  conjuntamente  con Oscar y Carlos Castillo que fue  otro  de los socios de Ofisel, y cuyas escrituras fueron hechas en nombre de las  respectivas         compañeras’.   ‘…  Excepto  en el caso de la oficina ya mencionada, no me costa como fue el proceso  de    adquisición    o   escrituración   de   los   otros   bienes’.           ‘Si  de  nuevo la adquisición de este  bien  la  oficina  del  Edificio  Internacional,   da origen a una sociedad  económica,  yo  sí  creo que se configuró esa sociedad pero no me consta como  se   adquirieron   los   otros  bienes’.           ‘…conozco  muy  de  cerca  las  actividades profesionales de Oscar  entre  1970,  1983/84,  porque  adelantamos trabajos de consultoría en la firma  Ofisel  de los cuales devengaron nuestros ingresos, después de esta fecha Oscar  Marulanda  se  vinculó  al  Ministerio  de  Hacienda  desvinculándose  de  las  actividades  de  la  consultoría  de  la  firma y posteriormente se vinculó al  Banco  Interamericano  de  Desarrollo hasta que fue nombrado miembro de la Junta  Directiva  del  Banco  de la República’  ”.   

                          Del  testimonio  de  Alfonso  Dávila  Ortíz  resaltó cómo éste afirmó que   “…   ‘tal  como  lo  dije  antes,  a  través de una gestión doméstica,  social  y profesional ella colaboró como toda buena esposa con sus ahorros, con  sus  ingresos,  y  con  una  buena  disposición de los activos monetarios en la  formación  del  patrimonio  común  y  también  al éxito profesional de Oscar  quien  es  un  gran  estudioso,  inteligente  y  preparado,  pero extremadamente  introvertido  y  hosco,  con  el  propósito  de  que estas cualidades negativas  fueran  superadas por las cualidades positivas que posee, lo cual se lograba con  la  atención  por parte de Consuelo de las relaciones sociales que ella siempre  ha               ostentado’.         ‘…   Desde  luego  nunca  se hizo diferencia ni distribución  entre  los  bienes  de él, que no tenía nada cuando llegó a su matrimonio con  Consuelo  y  los  de  ésta,  que  hoy  día  tiene lo mismo que tenía desde el  principio  y  que  le corresponden al patrimonio con mi mujer y sus hermanos, en  su  propio  nombre  excepción esta de una participación en un apartamento y en  una   oficina   que   acaba   de  vender  en  las  últimas  semanas’.           ‘…  Yo  no  recuerdo  si  la hiciera  aparecer  o  no  la hiciera aparecer yo no recuerdo.  Con excepción de las  dos  propiedad que he mencionado otras y una finca en Bojacá que según aparece  figuraba  en  cabeza  de  él pero él quería que fuera compartida por Consuelo  con  su hermana mayor Sonia, hermana de Consuelo, en razón de una diferencia de  cuentas  que  se  presentó  entre  Oscar  y  Camilo  AKL,  entonces  esposo  de  Sonia’.    ‘…   Hasta  donde  alcanzan  mis informaciones entiendo que don Carlos Marulanda y su señora Gilma  Gómez  de  Marulanda,  manejaban  la  finca  de  Pereira una propiedad cafetera  adquirida  con  propósitos  de  valorización  en  donde  tuvieron  ganado  con  costosas  instalaciones una casa con piscina donde solían veranear y cuyo café  no  alcanzaba a compensar los gastos y las inversiones.  De esta Hacienda a  mi  juicio  ellos  sacaban lo necesario para sus propios gastos y la experiencia  de  don Carlos en el campo agrícola probablemente orientaba las inversiones que  se     hacían     en    la    finca’.”.   

                      También  destacó  cómo  María  Teresa  manifestó que,   “  ‘cuando los conocí  pensaba  que  estaban  casados  y  sólo varios años después me enteré que no  habían  contraído  matrimonio, como cualquier pareja joven con hijos pequeños  he  tenido  conocimiento  de  operaciones  comerciales  realizadas por ellos por  ejemplo  de  compraventa  de  inmuebles, pero sin enterarme si estas operaciones  las  realizaban  como  socios,  o a título personal; sin embargo siempre pensé  que   estos   negocios   los   favorecían   a  ambos,  o  sea  a  la  comunidad  familiar.   Concretamente  no me consta si ellos alguna vez hicieron alguna  sociedad  comercial  pero si creo que tuvieron una sociedad de hecho durante los  años  que  duró  su  unión extramatrimonial.  En términos muy sencillos  una  sociedad de hecho se crea entre personas que por circunstancias especiales,  como  el  caso de los concubinos con sus hijos comunes, realizan operaciones que  acrecientan  el  patrimonio,  gracias  al concurso de ambas personas’  ”.   

                     

                    Igualmente,  resaltó  que  Francisco Raúl Jaramillo en su testificación expresó que   “   ‘.  entre  18  y  20 años al Doctor Marulanda lo conocí antes como  consultor  socio  de Ofisel, a Consuelo la conocí cuando ambos vinieron a vivir  al  mismo  edificio  donde  yo  vivía’.   ‘…  Yo  todo  lo  que conozco es que tenían una sociedad familiar, en tanto era una  familia  con  toda  la  apariencia  de  tal,  de  comercial  no  sé’.           ‘…   ambos   tenían   actividades  profesionales  independientes,  pero  es  posible  que  hayan tenido actividades  comerciales  y  mercantiles  comunes, me consta de un solo caso en que parecían  compartir  intereses  en  unos derechos de una finca en Bojacá, pero desconozco  detalles’   ”.   

Refiriéndose  al  testimonio  de  Mónica  Dávila   Cubillos   memoró   que   la  declarante  aseveró  que  “            ‘…entre  los  dos hay una sociedad conyugal tenían una oficina de  venta  de  servicios  ya que eran profesionales y no se dedicaban al intercambio  de  bienes  tangibles,  sino a la venta de asesorías profesionales, y a través  de  su  oficina  Ofisel  que  tuvieron  durante muchisímos años eso era lo que  hacían.    Además  de  las  diferentes  ventas  que  hacía  Consuelo  de  suéteres  y ropa de cuero y joyas que también le ayude a vender en un almacén  que    tenía    llamado    Púrpura’.   ‘…  Claro  que  sí,  siempre  estuvo  ayudándolo para que pudieran trabajar juntos  para  que  si  el  estaba desempleado tuviera trabajo y aportó al hogar todo lo  necesario  siempre  que  hubo  la necesidad.  Durante el gobierno de Turbay  estuvo  trabajando  en  la Secretaría de Integración Popular de la Presidencia  de  la  República, aportó lo necesario para el hogar y los gastos de ella, y a  través  de  Ofisel de la oficina que ellos tenían de Ofisel, siempre estuvo al  lado  aportando  lo  que  se  requería’  ”.   

                      A su vez,  Marcela  Rosa del Perpetuo Socorro Cárdenas Silva afirmó que   “  ‘ellos  tenían  una  sociedad  como cualquier marido y mujer como esposos, no solamente  en  la  parte  afectiva  que  debe  cumplir  cualquier  pareja  sino la parte de  conseguir  un  mejor vivir para ambos, y posteriormente para su hija’.           ‘…   Tanto  Oscar como Consuelo  son  economistas  y  en  esa  medida  en  varios  estudios  económicos Consuelo  colaboró  con  Oscar,  en  otras  oportunidades  que  Oscar no tenía trabajo y  Consuelo  trabajaba  asumió ella las funciones del hogar.  Además durante  toda  la  época de su matrimonio Consuelo se desempeñó profesionalmente y con  su  salario  ayudó  al  funcionamiento  o manutención del hogar que tenía con  Oscar’.   ‘…  El  apartamento en  donde  vivían  en  las  Torres  del  Parque lo adquirieron después tenían una  casita  en  Bojacá  las  fincas  de  Pereira  donde  Consuelo  iba  a  pasar su  vejez’   ”.   

                        De  la  testificación  de  Gloria  Rosa  Roa de Rojas puso de presente que la deponente  sostuvo      que      “…     ‘Consuelo  sí trabajó en Ofisel como  todas      las     esposas     trabajamos     en     Ofisel,     …’.           ‘No sé si ellos hicieron una sociedad  pero  en  el  tiempo  que  ellos  estuvieron  viviendo  juntos si adquirieron un  apartamento  y  una  finca  eso  es  lo  que  sé,  no sé más, hay una oficina  también,  en  el  edificio Internacional en el quinto piso, esta oficina fueron  regaladas  por  los  esposos  a  las  esposas  de los socios de Ofisel  que  quedaban      en      la      trece      con     veintiséis     …’  ”   

                    Agotada esa  tarea,  aduce  el  censor que de la prueba testimonial emerge que para la época  en  que los contendientes iniciaron su vida de pareja no tenían bienes y que el  patrimonio  en  disputa  es  producto del trabajo y de la colaboración conjunta  por  un  período  superior  a  18  años.   El hecho de que algunos de los  bienes  figuren  en cabeza de uno de ellos no es óbice para que hagan parte del  haber  de  una  sociedad  de  hecho.   La  prueba  reseñada  demuestra  la  colaboración  que  existió  entre  la  pareja  para  la  consecución de dicho  patrimonio;  así  mismo,  las  escrituras  públicas  referidas  en  la censura  acreditan  que  los bienes sobre los cuales recayeron las negociaciones en ellas  contenidas  fueron  adquiridos dentro de la convivencia marital de las partes en  litigio, situación que el Tribunal omitió examinar.   

                      Añadió  que   “al  margen  de  la unión personal que significa para dos personas  convivir  como  marido  y  mujer,  existió  la  actividad encaminada a crear un  patrimonio   cuantioso   que   como   es  palmario  tiene  existencia  jurídica  independiente  de las puras relaciones afectivas que existieron entre demandante  y demandado”.   

                    El Tribunal  se  limitó  a transcribir apartes de los testimonios desconociendo su verdadero  contenido,  pues  se  empeñó  en sostener que no estaba demostrada la sociedad  comercial  de  hecho,  pero  no  examinó  el acervo probatorio y por ello no se  percató  o  no  quiso  percatarse  de  que durante la vida de los concubinos se  creó  un valioso patrimonio, fruto del trabajo y de la colaboración recíproca  de  los  mismos.  Ese  haber  dio  vida  a  la sociedad reclamada, en las que la  affectio            societatis    “no  puede  valorarse  y  exigirse que exista en su  entidad  como  se  perfila  en las sociedades regulares que integran una persona  jurídica  distinta  de  los  socios  individualmente  considerados”,  ya  que  ese   elemento  surge  de  las  relaciones  afectivas de los concubinos, en  virtud  de  las  cuales  desarrollan  un  trabajo  coordinado  y recíproco para  obtener  bienes  con  significación   “económica  y  pecuniaria”; por  tanto,  esa actividad económica debe pertenecer a los sujetos que la produjeron  y  no  para  favorecer  a uno solo de ellos como aquí sucede.      

                    Subraya que  la  aplicación  e  interpretación  de  la  normatividad comprende una serie de  juicios  de valor en los que se conjugan los postulados generales con el caso en  particular,  dándole  entidad a los principios de equidad y justicia, pero para  ello  la valoración de la situación concreta debe efectuarse de acuerdo con la  realidad  histórica y la conducta  “intersubjetiva”  de los seres  humanos.   

                       Y  para  finalizar  cuestiona  la interpretación que el sentenciador hizo de la demanda,  ya  que aunque en ella se aludió a la sociedad de hecho comercial, lo cierto es  que   al   examinar   su   texto   y    “cada   una  de  sus  expresiones  significativas”,  en  forma integral, se entiende que se refiere a    “una  sociedad  amorfa  como la que relaciona y describe el artículo 2083 del  Código  Civil”;  de  igual  manera,  replicó  que  un  sector de la doctrina  predica  que  la  Ley  54  de  1990  tiene  efectos  retrospectivos, pero si ese  concepto  no  fuere  aceptado,  de todas maneras no puede desconocerse que dicho  ordenamiento  puede  servir de pauta interpretativa de las relaciones existentes  entre  los  concubinos,  específicamente  lo  dispuesto en sus artículos 4º y  7º,   que  pueden  aplicarse  por analogía. Por último, el impugnante se  quejó  de  que  los  testimonios no fueron valorados en conjunto y en relación  con los demás medios probatorios aportados al litigio.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                     

                    1.  El  yerro  aquí denunciado recae sobre la apreciación que el sentenciador hizo del  haz  probatorio  referido  en  la  censura y de cuyo contenido material, hay que  decirlo  de  una  vez,  emerge diáfanamente que parejamente a la comunidad  de  vida que conformaron Oscar Marulanda Gómez y María Consuelo Dávila Silva,  éstos  aunaron  esfuerzos  para  consolidar  un proyecto económico, en aras de  obtener  beneficios  que redundaran en su crecimiento patrimonial, no solo en el  plano  personal  sino, fundamentalmente, en el familiar, lo que pone de presente  que  entre  ellos  existió el ánimo inequívoco de asociarse para alcanzar los  referidos    fines     (affectio   societatis),  elemento estructural de la sociedad reclamada, que el  Tribunal   echó  de  menos,  pese  a  que  los  hechos  demostrados  evidencian  diáfanamente su existencia.   

                      La prueba  por  cuya  indebida  apreciación  se  duele  la  censura  acredita  no sólo la  convivencia  de  los  extremos  del litigio como marido y mujer, sino, también,  que  entre  ellos  brotó  una comunidad de intereses, esfuerzos y realizaciones  nacidas  simultáneamente  con la relación afectiva que los unió, llevándolos  a  refundir  sus  propósitos  económicos  con  los  de su relación de pareja,  habida  cuenta  que orientaron sus acciones, en un innegable ámbito de igualdad  de  condiciones,  a  lograr  un  crecimiento patrimonial para la consecución de  beneficios  comunes.  Y es que, valga la pena destacarlo desde el pórtico,  justamente  de esas circunstancias aflora manifiesta la voluntad de los entonces  concubinos  para  asociarse, no sólo en una comunión de vida, sino también en  una  vinculación  de  índole  patrimonial  que  les  permitiese desarrollar un  proyecto  económico.   No había que ir más lejos, como frustradamente lo  hizo  el  Tribunal,  para  buscar  la intención de asociarse de la pareja, pues  ella  estaba  allí  explícita  en ese mancomunado esmero de los compañeros de  ayudarse  mutuamente  con  miras  a  que  su  entorno familiar también creciera  económicamente.    

                     No de otra  manera  puede  concebirse  el  hecho  de  que  a  los esfuerzos del demandado se  sumaron  los  de la demandante, quien además de dirigir las tareas del hogar se  dedicó  a  trabajar, no sólo como funcionaria sino también involucrándose en  las  actividades económicas de su pareja, contribuyendo así con sus ingresos a  la  formación de un patrimonio para el beneficio común, tal como emerge de las  pruebas a las que alude el recurrente.   

                       De  los  testimonios  trasuntados  en la censura y que en obsequio a la brevedad aquí no  se  reproducen,  se  infiere  la existencia de una serie de actos ejecutados por  las  partes  en  pié  de  igualdad, en forma conjunta, con el propósito común  de   “formar un patrimonio”  que les reportara beneficios a ambos,  actividades  que  reflejan  el  ánimo de asociarse para la consecución de esos  fines  económicos,  ya  que  dichos  actos como expresión de voluntad que son,  fueron  encaminados  al referido objetivo, de ahí que en ellos esté ínsita la  affectio            societatis.     

                     Otro tanto  reflejan  los  documentos  referidos  en la censura, pues ellos muestran que los  concubinos  eran titulares conjuntos de la cuenta No.0951774301 del Banco de New  York   (F.264);  que  durante su convivencia adquirieron bienes a nombre de  ambos,  como aconteció con el apartamento 3203 de la carrera 5ª No.26-57   (escritura  pública  No.6806  del  26  de noviembre de 1979, cuyos trámites de  adquisición  los  efectúo  María  Consuelo y su financiación fue garantizada  mediante   hipoteca  constituida  por  los  dos  compradores  y  que  la  actora  constituyó  hipoteca  sobre la oficina 504 ubicada en la carrera 13 No.26-45 en  que  figuraba  como  copropietaria  para  garantizar  el  crédito conferido por  Corpavi  al  demandado  para la adquisición de derechos de cuota sobre el mismo  inmueble.   

                        Y  esa  affectio  societatis fue la  que  precisamente  el  Tribunal  no  advirtió  en  la  prueba  reseñada  en la  impugnación,  a  causa de que no vió que ella estaba allí, inmanente en todas  esas  actividades  que  los  contendientes  realizaron  durante  su  convivencia  marital  y  que  no  se  detuvieron  en una simple  “colaboración en las  labores  hogareñas”   sino  que  trascendieron  al  campo patrimonial en  búsqueda de que les reportara utilidades.   

                   A esa errada  conclusión  llegó  el  sentenciador  porque  no  apreció la prueba dentro del  contexto  social  en  que  surgió y se desarrolló la relación de pareja entre  María  Consuelo  Dávila  Silva y Oscar Marulanda Gómez, en la que, como ya se  dijera,   esa  comunión  de esfuerzos no sólo buscó la consolidación de  la  pareja  en  el campo afectivo sino también patrimonial en pro del beneficio  común,  roles  para  los  cuales hoy en día ha sido concebida la familia y que  conducen  a  minimizar el rigor que otrora se reclamó de la prueba del animo de  asociarse en las sociedades de esta especie.   

                    2.  En  efecto,   la   necesidad,   que   en  su  momento  reclamó  rigurosamente  esta  Corporación,   de   que   la   affectio  societatis  se   exteriorizara   en   actividades  cardinalmente  distintas  al  desenvolvimiento  de  la  vida  familiar,  se  justificaba  en el  contexto  socio  –  jurídico  en  el  que  la  Corte  acuñó su jurisprudencia  concerniente  con  los  elementos  estructurales  de  la sociedad de hecho entre  concubinos.   

                   Ciertamente,  esta  Corporación,  atendiendo  criterios  que  en  su  momento significaron un  innegable  avance,  señaló  que  al margen de las relaciones concubinarias era  posible  que  surgieran  sociedades  de  hecho,  siempre  y  cuando se reuniesen  determinados  requisitos, unos relacionados con todo tipo de sociedades de hecho  y   otros  específicos  para  las  que  surgían  entre  los  concubinos.   Relativamente a los primeros precisó:   

                    

1º    Que  se trate de una serie  coordinada  de  hechos  de  explotación  común;  2º   Que  se ejerza una  acción  paralela  y  simultánea  entre los presuntos asociados, tendiente a la  consecución  de  beneficios;  3º   Que  la  colaboración  entre ellos se  desarrolle  en  un  pie  de igualdad, es decir, que no haya estado uno de ellos,  con  respecto  al  otro  u  otros, en un estado de dependencia proveniente de un  contrato  de  arrendamiento  de  servicios,  de  un mandato o de cualquiera otra  convención  por  razón  de  la  cual uno de los colaboradores reciba salario o  sueldo  y  esté  excluido  de una participación activa en la dirección, en el  control  y  en la supervigilancia de la empresa; 4º  Que no se trate de un  estado  de  simple  indivisión, de tenencia, guarda, conservación o vigilancia  de  bienes  comunes,  sino  de  verdaderas  actividades  encaminadas  a  obtener  beneficios”.    

Y  en relación con las otras exigencias en  comento, resaltó dos circunstancias adicionales, a saber:   

“1º  Que la sociedad no haya tenido  por  finalidad el crear, prolongar, fomentar o estimular el concubinato, pues si  esto  fuere  así,  el  contrato sería nulo por causa ilícita, en razón de su  móvil  determinante.   En  general  la  ley ignora las relaciones sexuales  fuera  del  matrimonio,  sea para hacerlas producir efectos, sea para deducir de  ellas  una  incapacidad  civil, y por ello, en principio, no hay obstáculo para  los  contratos  entre  concubinos,  pero  cuando  el móvil determinante en esos  contratos  es  el  de  crear  o mantener el concubinato, hay lugar a declarar la  nulidad  por  aplicación  de  la  teoría  de la causa;  2º  Como el  concubinato  no  crea por sí solo comunidad de bienes, ni sociedad de hecho, es  preciso,  para  reconocer  la  sociedad  de hecho entre concubinos, que se pueda  distinguir  claramente  lo  que  es la común actividad de los concubinos en una  determinada  empresa  creada con el propósito de realizar beneficios, de lo que  es  el  simple  resultado de una común vivienda y de una intimidad extendida al  manejo,  conservación,  administración  de  los  bienes  de  uno  y  otro o de  ambos”.  (Sala de Casación Civil. G. J. XLII, Pag. 476).   

Como es palpable en el reseñado fallo y en  muchos  otros  que  lo siguieron fielmente, la Sala, dada la estigmatización de  la  relación  concubinaria  y  con  el  fin  de  que la sociedad de hecho entre  concubinos  no  derivara  en  ilícita  por obedecer a un móvil que entonces se  consideraba   contrario   a   la   ley,   se   empeñó  en  escindir  franca  y  ostensiblemente      la     relación     familiar     y     la     societaria,   haciendo   énfasis   en  que   “como  el  concubinato  no crea por si solo comunidad de bienes, ni  sociedad  de hecho, es preciso para reconocer la situación de tal índole entre  los  concubinos,  que  se  pueda  distinguir claramente lo que ha sido la común  actividad  de  los tales en una determinada empresa, creada con el propósito de  realizar  beneficios,  de lo que es el simple resultado de una común vivienda y  de  una  intimidad  extendida  al manejo, conservación o administración de los  bienes  de  uno  y otro, o de ambos”.  (G.J. LXVII, Pag. 192). Y reiteró  que  para  que  fuese  admisible  la  sociedad  de  hecho  entre  concubinos  se  requería,  además  de  la  conjunción de aportes comunes “participación en  las  pérdidas  y  ganancias y el affectio societatis,  que   surja   con   prescindencia   de   la   unión  extramatrimonial  y  que  no  tenga  por  finalidad crear, prolongar, fomentar o  estimular  el  concubinato,  pues en su defecto el contrato estaría afectado de  nulidad,  por  ilicitud  de  causa, en razón de su móvil determinante”   (G.J. CLXXVI, Pag. 232).   

Es  compresible  que  en el fallo del 30 de  noviembre  de  1935, se hubiese calificado como ilícita la unión concubinaria,  no  sólo  por  que  de  ese modo la afrentaba la moral social entonces reinante  sino,  porque  además, existían normas en el ordenamiento que no titubeaban en  adjetivarla  en esos términos. Por ejemplo, los artículos 451, 454, 455, 456 y  457  del  Código  Penal  (Ley 19 de 1890), a la sazón vigente, conforme a  los  cuales cometían el delito de  “amancebamiento público”  las  personas  de  diferente  sexo  que,  sin  estar casadas entre sí, hicieren vida  marital  como  tales,  en  una misma casa, de una manera pública y escandalosa,  conducta  punible  tipificada  por  separado  para  el evento en que los sujetos  activos  fueren  casados y no estuvieren legítimamente separados de su cónyuge  o,   fueren parientes entre sí en los grados específicamente señalados o  tuviese alguno la calidad de empleado público.   

                    3.  No  obstante,  hace  mucho  tiempo  la  sociedad  abandonó  la  percepción  de  la  ilícitud  de la unión concubinaria, habida cuenta que, de un lado, prontamente  fue  despenalizada, pues el Código Penal de 1936 se abstuvo de tipificarla como  una   conducta  punible,  así  como  también  las  posteriores  codificaciones  expedidas  en  esa  materia  y,  de  otro,  porque  la familia sufrió profundos  cambios  en  su  estructura  y  dinámica  que  condujeron  a que esa especie de  relación  de  pareja  se  generalizara y se modificara su valoración entre los  diversos sectores sociales que frontalmente otrora la rechazaban.   

                     

Todo  ello  contribuyó  a que la relación  marital  fáctica  se consolidara socialmente en el país como una forma más de  constituir  familia,  como  lo evidencian los estudios sociológicos, según los  cuales  en  el  aludido  cambio  jurídico-social  influyeron diversos factores,  tales  como  las  tradiciones  culturales,  las  dificultades  para disolver los  vínculos   matrimoniales  católicos,  la  ausencia  durante  varios  años  de  legislación  sobre  el  matrimonio  civil,  las transformaciones ideológicas y  culturales    surgidas    respecto    a   los   conceptos   de   pareja   y   de  familia.       

El  cambio  social  fue  acompañado por la  regulación  legal  de  algunas  de las situaciones generadas por las uniones de  hecho.  Así,  en  el  ámbito  laboral,  se  expidió  la  Ley  90  de 1946 que  reconoció  la  pensión  de  invalidez  o  muerte  a  favor de la concubina, en  ausencia  de  la viuda, siempre que se demostrara que la mujer había hecho vida  marital  durante  los  tres  años  inmediatamente  anteriores  a  la muerte del  trabajador.  Luego  se  expidió  la  Ley  33  de  1973  que hizo extensiva a la  compañera  permanente la protección antes restringida a la viuda, colocando al  cónyuge  legítimo  y  a  la  compañera  permanente  en igualdad respecto a la  pensión  de  jubilación, pero en un orden de precedencia excluyente, de manera  que   a   falta   de   la   primera   –por  muerte  o  abandono atribuible a la cónyuge-  la segunda  pasa  a  ocupar  su  lugar  para  efectos  de  la  sustitución pensional.   Posteriormente,   la   Ley   12   de  1975  creó  una  pensión  especial  para  sobrevivientes  consistente  en  reconocer  a  la  cónyuge  o  a  la compañera  permanente  la  pensión  del  trabajador  que  teniendo   derecho  a  esta  prestación  falleciere antes de cumplir la edad requerida por la ley.  Por  último,  la  Ley  113  de  1985  cobijó a la  (el)  compañera   (o)   permanente  con el derecho a la sustitución pensional por muerte del  trabajador pensionado o con derecho a jubilarse.   

En  fin,  la  realidad  social  llevó  al  legislador  a  ocuparse frontalmente de esa especie de relación de pareja y fue  así  como expidió la Ley 54 de 1990, en la que reconoció la unión marital de  hecho  como  institución  jurídica  a  la que, entre otros efectos, le asignó  unos de carácter patrimonial.    

Cabe   acotar,   que   la   Cámara   de  Representantes,  en  la  exposición de motivos de la citada ley,  dejó en  claro  la  aceptación social de la unión marital de hecho, al señalar que con  ella  se ha  “pretendido reconocer un hecho social evidente…, así como  corregir  una fuente de injusticia “  (…)  “las uniones de hecho  se  hacen  manifiestas  y  comienzan  a tener aceptación en todos los círculos  sociales (…)”.   

Y es tan patente la aceptación social de la  mentada  comunidad  de  vida,  que  la Carta Política del 4 de junio de 1991 la  consagró  explícitamente como fuente familiar, mediante su reconocimiento como  especie  dentro  de dicha institución, otorgándole idéntica protección que a  la  formada por lazos matrimoniales.  Desde luego que la Constitución, aun  cuando  distingue,  no discrimina entre las diferentes clases de familia, por lo  que  todas  ellas  son objeto de la misma protección jurídica sin que interese  que  se  encuentre  constituida  por  vínculos  jurídicos,  esto  es,  por  la  decisión  libre  de  un  hombre  y  una  mujer  de  contraer  matrimonio, o por  vínculos  naturales,  es  decir, por la voluntad responsable de conformarla, al  margen de un enlace nupcial.   

Pero  es más, en forma coetánea surgieron  profundos  cambios  en  su  dinámica  interna,  toda vez que la unión marital,  legal  o  de  hecho,   que da origen a ella, ya no se forma para satisfacer  únicamente  necesidades  biológicas,  afectivas o sicológicas sino, también,  económicas.   En  efecto,  la  aludida  relación de pareja no se conforma  sólo  para el cumplimiento de las funciones básicas de la familia, sino que de  antaño  persigue  la  proyección  de  sus  miembros en todos los campos, entre  ellos,  por  supuesto, el patrimonial, habida cuenta que éstos aúnan esfuerzos  para  estructurar un proyecto económico que responda a las complejas exigencias  personales y sociales.   

Inclusive, las expectativas económicas que  de  tiempo  atrás  se  buscan  cristalizar en una relación marital, legal o de  hecho,  han impuesto variaciones en el rol de la pareja.  Así, la mujer, a  sus  funciones  tradicionales  de  orden  doméstico,  agregó  la de proveedora  económica  del hogar, cuanto que ingresó al mercado laboral.  A Tal punto  se  dio  esta transformación que rápidamente se superó la relación de pareja  de  naturaleza  patriarcal,  en la que, valga la pena acotarlo al paso,  no  sólo  era notoria, sino deseable la diferencia de edad de la pareja a favor del  hombre,  habida  cuenta  que  éste  era  el  único  proveedor  del  hogar y el  responsable  de  su  infraestructura,  lo  cual  lo  obligaba  a tener solvencia  económica  para  unirse,  trocándose,  se decía,  esa especie de uniones  por  relaciones  de  otra  índole  en  las cuales las convivencias maritales se  producen  entre  parejas  en  las que generalmente hay una mínima diferencia de  edad  como  una  respuesta  a la necesidad de que la mentada responsabilidad sea  asumida  por  ambos  compañeros,  en aras de esforzarse juntos para alcanzar la  estabilidad  económica,  proyectar  un  futuro  y  optimizar sus condiciones de  vida.   

Sobre  ese   particular aspecto, se ha  dicho que:    

    “(…).   Las  relaciones  familiares  se  apuntalan  así  en  torno  a  lo económico, como resultado del  afianzamiento  de  los  valores  del  mercado  en  la  sociedad civil.  Las  relaciones  funcionales, de intercambio, regidas por el balance costo beneficio,  han  empezado  a  regir  las  relaciones  familiares, desplazando las relaciones  regidas   por   el   afecto,   la   solidaridad  y  el  apoyo.   Dadas  las  características  culturales  del  país,  esta tendencia constituye una ruptura  muy  profunda  en  los códigos de cohesión social.   Aunque no se da  igualmente  en  todas las regiones ni en todos los estratos sociales, permea las  relaciones  de  las  familias  de  los  grandes  centros urbanos y constituye un  factor  de  descomposición  y conflicto importante.  (…).  (ZAMUDIO  CARDENAS,  LUCERO  y  RUBIANO  BLANCO,  NORMA.   Las  Familias  de  Hoy  en  Colombia.  Bogotá, Ed. Akton S.A.).   

                      4.   Siendo   ello   así,   no  puede  exigirse,  en  forma  tan  radical,  para  el  reconocimiento  de  la sociedad de hecho entre concubinos, que la conjunción de  aportes  comunes,  participación en las pérdidas y ganancias y la affectio    societatis    surja    con  prescindencia  de la unión extramatrimonial y que no tenga por finalidad crear,  prolongar  o  estimular  dicha  especie  de  unión,  pues,  por el contrario en  uniones  concubinarias  con  las particularidades de la aquí examinada no puede  escindirse    tajantemente    la    relación   familiar   y   la   societaria,   habida   cuenta  que  sus  propósitos  económicos  pueden  estar  inmersos  en esa comunidad de vida como  aconteció  en  este  caso,  tal  como  emerge  de  la  prueba  reseñada por la  censura.   

                      Así las  cosas, el cargo prospera.   

                     

SENTENCIA SUSTITUTIVA  

1.   Repetidamente  ha  sostenido esta  Corporación  que  corresponde  al  juez  interpretar  la  demanda incoativa del  proceso  con  miras  a superar sus contradicciones, confusiones o inexactitudes,  de  manera  que  pueda  aflorar explícita la voluntad del demandante que reposa  implícita en el texto de dicho escrito.   

Tiénese,  por consiguiente, que aun cuando  la  demandante  quiso  poner  de  presente el carácter mercantil de la referida  sociedad,    para    dar    cumplimiento,    quizás,   a   los   requerimientos  jurisprudenciales,  parejamente  se  refirió a la relación concubinaria que le  dio  origen  y  al  esfuerzo conjunto de la pareja por acrecentar su patrimonio,  circunstancias  estas  últimas que ponen de presente la verdadera naturaleza de  la  sociedad  cuya  existencia  reclama.  Por lo demás, es palpable que la  adjetivación  de  mercantil  que  le  atribuyó  la demandante es cuestión que  compete  calificar  al  juez, quien por tal razón, no se encuentra sujeto a las  apreciaciones  de  las  partes, de las cuales, subsecuentemente, puede apartarse  atendiendo a lo que resulte probado en el litigio.   

                      2.   Conforme  quedó  expuesto,  el haz probatorio acredita que los contendientes no  sólo   se   dedicaron  a  obtener  ingresos  para  satisfacer  las  necesidades  domésticas  sino  a  formar  un  patrimonio  para beneficio común y para ello,  además  de  ejercer  su  profesión,  ejecutaron otras actividades.  Estos  actos,  como  ya  quedó  visto,  fueron  ejecutados  por  la pareja, en pié de  igualdad,  en  forma  conjunta,  con  el propósito común de  “formar un  patrimonio”   que  les  reportara  beneficios  a  ambos,  actividades que  reflejan  palmariamente  el  ánimo  de  asociarse  para la consecución de esos  fines  económicos,  ya  que  dichos  actos  como  expresión de voluntad fueron  encaminados  al  referido  objetivo,  de  ahí  que  en  ellos  esté insista la  affectio societatis.   

                     No de otra  manera  puede  concebirse  el  hecho  de  que  a  los esfuerzos del demandado se  sumaron  los  de  la  demandante, quien no sólo dirigió las tareas propias del  hogar  sino  que  laboró  y  contribuyó  con  sus ingresos al sostenimiento de  éste,  al  igual que se involucró en las actividades económicas de su pareja,  en  búsqueda  de  un  beneficio conjunto, conforme emerge de las pruebas que se  analizaron al desatar el recurso extraordinario de casación.   

Por  consiguiente,  brota  diáfanamente la  existencia  de  la  sociedad de hecho cuya declaratoria aquí se demanda, por lo  que  resulta  oportuno  precisar  que por tratarse de una sociedad distinta a la  conyugal,  no  es de carácter universal, sino que está conformada por aquellos  aportes  en  los que se refleja la cooperación de la pareja en su consecución,  dado  que, tal como lo sostuvo en su oportunidad la Corte, la liquidación de la  sociedad de hecho entre concubinos se extiende a los bienes:   

“a)…  adquiridos con posterioridad a la  constitución  del  estado concubinato y a título oneroso, es decir, como fruto  del  trabajo  e  industria  de los concubinos.  No comprende los bienes que  alguno  de  los  concubinos  hubiera  tenido  antes  de  asociarse  con  el otro  concubino,  o  los  adquiridos  durante  el  estado  de  concubinato  a  título  gratuito  (herencias, donaciones).   

         

(…)  Por este motivo con razón ha  dicho    la    Corte    que     ‘debe  existir  un  criterio  de  causalidad entre la asociación de  hecho     y     los     bienes     provenientes    de    la    misma’      (G:J:     Tomo     42,  Pág.844).   

b)   Determinados  los  bienes  de  la  sociedad   de   hecho   es  necesario  proceder  a  repartirlos  en  dos  partes  iguales:   una  para cada concubino”.  (Sentencia del 26 de marzo de  1958).   

Con sustento en los argumentos expuestos se  declara  la  existencia  de  la  sociedad  de  hecho  reclamada  en  la  primera  pretensión  de la demanda, y se dispone su disolución; las demás pretensiones  no  proceden,  en  virtud de que los aspectos allí referidos deberán definirse  en la etapa de liquidación de la mentada sociedad.   

DECISIÓN  

En mérito de las consideraciones expuestas,  la   Sala   de   Casación  Civil  de  la  Corte  Suprema  de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley   

Resuelve  

                                             Primero.-    REVOCAR  la  sentencia  proferida  el  26  de  abril  de  1996,  por el Juzgado 25 Civil del Circuito de  Bogotá   y,   en   su   lugar,  DECLARAR  que  entre  MARIA  CONSUELO DÁVILA SILVA y OSCAR MARULANDA GOMEZ  existió  una  sociedad de hecho, a partir del 26 de febrero de 1971 hasta el 28  de noviembre de 1990.   

                                             Tercero.-   CONDENAR  en costas  de   ambas   instancias    a  parte  vencida,  las  que  serán  liquidadas  oportunamente.   

                                             Cuarto.-   No hay lugar a costas en  casación     (artículo    392    num.1º    Código    de   Procedimiento  Civil).   

NOTIFIQUESE  

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

    

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