SC 090 2005 [7197]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-090-2005 [7197]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA  DE  CASACION  CIVIL   

Magistrado Ponente  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

Bogotá  D. C., veinticuatro (24) de mayo de  dos mil cinco (2005).   

Ref:  Expediente  7197   

                      Decide la  Corte  el recurso extraordinario de casación formulado por la parte demandante,  contra  la  sentencia  del  16 de octubre de 1997, proferida por la Sala Civil –  Familia  del Tribunal Superior de Tunja, dentro del proceso ordinario adelantado  por  ALICIA SALGADO DE RUIZ  frente a JAIME RUIZ OJEDA.   

A N T E C E D E N T E S  

                     1. Díjose  en  el escrito demandatorio que ALICIA SALGADO DE RUIZ  transfirió  en  venta  a  JAIME  RUIZ OJEDA, mediante la escritura pública No.  2806,  del 10 de septiembre de 1993, otorgada en la Notaria Primera de Tunja, el  lote  distinguido con el No. 32-62 de la Carrera 6ª y cuyos linderos se anotan,  por  la  suma de $7.919.000.00, según consta en la cláusula cuarta del aludido  instrumento,  habiendo  sido  tal  “el  único (sic) dinero recibido” por la  accionante  por  concepto  de  la  referida  venta; y cuyo monto, “por ningún  motivo”  constituye  justo  precio  del  mismo,  pues  para  la  época  de la  enajenación,  el  inmueble  tenía  un valor comercial de cincuenta millones de  pesos.   

                   2. Demandó,  subsecuentemente,  que  se  declarase  que  existió  lesión enorme en la venta  contenida  en  dicha  escritura  pública  y, por consiguiente, que se declarase  rescindido  el  contrato  y se ordenará la restitución del inmueble, junto con  sus                     frutos                     civiles                     y  naturales.                       

                        3.  El  demandado,  una  vez  enterado  del auto admisorio de la demanda, se opuso a los  pedimentos  de la misma, admitió algunos de los hechos que la sustentan y negó  otros.  Propuso  la  excepción  de mérito que denominó “imposibilidad legal  del  demandante  para  alegar  el  derecho  pretendido”, para lo que adujo, en  síntesis,  que  la  venta  obedeció  a  una  dación  en pago por una deuda de  $15.000.000,00,  contraida  por  la  actora  y su cónyuge, habiendo sido tal el  precio de la enajenación.   

                        4.  La  primera  instancia concluyó con sentencia desestimatoria de las pretensiones de  la  actora,  proferida  por  el  Juzgado  Primero  Civil  del Circuito de Tunja,  decisión    que    confirmó    el    juzgador   ad  quem  al  desatar  la  alzada  promovida por aquella.   

  LAS RAZONES  DEL TRIBUNAL   

                      Luego de  haber   precisado   que  se  encuentran  cabalmente  reunidos  los  presupuestos  procesales,  se  valió el fallador de doctrina foránea para definir la lesión  enorme  como el perjuicio sufrido por una de las partes del contrato, resultante  de  la  falta  de  equivalencia entre la ventaja que obtiene y el sacrificio que  consiente.  Puntualizó,  en  seguida, que el sistema jurídico colombiano acoge  el  criterio  objetivo, según el cual, hay lesión si el perjuicio excede de la  mitad  del  justo  valor,  dicho  lo cual pasó a reseñar los requisitos que la  jurisprudencia  de  esta  Corporación reclama para efectos de la procedencia de  la  acción  rescisoria  por  lesión  enorme  en  el  contrato  de compraventa.   

                    Aseveró, a  continuación,  que  le  incumbe  a la demandante demostrar la cabal reunión de  los  dichos  requisitos,  tropezándose  en el punto con una primera dificultad,  particularmente,  en  lo  concerniente  con el “establecimiento del precio”,  toda  vez  que en la demanda aquella expresó una cantidad y, posteriormente, la  modificó,  de  modo  que, inclusive aún se discute cual fue el verdadero monto  de la negociación.   

                                             Incursionando  en  el  examen  de  la  determinación  del  precio,  afirmó   el  juzgador  que  el  demandado  se  muestra  sorprendido  porque  la  demandante  dio  un  valor  al  bien  en  la  demanda para plantear luego que lo  acordado  obedeció a una dación en pago, de lo cual aquél pretende inferir un  indicio  en  contra de la actora, pudiéndole asistir razón “salvo que hoy se  estila  conforme  al  mandato  constitucional  el  principio  de prevalencia del  derecho  sustancial  que  hace  que  la  verdad  sea  la que triunfe frente a la  meramente   (sic)   formalidad…”.  En  consecuencia,  debe  establecerse  lo  realmente  pactado  para  que prevalezca sobre lo que es apenas ostensible. Para  tal  efecto  debe dejarse de lado la aseveración del vendedor en cuanto fija en  $7.919.000,oo  la  suma  recibida  por  el  negocio,  porque ambas partes se han  esforzado  por  demostrar  que  la escritura de venta corresponde a una forma de  extinguir  una  obligación  de  mutuo  con interés preexistente, a cargo de la  demandante y su cónyuge, y a favor del demandado.   

                    Atendiendo,  pues,  la  verdadera intención de los contratantes hay que concluir que su real  voluntad  fue  la de dar por terminadas las obligaciones nacidas del contrato de  mutuo,  mediante  la  transferencia del inmueble, es decir, una dación en pago,  la  cual  no  es  susceptible  de  ser rescindida por lesión enorme. Si bien la  Corte   en   sentencia  del  31  de  mayo  de  1961  admitió  esa  posibilidad,  recientemente,   sostuvo  que  la  lesión  es  una  institución  de  carácter  excepcional  y  de  alcance  restringido,  motivo  por  el cual no cabe en otras  circunstancias como la dación en pago.   

                                             Refiriéndose  a  la  simulación  del negocio jurídico, acotó el  Tribunal  que,  según  el  opositor,  el  precio  real  fue  de $15’000.000.oo,   de   los   cuales   la  demandante  no  recibió  suma alguna, pues el lote fue dado en compensación de  una  deuda  contraida  por  ella y su esposo, afirmación con la cual plantea la  defensa  la  excepción  de  simulación  relativa  en  cuanto  asevera  que  la  verdadera   naturaleza   del  acto  jurídico  no  fue  la  de  un  contrato  de  compraventa,  sino  la  de  una  dación en pago; negocios estos que difieren en  cuanto  que el primero es una fuente de obligaciones, mientras el segundo es una  forma de extinguirlas (una convención).   

                     Dada pues,  la  excepción  de  “imposibilidad legal del demandante para alegar el derecho  pretendido”,  fundada  en la existencia de un mutuo con intereses que culminó  con  el otorgamiento de la escritura, “nada puede haber de sorprendente que la  Sala  en  obedecimiento al principio de la prevalencia de la voluntad real sobre  la  ostensible  concluya  en  la  existencia  de la excepción perentoria de ser  relativamente  simulado  el  contrato de compraventa”, porque la intención de  los  contratantes  fue  la  de extinguir las obligaciones originadas en el mutuo  mediante  una  dación en pago, circunstancia que fue admitida por la demandante  en interrogatorio de parte que ella absolvió.   

                           En  síntesis,  añadió  el  sentenciador,  la actora propuso la lesión enorme del  contrato  de  compraventa,  al  paso que la demandada negó la existencia de esa  especie  de  desproporción,  aserción esta última que encontró acreditada el  juzgador  a quo. Empero, el  verdadero  negocio  no  fue  una  compraventa,  sino una dación en pago, “con  características  de  aleatoria  como  la  demandada confiesa, pues en todo caso  quedó  sometida  a resolución ipso facto  en  caso de pagarse la obligación antes de seis meses. Por ende,  la  lesión  enorme  resulta  improcedente”,  motivo  por  el  cual  habrá de  rectificarse    la   sentencia   recurrida,   aunque   los   efectos   son   los  mismos.   

                      En  todo  caso,  “…admitiendo,  solamente   en gracia de discusión, que la venta  se  llevó  a  cabo,  que  el  demandado pagó una suma a cambio de una cosa, la  demandante      confiesa      deber      la      suma     de     $11’600.000.oo  para  cuando  se  hizo el  negocio  comprometiéndose  al pago anticipado de los intereses de seis meses al  cinco  por  ciento  mensual,  lo  que  hace que la cantidad debida ascendiera en  total  a  $15’080.000.00,  desde  luego,  con derecho a la retroventa en caso de pagarle la totalidad de lo  adeudado  (capital e intereses) antes del plazo de seis meses…”, en tal caso  la  rescisión  no tendría lugar porque el precio resultó ser superior “a la  mitad  del  justo valor del bien de conformidad con la experticia”. Otro tanto  sucedería  si se admitiese que es viable la rescisión por lesión enorme de la  dación  en  pago,  porque  la demandada confesó ser deudora de $11’000.000.oo    y    estar    pagando  anticipadamente  los  intereses  de seis meses amén, que finalmente se admitió  por  los  contratantes el pacto de retroventa, para el evento de solucionarse la  deuda                      antes                      de                     ese  periodo.                                                       

                                             

DEMANDA DE CASACIÓN  

                   En el único  cargo  que  ella  contiene,  apuntalado  en  la  causal  primera  de  casación,  denunció  el  recurrente  la  violación  directa de los artículos 1530, 1534,  1535,  1498,  2282, 1618 del Código Civil;  de los artículos 5º y 8º de  la  ley  153  de 1887. Como secuela considera quebrantados, los artículos 1939,  1940,  1547,  1548,  1946, 1947, 1948, 1949, sustituido por el art. 32 de la ley  57 de 1887, 1951, 1953 y 1954 del Código Civil.   

                          Tras  resaltar  que  en  esencia,  para negar las prestaciones formuladas, el Tribunal  adujo  que  el  convenio  celebrado  por las partes fue una dación en pago, con  características  de  aleatoria, y que, subsecuentemente, no podía aplicársele  el  régimen  de  la  lesión  enorme,  sostuvo  el  impugnante  que el contrato  aleatorio  tiene  ocurrencia, según el artículo 1498 del Código Civil, cuando  lo  que una parte debe dar a la otra consiste en “una contingencia incierta de  ganancia  o pérdida”; que a este tipo de contrato se opone el conmutativo, en  el  que  una  parte  “se  obliga a dar o hacer es equivalente a lo que la otra  parte  debe dar o hacer a la vez”; que el pacto de retroventa, como tal, está  supeditado  a  una  condición  resolutoria  y que en sí mismo considerado, ese  pacto no tiene la calidad de aleatorio”.   

                   Añadió que  si  bien  el  Tribunal tuvo en consideración una jurisprudencia de la Corte que  sostiene  la  improcedencia  de  la  lesión  en la dación en pago, no es menos  cierto  que  dejó  de  lado  las  causas  determinantes  de tal providencia, la  evolución  histórica  y  el  criterio  que  esta  Corporación  ha asentado al  respecto.  Para  sustentar  su aseveración, citó extensamente la sentencia del  31  de  mayo de 1961, en la cual  se admitió la procedencia de la misma en  casos  como  este,  criterio  que  es  extensivo a toda relación contractual de  carácter  conmutativo, según lo reconocen las legislaciones foráneas, como la  italiana.   

                      Bajo  el  título  “fundamentos  de la sentencia sustitutiva”, aseveró la censura, en  capítulo  aparte,  que  habida  cuenta  que  la  afirmación  del  sentenciador  ad  quem respecto de que no  existía  la  desproporción  enorme  entre  el  precio  de  la compraventa, fue  esbozada  solamente en “gracia de discusión”, la refuta, no obstante que es  “ajena  al  cargo”.  Añadió que el Tribunal aceptó el hecho confesado por  la   demandante,   en   el   sentido   que   la  deuda  era  de  $11’600.000.oo,  al  momento de suscribir  la  escritura  y,  por ende, el precio de la venta primigenia, pero que le sumó  los  intereses  por  el plazo de seis meses, que fue el concedido para hacer uso  de  la  retroventa,  para  un  total  de quince millones. Un precio fue el de la  venta  primigenia,  que  ascendió a once millones seiscientos mil pesos, y otro  el  del  retracto,  de  quince  millones  de  pesos,  por  cuanto  registraba el  incremento  de los intereses al 5% durante el lapso de seis meses concedido para  hacer  uso  de la opción. Con aquella inferencia el fallador pasó por alto que  las  partes  pueden pactar un precio distinto para el retracto (art. 1939 del C.  Civil)  y  es  lo que realmente demuestra el interrogatorio de parte rendido por  la  actora, el cual, por mandato del artículo 200 del C. de P. C., debe tomarse  con  las  modificaciones,  aclaraciones  y  explicaciones concernientes al hecho  explicado.   

                   Ciertamente,  agregó,  la  demandante  no  desconoce la intervención de su marido, Francisco  Ruiz,  en  los  mutuos  celebrados con el demandado, pero no es menos cierto que  fue  ella  quien  suscribió las letras contentivas de los últimos préstamos y  quien  intervino  en  la escritura de venta y, lo que es más importante, cuando  se convino la retroventa.   

                                                 Trasuntando  apartes de la declaración de parte de la actora y del  testimonio  de  su cónyuge, puntualizó el impugnante que ellos reconocieron la  promesa  de  venta suscrita sobre el mismo inmueble con la Sra. Marina Vargas de  González,  y  cuya  causa  fue  la  de  obtener  los  quince  millones de pesos  necesarios  para hacer efectivo el pacto de retroventa con el Dr. Jaime Ruiz. Es  relevante  y  significante la actitud del demandado, pues al preguntarle la Sra.  Vargas  de  González  sobre  la propiedad del lote, esta dice que aquél “…  ‘se  mostró extraño de  semejante  patraña  y,  abiertamente,  me  dijo  que  nada  tenía  que ver con  escrituras  de  confianza  ni  cosa parecida y que simplemente mi denunciado era  ‘un  pícaro’,    un  bandido…’,  según  se  lee  en la copia de la  denuncia  presentada  al Juzgado Penal Municipal de Tunja, vista al folio 21 del  cuaderno  3º.  Surge  el  interrogante  si  esa  manifestación y lo que es mas  ostensible,  tales  calificativos,  son  consecuentes  o acordes cuando media un  pacto  de retroventa?”. Los mismos documentos aportados por el encausado ponen  de    presente   que   el   monto   de   la   deuda   era   de   $11’600.000 y al final de la liquidación  se  dejó  constancia  que los intereses quedaron cubiertos hasta la fecha de la  escritura,  debiéndose tener en cuenta que la prenotada cifra era inferior a la  mitad    del   precio   calculado   por   los   peritos    ($27’225.000),   para   la  fecha  de  la  negociación.   

                        En  el  documento  visto  a   folios 3 y 4 del cuaderno 3, en letra azul, diferente  de  la  negra  empleada  anteriormente  en  el mismo, “se lee que ‘pagó % (sic) a 8 septiembre/93 o sea  cuando  firmamos  la  escritura  2806  Notaria  2ª de compra del lote (la misma  objeto   de   la   lesión   en  el  presente  proceso)  y  cancelación  de  la  hipoteca.’  En  el folio  siguiente,  el 4, igualmente después de la relación de capital e intereses, al  final,  también  en  letra  azul,  distinta  de  la negra restante, manifiesta:  ‘pago  %  (sic)  al  8  sepbre/93  (sic)  cuando  firmamos  escritura  2806  Notaria  1  y  se  devuelve  letra’. Tanto en uno como  en  otro  folio  la  fecha  del 8 de septiembre de 1993, en que se suscribió la  escritura  pública,  es posterior a todos los anteriores abonos por concepto de  intereses,  lo cual demuestra que estos quedaron cubiertos en su totalidad hasta  ese día”.   

                        Sostuvo  la censura que en todo  caso,  las  cuentas presentadas por el demandado carecen de claridad, por cuanto  en  el  folio 3 se habla de una deuda de ocho millones de pesos, cuyos intereses  quedaron  cancelados  el  8  de septiembre de 1993 por la escritura objeto de la  lesión,  y  luego,  en el folio siguiente, el 4, hay un préstamo por $900.000,  con  vencimiento  al  2 de febrero de 1992 y otro de un millón, ampliándose la  hipoteca  de  ocho  millones,  “…  ‘incluyendo  la  presente  deuda  y  los  intereses totales quedaron  pagos  al  16 de mayo-92’.  Se  agrega  un  préstamo  especial  (…a la actora) por tres millones al 12 de  febrero  de  1993.  Finalmente, en el folio 5, se expresa que queda cancelada la  hipoteca  de  un  millón cien mil y devuelve las dos letras por tres millones y  seis  millones  novecientos mil.  Igualmente el cheque de Jairo Hurtado por  seiscientos mil”.   

                     No existe,  pues,  una  relación  acorde  de  las  transacciones que permita establecer con  certeza  el monto del capital adeudado y los intereses porque éstos se sumaban,  como       en       los       $11’600.000.oo  correspondientes  al  precio  de  la  venta,  según se  infiere   del   mismo  documento  transcrito  y  la  propia  manifestación  del  demandado.   

                      La única  prueba  de  la  cual  podría inferirse que el precio de la venta inicial fue de  $15’000.000.oo  es  el  documento  manuscrito  allegado  por  el  demandado,  que  obra  al  folio 5 del  cuaderno  3,  en  el cual se dice que el precio verdadero es de quince millones,  pero  ofrece serios reparos, no solo frente a los otros medios antes comentados,  como  se  dejo  expuesto,  sino  porque  no  proviene  de  la demandante, ni fue  reconocido  por  ella,  quien,  por el contrario, desvirtúa lo allí expresado.  Las      mismas     cantidades     demuestran     que     los     $3’500.000.oo  de intereses corresponden  a  seis  meses  a  razón  del  5%,  aunque  medie una diferencia de $80.000.oo,  entendible  para  redondear  la cantidad y máximo cuando estaba supeditada a su  cancelación  futura.  “Además  cómo  puede  entenderse  que quien afirma no  interesarle  los  bienes,  sino  el  dinero,  que  coloca  este  al  5%  mensual  anticipado,  lo  cual  significa  un 7% ­efectivo,  en  el  año  de  1993,  cuando la situación económica  dista  en mucho de la gravedad que reviste la actual, se comprometa a recibir el  mismo valor a los seis siguientes?”.   

S E  C O N S I D E R A:  

                                             1.                      Visto como queda registrado, que en resumen, el  Tribunal  centró  su  fallo  en  tres pilares fundamentales, cada uno de ellos,  per  se  suficiente  para  sostener  en su integridad la sentencia atacada en casación, y siendo lo cierto  que  el  censor  apenas se detuvo a atacar dos de los fundamentos principales de  la  decisión  impugnada,  dejando  sin combatir idóneamente el restante, ha de  advertirse  desde  ya  la improsperidad del recurso extraordinario impetrado por  la actora.    

                 Ya  se  dijo que para el Tribunal, la rescisión por lesión enorme  predicada  por  la  demandante en el asunto sometido a su conocimiento no podía  ser  deducida,  por  cuanto:  a)         la   misma  no  procedía  en  tratándose  de  daciones  en  pago, naturaleza que asignó a la negociación celebrada entre las  partes;  b)  la  susodicha dación tenía carácter aleatorio y c)  porque,  con  total prescindencia de las precitadas circunstancias y así se asumiera que  la  acción  rescisoria  sí procedía frente a la señalada dación, el importe  de  ésta  no  excedió de la mitad de la cifra en que los peritos calcularon el  precio  del  predio,  para la fecha de otorgamiento de la escritura pública que  recogió        la       controvertida       negociación       ($27’225.000.oo).    

                                   Con  todo,  la  censura,  quien  en  su  única  acusación  denunció  la  vulneración directa de los preceptos relacionados al  presentar  su  cargo,   combatió profusamente las conclusiones aludidas en  los  precedentes literales a. y b., dejando por fuera la del literal c., la que,  como  resulta  obvio, sería suficiente para sostener la concluida improcedencia  de  la rescisión implorada por la demandante, desde luego que la misma estaría  llamada  a  ser  desestimada,  indefectiblemente,  si se tiene por cierto que el  precio  de  la  negociación  no superó la mitad del valor real del inmueble en  disputa,  calculado  para  la  época  de  la  convención  (art.  1947  del  C.  Civil).   

                      Es verdad  que  dada la precisión y claridad que de los cargos impetrados en la demanda de  casación  se  exige,  de  conformidad  con el artículo 374 del C. de P. C., es  regla  bastante  generalizada,  que  en  una misma acusación no está permitido  denunciar,  simultáneamente,  la  vulneración  directa  e  indirecta de la ley  sustancial,  cuando  se  acuda  a  la  primera  de  las causales que autoriza el  artículo  368  ibidem, sino  que  es menester inclinarse por una u otra, según lo que se combata consista en  las  apreciaciones  de  tipo jurídico efectuadas por el Tribunal, o en aquellas  que  tengan  connotación  probatoria,  ya  porque  a  éste  se  le atribuya la  comisión de errores de hecho o de derecho en esa órbita.   

                       Sin embargo, la Jurisprudencia ha  entendido  que en eventos excepcionales (este es uno de ellos), el casacionista,  en  un  mismo  cargo,  se  ve  compelido  a  hacer  imputaciones  de  una y otra  naturaleza  (jurídicos  y  probatorios), ello cuando encuentre que la decisión  dictada  por  el  juzgador  de instancia está cimentada, tanto en apreciaciones  jurídicas,  como  en  asertos  probatorios que la censura no comparte, pero que  por  igual,  per se, serían  aptas  para  sostener  la sentencia atacada en casación, así se derribaran las  conclusiones que hacen parte del otro grupo.   

                                   Dáse  esa peculiar circunstancia, habilitadora  de   la  forma  mixta  y  coetánea  de  combatir  la  decisión  del  Tribunal,  v.  gr.,  cuando  éste se  finca  en  argumentaciones  subsidiarias,  unas  de  linaje jurídico y otras de  índole  probatoria,  o  viceversa,  expuestas  de tal manera que el intérprete  bien  puede  llegar  al  entendimiento  de que un sólo grupo de esas aserciones  hubiera  sido  bastante  para  soportar  la  decisión,  pero  que  el juzgador,  queriendo  ser  aun  más  convincente,  aduce  el  restante para mostrarlo como  suficiente  para  justificar  su  fallo,  así en “gracia de discusión”, se  asumiera que su exposición inicial no fuera de recibo.   

                                   No  llama  a  duda  que  de  no  autorizarse la  formulación  del  cargo  en  la  comentada  forma,  la técnica del recurso, de  ordinario   exigible,   lo  haría  nugatorio,  pues  el  casacionista  estaría  compelido,  ya  a  incurrir  en  el  aducido entremezclamiento, el que por estar  proscrito,  según  la  regla  general,  enervaría  su despacho de fondo, ora a  dejar  por  fuera  de  su  ataque  algunas  apreciaciones  que, en la hipótesis  propuesta,  sostendrían, por mérito de su propia fuerza, la decisión atacada,  vicisitud  que  también  haría inocuo el estudio de las restantes, pues por la  arraigada  naturaleza  dispositiva  del  recurso  de que se trata, a la Corte le  está  vedado complementar o enmendar el ataque impetrado defectuosamente por el  impugnante.   

                 Es  por  tales razonamientos que esta Corporación, inicialmente en  su  fallo  de  febrero 3 de 1998 (exp. 4633) y luego, de manera más explícita,  en  la  sentencia de casación de 20 de septiembre de 2000 (exp. 5705), coligió  la  viabilidad  de  la  mixtura  en  la  comentada hipótesis, memorando en esta  última  providencia  que “si, por ejemplo, son meras lucubraciones jurídicas  las  que  movieron  al sentenciador para decidir del modo como lo hizo, haríase  mal  en  calificar  promiscuamente  la  violación  de  la ley como de directa e  indirecta;  y  otro  tanto,  si  las  que  a la postre causaron el quebranto del  derecho   sustancial,   fueron    de   linaje   probatorias   y   fácticas  (quaestio  facti), pues en  tal  caso no puede hacerse cosa distinta a la de denunciar la vía indirecta”,  pero   que  si “la decisión es cimentada en consideraciones amalgamadas,  esto  es,  de una y otra índole … la regla técnica que se analiza no podría  aplicarse  mecánicamente  sin  pasar  por odiosa”, dado, que “la mixtura de  sus  razonamientos  (jurídicos  y  probatorios) haríale recordar al impugnador  que  tesis  constante  ha  sido  la  de  que  no  puede juntar en un mismo cargo  cuestiones  irreconciliables  (vías directa e indirecta), y que tampoco puede a  su  gusto  dejar  de lado ninguno porque es también reiterado aquello de que el  ataque  en  casación  debe  ser  completo,  toda vez que la Corte considera que  “no  tiene  necesidad  de  entrar  en  el estudio de los motivos alegados para  sustentar  esa  violación, si la sentencia trae como base principal de ella una  apreciación  que  no ha sido atacada en casación, ni por violación de la ley,  ni  por  error  de hecho o de derecho, y esa apreciación es más que suficiente  para  sustentar  el fallo acusado” (LXXI,  p. 740;  LXXIII,  p.  45 y LXXV,  p. 52)”.     

                 Fue  así como, de manera conclusiva, dijo la Corte en la sentencia  recién  reseñada,  que  en la hipótesis en estudio, “nada obsta para que el  ataque  total  pueda  hacerse  en  el  mismo  cargo  con  la  debida precisión.  Conjuntar  ordenadamente  violaciones  directas e indirectas, así como de varia  tenga  la argumentación del tribunal, guardándose, eso sí, la correspondencia  necesaria”,  pues  “necio  fuese  que, por una inadvertida aplicación de la  técnica  de  casación,  se  reprochara  al  recurrente  conjunción semejante;  aspérrima  objeción  fuese  decirle  por  acá  que  no  puede  juntar las dos  vías,   y  esperar por allá que no las junte para reprobarle lo del cargo  incompleto”.   

                        Queda  visto,  entonces, que en  esta  oportunidad  la suerte adversa de la demanda de casación impetrada por la  señora  Salgado  de  Ruiz  estaba  destinada  a  no  ser acogida, ante el hecho  indiscutible  de que, así se salvaran las demás argumentaciones ostentadas por  el  Tribunal,  la  acción  rescisoria  por lesión enorme incoada por la actora  habría  en  todo  caso de quedar trunca, en la medida en que el casacionista no  se  ocupó  de derribar –a  través  del señalamiento de los errores de hecho manifiestos, o de derecho, en  que   habría   incurrido   el   Tribunal,  acompañado  de  la  correspondiente  demostración  cual  se  exige  en  el ámbito de la casación-, la apreciación  fáctica  que  sirvió  de estribo al juzgador ad quem  para deducir, con base en dictamen pericial obrante a  folios,  que  el  precio  de  la  negociación  que sobre el inmueble materia de  disputa  efectuaron  los  extremos  de  este litigio, no superaba la mitad de su  valor  comercial,  calculado  a  la  fecha  de  suscripción  de  la  respectiva  escritura pública.     

                     2.                    No  olvida  la  Sala  que  de  alguna  forma la  censura  manifestó  su  inconformidad  con  la cuantificación del precio de la  negociación  que  dedujo  el  Tribunal con apoyo en algunas probanzas de linaje  testimonial  y  documental,  exposición que, en palabras del propio inconforme,  era  “ajena”  al  cargo por él impetrado y del que, a manera de alegaciones  de  instancia,  consignó  en  la  demanda  de casación para que se tuvieran en  cuenta  en  el  evento  en  que  la  Corte casara el fallo de segundo instancia,  siendo  esa  la  razón  para  que  el interesado destinara a ellas un capítulo  distinto  y  las  anunciara  como “fundamentos de la decisión sustitutiva”,  según   en  detalle  se  relató  al  confeccionar  los  antecedentes  de  esta  providencia.   

                        Sin embargo, puesta la Corte en  la  tarea  de examinar si -con apoyo en esas alegaciones de carácter probatorio  propias  de  las  instancias,  respecto  de cuya formulación el casacionista se  cuidó  de no esgrimirlas como constitutivos de errores de hecho o de derecho en  la  apreciación  de  la  prueba  que  habrían  llevado a la infracción de las  normas  sustanciales por él citadas- en el asunto de esta especie convergen los  elementos  definidores de la lesión enorme, advierte que ellos no se conjugan a  cabalidad.   

                      Como  es  sabido,   la   “laesio  ultra  dimidium  se encuentra estructurada en el ordenamiento colombiano, sobre un  supuesto  estrictamente objetivo, de modo que la desproporción que la configura  adquiere  tal  connotación  cuando  el  vendedor  enajena  una  cosa por precio  inferior  a  la  mitad de su justo precio, o cuando el comprador la adquiere por  precio superior al doble del mismo.   

                        Según  dictamen  pericial  obrante  al  folio 21 del cuaderno dos, el lote objeto de la  enajenación  contenida  en  la  escritura pública 2806 del 10 de septiembre de  1993,    tenía    para    esta    fecha    un    precio    de   $27’135.000.oo;   estimación   que  fue  corroborada  por  un  segundo  peritaje,  realizado con ocasión de la objeción  formulada  por  ambas partes contra el primero, pues los segundos avaluadores le  estimaron   un  precio  justo  de  $27’225.000.oo,  tasaciones  estas  que  se  avienen,  no  solo con los  promedios   señalados   en  los  “avalúos”  remitidos  por  las  distintas  corporaciones  de  ahorro  y  vivienda  e inmobiliarias de la ciudad de Tunja, a  petición  oficiosa  del  juzgado  a  quo,  sino,  también,  con  el  precio  que posteriormente acordó el  cónyuge  de  la  demandante,  señor FRANCISCO RUIZ CELY, con la señora MARINA  VARGAS  de  GONZALEZ,  en  la malograda promesa de contrato suscrita entre ellos  sobre  el  aludido  inmueble  (fl., 24, cdno 3), copia de la cual fue remitida a  petición  del  demandado  por  el  Juzgado Primero Penal Municipal de esa misma  ciudad, y cuyos términos el promitente vendedor admite.    

                      De  otro  lado,  si bien se señaló en la mencionada escritura de venta que el precio del  lote   había   sido  la  suma  de  $7’919.000.oo,  y así se sostuvo en la demanda, la demandante aceptó  que  entregó  el  inmueble  para  pagar  una  deuda  que ascendía a la suma de  $11’600.000.oo,  retractándose,  por  consiguiente  de  lo  dicho  en  el  escrito incoativo del  proceso,  aserto  que, inclusive, pretende corroborar su cónyuge, quien, según  lo admiten las partes, negociaba en su nombre.   

                     Empero, el  demandado  sostuvo  desde  el principio, que la enajenación se había realizado  para  satisfacerle  un  crédito  hasta  el  momento  insoluto,  por  la suma de  $15’000.000.oo.   Para  acreditar  su  dicho,  aportó  “cinco  hojas  originales  arrancadas  de (su)  agenda”  en  la  que se hizo constar tal aserto, aduciendo, así mismo, que el  cónyuge  de  la  actora, señor FRANCISCO RUIZ CELY había asentado su rúbrica  en  tales  documentos.  Citado  el interpelado a que se pronunciara al respecto,  admitió  que  esa era su firma. Dícese, ciertamente, en la mencionada hoja que  “Hoy  10  de septiembre de 1993 firmamos la escritura 2806 en la Notaría 1ª.  Se  puso  el precio del avalúo catastral, pero el precio verdadero es de quince  (15)  millones.  Quedo comprometido a volvérselo a vender a Francisco Ruiz Cely  por esos mismos 15 millones…”   

                   Si, pues, el  cónyuge  de  la  demandante  vendedora, quien como ésta, el demandado y aquél  mismo  lo admiten, dirigía y orientaba las negociaciones que desembocaron en la  cuestionada  enajenación  del  lote en disputa, reconoció en la audiencia a la  cual  fue  citado  (fl.  33,  cdno  3)  que el precio de la venta fue la suma de  quince  millones  de pesos, afirmada como tal desde el principio por RUIZ OJEDA,  surgen  elementos  de juicio que indican que ese pudo ser el monto de la dación  o,  por  lo  menos,  a  sembrar de incertidumbre tal aspecto de la negociación,  ciertamente  el  medular  en  este  litigio, en el que la parte actora tenía la  carga  de  demostrar  luminosamente  que  por causa de los errores de hecho o de  derecho  en  los  que habría incurrido el sentenciador, éste no se percató de  la  enorme  desproporción económica del negocio jurídico, cuestión esta que,  a no dudarlo, constituía el centro de gravedad de su acusación.   

                      El cargo,  entonces, no se abre paso.   

D E C I S I O N  

                     En mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  ley,  NO  CASA la sentencia  del  16  de  octubre de 1997, proferida por la Sala Civil – Familia del Tribunal  Superior  de  Tunja,  dentro  del  proceso ordinario adelantado por ALICIA   SALGADO   DE   RUIZ  frente  a  JAIME RUIZ OJEDA.   

                     Costas del  recurso de casación a cargo de la parte actora. Liquídense.   

                   Notifíquese  y cúmplase   

                                 

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁSQUEZ   

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

             

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