SC 242 2005 [6600131100021999 0137]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-242-2005 [6600131100021999-0137]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

          SALA   DE   CASACION  CIVIL   

   

Magistrado  Ponente   

CARLOS IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

Bogotá,   D.   C.,  veintiséis  (26)  de  septiembre de dos mil cinco (2005).-   

         

          Referencia: Exp. 6600 1311 0002 1999 0137   

          Decídese  el  recurso  extraordinario de casación interpuesto por  el      señor      Jorge     Mario     González  González,  respecto  de la sentencia proferida el 30  de  enero  de  2001  por el Tribunal Superior de Pereira, Sala de Familia, en el  proceso  ordinario  instaurado  por  el recurrente contra el señor Jorge Mario González Gil.   

ANTECEDENTES   

          1.                    Ante  el Juzgado Segundo de Familia de Pereira,  el  demandante  reclamó  que  se  declarara  «nulo,  de  nulidad  absoluta, por  ausencia   de   causa,   por  no  ser  el  demandado  hijo  del  demandante,  el  reconocimiento  que  éste  hizo  de aquel el 24 de agosto de 1989» (fl. 6, cdno  1), y que se libraran los oficios de rigor.   

    

1. La causa  petendi se resume así:     

          b.     No  teniendo  el  demandante  causa jurídica  para  ello,  reconoció  como su hijo, sin serlo, a dicha criatura a quien se le  dio  el  nombre de Jorge Mario González Gil. El actor jamás discutió el hecho  de  la  procreación  y  ni  siquiera se estableció la paternidad con la prueba  médica idónea.   

          c.                      Ese  acto  de reconocimiento careció de causa,  omisión  que lo afecta de nulidad absoluta, pues corresponde al cumplimiento de  «un  deber  inexistente»,  dado  que,  según  el  actor,  él  no  es  el padre  biológico  del  demandado,  como pretendió acreditar con prueba de laboratorio  que anexó al libelo.   

          d.                      El   señor  González  González  es  «hombre  dedicado  a  su  trabajo»,  con un «alto sentido de responsabilidad», como lo ha  demostrado  en  «el  hogar que tiene constituido» y en el «seno de su familia de  origen,  al  morir  tempranamente  su padre y «ser el mayor de ocho hijos» (fl 6  ib)   

          e.                      María Yolanda es mujer soltera, madre también  de  otra  hija,  de  nombre  Carol Vivian, cuyo padre es el señor Alvaro Marín  Gómez.   

          2.                      El demandado, a través de su señora madre, se  opuso    a    su    prosperidad,   negando   los   hechos   basilares   de   las  pretensiones.   

          3.                      El  fallo  de primera instancia, estimatorio de  las  súplicas  del  libelo,  fue  revocado por el Tribunal Superior de Pereira,  quien    denegó    las    pretensiones.   

LA    SENTENCIA  IMPUGNADA   

                     

          Luego  de  estimar  que  se  encontraban  reunidos los presupuestos  procesales  y  que  no  existía  vicio  que afectara la actuación, el Tribunal  resaltó  que el apelante fue enfático y reiterativo al precisar que su demanda  no  correspondía  a  una  acción  de impugnación de paternidad, sino que, con  fundamento  en  los  artículos 1502 y 1524 del Código Civil, pidió la nulidad  absoluta  del  reconocimiento  que de hijo extramatrimonial efectuó a favor del  demandado,  alegando  no  ser su progenitor; sostuvo que el demandante «trata de  probar   que   ha   desaparecido   la  causa  eficiente  que  existió  para  el  reconocimiento  de  hijo  extramatrimonial de aquél, y para ello se apoya en el  dictamen   de  genética  adosado  al  expediente  en  el  cual  se  excluye  la  paternidad» (fl. 36, cdno 4).    

          Después,   tras   invocar   jurisprudencia   procedente   de  esta  Corporación  y  las  normas  contenidas  en los artículos 214 y siguientes del  Código  Civil,  5º  y  6º  de  la  Ley  95  de 1890, adujo el Tribunal que el  demandante  se  equivocó  al  escoger  la  acción intentada, puesto que debió  reclamar  la  «impugnación  de  la paternidad, lo cual no hizo y ello conduce a  que   sus   pretensiones   fracasen,   por  cuanto  el  reconocimiento  de  hijo  extramatrimonial  sólo es viable destruirlo mediante la vía de la impugnación  y  no  por  el  conducto  de  otra acción judicial como la adelantada dentro de  estas  diligencias»  (fl  36  ya  citado), dado que «en ello se encuentra de por  medio  el  orden  público  y  la protección que tiene toda persona de fijar su  posición  dentro  de  la  familia».  Acotó  que  lo  «contrario sería hacerle  esguinces  a  la  ley,  lo  cual  no  es  dable  prohijar»  (fl  37 ib).   

LA    DEMANDA   DE  CASACION   

          Contiene  tres  cargos,  todos  elevados  con  apoyo  en  la causal  primera  del  artículo  368  del  Código  de  Procedimiento  Civil, que serán  despachados   conjuntamente,  en  razón  de  ameritar  algunas  argumentaciones  comunes.   

Primer  Cargo   

          Se  acusó  la sentencia de violar el inciso 1º del artículo 1524  del  Código Civil, como consecuencia de error de hecho manifiesto cometido «por  la  falta  de  aplicación del artículo 187 del código de procedimiento civil,  la  preterición  de  prueba idónea que fue válidamente practicada y por error  de  hecho  manifiesto  en  la  apreciación  de  la  demanda» (fls 11 y 12, cdno  5).   

          Afirmó  el  censor  que  el  Tribunal  dejó  de aplicar el citado  artículo  187,  por  «no  haber  apreciado  la  prueba  testimonial  surtida  a  instancias  del  actor»,  relacionada  «con la conducta moral o responsabilidad»  que  el demandante «siempre ha observado toda su vida, prueba indispensable para  determinar  los  móviles que pudo tener para un acto como el reconocimiento que  efectúo»,  y  que  tampoco  apreció  el  dictamen de genética aportado por el  demandante,  ni  el  que  se  practicara  ante  el  a  quo,  los  que  «muestran  sin  vacilaciones  que el  demandante  no  es  el padre del demandado, cuestión definitiva en el análisis  de  la  causa  del  acto  jurídico  del reconocimiento» (fl 12).  También  censuró   que   no  se  hubiere  aplicado  el  artículo  200  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  ni  las disposiciones legales que ordenan tener en cuenta  todos los indicios.   

         En  ese orden, luego de abreviar las declaraciones testimoniales y  de   parte   que   consideró   preteridas,  reiteró  el  casacionista  que  el  «reconocimiento  que  hizo  el señor González González sólo podía tener por  causa  un  acto de plena responsabilidad del demandante, fundado en un hecho que  fuese  cierto,  consistente en no ser él efectivamente el padre del reconocido.  No  siéndolo,  carecía de razón para efectuar dicho reconocimiento» (fls 12 y  13,   cdno  5),  advirtiendo  que,  además,  el  ad  quem  dejó de apreciar los indicios que destacó en  su  libelo  casacional,  para  concluir  que  «no  es  cierto que las relaciones  concubinarias  entre  el  reconociente y la madre del joven González Gil, hayan  servido  de  causa»  para  que  el  demandante  procediera  a  la  controvertida  aceptación  notarial  de  paternidad,  por  lo que a ésta le faltó uno de sus  elementos constitutivos.   

         Precisó  que  el  Tribunal  se  equivocó  cuando aseveró que el  actor  debía probar que había desaparecido la causa del reconocimiento, porque  «lo  que  se proponía probar y efectivamente demostró el accionante, es que la  causa  nunca  existió», y aseguró que ese yerro tuvo «directa incidencia en la  decisión  adoptada,  porque  la sentencia de segundo grado estimó que en lugar  de  nulidad,  tomando  como  referencia  el  elemento  ‘causa’,  la  acción que  procedía  era  la  de impugnación», desconociendo la pertinencia del artículo  1524   del  Código  Civil.  (fl  18  ib)   

Segundo Cargo  

         Se  acusó  la  sentencia  de  violar  directamente  «los  artículos 213 y 214 del Código Civil; 5 y 6 de la Ley 95 de  1890,   porque   tales   normas  tratan  de  la  filiación  legítima  y su impugnación, no obstante lo  cual      se      aplicaron      –indebidamente-  a  un  asunto  de filiación extramatrimonial, sin  advertir   que  el  artículo  5  de  la  ley  75  de  1968,  las  excluye  como  disposiciones  reguladoras,  al regular la impugnación del reconocimiento de un  hijo  extramatrimonial,  en  cuanto  “remite  a  los  artículos 248 y 335 del  código  civil,  que gobiernan la impugnación de la legitimación, cuando ésta  se  configura por ministerio de la ley en el caso en que el padre ha admitido al  hijo  como  suyo  (…)  o  proviene  de  la voluntad plasmada en un instrumento  público   idóneo»  (fls  18  y  19  ib).   

         Añadió  que  si  el  marido  está  facultado  por  la  ley para  impugnar  la  paternidad  presunta, es porque ésta “se construye por la ley y  no  porque  surja  de  su  voluntad.  Esa  es la gran diferencia de la que no se  percató   el   Tribunal»   (fl   20  ib).   

         Añadió  que  también  se  quebrantaron los artículos 5º de la  ley  75  de  1968; 248 y 335 del Código Civil, por aplicación indebida, porque  estas  normas  no  le  permiten a quien reconoce impugnar ese acto, prerrogativa  que,  acorde  con  su criterio, no le concede tampoco ninguna otra disposición.  Agregó  que  si  bien  el  citado artículo 5º autoriza la impugnación en los  términos  de los artículos 248 y 335 del Código Civil, la aplicación de esta  última  disposición  debía  descartarse  en el sub  judice,  por  cuanto  nunca  estuvo  en  disputa  la  maternidad,  siendo  que  otro  tanto ocurría frente al artículo 248, pues «el  reconociente  no es ni ascendiente del reconocido ni tienen interés patrimonial  para  incoar  el  proceso»  de  impugnación,  sin  que ello le impida atacar la  validez  del  acto  de reconocimiento, si éste no reúne «los requisitos que la  ley  prescribe  para darle relevancia en el mundo del derecho, por lo que debía  entenderse,  en  últimas, que quien puede legalmente  impugnar  sólo  puede  impugnar y no puede acceder a decisión favorable por el  camino  de la nulidad. Pero carece de todo sentido jurídico negar la acción de  nulidad  a  quien  la  ley misma priva de la acción de impugnación»   (fls   21   y   22  ib, subrayado del texto).   

         El  recurrente  conceptuó  que  «la  nulidad  tiene como punto de  partida  un asunto de estricta valoración jurídica, relacionado con la validez  de  un  acto  jurídico,  fruto  este  de la voluntad humana expresada directa e  intencionalmente.   La   impugnación,  en  cambio,  favorece  a  quien  resulta  comprometido  en  una  situación jurídica por causa diferente a su voluntad, a  saber,  la  presunción  de la ley de que una persona goza de determinado estado  civil»   (fl   23   ib).   

         De  esa  manera,  prosiguió,  el  Tribunal  dejó  de aplicar los  artículos  1740  y  1741  del  código  Civil,  y  las  «concordantes  del acto  jurídico,  como  el artículo 1502 del citado código. Y en forma más radical:  se  dejó  de  aplicar  todo  el  ordenamiento  jurídico,  al  decirse,  lisa y  llanamente,  que  ninguna  norma  permitía  demandar  esa  nulidad»  (fls  23 y  24).    

Tercer Cargo  

         Con  estribo  en  la  misma  causal,  atribuyó el recurrente a la  sentencia  del Tribunal, la violación indirecta de las normas contenidas en los  artículos  16 y 228 de la Carta Política y 406 del Código Civil, con ocasión  del  error  de  hecho  por  preterición de la prueba científica «obrante en el  expediente»,   según   la   cual   el   demandante   no   es   el   padre   del  demandado.   

         Aseguró  que  el  derecho a «establecer la filiación» hace parte  del  «libre  desarrollo  de  la  personalidad»  cuyo  carácter  fundamental  ha  reconocido  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional, y que el Tribunal  debió  acoger  su  demanda, con miras a respetar el derecho sustancial de ambas  partes:  «para  el  demandado,  por  quedar  aclarada su filiación respecto del  actor  y  porque  al  despejarse su estado civil de esa forma se le garantiza su  derecho  a  buscar  su  verdadero  padre;  y (…)  para el demandante, por  destruirse  la  apariencia surgida de un reconocimiento carente de causa» (fl 26  cdno 5).   

         Insistió  en  que  el Tribunal desconoció la «realidad procesal»  de  no  ser  el  demandante  el  padre  del  demandado,  por  lo  que  vulneró,  indirectamente,  la  indicada  norma constitucional poniendo «cortapisa al libre  desarrollo   de  la  personalidad  representado  en  el  derecho  fundamental  a  establecer  la  filiación conforme a la realidad de la naturaleza, así como el  artículo  406 del Código Civil, que tanto en su texto como en su filosofía no  limita  la  averiguación  del  estado civil verdadero» (fl 26 ya citado).    

         Finalmente,  aseveró  que  fue  vulnerado  el artículo 228 de la  Carta   Política,  porque  el  ad  quem  hizo  «depender  el  éxito de la acción de un tipo o molde con  entidad  enteramente  procesal  -impugnación y no nulidad-, que, en definitiva,  más  parece  un  nombre  que una categoría jurídica relevante frente al hecho  esclarecido  de  no  ser  el  demandante  el  progenitor  del  opositor  (fl  27  ib),   dejando   que  prevaleciera  el  derecho  procesal  sobre  el  sustancial  «representado  en la  realidad  biológica,  probada  eficazmente  por medio idóneo que por mecanismo  frágil»,  hecho que no «nació de la prueba practicada, como asume la sentencia  recurrida  al  predicar  que  el  actor debió probar que había desaparecido la  causa  del  reconocimiento, sino de la naturaleza, que no puede ser alterada por  el fallo judicial» (fl 27).   

         Solicitó,  entonces,  que  se  casara  la sentencia atacada, para  que,  en  su  lugar,  la  Corte  dispusiera  la confirmación de la sentencia de  primera instancia.   

CONSIDERACIONES   

         1.                     Es claro que las tres acusaciones, por caminos  distintos,  combaten  el  eje  central  de  la  sentencia  del  Tribunal,  quien  descartó  la  nulidad  sustancial  de  los actos jurídicos como mecanismo apto  para  fustigar  el estado civil y, más particularmente, el reconocimiento de un  hijo  extramatrimonial,  en tanto que la protesta fincada en que el reconociente  no  es  el  verdadero  progenitor  de  la persona reconocida, debe ser encauzada  –necesariamente-  como  acción  de  impugnación,  así  se  alegue que ese hecho evidencia que no hubo  causa real para reconocer.   

         Y  adviértase  desde  ya  que no era necesario que el Tribunal se  ocupara  de  las  pruebas  recaudadas,  o  que se detuviera en normas jurídicas  distintas  de  las  que  invocó  para  soportar  su fallo, pues es claro que el  demandante  no  acertó  al  pretender  desconocer  el estado civil del hijo del  señor  Jorge  Mario  González  Gil,  por una vía distinta de la autorizada en  forma especial por el legislador.   

         2.                     En  efecto,  se  sabe  que la filiación es el  vínculo  jurídico  de  parentesco  establecido por la ley entre ascendientes y  descendientes   de   primer   grado,   que  da  lugar  a  un  estado  civil,  de  suyo  «indivisible,  indisponible e imprescriptible»  (art.   1º,  Dec.  1260/70),  para  cuya  protección  fueron  consagradas  las  apellidadas   acciones   de   impugnación   y   de  reclamación  de  estado,  que  “son  de índole sustancial pues se confunden,  respectivamente,   con   el   derecho  del  interesado  para  liberarse  de  las  obligaciones  que  le  impone  un estado que realmente no le corresponde, o para  adquirir  los  derechos  inherentes  al  que  injustamente  no  se le ha querido  reconocer en forma voluntaria” (CXXXV, 124).   

         También  es conocido que las normas relativas al estado civil son  de  orden  público, pues se trata de una materia que no sólo concierne a quien  ostenta  un determinado estado, sino también a la familia y a la sociedad toda,  razón  por  la  cual  fue  establecida su irrenunciabilidad y, por lo mismo, la  proscripción  de aquellos actos jurídicos que tienen como confesado propósito  derogar  o  desconocer  las leyes que lo gobiernan, a lo que se apareja que, del  mismo  modo y por los mismos motivos, le está vedado a las personas implementar  acciones  dirigidas  a  repudiar o indagar su filiación, por vías distintas de  las autorizadas en la ley.   

         Sobre  este  particular,  ha  precisado  la  Corte  en  múltiples  pronunciamientos  de  los  que son ejemplo las sentencias de febrero 14 de 1942,  julio  18  de  1944, junio 8 de 1948, junio 9 de 1970, octubre 2 de 1975 y marzo  28  de  1984,  que  en  aquellos  eventos en los «que la pretensión debatida en  juicio  estuvo  orientada,  en  resumidas  cuentas,  a  obtener  la declaración  judicial  de que una determinada persona carecía del estado civil que ostentaba  en  la correspondiente partida, por no corresponder ese hecho a la realidad», lo  que  en  últimas de debatía era “una auténtica y  genuina  acción  de  impugnación de esa filiación,  así  se  le llame por el  actor   acción   de  nulidad  del  registro  o  de  inoponibilidad     o    invalidez,    pues  lo que en el fondo prevalece e importa en todas ellas es que  se   declare   judicialmente   que   es   irreal   el   hecho   afirmado  en  la  partida»  (subrayado fuera de texto; cas. civ. 25 de  agosto  de  2000,  exp.  5215).            

         Posteriormente,   la   Corte   se  ocupó  de  manera  expresa  de  establecer,   “si  la  circunstancia  de  que  el  reconocimiento  del  hijo  extramatrimonial no corresponda a la realidad, o más  concretamente,  si  el hecho de que el hijo no haya podido  tener por padre  a  quien  lo  reconoce,  es  situación   que,  a  la  par  que  permite la  impugnación  propiamente  dicha de tal reconocimiento, da lugar a su anulación  dentro  de  las taxativas causas legales”, que es lo que disputa el recurrente  en  este  caso.  A  este  interrogante,  respondió  la  Sala  en los siguientes  términos,     que     ahora     sirven    para    desestimar    las    censuras  planteadas:   

“…   la  respuesta  a  dicha cuestión es negativa, contundentemente negativa. No hay dos  senderos   que   conduzcan   a   ese   destino:  es  tan  solo  el  de   la  impugnación,  propuesta desde luego en oportunidad,  el   camino   apropiado  para  aniquilar  el  reconocimiento  realizado  en  condiciones tales.   

“La  ley, efectivamente, atendidos altos  intereses   sociales,   fijó   unos  precisos   requisitos  para  que  los  interesados   ejerzan   su   derecho  de  impugnar  el  reconocimiento  de  hijo  extramatrimonial;  la  causal  que  les  es  dable  invocar,   conforme  al  artículo  248  del  código civil, al cual remite el artículo 5º de la ley 75  de  1968  para estos efectos, no es otra que  la de que el reconocido no ha  podido  tener  por  padre a quien le reconoció, la cual causal, además, han de  alegar  dentro de los perentorios términos que se fijan;  vencidos éstos,  caduca  el  derecho  allí  consagrado, lo cual traduce que el reconocimiento en  cuestión se consolida, haciéndose impermeable a dicha acción.   

“De donde, si  el  legislador  se   tomó  el  trabajo  de   otorgar  al evento de la  falsedad  en la declaración de paternidad natural un especial y cauteloso   tratamiento  jurídico,  determinando  estrictamente  quiénes,  cuándo y cómo  pueden  impugnar  el reconocimiento del hijo, absurdo sería pensar que admitió  simultáneamente   la  existencia  de  una  acción  paralela (léase la de  nulidad)  cuyo  objetivo  sería  así  mismo el de despojar al reconocido de su  filiación  con  fundamento en idénticas circunstancias fácticas, acción que,  por  si fuera poco, no solo  coexistiría  con la de impugnación sino  que   subsistiría,   y   por   largo    tiempo,  luego   de  fenecida  ésta.   

“Visto   de  otro  modo,  el  legislador  no abandonó, o mejor,  sustrajo  la situación de que se viene tratando del  régimen   general  de  las  nulidades  sustanciales  y  de  eventos  jurídicos  análogos,  y  reservó    lugar especial,  cómodo  y casi diríase que privilegiado para el hijo reconocido, al tiempo que  fue  exigente  y  francamente restrictivo con los interesados en desconocer  dicho  estado, fijando las causas y los plazos, cortos y definitivos estos, para  intentar  la  correspondiente acción; y esta posición no es gratuita; tiene su  razón  de  ser,  como antes se expresó, en las más sentidas necesidades de la  comunidad,   que  mal soportaría la zozobra que traerían consigo la   prolongada  indefinición  en  el  punto, amén de  una legislación laxa y  permisiva  en  relación con un tema que afecta los fundamentos mismos del orden  social.  Tal  como  lo ha señalado la Corte, «por la especial gravedad que para  el  ejercicio  de  los  derechos emanados de las relaciones de familia y para la  estabilidad  y  seguridad  que  entraña el desconocimiento del estado civil que  una  persona  viene poseyendo, el legislador ha señalado plazos cortos para las  acciones  de  impugnación»;  agregando que «como el estado civil, que según el  artículo  346  ‘es la calidad de un individuo en tanto lo habilita para ejercer  ciertos  derechos  y  contraer  ciertas  obligaciones’,  no  puede quedar sujeto  indefinidamente  a  la  posibilidad  de  ser  modificado  o  desconocido, por la  incertidumbre  que tal hecho produciría respecto de los derechos y obligaciones  emanados  de  las  relaciones  de familia, y por constituir, como ya se dijo, un  atentado  inadmisible  contra  la  estabilidad y unidad del núcleo familiar, el  legislador  estableció  plazos  perentorios   dentro  de  los cuales ha de  intentarse  la  acción  de  impugnación,  so  pena  de  caducidad  del derecho  respectivo».    (Sentencias  de  9 de junio de 1970  y 25 de  agosto de 2000).   

“Todo  se   conjunta,  pues,  para  señalar  cómo  la  única  interpretación  valedera  es  la  de  que en estas  materias  del  estado civil, y concretamente en lo de las acciones encaminadas a  suprimirlo,  ha  de  estarse  a  las  causas  y a los términos que específicas  normas  consagran  para  esos  efectos, sin que pueda  pensarse  que  el alegar esas mismas causas de impugnación pero situándolas en  un  diferente marco jurídico, – para el caso el de las nulidades-, se convierta  en   airoso  medio  de esquivar aquellas normas y evadir su tan justificado  rigor”  (se subraya; cas. civ. de 27 de octubre de  2000; exp.: 5639).   

    

         De  manera, pues, que el único camino que tiene la persona que ha  reconocido  a  otra  como hijo suyo, para controvertir ese acto sobre la base de  no  ser  su  progenitor, es el de impugnar el reconocimiento, en los términos y  condiciones  a  que  hace referencia el artículo 5º de la Ley 75 de 1968, toda  vez  que, en últimas, por más que se pretenda calificar esa circunstancia como  falta  de  causa,  causa  irreal u objeto ilícito, lo que se habrá cuestionado  por  el  demandante  es  la  filiación  paterna, asunto que tiene reservada una  acción  especial  para esos fines, que no puede ser desconocida o soslayada, so  capa de acudir al régimen general de las nulidades sustanciales.   

         2.                     Ahora  bien,  contrario  a  lo que sostiene el  recurrente,  el  reconocimiento  de  hijo  extramatrimonial  también  puede ser  impugnado  por  el  padre,  quien  es –sin  duda-  una  de  las  personas  con  “un  interés actual en  ello”,  como  lo  prevé  el  inciso  final  del  artículo  248  del  Código  Civil.   

         Desde  luego  que  no  se  podría entender, como lo hace la parte  demandante,  que  sólo  los terceros podrían quedar comprendidos dentro de los  “interesados”  a  que  hace  alusión  la norma referida, no sólo porque en  ella  no se hizo tal precisión, sino también porque, de aceptarse tal postura,  se     provocaría    una    interpretación    ad  absurdum,  pues  no  se  comprendería,  por vía de  ejemplo,  que  un extraño a la filiación pudiera plantear que el reconocido no  pudo  tener  por  padre al reconociente, pero que la persona que pasa por tal no  puede  alegarlo.  Por  supuesto  que aquellos, los ajenos a la relación filial,  pueden  hacerlo  en  tanto  acrediten  un  “interés  actual”,  que debe ser  concreto,  de orden pecuniario o moral y, claro está, “mensurable a partir de  un  juicio  de  utilidad”  (cas. civ.  de 16 de septiembre de 2003; exp.:  7609;  cfme:  cas.  civ.  de 11 de abril de 2003; exp.: 6657), pero a ello no le  sigue  que tales características no puedan predicarse de la persona que hizo el  reconocimiento, cuyo interés es ostensible.   

         Por  tanto,  resulta claro que la impugnación del reconocimiento,  puede  ser  propuesta por el padre y el hijo, amén de los ascendientes de aquel  y,  en  general,  por  quien  demuestre  un  interés actual, cierto, concreto y  susceptible  de protección (arts. 248 y 335 C.C.; 5º Ley 75/68), de suerte que  no  puede  esgrimirse la supuesta falta de legitimación del primero para tratar  de  habilitar la acción de nulidad, en la medida en que ese planteamiento parte  de  una  premisa que, amén de no ser de recibo, como se explicó, desconoce las  acciones    especiales    para   cuestionar   la   filiación,   según   quedó  elucidado.   

         3.                     Puestas  de  este  modo las cosas, conclúyese  que  el  Tribunal  no quebrantó la ley sustancial, al afirmar que la discusión  planteada  en  la demanda, cuyo punto de partida consiste en que el demandado no  tiene  por  padre  al  demandante,  comporta  una  acción  de  impugnación del  reconocimiento,  que  no  puede ser sustituida por la pretensión de nulidad del  acto   propiamente   dicho,   en   la   medida   en  que  el  tema  –en  esencia- atañe a la filiación  extramatrimonial  y,  por  ende,  al estado civil, en el que no hay espacio para  que  las  personas obren a conveniencia de sus individuales intereses, dadas las  razones  de  orden  público que inspiran las normas que regulan la materia, las  cuales,  se  itera,  tienen  diseñados  mecanismos  especiales  para impugnar o  reclamar  un  determinado estado civil.            

         Finalmente,   cabe   destacar  de  manera  sucinta,  la  falta  de  pertinencia  de  la  cita que el inconforme efectuara de los artículos 16 y 228  de  la  Carta  política, porque los «preceptos constitucionales no dan base por  sí  solos,  a  lo menos en principio, para fundar un ataque en casación por la  causal  primera,  no porque carezcan de rango sustancial, sino porque son normas  cuyo  molde jurídico están generalmente desarrollados por la ley» (auto 217 de  agosto   16   de   1995,   exp.   5532),   como   sucede   con   los   preceptos  invocados.   

         Ahora,  en  cuanto  toca  con la invocación del artículo 406 del  Código  Civil, es ostensible su carencia de relación con el asunto en estudio,  en  la medida en que tal precepto consagra una prerrogativa especial para «quien  se  presente  como  verdadero  padre  o madre, del que pasa por hijo de otros, o  como  verdadero hijo del padre o madre que le desconoce», en el sentido de que a  ellos  no  se  les  podrá oponer prescripción ni fallo alguno, supuesto que es  enteramente   ajeno   al   de  la  persona  que  reconoció  a  otra  como  hijo  extramatrimonial y pretende después enervar ese específico acto.   

         En   consecuencia,   no  prosperan  ninguno  de  los   cargos  formulados.   

DECISION   

         En  mérito  de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala  de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de  la República de  Colombia,   NO  CASA  la  sentencia de fecha y procedencia preanotadas.   

Costas    a   cargo   del   recurrente.  Liquídense.   

                                 

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

      

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