SC 337 2005 [1517631030021994 0548 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-337-2005 [1517631030021994-0548-01]

    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA     

SALA  DE CASACION  CIVIL  

Magistrado  Ponente   

Pedro  Octavio  Munar  Cadena   

                         Bogotá  Distrito   Capital,   catorce  (14)  de  diciembre  de  dos  mil  cinco  (2005).   

                                     Ref.:         Exp.        No.  15176310300219940548 01   

Decide  la  Corte  el  recurso  de casación  interpuesto  por la parte demandante contra la sentencia proferida el 8 de marzo  de  2001,  por  la  Sala  Civil  –  Familia  del  Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Tunja,  dentro  del  proceso  de pertenencia adelantado por MARÍA  LUISA  DÍAZ GARZÓN contra CARMEN ROSA, ANA JOAQUINA, LUZ CECILIA DÍAZ GARZÓN  y personas indeterminadas.   

ANTECEDENTES   

1.  Reclamó  la actora que se declarase que  adquirió  por  prescripción  extraordinaria  de  dominio  las  ¾ del inmueble  ubicado  en la carrera 10 No.17-15/17 de Chinquinquirá, cuyos linderos y demás  especificaciones    señalaron    en    el   libelo   incoativo   del   proceso;  subsecuentemente,  pidió  que se ordene inscribir la sentencia en la oficina de  instrumentos públicos respectiva.   

2.  Afirmó para tal fin, que desde 1970  ejerce  la  posesión  del  inmueble objeto de la usucapión reclamada, en forma  continua  y  pacífica,  sin  reconocer  dominio  ajeno,  habida  cuenta que con  dineros  propios  restauró  la  casa  allí  edificada, construyó una bodega y  realizó  reparaciones  locativas  para su  “exclusivo beneficio”; así  mismo,  aseveró  que  en  1972 el referido bien le fue adjudicado junto con sus  hermanas en la sucesión de María del Carmen Garzón de Díaz.   

3.   Admitido  el  libelo  genitor  se  corrió  traslado  del  mismo  a  las  demandadas,  quienes  se  opusieron a las  pretensiones,  pues  adujeron  que  la actora administra el bien en nombre de la  comunidad  y  que  las  referidas  mejoras se realizaron a expensas de todas las  copropietarias;  igualmente,  tildaron de mala fe la actuación de María Luisa,  dado   que   para   asegurar  el  éxito  de  sus  pretensiones  engañó  a  la  administración  de  justicia,  ya  que  faltó  al  expresar que desconocía el  domicilio de sus hermanas para efecto de vincularlas al litigio.   

                     4.  La  primera  instancia  culminó  con  sentencia desestimatoria de las pretensiones,  proferida  por  el  Juez  2º Civil del Circuito de Chiquinquirá, decisión que  fue  confirmada  por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Tunja al  resolver el recurso de apelación interpuesto por la demandante.   

SENTENCIA  IMPUGNADA   

                             El  sentenciador  consignó, a manera de preámbulo, algunas reflexiones relativas a  la  prescripción  adquisitiva  y  a  la posesión, para abordar seguidamente el  estudio de las pretensiones, de cara al acervo probatorio.   

         

                       Luego  de  corroborar  que  el  bien  en litigio era prescriptible, abordó el examen de la  posesión   alegada   por  la  actora,  punto  en  el  cual  precisó  que   “la esencia de la controversia ha estado fundada no  en  que  la  demandante  haya  ejercido  explotación  económica  del  inmueble  pretendido   en   la   demanda   sino   en   la   voluntad   con   que   lo   ha  realizado”,  esto porque las partes coinciden en que  María   Luisa  Díaz  Garzón  ha  ostentado  su  tenencia  desde  cuando   “les   fue  adjudicado  en  la  partición  de  la  herencia”,   pero   disienten  en  el  animus,  pues mientras aquella afirma que  los  actos  materiales  los  ha  ejecutado  a  título  de dueña exclusiva, las  demandadas     replican     que     los    ha    efectuado     “reconociéndoles   su   calidad   de   comuneras  y  pagándoles  arrendamiento  en  contraprestación  de  sus  derechos  por  el uso total de la  cosa”.   

                      Agregó que  no  solo las demandadas dan por cierto que María Luisa detenta materialmente el  bien,  sino  que  esa  situación aparece demostrada con los testimonios de Luis  Eduardo  Delgado,  Rosa  Elvira  Ospina,  María  Elena  Caro, Graciela Briceño  Contreras,   María  del  Carmen  Peralta  Ortíz  y  Domingo  Hernando  Peralta  Granados,  quienes  en  su  condición  de  vecinos  y  amigos dan cuenta de que  aquella  con  posterioridad  al fallecimiento de su madre ha sido la persona que  sin  solución  de  continuidad  ha  ejercido  sin  perturbación  los  actos de  explotación  económica  del predio  (habitación, comercio, restauración  y   mejoras),   hechos  corroborados  en   “la  inspección judicial y en la peritación”.   

                               

Sostuvo  seguidamente  que  si  bien  la ley  autoriza  a  los  comuneros  para  prescribir  adquisitivamente en contra de sus  pares   (artículo  407  del  C.  de  P. C.), les exige que cuando nazca en  ellos  esa  voluntad  unilateral  de  poseer  con exclusividad y, por tanto, con  desconocimiento  de  su situación de comunero, les es imperativo expresarlo sin  ambigüedad  frente  a  todo el mundo, de tal manera que no deje ninguna duda al  respecto;  por  consiguiente, añadió,  “surge  la   

carga  de  advertir  y  exteriorizar  con  claridad  su  cambio  de  posesión de poseedor como comunero por la de poseedor  absoluto  y  exclusivo”.   Dicho  esto señaló  que    “determinando   la  existencia  de  la  comunidad  una  relación  compleja  en  torno  a  la tenencia, administración,  posesión  y  explotación,  porque  a  la  vez que todos pueden intervenir para  consolidarlas  también  se entiende que los actos que cada uno realiza los hace  en  esa  calidad  de comuneros y en beneficio del interés común, cuando alguno  quiera  separarse de ella para entrar en una de poseedor exclusivo, debe hacerlo  con actos que no dejen ninguna duda al respecto”.   

Infirió  que ese comportamiento de poseedor  exclusivo  no tuvo lugar en el caso en cuestión, ya que el análisis contextual  de  tres circunstancias lo desvirtúan:  “la de  ser  la  actora  comunera  en  la  titularidad  del  derecho  de dominio con las  demandadas  Ana  Joaquina,  Carmen Rosa y Luz Cecilia Díaz Garzón, la de haber  promovido  la conformación de la comunidad al liquidarse la sucesión de María  del  Carmen Garzón de Díaz y la de haber realizado reconocimiento posterior de  su simple condición de comunera frente a sus hermanas”.    

Asentó, para robustecer este aserto, que de  la  escritura pública No.871, otorgada el 15 de diciembre de 1973 en la Notaria  Primera  de  Chiquinquirá,  mediante  la  cual  se protocolizó la sucesión de  María  del  Carmen Garzón de Díaz, y del certificado de libertad allegado, se  extraía  que  el  bien  fue adjudicado a las partes en común y proindiviso, al  igual  que  para el citado año la actora reconoció la calidad de condueñas de  las  demandadas,  dado  que  promovió el trámite de ese juicio y pidió que el  inmueble  fuera  incluido en los inventarios y avalúos, amén que no objetó la  partición,  cuyo  registro  y  protocolización  gestionó.  Por lo tanto,  María   Luisa   manifestó   públicamente   que   reconocía   a   las  demás  adjudicatarias  como  copropietarias,  es decir que aceptó ejercer la posesión  para  la  comunidad.  Luego, si quería intervertir su título de tenedora,  debió  hacer  expresión  pública  de  su cambio de posición, lo que no hizo,  según  se  desprende  de  los testimonios antes referidos, por cuanto si bien a  los  mismos  les  consta  que  la  actora explotaba económicamente el inmueble,  nunca  le  oyeron  decir  que  lo  hiciera como dueña exclusiva. Así entonces,  habiendo  iniciado su posesión a nombre de las herederas y posteriormente en su  calidad   de  comunera,  ha  de  entenderse  que  esa  posición  persistió  en  consonancia con los artículos 777 y 780 del  Código Civil.   

         

                      Dijo que el  reconocimiento  de  la  calidad  de comuneras de las demandadas, extraído de la  referida  actuación  sucesoral,  lo  corroboran, tanto la confesión que María  Luisa  hizo  al  expresar  en  sus declaraciones de renta de 1976 y 1977 que era  titular  de  una  cuota parte del derecho de dominio del inmueble, como también  el hecho de pagarles rentas periódicas.   

                      Del  mismo  modo,  encontró  que  ese  reconocimiento se prolongó por lo menos hasta 1980,  según  dio  cuenta  la declarante Luz Mery García Tellez, quien manifestó que  acompañó  a Luz Cecilia Díaz Garzón en varios viajes que hizo a la ciudad de  Chiquinquirá  durante  el  lapso comprendido entre 1980 y 1985, y en los cuales  la  testigo  pudo  presenciar  que  el  trato  entre ésta y la actora era el de  hermanas,  como  también  que  María  Luisa reconocía a las demás demandadas  como  comuneras  y  que  les  retribuía  por el goce de la casa.  Además,  estimó  que  la  versión  de  la  aludida deponente, de quien dijo le merecía  credibilidad  por  sus  condiciones  personales y morales, fue corrobada por los  testimonios  de  Jorge  Eliécer Gaviria González  y Jairo Alfredo Bogotá  Ruíz, los cuales precisaron iguales hechos en épocas distintas.   

                    Concluyó que  los  actos  de  explotación económica ejercidos por María Luisa Díaz Garzón  han  correspondido  a  su  situación  jurídica de comunera, esto es que los ha  realizado  para  la  comunidad  y no como poseedora con exclusión de los demás  comuneros,  por  lo  que  no  ha  tenido  lugar  la  posesión  material, en los  términos  prescritos por el numeral 3º del artículo 407 del estatuto procesal  civil,  inferencia  que  se  robustece  con  la conducta procesal asumida por la  actora,  pues  pretendió  vincular  a  sus  hermanas  al  proceso  a través de  edictos, pese a que conocía el lugar donde residían.   

LA   DEMANDA   DE  CASACION   

                    Un solo cargo  formuló  el  censor  contra  la  sentencia recurrida, trazado con soporte en la  causal  primera  de  casación,  y  en  el  que  acusa  al juzgador ad  quem  de haber incurrido en error  de  hecho,  por  indebida  apreciación  de  las pruebas, yerro que lo condujo a  violar  los  artículos 673, 762, 981, 2512, 2518, 2522, 2527, 2531, 2532, 2533,  2534  del Código Civil; el artículo 407 num.1º y 3º  y el artículo 1º  de la Ley 50 de 1936.   

                      Se queja la  censura  de  que  el  Tribunal dedujo que el elemento subjetivo de la posesión,  esto  es  el  animus,  no se  probó,  dado  que  el  comportamiento de la actora como poseedora exclusiva del  bien  en  litigio  fue  desvirtuado  por  cuanto  la actora y las demandadas son  titulares  en común y proindiviso del bien en discusión, comunidad que aquella  promovió  al  liquidar  la  sucesión  de  su  progenitora y que posteriormente  reconoció   frente   a  sus  hermanas,  razón  por la cual, se aplicó el recurrente a tratar de desquiciar  los  argumentos  probatorios  esgrimidos  por el sentenciador para desconocer el  elemento  subjetivo  de  la posesión alegada por la demandante, y en desarrollo  de           esa           labor           hizo          los          siguientes  planteamientos:             

                     

                     1º  No  es  posible  inferir de la escritura pública No.871 otorgada el 15 de diciembre  de   1973,  en  la  Notaria  Primera  de  Chiquinquirá,  mediante  la  cual  se  protocolizó  la  sucesión  de María del Carmen Garzón de Díaz, ni del folio  de   matrícula   inmobiliaria   del  inmueble  en  discusión,  que  por  haber  intervenido  la  actora en esa actuación reconoció a las demandadas la calidad  de  condueñas,  habida  cuenta  que  la  denuncia  de  los  bienes en el juicio  sucesorio  se  realiza  para  efectos  de  su apertura, sin que ello implique un  desconocimiento   de    “la   actividad   posesoria   subjetiva   de   la  demandante”,  además  de “no ser la persona fallecida titular de derechos y  obligaciones  y constituir esa atribución un requisito procesal para efectos de  establecer   la  procedencia  de  los  bienes  del  sucesorio”.   Que  se  reconozca  la  titularidad  del  dominio  en  la  causante  con el mero hecho de  promoverse  el  sucesorio  es  absolutamente  distinto  a  que con ello se esté  reconociendo   públicamente   que   era   poseedora  para  la  comunidad,  como  erradamente  lo concluyó el Tribunal.  Y es que no es atinado aseverar que  la  intervención  en  el  proceso  de sucesión da lugar a que públicamente se  reconozca   ser   poseedor   para   otro  o  para  otros.   “La  relación  que  la demandante tenía como presunta poseedora de  la  comunidad  con  los  miembros  de aquella no es posible deducirla de simples  atestaciones  notariales  y  registrales,  pues  tal  relación  jurídica tiene  connotaciones  particulares que la tipifican y que de ninguna manera aparecen en  los referidos documentos”.    

                       Por  otra  parte,  agrega,  que  lo asentado por el juzgador en cuanto que la condición de  la  demandante  de   “poseedora  para  la  comunidad”   persistió  después  de  finalizado  el  trámite sucesoral de María del Carmen Garzón de  Díaz  carece  de respaldo probatorio, dado que los medios de persuación en que  se  apoyó  para  ese  razonamiento lo que reflejan es  “unas ejecuciones  que    agotadas    en   el   tiempo   dan   lugar   a   situaciones   de   hecho  nuevas”.   

                     2º  De  las  declaraciones  de renta y patrimonio  en las que se apoyó el juzgador  para  deducir  que  la  actora confesó tener la calidad de titular de una cuota  parte  del  inmueble  en  litigio  y  que  reconoció  el dominio parcial de las  demandadas  al pagarles rentas periódicas, no se puede extraer esa conclusión,  ya  que  lo  que  ellas  reflejan  es una situación fiscal concreta, ajena a su  condición  de poseedora, amén que el pago de rentas sólo acredita que se hizo  un   pago   y  no  como  lo  entendió  el  Tribunal,   “que  dicho  pago  constituye             ‘confesión’    de   la  calidad  de  titulares  de  un   ‘dominio       parcial’   de  personas distintas a quien  efectúo el pago”.   

                     3º  La  declarante  Luz  Mery  García  Tellez,  a  la cual el sentenciador le dio plena  credibilidad  por  sus  condiciones personales y morales, aseveró que la actora  administraba   el   inmueble   materia  de  la  usucapión  reclamada   “  ‘porque según me contaba  Luz    Cecilia    …     (…)’  “   y   “  ‘por  que   (sic)   ella me contaba que María Luisa era su  hermana  mayor  …   (…)”; de suerte que el Tribunal no se percató de  que  su  versión  no  tiene  respaldo, ya que se funda en la declaración de la  citada  demandada;  es  decir, que el dicho de la testigo es el de la demandada.  Tampoco  advirtió el sentenciador la falta de claridad, precisión y coherencia  de  que  adolece  la declaración, pues la deponente, quien dijo ser la Juez 3ª  Civil  del  Circuito  de Bogotá, manifestó que la actora cancelaba arriendos a  las   demandadas   y  que  Luz  Cecilia  Díaz  Garzón   “  ‘sí  tenía,  tiene   (sic)   ejercía  y  ejerce posesión y se ha comportado como dueña que es del inmueble  junto    con   sus   otras   hermanas’  “   y  también dijo que  “la demandante tenía  la  condición  de  tenedora  arrendataria  y  a  la vez poseedora, esto es, dos  condiciones  reconocidas  jurídicamente  como incompatibles en relación con el  mismo objeto”.   

                     4º  El  fallador  no  advirtió  las  contradicciones  en que incurrió el testigo Jairo  Alfredo     Bogotá     Ruíz,    quien    afirmó:     “    ‘si  vi  directamente  que  la  señora  María  Luisa  entregara  estos  dineros  por  conceptos de arriendos a la   (sic)   señora  Ana Joaquina y Luz Cecilia, previo el arreglo de cuentas y  gastos  que  se   (sic)  hubiera tenido en la casa, por arreglos en la  misma   …   (…)’  ”;  así  mismo,  en  otra  respuesta  manifiesta  que   “ ‘dejaban  los  dineros  la doctor   (sic)   Luz  Cecilia para arreglo de la casa dineros que se le entregaban a  María    Luisa    quien   era   la   que   administraba   la   casa’   “.   Por tanto, con esa  testificación  no  se  establece si los dineros que presuntamente se invertían  en  los  arreglos  de la casa de la actora los entregaba una de las demandadas a  la  “presunta  administradora”  o si, por el contrario, se deducían de  las  cuentas  que  ésta le rendía a aquella; además, la contradicción puesta  de  presente  refleja  que  el  testigo  no  tenía  conocimiento  directo de la  situación  que pretendió describir, razón por la cual no merece credibilidad.   

                    El declarante  Jorge  Eliécer  Gaviria González testificó que en varias ocasiones acompañó  a  algunas  de  las demandadas a Chinquinquirá a cobrar unos arriendos, sin que  expusiera  los  datos  probatorios  suficientes  que  permitan determinar que se  trata de la situación debatida en el proceso.   

5º  Por último, se queja el recurrente  de  que  el  juzgador, al tener como indicio la conducta procesal del demandado,  lo  que  hizo  fue  sancionarlo  probatoriamente, con lo cual desconoció que la  sentencia   de   pertenencia   produce  efectos  erga  omnes,  por  lo  que  la  concurrencia  de  todos  los  interesados,  entre  ellos  la  parte pasiva determinada, está asegurada con la  convocatoria  pública,  aunada  a  la  obligatoriedad  de  la  práctica de una  inspección  judicial  al  predio  materia  de  la  pretensión,  en  la  que el  juez   “puede  y  debe  interrogar  a las partes y los testigos sobre los  hechos de la diligencia”.    

Agregó, que el fallador dejó de apreciar la  declaración  de  José  Isamael García García, quien al ser interrogado sobre  la  persona  a  quien  consideraba dueña del predio, contestó:  “pues a  Luisa,   pues   lo  he  escuchado,  he  vivido  ahí  y  la  he  visto  ahí”,  testificación  que  emitió por el conocimiento que tiene del predio, ya que ha  sido vecino del mismo por más de 45 años.   

CONSIDERACIONES   

                    

1.  Estima la Corte, dados los contornos  fácticos  y jurídicos de este litigio, que es oportuno traer a colación cómo  esta   Corporación   ha   precisado   que   “  (…)   ‘la  posesión  del comunero apta para  prescribir  debe  traducirse  en hechos que revelen sin equívoco alguno que los  ejecutó  a  título individual, exclusivo, y que ella, por tanto, absolutamente  nada  tiene  que ver con su condición de comunero y coposeedor. Pues arrancando  el  comunero  de  una coposesión que deviene ope legis, ha de ofrecer un cambio  en  las  disposiciones  mentales  del  detentador  que  sea  manifiesto,  de  un  significado   que  no  admite  duda;  y  que,  en  fin,  ostente  un  perfil  irrecusable  en  el sentido de  indicar    que    se    trocó    la   coposesión     legal     en     posesión    exclusiva     (Cas.    de    27    de    mayo    de   1991)’   ”  (Cas.  de 16 de marzo de  1998,    Exp.4990).    Igualmente,  sostuvo  que   “que  la  comunidad también puede tener  manifestación  cabal  en  el hecho de la posesión, dando lugar al fenómeno de  la  coposesión,  caso  en el cual lo natural es que la posesión se ejerza bien  por  todos  los  comuneros,  o  por un administrador en nombre de todos, pero en  todo  caso,  de  modo  compartido  y  no  exclusivo,  por  estar  frente  a  una  “posesión  de  comunero”.  Desde luego, como con claridad lo ha   advertido   la  jurisprudencia,  que  tratándose  de  la  “posesión  de  comunero”  su  utilidad  es “pro  indiviso”,  es  decir,  para  la  misma  comunidad,  porque  para  admitir  la  mutación  de  una  “posesión de comunero” por la de poseedor exclusivo, es  necesario   que   el   comunero  ejerza  una  posesión  personal,  autónoma  o  independiente,  y  por  ende  excluyente  de la comunidad ”  (Cas. de 29 de octubre de 200l, Exp.5800).   

                     2.  Por  consiguiente,  si  como  lo  tiene  definido  esta Corporación, el comunero que  pretenda  excluir a los demás con miras a ganar por prescripción el bien de la  comunidad  tiene que acreditar que sus actos posesorios no reflejan un ánimo de  poseer   para  ella,   sino  con  exclusión  de  ésta,  reluce  palmario,  entonces,  que  si  se  admitiere,  en  gracia  de  discusión,  que el Tribunal  cometió  los  yerros de apreciación probatoria que se le enrostran y que en el  parecer  del  recurrente  lo  condujeron  a  inferir que la actora reconoció el  dominio  de  los demandados, ello no es suficiente per  se  para  aniquilar  la  sentencia  recurrida,  habida  cuenta  que  le  correspondía  al  censor determinar cuáles fueron las pruebas  inadvertidas  por  el  juzgador  que  pondrían  de  presente  que la demandante  repelió  de  manera frontal, y de cara a los demás comuneros, su injerencia en  la  explotación  económica  del  inmueble;  por supuesto, que la condición de  comunera  de la demandante comporta la presunción de que los actos de posesión  que  realizaba  en el bien correspondían a actos de la comunidad, razón por la  cual  debió  demostrar  que  a partir de un momento específico, el cual debió  estar  plenamente  identificado,  la  posesión  que como comunera ejercitaba se  trastocó  en  una posesión propia y en ese sentido no hay ninguna afirmación,  ni demostración en el cargo.   

                      3.  En  todo  caso,  lo  cierto  es  que  ninguna  razón  le  asiste  al  censor  en su  acusación,  por  cuanto examinadas las pruebas cuestionadas no advierte la Sala  que  las  conclusiones  que  de ellas extrajo el fallador no se acompasen con su  contenido  material y mucho menos que no sea razonable considerar que los hechos  de  que  ellas  dan cuenta son indicativos de que María Luisa Díaz Garzón sí  reconoce  a  sus  hermanas  como condueñas del aludido bien.             

                    En efecto, el  sentenciador  dedujo  que  toda  la actuación desplegada por María Luisa Díaz  Garzón  en  la  sucesión de la causante María del Carmen Garzón de Díaz, de  que  da  cuenta  la  escritura  mediante  la  cual se protocolizó dicho juicio,  constituía  una  clara manifestación por parte de dicha interesada, de que por  esa  época,  ella  no  ostentaba en forma excluyente la posesión del predio en  disputa,  razonamiento  que  no  reluce  como error manifiesto de hecho, pues la  verdad  es que tal proceder no encuentra otra explicación. Por supuesto, que si  en   el   proceso   de   sucesión  se  distribuyen  y  adjudican  los  derechos  patrimoniales  del  causante  a  sus  herederos,  resulta obvio que si la actora  denunció  en los inventarios como relicto el inmueble en litigio y no  se  opuso  a  que  el  mismo le fuera  adjudicado  en  común  y  proindiviso con sus hermanas es porque reconocía que  ella  no  detentaba  su  posesión  en forma exclusiva, máxime cuando no estaba  obligado  legalmente  a incluir como integrante de la masa herencial un bien que  a su juicio le pertenecía.   

                     Sin duda, de  considerarse  ella poseedora exclusiva del bien no habría promovido la referida  actuación  y  hubiese  discutido por todos los medios que el mismo hubiere sido  objeto  de  partición  y con mayor razón habría rechazado la adjudicación en  común    y   proindiviso   allí   efectuada.   Desde  luego, que si la posesión es el hecho que hace  presumir  el  dominio  resulta  contradictorio  en  grado  sumo  que  la actora,  predicándose  poseedora  exclusiva del inmueble, promoviera el proceso judicial  que  culminó  con  la  inscripción  de  ese principalísimo derecho real en la  oficina de registro.   

                      Aunado a lo  anterior,   se  tiene  que  María  Luisa  Díaz  Garzón  en  el  anexo  de  la  declaración  de renta de la sucesión de María del Carmen Garzón de Díaz que  suscribió   el   9   de   agosto  de  1973  manifestó  que   “la  renta  que  produjo  el  inmueble  situado en Chiquinquirá,  pagados  los  impuestos relacionados, se distribuyó por partes iguales entre la  suscrita   y   sus   hermanas   Ana   Joaquina,  Cecilia  y  Carmen  Rosa  Díaz  Garzón”.  (F.111, C.  1),  lo cual sin duda corrobora la inferencia del sentenciador, en cuanto que la  demandante  reconoce  a  sus  hermanas  como  comuneras  del  inmueble objeto de  controversia.           

                     

                    Y en cuanto a  la  prueba  testimonial  censurada,  se  tiene  que  ella también da cuenta del  reconocimiento  de  la  calidad  de condueñas de las demandadas por parte de la  actora,  pues  refiere  que  ésta  les  rendía  cuenta  a  aquellas  sobre  la  administración  del  bien  y  les pagaba arriendo por la parte del inmueble que  les  correspondía y que ella ocupaba, tal como lo infirió el fallador, sin que  por tanto se vislumbre el error de apreciación que se le atribuye.   

         

                      Si bien es  cierto  que  la  testigo  Luz Mery García Tellez expresó que Luz Cecilia Díaz  Garzón  le comentó que al fallecer su progenitora dejaron que su hermana mayor  María  Luisa  administrara  la  casa,  también  lo es que dicha deponente dijo  tener  conocimiento  directo  de  los hechos de que dio cuenta, puesto que   aseveró  que  en  varias  oportunidades,  entre  1980  y  1985, acompañó a la  mencionada   demandada   a   la  casa  de  Chiquinquirá  y  observó  que   “…  Luz Cecilia y María Luisa hablaban sobre los  arriendos   hacían  cuentas  sobre  algunas  reparaciones  de  pinturas  o  locativas  de la casa y hacían lo que puede denominarse un cruce de cuentas, es  decir  unas  veces  María Luisa le entregaba un dinero a Luz Cecilia por cuenta  de  arrendamientos  de  varios  meses  y otras hacían cuentas y si María Luisa  argumentaba  que  había  tenido  necesidad  de  hacer  alguna  reparación ella  descontaba  de  lo que le correspondía a cada una de las hermanas; recuerdo que  en  algunas  ocasiones inclusive María Luisa le daba algunas cosas productos de  una  cigarrería  que  tenía  en  la  casa  en  el  primer  piso  y  le  decía  familiarmente  negra  yo  le  completo con estos productos lo que hace falta del  dinero  que  me  toca  pagar  por  arriendo por haberlo gastado y Luz Cecilia le  recibía sin ponerle problemas ..”.   

                    El declarante  Jairo  Alfredo  Bogotá Ruíz afirmó que, para los años de 1979 a 1981, llevó  en  algunas  ocasiones  a  Luz  Cecilia  y  Ana  Joaquina  Díaz Garzón a   Chinquinquirá  a cobrar los arriendos de lo que le correspondía en el inmueble  en  litigio   y  precisó  que  “también  dejaban  los  dineros  o descontaban para los arreglos locativos de la casa para  mantenerla  en  pie,  en unas oportunidades dejaban los dineros a la doctora Luz  Cecilia  para  arreglo  de  la  casa dineros que se le entregaban a María Luisa  quien   era   la   que   administraba   la   casa   y  vivía  en  ella  con  su  familia”.   

                     

El  testigo Jorge Eliécer Gaviria González  dio  cuenta de circunstancias que dejan en claro que se refería a la situación  debatida  en  este  litigio,  sin que por tanto la censura que en tal sentido le  formula  el  recurrente  sea  cierta,  tal  como  aflora  del  contenido  de  su  declaración,  en  la que dijo  “La señora Luz  María  Cecilia  Garzón,  la  conocí  por  el año de 1983 o 1985, no recuerdo  bien,   (…),  después  que  la  conocí  ella  me  presentó una hermana  llamada  Ana,  y  me  empezaron  a  pedir  el  favor  de  que  las acompañara a  Chiquinquirá  a  cobrar  unos  arriendos  de  una  casa  que  tenía,  y yo las  acompañaba  por hacerles el favor.  Unas veces iba con la Dra. Luz Cecilia  y  otras  veces  con Ana la hermana y llegaban a una casa de dos  (2)   pisos,  como  dos   (2)  cuadras de la catedral hacia abajo, donde una  hermana  que  vivía  allí  en  esa  casa, de nombre Luisa y ella les pagaba el  arriendo y nosotros nos regresábamos”.   

                   Por lo demás,  lo  asentado  por  el  Tribunal  respecto  a  la  conducta procesal de la actora  corresponde  a  la  realidad fáctica del litigio, pues incluso ella dio lugar a  que  se  declarara  la nulidad de lo actuado y se ordenara vincular al proceso a  dos  de  las demandadas mediante notificación personal del auto admisorio de la  demanda;  además,  lo  testificado  por  José  Ismael  García García ninguna  incidencia  tiene  en  las  conclusiones  a  que  arribó  el sentenciador en la  valoración  de  los  medios  de  convicción  en  que se apuntaló la sentencia  recurrida.   

                     Puestas así  las   cosas,   resulta  patente  que  los  errores  de  apreciación  probatoria  enrostrados  al fallador no tuvieron ocurrencia y, por consiguiente, el cargo se  abre paso.   

DECISIÓN   

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República  y  por autoridad de la ley, NO  C A S  A  la  sentencia  del ocho (8) de marzo de dos mil uno  (2001),  dictada  por  el Tribunal Superior del Distrito Judicial de Tunja, Sala  Civil  –  Familia,  dentro del proceso ordinario adelantado por MARIA LUISA DIAZ  GARZON,  frente  a CARMEN ROSA, ANA JOAQUINA, LUZ CECILIA DIAZ GARZON y personas  indeterminadas.   

Costas  a  cargo  de  la  parte  recurrente.   

                     

NOTIFÍQUESE.  

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁSQUEZ   

En comisión de servicios  

JAIME  ALBERTO  ARRUBLA  PAUCAR   

CARLOS IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO  FERNANDO TREJOS  BUENO   

CESAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

   

    

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