SC 194 2005 [4268]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-194-2005 [4268]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado Ponente:  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

Bogotá Distrito Capital,  veintiocho (28) de julio de dos mil cinco (2005).   

Ref:  Expediente No. 4268   

                      Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  formulado  por  los  demandados  Anayibe   Torres   Casallas,  Guillermo  Torres  Araujo,  Enio  Eliécer  y  Edgar  Torres Pérez,  Norys  María,  Marcela y Martha Leonor Torres López, Mary Cruz, Rocío, Eduber  Manuel,  Leonardo,  José  Ricardo  y  Angélica  Torres  Gutiérrez,  contra  la  sentencia del 14 de octubre de 1999, proferida por la  Sala  Civil  Familia  del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Valledupar,  dentro  del  proceso  ordinario adelantado por Maribeth  Martínez   Mejía,  frente  a  los  recurrentes  y  a  Dayana,    Yalena    Patricia   y   Vanessa   Torres  Martínez,  todos ellos como herederos determinados de  LEONARDO  TORRES  QUIROZ.  Al  proceso  también fueron convocados los herederos  indeterminados del mencionado causante.   

A N T E C E D E N T E S:  

                   1. Impetró la  demandante  que  se  declarara que entre ella y el finado LEONARDO MANUEL TORRES  QUIROZ,  existió  unión  marital  de  hecho;  y  que  por haber fallecido este  último  el  21  de  octubre  de  1994,  debía  ordenarse la liquidación de la  sociedad patrimonial producto de dicha unión.   

                     2. Sustentó  esos  pedimentos  en  los supuestos fácticos que bien pueden compendiarse de la  siguiente forma:   

                        LEONARDO  MANUEL   TORRES   QUIROZ  hizo  vida  marital,  permanente  y  singular  con  la  demandante,  desde  1972  hasta  el  día de su fallecimiento, ocurrido el 21 de  octubre  de  1994,  sin  que  entre  ellos  existiera  impedimento para contraer  matrimonio,  unión  de  la  cual nacieron Vanessa Milena, Dayana Merle y Yalene  Patricia  Torres  Martínez.  Es  conocido  por todos en el Municipio de la Paz,  domicilio  de  la  pareja, que “no obstante ser el hogar del señor Torres, la  casa  que desde hacía veintidós (22) años mantenía con mi poderdante, él no  desatendió  a  sus  otros  hijos,  fueran  mayores  o  menores de edad”. Para  finalizar  señaló  la demandante que circunscribía su reclamación a aquellos  bienes  adquiridos por el mencionado causante con posterioridad a la vigencia de  la ley 54 de 1990, los cuales se ocupa de relacionar.   

                    2. La demanda  fue  presentada  el  2  de junio de 1995 y admitida por auto del 2 de octubre de  ese  mismo  año,  notificado  por estado dos días después. Para comunicarle a  los  demandados  esa  determinación,  se  libró  despacho comisorio al Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  la  Paz,  cuyo  notificador  los citó al despacho del  Juzgado  para tal efecto, habiendo firmado varios de ellos el acta de citación,  sin  que,  de  todas  formas,  hubiesen comparecido para los fines indicados. De  regreso  el  comisorio  al Juzgado de conocimiento, ordenó este la fijación de  edicto  emplazatorio  de quienes “no se notificaron” y de todas las personas  que  se  creyeren con derecho a intervenir; aportada la publicación respectiva,  decretó  la  nulidad  de  lo actuado por haberse emplazado a los interesados de  manera  indeterminada,  dejando  de hacerlo respecto de los demandados Guillermo  Luis  Torres  Araujo,   Anayibe  Torres  Casallas, Dayana y Yalena Patricia  Torres Martínez, Marcela y Maria Leonor Torres López.   

                      Así mismo,  por  petición  del  actor,  se  libró  nuevo  despacho  comisorio  al  Juzgado  Promiscuo  de  la  paz, para que se notificasen los demandados Mary Cruz, Eduber  Manuel,  José  Ricardo  y  Angélica  Torres  Gutiérrez,  Enio Eliecer y Edgar  Torres  Pérez;  Norys  Maria  y  Maria Marcela López Torres, “que recibieron  boleta  de  comparendo y no concurrieron” a notificarse. En fin, entre el 27 y  el  28  de  mayo  de  1996  fueron  notificados todos ellos, excepción hecha de  Angélica   Torres   Gutiérrez,   y   quienes   propusieron  la  excepción  de  prescripción,  medio  exceptivo  al que, posteriormente, esta última adhirió.   

                    Por su parte,  las   demandadas   Vanessa  y  Dayane  Merle  Torres  Martínez  se  notificaron  personalmente  de  dicha  providencia  el  12  de  enero  de  1996  y en escrito  posterior  se  allanaron  a  los pedimentos de la demanda, no sin haber dado por  ciertos  los  hechos en ella aducidos. A su vez, el curador ad litem de la menor  Yalena  Patricia  Torres,  quien  fue  enterado de dicho auto el 6 de febrero de  1996, dijo atenerse a lo probado en el proceso.   

                       3.  A  la  primera  instancia  puso  fin  el  Juzgado  Segundo  de  Familia  de Valledupar,  mediante  sentencia  estimatoria de las pretensiones de la demanda y denegatoria  de  la aludida excepción, decisión confirmada por el sentenciador ad  quem  mediante  la  providencia ahora  impugnada en casación.   

LA     SENTENCIA  RECURRIDA   

Abordó primeramente el Tribunal, el examen de  la  imputación  del  apelante  consistente en que el fallo apelado contiene una  decisión  extrapetita, por  haberse  declarado  la  existencia  de  la sociedad patrimonial, sin que mediase  solicitud  en  tal  sentido,  punto  respecto del cual destacó que la decisión  impugnada  estaba fundada en la petición de la demanda en la que se reclamó la  declaración  de existencia de la unión marital de hecho con el difunto, motivo  por  el  cual,  “sin  necesidad  de  esfuerzo  alguno se infiere que lo que se  demanda  es  la  declaratoria  de  existencia  de  la  sociedad formada entre la  señora  Maribeth  Josefina Martínez Mejía y el extinto Leonardo Manuel Torres  Quiroz”,  a  consecuencia  de  lo cual se impone su disolución y consiguiente  liquidación.   

Relativamente   a   la  denegación  de  la  excepción  de  prescripción,  cuya  prosperidad fincan los apelantes en que la  demanda  no  logró  interrumpirla, mientras que para el Juzgado “no (sic.) se  dio  tal interrupción” porque la demora en la notificación está justificada  en  que  los  demandados  no  concurrieron  cuando  fueron citados para tal fin,  además   que   dicha  diligencia  se  atrasó  por  la  nulidad  posteriormente  decretada,  se  mostró partidario el Tribunal  “de la tesis esbozada por  la   a  quo,  toda  vez  que  a  nadie  se le permite alegar en su favor su propia  negligencia  o  culpa.   En  efecto, admitir que se operó la prescripción  porque   el  término  no  se  interrumpió  debido  a  que  los  demandados  no  concurrieron  al  estrado  con  fines  de  notificarlos,  sería  premiarles  su  conducta   y   permitirles    que  se  invocaran  (sic)  en  su  favor  una  circunstancia  por  ellos  creada.   Esta  la razón para evitar que saquen  provecho  de  su  propio  accionar, es decir, pasar el tiempo si (sic) acudir al  notificatorio  para  luego  alegar  en  su  favor,  la  posible  omisión  de la  demandante  en  procurar  la  aludida  notificación;  omisión  que  tampoco es  ostensible  porque  el  apoderado  de  esa  parte solicitó la notificación por  conducto    de   curador   ad   litem,   y lo cual se dispuso en tiempo oportuno”   

Acotó,  así  mismo  que,  sin necesidad de  entrar  en  “disquisiciones  bizantinas”,  es indiferente que el juzgador de  primer  grado  hubiese  traído a colación el término caducidad al glosar a la  Corte,  pues lo cierto es que la prescripción “no tiene cabida en el presente  escenario  por no darse los presupuestos para su configuración”, toda vez que  conforme  al  artículo  90 del Código de Procedimiento Civil, la presentación  de  la demanda interrumpe el término para la prescripción, siempre que el auto  admisorio  se  notifique  al  demandado dentro de los 120 días, siguientes a la  notificación  al  demandado  de tal providencia, y aunque en el presente asunto  “se  logró” notificar a los demandados pasados esos 120 días, la verdad es  que  “dentro  de  ese  interregno  se  pidió  se hiciera la notificación por  curador       ad  litem”,   lo que así  se ordenó y se logró realizar.   

“Además,  no  se  le  puede  exigir  a la  accionante  que obtuviera la aludida notificación dentro del término referido,  puesto  que  la  tardanza  obedeció  a errores judiciales que son imputables al  estrado,  pero  no  a  la  demandante,  tal  como ocurrió con la nulidad que se  declaró  por  la  defectuosa notificación a los demandados; razón por la cual  la  desidia  no  fue  del  sector  postulante  y,  de  ahí  que no se operó la  prescripción  porque  el  término  fue interrumpido con la presentación de la  demanda”.    

LA    DEMANDA   DE  CASACION   

                     En el único  cargo  que  ella  contiene,  trazado con apoyo en la primera causal de casación  contemplada  en el artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, se acusa la  sentencia   recurrida  de  ser  indirectamente  violatoria,  a  consecuencia  de  “graves  y  trascendentes errores de hecho en la interpretación de la demanda  y  en  la  valoración  del  material  probatorio”,  de  los artículos 90 del  Código  de  Procedimiento  Civil, 1781 y 1821 del Código Civil, 1º, 2º y 7º  de  la  Ley 54 de 1990 por aplicación indebida; y artículos 118 del Código de  Procedimiento  Civil,  2512  y 2535 del Código Civil y 8º de la Ley 54 de 1990  por falta de aplicación.   

                     El principal  error  de  hecho  cometido  por  el  Tribunal,  de  suyo  grave  y trascendente,  consistió   en   haber   concluido   que  la  demanda  había  interrumpido  la  prescripción,  cuando  en  realidad  no  lo  hizo,  lo cual se desprende de las  siguientes   circunstancias   “que  configuran  plena  contraevidencia  de  la  apreciación” del fallador:   

                   La demanda fue  admitida  el  2 de octubre de 1995 y notificada a la demandante por estado del 4  de  octubre  siguiente  (folio  67 Cuaderno Principal); en consecuencia, los 120  días  hábiles previstos en el artículo 90 del Código de Procedimiento Civil,  corrieron  hasta  el  25  de abril de 1996, ya descontados los días de vacancia  judicial  (sábados,  domingos,  feriados,  vacaciones  en diciembre y en Semana  Santa).   En  el  expediente  aparece  que las notificaciones personales de  numerosos  demandados,  se  produjeron  únicamente  a  partir del 27 de mayo de  1996,  o  sea  mucho  después  de  vencido  el  término señalado, tal como lo  reconocen expresamente tanto el Juzgado como el Tribunal.   

                      “…  Es  importante  referir  que  el  27 de diciembre de 1995 la demandante solicitó el  emplazamiento  de  los  demandados (folio 69 Ib.), actuación que posteriormente  fue  declarada nula por auto del 20 de marzo de 1996 (folios 92 y 93 Ib.) por no  figurar  tales  demandados  en el emplazamiento por la prensa y por la radio”;  sin  embargo,  el responsable de la ineficacia de esa actuación es el apoderado  de  la  parte  demandante,  quien a pesar de haber tenido en sus manos el edicto  emplazatorio,  no  advirtió  que  allí  no  se  citaba  específicamente a los  demandados  sino a personas anónimas e indeterminadas (folio 69  ibídem).  Luego  esa  nulidad no se produjo por culpa de los demandados, quienes no tienen  responsabilidad  en  la  demora,  al punto que solamente por auto del 15 de mayo  siguiente  se ordenó dicho emplazamiento, a la vez que se comisionó al Juzgado  Promiscuo  de  la  Paz  para  notificar  a  quienes  les  fue  enviada boleta de  citación, la firmaron pero no comparecieron.   

                      Muestra el  proceso,  añade,  que los 120 días previstos en el artículo 90 del Código de  Procedimiento  Civil, contados a partir del 5 de octubre de 1995, se completaron  después  del  25  de abril de ese año, fecha para la cual la demanda no estaba  aún  notificada,  “en  contra de la grave equivocación fáctica del Tribunal  al  respecto”.  Inclusive,  éste  “reconoce que la notificación se produjo  después  de  transcurridos los 120 días en cuestión”, y en el mismo sentido  se   pronunció   el   Juzgado   a   quo,  el  cual  concluyó  que  la  demora  no  fue culpa de la actora,  apreciación  que  se  desvirtúa  si se considera que ésta solamente solicitó  tal  notificación  el  9  de  mayo de 1996, lo que dio lugar a la remisión del  despacho   comisorio   dirigido   al   Juzgado   promiscuo   Municipal   de   la  Paz.   

                     “De manera  que  la  incuria no fue del Juzgado sino de la propia demandante, quien teniendo  ya  demanda  presentada  y  aceptada  desde  el  2  de octubre de 1995, se tomó  prácticamente  siete meses sin haber logrado notificar a los demandados el auto  admisorio  de  la  misma, lo que exonera de toda culpa a los demandados, pues es  obvio  que si hubiera empleado suficiente diligencia del 5 de octubre de 1995 en  adelante,  hubiera  obtenido  la notificación de los demandados en tiempo y no,  como  ocurrió  en  este caso, que por desidia de la demandante y de nadie más,  sólo  vinieron  a  ser  notificados  después de los 120 días en cuestión”.   

                       Luego  es  inexacto,  prosigue,  que la actora hubiese intentado efectuar oportunamente las  notificaciones,  porque  solamente  después  de transcurrido dicho plazo de 120  días tomó la tardía iniciativa de promoverlas.   

                    Es importante  recordar,  acota,  que  conforme a lo dispuesto por el artículo 118 del Código  de  Procedimiento  Civil,  los  términos  y  oportunidades  procesales  en  él  señalados  son,  salvo disposición en contrario, perentorios e improrrogables,  “y  no  existe disposición que permita prorrogar el término de notificación  de  la  demanda  para  interrumpir  la  prescripción, como con notorio error de  hecho  lo  estima  el sentenciador, luego los 120 días que al efecto señala la  ley  son  perentorios  y  si  se  rebasan,  la  presentación  de  la demanda no  interrumpe  la  prescripción,  contra la grave y errónea apreciación fáctica  del  Tribunal  en  sentido contrario”. Por tanto, contando en el presente caso  únicamente  los días hábiles del 5 de octubre de 1995 en adelante, se observa  que  el  aludido término venció el 25 de abril de 1996, “ni un día más”,  luego  la  “notificación  de  la demanda” que, como ya se dijo fue bastante  posterior,     no     tiene     efecto     alguno     para     interrumpir    la  prescripción.   

                      Los graves  errores  de  hecho  que  se  le  imputan  al  sentenciador consisten “en haber  extendido  a  su  voluntad  el  plazo  legalmente  perentorio  para notificar la  demanda  y, en segundo lugar, en haber considerado que tal notificación se hizo  en  tiempo  oportuno a la luz de la ley”; o sea, en resumen, el yerro fáctico  del  Juzgador  radicó  en tener por efectuada en tiempo la notificación de los  demandados,  contra  la  evidencia  del  proceso,  y en considerar que se había  interrumpido  la  prescripción.               

                           Para  finalizar,   asentó   el   recurrente   algunas   reflexiones  relativas  a  la  trascendencia  de los errores denunciados, pues, destaca, condujeron al Tribunal  a  quebrantar  el  artículo  90 del Código de Procedimiento Civil al tener por  interrumpida  la  prescripción,  sin estarlo, así como los artículos 1 y 2 de  la  ley 54 de 1990 y los artículos 1781 y 1821 del Código Civil, los cuales no  debió   aplicar   por  estar  prescrita  la  acción.  Tampoco  hizo  obrar  la  disposición  del  artículo  118  del Código de Procedimiento Civil, porque el  término  del artículo 90 es legal y, por ende improrrogable como lo prevé esa  disposición.  Por  último  el artículo 8 de la precitada ley establece que la  acción   de   disolución   y   liquidación   de   la   sociedad   patrimonial  prescribe   en  un  año  contado,  en  este caso, a partir de la muerte de  LEONARDO TORRES, prescripción que ya tuvo lugar.   

         

S E   C O N S I D  E R A   

                      1. Como es  palpable,  el  censor,  quien perfiló su acusación por la vía indirecta de la  causal  primera  de  casación,  se  circunscribió  a  establecer  sus  propias  conclusiones  sobre  algunos aspectos fácticos del litigio, pero sin detenerse,  como  era  lo  debido,  a  trazar  una  confrontación  recta  e integral de los  argumentos  aducidos  por  el Tribunal para negar la excepción de prescripción  alegada  por  la parte demandada, única cuestión que suscitó su inconformidad  con la sentencia recurrida.   

                   Es diáfano en  el  fallo  recurrido, en efecto, que el Tribunal se dijo partidario, “…de la  tesis    encabezada    por    la   a-quo  toda  vez  que  a nadie se le permite alegar en su favor su propia  negligencia  o  culpa.   En  efecto, admitir que se operó la prescripción  porque   el  término  no  se  interrumpió  debido  a  que  los  demandados  no  concurrieron  al  estrado  con  fines  de  notificarlos,  sería  premiarles  su  conducta  y permitirles  que se invocaran en su favor una circunstancia por  ellos  creada.  Esta la razón para evitar que saquen provecho de su propio  accionar,  es  decir,  dejar  pasar  el tiempo si (sic.) acudir al notificatorio  para  luego alegar en su favor, la posible omisión de la demandante en procurar  la   aludida  notificación;  omisión  que  tampoco  es  ostensible  porque  el  apoderado  de  esa  parte  solicitó  la  notificación  por conducto de curador  ad  litem,  y  lo  cual  se  dispuso en tiempo oportuno”.   

                          Reluce  palmario,  por  consiguiente,  que  a pesar de que esa consideración constituye  uno  de los soportes fundamentales del juicio del Tribunal, muy probablemente su  arco  toral,  argumento  del  cual  parece  apartarse  únicamente  uno  de  los  Magistrados  que  aclaró su voto, empero, se decía no obstante su importancia,  se  abstuvo  el  recurrente  de enfilar una acusación derechamente enderezada a  resquebrajarla;  por  supuesto  que  en  los  términos  en que ese discurso fue  esbozado,  incumbía  a la censura, ora socavar los supuestos de hecho sobre los  cuales  se  edifica, relativos, como es tangible, a enervar los reproches que en  punto   de   su  notificación  el  juzgador  les  enrostra  a  los  demandados,  particularmente,  que  firmaron  el oficio por medio del cual el comisionado los  citó  a  que  comparecieran  a  notificarse  del  auto admisorio de la demanda,  citación  que  desidiosamente  se  abstuvieron  de  cumplir;  o  ya, desde otra  perspectiva,  a  cuestionar  la tesis jurídica que a partir de esas inferencias  fácticas  desenvolvió  el  Tribunal,  criterio  que  lo condujo a aseverar, en  desarrollo  de  la  regla “nemo auditur turpitudinem  allegans  potest”,  que  los  demandados  no podían  beneficiarse  de  su  propia negligencia. Empero, en ningún de esos sentidos se  movió  el  censor,  quien, por el contrario, se aplicó tozudamente a demostrar  algo  que  el juzgador ad quem  tuvo  muy claro, esto es, que la notificación de los demandados se realizó una  vez  vencido  el plazo previsto en el artículo 120 del Código de Procedimiento  Civil.    

                     Y si bien el  recurrente,  sin  abandonar  la  vía  indirecta  que  le  sirve  de  cauce a su  argumentación,  lacónicamente  se  dolió  de que, en su entender, por mandato  del  artículo 118 del Código de Procedimiento Civil, el término de 120 días,  previsto   en  el  artículo  90  ejusdem,   es   improrrogable  “y  no  existe  disposición  que  permita  prorrogar  el  término  de  notificación  de  la  demanda  para interrumpir la  prescripción,  como  en notorio error de hecho lo estima el sentenciador…”,  tal  elucidación,  de  por  sí  parca  y  etérea, no envuelve una refutación  franca  y fundamentada de las reflexiones jurídicas asentadas en la materia por  el  fallador,  atañederas,  como  es  evidente, con el discernimiento que, a su  juicio,  corresponde a las normas reguladoras de la interrupción judicial de la  prescripción,  elucidación que, subsecuentemente, debió confutarse, frontal y  cabalmente,  en el ámbito correspondiente. No sobra subrayar, en todo caso, que  el  Tribunal  negó  la  excepción  de  prescripción  con  sustento en que los  demandados  no  podían  aducir en su favor su propia negligencia, raciocinio en  el  que  no  aludió  a una eventual prórroga del término legal, razón por la  cual  la  tímida  imputación  del  recurrente  en  ese  sentido no comporta un  cuestionamiento  del argumento nuclear del sentenciador.       

                      2.  Por lo  demás,  olvidó  el  impugnante  que al haber optado por perfilar su acusación  por  la  vía indirecta de la causal primera, le incumbía, con miras a asegurar  el  éxito  de  su  empresa,  enunciar  y  demostrar  los  errores  facti  in  judicando que hubiere cometido  el  sentenciador  al  desatar  el  litigio, estándole vedado, subsecuentemente,  circunscribirse  a  disentir  de  los  razonamientos  aducidos  por el fallador,  adosando  su divergencia con algunas reflexiones que la sustentasen. Es palmario  que  el  recurrente  se  abstuvo  de  individualizar  y demostrar los errores de  apreciación  probatoria  en  los que hubiese incurrido el sentenciador, pues es  esa  la  faena  a  la  que  se  compromete quien sustenta su impugnación por la  señalada  vía  de  la  causal primera de casación. No existe en la censura el  señalamiento  puntual y específico de los yerros fácticos que se le atribuyen  al  sentenciador,  ni  la  correspondiente  demostración de los mismos, pues la  verdad  es  que  el cargo se desenvuelve de manera similar a un  alegato de  instancia,  en  abierto  desdén  por  las  exigencias  técnicas  que  el mismo  reclama.   

                   De modo, pues,  que no se abre paso la censura.   

D E C I S I O N  

                             En  mérito  de  lo  expuesto,  la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de  la  República  y  por autoridad de la ley, NO CASA  la  sentencia  del  14  de  octubre  de  1999, proferida por la Sala Civil Familia del Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Valledupar,  dentro  del  proceso ordinario al que se ha  hecho     mención.                      

                      Costas a  cargo de la parte recurrente.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁSQUEZ   

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE    

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