SC 183 2005 [20915]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-183-2005 [20915]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

          SALA   DE   CASACION  CIVIL   

Magistrado Ponente  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

Bogotá, D. C., veinticinco (25) de julio de  dos mil cinco (2005)   

                                      Referencia:    Expediente  20915   

          Decídese  el  recurso  extraordinario de casación interpuesto por  la    sociedad    AGRÍCOLAS   CÁRDENAS   HERMANOS  LIMITADA   contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Bogotá, el 25 de noviembre de 1999,  dentro  del  proceso  ordinario por ella promovido frente al señor LUIS   BERNARDO  CÁRDENAS  MARTÍNEZ  e  INVERSIONES   COMERCIALES   C.C.   LTDA.   

ANTECEDENTES   

          1.   La  sociedad actora pidió en su demanda que se declarara  que  era  titular  del  dominio  pleno del inmueble distinguido con los números  78-68  de  la  carrera  67  de  esta  ciudad;  que se condenara a los demandados  -quienes  ocupaban  el  predio-  a restituírselo con todas sus anexidades y los  frutos  civiles  y  naturales  que  pudo  producir desde agosto de 1982 hasta la  fecha  de  su  restitución;  que  se dispusiera el registro de la sentencia que  decretara   la   reivindicación,   y   que   se   condenara  en  costas  a  los  demandados.   

    

1. La      causa     petendi, se resume así:     

          A.             Mediante escritura pública 1401  de  mayo  29  de  1992, otorgada ante la Notaría 44 de Bogotá e inscrita en la  respectiva  Oficina  de Registro de Instrumentos Públicos de la misma ciudad en  el  folio  de  matrícula  50C-714966,  la  demandante  adquirió  a  título de  compraventa  el  derecho  de  dominio sobre el inmueble en disputa a la Sociedad  Distribuidora  Prodelbo  Ltda,  quien  a  su  vez  lo había adquirido, al mismo  título,  de manos del señor Arturo Matamoros según escritura pública 1505 de  octubre  5  de  1983,  corrida  en  la Notaría 28 del mismo Círculo y también  inscrita  en  la  Oficina  de  Registro; el señor Matamoros, a su turno, había  recibido  el  inmueble  de Luis Enrique Rairán Chaves, en virtud de contrato de  igual  naturaleza  que  consta  en  la escritura pública 1420 de 10 de marzo de  1969,  autorizada  por  el  Notario  Sexto  del  Círculo  de Bogotá y también  registrada en el folio correspondiente al referido bien.   

          B.                      El inmueble aludido es poseído materialmente y  de  ‘mala fe’  por los demandados, desde el mes de  agosto  de  1982,  “en  razón  a  que  su anterior propietario (Distribuidora  Prodelbo  Ltda),  pretendía  la  celebración  de un contrato de permuta con el  señor  Luis  Bernardo Cárdenas Martínez, el cual no se perfeccionó”.    

          C.     El    bien    raíz    materia   de   la   ‘pretendida     permuta’  no  era  de  propiedad  del  citado  señor  Cárdenas  Martínez,  “razón  por  cual no se pudo celebrar contrato  alguno.  Pero  en  razón  de esa circunstancia, el citado señor, y la sociedad  antes  referida,  se  quedaron  ocupando  el  inmueble  materia de esta demanda,  negándose a restituirlo”.   

          D.                      Los  frutos civiles del predio, que actualmente  perciben  los  demandados,  alcanzan  una  cuantía  aproximada de un millón de  pesos  mensuales,  lo  cual  conlleva  -según  la  actora-,  un enriquecimiento  ilícito.   

          2.   Los demandados se opusieron a las pretensiones del actor;  negaron  unos  hechos;  aceptaron ser poseedores del inmueble, y respecto de los  demás  manifestaron  estarse a lo que se probara. Formularon adicionalmente las  excepciones  de  fondo  que  denominaron  “Inepta demanda”, “Incongruencia  entre  el  petitum y la causa petendi”, “Carencia del derecho que demanda el  actor”     y     “Reconocimiento     de    mejor    derecho    ganado    por  prescripción”.   

          3.   La  sentencia  de  primera instancia estimatoria de las súplicas de la demanda, fue  revocada  por  el  Tribunal Superior de Bogotá el 25 de noviembre de 1999, y en  su  lugar,  se  denegaron  aquellas  y   se condenó en costas a la entidad  demandante.   

                            LA    SENTENCIA  IMPUGNADA   

                                   

          Después  de  estimar  que se encontraban reunidos los presupuestos  procesales  necesarios  para dictar sentencia de fondo, el Tribunal expresó que  la  prosperidad  de  la acción reivindicatoria estaba sujeta a la demostración  de  cuatro  requisitos, a saber: cosa singular reivindicable, derecho de dominio  en  el demandante, posesión material en el demandado e identidad de la cosa que  se pretende y la poseída por este.   

          De  tales  elementos,  afirmó  que  si  bien fue acreditada por el  demandante  su  condición  de  propietario  del  bien  en disputa, así como la  identidad  del  predio  que  se  pretendía  reivindicar con el poseído por los  demandados,  la  reivindicación  no  procedía  dado  que  la aludida posesión  tenía origen en una relación de tipo contractual.   

          Mencionó  que la declaración rendida por la señora Carmen Aurora  Matamoros  de  Cárdenas,  representante legal de Prodelbo Ltda, al igual que la  de  otros  testigos  y las manifestaciones de parte ofrecidas por los demandados  ante  el  a quo, convergían  en  aceptar  la  existencia  de  un  negocio  jurídico,  contrato de promesa de  permuta  -corroborado  además  mediante  copia  auténtica del documento que lo  recoge-  que no había sido objeto de aniquilamiento judicial, por la vía de la  resolución, el cumplimiento, la nulidad, la simulación, etc.   

          Concerniente  a  la  referida promesa, agregó que esa negociación  fue  materia  de  “averiguación  en  los  formularios de interrogación a los  testigos  y  partes  vinculados al proceso, lo que puntualiza la aceptación por  los   intervinientes   en  el  proceso  de  la  existencia  de  dicha  relación  contractual”  (fl  48  ya citado), y que si bien al momento de su celebración  Prodelbo  no  era  la  titular  del derecho de dominio de la bodega prometida en  permuta,  posteriormente,  octubre  3  de  1983,  adquirió  esa  condición  al  suscribir  la  escritura  1505  de la fecha, “con lo que se legitimó para, si  fuere  el  caso, cumplir con las obligaciones derivadas de la susodicha promesa,  empero, ahora sí como titular de tal derecho”.   

          Acotó    que    la    ‘cadena   de  tal  título’  se  transmitió  con sus calidades y vicios, porque “las partes  intervinientes  son  conocedoras  del  negocio jurídico, quienes actuaron en su  celebración,  su  falta de cumplimiento por parte de uno de los antecesores del  derecho  de  dominio  del  bien”,  y  que además en este momento la relación  contractual  está  vigente,  “aún se hubiere intentado su aniquilamiento por  una  de  las acciones jurídicas pertinentes que no obtuvo declaración judicial  estimatoria  de  la  misma, tal como aparece en la afirmación de la réplica de  la  demanda  y  en la inscripción de esta acción en el folio de matrícula del  citado bien” (fl. 49).   

LA DEMANDA DE CASACION  

        Contiene tres cargos  formulados  todos  con  apoyo en la causal primera del artículo 368 del Código  de  Procedimiento  Civil  que serán despachados en el mismo orden en que fueron  propuestos,  pero  los  dos  últimos  en forma conjunta, por las razones que se  explicitarán ulteriormente.   

PRIMER  CARGO   

         Se  acusó  la  sentencia de segundo grado de ser violatoria de la  ley   sustancial,   por  cuanto  se  ‘quebrantó  directamente’  (sic)  los  artículos  665,  669, 673, 762, 765, 778, 779, 946,  947,  949 y 950 del Código Civil, 2º de la Ley 50 de 1936, 89 de la Ley 153 de  1887,  58,  228,  229  y  230  de  la  Carta  Política,  y  306  del Código de  Procedimiento  Civil, como consecuencia de errores in  iudicando  “cometidos en forma independiente de la  cuestión fáctica”.   

         Afirmó  el  casacionista,  luego  de  ocuparse  de  los elementos  típicos    de    la    reivindicación   y   de   destacar   que   ‘es una acción de prevalencia, para  precisar  quien tiene mejor derecho sobre el bien materia de litigio’, que “esa actividad ‘judicativa’ tiene que desenvolverse en torno a  los  títulos  que  aporta  el demandante y que tengan la suficiente virtualidad  probatoria   para   acreditar   el   derecho   de   dominio”   (fl   17  Cdno.  Corte).   

         Advirtió  que  el  ad quem  dejó  de aplicar los ‘textos       legales       que       he      señalado’  con  el  argumento  “de que una  hipotética  intención  (de  quien  no era propietario) que no tiene existencia  sino  en  la mente de los juzgadores de instancia, prevalece sobre la situación  jurídica,  clara,  que  integra  el  derecho de dominio de la parte demandante.  Bien  puede observarse que el Tribunal desconoció el efecto de los contratos de  compraventa, y la suma de posesiones” (fl. 17 en cita).   

         En  la  sentencia  impugnada  -complementó  el  casacionista-  no  indicó      el      Tribunal     ‘cómo  se  salva  un contrato absolutamente nulo, y porqué no dio  cumplimiento   al   artículo   2º   de   la   Ley   50   de   1936’,  desconociendo  el  mandato  del  artículo  306  del Código de Procedimiento Civil, norma esta última que tiene  la   ‘categoría  de  sustancial               ‘.   

         Agregó,   luego   de  citar  la  presunción  establecida  en  el  artículo  762 del Código Civil, que sus demandados son poseedores irregulares,  que  no  adquirieron  la posesión en virtud de un título legítimo y que “La  presunción  en  que  fundó su decisión el Tribunal, y para la cual alteró el  contenido  de  todas y cada una de las normas jurídicas que se han citado en el  presente  cargo,  originó  la  violación  directa,  por  falta  de aplicación  invocada (sic)” (fl. 18 ib).   

         Estas  deficiencias, concluyó el censor, llevaron al ad  quem  a desconocer el artículo 58  de      la     Constitución,     ‘que  protege  el  derecho fundamental de la propiedad, que ha sido  adquirido  de acuerdo con las leyes civiles vigentes, y el 230, que ‘impone  a  los  juzgadores el deber  jurídico  de  aplicar  la  ley  y  no  acudir a argumentaciones contrarias a la  misma’.   

  CONSIDERACIONES   

         A.           Prestamente  observa  la  Sala  que  aunque  en  el desarrollo del  cargo,  se  aseveró  que  “Es  obvio,  y  por  ello  lo recalco, que  no  trato  en  el  presente  cargo  de  vincular  el  aspecto  probatorio”  (fl.  17), lo cierto es que el censor  terminó  disputándole  al  Tribunal  la  apreciación fáctica, al afirmar que  este  “…desconoció  el  efecto de los contratos de compraventa y la suma de  posesiones”  y  que  “está plenamente acreditado con la propia conducta del  demandado  que  es  un  poseedor  irregular  y  que no adquirió la posesión en  virtud  de  un  título legítimo” (fl. 18), sin parar mientes en que “…es  distinta  la  actividad  que  corresponde  al  recurrente desplegar en casación  según  la  vía  que haya elegido para impugnar el fallo de instancia al que le  imputa  violación  de  la  ley,  a  saber:  aceptando  y  conformándose con el  análisis  de  la  prueba efectuada por el Tribunal, si de violación directa se  trata,  u  objetando  la  apreciación  de  los medios de prueba contenida en la  sentencia,   en   el   supuesto   de   la   vía  indirecta”  (CCXLIII,  65  y  66).   

         Dicho  de otra manera, si el ataque se formula por la primera vía  “la  actividad  dialéctica  del  impugnador  tiene que realizarse necesaria y  exclusivamente  en  torno  a  los  textos  legales sustanciales que considere no  aplicados,   o   aplicados   indebidamente,   o   erróneamente   interpretados;  pero  en  todo  caso  con  absoluta prescindencia de  cualquier  consideración  que  implique  discrepancia  con  el  juicio  que  el  sentenciador    haya    hecho   en   relación   con   las   pruebas”   (CXLVI,   60).   Por  eso  “el  recurrente   no   puede  separarse,  un  ápice  siquiera,  de  la  quaestio   facti,  cual  y  como  fue  apreciada  por  el  sentenciador, so pena de resultar inidónea la acusación en  caso  de  que  ello  ocurra” (Se subraya; CCXLIII,  51).  Al  fin y al cabo, “el ultraje al derecho sustancial deviene por caminos  paralelos  y  que, por lo mismo, al tiempo que preservan su distancia, jamás se  tocan”,  como  quiera  que  en  la  violación directa de la norma sustancial,  “se  le increpará –al  juzgador-  que su entendimiento del derecho material  es  deficitario”, mientras que en la vía indirecta  “que  no es el mejor observador del expediente en punto de pruebas.  Allá  se  le  juzgará  de  poco  criterioso en dicho ámbito;  acá  de  alterar la contienda probatoria que supone  el  proceso”  (cas.  civ.  de  20 de septiembre de  2000).   

B.     Adicionalmente,  si  se  examina  el  fundamento  sobre  el  que  descansa  el  fallo acusado y el ataque  formulado,  se advierte que éste no se ciñe a los cánones que estereotipan la  formulación   adecuada  de  una  acusación,  toda  vez  que  según  reiterada  jurisprudencia  de  esta Corporación cuando se hace uso de la causal primera de  casación,  la  censura  debe  estar  en estricta consonancia con la providencia  impugnada,  de  manera  tal  que  el cargo debe edificarse o construirse con los  mismos  materiales  que  fue  elaborada  la  sentencia,  regla  que  “En  buen  romance…significa  que si el sentenciador formó su juicio, exclusivamente, en  razones  eminentemente  jurídicas,  la  acusación debe combatir el fallo en el  mismo  terreno  o plano argumental, pero si la decisión se apoyó en los medios  probatorios  recaudados  en  el  proceso,  su  labor,  entonces, debe realizarse  teniendo  siempre, en la mira, tales probanzas; y por último, si la providencia  fue  construida  tanto  con  argumentos  jurídicos  como  probatorios, de igual  manera,  debe  plantearse  su  ataque  en  sede  casacional”  (cas. civ. 16 de  septiembre de 2003,  Exp. 6704).   

En el presente asunto, el Tribunal estimó  que  debía  denegarse  la  acción  reivindicatoria  por  cuanto los demandados  tenían  una  “posesión  contractual” que emanaba de un contrato de promesa  celebrado  por estos con la persona que antecedió en el dominio de la cosa a la  sociedad  demandante,  juicio  que  -con  prescindencia de su validez y acierto-  está  fundado  en la valoración probatoria dada al referido negocio jurídico,  lo  que,  por  tanto,  obligaba  al  censor  a combatir la sentencia en el mismo  terreno  probatorio,  demostrando  la comisión de yerro evidente y trascendente  de  parte  del  Tribunal  en  la  apreciación  de la referida prueba, y por ese  camino  la consecuencial violación de las normas sustanciales que gobernaban el  litigio.   

Sin  embargo,  el  censor dejó de lado el  argumento  medular  que  sostiene  el  fallo acusado, y se ocupó en el cargo de  endilgar  varios yerros jurídicos, afirmando que “…no puede el Juzgador con  sofismas,  destruir  la eficacia probatoria de unos instrumentos públicos, para  sostener  que  una  hipotética  intensión  (sic)  de quien no era propietario,  tiene  prevalencia  sobre el mundo objetivo y material que obra en los autos”,  olvidando  que  “por vía de la causal primera de casación no cualquier cargo  puede  recibirse, ni puede tener eficacia legal, sino  tan  solo  aquellos  que  impugnan directa y completamente los fundamentos de la  sentencia  o las resoluciones adoptadas en ésta; de  allí  que  haya  predicado  repetidamente  que  los  cargos  operantes  en  un  recurso  de casación únicamente son aquellos que se  refieren   a   las   bases   fundamentales   del   fallo   recurrido,  con  el  objeto de desvirtuarlas o quebrantarlas, puesto que si  alguna  de  ellas  no  es  atacada y por sí misma le presta apoyo suficiente al  fallo  impugnado  éste debe quedar en pie, haciéndose de paso inocuo el examen  de  aquellos  otros  desaciertos  cuyo  reconocimiento reclama la censura” (Se  subraya;  cas. civ. 23 de junio de 1989, Exp. 5189, reiterada en cas. civ. 15 de  diciembre de 2003, Exp. 7565).   

En   consecuencia   no   prospera   el  cargo.   

  SEGUNDO  CARGO   

         A.                     Por  desconocer  la eficacia probatoria de las  escrituras  públicas  1420  de  marzo  10 de 1969; 1505 de octubre 5 de 1983, y  1401  de  mayo  29  de  1992,  todas  ellas  inscritas en el folio de matrícula  correspondiente al predio en disputa.   

         Señaló  el  impugnante  que  “El  Tribunal  considera que esos  títulos  demuestran  el  dominio, y que se presenta la suma de posesiones, pero  luego,  con  base  en  un  documento  absolutamente  nulo, que no proviene de su  legítimo  propietario,  para  el  momento  en  que  se suscribió, les niega su  eficacia  probatoria, violando por falta de aplicación los artículos 251, 252,  253,  254,  256 y 264 del Código de Procedimiento Civil, en concordancia con el  artículo      258      ibídem,     que  establece  la  indivisibilidad  y  alcance  probatorio de los  documentos”      (fl      22     ib).   

         

         B.                     Por   “otorgar  valor  probatorio  (que  no  tiene),     al     documento     contentivo     del     llamado     ‘Contrato de Compraventa’,  visible  a  folios  51  a 53 del  cuaderno  principal,  el  cual  ni  siquiera  fue  celebrado, ni suscrito por el  legítimo     propietario     del     inmueble”     (fl     22    ib).   

         Añadió       que      ese      escrito      es      ‘absolutamente    nulo’   y  que  “nunca  la  venta  de  inmuebles  puede  demostrarse  por  documento  privado,  máxime  cuando ha sido  suscrito   por  quien  no  tenía  derecho  alguno  sobre  el  bien  objeto  del  contrato”  (ib)  y reprochó al Tribunal, por haberle reconocido la categoría  de  ‘promesa de permuta,  o  promesa  de  compraventa,  sin  que  reuniera  los  requisitos esenciales del  artículo  89  de  la  Ley  153  de  1887 y demás normas aplicables’.   

         

         Afirmó  que los elementos fijados en el citado artículo 89 deben  concurrir  “copulativamente”  para  que un contrato de esta naturaleza pueda  tener  eficacia; que ‘la  omisión  de  uno  de  esos requisitos es causal de nulidad absoluta’,  acorde con el artículo 1741 del  Código  Civil;  que  fueron  quebrantados  los  artículos  252,  253 y 268 del  Código  de Procedimiento Civil, por falta de aplicación; que la compraventa de  inmuebles   debe  solemnizarse  por  escritura  pública,  como  lo  precisa  el  artículo  1857  del  Código  Civil,  en  concordancia  con  el artículo12 del  Decreto  960  de  1970,  normas  violadas  también  por  falta  de aplicación,  culminando    su    ataque    con    la    afirmación   de   que   ‘ningún   medio  probatorio  puede  suplir  el  escrito  que  la  ley  exige como la solemnidad para la existencia y  validez   de   un   acto  o  contrato’.   

         Al  desarrollar  el cargo, insistió el censor que el Tribunal, en  cabeza   de   los   demandados,  dedujo  una  posesión  de  origen  contractual  desconociendo   que  la  denominada  ‘promesa   de   permuta’  es  absolutamente  nula,  y  que  no  fue  celebrada  por  quien  ostentaba  los  legítimos  derechos  de  propiedad  y  posesión en esa época,  señor  Arturo  Matamoros  Cárdenas,  derechos ejercidos del año de 1969, como  consta  en  la escritura 1420 de 1969, y violó de esta manera el inciso segundo  del  artículo  762  del  Código  Civil, por aplicación indebida, sin tener en  cuenta  que  esa presunción legal en favor del demandado, fue destruida con los  títulos  legítimos  aportados  por la actora, que demuestran que el “derecho  de  dominio  inicial  tiene  su  fuente en la escritura 1420 y por consiguiente,  desde el año de 1969” (fl. 23 ib).   

         Reiteró  el  recurrente  que la reivindicatoria es una acción de  pertenencia,  cuya  decisión exige la confrontación de los títulos esgrimidos  por  las  partes;  que  en  el sub judice        la        ‘promesa   de   contrato’  invocada  por  los excepcionantes, además de que, oficiosamente  debió   ser  declarada   nula,  no  es  fuente  de  derechos  reales  sino  personales;  que se vulneró el artículo 58 de la Carta Política, y que se dio  prevalencia  a  una  promesa  que  “no  fue  celebrada  por  el titular de los  derechos  de  dominio  y  posesión  sobre el bien materia de litigio, ni con su  autorización,  por  ende,  sin  su voluntad, sobre los documentos públicos que  demuestran  el  legítimo  derecho  de  propiedad  (sic)”  (fl 28 ib).   

TERCER CARGO  

         Se   acusó  la  sentencia  del  Tribunal  de  haber  violado  los  artículos  665,  669,  673,  762,  765,  779,  946,  947, 949 y 950 del Código  Civil,   2°  de  la  Ley  153  de 1887 y 58 de la Carta Política, por los  errores  de  hecho  cometidos  en  la  apreciación  de  las siguientes pruebas:   

         a)  Desconoció  las  escrituras  públicas  1420 de 1969, 1505 de  octubre  5  de 1983, 1401 de mayo 29 de 1992, y el certificado de tradición del  inmueble  objeto  de  reivindicación,  documentos que acreditaban el derecho de  dominio  en  cabeza  de  la  sociedad  demandante  y  la  de las personas que le  antecedieron en el mismo.   

         b)  No  se  percató  que los demandados, al contestar la demanda,  admitieron  que  era  cierto  el  hecho  quinto  de  esta, según el cual se les  atribuyó   la   calidad  de  poseedores  materiales  del  inmueble  materia  de  controversia,             ‘confesión   que   tiene   plena  eficacia  probatoria’,  en  los  términos del artículo  197  del  Código  de  Procedimiento  Civil.              

         c)                     Por último, también se equivocó el fallador  de  segunda  instancia porque concedió eficacia probatoria al documento privado  que  ‘dice contener un  contrato  de  compraventa de inmuebles’,  al  cual  le reconoció el carácter de promesa de compraventa,  sin  percatarse  de que fue “suscrito por quien no tenía derecho alguno sobre  el  inmueble  materia  del  litigio,  para el momento de su celebración, que es  absolutamente   nulo,  nulidad  que  aparece  manifiesta  en  el  mismo  acto  o  contrato’  en armonía  con  los artículos 1741 del Código Civil, 89 de la Ley 153 de 1887 y 2° de la  Ley 50 de 1936” (fls 30 y 31 ib).    

         Al   sustentar  el  cargo,  afirmó  el  censor  que  el  Tribunal  desconoció      los      instrumentos      públicos      que      ‘demuestran   que   el  antecedente  jurídico  de  los  títulos de la demandante, se halla en la escritura pública  1420  de  1969’; que el  demandado  es poseedor irregular, con apoyo en un documento privado ‘absolutamente    nulo’,  no  firmado  por  quien  en  su  momento  fuera  el propietario inscrito del predio en litigio, al cual concedió  prelación  sobre  los  documentos  que  acreditan, en cabeza del impugnante, el  derecho  fundamental  de la propiedad garantizado en el artículo 58 de la Carta  Política,  y  concluyendo  que  dichos  títulos  no  tienen  la virtualidad de  destruir  la  presunción  legal  contenida  en  el  artículo  762  del Código  Civil.    

         Añadió  que  el  Tribunal,  en  su  afán  de  quebrantar la ley  sustancial,  especialmente  el artículo 946 del Código Civil, sostuvo que como  Prodelbo  adquirió  el  dominio y la posesión sobre la bodega un año después  de    prometerla    en   permuta,   ‘de  esta  manera  podía cumplir el absolutamente nulo Contrato de  Compraventa.  Y  que  esa  intención  hipotética  tiene  prevalencia sobre los  títulos    que    he    relacionado’.   

         Aseveró      el      impugnante      que      la     ‘promesa   de   permuta’  como  la  denominó  el Tribunal,  “no  celebrada  directamente  o en representación del titular de los derechos  del  inmueble  en  litigio,  ni  con  su  consentimiento, absolutamente nula”,  debió   ser   reconocida,   como   ‘hecho      exceptivo’  de  oficio, en aplicación de los artículos 2º de la Ley 50 de  1936  y  306  del  Código  de Procedimiento Civil, y que al no obrarse así, se  desconocieron los artículos 228, 229 y 230 de la Carta Política.   

  CONSIDERACIONES   

         Según  se  infiere claramente del extracto que de su sentencia se  ha  hecho,  el  Tribunal  de  Bogotá,  para  revocar  la de primera instancia y  denegar   las  pretensiones  contenidas  en  la  demanda  encontró  debidamente  acreditados   en   el   plenario  todos  los  requisitos  establecidos  para  la  prosperidad  de la acción reivindicatoria, salvo el de la posesión contractual  del bien raíz que se atribuyera a la parte demandada.   

         Sobre  este  último  tópico, según se acotó, se expresó en la  providencia    impugnada    que    los    demandados   tenían   una   posesión  “contractual”,  que  enervaba  la  pretensión  reivindicatoria,  puesto que  mediando  un  negocio  jurídico  en  virtud  del  cual  se  derivaba la aludida  posesión,  menester  era “su aniquilamiento judicial” mediante el ejercicio  de  una  acción  personal,  v.gr  de  resolución, de cumplimiento, de nulidad,  etc.    

         El   censor   endilga   al   Tribunal,   en   ambos  cargos  error  en  la  apreciación  de  las  escrituras  públicas  números  1420  de  1969, 1505 de octubre 5 de 1983,  1401  de  mayo  29  de 1992, el certificado de tradición del inmueble objeto de  reivindicación  y  el  “contrato  de promesa”, lo que justifica el despacho  conjunto de los dos cargos, como se anticipó.   

A.   En  primer  término, observa la  Corte  que  el  Tribunal  sí  aprecio  y  valoró las escrituras públicas y el  certificado  de  libertad  del  inmueble,  lo que lo condujo a afirmar  que  “está  claro que la parte demandante es la titular  del  dominio  del  predio  antes  identificado por su  dirección,  linderos  y demás características, los  cuales  coinciden  con  los  indicados  en  los  títulos,  en el certificado de  tradición…”  (Se  subraya;  fl.  39)  y  que la  sociedad  actora  “…invoca a su favor la titularidad del derecho de dominio,  por  haberlo  adquirido  a título singular por medio de contrato de compraventa  celebrado  con  PRODELBO  LIMITADA,  contenido en la escritura pública No. 1401  del  29  de  mayo de 1992” y “también invoca los  títulos   de   adquisición  de  los  antecesores  de  su  vendedor”  (fl.  26),  documentos  que  se  mencionan con sus números y  fechas,  lo  que  descarta, por ende, la comisión de los yerros que denuncia el  censor.   

B.   Respecto del yerro endilgado por  no  ver  que  los  demandados  en  la  contestación de la demanda aceptaron ser  poseedores  del  inmueble,  la  Sala  considera  necesario  transcribir el hecho  quinto  de  la  demanda y su correspondiente contestación que son del siguiente  tenor:   

         “QUINTO.-   El  inmueble  anteriormente  descrito,  viene  siendo  poseído  materialmente  sin  título  jurídico de  ninguna  naturaleza  por  el  señor  LUIS  BERNARDO  CARDENÁS  MARTÍNEZ  y LA SOCIEDAD INVERSIONES COMERCIALES C.C. LIMITADA, desde  el  mes  de  Agosto  de  1982,  fecha  desde  la cual lo vienen detentando en su  exclusivo   beneficio  y  en  detrimento  de  su  legítimo  propietario”  (se  subraya).   

         Tal hecho fue respondido así:   

         “Es  cierto  que  el  inmueble lo poseen los Demandados don LUIS  BERNARDO  CARDENAS  MARTÍNEZ  y  la SOCIEDAD INVERSIONES COMERCIALES C.C. LTDA,  desde  el  mes  de AGOSTO DE 1982. Y esta posesión es regular porque procede de  justo  título  y buena fe. Mis clientes tienen conciencia de haber adquirido el  inmueble  por  medios  legítimos,  aunque con posterioridad se hayan presentado  dificultades  para llevar a efecto las obligaciones contraidas. No es cierto que  la  posesión  en  el  caso  de  que  nos  ocupamos, la ejerzan mis mandantes en  contravención  al  contenido de la norma que ampara el concepto de ‘POSESIÓN’,  que  es  el Art. 762 del Código  Civil  dentro  de  cuya  órbita  se  desarrolla y ampara el derecho de la parte  aquí   demandada”.                     

         Como  puede  apreciarse,  aunque  es cierto que la parte demandada  reconoció  poseer  el inmueble, no lo es menos que su respuesta fue acompañada  de   otras   circunstancias   que  guardan  íntima  relación  con el hecho admitido, y hacen que tal confesión tenga la naturaleza  de  cualificada,  y por ende, indivisible. En efecto,  la  demandada  afirmó  que  tal  posesión  era regular y provenía de un justo  título  y  de  buena  fe;  que  el  inmueble  había  sido adquirido por medios  legítimos,  aludiendo  implícitamente a un negocio jurídico respecto del cual  se  presentaron  dificultades que impidieron cumplir las obligaciones que de él  emanaban.   

         

         Sobre   la  inescindibilidad  de  la  declaración  de  parte,  ha  precisado  esta  Sala  que “…la ratio  de  la  indivisibilidad  de la confesión cualificada, radica en  dos  puntuales  circunstancias:  la  primera,  en  que el hecho confesado es uno  sólo  (unicidad  confesional),  con todas las “modificaciones, aclaraciones y  explicaciones”  que  han  sido expuestas por el declarante, que aluden “…a  una  cierta  forma  de  presentar el hecho: este desde luego, no se traza por el  absolvente  de una manera escueta, o sea, en los mismos términos por los que el  preguntante  averigua,  sino  que  le  introduce un matiz o faceta diferente. La  descripción  tiene  que  corresponder  al hecho del que se trate, sólo que sus  notas  distintivas  no  son,  en  su totalidad, las que afirma la contraparte”  (CCVIII,  113);  y  la segunda, en que sería injusto y arbitrario, de cara a la  anunciada   unidad  del  hecho  declarado,  aceptar  únicamente  la  parte  que  desfavorece  o  perjudica al declarante y no la que lo beneficia, o pueda llegar  a  beneficiarle,  en  la medida en que sirva de explicación causal. Al fin y al  cabo,  si ha de darse credibilidad al dicho del confesante, esto es, en su justa  extensión   explicativa,   ha   de   aceptarse,  in  toto,  su  declaración,  en orden a extraer de ella  determinadas  secuelas  jurídicas,  pues  “…mal  se  procede  al separar lo  inseparable,  para  entender como veráz sólo aquello que grava al confesante y  negarle  credibilidad  a  cuanto  lo  favorece.  En lo filosófico ello entraña  notable  injusticia  y  en lo probatorio constituye grave error” (cas. civ. 26  de  febrero  de  2001,  Exp.  5861; cas. civ. 1° de octubre de 2004,  Exp.  7560).   

         Vertidas  tales nociones al presente asunto, la Sala considera que  no  es posible predicar la existencia del yerro fáctico que denuncia el censor,  ya  que,  como  quedo  visto,  la parte demandada ciertamente confesó poseer el  inmueble,  pero no sin título jurídico de ninguna naturaleza -como se expresó  en  la  demanda-,  sino,  por  el  contrario,  afirmando  que  se trataba de una  posesión  regular,  proveniente  de  un  justo título y además de buena fe, y  como  el  Tribunal  consideró que en el presente asunto, los demandados tenían  “una  posesión  de  origen  contractual”,  se descarta, en consecuencia, la  comisión  de  un  monumental yerro en la apreciación de la contestación de la  demanda,  por  cuanto  el sentenciador si vio la posesión en cabeza de aquellos  sólo  que  le  dio  a aquella una calificación jurídica que tiene apoyo en lo  expresado en la referida pieza procesal.   

         C.    Y  en  cuanto  tiene  que  ver con el error que se  endilga  al  sentenciador respecto del denominado “contrato de venta” por no  de  haber  declarado la nulidad absoluta del referido negocio jurídico del cual  derivó  del  mismo  la posesión contractual de los demandados, la Sala observa  que  el  yerro,  en  puridad,  también  es  inexistente  por  cuanto para poder  declararla,  como  es  sabido,  es  necesario  que en el proceso hagan presencia  todas  las  personas  que  lo celebraron y en el presente juicio no intervino la  sociedad  Prodelbo  Ltda  quien  era uno de los intervinientes en el pluricitado  negocio jurídico.   

         En  efecto,  esa  Sala  ha precisado y hoy lo reitera que “…el  poder  excepcional  que al fallador le concede la ley para declarar de oficio la  nulidad  absoluta,  no es irrestricto, panorámico o ilimitado, sino que, por el  contrario   se   encuentra   condicionado   a   la   concurrencia  de  las  tres  circunstancias  siguientes:  1ª.  Que  la  nulidad aparezca de manifiesto en el  acto  o  contrato.  2ª.   Que  el acto o contrato haya sido invocado en el  litigio  como  fuente  de  derechos  y  obligaciones  para  las  partes,  y 3ª.  Que  al litigio concurran, en calidad de partes, las  personas  que intervinieron en la celebración de aquel o sus causahabientes, en  guarda  del  postulado de que la nulidad de una convención, en su totalidad, no  puede    declararse    sino   con   la   audiencia   de   todos   los   que   la  celebraron” (Se subraya; CLXV, 56, CCXL, 553; Vid:  cas. civ. 10 de septiembre de 2001, Exp. 5961)   

         En    consecuencia,    no   prosperan   los   cargos   segundo   y  tercero.   

DECISION   

         En  mérito  de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala  de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de  la República de  Colombia,   NO  CASA  la  sentencia  proferida  por  el Tribunal Superior de Distrito Judicial de Bogotá,  el  25  de  noviembre  de 1999, en el proceso ordinario promovido por AGRÍCOLAS  CÁRDENAS  HERMANOS  LTDA  contra  INVERSIONES  COMERCIALES  C.C.  LTDA  y  LUIS  BERNARDO CARDENAS CASTIBLANCO.   

Costas   a   cargo   de   la  recurrente.  Liquídense.   

Cópiese,  notifíquese  y  retórnese  al  Tribunal de origen.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

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