SC 001 2005 [2158]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-001-2005 [2158]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Dr. JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

Bogotá, D. C., once (11) de enero de dos mil  cinco (2005).   

Referencia: Expediente No. C-2158  

Decídese   el  recurso  de  casación  que  interpuso  Blanca  Omaira  Rueda  Castaño,  respecto  de  la  sentencia de 4 de  noviembre  de  1999, proferida por el Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Pereira,  Sala  Civil, en el proceso ordinario de Jhon Jairo Montoya Cruz, Jorge  Enrique,  Jairo,  Liliana y Lucero Montoya Suárez, herederos del causante Jairo  Montoya Niño, contra la recurrente.   

ANTECEDENTES  

1.-  En la condición dicha, los demandantes  solicitan  que  con citación de la también mencionada demandada se declare que  los  contratos  de  compraventa  de  un  inmueble  y  de  un  establecimiento de  comercio,  el  primero  vertido  en  la  escritura  pública  No. 6702 del 15 de  noviembre  de  1991  de  la Notaría Primera de Círculo de Pereira, debidamente  registrada,  y  el segundo en el documento de 18 de noviembre, autenticado el 17  de       diciembre       del      mismo      año,      son      “absolutamente” simulados.   

Consecuentemente  piden, que se condene a la  demandada  a  restituir  a  la sucesión de Jairo Montoya Niño los bienes a los  que  se refieren, junto con los frutos percibidos o que con mediana inteligencia  y  cuidado  se  hayan  podido  percibir,  y  que  se  ordenen  las cancelaciones  respectivas,  así  como  la  inscripción  de  la  sentencia  en  el  folio No.  290-0006467  de  la  Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de Pereira, y  en  la  matricula  No.  27-007319-2  de  la  Cámara  de  Comercio  de  la misma  ciudad.   

2.-  En  lo  pertinente, las pretensiones se  fundamentan en los hechos que se compendian:   

2.1.- El causante, mediante los instrumentos  señalados,  transfirió  a  la  demandada el dominio de los bienes mencionados,  sin  que  por  los contratantes hubiese existido intención de vender y comprar,  respectivamente,   pues   no   tenían   otro   propósito  que  “ocultarlos”     y     “evitar”  que  ingresaran al activo de la  “sociedad  conyugal” que  el  primero  tenía  vigente,  para la época, con Aura Lucía o Lucía Suárez,  como  consecuencia  del  matrimonio  católico  que contrajeron, en la ciudad de  Buenaventura,  el  25  de  febrero de 1956, cuya disolución se había impetrado  judicialmente.   

2.2.-  La situación precedente, movió a la  cónyuge   del   vendedor  a  “impugnar  las  ventas  señaladas”, amén de otras, como la que incluía el  50%    del    inmueble    “El   Caracol”  y  del  establecimiento  de comercio denominado “Amoblados  Caracol”, situado en el mismo  terreno,  ambos  de  la  ciudad  de Pereira, instaurando al efecto el respectivo  proceso ordinario contra su cónyuge.   

2.3.-   Por  mutuo  acuerdo,  los  esposos  Montoya-Suárez   disolvieron   y  liquidaron  la  sociedad  conyugal,  mediante  escritura  pública  No.  2047  de  23 de abril de 1992, otorgada en la Notaría  Primera  de  Pereira, situación que originó la terminación de los respectivos  procesos  de  separación  de  bienes  y  simulación  que  se adelantaban en el  Juzgado Primero de Familia de Pereira.    

2.4.-  Entre  lo  pactado, se dispuso que la  demandada  Rueda  Castaño devolvería a los cónyuges, como consecuencia de las  ventas  simuladas,  los  bienes  objeto  de  los  contratos  de compraventa. Los  acuerdos  se  cumplieron parcialmente, porque sólo se transfirió a la cónyuge  el   50%   del   inmueble   “El  Caracol”  y  la propiedad del establecimiento de comercio “Amoblados  Caracol”,  en  tanto  que los  restantes  bienes,  la  totalidad  del  otro  inmueble  y del establecimiento de  comercio    “Amoblados    El   Jardín”,  que allí mismo funciona, continuaron figurando a nombre de la  demandada,  pese  a  que la posesión material la siguió ostentando el supuesto  vendedor, mientras que aquélla era simple administradora.   

2.6.-  Aparte  de las situaciones expuestas,  existen  otros  indicios graves a favor de la simulación, como la existencia de  una  relación marital de hecho entre la demandada y Montoya Niño, hasta cuando  ocurrió  el  óbito  de  éste, y la estrechez económica de aquélla, aunada a  los valores asignados en los contratos de compraventa.   

3. – Notificada de la existencia del proceso,  la  demandada  se  opuso  a  las  pretensiones,  porque  si  bien  es  cierta la  simulación   con  relación  al  establecimiento  de  comercio  “Amoblados  Caracol” y al 50% del inmueble  “El   Caracol”,   los  contratos  de  compraventa respecto de los demás bienes son reales, bienes que,  dice,  adquirió  por  un precio aproximado de $250.000.000.oo, que pagó con la  capitalización  de  arrendamientos  de  dos  inmuebles  de  su  propiedad y con  préstamos  en  efectivo  que  obtuvo,  inclusive  del mismo vendedor, con quien  admite  convivió  por  más  de veinte años, razón por la cual a partir de la  fecha  de  la compra pasó de ser simple administradora de los bienes, a hacerlo  en calidad de señora y dueña.   

4.-  Tramitado el proceso, el Juzgado Cuarto  Civil  del  Circuito  de  Pereira, mediante sentencia de 4 de noviembre de 1998,  declaró  infundada  la  excepción  de  falta  de  causa y accedió a todas las  pretensiones.  Decisión  que  el  superior  confirmó al resolver el recurso de  apelación  que  interpuso la demandada, salvo lo concerniente a la restitución  de frutos civiles, cuya condena redujo.   

LA SENTENCIA IMPUGNADA  

1.-  Para  el  Tribunal, el razonamiento del  juzgado  sobre la existencia de indicios graves, concordantes y convergentes, en  pro  de  las  pretensiones,  debía  ser “prohijado y  complementado”,  porque  en el expediente aparecían  hechos  probados  que  permitían  obtener  certeza sobre que la “simulación        enjuiciada        sí        existió”.   

1.1.-  La  relación sentimental que durante  muchos  años y bajo el mismo techo sostuvieron los contratantes, como se acepta  por  las  partes, es un indicio frecuente y común a toda clase de simulaciones,  dado  que  quienes  acuden  a  este  artificio  buscan  personas  de  su  entera  confianza.   

1.2.- El móvil de defraudar los derechos de  la  esposa  legítima  del  vendedor en la liquidación de la sociedad conyugal,  como  lo  declara  Pompilio  López Gómez, al manifestar que aquél le dijo que  “le   iba  a  regalar  ese  negocio  a  la  señora  Blanca”,  lo  mismo  que  Luz  Stella Montoya, quien  expresa  que  “cuando  el  hermano  mío fue a hacer  partición  de  bienes  hicieron esa cosa ficticia para entorpecer la partición  de bienes”.   

1.3.-  El  tiempo transcurrido, cinco meses,  entre  el  15 de noviembre de 1991, fecha de las negociaciones, y el 23 de abril  de  1992,  época  en  que  la  demandada  vendió o devolvió a la cónyuge del  vendedor  el 50% de “Amoblados El Caracol”,  lo  cual  coincide  en  parte con las fechas acordadas por los  esposos    Montoya-Suárez,    para    disolver    y    liquidar   la   sociedad  conyugal.   

1.4.- La falta de razón y de prueba sobre la  necesidad  del  causante para que vendiera dos de los bienes más productivos de  su   patrimonio,   como   eran   los  “Amoblados  El  Jardín”    y    “El  Caracol”.   

1.5.-  La ausencia de movimientos bancarios,  especialmente  de  la supuesta compradora, porque si bien alega ser poseedora de  “Amoblados  El  Jardín”,  no  presenta  una  sola prueba sobre dicho aspecto, en cuanto a compras, pagos a  empleados,  en  fin, y sobre todo, “cómo realizó el  pago de los bienes que dijo adquirir”.   

1.6.- La falta de capacidad económica de la  demandada,  porque si ésta manifestó que pagó la cantidad de $250.000.000.oo,  no  existe  ningún movimiento bancario que explique dicho pago, siendo difícil  creer  que  a “punta de sólo testimonios”  se  pueda  llegar  a  la  convicción  de  que  “con  base en préstamos”, cuyas letras no  se  han  visto, “se pagó una suma cuantiosa, máxime  si  de  esos  préstamos, la mayoría no aparecen incluidos en las declaraciones  de  renta, y algunos de ellos no cobraban intereses”,  situación  que,  como  lo señaló el juzgado, comportaría una “inusual gratitud”.   

1.7.-   En  cuanto  a  la  “forma  de  pago”  del precio, no se sabe  con  certeza cuánto tiempo se demoró la supuesta compradora en satisfacerlo, y  lo  que  es  de  mayor  significación,  “no aportó  recibos”    provenientes    del    “supuesto   vendedor”,   “ni  ningún  documento por el estilo que acreditara que realmente el  pago se había efectuado”.     

1.8.-  Las  copias  de  las declaraciones de  renta  anexadas  con  la contestación de la demanda para acreditar la capacidad  económica  de  la  demandada, concretamente las de 1988, 1989, 1990 y 1991, son  sospechosas,  porque  sólo se presentaron en junio de 1992, con lo cual se deja  entrever  la  “conducta  proclive  a  demostrar  una  capacidad   económica  de  la  cual  se  carecía”,  “inferencia  que  se  ve  reforzada con el inusitado  aumento  patrimonial  causado  entre  el  año  1990  y el año 1991”.   

1.9.-  La  interpretación  del  texto de la  escritura  pública  de  compraventa,  pues  si  se  acepta  la  simulación del  contrato    relacionado   con   el   inmueble   “El  Caracol”, es difícil admitir, so pena de quebrantar  el  principio de indivisibilidad de la prueba documental, que no lo era respecto  del   inmueble   “Amoblados  El  Jardín”,  por  lo que siendo el acto jurídico simulado respecto de unos  bienes, también se debe colegir que lo era de todos.    

1.10.-  La  voluntad  del supuesto vendedor,  pues  si  éste,  como  lo  explican los testigos Myriam Romero, Diego de Jesús  Montoya  Niño  y Alexander Molano Castillo, entre otros, se encontraba dedicado  al  consumo de estupefacientes, “es fácil comprender  su   escasa   o   muy  nula  capacidad  para  emitir  consentimiento”,  lo  que  da  “pie  para pensar que  realmente  se  dejó  arrastrar  de  la  voluntad  de  su  compañera y por ello  consintió   en   una   simulación   que   acaso   no  hubiese  querido  en  el  fondo”.   

2.-  Con  base  en  tales  indicios, los que  califica   como   “graves   y   conexos”,  el Tribunal concluye que los negocios impugnados son simulados  absolutamente,  pues  nada  tienen  de  real  y  sólo  fueron  concertados para  distraer  los  bienes  de  la  separación  de  bienes  que por esa misma época  intentaba    la    esposa    legítima   del   vendedor.       

Los testimonios de la demandada, 17 en total,  son   insuficientes  para  desvirtuar  la  simulación,  por  no  ser  la  forma  “idónea  ni  eficaz” en  orden  a  “demostrar  la  capacidad económica ni el  valor  o  monto  de  los  préstamos  obtenidos  para  pagar  el  precio  de  lo  comprado”,  pues  a nadie escapa que “tratándose  de  un  monto tan considerable, lo lógico y conducente  es  demostrarlo  con  documentos  apropiados  a  tal  fin, como cheques, letras,  recibos,  cartas  de  pago,  documentos  similares,  etc., nada de lo cual se ha  allegado al expediente”.   

La  misma prueba testimonial “tampoco  es  eficaz”  para  acreditar la  “calidad      de      administradora”  que  desde  1992  asumió la supuesta compradora, en calidad de  señora   y   dueña,   respecto  de  “Amoblados  El  jardín”  que  adquirió, porque dado el vicio de la  droga   que   afectaba   al  también  supuesto  vendedor,  era  “lógico    aceptar”   que   éste   se  “desentendió   de  los  negocios  que…estaba  en  incapacidad de administrar”.   

3.  –  En  ese  orden  de ideas, el Tribunal  confirmó  la sentencia apelada, previa deducción de los gastos ordinarios que,  conforme  al  dictamen  pericial, realizó la demandada para producir los frutos  civiles.   

LA DEMANDA DE CASACION  

De  los  seis  cargos  formulados  contra la  sentencia,  la  Corte limitará el estudio únicamente al primero por cuanto los  restantes fueron rechazados a trámite.   

CARGO PRIMERO  

1.- Denuncia la violación de los artículos  1500  a 1502, 1602, 1603, 1618 a 1624, 1626, 1633, 1634, 1645, 1646, 1766, 1849,  1857,  1864,  1866, 1880, 1882, 1884, 1886, 1928, 1929 y 1934 del Código Civil,  174  a  177,  179,  180,  183, 187, 219, 220, 224, 226, 227 y 228 del Código de  Procedimiento  Civil,  como  consecuencia de error de derecho en la apreciación  de  los  testimonio  de  Marina  Castaño Montoya, José Roelfi Pérez Valencia,  Antonio  María  Sánchez  Santofimio,  Ricaurte  Rozo Calderón, José Humberto  Bedoya  Sánchez,  José  Orlando  Castro  Henao, Elías Ramírez Uribe, William  Alberto  Gallego  Ramírez,  María  del  Consuelo  Valencia  Cañaveral,  Gilma  Castaño  Castaño, Jaime Vallejo Mejía, Fernando Gaviria Mesa, Alcides Tabares  Aguirre,  Cenelia  Gómez de Gómez, Clara Inés Hoyos Figueroa y Carlos Alberto  Montoya.   

2.- Luego de algunas consideraciones sobre la  apreciación  en  conjunto  de las pruebas y del deber de exponer razonablemente  el  mérito  que  se  le  asigna  a cada medio, el censor afirma que el Tribunal  debió  expresar las “razones jurídicas, históricas  y  subjetivas” para negarle mérito probatorio a cada  uno  de  los  citados  testimonios,  respecto  de  los  cuales,  “por  ser  certeros,  concordantes,  serios  y  contestes”,  se infiere el endeudamiento a que se sometió la demandada con  el  fin  de  abastecerse  de  dineros  para  adquirir  el  bien  materia  de  la  negociación,  así como la forma y el tiempo que requirió para pagar su costo,  testimonios  todos “coincidentes en épocas, causas y  finalidades  respecto  de  los  hechos  que, a través de ellos, se pretendieron  llevar al juzgador, por la demandada”.   

Al  Tribunal,  empero, le bastó indicar que  existían  varios  hechos  debidamente probados, graves y conexos entre sí, que  permitían   obtener   certeza   de   la   simulación,   pero   “sin  decirle a las partes, de qué pruebas cimentó sus inferencias,  ni  el  valor  probatorio  que  a  ellas  les  dio,  quedando  enmarcadas en tal  situación,  los  testimonios  vertidos  por  las personas atrás relacionadas o  identificadas”.   

El  sentenciador  vio  en su materialidad la  mentada  prueba,  pero sin existir norma legal que le niegue poder demostrativo,  omitió  darle  el  valor  que  la  ley  le  asigna  tratándose de acreditar la  “capacidad  económica  de  una  persona”,   el   “valor   o  monto  de  unos  préstamos   de   dinero”   y   la  “calidad   de   administradora,   invocada   por  la  demandada,  del  establecimiento  de  comercio  adquirido  por  ella”,  mucho   más   cuando   el  sistema  de  la  “tarifa  legal”  fue  abolido  por  el  de la “‘libre      convicción’,  salvo raras excepciones, expresas y  taxativamente        indicadas        por        el       legislador”.   

3.-  En  la  demostración  del  error,  la  recurrente  sostiene  que  si  el Tribunal hubiere dado a la prueba testimonial,  con  respecto a los hechos anotados, el valor de convicción que la ley señala,  sin  exigir,  con  ese  mismo propósito, una prueba específica, la documental,  que   la  ley  no  requiere,  habría  concluido  que  varios  de  los  indicios  señalados,  sino  la  mayoría,  desaparecerían,  pues  los hechos indicadores  carecerían   de   la   fuerza   probatoria   para  estructurar  una  inferencia  constitutiva    del   indicio,   pero   como   no   lo   hizo,   “encontró  erróneamente  demostrados  hechos  sobre los cuales hizo  cabalgar  los  indicios  que  a  la postre le sirvieron como pilares del mentado  fallo”.   

CONSIDERACIONES  

1.- Es indiscutible que fuera de los indicios  derivados  de la falta de capacidad económica de la demandada para adquirir los  bienes  objeto del contrato de compraventa impugnado y de la ausencia de pruebas  en  torno a las circunstancias como pagó su precio o se obtuvieron los recursos  para  satisfacerlo,  el  Tribunal,  en  pro de la simulación decretada, tuvo en  cuenta  otros  indicios,  inferidos  de  hechos  probados en el proceso, como la  existencia  de  una  relación  marital  entre los contratantes, el móvil de la  negociación,  la  proximidad de fechas entre los distintos negocios celebrados,  la  ausencia  de  movimientos  bancarios,  la  interpretación  del  contrato de  compraventa y la voluntad nula o muy laxa del supuesto vendedor.   

Como se observa, el cargo margina del ataque  esos  otros  indicios, de suyo suficientes para sostener la sentencia impugnada,  porque  aceptando que la demandada sí tenía capacidad económica para adquirir  los  bienes o que se abasteció de recursos necesarios con ese mismo propósito,  la  prueba  testimonial  que  se  dice  erróneamente  apreciada,  por  error de  derecho,  sólo contrarrestaría, de existir el yerro, los indicios relacionados  con  dichos  aspectos,  al  igual  que  la conclusión relativa a la ausencia de  prueba     idónea     de     la    “calidad    de  administradora”   de   los  bienes  que  adquirió.   

2.-  Frente  a  ese  panorama, claramente se  advierte  que  el cargo está llamado al fracaso, porque si la sentencia ingresa  al  recurso  de  casación  escoltada  de la presunción de legalidad y acierto,  tanto  en  lo  que  atañe  a  la aplicación del derecho sustancial, como en lo  relativo  a  la  estimación  y  valoración  del  acervo  probatorio, al censor  obligatoriamente  le  correspondía  combatir y quebrar todos los pilares en que  se sustenta.   

Por lo tanto, como las conclusiones que no se  impugnan  en  casación,  resultan  intangibles para la Corte, dado el carácter  estricto  y  dispositivo  del  recurso,  suficientemente se tiene dicho que así  “el  recurrente acuse la sentencia por violación de  varias  disposiciones  civiles,  la  Corte  no  tiene  necesidad de entrar en el  estudio  de  los motivos alegados para sustentar esa violación, si la sentencia  trae  como  base  principal  de  ella  una apreciación que no ha sido tocada en  casación,  ni  por  violación de la ley, ni por error de hecho o de derecho, y  esa   apreciación   es   más   que   suficiente   para   sustentar   el  fallo  acusado”  (Sentencia  de  17  de  noviembre de 1998,  CXLVIII-221).   

3.-  Si  con  amplitud  se considera que las  conclusiones  que  se  marginan  del  cargo  no son suficientes para sostener la  sentencia  del  Tribunal,  pertinente  resulta  observar  que el fenómeno de la  simulación  no hace relación a ningún vicio del negocio jurídico, sino a una  forma  de  contratación  conforme a la cual se permite conservar una situación  jurídica,  simulación  absoluta, o se oculta otra realmente modificativa de la  situación  anterior,  simulación  relativa,  utilizando mecanismos orientados,  consciente  y  deliberadamente,  a  permitir  disfrazar  la voluntad real de las  partes  contratantes,  haciendo  aparecer algo que ninguna realidad tiene o que,  teniéndola,  es distinta. Por esto, la acción de simulación no tiene otro fin  que  borrar  en  cuanto  fuere  pertinente  la  falsa  imagen  que la apariencia  infunde,   para  poner  al  descubierto  la  auténtica  realidad  del  vínculo  jurídico que une a las partes.   

Como la simulación, entonces, es en esencia  una  divergencia  entre  la  realidad  y  la  apariencia, su discusión judicial  impone  necesariamente  un  cotejo probatorio, en orden a establecer cuál es el  verdadero  contenido y alcance de la declaración de voluntad emitida, actividad  en  la  que,  como  se  señala  en el cargo, campean los principios de libertad  probatoria  y  persuasión  racional  (sistema de la sana crítica), contenidos,  respectivamente,  en  los  artículos  175  y  187  del Código de Procedimiento  Civil,  salvo  que,  en cuanto a lo primero, la ley exija una prueba específica  para acreditar determinado hecho.   

Ahora,  sí  la  ley  no  exige  una  prueba  específica  para  acreditar la “capacidad económica  de     una     persona”,    el    “valor   o   monto   de   unos   préstamos   de   dinero”  y  la  “calidad  de administradora,  invocada  por  la  demandada,  del  establecimiento  de  comercio  adquirido por  ella”,  la  prueba testimonial aportada por la parte  demandada,   sería   eficaz   e  idónea  para  acreditar  tales  hechos,  como  contraindicios de la simulación.   

El  Tribunal,  empero,  no  incurrió en los  errores  probatorios  denunciados,  porque  si  bien  consideró  que  la prueba  testimonial     no     era    “idónea”      ni      “eficaz”  para  demostrar los supuestos en cuestión, en verdad no estaba  exigiendo  para  ese  mismo propósito una prueba específica. Lo que indicó es  que  la  prueba testimonial no desvirtuaba razonablemente los indicios que sobre  el  particular  se infirieron, como si lo hubieran sido los extractos bancarios,  cheques, letras, recibos, cartas de pago o documentos similares.   

En  efecto,  sobre  la  falta  de  capacidad  económica  y  todo  lo  que,  según  la demandada, rodeó el pago, el Tribunal  señaló  que  si ésta pagó por los bienes la cantidad de $250.000.000.oo, era  difícil    creer    que    “a   punta   de   sólo  testimonios”  se  pueda  llevar a la convicción del  juez  que “con base en préstamos (cuyas letras no se  han  visto por ninguna parte, y sin intereses), se pagó una suma tan cuantiosa,  máxime  si  de  esos  préstamos,  la  mayoría  no  aparece  incluidos  en las  declaraciones  de  renta,  y  algunos de ellos no cobraban intereses, lo que con  acierto  lo  observa  el  juez  a-quo, ‘comporta          una          inusual          gratitud’”.   

Lo  mismo  cabe  predicar  de la conclusión  sobre     que     la     prueba     testimonial     no    era    “eficaz”     para     demostrar     la  “calidad   de   administradora,   invocada  por  la  demandada,  del  establecimiento  de  comercio  adquirido  por  ella”,  como  poseedora,  porque  el  Tribunal  simplemente desvirtuó  dicha  prueba,  al  afirmar que si el supuesto vendedor estaba dedicado, para la  época,  al  consumo  de estupefacientes, era “apenas  lógico  aceptar  que  él  mismo  se  desentendió  de los negocios, que por su  avanzado  estado  de adicción, estaba en incapacidad de administrar”.   

Por  lo  demás,  la  capacidad  económica  per   se  no  descarta  la  celebración  de  negocios simulados. Otra cosa es que realizado el contrato con  persona   adinerada,   inclusive   con   el  pago  del  precio,  tratándose  de  compraventa, se haga más difícil demostrar la confabulación.   

4.-   El  cargo, en consecuencia, está  llamado al fracaso.   

DECISION  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República   y   por   autoridad   de   la   ley,   NO  CASA la sentencia de 4 de noviembre de 1999, proferida  por  el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Pereira, Sala Civil, en el  proceso  ordinario  promovido por Jhon Jairo Montoya Cruz, Jorge Enrique, Jairo,  Liliana  y  Lucero  Montoya  Suárez,  como herederos del causante Jairo Montoya  Niño, contra Blanca Omaira Rueda Castaño.   

Costas  del  recurso  corren  a cargo de la  demandada recurrente. Tásense.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  el  expediente al Tribunal de origen.   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELASQUEZ  

(En permiso)  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE  

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA    

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