SC 209 2005 [1100131030211995 09714 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-209-2005 [1100131030211995-09714-01]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

Magistrado  Ponente   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

Bogotá  D.  C.,  doce  de  agosto de dos mil  cinco   

Ref.    Exp.    No.  11001-31-03-021-1995-09714-01   

Se decide el recurso de casación interpuesto  por  la  ‘Sociedad Cárdenas  Barrero  Ltda.’  contra la  sentencia  de  27 de diciembre de 2000, proferida por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de Bogotá, que clausuró el proceso ordinario  promovido  por  Camilo  Alberto  Ortega  Pizano  contra  la sociedad recurrente,  Gregorio  Cárdenas  Roncancio, Gilma Barrero de Cárdenas, Zolia Stella Pacheco  Ulloa y Luis Eduardo Clavijo Moreno.   

ANTECEDENTES  

1.            En  la  demanda que abrió el proceso se  pidió  declarar  que los demandados son solidaria y civilmente responsables por  los  daños ocasionados con la construcción del edificio de la diagonal 60A No.  22-00/04  de  esta  ciudad,  aledaño  a  la propiedad del demandante; del mismo  modo,  se solicitó condenar a los demandados a resarcir el daño emergente y el  lucro  cesante,  conforme a la estimación pericial que habría de hacerse en el  proceso.   

2.             Como   causa  petendi,  el  demandante  argumentó  que su inmueble,  ubicado  en  la  diagonal 60A No. 22-10/14, se vio afectado con la construcción  del  edificio  contiguo,  de  seis  pisos  de altura y un sótano, levantado con  intervención  de  la  arquitecta  proyectista  Zolia Stella Pacheco Ulloa y del  ingeniero  calculista  Luis  Eduardo  Clavijo  Moreno,  bien  asentado sobre los  terrenos  propiedad  de  la  Sociedad  Cárdenas Barrero Ltda., cuyos socios son  Gregorio  Cárdenas  Roncancio  y  Gilma Barrero de Cárdenas. Según relató el  demandante,  la  edificación  de  su  propiedad  vio  modificado  su equilibrio  estructural  y  perdió  estabilidad a raíz del asentimiento del edificio nuevo  levantado  por los demandados en la diagonal 60A No. 22-00/04, lo que generó el  deterioró  definitivo  de  aquel,  a  tal  punto,  que  hoy debe ser demolida y  construida nuevamente.   

Como secuela de lo sucedido, en abril de 1994  se  vio  obligado  a  abandonar su casa, hoy reside en una alquilada, además de  que  respecto  de  la  casa  abandonada  debió  seguir  pagando  los  servicios  públicos y la vigilancia.   

3.             Los   demandados  se  opusieron  a  la  prosperidad  de  las  pretensiones,  dijeron  ignorar los hechos alegados por el  demandante y se atuvieron a lo que fuera demostrado en el proceso.   

                                                                  

4.               El    a  quo  halló  configurada  la  responsabilidad  de  los  demandados,  en  consecuencia  los  condenó  a  pagar  las  siguientes sumas de  dinero:  a)  $39’488.524,86   por   concepto  de  daño  emergente  representado  en  los cánones de arrendamiento que se vio obligado a  cubrir    el   demandante,   más   $4’437.280,51  correspondientes  a la actualización del anterior monto  hasta   la   fecha   de  la  sentencia  de  primer  grado,  hasta  un  total  de  $44’371.280,51;  b)     $5’198.131   por   los  salarios  que  el  demandante   pagó   con  motivo  de  la  vigilancia  del  predio;  c)              $1’035.012.oo   correspondientes   a  los  servicios    públicos    pagados    por    el    demandante;   y   d)             $47’443.333  valor  de  las  reparaciones a  efectuar al inmueble de la diagonal 60A No. 22-10/14.   

5.            Los demandados apelaron la sentencia, en  lo  de  su  cargo  la  Sala Civil del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Bogotá  modificó  parcialmente  el  fallo  de  primer  grado,  absolvió a los  demandados  Zolia  Stella  Pacheco  Ulloa, Luis Eduardo Clavijo Moreno, Gregorio  Cárdenas  Roncancio  y  a  Gilma  Barrero  de  Cárdenas,  también  redujo las  condenas   impuestas  a  la  Sociedad  Cárdenas  Barrera  Ltda.,  cuya  condena  ratificó.   

LA   SENTENCIA   DEL  TRIBUNAL   

1.             El  Tribunal,  con  fundamento  en  el  artículo  2356 del Código Civil y bajo el entendido de que la construcción de  edificios  es  una  actividad  peligrosa, dio por establecida la responsabilidad  civil  cuya  declaración  se  solicitó  en la demanda, sólo que se abstuvo de  extenderla  a  los  demandados Zolia Stella Pacheco Ulloa y Luis Eduardo Clavijo  Moreno,  arquitecta  proyectista  e  ingeniero  calculista respectivamente, pues  según  anotó,  no  se  demostró  que  los  daños padecidos por el demandante  fueran   producto   del   indebido   cálculo,  proyección  o  planeación  del  edificio.   

2.            El Tribunal exoneró a Gregorio Cárdenas  Roncancio   y   a   Gilma  Barrero  de  Cárdenas,  socios  de  la  ‘Sociedad      Cárdenas     Barrero  Ltda.’,  al  amparo  del  argumento  de  que  esta  última  era  una  persona  jurídica diferente de sus  integrantes,  a quienes por ende no se comunicaba la responsabilidad originada a  raíz  de  la  construcción  levantada  en  el  predio  de  la diagonal 60A No.  22-00/04.   

3.             En   cuanto   a   las  indemnizaciones  reclamadas,  el  Tribunal  revocó  las  condenas relativas al pago de servicios  públicos  y  celaduría  que  dijo haber hecho el demandante, la primera porque  consideró  que  existían  mecanismos  para evitar el cobro de los cargos fijos  que  pudieron  gravar  con  exceso  al  propietario  del inmueble, y la segunda,  porque    no    fueron    probados   los   gastos   hechos   por   concepto   de  vigilancia.   

          4.        Para  el  Tribunal, en últimas, sólo resultó de recibo la condena  contra    la   ‘Sociedad  Cárdenas  Barrero  Ltda.’  por      la      suma     de     $39’488.524,86  “por concepto de los cánones  de  arrendamiento  que  ha  tenido  que  sufragar  -el  demandante-     al     no    poder    habitar    su  inmueble”,  suma  que  ordenó  indexar “desde  su  causación, hasta el día en que se verifique su pago,  conforme  al  índice  de Precios al Consumidor más una tasa de interés del 6%  anual”,  a  lo  cual  se  agregaron  $47’443.333,00  que representa “el  costo  de  las  reparaciones  del  inmueble  de propiedad del  actor”.   

El casacionista formuló dos cargos contra la  sentencia  del  Tribunal,  con  arraigo  en  las  causales  cuarta y segunda del  artículo 368 del C. de P. C.   

PRIMER  CARGO   

          Se  acusó  la  sentencia del Tribunal de quebrantar el principio de  la  no  reformatio  in  pejus  contemplado  en  el  artículo 357 del C. de P. C., pues aunque el demandante no  apeló,  con  lo  cual  consintió el sentido del fallo de primera instancia, el  ad   quem   impuso   a  la  demandada,  recurrente  en  solitario,  condenas  adicionales  por  concepto  de  indexación  e  intereses legales sobre los cánones de arrendamiento reclamados  en  la  demanda,  situación que hizo “más gravosa a  la  parte  demandada apelante, si se tiene en cuenta que en el momento en que se  interpuso  el  recurso  de casación, – tales condenas-  ascendían   a   las   sumas   de   $19.013.708.88  y  $7.974.805.00, respectivamente “.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.            La  demandada  en  el  proceso  y  ahora  demandante  en  casación,  planteó  nítidamente que el Tribunal al desatar la  apelación   que   ella  -y  sólo  ella-  interpuso  contra  la  sentencia  del  a  quo,  impuso dos condenas  adicionales  que  no  fueron  contempladas  por el juzgado de primera instancia.   

En  primer lugar el Tribunal ordenó indexar  la  suma  de  $39’488.524,86  correspondientes   a  la  condena  relativa  a  “los  cánones   de   arrendamiento   que   ha   tenido   que   sufragar  -el  demandante-  al  no  poder habitar su  inmueble…   desde  su  causación  hasta  el  día  en  que  se  verifique  su  pago…”.   

Además   el  ad  quem  incorporó como condena en segunda instancia, el  pago  de  los intereses legales a la tasa del 6% anual calculados sobre el monto  de  los  arrendamientos  que  hubo  de pagar la demandante, pese a que nada ello  había  sido  ordenado por el juez de primera instancia, y tampoco formaba parte  de la demanda introductoria del proceso.   

   

2.            En lo que concierne a la condena al pago  de  intereses  que  hizo  el  Tribunal,  necesario es evocar que la sentencia de  primer  grado  no  se  pronunció  sobre  esa  prestación, de modo que si sólo  apeló  la  demandada  en  el  intento  de  reducir  las  condenas que le fueron  impuestas,  es  manifiesto que el Tribunal estaba constreñido a examinar apenas  lo  que fue desfavorable a aquella, de lo cual se sigue, sin más, que no podía  ser  agravada  la  situación de la única apelante, bajo el entendido de que el  recurso  se  tramitó  en su exclusivo beneficio ya que a su antagonista ningún  enojo le causó la sentencia, pues nada objetó de ella.   

Baste  lo  anterior  para  reconocer  que el  cargo,  en  este  preciso  aspecto está llamado a prosperar, como quiera que el  fallo  de  segunda  instancia  fue  más  allá  de  los lindes que le trazó el  recurso  solitario  de la demandada, pues el Tribunal terminó por condenar a la  Sociedad  Cárdenas  Barrero  Ltda. al pago de intereses del 6% anual, sobre una  de  las  indemnizaciones efectivamente reconocidas, sin percatar que ello no fue  materia  del  recurso  de  alzada.  Además,  los  intereses legales no eran una  cuestión   de   forzoso   abordamiento   para  el  ad  quem,  como para entender que su poder de decisión lo  autorizaba a emprender el análisis de esa materia.   

No sobra añadir que esta condena al pago de  intereses  tampoco fue pedida en el escrito inaugural del proceso, por lo que su  reconocimiento  oficioso  también  haría el fallo incongruente en la modalidad  de   extra   petita  -como  también  planteó  el  recurrente  en  otro  cargo-,  en  tanto  que  el simple  parangón  entre lo pedido en la demanda y lo otorgado por el Tribunal, deja ver  que  al demandante se le reconoció un plus  que  no fue objeto de las manifestaciones de voluntad plasmadas en  las  pretensiones,  lo  cual, como ya se dijo, impone la casación parcial de la  sentencia  de  segunda  instancia  para eliminar de la parte resolutiva el rubro  relativo a los intereses.   

3.            Recuérdese ahora que el juez de primera  instancia     condenó     a     pagar     la     suma     de    $39’488.524,86         “correspondientes  a  las  sumas  pagadas  por  el  demandante por  concepto   de  arrendamiento  de  su  actual  sitio  de  vivienda”,  a  lo cual añadió que esa cifra debía ser actualizada hasta el  “momento   de   dictar  sentencia,    lo    que    arroja    un   total   de  $43.371.280,51”.   

Por su parte, el Tribunal ordenó indexar los  mismos  $39’488.524,86, pero  “hasta  el día en que se  verifique  su  pago,  conforme al Indice de Precios al  Consumidor”    (el    remarcado    no    es    del  original).   

3.1.          A  juicio  de  la Corte, el ad   quem  con  este  pronunciamiento  no  incurrió  en  el  defecto  que  señaló  la censura en este cargo, pues aunque  aparentemente  la  sentencia  desfavorece  al  apelante  único,  al llevar  hasta  el  día del pago la aplicación de los factores de corrección monetaria  -cuando  el juzgado los limitó temporalmente hasta el momento de su sentencia-,  tal proceder está legalmente justificado.   

En efecto, a pesar de los límites que pesan  sobre  el ad quem a la luz del  artículo  357  del  C. P. de C., distinta es la situación a la hora de aplicar  el  artículo  307  del  mismo  compendio,  con  sujeción  al cual “la  condena  al  pago de frutos, intereses, mejoras, perjuicios u  otra  cosa  semejante,  se  hará   en   la   sentencia  por  cantidad  y  valor  determinado”  (subraya  la  Sala), luego de lo cual  la misma norma dispuso  que  el  juez  debía  decretar  de  oficio  las pruebas necesarias “para  extender  la condena en concreto  hasta  la  fecha  de la sentencia de segunda instancia,  aun  cuando  la  parte  beneficiada  con ella no hubiese apelado”.   

Síguese   de  ello  que  el  conjunto  de  potestades   y   restricciones  impuestas  al  juez  de  segundo  grado  surgen,  principalmente,  de  la conjugación de los artículos 357 y 307 del C. de P. C.  en   cuya   virtud   la   parte  beneficiada  con  una  condena  susceptible  de  actualización,  sin  necesidad  de apelar la sentencia, puede contar con que el  ordenamiento  procesal impone al juez la obligación de extender la condena más  allá   de   los   límites   dispuestos   por   el  a  quo,  con  el imperativo de que, para tal efecto, sean  decretadas pruebas de oficio si ellas fueren necesarias.   

Y  hay  más  todavía,  pues  conforme  al  artículo  308  del C. de P. C. “la actualización de  las  condenas  a  pagar  sumas  de  dinero  con  reajuste monetario, en el lapso  comprendido  entre  la  fecha  de la sentencia definitiva y el día del pago, se  hará  en  el  proceso  ejecutivo  que  se adelante para su cobro”,  lo  que  viene a significar sin duda, que los límites temporales  que  para  la  corrección monetaria se trazan en las sentencias de primera o de  segunda  instancia  no  son  inamovibles, pues los textos legales antes citados,  esto  es, los artículos 307 y 308 del C. de P. C., perentoriamente mandan hacer  la  actualización debida, incluso más allá de las precisiones que al respecto  se hubieren hecho en los fallos de instancia.   

3.2.          Como consecuencia de lo antes expuesto se  deduce  que en el presente caso no hubo el desavío que se denuncia en el cargo,  pues  no  desbordó el ad quem  la  esfera  de  sus  competencias cuando dispuso la actualización de la condena  más  allá  de  lo  previsto por el a quo,  en  la  medida  en  que  tal proceder hallábase autorizado por el  artículo  308  enantes  citado.  Dicho  en otros términos, el Tribunal no otra  cosa  hizo  que  extender,  con arreglo a la ley, el hito final hasta el cual se  actualizaría  una de las condenas impuestas desde la primera instancia, y ello,  de  suyo, no desbordaba su poder de decisión, ya que nada sustancial añadió a  la  sentencia  del a quo, pues  sólo  propendió  porque las obligaciones a cargo de la demandada se liquidaran  a  futuro  en valores reales, como también hizo el fallo otrora apelado, aunque  éste con un criterio más reducido.   

Así las cosas, la prosperidad del cargo por  transgresión     del     principio     de    prohibición    de    reformatio  in pejus, sólo comprenderá el  reclamo  por  los  intereses  moratorios,  añadidos  intempestivamente  por  el  Tribunal    sin    atender    que    ellos    nunca   fueron   materia   de   la  impugnación.   

SEGUNDO  CARGO   

El  censor  acusó la sentencia del Tribunal  por  incongruente,  toda vez que “se pronunció sobre  pretensiones   que   no   fueron  formuladas  por  el  demandante”,  en  la medida en que “se condenó a la  sociedad  CARDENAS  Y  BARRERO  LTDA.  a  pagar  al demandante una indexación o  corrección  monetaria  y  unos  intereses  legales,  que no fueron objeto de la  demanda”, con lo cual se violaron los artículos 304  y  305 que prohíben al juzgador proveer un fallo extra  petita.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.            Como  de antaño es sabido, en atención  al   carácter  dispositivo  que  gobierna  los  procesos  civiles,  límites  y  controles  han  sido  previstos  por  el  ordenamiento  con el fin de ajustar la  actividad  judicial  al  querer  de  las partes, a quienes debe garantizarse, no  sólo  el  derecho  a  acceder a la justicia como forma democrática de resolver  las  controversias,  sino  que,  además,  han  de  tener la seguridad de que la  contienda   procesal  se  resolverá  con  sujeción  estricta  a  los  aspectos  jurídicos  y  fácticos que ellas mismas pusieron oportunamente en conocimiento  del juez.   

A  la  postre,  en  cuanto  concierne a esta  especialidad  del  derecho,  son las partes quienes están en posesión de todos  los  elementos  de  juicio necesarios para estimar la dimensión del agravio que  padecen,  con  el  fin  de que sobre esa premisa limitante intervenga el órgano  jurisdiccional,  a  quien  le está vedado por tanto, sustituir a la víctima en  la  definición  de  los  contornos a los que ha de circunscribirse el reclamo y  por  tanto  ceñirse la sentencia, salvo que la ley expresamente abra un espacio  a  la  oficiosidad.  No  en  vano se ha dicho que “el  juez  halla  sometida  su  actividad  a variados límites de diferente entidad y  naturaleza…  Al  fin  y  al cabo, la tarea judicial es reglada y, por contera,  limitada,  no  sólo  por obra de la ley, sino también con arreglo al pedimento  de  las  partes, concretamente del actor, artífice señero del marco dentro del  cual,        ‘a  posteriori’,  deberá  el  fallador  inscribir  su resolución” (Sent. Cas. Civ.  de 4 de septiembre de 2000, Exp. No. 5602).   

Justamente,  el  principio  de  congruencia  constituye  un  verdadero  límite de competencia para la función decisoria del  juez,  al  propender  porque cuando se desate un conflicto, el fallo definitorio  no  se  pronuncie sobre más (ultra petita),   menos   (mínima  petita)     o     algo     diferente     (extra  petita)  de  lo  que  fue reclamado por las partes, en  tanto  ello  además  de representar un proceder inconsulto y desmedido, podría  aparejar  la  vulneración del derecho a la defensa de los demandados, quienes a  pesar  de  avenirse  a  los  derroteros  que  demarca  la discusión dialéctica  ventilada  en  el juicio, se hallarían ante un decisión definitoria sorpresiva  que,   por   su   mismo   carácter   subitáneo  e  intempestivo,  no  pudieron  controvertir.  En  otros términos, por mandato del artículo 305 del Código de  Procedimiento  Civil,  “La sentencia deberá estar en  consonancia  con  los  hechos y las pretensiones aducidos en la demanda y en las  demás  oportunidades  que  este  código  contempla,  y con las excepciones que  aparezcan   probadas   y   hubieren   sido   alegadas   si   así  lo  exige  la  ley”,  precepto  que  impone  al  juez,  según  la  jurisprudencia  de la Corte, «una actividad de conducta  al  decidir  el  proceso  que,  en  síntesis, puede expresarse diciendo, que el  fallo  con que se finiquite un conflicto judicial, de un lado, debe comprender y  desatar  la totalidad de los extremos que integran la litis y, de otro, no puede  superar    en   nada   los   límites   que   de   esos   mismos   extremos   se  desprendan”  (sent.  cas.  civ.  de 18 de octubre de  2001, Exp. No. 5932).   

De modo general, el principio de congruencia  no  impide  que  en  determinados eventos el juez al emitir sus pronunciamientos  expresamente  entre en terrenos que no han sido abordados por los contendientes,  pues  razones  hay  de  equidad  que autorizan un mayo compromiso judicial en la  labor  de  disipar  la incertidumbre de los derechos en litigio, responsabilidad  de  orden  superior que se ha de satisfacer con el auxilio de ciertas potestades  oficiosas  consignadas  en  la  ley,  que  hacen  posible  que  las providencias  jurisdiccionales  se  ajusten  en  un  todo  a  fines esenciales del proceso, en  especial  para  lograr  la realización del derecho sustancial, desiderátum que  debe  servir  de  horizonte  a  la  actividad judicial. De hecho, la rigidez del  principio  de  congruencia  se  lenifica expresamente, cuando se permite al juez  declarar    motu   proprio  excepciones  que  halle  probadas de oficio, conforme prescribe el artículo 306  del C. de P. C.   

2.            Además de los citados instrumentos, que  amplían  el  espacio  de  la  controversia,  resulta pertinente añadir que hay  también  casos  en los cuales existen pretensiones que viven implícitamente en  el  ámbito de las súplicas de la demanda, mirada en su contexto. Acontece así  con  la  corrección monetaria, pues choca a la razón entender que la parte que  clama  por  la  reparación  de  un  daño  quiere  un  dinero envilecido por el  deterioro   del   signo   monetario,  propio  de  economías  como  la  nuestra,  entendimiento  que  no  consulta los postulados de la equidad, en tanto que para  reparar  el  perjuicio  que afecta a la víctima, no basta con el pago expresado  en términos nominales.   

En torno al punto de la indexación, la Corte  ha  puesto  de  relieve  que  un  añadido  como  ese  no  representa  una nueva  pretensión  del  demandante,  sino  que  corresponde  precisamente a un aspecto  implícito  de  la  súplica  resarcitoria, cuyo fin no es otro que hacer que el  quantum  del daño a reparar  -que  se  determina  en  moneda corriente- no se vea disminuido en perjuicio del  demandante  por  las  oscilaciones  de  una economía inestable. Así, dijo esta  Corporación  que  “…el  pago  no  será completo,  ‘especialmente respecto de  deudores  morosos  de  obligaciones  de  dinero,  cuando éstos pagan con moneda  desvalorizada,  o  sea,  sin  la consiguiente corrección monetaria, pues en tal  evento  se  trata  de  un  pago  ilusorio  e  incompleto,  como acertadamente lo  sostienen  la  doctrina y la jurisprudencia, no sólo nacional sino foránea, la  cual  insiste  en  que  si la obligación no es pagada  oportunamente,  se  impone  reajustarla,  para  representar  el  valor adeudado,  porque  esa  es la única forma de cumplir con el requisito de la integridad del  pago’  (se  subraya; cas.  civ.  de  30  de marzo de 1984, CLXXVI, pág. 136. Vid: Sents. de 24 de abril de  1979,  CLIX, pág. 107; de 15 de septiembre de 1983, CLXXII, pág. 198; de 19 de  marzo  de 1986, CLXXXIV, pág. 24; de 12 de agosto de 1988, CXCII, pág. 71 y de  24 de enero de 1990, CC, pág. 20)…   

…admitir      que     ‘el pago de obligaciones dinerarias, en  época  de  depreciación  monetaria,  debe  hacerlo el deudor de acuerdo con el  correspondiente  ajuste’,  tiene      el      laudable      propósito     de     procurar     ‘que  no se produzca el rompimiento del  equilibrio        de        las       relaciones       contractuales’,  así  como  evitar que ‘no se enriquezca de manera injusta una  de  las  partes  de  la  relación  sustancial  a  costa  de la otra’  (cas.  civ.  de  febrero 21 de 1984,  CLXXVI,  pág.  33),  lo  que  pone  de  manifiesto, memorando diciente y lozana  doctrina      –de  rectificación-  de  la Sala, que esta ‘recomposición  económica  lo único que busca, en reconocimiento a  los  principios  universales  de  equidad e igualdad de la justicia a los que de  manera  reiterada  alude  la  jurisprudencia  al  tratar  el  tema de la llamada  ‘corrección  monetaria’   (G.J,  Ts.  CLXXXIV,  pág.  25, y CC Pág. 20), es atenuar las secuelas nocivas del impacto  inflacionario  sobre  una  deuda  pecuniaria  sin agregarle por lo tanto, a esta  última,  nada  equiparable a una sanción o un resarcimiento (cas. civ. de 8 de  junio    de    1999;    exp:    5127)’,      lo     que     quiere     significar     que     ‘el   fundamento   de  la  corrección  monetaria  no  puede ubicarse en la urgencia de reparar un daño emergente, sino  en  obedecimiento, insístese, a principios más elevados como el de la equidad,  el  de  la plenitud del pago, o el de la preservación de la reciprocidad en los  contratos  bilaterales’, ya  que  ‘la pérdida del poder  adquisitivo  del  dinero  no afecta la estructura intrínseca del daño, sino su  cuantía’  (se  subraya;  cas.  civ.  de 9 de septiembre de 1999; exp. 5005; Vid: cas. civ. de 28 de junio  de  2000;  exp:  5348).  Al  fin  y  al cabo, como bien se ha corroborado por la  doctrina      especializada,      ‘No  estamos aquí frente a un problema de responsabilidad civil sino  que,  por  el  contrario,  nos  hallamos en la órbita del derecho monetario, en  donde  la  indexación  se  produce  en  razón de haber perdido la moneda poder  adquisitivo.     ¡Sólo     eso,    y    nada    más    que    eso’    1”         (sent.   Cas.   Civ.   de   19   de  noviembre  de  2001,  Exp.  No.  6094).   

3.            Lo  anterior viene al caso, precisamente  porque   la   censura  acusó  que  el  Tribunal  ordenó  indexar  la  suma  de  $39’488.524,86  correspondientes   a  la  condena  relativa  a  “los  cánones   de   arrendamiento   que   ha   tenido   que   sufragar  –el  demandante- al no poder habitar su  inmueble…   desde  su  causación  hasta  el  día  en  que  se  verifique  su  pago…”,   pronunciamiento   que   en   verdad  no  constituye  una  forma  de  inconsonancia,  sino  que  representa  un desarrollo  razonable  del  principio  de  equidad  en  cuya  virtud,  dicha  actualización  monetaria  bien  puede  ser  extraída de los elementos de comunicación con los  cuales  el  demandante  transmite el reclamo en pos de lograr que sea cubierto a  plenitud  el  pago de la obligación indemnizatoria nacida de la responsabilidad  civil extracontractual.   

Con arreglo a lo dicho, la orden del Tribunal  en  cuanto  expresó  la  condena en términos reales, en principio no significa  acceder  inconsultamente  a  una  pretensión  ajena a los lindes de la demanda,  sino  que,  se  repite,  representa juzgar un factor inherente a la pretensión,  que  por fuerza de la equidad -esto es, de la justicia del caso concreto- podía  ser  abordado  por  los jueces que atendieron el caso, sin caer en el defecto de  incongruencia que se acusa.   

4.            En  lo  que  toca  con  la acusación de  incongruencia  que  se hiciera a la sentencia del Tribunal, porque reconoció en  segundo  grado un monto por concepto de intereses, reclamación esta inédita en  la  demanda  y  en la sentencia de primer grado, no es del caso ocuparse de ello  ahora,  pues por obra de la prosperidad parcial del primer cargo ha desaparecido  totalmente dicha condenación.   

Por  lo dicho precedentemente no prospera el  cargo.   

DECISIÓN  

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República   y   por   autoridad   de   la  ley,  CASA  parcialmente  la sentencia de 27 de diciembre de 2000,  proferida  por  la  Sala  Civil  de  Descongestión  del  Tribunal  Superior del  Distrito  Judicial de Bogotá, dentro del proceso ordinario promovido por Camilo  Alberto  Ortega Pizano contra la recurrente, Gregorio Cárdenas Roncancio, Gilma  Barrero  de Cárdenas, Zolia Stella Pacheco Ulloa y Luis Eduardo Clavijo Moreno,  para  suprimir  la  condena  al  pago  de  intereses  de mora del 6% anual allí  contenida.   

En  consecuencia,  el  numeral  2º  de  la  sentencia del Tribunal quedará así:   

“2.-           Se condena a la sociedad demandada  CARDENAS  Y  BARRERO  LTDA.,  al  pago  del  daño  emergente  padecido  por  el  demandante   en   la   suma   de   $39’488.524,86  por  concepto de cánones de arrendamiento que ha tenido  que  pagar  al  no poder habitar su inmueble, la que ha de ser indexada desde su  causación,  hasta el día en que se verifique su pago, conforme a al Índice de  Precios  al  Consumidor,  y  la  suma  de  $47´443.333.oo  por  el costo de las  reparaciones  del  inmueble  de  propiedad del actor, ubicado en la diagonal 60A  No. 22-10/14 de esta ciudad”.   

Los  pronunciamientos  de  la  sentencia de  segunda  instancia  contenidos  en  sus  numerales  1º,  3º, 4º y 5º, quedan  incólumes.   

Sin costas en el recurso habida cuenta de su  prosperidad.   

Notifíquese y devuélvase el expediente al  Tribunal de origen.   

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

1           Luis Moisset De Espanés;  Ramón   Daniel   Pizarro  y  Carlos  Gustavo  Vallespinos.  Inflación  y   Actualización   Monetaria.  Buenos  Aires.  Ed.  Universidad.  1981. Pág.  116.     

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