SC 106 2005 [7690]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-106-2005 [7690]

      

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

Magistrado Ponente  

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

Bogotá  D.  C., primero de junio de dos mil  cinco   

Ref. Expediente No. 7690  

          Se  decide  el  recurso  de casación interpuesto por Jorge Eliécer  Hernández  Hernández contra la sentencia de 27 de enero de 1999, proferida por  la  Sala  Civil  del  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Bogotá, que  clausuró  en segunda instancia el proceso ordinario promovido por el recurrente  contra  Darío  Zamora  Ángel, en el que fue admitido como tercero ad     excludendum    Joaquín    Ruales  Tafur.   

ANTECEDENTES  

          1.                         Jorge  Eliécer Hernández Hernández demandó a  Darío  Zamora Ángel, para que se declarara que el primero es copropietario del  predio  rural denominado ‘La  Ortiz’,  ubicado  en  el  municipio  de  La  Mesa, matriculado bajo el número 166-0115085; que el lote de  terreno  denominado  ‘Buenos  Aires’,  vereda  de Tolú,  municipio  de  La Mesa, cuyos linderos aparecen en la demanda, forma parte de la  finca  ‘La Ortiz’  antes  anotada,  y  que  se  halla en  posesión  material  de  Darío  Zamora  Ángel,  sin que éste tenga título de  propietario  inscrito.  Como consecuencia de la anterior declaración, solicitó  condenar  al  demandado  a  restituirle  a él y a los demás comuneros, el lote  denominado     ‘Buenos  Aires’  antes  descrito,  junto  con  el valor de sus frutos civiles y naturales, no sólo los percibidos,  sino  también  aquellos  que  los  dueños  hubieran  podido  ganar con mediana  inteligencia y cuidado, todos desde la contestación de la demanda.   

2.            Las pretensiones tienen apoyatura en los  siguientes hechos:   

2.1.           El  demandante  es  copropietario  de la  finca  rural  llamada  ‘La  Ortiz’   ubicada  en  el  municipio  de  La  Mesa, dominio que le fue transferido por José Hernando Niño  Romero  mediante  escritura pública No. 1126 otorgada el 11 de junio de 1985 en  la Notaría 12 de Bogotá.   

2.2.                El      lote      ‘Buenos         Aires’,  que  forma parte del predio de mayor  extensión    denominado    finca    ‘La  Ortiz’, en  la  actualidad  es poseído por Darío Zamora Ángel, quien tiene la obligación  de  restituirlo  a  los  copropietarios,  es  decir al demandante y a los demás  comuneros.   

          2.3.                       Darío  Zamora  Ángel  es poseedor de buena fe,  por  lo  que solamente tiene derecho a las mejoras hechas hasta la presentación  de la demanda.   

          2.4.                       El  demandante  expresamente  aclaró  que  los  copropietarios  tienen  en  su  poder  la  extensión  de terreno que a cada uno  corresponde  en  proporción  a  sus cuotas, por lo que la reivindicación aquí  solicitada  debe  ser dispuesta en su beneficio, por ser él quien está llamado  a ocupar el bien referido en la demanda.   

          3.                         Compareció  el  demandado  para  resistir  las  pretensiones,  solicitó  el  reconocimiento de las mejoras y el correspondiente  derecho de retención hasta cuando éstas fueran pagadas.   

          4.                         Al  estar el proceso a la espera de la sentencia  de   primera   instancia,   Joaquín   Ruales   Tafur   presentó   demanda   de  intervención  ad excludendum  y  dijo  ejercer la tenencia del predio ‘Buenos  Aires’,  según  contrato  de arrendamiento suscrito con los actuales poseedores a saber:  Elisa,  Santiago y Consuelo Romero; en tal calidad se presentó como propietario  de  las  mejoras  que  describió  en  el  libelo que formuló. Esta demanda fue  rechazada  por  el  juzgado por extemporánea, y en tal virtud dictó sentencia,  que  apelada,  fue  declarada  nula  por  el  Tribunal,  por  haberse  proferido  prematuramente,   luego   de   lo  cual  se  ordenó  admitir  la  intervención  ad excludendum.   

          5.                         El  juez  de  primera  instancia  accedió a las  pretensiones  y  condenó  al  demandado  a  restituir  al  demandante el predio  ‘Buenos  Aires’,  seis  días después de ejecutoriada  la  sentencia,  al  demandante  a  pagar  las mejoras, tasadas en $1’880.000.oo    más   la   corrección  monetaria.   Negó   el  juzgado  las  pretensiones  del  tercero  interviniente  ad  excludendum, tras lo cual  dispuso  que  pagara las costas del proceso y una multa de $10.000.oo, así como  los  perjuicios  que  hubiere ocasionado a las partes con su intervención. Esta  providencia  posteriormente  fue  aclarada,  en  el  sentido  de precisar que el  demandante      es      copropietario      de      la     finca     ‘La           Ortiz’.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

          Acometió   el   Tribunal   en   primer   lugar  el  estudio  de  la  intervención  ad excludendum,  para  concluir que esa demanda debía despacharse desfavorablemente, pues de las  pretensiones   impetradas,   así   como  del  interrogatorio  de  parte  y  las  declaraciones  de  testigos, se concluye que Joaquín Ruales es arrendatario del  inmueble,  esto  es, simple tenedor, por lo que su demanda no tiene cabida en el  proceso  reivindicatorio  que  gira  en  torno  a  la  propiedad  y no a la mera  tenencia.   

Pasó  luego  el ad  quem  a  analizar los cuatro elementos necesarios para  que la pretensión restitutoria tenga éxito.   

          Así,   procedió   el  Tribunal  con  el  análisis  del  folio  de  matrícula  inmobiliaria  No.  166-0015085  y  las  escrituras  aportadas con la  demanda,  para  concluir que con esos documentos se acreditó la titularidad del  demandante      como      copropietario      del      inmueble      ‘La           Ortiz’,   del  que  hace  parte  el  terreno  denominado     ‘Buenos  Aires’.   

Concluyó  luego  que  carecía  de respaldo  probatorio   la   afirmación   del  interviniente  ad  excludendum  acerca  de  que  el  folio  de matrícula  inmobiliaria    de    la   hacienda   ‘La  Ortiz’ es el  número  166-0006297, abierto el 4 de diciembre de 1978, y no el aportado por el  demandante,  abierto  el  21  de diciembre de 1983. Dijo el Tribunal que como no  aparece    segregado    el   predio   ‘Buenos  Aires’  de    la    finca    ‘La  Ortiz’, se concluye que el  demandante  es  copropietario de aquél, condición que ratificó a lo largo del  proceso,  lo  que  le  condujo  a  juzgar  si en esa calidad podía solicitar la  reivindicación.   

          Respecto  del  requisito  de  que  la  reivindicación recaiga sobre  cuota  determinada  de  cosa singular, amparado el Tribunal en jurisprudencia de  la  Corte,  señaló  que el demandante, si bien solicitó que se le restituyera  la  posesión  a  él y a los demás comuneros, su finalidad, de conformidad con  el  hecho  octavo  de  la demanda, no era otra que pedir la devolución del lote  ‘Buenos  Aires’  para  ocuparlo  con exclusión de los  demás  copropietarios, por cuanto, en su sentir, estos ya tienen en su poder el  lote  de terreno que les corresponde según la proporción de su derecho, frente  a  lo  cual, el ad quem dedujo  que  el  demandante no puede  demandar  para  sí,  como cuerpo cierto, la reivindicación de parte del predio  del  que  es  copropietario, porque la acción de dominio debe ejercerla para la  comunidad;  además  señaló  que  en  casos  en  que  se  ejercita  la acción  reivindicatoria  sobre cuotas proindiviso de una cosa singular, ella debe recaer  no  sobre  una porción física o material, sino en una cuota abstracta o ideal,  porque esa es una característica esencial de la indivisión.   

          Una   vez   que   el   Tribunal  examinó  si  el  demandado  en  la  reivindicación  era  poseedor  de la heredad, halló que tal premisa ineludible  de  la  reivindicación  faltaba,  pues  Darío  Zamora Ángel carecía de dicha  calidad  ya  que  desde  el  30 de noviembre de 1989 el inmueble fue entregado a  Elisa,  Santiago  y  Consuelo  Romero. Entonces, el demandado sólo conservó un  derecho  de crédito por mejoras, tal como se decidió judicialmente, situación  precaria  que  conocía  el  demandante  según admitió en el interrogatorio de  parte,  corroborado  por las declaraciones de Jaime Zamora Pulido, José Vicente  Romero  Rodríguez,  Oliverio  Muñoz  Cortés  y  Luis Germán Ospina Sánchez.   

A la anterior conclusión llegó el Tribunal  porque  vio  que  en  la  escritura  pública No. 1126 de 11 de junio de 1985 el  demandante  Jorge  Eliécer  Hernández  Hernández  adquirió de José Hernando  Niño  un  derecho de cuota, pero en el mismo instrumento se hizo la salvedad de  que  la  posesión,  las  mejoras  agrícolas  y  las  construcciones las había  vendido  previamente a Isabel Forero. En cabeza de ésta fueron embargadas tales  mejoras,  la  explotación económica y la posesión. En el proceso ejecutivo en  que  se  dispuso  el  embargo  se  remataron la posesión y las mejoras, las que  adquirió  entonces  Neftalí  Niño  quien  a  su  vez las vendió al demandado  Darío  Zamora.  No  obstante lo anterior, rememoró el Tribunal, el 16 de julio  de  1983  se decretó la nulidad del remate, pues la subasta recayó erradamente  sobre  el inmueble y no sobre las mejoras, por lo que el demandado fue despojado  de la posesión.   

Así  las cosas, para el juzgador de segunda  instancia  la  venta  de  la  posesión  y  mejoras  hecha  al  demandado  en la  reivindicación,  aconteció mucho tiempo después de que se decretó la nulidad  del  remate,  de  lo  cual  concluyó  que hubo venta de cosa ajena. Tras muchas  vicisitudes    judiciales,    prosiguió    el    ad  quem, acaecidas en el proceso ejecutivo en que hubo el  remate  de  las  mejoras  por  parte  del  demandado Zamora, se concluyó que la  entrega  material del inmueble hecha a Elisa, Santiago y Consuelo Romero quedaba  en  firme  y  que Darío Zamora Ángel apenas tenía un crédito por concepto de  dichas  mejoras. Con vista en la calidad final que judicialmente se reconoció a  Zamora,  demandado  en  la  reivindicación,  la  de  titular  de  un derecho de  crédito   como   mejorista,   el   Tribunal   desechó  la  posibilidad  de  la  reivindicación    pues    el    demandado    carecía    de   la   calidad   de  poseedor.   

Como  corolario  de lo anterior, el Tribunal  revocó  la  sentencia  del juzgado y en su lugar denegó las pretensiones de la  demanda.                         

                                                

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

Con fundamento en la causal 1ª del artículo  368  del C. de P. C., el recurrente formuló tres cargos contra la sentencia del  Tribunal;  los dos primeros se resolverán conjuntamente, en atención a que sus  planteamientos    pueden    decidirse    bajo    unas   mismas   consideraciones  jurídicas.   

PRIMER CARGO  

                    

Díjose  en  la demanda que la sentencia del  Tribunal  es  violatoria  de  los  artículos  946,  949,  950  y  952 del C.C.,  por  vía  indirecta,  como  consecuencia    de    error   de   hecho  manifiesto en la apreciación de la demanda, por cuanto a pesar de  existir  claridad  en las pretensiones y en los hechos, el sentenciador efectuó  una  interpretación  subjetiva,  valoró  en  exceso  el hecho octavo que tiene  apenas  carácter  circunstancial, para concluir que el demandante pretendió la  reivindicación     del    predio    ‘Buenos  Aires’  para sí mismo, con exclusión de los demás comuneros.   

                     

            Adujo  el  recurrente  en  la  sustentación  del cargo, que en la  demanda  Jorge  Hernández  Hernández  no  incluyó  como  pretensión  que  se  reconociera  su  derecho  como  comunero  a  ocupar exclusivamente y para sí el  inmueble  que  se  pretende  reivindicar,  como  se  puede verificar con la sola  lectura  de  las  peticiones contenidas en la demanda, porque en cuanto respecta  al  hecho  octavo, contiene la descripción de la cabida del predio Buenos Aires  y  la  afirmación  del demandante de que los demás copropietarios tienen en su  poder  la  extensión de terreno que les corresponde, de suerte que le asiste el  derecho  de ocupar el lote que es objeto de la reivindicación, hecho que no fue  debatido  en  la  primera  instancia, ni fue materia de pruebas solicitadas para  tal  fin.  Añadió que por su naturaleza ese hecho es circunstancial, ya que no  guarda  relación  con  los  presupuestos  de  la  acción  impetrada, ni incide  directa o indirectamente en la resolución del litigio.   

          Consideró  que  en  la  sentencia  acusada el Tribunal incurrió en  error  de  hecho  manifiesto  al  interpretar  la demanda de manera ‘subjetiva’,  con  base  en hechos que no aparecen  demostrados  en  el  proceso, y que por su naturaleza resultan irrelevantes, con  lo  que contrarió el alcance y objeto de las pretensiones formuladas. Según el  casacionista,  el  Tribunal  excedió  así  sus  facultades  y  desconoció  el  principio  de  congruencia que debe existir entre los hechos y las pretensiones,  consagrado  en el artículo 305 del C. de P. C., argumento que reforzó con cita  doctrinal.   

          Agregó   que  también  incurrió  el  ad  quem  en  error de hecho al concluir que el demandante  ejercitó  la acción reivindicatoria con exclusión de los demás comuneros con  fundamento  en  el  artículo 946 del C.C., que corresponde a la reivindicación  sobre  cosa  singular,  debiendo ejercitar la acción consagrada en el artículo  949  ib., cuando en el texto  de  la  demanda  se observa que tanto en las pretensiones como en los hechos, el  demandante  manifestó  expresamente  su  calidad  de  comunero y la voluntad de  reivindicar  para  sí y para la comunidad, “teniendo  en  cuenta  que  el  objeto  de  la  reivindicación  era  el  predio denominado  ‘Buenos Aires’,  integrante  de  la  finca LA ORTIZ,  alinderando  ambos  bienes  conforme  a  la  pretensión  D)  y el hecho 1 de la  demanda”.   

          Reiteró   el   casacionista   que   el  Tribunal  en  la  sentencia  desconoció  el  derecho  sustancial  que  tiene  el  demandante para ejercer la  acción   reivindicatoria,   en   su   calidad  de  copropietario  del  inmueble  ‘Buenos  Aires,  contra el  poseedor  de  dicho  bien al momento de presentar la demanda, de acuerdo con los  artículos  946  y 949 del Código Civil, en concordancia con los artículos 950  y   952   de  la  misma  compilación,  cuando  de  manera  clara  observó  los  presupuestos   legales   exigidos   para   esta   acción,   pues   “correspondía  al  juzgador calificar si por las características  del  bien  objeto  de reivindicación se trataba de la acción consagrada por el  Artículo  946  o el 949 del Código Civil, y viola en consecuencia tales normas  legales”.  En  criterio  del  recurrente también se  desconoció  el  derecho  del demandante como propietario reconocido legalmente,  conforme    al   artículo   669   ibidem,  en cuanto respecta al ejercicio de la facultad de goce y disfrute  del  bien,  dado que el Tribunal negó la calidad de copropietario que le había  sido reconocida en la sentencia de primera instancia.   

SEGUNDO           CARGO   

          Acusó    el    recurrente    la    sentencia    por    violación  indirecta de los artículos 946  y   952   del  C.C.  a  consecuencia  de  errores  de  hecho  manifiestos  en  la apreciación de las pruebas  que  obran  en  el expediente, lo que desembocó en la negación de su derecho a  reivindicar.   

          Manifestó  el censor que el Tribunal se equivocó al interpretar la  contestación  de  la  demanda,  así  como  los  testimonios rendidos por José  Vicente  Romero,  Oliverio Muñoz, Germán Ospina, Jaime Zamora, Consuelo Romero  y  Santiago  Romero,  pues  ellos  demuestran  que para el 28 de agosto de 1989,  fecha  en  la  cual  se  presentó la demanda, el demandado Darío Zamora Ángel  tenía la calidad de poseedor del bien a reivindicar.   

          Señaló  por  último el recurrente, que con la decisión adoptada,  el  sentenciador  de  segunda instancia violó por error manifiesto de hecho los  artículos  946,  949  y  950  del  C.C. que consagran a favor del demandante el  derecho   a  reivindicar,  a  su  favor  y  al  de  la  comunidad,  el  inmueble  ‘Buenos  Aires’.   

                     

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Sea  lo primero resaltar que el casacionista  mezcla  indebidamente  la  denuncia  por error de hecho en la apreciación de la  demanda,  con el planteamiento de incongruencia formulado bajo la afirmación de  que   hubo   transgresión  del  artículo  305  del  C.  de  P.  C.           

No obstante, el centro de gravedad del debate  reside  en  un  doble  error  atribuido  al Tribunal: primero, haber visto en la  demanda  que el demandante pidió para sí y no para la comunidad; y segundo, no  haber  reparado  que el momento de presentación de la demanda, el demandado sí  era    poseedor,   así   hubiera   perdido   tal   posesión   por   un   hecho  sobreviniente.   

Dedicada  la  Corte  a  examinar si hubo tal  desmesura  en  la interpretación de la demanda, no encuentra el desbarro que se  endilga  al  Tribunal,  pues la lectura del documento que sirvió de apertura al  juicio,  admite  extraer el sentido atribuido por el ad  quem al conjunto de hechos y pretensiones.   

El  contexto  en  que  fueron colocadas las  pretensiones  revela  que  el reivindicante positivamente reclama que la zona de  terreno  le  sea entregada a él exclusivamente, con prescindencia de los demás  comuneros,  bajo  el  argumento  de que ellos tenían ya en su poder la zona que  les  correspondía.  En  un  primer  momento  el  demandante  dijo: “Como  consecuencia  de  las  declaraciones que  anteceden se  condene  al  poseedor material Darío  Zamora Angel, a restituir a Jorge E.  Hernández  y  comuneros,  una  vez  ejecutoriada  la  sentencia,  el lote…”  , afirmación que luego vino a ser adicionada con esta  otra  “…  dejo  aclarado  que  los  copropietarios  tienen  en  su  poder  la extensión de terreno que les corresponde en relación  con  sus  derechos y aún más, por tanto el que es objeto de la reivindicación  corresponde a mi derecho para ocuparlo”.   

Vistos los elementos lingüísticos con que  se  planteó  la  pretensión, si el Tribunal entendió que el demandante pidió  para  sí  y no para la comunidad, porque puso mayor acento a la aclaración que  hizo  sobre  el  destino  de la heredad, no cometió el yerro que se le endilga,  menos  en  intensidad  tal  que exija el quiebre de la sentencia, ya que como es  sabido  para abatir un fallo que viene asistido de la presunción de legalidad y  acierto,  es  menester mostrar algo más que una hipótesis alternativa de cómo  ver  la  demanda, pues ha de probarse que la lectura hecha por el Tribunal es un  verdadero  dislate.  La  Corte  estimó  a  propósito de una demanda oscura que  “…si  bien  no es dechado de claridad en el punto,  así  permite  inferirlo  razonablemente, opacidad que no alcanza a tipificar la  falencia  denunciada,  pues  de acuerdo con la doctrina de la Corte ‘…   sólo   es   error  manifiesto,  evidente   el   que   aparece  prima  facie,  al  golpe  de  vista  (…).  Esta  característica  del  yerro  de  facto  también  la  debe tener el que consiste  precisamente  en  la  indebida interpretación de la demanda inicial del proceso  (…).  De  manera que las dudas o vacilaciones sobre  la  inteligencia  de  una  demanda  están  indicando  que la prevalencia de una  cualquiera  de  sus  aceptables  interpretaciones   no  puede  lógicamente  estimarse  como  algo manifiestamente erróneo: ni menos reconocerle virtualidad  parea   que   con   base   en  ella  pueda  casarse  una  sentencia.  (G.J.  CLXXVI,  pág.  82)” (sent. cas.  civ. de 10 de noviembre de 1999, Exp. No. 5279).   

Conclúyese  de  lo  dicho  que el reproche  atribuido  al  juzgador  de  segundo grado resulta carente de fundamento, lo que  deja  en  pie  este argumento basilar de la sentencia y como consecuencia haría  inútil  la  suerte  de la otra acusación, basada en que el Tribunal no vio que  el   demandado  era  poseedor  al  momento  en  que  se  presentó  la  demanda.   

Lo  que  verdaderamente  acontece es que el  Tribunal  formuló  un  enunciado  de  carácter  normativo, pues en realidad se  comprometió  con  la afirmación de que si el demandado en reivindicación, que  es  poseedor  al  momento  de la presentación de la demanda, inclusive hasta la  notificación  del  auto  que la admite, luego pierde esa posesión en virtud de  una   orden   judicial,   no  está  habilitado  para  controvertir  la  acción  reivindicatoria.  Dicho  en breve, según el criterio jurídico del ad  quem, el poseedor demandado que pierde  esa  calidad  por  una  orden  judicial  posterior,  padece  de  una  especie de  deslegitimación sobreviviente que frustra la reivindicación.   

Esta   regla  jurídica  elegida  por  el  Tribunal,  cuyo  acierto  o desacierto no juzga la Corte en este momento, jamás  fue  combatida  por el recurrente en casación, pues sólo se dedicó a resaltar  que  el  Tribunal  no  vio  que  el  demandado  era  poseedor para el día de la  presentación  de  la  demanda,  cuando en verdad el ad  quem  expresamente reconoció esa circunstancia, tanto,  que  la  extendió  a  un  momento  posterior,  pues  admitió  la posesión del  demandado hasta la fecha de notificación de la demanda.   

De  conformidad  con el postulado concebido  por  ese  sentenciador, resultaba intrascendente que el demandado fuera poseedor  al  momento de la presentación de la demanda, pues así se admitiera ese hecho,  como  el  Tribunal  lo  hizo,  lo  verdaderamente  relevante  para  frustrar  la  pretensión  fue  que  el  demandado  con posterioridad a la presentación de la  demanda  perdió  la  posesión  en  virtud  de  una orden judicial en la que se  resolvió    que    no    era   verdadero   poseedor   sino   que   “solo  tenía  un  derecho de crédito”  (folio 103 cuaderno 10).   

         Teniendo  en  cuenta las consideraciones expuestas, no prosperan los  cargos.   

TERCER CARGO  

         Consideró  el censor que la sentencia del Tribunal es violatoria de  la   ley  sustancial  por  vía  indirecta    a   consecuencia   de   errores   de  derecho  en la aplicación del artículo 252 del C. de  P.  C.,  y  por falta de aplicación de los artículos 756, 765, 946, 949, 950 y  1857  del  Código Civil, y del artículo 13 del Decreto 960 de 1970, por cuanto  el  demandante  en  el  proceso  aportó la escritura pública No. 1126 de 11 de  julio  de  1985 de la Notaría 12 de Bogotá, debidamente inscrita, que acredita  su  calidad  de  copropietario, a pesar de lo cual el fallo impugnado revocó el  numeral  1º  de la sentencia de primera instancia que lo había reconocido como  tal    respecto    del    inmueble    ‘La  Ortiz’, y lo  legitimaba  para ejercer la acción reivindicatoria sobre el predio ‘Buenos         Aires’,  a  favor  suyo  y  de  la comunidad.   

         Manifestó  el  recurrente  que según lo dispuesto por el artículo  1857  del  C.C.,  la  venta  de  inmuebles  sólo  se  reputa  perfecta  con  el  otorgamiento  de  la respectiva escritura pública, que, según el artículo 765  ib.,  constituye título válido para que mediante el modo de la tradición, una  persona  pueda  adquirir  el  derecho  real  de  dominio a título singular o en  comunidad,   documento  público  cobijado  con  la  presunción  de  certeza  y  autenticidad.   

         Señaló  que  según  los  artículos  946,  949 y 950 in   fine,   la  acción  reivindicatoria  corresponde  al  copropietario para que el poseedor de todo o parte del inmueble  sea  condenado  a restituirlo a favor de la comunidad, pero en el presente caso,  a  pesar  de  que  el  Tribunal  reconoció  la  calidad  de  copropietario  del  demandante,  en  la  parte  resolutiva del fallo la negó, al revocar el numeral  1º  de  la  sentencia  del  juzgado,  decisión  que  representa una ostensible  violación  de  los  derechos  que  le  fueron  reconocidos  en  su  calidad  de  copropietario del predio objeto de la reivindicación.   

         Agregó  el  censor  que  por  falta  de  aplicación  de las normas  señaladas,  el  sentenciador  desconoció  los  efectos  jurídicos del título  inscrito  a  favor  del  demandante,  pues  si  las hubiera aplicado, no habría  revocado  el  numeral  1º  de la sentencia, sin perjuicio de la prosperidad que  pudieran tener las demás pretensiones de la demanda.   

CONSIDERACIONES  

        Baste  para el despacho del cargo tomar en cuenta que no es verdad,  como  se  dice  en  el  cargo, que el Tribunal negó al demandante la calidad de  copropietario,  pues  en  el fallo puede leerse: “En  ese  orden  de ideas y al no aparecer segregada la finca denominada ‘Buenos        Aires’  del  predio denominado ‘La          Ortiz’,   ha  de  concluirse  que  el demandante es copropietario…”  (subraya         la         Corte).   

Ahora bien, si el actor se duele porque el  fracaso  de  la  reivindicación supuso revocar la declaración de dueño que en  primera  instancia  se  había hecho, es de ver que tal declaración resulta ser  innecesaria.  La Corte ha precisado, en relación con la acción reivindicatoria  -y  el dominio que ella supone-, que no es imprescindible que en la sentencia se  declare  al  demandante  como  dueño,  pues tal condición es en este caso, una  premisa  o  dato  fáctico necesario como presupuesto de la reivindicación y no  el  objeto  de  la  pretensión  misma. Quien llega al estrado para reivindicar,  debe  venir investido de la calidad de dueño, esa es una condición inherente a  la  reivindicación que antecede a la prosperidad de la súplica, que se expresa  como  exigencia  probatoria,  y  no  nace  de  la sentencia misma, en ella no se  declara  al  demandante  dueño,  sino  que se tiene por demostrado que lo es. A  propósito  de  un caso semejante dijo la Corte: “Si  el  proceso  no  tenía como fin radicar en cabeza de la parte actora el derecho  de  dominio sobre la totalidad del predio …o de parte del mismo, sino condenar  a  la  demandada  a  restituir  el  bien  perseguido,  una  vez  verificados los  presupuestos   materiales   para   la  sentencia  favorable  al  demandante,  la  declaración  de  dominio  como parte integrante del pronunciamiento judicial no  tenía  ninguna  incidencia  con  respecto a la orden de restitución, porque si  bien  para  tal  efecto, como ya se anotó, es requisito indispensable acreditar  que  el  demandante  es  dueño  de  la cosa, tal circunstancia no significa que  necesariamente  la  orden  de  restitución  tenga  que estar precedida de dicha  declaración,  pues,  como  desde  antaño  viene sosteniendo la jurisprudencia,  ‘quien  establece  una  acción  reivindicatoria  no  está obligado a pedir que se le declare dueño de  la  cosa  que  reivindica,  sino  que le basta probar que lo es; el carácter de  propietario   es   más  materia  de  un  hecho  que  de  una  petición  en  la  demanda’ (G.J. Tomo LXXV,  pág.  528,  sentencia  de  9  de julio de 1953, reiterada en sentencia de 24 de  febrero  de 1995, G.J. Tomo CCXXXIV, pág. 320). Una pretensión de esa estirpe,  como  claramente  se  sabe,  tendría  respuesta de ser ésta afirmativa, en una  sentencia  netamente  declarativa,  que  como  tal  se  limita  a  verificar  la  existencia  del  derecho  en  el  patrimonio  del  demandante,  como causa de la  pretensión”.    1   

                   

Además  de  lo  anterior,  la  calidad de  propietario  del demandante, invocada en la demanda y acreditada a través de la  escritura  pública No. 1126 de 11 de junio de 1985 de la Notaría 12 de Bogotá  y  el  certificado de tradición y libertad número 166-0115085, en nada cambian  por  la  revocación  de  aquella  parte  de la sentencia que tuvo por dueño al  demandante,  pues el dominio que ostenta se deriva de los títulos presentados y  no de la decisión judicial que al respecto nada añadía.   

         Por  lo  tanto, es menester indicar que el discurso del censor ha de  mirarse  como  un  esfuerzo  estéril  para  quebrar  la  decisión  de  segunda  instancia.   

         

        Por  lo  expuesto,  no prospera el cargo.                                  

DECISIÓN  

         En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad  de  la ley, NO CASA  la  sentencia  proferida  el  27 de enero de 1999 por la Sala Civil del Tribunal  Superior   del   Distrito   Judicial   de   Bogotá   en  el  proceso  ordinario  reivindicatorio  de  Jorge  Eliécer  Hernández Hernández contra Darío Zamora  Ángel.   

         Condénase  al  demandante recurrente al pago de las costas causadas  en el trámite del recurso. Tásense.   

Cópiese, notifíquese y vuelva al Tribunal  de origen.   

         

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE    

1 Cas.  Civil. Sent. de 2 de junio de 2000. Exp. #5275.     

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