SC 362 2005 [1749]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-362-2005 [1749]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá,  D. C., diecinueve (19) de diciembre  de dos mil cinco (2005).   

Referencia:  Expediente  número 1749.   

                                       

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  las  demandadas  contra la sentencia de 14 de octubre de 1999,  proferida  por  la Sala Civil-Familia-Laboral del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Pamplona,  dentro  del proceso ordinario promovido por Nahim Ahmar  Hallak  frente  a  Beatriz Amanda Moreno Rincón, Nohora Consuelo Ibarra Ibarra,  Adriana  Cristina  Carvajal  Paipa,  Nelly  Josefa  Carvajal  Paipa, Ruth Stella  Carvajal   Paipa,   Eucaris   Torrado   de   Villamizar   y   Gloria  Sáenz  de  Carvajal.   

I. ANTECEDENTES  

                             1. El demandante  solicitó,      principalmente,      declarar  que el  contrato  por  medio  del  cual  Luz  Rosario Castellanos de Jaimes, en nombre y  representación  del  actor,  enajenó  a  favor  de  las  demandadas  el predio  descrito  en la demanda, contenido en la escritura pública número 386 de 15 de  septiembre  de  1995,  de la notaría única de Chinácota, era nulo, de nulidad  absoluta,  por  tratarse  de  una  permuta  y  no de una compraventa;  y  para  el  evento  que  a  ello no se accediera, pidió que se  declarara   rescindido,  por  lesión  enorme,  dicho  negocio jurídico.   

Esas  pretensiones principales y subsidiarias  comprenden  peticiones expresas relativas a que se dispusiera, como consecuencia  de  la  prosperidad  de  cualquiera  de ellas, lo pertinente a las restituciones  mutuas,  la  cancelación  del  mencionado  título  y la inscripción del fallo  respectivo     en     la     oficina     de     registro     de     instrumentos  públicos.         

2.  Fundamentó las  pretensiones en los hechos que seguidamente se compendian:   

a)  El  actor,  bajo engaño, confirió poder  especial  a Luz Rosario Castellanos de Jaimes a fin de que enajenara el inmueble  denominado  “El  Paraíso”,  ubicado en la fracción de “Chitacomar” del  municipio de Chinácota, Norte de Santander, de su propiedad.   

b)  En  ejercicio  de ese mandato la aludida  procuradora,  a  través  de  la  escritura  pública 386 de 15 de septiembre de  1995,  de  la  notaría única de la citada localidad, transfirió a favor de la  contraparte   el  referido  predio  por  la  suma  de  $7´000.000,  aunque  las  compradoras,  ante  la  Fiscalía  de Pamplona, declararon que el precio real de  ese  contrato  fue de $30´000.000, que pagaron así: $17´500.000 representados  en  dos vehículos automotores, $8´500.000 entregados en efectivo al momento de  su  otorgamiento  y  $4´000.000 mediante dos letras de cambio suscritas por las  deudoras.   

                             c)  Aquella mandataria celebró allí un  negocio  de  permuta,  pese a que el referido poder le fue conferido únicamente  para  vender,  razón  por  la  que  dicho  acto  careció  de  validez, pues al  convenirlo ella excedió los límites del mandato.   

                               

d)  Pese  a  que conocieron el contenido del  susodicho  poder,  las opositoras aceptaron esa permuta, aunque identificaron el  acuerdo  como una compraventa; dado que la mentada mandataria se extralimitó en  las  facultades  que  le  fueron  conferidas,  el  referido acto bilateral no es  válido.   

                             e) El precio allí pactado fue inferior a  la  mitad  del  justo  precio del bien permutado, razón por la que procedía la  rescisión por lesión enorme.   

                             f)  Ahmar  Hallak  no  intervino  en  la  contratación  y  tampoco  recibió  dinero ni los vehículos por concepto de la  contraprestación  del  bien  enajenado,  ya  que  Luz  Rosario  “se alzó con  todo”, a raíz de lo cual está siendo investigada por estafa.   

                                  

3. Notificadas los  demandadas,  contestaron el libelo oponiéndose a las pretensiones; frente a los  hechos,   tras  admitir  el  relativo  al  poder  otorgado,  dijeron  no  constarles  lo  del engaño, con la  aclaración   consistente   en   que   la  cantidad  real  del  negocio  fue  de  $30´000.000   y   no   de  $7’000.000; agregaron que  los  automotores  hicieron parte del pago y no del precio del contrato, pues Luz  Rosario  Castellanos  los  compró  en el convenio que ajustó con Sabas y Edgar  Carvajal  Paipa,  bajo  condición  de  que  la  suma al respecto acordada fuera  pagada  por las opositoras a éstos, como efectivamente lo hicieron;  expresaron,  asimismo,  que el pacto no  fue  permuta  sino  compraventa,  pues  la  contraprestación  se  determinó en  dinero;  negaron  que  el importe verdadero hubiera sido inferior a la mitad del  justiprecio.             

                                  Propusieron las excepciones que  denominaron  como  “inexistencia  de  la nulidad”,  “inexistencia  de  la  lesión  enorme”  e  “inexistencia  de  causa de la  acción”, fundadas, por un lado, en que  como  el arreglo se ajustó a las disposiciones legales y el costo  realmente  pagado  no era lesivo, teniendo en cuenta que la suma recibida no fue  inferior  a  la mitad de su valor justo, no se produjo nulidad alguna ni lesión  enorme;  y, por otro, en que como las súplicas se apoyaron en el hecho de haber  abusado  Luz  Rosario  de  la  confianza  de  su  mandante  al  no  rendirle las  respectivas  cuentas,  Nahim  Ahmar se equivocó de acción, pues esa situación  no era culpa de la contraparte.   

                             4. Por sentencia  de  10  de  junio  de  1999 el Juzgado Primero Civil del Circuito de  Pamplona culminó la primera instancia,  en la que desestimó las pretensiones.   

5.  Al  desatar el  recurso  de  apelación  interpuesto  por  el  promotor del proceso, el Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Pamplona, mediante fallo de 14 de octubre de  1999,  revocó  el  del a-quo  y,  en su lugar, acogió la súplica rescisoria por lesión enorme, le concedió  a  las  compradoras  la opción de completar el justo precio mediante el pago de  $24’292.155,   más  la  corrección  monetaria, con deducción del 10%, declaró probada la objeción al  primer  dictamen pericial y aceptó el segundo, ordenó al actor que le pagara a  aquéllas  $2’010.000 por  concepto   de   mejoras   y   les   devolviera   la   suma   de   $7’000.000,  junto con intereses legales,  más $105.000 por gastos de administración del predio.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

                             1. Empezó el tribunal sosteniendo que no  podía  acceder  a  las  pretensiones  principales,  toda  vez que el fundamento  fáctico  esgrimido  a  su  alrededor, consistente en que la mandataria excedió  las  facultades  que el actor le confirió por cuanto ajustó una permuta pese a  que  el  mandato le fue otorgado para que celebrara una compraventa, no apuntaba  a  estructurar  la  invalidez  del  acto  sino su ineficacia frente al actor, de  considerárselo  como  tercero respecto del negocio. Teniendo en cuenta que este  último  evento engendraba la inoponibilidad del contrato, que dicho fenómeno y  la  nulidad  eran diferentes, aunque comprendidos dentro del concepto general de  ineficacia,  y que aquélla no fue la declaración solicitada, debía desestimar  las   mentadas   súplicas.                                         

                             No  sin  antes insistir en que no había  lugar  a  predicar  la  invalidez del negocio materia de controversia, ya que el  mismo,  aunque  pudiera  resultar  inoponible  al actor, seguía siendo válido,  desde  otra  perspectiva  hizo ver el fallador que si bien, por la causa enantes  aludida,   podía   “interpretarse   el  verdadero  alcance  del  petitum”   en   el   sentido   de  que  traslucía  una  “simulación relativa”, sin embargo nada podía hacer sobre  el  particular, puesto que lo pedido fue la declaración de la nulidad absoluta,  y  resultaba que ella era distinta de la simulación. “Esa deficiencia, que no  puede  ser  superada  por  el  sentenciador, conduce al traste de la pretensión  incoada”.   

                             2.  En  orden a desatar lo atinente a la  súplica  subsidiaria,  el  tribunal  precisó  cómo  en este asunto interesaba  definir  si  las  partes  habían contratado por debajo de la mitad o por encima  del  doble  del  justo  precio  de  la  cosa  objeto de la convención, a fin de  establecer  si  la pretensión de rescisión por lesión enorme estaba llamada a  prosperar,  punto  a partir del cual transcribió los artículos 1946 y 1949 del  Código Civil.   

                             3.  Tras  aludir  a  lo  que dijeron las  demandadas   acerca   del   valor   del   negocio,   afirmó   el   ad-quem  que  el  juicio  del  a-quo no correspondía a lo que emergía  de  las  probanzas,  pues  fueron precisamente aquéllas quienes negaron, por un  lado,  que  el  contrato  hubiera  sido  de  permuta  y,  por  el  otro, que los  vehículos  involucrados  se  entregaron  “como  parte  del  precio”  de  la  compraventa  del bien raíz; esas negaciones, prosiguió el sentenciador, fueron  corroboradas por un testimonio.   

                             4. Recalcó el fallador que no pasaba por  alto  cómo  en  la  demanda y en los alegatos de primera y segunda instancia se  quiso  hacer ver que la suma pagada por las demandadas fue de $30´000.000, pero  que  eso  no  era  lo  que emanaba de las declaraciones de parte ni de la prueba  testimonial,  donde  se  evidenciaba  que  en  la contratación sí hubo lesión  enorme para el demandante.   

                              A   este  respecto  comentó  que  las  opositoras,  al  ser  preguntadas  sobre si el acuerdo celebrado con Luz Rosario  fue  de permuta y no de compraventa, respondieron que de la respectiva escritura  claramente  se establecía que había sido el segundo de los aludidos, que no el  primero,  porque  pagaron el precio en dinero efectivo, así como declararon que  lo   tocante   con   los  automotores  fue  otro convenio que aquélla celebró con personas no vinculadas  al  del inmueble; señaló, asimismo, que al  interrogárseles  sobre  si  la  entrega  de  los dos vehículos  formó  parte  del  precio, lo negaron, aunque precisaron que ellas tuvieron que  pagarle  a  los  dueños  los dineros correspondientes a la venta de los mismos.  Agregó   el   juez   de   segundo  grado  que  en  similar  sentido  respondió  particularmente   la   demandada   Adriana  Carvajal,  cuando  declaró  que  la  contraprestación  pactada fue de $30´000.000 y que el día del otorgamiento de  la  escritura  le pagaron a Castellanos de Jaimes $8´500.000, le entregaron dos  letras  de  cambio  por $1´500.000 y $2´500.00, pues el saldo se lo cancelaron  ellas  a  los  dueños  de  dos  automotores que por su lado habían ajustado un  negocio  con  la  nombrada,  por  cuanto  fue  eso  lo  que  acordaron con dicha  señora.   

                             Añadió  el  sentenciador  que  lo así  aseverado  por la contraparte se reforzaba con lo declarado por el testigo Edgar  Augusto  Carvajal  Paipa,  en  cuanto dijo que uno fue el arreglo sobre el fundo  ajustado  por  Luz Rosario con aquéllas y otros los relativos a la venta de los  automotores  que  él  y Sabas Carvajal Paipa hicieron a favor de Castellanos de  Jaimes,  y  que,  en  relación  con  el  pago  del precio de estas dos últimas  enajenaciones,  con  esa  mandataria acordaron que, en lugar de que la misma les  entregara  a  ellos  el  importe  respectivo, fueran las demandadas quienes, con  parte  de  los dineros de la venta del predio, le entregaran a los vendedores la  suma  de  la  transferencia  de  los vehículos, como así sucedió.     

                             5. Precisado que fueron dos los negocios  jurídicos  de  compraventa,  independientes  y  distintos, como que la cantidad  fijada  en  el  de  los  vehículos  no formó parte del precio del contrato del  inmueble,  seguidamente expresó el tribunal que así quedaba evidenciado que el  monto  pagado  por  la  enajenación  de  éste fue el que se hizo figurar en la  respectiva   escritura,   pues   la   prueba   de   confesión  surgida  de  los  interrogatorios,  “en  cuanto a la forma de pago del precio del bien raíz, de  haber     cancelado     en    efectivo    la    suma”    de    $12’500.000,   no  tenía  “prevalencia  sobre  el  instrumento  público,  máxime  cuando  al  demandante”  no podía  “oponérsele  el  pacto  privado  que  entre mandataria y las compradoras pudo  haber  existido  y  que  se  celebró  como  un  negocio diferente y no como una  convención de pago del precio”.   

                             Puntualizó que aunque no pasaba por alto  que  la confesión no podía dividirse aceptando lo desfavorable y desechando lo  favorable  al  confesante  en aquellas adiciones que guardaran íntima relación  con  lo  aceptado,  lo  cierto  era  que  en esta ocasión el hecho confesado no  lograba  desvirtuarse  con  otra prueba, ya que si las declaraciones consignadas  en  la  escritura  eran  las que tenían valor probatorio ante terceros desde el  mismo  momento  en  que  dicho  acto se inscribió en la oficina de registro, no  podía     “dársele     prevalencia     al    pacto    secreto    sobre    el  documento”.   

                             6.  Remató señalando que como el valor  de  la enajenación del bien raíz, pactado en $7´000.000, resultaba inferior a  la  mitad  del  precio  justo  del  mismo, el cual fue avaluado en $33´292.155,  según  la experticia practicada como prueba de la objeción formulada al primer  trabajo  pericial, se había presentado lesión enorme para el vendedor, cual lo  declaró.   

                             Expuso,  finalmente,  que  no acogía el  primer  dictamen  porque sus autores allí no ofrecieron los fundamentos que les  hubiera  servido  de  base para predicar que para el 15 de septiembre de 1995 la  cosa  tenía  un  avalúo  de $65´000.000 ni indicaron cuál era el justiprecio  del  terreno  y  el  de  la  construcción existente para entonces. Acogió así  aquella  otra  pericia al estimar que era clara en los aspectos que incidían en  la valoración de una finca.   

III. LA DEMANDA DE CASACIÓN  

                                     Cuatro  cargos  proponen  las  opositoras  contra  el fallo combatido: tres con respaldo en la causal primera y  uno  con  apoyo  en  el  motivo  segundo de casación. De ellos, el tercero y el  cuarto    se    formulan    ad-cautelam,  es  decir,  para  que  la  Corte los resolviera únicamente en el  supuesto  de  que  no  encontrara próspero ninguno de los dos primeros. La Sala  resolverá  por  adelantado  el  cargo  segundo,  donde  se  denuncia  un  yerro  in  procedendo; seguidamente  abordará  el  estudio  del  primero,   en   el   que   se   delata  un  error  in  judicando,  porque, al estar llamado a prosperar, como  en  efecto  lo  está,  provoca  el  quiebre  parcial  del  fallo  atacado y la confirmación de la decisión  de primera instancia.   

                            CARGO SEGUNDO   

                             Acusa  la sentencia de ser incongruente,  por   mínima  petita,  al  considerar  que, luego de revocar la decisión absolutoria de primera instancia,  en  su  parte resolutiva acogió la pretensión subsidiaria sin antes decidir la  principal.   

                             1. Expone, en efecto, que como era deber  del  juez  respetar el cuadro trazado en la instancia por los litigantes, él no  podía  sorprenderlos  con la trasgresión de esos límites, ya que, de hacerlo,  quebrantaría  la  norma  legal  de  orden  público  e inmodificable que se los  demarca.  De  este  principio,  que  emana  del  artículo  305  del  Código de  Procedimiento  Civil,  surge  como consecuencia que el sentenciador, al proferir  el  fallo,  debe decidir dentro del espacio y el orden que le determina el actor  en  la  demanda  y el demandado en la contestación; de allí que la congruencia  se  contrae  a  la  necesidad  de  que  la  aludida  decisión  se  encuentre en  consonancia  con  las  pretensiones  propuestas por aquél en el libelo o en las  demás  oportunidades  que la ley le ofrece y con las excepciones que, invocadas  por  éste,  aparezcan  probadas.  Resultará  entonces  lesionado  el  interés  jurídico  de  los  litigantes  en los eventos en que el sentenciador proceda de  manera contraria,  bien por exceso de poder o ya por defecto.   

                             Sostienen  las impugnadoras que la falta  de  correspondencia entre la resolución de la sentencia y las peticiones de las  partes,  es  lo  que  autoriza la casación de la determinación así proferida,  cuando   ésta   es   incongruente,   entre   otros  eventos,  por  mínima  petita, fenómeno que tiene lugar  cuando  se deja de decidir sobre alguna de las pretensiones o de las excepciones  formuladas.   

                             2. Este yerro, prosigue la censura, es el  que  presenta  la  providencia  recurrida, habida consideración que en su parte  resolutiva,  después  de  disponer  la revocatoria del fallo denegatorio de las  pretensiones  y  sin  reemplazar  la  decisión  correspondiente  a  la  nulidad  absoluta  de  la  escritura  pública  386  de  15  de  septiembre de 1995 y del  contrato  en  ella  vertido,  suplicada  como  principal, el tribunal acogió la  petición   rescisoria   por  lesión  enorme,  que  se  había  propuesto  como  subsidiaria.   

                              Añaden   que   pese   a  que  en  las  consideraciones  advirtió dicha acumulación y el carácter que el promotor del  proceso  le  imprimió  a  la  misma, en la parte resolutiva del fallo, luego de  infirmar    la    absolución    del    de   primer   grado,   el   ad-quem  declaró la rescisión suplicada  subsidiariamente,  omitiendo  decidir  la  nulidad  deprecada como principal. Al  cotejar,  pues,  lo  pedido  en  el  acto  introductorio  con  lo resuelto en la  sentencia,  específicamente  en  el orden propuesto alrededor de las súplicas,  aflora  un  “error  que  por  su  imponente  inmensidad  adquiere  perfiles de  aberración     jurídica     y     reclama,     por     ende,     su     pronta  reparación”(fl.40).   

                              3.  Entre  las  diversas  acumulaciones  legalmente  existentes  se  encuentra la subsidiaria, que tiene lugar, dicen las  censoras,  cuando  el  actor  propone  una pretensión para el caso de que otra,  aducida  como  principal,  fuera  desestimada,  por  lo que si se acoge ésta no  podrá  analizarse  ni  resolverse  la  subsidiaria,  la  cual  se  debe decidir  únicamente en la hipótesis en que aquélla sea desestimada.   

                             Como  la clase de acumulación le impone  al  juzgador  un  determinado comportamiento a la hora de fallar, en tratándose  de   la   subsidiaria   el   fallo  resultará  incongruente,  por  mínima  petita, si en su parte resolutiva  aquél  omite  decidir  la  pretensión  principal  y se pronuncia positivamente  sobre  la  propuesta  en subsidio; añaden que la decisión desestimatoria de la  súplica  principal debe estar expresamente contenida en la parte dispositiva de  la  sentencia,  ya  que  es  en  ésta  y  no en la motiva donde se encuentra la  solución   del   conflicto,   pues  sólo  así  podrá  el  juez  resolver  la  subsidiaria.   

                             4. A vuelta de sostener que conforme a la  jurisprudencia   de  la  Corte  cuando  un  tribunal  revoca  la  sentencia  del  a-quo,  sin sustituirla, la  decisión  que  adopte  es  incompleta,  aducen las casacionistas que si bien es  verdad  en  este asunto, luego de revocarlo, el sentenciador sustituyó el fallo  apelado,  no  lo  es menos que fue solamente en lo concerniente a la pretensión  subsidiaria,   por   cuanto   dejó  insoluta  la  decisión  sobre  la  nulidad  contractual.   

                             Aducen  las recurrentes no desconocer la  doctrina  relativa a las resoluciones implícitas de un fallo, según la cual no  existe   incongruencia   cuando   las   excepciones  propuestas  no  se  deciden  expresamente  en  la  parte  resolutiva pero sí se hace referencia y alusión a  ellas  en la parte motiva, sólo que todas las providencias de esta Corporación  al  respecto  concretan  dicha tesis al tema de  las excepciones, es decir,  que  no  la  extienden  a  las  pretensiones,  como quiera que éstas debe tener  pronunciamiento  expreso  en  el  apartado resolutivo del fallo. Para el caso de  las  súplicas “no puede aceptarse la teoría de las resoluciones tácitas por  cuanto,  por  ubicarse  en  la  parte  expositiva  del  fallo, carecen de fuerza  vinculante  para  las partes; en rigor de verdad semejante alusión o referencia  implícita deja sin definición completa el litigio”(fl.43).   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                             1.  Como  se  aprecia,  la temática que  envuelve  la  acusación  que  se  analiza radica en el hecho de que, según las  censoras,   el   tribunal,   estando  obligado  a  resolver  por  adelantado  la  pretensión  de nulidad del contrato, propuesta como principal, no lo hizo, como  que   entró   derecho   a  decidir  la  súplica  formulada  como  subsidiaria,  incurriendo  así  en  incongruencia,  por cuanto de esa manera dejó de definir  aquella rogativa principal.   

                             2.  Ha de observarse a este respecto que  si  bien es cierto el tribunal omitió hacer pronunciamiento expreso en la parte  resolutiva  de la sentencia acusada acerca de la nulidad del contrato, propuesta  como   pretensión  principal,  como  que  en  ese  apartado  circunscribió  su  actividad  a  resolver  lo  relacionada  con  la  lesión enorme, planteada como  súplica  subsidiaria,  no  lo  es  menos  que,  en  todo caso, la incongruencia  predicada no tuvo suceso, conforme pasa a verse.   

                             3. En efecto, como desde antiguo lo tiene  dicho  la  Sala,  al ser la sentencia una unidad compuesta por su parte motiva y  resolutiva,  la  circunstancia  de que en un determinado fallo en ésta se omita  pronunciamiento  sobre  algunos  de  los temas litigiosos, no por ello aflora la  incongruencia  si,  en  todo  caso, en aquélla aparecen resueltas absolutamente  todas  las  pretensiones y excepciones propuestas. Como “la parte motiva forma  un  todo  con  la  parte  resolutiva”,  por cuanto “aquélla es ‘como   el   alma   y   nervio  de  la  sentencia’”, es evidente  que  “la  decisión  puede hallarse en una y otra parte, pues no depende de la  forma  ni del lugar que le haya correspondido”; en suma, habida consideración  que  “la decisión y los motivos” constituyen “una sola estructura, ya que  éstos  no  pueden faltar en la sentencia, por imperativo mandato constitucional  y  legal,  es  bastante  obvio  que  la  inmutabilidad  de  la  sentencia  puede  comprender  no  sólo  la  resolución  del  fondo,  sino también los motivos o  fundamentos de ella”(G. J., t. CC, pag.226).   

6. Tocante ahora con los errores de hecho, es  de  observarse que una irregularidad de esa índole surge en la suposición o en  la  preterición de la prueba; incurrirá en lo primero el juzgador que halla un  medio  en  verdad  inexistente,  así como aquel que distorsiona el que sí obra  para  darle  un  significado  que no contiene, y lo pretermite cuando ignora del  todo  su  presencia  o  lo  cercena  en parte, para, en esta última hipótesis,  asignarle  una  significación  contraria  o  diversa;  este  dislate “atañe a la  prueba  como  elemento material del proceso, por creer  el  sentenciador  que existe cuando falta, o que falta cuando existe, y debido a  ella     da     por     probado    o    no    probado    el    hecho”(G.   J.,   t.   LXXVIII,   pag.313).  Denunciada  una  o  todas  de  las  anteriores posibilidades, el recurrente debe  demostrar  que  la  falencia  endilgada  es evidente, manifiesta, que salta a la  vista  y,  además,  que  es  trascendente  por  haber  determinado la decisión  reprochada,  de  tal  suerte  que  de no haberse incurrido en esa sinrazón otra  hubiera sido la resolución adoptada.   

                             Y  con  referencia a aquellos eventos en  que  el  juzgador  pretermite  adoptar expresa resolución en la parte decisoria  del  fallo  sobre  alguna  de  las  pretensiones  propuestas,   también ha  expuesto  la  Corte  que  es  perfectamente  posible  “que no obstante haberse  considerado  determinado tema en la parte motiva del fallo, éste sea omitido en  la  que formalmente se entiende como parte resolutiva, sin que tal circunstancia  comporte  una  ausencia  de  decisión”,  por  cuanto es palmario “que si la  sentencia  es  un  todo  constituido  por  la  parte motiva y la resolutiva, las  cuales  conforman  una  unidad  inescindible, la ratio  decidendi y por ende la fuerza vinculante de la misma,  debe  verificarse  en  lo  que  lógicamente, no formalmente, se identifica como  parte  dispositiva,  determinando su sentido y alcance a partir de los elementos  racionales  que  ofrece la parte motiva o considerativa”(sentencia número 139  de 25 de agosto de 2000, exp.#5377).   

                             4. Pues bien, como se anticipó, en este  asunto  aconteció  que  el tribunal, en la parte resolutiva del fallo combatido  absolutamente  nada  expresó acerca de la declaración de nulidad del contrato,  propuesta  por  el  demandante  como  pretensión  principal. Sin embargo, dicho  silencio  en  ese específico apartado de la sentencia no necesariamente conduce  a  sostener que el ad-quem se  sustrajo  de  definir  la suerte de esa puntual petición del acto introductorio  del  proceso,  pues  ocurre  que  en  la  parte  expositiva de la providencia se  encuentra,  sin  ningún  asomo de duda, que la misma no sólo fue valorada sino  que  quedó  resuelta en la medida en que allí aquél, a vuelta de precisar que  a  través  de la pretensión principal se aspiraba a la declaración de nulidad  del  contrato  con  apoyo  en  un  aspecto  fáctico  que era propio de la   inoponibilidad,  concluyó  en  que,  siendo  una  y otra diferentes especies de  ineficacia,  debía  desestimar  la  nulidad  deprecada  por cuanto el contrato,  “aunque  inoponible  al actor” seguía “siendo válido”. Es palmario que  en  la  motivación del fallo no solamente se evaluó el alcance de la petición  sino  que  allí el juzgador señaló en forma expresa que debía desestimar las  mentadas   súplicas,   al   hallar  que  “esa  deficiencia”,  esto  es,  la  invocación  equivocada  de  la  causa,  que  no  podía  “ser superada por el  sentenciador,”  daba  “al  traste  de  la pretensión incoada”. Como en su  momento  lo  expuso  la  Corporación,  “no  por  dejar de reproducir” en la  resolutiva  “lo  que  indiscutiblemente  se  expuso  en”  la motiva “puede  decirse  que  dejó  de proveerse sobre un extremo de la litis, pues el silencio  en”  ésta  “es  incuestionable  que  no  lo  es  en  la  motivación  y esa  manifestación    clara    y    terminante    incide    necesariamente   en   la  resolutiva”(sentencia  número  212  de  12 de junio de 1992, no publicada aun  oficialmente).   

                             Esa puntual argumentación muestra a las  claras  que  al  recaer la atención del fallador en la naturaleza de la aludida  súplica  y  al  determinar  que  la  misma no salía avante porque se fundó en  hechos  que  describían  la inoponibilidad, la cual era un motivo de ineficacia  distinto  del  de  nulidad  propiamente  considerado,  tal  aspecto,  por  estar  contenido   en  las  consideraciones  de  la  sentencia  impugnada,  “viene  a  conformar  un  todo  armónico  con la parte resolutiva del fallo, el mismo que,  por  su  integralidad  y unicidad, lleva a concluir que ese preciso tema sí fue  punto  …  de  decisión”(sentencia  número  082  de  23  de agosto de 2004,  exp.#7515).  Es  que  para  que  el  cargo  por incongruencia por omisión tenga  mérito,  ha  dicho  la  Corte,  “tales  disconformidades  deben  ser reales y  producto  del  olvido  o inadvertencia del juez, pues mediando alguna decisión,  así  fuere  implícita  o  virtual,  la  sentencia  ya no puede ser atacada con  fundamento  en  la  causal  segunda”(sentencia  número 031 de 1° de marzo de  2001,  exp.#6106)”, que es precisamente lo que aquí no tuvo lugar, pues, como  viene de verse, si hubo resolución, aunque implícita.   

                               5.    Por   tanto,   el   cargo   no  prospera.   

                                  

CARGO  PRIMERO   

                               

Acusa  la  sentencia  de  violar,  en  forma  indirecta,  los artículos 1850, 1934, 1946, 1947, 1948, 1955 y 1958 del Código  Civil,  178 del Código de Procedimiento Civil, 45 y 47 del decreto 960 de 1970,  y  2,  numerales  1º y 4º,  39, 40 y 41 del decreto 1250 del año citado,  por  aplicación  indebida;  y  174, 175, 187, 195, 197, 198, 232, inciso 2º, y  250  del  antedicho  Código  de  Procedimiento,  por  falta  de  aplicación, a  consecuencia  de  yerros  de  hecho y de derecho cometidos en la apreciación de  las pruebas.   

                              1.   A  vuelta  de  describir  algunas  generalidades  sobre  los  actos  jurídicos  y  la lesión enorme, empiezan las  recurrentes  por  señalar  que el ad-quem  cometió  error  de  derecho por cuanto no aceptó el dicho de las  demandadas,  vertido  en  sus  respuestas  a  las preguntas del interrogatorio a  ellas   formulado,  ni  lo  declarado  por  el  testigo  Edgar  Carvajal  Paipa,  consistente  en  que  la  suma  realmente  acordada  por  la enajenación fue de  $30´000.000  y  no  de  $7´000.000,  al  estimar  que  tal aserto defensivo no  desvirtuaba la respectiva estipulación de la escritura.   

2. Acotan las acusadoras que “relativamente  a  un  instrumento público la doctrina ha distinguido su fuerza probatoria y su  fuerza  obligatoria.  Y  ha  dicho  que  en cuanto al otorgamiento, la fecha del  instrumento  y  las manifestaciones de las partes, éste hace plena prueba tanto  respecto  de  los  otorgantes como de terceros, porque son hechos respaldados en  la  fe  pública  que  la  ley otorga al notario; pero que en cuanto a la fuerza  obligatoria,  o  eficacia  del contrato o la verdad de las declaraciones, sí no  hace  fe  sino contra las partes o sus causahabientes. Pero que esta fe no puede  llevar  al  extremo de que las partes o sus sucesores no puedan probar contra lo  expresado  por  ellas”  en  el instrumento público, pues, como lo ha dicho la  Corporación,  la presunción de verdad que el legislador le concede a las actos  escriturarios puede ser infirmada.   

                             De modo que, prosigue la censura, cuando  el  fallador dijo que la confesión que surgía de los interrogatorios de parte,  en  cuanto  a  la  forma  de pago de aquella cantidad de dinero, no podía tener  prevalencia   sobre   el  instrumento  público,  cometió  manifiesto  desatino  de  jure,  pues  con  ello  exigió,  para  demostrar contra lo que dice el instrumento sobre el particular,  un  elemento  de  certeza  de  igual valor al de éste, no obstante que, como lo  tiene  dicho  la  doctrina  jurisprudencial,  para  ese  propósito  se  podían  utilizar  los  medios  de  convicción  que  demostraran  la  cuantía realmente  convenida,  “que  bien puede ser la escritura pública correspondiente en caso  de  que  aquél  sea  el  precio ostensiblemente pactado; o bien la prueba de la  declaración  de  parte,  documentos  privados  y  también las declaraciones de  testigos  y  la  prueba indiciaria, que si bien no pueden sustituir la escritura  pública  como  solemnidad  para la existencia y validez del acto o contrato, no  es  menos  cierto  que  sí son idóneas para la demostración del precio oculto  pactado y pagado”.   

                              Expresan,  además,  que  frente  a  la  cláusula  del  precio  contenida  en  el documento que incorpora el acuerdo, el  juez  de segundo grado le negó mérito a las declaraciones que alrededor de ese  específico  punto  hicieron  las  opositoras  al  absolver los correspondientes  interrogatorios,  al  igual  que  a  la  del  testigo Edgar Carvajal, las cuales  permitían  predicar  que el importe real de la enajenación fue de $30´000.000  y no de $7´000.000.   

                              Aducen  las  casacionistas  que  en  el  interrogatorio   de   parte  las  demandadas,  “todas  a  una”,  señalaron,  repitiendo  así  lo  que expresaron en la contestación al acto introductorio y  en  sus  alegatos, que fue de compraventa y no de permuta el pacto ajustado; que  la  cantidad  ciertamente  acordada  no  fue  la  que  se indicó en ese título  escriturario  sino  de $30´000.000; que ellas, como compradoras de la finca, se  la  cancelaron  a  la  representante  del vendedor al encontrarse facultada para  recibir  los  dineros  objeto  de  la  venta, pago que realizaron con dineros en  efectivo,  mediante  el  giro  de  unas  letras  de cambio y $17´500.000 que le  entregaron  “a  Sabas  y  Edgar  Carvajal  Paipa, sus parientes”, quienes le  habían   vendido   a  aquélla  los  automotores.  Destacan  así  cómo  ellas  declararon  que  estos  bienes  no fueron transferidos “como parte de pago del  dinero  restante”  pues tuvieron que entregarle a los vendedores de los mismos  la  cantidad respectiva, es decir, que la suma últimamente referida ellas se la  cancelaron  en  efectivo  a  aquéllos “que habían hecho un negocio aparte”  con Luz Rosario, ya que eso fue lo que acordaron con ésta.   

                             Advierten las censoras cómo lo anterior  quería  significar  que las demandadas admitieron que el arreglo sobre la finca  fue  de  compraventa  y  no  de  permuta,  y  que  la contraprestación real, de  $30´000.000  y  no  de $7´000.000, ellas la cancelaron en la forma explicada y  justificada;  asimismo,  que  afirmaron  hechos  “que  no  son  distintos  del  confesado  sino que, contrariamente, guardan íntima conexión con éste, que es  la  compraventa  y  su precio real, no sólo por su naturaleza sino también por  el  tiempo  de  su  ocurrencia”,  hasta  el  extremo  “de  formar una unidad  jurídica”,  lo  que  le  daba  “a  esas declaraciones de parte carácter de  confesión  calificada  e  indivisible”,  la  cual  debió  aceptarse  por  el  juzgador  con  las modificaciones, aclaraciones y explicaciones concernientes al  hecho   confesado,   por   así   mandarlo  el  artículo  200  del  Código  de  Procedimiento Civil.   

                             Agregan  las impugnadoras que el testigo  Edgar  Augusto  Carvajal  Paipa,  como dueño de uno de los vehículos vendido a  Castellanos  de  Jaimes,  en  el  testimonio  que  rindió  expresó  que él le  transfirió  a  aquélla  el  suyo por $12´000.000, que ella se lo pagó con el  valor  recibido  por  la  venta  del  fundo;  sostuvo, asimismo, que a la citada  mandataria  las  opositoras le cancelaron el precio de aquel predio en la medida  en  que,  con  autorización  de  la  misma,  ellas  le  pagaron  a  él la suma  correspondiente  a  la  enajenación  de  su  automotor, y que ese procedimiento  también   se   cumplió   en   el   caso   del   coche   de  su  hermano  Sabas  Carvajal.   

                             Afirman  las  recurrentes que todas esas  declaraciones,  consideradas  ya  en  conjunto  o  bien aisladamente, permitían  establecer  el  valor verdaderamente convenido alrededor de la transferencia que  se  pretendía  rescindir,  y  que  como el  sentenciador  no ameritó esos elementos de convicción “en su  valor   demostrativo”,   al   considerarlos  “ineficaces  para  infirmar  la  cláusula  escrituraria  respectiva,  incurrió en el claro error de derecho”,  quebrantando  así  los  artículos  187,  195,  197,  232,  inciso  2º,  y 250  ibídem.   

                             3. Añaden las acusadoras que el tribunal  cometió  dislate  fáctico  al  pretermitir  valorar el documento en el que Luz  Rosario  Castellanos  de  Jaimes  dejó  constancia  sobre  el precio oculto del  negocio, visible a folio 76 del cuaderno 1.   

                             A este respecto anotan que en la fecha de  la  escritura,  aquélla,  que  en  la  negociación  actuó como mandataria del  actor,  en  escrito  cuyo  contenido  autenticó  ese  mismo  día ante notario,  abiertamente  expresó,  “con  carácter  de confesión”, que por cuestiones  fiscales  la  compraventa  del  fundo  “se  hizo  con  figuración de un valor  inferior  al  convenido”,  pero  que  el  precio  real  de  ese  trato  fue de  $30´000.000;  que  las  compradores  le pagaron en cheque y efectivo la suma de  $8´500.000,  le entregaron dos letras de cambio por $4´000.000 y $17´500.000,  “representados  en  el  valor de dos carros que ella adquirió entonces de los  hermanos  Edgar  y  Sabas  Carvajal  Paipa  y que pagó con el producto de dicha  compraventa”.   

                              Sostienen  que  como  se  trata  de  la  admisión  de  una  situación  fáctica  que es perjudicial tanto para quien la  hizo   personalmente  como  para  su  mandante,  esa  declaración  tomó  “la  categoría  de  confesión”, efectuada por quien tenía capacidad para hacerla  y  “poder  dispositivo  por  referirse  a  las  modalidades de un contrato…,  comprendido  dentro  de  sus  facultades  para  obligar  al  representado  … y  referente  a hechos propios de la específica representación que a su autora se  le  otorgó  por  su  poderdante,  debe  y  tiene  que  ameritarse  en  su valor  probatorio”,  como  lo  prevé  el  artículo 198 del Código de Procedimiento  Civil.    Sin    embargo,   prosiguen   las   casacionistas,   el   ad-quem  se  desentendió de esta prueba,  pues  prescindió  de   ella  como  que  ni  la  mencionó  en la decisión  combatida,  incurriendo  así  en ostensible defecto fáctico, por preterición;  si  hubiera visto este elemento demostrativo, habría encontrado allí la prueba  del  costo  real que las partes acordaron y que disimularon “bajo una falsedad  ideológica al expresar en la escritura uno diferente”.   

                             4.  Apunta  la  censura  que el fallador  cometió  idéntica  equivocación  al  dejar  de  considerar  la confesión del  promotor  del  proceso contenida en el libelo y en oportunidades posteriores; en  este  sentido,  aseveran  que  en  la  demanda introductoria aquél sostuvo que,  según  lo dijo la contraparte en la investigación penal, el importe real de la  venta  fue  de  $30´000.000, pagado por ellas en la forma ya explicada; que él  confirió  poder  a  Luz Rosario, bajo engaño, sin que ella, luego de efectuada  la  enajenación del inmueble, le hubiera entregado los dineros o los vehículos  producto  de  esa  negociación,  por  cuanto  dicha  mandataria “se alzó con  todo”.   

                             Anotan las impugnadores que en el alegato  de  segunda  instancia,  Ahmar  Hallak  ubicó  la  génesis  del  litigio en el  contrato  contenido  en la escritura 386, en relación con el cual admitió, por  un  lado,  que  las  partes  habían  convenido  un valor de $30´000.000 por la  enajenación  del  predio “El Paraíso”; y, por el otro, que contrariando al  alcance  del  poder  otorgado,  su  mandataria  en  ese acuerdo y las opositoras  celebraron  una  permuta  pues  la  mayoría  de  la contraprestación no fue en  dinero  sino en dos automotores, esto es, que la realidad de lo ocurrido fue que  las  compradoras  de  la  propiedad raíz dieron una pequeña parte en efectivo,  entregaron   aquellos   dos  bienes  y  giraron  una  letra  de  cambio  por  el  remanente.   

                             Y en la audiencia de conciliación Nahim  Ahmar  señaló  que  por  concepto de la venta hecha por su apoderada no había  recibido ninguna suma de dinero.   

                              Esas  afirmaciones  efectuadas  por  el  apoderado  judicial  del  demandante  y  por éste directamente, que constituyen  confesión,  no  fueron  consideradas  por  el  fallador,  no  obstante  que, en  relación  con  el primero de los aludidos, la autorización de su mandante para  confesar  en  esos específicos actos se tenía por concedida, pues, a términos  del  artículo  197  ejusdem,  ese  consentimiento  del poderdante se presume para la demanda, las excepciones,  la  contestación  y  la  audiencia  de  que  trata  el  artículo 101 del mismo  código.  Como  en  dichas afirmaciones existe aceptación acerca de que la suma  real   acordada   no  fue  la  simulada  en  el  título  sino  la  cantidad  de  $30´000.000,  el  juez de segundo grado debió apreciarlas, de suerte que al no  hacerlo, incurrió en error de hecho.   

                              5.   Le   enrostran  seguidamente  las  recurrentes  al  juzgador  otra  falencia  de  facto  consistente  en  no  haber  apreciado  la  confesión  del  actor,  contenida  en  el interrogatorio por él  pedido  a  la  contraparte.  Dicen  que por conducto de su apoderado judicial el  promotor  del  proceso solicitó que aquéllas absolvieran el interrogatorio que  presentó.  Mediante  las  preguntas  tercera,  cuarta  y  novena del mismo, las  indagó  para  que  respondieran  cómo  se  había  cancelado la suma de dinero  pactada  en efectivo como parte del precio de la compraventa, cuál fue el valor  en   que   estimaron   los   automóviles  y  cuáles  las  características  de  éstos.   

                             En  esas  tres  interrogaciones  aparece  palmaria  la  afirmación  por él preguntada, sobre el precio convenido, pagado  una  parte  en efectivo y la otra con el valor de dos coches. Se trata, prosigue  la   censura,   de   preguntas  “asertivas-afirmativas”  que  incorporan  la  confesión  del preguntante en torno a un hecho fundamental del debate, esto es,  el  valor  estipulado,  a  través  del  cual  reconoce  que fue de una cuantía  diferente  a  la  contenida  en  el  instrumento  público.  Esta  confesión el  sentenciador  no  la  vio  pese  a que dentro de la restricción probatoria para  desvirtuar   el   contenido   de  la  escritura  implícitamente  aludió  a  la  confesión.  Añaden que el legislador, de acuerdo con los artículos 203, 207 y  208  del  Código  de Procedimiento Civil, exige que “el interrogador sea leal  con  la  justicia  y  con  su  contraparte;  que  afronte  seriamente  su propia  responsabilidad  y  por  ello  le  impone  el  deber  de preguntar con claridad,  precisión  y  concretamente,  sin  asomo de ambigüedad, para que el absolvente  pueda  responder  en  igual forma, aceptando o negando el hecho sobre el cual se  lo  interroga y que su preguntante da por cierto, así sea perjudicial para él.  Por  ello,  la  lógica  jurídica  permite  dar  validez  de  confesión  a las  preguntas formuladas en un interrogatorio”.   

                             6.  Para  las  recurrentes  el  tribunal  también  incurrió en vicio fáctico por cuanto no apreció los testimonios que  se refirieron al verdadero costo de la compraventa.   

                             A este propósito comentan que el testigo  Guillermo  Rodríguez  Contreras  declaró  haberse  enterado que las demandadas  adquirieron  la  finca  en  septiembre  de  1995  por un valor que osciló entre  $30´000.000  y  $35´000.000; Camilo Peñaranda Pabón depuso que el precio del  bien  enajenado para esa época se encontraba entre esas mismas cifras; en tanto  que   Carlos   Eduardo   García  Meneses  expresó  haberse  enterado  que  las  compradoras  adquirieron  tal  heredad  en septiembre de 1995 por $35´000.000 y  que,  como  tenían  que  darle  plata  a  la  vendedora, hicieron de una vez el  descuento   del   dinero   para   pagarles   los   automotores   a   Sabas  y  a  Edgar.   

                              Estas  declaraciones,  argumentan  las  acusadoras,  contestes  como  fueron  en  las  circunstancias  de tiempo, modo y  lugar,  admitían  no  sólo aceptar que el importe acordado no fue el público,  que  las  partes  plasmaron  en  la  escritura, sino la suma de $30´000.000, al  tiempo  que  permitían  dar  por  desvirtuada  la correspondiente cláusula del  mentado  instrumento,  pese  a  lo cual de ellas se desentendió el ad-quem.   

                              7.  Las  casacionistas  le  achacan  al  fallador  yerro de hecho al preterir valorar los documentos visibles a folios 77  y  78  del cuaderno 1, autenticados por sus autores, relativos a la venta de los  dos  vehículos,  aportados  por  las  opositoras  con  la  contestación  a  la  demanda.   

                             Sostienen  que  por el primero, el 18 de  septiembre  de  1995  Edgar Augusto Carvajal Paipa hizo constar que le vendió a  Luz  Rosario,  por  $12´000.000,  la camioneta de placas XTT-105, como parte de  pago  del  precio  del convenio incorporado en la susodicha escritura 386. En el  segundo  se  plasma  la  compraventa  concertada  entre  Sabas  Carvajal Paipa y  Castellanos  de  Jaimes  ese  mismo  15 de septiembre, por valor de $5´500.000,  mediante  la  cual  el  primero  le vendió a la segunda el automóvil de placas  IDB-521,  recibido  por  ésta  como  parte  de  pago  de la suma pactada por el  negocio contenido en aquella escritura.   

                             Estos documentos del mismo modo conducen  a  evidenciar  que  el contrato de que tratan las pretensiones de la demanda fue  ajustado  por una cantidad real superior a $7´000.000. Por tanto, prosiguen, no  podía  decirse  que  en  dicha contratación hubo lesión enorme, ya sea que la  misma  se  catalogue  de  compraventa  ora  de  permuta, pues en ningún caso el  demandante,  por  lo  que  entregó,  recibió  a  cambio  una contraprestación  inferior  a  la mitad del justiprecio de la cosa por él vendida o permutada, ya  que  ni  en  uno  ni en otro caso sufrió perjuicio económico en la proporción  determinada por los artículos 1947 y 1958 del Código Civil.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                             1.  Habida  cuenta  que  la  censura  le  endilga  al  tribunal la comisión de errores de derecho y de hecho, emprende la  Sala  el  estudio  de  la  temática  propuesta,  analizando  por  adelantado lo  atinente  al  primero  de  los señalados desatinos, para luego continuar con el  segundo de ellos.   

                             2.  Por averiguado se tiene que el yerro  de  derecho,  que  como  motivo  de casación prevé el  inciso  segundo  del numeral primero del artículo 368  del  Código  de  Procedimiento  Civil, ocurre en aquellos eventos en que pese a  haber   examinado  el  elemento  demostrativo  en  su  materialidad  exacta,  el  sentenciador  quebranta  las  pautas  de  disciplina  probatoria  que regulan lo  atinente  a  su  admisión,  práctica,  eficacia  o  apreciación;  este error,  entonces,   “parte  de  la  presencia  indiscutible de la probanza en autos y concierne al mérito legal que  el  juzgador le atribuye o le niega, en contravención a los preceptos de la ley  sobre  pruebas”(G.  J., t.  LXXVIII, pag.313).    

                             3.  En  orden  a  descubrir  el  defecto  de  jure  cometido  por  el  tribunal  ha  de verse, anteladamente, cómo a partir de la vigencia del Código  de  Procedimiento  Civil, expedido a través de los decretos 1400 y 2019 de 6 de  agosto  y  26  de  octubre  de  1970,  quedó abolida la tarifa legal y surgió,  conforme  a  su  artículo  187,  el  sistema  de la apreciación racional de la  prueba,  según  el  cual  es  al  juez  a  quien  le corresponde, acorde con la  libertad  que  al efecto le otorga el legislador para valorarlos y establecer su  poder  de  convicción,  determinar  el  mérito  que le atribuye a los diversos  medios  de  certeza,  mediante  el  análisis razonado, crítico y sistemático,  orientado   siempre  por  las  reglas  del  sentido  común,  la  ciencia  y  la  experiencia,  como  en  efecto  lo  ha  reiterado  la  Corporación en un grueso  número  de  decisiones(G.  J.,  t.  CXLVII, pag.61; CLI, pag.193; CLI, pag.303;  CLII,  1ª  Parte,  pag.394;  y  245 de 30 de octubre de 1986, no publicada aún  oficialmente, entre otras).   

                             Desde  luego  que como el precepto legal  recién  citado  “establece  el  principio  de la ´persuasión racional de la  prueba´,  sin  otras  restricciones  que las provenientes de ´las solemnidades  prescritas  en  la  ley  sustancial  para  la  existencia  o  validez de ciertos  actos´”,  al  juez le es permitido, “dejar de lado lo que en el instrumento  público   han  consignado  las  partes  para  otorgarle  el  mérito  a  medios  diferentes,  cualquiera  sea  su  naturaleza,  si  es que estos racionalmente lo  persuaden   por   su   mayor   fuerza   de  convicción”(G.  J.,  t.  CLXXXIV,  pag.46).   

                              Precisamente   por   ello  las  normas  probatorias  no  establecen  limitación  alguna  al alcance demostrativo que se  pueda  derivar de las declaraciones, sean de parte o de terceros, ni privilegian  los  instrumentos  públicos frente a la prueba testimonial en lo relativo a las  declaraciones  de  voluntad  verificadas por las partes, pues es palmario que en  el  contexto  del  señalado  sistema  de  la  sana  crítica  ninguno  de tales  elementos  se  impone  sobre  otros,  toda vez que, dada la naturaleza que le es  propia,  su  función  apunta  fundamentalmente al establecimiento de la verdad,  sin  más  exigencias que las previstas para la admisión, práctica, eficacia o  apreciación  de  cada uno de los medios probatorios legalmente establecidos. De  esta  manera,  “cuando se trata de probar no la existencia del acto o contrato  solemne,   sino   algunos   hechos   relacionados   con  él,  como  vicios  del  consentimiento  de los contratantes, ilicitud de su causa u objeto, simulación,  etc,   todos   los   medios  de  prueba  son  conducentes  e  idóneos  para  el  efecto”(sentencia 064 de 25 de abril de 2005, exp.#0989).   

                                   Sin  embargo,  como  se  viene  insinuando,  ha  de  precisarse  que  cuando  aquel  precepto  dispone  que  los  elementos  de convicción deben apreciarse de acuerdo con las señaladas reglas,  “sin  perjuicio  de  las  solemnidades prescritas en la ley sustancial para la  existencia  o  validez  de  ciertos  actos»,  dejó  a  salvo  la  prueba de los  convenios  o  actos  respecto de los cuales la ley prevé cierta formalidad para  su  perfeccionamiento o validez, como el otorgamiento de una escritura pública,  evento  en  el  cual  la  comentada  exigencia  no  sólo  cumple  una  función  ad  substantiam  actus sino  ad-probationen,   que  la  convierte  en  prueba  específica sobre su existencia y hace ineficaz cualquier  otro  medio  que  con  ese propósito se presente. Justamente por lo anterior es  que,   verbi   gratia,  el  artículo   232   ibídem  excluye  el  testimonio como elemento para demostrar la celebración de actos en  relación  con  los  cuales  el  legislador tiene impuesto el escrito como forma  para    acreditarlos,    al   tiempo   que   el   artículo   265   ejusdem  exige  el  instrumento  público  como  prueba  de  los  contratos  en  los que la ley lo determine como requisito  ad   substantian   actus.   

                             4.  En  este asunto, obsérvese cómo el  ad-quem  reconoció que las  demandadas,  al  tiempo  de haber afirmado que en torno al fundo lo que hubo fue  una  compraventa,  que  no  permuta,  y  que  ese  trato  se  ajustó  en  forma  independiente  de  los negocios jurídicos a través de los cuales Sabas y Edgar  Augusto  Carvajal  Paipa le vendieron a la citada mandataria los dos automotores  ya  identificados,  también admitieron haberles entregado a esos vendedores los  dineros  correspondientes  a  la  enajenación  de  tales  bienes, al punto que,  señaló  el  mismo  fallador,  la  opositora  Adriana  Carvajal particularmente  declaró  que  el precio pactado por el predio fue de $30´000.000, en relación  con  el  cual  el  día  de la firma de la escritura le pagaron a Castellanos de  Jaimes  $8´500.000,  le  entregaron  dos  letras  de  cambio  por $1´500.000 y  $2´500.00  y el saldo se lo cancelaron a los dueños de los dos vehículos, por  cuanto fue eso lo que acordaron con la nombrada mandataria.   

                             Este  mismo  hecho  lo halló probado el  juez  de segundo grado con el testimonio del mentado Edgar Augusto, al encontrar  de  allí  establecido  que,  en  relación  con los contratos de los autos, las  partes  involucradas  en  ellos habían acordado que en lugar de que Luz Rosario  les  diera  a  ese declarante y a Sabas Carvajal la suma pactada por esa ventas,  ella  aceptó  y tuvo por recibida esa misma cantidad de manos de las demandadas  como  parte  del  precio  de la enajenación del inmueble y éstas, a su vez, le  entregarían  dichos  dineros  a  los  vendedores  de  los dos automotores, como  efectivamente sucedió.   

                              Como   se   observa,  pese  a  haberse  evidenciado  que el verdadero valor pactado por la transferencia del terreno fue  de  treinta  millones  de  pesos,  el  cual  se canceló de la manera acabada de  explicar,  consentida  mutuamente  por  las  partes  contratantes,  el  juzgador  concluyó   que   el   hecho   así  confesado  por  las  opositoras  no  tenía  “prevalencia  sobre  el  instrumento público”, pues a Nahim Ahmar no podía  “oponérsele  el  pacto  privado  que  entre mandataria y las compradoras pudo  haber  existido  y  que  se  celebró  como  un  negocio diferente y no como una  convención  de  pago  del precio”, para señalar, seguidamente, que aunque no  desconocía  la prohibición de dividir la confesión, lo cierto era que la suma  referida  en  la  escritura  no  se desvirtuaba con la prueba de confesión, por  cuanto  esa  específica declaración consignada en aquel instrumento era la que  tenía      valor      probatorio     desde  el  momento  en  que se inscribió en la oficina de registro,  motivo  por  el  cual  el  aludido  “pacto  secreto” no prevalecía sobre lo  vertido en tal documento.   

                             Ha verse, entonces, cómo el sentenciador  advirtió  no  sólo  la  imposición  legal  que  le  prohibía  fraccionar  la  confesión  cualificada  que  estimó  surgía  de  los interrogatorios de parte  absueltos  por  las  demandadas  sino el hecho de que tanto de las declaraciones  entregadas  por  ellas  bajo  esa  modalidad  como  del  testimonio ofrecido por  Carvajal  Paipa  se  infería,  palmariamente,  que el costo real pactado por la  transferencia  del  inmueble  fue  de  treinta  millones de pesos, y no de siete  millones  como  se  hizo  aparentar en la respectiva escritura, solo que estimó  que  las  pruebas a través de las cuales se demostraba esa situación fáctica,  por  carecer  de  prevalencia, no desvirtuaban las manifestaciones que, en punto  de  la  contraprestación,  incorporaba  el  instrumento público contentivo del  aludido  convenio,  únicamente  porque  consideró  que  al demandante no se le  podía  oponer  aquel  acuerdo  privado  alcanzado  entre  su  mandataria  y las  opositoras  y  porque  el importe referido en ese título no se infirmaba “por  otra  prueba”,  como la de confesión, ya que eran las declaraciones que sobre  el  particular  el  mismo  albergaba  las que tenían valor probatorio, de donde  juzgó  que  el  citado pacto reservado celebrado entre aquéllas no prevalecía  sobre lo que literalmente decía el mentado instrumento.   

                              Por  tanto,  resulta  palmario  que  al  proceder  de  la  manera  descrita  el  tribunal  no  hizo  más  que  exigir un  específico  y determinado medio como prueba de la cantidad ciertamente acordada  por  el negocio de la propiedad raíz, concretamente el escriturario, por cuanto  estimó  que  el  “pacto  secreto”,  como  lo llamó, a través del cual los  contratantes  acordaron  en  treinta millones de pesos el precio verdadero, esto  es,  en  cuantía  diferente  de  la  simulada en el acto público, no se podía  establecer  a  través  de  la  confesión  o  del  testimonio, incurriendo así  en error de derecho, ya que,  como  atrás  se dejó visto, con excepción de los eventos en los cuales la ley  exige  el  cumplimiento  del  requisito  de  la solemnidad para establecer “la  existencia  o  validez  de  ciertos actos”, es indudable que en orden a probar  las  diversas  declaraciones  inherentes  a esos mismos contratos el legislador,  desde  la  puesta  en  vigencia  del  Código de Procedimiento Civil de 1970, no  tiene  previsto  un elemento de probanza en particular, situación indicativa de  que  lo  relacionado  con  la  cuantía y su forma de pago podía demostrarse en  este  proceso  a  través  de  las  diferentes  pruebas legalmente establecidas,  puesto  que,  como también lo tiene dicho la Corte, “el valor real del precio  es  aspecto que no tiene cortapisa probatoria y puede por tanto establecerse con  cualquiera  de los medios legalmente admisibles, aún contra lo consignado en el  instrumento  público,  por  tratarse  de  un  debate  entre  las  mismas partes  contratantes”(sentencia  064  de 25 de abril de 2005, exp.#0989). Al señalar,  pues,  que el susodicho arreglo privado relacionado con el valor verdadero de la  compraventa  debió acreditarse por un medio probatorio igual a aquel con el que  se     probó     la     existencia     del     contrato,     el    ad-quem   cometió   yerro  de jure.   

                             Insiste así la Sala en que la previsión  contenida  en el inciso primero del artículo 232 citado, es, como quedó dicho,  para  efectos  de  probar  la existencia o validez de actos en relación con los  cuales,  por  quererlo  así  el legislador, una y otra se evidencia únicamente  mediante  el  cumplimiento  de  la  preindicada  solemnidad, mas acontece que lo  atinente  a  la cuantía de la suma convenida no toca, precisamente, con ninguna  de  esas  condiciones del acuerdo aquí involucrado, como que apenas se trata de  establecer  el  respectivo  monto  real.  Surge  de  este  modo, valga insistir,  indudable  el  desatino de derecho en que incurrió el fallador, pues le otorgó  mérito  demostrativo  al  dicho  de  las  demandadas únicamente en la porción  donde  aseguraron  que  uno  fue  el  convenio  del  inmueble y otros los de los  automotores,  para con base en ello aseverar que como el costo de éstos no hizo  parte  del  de aquél, la finca entonces había sido enajenada en la cantidad de  $7’000.000 que constaba en  la  escritura, dejando de reconocerle igual eficacia persuasiva a la parte en la  que  ellas admitieron, a renglón seguido, que fue de $30´000.000 la suma total  acordada  y  explicaron  la  forma como la pagaron, pues al respecto estimó que  tales  declaraciones, en orden a evidenciar ese importe real, no podía “tener  prevalencia  sobre  el  instrumento  público”, olvidando así que    ese   medio   probatorio    debía    aceptarlo    “con   las  modificaciones,    aclaraciones   y   explicaciones   concernientes   al   hecho  confesado”  como  lo  prescribe  el artículo 200 del Código de Procedimiento  Civil,  si  se  tiene  en cuenta que tal elemento de certeza, en la porción que  dejó  de  lado,  involucraba  afirmaciones  que  no  eran  distintas  del hecho  confesado,   sino  que,  contrariamente,  guardaban  íntima  relación  con  el  mismo.   

                             Es evidente que, de no haber incurrido en  el  defecto  que  se  comenta,  otra hubiera sido la decisión adoptada si, como  viene  de  decirse, de la confesión que extrajo de los interrogatorios de parte  absueltos  por  las opositoras y de la declaración rendida por el testigo Edgar  Augusto  Carvajal Paipa se infería que fue de treinta millones de pesos la suma  por  la  que  en  verdad Luz Rosario Castellanos y las opositoras convinieron la  compraventa  del  indicado  bien,  la cual, por expreso consentimiento de ésta,  aquéllas  se  la  pagaron  en la forma como se detalló en tales declaraciones.  Fue  entonces  la  consideración  acerca  de  que  ese  hecho,  el  del  precio  verídico,  no  podía  demostrarse por medio probativo diferente al instrumento  público,  el que lo indujo a dejar de reconocerle la verdadera y plena eficacia  a   las   mentadas   pruebas,   situación  que  comportó,  necesariamente,  el  quebrantamiento  de  los  artículos 187, 195 y 232 del Código de Procedimiento  Civil,   por   falta   de   aplicación,   como   atinadamente   lo   indica  la  censura.   

                             5.  Ha  de  seguirse  que,  de  no haber  incurrido  en  el error que se ha dejado al descubierto, no hubiera predicado la  gestación   de   la   lesión   enorme,   por   cuanto   es   palmario  que  la  contraprestación  realmente  acordada,  tal  como  fue  probada  en el proceso,  resulta  muy  superior  a  la  mitad  del precio justo de la cosa, si se toma en  consideración     que     éste    fue    definido    por    el    ad-quem  en  la  suma de $33´292.155, el  cual,  valga recalcarlo, no recibió reparo por ninguna de las partes; de suerte  que  al  afirmar  la  ocurrencia  de  la  laesio ultra  dimidium  infringió  los  artículos  1946 y 1947 del  Código    Civil,    por   aplicación   indebida,   como   lo   sostienen   las  acusadoras.   

6. Tocante ahora con los errores de hecho, es  de  observarse que una irregularidad de esa índole surge en la suposición o en  la  preterición de la prueba; incurrirá en lo primero el juzgador que halla un  medio  en  verdad  inexistente,  así como aquel que distorsiona el que sí obra  para  darle  un  significado  que no contiene, y lo pretermite cuando ignora del  todo  su  presencia  o  lo  cercena  en parte, para, en esta última hipótesis,  asignarle  una  significación  contraria  o  diversa; este dislate “atañe   a  la  prueba  como  elemento  material  del  proceso, por creer el sentenciador que existe cuando falta, o que  falta  cuando  existe,  y  debido  a  ella  da  por  probado  o  no  probado  el  hecho”(G.  J., t. LXXVIII,  pag.313).  Denunciada una o todas de las anteriores posibilidades, el recurrente  debe  demostrar  que  la falencia endilgada es evidente, manifiesta, que salta a  la  vista  y,  además,  que  es trascendente por haber determinado la decisión  reprochada,  de  tal  suerte  que  de no haberse incurrido en esa sinrazón otra  hubiera sido la resolución adoptada.   

                             7. Con esa base, se tiene entonces que en  este  asunto el fallador incurrió, adicionalmente, en los errores fácticos que  le  atribuye  la  censura, particularmente por haber dejado de ponderar el texto  de  la demanda, el alegato de conclusión de segunda instancia presentado por el  promotor  del  proceso  y los documentos que obran a folios 76 a 78 del cuaderno  1, como se verá enseguida.   

                              En  efecto,  ha  de  notarse  cómo  el  demandante,  desde  la  presentación del acto introductorio confesó, a través  de  su  apoderado judicial (artículo 197, C. P. C.), que el verdadero precio de  la  enajenación  fue  de treinta millones de pesos, pues no otra cosa es lo que  brota  del hecho tercero del libelo donde afirmó que conforme a lo expuesto por  las  compradoras  ante la Fiscalía, se tenía “que el precio real de la venta  fue  por  un  valor  de TREINTA MILLONES DE PESOS”(fl.28). A lo anterior ha de  agregarse  que  en  los  alegatos de segunda instancia el actor, a través de su  mandatario   judicial,   tras  señalar  que  la  compraventa  controvertida  la  incorporaba  “el  instrumento  público  número  386  del 15 de septiembre de  1995”,  igualmente aceptó que el contrato así ajustado fue “sobre el fundo  rural  denominado  ´El  Paraiso´”, en relación con el cual “acordaron las  partes  un  valor  de  treinta  millones  de  pesos”,  según  reza  la  parte  pertinente del folio 7 del cuaderno 6 del expediente.   

                             Esa expresión del promotor del proceso,  vertida  en  el  acto  iniciador del pleito y en la sustentación del recurso de  apelación,  concuerda  plenamente  con el contenido del escrito visible a folio  76  del  cuaderno  1,  suscrito y autenticado el mismo 15 de septiembre de 1995,  fecha  de  otorgamiento  de  la  escritura  contentiva  de  la transferencia del  inmueble,  en  el  que  Luz  Rosario  Castellanos  de  Jaimes,  su  otorgante  y  mandataria   de   Ahmar  Hallak  para  enajenar  dicha  heredad,  dejó  expresa  constancia  acerca  de  que el “precio real del negocio jurídico” contenido  “en  la  escritura  pública  No.386  de  fecha  15 de septiembre de 1995 …,  mediante  la  cual  se  enajenó a favor” de las acá demandadas aquel predio,  “ubicado  en  la fracción de Chitacomar del municipio de Chinácota… fue la  suma  de  TREINTA  MILLONES  DE  PESOS”,  de  la  cual $17´500.000 estuvieron  representados  en  los vehículos de placas IDB-521 y XTT-105, $8´500.000 “en  efectivo  y  en  cheques  que”  recibió  “a  satisfacción”,  $1´500.000  “representados  en una letra de cambio pagaderos el 15 de octubre de 1995” y  $2´500.000  en  otro título de esa especie, siendo que previamente allí mismo  había    dado    a    comprender    que    la    cantidad   de   $7’000.000  que  constaba en la escritura  era simulada “por cuestiones de efectos fiscales”.   

                             Además, en el mismo sentido en que dicha  mandataria  se  expresó en el escrito acabado de referir, particularmente en lo  tocante  con  los automotores que allí menciona, Edgar Augusto y Sabas Carvajal  Paipa,  en  esa  fecha,  expidieron  y  autenticaron  los documentos  que corren a folios 77 y 78 del cuaderno  1.  Ciertamente,  véase  cómo  por el primero de ellos aquél hizo constar que  dio  en venta a Castellanos de Jaimes el vehículo marca Chevrolet, modelo 1992,  de  placas  XTT-105,  recibido  por  ella  “como  parte de pago del precio del  negocio  jurídico  celebrado por escritura pública No.386 del 15 de septiembre  de  1995  …,  en  la suma de DOCE MILLONES DE PESOS”; y por el segundo éste  dejó  testimonio  en  el  sentido  de  que daba en venta a aquélla y a Alfonso  Jaimes  Castellanos  el  automotor marca Renault, modelo 1986, de placas IDB-521  por   “CINCO   MILLONES  QUINIENTOS  MIL  PESOS”,  recibido  por  la  citada  mandataria  “como parte del pago del precio del negocio jurídico celebrado”  a través del citado acto escriturario.   

                             No hay, por tanto, necesidad de entrar en  el  análisis  de  los restantes yerros fácticos involucrados en la acusación,  pues,  con los que se dejaron evidenciados, queda suficientemente establecida la  equivocación    del   sentenciador   en   lo   atinente   a   la   ponderación  probatoria.          surge….   

                             8.  Es  claro, desde luego, que el error  de  jure atrás constatado,  unido  a  los  manifiestos  yerros  de  hecho  ya  mostrados, condujo al juez de  segundo  grado  a  generar  una conclusión que choca de frente con la evidencia  que  surge  del haz probatorio que viene de analizarse, el cual permite concluir  que  la  suma  anotada  en el acto público fue irreal, puesto que la confesión  del  propio  demandante  contenida  en  el  acto  introductorio,  los documentos  otorgados  por  la  mandataria  que  en  su nombre y representación celebró el  negocio,  las declaraciones efectuadas por las demandadas en los interrogatorios  de  parte que absolvieron, apreciadas como lo manda el artículo 200 citado, los  testimonios  y  los  escritos extendidos por quienes vendieron sus automotores a  la   aludida  procuradora,  constituyen  un  nutrido  conjunto  de  pruebas  que  convergen  a  demostrar,  con  certeza plena, que el precio por la transferencia  del     inmueble    fue    de    $30’000.000,   y   no   de  $7’000.000 como figura en el título de compraventa.   

                             Establecido,  pues,  que  el  precio  en  verdad  fue  de  aquella  cantidad  y  demostrado  que  para  la época del acto  bilateral    el    justo    valor    del    bien    era    de    $33’292.155, según lo sostuvo el tribunal  con  fundamento  en  el  segundo de los dos dictámenes periciales que para esos  propósitos  se  practicaron,  en  relación  con  el  cual  ningún  reparo  se  efectuó,  surge  entonces que no se estructuró la lesión enorme deprecada, de  donde  aflora,  por consiguiente, la trascendencia de los dislates cometidos por  el tribunal en el análisis probatorio.   

                             9. Lo expuesto  es  suficiente  para  quebrar  el  fallo  impugnado,  por  cuanto las susodichas  equivocaciones   son  no  solamente  ostensibles  y  manifiestas  sino  también  trascendentes,  como  que  de no haber incurrido en ellas el tribunal no habría  condenado  a  las opositoras. Por lo mismo, es evidente  que  aquél  hizo  aplicación  indebida de los artículos 1946, 1947 y 1948 del  Código  Civil,  pues  dio  por demostrados, sin estarlo, los supuestos de hecho  que comportan la lesión enorme y así la declaró.   

                                   

                                    10.  Por  tanto,  prospera  el  cargo.                          

IV. SENTENCIA SUSTITUTIVA  

                             1.  A  términos  del artículo 1946 del  Código  Civil  “el  contrato  de  compraventa  podrá rescindirse por lesión  enorme”,      y      conforme      al      artículo     1947     ibídem   ella   la  sufre  el  vendedor  “cuando  el  precio  que  recibe es inferior a la mitad del justo precio de la  cosa  que vende”. Este precepto normativo puntualiza que el susodicho “justo  precio  se  refiere  al  tiempo”  de  la  celebración  del respectivo negocio  jurídico.   

                              De   esta   manera,   como   lo  tiene  suficientemente  decantado  la  doctrina  jurisprudencial de la Corporación, en  tratándose  de  la  laesio ultra dimidium  el  régimen  legal  colombiano  optó  por  el criterio objetivo,  conforme  al  cual  es suficiente con establecer el justo precio de la cosa para  la  fecha  de la enajenación y compararlo con lo que se entregó a cambio, para  así  concluir,  tras  esa ecuación, si se dio la diferencia en el quantum establecido en la ley, sin que al  efecto  se requiera el concurso de aspectos de carácter subjetivo o precisar la  forma  como  éste  pudo  influir  en el consentimiento, ni importen las razones  internas  que se presentaron o pudieron ocurrir en la contratación.                                    

                                  Como tal fenómeno “obedece a  un  criterio  meramente  objetivo,  según  el  cual  basta  con  que  el precio  convenido  entre  los  contratantes  sea  lesivo en la medida determinada por la  ley”,  se  alejó  así  el  legislador “de la teoría de la lesión como un  vicio   más   del   consentimiento”,   como   que  está  llamada  a  existir  “independientemente  de  que  el  contratante  haya  tenido conocimiento de lo  inequitativo  del precio, o de que haya actuado bajo constreñimiento o engaño,  o  de  que  circunstancias  apremiantes lo hayan impelido a contratar”. Quiere  ello  significar  que  en  tratándose de contratos conmutativos, siempre que se  esté  en  frente  de  obligaciones que no guarden un margen de proporcionalidad  entre  los  negociantes,  la  parte  en  cuyo patrimonio recae ese desequilibrio  podrá  lograr  su  restablecimiento  mediante  el ejercicio de esta acción; se  propende,  entonces,  porque  el  precio  recibido  sea,  en  “cierta  medida,  proporcional  al  valor  entregado,  garantizándose de tal manera un mínimo de  equilibrio  en las relaciones jurídicas, concepción esta con la cual la figura  de  la  lesión trasciende la simple protección de las personas incapaces, para  llegar  a  ser  un principio general de los contratos, que no podrían,  en  virtud  del  mismo,  convertirse en fuente de lucro indebido”(G. J., t. CCLXI,  pag.1339 y 1340).   

                             2.  Con  el propósito de establecer ese  justo  precio,  obran  dentro  del  proceso  dos  dictámenes  periciales. En el  primero,  visible  a  folios  41 a 48 del cuaderno 3 del expediente, los peritos  Jorge  Araque Parada y Eduardo Daniel Núñez Duarte avaluaron el inmueble, para  la  fecha  del contrato de que tratan los autos, en $65´000.000. En el segundo,  practicado  como  prueba de la objeción contra el anterior, los expertos Carlos  Gómez  Maldonado  y  Oscar Jairo Barroso, valoraron ese mismo bien, para ese 15  de septiembre de 1995, en la suma de $33´292.155 (fl.36, cd.5).   

                             Conforme  al artículo 237, in  fine,  del  Código  de Procedimiento  Civil,  el  dictamen  debe  contener,  entre  otros presupuestos, la exposición  detallada  de  los  fundamentos  técnicos,  científicos  o  artísticos de las  conclusiones allí ofrecidas.   

                             Trasladadas  tales  nociones  a  los dos  conceptos  particularizados,  encuentra la Sala que el primero de los señalados  no  se  ajusta  a dichas prescripciones legales, como que la cifra respectiva se  ofreció  carente  de  toda  motivación que explicara de dónde o cómo surgió  esa  específica  conclusión;  nótese  que  en  lo  inherente  a ese valor los  expertos  escasamente  suministraron aquella suma(fl.41, cd.3) sin esgrimir a su  alrededor  razonamiento  alguno  que permitiera establecer que ese precio era el  resultado  de  los estudios y análisis técnicos realizados sobre el particular  y  no  el  producto  del  mero  capricho o subjetivismo de los auxiliares. Desde  luego  que  ante  la  falta  absoluta de argumentación, en puridad de verdad no  puede  decirse,  en  términos  de aquel precepto normativo, que de allí aflora  una  experticia  sobre  el específico punto que se comenta, pues, como viene de  verse,  el dictamen pericial debe comprender, sin duda, la exposición detallada  de  los  citados  argumentos  y  las  conclusiones  ofrecidas con base en ellos.   

                              No  sucede  lo  mismo  en  el  segundo,  respecto  del  cual  sus  autores  sí  suministraron  las razones a cuyo amparo  conceptuaron  que para la mencionada fecha el valor de la cosa era de la suma ya  señalada,  como  se aprecia a  folios   33   a   77   del   cuaderno   5;   aparte  de  ello,  no  tuvo  reparo  alguna.   

                             De  suerte  que  como ese primer trabajo  pericial,  en  punto  al aspecto que se analiza, no se fundamentó, en tanto que  el  segundo  sí  figura  con la correspondiente sustentación, para los efectos  que  se  vienen  analizando  la Corte acogerá éste, ya que, como quedó dicho,  cumple  con  las  previsiones del precepto normativo citado enantes.  A  este  respecto  es de verse, como lo  tiene   dicho   la   Corporación,  que  tales  argumentos  son  “acertados  y  suficientes  para  desechar  el referido” primer dictamen “como prueba de la  lesión  enorme”,  por carecer justamente de la exposición de “los factores  determinantes    del    precio    allí    señalado”(G.    J.,    t.    CVII,  pag.305).   

                     

                             3.  Al  resolver el recurso de casación  quedó  establecido  que  fue de treinta millones de pesos el precio real por el  cual  Luz  del  Rosario  Castellanos  de Jaimes, en nombre y representación del  actor,  le  transfirió  a  las demandadas el derecho de dominio sobre el predio  “El  Paraíso”;  se precisó, asimismo, que el dictamen pericial acogido por  el  tribunal  para definir la instancia fue el segundo de los practicados; y que  sobre esa específica consideración dicho fallo pasó incólume.   

                             4.  Por  consiguiente, al comparar una y  otra  cifra,  esto  es,  los  $33´292.155,  del  valor justo para la época del  negocio,  frente  a  los  $30´000.000,  del  precio  real  allí convenido, sin  dificultad   alguna   se   constata   que,  cual  lo  apreció  el  a-quo,  no  se  produjo  lesión  enorme  contra   el  patrimonio  económico  del  demandante,  sencillamente  porque  la  cuantía  verdaderamente  convenida  por la transferencia del inmueble, para ese  entonces,  no  fue  “inferior a la mitad del justo precio de la cosa” que se  enajenó,     como     lo     exige     el     artículo    1947    ejusdem  a fin de que resultara viable la  pretensión rescisoria.   

                             De  lo  expuesto  fluye  que  el juez de  primera  instancia  atinó,  en  la  medida  en  que,  por  no  hallar dados los  supuestos  de hecho de la norma que consagra la rescisión demandada, negó este  efecto en el caso concreto y, por contera, la súplica respectiva.   

                             5. Por ende, se confirmará la sentencia  apelada.   

         

                             En  armonía  con  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de  la  República,  y  por  autoridad  de la ley, CASA  PARCIALMENTE  la  sentencia  de 14 de octubre de 1999,  pronunciada  por  la  Sala  Civil-Familia-Laboral  del  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Pamplona,  dentro   del   proceso   identificado   en   esta   providencia,   y   actuando   en   sede   de  instancia,  CONFIRMA   el   fallo   de   10   de   junio  de  1999,   dictado   en  este  asunto  por  el  Juzgado  Primero Civil del Circuito de Pamplona.   

                             Condénase al  demandante a pagar las costas de la segunda instancia. Tásense.   

                              Sin   costas   en  casación  ante  la  prosperidad del recurso extraordinario.   

CÓPIESE,   NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE    

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