SC 136 2005 [7901]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-136-2005 [7901]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado  Ponente   

CARLOS  IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

Bogotá D. C., veintiocho (28) de junio de dos  mil cinco (2005)   

Ref. Expediente No. 7901  

Decídese el recurso de casación interpuesto  por     la     señora    GLORIA    MARIA    CARMONA  HERNANDEZ,  en  nombre  y  representación  de su hijo  ALEJANDRO CARMONA HERNÁNDEZ,  respecto  de  la sentencia proferida el 14 de septiembre de 1999 por el Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  Sala  de  Familia, dentro del  proceso  ordinario  de  investigación de paternidad promovido por la recurrente  contra      el      señor     GABRIEL     RESTREPO  SANTAMARIA.   

ANTECEDENTES  

1.    Ante  el  Juzgado  Tercero de  Familia  de  Medellín,  solicitó  la  parte demandante que se declarara que el  menor  Alejandro Carmona Hernandez, nacido el 29 de junio de 1994 en esa ciudad,  era  hijo  extramatrimonial  del  demandado;  que  se  corrigiera,  por ende, el  correspondiente  registro  civil  de  nacimiento de aquel; que se fijara la suma  correspondiente  a  los  alimentos  definitivos  a  cargo  del  señor  Restrepo  Santamaría,  en  la  cuantía  de  ley, y que se condenara en costas a la parte  demandada.   

2.    Como  supuestos fácticos, se  afirmaron los siguientes:   

2.1.            A   mediados   del   mes   de  octubre  –no  se mencionó el año-  la   señora   Gloria   María  Carmona  conoció  al  señor  Gabriel  Restrepo  Santamaría   en   el   restaurante   “La  Creperie”,  por intermedio de la administradora de tal establecimiento.   

2.2.           La  señora Carmona y el señor Restrepo  se  convirtieron  en  amigos, pero debido al poco tiempo que el demandado tenía  como  Gerente  Comercial  de  Enka,  se  veían  esporádicamente  en  el  café  “Allegro”, ubicado en el  sector de Laureles.   

2.3.          El día 20 de noviembre de 1992, fecha de  cumpleaños  de  la demandante, el señor Restrepo la llamó en varias ocasiones  y,  en  horas  de la noche, acudió a su casa, para de allí salir con destino a  la  de  Adriana   Freydell  y  Mauricio  Vélez Upegui, en donde celebraron  juntos.   

2.4.          En  1993 se incrementaron los viajes del  demandado  al  exterior,  lo  que  no  fue obstáculo para que aquel la siguiera  llamando telefónicamente.   

2.5.          El  1°  de  octubre  de 1993, el señor  Restrepo   invitó  a salir a la demandante, a quien recogió a las 9:30 de  la  noche,  para  dirigirse  a  la  Discoteca  del  Hotel Intercontinental “El  Portal”  y  luego  al  Motel “La Suite”  del  municipio  de La Estrella, en donde sostuvieron relaciones  sexuales.   

2.6.           Como   la   señora   Carmona   quedó  embarazada,  le  comunicó  tal  circunstancia  al demandado el 28 de octubre de  1993,  en  su oficina en Enka S.A., ante lo cual él respondió “que no estaba  preparado  para ser papá, que no tenían una relación estable” y que si ella  tomaba  la  decisión  de  no  tenerlo,  él  la apoyaba; que si no era así, no  contara con él (fl. 7, cdno. 1).   

2.7.          El  29  de junio de 1994 nació el menor  Alejandro  Carmona  Hernandez,  hecho  del que se enteró el demandado gracias a  una  llamada  de una amiga de la madre, de nombre Margarita Rosa Arrendondo, sin  aceptar  la  paternidad  o colaborar económicamente; por el contrario, expresó  que solo ayudaría si era obligado por un juez.   

3.            El  demandado  contestó  la demanda con  oposición  a  las  súplicas  en  ella  formuladas  y  negó la mayoría de los  hechos.   

4.             La  sentencia  de  primera  instancia,  estimatoria  de  las  pretensiones,  fue  revocada  por  el Tribunal Superior de  Medellín  mediante la suya de fecha 14 de septiembre de 1999, que no accedió a  declarar la filiación impetrada.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

Señaló  el juzgador de segundo grado que la  pretensión  de filiación requiere para su prosperidad la prueba del nacimiento  del  demandante, la fecha en que ello ocurrió, la maternidad y la ocurrencia de  relaciones  sexuales  en  la  fecha  en que se presume la concepción del menor.   

Expresó  a  continuación  que  la causal de  paternidad  invocada  por el peticionario, era la prevista en el numeral 4º del  artículo  6º de la Ley 75 de 1968, tras lo cual precisó que estaba demostrado  el  hecho  del  nacimiento  del  menor  y que su madre era la señora Carmona; y  después  de  aludir  a  los  testimonios  de  Adriana  Gabriela Freydell Chica,  Mauricio  Vélez  Upegui, Sandra Patricia e Ivonne Jaramillo Cardona y Margarita  Rosa  Arredondo  Martínez,  manifestó  que  no  revelaban “un trato íntimo,  continuo,  preferente,  personal  y  social” entre el demandado y la madre del  menor,  del  cual  “se  pueda  inferir la existencia de relaciones sexuales, y  menos  aún,  que  tales hechos hubiesen sucedido por la época que comprende la  de la concepción del menor” (fl. 33, cdno. 5).   

Se refirió luego a la conducta observada por  el  demandado  para la realización del examen previsto en el art. 7º de la ley  75  de  1968,  que  denominó  “extrema  contumacia”,  para  destacar que se  fijaron  seis  fechas  diversas  sin que el señor Restrepo hubiere concurrido a  ellas,  comportamiento  procesal  que, no obstante, no podía servir como prueba  de  la  paternidad,  sino  de mero indicio, que consideró insuficiente, en todo  caso,  para  condenar  al  demandado,  en  vista  de  la  vaguedad  de la prueba  testimonial.   

LA DEMANDA DE CASACION  

Dos  cargos  se  formularon  en  contra de la  sentencia  del  Tribunal,  el  primero  con  fundamento  en  la causal quinta de  casación  y  el  segundo  con  apoyo  en  la primera, aunque sólo fue admitida  aquella censura.   

CARGO  PRIMERO   

Según   el   censor,  se violó el  artículo  228 de la Carta Política de 1991, porque el Magistrado ponente, “a  pesar   de   haber  DECRETADO  la  práctica  de  la  prueba  genética  en  dos  oportunidades”,  no  la  practicó,  dejando de lado lo prescrito en esa norma  con  relación a que “Los términos procesales se observarán con diligencia y  su  incumplimiento  será sancionado”, amén de que era deber del ad  quem  efectuar todo lo necesario para  la práctica de ese examen.   

Con este mismo argumento,  afirmó que el  Tribunal  desconoció  el  artículo  29  del  ordenamiento constitucional, pues  debió   no   solo   practicar   la   prueba,   sino,   además,   sancionar  al  demandado.   Así  lo  entendieron –afirmó-  los  demás  miembros de la Sala que conocieron en segunda  instancia el proceso, al aclarar su voto.   

Respecto  del  artículo  44  de  la  Carta  Política,  indicó  que  se  privó al menor del derecho a la filiación y a un  nombre  cierto,  como  atributo de la personalidad, en tanto se le reconoció al  demandado  con  base  en  el  artículo  19  de  la  Carta Magna, la libertad de  conciencia  para  no practicarse la prueba genética en el proceso, en contra de  los derechos del menor.   

Finalmente,  en  cuanto  a  la violación del  artículo   140   –numeral  sexto-  del  Código  de Procedimiento Civil,  el recurrente manifestó que  ella  se  presentó  por haberse omitido de manera injustificada la práctica de  la  prueba  de  ADN,  muy  a pesar de haber sido decretada, lo cual comportó al  desconocimiento  de  lo  establecido  en  el artículo  7º de la Ley 75 de  1968.   

CONSIDERACIONES   

1.            En orden a resolver la censura formulada  contra  la  sentencia  del  Tribunal,  es  indispensable que la Corte acometa el  análisis  de  varios  aspectos  constitucionales  y  legales  vinculados  a  la  práctica  de  la  prueba  genética  en  procesos  de filiación, en cuanto son  necesarios  para  establecer  si  el  hecho  de haberse omitido su ordenación y  recaudo,  configura  un  vicio  de  nulidad  procesal,  como  en  efecto así lo  entiende la Sala, motivo por el cual casará el referido fallo.   

          1.1.                      El   derecho   a  probar  en  los  procesos  de  impugnación e investigación de la paternidad o maternidad.   

1.1.1.          Es diamantino que el proceso civil, desde  la  perspectiva  del legislador patrio, no se concibe como un contencioso que se  limita  simple  y  formalmente a rodear de garantías una disputa privada de las  partes,  en el que, por tanto, la decisión judicial está librada a las mayores  o  menores  habilidades de los litigantes, sino que obedece a caros y arraigados  principios  “como  los  de  la  cooperación  procesal,  la adquisición de la  prueba,  el  compromiso  de  los  jueces  con  la verdad jurídica objetiva y el  ejercicio  responsable de la jurisdicción” (Sent. de 24 de noviembre de 1999;  exp.:  5339),  todos  ellos  engastados  en  una  Constitución  promulgada para  asegurar,  entre  otros valores, la justicia y el conocimiento (Preámbulo); que  funda  la  República  en la solidaridad de las personas que la integran y en la  prevalencia  del  interés  general  (art.  1);  que reconoce el derecho de toda  persona  para  acceder  a  la  administración de justicia, pero no como un mero  enunciado  retórico  o desprovisto de contenido real, sino como una verdadera y  justiciera  garantía  para  hacer  efectivos  los  derechos,  cuando ellos sean  conculcados  (art.  229),  y  que le otorga prevalencia al derecho sustancial en  las  actuaciones  judiciales  (art.  228),  todo como corolario de una genuina y  sublime concepción social del Estado de Derecho.   

Es  por  ello  por  lo  que  el  Código  de  Procedimiento      Civil      vernáculo,      ex  proffeso,  estructuró  la fase instructiva del juicio  con  un  marcado  componente  inquisitivo,  que  no  sólo autoriza –y en determinados casos obliga- al juez  a  decretar pruebas de oficio (arts. 37, num. 4º, 179 y 180), sino que también  repudia  las  actitudes  de  las partes que dificulten, entorpezcan, obstruyan o  impidan  la  práctica de las pruebas, particularmente de aquellas que el propio  legislador,  ab  initio, ha  ordenado  decretar  y recaudar en determinado tipo de pleitos, justamente por su  idoneidad  intrínseca  para  revelar  o  descubrir  los  hechos que permitirán  definir la suerte de una pretensión.   

Se  trata  de  comportamientos  de parte que  socavan  sensiblemente  la  garantía  constitucional al debido proceso (art. 29  C.Pol.),  rectamente  entendido,  pues  si  toda  decisión  judicial debe estar  respaldada   en   las  pruebas  regular  y  oportunamente  allegadas  al  juicio  (principio  de  la  necesidad  de la prueba; art. 174, ib.), tal postulado no se  atendería  si se permitiera que la práctica de las mismas dependiera de uno de  los  litigantes,  quien,  con  su  conducta, monopolizaría el recaudo del medio  probatorio  y,  en  buena medida, determinaría la suerte de la pretensión o de  la  excepción,  toda  vez  que,  en  tal caso, la sentencia no consultaría las  pruebas  en que debiera estar soportada, con grave quebranto de la supraindicada  garantía fundamental, como se acotó.   

                   Resulta, pues,  incontestable,  que los comportamientos evasivos de los litigantes, aquellos que  directa  o  indirectamente  entraben  la  recolección  de  tales  pruebas,  las  estratagemas  o  expedientes empleados por uno de ellos para frustrar el derecho  a   la   prueba  de  su  contendiente  –cabalmente  entendido-  y, en general, las conductas asumidas con el  propósito  de  truncar la pesquisa jurídico judicial, constituyen posturas que  la  Constitución  y  la  ley,  por potísimas y granadas razones, no toleran de  ninguna  manera, en cuanto se entienden violatorias de los principios, valores y  garantías  ya  señalados,  y  que,  cuando se ven escoltadas de una actitud de  algún  modo pasiva del juzgador, acaso con un dejo de cierta tolerancia, pueden  dar  lugar  a  un  vicio  de  actividad  procesal,  susceptible  de provocar, se  anticipa, la invalidación del proceso.   

Sobre  este  último  aspecto,  la  Sala  ha  recordado  que,  “tratándose  de  un compromiso con el hallazgo de la verdad,  puesto  que el proceso judicial no se justifica sino en tanto sea un instrumento  para  su verificación, porque ésta en sí constituye un argumento de justicia,  los  argumentos  de  desidia de las partes no pueden dar al traste con lo que en  definitiva  es  un  poder-deber del juez, quien, como bien se sabe, dejó de ser  un  espectador  del  proceso  para  convertirse en su gran director, y a su vez,  promotor  de  decisiones justas” (Sent. de 7 de marzo de 1997. Cfme: cas. civ.  de  25  de  febrero  de 2002; exp.: 6623). Al fin y al cabo, con sólida razón,  “la  justicia  no  puede  volverle  la espalda al establecimiento de la verdad  material   enfrente   de   los  intereses  en  pugna,  asumiendo  una  posición  eminentemente  pasiva”  (G.J.  t.  CXCII,  pág. 233. Cfme: cas. civ. de 24 de  noviembre  de  1999 ; exp. : 5339), más propia de una proceder desidioso, muy  otro  del que debe observar todo servidor público, incluido el administrador de  justicia,  claro  está,  quien  tiene un elevado compromiso con la colectividad  toda.   

Es  el  caso  de  los  exámenes  médicos  destinados  a establecer las características genéticas paralelas entre el hijo  y     su     presunto     padre     o    madre,    los    cuales    –es la regla- deben ser ordenados por el  juez  en  aquellos  procesos  en  los  que  se  discuta  la filiación paterna o  materna,  según  lo  establecía  el  artículo  7º  de la Ley 75 de 1968, hoy  modificado  por el artículo 1º de la Ley 721 de 2001, eventos en los cuales el  decreto  y  la  práctica de dicha prueba, no fueron abandonados a los intereses  que  pudiera  tener  alguna  de  las  partes,  y  ni  siquiera  al mero arbitrio  judicial,  de  suerte  que  los  jueces pudieran disponer de ella según su leal  saber  y  entender, sino que una y otra –ordenamiento  y  realización-  obedecen  a un imperativo legal que,  por  ende,  determina  el comportamiento probatorio de los distintos sujetos que  intervienen en el respectivo proceso de filiación.   

En  suma, la Constitución y la ley conciben  un  proceso judicial que hunde sus raíces en los principios de colaboración de  las     partes    y    dirección    –material  y  gerencial-  por  el juez, por manera que tratándose de  asuntos  en  que  el  legislador  ha  previsto  la  necesidad  de practicar, con  carácter  obligatorio,  un  determinado medio de prueba, como es el caso de los  exámenes  genéticos para establecer la verdadera filiación de una persona, el  recaudo  de  esa  probanza  no  puede  abandonarse  a  la  voluntad caprichosa y  antojadiza  de  uno  de los litigantes, o al mayor o menor grado de cooperación  que  quiera prestar con esa finalidad, pues si se permitiera que la recolección  de  dicho  medio  probatorio dependiera de él, se impediría el cabal ejercicio  del  derecho  a  probar de su contraria y quedaría librada la suerte del pleito  al  manejo  que  dicho litigante quiera darle a la prueba. Por eso, entonces, no  pueden  los jueces tolerar tan grave comportamiento, frente al cual se impone el  cumplimiento  activo  de  los  deberes  que  la  ley  establece  y  el ejercicio  dinámico  de  los  poderes  que  ella misma les reconoce para hacer efectiva la  garantía  constitucional al debido proceso, con el fin de impedir que, a partir  de  aquella  conducta  impeditiva  de la parte, se materialice una irregularidad  procesal que vicie la actuación.   

1.1.2.          Ahora bien, dentro del plexo de derechos  fundamentales  que,  vinculados  al  debido  proceso,  reconoce la Constitución  Política,  se  encuentra  el  de “presentar pruebas y controvertir las que se  alleguen  en  su  contra”  (inc.  4º,  artículo 29), derecho que no se puede  escrutar  desde  una  perspectiva  meramente formal o nominal, sino que debe ser  analizado  en  consonancia  con los fines del proceso mismo, en cuanto escenario  propicio  para  la  solución  de un conflicto y la realización de los derechos  reconocidos en la ley sustancial (arts. 228 C.Pol. y 4 C.P.C.).   

El   derecho   a  presentar  pruebas  y  a  controvertirlas  se traduce, entonces, en un derecho a la prueba, mejor aún, en  un  derecho  a probar los hechos que determinan la consecuencia jurídica a cuyo  reconocimiento,  en el caso litigado, aspira cada una de las partes. Se trata de  una  aquilatada  garantía  de  acceso  real  y efectivo a los diferentes medios  probatorios,  que le permita a las partes acreditar los hechos alegados y, desde  luego,  generarle  convencimiento  al  juez  en  torno  a  la pretensión o a la  excepción.  Al  fin  y  al cabo, de antiguo se sabe que el juez debe sentenciar  conforme  a  lo  alegado  y probado (iuxta allegata et  probata  iudex  iudicare  debet),  razón por la cual,  quienes  concurren  a  su  estrado  deben  gozar de la sacrosanta prerrogativa a  probar   los   supuestos  de  hecho  del  derecho  que  reclaman,  la  que  debe  materializarse  en  términos reales y no simplemente formales, lo cual implica,  en  primer lugar y de manera plena, hacer efectivas las oportunidades para pedir  y  aportar  pruebas;  en  segundo  lugar,  admitir  aquellos  medios probatorios  presentados  y  solicitados,  en  cuanto  resulten pertinentes y útiles para la  definición  del  litigio;  en  tercer  lugar,  brindar  un escenario y un plazo  adecuados  para su práctica; en cuarto lugar, promover el recaudo de la prueba,  pues  el  derecho a ella no se concreta simplemente en su ordenamiento, sino que  impone  un  compromiso del Juez y de las partes con su efectiva obtención; y en  quinto  lugar,  disponer y practicar aquellas pruebas que de acuerdo con la ley,  u  oficiosamente  el  juez,  se consideren necesarias para el esclarecimiento de  los hechos en torno a los cuales existe controversia.   

Desde esta lozana y trascendente perspectiva,  la  prueba,  en  la  actualidad,  no  puede ser considerada únicamente como una  carga  (onus probandi), sino  también,  según el caso, como un prototípico y autonómico derecho (derecho a  probar),  por  lo  demás  fundamental,  susceptible  de  acerada tutela y cabal  respeto,   so   pena  de  que  se  adopten  los  correctivos  que,  in  casu,  resulten  pertinentes, siempre  con  el  propósito  de  no  permitir  impunemente  que el precitado derecho sea  eclipsado  y,  de  paso,  lo  sean  también  otros derechos esenciales, de suyo  fundantes,  como  el  de  acceder a la administración de justicia y a un debido  proceso.  Por eso afirma con acierto el profesor Fábrega, en su Teoría General  de  la Prueba, que “El derecho a la acción o a la contradicción, sin derecho  a  aportar  pruebas, carece de sentido y efectividad” (pág. 43), todo lo cual  está  en  estricta  consonancia  con  esta  novísima  concepción, ampliamente  respaldada  por  decantada  y moderna doctrina (Vid: Michele Taruffo. En Diritto  alla  prova  nel processo civile. En Riv. Dir. Proc. I/1984; Joan Picó I Junoy.  El  Derecho  a  la  Prueba  en  el  Proceso  Civil. Ed. Bosch), así como por la  jurisprudencia  internacional  (Tribunal  Constitucional de España. Sent. de 17  de enero/94).   

Bajo  este  entendimiento,  es  diáfano que  tanto  el  litigante  –  demandado, como el Juez, se apartan naturalmente de los  mandatos  constitucionales  y legales que hacen efectivo el derecho a probar, de  acentuada  valía  como  se  acotó,  concretamente  cuando  el  primero  adopta  comportamientos  dirigidos  a  impedir la práctica de la prueba, que el segundo  en  cierto  modo auspicia o consiente al no asumir, a plenitud, el compromiso de  velar  por el efectivo recaudo de la misma, para lo cual, incluso, fue dotado de  poderes  que  debe  emplear  de  forma  razonable,  con  el  fin de “prevenir,  remediar  y  sancionar…  los  actos  contrarios  a la dignidad de la justicia,  lealtad,  probidad  y  buena fe que deben observarse en el proceso” (nums. 3 y  4, art. 37 C.P.C.).   

1.1.3.          Para  el  caso particular de los juicios  relativos  a la filiación, ha precisado la Corte que “cuando el artículo 7º  de  la  Ley  75  de  1968  dispone  que  en  los  procesos  de investigación de  paternidad  o maternidad ‘el  juez  a  solicitud  de  parte o, cuando fuere el caso, por su propia iniciativa,  decretará’ los exámenes y  remisión  de  los  resultados de la llamada prueba antropoheredo-biológica, no  sólo  se  establece para el Juez el deber de decretarla, aún de oficio, por el  interés  público  que  representa  la  necesidad de establecer y garantizar el  derecho  de toda persona a saber quien es su padre o madre, sino que también se  le  otorga  la  atribución de que su decisión se cumpla con la mayor celeridad  en   pro   de   la  verificación  de  ‘los      hechos      alegados     por     las     partes’,   pero   eso   sí   evitando   las  ‘nulidades’   (art.  37,  nums  1  y  4  C.P.C.).  Luego,  el  hecho  de que esta prueba sea decretada de  oficio,  como todas aquellas que tienen este carácter, no le otorga atribución  alguna  al  Juez  para  obrar  con  discrecionalidad  en su práctica, es decir,  hacerla  o  no,  sino  que,  por  el  contrario,  habiendo  sido  estimada  como  necesaria,   le   incumbe   un   mayor  deber  en  su  ejecución,  tanto  más  cuanto  ello contribuye a la satisfacción del interés  sustancial   que  encierra  la  pretensión  de  investigación  de  paternidad.  De  allí  que  corresponda  al  Juez que decreta esta  prueba,  y  con  mayor  razón  a  quien por encontrarla necesaria la dispone de  oficio,  adoptar  las medidas procesales que estime indispensables, para que, de  un  lado,  todos  los  intervinientes puedan conocer de su existencia y tener la  oportunidad  para su práctica, y, para que, del otro, exista oportunidad y modo  de  cumplimiento  acelerado de ella”. Y más adelante  la  misma  Corporación  agregó:  “de  allí que, si aún con las previsiones  mencionadas,  se  omite  el  periodo  necesario  para la práctica de esa prueba  decretada  de oficio, como acontece en aquel evento en que no puede cumplirse su  realización,  porque  nunca se fijó fecha, hora, lugar y demás circunstancias  para  su  práctica,  o  porque,  habiéndolo  hecho  el  juez o el encargado de  practicarla,  tampoco se la dio a conocer a las partes e intervinientes en ella,  se  incurre  entonces  en  el  vicio  de  nulidad  del proceso contemplado en el  numeral  6º  del  artículo  140  del Código de Procedimiento Civil, que puede  alegarse  inmediatamente  después  de ocurrida en la actuación siguiente (art.  143,  inc.  5º  C.P.C.);  pero  en  el evento en que tampoco haya existido esta  oportunidad,  por  haberse  proferido  ya  sentencia de segunda instancia, dicha  irregularidad  puede  alegarse en casación” (cas. civ. de 22 de mayo de 1998;  exp. 5053).   

Esta doctrina, que la Sala reitera y enfatiza  ex novo, debe complementarse  para  aquellos  eventos en los que una de las partes hace gala de mecanismos que  instrumenta  para  frustrar toda posibilidad de obtención del medio probatorio,  a  los  que  se  aúna,  como complemento, una actividad pasiva del Juez que, de  cara  a  ese  comportamiento, se limita a insistir o requerir la práctica de la  prueba,  pero  sin  adoptar, correlativamente, las medidas necesarias con el fin  de lograr su recaudo efectivo, como corresponde.   

Es  el  caso,  por  vía  de  ejemplo, de la  hipótesis  en  que  el  presunto  padre  se  niega  a  concurrir al laboratorio  respectivo,  para  prestar  su  colaboración en la práctica del examen médico  pertinente.  Desde  luego  que siendo necesaria su intervención, principalmente  en  las  pruebas  que  requieren  el  análisis del ADN, su simple negativa, por  reiterada  que  ella  sea,  lo  mismo  que  sus  evasivas  y,  en  general,  los  comportamientos  que  develen la intención de impedir que se recaude la prueba,  no     pueden     traducirse     en    que    el    Juez    deba    –sin más- clausurar la oportunidad para  practicar  esa  probanza,  pues  aunque  es  indiscutible  que  tan  reprochable  comportamiento  constituye  un indicio que no es de poca relevancia –como   suele   verse   en   múltiples  providencias  judiciales-,  también  lo  es  que  para salvaguardar el referido  derecho  a  probar,  esto  es,  para  no mancillarlo, en estrictez, debe el Juez  adoptar  las  medidas  racionales  que  considere  necesarias  para  remediar  y  sancionar  un  acto  que,  como  el  señalado,  es  abiertamente contrario a la  Constitución,  en  cuanto  que toda persona tiene el deber de colaborar para el  buen  funcionamiento  de  la administración de justicia (num. 7º, inc. 3, art.  95  C.Pol.),  “máxime  cuando  de  su  concurso  depende  en  buena medida el  esclarecimiento  de  los  hechos  materia  del  debate y los caros intereses que  están  comprometidos  en  los  procesos  de  filiación”  (cas. civ. de 30 de  noviembre de 2004; exp.: 0087-01).   

Más  aún,  esa  renuencia atenta contra la  lealtad,   corrección,  probidad  y,  en  fin,  la  buena  fe  que  las  partes  inexorablemente  deben  observar  en  el  proceso,  a  riesgo  de  conculcar  su  prístina  teleología,  con  mayor  razón  en este tipo de procesos en los que  suelen  estar inmersos los derechos de los menores y, en general, nada menos que  el  estado  civil  de  las  personas, como se anticipó, lo que justifica que se  abra  paso  la  sanción  procesal  de  la  nulidad,  sobre  todo a partir de la  consideración  del evidente ánimo obstructivo en cabeza del litigante o, en su  defecto,   de   su   actitud  simplemente  renuente,  detonante   del   supraindicado    vicio,   ratio    dominante    de   la  nueva   doctrina   jurisprudencial  que  en este fallo adopta la Corte.   

Al amparo de esta tesis, la nulidad a que se  refiere  el  numeral  6º  del  artículo 140 del C.P.C., no sólo comprende los  casos  de  cercenamiento de los términos y oportunidades para pedir o practicar  pruebas,  propiamente  dichos,  lo  mismo que los eventos en que el Juez, pese a  decretar  una  prueba  oficiosa o una dispuesta por la misma ley, omite fijar la  fecha  necesaria  para  su  realización, o se abstiene de comunicarla en debida  forma  a  las  partes  –como  otrora  lo  estimara  esta  Sala-,  sino  también  aquellos otros casos en que,  frente  a  un  medio  probatorio  que el legislador ordena practicar, una de las  partes  obstruye,  impide, dificulta, retarda o entorpece su recaudo, sin que el  juzgador,  frente  a  esa  irregularidad,  correlativamente  adopte  las medidas  necesarias  en  orden  a  remover  los  respectivos  obstáculos. No en vano, se  itera,  el ordenamiento jurídico desestimula, ora directa o indirectamente, que  la  declaratoria  de paternidad o maternidad, según las circunstancias, dependa  privativamente  de la colaboración efectiva del pretenso padre o madre, quienes  jamás       pueden       considerarse      el      amo      o      dominus  de  la  prueba,  menos  en  los  tiempos  que  corren,  signados  por  un mayor respeto a los cardinales derechos  relacionados  con  los menores de edad y, en general, con el estado civil de las  personas.   Muy   por   el  contrario, en el marco del respeto al  precitado  derecho a probar, debe entronizar mecanismos que permitan superar esa  resistencia,  por  supuesto,  se resalta de antemano, que con absoluto respeto a  la  dignidad  humana  y a los derechos fundamentales de las partes involucradas,  los que merecen acatamiento.   

Concluir de modo contrario, sería anteponer  los  intereses  individuales  del padre o madre renuentes, al interés publico y  soberano  que  existe  en  torno  a  la  práctica de la prueba genética en los  juicios   de  filiación,  vale  decir,  propiciar  un  culto  exacerbado  a  un  individualismo  mal  entendido,  radicado  en  cabeza  del  litigante  renuente,  máxime  si  se  tienen en cuenta los derechos de abolengo constitucional que se  encuentran  comprometidos,  tales  como  el  reconocimiento  de  la personalidad  jurídica,  y  con  él, el de conocer la filiación (art. 14 C. Pol.), lo mismo  que,  en el caso de los niños, los derechos al nombre y a tener una familia, de  suyo  prevalentes  sobre  los  derechos  de  los  demás  (art.  44  ib.),  como  tangencialmente  se esbozó, todo lo cual justifica, desde esta nueva y renovada  óptica,  que  se  fulmine  el  proceso  con  la nulidad, en el entendido que el  iudex,    así    sea  indirectamente,  coadyuve  al resultado en comentario. Por ello es por lo que en  tales  circunstancias tan singulares, aceptar que los jueces adopten una actitud  pasiva,  a la vez que algo fría o distante y también formal, cuando una de las  partes  se  niega  y  empecina a cumplir un mandato legal y judicial, como es el  decreto  oficioso  del  referido medio probatorio, sería permitir, mutatis   mutandis,   una   burla  a  la  Constitución,  a  la  ley  y  a  los fines adamantinos de la administración de  justicia,  en cuyas actuaciones debe prevalecer el derecho sustancial (art. 228,  ib.),  el  que  de  otro  modo  se  vería socavado, en contravía del deber ser  jurídico.   

1.1.4.          Esta   nueva   lectura  de  la  causal  de  nulidad  prevista en el numeral 6º del artículo 140 del C. de P.C.  –que   complementa   la  doctrina  prohijada  por  la  Sala en la sentencia de 29 de marzo de 2002,   relativa   exclusivamente  al  decreto  de la prueba-,   también  encuentra respaldo en una interpretación gramatical y omnicomprensiva  de  la norma, pues “los términos u oportunidades para… practicar pruebas”  no  pueden ser concebidos de manera simplemente formal o retórica, sino, por el  contrario,  desde una concepción real y material, esto es, como escenarios que,  en  la  práctica,  sean  propicios  para  que las partes, efectivamente, puedan  probar  los  hechos  en  que fincan sus pretensiones.  Al fin y al cabo, de  nada  vale  que  se  otorgue  un  plazo para acreditar el derecho, si, al propio  tiempo,  no  se  brindan  las  herramientas necesarias para que ello pueda tener  lugar.  Por  tanto,  si  el  proceso  es  una institución viviente –y  no pétrea-, su fase probatoria debe  ser  entendida  como una realidad dinámica que está llamada a ser garantizada,  so   pena   de   incurrirse,   in  radice, en el referido vicio de nulidad.   

Por eso, entonces, sin perder naturalmente de  vista  el  principio  de  la  especificidad que informa el tema de las nulidades  procesales,   no   pueden  los  jueces  marginar,  ad  libitum,  la  comprensión de las causales respectivas  del  elevado propósito tuitivo que las informa, pues con ellas, en últimas, se  persigue  evitar el desbordamiento de la actividad del Estado en el ejercicio de  la  función  de  administrar  justicia,  en  orden  a  vivificar en ese medular  laborío,   la   garantía   constitucional   a  un  debido  proceso,  entendido  –rectamente-   como   un  derecho  humano,  esto  es,  como  atributo  de todo hombre y mujer por el sólo  hecho  de  serlo,  así  reconocido  en  la  Declaración  Universal de Derechos  Humanos  (art.  10),  en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos  (art.  14)  y  en la Convención Americana sobre Derechos Humanos o Pacto de San  José   (art.  8),  los  cuales,  como  es  bien  sabido,  integran  el  llamado  ‘bloque       de  constitucionalidad’, útil  al  propósito de interpretar el alcance del derecho en cuestión (arts. 93 y 94  C.Pol.), a manera de fiable brújula.   

A modo de síntesis, cumple entonces reiterar  que   tratándose  de  procesos  de  investigación  o  de  impugnación  de  la  paternidad  o  maternidad,  en  que los jueces tienen el deber legal de decretar  –aún   de  oficio-  los  exámenes  genéticos  necesarios  para establecer la verdadera filiación de la  persona  comprometida  con  la  pretensión,  según  lo establece la Ley 721 de  2001,  constituye  nulidad  procesal,  en  los  términos  del  numeral  6º del  artículo  140  del  C.  de  P.C.,  el  comportamiento obstructivo de una de las  partes  o, en general, su renuencia a colaborar en la práctica de dicha prueba,  en  tanto  esa  conducta  se  acompañe  de una actitud pasiva del juzgador que,  tolerante  ante  el  cercenamiento  de la oportunidad para practicar pruebas, se  abstenga    de    adoptar    medidas    idóneas   para   remover   –aún   con   determinaciones  de  tipo  coactivo,  pero  legales-,  los  obstáculos puestos por el litigante reacio, de  suyo  percutores  del  vicio  en  comento,  que  puede  ser alegado por la parte  afectada,  incluso  a través del recurso de casación, si no se hubiere saneado  (num. 5º, art. 368 ib.).   

1.2.           Exámenes  genéticos  y  objeción  de  conciencia.   

Como  la  parte  demandada  en este proceso,  pretendió  justificar  su  rebeldía  en  razones  de  conciencia  –específicamente  adujo  que  “sería  contra  mi  conciencia  realizarme  este  examen  frente a una situación que no  admito”  (fls.  55,  cdno.  1  y 22, cdno. 5), la Corte aborda de manera breve  esta  problemática,  no  sin  resaltar,  de  antemano,  que  la  incuestionable  carencia  de  fundamentos  en  la propuesta de objeción que hizo, impide que la  Sala,   in  extenso,  pueda  profundizar en la materia.   

1.2.1.          Con  esta  precisión, destácase que la  objeción  de  conciencia es aquel acto individual y motivado de una persona, en  virtud  del  cual  rehusa plegar su conducta a una regla prescrita en un mandato  legal  imperativo,  bajo  el  argumento de que éste contraría sus convicciones  más  íntimas,  en  los órdenes religioso, político e ideológico. Y para que  tenga  reconocimiento,  debe  ser  auténtica y motivada, además de referirse a  una  disposición  que,  de  manera  objetiva,  no  cumpla  con el propósito de  asegurar  el  bien  común  y  generar armonía social. Lo primero,  porque  debe  responder  a  un  credo  propio  del objetante y no obedecer  a   razones   accidentales  o  de  simple  conveniencia; lo  segundo,  puesto que el objetor tiene el deber de justificar de forma razonada y  razonable  su  renuencia  a someterse al mandato legal,  de modo que, en el  caso  particular,  pueda  ella  ser  apreciada  por  el funcionario encargado de  aplicar  la  ley  resistida; lo tercero, porque la objeción de conciencia no es  útil  para  rehusar la observancia de los deberes y cargas que, en beneficio de  la  comunidad  toda,  le  imponga  la  ley  a un grupo de personas que se ubique  dentro de ciertos supuestos previstos en ella.   

Desde esta perspectiva, no es posible admitir  la  renuencia de un presunto padre o madre a practicarse la prueba genética, so  pretexto  de  una  pretendida objeción de conciencia, pues aunque es cierto que  “nadie  será  molestado  por  razón  de  sus  convicciones  o  creencias, ni  compelido  a  revelarlas,  ni obligado a actuar contra su conciencia” (art. 18  C.Pol.),   como   perentoriamente   lo  manda  la  Carta  Política  patria,  es  incontestable  que  esa  garantía,  cual  sucede  con  todo derecho y libertad,  encuentra  su  frontera  en  el  respeto  debido  a  los derechos ajenos y en el  interés  general,  sin que, en adición, pueda servir de rodela para excusar el  cumplimiento  de  otros  deberes  constitucionales,  como el de colaborar con la  administración de justicia (art. 95, nums. 1º y 7º).   

Concluir   de  modo  contrario,  amén  de  estimular  actitudes  individualistas,  en contravía de acciones solidaristas y  de  clara  lealtad  y  cooperación  con  la administración de justicia, sería  abandonar  la  determinación  del  origen  genético  de una persona a la buena  voluntad  de  quien  ha  sido señalado como progenitor, como si la paternidad o  maternidad  fueran  concesiones gratuitas, y no un asunto de interés común que  involucra  caros  derechos  y garantías fundamentales ajenos, entre ellos el de  conocer   la   verdadera   filiación   y   el  derecho  a  probar  –todos  de  especial primacía cuando se  trata  de  menores  (art.  44  C.  Pol.),  e  instituciones  de  orden  público  (res   publica),  como  el  estado  civil. Bien reza la máxima: “debes usar de tu derecho, de modo que no  perjudiques  el  ajeno”  (sic  utere  iure  tuo, ut  alienum non laedas).   

A  ese  respecto,  ha  señalado  la  Corte  Constitucional  que “si bien una persona no puede ser obligada a actuar contra  su  conciencia,  en  garantía  de  la  libertad  correspondiente,  ésta  no es  absoluta  y, por el contrario, tiene claros limites relacionados con el interés  general,   lo   cual   significa   que   las  propias  convicciones  no  pueden  invocarse como excusas para el cumplimiento de deberes  que  el  Estado  impone  a  todos  por igual y que objetivamente considerados no  implican   prácticas  o  actuaciones  susceptibles  de  ser  enfrentadas  a  la  conciencia    individual”   (Se   subraya;   sent.  T-363/95).   

Por   consiguiente,  como  el  objetor  de  conciencia,  frente  a  la práctica de la prueba relativa al ADN, no hizo en el  presente  asunto  cosa  distinta  que  anteponer su interés particular sobre el  interés  general;  su  conveniencia  personal,  a  los  intereses del menor que  investiga  su filiación, amén de que, por ese específico camino, se ubicó al  margen  de  los  dictados de la ley y del deber constitucional de colaboración,  con  el  pretexto  de  salvaguardar  un  credo que, a la postre, luce más a una  negativa  con  tinte  algo  individualista  a  colaborar,  de  manera  amplia  y  solidaria,  con  la administración de justicia, probablemente para resguardarse  de   una   decisión   que,   in  eventum,    le  puede  ser  desfavorable,  fuerza  colegir  que  dicho  argumento  no  puede  ser  aceptado  para  excusar  la  renuencia a concurrir al  laboratorio  respectivo,  con  el  fin  de  recaudar  el material biológico que  servirá  a  los peritos para elaborar su concepto, precisamente por las razones  ya esgrimidas.   

1.3.          La  prueba genética frente a la Ley 721  de 2001 y el Código de Procedimiento Civil.   

1.3.1.          La  doctrina que expone la Corte en este  fallo,   cobra  particular  importancia  en  la  hora  actual,  cuando  ha  sido  promulgada  la  Ley  721 de 2001, en la que se dispuso que en todos los procesos  adelantados   para   establecer  la  paternidad  o  maternidad,  es  obligatorio  practicar   “los   exámenes   que   científicamente  determinen  índice  de  probabilidad  superior  al  99.9%”  (art.  1),    lo  que   pone   de   presente,   en  palabras  de  la Corte  Constitucional,  con motivo del examen de constitucionalidad de la referida ley,  “que  el  esquema probatorio de éste proceso es diverso ya que no se trata de  un  prueba  de  oficio  dejada  a  la  voluntad  del  Juez,  sino  que el propio  legislador  se  la  impone  al  Juez  y  con mayor razón a las partes” (Sent.  C-807/02).   

De igual modo, el carácter nuclear que tiene  –y  ha  tenido-  la prueba  aludida  en  los  procesos  adelantados  para  determinar  la  filiación de una  persona  –como de antaño lo  ha  sostenido  esta  Corporación-,  impone concluir que la actitud renuente del  presunto  padre  o  madre  para la práctica de los exámenes, aunada a la   incuria  del  juzgador  en hacer “uso de todos los mecanismos contemplados por  la  ley  para  asegurar  la  comparecencia  de las personas a las que se le debe  realizar  la  prueba” (par. 1º , art. 8, Ley 721/01, que modificó el art. 14  de  la  Ley  75/68),  tienen  la  virtualidad de viciar de nulidad la actuación  judicial,  pues,  en últimas, se está cercenando la oportunidad para practicar  un  medio  probatorio cuyo recaudo ha dispuesto el legislador, que no el Juez, y  que,   por   tanto,   no   puede   quedar   al   arbitrio  de  éste  o  de  las  partes.   

Obsérvese   que   según   el  parágrafo  mencionado  de  la  Ley  721  de  2001, en la lectura que se debe hacer luego de  proferida  la  sentencia  de  constitucionalidad  condicionada  que profirió la  Corte  Constitucional (C-808/02), el indicio que el Juez puede deducir contra el  demandado  en  caso  de  renuencia,  presupone  que  haya  agotado  –en  lo  posible-  todos  los mecanismos  previstos  en  la  ley  para  obtener  el  recaudo  de la prueba, lo que pone de  presente  que  el  juzgador, frente a la oposición del demandado a colaborar en  la  práctica  de ella, no puede conformarse con acudir de inmediato al indicio,  por  importante  que  sea, pues de hacerlo quebrantaría el derecho que la parte  demandante  tiene  a  que  se realicen dichos exámenes, los cuales, se insiste,  son    definitivos    para    la    determinación    de    la    paternidad   o  maternidad.   

1.3.2.           Sobre  este  último  aspecto,  cumple  advertir  que  decretada  una  prueba  pericial  sobre  el  ADN en esta clase de  pleitos  y  enfrentado  el  Juez  a  la  conducta renuente u obstruccionista del  presunto  padre  o  madre a practicarse el examen correspondiente, es imperativo  para   aquel   adoptar   las   medidas  legítimas  de  corrección  que  estime  pertinentes,  en  pos  de  obtener  el material biológico necesario para que el  laboratorio  correspondiente  pueda  adelantar  la  prueba. Al fin y al cabo, el  iudex  no puede convertirse  en   un  mero  espectador  que,  indolente,  presencie  cómo  el  demandado  se  “apropia”  de  la  práctica  de  la  prueba y menoscaba los derechos de los  menores,    con    el    pretexto    –en  este  caso  en  particular-  de  una  inaceptable  objeción  de  conciencia,  lo  cual  no  se  remedia,  lisa  y llanamente, profiriendo como un  autómata   el   mismo  decreto  de  prueba,  o  efectuando,  una  y  otra  vez,  requerimientos  ayunos  de efectividad, pues una actitud pasiva, a la postre, no  hace  más  que  avalar,  en  la  práctica,  una  conducta  que  el  derecho no  tutela.   

En  ese sentido, podrá el Juez, preservando  siempre  la  garantía constitucional a un debido proceso, el derecho de defensa  y  el  respeto  a la dignidad humana, sancionar sucesivamente con multa y, en su  caso,  arrestar  a la persona renuente, en los términos y condiciones previstos  en  el  numeral 1º del artículo 39 del C.P.C., hasta que se avenga a colaborar  en  la  práctica  de  la  prueba. Podrá, así mismo, adelantar una inspección  judicial  sobre  la  persona  del  demandado,  como  expresamente lo autoriza el  artículo  244  del  C.P.C.,  con  el fin de practicar los exámenes respectivos  (num.  5º,  art.  246,  ib.), esto último, desde luego, con pleno respeto a la  dignidad  del  individuo,  como  se  acotó,  sin coerción, violencia, fuerza o  constreñimiento  ilegal  de ningún tipo, procurando, en todo caso, persuadir a  la persona para obtener su asentimiento.   

De   igual   manera,   puede  ordenar  una  inspección  al  lugar  de  habitación  o  de trabajo de la persona, en orden a  obtener  objetos –o material  humano-  en  los  que  pueda  estar  presente  una huella biológica de la misma  (cabellos,  saliva,  etc.),  todo  ello –conforme  a las circunstancias- con el auxilio de los organismos del  Estado  especializados  en  ese  laborío,  para  que, establecida claramente la  pertenencia  al  sujeto  requerido (autenticidad, en sentido lato), puedan ellos  servir  de soporte para verificar el examen pertinente. Más aún, con el fin de  materializar     el     deber    que    tiene    toda    persona    –incluidos  los  terceros-  de colaborar  para  el  buen funcionamiento de la administración de justicia (num. 7, art. 95  C.  Pol.),  el  Juez  puede disponer que la prueba en cuestión se practique con  los   consanguíneos   del   presunto  padre,  de  modo  que,  a  partir  de  la  determinación  del  perfil genético de éste, se posibilite la realización de  aquella,  siendo  claro que la renuencia de los parientes también da lugar a la  adopción  de  medidas  similares  a  las  ya  reseñadas. En fin, puede el Juez  ordenar   cualquier   medida  lícita  –se   reitera-,  que  en  el  marco  del  Estado  Social  de  Derecho  colombiano,  le  permita recaudar la prueba decretada, más allá de la negativa  o   de  la  renuencia  del  demandado  –o  de  sus  parientes-  a practicarla, la que debe ser conjurada, en  los  términos  ya  expuestos,  so  pena  de incurrir en una nulidad, como ya se  advirtió.   

1.3.3.          Ahora  bien, que el juez deba agotar los  mecanismos  legítimos  que sean necesarios para recaudar la prueba pericial con  referencia  al  ADN,  no  significa,  con  todo, que puedan diferir –indefinidamente-   el   fallo  de  los  procesos  de  filiación  hasta  tanto  se  practique  la prueba, pues semejante  postura  provocaría iguales o similares injusticias que aquellas que provoca la  omisión  de  practicar  las  pruebas  genéticas  necesarias,  o  la  falta  de  adopción  de  las  medidas  pertinentes  para  asegurar  la concurrencia de las  personas involucradas en la realización de las mismas.   

Lo que dispone la ley es que el Juez decrete  la  prueba  con  el  lleno  de  las  formalidades que en ella se establecen; que  entere  a  las  partes de la fecha, hora y lugar a donde deben concurrir para su  práctica,  y  que,  si  fuere  el  caso,  haga  uso  de  todos  los  mecanismos  contemplados  en  la  legislación  patria para asegurar la comparecencia de las  personas  a las que se les deba realizar la prueba. Pero si tales pasos han sido  recta  y  oportunamente  atendidos,  no puede el Juez aplazar la definición del  proceso,  en  la  que  deberá  otorgarle  el  valor de un indicio a la conducta  renuente  del presunto padre o madre, desde luego que no de uno cualquiera, sino  el  que  corresponde  a  aquel  que  se  deriva  de  la reprochable conducta del  demandado  a  colaborar  en  la  práctica  de una prueba de suyo apropiada para  descubrir  la  realidad  biológica,  según  lo  tienen establecido la ley y la  jurisprudencia,    indicio    que    deberá    ser    apreciado    –y  justamente  aquilatado-  en conjunto  con  otros  indicios  que  emerjan  del  comportamiento  asumido  por  la  parte  respectiva,  para  enfrentar  las  medidas  adoptadas  por  el juez para el buen  suceso  de  la  prueba  y,  desde  luego,  con  otras  probanzas que obren en el  expediente (arts. 249 y 250 C.P.C.).   

Sobre este último aspecto, la jurisprudencia  de  la  Corte  ha precisado que no puede existir duda sobre la fuerza probatoria  del  indicio  que  se  deduce  “cuando  la  conducta  procesal  de la parte se  despliega  en  orden a impedir la práctica de una prueba esencial al objeto del  debate;     y     aun     cuando     ese     hecho     conocido     —obstaculizar   la   práctica  de  esa  prueba–   no   conduzca  rectamente  a  tener  por  cierto el hecho perjudicial al renuente que la prueba  perseguía  acreditar,  sí  permite  válidamente  afirmar que ese ‘instinto  de  conservación’ (como gráficamente lo califica Muñoz  Sabaté)  que  afloró con la conducta renuente, es no solo configurativo de una  manifiesta  falta  de lealtad y colaboración, sino indicativo de un temor a que  la  verdad  sea  revelada,  indicio  que  en  unión  de  otras probanzas que lo  aquilaten  impondría  una  decisión  desfavorable  a  la parte renuente”, en  cuanto  “la  elusión,  la evasiva con falsas justificaciones como por ejemplo  calificar  de  ilícita  la  prueba,  no conduce sino a aquilatar las relaciones  sexuales  del  demandado  con  la  madre  de  la  menor  por  la  época  de  la  concepción…”    (Sentencia    de    12   de   diciembre   de   2002,   exp.  6188).   

Y  es que no se puede perder de vista que el  indicio  que  el  Juez  puede  deducir  en  caso  de  persistir la renuencia del  demandado  (art.  249  C.P.C.),  debe  ser calificado teniendo en cuenta, de una  parte,  la  infracción  al  deber constitucional de colaborar o cooperar con la  administración  de  justicia, así como al mandato legal que impone la practica  obligatoria   de   la   prueba  pericial  sobre  el  ADN  y,  de  la  otra,  las  características  de  la  prueba propiamente dicha, habida cuenta que, por medio  de  ella, se puede conocer, en grado cercano a la certeza, si el demandado puede  ser  el  padre o madre biológico del demandante, pues tal probanza descubre las  características  genéticas  de  un individuo, las que necesariamente provienen  de  quienes participaron en el acto de la procreación (cfme: cas. civ. de 10 de  marzo  de  2000),  todo  ello  sin  perder  de  vista  que  el propio legislador  presumió  la mala fe y la temeridad de la parte que “obstruya la práctica de  pruebas”  (num.  4,  art. 74 C.P.C.), conducta procesal que, además, habilita  la  imposición  de  las  sanciones  establecidas  en los artículos 72 y 73 del  Código de Procedimiento Civil.   

Luego  la renuencia del demandado no es a la  práctica  de  cualquier  prueba,  sino  de  una  con  aptitud  intrínseca para  desnudar  por  sí  sola  la  señalada  realidad.  La  oposición  de aquel es,  entonces,  no  sólo un acto irrazonable que se estima carente de buena fe, sino  también,  de  alguna  manera, un reconocimiento tácito de que algo podría ser  revelado  si  la  prueba  se  practicara. Por eso, entonces, no cabe duda que el  indicio   en   comentario,   aunado  a  otras  pruebas  idóneas  y  suficientes  –incluida  la indiciaria o  la   declaración  de  la  madre,  cabalmente  escrutada-  que  permitieran,  en  conjunto,  acreditar  alguna de las causales previstas en el artículo 6º de la  Ley  75  de  1968,  es  bastante  dentro de ese contexto, para abrirle paso a la  pretensión    que    busca    definir    la   paternidad   o   maternidad   del  demandante.   

2.            En  el caso que ocupa la atención de la  Sala,  es  incontestable  que  el  proceso  se encuentra incurso en la causal de  nulidad  prevista  en  el  numeral  6º  del  artículo  140  de C.P.C., por las  siguientes  razones,  en  un  todo  de  acuerdo  con  las pautas precedentemente  fijadas:   

         

          2.1.                      Obsérvese que el juzgador de primera instancia,  en  siete  oportunidades,  decretó  el examen de genética a que se refería el  artículo  7º de la Ley 75 de 1968, hoy reformado por la Ley 721 de 2001 (autos  de  26  de noviembre de 1997, 20 de enero, 6 de febrero, 26 de marzo, 8 de mayo,  1  de  junio  de  1998; fls. 20, 29, 33, 37, 43 y 49, cdno.1), habiendo hecho lo  propio  el  Tribunal en la segunda instancia, Corporación que insistió una vez  más  en  dicha  prueba,  según  auto  de 19 de julio de 1999 (fl. 13, cdno.5).   

          2.2.                      También  es  cierto  que  la  prueba no se pudo  recaudar  por  causa  imputable al señor Gabriel Restrepo Santamaría, quien no  sólo  dejó  de  asistir  a  los  laboratorios  de genética designados para la  práctica  de aquella, sino que manifestó en dos oportunidades, que por razones  de  conciencia rehusaba someterse a los exámenes respectivos (comunicaciones de  24  de  junio  de  1998  y  17  de  agosto de 1999; fls. 55, cdno. 1 y 22, cdno.  5).   

         

          Destácase  que en sus escritos, el demandado se limitó a señalar,  en  forma repetida, que “no deseo practicarme el examen de H.L.A.”, dado que  “sería  contra  mi  conciencia realizarme este examen frente a una situación  que  no  admito”,  lo  que  devela  ausencia  de  motivos serios, razonables y  suficientemente  soportados,  que  justifiquen la pretendida objeción, la cual,  por  el  contrario,  tiene  como  respaldo  la  voluntad del objetante, quien se  amparó  en  su  “conciencia”  para  soslayar  el  cumplimiento  de un deber  constitucional  y  legal,  comportamiento  éste que, como se acotó, vulnera de  manera  frontal  el  debido  proceso  y  el  derecho  a  la  prueba  de la parte  demandante.           

               2.3.                  Es igualmente irrefutable que el Tribunal, en el  caso  concreto,  ante la renuencia injustificada del demandado a colaborar en la  práctica  de  la  prueba  aludida,  se  abstuvo  de instrumentar los mecanismos  necesarios  para  obtener  la  comparecencia  del señor Restrepo al laboratorio  encargado  de  realizar  los exámenes, al punto que ni siquiera hizo uso de los  poderes  disciplinarios  que  le reconoce el Código de Procedimiento Civil para  los  casos  en  que  un  particular  desatiende  una  orden judicial. Menos aún  dispuso  la  práctica  de otras pruebas que, como la inspección judicial en la  persona      del      demandado     –instrumentada  en  los  términos  señalados  con anterioridad-, le  habrían  permitido  asegurar  que  la  prueba  genética  se efectuara, como en  derecho corresponde.   

          Con  clara limitación de los deberes que le impone la ley procesal,  específicamente  los  artículos  1º  a  4º  del  artículo 37 del Código de  Procedimiento  Civil,  lo  mismo que en la aplicación de los artículos 72 y 73  de  la  misma  codificación, el Tribunal circunscribió su actuación frente al  examen   pericial   del   ADN,   al  mero  decreto  de  la  misma,  prima  facie  suficiente,  aun  cuando en  rigor    exigua;    pero    no   hizo   nada   para   recaudarla,   ratio  real de las probanzas en un Estado  Social  de  Derecho. Incluso, enterado de la renuencia del demandado a colaborar  en  la práctica de la prueba, se abstuvo de adoptar las medidas necesarias para  hacer  efectiva  su  decisión  y  obtener,  por  todos  los medios posibles, el  recaudo de aquella.   

          Por  consiguiente,  como  el  demandado,  de  un  lado,  asumió una  conducta  injustificada  que  impidió la práctica de la prueba genética, y el  Tribunal,  del  otro,  no  adelantó  gestión alguna para superar el obstáculo  puesto  por aquel, sino que, por el contrario, procedió a proferir sentencia de  segunda  instancia,  tales  comportamientos  condujeron a que se le cercenara al  demandante   la   oportunidad   para   practicar  el  medio  probatorio  aludido  –mejor  aún,  el  acerado  derecho  a  probar-,  el cual, se insiste, debe realizarse en la hora actual, no  como  prueba  que  el  Juez  pueda  disponer  de oficio a su arbitrio, sino como  probanza     que    el    legislador,    ministerio  legis,  ha  impuesto  en  forma  obligatoria  en  todo  proceso en que se discuta la paternidad o la maternidad.   

3.            Puestas  de  este modo las cosas, fuerza  colegir  que se incurrió en la causal de nulidad prevista en el numeral 6º del  artículo  140  del  C.P.C., por omisión de la  oportunidad para practicar  la  prueba  pericial  sobre el ADN, razón por la cual, el cargo propuesto está  llamado   a  prosperar,  circunstancia  que  impone   casar   la   sentencia   acusada,    en   orden  a  invalidar  la   actuación  adelantada a partir de la fecha en que ella se profirió.   

DECISION   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de  Justicia,   en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de  la     República     y     por    autoridad    de    la    ley,    CASA  la  sentencia de 14 de septiembre de  1999,  pronunciada por la Sala de Familia del Tribunal Superior de Medellín, en  el  proceso ordinario promovido por la señora Gloria María Carmona Hernández,  en  representación  de  su  hijo  menor Alejandro Carmona Hernández, contra el  señor Gabriel Restrepo Santamaría y, en sede de instancia,   

RESUELVE:  

1.              Declarar    la   nulidad   de  la  actuación  que  adelantó  el  Tribunal  Superior,  a partir de la fecha en que se profirió el referido fallo,  inclusive.   

2.            En  consecuencia,  se  ordena renovar la  actuación  anulada,  para  lo  cual  el  Tribunal  deberá  adoptar  todas  las  decisiones  probatorias,  de impulsión y, si fuere el caso, disciplinarias, con  el  fin  de  asegurar la comparecencia del señor Gabriel Restrepo Santamaría a  la  práctica  de  los  exámenes  necesarios  para la realización de la prueba  pericial  sobre  el  ADN,  de  conformidad con lo expuesto en la parte motiva de  ésta providencia.   

3.            Sin  costas  en el recurso de casación,  por haber prosperado el cargo.   

Devuélvase  el  expediente  al  Tribunal  de  origen.   

Notifíquese.   

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL ISIDRO ARDILA VELASQUEZ  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

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