SC 357 2005 [0500131030031997 2016 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

SC-357-2005 [0500131030031997-2016-01]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá,  D.  C.,  dieciséis   (16)   de   diciembre   de   dos   mil   cinco   (2005).   

Referencia:  Expediente  número   

05001-31-03-003-1997-2016-01.  

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto   por   la   demandante   contra   la   sentencia   de  13  de  marzo  de  2001, proferida por la  Sala   Civil   del   Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín, dentro del proceso ordinario  promovido  por Gloria María  Villegas   Isaza  frente  a  Natalia Sánchez Saldarriaga.   

I. ANTECEDENTES  

                                 1.  La  demandante  convocó  a  juicio  ordinario  a  la  demandada  para  que  se  declarara,  principalmente,  nulo,  de  nulidad  absoluta, por falta de consentimiento, el contrato contenido  en  la  escritura  pública  5058  de  15  de septiembre de 1994, de la notaría  cuarta  de  Medellín,  por  medio del cual ella dijo venderle a la demandada la  casa  número  110,  que  hace  parte  de  la unidad residencial «Rincón de los  Balsos»,  ubicada  en  la  calle 7ª-A-Sur número 35-56 de esa localidad, cuyas  características  que  la  identifican constan en la demanda; para la hipótesis  de  que a ello no se accediera, solicitó declarar simulado, por “inexistencia  del  precio”,  el  referido  negocio  jurídico; en subsidio de las anteriores  pretensiones,  pidió que se hiciera la última de las  referidas    declaraciones,   aunque   en   esta   ocasión   “por   falta  de  intención  de  contratar  entre  sí”;  para el caso de que las precedentes súplicas no fueran de recibo,  demandó  la  resolución  del referido contrato, por incumplimiento de Sánchez  Saldarriaga  en  el  pago  del precio acordado; y, finalmente, para el evento de  que  todas  las anteriores fueran negadas, deprecó que se declarara rescindido,  por   lesión   enorme,   el   mencionado   acuerdo   de  voluntades.   

                              Pidió  además  que,  de  accederse  a  cualquiera  de  las  cuatro primeras pretensiones, se condenara a la opositora a  restituirle  el  aludido  inmueble,  con  los frutos y  mejoras,  así  como  que  se  ordenara  la  cancelación de esa escritura en la  oficina  de  registro;  y,  en  el  supuesto de que la  acogida  fuera  la  última de las mismas,  si  la compradora optaba por completar  el  justo  precio,  que ese valor se ordenara reajustado con la indexación a la  fecha del pago.   

2.  Fundamentó las  pretensiones    en    los    supuestos    fácticos    que    seguidamente    se  compendian:   

                             a) Como hechos  concernientes  a la nulidad absoluta manifestó que en  aquella  escritura pública la actora expresó venderle a la opositora el predio  aludido,  aunque  esa  venta  fue  supuesta, por cuanto quienes la celebraron no  consintieron  en  ella, «pues hubo falta de intención” y “de consentimiento  para  vender”, ya que la vendedora “se vio obligada a suscribir” el citado  instrumento,  faltando  de  esta  manera  «uno los requisitos que estructuran el  contrato”  conforme  al  artículo  1502  del  Código Civil, dando lugar a la  nulidad   prevista   en   los   artículos   1740   y   siguientes  ibídem.  Precisó  que la circunstancia  que  la  condujo  a  firmar dicho instrumento fue que su esposo Álvaro Arroyave  Valencia  «varias  veces  fue  visitado en su oficina por hombres armados que le  exigían  a  él  y a su familia, bajo amenaza de muerte, que pagaran las deudas  de  su  hermano”  Jorge  Arroyave Valencia; como existían unas obligaciones a  favor  de la familia de la demandada, celebró, contra su voluntad, el susodicho  contrato,  al  considerar  que  la  vida  de  su  cónyuge  estaba  en  peligro.   

                                  b) Con  relación  a la pretensión de simulación “por la inexistencia del precio”,  se  aseveró  que  aunque en la indicada escritura se dijo que éste, pactado en  $48.690.000,  se  había  pagado   «de  contado,  lo  cierto es que no hubo  precio  serio”  ni real, es decir que “no existió”; por ende, la supuesta  compradora  no  pagó  “precio ninguno” ni la actora lo recibió, motivo por  el cual había lugar a la acción de simulación.   

                                    c)  Tocante   con   la   simulación   “por  falta  de  intención de contratar”, se expresó que pese a que  la  citada  escritura  alude a un contrato de compraventa, la verdad era que ese  negocio  no lo hubo, debido a que las partes nada consintieron al respecto, pues  la  actora  no  tuvo intención de vender ni la demandada de comprar el inmueble  objeto  del  mismo; como “las partes no tuvieron intención de contratar entre  sí”, el señalado negocio era simulado.   

                                  d) En  lo  inherente a la súplica de resolución del contrato  por  incumplimiento  de  la  compradora en el pago del importe pactado, se adujo  que  la  vendedora no recibió el precio declarado en  la  escritura,  ni  ningún  valor por tal concepto, por lo que, al tenor de los  artículos  1546  y  1930  del  Código Civil, la compraventa debía resolverse.   

                                  e) En  el  apartado  de hechos relativos a la última de las indicadas pretensiones, se  sostuvo  que como el precio real del predio, al momento de ajustarse el referido  negocio,   superaba   los  $100´000.000,  la  demandante,  como  vendedora  del  inmueble,  había  sufrido  lesión  enorme  y,  entonces,  tenía  “derecho a  escoger   la   acción   de   rescisión”,   pues  la  transferencia  fue  por  $48´690.000.   

                             3. Notificada la  demandada,  contestó  el  libelo oponiéndose a las pretensiones; y en cuanto a  los  hechos,  no  sin  antes  asegurar no constarle lo  relativo    a   las   amenazas,   dijo   que  la  compraventa  fue  real,  al punto que el precio verdadero,  pactado  en  la  suma  de  $100´000.000, que no el escrito en  referida la  escritura,  lo pagó al haber asumido los créditos hipotecarios que gravaban al  predio  y  entregado  la  parte  restante a Jorge Alberto Arroyave Valencia, con  quien  directamente se hizo el negocio; uno de esos gravámenes, prosiguió, era  el  constituido  mediante  escritura 477 de 3 de febrero de 1994, con el cual se  garantizaba  el  mutuo  a  cargo  de  éste  y  a favor de Agropecuaria Sánchez  Saldarriaga;  como  dicha obligación no fue satisfecha, siete meses después de  constituida  esa  hipoteca,  surgió  por  parte  de  la  actora  y del nombrado  Arroyave   Valencia   la  propuesta   de  entregar  «el  inmueble  en  dación  en  pago  y  cubrir  otras  obligaciones  que  tenían  pendientes»,  para  lo  cual  optaron por establecer  pericialmente  si  el  bien  cubría  las  acreencias,  concretándose  así  el  negocio,  lo  que  permitió  la  entrega del fundo totalmente desocupado; estos  comportamientos  no  armonizan  con  las  amenazas  relatadas en la demanda, las  cuales,  por  lo  demás,  no  fueron  puestas  en conocimiento de la Fiscalía;  recalcó  que  fue  una  dación  en  pago  la  que  se verificó y que sí hubo  voluntad de vender y de comprar.   

                                  Como excepciones propuso las que  denominó  «falta de causa para incoar este proceso» y «mala fe», respaldadas en  los    aspectos   que   se   acaban  de  compendiar,  en  que  el  negocio  se  hizo con todas las formalidades legales, sin que se  presentara  vicio  alguno  del  consentimiento, a más que los hechos del libelo  carecían   de   fundamento  por  cuanto  desconocían  las  causas determinantes  del negocio.   

                             4. Por sentencia  de  19 de octubre de 2000 el  Juzgado  Tercero  Civil del  Circuito   de   Medellín  culminó     la     primera     instancia,     en     la     que    desestimó  las  pretensiones de la demanda.   

                               

5.  Al  desatar  la  apelación  interpuesta  por  la  demandante,  el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Medellín le puso fin a la alzada mediante fallo de 13 de marzo de  2001,  en  el  que  confirmó el del a-quo.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

                                  1. A  vuelta  de  precisar  que  la  hipoteca  podía  ser  constituida por un tercero  garantizando  obligaciones  ajenas,  evento  en  el cual, de incumplir el deudor  principal,  surgía  para  el acreedor interés jurídico que lo legitimaba para  reclamar  el  cumplimiento  coactivo  ya  de  éste  ora  de  aquél, sostuvo el  ad-quem  cómo para evitar  llegar  a  esa  solución  extrema  el deudor hipotecario podía transferirle al  acreedor  el  inmueble  comprometido  con  el  gravamen,  evento en el que éste  recibiría  en  pago  un  objeto  distinto  del  debido, lo cual configuraba una  dación  en  pago,  bien que se la denominara así directamente o encubriera con  una  figura  diferente,  como la compraventa, cual lo autorizaban los artículos  1627, 1649 y 2407 del Código Civil.   

                                    2.  Aseguró  el  fallador cómo  en  este  asunto  se  probó  que  la demandante constituyó hipoteca abierta de  segundo  grado  sobre  el inmueble del cual daba cuenta el proceso, garantizando  el  cumplimiento  de  obligaciones  a favor de Agropecuaria Sánchez Saldarriaga  Limitada  hasta  por un capital de $65´000.000 más intereses, como constaba en  la  escritura 477 de 3 de febrero de 1994, de la notaría cuarta de Medellín, y  aunque  la  misma  figuraba  como  deudora  hipotecaria,  la  verdad era que ese  gravamen  lo constituyó para garantizar el cumplimiento de obligaciones a cargo  de  Jorge Arroyave Valencia, su cuñado, según ella lo confesó al descorrer el  traslado  de  las  excepciones  y  en  el interrogatorio de parte que absolvió;  tales  acreencias, prosiguió, estaban incorporadas en seis letras de cambio que  documentaban  la obligación original relativa a negocios entre aquella sociedad  y el susodicho cuñado.   

                                  Como  el aludido Jorge Arroyave  incumplió,  Agropecuaria  Sánchez Saldarriaga Limitada y la actora llegaron al  acuerdo  para  que  ésta  le  transfiriera la aludida propiedad a la demandada,  pagando  así  tal  acreencia, lo cual constituyó dación en pago por cuanto se  modificó  el objeto de la obligación, pues la suma de dinero debida se cambió  por  la  prestación  de  dar  consistente  en  la  enajenación  del derecho de  propiedad   sobre  aquella  heredad;  el  monto  correspondiente  a  la  mentada  transferencia  se  completó,  aseguró  el  juez de segundo grado, asumiendo la  opositora  la  hipoteca  de  primer  grado que existía a cargo de la actora y a  favor  de  CONAVI,  cancelada  posteriormente,  como lo infirió de la escritura  1648  de  30  de mayo de 1995, allegada con la contestación a la demanda, y que  para   el   15  de  septiembre  de  1994  ascendía  a  $6´027.565,88,    como   lo   informó   esa  entidad.   

                                 3. Tras  señalar  que  Gloria  María concurrió voluntariamente a la notaría a otorgar  la  escritura  del  contrato  y  que adujo en el libelo unos supuestos fácticos  contrarios  a  la  historia  de  lo  que  realmente  aconteció alrededor de ese  convenio,   hizo  ver  el  juzgador  cómo  aunque  la  apariencia  revelaba  la  celebración  de  una  compraventa,  el  negocio  realmente  ajustado  fue el de  dación  en  pago,  ceñido  al  ordenamiento  legal;  precisamente  por ello la  promotora  del  proceso  “no recibió precio”, pues se reemplazó por lo que  ella  como  deudora  hipotecaria  debía;  por  esa  razón la misma carecía de  interés   para   obtener   tutela   jurídica  en  orden  a  que  se  declarara  particularmente la resolución del acto bilateral.    

                                4.  Después  de  precisar que el consentimiento para el contrato no se selló entre  la  vendedora  y  la  adquirente  sino  entre  aquélla  y Agropecuaria Sánchez  Saldarriaga  Limitada,  en  su condición de acreedora, sólo que ésta decidió  que  como  compradora apareciera la demandada, expuso el sentenciador que aunque  el  precio  que  se  hizo figurar en la escritura fue de $48´690.000, lo cierto  era   que  la  suma  verdadera  por  la  cual  se  celebró  el  negocio  estuvo  representada  en  los  $65´000.000  que  Jorge Arroyave Valencia le debía a la  mentada  sociedad  acreedora,  incorporados  en  las  aludidas  letras de cambio  aceptadas  por  Gloria  María,  a  quien  retornaron  una  vez  ajustado  dicho  contrato,  como  ella  lo confesó en la audiencia de que trata el artículo 101  del  Código  de  Procedimiento  Civil  y en el interrogatorio de parte, y en el  saldo  “de  la obligación a cargo de ésta y a favor de CONAVI, para un total  de  $71´000.000, monto de la dación en pago; sin necesidad, pues, de continuar  la suma referida a otros conceptos debidos”(fl.18 vto.).   

III.  LA  DEMANDA  DE  CASACIÓN   

                             Con  apoyo en la causal primera prevista  en  el  artículo  368  del  Código de Procedimiento Civil, un cargo propone la  recurrente,  en  el  que  ataca  la sentencia de violar, en forma indirecta, los  artículos  1627,  1649, 2407 del Código Civil, por aplicación indebida; 1546,  1609,  1613 a 1618, 1849, 1857, 1864, 1878, 1928 a 1932, 1936, 1937, 1946, 1947,  1948,  2059, 2127 y 2294 de esa codificación y 305 del Código de Procedimiento  Civil,  por  falta  de aplicación, como consecuencia de los errores de hecho en  que incurrió el tribunal al apreciar las pruebas.    

                               1. A  vuelta   de   puntualizar   que   el  ámbito  de  la  censura  se  concreta  únicamente  “al  hecho  de  que  …  no  se accedió a  declarar  la  resolución  de  la  venta  …por  falta de pago del precio total  convenido”,      asegura     la     recurrente     que     el     ad-quem   apreció   erróneamente   la  demanda,   su   contestación,  los  testimonios  de  Héctor  Hernán  Sánchez  Duque,    padre   de   la   opositora,  y Elkin Alberto Saldarriaga Arango, al igual que el interrogatorio  de  parte absuelto por la demandante, pues consideró que el negocio ajustado no  fue  de  compraventa  sino  de  dación  en pago, omitió observar que el precio  acordado  por  ese convenio fue de $100´000.000 y que en relación con el mismo  la   opositora   pagó   apenas  $75´450.000,  dejando  de  cancelar  la  parte  restante.   

                             2. No sin antes  aludir  a  lo  que,  en su sentir, dijo el fallador en torno a la manera como se  verificó  el  contrato de que tratan las súplicas y a la naturaleza del mismo,  sostiene  la  acusadora  que  la contraparte, en la respuesta que le dio al acto  introductorio,    hizo    referencia    a    que   la   suma   pagada   fue   de  $100´000.000,   así   como  al  hecho  de que la demandante tuvo verdadera intención de vender y ella de  comprar,  para  significar  que ese fue el verdadero  precio  pactado  por  la  venta  del  inmueble y que el negocio celebrado fue de  compraventa,  que  no  de dación en pago con el fin de cancelar únicamente «la  suma adeudada».   

                             Expone  la  casacionista  que el testigo  Héctor  Hernán  Sánchez  Duque,  verdadero  acreedor  de  la  suma  de dinero  adeudada  por  Jorge Alberto Arroyave Valencia, contrario a las afirmaciones del  tribunal,  declaró  haberle entregado todo lo relacionado con dicha acreencia a  su  abogado  Elkin  Saldarriaga  Arango,  quien lo mantenía informado de cuanto  acontecía  alrededor  de esa gestión, así mismo depuso que por esa particular  circunstancia  conoció  que  el  perito contratado al efecto había avaluado el  inmueble  objeto  del  acuerdo  en  $100´000.000  y que, luego de calcular “a  cuánto  ascendía  la deuda”, el negocio “se hizo con Jorge Alberto por ese  valor”(fl.14).   

                               Con relación al testimonio del  citado  Elkin  Saldarriaga Arango, la censora hace ver  cómo  éste  declaró,  en  oposición a lo concluido por el fallador, que como  Héctor  Sánchez  le  había  entregado  dos letras de cambio, por $20´000.000  cada  una, para que adelantara el cobro respectivo, en desarrollo de esa misión  contactó  a  Juan  Medina  y al nombrado Arroyave Valencia, los deudores de las  mismas,   quienes   le   ofrecieron  respaldar  esas  acreencias  con  garantía  hipotecaria  constituida  sobre  un predio ubicado en Medellín; este declarante  agregó,  dice  la censura, que fue así como se constituyó dicha garantía por  la  suma  de  $65´000.000, la cual comprendió el capital y los intereses hasta  entonces  causados  y  que  al  no  solucionarse  la  referida  obligación  él  requirió  a  la actora para que cumpliera, momento en el que ella manifestó el  interés  en  vender  la cosa hipotecada, fue entonces cuando, previo el avalúo  practicado  en  $100´000.000, procedieron a negociarla; este deponente, dice la  impugnadora,  “quien  llevó  a  efecto  la  negociación  realizada”, no se  refirió  a que la actora hubiera entregado el predio en pago de la deuda sino a  la  intención  que  aquélla  tuvo  de  venderlo, a “que se le tomó” dicho  inmueble  en  la  mencionada  suma,  solucionando la obligación que garantizaba  aquel  gravamen,  “y  luego  de  ahí  se  tomaba  lo  necesario para pagar la  hipoteca de primer grado a favor de CONAVI”(fl.15).   

                               Estas   declaraciones,   asegura   la  recurrente,  eran  indicativas  de  que  las  partes  tenían  la  intención de  celebrar  una  compraventa y no de entregar el bien en pago de la suma de dinero  debida.   

                             Añade  que la demandada, en la pregunta  trece  del  interrogatorio  de parte formulado a la actora, indagó a ésta para  que  declarara  si  con  posterioridad  a  la  hipoteca  ella  había firmado la  escritura  de  venta  de  que  trata  este  asunto,  lo  cual  indicaba  que  la  convención  acordada no fue de dación sino una compraventa en la que su precio  se convino en la susodicha cantidad.   

                              3.  De  esas  pruebas,  prosigue la acusadora, surgía que la opositora sólo abonó al precio  de  la  compraventa  los  $65´000.000  que para esa época se le adeudaban a su  pariente  y  la suma pagada a CONAVI, “de un poco más” de $6´000.000, para  un  total  de  $71´000.000,  de  donde  concluye entonces que la contraparte no  pagó  el  precio  completo,  pues  dejó  de   cancelar  $29´000.000,  en  relación   con   los   cuales   ninguna   prueba   aportó  para  acreditar  lo  contrario.   

                             De no haber incurrido el juez de segundo  grado  en  los  errores  indicados,  habría  admitido  que  el  contrato fue de  compraventa   y   no  de  dación  en  pago,  que  el  precio  fue  acordado  en  $100´000.000  y  que como en relación con el mismo la compradora aún adeudaba  aquel saldo, ha debido acceder a la resolución deprecada.   

IV. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                              1.  Como  la  casación  es   recurso  extraordinario, ello implica que la demanda con la  que  se  sustente  debe  reunir unos requisitos muy puntuales, concretamente los  previstos  en  el  artículo  374  del  Código  de Procedimiento Civil, con las  modificaciones  introducidas al respecto por el decreto 2651 de 1991, pues, como  que  se  trata  de una cuestión esencialmente dispositiva, la labor de la Corte  queda  reducida  al  marco  que el recurrente establezca. No puede entonces esta  Corporación,  como  con  insistencia  lo  ha  sostenido, inferir a su juicio el  querer  del inconforme, como que es a éste a quien le corresponde establecer el  contexto    y    ámbito    conceptual   acerca   de   cómo   el   ad-quem  incurrió  en  el desacierto. De  este  modo,  sea  cual fuere la causal que se aduzca, la demanda ha de contener,  entre  otros  presupuestos, la formulación por separado de los cargos enfilados  frente  la decisión combatida, expresando los fundamentos de cada acusación en  forma clara y precisa, y exponiendo los motivos en que se apoyan.   

                             Ahora, como es el acusador quien tiene la  carga  de demostrar, en el caso específico de la causal primera, por errores de  hecho  y  de  derecho,  el  desatino cometido por el juez de segundo grado en la  estimación  probatoria,  le corresponde adelantar la tarea de confrontar lo que  realmente  surge  de la prueba respectiva con la conclusión que de ella derivó  el  sentenciador,  pues  sólo así podrá la Sala, dentro del ámbito exacto de  la  acusación, establecer si se presentó el desacierto que con el carácter de  manifiesto  y trascendente necesariamente se exige, pues, como lo tiene dicho la  Corporación,  en  tratándose  de  un  embate  por  yerros  de  tal estirpe, el  acusador  “no puede quedarse  apenas  en  su  enunciación  sino  que  debe  señalarlos  en  forma concreta y  específica,  en  orden  a  lo cual tendrá que precisar los apartes relativos a  cada  una  de  las falencias de valoración probatoria, confrontando la realidad  que   resulta  de  la  prueba  con  la  errada  ponderación  efectuada  por  el  sentenciador,  tarea  esta  que  no  queda cabalmente satisfecha si el censor se  contrae  apenas  a plantear, por más razonado que ello resulte, lo que desde su  perspectiva  debió  ser  el  juicio del tribunal, por supuesto que un relato de  ese  talante  no  alcanza  a  constituir  una  crítica  al fallo sino apenas un  alegato        de        instancia”(sentencia   número   056   de   8   de   abril   de   2005,   exp.  #7730).   

                             Desde otra perspectiva, por averiguado se  tiene  que  cuando  la  providencia  combatida  se  funda  en diversos medios de  certeza,   en   orden  a  destruir  la  presunción  de verdad y acierto de las conclusiones fácticas con  que  llega  a  casación, es deber del censor presentar un ataque integral, esto  es,  “una impugnación que  comprenda  todos  los  soportes  probatorios  que fincan la decisión, porque si  ésta  es  parcial,  así se demuestren los errores denunciados, los fundamentos  no  controvertidos  y determinantes de ella, la siguen manteniendo y por ende el  cargo    fracasa,    porque    la    presunción    de    acierto   continuaría  vigente”(G.  J., t. CCLXI,  pag.882).   

                             2. Al entrar en  el  cotejo  entre  lo  que  viene  de exponerse con el contexto de la acusación  planteada,  encuentra  la  Corte  que  la misma no se acopla a tales exigencias,  como  que  omite  el  contraste entre las pruebas y el fallo atacado, a más que  presenta un ataque incompleto, según pasa a verse.   

                             3. Como se vio  del  compendio  de  la sentencia recurrida, el tribunal concluyó que el negocio  ciertamente  celebrado  entre  las  partes  fue de dación en pago, en el que, a  cambio  de  las  sumas  de  dinero  que  debían  entregarse para solucionar las  obligaciones   dinerarias   respaldadas   con   los   gravámenes   hipotecarios  constituidos  sobre  el  inmueble,  los interesados acordaron que la demandante,  como  deudora  hipotecaria,  le  transfiriera  a la demandada esa misma heredad;  frente  a  esos  puntuales asertos la casacionista pretende hacer ver que aquél  cometió  yerro  fáctico por cuanto fue una compraventa el negocio ajustado, en  relación      con      el     cual     la     compradora      –demandada  en  esta causa-  dejó de pagar $29´000.000, pues,  habiéndose  pactado  en  $100´000.000  el  precio  del  mismo, canceló apenas  $71´000.000.   

                             Siendo  ese,  pues,  el  punto al que se  contrae  la  crítica,  es  claro  que  a  la  censora le correspondía hacer la  confrontación       entre       lo      que      dijo      el      ad-quem  y  lo que emanaba de las pruebas  que  le  endilga  haber  valorado  erróneamente, tarea que no desarrolló en la  medida  en que se limitó a presentar su propia versión alrededor del tema como  si  la  casación  fuera  una  tercera  instancia  en  la  que se le brindara la  oportunidad   para   presentar   nuevos  alegatos  de  instancia,  citar  apenas  fragmentos  de  algunos  de  esos  medios  probatorios o simplemente para sentar  conjeturas.   

                             Ciertamente, sostiene la impugnadora que  la  contraparte  en  la  contestación  a  la  demanda se refirió a que la suma  pagada    fue   de   $100´000.000   y   al   hecho  de que la actora tuvo verdadera intención de vender y  ella  de  comprar,  con  lo  cual  aquélla  daba  a  comprender que ese fue el  verdadero  precio  del  inmueble,  que  el  convenio alcanzado consistió en una  compraventa,   mas   no  en  la  dación  para  cancelar  únicamente  «la  suma  adeudada»;  asimismo,  con apoyo en escasos fragmentos  de  lo  depuesto  por  los testigos Héctor Hernán Sánchez Duque y  Elkin  Saldarriaga  Arango, afirma que  tales  declaraciones  indicaban que las partes tenían la intención de celebrar  una  compraventa,  pero  no  de  entregar  el  bien en pago de la suma de dinero  debida,  y  que  a  la  demandante “se le tomó” el predio en $100´000.000,  cancelando  la  suma  que  garantizaba aquel gravamen; igualmente asegura que la  pregunta  trece  del  interrogatorio  formulado  a  la  actora  traducía que la  convención  acordada  no fue de dación sino de compraventa en la que su precio  se convino en la mencionada cantidad.   

                             Como  se advierte, dichas expresiones no  son  más  que conclusiones propias de la censora, producto de meras conjeturas,  de  lo  cual no aflora el parangón entre lo que objetivamente cada uno de tales  elementos  probatorios  dice  y  lo  que de ellos anotó o dejó de reconocer el  juzgador;   se   trata,   sin   duda,  de  aspectos  guiados  por  un  carácter  eminentemente  subjetivo  que  aquélla considera deben concluirse de los medios  probatorios  aducidos  de  manera fragmentaria. Ha de notarse que expresiones de  ese   talante   no   entrañan,   per  se,  la  confrontación  que  se  echa de menos y tampoco se dirigen a  controvertir  la  puntual  argumentación  del  sentenciador  que  lo  condujo a  pregonar,  reconocer  y  aplicar la especie negocial en referencia; en suma, esa  es  una  argumentación  típica  de un alegato de instancia, que, por tanto, no  involucra  sustentación  referida  a lo que objetivamente surge de los diversos  elementos  de  convicción, vistos en la dimensión que cada uno de ellos ofrece  en su real materialidad.   

                             Resulta  así claro, que la casacionista  se  circunscribe a presentar su propio punto de vista acerca de las pruebas a su  juicio  erróneamente  valoradas,  con evidente descuido del deber que tenía de  señalar,  en forma precisa, clara y concreta, el contenido material de cada una  de  ellas,  que  indubitablemente  permitiera  establecer  el  error achacado al  sentenciador.  A  manera  de  un  alegato  de  instancia, se limita a exponer su  parecer  sobre  esas  probanzas,  dejando de hacer el contraste entre lo que las  mismas  dicen  y  lo  que  alrededor  de  ellas argumentó o dejó de valorar el  tribunal.  Es  evidente,  desde  luego, que la acusación ostenta la deficiencia  técnica que se deja advertida.   

                             No  debe pasarse por alto, en todo caso,  que  el  criterio  que pueda tener el casacionista, por respetable que fuese, no  puede  prevalecer,  en tratándose de la interpretación de los contratos, sobre  el  que  expone  el tribunal, mientras no degenere en notoria arbitrariedad; por  supuesto  “que  en  los  eventos  en  que surja un  conflicto  a  propósito  de la comprensión que ha de dársele a un contrato, a  su  cumplimiento  o  incumplimiento,  la valoración que haga el sentenciador es  una   cuestión   fáctica   que   el   legislador   confía   a   su   discreta  autonomía,  de donde se desprende que el juicio que  al  respecto edifique es susceptible de echarse a pique únicamente en la medida  en  que  brille  al  ojo  que el alcance que le otorgó al respectivo negocio es  absolutamente  diferente  del que ciertamente surge de su propio contenido, y no  en  los  eventos en que se requiera efectuar complicados esfuerzos analíticos o  cuando   entre  varias  interpretaciones  lógicas  y  razonablemente  posibles, el juzgador escogió una de ellas”(sentencia número  162 de 11 de julio de 2005, exp.#7725).   

                             4.  Desde otro  punto  de  vista  advierte  la  Corporación  que,  cual  se anticipó,  la  arremetida  es  incompleta  en  la  medida  en  que no abraza todos los soportes  probatorios con base en los  cuales  el  juzgador  dio  por establecido que fue de dación en pago, que no de  otra  índole,  el  negocio  jurídico  realmente ajustado a través del cual la  demandante  le  transfirió  a  la  opositora el inmueble atrás identificado, y  determinó,  por ende, negar la pretensión de declarar resuelto el contrato por  incumplimiento   de  la  demandada  en  el  pago  del  precio,  como  se  expone  enseguida.   

                             En  efecto, para pregonar que la especie  negocial  verdaderamente  ajustada  entre  las  partes fue una dación en pago y  negar  la  pretensión  de  resolución  del  contrato,  el  tribunal  se  basó  en    las    escrituras   públicas   477  de 3 de febrero de 1994 y 1648 de 30 de mayo de 1995, otorgadas  en  las  notarías  cuarta  y  segunda  de  Medellín,  respectivamente,  en  la  certificación   expedida  por  CONAVI  relativa  al  saldo  de  la  obligación  hipotecaria   para   el   15   de   septiembre   de  1994  y en la confesión de la demandante, que dedujo,  concreta  y  específicamente,  del  escrito  con  el  cual  ella  descorrió el  traslado  de  las  excepciones,  de la diligencia practicada en cumplimiento del  artículo  101  del Código de Procedimiento Civil y del interrogatorio de parte  que absolvió.   

                             La  censora,  por  su  parte, le endilga  al                    ad-quem   haber  incurrido  en yerro  fáctico,   según   dice,   porque   apreció   erróneamente  la  demanda,  su  contestación,  los  testimonios  de  Héctor  Hernán  Sánchez  Duque  y Elkin  Alberto  Saldarriaga  Arango,  así  como  la  pregunta trece del interrogatorio  formulado  a  la  actora,  de  los  cuales,  según su entender, afloraba que el  acuerdo  ajustado  fue de compraventa, que el precio se pactó en $100´000.000,  en  relación con el cual la contraparte pagó $75´450.000, dejando de cancelar  la diferencia.   

                             Al  confrontar  las  pruebas  en  que se  apoyó  el  fallador  con los elementos de convicción relacionados en el cargo,  sin  mayores  dificultades se advierte que la impugnadora, en puridad de verdad,  dejó  por  fuera  de  toda  crítica  precisamente  aquellos  documentos  y  la  confesión  de  la  promotora  del  proceso,  que dedujo de los particularizados  actos  procesales,  pues,  cual  viene  de  observarse,  fue  con  base  en esos  concretos  medios  probativos  como  arribó  a  las  conclusiones fácticas que  guiaron  su  decisión;  es  claro  que  la  recurrente,  haciendo  de lado esas  específicas  pruebas,  pretende  cuestionarle  al  juez  de segundo grado haber  predicado  la nombrada especie negocial y dejado de reconocer que, en cambio, se  trató  de  una  compraventa,  en relación con la cual la demandada no pagó el  total del precio pactado.   

                                La  circunstancia  de  que  no  hubieran  sido  objeto  de  censura ninguno de aquellos elementos probatorios en  que  se  fundó  el juzgador para sentar sus conclusiones y adoptar la decisión  de  la  que  se duele la acusadora, indica no sólo que la crítica no satisface  las  exigencias  técnicas  que  le  son  propias  sino  que  la sentencia sigue  enhiesta,  toda  vez  que  los  pilares  persuasivos  que la sostienen no fueron  tocados  en  el  recurso  extraordinario, lo que le permite seguir gozando de la  presunción de acierto que le es propia.   

                             Es más, como ya se dijo, con fundamento  en  los determinados elementos probativos el fallador llegó a la conclusión en  el  sentido  de  que  la demandante, pagando las obligaciones dinerarias a cargo  suyo  y  de  Jorge Arroyave, garantizadas con las hipotecas constituidas a favor  de  Conavi  y de Agropecuaria Sánchez Saldarriaga Limitada, por disposición de  esta  última  le  transfirió el inmueble a la demandada, de donde calificó el  mentado  negocio  como  de dación en pago por cuanto conllevó la mutación del  objeto  de la obligación en tanto aquellas sumas de dinero debidas se cambiaron  por  la  prestación  de  dar consistente en la enajenación del aludido predio,  razón  por  la  cual  Gloría  María  “no  recibió  precio” y carecía de  interés  para  obtener  tutela  en  orden a que se declarara la resolución del  contrato;  y  acontece  que  esa  puntual argumentación la acusadora tampoco la  combatió,  pues,  como  viene  de  verse,  dirigió  su  propuesta  a pretender  demostrar  una compraventa y el monto de su precio, con abstracción absoluta de  los  fundamentos a través de las cuales el sentenciador arribó a la dación en  pago que dijo encontrar evidenciada.   

                             A  este  respecto  ha  de insistirse que  “si  se  aspira  impugnar con éxito un juicio jurisdiccional de instancia, el  cargo  debe  apuntar  a  desvirtuar  todos  y  cada  uno  de  los argumentos que  respaldan  dicho  juicio;  en  su  empeño,  vista  la  cuestión  desde la  perspectiva  de las apreciaciones que sobre las pruebas hizo el sentenciador, el  impugnante  debe  combatirlas  en  su  totalidad,  en  el  entendido  de  que de  mantenerse  siquiera  una  de  ellas  en pie que le preste suficiente apoyo a la  sentencia  acusada,  no queda habilitada la Corte para llegar a casar ésta, por  más     que     la     acusación    parcial    propuesta    sea    viable    y  contundente”(sentencia  número   041  de  8  de  septiembre  de  1999,  exp.#5210,  no  publicada  aún  oficialmente).   

De  allí  que  le  competía  entonces a la  recurrente  no  sólo atacar aquellas bases de la sentencia sino destruirlas, si  pretendía  abrirle  paso  a  la  arremetida  fundada  en  esas otras pruebas, a  través  de  las  cuales aspiraba hacer ver la compraventa que dice se celebró,  el  precio  de  la  misma  y  la  suma  que  pagó y la que adeudaba la supuesta  compradora.  A este respecto ha de resaltarse que el análisis de fondo sobre la  “errónea  apreciación”  de  esos  otros  elementos  de convicción hubiera  tenido  cabida únicamente de haberse derribado aquella base probatoria adoptada  por  el  sentenciador, pues no fue de fuente distinta sino del indicado material  de donde dedujo la especie negocial que dijo encontrar.   

Habida  consideración  que ese cimiento del  fallo  no  fue  desquiciado,  sigue  gravitando  su  fuerza  como  apoyo  de  la  sentencia,  situación  que  le  impide  a  la  Corte proceder válidamente a la  evaluación  que  del  modo  indicado  propone  la  censura; por supuesto que al  recurrente  no  le era suficiente limitarse a señalar los eventuales yerros por  indebida  valoración  de  las pruebas, tal como lo presenta la acusación, sino  que  de  manera  previa  tenía  que  cumplir  la  carga  de  combatir todos los  argumentos  y  medios  de  convicción  que fueron fundamento y estructura de la  providencia  criticada,  porque  de nada valdría que se pudiera concluir que en  efecto  se  presentó  el  yerro  si  de  otro  lado  se  mantienen intactos los  elementos demostrativos que la soportan.   

V. DECISIÓN  

                             En  armonía  con  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de  la  República,  y  por  autoridad  de  la  ley, NO  CASA  la sentencia de 13 de  marzo  de  2001,  pronunciada  por  la  Sala Civil del  Tribunal      Superior     del     Distrito     Judicial     de     Medellín,  dentro del proceso ordinario  identificado en esta providencia.   

                             Condénase a la parte recurrente al pago  de  las  costas  causadas  en  el  recurso extraordinario. Tásense.   

CÓPIESE,   NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE    

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *