SC 108 2005 [7921]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-108-2005 [7921]

    CORTE   SUPREMA   DE   JUSTICIA    

SALA   DE   CASACION  CIVIL   

Magistrado Ponente:  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

Bogotá,  D.C., primero (01) de junio de dos  mil cinco (2005)   

                       

Referencia: Expediente No. 7921  

Se decide el recurso de casación interpuesto  por  la  parte  demandante  contra  la  sentencia  del  4  de noviembre de 1998,  proferida  por  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Bogotá, Sala de  Familia,  en el proceso ordinario promovido por ANA BEATRIZ CASTELLANOS CARDENAS  frente a GABRIEL HERNANDO ROJAS IDARRAGA.   

ANTECEDENTES  

1.           La referida demandante llamó a proceso  ordinario  de  mayor  cuantía  al  aludido  demandado, para que en sentencia se  declarase  que entre ellos existió una unión marital de hecho y, por ende, una  sociedad patrimonial entre compañeros permanentes.   

2.           Para  sustentar sus pretensiones, adujo  la  demandante  que  ella y su demandado tuvieron comunidad de vida permanente y  singular  desde  enero  de 1991 hasta el primero de noviembre de 1993, dentro de  la  cual  fueron procreados los menores Ana María y Juan Pablo Rojas Idárraga,  nacidos   el   14   de   enero   de   1991  y  el  27  de  septiembre  de  1993,  respectivamente.   

Se adujo también que la relación de pareja  se  inició  en la ciudad de Cali, continuando desde febrero de 1992 en Bogotá,  donde finalizó sin que se haya producido ninguna reconciliación.   

3.           Trabada la relación jurídico procesal,  con  oposición del demandado, quien propuso las excepciones de “Prescripción  de  la  acción  declaratoria  de  disolución  y  liquidación  de  la sociedad  patrimonial  entre  compañeros” y “Cobro de lo no debido”, se tramitó la  primera  instancia, a la que se puso fin por el Juzgado Diecinueve de Familia de  esta  ciudad,  mediante sentencia del 20 de mayo de 1997, en la que declaró que  entre  las  partes  existió  una  unión  marital  de  hecho  “desde el 31 de  diciembre  de  1990  hasta el 1º de noviembre de 1993”; acogió la excepción  de  prescripción  aludida,  negando  entonces  las  demás  pretensiones  de la  demanda,  y  condenó  en  costas  a  la parte demandante, pero en un 60% de las  mismas.   

4.           Inconforme  la  demandante  con lo así  resuelto,  interpuso  contra dicho fallo el recurso de apelación, restringido a  lo  que  le  fue  desfavorable,  impugnación  que  fue decidida por el Tribunal  Superior  mediante  sentencia  del  4  de noviembre de 1998, confirmatoria de la  proferida  por  el a quo, la  que  fue  adicionada mediante fallo del 18 de diciembre siguiente, en el sentido  de revocar lo concerniente a la condena en costas.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

Tras   precisar   que  su  competencia  se  restringía  a  las  decisiones  del a quo   relacionadas  con  la  sociedad  patrimonial  entre  compañeros  permanentes  y  la  condena en costas, señaló el sentenciador de segundo grado  los  casos  en  que,  según  la  ley, se presumía la existencia de aquella, la  cual,  precisó,  debía  ser  declarada judicialmente, pues “no basta con que  haya  una  unión  marital  de  hecho  respecto  de  la  pareja,  ni ausencia de  impedimento” (fl. 25, cdno. 3).   

Señaló  luego el Tribunal que las acciones  tendientes  a  obtener  la disolución y liquidación de la sociedad patrimonial  en  comento,  tienen  un  término  de prescripción de un año, que se cuenta a  partir  de  la  separación  física y definitiva de los compañeros, destacando  los  hechos  que,  según  la ley, dan lugar a suponerla, como el matrimonio con  terceros,   la   muerte   de  uno  de  ellos  o  la  simple  separación  de  la  pareja.   

Agregó  que,  según el artículo 2º de la  ley  54  de  1990, la sociedad patrimonial existe “desde el momento en que hay  unión  marital de hecho entre la pareja, hasta cuando de conformidad con la ley  se  disuelve”,  siendo  menester  provocar su declaración judicial dentro del  plazo        prescriptivo       mencionado,       el       cual       transcurre  “ininterrumpidamente”.      Evocó     entonces     el     ad  quem la jurisprudencia y la doctrina  sobre  la  materia, para señalar que “para efectos de considerar interrumpida  la   prescripción   (con  la  presentación  de  la  demanda)…   corresponde   al  actor  realizar  las  actividades  tendientes a notificar al demandado el auto admisorio dentro de los  120  días  siguientes a la notificación al demandante”, según lo dispone el  artículo   90  del  Código  de  Procedimiento  Civil  (fls.  26  7  27,  cdno.  3).   

Bajo este entendimiento, resaltó el Tribunal  que  no  podía  aceptar el criterio de la parte demandante en el sentido de que  la  sola  presentación  de  la  demanda  generaba  el  efecto de interrumpir la  prescripción,  pues  ello  significaría que aquel “dejara transcurrir por un  término   indefinido  la  oportunidad  que  tiene  para  desarrollar  la  carga  procesal,  en  detrimento  de los derechos del demandado, quien estaría ante la  incertidumbre   de  una  notificación  que  dependería  de  la  actividad  del  demandante”.  Más  adelante  agregó  que  si  no  se  exigiera ninguna carga  procesal  al  demandante  con tal propósito, resultaría “injusto para con el  demandado  quien  por no saber que se ha producido ese acto (presentación de la  demanda),  sólo  se  entera  que  hay  una  demanda  en  su  contra  cuando  es  notificado,  sin poder hacer uso de su derecho de defensa alegando la excepción  de prescripción” (fls. 27 y 29, cdno. 3).   

Acorde con el anterior planteamiento, acotó  el  juzgador  que  si  bien la demanda se presentó en forma oportuna, pues este  acto  sucedió  el  31  de  agosto  de 1994, antes de vencerse el plazo anual de  prescripción  que  comenzó  a correr el primero de noviembre de 1993, la parte  demandante  no  cumplió  con  la carga procesal referida, pues la notificación  del  demandado  se  alcanzó  el 15 de julio de 1996, destacando el Tribunal que  aquella  fue  descuidada  en  su actividad procesal, tanto así que las expensas  para  obtener  la  notificación  sólo  se suministraron el 26 de abril de esta  última anualidad.   

Finalmente,   señaló   el   ad  quem que la prescripción únicamente  se  estableció  para  iniciar  la  acción tendiente a obtener la disolución y  liquidación  de  la  sociedad  patrimonial, pero no afectaba la declaración de  existencia  de la unión marital de hecho. Remató sus consideraciones aduciendo  que  no  se  había acreditado la interrupción de la prescripción, como quiera  que  en  el  acta de la audiencia adelantada dentro del proceso de alimentos que  contra  el  demandado  cursa  en el Juzgado Quinto de Familia de esta ciudad, no  aparecía  que  éste  hubiera aceptado la existencia de la sociedad patrimonial  formada con la demandante.   

LA DEMANDA DE CASACION  

En  ella  se  formularon  cuatro  cargos, el  primero  por  la causal segunda de casación y los restantes por la primera, los  cuales  se  analizarán en el orden propuesto, articulando los tres últimos, en  atención a que, en lo basilar, se refieren a una misma temática.   

CARGO PRIMERO  

Con estribo en la causal segunda de casación  prevista  en  el artículo 368 del C. de P.C., acusó el recurrente la sentencia  de no estar en consonancia con las pretensiones de la demanda.   

En  la  explicación  que  hizo  del  cargo,  señaló  el  censor  que  por  solicitud  del  Juzgado  de  primera  instancia,  efectuada  en  el  auto  inadmisorio  del  libelo  inicial,  se  excluyó de las  pretensiones  de  la  demanda  la  que se dirigía a obtener una declaración de  disolución   y  liquidación  de  la  sociedad  patrimonial  entre  compañeros  permanentes,   de   suerte  que  únicamente  se  suplicó  la  declaratoria  de  existencia  de  la  unión  marital  de  hecho y consecuentemente de la sociedad  patrimonial.   

Sin  embargo,  el  Tribunal, al confirmar la  sentencia  de  primera instancia, ponderó y negó la pretensión de disolución  y  liquidación  de  sociedad  patrimonial,  al  considerar  que  se  encontraba  prescrita,  olvidando  que  dicho pedimento no fue esgrimido ni objeto de debate  judicial,  por  lo  que  la  sentencia  incurrió  en vicio de incongruencia por  extra petita.   

Adujo   el   recurrente   que  le  causaba  perplejidad  que  la justicia le hubiere ordenado al litigante que excluyera una  pretensión, para luego negársela.   

CONSIDERACIONES  

1.           En  orden  a  resolver esta censura, se  memora  que  para el Tribunal,  el término de prescripción establecido en  el  artículo  8º de la Ley 54 de 1990, también aplica para la declaración de  existencia  de  la  sociedad  patrimonial  entre  compañeros permanentes.   Fueron  sus  palabras,  que  esa  acción “debe ser intentada dentro del plazo  estipulado   legalmente;    lo    que   indica  que  es  prescriptible  en un año,  pues es necesario que en forma  rápida  se  establezca  la  certeza   jurídica  de  la  existencia de una  sociedad  patrimonial  que la ley presume que existe,  por  el hecho de que haya unión marital entre compañeros permanentes…” (se  subraya; fl. 26, cdno. 3).   

Lo anterior evidencia que el sentenciador de  segundo  grado,  al  confirmar el fallo del juzgado que acogió la excepción de  prescripción  propuesta  por  la parte demandada, tomó como piedra de toque la  pretensión  segunda  de  la  demanda,  en  la  que  se  solicitó  declarar  la  existencia  de  la  sociedad  patrimonial  entre compañeros permanentes (fl. 6,  cdno.  1),  sólo  que  entendió que la respectiva acción estaba prescrita, de  donde  se colige que el Tribunal, en estrictez, se pronunció sobre una súplica  planteada   en   la   demanda,   y   no  sobre  una  petición  retirada  de  la  misma.   

Por   consiguiente,   si   el   vicio   de  incongruencia  se presenta “cuando el juez condena a  más   de   lo   pedido   (ultra  petita),   o   a   lo   no   pedido   (extra  petita),  o  cuando  no  resuelve  todo o parte de lo  pedido  (citra  petita)”  (Sentencia  de  14 de julio de 1987, reiterada en fallo de 29 de agosto  de  2000;  exp.:  5380),  es  claro  que,  en  este  caso  en  particular,  no puede  reprocharse  al  Tribunal por haber incurrido en dicho defecto de procedimiento,  más  concretamente  en  haber  decidido  sobre  un  asunto  no  planteado en el  litigio,    como    quiera    que    su   fallo   se   inscribió   –formalmente-  dentro de la propuesta  contenciosa  que  hizo  la  señora Castellanos en su escrito de demanda, una de  ellas  tocante  con la declaración de existencia de la sociedad patrimonial con  el  señor  Rojas,  cuya  acción,  se  itera, estimó prescrita al amparo de la  excepción esgrimida por éste.   

2.              Ahora     bien,     cosa    distinta    es    si   el   ad  quem  aplicó  rectamente el ordenamiento jurídico,  al  considerar  que  el plazo de prescripción consagrado en el artículo 8º de  la  Ley  54  de 1990, se extiende a la declaración judicial de existencia de la  sociedad patrimonial.   

Pero  esa discusión es propia de la causal  primera  de  casación,  atinente  a  los  vicios  in  iudicando, en la medida en que involucra las razones  de   orden  sustantivo  que  esgrimió  el  Tribunal  para  abrirle  paso  a  la  prescripción  propuesta,  temática  que,  como  es  sabido,  resulta  ajena al  segundo  motivo  de  casación,  pues “distinto de no decidir un extremo de la  litis,  es  resolverlo  en  forma  adversa al peticionario. En el primer caso el  fallo  sería  incongruente y, en consecuencia, podría ser atacado en casación  con  base  en  la  causal  segunda;  en  el otro no, puesto que el fallo adverso  implica  un  pronunciamiento  del  sentenciador sobre la pretensión de la parte  que  sólo  podría  ser impugnado a través de la causal primera…” (G.J. t.  CLXVI, pág. 9).   

El cargo, entonces, no prospera.  

CARGO  SEGUNDO   

Al  amparo de la causal  primera  de  casación,  se  acusó  la  sentencia  de  violar  directamente los  artículos  1, 2, 5 y 8 de la Ley 54 de 1990; 90 del C. de P.C.; 2512 y 2535 del  C.C.;  3 y 8 de la Ley 153 de 1887, “unas por falta de aplicación y otras por  aplicación indebida” (fl. 9, cdno. 5).   

En  síntesis, adujo el censor que según el  parágrafo  del  artículo 8º de la Ley 54 de 1990, el término prescriptivo de  la  acción  encaminada  a  disolver  y  liquidar  la sociedad patrimonial entre  compañeros  permanentes,  se  interrumpe  con  la  sóla  presentación  de  la  demanda,  norma  esta  que,  por  su  carácter  especial,  torna inaplicable el  artículo  90 del C. de P.C., en cuanto supedita ese efecto a la intimación del  auto admisorio de la demanda dentro de determinado plazo.   

Agregó que no procedía el reenvío, puesto  que  el  legislador  no  lo  previó;  tampoco  la  analogía, porque el tema se  encuentra   regulado;   menos  aún  la  interpretación  extensiva,  porque  la  disposición  no  es  meramente  enunciativa. Además, acotó, “¿qué sentido  tendría  la  inclusión  del  mentado  parágrafo,  si  con  él  o  sin él se  aplicaría el art. 90?” (fl. 11, cdno. 5).   

CARGO TERCERO  

Esta  censura  también  le  reprocha  al  Tribunal  el  quebrantamiento  directo  de  las  normas  referidas  en  el cargo  anterior,  para  señalar  que  el  término  de  prescripción de la acción de  disolución   y  liquidación  de  la  sociedad  patrimonial  entre  compañeros  permanentes,  sólo  puede  computarse  una  vez  declarada  la existencia de la  sociedad,  pretensión ésta que no se encuentra sometida a dicho plazo, sino al  general de 20 años establecido en el artículo 2356 del C.C.   

Argumentó   el   casacionista   que  tal  conclusión  se  impone, porque no se puede disolver lo que no existe, de suerte  que  si  la sociedad patrimonial tiene que ser declarada judicialmente, mientras  esta  condición  suspensiva no se cumpla, no puede correr el plazo prescriptivo  de la acción encaminada a disolverla.   

Estimó  luego  que  el Tribunal aplicó la  prescripción  de que trata el artículo 8º de la Ley 54 de 1990, a la súplica  vinculada  a  la  declaración de existencia de la sociedad patrimonial que hubo  entre  las  partes,  sin advertir que dicho término no guarda relación con esa  pretensión.  Más  aún, aunque el juzgado había ordenado excluir la solicitud  dirigida  a  que  se  ordenara  la disolución y liquidación de dicha sociedad,  requerimiento  que  fue  atendido por el demandante, en la sentencia se declaró  que  esta  última acción estaba prescrita, lo que resulta “desencaminado”,  pues  la  demanda  no  comprendió  esa  petición,  ni  el  fallo  declaró  la  existencia de la mentada sociedad.   

CARGO CUARTO  

Planteado por la vía indirecta, este cargo  acusa  la  violación  de los artículos 1, 2, 5 y 8 de la Ley 54 de 1990; 2512,  2514,  2535  y  2536  del  Código  Civil;  174,  175,  187 y 249 del Código de  procedimiento  Civil,  como  consecuencia  de errores de hecho manifiestos en la  apreciación de las pruebas.   

Para demostrar su acusación, el recurrente  señaló  que  el  Tribunal dejó de valorar el interrogatorio de parte absuelto  por   el  señor  Rojas;   el  memorial   de   15   de   julio   de   1996,  suscrito  por la parte demandante, en el  que  se  solicitó  el levantamiento de una medida cautelar, sobre la base de un  acuerdo    verbal    realizado    entre    las    partes    para   conciliar    los    aspectos    patrimoniales   de   la  unión   marital;  otro  escrito  de  fecha  13 de  agosto  siguiente,  en  el  que   la  apoderada judicial del demandado  alude  al  referido  acuerdo verbal; así como los memoriales que obran a folios  94  y  97  del  cuaderno  principal, en los que la parte demandante solicitó no  levantar  la  cautela  por  incumplimiento  del  acuerdo,  y  la apoderada   del  demandado admite que sí se habló de una reunión.   

Para  el  impugnante,  el Tribunal erró de  hecho  porque  no dio por demostrado, estándolo, que el señor Rojas reconoció  tácitamente  los  derechos de la señora Castellanos; que ese reconocimiento se  hizo  después de consumada la prescripción, a la cual, por tanto, renunció el  demandado.   

Citó  luego  el  censor los apartes de las  pruebas   que,   según   él,   no  fueron  apreciadas,  con  énfasis  en  las  manifestaciones  que  hizo el demandado en el interrogatorio de parte, relativas  a  que  “yo  sí le hice un ofrecimiento a Ana Beatriz, pero fue de escriturar  el  apartamento de la ciudad de Cali única y exclusivamente a mis menores hijos  Ana  María  y  Juan Pablo. Finalizado el pleito, se escrituraría a mis menores  hijos…,  siempre  y cuanto haya una conciliación”, lo mismo en cuanto a una  “posible  reunión”  que sostendrían las partes (fl. 143, cdno. 1). Para el  impugnante,  en  esa  confesión  se  reconoció  la  existencia  de la sociedad  patrimonial,  pues  no  de  otra forma se entiende el ofrecimiento que hizo. Por  consiguiente,  el  Tribunal  debió  aceptar  que el señor Rojas renunció a la  prescripción.   

Finalmente,  precisó  el recurrente que el  Tribunal  “no vio la prueba indiciaria  que refulge en los autos”, dada  la   conducta  que  asumió  el   demandado,   puesto   que   unas   veces   negó   la   existencia de la reunión en que  hizo  la  propuesta,  luego  convino en que sí se habló y, por último, que no  había  ido porque la demanda contenía hechos  irreales y no tenía tiempo  para esa “charla” (fl. 18, cdno. 5).   

1.           En   estas   censuras,  in   complexu,   se  cuestionan  tres  aspectos  vinculados  al  término  prescriptivo  de  la acción para obtener la  disolución   y  liquidación  de  la  sociedad  patrimonial  entre  compañeros  permanentes,  a  saber:  el  primero,  tocante  con el momento a partir del cual  comienza  a  correr  el plazo de un año a que se refiere el artículo 8º de la  Ley  54  de  1990; el segundo, relativo a su interrupción, más concretamente a  la  aplicación  del  articulo  90  del  Código  de  Procedimiento  Civil, y el  tercero,  referente  a  la  renuncia  que  de  la prescripción habría hecho el  demandado.   

         a.                     En lo que concierne a la fecha que debe servir  como  detonante  para  contabilizar  el término prescriptivo de la acción para  disolver  y  liquidar  la sociedad patrimonial entre compañeros permanentes, el  recurrente  considera que ese momento está dado por la época en que se declara  judicialmente la existencia de la sociedad patrimonial.   

         Empero,  fue  el  propio  legislador  el  que  zanjó –ab        initio-  toda  controversia,  al  precisar  que  el  año  respectivo se  contaba  “a  partir de la separación física y definitiva de los compañeros,  del  matrimonio  con terceros o de la muerte de uno o ambos compañeros” (art.  8,  Ley 54/90), clausurando así la posibilidad de adoptar otro punto de partida  que,  como  la declaración de existencia de la respectiva sociedad patrimonial,  se  aleja  del  común  denominador  presente en los expresados motivos de orden  legal,   referidos   todos   a   la   terminación   de  la  unión  marital  de  hecho.   

         Por   consiguiente,   que   la   ley   reclame   una  declaración  –no   necesariamente  judicial-  de  certeza  de  la  existencia de la citada sociedad patrimonial, no  puede  traducir  que  la  irrupción  del  término  prescriptivo  de la acción  encaminada  a  disolverla y liquidarla, esté condicionada a que medie sentencia  ejecutoriada  o  acta  de  conciliación  que  de fe de esa sociedad, pues si se  miran  bien  las  cosas, es apenas lógico que la disolución tenga lugar cuando  la  vigencia  de la sociedad patrimonial llega a su fin, con independencia de si  media  o no la referida declaración. Tal la razón para que la ley ponga pie en  tres  hechos  que,  en  sí  mismos  considerados,  son bastante para ultimar la  unión  marital  entre  compañeros  permanentes  y,  desde luego, a sus efectos  patrimoniales,   como  son  el  distanciamiento  definitivo  de  la  pareja,  la  celebración  de  matrimonio  con  un  tercero,  o  el  fallecimiento  de uno de  ellos.   

         De  esta  forma,  a no dudarlo, se otorgó seguridad a los asuntos  familiares  en  materias  tan  delicadas  como  la prescripción de las acciones  vinculadas  al finiquito del patrimonio común de los compañeros, cuyo plazo no  puede  manejarse en términos contingentes como sería la duración de un pleito  judicial  encaminado  a  que  se reconozca la existencia de la unión marital de  hecho  y  de  la  respectiva sociedad patrimonial, pues si así fuera, quedaría  incierto  el  momento  en  el  que  despuntaría  el  plazo  prescriptivo,  cuyo  cómputo,  por  expresa  voluntad  del  legislador,  quedó  condicionado  a  la  configuración  de  situaciones  objetivas  vinculadas  a  la  disolución de la  familia  estructurada  por vínculos naturales, concretamente a la verificación  de  uno  de  los  acontecimientos que integran el aludido trinomio, ex lege.   

         Es  más, la previsión legislativa que se comenta armoniza con la  regla  contenida  en  el artículo 2535 del Código Civil, de cuya inaplicación  se  duele  el  recurrente,  pues si es claro que el cómputo de la prescripción  extintiva  está  ligado  a la posibilidad de ejercicio de la respectiva acción  –de allí la referencia  a  la  exigibilidad-, resulta consecuente con ese postulado, que el despunte del  plazo  para ejercer la acción para disolver y liquidar la sociedad patrimonial,  se  verifique  en  el instante mismo en que puede demandarse la repartición del  patrimonio  social,  esto  es, cuando ocurre uno de los hechos que da lugar a la  disolución  (terminación de la unión marital por matrimonio con un tercero, o  por  voluntad  de  los  compañeros, o por la muerte de uno de ellos), según lo  establece  el  artículo 5º de la Ley 54 de 1990, disposición que se encuentra  a tono con lo previsto en el artículo 8º de la misma ley.   

         Por  ende,  no  se  equivocó  el Tribunal al tomar como piedra de  toque  para  contabilizar  el  plazo de prescripción de la acción encaminada a  disolver  y  liquidar  la  sociedad patrimonial, la fecha en que los compañeros  permanentes  cesaron  su  vida  en  común,  esto es, el primero de noviembre de  1993,  pues,  como  quedó  explicado,  el  derecho  a  pedir  la  disolución y  liquidación,     ministerio    legis,  nace  cuando  fenece la sociedad patrimonial, no así cuando se  declara que ella existió.   

         Es  importante  acotar  que  la  censura  propuesta apuntó, en lo  fundamental,  a  enrostrarle por la vía directa un error jurídico al Tribunal,  por  haber  computado  el  plazo  prescriptivo  de  la  acción de disolución y  liquidación  de  la  sociedad  patrimonial,  desde  la  fecha en que las partes  dejaron  de  ser  compañeros  permanentes. Y si tal propósito se frustró, por  haberse   evidenciado   el   acierto  de  aquel,  resulta  innecesario  analizar  –en el asunto litigado-  si  el  término  en  cuestión  también  aplica a la acción dirigida a que se  declare  la  existencia de la sociedad patrimonial, o si, por el contrario, ella  queda  sometida  a  las  reglas  generales previstas en el Código Civil, habida  cuenta   que,   cualquiera  que  sea  la  postura  que  se  adopte,  la  señora  Castellanos,  por  causa  de  la  prescripción,  no  tiene  derecho  a pedir la  repartición  de  los  bienes que conformaron dicha sociedad, según lo declaró  el   ad   quem  en  la  sentencia acusada, la cual, en este punto, permanece intangible.   

         b.                     En relación con la forma civil de interrumpir  el  plazo  prescriptivo  de  la  acción  a  que  se  viene haciendo referencia,  adviértase  que  el  parágrafo  del  articulo  8º de la Ley 54 de 1990, en lo  basilar,  no hace más que reproducir la regla consagrada en el inciso final del  articulo 2539 del Código Civil.   

                                           1)                     Nótese que la primera de dichas disposiciones  se  remite  a  la  “presentación  de la demanda”, como hito suficiente para  truncar  el  decurso  del  plazo, tal cual lo establece la segunda de las normas  aludidas,  que,  de manera general, hace referencia a “la demanda judicial”.  Y  adviértase  también  que  el  articulo  90  del  C.P.C.,  no  desconoce esa  exigencia  del  orden  sustancial,  sino  que  mas  bien  la  complementa,  pues  presupone  que  la  presentación  de  la  demanda  sí  tiene la virtualidad de  interrumpir  el  término  para la prescripción, solo que supedita ese efecto a  que  el  auto  admisorio de la respectiva demanda se notifique en un determinado  periodo,  que  actualmente es de un año (Ley 794/03), pero que al tiempo en que  se  tramitó  el proceso era de 120 días contados desde la notificación de esa  providencia al demandante.   

                      Desde  luego  que no se puede argumentar la especialidad o la posterioridad de la norma  de  la  Ley  54  de  1990 para evitar la aplicación del articulo 90 del C.P.C.,  pues  si  se  miran  bien  las  cosas,  este  último precepto, a diferencia del  primero  (art.  8º  ),  se  limita  a  consagrar  una  carga  procesal que, por  supuesto,   tiene   determinados   efectos   sustanciales,  por  lo  que  siendo  imperativas  las  normas  de procedimiento (art. 6 C.P.C.), es incontestable que  quienes  concurren  a  un  proceso  judicial  de  naturaleza  civil,  no  pueden  sustraerse de su aplicación.   

                                           2)                     Tampoco  se  puede  traer  como  argumento  la  simple  y  llana  expresión  literal  de la norma, toda vez que, por ese camino  interpretativo,  se  deja  de escrutar el ordenamiento jurídico como un sistema  en  el  que  las  distintas  disposiciones  armonizan  unas con otras, en cuanto  obedecen   a   una   serie   de  principios  y  de  reglas  que  les  sirven  de  justificación.  Ya  de  antiguo se afirmaba que “procede concordar unas leyes  con  otras”  (leges  legibus  concordare  promptum  est),  y que “las leyes posteriores se interpretan  por   las   anteriores,   excepto   que   fueren   contrarias”   (posteriores   leges   ad   priores   pertinent,   nisi  contrariae  sint), siendo claro que, en este caso en particular,  la  norma  que se comenta no es contraria a las que le preceden, establecidas en  los Códigos Civil y de Procedimiento Civil.   

                  El derecho  positivo,  útil  es  recordarlo, no patrocina interpretaciones insulares, menos  aún  si  ellas fracturan o resquebrajan la concepción legislativa que inspiró  el  conjunto  de  preceptos llamados a gobernar una determinada institución, en  este  caso la prescripción extintiva y su forma civil de interrupción, la cual  reclama,  necesariamente,  un  acto  de  comunicación  a  quien  puede llegar a  beneficiarse  de  aquella, de modo que, en virtud de ese enteramiento, el deudor  quede  advertido  que  su acreedor está presto a ejercer el derecho, y que, por  tanto,  no  existe  espacio  para aprovecharse del tiempo, ni mucho menos de una  eventual desidia.   

                   Con otras  palabras,  los  actos  que  no trascienden la órbita del acreedor, aquellos que  permanecen  en  la  periferia del deudor y que, por ende, son ignorados por él,  no  pueden  tener  la  virtualidad  de  interrumpir  la  prescripción. Por eso,  entonces,  para que ciertamente la demanda sea útil al propósito de truncar el  plazo  prescriptivo,  debe  ser  trasladada  al  deudor  demandado,  vale  decir  noticiada,  en  guarda  de que se verifique su enteramiento. Por lo mismo, no se  puede  afirmar  categóricamente, que del texto del parágrafo del artículo 8º  de  la  Ley 54 de 1990, se desprende que fue voluntad del legislador que la sola  demanda  interrumpiera  el  término en ella consagrado, en la medida en que, de  una  parte,  esa  concepción  de la ley descontextualiza la norma, en cuanto la  sustrae  de  las  reglas  generales  que  informan  el  tema,  so  capa  de  una  malentendida     especialidad     –que  no puede ser asimilada a insularidad- y, de la otra, pasa por  alto  que  si,  en realidad de verdad, el confesado propósito de la ley hubiera  sido  establecer  una excepción, habría señalado de manera expresa que, en el  evento  específico  por  ella  regulado,  no  sería necesaria la notificación  oportuna  del  auto  admisorio  de  la demanda, o que no tendría aplicación el  artículo  90  del  Código de Procedimiento Civil, que sería lo consecuente en  términos  de  técnica legislativa. De allí que si no lo hizo, debe entenderse  que el legislador no exceptuó el régimen general aludido.   

                                           3)                     Memora  la  Corte  que  la interesante censura  planteada  por el recurrente, pretende revivir una añeja controversia entre las  distintas  normas  que  le  han otorgado a la demanda la aptitud de paralizar el  cómputo  de  los  plazos  de  prescripción,  y aquellas otras, las más de las  veces  consagradas  en  estatutos procesales, que condicionan la eficacia de ese  “recurso  judicial”  al  conocimiento  oportuno que tenga el demandado de la  presentación  del  libelo  o de su admisión, polémica que, expuesta desde las  postrimerías  del  siglo  XIX,  fue  zanjada  por  esta Corporación a favor de  aquella  tesis  que  halló  compatibles  las  disposiciones, como se aprecia en  diversas providencias que es útil recordar.   

                                           Así,   precisó  la Sala en sentencia de 3 de junio de 1913,  que     guardaban    “perfecta    armonía”    las    normas    –entonces  vigentes-  contenidas  en  los  Códigos  Civil  y de Procedimiento Civil, relativas a la interrupción del  término   prescriptivo,   toda  vez  que  “es  la  notificación  y  no  la introducción de la demanda lo que produce el efecto de  cortar  la  prescripción,  sin que pueda decirse lo  contrario,  porque  si  simplemente  se  anulara  el  juicio  por  la  falta  de  notificación  o  por  ser  ésta ilegal, quedaría vigente la interrupción por  virtud  de  la  sola  presentación  de  la  demanda  y  no  habría motivo para  declararla  ineficaz  a  causa  de  no haberse notificado”, lo que, en la hora  actual,  implicaría  violación  del  artículo 91, numeral 4º, del Código de  Procedimiento Civil.   

                   Luego, en  fallo  de  18 de octubre de 1921, advirtió que “la  sola  presentación  de  la  demanda  no interrumpe la prescripción,  y que para ello es indispensable que aquella se haya notificado  legalmente  al  demandado”,  toda  vez  que, según doctrina sobre la materia,  ‘sería  absurdo  que  recayera  sobre  él –el  demandado-  los  efectos de procedimientos de que no  tiene  noticia’…, lo  que  demuestra que el recurso judicial de que trata la disposición –se  refiere  al  derogado art. 2524  del  C.C.-  que  se  estudia  es  un  hecho complejo formado por la demanda y su  notificación” (se resalta).   

                                Tiempo   después,  en  sentencia  de  30  de  noviembre  de  1994, la Corte recordó que “para poner fin a esa controversia,  el  artículo  698  del C. de P.C., derogó en forma expresa los artículos 2524  del  Código Civil y 29 de la Ley 95 de 1890 y el legislador reguló de nuevo la  materia   conforme   a   lo  prescrito  por  el  artículo  90  del  Código  de  Procedimiento  Civil”.  Más  aún,  la  Corte  Constitucional, al analizar la  supuesta  contradicción entre los artículos 2539 del Código Civil y 90 del C.  de  P.C., acotó que “En realidad las dos normas se  complementan  armónicamente,  pues  la  segunda  se  concreta  a  regular  lo concerniente a la interrupción de la prescripción una  vez  presentada  la  demanda, es decir, dentro del proceso” (se subraya; sent.  C-543/93).   

                        Por  consiguiente,  la circunstancia de que la Ley 54 de 1990 hubiere establecido que  la  presentación  de  la  demanda  interrumpe  el  término  prescriptivo de la  acción  para  disolver  y  liquidar  la  sociedad patrimonial entre compañeros  permanentes,  no  autoriza  excluir  la  aplicación  del artículo 90 del C. de  P.C.,  pues  tal  suerte  de  interpretación  traduciría  que la interrupción  civil,  de  suyo  vinculada  a  un  acto procesal, se produciría a espaldas del  demandado,  sin  que  éste,  además,  pudiera  discutir  su  ineficacia en los  precisos  casos  previstos  en  el  artículo  91 de dicha codificación, lo que  conspiraría   contra   caros   axiomas   que,   ab  antique,  estereotipan el debido proceso, rectamente  entendido.  De  allí,  entonces, que no se pueda traer a colación el argumento  de  la  especialidad  de  la norma, o el de ser ella posterior a la disposición  del  código  de  procedimiento,  no  sólo  porque, se itera, tal presentación  conduce  a  una  postura que no resulta de recibo a la luz de la Constitución y  la  ley,  sino  también  porque,  en  rigor, las dos disposiciones se ocupan de  temas  complementarios  atinentes  a  la  prescripción:  la  demanda, como hito  interruptor,  y  la  notificación oportuna, como requisito para su eficacia, lo  que    descarta   la   aplicación   de   las   reglas   sobre   conflictos   de  leyes.   

                         En  consecuencia,  fue  correcta  y debida la aplicación que hizo el Tribunal de la  citada norma del código de ritos civiles.   

         c.                     Tocante   con   la  renuncia  tácita  de  la  prescripción  en el caso  de   la  acción  para  disolver  y  liquidar  una  sociedad  patrimonial  entre  compañeros  permanentes,  es  útil memorar que de conformidad con el artículo  2514  del  Código  Civil,  para que ella ocurra es necesaria la presencia de un  hecho  inequívoco  de  parte de quien puede beneficiarse de ese modo extintivo,  en  virtud del cual reconoce el derecho de su acreedor. No se trata de cualquier  manifestación,  sino  de una que, per se,  refleje la voluntad cierta del deudor de seguir comprometido en  el  vínculo  jurídico  que  lo  ata  a  su  acreedor,  que  bien  pudo  diluir  enarbolando  la  prescripción.  Al  fin  y  al cabo, esa renuncia o abdicación  constituye  un acto unilateral de carácter dispositivo que devela el propósito  incontestable  de  no querer aprovecharse de la desidia o inacción del acreedor  en  el  ejercicio  de  su  derecho.  El deudor, pese a contar con la posibilidad  jurídica  de  frustrar la reclamación de aquel por el camino de enrostrarle su  omisión   o  dejadez,  decide  libre  y  conscientemente  honrar  su  deber  de  prestación,   de   forma  tal  que  mediante  acto  suyo,  reconoce  expresa  o  tácitamente  los lazos jurídicos que lo constriñen a satisfacer el derecho de  su acreedor.   

         Debe   tratarse,  entonces,  de  una  situación  que  no  ofrezca  duda    alguna    sobre   el   reconocimiento  que  hace  el  demandado  del  derecho  de su demandante, o, lo que es mejor, de su voluntad de  “abdicar  de  la  facultad  adquirida”  de invocar la prescripción (G.J. t.  XLVII,  pág.  431), sin que entonces pueda deducirse la renuncia  de   los   simples   tratos   previos   o  precisiones   que  hayan  tenido  o  hecho  las  partes  sobre asuntos vinculados –en  este  particular  caso-  a  la  relación  familiar,  o de manifestaciones que el demandado hubiere efectuado en  relación  con  la  unión  marital,  tanto más si se tiene en cuenta que no se  presume   que   alguien   renuncia   fácilmente   a  su  derecho  (iure    suo    facile   renuntiare   non   praesumitur).                        

         Obsérvese  que,  en  parte  alguna,  el  demandado  reconoció el  derecho  de  la  demandante a que se liquidara la sociedad patrimonial, al punto  que  en  esa  respuesta  no  se devela un inequívoco móvil que permita ligar o  establecer,  en  su  favor,  el  ofrecimiento  a esa liquidación; más aún, ni  siquiera  le  concedió  derecho sobre el inmueble, pues únicamente aceptó que  lo  transferiría  a  sus  hijos,  pero  negó, recta  via,   la   propuesta  de  traspaso  a  la  señora  Castellanos.  Por  tanto, de esa manifestación no se podía deducir la renuncia  a  la  prescripción,  toda vez que, como se acotó, dicha renuncia debe aflorar  en  forma  diáfana, vale decir, no dejando dudas, vacilaciones o incertidumbres  en  torno  al  alcance  de  la  aseveración  respectiva,  lo  que  descarta  la  configuración  del  error de hecho denunciado en la cuarta acusación, que como  se  sabe  debe  ser  colosal,  de tal entidad que aflore de bulto, es decir, sin  necesidad  de  esforzados o exigentes racionamientos. No en vano se ha dicho que  allí  donde  se  enseñoree  la  duda  o  hesitación,  no puede hablarse de un  arquetípico    error   de   hecho,   susceptible   de   abrirle   paso   a   la  casación.   

         Ahora   bien,   la   circunstancia   de   haberse   solicitado  el  levantamiento  de  una  medida cautelar (fl. 35, cdno 1), por razón del acuerdo  conciliatorio  celebrado  dentro  de  un  proceso  de alimentos que se adelantó  contra  el  demandado  ante  el  Juzgado  Quinto  de Familia de Bogotá, tampoco  permite  inferir que indefectiblemente se renunció a la prescripción, pues los  términos  del arreglo se concretaron a “La custodia de los menores”, “las  visitas                –que-  el  padre podrá efectuar”, la  cuota  de  alimentos  a  cargo  de  éste y el levantamiento de un embargo y una  inscripción  de  demanda  sobre un bien (fl. 99, ib.), sin que el acta consigne  reconocimiento  alguno  de  la  acción  para  disolver  y  liquidar la sociedad  patrimonial.  Lo  propio  sucede  con  los  escritos en los que la apoderada del  demandado  hizo  referencia  “a  un  posible  acuerdo”  en  relación con la  declaración  de  “unión  marital”  (fl.  93,  ib.),  o  a  “una  posible  reunión”  entre las partes (fl. 98, ib.), no sólo porque en ellos no se hizo  expreso  reconocimiento  de  la  sociedad  patrimonial,  sino también porque se  trata   de  memoriales  vinculados  a  la  mencionada  cancelación  de  medidas  cautelares.   

2.          Así  las  cosas,  en  atención a las  consideraciones   que   anteceden,   estos   cargos   no   están   llamados   a  prosperar.   

DECISION  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República   y   por   autoridad   de   la  ley,  NO  CASA  la  sentencia  proferida  el 4 de Noviembre de  1998  por  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Bogotá, en el proceso  ordinario  promovido  por  Ana  Beatríz  Castellanos  Cárdenas  contra Gabriel  Hernando Rojas Idárraga.   

Condenar en costas del recurso de casación  a la parte recurrente.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA   

MANUEL ISIDRO ARDILA VELASQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE    

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