SC 259 2005 [14491]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-259-2005 [14491]

              CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION CIVIL   

Magistrado Ponente  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

Bogotá  Distrito Capital, dieciocho (18) de  octubre de dos mil cinco (2005).   

Ref.:         Expediente No. 14.491   

                    Resuelve la  Corte  el  recurso  de  casación  interpuesto por la parte demandante contra la  sentencia  del  14  de  marzo  de 2000, proferida por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  dentro  del proceso ordinario  adelantado  por MARIA ELVA PALACIOS MARIN frente   a   “INVERSIONES  MEDICAS  DE  ANTIOQUIA S.A.”   

ANTECEDENTES   

                           1.  Correspondió  al  Juzgado  Segundo  Civil del Circuito de Medellín, aprehender  conocimiento  de  la  demanda que MARÍA ELVA PALACIO MARIN, quien dijo reclamar  para  sí y para la sucesión de LUIS EDUARDO CARDENAS LALINDE, instauró frente  a  INVERSIONES  MÉDICAS  DE  ANTIOQUIA  S.A.,  con  miras a que se hiciesen los  siguientes  pronunciamientos:  1)  que  se declarara que la demandada, en cuanto  propietaria      del      establecimiento      de      comercio     ‘Clínica    Las   Vegas’,  es civilmente responsable de todos  los  daños  y  perjuicios  que  le  irrogó  a Luis Eduardo Cárdenas Lalinde y  María  Elva  Palacio  Marín  en razón de la actitud negligente de su personal  que  le causó, en últimas, la muerte al primero de ellos; 2) que se le condene  a  pagar a María Elva Palacio Marín, quien pide para la sucesión de su finado  esposo,  el equivalente en dinero a 1000 gramos oro, como indemnización por los  perjuicios   morales   que   se   le   causaron   a   Luis   Eduardo   Cárdenas  Lalinde.   

                      3) Que se  condene  a la sociedad demandada  a pagar a María Elva Palacio Marín, una  suma  equivalente  a  1500 gramos oro, por concepto de perjuicios morales que se  le  causaron  con  la  muerte  de  su esposo; 4) que se le ordene a la demandada  pagar  a  la  demandante  la  suma  de  $2.831.073,00,  por  concepto  de  daño  emergente;     5)    que    se    condene    a    la    sociedad    ‘INVERSIONES  MÉDICAS  DE  ANTIOQUIA  S.A.’  a  pagar  a  la  actora,  por  concepto  de  lucro  cesante,  la  suma $45.000.000,00; 6) que las  cantidades  a  las  que se refieren las peticiones 4 y 5 sean indexadas desde el  día de la muerte y hasta el momento de la sentencia.   

                       2.  Los  trasuntados pedimentos se fincaron en los siguientes hechos:   

                   LUIS EDUARDO  CÁRDENAS  LALINDE  y MARÍA ELVA PALACIO MARÍN contrajeron matrimonio civil en  Miami  (Estados  Unidos  de  Norteamérica),  el 30 de junio de 1982, y luego de  haber  vivido  en  dicho país, los cónyuges fijaron su domicilio en Medellín,  donde  residieron  juntos  hasta  el  fallecimiento  de  aquél.  El  matrimonio  derivaba  su  sustento  económico  de  la pensión de jubilación que gozaba el  señor  CÁRDENAS  LALINDE, la cual ascendía a la suma de US$ 842, que cada mes  era  depositada directamente por la “Social Security Administratión” de los  Estados  Unidos  de  Norteamérica en la cuenta conjunta que ellos tenían en el  Intercontinental Bank.   

                      El doctor  ALEJANDRO  ECHAVARRÍA,  médico  de cabecera de LUIS EDUARDO CÁRDENAS LALINDE,  le  aconsejó  un  chequeo rutinario que comprendía un examen denominado TAC de  nariz  (Estudio  Tomográfico  TAC  de senos nasales), para cuya realización se  desplazó  aquél,  el  22  de  junio  de 1995, en pleno uso de sus facultades y  conduciendo  su propio vehículo, a  la CLÍNICA LAS VEGAS de Medellín, de  propiedad   de   la   sociedad   demandada.  Dicho  examen  apareja  normalmente  consecuencias  especiales,  tales  como  mareos,  desmayos; en fin, es molesto y  “puede  afectar  el  normal  desempeño  de  las  funciones  corporales  y  el  equilibrio”,  pero  “de tales molestias no fue enterado CÁRDENAS LALINDE ni  se le advirtió por los funcionarios de la CLÍNICA LAS VEGAS”.   

                      Según lo  expresa   su  historia  clínica,  “‘ingresó  a  servicio de urgencias para estudio tomográfico T.A.C.  senos   frontales   …   posterior   al  estudio  se  incorporó  perdiendo  el  conocimiento,  recibió  trauma de luxación del 10% o 70% (no se entiende) C6 y  C7’…”, lo que indica  “que  durante  el  examen  o la continuación del mismo, siempre dentro de las  instalaciones  de  la Clínica, mareado como secuela normal del examen que se le  practicaba,  LUIS  EDUARDO  CÁRDENAS  LALINDE  perdió  el conocimiento y cayó  ocasionándose  un  daño  en  las  vértebras  cervicales  números  6  y 7”.  Inmediatamente  después  de  la  caída, el paciente fue conducido a urgencias,  donde  lo  encontró  su  cónyuge  “en  una camilla tirado”, abandonado, en  “observación”,  “y  con  suero  (único  tratamiento  que  se  le  había  prestado)”.   

                        “Tal  espectáculo,  sumado  al  dicho  de su marido en el sentido de que ‘lo    habían   dejado   caer   por  descuido’    y   que  ‘no  podía  mover  los  pies’  le  causó enorme  ira”,  y  debido  a  la expresión de su enojo, el médico de turno revisó al  paciente  y  pudo percatarse del grave estado de salud en que se encontraba como  consecuencia   de   la   caída,   pues   le  diagnosticó  que  había  quedado  “cuadrapléjico  irreversible”,  razón  por la cual lo remitió a la Unidad  de Cuidados Intensivos de la misma Clínica.   

                      Todo ese  proceso  terminó  con  la muerte de LUIS EDUARDO CÁRDENAS LALINDE, ocurrida el  12  de  julio  de  1995,  como  consecuencia  directa de las graves lesiones que  sufrió  a  causa  de  la  referida  caída, la cual se debió a negligencia del  personal  al  servicio  de  la CLÍNICA LAS VEGAS. De todos modos, éste sufrió  daños  morales  porque  esos  veinte  días  siguientes  fueron de tormento, de  dolores  agudos  e  insoportables,  durante  los  cuales  padeció  operaciones,  inmovilidad,  descontrol  de  esfínteres  y, sobre todo, sufrió la angustia de  ver  su  cuerpo reducido a la inutilidad total, daños que estimó la demandante  en suma equivalente a mil gramos oro.   

                   A su vez, la  señora  MARIA  ELVA  PALACIO  MARIN  sufrió los siguientes daños: daño moral  consistente  en  la  tristeza  y  el sufrimiento que le causaron la enfermedad y  posterior  fallecimiento  de su esposo, perjuicio estimado por la actora en suma  equivalente  a  mil quinientos gramos oro; lucro cesante (daño material) debido  a  que  por  el  deceso  de  su  cónyuge,  dejó  de  causarse  la  pensión de  jubilación  que éste devengaba mensualmente del Social Security de los Estados  Unidos  de  Norteamérica,  de  la  cual vivía la demandante y constituía para  ella  su  único  ingreso.  Como el monto mensual de la pensión era de US$ 842,  equivalentes  a  $1050  por  dólar, el total de este rubro de la indemnización  corresponde  a $45.000.000,00, ya que Cárdenas Lalinde, al momento de su muerte  contaba  69  años de edad, es decir, que tenía un promedio de vida probable de  9 años más.   

                     

                         Daño  emergente  que comprende la deuda de la viuda para con la Clínica, por valor de  $2.338.573,  junto  con  los  gastos  funerarios  por  $492.500,  pagados  a  la  FUNERARIA BETANCUR Y CÍA. LIMITADA.   

                     3.  A  las  referidas  pretensiones  se opuso la sociedad demandada en la contestación  de  la  demanda,  en  la cual aceptó los hechos en que las mismas se sustentan,  salvo  los  atinentes  a  que  el  examen radiológico practicado a Luis Eduardo  Cárdenas  Lalinde  aparejase  consecuencias  especiales  como mareos, desmayos,  etc.;  también  negó  que el deceso de aquél hubiese sobrevenido por causa de  las  lesiones  que  sufrió  al  caerse  durante  la  realización  del  mentado  examen.   

                        4.  La  primera  instancia  culminó  con  sentencia  desestimatoria de las pretensiones  demandadas,  decisión  que  el  Tribunal  confirmó  al  resolver la apelación  interpuesta por la parte actora.   

                                                                

LA SENTENCIA RECURRIDA EN  CASACION   

                      Dijo  el  Tribunal,  en  lo  que  es  el  núcleo  de  su raciocinio, que la doctrina y la  jurisprudencia  enseñan  que  dentro de las obligaciones principales a cargo de  los  hospitales, cuando celebran un contrato de hospitalización, se halla la de  velar  por  la  seguridad  personal  de  los  pacientes  que  ingresen  a  tales  establecimientos,  a fin de que no sufran daños mientras se encuentran allí, y  que   si   se  trata  de  centros  que  prestan  servicios  psiquiátricos,  esa  obligación  de  seguridad comprende además la de brindar custodia y vigilancia  a  sus  pacientes,  para  evitar  que  se  puedan causar daño, e incluso pueden  quedar   comprometidos  a  garantizar  la  seguridad  total  del  enfermo  y  en  determinados  casos  a  prestar  el  servicio  de enfermera permanente cuando el  estado  del  paciente lo requiera, aserto que apuntaló en una sentencia de esta  Corporación.   

                                             Refiriéndose  a  la  obligación  que  en  este  caso  contrajo la  demandada  a través de la Clínica Las Vegas, acotó que la misma consistía en  velar  por la seguridad del paciente, pero sin que se tratase de una obligación  de  resultado,  sino de medio, motivo por el cual, para cumplir la obligación a  su  cargo,  debía ser diligente y prudente con respecto al paciente, actuar con  diligencia  y  cuidado,  poniendo  los  medios  adecuados  para  ello,  debiendo  demostrar,  justamente,  el  cumplimiento  de esos deberes para exonerarse de la  indemnización  de  perjuicios  “por  incumplimiento  de su obligación”. Es  decir,  que  en  la  Clínica tenían obligación de garantizar un “mínimo de  seguridad   al   paciente,  brindarle  la  atención  y  la  vigilancia  que  la  prestación  del servicio requería, para lo cual el personal encargado de éste  debía  ser  cuidadoso  y  previsivo,  tener  conocimiento  de  las  medidas  de  prevención  que debían tomarse y haberlas tomado en forma correcta y oportuna,  pues  cualquier negligencia o incumplimiento o cumplimiento tardío o deficiente  podía  hacerla responsable de los perjuicios que por tal comportamiento llegara  a sufrir el paciente”.   

                      No existe  controversia  en  este  caso,  prosiguió, respecto a que el señor LUIS EDUARDO  CÁRDENAS  LALINDE  llegó sólo y por sus propios medios al centro hospitalario  para  que  se  le  practicara  un  estudio tomográfico T.A.C. de senos nasales,  ordenado  por  el  médico  ALEJANDRO  ECHAVARRÍA,  el  cual  fue realizado por  personal  del  departamento  de  radiología  de  dicha  Clínica, y que una vez  practicado,  se  incorporó  en  la  camilla  y  luego,  cuando  la  persona que  practicó  el  examen  acababa  de  alejarse de su lado, cayo al suelo, habiendo  sufrido  daño  en  las  vértebras  cervicales  6  y  7,  a  causa  de  lo cual  permaneció  en  la  sección  de  cuidados  intensivos durante los veinte días  siguientes, al cabo de los cuales falleció.   

                     El litigio  gira,  por consiguiente, en torno al cumplimiento de la obligación de seguridad  contraído  por  la  demandada  para  con el paciente CÁRDENAS LALINDE, pues la  actora  considera que la misma no se cumplió porque debiendo aquella actuar con  diligencia  y  cuidado, poniendo los medios adecuados para ello, no probó haber  procedido  en  tal   forma;  al  paso que la demandada estima lo contrario,  esto  es,  que sí cumplió a cabalidad esa obligación porque, con relación al  simple  riesgo  teórico  del  mareo,  el técnico tomó las medidas normales de  cautela,  como fueron acercarse al paciente, ayudarlo a sentarse en la camilla y  preguntarle  cómo se sentía, sin que éste hubiera manifestado alguna molestia  o  estar mareado, motivo por el cual, en tales circunstancias, no era previsible  que  pudiera  caerse  y  por  ello  no pudo evitarlo; y que, en consecuencia, el  deber  razonable  de  diligencia  y  cuidado,  en  relación  con una caída que  pudiera originarse en un mareo, quedó  cumplido en esa forma.   

                     Agregó el  sentenciador  ad  quem, que  la  demandante  MARÍA ELVA PALACIO MARÍN aseveró que el estado de salud de su  cónyuge  era  muy  bueno;  atestación  corroborada por el médico ALEJANDRO DE  JESÚS  ECHAVARRÍA RESTREPO, quien precisó, además, que dicho paciente había  asistido  a  consulta  por  un  problema  de  rinitis  alérgica,  por lo que le  formuló  tratamiento  en  dos  ocasiones,  sin  mejoría,  debido  a lo cual le  ordenó  la  aludida tomografía y que, con excepción de esa rinitis, gozaba de  buena  salud.  Añadió que, dado el conocimiento clínico del paciente, el cual  no  había  padecido  hasta  ese  momento ningún fenómeno de mareo, síncope o  enfermedad    cardiovascular,    “‘no    era    pensable,    previsible    o   sospechable’”  que  presentara  alguno  de  esos  cuadros  clínicos  después  del  T.A.C.  y  que  por  esa  razón  en  la orden que le dio para la  práctica  del  examen  no  hizo  ninguna  advertencia  sobre  precauciones  que  debieran  tenerse con este paciente, puesto que ese es un examen sin riesgo para  una  persona con las condiciones de salud que presentaba el aquejado. Advirtió,  en  todo  caso,  que  la  edad del paciente constituye un factor de riesgo en la  aparición  de enfermedades cardiovasculares, e igualmente, para que se presente  la  hipotensión  postural,  esto  es,  la  disminución de la presión arterial  sanguínea  con  los  repentinos  cambios  de posición, como ponerse de pie con  rapidez,  anomalía que se presenta en algunos pacientes con alteraciones de los  mecanismos  de regulación vascular o que están recibiendo algún medicamento y  que  cuando  se  presenta,  el  paciente  puede  manifestar debilidad y mareo e,  inclusive,    en    casos   severos,   puede   presentar   síncope.    

                      En  fin,  reseñó  el  Tribunal,  subrayando,  incluso,  aquellos aspectos que consideró  relevantes,  los  testimonios  de  Rafael Guillermo Villavicencio Tirado, Sergio  Alberto  Vargas  Vélez,  Gabriel  Jaime  Isaza Sánchez, José Rodrigo Restrepo  González,  Omar  de  Jesús  Castaño  Quintero,  Jorge William Uribe Ceballos,  Darío  Humberto  Patiño Moreno y Luís Carlos de Jesús Cano Restrepo, al cabo  de  lo  cual afirmó que de tales testificaciones se infería que la tomografía  de  senos  paranasales  no  es  un  examen  molesto;  que  no  afecta  el normal  desempeño  de las funciones corporales y el equilibrio del paciente; que en sí  mismo  no  entraña  riesgo para éste y, por ende, si al incorporarse, después  de  terminado  el  examen  se  marea  o  pierde  el  equilibrio,  tal  suceso no  constituye  una  secuela  de la prueba. De ahí que quien en este caso practicó  el  examen  no  estaba  obligado a enterar al paciente de unos efectos que no se  derivan del mismo.   

                   Puntualizó,  seguidamente,   que  con  excepción  de  la  rinitis  alérgica  que  padecía,  CÁRDENAS  LALINDE  gozaba  de  buena salud, además que no había experimentado  ningún  fenómeno  de mareo, síncope o enfermedad cardiovascular. Su caída no  obedeció  a  la  pérdida  del  conocimiento,  porque lo que sufrió, según el  tecnólogo  que  lo atendió, fue un mareo, punto sobre el cual el convaleciente  nada  le dijo a su esposa, como tampoco le comentó, según ella lo declaró, la  razón  por  la  cual  no  pudo impedir el accidente. Tampoco se pudo establecer  claramente   en   el   proceso   la  causa  de  ese  mareo,  amén  que  con  el  electrocardiograma  que se le practicó después de la caída, quedó descartado  que tuviera origen cardíaco.   

                      De todas  formas,  añadió,  no  es  normal que un paciente sano sufra de mareo cuando se  incorpora  después  de  una  tomografía,  situación  que puede ocurrir cuando  padece   de  trastornos  cerebrales,  afecciones  cardíacas,  presión  alta  o  colesterol  muy  alto,  o  esté  recibiendo  medicamentos  o sufra hipotensión  postural,   la  cual  consiste  en  la  disminución  de  la  presión  arterial  sanguínea  debida  a  los  cambios de posición, y como consecuencia de ella el  paciente  puede  marearse  o  perder  el equilibrio, debido a enfermedades tales  como  la arteriosclerosis, que disminuye la capacidad de suministro de sangre al  cerebro.   Además,   la   hipotensión   postural   tiene   relación   con  el  envejecimiento  de  la  persona,  por  causa  del  deterioro  progresivo  de  su  capacidad  de  respuesta  refleja  y, especialmente, de la actividad del sistema  nervioso  automático  de  tipo  simpático, la cual se requiere para el control  adecuado  de  la  presión  arterial.  Por  lo demás, los síntomas de mareo al  cambiar de posición se presentan en forma inmediata.   

                      Por eso,  acotó  a  continuación  el fallador, cuando la tomografía de senos nasales se  practica  a  una  persona  en  buen  estado  de salud, sin antecedentes de haber  sufrido  alguna  de  las referidas enfermedades o de hipotensión postural, pero  es  de  edad  avanzada,  como  lo  era  CÁRDENAS LALINDE, para impedir que ello  suceda,  quien realiza el examen, una vez terminado el proceso, debe regresar la  camilla  a  la  posición inicial y tener la precaución de ayudar al paciente a  incorporarse  y, una vez sentado, preguntarle cómo se siente, cómo le pareció  el  examen.  Si  manifiesta  sentir  algún malestar o tipo de mareo, se le deja  acostado  mientras  se  recupera.  Si  dice  sentirse  bien, se le deja sentado,  mientras   él   se   calza   y   el   tecnólogo   revisa   las   tomas  en  la  pantalla.   

                      Es claro,  entonces,  que  si  un  paciente  de  edad,  que es totalmente asintomático, se  incorpora  después  del examen y dice no sentir nada extraño, no es previsible  que  pueda  repentinamente  marearse  o perder el equilibrio, porque no hay nada  que  alerte  al paciente o al tecnólogo de que posteriormente va a tener uno de  esos  cuadros.  Por consiguiente, dadas las condiciones generales de buena salud  y  la  ausencia  de  antecedentes, sólo era previsible que debido al proceso de  envejecimiento  y  al  “consiguiente  deterioro  de  la  actividad del sistema  nervioso  automático  de  tipo  simpático  que  se  requiere  para el adecuado  control  de  la  presión  arterial,  pudiera  marearse o presentar síntomas de  mareo  al  incorporarse en la camilla”. Por ello el tecnólogo estaba obligado  a  tomar  las  medidas  de  precaución  antes  anotadas  para  impedir  que  al  incorporarse  sufriera  mareo  o  perdiera  el  equilibrio. Y efectivamente así  procedió,  pues  terminado  el  proceso de las tomas radiológicas, regresó la  camilla  a  su  posición  inicial,  “… ayudó al señor CÁRDENAS LALINDE a  incorporarse   y,   una   vez   estuvo   sentado   le   preguntó:  ‘cómo se siente, cómo le pareció el  examen’, y él respondió  que  se  sentía bien y que le había parecido el examen más largo de lo que le  había  dicho  que  se  iba  a  demorar. En vista de ello, como había pasado el  momento  anterior  a  la  incorporación, que es cuando puede presentarse algún  mareo,  y no le manifestó que sentía algún malestar o tipo de mareo, lo dejó  sentado  en  la  camilla, mientras se calzaba y él se dirigió hacia la consola  del  tomógrafo  para  revisar  las tomas en la pantalla, caminó por ahí cinco  (5)  pasos  y  alcanzó  a  observar  que  el  señor CÁRDENAS LALINDE caía de  espaldas contra el piso”.   

                      Infirió,  entonces,  el  juzgador,  que  el  accidente  ocurrió  en circunstancias que lo  hacían  imprevisible,  ya  que  habiéndose  incorporado el paciente y habiendo  afirmado  que se sentía bien, e incluso, que el examen había durado más de lo  estimado,  no  era  previsible  que  le  fuera  a  dar  mareo, además que no se  demostró  la  existencia  de algún motivo que exigiera un cuidado diferente al  que  le  brindó  el  tecnólogo que practicó el examen. Significa lo anterior,  que  éste  “sí  fue  diligente y cuidadoso en tomar correcta y oportunamente  las  medidas  necesarias para evitar el riesgo de mareo por hipotensión que era  lo  previsible en dicho caso, dada la edad avanzada del paciente y que gozaba de  buena  salud  y  no  tenía  antecedentes  de  haber  sufrido mareos, síncope o  enfermedad  cardiovascular”,  motivo  por  el  cual  no  es procedente deducir  responsabilidad  contra la demandada por los perjuicios sufridos por la actora a  causa        de        la        caída        del        señor       CÁRDENAS  LALINDE.                                          

                                                                                

LA   DEMANDA   DE  CASACION   

                     De los dos  cargos  contenidos  en ella, la Corte se circunscribe a despachar el segundo que  habrá de prosperar.   

CARGO SEGUNDO  

                   Con sustento  en  la  causal  primera  de  casación,  acúsase  la sentencia recurrida de ser  indirectamente  violatoria,  como  consecuencia del error de hecho manifiesto en  la  apreciación de las pruebas, del artículo 1604  del Código Civil, por  aplicación  indebida  y, por falta de aplicación de los artículos 1602, 1603,  1605,  1606  del mismo texto; y de los artículos 822, 982 y 1003 del Código de  Comercio,  “además  de  las  siguientes  que  las complementan para formar la  proposición  jurídica  completa:  1494,  1495,  1496,  1497, 1498, 1502, 1613,  1614,  1615  y  1616, 2236, 2237, 2240 y 2247 del Código Civil y del Código de  Comercio  los  artículos 824, 825, 864, 871, 981, 992, 1000, 1003, 1005. 1170 y  1171”.                               

                          Para  sustentar  sus  imputaciones,  y  luego  de  trasuntar  algunos  apartes  de  la  decisión  cuestionada,  puntualizó el recurrente que de ella se puede inferir,  aun  cuando  sin  la necesaria claridad, que el fallador consideró probados los  siguientes  hechos:  a)  que  es  previsible  que  se  presente  un  mareo  como  consecuencia  del  examen  T.A.C.;  b)  que  ese  vahído  ocurre inmediatamente  después  de reincorporarse el paciente de la camilla y que por ello el técnico  que  lo  practicó  fue diligente y cuidadoso, porque inmediatamente después de  la  reincorporación  le preguntó al paciente si estaba bien y, cuando recibió  la  respuesta  de  que sí lo estaba, se despreocupó y se alejó de él, y como  en  el caso concreto el mareo no se presentó inmediatamente después del cambio  de posición, era imprevisible para quien realizó la prueba.   

                     La primera  de  tales  deducciones es acertada y responde a la prueba recogida, ya que todos  los  testigos  técnicos indicaron que después del cambio de posición ocurrido  en  el  T.A.C.,  pueden presentarse, en el 10% de los casos, mareos o síncopes.  En  cambio,  la  segunda  es falaz y se finca en un error fáctico del Tribunal,  consistente  en suponer como probado un hecho que no lo está y en haber omitido  uno   contrario  que  sí  fue  suficientemente  demostrado.  Concretamente,  el  fallador  se  equivocó  al  considerar que el mareo causado por la hipotensión  postural   tiene   que   aparecer   inmediatamente   después   del   cambio  de  posición.   

                          Para  demostrar  su acusación, reparó, primeramente, en el testimonio del Dr. RAFAEL  GUILLERMO  VILLAVICENCIO  TIRADO,  médico  especializado  en  anestesiología y  cuidados  intensivos,  quien  al  respecto  puntualizó que “ … ‘el   mareo   se   presenta  por  una  disminución  del  flujo  sanguíneo  en el cerebro, particularmente en el oído  interno  y  la  respuesta  individual es como impredecible, eso quiere decir que  hay  una  variabilidad  individual, entonces los síntomas no se presentan en la  misma  forma  ni  en  la  misma intensidad y hay individuos que ajustan mejor su  presión  arterial  que  otros.- cuando se presentan los síntomas al cambiar de  posición  es  de  forma inmediata, sucede en los próximos segundos’…”  Y  al ser preguntado sobre el  tiempo  que  es  prudente esperar después de adoptarse la posición de sentado,  para      descartar     el     mareo,     respondió     que     “‘se debe esperar por lo menos unos dos  minutos’”   

                     El testigo  ALEJANDRO  DE  JESÚS  ECHAVARRÍA  RESTREPO,  médico  internista y neumólogo,  afirmó  que  “…  ‘el  mareo  que  se  presenta  cuando  hay  hipotensión ortostática GENERALMENTE su  aparición  es  inmediata, es percibida por el paciente, puede ser transitoria o  prolongada,   puede   pasar  rápidamente  sin  ninguna  complicación  o  puede  progresar    hasta    un    síncope’”.   

                      Aunque el  médico  radiólogo  GABRIEL  JAIME ISAZA SANCHEZ no aludió específicamente al  momento  en  que  puede  aparecer el mareo, el Tribunal lo tergiversó de manera  evidente,   ya   que  aquél,  al  referirse  a  la  alteración  arterial  como  consecuencia   del   cambio   de   posición   de  un  paciente,  contestó  que  “‘eso  es posible pero  no  me ha tocado’”. Y al  ocuparse  de  los  efectos  con  los  que  se  manifiesta ese cambio de presión  arterial,    replicó    que   “…‘puede  ocurrir  algo  de  mareo  o  a  situaciones extremas como la  pérdida      del      conocimiento’…”,  los  cuales,  precisó  más adelante, “… ‘son  inmediatos y pueden ser breves o  prolongados’…”.   

                   Es evidente,  señala  el  censor, que al ser interrogado sobre los efectos de la hipotensión  postural,  el  testigo  respondió  que había dos posibles consecuencias: a) el  mareo  y,  b)  situaciones  extremas  de  pérdida del conocimiento. “Y que la  pregunta  siguiente,  le  cuestionó  EXCLUSIVAMENTE  sobre  el  momento  en que  debían      ocurrir      esas     ‘situaciones       …      (extremas      de      pérdida      del  conocimiento)’”.  Así  pues  que  el  testigo  nunca  se  refirió  al momento en que puede aparecer el  mareo,  el   Tribunal  lo tergiversó en cuanto consideró erradamente  que sí lo había hecho.   

         

                           El  declarante  ALBERTO VARGAS VELEZ, luego de acotar que las posibilidades de mareo  en  una  persona  mayor  de  50  ó  60  años  es del 10%, subrayó que a estos  pacientes  debe  preguntárseles  por su estado y si se sienten bien y deambulan  por  sus propios medios se les puede dejar ir; y que cuando ya está incorporado  y  ha  manifestado  sentirse  bien,  la  probabilidad  de  presentarse  un mareo  disminuye     ostensiblemente,     casi     a    cero,    “…    ‘puede  existir  en  un porcentaje del  0.5%’…”   

                   El Tribunal,  se  duele  el  impugnante,  no se percató de que las hipótesis de respuesta de  este  médico  siempre  exigieron  que  se hubiera formulado la pregunta directa  sobre   si   el   paciente   se  sentía  mareado,  hecho  trascendental  en  la  averiguación  y,  aún  así, indicó que después de la pregunta y del momento  posterior   al   cambio   de   posición,   es   previsible  la  ocurrencia  del  mareo.   

                   A su vez, el  médico  cardiólogo JOSE RODRIGO RESTREPO GONZALEZ precisó que el mareo podía  ser    “‘súbito   o  paulatino’”.   

                   “Los otros  testigos  no  se  refirieron  directamente al momento temporal de aparición del  mareo  luego  del  cambio ortóstatico o postural. Así es evidente el yerro del  Tribunal,  que consideró probado (aunque se guardó de decir como) que el mareo  tenía  que  darse  inmediatamente  después  del cambio de posición. Y que, en  consecuencia,  el  mareo  posterior a este momento exacto, era imprevisible. Por  eso  le bastó, que el técnico hubiera preguntado si se sentía bien, y ante la  respuesta, se retiró dejando sólo al paciente.   

                      “Es tan  torpe  la conclusión del Tribunal que en su decir, el técnico preguntó que si  se  sentía bien para evitar el riesgo previsible del mareo, pero olvidó que el  técnico  que  practicó  el  examen, dijo expresamente que no sabía que era la  hipotensión  postural  y  que  además  ese  examen T.A.C. no producía mareos.  Así,  el  Tribunal es el único que se cree que el empleado de la clínica, que  no  sabía  que  el  mareo  era  una consecuencia probable del examen, trató de  evitarlo…   

                    “Además,  el  Tribunal  omitió  considerar  el testimonio del tecnólogo que practicó el  examen  T.A.C., que indicó claramente que no preguntó expresamente al paciente  si  se  sentía  mareado, que NO SABÍA que era la hipotensión postural, ni que  podía  marearse el paciente como consecuencia del cambio de posición corporal,  que  todos  los  testigos  sabían que el mareo podía ocurrir con excepción de  quien  practicó  el  examen  y  que  todos coincidieron en que todo el personal  médico  y paramédico tiene que estar enterado del mareo como riesgo previsible  de  la  hipotensión  postural  que  es consecuencia del cambio de posición del  cuerpo”.   

                      En  fin,  subraya  el  censor,  el juzgador incurrió en el yerro evidente de haber tenido  por  demostrado  algo  que  no  lo  estaba,  es  decir,  haber  concluido que la  actividad  de la demandada había sido diligente y cuidadosa, cuando en realidad  tales  calificativos  nunca se demostraron, sumado al hecho de haber considerado  que   el   mareo  ocurrido  momentos  después  del  cambio  de  posición,  era  imprevisible,  con  lo que rompió uno de los elementos de la culpa, esto es, la  previsibilidad.   

CONSIDERACIONES   

                      1. No son  pocos  los  contratos  que  presuponen  la  existencia  de  una  “obligación  de  seguridad” a cargo de  una  de las partes, en virtud de la cual el deudor está obligado a cuidar de la  integridad  corporal del acreedor o la de las cosas que éste le ha confiado, es  decir,  para  definirla  con palabras de la Corte, aquella por la cual “una de  las  partes  en  la  relación  negocial se compromete a devolver sanos y salvos  –ya sea a la persona del  otro  contratante  o  sus  bienes-  al concluir el cometido que es materia de la  prestación  a  cargo  de  dicha  parte estipulada, pudiendo tal obligación ser  asumida   en  forma  expresa,  venir  impuesta  por  la  ley  en  circunstancias  especiales  o,  en  fin,  surgir  virtualmente  del contenido propio del pacto a  través  de  entendimiento  integral  a  la luz del postulado de la buena fe que  consagran  con  notable amplitud los artículos 1501 y 1603 del Código Civil”  (sentencia de 1 de febrero de 1993).   

                     Como acaba  de   decirse,   ese   deber   puede  encontrar  válido  origen  en  la  expresa  estipulación  de  las  partes, las cuales, con fundamento en los dictados de la  autonomía  de la voluntad, se encuentran facultadas para convenir pactos de esa  especie,  en  cuyo  caso tal disposición podrá aludir tanto al contenido de la  obligación,  como  a  sus  alcances,  es decir, como adelante se puntualizará,  podrán  estas  acordar  que el deudor asuma simplemente una conducta ajustada a  las  exigencias  genéricas  de  prudencia  y  diligencia  o,  por el contrario,  subiéndole  el punto a su obligación, que éste se comprometa a garantizar que  no  acaecerá  ningún  accidente en el cumplimiento del contrato que lesione la  persona  o los bienes del acreedor, a menos que se derive de una causa extraña,  a  cuyos  efectos  exonerativos  puede, en todo caso, renunciar voluntariamente.   

                         Suele  suceder,  así  mismo,  que  aun  cuando  el mencionado deber de seguridad no se  encuentre  explícita  y  abiertamente  pactado  por  las partes, deba inferirse  mediante  la  cabal  interpretación  del  acuerdo  negocial; o puede acontecer,  igualmente,  como  ya  se dijera, que sea la ley la que lo imponga: o, en fin, a  falta  de  estipulación  contractual o legal, que la misma finque su existencia  en  la  naturaleza  del  contrato  ajustado entre ellas, en cuyo caso, este debe  inferirse  del  nexo  existente  entre  la seguridad del contratante o la de sus  bienes y la obligaciones a cargo del otro.   

                           Al  profundizar  en  el  examen  del  contenido y los alcances del referido deber de  seguridad,   se   advierte  que  el  mismo  puede  consistir,  como  ya  quedara  establecido,  en  la “obligación determinada” del deudor por medio del cual  éste  se  compromete  a  evitar que el acreedor sufra cualquier accidente en el  cumplimiento  del  contrato  que  lesione  su persona o sus bienes, salvo, claro  está,  los  originados  en fuerza mayor, culpa exclusiva de la víctima o de un  tercero.  En  esta  hipótesis,  como es obvio, ocurrido el daño, se presume la  culpa  del  deudor,  a  quien  incumbirá, por consiguiente, para librarse de la  subsecuente  responsabilidad  civil, demostrar alguna de las anteriores causales  de  exoneración,  relativas  a  la  ausencia  de  nexo  causal.  Esclarecedores  ejemplos  de  una  obligación de seguridad de este talante, se encuentran en el  contrato  de  transporte  (artículos 982, 1003 y 1880, entre otras, del Código  de  Comercio)  y  en el de depósito mercantil (artículo 1171 ejusdem), en este  último  caso  en  cuanto dicha obligación está estrechamente ligada con la de  restituir.   

                   Empero, como  igualmente  ya  quedara  anunciado,  el deber de seguridad puede trocarse, en un  “deber  general de prudencia y diligencia” encaminado a evitar la ocurrencia  de  cualquier  percance.  En  este  caso,  incumbe  al acreedor demostrar que el  deudor  desatendió  el  deber  a  su  cargo  y,  por  causa de su negligencia o  imprudencia, causó el daño alegado por aquél.   

                           La  importancia  de la distinción entre una y otra manifestación de la obligación  de  seguridad  radica  en que por razón de la misma se establecen, entre otros,  los  aspectos  relativos  al  contenido  del  deber  del deudor y la carga de la  prueba  en  el  proceso  respectivo;  empero,  es preciso advertirlo, establecer  dicha  diferenciación  es cuestión verdaderamente ardua cuando las partes o la  ley   no   la   han  fijado  expresamente.  Para  tal  efecto  suelen  tomar  en  consideración,  doctrina y jurisprudencia, diversos criterios, habida cuenta de  la  insuficiencia  o  complejidad  de uno solo de ellos; afloran entonces pautas  tales  como la aleatoriedad del fin último perseguido  por   el   acreedor,   conforme   a  la  cual  suele  considerarse  la  obligación  de  seguridad  como  un  mero  deber  general  de  prudencia  en aquellas hipótesis en las que la conducta del deudor se orienta a  la  “satisfacción  de  un  interés  de  obtención  incierta”, vale decir,  cuando  la  consecución  del  desenlace  deseado  por  el  acreedor  no depende  ordinariamente,  ni  de manera exclusiva de la diligencia del deudor, pues puede  acontecer  que a pesar de su esmerado empeño no se obtenga el desenlace querido  por  aquél,  por  causa  de  la frecuente intervención de factores de distinta  estirpe  que  se  escapan  a  su  control.  Contrariamente,  si son mínimas las  circunstancias  azarosas  que  pueden  frustrar  el  propósito  anhelado por el  acreedor,   ese  “riego  despreciable”  permite  atribuirle  al  deudor  una  obligación de seguridad determinada o de resultado.   

                      Del mismo  modo,  y  estrechamente  ligada  con  lo  anteriormente  dicho,  la participación  mas  o  menos  activa del  acreedor  en  el  cumplimiento de la obligación a cargo del deudor ha sido otro  de  los  criterios  tenidos  en  cuenta  para  efectos  de  resaltar  la anotada  distinción,  de  modo  que si aquél (el acreedor) juega un papel eminentemente  pasivo  en  los hechos es posible entender que el deber de seguridad a cargo del  deudor  suba  de  punto,  inclusive, hasta poder ser calificado como obligación  determinada  o  de  resultado,  al  paso que si interviene activamente, dado que  disminuye  el poder de control del deudor, se podría estar ante una obligación  genérica  de prudencia o diligencia. Más adelante se verá cómo este criterio  ha  sido  tenido  en  cuenta por esta Corporación en circunstancias similares a  las  de  este  asunto. En todo caso, valga la pena subrayarlo, suele decirse que  si  la  obligación  de  que se trate no es susceptible de una graduación “de  más   o   de   menos”,   no   puede  concebirse  como  de  mera  prudencia  y  diligencia.   

                   En fin, dada  la   innegable   dificultad  de  elaborar  soluciones  dogmáticas  generales  y  abstractas  e,  inclusive,  la  de  establecer  un  criterio  único o uniforme,  corresponderá  al juzgador analizar las particularidades de cada caso con miras  a  adoptar  cualquiera  de tales pautas que considere idónea para distinguir si  la  obligación  de  seguridad  a cargo del deudor contiene únicamente un deber  genérico  de  diligencia  o, por el contrario, el de evitar cualquier accidente  en  el  cumplimiento  del contrato que lesione a la persona del acreedor o a sus  bienes,  todo  esto,  claro  está,  cuando  las  partes o la ley no lo señalen  expresamente.   

                      2. Ya ha  tenido  oportunidad  la  Corte, en varias ocasiones, por demás, de señalar que  dentro  de  las  diversas  obligaciones  a  cargo  de  clínicas,  hospitales  y  entidades  de  asistencia  médica  de  similar  temperamento,  a  las cuales el  paciente  confía  el cuidado de su persona para efectos de que aquellas cumplan  los  deberes  a  los  cuales  se  han  comprometido,  existe  la  denominada  de  seguridad,  cuyas  características  más  sobresalientes  acaban  de exponerse.   

                      Ha dicho  esta  Corporación, que en los contratos relativos a la prestación de servicios  asistenciales   por   parte   de   entes   hospitalarios,   “…  por  fuerza  del  ameritado deber de procurar la seguridad personal  del  enfermo,  el centro asistencial ha de tomar las medidas necesarias para que  no  sufra  ningún  accidente en el curso o con ocasión del cumplimiento de las  prestaciones  esenciales  que  por  razón  del  contrato  dicho  centro  asume,  criterio  que la Corte ha aceptado en sus lineamientos básicos al declarar que,  de     cara     al    denominado    ‘contrato               de              hospitalización’,             ‘el  establecimiento contrae frente al  enfermo  una  obligación de seguridad que le impone la de evitar que le ocurran  accidentes  con  motivo  o  con  ocasión   del  cumplimiento del contrato,  obligación  que  comprende  también la de custodia y vigilancia si se trata de  establecimientos  para  enfermos  con  afecciones  mentales, pues en tal caso se  busca  la propia seguridad personal …’  (G.J.  T.  CLXXX, Pág. 421), identificándose así un imperativo  de  conducta  que  en  el  común  de  los  casos,  cuando  el  paciente  no  ha  desempeñado  función activa alguna en la producción del daño, constituye una  obligación   determinada   o  de  resultado,  mientras  que  en  la  hipótesis  contraria,  o sea cuando ha mediado un papel activo de la víctima en el proceso  de  causación del perjuicio, al establecimiento deudor tan sólo le es exigible  un  quehacer diligente y técnicamente apropiado, deber que se estima satisfecho  en  tanto  demuestre  que  el  accidente  acaecido  no  se debió a negligencia,  imprudencia  o  impericia  de  su  parte.  Todo  depende,  pues, de los factores  particulares  que  rodean  cada situación, factores circunstanciales que no son  siempre  iguales  y que, al fin de cuentas, son los llamados a fijar los deberes  y   graduar   la   diligencia   exigible,  siguiendo  un  método  que  antiguas  legislaciones  europeas  formulaban  diciendo  que  cuanto mayor sea el deber de  actuar  con  prudencia  y  pleno  conocimiento  de  las  cosas,  mayor  será la  obligación  que  se  desprenda  de  las consecuencias posibles de los hechos”  (casación           del           1°           de          febrero          de  1993).          

                    3.  Es  palmario,  por  consiguiente,  que hipótesis hay en las que el paciente confía  enteramente  su cuerpo al centro clínico u hospitalario en el cual se interna o  al  que  encomienda la práctica de diversos exámenes, y para cuya realización  queda  notoriamente reducida su libertad de obrar y, por ende, es mínima o nula  su  intervención  activa en los actos que al efecto ejecuta el establecimiento,  a  la  vez  que  los  accidentes  que entonces ocurran no pueden concebirse como  acontecimientos  cotidianos o frecuentes que conduzcan a pensar que, no obstante  el  diligente  empeño del deudor, la seguridad del examinado constituya un alea  que  escapa a su control, de frente a situaciones de esta índole, se decía, es  preciso  inferir  que  la  entidad  asistencial  asume  de manera determinada el  compromiso  de  evitar que el paciente sufra cualquier accidente, obligación de  la  cual  solamente  puede  exonerarse  demostrando que el mismo obedeció a una  causa extraña.   

                       Por  el  contrario,  ocasiones  habrá  en las que, dada la injerencia activa del usuario  en  los  hechos,  o la frecuente intervención de sucesos azarosos, la actividad  no  esté enteramente sometida al control de la institución, supuestos estos en  los  cuales,  subsecuentemente, la obligación de ésta solamente se concreta en  un deber de diligencia y prudencia.   

                          Sin  necesidad  de  entrar  a precisar en cuál de estas hipótesis pueden enmarcarse  los  hechos  que  singularizan  este  caso, fundamentalmente porque a ello no se  aplicó  el  recurrente  en  este  cargo,  advierte  la Corte que sale avante la  empresa  en  la  que éste se empeñó, y que consistió en demostrar que de las  pruebas  por  cuya  indebida apreciación se duele, bien podía colegirse que la  demandada  incurrió  en  culpa,  inferencia a la cual no llegó el Tribunal por  causa de los errores de hecho que se le imputan.   

                          3.1.  Ciertamente,   aseveró   el   sentenciador   que  la  tomografía  de  senos  nasales  no  es  un  examen riesgoso ni molesto para una  persona  en  buen  estado de salud, sin antecedentes de haber sufrido trastornos  cerebrales,  afecciones  cardiacas,  presión  alta  o  colesterol  elevado o de  hipotensión  postural,  dolencia  esta última a cuyas manifestaciones y causas  aludió  expresamente,  habiendo  reseñado que la misma guarda relación con la  vejez  del  paciente, motivo por el cual, cuando éste es de edad avanzada, como  lo  era  CÁRDENAS  LALINDE,  para  impedir  las  consecuencias  nocivas  de sus  síntomas,  quien realiza el examen, una vez terminado el proceso, debe regresar  la  camilla  a la posición inicial y tener la precaución de ayudar al paciente  a  incorporarse  y,  cuando se ha sentado, preguntarle cómo se siente, cómo le  pareció  el examen. Si manifiesta sentir algún malestar o tipo de mareo, se le  deja  acostado  mientras se recupera. Si dice sentirse bien, se le deja sentado,  mientras   él   se   calza   y   el   tecnólogo   revisa   las   tomas  en  la  pantalla.   

                      “Siendo  ello  así,  resulta  claro  que  si  un  paciente  de  edad,  que es totalmente  asintomático,  después del examen se incorpora y dice no sentir nada extraño,  no  es  previsible  que  pueda  repentinamente  marearse  después  o  perder el  equilibrio,  porque  no  hay  nada que alerte al paciente o al tecnólogo de que  posteriormente va a tener uno de esos cuadros.   

                        “Por  consiguiente,  como en el caso a estudio se trataba de un paciente que gozaba de  buena  salud,  que no había tenido mareo, síncope o enfermedad cardiovascular,  que  no hizo advertencia al tecnólogo de sufrir o haber sufrido alguna de estas  dolencias  y  en  la  orden  médica  que presentó para la práctica del examen  ninguna  advertencia  se  hacía al respecto, pero contaba con 69 años de edad,  sólo  era  previsible que debido al proceso de envejecimiento y al consiguiente  deterioro  de  la  actividad del sistema nervioso automático de tipo simpático  que  se  requiere  para  el  adecuado  control  de la presión arterial, pudiera  marearse  o presentar síntomas de mareo al incorporarse en la camilla. Por ello  el  tecnólogo estaba obligado a tomar las medidas de precaución antes anotadas  para    impedir   que   al   incorporarse   sufriera   mareo   o   perdiera   el  equilibrio.   

                          “Y  efectivamente   así   procedió,   pues  terminado  el  proceso  de  las  tomas  tomográficas,  regresó  la  camilla  a  su posición inicial, ayudó al señor  CÁRDENAS  LALINDE  a  incorporarse  y,  una  vez  estuvo  sentado le preguntó:  “cómo  se  siente,  como  le  pareció  el examen”, y él respondió que se  sentía  bien  y que le había parecido el examen más largo de lo que le había  dicho  que  se  iba  a  demorar. En vista de ello, como había pasado el momento  anterior  a  la  incorporación, que es cuando puede presentarse algún mareo, y  no  le  manifestó que sentía algún malestar o tipo de mareo, lo dejó sentado  en  la  camilla,  mientras  se  calzaba  y  él se dirigió hacia la consola del  tomógrafo  para  revisar  las  tomas en la pantalla, caminó por ahí cinco (5)  pasos  y  alcanzó  a observar que el señor CÁRDENAS LALINDE caía de espaldas  contra el piso”.   

                      Infirió,  entonces,  el  juzgador,  que  el  accidente  ocurrió  en circunstancias que lo  hacían  imprevisible,  ya  que  habiéndose  incorporado el paciente y habiendo  afirmado  que se sentía bien, e incluso, que el examen había durado más de lo  estimado,  no  era  previsible  que  le  fuera  a  dar  mareo, además que no se  demostró  la  existencia  de algún motivo que exigiera un cuidado diferente al  que  le  brindó  el  tecnólogo que practicó el examen. Significa lo anterior,  que  éste  “sí  fue  diligente y cuidadoso en tomar correcta y oportunamente  las  medidas  necesarias para evitar el riesgo de mareo por hipotensión que era  lo previsible en dicho caso…”.   

                   Y justamente  en  estas  deducciones  del  fallador radican los errores de facto trascendentes  que  la  censura  le atribuye, habida cuenta que no es cierto que el señor LUIS  CARLOS  DE JESÚS CANO RESTREPO, quien practicó el examen al fallecido CARDENAS  LALINDE,  hubiese  tomado todas las precauciones necesarias para impedirlo, pues  es  patente  que  ni  siquiera estaba enterado de que, por razón de la edad del  examinado,  o  cualquier otra predisposición originada en enfermedades de base,  podía  sufrir, al incorporarse, el desvanecimiento que, a la postre, padeció y  que  le produjo la caída cuyas secuelas son bien conocidas, motivo por el cual,  se  reitera,  si  desconocía que el paciente, por diversas causas, entre ellas,  la  vejez  podía  sufrir  mareos  al  levantarse, mal podía haber adoptado las  precauciones   necesarias   para   prevenir   sus   consecuencias;   amén  que,  contrariando  la  prueba  testimonial  que adelante se reseñará, consideró el  sentenciador  que preguntarle durante breves instantes al paciente por su estado  era   suficiente   precaución   contra   las  secuelas  de  la  “hipotensión  postural”.   

                      3.2.  En  efecto,  en  la  declaración  rendida  por  el  mencionado  testigo (folio 11 y  siguientes  del cuaderno 4), relató que “… en concreto con don LUIS EDUARDO  hice  toda  la  rutina como lo hago con todo el mundo, lo dejé sentado mientras  se  organizaba y él en ningún momento me expresó que tenía algún malestar o  algún  tipo  de  mareo,  nunca  me dijo a mi nada. Si él hubiera dicho hubiera  tomado  las precauciones del caso, lo hubiera dejado acostado mientras le pasaba  el  malestar;  me  fui  a  terminar  el  proceso  en  el aparato, como ya había  finalizado  de  reconstruir  finalizar  (sic.) el examen, caminé por ahí cinco  pasos  para  ir  a  la  consola  del topógrafo (sic.) y mi vista periférica me  mostró  que  don  LUIS EDUARDO se iba de espaldas, yo no pude hacer nada porque  no  alcanzaba.  – Ya lo vi  en   el   suelo,  le  pregunte  que  qué  le  pasó  y  me  dijo:  ‘me    dio    un   mareo’; llamé a la gente, al médico, a la  enfermera,  y  ya  vinieron todos, lo levantamos, lo pusimos en una camilla y lo  llevamos al servicio de urgencias”.   

                       Al  ser  interrogado  sobre  la conversación que sostuvo con la víctima “al salir del  tubo”  donde  se  le  practicaba  el examen, respondió que “…le pregunté  cómo  se siente, cómo le pareció el examen, esa es la conversación de rutina  cuando  se  hace  este  examen.   El  me  dijo: que se sentía bien, que le  había  parecido  más  largo  de  lo  que  yo  le  había  dicho  que  se iba a  demorar”.   

                       Al  ser  preguntado  sobre  si  había conocido de accidentes parecidos a este, contestó  que  “…  no,  nunca en los siete años que llevo trabajando en esto, ni a mi  ni  a  ningún  otro  compañero”.  Y  al  ser  inquirido respecto de si en su  capacitación  profesional  eran  instruidos  para  evitar accidentes como este,  respondió  que  “  …  es  que  eso  no  necesita  capacitación, eso es una  cuestión  de  criterio  profesional, cada cual o nosotros los que trabajamos en  la  parte  de  salud  debemos  velar  por  la seguridad del paciente, la idea es  esa”.   

                   Cuando se le  preguntó  si  recordaba  haber indagado al paciente LUIS EDUARDO CARDENAS sobre  si   sentía   mareos,   contestó:  “yo  nunca  le  pregunté  eso,  eso  no hace parte de la rutina de ese examen …Este examen no  tiene  por  qué  producir  mareos.-  Cuando  hacemos  exámenes  con  medios de  contraste  pueden  haber  algunos inconvenientes como el mareo pero el examen de  don   LUIS  EDUARDO  era  sin  medio  de  contraste.-  PREGUNTADO:  han  hablado otros testigos del fenómeno conocido en medicina como  HIPOTENSIÓN  POSTURAL  sabe  usted  en  qué  consiste  ese término? CONTESTA:  “no,  eso le corresponde es ya como a los médicos,  no  se”.  Finalmente, se le preguntó si sabía  que  como  consecuencia  de  los  cambios  de  posturas, era posible una baja de  presión,   respondió:  “probablemente,  no  estoy  seguro”.   

                   Es palmario,  entonces,  que  el técnico encargado de practicar el examen a CARDENAS LALINDE,  desconocía  que,  por  razón  de su edad, o cualquier otra predisposición, el  paciente  podía sufrir mareos al incorporarse, motivo por el cual no es posible  que  hubiese  adoptado  las  precauciones  necesarias  para impedir sus nefastas  consecuencias.  Y es que no  puede  olvidarse,  y  así  lo infirió el juzgador ad  quem,  que conforme a la prueba recibida (v. gr., los  testimonios  de  Sergio  Alberto  Vargas Vélez, Darío Humberto Patiño Moreno,  José  Rodrigo  Restrepo  González,  Rafael  Guillermo  Villavicencio  Tirado y  Alejandro  Echevarria  Restrepo),  que  dada  la  edad  de  CARDENAS LALINDE (69  años),   era   previsible  que  sufriese  mareos  o,  inclusive,  síncope,  al  incorporarse  una vez concluido el examen, motivo por el cual quien lo practicó  debió  adoptar  las  precauciones  para  impedir un accidente como el que, a la  postre  ocurrió,  máxime  si se tiene en cuenta que para la práctica de dicho  estudio  el paciente permanece acostado en la mesa del tomógrafo por espacio de  15  a  20  minutos,  tiempo  que  dura  la   realización del mismo, según  explicaron  los  médicos radiólogos que declararon en el proceso  (folios  5 vuelto, 8 y 21 del cuaderno No.4 del expediente).   

                   3.3. Si CANO  RESTREPO,  quien  fuera  el técnico encargado de realizar el mencionado examen,  desconocía  las posibilidades concretas en las que se encontraba su paciente de  sufrir  mareos  al  incorporarse  una vez concluido el examen, mal podría, a su  vez,  haber  aguardado  al  lado  de  éste el tiempo necesario para impedir sus  secuelas.  Al ser preguntado el Dr. RAFAEL GUILLERMO VILLAVICENCIO TIRADO (folio  42  del cuaderno 3) sobre el tiempo que era prudente esperar luego de adoptar el  paciente  la posición de sentado para descartar el mareo, contestó: “se debe  esperar  por  lo  menos unos dos minutos”. Más adelante precisó que, sufrido  el    mareo,   el   paciente   tarda   entre   cinco   a   diez   minutos   para  recuperarse.   

Puesta  en  evidencia  la culpa del referido  técnico  y  estando  claro que éste presta su servicio a la entidad demandada,  ineludible  se  impone  concluir  que esta responde por los actos negligentes de  aquél.   

                     Como tales  aspectos  fácticos  fueron  soslayados  por  el  sentenciador,  no  obstante la  trascendencia  de  los  mismos,  se impone casar la sentencia para, en su lugar,  proferir la siguiente   

                   1. Pidió la  actora  en  el  libelo  incoativo  del  proceso,  que se declarara a la sociedad  demandada  “civilmente  responsable  de  todos  los daños y perjuicios que le  causó  a  Luis Eduardo Cárdenas Lalinde y María Elva Palacio Marín en razón  de  la  actitud  negligente  de su personal,” lo que originó, a la postre, la  muerte  del  primero  de  ellos; y que, en tal virtud, se le condenase a pagar a  MARÍA  ELVA  PALACIO  MARÍN,  “quien  pide  para  la  sucesión de su finado  esposo,  una suma en moneda colombiana equivalente a mil (1000) gramos oro, como  indemnización  por  los  perjuicios  morales  que se le causaron a Luis Eduardo  Cárdenas  Lalinde”.  Así  mismo,  obrando  ya la actora en su propio nombre,  pidió  que  la  demandada  fuese condenada a pagarle la suma equivalente a 1500  gramos  oro, por concepto de perjuicios morales que se le causaron con la muerte  de  su  esposo,  junto con otros valores relativos al daño emergente y el lucro  cesante derivados de la muerte de su cónyuge.   

                          Como  diáfanamente  se advierte, la demandante reclama, de un lado, para la sucesión  de  Cárdenas  Lalinde  (iure hereditatis),  la  indemnización del perjuicio moral que su esposo padeció al  verse  postrado e impedido por causa del accidente, así como los sufrimientos y  dolores  que  lo  acongojaron  hasta  su  fallecimiento,  y  de  otro,  para sí  (iure    proprio),   el  perjuicio  que personalmente sufrió por causa del fallecimiento de aquél. Y no  advierte  la  Corte,  hay  que  decirlo  sin  ambages,  que  esa acumulación de  pretensiones  violente  las  reglas  procesales  que regulan la materia y, mucho  menos, las sustanciales que gobiernan la responsabilidad civil.   

                       No estas  últimas  porque  si bien los hechos que soportan ambas reclamaciones fueron los  mismos,  los  daños  no  lo  son;  la  demandante está cobrando dos perjuicios  distintos   mediante  sendas  “acciones”  de  las  cuales  es  titular;  tampoco   ha   confundido   el   objeto   de  cada  pretensión,  toda  vez  que  contractualmente   está  cobrando  el  perjuicio  sufrido  por  su  causante  y  extracontractualmente   el   personal.                               

                     Por lo  demás,  no  se advierte que en asuntos como el de esta especie exista norma que  impida  esa  modalidad  de  acumulación  de  pretensiones  ni  ella repulsa las  prescripciones  del  artículo 82 del Código de Procedimiento Civil que regulan  la materia.            

                     2.  La  responsabilidad   de  la  entidad  demandada  quedó  debidamente  definida  en  los  términos  anotados precedentemente, esto es, al  desatar el recurso de casación.   

                                             Relativamente  a  los  perjuicios que se reclaman para la sucesión  de Luis Eduardo Cárdenas Lalinde, se tiene lo siguiente:   

                   2.1. Para  probar  la  calidad  de  heredera  aducida  por  ella,  la  actora aportó copia  auténtica  del  registro  civil de matrimonio (folio 1 del cuaderno), documento  que  acredita  que  fue  la  cónyuge  del  causante,  razón  por la cual tiene  vocación  hereditaria  conforme  a  la  prescripción contenida en el artículo  1047  del  Código  Civil, modificado por el artículo 6° de la ley 29 de 1982.   

                  2.2. Está  demostrado,  así mismo, que la demandada es persona jurídica (folio 24 ídem),  propietaria  de  la  Clínica  Las Vegas (folio 29), a través de la cual presta  servicios  médicos  y  hospitalarios,  y  a la cual compareció voluntariamente  Cárdenas  Lalinde  con  el fin de practicarse un examen denominado TAC de senos  paranasales,  el  que, a la postre se practicó, hecho al cual aluden casi todos  los testigos y es admitido por la demandada.   

                       2.3.  Colígese,  por  las mismas razones, amén que no fue negado por las partes, que  la   relación  surgida  entre  el  paciente  y  la  demandada  fue  de  estirpe  contractual,  y  que esta última incumplió la obligación de seguridad que, en  las  precisas  circunstancias  en  las  que  se  desarrolló  en  este  caso  la  prestación del servicio hospitalario, estaba a su cargo.    

                   2.4. No cabe  duda,  de  otro  lado, que la deplorable situación a la que quedó reducido don  Luis  Ernesto  debió  provocarle  un profundo dolor. Por supuesto que semejante  condición  causa  una  innegable aflicción a quien, como él, ingresó por sus  propios  medios  y  en  buen  estado de salud a la clínica, y por un deplorable  descuido  se  ve  parapléjico, a la vez que, dadas las múltiples consecuencias  de  su  lesión,  percibe  cómo  se  le  escapa  rápidamente  la vida, estando  plenamente consciente de su estado.    

                     Como el  paciente  falleció  sin  haber  reclamado  tal  indemnización, transmitió ese  derecho  a  sus  herederos,  en  este caso su cónyuge (folio 1 del cuaderno 1),  quien  pide  para  su sucesión. No advierte esta Sala reparo alguno respecto de  la  posibilidad  de transmitir tal derecho, pues “el crédito a la reparación  o  compensación  del  daño a la actividad social no patrimonial y el del daño  moral  propiamente dicho, aceptando su transmisibilidad por no estar excluida ni  tratarse  de  derechos  ligados  indisolublemente  a  la  persona  de su titular  originario,  no se trasladan a los herederos sino en cuanto el causante alcanzó  a   adquirirlos,   es  decir,  cuando  superviviendo  alcanzó  a  padecer  esas  afectaciones.  Que  si  la  muerte  fue instantánea o inmediata, el crédito no  surgirá  para  el  occiso,  y  no  podría  pronunciar  condena  a  favor de la  sucesión  del  mismo,  y los herederos podrán entonces reclamar resarcimiento,  pero  sólo  por  derecho  propio,  en la medida que demostraran quebranto de su  individualidad  y  con  él  se  hiciera  presente  su  padecimiento  afectivo o  sentimental,  habida consideración de los estrechos vínculos que los ataban al  muerto  (casación del 20 de octubre de 1942; LIV, bis, 189-194), justificativos  de dicha aflicción y consiguiente derecho” (G.J. CXXIV).   

                    Así las  cosas,  habrá  de  imponerse a la demandada la condena de pagar la suma de OCHO  MILLONES  DE  PESOS  por concepto del perjuicio moral padecido por el causante y  quien,  por  no haberlo reclamado en vida, transmitió ese derecho patrimonial a  sus herederos.   

                    3. En punto  de  los perjuicios personales reclamados extracontractualmente por la demandante  se tiene:   

                                 3.1.  Reclamó ésta el pago del lucro cesante,  daño  que hizo consistir en la pérdida de la ayuda económica que su fallecido  cónyuge  le  proporcionaba  y  que éste, a su vez, derivaba de la pensión que  devengaba  del  Social Security de los Estados Unidos de Norteamérica, la cual,  según lo sostuvo, dejó de causarse a raíz de su deceso.   

                    La víctima  devengaba  una  pensión  del  gobierno  de  los  Estados  Unidos  y al fallecer  terminó  dicho  beneficio,  tal  como  emerge  de  los documentos que reposan a  folios  19  y  21  del  cuaderno  No.1 del expediente, cuyas traducciones fueron  aportadas;  igualmente,  se  tiene  que  la  declarante  María  Eugenia  Upegui  González  manifestó no constarle si la aludida pensión se la están pagando a  María  Elva  Palacio Marín pero que lo cierto es que ella   “está  viviendo  de  lo  que  le  manda la mamá de Bogotá, además, agregó, “no le  conozco  bienes ni rentas, ni acreencias, lo peor es que ella no trabaja ni hace  nada”.   Adicionalmente, advierte la Sala que los hechos relacionados con  la referida pensión no fueron discutidos por la parte demandada.   

                   Puestas así  las  cosas,  procede  reconocer la indemnización pedida por lucro cesante, para  cuya   cuantificación  se practicó en primera instancia la experticia que  obra  a  folios  57  a  66 del cuaderno No.3, en la que los peritos tomaron como  monto  de  la  pensión  devengada por el difunto la suma señalada en el libelo  introductor,  esto  es  US  $842;  empero,  lo  cierto  es  que  conforme  a  la  comunicación  proveniente  del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los  Estados  Unidos   -Administración  de  Seguros  Sociales-  Oficina de  Incapacidad   y   Operaciones   Internacionales    (F.19  C.-1),  cuya  traducción  aparece a folio 30 del cuaderno No.3 del expediente, la cuantía de  la  mesada  pensional  del  señor  Cárdenas  Lalinde, ascendía solamente a US  $796,  razón  por  la  cual  la  Sala desatenderá, en ese punto, el mencionado  dictamen  y  en su lugar, procederá a elaborar la correspondiente liquidación,  siguiendo  muy  de cerca, para tal efecto, los lineamientos que con el mismo fin  se  tuvieron en cuenta en las sentencias proferidas el 30 de junio de 2005   (Exp.  No.1998  –  00650  01),  el 5 de octubre de 2004  (Exp. No.6975)   y el 7 de octubre  de 1999  (Exp.No.5002).   

                          Para  alcanzar  el  aludido cometido es oportuno precisar que la víctima falleció el  12  de julio de 1995, conforme se demostró con el certificado de defunción que  obra  a  folio  22  del  cuaderno  principal.  Igualmente, que el valor del  dólar  para  el  12  de  julio  de  1995, a la tasa representativa del mercado,  correspondía  a  $897.51.  Es  palpable, en ese orden de ideas, que la pensión  mensual  devengada  por  Cárdenas  Lalinde,  equivalía  a  $714.417.96  de esa  época,  monto  este  que actualizado, esto es, multiplicado por 2.803, guarismo  determinado  para  tal  fin por el Banco de la República, arroja como resultado  la   suma   de   $2.002.013.45,  cantidad  que  representa  el  ingreso  mensual  actualizado de la víctima.   

         

                       3.2.  Por  otra parte, y como quiera que, según se infiere  del  testimonio  de  María  Eugenia  Upegui González, la víctima destinaba su  pensión  para  solventar  sus  gastos  personales y los de su cónyuge, resulta  prudente  y  equitativo  estimar  que  aquél  dedicaba el 50% de su mesada para  atender  las necesidades de la demandante, es decir, la suma de $1.001.006,72. Y  como  al finar Luis Eduardo Cárdenas Lalinde  tenía una esperanza de vida  de  13.  35  años   (Resolución  No.0497  del  20  de  mayo  de 1997, que  modificó  la  Resolución No.0585 del 11 de abril de 1994, que obran a folios 1  al  8 del cuaderno No.3 del expediente), ello significa que María Elva Palacios  Marín  dejó  de  percibir  esa  entrada  hasta  el  12  de  noviembre de 2008.   

                      3.3. Con  miras  a determinar el lucro cesante pasado, se multiplicará el valor del monto  indemnizable  por  el factor correspondiente a 121 meses en la tabla que ha sido  acogida  en  ocasiones anteriores por la Corte, lo que se expresa en la fórmula  VA  =  LCM  X  Sn,  en  la  que  VA  es  el  valor  actual del lucro cesante pasado total, incluidos  intereses  del  6%  anual;  LCM es el lucro cesante mensual actualizado, y Sn el  valor   acumulado   de  la  renta  periódica  de  un  peso  que  se  paga   “n”    veces   a   una   tasa   de   interés   “i”   por  período.   

                      El factor  Sn, por su parte, se obtiene de la siguiente fórmula matemática:   

                      Sn = (1+  i)  a la n exponencial -1   

                                                      I   

Operación   que  arroja  la  cantidad  de  $164.429.568,75   en   la  cual  estaría  representada  la  condena  por  dicho  concepto.   

                   3.4.  Y  para   establecer   el   monto  de  la  indemnización  a  favor  de  la  viuda,  correspondiente   al   lucro   cesante  futuro,  la  fórmula  utilizada  en  el  procedimiento  elegido,  tiene  como  bases, de una parte, el monto indemnizable  actualizado  y,  de  otra,  la  deducción  de  los intereses por el anticipo de  capital,  obtenido  a  su  vez  mediante otra cuyo resultado reflejan las tablas  financieras  ya  nombradas,  expresándolo  mediante un índice fijado en exacta  correspondencia  con el número de meses de duración del perjuicio reflejado en  esa  unidad  de  tiempo,  prescindiendo  para  ello  de  las unidades decimales,  mediante  la  aproximación  o reducción a la unidad entera más cercana.   La  multiplicación  de los dos indicados factores  (monto indemnizable por  el  índice referido de deducción de intereses del 6% anual, por el anticipo de  capital)  arroja el monto buscado.   

                   En tal orden  de  ideas  se  tiene  que  el  tiempo  de  duración futura de la indemnización  corresponde  al  número  de  meses   (39)  comprendido entre el 12 de  agosto  de  2005  y  el 12 de noviembre de 2008, fecha probable de la defunción  del  señor Cárdenas Lalinde  (calculada según la edad que tenía para el  día  del  trágico  suceso).  Así, ese lucro cesante futuro obedecería a  la  fórmula  VA  =  $1.001.006,72  X 36,2669 =  $36.303.410,77.   

                   La sumatoria  del  lucro  cesante  consolidado  ($164.429.568.75)  y el futuro   ($36.303.410.77)    equivale  a  la  suma  de $200.732.979.52. Empero,  como  la  demandante  limitó  en  la demanda la condena por estos aspectos a la  suma  de  $45.000.000,oo monto este que debidamente indexado, como igualmente lo  solicitó,  corresponde  actualmente  a la cantidad de $126.103.500,oo la Corte,  en  aplicación  del principio de la consonancia de la sentencia, a este último  monto limitará la condena que habrá de imponerse a la demandada.   

                   3.5. De otro  lado,  no  obra  en el expediente, relativamente al daño emergente reclamado en  la  demanda,  elemento  de  convicción  alguno que demuestre fehacientemente su  existencia.  Ciertamente,  la  fotocopia  informal de la certificación expedida  por  el Gerente de la Funeraria Betancur y Cía Ltda., sobre la cancelación por  la  actora  de  los servicios fúnebres de la víctima,  allegado con   la  demanda  carece  de valor probatorio, habida cuenta que está desprovista de  autenticidad,  pues no fue expedida con sujeción a lo dispuesto en el artículo  254    Ibídem.       

                        Y  con  relación  a  los  gastos   “adeudados”  a la clínica,  cuyo  reconocimiento  igualmente  pretende la actora, resulta patente, de un lado, que  en  la  demanda afirmó que aquella no había efectuado erogación alguna en tal  sentido  y,  de  otro,  que  de todas maneras en el transcurso del proceso no se  aportó  prueba  alguna  que  conduzca a inferir que María Elva ya canceló tal  obligación.                                 

                      3.6. Por  último,  es  innegable  que  el  accidente  sufrido por Luís Eduardo Cárdenas  Lalinde  y  las  funestas  consecuencias  que de él se desencadenaron, causaron  gran  aflicción  a  la  demandante María Elva Palacio Marín, quien, por ende,  debe  ser resarcida del perjuicio moral subjetivo cuya indemnización igualmente  solicitó.  Al  respecto  no  debe  olvidarse que, conforme lo atestiguó María  Eugenia  Upegui  González,  a  la  víctima y a la actora no sólo las unía el  vínculo   matrimonial   sino   una  magnifica  relación   de  pareja  que  intensificó  el  afecto  entre  ellos,  por  lo  que  es  apenas natural que el  padecimiento  de  su  esposo,  el  gradual  deterioro de su salud y su posterior  óbito  produjeron  un  perjuicio que debe ser indemnizado y que en el asunto de  esta  especie  resulta particularmente agravado por las condiciones de soledad y  desprotección  en  las que ella quedó; desde luego que la demandante, también  persona  de  edad,  estaba recién llegada al país, frecuentaba un muy reducido  círculo  social y dependía fundamentalmente en lo material y lo afectivo de su  cónyuge.   

                      En  esas  condiciones,  se  abre  camino  el  resarcimiento  del perjuicio moral subjetivo  padecido  directamente  por  la  demandante,  por  lo  que  se  condenará  a la  demandada  a  pagar  por  tal concepto la suma de quince millones de pesos   ($15.000.000).   

                      3.7   Resta  por  precisar  que, conforme lo muestra el cuadro clínico, y lo aseveró  el  testigo  Dr.Rafael  Guillermo Villavicencio Tirado la grave situación en la  que  quedó  postrado  el  señor  Cárdenas  Lalinde por causa del accidente lo  condujo  a  su  fallecimiento.   En  efecto,  expresó  el referido testigo  técnico     “quiero   aclarar  que  la  lesión  de  la  columna  cervical  es una situación muy grave que deteriora el  funcionamiento  respiratorio, el funcionamiento cardíaco, el funcionamiento del  TRACTO       –  GASTROINTESTINAL,  DEL TRACTO:  GENITURINARIO, y expone al paciente a todas  las  complicaciones  que  se  pueden  originar  del  reposo  prolongado  en  una  cama.   Quiero  aclarar que secundariamente a su lesión de la columna y de  la  medula  espinal,  el paciente tenía muy limitada su capacidad respiratoria,  su  capacidad  para  toser  y  para expectorar las secreciones y que todos estos  factores  facilitaron  que  se  presentase  la infección del parenquimapulmonar  (sic)   o  sea  la neumonía.  A partir de esta neumonía, el paciente  evidencia  una  infección  generalizada  o  sepsis  y  finalmente  se altera el  funcionamiento de todos los órganos vitales”:   

                    En armonía  con  lo expuesto, se revocará la sentencia apelada y, en su lugar, se acogerán  las    pretensiones    de    la    parte   actora   en   los   términos   antes  referidos.   

DECISIÓN  

                     En mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil,  administrando  justicia  en  nombre de la República de Colombia y por autoridad  de   la   ley,   CASA  la  sentencia  proferida  el  14  de  marzo  de  2000,  por el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  dentro  del  proceso ordinario promovido por  MARIA  ELVA  PALACIO  MARÍN  contra INVERSIONES MEDICAS DE ANTIOQUIA S.A., y en  sede de instancia   

RESUELVE  

                       REVOCAR  la  sentencia emitida, el 23 de abril de 1999, por el  Juzgado  2º  Civil  del  Circuito  de Medellín y, en su lugar, se DISPONE:   

                                             Primero.-        Declarar  que  la  sociedad  INVERSIONES  MEDICAS   DE   ANTIOQUIA,  propietaria  del  establecimiento  de  comercio   “Clínica  Las  Vegas”, es responsable de los daños y perjuicios causados a  Luís  Eduardo  Cárdenas  Lalinde  y María Elva Palacio Marín, por los hechos  que han quedado expuestos.   

                                             Tercero.-        Condenar   a   la  aludida  sociedad  a  cancelar  a  la  demandante  María  Elva  Palacio  Marín la cantidad de QUINCE  MILLONES  DE PESOS  ($15.000.000)  M/cte., como indemnización por los  perjuicios  morales  que  le  fueron  causados  directamente en los hechos aquí  debatidos.   

         

                                             Cuarto.-         Condenar a la sociedad demandada a pagar  a  la  actora  María  Elva Palacio Marín la suma de CIENTO VEINTISEIS MILLONES  CIENTO  TRES  MIL  QUINIENTOS  PESOS   ($126.103.500,00)  M/cte., como  indemnización  por  el  daño  material,  en la modalidad de lucro cesante, que  sufrió a raíz de los hechos en referencia.   

                                             Quinto.-     Negar    la   cuarta  pretensión  de  la  demanda,  esto  es  la  condena  al  pago de los perjuicios  materiales,  en  la  modalidad  de  daño  emergente,  por  las  razones  que se  expusieron en la parte motiva de este fallo.   

                                             Sexto.-   Condenar  en  costas  de  ambas instancias a la parte demandada.  Tásense.   

                                             Séptimo.-  Sin costas en casación  por la prosperidad del recurso.   

NOTIFÍQUESE.  

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁQUEZ   

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

    

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