SC 089 2005 [7495]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-089-2005 [7495]

    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA  DE  CASACION  CIVIL   

Magistrado  Ponente   

PEDRO   OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

Bogotá,  D. C., veinticuatro (24) de mayo de  dos mil cinco (2005).   

                     Se decide el  recurso  de casación interpuesto por la sociedad “SERVICIO AEREO DE SANTANDER  LTDA.  S.A.S.”,  ahora  empresa  unipersonal,  contra la sentencia que la Sala  Civil  del  Tribunal  Superior de Bogotá, profirió el 13 de noviembre de 1998,  al  desatar  la  apelación  de  la  dictada  por  el  Juzgado Primero Civil del  Circuito  de  esta  ciudad, en el proceso ordinario adelantado por la recurrente  contra   “LA   NACIONAL   COMPAÑÍA   DE   SEGUROS   GENERALES   DE  COLOMBIA  S.A”.   

ANTECEDENTES   

                        1.   Mediante  demanda  presentada  el 22 de febrero de 1993, pidió la actora que se  declarara  que  tiene derecho a percibir de la mencionada aseguradora el pago de  TRES  MILLONES  DE  DOLARES  por la pérdida del avión HK 3364 de su propiedad,  que  se  hallaba  amparado por la póliza de seguro de aviación 19 000 912; que  acreditó  el  acaecimiento y cuantía del siniestro, conforme al artículo 1077  del  Código  de  Comercio;  que son absurdas e infundadas las objeciones hechas  por  la  demandada, quien incurrió en la conducta prohibida por el artículo 79  de  la  ley  45  de  1990, pues dilató el cumplimiento de las obligaciones a su  cargo.   

                                              Subsecuentemente,  impetró  condena  al  pago  de  la  cantidad  de  dólares  ya  expresada, junto con los intereses comerciales moratorios vigentes  en  la fecha de la solución de la deuda, liquidados a partir del 6 de noviembre  de  1992,  y  que se revocara la autorización conferida por la Superintendencia  Bancaria  a la demandada para operar en el ramo de seguros de aviación, a causa  de la señalada infracción.   

                        2.  Como  fundamento     de    esas    pretensiones,    afirmó,    en    síntesis,    lo  siguiente:   

                      El  24  de  octubre  de  1990,  ajustó  con  la demandada el contrato de seguro, del que da  cuenta  la  póliza  19-000.912, para amparar tres aviones suyos, entre ellos el  distinguido  con  la  matrícula  HK 3364, contra los riesgos de casco, casco de  guerra  “y  otros  descritos  en  los  anexos  de  la  póliza”, por valores  “acordados,  convenidos  o  tasados  expresamente”,  que  en  el  caso de la  reseñada  aeronave fue  de TRES MILLONES DE DOLARES, contra el pago de una  prima  de  U$  122.187.50 que canceló en el lapso que corrió del 25 de octubre  de 1990 al 24 de octubre de 1991.   

                      Estando en  conversaciones  previas  a  una  intentada negociación de la aeronave con DIEGO  RENGIFO  y OLIMPO GARCIA, y cuando éstos efectuaban pruebas de vuelo, el avión  sufrió  un  desperfecto mecánico en una maniobra de aterrizaje realizada en el  aeropuerto  de  Cali el 24 de abril de 1991, lo que, de acuerdo con el Manual de  Reglamentos  Aeronáuticos,  fue  determinante  para  que  la  aeronave  quedara  inmovilizada  y  bajo  custodia de la autoridad aeronáutica, “durante todo el  tiempo   indispensable   para   realizar   la  encuesta  sobre  las  causas  del  incidente”.   

          Al saber de dicho percance, los señores  Rengifo  y  García se responsabilizaron de los costos de reparación del avión  y  se  obligaron  a pagar a su propietaria el lucro cesante por el tiempo en que  la  nave  permaneciera  inmovilizada  por  orden  de la Aeronáutica Civil o por  aquél  que  demandara su reparación. Por tal concepto, los mencionados pagaron  a  SAS  $70’000.000.oo,  a  razón  de  diez millones mensuales, según se acreditó ante la aseguradora, en  su momento.   

                  El  11  de  mayo  de  1992,  el  gerente  de  la sociedad accionante  personalmente  constató que el artefacto no se encontraba en el señalado lugar  y  obtuvo  información según la cual había sido hurtado o robado desde el mes  de agosto de 1991.   

                     La prenotada  circunstancia  lo  llevó a instaurar denuncia penal, y a formular el reclamo de  la  indemnización  a  la  aseguradora, con el lleno de los requisitos legales y  convencionales,  gestión  infructuosa,  puesto que la demandada replicó con el  planteamiento  de  objeciones,  que  hizo consistir en la omisión de entrega de  los   libros   del   avión  y  los  certificados  de  mantenimiento;  falta  de  demostración  del  carácter  accidental  de  la  pérdida  de  la nave aérea;  atribución  al  asegurado  de  desconocimiento  relativo a la radicación de la  responsabilidad  de  la  pérdida  en  cabeza  suya  o  de  Rengifo  y  García;  imputación  de  incumplimiento por parte del asegurado de las obligaciones a su  cargo  estipuladas  en  el literal D-3, sección I, y numerales 2 y 4, aparte B,  sección  IV,  de  la  póliza  de seguro y, por último, no demostración de la  cuantía  de  la  pérdida, las que el actor tildó de infundadas, e interpretó  como  un recurso empleado por la aseguradora para dilatar el cumplimiento de sus  obligaciones.   

                  3.                         La  accionada  se  opuso  a  las  pretensiones y  propuso   las    excepciones   de   mérito,   que  denominó  “Falta  de  legitimación  en  causa  –  Inexistencia  del  siniestro”,  “Falta  de  prueba  del  siniestro  y  de su  cuantía”,  “Falta  de  prueba  de  la  accidentalidad  de  la  pérdida”,  “Falta    de    debido    cumplimiento   –   Culpa   grave”,   ”Falta   de  documentación”,   “Modificación   del   riesgo”,   “Incumplimiento  de  procedimientos  para  reclamos”  y  “Por  riesgo  no  amparado”,  medio de  defensa   este  que  apoyó  argumentando  que  “la  póliza  de  seguros  que  se comenta describe con toda claridad cuáles son los  riesgos  amparados, todos los cuales, de conformidad con la naturaleza misma del  contrato,  son de carácter aeronáutico.- La póliza de seguros de aviación no  ampara  riesgos  derivados  del  robo  o hurto, situaciones éstas que, para ser  invocadas,  deberían  de  haber  sido  materia  de  protección  especial en la  póliza  respectiva.-  Contra  robo  o  hurto existen amparos y muy claros en la  legislación y en los contratos”.   

                             4.                      La  primera  instancia  culminó  con  sentencia  estimatoria de las  pretensiones,  decisión  que  el  Tribunal  revocó íntegramente al desatar la  apelación interpuesta por la demandada.   

LA   SENTENCIA   DEL  TRIBUNAL   

                             1.                      Resuelto  lo  concerniente  con  la  legitimación  en  la causa por  activa,  se  detuvo  la  Sala  en el aspecto atinente a la determinación de los  riesgos  contractualmente amparados, con la advertencia de que, por ser un punto  en  el  que  había “radical discrepancia interpretativa sobre los alcances de  las  condiciones  generales  y particulares del contrato de seguro fuente de las  obligaciones  contraidas  por  las partes”, se imponía escudriñar el sentido  real de las distintas estipulaciones.   

                            1.1                      Guiado  por  breves consideraciones de tipo general en relación con  las  reglas  legales de interpretación particularmente aplicadas al contrato de  seguro,  seguidamente hizo mención al contenido de la póliza 912 y sus anexos,  que  refieren  los términos del ajustado entre las partes contendientes en esta  litis,  y  específicamente  a  los  textos  del  ordinal  a),  del  acápite de  cobertura,  correspondiente a la sección I de aquélla, que reprodujo, y al del  anexo  denominado “Cláusula de reinclusión de riesgos de guerra, secuestro y  otros  peligros”,  a  la  que  le  dio  el alcance de modificación parcial de  algunas  exclusiones  generales,  por  haberse  acordado  el  cubrimiento de los  “reclamos” en ella enlistados.   

                            1.2                      En  ese  orden  de  ideas,  partió  de la premisa según la cual la  aseguradora  asumió  el compromiso de “pagar todos los reclamos” que fuesen  provenientes    de   “…secuestro   o   cualquier  toma  de  posesión  ilegal,  o indebida,  toma  de  control  de  la  aeronave  o la tripulación durante el  vuelo,  incluyendo  cualquier  tentativa de tales formas de control por parte de  cualquier  o  cualesquiera  personas  que se encuentren a bordo de la aeronave y  actúen   sin   el   consentimiento   del   asegurado  (punto  V)”  (subrayas  tomadas  del  texto),  estipulación  que escogió como  punto  de  referencia  para establecer si con toda precisión podía encuadrarse  dentro  de sus previsiones el hecho séptimo de la demanda, en el que se afirmó  la  pérdida de la aeronave causada por hurto o robo, teniendo en consideración  que  en   aquélla  se contempló la toma de posesión ilegal o indebida, y  en  vista  de  la  repulsa  de  la  demandada  a  esa  hipótesis, exteriorizada  inicialmente  en  las  objeciones  a la reclamación y, posteriormente a través  del planteamiento de la excepción de riesgo no amparado.   

                      1.2.1   Con  tal  propósito,  dijo que el contexto general de la póliza de seguro, sin  separar   las  diversas  estipulaciones  y  haciendo  de  ellas  interpretación  conjunta,  llevaba a la firme conclusión de que “si  bien  se  incluyó  como  riesgo  asegurado  la  pérdida  o desaparición de la  aeronave,   lo   fue   para   el  evento   que  ocurriera  en  ‘vuelo’    ”.   

                      La anterior  afirmación   la  apoyó, de una parte, en la estimación del texto de  la  cláusula  de  cobertura por pérdida o daño incluida en las “condiciones  generales”,  en  la  que  se  consigna  que “…la  pérdida  accidental  o  el  daño  a  la aeronave…provenientes de los riesgos  amparados,  incluyendo la desaparición de la aeronave  si  no  se  encuentra  después de 60 días de comienzo del vuelo”,  y  de  la otra, en lo que en igual sentido contiene la denominada  “cláusula  de  reinclusión   de  riesgos  de  guerra, secuestro y otros  peligros”    al   hacer  previsión  acerca  de  los  riesgos de “secuestro o  cualquier  toma  de posesión ilegal, o indebida, toma de control de la aeronave  o   la   tripulación  durante  el  vuelo”.   

                                              1.2.2                        Con  el  anotado  soporte,  añadió que  “si  de  manera  expresa  e  inequívoca, el riesgo  amparado  se  refiere  a  la  pérdida  o desaparición de la aeronave siempre y  cuando   la   misma   ocurra   en  vuelo,  no  puede  darse un entendimiento diferente a lo así estipulado,  por  la  sencilla razón que se quebrantaría el principio de individualización  del  riesgo,  el  cual es inexcusable que acá se concretó bajo una literalidad  que  no ofrece motivo de duda, aspecto corroborado cuando dentro del mismo punto  V   de   la  mencionada  condición  particular  se  precisó  que  ‘cualquier  tentativa  de tales formas  control  por  parte  de  cualquier  o  cualesquiera personas que se encuentran a  bordo  de  la aeronave y actúen sin el consentimiento del asegurado’”.   

                      Apuntó, a  manera  de  resumen,  y en forma textual, que “si el  seguro   de  aviación  tomado  tiene  unas  muy  particulares  características  provenientes  de  la  propia naturaleza de dicha actividad, y el riesgo amparado  ha  de  entenderse  como  los  acontecimientos  dañosos  que  se  generan  como  consecuencia  de  la  aeronavegación,  las  pretensiones acá demandadas están  condenadas  al fracaso, por cuanto la pérdida o desaparición de la aeronave no  fue  producto  de  la  actividad aeronáutica, sino de la aseverada ‘desaparición  misteriosa’  de las instalaciones del aeropuerto  Alfonso  Bonilla  Aragón  de la ciudad de Cali” (fl.  141).   

                        2.  Como  complemento  de  sus consideraciones, el sentenciador acometió otras referentes  a  la  ausencia  de  prueba  de  la  ocurrencia del siniestro, que lo llevaron a  concluir  que  en virtud de ellas, la decisión sería igualmente desestimatoria  de las pretensiones.   

                                              2.1.                      Fue así como luego de recordar la distribución  de  las  cargas  probatorias  prevista  en  el  artículo  1077  del  Código de  Comercio,  entre  asegurador  y  asegurado, se detuvo en la consideración de la  resolución  interlocutoria  4-028  de  la  Unidad de Fiscalía Delegada ante el  Tribunal  Superior  de  Cali, con fundamento en la cual predicó el carácter de  hecho  indiscutible  la  formulación de denuncia penal por el hurto del avión,  con  el aditamento de que en este proceso no se pudo tener cabal conocimiento de  los   hechos   denunciados,   por   no   haberse  allegado  la  copia  del  acta  correspondiente .   

                            2.2                      Resaltó  de  ese  proveído la calificación de “estantía” que  el  Fiscal hizo de la conducta observada por la sociedad accionante en relación  con  la  formulación  de la denuncia del punible y puso de relieve el aparte en  el  que  el  Fiscal  complementó sus reflexiones con la que se refiere al largo  transcurso  de  nueve  meses  que  medió  entre  el conocimiento del hecho y su  denuncia,  dentro  del  que se produjo  la muerte de los señores Rengifo y  García,  para  destacar  el desinterés que durante todo ese lapso acompañó a  la  empresa  aérea  afectada frente a la desaparición de un activo patrimonial  valorado, en ese entonces, en tres millardos de pesos.   

                                              2.3                       Se   ocupó   seguidamente  del  examen  de  la  declaración  de  parte  rendida por el representante de la sociedad accionante,  para  destacar  cómo  en  ella  el  deponente  fijó, a base de deducciones, el  momento  de ocurrencia de la pérdida de la aeronave, lo que reputó como motivo  determinante  de  la  confirmación  de  la  perplejidad  que  campea  sobre esa  materia.  Tras  reproducir  los apartes pertinentes de esa declaración, afirmó  la  existencia  de  contradicción  entre  ellos  y  la  aseveración  del hecho  séptimo  de  la  demanda, en el sentido de que en aquélla se da a entender que  en  agosto  de  1991  se  enteró de la desaparición, al paso que en el segundo  sitúa ese hecho en el mes de mayo del año siguiente.   

                                              2.4                       Por   último,   estimó   como   indicios  que  robustecieron  el  escepticismo  del  sentenciador acerca del momento y forma en  que  se produjo el siniestro, entre otros, los siguientes: la falta de prueba de  los  pagos que, según la demandante, le hicieron quienes intentaban negociar el  avión  al momento de su desperfecto mecánico, mientras estaba inmovilizado; la  conducta  pasiva  asumida  por  la sociedad recurrente frente a un bien de valor  tan  considerable, superior al del capital social, y el hecho de que la aeronave  se hubiera vuelto a asegurar.   

                      Con base en  todo  ese  análisis probatorio, apuntaló el Tribunal su convicción acerca del  incumplimiento  de  la  carga  de  la  prueba   del siniestro por parte del  demandante,  para  concluir  que  -en  la  hipótesis  anunciada  al iniciarlo-,  conducía también a la desestimación de sus pretensiones.   

LA    DEMANDA    DE  CASACION   

                                         

                      Dos cargos  formuló  el  recurrente contra la sentencia, con apoyo en las causales quinta y  primera  de  casación,  los  que  despachará la Sala siguiendo el orden en que  fueron  propuestos,  por  concernir  el primero a un yerro de procedimiento y el  otro a uno de juzgamiento.   

CARGO  PRIMERO   

                   1.            Afirmó el  censor  que se incurrió en la causal de nulidad establecida en el artículo 140  (num.  6)   del  C.  de  P.  C.,  por  haberse  omitido la oportunidad para  practicar  pruebas,  lo  que  produjo  grave lesión al derecho de defensa de la  parte recurrente.   

                   2.          En desarrollo  del  cargo,  el  casacionista  sostuvo  que oportunamente ejerció el derecho de  modificar  las  pruebas   después  de  la  celebración de la audiencia de  conciliación,  acorde  con  el  decreto  2651  de 1991, y que para demostrar la  ocurrencia  del  siniestro  durante  la  vigencia  de  la  póliza, solicitó el  decreto de las siguientes:   

                         Que  se  ordenara  a  las  oficinas  de  la  Aeronáutica Civil en el aeropuerto de Cali,  copia   íntegra  y  auténtica de la “franja de progreso de vuelo” que  “acredita  que  la  aeronave  distinguida  con  la  matrícula  HK  3364P  …  despegó  de  ese aeropuerto el día 10 de agosto de  1991,   con   destino   al   aeropuerto   Ernesto  Cortissoz  de  la  ciudad  de  Barranquilla”, y a la misma entidad, en sus oficinas  de  este  aeródromo,  igual  documento  con el  que se acreditaría que el  avión  “arribó  a  ese  aeropuerto  el día 10 de  agosto  de  1991,  proveniente  de la ciudad de Cali y despegó del mismo, pocas  horas después, con rumbo desconocido”.   

                             Recepción  de los testimonios del jefe de la torre de control del aeropuerto de  Cali,   Alvaro   Ernesto   López   Domínguez,   y   el   de   Wilson   Quevedo  Acosta.   

                            Que  adicionalmente  a lo pedido en un principio, se le solicitara a la Fiscalía 140  de  Palmira  certificación  acerca  del estado que registraba la investigación  que  se  adelantaba por el hurto del avión y si dentro de ella la recurrente se  había constituido en parte civil.   

                   3.           Debido a que  la  prueba documental solicitada a Barranquilla nunca llegó, el apoderado de la  accionante  en  dos  oportunidades  elevó  solicitudes al juzgador ad  quem,  invocando el artículo 183 del  C.  de  P.C.,  norma  de la que dice que éste ha debido interpretar teniendo de  presente  la prevalencia de la ley sustancial, “para  que  esa  corporación  completara  determinadas  pruebas”,  habiendo obtenido  respuesta  negativa  a la primera, y sin lograr ningún pronunciamiento respecto  de  la  segunda, que “era la que tenía que ver con los documentos que estaban  en el aeropuerto de Barranquilla”.   

                            3.1                      Acerca  de la decisión omitida, dijo que era forzoso que se hubiera  producido  por constituir en su criterio obligación del Tribunal, el que apoyó  en  la  afirmación  de  que  cuando  no llegan las pruebas documentales- lo que  equiparó  a  la  situación  que  se da cuando llegan incompletas- es deber del  juez  a  quo completarlas si  el  expediente  no  ha  pasado al despacho para fallo, y que cuando esta última  situación   se   materializa,  el  conociente  no  puede  tenerlas  en  cuenta,  “pero      será     deber     del     superior  completarlas”.   

          Añadió que en aplicación del principio  de  que  “quien  puede  lo más puede lo menos”, el Tribunal, facultado para  ordenar   el   trámite  faltante  “a  pruebas  que  llegaron  incompletas  después  de  que pasó (el expediente) al despacho del a  quo   para   proferir  sentencia,  también  puede  y  debe:  ordenar el trámite que le falte a pruebas que  nunca  llegaron  en  primera  instancia  o,  lo  que  es  igual,  llegaron  pero  incompletas,  sea antes o después que el expediente haya pasado al despacho del  a  quo  para proferir sentencia” (lo resaltado es del  texto).   

           3.2               Se refirió luego al   resultado  de la prueba pedida a la Aeronáutica Civil de Cali, de la que alegó  “que  por  razones  francamente  inexplicables”,  el  Jefe  de  Servicios de  Tránsito  aéreo  le  informó  al  juez de instancia “que el 10 de agosto de  1991,  el  HK  33-64  había  despegado  y  aterrizado 26 minutos después en la  ciudad   de   Cali,   cuando   lo  cierto  fue  que  el  avión  se  dirigió  a  Barranquilla”,  antecedente  que  sirvió  de base al censor para indagar qué  solución  tiene  a  su  alcance  un  particular  para enfrentar, de un lado, la  manipulación  que  de  una  prueba  haga  una  entidad  estatal, y del otro, la  aceptación  que de ese procedimiento efectué la administración de justicia, y  se  preguntó  si  habría sido por obra de una extraordinaria casualidad que la  respuesta  de  la Aerocivil llegó “justo después de que el expediente pasara  al  despacho  del  a quo para  sentencia”.   

                    3.3                        Tras  atribuir  a la inactividad del Tribunal la  causa  determinante  de  su  propia  afirmación  de  inexistencia  de la prueba  demostrativa  del  siniestro,  y  de interrogarse por el motivo que tuvo para no  haber  empleado  el  sentenciador la facultad consagrada en el artículo 37 (num  3)  del  C.  de P. C., y por esa vía, “no haber hecho nada para remediar esta  situación,  de  suyo contraria a la buena fe, la probidad y a la dignidad de la  justicia”,  el  recurrente edificó sobre ese comportamiento la imputación de  quebranto  del  deber  “de  hacer  efectiva  la igualdad de las partes” y de  haber  colocado  a  la  demandante  en  situación de indefensión, “porque  mientras  S.A.S.  cumplió  la  carga  probatoria que le  correspondía,  para  demostrar  la ocurrencia del siniestro durante la vigencia  de  la  póliza,  el  ad-quem,  a  su turno, no desplegó la labor que era de su  resorte  como autoridad pública para procurar que los medios probatorios fueran  incorporados  al  expediente  para  su  ulterior  apreciación  en la respectiva  sentencia”.   

                    3.4                    Como  respuesta  a  los  interrogantes  que  el  casacionista  se  formuló  acerca  de la correcta interpretación del artículo  174,   ibidem,  y  de  los  efectos   consecuenciales  a  la  imposibilidad  de  allegar  pruebas  que   modificarían  el  sentido  de  la  sentencia  cuando  ha mediado la infructuosa  insistencia  de la parte interesada para lograrlo, apuntó que en la regulación  atinente  a  las  pruebas  incompletas concurren los preceptos de los artículos  183  y  361 del mismo estatuto, respecto de los que afirmó que el último está  puesto  al servicio de las partes, ante circunstancias taxativamente señaladas,  en  tanto  que  el  primero  actúa  en  pro  de  los  intereses  de la justicia  “para  que, con toda la amplitud que sea necesaria,  el  juez  de oficio (o también a petición de parte), ordene el trámite que le  haga  falta  a  las  pruebas  incompletas, independientemente del momento en que  llegaron   al   proceso,   pero   preferiblemente   en   la   oportunidad  allí  señalada”.   

                    3.5                        Citando como vulnerados los artículos 3° y 7°  de  la  ley  estatutaria  de  la administración de justicia, se dolió  el  censor  de  que  la  demandante  hubiese sido privada de la garantía del debido  proceso,    calificando    de   inaceptable   que   el   Tribunal   “incumpla  -así  porque sí- su deber de completar la prueba que  le  suministraba  los  suficientes  elementos  de  que  el  avión  despegó  de  Barranquilla   el   10   de   agosto  de  1991  y  simultáneamente  se  declare  “perplejo”   en   cuanto  al  momento  en  que  desapareció  el  avión”.  Concluyó que de no haber sido por la apatía del juez  ad  quem, se habría podido  demostrar  plenamente  la  ocurrencia  del  siniestro  durante la vigencia de la  póliza.   

                    3.6                        Desmintió  al  juzgador  cuando expresó que el  avión  desapareció  misteriosamente  del aeropuerto de Cali, y tildó de falsa  la  información  suministrada  por  la  Aeronáutica  Civil,  según la cual el  artefacto  decoló  de esa terminal aérea el 10 de agosto de 1991 para retornar  26  minutos  después,  siendo  la  verdad  la que figura en la franja o faja de  progreso  de vuelo que se encuentra en Barranquilla (prueba que fue la que nunca  llegó  al  proceso),  de  conformidad  con  la cual, la aeronave despegó de la  primera  ciudad  con  destino  a  la  segunda,  y  de  allí  tomó  luego rumbo  desconocido.   

                             4.                      Por  último, anotó que “la nulidad por  omitir  la práctica de esta  prueba no fue saneada, razón por la cual, el  efecto obligado es la prosperidad del cargo”.   

SE  CONSIDERA   

                   1.          Conforme a su  planteamiento,  para  la  Sala  es claro que en opinión del censor, el Tribunal  incurrió  en  la causal de nulidad establecida en el artículo 140 (num. 6) del  C.  de  P.  C.,  por  no  haber  insistido el juzgador en la aducción de prueba  documental  decretada  en la primera instancia, y no incorporada en su totalidad  al  plenario. Para pensar de este modo, el casacionista se apoyó principalmente  en   los  artículos  183  y  361  ibidem,  entendiendo  que esa Corporación ha debido completar las pruebas  documentales  faltantes,  acción que equiparó con la de ordenar “el trámite  que   le   falte   a   dichas   pruebas”,   contemplado   en   la  primera  de  ellas.   

                             2.                      Situada  la  controversia en este punto, importa recordar que uno de  los  principios  rectores de las nulidades en materia procesal civil es el de la  taxatividad,  y  que  de acuerdo con éste, en principio sólo pueden originarla  las  precisas situaciones que la ley define, de manera que su interpretación es  estricta,  sin  dar  margen a la asimilación de los concretos motivos definidos  por   el   legislador,   a   situaciones  no  comprendidas  en  ella.   

                             3.                      En  este  orden  de  ideas,  es  indispensable  elucidar cuál es el  presupuesto  de  hecho  en el que se asienta la causal 6ª de nulidad de las que  enlista    el   artículo   140   ibidem,   para   efectuar   seguidamente   una  confrontación  entre  esa  situación abstracta y la que en concreto se da en esta especie.   

                      La indicada  norma    prevé    que                 “el  proceso  es  nulo  en  todo  o en parte,  solamente    en    los    siguientes    casos:    …     6º)  Cuando  se  omiten los términos u  oportunidades  para  pedir  o  practicar  pruebas  o  para  formular alegatos de  conclusión”.   

                      Ahora bien,  como  la  omisión  de  la  oportunidad  para  practicar  pruebas la predicó el  censor,  de la tramitación de la segunda instancia, es menester acudir a lo que  sobre  el  particular  dispone  el  artículo 361 del C. de P. C., norma que con  carácter  igualmente  restrictivo,  condiciona  la  procedencia  del decreto de  pruebas  a  solicitud de parte, que debe formularse en el término de ejecutoria  del  auto que admite el recurso, a las precisas hipótesis que relaciona, dentro  de   las  que  se  cuenta  la  que  se  da  “cuando  decretadas  en  la  primera  instancia,  se dejaron de practicar sin culpa de la  parte  que  las  pidió,  pero  sólo  con  el  fin de practicarlas o de cumplir  requisitos que les falten para su perfeccionamiento”.   

                   4.            La  simple  revisión  de la actuación surtida dentro del rito propio de la alzada, pone de  manifiesto   que  en  la  indicada  oportunidad  el  apoderado  de  la  sociedad  demandante  únicamente  le  solicitó  al Tribunal que admitiera como prueba la  copia  de  la  resolución interlocutoria Nro. 4-028, proferida por la Unidad de  Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal Superior de Cali, el 8 de febrero de 1988,  que  anexó  a  su  escrito,  la que fue resuelta favorablemente por el juzgador  ad quem mediante providencia  del  22 de noviembre de 1996, como puede verse del folio 4 al 14 del cuaderno de  la  segunda  instancia.  Nótese  cómo,  tal solicitud, la elevada por la parte  actora  durante  el  término  de ejecutoria del auto que admitió el recurso de  apelación,  no  se extendió a la información que ab  initio  se  exigió  a las oficinas de la Aeronáutica  Civil  en  Cali  y Barranquilla, en la forma y para las finalidades queridas por  la parte actora.   

                             5.  En las anteriores condiciones, no es  factible  deducir  que  al  casacionista  le  fue  desconocida  la  facultad  de  prevalerse  de  la  oportunidad  para  hacer  incorporar  al proceso las pruebas  documentales   que   el   juez   a  quo  decretó,  y  que  debían ser producidas por la Aeronáutica Civil,  sencillamente  porque no lo reclamó así en el momento procesal pertinente, por  lo  que,  faltando  ese  supuesto  esencial, no cabe atribuir al sentenciador de  segundo   grado   el   vicio  de  actividad  denunciado  por  el  recurrente  en  casación.   

                        6.  Para  finalizar,  agrega  la  Sala,  que  tampoco  se puede pasar por alto que, en los  términos  en  que  viene propuesta, en últimas, la acusación que se desestima  constituye  apenas  un  intento  del  impugnante, encaminado a sustraerse de los  efectos  derivados  del  acometimiento  opaco de sus propias cargas probatorias,  acudiendo  al  expediente  de  fustigar  al Tribunal por no haber actuado en ese  campo  de  manera  oficiosa, circunstancia que en casos como el de esta especie,  en  los  que  el  interesado  ha  procedido  a  enrostrar al juzgador errores de  actividad  en  materia  probatoria  por no complementar el elenco probatorio que  negligentemente  se  abstuvo de aportar al proceso, no se configura la causal de  nulidad,  apta  en casación para resquebrajar el fallo por esta vía impugnado,  acorde con el artículo 368 (causal 5ª) del C. de P. C.   

CARGO  SEGUNDO   

                     1. Se acusó  la  sentencia de ser violatoria por falta de aplicación de los artículos 1603,  1613  y  1618  del  Código  Civil;  822, 823, 871, 1036, 1045, 1047, 1053,  1054,  1072,  1080,  1089, 1090, 1103 y 1110 del Código de Comercio, y 79, 80 y  83  de  la  ley  45  de  1990,  a  causa  de  distintos  errores  de  hecho y de  derecho.   

                      En  escrito  por  demás  extenso,  el  impugnante  se  dedicó  profusamente  a  atacar,  por el señalado sendero, las  conclusiones  del  Tribunal,  según  las  cuáles:  a)               dentro  del  contrato  aseguraticio  celebrado  por  las partes no estaba cubierto el siniestro aducido  por    la    actora    (hurto    o    ‘robo’   del  avión,  acaecido en tierra), y b) no se acreditó la ocurrencia del siniestro y  de  su  cuantía.  Por  razones  de  economía  procesal  y  puesto que -como se  explicará  al  despachar esta acusación- el primero de los aludidos asertos se  mantendrá   incólume,  muy  a  pesar  de  los  reproches  denunciados  por  el  casacionista      y,      per      se,   tiene  la  virtud de soportar, in  integrum,  la sentencia de segunda instancia, la Corte  apenas  se  ocupará  muy  someramente  de referir en este resumen los reproches  efectuados  por  el  censor  con  relación a la aseveración fáctica de que da  cuenta  el  precitado  literal  b)  y  centrará sus esfuerzos en la exposición  detallada  de  las razones que llevaron al recurrente a combatir la aseveración  consignada en el otro literal, y en su despacho.   

                       Cumple   entonces   anotar   que   el  casacionista  destacó  que  el  fallo  del Tribunal se apoyó en tres grupos de  conclusiones,  referidos,  el  primero,  “a  la  cobertura  del  seguro”; el  segundo  “a  la  ocurrencia  misma  del  siniestro”  y  el  tercero, “a la  conducta  de  la  demandante”,  con  relación  a la acreditación del alegado  siniestro.   

          Frente al primer grupo de conclusiones el  recurrente  aseveró  que  a ellas llegó el juzgador por haber incurrido en los  errores  de  hecho que seguidamente se relacionarán y fustigó las conclusiones  de  los  grupos  dos  y  tres  a través de la denuncia de errores de hecho y de  derecho,  que  mencionará  la Corte, y se pronunciará sobre ellos, sólo en la  medida en que así se justifique.   

                      2.  En  punto  de  la  primera  especie de los errores denunciados, el censor expuso que  estos  conciernen  a  la  apreciación  de la póliza de seguro 19-000912, y sus  anexos,  el  Nro.  1,  y  los  distinguidos como “Cláusula de deducibles” y  “Cláusula  de reinclusión de riesgos de guerra y otros peligros”, demanda,  contestación  y memorial de respuesta al traslado del escrito de excepciones de  mérito;  escrito  de  objeciones  a  la reclamación del asegurado; resolución  4-028,  expedida  por  la Unidad de Fiscalía delegada ante el Tribunal de Cali;  carta  de  la  Hudson  al  apoderado  de  S.A.S,  de  26  de  octubre  de  1992;  certificación  de  3  de abril de 1992, expedida por el Jefe de la División de  Seguridad  Aérea  de  la  D.A.A.C.;  copia  del  mensaje del 8 de mayo de 1991,  suscrito   por   el  Director  General  de  Operaciones  Aéreas,  ordenando  la  suspensión   de   la  aeronave  HK-3364;  la  contestación  de  S.A.S.  a  los  requerimientos  de  Hudson; el interrogatorio de parte absuelto por Alfonso  Fonseca    y   el   memorial   de   reclamación   de   la   demandante   a   la  aseguradora.   

         

                            2.1                      En  cuanto  al  anexo  número  uno,  el  error  se materializó por  preterición,  deducida  del  hecho de que el sentenciador hubiera concluido que  el  riesgo  de  pérdida amparado era únicamente el que sucediera en vuelo, sin  darse  cuenta  que  en  él consta que se acordó eximir a la asegurada del pago  del  valor del deducible, fijado en U.S. $25.000, por reclamo, en los eventos de  pérdida  total,  pérdida  total  constructiva, o pérdida total negociada, que  ocurriera  en vuelo, tierra y carreteo, y que según esto, la aseguradora había  asumido  el  compromiso  de  cubrir  la  totalidad  de  la indemnización cuando  ocurriera  la pérdida en alguna de las expresadas modalidades y circunstancias,  siendo  de  entender  que  la total podía derivarse, de acuerdo con el anexo de  reinclusión  de riesgos de guerra, secuestro y otros peligros, por “cualquier  toma de posesión ilegal”.   

                            2.2                      En  relación  con el anexo de “reinclusión de riesgos de guerra,  secuestro  y otros peligros”, el error se habría producido por suposición de  estipulación  inexistente,  por  cuanto  el  Tribunal  dedujo,  “del conjunto  integral   de   las   estipulaciones”,   que  el  motivo  determinante  de  la  contratación  del  seguro por parte de la asegurada fue la preservación contra  los  riesgos  del aire, parecer que refutó el casacionista tomando en cuenta su  literalidad,  de la que extrajo la referencia que en ella se hace a “cualquier  acto   malicioso   o   de   sabotaje”,  “secuestro   o  cualquier  toma  de  posesión  ilegal  o indebida,  toma  de   control  de  la  aeronave o de la tripulación durante el vuelo,  incluyendo  cualquier  tentativa  de  tales  formas de  control  por  parte   de cualquier o cualesquiera  personas   que   se  encuentren  a  bordo  de  la  aeronave  y  actúen  sin  el  consentimiento del asegurado”.   

                        Habiendo  establecido  con  la ayuda del diccionario que esa expresión “cualquier” es  equivalente  a  decir:  “sea  el  que fuere”, o “sea la que fuere”, cuyo  remplazo  hizo  en   los  apartes  pertinentes  del  texto,  como ejercicio  ilustrativo  útil  para  captar  el  sentido  de  la estipulación, llegó a la  conclusión  de que la toma de posesión ilegal y la indebida, así como el acto  malicioso  o  de  sabotaje  acompañados  en cada caso de dicha expresión, debe  entenderse  de aquella manera, y así, al tener ella ilimitado alcance, para que  se  entendiera  excluido  el  robo o el hurto, se hacía necesario estipulación  especial  en ese sentido, que en el contrato no existe. Por tal razón concluyó  que  el  Tribunal  “supuso  la  presencia  de  una cláusula inexistente en el  contrato”,  y  al decir que aquellos eventos debían ocurrir en vuelo, además  que  no motivó ese punto de vista, ignoró que la única materia respecto de la  cual  sí  hubo  una cláusula de limitación es completamente ajena a ese tema,  siendo  esta  la  que  dice  relación  con  la  toma de control del avión o la  tripulación,  que  las partes sí acordaron definir como riesgo a condición de  que acaecieran en vuelo.   

                    Para abundar,  recurrió  el  casacionista  a  la  definición que el Código Penal dispensa al  punible  de  “hurto”, de la que destacó el verbo rector (apoderar), y a las  que  el  diccionario  trae de hurtar, robar y tomar posesión, para sostener con  esa  base, que no es mera casualidad que para ese efecto, y en cuanto al hurto y  robo  se  refiere,  se  emplee  la  palabra  “tomar”,  postura  en la que se  afianzó  para  expresar que “es inocultable entonces que en virtud del anexo,  esta  clase  de  riesgos sí quedaron amparados, porque constituyen tipos de los  géneros:  ‘cualquier toma  de   posesión   ilegal’,  ‘cualquier   toma   de  posesión  …indebida’  e  incluso  de  ‘cualquier acto  malicioso’, porque el robo  o  el  hurto  son,  quiérase o no, actos que tienen una intención perversa, un  efecto dañoso para otro, y beneficioso para sí mismo” (fl. 46).   

                                              2.3                       Al aludir al texto de la denominada “cláusula  de  riesgos  de  guerra  y  otros  peligros”,  el  casacionista  alegó que el  disputado  amparo….. “se extiende igualmente al robo y hurto”. Anotó que,  además  del  secuestro,  aquellas  conductas  ilícitas también representan un  riesgo  común  de  guerra  y  otros  peligros;  que esas modalidades delictivas  ontológicamente  constituyen  una  toma  de  posesión ilegal o indebida, y que  “la  toma  de  posesión  ilegal  que  no  termine  en  robo,  en  hurto  o en  destrucción  no  accidental  de la aeronave, no representa pérdida del avión,  ni  obligación  de  indemnizar para el asegurador”, de “manera que nunca se  daría  un  supuesto  de  hecho  que  pudiera  subsumirse  en  la  cláusula  de  inclusión de riesgos de guerra y otros peligros”.   

                      Expresó a  continuación   que,   en   la   hipótesis   de  que  el  empleo  del  término  “cualquier”,  se  interpretara  como  atentatorio  de  lo  que  el  Tribunal  designó  como  principio  de  individualización  del riesgo, que utilizó para  restringir  su  alcance  en  el  contrato  a  los  ocurridos en vuelo, ha debido  cuestionarse  su  validez  como  pretensión autónoma, que podía plantearse en  forma separada, o adicional a las de la demanda inicial.   

                      Repudió el  censor  la  afirmación  del sentenciador acorde con la cual cada tipo de riesgo  requería  de  protecciones  especiales, alegando que la póliza expedida por la  demandada  claramente  se  extendía  a  cualquier  forma  de  toma de posesión  ilegal,  a cualquier forma de toma de posesión indebida, y a cualquier forma de  acto  malicioso,  “pues así fue contratada”, de modo que si el sentenciador  no  podía  alterar esas estipulaciones, mucho menos podía anularlas. Acotó el  inconforme  que  contrato  es ley para las partes y no puede ser invalidado sino  por causas legales.   

                   Con referencia  a  la  convicción  del  juzgador  en  el sentido de que el hurto o robo estaban  amparados  como  riesgo  a  condición  de  que ocurrieran en vuelo, añadió el  casacionista  que  tales  eventos  pueden  iniciarse  en  tierra y no en el aire  “..salvo  que  se  trate de actos ejecutados por superhombres que sean capaces  de  abordar  aviones en pleno vuelo, lo que sólo se ve en las … películas de  ciencia ficción”.   

                            2.4                      También  el  quejoso  le imputó a la Corporación sentenciadora el  no  haber  visto la confesión de la demandada, resultante, en los términos del  artículo  285  del  C.  de  P.  C., de la actitud injustificadamente omisiva de  ésta  a  exhibir los documentos que la recurrente relacionó en las solicitudes  de  pruebas  que  hizo en la demanda y en el escrito mediante el cual descorrió  el   traslado  de  las  excepciones  de  mérito,  con  los  que  perseguía  la  demostración  de  los siguientes aspectos susceptibles de prueba de confesión:  pagos  recibidos  por  la  demandada, de parte de su reaseguradora; el carácter  infundado  de las objeciones; que éstas fueron recomendadas o sugeridas por los  ajustadores  y  reaseguradores;  la falta de fundamento de todas las excepciones  propuestas  y la alegación, a sabiendas, por parte de la aseguradora, de hechos  contrarios  a la realidad, respecto de los que detuvo su atención en el primero  para  afirmar que la reaseguradora que fuere pagó por la pérdida del HK-3364 a  la   demandada,   quien   por   su  parte  se  negó  a  hacer  otro  tanto  con  S.A.S.   

                    Manifestó el  censor  que  precisamente  todo  lo  anterior  se  demostraba  por  medio de los  siguientes  documentos  que la aseguradora se rehusó a exhibir: correspondencia  cruzada  con  reaseguradores; relación completa de los nacionales y extranjeros  que   participaron   en  este  siniestro,  con  indicación  de  su  afectación  porcentual  en  la  pérdida,  y  copia de los comprobantes de contabilidad y de  recibo  de  dineros  por  concepto  de  reaseguros  para  pagar el siniestro del  multicitado  avión,  de  manera  que  con  esa  confesión resultaba probada la  ocurrencia  del  siniestro,  la  cobertura  de  la pérdida en  tierra o en  vuelo,  así  como la del robo, hurto o accidentalidad, y el derecho de S.A.S. a  recibir  la  indemnización.  Añadió que estos elementos le daban vía libre a  las  pretensiones,  pero que el Tribunal, desconociendo lo previsto en el inciso  segundo  del  artículo  187  del C. de P. C., se abstuvo de mencionar el motivo  determinante de la omisión de valoración de esa confesión.   

                     

                             3.                      El  error  de  derecho  que  el  censor le enrostró al sentenciador  ad  quem lo hizo residir en  la  actitud  omisiva  que  asumió  frente  al cumplimiento de sus obligaciones,  facultades  y  poderes  jurisdiccionales en materia probatoria, lo que dio lugar  al  quebranto  de  los  artículos 4°, 6°, 37 (nums. 2, 3 y 4), 101, 175, 177,  179,  180,  183, 185 y 187 del C. de P. C.; el artículo 9° del Decreto 2651 de  1991,  primer  inciso  del  artículo  1077  del  Código  de  Comercio,  y  los  artículos  3°  y  7°  de la ley 270 de 1996, y por esa vía la infracción de  los   preceptos   sustanciales   citados   al   presentar   el   cargo   que  se  resume.   

                   A ese respecto  insistió  en  los  planteamientos  que expuso al sustentar el cargo primero, lo  que,  por lo mismo, releva a la Sala de reiterarlos ahora, debiéndose precisar,  en  todo caso, que el censor esgrimió esos yerros, no para estructurar sobre su  ocurrencia  una  causal  de  nulidad  procesal,  como  aconteció  con  su cargo  inicial,  sino  para  afirmar  que,  de  no  haber  incurrido en ellos, y “sin  perjuicio  de  que  los  mismos  hechos  puedan  tenerse como demostrados con el  restante  material  probatorio”, el Tribunal hubiera tenido que admitir que la  cuestión  puntual  del  acaecimiento  del  siniestro  en vigencia de la póliza  “habría         quedado         totalmente  acreditada”,       y      que      “igualmente  habría  quedado demostrado del todo que la pérdida  del   avión   HK-3364   tenía  origen  en  una  toma  de  posesión  ilegal  o  indebida”.   

                    Tras sostener  que  “la  sentencia ha debido confirmar la de primer grado, porque las pruebas  echadas  de  menos  -que  acreditaban  que  el siniestro se produjo dentro de la  vigencia  de  la póliza y que la reclamación se había efectuado dentro de los  términos  legalmente previstos- no llegaron al expediente (y por lo tanto nunca  pudieron  ser  valoradas),  por  la  negligencia del juzgador, a pesar de que la  actora  sí las había pedido oportunamente en 1994, e insistido en su práctica  en  1997”,  finalmente  el  impugnante  ofreció  una  breve  alusión  a  los  preceptos  que  consideró  vulnerados  por  el  Tribunal  con  ocasión  de los  referidos errores de apreciación probatoria.   

SE  CONSIDERA   

                             1.             Frente  a  la  conclusión a la que el sentenciador arribó como consecuencia de  la  interpretación  del  contrato, en el sentido de que las partes no acordaron  incluir  como  riesgos  amparados los acaecidos en tierra, sino los sucedidos en  “vuelo”,  el  error  en  sentir del casacionista sería el producto de haber  preterido  el  anexo número uno de la póliza de seguro (fl. 20), que prevé la  exclusión  de  deducibles  en  el  evento  de  pérdida  total,  pérdida total  constructiva  o  pérdida  total  negociada,  que  ocurrieren  en vuelo tierra o  carreteo,   estipulación  contractual  que  debiéndose  interpretar  en  forma  conjunta  con  las  demás  daría  lugar  a  entender  que,  al  contemplar  la  hipótesis  de  la pérdida en tierra, como circunstancia de inaplicabilidad del  deducible,  las  partes  no  quisieron limitarla solamente a la que ocurriera en  vuelo como lo estimó el Tribunal.   

                      Al respecto  observa  la  Corte que aunque el juzgador afirmó la existencia de un clausulado  general  complementado  con uno particular, constitutivo de la “nota subjetiva  y  personal  del  contrato”,  fundó  su  apreciación  exclusivamente  en  lo  estipulado  en  la  sección  I  de  la  póliza,  letra a), en relación con la  pérdida  accidental o el daño de la aeronave, y en el anexo de reinclusión de  riesgos  de guerra, sin haber reparado, al parecer, en la existencia y contenido  del anexo de “deducibles”.   

                      Es menester  acotar   que   sobre  el  aspecto  en  comentario,  en  su  momento  las  partes  contratantes  no  fueron  lo  suficientemente  explícitas,  surgiendo  así  la  necesidad  de  acudir  a  las reglas legales de interpretación de los contratos  contenidas  en  los  artículos  1618  a  1624  del Código Civil, aplicables en  materia   comercial,   por   disposición  del  artículo  822  del  Código  de  Comercio.   

                    En este orden  de  ideas,  si  el  juzgador hubiera atendido particularmente lo dispuesto en el  artículo  1622  del  Código  Civil, correlacionando las estipulaciones por él  mencionadas,  con la que el casacionista trajo a colación, hubiera colegido que  ciertamente,  la  intención  de  las  partes, que de esa manera se descubre, en  punto  de  la pérdida de la aeronave, no se limitó exclusivamente al evento de  que  sucediera  en  vuelo. El anotado entendimiento, dentro de este contexto era  forzoso,  puesto  que  de  lo  contrario  nada justificaría el hecho de que los  contratantes  hubieran  acordado  no  aplicar  deducibles,  esto  es, no hacerle  cargar  al  asegurado  una  parte  del  daño  causado  con  la  ocurrencia  del  siniestro,  frente  al  riesgo de pérdida referido no sólo al que ocurriese en  vuelo,  sino  también  en tierra y en carreteo. Memórese, en armonía con otra  regla  de interpretación contractual, también positivamente establecida,   que  “el  sentido  en  que una cláusula pueda producir algún efecto, deberá  preferirse  a  aquel en que no sea capaz de producir efecto alguno” (art. 1620  del C. Civil).   

                     Con todo, si  bien,  prima facie, luciría  claro  que  el  Tribunal  incurrió  en  el  desacierto  que  el casacionista le  enrostra,  aserto que de alguna manera la misma aseguradora demandada corroboró  cuando  advirtió,  en  el  escrito  de  réplica a la demanda de casación, que  “jamás… La Nacional ha sostenido que los riesgos  que  quedan  cubiertos  bajo  las  pólizas  que  expide  sean  los  que  tengan  ocurrencia    en    vuelo”   y   que   “es  apenas  obvio  que  la póliza ampara riesgos en tierra y en  carreteo”  (c.  4.,  fl.  108),  tal yerro no abarca  todos  las aristas, ni tiene el alcance que le reconoce el inconforme, según se  puntualizará en las consideraciones siguientes.   

           2.  Ha  de  advertirse  que  -para  el  Tribunal,  no  obstante la imprecisión en la que incurre- los riesgos cubiertos  por  quien expidió la póliza, más que corresponder a los acaecidos durante el  tiempo  en  que  la  aeronave  permaneciera  en  el  aire,  lo  serían aquellos  relacionados   con   la   actividad   aeronáutica,  acorde  con  la  connatural  funcionalidad de las aeronaves.   

           En   efecto,   a  voces  del  juzgador  ad  quem,  “si  el seguro de aviación tomado tiene  unas  muy  particulares características provenientes de la propia naturaleza de  dicha  actividad, y el riesgo amparado ha de entenderse como los acontecimientos  dañosos  que  se  generan como consecuencia de la aeronavegación, las  pretensiones acá demandadas están condenadas al fracaso, por  cuanto  la  pérdida  o  desaparición  de  la  aeronave  no  fue producto de la  actividad   aeronáutica,   sino   de  la  aseverada  “desaparición  misteriosa”  de  las  instalaciones  del  aeropuerto Alfonso  Bonilla  Aragón  de  la  ciudad  de Cali” (subrayado  fuera de texto, c. 3, fl. 141).   

                     Con relación a lo destacado, se infiere,  de  la  lectura  de  la  sustentación  del  cargo  en  estudio,  que  aunque el  impugnante  hizo  mención de ello (fl. 39), en todo caso centró sus esfuerzos,  como  ya  se  dijo,  tratando  de  convencer  a  esta  Sala sobre los errores de  apreciación  de  la  prueba  que  según  lo  expuso,  condujeron al fallador a  concluir  que  los  riesgos  amparados  con la póliza expedida por la demandada  estaban  circunscritos  a  los  verificados mientras que la aeronave en mención  estuviera  “en  vuelo”, desconociendo que también estaban incluidos los que  tuvieran  lugar “en tierra”, yerro que no obstante haber tenido figuración,  no  tiene  entre  sus  efectos  el  de hacer rodar la reseñada apreciación del  juzgador de segunda instancia.    

           En  otras  palabras,  así  hubiera  de  colegirse  que  la  póliza  cubría  algunos  riesgos acaecidos en tierra, para  deducir  la  responsabilidad  contractual achacada a la aseguradora era menester  -acorde  con  la  comentada  apreciación del Tribunal, intangible para la Corte  por  cuanto  en  puridad  no fue combatida en sede de casación-, establecer que  ese   siniestro   guardaba  relación  cierta  con  la  actividad  aeronáutica,  propósito  que,  con  ese específico enfoque no fue exteriorizado –y   menos    abordado-   por   el  censor.   

          Sobre este particular mantuvo en la mira  el  Tribunal  que,  en  las  específicas  condiciones  que  reviste  el  asunto  sub  examine,  para  que un  riesgo  verificado  mientras  la  aeronave  HK  3364  reposara  en  tierra,  era  indispensable  que  las  labores  en tal momento en ella desplegadas, detentaran  entidad  aeronáutica,  exigencia por entero ausente en el litigio, a juicio del  fallador  de  segundo  grado, quien, del mismo modo, no perdió de vista que -en  su  libelo  incoativo-  SAS  hizo  consistir el siniestro en la ocurrencia de un  hurto  o “robo” del avión, mientras éste se encontraba en los hangares del  aeropuerto  de  la ciudad de Cali, pero no sugirió, siquiera, que ese extravío  tuvo  relación  inmediata  con  actos  de navegación. Tampoco en la demanda de  casación  se  le  hizo reo de error de apreciación fáctica al Tribunal por no  haber  concluido  que  la  prueba  recaudada  daba  cabal cuenta de que -para el  momento  específico  en  que  aconteció el denunciado hurto-, el avión estaba  siendo destinado a actividades aeronáuticas.   

          Por  el  contrario, conviene destacarlo,  advirtió  en  su  demanda  primigenia  la sociedad actora que la aeronave de su  propiedad   “se   encontraba   suspendida  de  toda  actividad  de  vuelo  en  la República de Colombia, e  inmovilizada  en  el  aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de la ciudad de Cali”  (se  subraya)  (c.  1, fl. 37), y que su representante legal concluyó, el 11 de  mayo  de  1992, que desde el mes de agosto de 1991 la nave había sido hurtada o  “robada”,  sin  que  el  interpelado  hubiera conocido los pormenores de ese  suceso  y  sin  que de ellos conste relato en la demanda con que se dio inicio a  esta actuación.   

          4.          Apareja  lo explicado en consideraciones  anteriores,  la  intrascendencia  que  habría  de  deducirse,  también, de los  yerros  de  linaje  fáctico  atribuidos  al  juzgador  por  no  haber  dado por  acreditado  que  para  la  época  de  la  vigencia de la póliza aducida por la  demandante  tuvo  lugar el hurto de la aeronave, desde luego que, incólume como  debe  asumirse  el  criterio del Tribunal, no combatido puntual y eficientemente  por  el  casacionista,  orientado  en  el  sentido de que el siniestro -para que  pudiera  entenderse  cobijado  por  el contrato aseguraticio celebrado entre los  extremos  del litigio- debía guardar estrecha relación con la actividad propia  de  la  aeronavegación,  lo que no podía predicarse en el evento sometido a su  estudio.   

          Por la misma razón, fluye sin dificultad  la  intrascendencia  del  supuesto  error de derecho achacado al Tribunal por no  haber  ordenado  oficiar a las oficinas de la Aeronáutica Civil ubicadas en las  ciudades  de  Cali  y Barranquilla, desde luego que, acorde con el casacionista,  tales  diligencias  oficiosas estaban dirigidas a acreditar que efectivamente el  hurto por él alegado sí tuvo ocurrencia.   

                    5.        Relativamente  al  error  de  hecho  que  la  censura le enrostra al  sentenciador  por  haber  ignorado  la supuesta confesión ficta de la demandada  resultante  de  la renuencia a exhibir documentos en la que habría incurrido la  testigo  MYRIAM  MORA,  entonces empleada al servicio de la aseguradora, a quien  su  representante  le delegó el encargo de hacerlo en el acto de su exposición  jurada,  es  preciso  advertir que las partes acordaron que dicha exhibición de  documentos,  a  cargo  del  representante  legal  se efectuara por la mencionada  testigo,  quien  para  tal  efecto  compareció  al  juzgado,  audiencia  que no  obstante  se  malogró  por  ausencia  de la señora juez. Habiéndose señalado  nueva  fecha  para  tal  efecto, el demandante, en escrito que obra a folio 514,  aseveró  que  la  inasistencia  de  la  testigo obedeció a que no se le había  enviado  boleta  de  citación  o  telegrama  para  enterarla  de  la audiencia,  circunstancia  que  lo llevó a pedir la fijación de una nueva fecha, solicitud  que  le  fue  denegada  y  frente  a  la  cual  se  abstuvo  de elevar cualquier  reclamo.   

                     En ese orden  de  ideas  no  es  posible  atribuirle  al  Tribunal  el  yerro  de apreciación  probatoria que el recurrente aquí reclama.      

          6.          En adición a lo anteriormente expuesto,  es  importante recordar que en forma no muy ordenada y en relación con el anexo  de  “reinclusión  de  riesgos  de  guerra,  secuestro y otros peligros”, el  casacionista  sostuvo  que el Tribunal supuso una estipulación inexistente, por  cuanto  dedujo, “del conjunto integral de las estipulaciones”, que el motivo  determinante  de  la  contratación  del seguro por parte de la asegurada fue la  preservación  contra  los  riesgos  del  aire,  pero que el juzgador no tuvo en  cuenta  la  literalidad  del  documento,  de la que extrajo la referencia que en  ella      se      hizo      de     “cualquier    acto   malicioso   o   de  sabotaje”,  “secuestro o  cualquier toma de posesión  ilegal   o  indebida,  toma  de   control  de  la  aeronave  o  de la tripulación durante el vuelo, incluyendo cualquier tentativa  de    tales    formas   de   control   por  parte  de cualquier o cualesquiera personas que se encuentren a  bordo  de  la  aeronave  y actúen sin el consentimiento del asegurado” y que,  acorde  con  el inconforme, la toma de posesión ilegal y la indebida, así como  el  acto  malicioso o de sabotaje acompañados en cada caso de dicha expresión,  debe  entenderse  de  aquella  manera,  y así, al tener ella ilimitado alcance,  para  que se pudiera entender excluido el robo o el hurto, era indispensable que  los  contratantes  hubieran  acordado una estipulación especial en ese sentido,  la que en el contrato no existe.   

          Sin  embargo,  es  tangible que no puede  enrostrársele  al  sentenciador  el yerro mayúsculo de apreciación probatoria  que  el  recurrente  pretende  atribuirle.  Sopórtase  lo  dicho  antes  en las  siguientes premisas:   

           1º)            Ha  de partirse de que ni en las  cláusulas  de  la póliza expedida por la demandada, ni en las que hacen partes  de  sus  anexos, se hizo mención expresa del riesgo de hurto de la aeronave, ya  para  incluirlo  dentro  de  los  riesgos  amparados, ora para excluirlo, lo que  impondría  escudriñar  la  aludida  documentación  en procura de dilucidar el  verdadero querer de las partes.   

                      Ante   la  situación  así  descrita,  conviene  recordar que, como se historió en providencia del 29 de enero de 1998  (exp.  4894),  de  antaño,  la  doctrina de esta Corte (CLXVI, pág. 123) tiene  definido  que  el  contrato  de seguros debe ser interpretado en forma similar a  las  normas  legales  y  sin  perder  de  vista la finalidad que está llamado a  servir,  esto  es comprobando la voluntad objetiva que  traducen  la  respectiva  póliza  y  los documentos que de ella hacen parte con  arreglo  a  la  ley (arts. 1048 a 1050 del C. de Co.),  los  intereses  de  la  comunidad de asegurados y las exigencias técnicas de la  industria;  que,  “en otras palabras, el contrato de  seguro  es  de interpretación restrictiva y por eso en  su  ámbito  operativo,  para determinar con exactitud  los  derechos  y  las obligaciones de los contratantes, predomina el texto de la  que      suele     denominarse     ‘escritura         contentiva        del        contrato’ en la medida en que, por definición,  debe  conceptuársela como expresión de un conjunto sistemático de condiciones  generales   y   particulares   que   los  jueces  deben  examinar  con  cuidado,  especialmente  en  lo  que  tiene  que  ver  con  las  cláusulas atinentes a la  extensión  de  los  riesgos cubiertos en cada caso y su delimitación, evitando  favorecer  soluciones en mérito de las cuales la compañía aseguradora termine  eludiendo  su  responsabilidad  al amparo de cláusulas confusas que de estar al  criterio  de  buena fe podrían recibir una inteligencia que en equidad consulte  mejor  los intereses del asegurado, o lo que es todavía más grave, dejando sin  función  el contrato a pesar de las características propias del tipo de seguro  que  constituye  su  objeto, fines éstos para cuyo logro desde luego habrán de  prestar  su  concurso  las  normas legales, pero siempre partiendo del supuesto,  valga  insistir, de que aquí no son de recibo interpretaciones que impliquen el  rígido  apego  literal  a estipulaciones consideradas aisladamente y, por ende,  sin  detenerse en armonizarlas con el espíritu general que le infunde su razón  de  ser  a  todo  el contexto contractual del que tales estipulaciones son parte  integrante”.   

                      2º)            En  armonía  también  con  las  orientaciones  generales  ofrecidas en el numeral anterior, la Corte ha deducido  como  requisito  ineludible  para  la  plena  eficacia  de  cualquier póliza de  seguros,  la  individualización de los riesgos que el asegurador toma sobre sí  (CLVIII,  pág.  176),  y  ha  extraído,  con  soporte en el artículo 1056 del  Código  de  Comercio,  la  vigencia  en nuestro ordenamiento “de un principio  común  aplicable a toda clase de seguros de daños y de personas, en virtud del  cual  se otorga al asegurador la facultad de asumir, a  su  arbitrio  pero teniendo en cuenta las restricciones legales, todos o algunos  de  los  riesgos  a  que  están  expuestos el interés o la cosa asegurados, el  patrimonio o la persona del asegurado”.   

                     Sin  perder  de vista la prevalencia del  principio  de libertad contractual que impera en la materia, no absoluto, según  se   anunció   en  líneas  pretéritas,  se  tiene,  de  conformidad  con  las  consideraciones  precedentes,  que es en el contenido de la póliza y sus anexos  donde  el  intérprete  debe auscultar, inicialmente, en orden a identificar los  riesgos  cubiertos  con  el  respectivo  contrato  aseguraticio. Lo anterior por  cuanto,  de  suyo,  la  póliza  ha  de contener una descripción de los riesgos  materia  de  amparo  (n. 9, art. 1047, C. de Co.), en la que, como reflejo de la  voluntad  de  los contratantes, la determinación de los eventos amparados puede  darse,  ya  porque de estos hayan sido individualizados en razón de la mención  específica  que de ellos se haga (sistema de los riesgos nombrados), ora porque  se  establezca  que el asegurador cubre todos los riesgos de pérdidas, pero con  las  exclusiones  que también expresamente convengan los interesados (principio  de  la  universalidad  o de la “cobertura completa”, distinguidas, también,  en  el  mercado,  como  all risks policies’,       denominación  que,  como  lo  enfatiza SANTIAGO AREAL  LUDEÑA  (EL  SEGURO  AERONAUTICO,  Ed.  Colex,  1998, pág. 32) “se  debe a que cubren la propiedad del asegurado frente a todas las  pérdidas  que hayan sido accidentalmente causadas”).   

           3º)              Como   se  anticipó,  en  la  documentación  atinente  a  la  póliza  de seguro de aviación expedida por la  demandada  no  se  hizo  constar, expresamente, que la aseguradora se obligara a  cubrir  el  riesgo de hurto, debiéndose acotar que, en cuanto a la descripción  de  los  riesgos  amparados,  la  misma  se rige según las reglas generales, al  sistema  de  “riesgos nombrados”, lo cual se deduce sin mayor esfuerzo de su  clausulado.   

          En efecto, el anexo uno de la póliza en  mención  (c.  1.,  fl.  21)  hace  referencia a los amparos de “casco” y de  “casco  y  guerra”, respecto de varias aeronaves, incluyendo la HK 3364, con  relación  a  la  cual  surgió  el  litigio planteado ante el juez a   quo,   y  aparece  prevista  en  las  “condiciones   generales”   de   esa   póliza,   como  “COBERTURA”,  la  “pérdida  accidental o el daño a la aeronave” contenida “en el cuadro de  amparos  de  esta  póliza  proveniente  de los riesgos amparados, incluyendo la  desaparición  de  la  aeronave  si  no se encuentra después de sesenta días a  partir del comienzo del vuelo”.   

          Fluye de lo anterior que en la póliza se  hizo  una  descripción  de  amparos  básicos, sin que el impugnante se hubiere  aplicado  a demostrar que ella contenía alguna mención o estipulación que con  absoluta  claridad  pudiera  llevar  a concluir que fue expedida en la modalidad  “all  risks  policies”.  Por  el contrario, llama la atención el que, sin estipular cláusula alguna por  cuya  virtud  pudiera  asumirse,  explícita  e  inequívocamente  la  anunciada  connotación  de  “todo  riesgo”, en la póliza se hizo una relación de los  riesgos  cubiertos,  bastante  detallada,  esto  es:  “pérdida  o daño de la  aeronave”  en  las  condiciones  allí previstas (sección II, num. 1º de las  condiciones  generales  de la póliza), el detrimento patrimonial sufrido por el  asegurado  por  lo  que tuviera que pagar por “daños corporales, accidentales  (fatales  o  no  fatales)  o  daños  accidentales  a  la  propiedad de terceros  causados  directamente  por  la aeronave o cualquier persona u objeto que cayese  de  la misma” (sección II, num. 1º, ib);  por  las  “lesiones  corporales  accidentales” que ocurran a  pasajeros  o  por  la  pérdida o daño del equipaje de éstos, en la forma como  allí   también   se   consignó   (sección   III,   num.   1º,  ib).   

           4º)            Tampoco el Tribunal incurrió en  error  protuberante  de  apreciación  probatoria, cuando dejó de concluir, con  soporte  en  la misma documentación, que el riesgo de hurto estaba cubierto por  el  amparo  expedido  por la aseguradora. Para que en la situación sub   examine   pudiera   predicarse  la  consolidación   de   ese   yerro,  tendría  que  establecerse,  sin  la  menor  dubitación,   que  examinada  la  materialidad  de  la  póliza  y  su  anexos,  incluyendo  el  llamado  de  “reinclusión  de  riesgos de guerra, secuestro y  otros  peligros”,  el  intérprete no contaba con opción distinta de concluir  que  los  reclamos  por  pérdida  del  casco  de  la  aeronave  derivados de la  ocurrencia  del  punible  de  hurto  quedaron dentro de la cobertura, por una de  estas  dos  situaciones:  a) porque con total claridad así fue expresado según  los   términos  originales  de  la  póliza  y  el  escrito  de  “condiciones  generales”,  y  b)  porque  en  forma  igualmente diáfana, los interesados lo  convinieron  de  esa manera, al expedir el referenciado anexo de “reinclusión  de riesgos”.   

            Desde    luego,    en   materia   de  interpretación  de  los  contratos,  como  en  general  acontece  frente  a  la  apreciación  de  las  pruebas efectuadas en el fallo recurrido en casación, el  Tribunal  goza  de  una  relativa autonomía, por manera que su fallo, revestido  además   por   la   presunción   de  legalidad  y  acierto,  solo  podrá  ser  resquebrajado  -en  aquellos  casos en que el inconforme denuncie la infracción  de   la  ley  sustancial,  como  consecuencia  de  errores  de  hecho en la  apreciación  de  las  pruebas-,  cuando  la censura demuestre que tales yerros,  además  de trascendentales, son por entero protuberantes, lo que no se presenta  cuando  los planteamientos del casacionista corresponden apenas a la exposición  de  su  personal  percepción  de  la  forma  como  debieron  ser apreciadas las  probanzas  sobre las que hizo recaer los yerros por él denunciados, esto es, un  examen  crítico  más  o menos acertado que el desplegado por el Tribunal, pero  carente  del  mérito  demostrativo  requerido  para establecer que, sin lugar a  dudas,  la  valoración  objetiva  de  esos  medios  de  convicción impedía la  conclusión  fáctica a que llegó el juzgador, y que a esos yerros se llegó ya  porque  este  último no vio lo que la prueba ciertamente contenía, o porque lo  distorsionó, o porque vio lo que en ella no existía.   

           Es  claro  que  las  cláusulas  de  la  póliza,  así  como  las que hacen parte del anexo de reinclusión de riegos de  guerra,  deben  ser  apreciadas  en  forma  armónica, interpretando “unas por  otras,  dándosele  a  cada  una el sentido que mejor convenga al contrato en su  totalidad”  (art.  1622 del C. C.), labor que impide su descontextualización.  En  ese  orden  de ideas, es bueno reparar en que con esta modificación, fueron  “reincluidos”  los  amparos  frente  a  algunas  de  las  situaciones que de  antemano  habían  sido  dejado  fuera  de  la  póliza en mención, por haberse  previsto  así en sección IV, num. 11 de la condiciones generales del contrato,  es   decir,   las  “causadas”  por  guerra,  invasión,  actos  de  enemigos  extranjeros  y demás que aparecen relacionadas en la prenombrada estipulación,  pero  sin  que  se  hiciera  alusión  específica  e  inequívoca a una posible  “reinclusión”  del amparo por motivo de la ocurrencia del punible de hurto,  respecto  del  cual  no  hay  ninguna  mención  explícita  y contundente en la  póliza, ni en sus anexos.   

         Dicho de otro modo, ni en clausulado que  recogió  los  términos  del contrato aseguraticio en sus términos originales,  ni  en  la  cláusula de reinclusión de algunos riesgos, figura alusión alguna  que  por  su nombre o contenido llevara ineluctablemente a concluir que en una u  otra   oportunidad,   las  partes  convinieron  que  dentro  de  la  protección  aseguraticia  quedara comprendido el relacionado con la pérdida del casco de la  aeronave   como  consecuencia  de  la  verificación  de  un  delito  de  hurto.   

          5º)              Estas  últimas  apreciaciones  permiten  deducir  que la crítica que al respecto desplegó el casacionista, no  va  más allá de su particular valoración del contenido de la póliza y de sus  anexos,  distinta  de la efectuada por el Tribunal e incompatible con ella, pero  ayuna  de la fuerza necesaria para derribar estruendosamente, como lo demanda el  éxito  del  recurso extraordinario que se despacha, las apreciaciones fácticas  del   sentenciador   de   instancia.   Conclusión   distinta  no  ameritan  las  aseveraciones  ostentadas  por  el  inconforme,  acorde  con  las  cuáles,  las  expresiones   “cualquier   acto   malicioso  o  de  sabotaje”;  “secuestro  o  cualquier  toma de posesión ilegal o indebida; o  “cualquier  tentativa  de  tales  formas  de  control por parte de cualquier o  cualesquiera  personas que se encuentren a bordo de la aeronave y actúen sin el  consentimiento  del  asegurado”, de las que da cuenta  el   anexo  de  “reinclusión  de  riesgos”,  conducen  indefectiblemente  a  concluir  que  la  pérdida  del  casco de la aeronave, acaecida por “hurto”  estaba   amparada   en   virtud  de  la  póliza  expedida  por  la  aseguradora  demandada.   

         Es  que visto en su contexto el anexo de  reinclusión  de  riesgos,  no puede advertirse, como única conclusión posible  que,  siguiendo  la  literalidad  del  mismo,  en  consuno con lo previsto en la  póliza  y  sus  “condiciones  generales”,  que  al extender el amparo a los  daños     sufridos     por    la    aeronave    derivados    de    “cualquier  acto  malicioso  o  de  sabotaje”;  “secuestro  o  cualquier    toma   de   posesión   ilegal   o   indebida,    o  “cualquier tentativa de tales formas  de   control,  necesariamente  quisieron  las  partes  incluir  la  desaparición de la aeronave por hurto, lo cual, en el mejor de los  casos,  se  asomaría  como una mera probabilidad, per  se  insuficiente  para derribar la apreciación que en  sentido contrario ofreció el sentenciador.   

           Sin    desconocer    el    carácter  “malicioso”  que  por  antonomasia  ha  de  predicarse del hurto, ni que tal  conducta  involucra  una  aprehensión ilegal o indebida de la cosa mueble sobre  la  cual  pudiera  recaer,  no  puede  concluirse, al rompe y como única verdad  susceptible  de  obtener  a  partir  del  contenido  material  de  las  aludidas  probanzas,  que  en las específicas condiciones que rodearon la expedición del  anexo  de  reinclusión  de  riesgos,  la  aseguradora  se  obligó  a asumir la  obligación  de  indemnizar  un  riesgo  de tan frecuente ocurrencia que, por lo  mismo,  en  las  condiciones  normales del mercado da lugar a que la voluntad de  asumirlo  se  plasme  expresa y específicamente en los escritos que recogen los  términos  de  la  negociación  convenida  por  los interesados, conforme a los  cuales es usual, inclusive, cobrar la prima pertinente.    

         Recapitulando,  aunque  visto  en  forma  aislada,  gramaticalmente  el hurto, como el apoderamiento “de una cosa mueble  ajena,  con  el propósito de obtener provecho para sí o para otro” (art. 239  del  Código  Penal),  pudiera  encuadrarse dentro de las alocuciones traídas a  colación  por  la  censura,  tal  posibilidad  no se erige como la única en el  asunto  sub  lite, en el que  bien  pudiera  interpretarse  que  al  acudir  a  esas  expresiones,  las partes  quisieron  que  el  amparo  se  extendiera por los daños físicos causados a la  aeronave,  a  los  pasajeros  o  a  terceros (en sus bienes o pertenencias), con  ocasión  de  las  circunstancias  aducidas  en  el  anexo de “reinclusión de  riesgos”, pero sin incluir su desaparición por hurto.   

          6º)            Es más, como de alguna manera ya  se  explicó,  así  se  tuviera  por  cierto  que  el  Tribunal  erró en grado  manifiesto  por  no  deducir  que  el  riesgo de hurto de la aeronave sí estaba  amparado  por  la póliza expedida por la demandada, no por ello el cargo que se  desata  podría  ser  acogido,  porque vuelve y se insiste, para el juzgador los  siniestros  que  la demandada se obligó a cubrir, debían guardar relación con  la  actividad aeronáutica, apreciación de trascendental importancia que no fue  combatida  eficazmente  por  el  casacionista;  que  por  lo  mismo, se mantiene  intacta  en sede de casación y que tiene, entre sus bondades, la de sostener la  decisión  combatida,  en cuanto concluyó, por falta de cobertura de la póliza  frente  al  riesgo  aducido  por  el  demandante, que era del caso desestimar la  demanda indemnizatoria por éste incoada.   

                      Lo dicho es  suficiente para concluir que el cargo no prospera.   

DECISION  

                    En mérito de  lo   expuesto,   la   Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en nombre de la república de Colombia, y por autoridad  de  la  ley NO CASA la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Bogotá, el  13  de noviembre de 1998, dentro del proceso ordinario promovido por la SOCIEDAD  AÉREA  DE  SANTANDER  S.A.S., frente a la aseguradora “LA NACIONAL COMPAÑÍA  DE SEGUROS GENERALES DE COLOMBIA S.A.”   

                  Costas  a  cargo  del  recurrente  en  casación.  Liquídense.   

Notifíquese    y  cúmplase   

EDGARDO    VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELASQUEZ   

JAIME  ALBERTO  ARRUBLA  PAUCAR   

CARLOS  IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO   OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO  FERNANDO  TREJOS  BUENO   

    

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