S 019 97

1997

Asistente Jurídico Inteligente

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S-019-97

             CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION CIVIL Y AGRARIA   

MAGISTRADO    PONENTE:    NICOLAS BECHARA SIMANCAS   

Santafé  de Bogotá, D.C., veintinueve (29)  de mayo de mil novecientos noventa y siete (1997).-   

                                      Referencia:   Expediente No.4845   

                                 Se decide el recurso de casación  interpuesto  por  la parte demandada contra la sentencia de 30 de julio de 1993,  pronunciada  por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de Santafé de  Bogotá  en  este  proceso  ordinario  iniciado  por  Pedro Nel Clavijo Salinas,  Myriam  Amparo  Clavijo  de  Gutiérrez,  Jairo  Clavijo  Ríos, María Victoria  Clavijo  de  Arias,  Martha  Clavijo de Villareal, Patricia Ruth, Dario y Sandra  Clavijo   Ríos,   frente   a   Carlos   Julio   Romero   y  Juana  Vásquez  de  Mayorga.   

                                ANTECEDENTES   

                                   I.-               Por   demanda  cuyo  conocimiento  asumió  el Juzgado Veinticuatro Civil del Circuito de Santafé de  Bogotá,  los  mencionados  actores solicitan que con audiencia de los referidos  demandados  se  declare  que  les  pertenece  en común y proindiviso el lote de  terreno  cuya  ubicación  y  linderos  indican  en  la  petición primera de la  demanda  reformada (fls. 70 a 74 C.1); que, como consecuencia de lo anterior, se  condene  a los demandados a restituir a los propietarios en común y proindiviso  la  porción  de  ese lote que ocupan, porción identificada por sus respectivos  linderos  en la petición segunda de la demanda; que se condene a los demandados  a  pagar  los  correspondientes frutos civiles y naturales desde cuando ocuparon  el  inmueble,  hasta  cuando se produzca la restitución, teniendo en cuenta que  son  poseedores  de  mala  fe;  y  que  se  les  imponga las costas del proceso.  Adicionalmente,  los  actores  formularon pretensiones subsidiarias, al reformar  la  demanda  (fls. 70 a 74 C. 1), similares en esencia a las principales, de las  que  sólo  se  diferencian  en  cuanto  identifican  la  porción  del  lote  a  reivindicar  de  conformidad  con  la  descripción que hacen los demandados del  lote que poseen, al contestar la demanda.   

                                  II.- Las anteriores pretensiones  se hacen descansar en los hechos seguidamente sintetizados:   

                                  a)  Mediante escritura pública  N°  2212  de 10 de noviembre de 1952, otorgada en la Notaría Sexta de Santafé  de  Bogotá,  Pedro  Nel  Clavijo  Salinas  compró a Edilberto Castro Morales y  Honorio  Pérez Salazar los lotes números 4, 5 y 6 de la Urbanización Salazar,  allí  alindados, comprador que dio en venta posteriormente a Carlos Tomas Rojas  el  lote  número  5, por escritura N° 2244 de 30 de julio de 1962, de la misma  Notaría, dejando para sí los lotes 4 y 6.   

                                  b)  Al  momento  de  la compra,  Clavijo  Salinas tenía sociedad conyugal vigente con Bernarda Ríos de Clavijo,  por  cuya muerte se inició el correspondiente proceso sucesorio, en el cual «se  les  adjudicó  a  los  demandantes  en  común y proindiviso los lotes 4 y 6 ya  identificados»,  englobados  en uno solo por escritura N° 420 de 19 de abril de  1985  9  sic),  con  linderos  generales descritos en la petición primera de la  demanda.   

                                  c) Muerto el heredero Pedro Nel  Clavijo  Ríos,  la  cuota  que  le  correspondió a éste en la mortuoria de su  madre  Bernarda  Ríos  de  Clavijo  le  fue  adjudicada  a  su padre y también  demandante  Pedro  Nel  Clavijo Salinas, quien, mediante contrato verbal, dio en  arrendamiento  a  José  Trinidad Barrios en 1970 y hasta el mes de noviembre de  1976,  la  parte  del  lote número 4 identificada en la petición segunda de la  demanda;  porción  esta que, después de dicha fecha, tomó en la misma calidad  Eliseo  Onofre  Barrios  Curtidor,  a quien el arrendador no le recibió más la  renta  a  partir del mes de noviembre de 1986, solicitándole la devolución del  bien.   

                                  d) En el mes de abril de 1988 se  enteraron  los  actores  que  en  la  porción  del  lote aludido se encontraban  personas  desconocidas, «y como el señor BARRIOS CURTIDOR había sido llevado a  la  Cárcel  en varias oportunidades se pensó que se trataba de una invasión»,  lo  que  originó  querella policiva por ocupación de hecho, frente a la que se  opusieron  los  aquí  demandados,  aduciendo  posesión  derivada de compra que  hicieron a Barrios Curtidor.   

                                  e)  Los  demandantes  han  sido  despojados  del  uso y goce del inmueble ocupado por los demandados, por lo cual  han sufrido perjuicios.   

                                  III.-  Enterada  de la demanda,  Juana  Vásquez  de  Mayorga  la  contestó  oportunamente,  manifestando que la  escritura  número 2212 de 10 de noviembre de 1952 es inexistente de conformidad  con  el  art.  100 del decreto 960 de 1970 y el art. 2595 del C.C., por no haber  sido  suscrita  por  el  Notario  Sexto  de  Santafé  de  Bogotá, lo que no le  permitía  ser  registrada; que la adjudicación «hecha en el sucesorio no sanea  el  vicio  de  inexistencia  antes  mencionado»;  que  no  es cierto que Barrios  Curtidor  hubiese  ocupado  el  inmueble  como  arrendatario después del mes de  noviembre  de  1976,  y  que  ni  antes  ni  después de 1986 éste hizo pago de  arrendamiento  alguno,  pues  siempre  ocupó  el  bien  con  ánimo de señor y  dueño;  que sólo hasta el año de 1988 los demandantes intentaron perturbar la  posesión  quieta  y  pacífica de los demandados, cuando presentaron demanda de  lanzamiento  por  ocupación  de hecho, resuelta en forma adversa; y que Barrios  Curtidor  vendió  la  posesión  que tenía a los demandados mediante escritura  número  2364  de  1988,  pasada  en  la  Notaría  Doce de Santafé de Bogotá,  posesión  esa  superior  a los 20 años, pues sumada a la de los demandados les  da   a   éstos   derecho   para  demandar  la  adquisición  por  prescripción  extraordinaria.  Termina,  pues,  con  oposición  a  las  pretensiones  de  los  actores,  contra  las que propone las excepciones que denomina «inexistencia del  título  adquisitivo  del  dominio  en  cabeza  de  la  parte  actora lo que los  inhabilita  para accionar de conformidad con lo dispuesto por los artículos 950  y  951 del C. Civil», «carencia de personería sustantiva de los demandantes», y  «prescripción extintiva de la acción».   

                                  El demandado Carlos Julio Romero  contestó  igualmente  la demanda, diciendo que la escritura 2212 es inexistente  por  carecer de la firma del Notario Sexto de Santafé de Bogotá; que Edilberto  Castro  Morales y Honorio Pérez Salazar compraron en comunidad «un bien formado  por  los  lotes  cuatro,  cinco,  seis  y  siete  y  no ha habido desde entonces  división  material, lo que nos lleva a afirmar que no se trata de una comunidad  liquidada,  careciendo  por  lo  tanto  los  actores  de  personería  jurídica  sustantiva…»;  que  Barrios Curtidor fue verdadero poseedor de la porción del  predio  pretendido,  la cual enajenó a los demandados; y que los actores jamás  han  ejercido posesión material sobre ese bien. Consecuente con lo anterior, se  opone  a  las  pretensiones  de  los  actores,  y  tras aseverar que no presenta  demanda  de  reconvención  porque  éstos no tienen título válido de dominio,  propuso  las  excepciones  que  denominó «Inexistencia, invalidez o nulidad del  título  que  aducen…los  demandantes…», «carencia de personería sustantiva  de  los  demandantes  o  falta  de  legitimación  en la causa» y «prescripción  extintiva de la acción».   

                                  Descorriendo  el traslado de la  demanda  integrada  (la inicial y su reforma) los demandados, luego de remitirse  a  lo por ellos ya expuesto al contestar el libelo inicial, manifiestan (fls. 80  a  82  C.  1)  que  mediante  Resolución  N°  1178  de  3  de abril de 1989 la  Superintendencia  de Notariado y Registro autorizó al Notario Sexto de Santafé  de  Bogotá  para suscribir la escritura N° 2212 de 10 de noviembre de 1952, en  obedecimiento  a  lo cual éste procedió de conformidad el 14 de abril de 1989;  que  esta  autorización es violatoria de los artículos 16, 20, 30, 51 y 135 de  la  C.N.  vigente  para  entonces,  lo  mismo que de los artículos 2586, 2595 y  concordantes  del C.C., «vigentes al momento de escribirse (sic) el documento en  noviembre  del  año  de  1952»,  y  el  artículo  100 del Decreto 960 de 1970;  fundamentos  esos  que  los  llevaron  a proponer contra las pretensiones de los  actores,  «además  de  las  ya  propuestas», la EXCEPCION DE NULIDAD de aquella  resolución  de la Superintendencia de notariado y registro, lo mismo que de las  resoluciones   0907   y  0936  de  13  y  15  de  marzo  de  1989  de  la  misma  entidad.   

                                  IV.-  La  primera instancia del  proceso  terminó  con  sentencia  de  25 de septiembre de 1992, en virtud de la  cual el a-quo hizo los siguientes pronunciamientos:   

                                    «1.-°  Declarar  no  probada  ninguna   de   las   excepciones   propuestas,   dadas  las  motivaciones  antes  anotadas.   

                                 «2°.- Declarar que el lote de  terreno,  identificado  por  su  ubicación y linderos en las pretensiones de la  demanda,  es  de  propiedad  de  los  señores PEDRO NEL CLAVIJO SALINAS, MYRIAM  AMPARO  CLAVIJO  DE  GUTIERREZ,  JAIRO  CLAVIJO  RIOS, MARIA VICTORIA CLAVIJO DE  ARIAS,  MARTHA  CLAVIJO DE VILLAREAL, PATRICIA CLAVIJO RIOS, DARIO CLAVIJO RIOS,  SANDRA  CLAVIJO  RIOS  y, como consecuencia de ello, se condena a los demandados  CARLOS  JULIO  ROMERO y JUANA VASQUEZ DE MAYORGA a restituir el mismo a favor de  los  actores  en  el término de cinco días, contados a partir de la ejecutoria  de esta providencia.   

                               «3°.- Condenar a los demandados  a  pagar  a  favor  de  los demandantes, a título de frutos civiles, la suma de  $20.000.oo  mensuales, a partir del día en que fueron notificados de la demanda  inicial  y  hasta cuando se materialice la restitución del bien inmueble objeto  del proceso.   

                                «4°.-  Condenar en las costas  del proceso a los demandados».   

                                 V)  Inconforme  con  lo  así  decidido,  la  parte  demandada  recurrió  en  apelación, dando lugar a que el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Santafé de Bogotá, por sentencia  de 30 de julio de 1993, dispusiera lo siguiente:   

                               «PRIMERO: Modificar la sentencia  recurrida  proferida  el  25  de  septiembre de 1992 por el Juzgado 24 Civil del  Circuito de esta ciudad, la que quedará así:   

                                «a) Confírmanse los numerales  1o., 2o., 3o., y 4o. de su parte resolutiva.   

                                  «b)   Declárase   que  los  demandados  son  poseedores  de buena fe, y en consecuencia tienen a su favor el  derecho  a  que se les reconozca y paguen, con derecho de retención,las mejoras  plantadas  en el inmueble, detalladas y avaluadas pericialmente en la suma total  de Un millón quinientos veinte mil pesos ($1’520.000.oo) m/cte.   

                                  «SEGUNDO:  Condenar  a  los  demandados  al  pago de las costas de esta instancia, pero sólo en un 70% de su  valor real».   

                                           FUNDAMENTOS DE LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL   

                                Después de citar los elementos  requeridos  por  la  doctrina y la jurisprudencia para estructurar la acción de  dominio,  el  Tribunal  se  ocupa del material probatorio del proceso en orden a  determinar   si   aquellos  requisitos  se  cumplen  en  este  caso  particular,  señalando  al  respecto  que  aun  cuando al momento de otorgarse la mencionada  escritura  pública  N°  2212  (10  de  noviembre de 1952), el Notario Sexto de  Santafé  de  Bogotá  no  la  autorizó  con  su  firma,  es  lo cierto que ese  requisito  se  cumplió  posteriormente,  cuando, en obedecimiento a resolución  emanada  de la Superintendencia de Notariado y Registro en el año de 1989 y con  arreglo  al  artículo  100 del Decreto 960 de 1970, dicho funcionario procedió  de  conformidad,  una  vez  corroboró que el proyecto de escritura N° 2212 «se  encontraba  completo  en  cuanto  a  firmas  de  los  otorgantes  y comprobantes  fiscales  necesarios,  y firmada por los testigos instrumentales, haciendo falta  sólo  la firma del Notario de la época», con lo cual, prosigue el tribunal, se  dio  al  instrumento  el  carácter  de  escritura pública, y se rescató y dio  eficacia  al  acto o autorización cuya firma se omitió, adquiriendo el título  validez  en forma retroactiva a la fecha de su otorgamiento, por expreso mandato  del  artículo  767  del  C.C.. En esas condiciones, sigue diciendo el Tribunal,  quedan  sin base jurídica las excepciones de «inexistencia, invalidez o nulidad  del  título», «carencia de personería sustantiva» o «falta de legitimación en  causa  por  activa»,  «pues  el  negocio jurídico…surte sus efectos desde tal  fecha  (noviembre 10 de 1952), máxime cuando judicialmente no ha sido declarado  nulo  (art.  1740  C.C.); ni las partes contratantes por un acto de voluntad han  decidido  dejarlo  sin  efecto  (art.  1602 C.C.); no siendo del resorte de esta  Corporación,  entrar  a  analizar  y considerar lo concerniente a nulidad sobre  las  resoluciones  emanadas de la Superintendencia de Notariado y Registro» (fl.  22 C. 2).   

                                Con  fundamento  en la aludida  autorización  notarial  del  título  y el aporte del respectivo certificado de  libertad  y tradición, el sentenciador encuentra cumplido el requisito atinente  a la existencia de dominio en los actores.   

                                Relativo a la posesión de los  demandados,  el  Tribunal  trae a colación que éstos compraron a Eliseo Onofre  Barrios  Curtidor  las  mejoras, servidumbres y posesión que éste tenía sobre  el  bien  a reivindicar (escritura N° 2364 de 30 de agosto de 1988, otorgada en  la  Notaría Doce de Santafé de Bogotá), pero advierte que si bien se les debe  reconocer  la  calidad  de  poseedores  de  buena  fe,  no  hay fundamentos para  declarar  próspera  la  excepción de prescripción que ellos proponen, pues no  obstante  que invocan el fenómeno jurídico de la suma de posesiones (arts. 778  y  2521  del C.C.), en el proceso no existen pruebas contundentes que demuestren  en  forma  inequívoca  que  Barrios  Curtidor  hubiese  tenido efectivamente la  calidad  de poseedor, calidad que por el contrario le niegan los testigos María  Carolina  Valdivieso de Martínez (fls. 130 a 133 C. 1), Martha Inés Hinestroza  de  Rangel (fls. 133 a 135 C. 1), Elvia Barrios Curtidor (fls. 135 a 137 C. 1) y  Julia  Venegas  de  Rojas  (fls.  137  a 139 C. 1), «quienes en forma detallada,  dando  la  razón  y  ciencia de su dicho, son enfáticos en declarar que ELISEO  ONOFRE  BARRIOS  CURTIDOR  era mero tenedor del lote, pues reconocía dominio en  cabeza  de PEDRO NEL CLAVIJO SALINAS…», y por cuanto «…respecto a los demás  declarantes  traídos  por  los demandados, a unos no les consta en qué calidad  quedó  el  antes  mencionado  luego  que  su  padre José Trinidad Barrios y su  hermana  Elvia  Barrios Curtidor se fueron de este inmueble, y otros afirman que  era  cuidando el lote sin saber a ciencia cierta en qué condición o calidad lo  ocupaba».  Estas  reflexiones  llevan al ad-quem a considerar que no puede darse  la suma de posesiones porque Barrios Curtidor era mero tenedor.   

                                Tras  concretar que se cumplen  además  los  requisitos  de «cosa singular» e «identidad entre lo poseído y lo  pretendido»,  el  Tribunal  concluye  que hay lugar a la confirmación del fallo  apelado,  pero  modificándolo  en el sentido de reconocer el pago de mejoras en  favor    de   los   demandados,   y   en   el   de   reconocerles   derecho   de  retención.   

                               Tres cargos, todos por la causal  primera   de  casación,  proponen  los  recurrentes  contra  la  sentencia  del  Tribunal,  de  los cuales la Corte estudiará en forma conjunta los dos primeros  por tener defectos comunes, y luego el tercero.   

                              CARGO PRIMERO   

                                Mediante  éste  se  acusa  la  sentencia  de  infringir  los artículos 174, 187 del C. de P.C., 6°, 669, 946,  950,  1500,  1501,  1740,  1741,  1752,  1753, 1857, 2322 a 2340, 2594, 2595 del  C.C.,  16  a  27  de la ley 85 de 1890, 2° de la Ley 50 de 1936, 26 de la C.N.,  1886,  30, 288, 230 de la C.N., por falta de aplicación; 946, 947, 950, 669 del  C.C.,  100  del  Decreto  960  de  1970  y  47  del  Decreto  2184  de 1983, por  aplicación  indebida,  a  consecuencia  de  preterir  unas  pruebas  y apreciar  erróneamente otras.   

                               Con el propósito de demostrarlo  los  recurrentes  manifiestan  que  por escritura N° 175 de 17 de enero de 1952  (sic),  otorgada  en  la Notaría Séptima de Santafé de Bogotá, Mario Salazar  Vélez  vendió  a  Edilberto Castro Morales y Honorio Pérez Salazar un lote de  terreno  localizado  en  el  «Municipio  de Usaquén, urbanización Salazar», de  5.625v2 de área, de las  cuales   adquirió   el   primero   de   esos   compradores   2.500V2,      y      3.125V2  el  segundo;  que, al aquirir en la  forma  indicada,  subsiste   esa  comunidad  porque  no  se ha terminado de  conformidad  con  las causas señaladas en el artículo 2340 del C.C.; que ambos  compradores  dijeron vender por la citada escritura N° 2212 a Pedro Nel Clavijo  Salinas  3.975V2 de aquel  lote;  que  esta última escritura es inválida por no haber sido autorizada con  su  firma por el Notario de la época; que siendo por esa razón Clavijo Salinas  sólo  aparente  titular  del  derecho de dominio, vendió a Carlos Tomás Rojas  Agudelo  la  porción  identificada  como  lote  N°  5, «sin que hubiera habido  desenglobe  ni identificación del predio que quedaba al hacer la segregación»,  por  lo  que, al tenor del folio de matrícula inmobiliaria N° 050-0300147 (fl.  14  C.  1),  “figuran  como  titulares  del derecho de dominio, CASTRO MORALES  EDILBERTO,  PEREZ  SALAZAR  HONORIO,  en  común  y  proindiviso  y en una cuota  equivalente  a  veinte varas cuadradas (20V2) JOSE MARIA CHIARI ROJAS, PEDRO NEL  CLAVIJO,  MYRIAM  AMPARO CLAVIJO, MARIA VICTORIA CLAVIJO, JAIRO ALFONSO CLAVIJO,  MARTHA  CONSTANZA  CLAVIJO, RUTH PATRICIA CLAVIJO, PEDRO NEL CLAVIJO (sic) DARIO  FERNANDO  CLAVIJO,  SANDRA,  PILAR Y PEDRO NEL CLAVIJO S. Y además CARLOS TOMAS  ROJAS  AGUDELO”;  que  el  Tribunal apreció mal esta última prueba (folio de  matrícula  N°  050-300147) y dejó de apreciar la preanotada escritura 157, lo  mismo  que  el folio de matrícula N° 050-1161408 (fl. 39 C. 1) corroborante de  la aseveración anterior (la existencia de la comunidad).   

                                Reitera  la  invalidez  de  la  susodicha  escritura  N°  2212  con  arreglo al artículo 2595 del C.C. vigente  para  entonces,  norma  que, agrega, no tenía previsto ningún procedimiento de  saneamiento  distinto  al  de  la  ratificación del artículo 1753 ibídem; que  esos  preceptos los ignoró el Tribunal, al igual que los de los artículos 6°,  1740,  1741  y  2°  de la ley 50 de 1936, dejándolos de aplicar, «normas todas  que  se  refieren  a la nulidad absoluta que debe ser declarada de oficio por el  Juez».  Precisa entonces que el ad-quem apreció mal dicha escritura (la 2212) y  la  matrícula inmobiliaria del folio 14 del cuaderno 1 «porque dio validez a la  escritura  sin  firma  y  no  observó la comunidad que surgía…y expresamente  dejó   de  pronunciarse  sobre  las  resoluciones  de  la  Superintendencia  de  Notariado  que también obran en el proceso», violando así los artículos 174 y  187 del C. de P.C.   

                               Indica más adelante la censura,  que  si el Tribunal hubiese tenido en cuenta el artículo 1857 del C.C., habría  llegado  a  la  conclusión de que la escritura 2212 era inválida, lo mismo que  el  contrato  en ella contenido; que no hubo venta ni tradición; que el bien no  salió  del  dominio de los vendedores Edilberto Castro Morales y Honorio Pérez  Salazar.  En  este orden de ideas, precisan luego que la referida escritura vino  a  firmarse  por  el  Notario  sólo el 14 de abril de 1989 bajo la vigencia del  artículo  47  del  Decreto  2148  de  1983,  disposición  inaplicable  por ser  irretroactiva  a  la luz de la Constitución Nacional, y que la Superintendencia  del  ramo  dictó  las resoluciones que autorizaron la firma de la escritura con  violación  de  todo procedimiento». Que de haber analizado esas resoluciones en  armonía  con  las  disposiciones citadas, habría llegado a la conclusión, por  vía  de  excepción,  que  «no  surten  efecto  alguno  en  vista de que fueron  dictadas   en  contra  de  lo  dispuesto  por  el  artículo  2595  y  1753  del  C.C….».   

                                Los recurrentes puntualizan, en  otro  aparte  de  su  censura,  que  la  nulidad  de la escritura 2212 no otorga  derecho  a los actores para actuar como reivindicantes, porque el registro de un  título  nulo  no  subsana  la  nulidad,  y que la falta de apreciación de unas  pruebas  y  la  mala  apreciación  de otras llevaron al Tribunal a ver en ellos  legitimación  en  causa,  sin  advertir la existencia de una comunidad, para la  que  habría  que demandar, y de la que son titulares Edilberto Castro Morales y  Honorio Pérez Salazar.   

                                Solicitan, en consecuencia, se  case  la  sentencia  recurrida,  se  revoque  la  del  a-quo  y  se  nieguen las  pretensiones de los actores.   

                              CARGO SEGUNDO   

                                En él se combate la sentencia  por  quebrantar  indirectamente  los artículos 4°, 174, 175, 176, 187, 265 del  C.  de  P.C.,  26,  29,  228, 230 de la C.N., 6°, 669, 740, 745, 746, 756, 762,  1500,  1501,  1849,  1857, 2322 a 2340, 2512, 2535, 2594, 2595 del C.C., 16 a 27  de  la  Ley 95 de 1980, 2° de la Ley 50 de 1936, por falta de aplicación; 767,  669,  946,  950, 1602 del C.C., 100 del Decreto 960 de 1970, 47 del Decreto 2148  de  1983, por aplicación indebida; 1740, 1741, 1753 del C.C. y 38 de la ley 153  de  1887,  por falta de aplicación, a consecuencia de error de derecho cometido  por el Tribunal en la apreciación de las pruebas.   

                                 Exponen  los  recurrentes  al  desarrollarlo,  que  el Tribunal cometió el yerro denunciado al otorgarle valor  como  título de dominio a la precitada escritura N° 2212, estando el documento  y  el  contrato  en  él contenido afectados de nulidad absoluta, al faltarle al  instrumento  la  firma  del  Notario  de  la época, ello de conformidad con los  artículos  2594 y 2595 del C.C. vigentes a la sazón, y por cuanto ese vicio no  se  subsanó  como  lo prevé el artículo 1753 ibídem, ni tampoco fue allanado  por  las resoluciones comentadas de la Superintendencia de Notariado y Registro,  ya  que al aplicarse por ellas retroactivamente el artículo 47 del Decreto 2148  de   1983   resultan   sustancialmente   nulas,  pues  quebrantan  el  principio  constitucional  de  la  irretroactividad  de  la ley, lo mismo que el del debido  proceso.   

                                Reiteran líneas más adelante  los  impugnantes que los artículos 100 del Decreto 960 de 1970 y 47 del Decreto  2148  de 1983 eran inaplicables, como lo hizo la Superintendencia de Notariado y  Registro,  porque  la  ley no es retroactiva al tenor de mandato constitucional,  porque  a más de lo anterior, se encontraba prescrita la acción para solicitar  el  remedio allí previsto, por haber transcurrido más de 20 años desde cuando  se  otorgó  el  acto  nulo; todo lo cual los lleva a cuestionar que el Tribunal  hubiese  manifestado  que  no  tenía  porque entrar a analizar las resoluciones  expedidas  por  dicha  entidad, y a manifestar que la «excepción de nulidad por  ilegalidad  e  inconstitucionalidad  de esas resoluciones» debió considerarse y  decidirse  por  el  sentenciador.  Que  al  dar validez a la tantas veces citada  escritura  N°  2212  y  al  contrato en ella incorporado, el Juzgador advirtió  derecho  de  dominio en los actores y su legitimación para demandar en la forma  en  que  lo  hicieron,  cuando  ellos  no  son  legítimos propietarios, por ser  inválida también la tradición.   

                                Tras explicar el concepto de la  violación  de  las normas que citan, los recurrentes solicitan a la Corte casar  la  sentencia del ad-quem para que, en sede de instancia, revoque la del a-quo y  profiera la que en derecho corresponde.   

                              SE CONSIDERA   

                                1.-  Al  quebranto del derecho  sustancial  puede  llegarse  por  dos  vías o caminos diferentes, según que el  desacierto  cometido  por el sentenciador dependa o no del examen probatorio. En  el  primer  evento  se ha dicho que la violación se produce de manera indirecta  porque  la  transgresión de la ley queda sujeta a la constatación irregular de  los   hechos  por  parte  del  Juez,  que  solo  de  contragolpe  conduce  a  su  inaplicación  o  a  su  aplicación  inexacta,  en tanto que la vulneración se  produce  de manera directa cuando el Juzgador incurre en esas mismas conductas o  en  la  de  interpretar  erróneamente  la  ley,  pero  en  este  caso con total  prescindencia  del  problema  probatorio, como cuando ignora la existencia de la  norma  o desconoce su válidez y alcance; supuestos estos en los que se ha dicho  que  el  error es puramente jurídico, por oposición al primero que surge de la  falsa apreciación de los hechos.   

                                2.- Por ser, entonces, el error  jurídico   y  el  probatorio  dos  conductas  bien  distintas  y  perfectamente  delimitadas   del   Juzgador   en   la  violación  de  la  ley  sustancial,  la  jurisprudencia  de esta Corporación ha sostenido reiteradamente que ellas no se  deben  confundir  y menos entrelazar en una misma vía o camino de impugnación,  por  cuanto ello constituye irregularidad técnica de la acusación que impide a  la  Corte  ocuparse de su desarrollo y a la casación de cumplir a cabalidad sus  fines     de     nomofilaquia    y    de    unidad    interpretativa    de    la  jurisprudencia.   

                               3.- Del defecto técnico acabado  de  mencionar  se  resienten  precisamente  los dos cargos aquí estudiados, por  cuanto  en  ambos  la  Censura, tras anunciar claramente que la infracción a la  ley  sustancial  cometida  por  el  Tribunal se produjo como consecuencia de los  yerros  probatorios  que  en  ellos le señala, le achaca adicionalmente, dentro  del  mismo  camino de impugnación por vía indirecta, desacierto en cuanto a la  validez  y  alcance dados por éste a algunos preceptos legales, con lo cual los  cargos  no  sólo  confunden los dos caminos de acusación antes referidos, sino  que  refunden  en  un  mismo  concepto  de infracción a la violación directa e  indirecta de la ley sustancial.   

                                En efecto, al paso que en esas  acusaciones  se  le  enrostra al ad-quem no haber apreciado la escritura 157, ni  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria  número  050-1161408, y haber apreciado  erróneamente  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria  número  050-300147 y la  escritura  2212 que además se valoró con quebranto de las normas de disciplina  probatoria,   le  atribuyen  al  propio  tiempo  a  dicho  juzgador  haber  dado  aplicación  retroactiva en forma ilegal a los artículos 100 del Decreto 960 de  1970  y  47  del  Decreto  2184  de  1983,  lo que es inaceptable por tocar esto  último  con  un  yerro puramente jurídico de ese sentenciador, que no admitía  ser  mezclado,  en  la  forma  indiscriminada en que lo hizo la censura, con las  conclusiones fácticas de aquél.   

                                4.-  Aún  dejando  de lado el  defecto  técnico  encontrado,  los  cargos tampoco podrían salir adelante, por  las consideraciones que a continuación se consignan:   

                                4.1. Mediante escritura N° 157  de  17  de enero de 1952 otorgada en la Notaría Séptima de Santafé de Bogotá  (fl.  34 C. 1), Mario Salazar Vélez vendió a Ediberto Castro Morales y Honorio  Pérez  Salazar  los  lotes  número  4,  5,  6  y 7 de la Urbanización Salazar  “según  plano que se protocolizará el día veinticuatro (24) de enero de mil  novecientos   cincuenta   y   dos  (1952)  Notaría  Séptima  (7)  de  Bogotá;  manifestando  dicha  escritura  que sumados o unidos todos ellos constituían un  globo      mayor      con     extensión     total     de     5.625V2,  cuyos  linderos generales quedaron  descritos  en  ese  instrumento. No lo dice la Censura pero si se indica además  allí  (cláusula  segunda)  que  “…de la extensión total, corresponden dos  mil  quinientos  varas cuadradas (2.500V2)  al señor Honorio Pérez Salazar, y tres mil ciento veinticinco  varas  cuadradas (3.125V2)  al  señor  Edilberto Castro, siendo entendido que al  primero  se  le  señala desde ahora el lote número siete (7) de una extensión  de     mil     seiscientos     cincuenta    varas    cuadradadas    (1650V2)  como  parte  de las que le corresponden, quedándole ochocientos cincuenta varas  (850  V2)  dentro de los  lotes restantes…” (se subraya).   

                                Así,  Honorio  Pérez Salazar  adquirió  como cuerpo cierto y exclusivamente para él el lote numero (7), pero  en  común  y  proindiviso  con Edilberto Castro Morales los lotes 4, 5, y 6, en  proporción   de   850  V2    el           primero  y  de  3.125  V2 el  segundo;  lotes  esos  que  enajenaron  los dos propietarios a  Pedro  Nel  Clavijo  Salinas en su integridad mediante escritura número 2212 de  10  de noviembre de 1952, otorgada en la Notaría sexta de esta ciudad (fls. 222  y  280  C.1),  con  lo  cual  se  acabó la comunidad de Pérez Salazar y Castro  Morales  respecto  de  esos  lotes  (4,  5 y 6) al haber adquirido las cuotas de  ambos  y  como  cuerpo cierto el comprador.  Honorio Pérez Salazar, por su  lado,  había enajenado con anticipación (escritura No. 733 de 25 de febrero de  1952  de  la  Notaría  Séptima  de  Bogotá)  parte  del  lote número 7 de su  exclusiva  propiedad  a  José  María  Chiari  R., pues de acuerdo con folio de  matrícula  inmobiliaria  número  050-1161408  (ver  folio  39 C.1) la venta de  cuerpo   cierto   fue   de   1.630   V2,  cuando  los  derechos  del vendedor en ese predio eran de 1.650  V2  según  la escritura  número  157  ya mencionada, con lo cual le quedaron al parecer a dicho vendedor  sobre  el  citado  lote  (número  7)  derechos  equivalentes a 20 V2.   

                                De  manera que si la comunidad  entre  Edilberto  Castro Morales y Honorio Pérez Salazar fue sólo en relación  con  los lotes 4, 5 y 6 de la urbanización Salazar que a ellos pertenecieron de  manera  exclusiva, y si además estos mismos comuneros vendieron sus derechos de  cuota  sobre  esos lotes a Pedro Nel Clavijo Salinas, lotes “que figuran en el  plano  que  se  protocolizó  según excritura de 24 de enero de mil novecientos  cincuenta  y  dos  (1952)  de  la Notaría Séptima de Bogotá” y que en forma  global  quedaron  incorporados  dentro  del  predio mayor que la correspondiente  escritura  de  venta  2212 (fls. 222 y 280 C.1) describió por sus linderos, por  fuerza  se  tiene  que  concluir  que  no sólo desapareció la comunidad de los  vendedores  respecto  de  esos  lotes  en particular y del globo mayor por estos  formados  y enajenados como cuerpo cierto en general, sino que ninguno de dichos  señores  conserva  hoy  derechos  sobre  ellos; como obviamente tampoco podría  tenerlos  José  María  Chiari  R.,  que adquirió derechos sobre cuerpo cierto  pero en relación con el lote número 7.   

                               Entonces, como los vendedores de  los  lotes  4,  5  y  6  de la citada Urbanización Salazar, es decir, Edilberto  Castro  Morales  y  Honorio  Pérez  Salazar,  eran  propietarios del ciento por  ciento  de  los  derechos  sobre  ellos,  que  identificaron  por sus linderos y  enajenaron  mediante  la  referida  escritura  2212,  lógicamente  el comprador  Clavijo  Salinas  se  convirtió  en  el  único propietario de los mismos, para  todos los efectos legales subsiguientes.   

                                 

                                Es cierto que Pedro Nel Clavijo  Salinas  vendió  posteriormente el lote número 5 a Carlos Tomás Rojas Agudelo  por  escritura No. 2244 de 30 de julio de 1962 (fl.284 C.1), pero de allí no se  desprende,  cual  lo  aduce  la  censura,  comunidad  entre vendedor y comprador  relativa  a  los  derechos  adquiridos  por el primero frente a Edilberto Castro  Morales  y  Honorio  Pérez  Salazar,  toda  vez  que  como  se desprende de las  cláusulas  primera  y  segunda de la aludida escritura (2244) la venta del lote  número  5  se  efectuó  como  cuerpo  cierto,  reservándose  Clavijo  Salinas  exclusivamente para él los lotes 4 y 6.   

                                Tiene dicho la Corte y ahora lo  reitera  que  “Es  equivocada  la afirmación hecha por vía general de que el  adquirente  a  título  de  venta  o  permuta  de una parte del terreno sujeto a  comunidad,  necesariamente entra a formar parte de la misma y no puede tener por  ese  título  el  dominio  como  cuerpo  cierto sobre la respectiva porción del  inmueble,  con  prescindencia  del  resto. Y es erróneo tal concepto, porque no  hay  impedimento  de  ninguna  clase para que los comuneros, obrando de consuno,  procedan  a  transferir a un tercero todo el terreno o parte de él, como cuerpo  cierto  y  determinado  por  los  linderos  y cabida -si es el caso- y que en el  título  respectivo  se  señalen.  Al  obrar  todos  de acuerdo y trasferir sus  diversos  derechos  en  el  inmueble  o parte de éste, el adquirente pasa a ser  titular  del  dominio  pleno sobre lo que recibe, exactamente como sucedería si  el  tradente  fuera  uno  solo  y  obrara en calidad de único dueño…Cosa muy  distinta  ocurre  cuando uno o varios de los comuneros -no la totalidad-, venden  los  derechos  indivisos sobre el inmueble a un tercero. En este caso, en razón  de  que  la cuota del tradente no está radicada en porción determinada ninguna  del  inmueble,  pues  apenas  concurre  con las cuotas de los demás en todas, y  cada  una  de  las  partes  del  bien,  el  adquirente solamente recibe derechos  indivisos  o  cuota  parte  en  la  comunidad.  Así  pasa  a  ser  comunero  en  sustitución  de  su antecesor, porque los derechos trasmitidos por aquél no le  confieren  el  pleno  dominio  sobre porción ninguna del terreno…Es decir, se  deben  diferenciar dos casos: cuando los comuneros que representan el ciento por  ciento   de  los  derechos  venden  el  pleno  dominio  que  así  reunidos  les  corresponde  sobre  todo  el  inmueble, o parte de éste; y cuando uno o más de  los  comuneros, dueños sólo de cuotas sobre el total, enajenan sus derechos en  la  comunidad…En  el  primer  caso,  las  personas  que adquieren de todos los  copropietarios  porciones  del  terreno común, delimitadas por sus particulares  linderos,  y  que por ende pasan a ser dueños de cuerpo cierto respecto de esas  partes  que  han salido de la indivisión, nada tienen que ver con las zonas que  permanecen  en  cabeza de la primitiva comunidad ni con los nuevos contratos que  celebren  los comuneros para su venta o permuta…» (Cas. de 15 de septiembre de  1952, G.J. LXXIII, pág. 231).   

                                4.2-            La ley, por lo general,  no  es  retroactiva, pues se expide para que rija en el futuro, y por tal razón  el  legislador  no puede establecerla para situaciones pretéritas, comprensivas  de  derechos  adquiridos  bajo el imperio de una norma anterior, como quiera que  «Evidentemente,  el  desarrollo  de  la  libertad  civil habría de sufrir grave  daño,  si  el  ciudadano,  al  obrar  según  y conforme a la ley para adquirir  derechos,   pudiera  temer  que  otra  ley  posterior  le  privase  de  los  que  legítimamente    adquirió»   (Pascuale   Fiore,   De   la   Retroactividad   e  Interpretación de las leyes, pág. 28).   

                                La razón de ser de la regla de  no  retroactividad,  dice Josserand, «Se deduce de la autoridad misma de la ley:  Para  que la ley inspire confianza a quienes han de obedecerla -la confianza que  hace  lo  mejor de su fuerza- es indispensable que los actos verificados bajo su  égida  subsistan, sin variación, y ocurra lo que ocurra. Si no fuera así, las  transacciones   estaría   amenazadas   de  destrucción  y  la  vida  jurídica  carecería  de  seguridad,  tanto  que,  en  definitiva,  quedaría arruinada la  autoridad  misma  de  la ley. No se creería en ella, siendo sustituido el orden  legal  por  el régimen de la arbitrariedad» (Derecho Civil, Tomo I, Volúmen I,  Pág. 79).   

                                Con todo, es preciso clarificar  lo  que  debe  entenderse  por  retroactividad  de la ley, en orden a determinar  cuándo  se  presenta en verdad éste fenómeno. Un primer aspecto por dilucidar  es  el  relativo  a  la  ubicación de las normas expedidas por el legislador en  consideración  al  interés  público, por cuanto frente a ellas no cabe hablar  de  derechos  adquiridos  respecto de la aplicación inmediata de las mismas, lo  que  denota  obviamente  la  ausencia  de  retroactividad,  pues como lo enseña  Josserand  «Ante  estas exigencias, tienen que ceder los intereses particulares:  no  se  pueden  hacer valer derechos adquiridos en oposición al orden público.  Tampoco  puede  hablarse,  en  tal  caso,  de  retroactividad  de  la  ley; obra  intensamente,  conforme  a  las  necesidades sociales, se aplica inmediatamente,  sin  más;  el  efecto inmediato es cosa distinta al efecto retroactivo…contra  el  orden  público  no  hay,  puede decirse, derechos adquiridos, de suerte que  determinadas  leyes  que  parecen  obrar  retroactivamente,  en  realidad, obran  inmediatamente,  sin  más,  conforme  a  su  naturaleza  y  a  las  necesidades  sociales,  y  sin  que  el legislador haya tenido necesidad de dar explicaciones  sobre  el particular. Como se ha hecho notar con mucha razón, se ha establecido  con  excesiva  frecuencia  la  confusión entre la aplicación retroactiva de la  ley   y   la  aplicación  inmediata  de  la  misma,  confusiones  peligrosas  e  injustificadas» (ob. cit., págs. 81 y ss.).   

                                La ley es retroactiva -indican  Planiol  y  Ripert-  «Cuando  vuelve  sobre  el pasado, ya sea para apreciar las  condiciones  de legalidad de un acto, o para modificar y suprimir los efectos ya  realizados  de un derecho. Fuera de esto (prosiguen) no hay retroactividad, y la  ley  puede  modificar los efectos futuros de los hechos o actos, aún anteriores  a  ella,  sin  ser  retroactiva»  (Tratado  Elemental de Derecho Civil, Tomo II,  pág.129).   Orientado  por  similar  criterio,  Eduardo  Zuleta  Angel  cita  a  Vareillas-Sommieres,  resumiendo  su  teoría  en  el  sentido de indicar que la  retroactividad  de la ley se presenta»…a) Cuando borra o destruye en el pasado  los  efectos  ya  producidos  de  un  acto  o  de  un hecho anterior, o en otros  términos,  cuando  nos  arrebata un derecho en el pasado; y b) Cuando suprime o  modifica  in  futurum  uno de nuestros derechos actualmente existentes en razón  de  un  hecho pasado» (Estudios Jurídicos, Bogotá, Ed. Temis, 1974, pág. 49).  De  manera  que mientras la ley nueva no entre a regular el pasado para suprimir  efectos  realizados  de  un derecho, ni a desconocer hacia el futuro la realidad  de  derechos  ya anticipadamente constituidos, ella no tiene alcance retroactivo  ni  lesiona derechos adquiridos. Además, aun cuando la ley nueva puede llegar a  modificar  los  efectos  futuros de hechos o actos anteriores, no por ello puede  sostenerse  que  se  vulneran  los  derechos  de  que  se  trata,  pues aquí se  presentaría  el  fenómeno de la retrospección, caracterizado por actuar sobre  los  efectos aún pendientes o sin producirse y no sobre la causa generadora del  derecho, que distingue particularmente a la retroactividad.   

                                Precisamente por eso el Consejo  de  Estado,  al  decidir  demanda  relativa a la aplicación del Decreto 1070 de  1956,  sostuvo en sentencia de 15 de mayo de 1961 que «…en el derecho positivo  colombiano  el  principio  de  la  irretroactividad de la ley no es de carácter  absoluto,  ni  tiene  el mismo valor con respecto a las distintas clases de ley,  pues,  por  ejemplo,  cuando  éstas  son  expedidas  ‘por  motivos  de utilidad  pública  o  interés  social’  o sea cuando interesan más a la sociedad que al  individuo,  cuando  se  inspiran  más  en  el interés general que en el de los  individuos,  cuando  se  dicten ‘por motivos de moralidad, salubridad o utilidad  pública’,   tienen   efecto   general  inmediato,  aunque  restrinjan  derechos  amparados  por  la  ley  anterior,  porque  el  interés  privado  debe ceder al  interés público o social».   

                                Ahora bien, los particulares no  pueden  prevalerse  de  las irregularidades que, por una u otra causa, surgen en  el  devenir  de  la vida diaria para pretender derivar de ellas la existencia de  derechos  adquiridos,  menos  cuando  el ordenamiento jurídico está orientado,  por  principio  general,  a  subsanar  esas situaciones. De ahí que, cual lo ha  expuesto  igualmente  la  Corte,  las  leyes  de  orden  público  encaminadas a  remediar  injusticias sociales existentes, se expidan no sólo con el propósito  de  evitar  que tales injusticias se produzcan en el futuro sino que se eliminen  las  ya  producidas;  o,  en  otros  términos, que su aplicación comprenda las  nuevas  situaciones  y  las  anteriores  (cfr. Sentencia de 18 de julio de 1956,  G.J. LXXXIII, pág. 260).   

                               Pues bien, independientemente de  la  invalidez  y  nulidad con alcances generales que la censura le atribuye a la  resolución  0936  de  15  de  marzo  de  1989,  sobre la cual no le corresponde  pronunciarse  directamente  a  esta  jurisdicción, lo cierto es  que en el  caso  de  este  proceso  no se dio aplicación retroactiva de la ley cuando, con  arreglo  a  los  artículos 100 del Decreto 960 de 1970 y 47 del Decreto 2184 de  1983,  la  Superintendencia  de  Notariado  y  Registro autorizó, en el año de  1989,  al  Notario  Séptimo de Santafé de Bogotá a suscribir la escritura N°  2212  de 10 de noviembre de 1952, que en su momento no firmó su antecesor, pues  en  verdad  no  se  ve  que  con ello se desconozcan, hacia el pasado o hacia el  futuro,  los  efectos  ya  cumplidos de un derecho constituido por ley anterior.  Pero  si  lo  anterior  fuere  poco,  preciso  es  advertir,  como circunstancia  insoslayable,  que  estando orientado el legislador al expedir esos decretos por  la  necesidad  de  implantar  el  Estatuto  del  Notariado  y  de entronizar una  sistemática  regulación  de  la función notarial, el cumplimiento de lo allí  dispuesto  compromete  sin  ninguna duda el interés público, lo cual explica a  las  claras  la  justificación  y  conveniencia  de  dar  aplicación  a  dicha  normatividad  desde  cuando se produjo su promulgación en todos los casos allí  contemplados  de  escrituras  que,  sin  justificación  legal, carecieren de la  firma  del correspondiente notario, inclusive frente a las otorgadas antes de su  expedición.  Desde  luego  que  ante  tales  consideraciones  no cabe hablar de  derechos  adquiridos  en cabeza de ninguna persona, y ningún fundamento válido  tiene  argumentar  que, por haber transcurrido más de 20 años desde cuando esa  escritura  2212  se  otorgó,  la autorización notarial obtenida en 1989 no era  jurídicamente  posible,  por  estar  prescrito  el derecho de Clavijo Salinas a  solicitar   la   aplicación   del   Decreto   960   de   1970  ó  el  2148  de  1983.   

                               Lo anteriormente discurrido hace  razonable  además tener por válidas indirectamente las resoluciones comentadas  de  la Superintendencia de Notariado y Registro, cual lo estimó tácitamente el  Tribunal,  y por ende, ocurrida en 1989 la autorización notarial de la nombrada  escritura  2212,  no remite a dudas que esa autorización generó la validación  del  título de propietario que en su momento ostentó Pedro Nel Clavijo Salinas  sobre  los  lotes allí mencionados, a partir del 10 de noviembre de 1952 cuando  dicha  escritura  se  otorgó,  por cuanto, como lo dijo con acierto el ad-quem,  esa  conclusión  es la que se impone al tenor del claro texto del artículo 767  del  C.C., y es la que surge de interpretar cabalmente los artículos 742, 743 y  752  del  mismo  ordenamiento.  Es  de  ver,  por  otra  parte, que al validarse  retroactivamente  el  título,  la tradición efectuada con base en él se torna  así  mismo  válida  y recobra todos sus efectos legales, tal como se desprende  del artículo 745 ibídem.   

                                No  es  de  recibo,  entonces,  sostener  en  orden a demostrar los yerros denunciados, que la escritura 2212 es  inválida  porque  no  cabía  la autorización notarial en los términos de los  Decretos  960 de 1970 ó 2148 de 1983 y que la única convalidación posible del  título  era  la ratificación prevista en el artículo 1757 del C.C., pues este  precepto  regula  una situación jurídica sustancialmente diferente. Por éstas  y  las  anteriores  consideraciones  tampoco  tendría  asidero la excepción de  inaplicabilidad respecto de las resoluciones comentadas.   

                                 

                               4.3.-            Ahora bien, las pruebas  del  proceso  demuestran  adicionalmente  que  los  lotes  4  y  6 que fueron de  propiedad  exclusiva de Pedro Nel Clavijo Salinas se adjudicaron en la sucesión  de  Bernarda  Ríos  de  Clavijo (esposa de aquél) y a todos los demandantes en  comunidad  con  Pedro  Nel  Clavijo  Ríos, hijo legítimo de la citada causante  (fls.  225  a  231 C. 1), a quien sucedió luego mortis causa su padre legítimo  Pedro  Nel  Clavijo  Salinas  (fls. 188 a 221 C. 1); todo lo cual explica el por  qué  los  actores  son  los  únicos propietarios en común y proindiviso de la  porción  de  terreno  que  aquí persiguen en reivindicación y cuál la razón  por  la que el Tribunal no cometió los yerros probatorios de hecho y de derecho  que se le atribuyen, cuando decidió en la forma en que lo hizo.   

         

                               5.- Los cargos, siendo así, son  imprósperos.                                                

                                  CARGO   TERCERO                        

                    

                                Por su conducto se le endilga a  la  sentencia la infracción de los artículos 4°, 174, 187, 176, 213 del C. de  P.C.,  669,  762,  764,  765,  782,  2512,  2535,  2551  del  C.C., por falta de  aplicación;  946,  947 y 950 del C.C., por aplicación indebida, a consecuencia  de    error    de    derecho    cometido   por   el   Tribunal   en   el   campo  probatorio.   

                               Para demostrarlo los recurrentes  aluden  a  la  excepción  de prescripción propuesta por ellos en relación con  “la  acción  de  los  demandantes  en caso de que estuvieran legitimados para  instaurarla”,  agregando  que  al  resolverla  el  Tribunal  «no  apreció las  pruebas  en  conjunto,  violando  así el artículo 187 del C. de P.C., sino que  formó   dos   grupos   de   testigos  y  los  encontró  antagónicos,  negando  credibilidad  al  grupo  de  los  demandados  y  dando  crédito al grupo de los  demandantes».    El   cargo   analiza   a   continuación  los  testimonios  recepcionados  a  instancias de los demandantes, concretamente los que rindieron  María  Carolina  Valdivieso  de  Martínez  Guerra,  Martha Inés Hinestroza de  Rangel  y  julia  Vanegas  de  Rojas,  los  que  transcribe  en  lo  pertinente,  concluyendo  que con esas exposiciones no se puede dar por probada la existencia  del  contrato  de arrendamiento que encontró en ellas el sentenciador, pues «no  son  responsivos los testimonios, no deponen de ciencia propia, dicen haber oido  decir  del  contrato  de  Bernarda  Ríos,  no demuestran en forma inequívoca y  contundente  la  relación  contractual  de  arrendamiento  como  lo  afirma  el  Tribunal…entre Clavijo y Barrios Curtidor».   

                               Notan cómo para que el dicho de  un  grupo  de  testigos puedan demostrar la existencia de un contrato, deben ser  completos,  concordantes,  precisos  y responsivos; que en el presente caso ello  no  ocurrió,  por  cuanto  no  se estableció su iniciación, ni el valor de la  venta,  ni  la forma de pago; que si el Tribunal hubiera apreciado en conjunto y  adecuadamente  los  testimonios  de  María  Carolina  Valdivieso  de  Martínez  Guerra,  Martha  Inés  Hinestroza  de  Rangel,  Elvia  Barrios  Curtidor, Julia  Vanegas  de  Rojas,  Rafael  Antonio  García  Olaya, Segundo Noe Rincón, José  Avelino  García Poveda, Luis Baltazar Cortés, Joaquín Duque Bermúdez y Jaime  Arturo  Acosta  Parado,  de los cuales destaca algunos apartes, habría deducido  que,  desde  el  año  de  1965,  Barrios Curtidor inició su posesión sobre el  bien,  mediante  el  pastoreo  de ganados, siembras y habitación; y que dada la  presunción  consagrada  por  el art. 762 del C.C. y la suma de posesiones entre  Barrios  Curtidor  y  los  demandados  en  virtud  de la venta que aquél hizo a  éstos  fácil es colegir que transcurrieron más de 20 años de posesión hasta  1988,  lo cual les da derecho a los últimos para proponer, como lo hicieron, la  excepción de prescripción de la acción.   

                                Al  explicar el concepto de la  violación,  los  recurrentes  puntualizan  que,  en  «la  apreciación  de  las  pruebas»,  el  Tribunal  quebrantó los artículos 4°, 174, 175, 176, 177, 187,  213  y  217  del  C.  de  P.C.,  y que, por lo mismo, «violó de modo indirecto,  cometiendo  error  de  derecho,  los  art.  762  del  C.C….», al igual que las  restantes   disposiciones   de   la   misma   obra   citadas   al   inicio   del  cargo.   

                                En consecuencia, solicitan a la  Corte  casar  la  sentencia  del  ad-quem  para que, como Tribunal de instancia,  revoque    la    del    a-quo    y    deniegue    las    pretensiones   de   los  demandantes.   

                              SE CONSIDERA   

                                1.-            El error de derecho se  presenta  cuando  el Juez le otorga a los medios de convicción un valor que les  niega  el  legislador;  o cuando desconoce el que éste les asigna; o cuando los  pondera  no  obstante  que  se aducen al proceso contrariando las normas legales  que  regulan  su producción, conducencia o eficacia; o cuando a pesar de verlas  en  la  realidad  objetiva  que  ellas  demuestran,  no  las evalúa por estimar  erróneamente  que fueron ilegalmente rituadas. En ninguna de esas hipótesis el  juzgador  deja  de  ver  materialmente  las  pruebas  obrantes  en los autos, ni  desfigura  la  que  actúa  en  ellos  haciéndole  decir  lo que en realidad no  expresa,  pues  estas  últimas  conductas  tocan  con la existencia misma de la  prueba  en  el  proceso,  lo  cual estructura, como se sabe, yerro probatorio de  facto,  sustancialmente  diferente  del  anterior.  Por  ende,  si  la sentencia  recurrida  en  casación  se combate por yerro de valoración, el desarrollo del  cargo  no  puede presentarse como si se tratase de un error de hecho, por cuanto  esa  confusión  se  opone  a  la distinta naturaleza jurídica de uno y otro de  estos  yerros.  Igual  irregularidad técnica se presenta cuando, para demostrar  el  error  de  valoración  probatoria,  el impugnante acude a razonamientos que  tocan  simultáneamente  tanto  con  la  contemplación  jurídica  como  con la  material  de  las  pruebas  sin hacer la necesaria distinción que es precisa en  orden  a  diferenciar  cuál  o cuáles de ellas están asociadas con uno y otro  yerro,  como  quiera  que  en  este  caso  también se presenta entrecruzamiento  censurable.   

                                2.-          El cargo del que se ocupa  ahora  la  Sala peca de la confusión señalada, en la medida en que le enrostra  al  Tribunal haber formado dos grupos de testigos (el de los actores y el de los  demandados  )  y  haberle  negado  credibilidad  al último para otorgársela al  primero,  no  obstante  que  éste  no  demuestra  en realidad la existencia del  contrato  de  arrendamiento  a  cuyo  título según el fallo ocupó el inmueble  Barrios  Curtidor, pero que sí encontró acreditado el sentenciador entre éste  y  Clavijo  Salinas  muy  a  pesar de que “no son responsivos… no deponen de  ciencia  propia… no demuestran en forma inequívoca y contundente la relación  contractual  de  arrendamiento  como lo afirma el Tribunal…”. Al reflexionar  así  la  censura  y  aun  cuando  argumenta  seguidamente  que  la  conclusión  probatoria  del Tribunal hubiese sido distinta de haber examinado en conjunto el  material  probatorio, el ataque entró en el campo del error probatorio de hecho  pues  se  ocupó  de  la materialidad o contenido objetivo de la prueba en tanto  agregó  más  adelante  y  luego de transcribir lo que consideró pertinente de  cada  uno  de  los testimonios recepcionados a iniciativa de la parte actora que  “con  estas  declaraciones  no  se  puede  dar  por  probada la existencia del  contrato  de  arrendamiento,  porque no son responsivos… no deponen en ciencia  propia,  dicen  haber  oído decir del contrato a Benarda Rios, no demuestran en  forma  inequívoca  y contundente la relación contractual de arrendamiento como  lo  afirma  el Tribunal, existente entre Clavijo y Barrios Curtidor”. En tales  circunstancias,  en  efecto,  la censura involucra indiscriminadamente conductas  del  fallador propias de la contemplación misma de la prueba (su credibilidad),  lo  cual  traduce  que  aquella  refunde  en  un  mismo  concepto  de violación  probatoria  dos formas distintas de ésta, e incurre así en el defecto técnico  anotado.   

                               Es preciso recordar que a partir  de  su  fallo del 7 de mayo de 1968, la Corte abandonó su doctrina de calificar  como  error de derecho el mérito que atribuía el Juez a los testimonios Vagos,  contradictorios  o  incompletos,  para señalarlo como de facto en vista de que,  en  rigor,  lo  que  ocurría  era  una alteración del contenido objetivo de la  prueba,  como lo precisó en pronunciamiento de 10 de julio de 1974 cuando dijo:  “Si,  pues,  en punto de estimación de pruebas, el error de hecho tipifica un  desacierto  en  la  apreciación  del  contenido  objetivo  de éstas y no en la  legalidad  de  su producción o su eficacia, sigue hoy teniendo toda su vigencia  la     doctrina     de     la     Corte,    según    la    cual    ‘…  la  calificación  que  de los  testimonios  haga  el  sentenciador,  vale  decir,  si en su concepto son vagos,  incoherentes  o  contradictorios,  o,  por  el contrario, responsivos, exactos y  completos;  si  concuerdan  o  no  en el heho y en las circunstancias de tiempo,  modo  y  lugar;  si  ha  de  dárseles  o  no  credibilidad  de  acuerdo con los  principios  de la sana crítica, etc., es una cuestión de hecho que cae bajo el  poder  discrecional  de  que goza el juzgador de instancia en la apreciación de  las  pruebas,  y cuyo desacierto al enjuiciar esas calidades, por referirse a la  objetividad   misma   de  la  prueba,  entraña  un  error  de  hecho  y  no  de  derecho…’ (Sent. del  7 de mayo de 1968 y 23 de julio de 1970)…” (no publicada).   

                                En  el  mismo fallo agregó la  Sala:  “De  esta  suerte, la censura que con fundamento en error de derecho en  la  apreciación de los testimonios recibidos formula el casacionista, yerro que  hace  consistir  sustancialmente  en que los declarantes, al contrario de lo que  afirma  el  Tribunal,  no  dan  la  razón  de sus dichos, resulta improcedente;  puesto  que  si el ad-quem equivocadamente los consideró responsivos, exactos y  completos,  ese  pretenso  yerro,  por  referirse  directamente a la objetividad  misma  de  la  prueba  y  no a las normas legales que disciplinan su ritualidad,  debió    censurarse   por   error   de   hecho   y   no   de   derecho”   (no  publicada).   

                                3.-           Ahora, sí soslayando la  falla  técnica  comentada  hubiese  que  entender,  en  lugar  de  lo analizado  anteriormente,  que  el  cargo  por  error  probatorio  de  derecho  está  bien  desarrollado,  tampoco  se  advierte su concurrencia porque aun cuando es cierto  que  el Tribunal se apoyó para decidir como lo hizo en uno de los dos grupos de  testigos  que  formó,  no  por  eso  se  puede  sostener que ignoró o dejó de  sopezar  el  valor  que  tenía el otro grupo del que se apartó, o mejor que no  apreció  en  su  conjunto las pruebas del proceso; pues ese otro grupo también  lo  examinó,  sólo  que  no  le  mereció el poder de convicción atribuido al  primero.   

                               En efecto, sobre este particular  el  Tribunal, al ocuparse en determinar si era procedente o no acceder a la suma  de  posesiones  invocada  por los demandados como fundamento de la excepción de  prescripción, se expresó como sigue:   

                                “En  el  caso en estudio, no  existen  pruebas  contundes  (sic)  que  demuestren en forma inequívoca, que el  vendedor  ELICEO  ONOFRE  BARRIOS  CURTIDOR  tuviera  en  efecto  la  calidad de  poseedor  que  se irrogó al momento de suscribir la Escritura Pública No. 2364  de  30 de agosto de 1988. Por el contrario, obran en el plenario los testimonios  de  MARIA  CAROLINA  VALDIVIESO  DE  MARTINEZ  (fls.  130  a  133),  MARTHA INES  HINESTROZA  DE  RANGEL  (fls.  133  a 135), ELVIA BARRIOS CURTIDOR – hermana del  tradente  Eliseo  Onofre  -(fls. 135 a 137 vto.), y JULIA VENEGAS DE ROJAS (fls.  137  vto.  a  139),  quienes  al unísono, en forma detallada, dando la razón y  ciencia  de  su  dicho,  son  enfáticas  en  declarar que ELISEO ONOFRE BARRIOS  CURTIDOR  era  mero tenedor del lote, pues reconocía dominio en cabeza de PEDRO  NEL  CLAVIJO  SALINAS  con  quien  hizo  trato  para  quedarse en el inmueble, y  respecto  a  los  demás  declarantes traídos por los demandados, a unos no les  consta  en  qué  calidad  quedó  el  antes mencionado luego que su padre José  Trinidad  Barrios  y  su  hermana  Elvia  Barrios  Curtidor  se  fueron  de este  inmueble,  y  otros  afirman que era cuidando el lote sin saber a ciencia cierta  en  qué  condición  o  calidad  lo  ocupaba. Siendo entonces lo anterior así,  validamente  no  pueden  los  demandados  agregar a su posesión el tiempo de su  antecesor,   pues   la   posesión   propia   de   éstos  data  y  sólo  puede  contabilizarse,  desde el 30 de agosto de 1988 toda vez que de quien adquirieron  las  mejoras  no  ostentaba  el  carácter de poseedor que les anunció, sino de  mero tenedor.”   

                                4.-                 Aún   bajo   el  entendimiento  de que el ataque fue formulado por error probatorio de hecho y no  derecho,  la acusación tampoco se abriría paso porque – como lo ha expuesto la  jurisprudencia  de  esta  Corporación – el Juzgador no desborda la realidad del  proceso  cuando  frente  a  dos  grupos  de  testigos cuyas exposiciones ofrecen  discrepancias  en torno a la cuestión fáctica debatida, él se inclina por una  cualquiera  de  ellos cual ocurrió aquí, pues es obvio que en tal caso no cabe  el supuesto de juicio probatorio arbitrario.   

                                5.-                    El    cargo,  consecuentemente, no prospera.   

                              DECISION   

                                En armonía con lo expuesto, la  Corte  Suprema  de Justicia, en Sala de Casación Civil y Agraria, administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley, NO  CASA la sentencia de 30 de julio de  1993,  pronunciada  en  este  proceso  por  el  Tribunal  Superior  del Distrito  Judicial  de  Santafé  de Bogotá. Costas del recurso extraordinario a cargo de  la parte demandada-recurrente.   

                                   COPIESE,   NOTIFIQUESE   Y  DEVUELVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

                                    JOSE   FERNANDO   RAMIREZ  GOMEZ   

                                        NICOLAS     BECHARA  SIMANCAS   

                                   JORGE   ANTONIO   CASTILLO  RUGELES   

                                  CARLOS   ESTEBAN  JARAMILLO  SCHLOSS   

                                         PEDRO      LAFONT  PIANETTA   

                                 

                              RAFAEL ROMERO SIERRA   

                                         JORGE      SANTOS  BALLESTEROS     

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