SC10122-2014 [2001-00633-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

Magistrada Ponente  

SC10122-2014  

          Radicación n° 11001-3103-006-2001-00633-01   

(Aprobada en sesión de siete de julio de dos  mil catorce)   

          Bogotá  D.C.,  treinta  y  uno  (31)  de  julio  de dos mil catorce  (2014).   

         

Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  formulado  por  la  actora  frente  a  la  sentencia  de 2 de septiembre de 2010  proferida  en el proceso ordinario promovido por la recurrente, en su condición  de  heredera  del  causante  Edgar  Luna  Rodríguez, contra Luz Marina Villamil  Torres.   

I.  ANTECEDENTES  

1.  En  el escrito introductorio se solicitó  declarar  que  entre la accionada «Luz Marina Villamil  Torres»   y  «Edgar  Luna  Rodríguez»,     existió     un     «mandato  oculto  o sin representación»,  para  adquirir  en  esta ciudad a nombre de aquella y por cuenta del segundo, el  50%   del   inmueble   ubicado  en  la  «calle  63  #  13-76»,  y  para  rematar  la  mitad del predio de la  «calle  63  # 13-74/78» en  proceso  tramitado en el Juzgado 23 Civil del Circuito de Bogotá, por lo que la  «mandataria» está obligada  a       transferir       a       la       sucesión       del       «mandante»,  los  citados  derechos  que  obtuvo,  y en el evento de que hubiere dispuesto de ese activo, subsidiariamente  pide  sea  condenada  a  pagar  el  precio  que  tenían  para  el momento de la  enajenación, con la respectiva indexación.   

          2.   La  causa  petendi está   sustentada   en   los   hechos   que   a   continuación  se  resumen.   

          a).   Edgar  Luna  Rodríguez, padre de la actora, falleció el  30  de  mayo de 1994, habiendo convivido hasta esa fecha y por cerca de 27 años  con   «Luz   Marina   Villamil  Torres»,  formando  una  unión  marital de hecho, aunque ella «sigilosamente  guardó silencio para quedarse con todos los bienes  adquiridos  durante  la  convivencia,  aprovechándose  de  que Edgar Luna, para  eludir  acreedores, los adquiría a nombre de la demanda, mediante la figura del  mandato oculto».   

          c).   Luz  Marina  Villamil  Torres,  negó la existencia de la  sociedad  patrimonial  y  producida  la  muerte  de su compañero, se abstuvo de  traspasar       los       aludidos      «derechos  patrimoniales» a la sucesión del mismo.   

          d).   El  inmueble  fue  dividido  materialmente,  conforme  lo  indicado  en  la  escritura  pública  4470  de  20  de septiembre de 1995 de la  Notaría 13 de esta ciudad.   

          e).    La   actora   tramitó   proceso  de  investigación  de  paternidad,  donde  obtuvo  decisión  favorable  y con efectos patrimoniales, y  «quedó  definitivamente  resuelto  el  día  27  de  octubre    de    2000   (porque   la   sentencia   fue   apelada   y   y   luego  corregida)»,  por  lo que en términos de equidad, es  oportuna  la acción promovida, en la que «actúa como  heredera    en    beneficio    de   la   sucesión   del   señor   Edgar   Luna  Rodríguez».   

          3.     La   accionada   fue   emplazada,   sin   obtenerse   su  comparecencia,    lo    que    impuso    la    designación    de   curador   ad  litem  para  representarla,  quien  notificado,  en  tiempo  contestó  sin  oponerse  ni proponer defensas o  medios  exceptivos  de  mérito  (c.1,  fls.67-68), y cuando había precluido la  fase  probatoria,  concurrió por conducto de apoderada, allegando luego escrito  de alegatos (c.1, fls.106, 109-112).   

          La  sentencia  de  primera instancia se profirió el 29 de agosto de  2007,  denegando  las  pretensiones de la actora, se canceló la medida cautelar  de  inscripción  de  la  demanda,  sin  imponerle  condena en costas a la parte  vencida.   

          Interpuesto  recurso  de apelación, el superior funcional confirmó  la    decisión   del   juez   a-quo,   en    providencia    de    2    de    septiembre   de   2010   (c.2,  fls.13-19).   

II.     FUNDAMENTOS    DEL    FALLO  IMPUGNADO   

          El  ad quem luego  de  sintetizar  lo  concerniente  a  los  antecedentes  del  caso,  verifica  la  existencia  de  los  presupuestos  procesales  y la ausencia de nulidades de esa  misma  índole,  por  lo que estima viable estudiar el fondo de la controversia,  para  lo  cual  comienza  por  señalar  que el problema jurídico a resolver se  concreta  a  establecer  la existencia de un «contrato  de  mandato  oculto  o  sin  representación» entre la  accionada,  como mandataria y el padre de la promotora del juicio, en calidad de  mandante.   

          Se  apoya  en  los  preceptos  2142,  2149,  2150 y 2156 del Código  Civil,  para efectos de fijar el concepto del aludido convenio, las formalidades  para  su  otorgamiento,  la  manera de completar requisitos para alcanzar fuerza  jurídica,  al igual que las modalidades que reviste, y resalta que se  entiende perfeccionado cuando el mandatario acepta el encargo de  manera  expresa  o tácita; lo primero, haciendo una declaración directa de que  lo  aprueban;  lo segundo, ejecutando actos que conlleven su voluntad de recibir  el  encargo,  sin  embargo  para que se tenga por manifiesta la aquiescencia del  mandatario   se   requiere   un  acto  positivo  de  éste  que  exteriorice  su  voluntad.   

          Invoca  y transcribe antigua jurisprudencia de esta Corporación, en  la     que    se    especifica    que    el    artículo    2177    ibídem,  al  permitir el mandato oculto,  concede   la   acción   al   «mandante»   cuando   el  «mandatario»  adquiere  el  derecho  a  su  nombre y se niega a transmitírselo,  precisando  que  «nace  de  la celebración misma del  contrato  y  es  una  acción  personal contra el apoderado para que se declare,  (…),  que  los  efectos  del  contrato  corresponden  al  mandante  y a él lo  benefician exclusivamente».   

          Así  mismo  resalta, que existiendo en el convenio en mención, una  autorización  secreta,  al tenor del artículo 177 del Código de Procedimiento  Civil,  se  debe  probar  su  existencia,  estimando que la prueba idónea es la  indiciaria,  ya  que  «no  se  trata de demostrar los  contratos  celebrados por el mandatario sino la autorización oculta dada por el  mandante para ello».   

          Al  examinar  los  elementos  de  juicio  incorporados  al plenario,  deduce  que  no  se  acreditaron los hechos sustento de las súplicas, pues solo  aluden  al fallecimiento del señor Luna Rodríguez, la compra del cincuenta por  ciento  del  referido  inmueble,  la  calidad  de dueña de la accionada de unas  propiedades  ubicadas  en  la  calle 63 #s 13-74/76/78, y que los testimonios de  Orlando   Quijano  y  Luis  Felipe  Arana  Gil,  aunque  aluden  a  que  Edgar  Luna  adquiría  bienes  a  través de su compañera Luz  Marina,  no  especifican las circunstancias de tiempo, modo y lugar en que ésta  recibió  el  encargo,  cuáles  fueron  las instrucciones en que se otorgó, en  qué  lugar y fecha fueron entregados los dineros para llevar a cabo la gestión  del  negocio  de  la compraventa sobre el (…) [citado  predio]  y  menos descartan que con tal comportamiento  no  se  hubiese  configurado  otro  tipo de relación jurídica como por ejemplo  donación,  pago  de  deudas  o  simplemente que se tratara de adquirir bienes a  nombre  de  la  sociedad  patrimonial  de hecho que también se le atribuye a la  demandada con el causante.    

          Desestima  que  puedan  surgir  indicios  de  la circunstancia de no  haber   contestado   la   demanda   la   convocada  o  por  su  inasistencia  al  interrogatorio   de   parte  o  a  la  audiencia  preliminar,  dado  que  estuvo  representada   por   curador   ad  litem,  sin  que  se  acreditara  de manera fehaciente que conociera para  entonces  del  proceso,  y  que  de  argumentarse  en  sentido  contrario  a ese  criterio,  aquellos  elementos  indicadores recaerían sobre los hechos sustento  de  las  excepciones de mérito y del escrito introductorio, aunque nada podría  probarse,  porque  «no propuso ningún medio exceptivo  y  ninguno de los supuestos fácticos del libelo hace referencia a los elementos  del mandato oculto».   

III. DEMANDA DE CASACIÓN  

          Se  cimienta  en  cuatro  (4) embates apoyados en la causal primera,  todos  encauzados  por  la vía indirecta, planteándose en los dos iniciales la  incursión    del    Tribunal    en    «error    de  hecho»  y  en  los restantes se aduce la comisión de  «error de derecho», los que  a  pesar de ser excluyentes al fundarse unos en «falta  de   aplicación»   y   los  otros  en  «indebida   aplicación»   de   la  ley  sustancial,  se  asume su estudio por haber sido propuestos independientemente y  dado  que se sustentan en idénticas razones fácticas los dos primeros como los  últimos, se amerita conjuntarlos en parejas para replicarlos.   

CARGO PRIMERO  

1.    Está  cimentado  en  el  motivo  consagrado  en  el  numeral  1°  del artículo 368 del Código de Procedimiento  Civil,  acusándose  el  fallo  impugnado  de  infringir  la ley sustancial, por  «aplicación  indebida  de  los cánones 2142, 2149 y  2150      del      Código      de     Procedimiento     Civil     (sic);  y  174  y  177  del  Código  Civil  (sic); y falta de aplicación  de  los  artículos  101, parágrafo 2º, numeral 2º; 197, 210 inciso 1° y 249  del   Código  de  Procedimiento  Civil»,  situación  derivada  de  los  «errores de hecho manifiestos en la  apreciación  de  unos  medios  de  prueba  allegados  al proceso, y la falta de  apreciación de otros».   

          2.   Asevera  el  censor  que  se  tergiversó el testimonio de  Orlando   Quijano   y  Luis  Felipe  Arana  Gil,  al  inferir  el  juzgador  que  si  bien  dan cuenta que Edgar Luna adquiría bienes a  través  de  su compañera Luz Marina, no especifican las circunstancias de modo  tiempo   y   lugar  en  que  ésta  recibió  el  encargo,  cuáles  fueron  las  instrucciones  en que se otorgó, en qué lugar y fecha le fueron entregados los  dineros  para  llevar  a  cabo  la  gestión  del negocio de la compra venta del  inmueble de la calle 63 n°13-76 y 13-78.   

Para  evidenciar  el  equívoco, comienza por  transcribir  lo  pertinente  de la versión del primer deponente nombrado, quien  dijo  ser  el  abogado  de  confianza  de  «Edgar Luna  Rodríguez»  durante  más  de  dieciocho  años,  e  informó         que          ‘(…)   no  había  negocio  que  él  hiciese  sin  el  visto  bueno que yo le diera, y (que) debido a las actividades  que  él  ejercía,  siempre  me  decía  que todos los bienes se los hicieran a  nombre  de la compañera permanente Luz Marina Villamil Torres, … (que) … lo  único  cierto … ante Dios porque fue así yo lo asesoré para que con poder a  nombre  de  Luz  Marina Edgar comprara … los derechos de la calle 63 n° 13-74  …  (que)  …  todos  los  bienes los adquiría Luz Marina por orden de Edgar.  (que)  …  ella hacía inversiones porque Edgar le daba plata, y lo digo porque  por  más  de  15  años iba a la casa … (que) … las transacciones que yo le  asesoré  a  Edgar  se  las  hacía  a  Luz  Marina, buscaban ocultar que Edgar,  pudiese  ser  perseguido  en  su patrimonio por sus acreedores … (que era) …  como  un  mandato  sin  que  nadie  se  diese  cuenta de ese mandato’.   

          Con  base  en  la  citada  declaración, sostiene que contrario a lo  dicho  por  el  ad  quem, la  asesoría   prestada   al   causante   por  el  testigo  durante  largo  tiempo,  «explica las circunstancias en que le otorgó mandato  oculto    a    Luz    Marina,    para    evitar    ser    perseguido   por   sus  acreedores»,  resaltando  además  que  se  otorgaba  «sin  que  nadie se diese cuenta de ese mandato, fija  la  época  en  que  se  dio  y  los dineros para adquirir los derechos sobre el  inmueble  (conectado  esto  con  la  escritura  1616 y diligencia de remate, que  establece[n] la época en que  se  adquiere[n] los derechos  de  propiedad  y  los dineros dados por estos)», y que  el  Tribunal  no  advirtió «que Luz Marina era ama de  casa,  sin  capacidad económica, como lo refiere el deponente, y que el testigo  presenció,  orientó  y asesoró, porque Edgar Luna le dijo que hiciera poder a  Luz  Marina,  para  adquirir  el  dominio  del  inmueble  ubicado  en  la  calle  63».   

          Con  relación a lo expresado por Luis Felipe Arana Gil, alude a que  este  conocía  los  integrantes  de  la nombrada pareja, habiendo informado que  «Edgar  Luna  Rodríguez»  tenía  una  taberna  en  la  calle  63  con  carreras  13  y  14,  «él  contrató  al  cuñado  Dr.  Orlando  Clavijo,  para  que  lo  asesorara  en  todos  los  negocios que iba a realizar, los bienes que comparaba  Edgar  Luna  lo  hacía  a  nombre  de  la  señora Luz Marina Villamil, tomando  consentimiento  del  abogado  Orlando  Clavijo, él le proporcionaba los dineros  ella  hacía los negocios a nombre de ella … que ella trabajaba en las labores  del  hogar.  No  le  conocía  a  ella empleo … (que) los gastos del hogar los  costeaba  Edgar Luna … (que) … los bienes de fortuna que le dejó Edgar Luna  el     marido    los    heredó    ella    Luz    Marina    Villamil.   

          La  impugnante  para  evidenciar la indebida apreciación del citado  testimonio,  sostiene  que  el  sentenciador  no  tuvo en cuenta la información  acerca    de    las    circunstancias    del   otorgamiento   del   «mandato  oculto»,  en  la  que menciona  el  tiempo en que conoció a las partes y a Edgar Luna  por  más  de  35  años,  cómo  el Dr. Orlando Clavijo lo asesoraba, cómo Luz  Marina  carecía  de  bienes  por  ser  ama  de casa y cómo los bienes que ella  adquirió,  entre  otros,  los  de  Lacalle 63, fueron con dineros que entregaba  Edgar  Luna  (…)  [y aunque]  no  habla  específicamente  de  mandato oculto sí conoce que por medio de esta  categoría   contractual   Edgar  Luna  compraba  a  través  de  su  compañera  permanente  Luz  Marina;  que esta era la forma común de negociar (la conexión  de  los  dos testimonios permite sin sombra alguna establecer, la existencia del  mandato    oculto    con    sus    elementos    esenciales   (…)».   

          Así  mismo,  increpa el censor que fue cercenado el contenido de la  escritura  pública  donde  consta la adquisición del 50% del aludido inmueble,  toda  vez  que  de  ahí «se puede establecer la fecha  del  mandato  (encabezamiento  de  la  escritura)  y el precio pagado (cláusula  tercera),  aspectos que si los hubiera visto le habrían permitido establecer la  época  del  contrato  y los dineros entregados, haciendo el respectivo cotejo y  tejido   total   de   las   probanzas,  esto  es,  articulándolas»,  y  asevera  que  del certificado de tradición y libertad solo se  dedujo  que  la accionada era la propietaria, «pero no  la  fecha  del  remate,  el  monto  del  mismo (…), y que le hubiera permitido  tejiendo  todas  las  pruebas  establecer  la  época  del mandato y el guarismo  entregado para rematar».   

          En  cuanto a los medios de convicción dejados de apreciar, menciona  la  impugnante  (i)  el  acta  donde  consta el remate de la mitad del reseñado  predio,  en  la  que  se precisa la fecha y el precio; (ii) los hechos segundo y  tercero  del  escrito  introductorio,  en  los  que  se  afirma  que  durante la  convivencia     de     «Luz     Marina    Villamil  Torres»  con  «Edgar  Luna  Rodríguez»,  ella nunca dispuso de dinero suficiente  para  adquirir  bienes  y  que  si  los  obtuvo  fue  en virtud del «mandato  oculto»  por  aquel  otorgado,  señalando  la  manera  como  se compró el inmueble en cuestión; (iii) informe  sobre  las  diligencias para notificar a la accionada, donde consta que el aviso  de  citación  lo  recibió Janeth Luna, lo que no se tuvo en cuenta, infiriendo  el  Tribunal erradamente «que la demandada no conocía  la  existencia  del  proceso», dejando de aplicar las  consecuencias  de  la  no  contestación  de la demanda, de la inasistencia a la  audiencia  del  artículo  101  del  Código  de Procedimiento Civil, y de la no  comparecencia  al interrogatorio de parte, y (iv), la providencia de 23 de marzo  de  2004  proferida  por el Juzgado de conocimiento, en la que se impone multa a  la  convocada  al  juicio  por  no  hacer presencia en la señalada «audiencia preliminar».   

          Concluye  la  recurrente que los desatinos atribuidos al juzgador de  segundo  grado son manifiestos, protuberantes, y que lo llevaron a desconocer la  existencia    del    «mandato   oculto»,   tanto  más  dada  su  naturaleza  consensual,  por  lo  que  se  infringió  la  ley  sustancial,  mencionando  expresamente los preceptos de esa  índole,  que corresponden al Código Civil y otros al de Procedimiento Civil, y  pide  casar  el  fallo atacado, revocar el de primera instancia, y acceder a las  pretensiones consignadas en el escrito introductorio del proceso.   

         

CARGO SEGUNDO  

1.   Apoyado  el embate en la causal 1ª  del  artículo  368 del Estatuto Procesal Civil, se acusa la sentencia recurrida  de  violar  de  manera  indirecta por errores de hecho en la valoración de unos  medios  de  prueba y la omisión en la apreciación de otros, lo que originó la  «falta  de aplicación de los arts. 2142, 2149 y 2150  del  Código  de  Procedimiento  Civil (sic);    y    174    y    177    del    Código   Civil   (sic);   y  aplicación  indebida  de  los  artículos  101, parágrafo 2, numeral 2; 197, 210 inciso 1 y 249 del Código de  Procedimiento Civil».   

          2.   La  argumentación  expuesta  para fundamentar el presente  ataque,   es   la   misma   aducida   como   sustento   del  anterior  reproche,  diferenciándose  únicamente  en que en el inicial se denuncia la transgresión  de   las   normas   sustanciales   por   «aplicación  indebida»,  en  tanto  que  ahora      se     plantea     la     «falta     de  aplicación», por lo que resulta innecesario volver a  reproducir las ideas invocadas por el censor.   

CONSIDERACIONES  

1.   Ha  de  memorarse  que  la  actora  solicitó    declarar   la   existencia   de   un   contrato   de   «mandato  oculto  o  sin representación»  celebrado     entre     Edgar     Luna     Rodríguez,     como     «mandante» y Luz Marina Villamil Torres,  en  calidad de «mandataria»,  en  virtud  del cual aquel le entregó dineros a esta para adquirir el cincuenta  por   ciento   del   local   de   la  «calle  63  n°  13-76»,  y también con el propósito de que rematara  la   mitad   del   predio   de   la   «calle   63  #  13-74/78»,  en  proceso  tramitado  en  el Juzgado 23  Civil  del  Circuito  de  esta  ciudad,  actos  que  se concretaron, habiéndose  registrado los respectivos títulos.   

           2.    El  Tribunal  ratificó  la  decisión  desestimatoria  de  las  pretensiones,  esencialmente al verificar la  falta  de  demostración  de  los  hechos  fundamento  de  las mismas, al quedar  expósitos  de  prueba  los  elementos  concernientes  a  la estructuración del  citado  convenio,  los  que  en  grado  de  certeza  no halló en los documentos  aportados  ni  en  los  testimonios recibidos, percibiendo que los deponentes no  descartaron  que  se  hubiere  podido  configurar un negocio jurídico distinto,  verbi  gratia,  donación,  pago  de  deudas  o  simplemente  la  adquisición  de  bienes  para la sociedad  patrimonial.   

             3.   Por  su  lado  la  censura encauza las críticas a  través   de   los   dos  embates  reseñados,  enrostrándole  al  ad  quem la apreciación defectuosa de los  testimonios  recibidos  y de la escritura pública donde consta la compra de una  cuota  parte del citado inmueble, como también del certificado de tradición, y  le  recrimina  por  haber dejado de valorar el acta del remate en mención, así  como  algunos  hechos  de  la  demanda  que  estima precisan lo del «mandato  oculto»,  el informe sobre los  resultados  de  la  citación  a  la  accionada  para  su  notificación,  y  la  providencia  con  la  que  se  le  sancionó  por  su inasistencia a la referida  audiencia.   

         

4.   En  razón  a que en el litigio se  discutió  sobre  la  existencia  de  un  «contrato de  mandato  oculto»,  de naturaleza civil, puesto que no  se  relaciona  con  supuestos  que  permitan  darle  la connotación de convenio  mercantil,  y  que  los  cuestionamientos de la impugnante guardan relación con  aspectos  atinentes  al  tema  a  probar,  resulta ilustrativo examinar el marco  jurídico   que   regula   dicho   acuerdo,   al   igual  que  su  entendimiento  jurisprudencial.   

          a).              Acerca             del            «mandato»  en general, el artículo 2142  del  Código Civil, en lo pertinente prevé que «es un  contrato  en  que una persona confía la gestión de uno o más negocios a otra,  que  se  hace  cargo  de  ellos  por cuenta y riesgo de la primera»,  y conforme al 2149 ibídem,  tiene  el  carácter de consensual, al prescribir que «[e]l   encargo  que  es  objeto  del  mandato  puede  hacerse  por  escritura  pública  o privada, por cartas, verbalmente o de cualquier otro modo  intelegible,  y  aun por la aquiescencia tácita de una persona a la gestión de  sus  negocios  por  otra»;  así  mismo,  el 2177 del  citado  ordenamiento,  consagra  que  «[e]l mandatario  puede,       en       ejercicio       de       su      cargo,      [contratar]  a  su  propio  nombre o al del  mandante;  si  contrata  a  su  propio  nombre no obliga respecto de terceros al  mandante»,  habiéndose  inferido de la última norma  reseñada,  la  posibilidad  del  denominado  «mandato  oculto»,  entendida  esta expresión en el ámbito de  la  «relación negocial» del  «mandatario» y del tercero  con   quien   celebra   el   convenio  «a  su  propio  nombre»,   sin   informarlo   del  vínculo  con  el  «mandante».   

         

          b).   En  el universo de posibilidades válidas para ajustar el  susodicho  negocio jurídico, en principio se advierten como de importancia para  su  demostración,  entre otros aspectos, la identificación de las partes, esto  es,  el  «mandante»  y  el  «mandatario»; el objeto, en  cuanto  a establecer la gestión por aquel a este encomendada, en lo atinente al  o   los   negocios  jurídicos  en  cuya  ejecución  él  tiene  interés;  las  instrucciones  otorgadas  para  su cumplimiento, y de ser el caso, la forma como  se  reintegrarán  al patrimonio del primero nombrado, los derechos obtenidos en  desarrollo    del    encargo,    en   el   evento   de   que   el   «mandatario  hubiere  contratado  a  su propio nombre».   

c).  Esta Corporación, en fallo CSJ SC,  16  dic.  2010,  rad.  2005-00181-01,  acerca  del  mencionado  acuerdo,  en  lo  pertinente sostuvo:   

El  contrato  de  mandato, (…), es acuerdo  dispositivo  de intereses, por cuya inteligencia, una parte denominada mandante,  ‘confía  la  gestión de  uno  o  más  negocios a otra, que se hace cargo de ellos por cuenta y riesgo de  la   primera’  (artículo  2142,    Código    Civil),   el   mandatario   puede   contratar   ‘a  su propio nombre o al del mandante;  si   contrata   a   su   propio   nombre  no  obliga  respecto  de  terceros  al  mandante’ (artículo 2177,  ibídem), (…).   

En  uno  u  otro  caso,  el  mandato  podrá  contener o no la representación.   

Cuando  es  representativo,  el  mandatario  actúa  en  nombre, por cuenta y riesgo del mandante, invocando, dando a conocer  o  haciendo  cognoscible  esta  condición  (contemplatio  domini),  los efectos  jurídicos  del acto o negocio jurídico celebrado, concluido o ejecutado dentro  de  los  precisos  límites,  facultades  y  atribuciones  otorgadas en el poder  (procura),  tanto  inter  partes  cuanto  respecto  de terceros, recaen en forma  directa  e  inmediata  sobre el patrimonio del dominus, titular exclusivo de los  derechos  y  sujeto  único  de  las  obligaciones,  por ende, de las acciones y  pretensiones  inherentes,  como  si  hubiera  actuado  e  intervenido  directa y  personalmente.   

         

La  actuación  en nombre ajeno, en forma de  conocerse  por  todos el mandante representado, caracteriza el tipo contractual,  y en consecuencia, evidencia la sustitución.   

Se  trata, por lo tanto de una hipótesis de  legitimación  dispositiva  extraordinaria,  por  cuya  virtud  un  sujeto puede  disponer  de  los intereses de otro, y comprometer su esfera jurídica, derechos  y patrimonio.   

Contrario   sensu,   en   el   mandato  no  representativo,  en  rigor,  el  mandatario  carece  de  la  representación del  mandante,  y  por  consiguiente,  actúa  a riesgo y por cuenta ajena pero en su  propio  nombre, en cuyo caso, se presenta como parte directa interesada y frente  a  terceros  figura  como  titular  de  los  derechos,  es  sujeto pasivo de las  obligaciones,  ostenta la posición de parte, tiene legitimación jurídica para  exigirlos    y    está    sometido    a    las    acciones    y    pretensiones  respectivas.   

La  figura  legis, precisa que el agente, no  obstante  actuar  por cuenta ajena en virtud del encargo de gestión, lo hace en  nombre  propio, ya por expresarlo, bien por ausencia de claridad y precisión al  tratar   con   tercero,   en   cuyo  caso,  los  efectos  del  acto  se  radican  exclusivamente  en  su patrimonio.  Naturalmente, la fisonomía del mandato  no  representativo,  comporta al interés final del mandante y, por lo mismo, en  definitiva   sobre  su  patrimonio  recaerán  las  consecuencias  benéficas  o  adversas  de  los  actos  o  negocios  comprendidos  en  el encargo de gestión,  ejecutado   por   su   cuenta   y   riesgo,  aunque  en  nombre  propio  por  el  mandatario.   

Distinta  es  la  hipótesis  del  mandato  ‘oculto’,  el cual se presenta, según expresa  el  simple  nomen,  cuando  se  esconde,  no  se  indica, ni da a conocer o hace  cognoscible  a  terceros,  verbi gratia, el mandatario celebra o ejecuta el acto  como  suyo,  en  su  nombre,  a  riesgo  propio,  y  por  su  propia cuenta, sin  expresión o mención alguna del mandato ni del mandante.    

Esta conducta puede obedecer a la imposición  del  poder, instrucciones del dominus o iniciativa del mandatario, en cuyo caso,  los  efectos  del  acto  se  radican  en  éste  porque  el  dueño del interés  permanece  oculto  al  tercero y el mandato o la procura en estas condiciones no  le   es   oponible,   salvo   que   llegue   a   conocerlo  y  lo  invoque  para  prevalecerse.   

La ocultación puede versar sobre el mandato  con   o   sin   representación,  porque  basta,  ocultarlo,  cualesquiera  sea.   

Mas en tal caso, existe mandato, y por ende,  un  verdadero  acto  dispositivo  correspondiente al negocio jurídico celebrado  entre   mandante   y   mandatario,  así  permanezca  oculto  a  terceros.    

Justamente,   el   mandato   oculto,   ya  representativo,  ora  carente  de  la  representación,  configura  un evento de  interposición real, verídica y cierta.   

         

5.    Tienen  trascendencia  para  la  decisión  que  se  está  adoptando  los  elementos  de juicio que enseguida se  relacionan.   

          a).   Registro civil de nacimiento de Edna Rocío Luna Quijano,  donde  consta  que  en la «sentencia de 15 de junio de  1999»  del  Juzgado  18  de  Familia  de  Bogotá, se  declaró  que es hija extramatrimonial de Edgar Luna Rodríguez (c.1, fl.17), de  quien  se demostró su fallecimiento el «30 de mayo de  1994»,  con la respectiva partida de defunción (c.1,  fl.16).   

          b).   Copia  autenticada  de  la E.P. n° 1616 de 3 de marzo de  1992  de  la  Notaría  5ª de esta ciudad, en la que se plasmó el «contrato   de   compraventa»  celebrado  entre   Jorge   Humberto  Charry  Montealegre,  como  vendedor,  y  «Luz  Marina Villamil Torres», en calidad  de  compradora,  respecto  del  «cincuenta por ciento  (50%)  del  local  distinguido con el número trece setenta y seis (13-76) de la  calle  sesenta  y  tres  (63)  de la actual nomenclatura de Santafé de Bogotá,  inmueble  que  hace  parte  de  uno  de  mayor  extensión,  (…) [al]  que  le  corresponde  la  matrícula  inmobiliaria  número  050-0595895», indicándose que  la   adquirente   pagó   en  efectivo  por  concepto  del  precio  la  suma  de  $5’500.000    (c.1,  fls.5-7).   

          c).   Certificado  de  tradición  y  libertad  del  predio con  matrícula  50C-595895  de  la  Oficina de Registro de Instrumentos Públicos de  Bogotá  zona  centro,  en el que figura en la anotación n° 18 la inscripción  del  reseñado  título;  en la n° 20 la adquisición por parte de «Luz  Marina  Villamil  Torres», del 50%  del  inmueble, en remate practicado por el Juzgado 23 Civil del Circuito de esta  ciudad,  por  $26’452.300,  aprobado  mediante  providencia  de  14  de  abril  de  1994, y en la n° 23, la  división  material  consignada  en la E.P. n° 4470 de 20 de septiembre de 1995  de   la  Notaría  13,  efectuada  por  las  comuneras  Compañía  Comercial  e  Industrial  La  Sabana  Avesco  Ltda.  y  la  antes nombrada, adjudicándosele a  aquella    el    «lote    #13-74   con   matrícula  1417632»  y a esta el «lote  #13-78     con     matrícula     1417631»    (c.1,  fls.8-10).   

          d).   Aviso  de  citación para la accionada, recibido el 15 de  noviembre  de  2001  por  Janeth  Luna,  y  como  la  requerida no compareció a  notificarse  de  la  admisión  de  la  demanda,  previo su emplazamiento, se le  designó      curador     ad     litem.   

          e).   Acta  de  la  audiencia  preliminar de 3 de marzo de 2004  (c.1,  fl.71), en la que se indica que no se presentó la demandada «Luz   Marina   Villamil   Torres»,   y  proveído  de  23  de  dicho  mes  y  año, con el que se le sancionó con multa  debido    a    la   falta   de   justificación   de   su   inasistencia   (c.1,  fl.72).   

          f).   Declaración  de  Orlando  Quijano,  quien  dijo tener la  profesión  de  abogado  y  ser tío de la actora, habiendo informado que cuando  él  se  graduó,  «Edgar  Luna  Torres»  le  solicitó  que lo asesorara y durante  más  de  18 años fui su abogado de cabecera, no había negocio que él hiciese  sin  el  visto  bueno  que  yo  le  diera,  y  debido  a las actividades que él  ejercía,  siempre me decía que todos los bienes se los hicieran a nombre de la  compañera  permanente Luz Marina Villamil Torres, los dineros para adquirir los  bienes  que  le  encomendaba  que  comprara Luz Marina para él no aparecer eran  fruto  de  su  actividad  comercial y que recuerdo yo le hice los trámites para  adquiri[r]  derecho  de  herencia  y  de propiedad en una casa del Polo Club, le  hice  los  trámites  para que mediante Luz Marina Comprara propiedad y derechos  litigiosos,  no recuerdo exactamente se hizo negocio jurídico sobre un inmueble  en  la  calle  63 entre carrera 13 y 14, le hice los trámites para que comprara  unos  derechos  litigiosos que perseguía en la casa de la calle 63, lo asesoré  para  que  comprara  los  derechos  litigiosos  laborales, cuando él muere esos  créditos  laborales se los pagó a la señora Luz Marina Villamil, a través de  abogado  que  de  común acuerdo habíamos conseguido con Edgar, de nombre Jorge  Serrano,  no se si Edgar tenía otros negocios, otros asesores, lo único cierto  y  no  porque se trate aquí de mi sobrina sino ante dios porque fue así, yo lo  asesoré  para  que con poder a nombre de Luz Marina, Edgar comprara la casa del  Polo,   y   los   derechos  del  inmueble  calle  63  #73,74,  (…);  acerca  de  la  capacidad  económica  de  la demandada, refirió  «que  la  plata  para  atender a los hijos se la daba  Edgar,  ella  era  ama de casa, y si ella hacía inversiones era porque Edgar le  daba   la   plata,   y   lo   digo  porque  por  más  de  15  años  iba  a  la  casa»;  al  indagársele  si se pudo haber presentado  simulación,  comentó que «[l]as transacciones que yo  le  asesoré  a Edgar se las hacía a nombre de Luz Marina, buscaban ocultar que  Edgar  pudiese  ser  perseguido en su patrimonio por acreedores no se la teoría  jurídica  como  ubique  ese  fenómeno si como disimulado absoluto o relativo o  como  un  mandato  sin  que  nadie  se diese cuenta de ese mandato» (c.1, fls.81-83).   

          g).   Testimonio  de  Luis  Felipe  Arana  Gil,  quien  relató  que  «Edgar  Luna» convivió con  «Luz    Marina    Villamil    Torres»,  hace  aproximadamente  35  años,  ella  colaboraba  en los asuntos del hogar y en la industria que tenían tuvieron tres  hijos  en  esa unión yo me desvinculé de ellos él tenía negocio de driles en  el  barrio  Venecia,  Facatativá, y en la calle 63 entre carrera 13 y 14 tenía  una  taberna, él contrató el cuñado Dr. Orlando Quijano para que lo asesorara  en  todos sus negocios que iba a realizar, los bienes que compraba Edgar Luna lo  hacía  a  nombre  de la señora Luz Marina Villamil, tomando consentimiento del  abogado  Orlando  Quijano,  él  le  proporcionaba  los  dineros ella hacía los  negocios   a  nombre  de  ella,  habiendo  manifestado  además  que la nombrada señora se ocupaba de las labores del hogar, sin que le  hubiere  conocido  empleo,  por  su  parte  el  compañero de ella, manejaba los  negocios y atendía los gastos de su núcleo familiar.   

          6.   En  razón a que las acusaciones examinadas se fundamentan  en   la   incursión   del   Tribunal  en  «error  de  hecho»   en   la   valoración   de  los  medios  de  convicción,  ha  de  precisarse  que  del  inciso  final  del artículo 374 del  Código  de  Procedimiento  Civil,  se  infiere  que su eficacia para quebrar el  fallo  impugnado  en  casación,  deriva  de  que sea manifiesto o protuberante,  además  de  trascendente  y  que  se  concrete  su demostración, en principio,  valiéndose  del  cotejo  o parangón entre el contenido de los medios de prueba  apreciados  erróneamente  o  cuya  valoración se pretirió, con lo deducido de  aquellos  por el sentenciador, o lo que dejó de dar por acreditado, y con apoyo  en  una  argumentación  clara  y  precisa, revelar la contrariedad de las ideas  obtenidas  por  el  juzgador,  con  el verdadero sentido de las plasmadas en los  elementos de juicio.   

          La  jurisprudencia  de  esta  Corporación,  acerca  de la señalada  modalidad  de  desatino,  en  fallo  CSJ  SC,  18  jun.  2013,  en lo pertinente  memoró:   

(…),  al examinar los alcances del aludido  requisito,  ha  reiterado  de manera uniforme, entre otras, en la sentencia de 4  de      abril     de     2013,     exp.     2002-09414,     que     ‘(…),   esta   clase   de   desatino  ‘(…)   ‘atañe  a  la  prueba  como  elemento  material  del  proceso, por creer el sentenciador que existe cuando falta, o que  falta  cuando  existe,  y  debido  a  ella  da  por  probado  o  no  probado  el  hecho’  (…),  es decir,  acontece  ‘a) cuando se da  por  existente  en  el  proceso  una  prueba  que en él no existe realmente; b)  cuando  se  omite  analizar o apreciar la que en verdad sí existe en los autos;  y,  c)  cuando se valora la prueba que sí existe, pero se altera sin embargo su  contenido  atribuyéndole  una inteligencia contraria por entero a la real, bien  sea  por  adición  o por cercenamiento’   (…);   siendo   tal  su  notoriedad  y  gravedad,  ‘cuando  su  sólo  planteamiento  haga  brotar  que  el  criterio del sentenciador fue totalmente desenfocado, que está  por  completo  divorciado  de  la  más elemental sindéresis; si se quiere, que  repugna  al  buen  juicio’,  lo     cual     ocurre     en     aquellos    casos    en    que    ‘el   fallador   está   convicto   de  contraevidencia’  (…),  ‘cuando el sentenciador se  estrelló  violentamente  contra  la lógica o el buen sentido común, evento en  el  cual  no  es  nada  razonable  ni  conveniente  persistir  tozudamente en el  mantenimiento  de  la  decisión  so  pretexto de aquella autonomía’   (…),   o   en  otros  términos,  ‘que  a  simple  vista se  imponga  a  la mente, sin mayor esfuerzo ni raciocinio, o en otros términos, de  tal   magnitud,   que   resulte   contrario   a   la   evidencia   del   proceso  (…)’  (…)’.   

Así  mismo,  en  el  fallo de 5 de abril de  2011,  exp.  2006-00190,  precisó que ‘(…)            ‘Cualquier  ensayo  crítico en el ámbito probatorio que pueda hacer  mas  o  menos  factible un nuevo análisis de la evidencia recogida, apoyándose  en  razonamientos  que  se  estiman  dotados  de mayor consistencia crítica, no  tienen  la  virtualidad  suficiente  para  aniquilar  una  sentencia,  si no van  acompañados  de  la  prueba  fehaciente  del  error por parte del sentenciador,  error  que  debe  aparecer  manifiesto en los autos, (…) lo que supone que sea  palmario;  si  el  yerro,  por  el  contrario, no es de esta naturaleza, si para  advertirlo  se  requiere de previos y mas o menos esforzados razonamientos, o si  se  manifiesta  apenas  como  una  posibilidad  y no como una certeza, entonces,  aunque  se  demuestre  el yerro, ese suceder no tendrá incidencia en el recurso  extraordinario,  toda  vez,  que  en  esta materia donde hay duda no puede haber  error     manifiesto’  (…)’.   

         

Igualmente, en la sentencia de 14 de octubre  de     2010,     exp.     2002-00024,     se     expuso     que     ‘[e]n  razón  a que la causal invocada  para  romper  el  fallo impugnado se relaciona con la violación indirecta de la  norma  sustancial  por  error de hecho en la valoración de las probanzas, ha de  tenerse  en  cuenta  que  en ese ámbito los jueces gozan de discreta autonomía  para  adoptar  sus  decisiones  y  las  providencias  con  las que resuelven los  litigios  sometidos  a  su  conocimiento  llegan  a  la  Corte  precedidas de la  presunción  de  verdad  y  acierto,  por  lo  que  la  tarea  de  quien impugna  obligadamente  tendrá  que  estar dirigida a demostrar que la equivocación que  se  le  enrostra  a la actuación del ad quem es protuberante, es decir, que sea  evidente  la  contrariedad  de  la  determinación  adoptada con la realidad que  surge del proceso.(…).   

‘La  Sala  ha  señalado,  que  el aludido desacierto ‘(…)  se estructura cuando el juicio probatorio del sentenciador es  arbitrario  o cuando la única ponderación y conclusión que tolera y acepta la  apreciación   de   las   pruebas   sea   la   sustitutiva   que   proclama   el  recurrente’, ya que si la  inferencia  a  la que hubiese llegado, ‘(…)  luego de examinar críticamente el acervo probatorio se halla  dentro  del  terreno  de  la  lógica y lo razonable, en oposición a la que del  mismo  estudio  extrae y propone el censor en el cargo, no se genera el yerro de  facto  con  las  características  de evidente y manifiesto, por cuanto en dicha  situación   no   hay   absoluta   certeza   del  desatino  cometido’             (…)’.   

7.   Al  confrontar el contenido de los  elementos   de   convicción   que  denuncia  la  censura  no  fueron  valorados  adecuadamente,   con   las   apreciaciones   del   ad  quem,  se  advierte  la  falta  de  demostración  del  «error  de hecho» en que se  fundan las acusaciones a que aluden los cargos examinados.   

a).   Obsérvese  al  respecto,  que el  abogado  Quijano,  en  su  testimonio  dijo  haberse desempeñado como asesor de  «Edgar  Luna  Rodríguez»,  durante  más  de 18 años, y como tal le daba el visto bueno a los negocios por  él  realizados,  «y debido a las actividades que él  ejercía,  siempre me decía que todos los bienes se los hicieran a nombre de la  compañera  permanente Luz Marina Villamil Torres, los dineros para adquirir los  bienes  que  le  encomendaba  que  comprara Luz Marina para él no aparecer eran  fruto  de  su actividad comercial», y con relación al  predio  aludido  en  la demanda, manifestó que «yo lo  asesoré  para  que con poder a nombre de Luz Marina, Edgar comprara la casa del  Polo,  y  los  derechos del inmueble calle 63 #73,74»;  en   posterior   respuesta,  al  preguntársele  si  se  pudo  haber  presentado  simulación,  comentó que «[l]as transacciones que yo  le  asesoré  a Edgar se las hacía a nombre de Luz Marina, buscaban ocultar que  Edgar  pudiese  ser  perseguido en su patrimonio por acreedores no se la teoría  jurídica  como  ubique  ese  fenómeno si como disimulado absoluto o relativo o  como  un  mandato  sin  que  nadie  se diese cuenta de ese mandato»;  por  su  lado  el deponente Arana Gil, reveló que el padre de la  actora  contrató  el cuñado Dr. Orlando Quijano para  que  lo  asesorara  en  todos  sus  negocios  que iba a realizar, los bienes que  compraba  Edgar  Luna  lo  hacía  a  nombre  de la señora Luz Marina Villamil,  tomando  consentimiento  del  abogado  Orlando Quijano, él le proporcionaba los  dineros  ella  hacía  los  negocios  a nombre de ella.   

En  tanto que el Tribunal, no obstante haber  reconocido  que  «Edgar Luna Rodríguez»  adquiría  bienes  por  intermedio  de  su compañera «Luz  Marina  Villamil Torres», no halló  evidencias  reveladoras  de  las circunstancias fácticas acerca del encargo que  la  «mandataria» recibió,  las  instrucciones  a  ella impartidas para la gestión, la época de la entrega  de  dineros  para cumplir la labor encomendada, interpretando así mismo que los  deponentes  no  descartaron  que  se  hubiere  tratado de un acuerdo distinto al  «mandato    oculto»,  por  ejemplo,  «donación,  pago  de  deudas  o simplemente que se tratara de adquirir bienes a nombre de la  sociedad patrimonial de hecho».   

b).  Al analizar los fundamentos de los  citados  reproches, es palpable que el impugnante no construye la argumentación  necesaria  y suficiente, a fin de evidenciar que la valoración del ad   quem   es   desfasada,  arbitraria,  ilógica  o contraevidente, pues omite realizar el análisis de los elementos de  convicción,   y  exponer  la  lectura  que  estima  revela  las  circunstancias  concretas  que le dan identidad al pretendido «mandato  oculto»,  por  ejemplo,  en  lo  concerniente  a  que  efectivamente   se   hubiere   encomendado  una  gestión  por  el  «mandante»    a    la    «mandataria», el objeto de la misma, con  indicación   de  los  negocios  jurídicos  en  cuya  ejecución  aquel  tenía  interés,  las  instrucciones -al menos algunas- otorgadas para su cumplimiento,  y   dada  la  modalidad  que  se  afirma  tuvo  el  aludido  acuerdo,  revelar  la  forma   como   se   traspasarían   al  patrimonio  del  primero  nombrado,  los  «derechos   o   bienes»  adquiridos en desarrollo del encargo.   

Con  relación al último aspecto reseñado,  cabe   resaltar   que  en  el  contexto  del  pluricitado  convenio,  cuando  el  «mandatario» contrata a su  propio  nombre,  ha  sido  erigida  como una de sus obligaciones principales, la  transferencia  al «mandante»  de    los    «derechos   patrimoniales»  obtenidos,  de  donde  se  desprende la importancia que tienen las  estipulaciones  a  ese  respecto,  habiendo  la  Corte  expuesto acerca de dicha  prestación, lo siguiente:   

Los efectos del mandato se reducen, entonces,  a  los  que  todo  contrato  produce,  que para el caso son: el mandatario queda  obligado  a  transferir  al  mandante  todo  beneficio  que  de los negocios con  terceros  derive  (artículos  2182  y  2183 C.C.), y el mandante, por su parte,  debe  proveer al mandatario de todo lo necesario para la ejecución del encargo,  y  reembolsarle  los  gastos  razonables  que la comisión le imponga (artículo  2184  ibídem),  y  adicionalmente  se  precisó,  que  «se trata de una obligación nacida ex contrato, para  luego  deducir  el  deber  que  tiene el mandatario de transferir los bienes que  haya  adquirido  para  el representado (…)» (CSJ SC,  16 feb. 1996, rad. 4575).   

Refulge  de  las  anteriores  ideas,  que lo  relativo   al   trasmisión   de   los   «derechos  o  bienes»     obtenidos    por    el    «mandatario»    en    desarrollo   del  «mandato     oculto»,  constituye  un  elemento  diferenciador de las demás modalidades de tal negocio  jurídico,  por  lo  que resulta imprescindible su acreditación en la prueba de  su  existencia  y  para  efectos  de  determinar  sus  efectos  o  consecuencias  jurídicas.   

c).   Ahora,  en  virtud  de  que  las  supuestas  partes del referido pacto, convivían como pareja, cabe acotar que es  plausible  la  reflexión  del  Tribunal  atinente a que los negocios en los que  aparece   interviniendo   la   señora  Villamil  Torres,  pudieron  tener  como  propósito  «otro tipo de relación jurídica como por  ejemplo  donación,  pago  de  deudas  o  simplemente que se tratara de adquirir  bienes  a nombre de la sociedad patrimonial de hecho que también se le atribuye  a  la  demandada  con  el  causante»,  y  dado que la  recurrente  no propone ninguna crítica puntual acerca de dicho razonamiento, no  le  es  posible  a la Corte entrar a confrontar esa inferencia, con el contenido  de  los  medios  de persuasión, en virtud del principio dispositivo que orienta  la  casación,  conforme  al  cual  queda  sujeta  a  los  planteamientos  de la  censura.   

          d).   Con  relación  a  la escritura pública n° 1616 de 3 de  marzo  de  1992,  y el certificado de tradición y libertad de la matrícula n°  50C-595895,  tildados  de haber sido defectuosamente apreciados, no obstante que  permiten   corroborar   la  compra  por  «Luz  Marina  Villamil  Torres» del 50% del local de la «calle  63  n°13-76», y su registro, al  igual  que  la inscripción de la adjudicación en remate de la mitad del predio  de    la    «calle   63   #   13-74/78»,  como también la fecha de celebración de esos actos y el precio,  tales   elementos   de  juicio,  per  se,  no  contribuyen  a  confirmar  la  tesis  de  la  actora  sobre la  existencia    del    «mandato   oculto»,  puesto  que  en  los  aludidos  documentos  ningún  dato aparece  plasmado  relacionado  con  el mismo, y el enlace o conexión con la versión de  los  testigos,  que plantea la censura, no tuvo ningún desarrollo, por lo que a  partir de ahí no es posible detectar el yerro fáctico denunciado.   

          e).   Frente al argumento de haberse omitido valorar el acta de  la  mencionada almoneda pública y su aprobación, se advierte que además de no  concretarse  la  fundamentación  de tal cuestionamiento, surge la imposibilidad  de  su  estimación,  en  razón a que su aportación no se hizo en legal forma,  puesto  que  esos  instrumentos  obran  en  copia  sin autenticar, por lo que de  conformidad  con el artículo 254 del Código de Procedimiento Civil, carecen de  mérito  probatorio,  y  dado  que  no  corresponden  a  documentos  privados de  aquellos  señalados  en  el  precepto 11 de la Ley 1395 de 2010, no es factible  «presumir      su      autenticidad».   

          f).   En  cuanto  a los hechos segundo y tercero de la demanda,  que  se  afirma  no fueron apreciados, en principio se tiene que los mismos solo  hacen  parte de la información que cimienta la «causa  petendi»,  y  la  censura  no explica cómo pasaron a  integrar  los  elementos  de  convicción,  tampoco  expone  los argumentos para  evidenciar  el  desatino  planteado, por lo que ninguna trascendencia alcanza la  escueta alusión a que no fueron tenidos en cuenta.   

          g).   Respecto  de los efectos procesales del artículo 101 del  Código  de  Procedimiento Civil, derivados de la inasistencia de la accionada a  la  «audiencia  preliminar»  regulada  en  esa  norma,  no  obstante afirmar que ella tenía conocimiento del  juicio,  circunstancia  esta  que  infiere  del  hecho  de  que una de sus hijas  recibió  el  aviso  de  citación  para  que concurriera a notificarse del auto  admisorio,  como  también  de que se le hubiere sancionado por no presentarse a  la  mencionada  «audiencia»,  se  advierte  que  la  impugnante  no  precisa las consecuencias jurídicas cuya  aplicación   reclama,   ni   los  aspectos  fácticos  que  a  partir  de  ahí  válidamente  quedaron  demostrados,  como  tampoco explicó en qué consiste la  equivocación  del  Tribunal, ni la repercusión del  mismo en la decisión  adoptada.   

         

Cabe resaltar, que sobre esa problemática el  ad  quem  sostuvo  que  no  procedía  deducir  un  indicio  grave  contra  las  excepciones,  porque  no se  propusieron  y «ninguno de los supuestos fácticos del  libelo  hace  referencia a los elementos del mandato oculto, que son los comunes  a   todos   los   contratos,  las  circunstancias  tempo-espaciales  en  que  se  constituyó,  las  instrucciones  otorgadas, entre otros aspectos que como ya se  dijo,  le  correspondía probar a la parte actora», de  donde  concluyó  que  el  comportamiento  asumido  por la demandada nada podía  probar,  y  frente  a  tales  reflexiones  la  censura  omitió elevar de manera  concreta  alguna  crítica,  por  lo  que la Sala además de no estar obligada a  actuar  en  pro  de  detectar  el error, en virtud del principio dispositivo que  orienta  el  recurso  de  casación,  se  halla  en imposibilidad jurídica para  asumir  de  oficio  el  respectivo  estudio,  puesto  que  no  se  satisfizo  la  formalidad de la sustentación de la acusación de adecuadamente.   

          8.   Así  las cosas se concluye, que los embates examinados no  pueden  prosperar,  porque  el  casacionista  no  demostró  el  error  de hecho  atribuido  al fallo del Tribunal, puesto que como se evidenció, lo planteado se  quedó  en  un  mero  alegato de instancia, el que en esencia revela la personal  percepción  de  su  autor,  sin desarrollar técnicamente la fundamentación de  los reproches.   

CARGO TERCERO  

1.   Se  apoya  en  la  causal  1ª  del  artículo  368  del  Código  de  Procedimiento  Civil, cuestionándose el fallo  impugnado   por   violación   indirecta  de  la  ley  sustancial,  derivada  de  «error    de   derecho»  consistente  en no haberse valorado las pruebas en conjunto, lo que condujo a la  «falta  de  aplicación de  los   artículos   2142,   2149  y  2150  del  Código  de  Procedimiento  Civil  (sic);  y  174  y  177  del  Código   Civil   (sic);  y  aplicación  indebida  de los artículos 101, parágrafo 2, numeral 12; 197, 210  inciso  1  y  249  del  Código de Procedimiento Civil, con violación medio del  artículo  187  del  C.P.C.».              

Cabe  acotar,  que  en el acápite donde se  explica  el  sentido de la vulneración de las «normas  sustanciales»,   aparece   que   las  tres  primeras  disposiciones  reseñadas hacen parte del Código Civil, mas no del ordenamiento  jurídico  que  ahí  se menciona, entendiéndose así corregida la imprecisión  en que se incurrió.   

          2.   Expone  el censor que el ad quem  valoró  «(i) el certificado  de  defunción  de  Edgar  Luna,  (ii)  la escritura pública 1616 de marzo 3 de  1992,  (iii) el certificado de tradición y libertad del inmueble de la calle 62  n°  13-74/76/78,  pero  no  valoró: (1) la audiencia pública de remate (…),  (2)  los  hechos  segundo  y  tercero  de  la  demanda  (…), (3) el informe de  notificación  del  Centro de Atención de Notificaciones y el aviso judicial de  comparecencia  (…), (4) la providencia del 23 de marzo de 2004 del [juzgado de  conocimiento]»,  y que desconociendo el artículo 187  del  Estatuto Procesal Civil, no apreció los elementos de convicción como ahí  se  indica,  sino  que  realizó  un análisis aislado, sin buscar los enlaces o  coincidencias  y tampoco le asignó a cada una el mérito probatorio, expresando  como   «verdad  verdadera  la  no  demostración  del  mandato  oculto, cuando sí estaba acreditado», lo que  desembocó  en  la  ratificación  del  fallo  de  primer grado y la consecuente  denegación de las pretensiones.   

         

Pretende que se case la sentencia atacada, se  revoque  la  del juez a-quo y  se acceda a las súplicas planteadas.   

1.   Al igual que el anterior, se apoya  en  la causal primera del artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, y se  acusa  el  fallo  impugnado  de violar de manera indirecta la ley sustancial por  error  de  derecho  al  desconocerse la obligación de  apreciar  las pruebas en conjunto, incurriéndose en aplicación indebida de los  artículos  2142,  2149  y 2150 del Código de Procedimiento Civil (sic);  y  174  ,  y  177 del Código Civil  (sic); y falta de aplicación  de  los  artículos  101,  parágrafo  2, numeral 2; 197, 210 inciso 1 y 249 del  Código  de  Procedimiento  Civil,  con  violación  medio del artículo 187 del  C.P.C.   

2.   La fundamentación del reproche se  soporta  en  argumentaciones  idénticas  a  las  invocadas  como  sustento  del  «cargo     tercero»,  advirtiendo  que  la diferencia estriba en que ahí se aludió a la «falta  de aplicación» de las normas del  Código  Civil  que  se  estimó transgredidas, mientras que ahora se plantea la  «aplicación  indebida» de  las  mismas,  por  lo  que  no  es  necesario  efectuar  de  nuevo el respectivo  resumen.   

CONSIDERACIONES  

1.   Quedó  visto  en  los dos embates  reseñados,  que  la  censura identifica algunos preceptos legales de naturaleza  sustantiva,  y  otros  del  régimen  probatorio, para luego aseverar que fueron  vulnerados  por  el sentenciador, al cometer «error de  derecho»  en  la  contemplación  de  los  medios  de  convicción,  toda vez que solo valoró el registro de defunción de Edgar Luna,  la  escritura  pública  n°  1616  de  3  de  marzo de 1992 y el certificado de  tradición  y  libertad  del  inmueble ubicado en la calle 63 n°13-74/76/78, en  tanto  que  omitió  desarrollar  esa tarea con relación al acta de remate, los  hechos  segundo  y  tercero  de  la  demanda, el informe de los resultados de la  citación  por  aviso a la accionada y la providencia con la que se le sancionó  pecuniariamente   a   la   convocada  por  su  inasistencia  a  la  «audiencia    preliminar»,  y  de ahí deduce el desconocimiento del artículo 187 del Código  de  Procedimiento Civil, que ordena apreciar las pruebas en conjunto, además de  exigir  la  asignación  del  mérito demostrativo a cada probanza, lo que no se  cumplió.   

          2.    Acerca   del   reseñado   desatino,   ha   comentado  la  jurisprudencia  especializada,  que  por  regla  general  se  configura  por  la  equivocación  en  que  incurre  el  juzgador en la aplicación de las normas de  índole   probatoria,   y  para  evidenciarlo  se  le  exige  al  impugnante  la  identificación  de  las  mismas, como también señalar los elementos de juicio  respecto  de  las  cuales  se  cometió  el yerro, al igual que su influjo en la  decisión  adoptada,  temática  este última que valga acotar, apareja elucidar  aspectos     concernientes     a     la    norma    sustancial    indirectamente  transgredida.   

En  el  fallo  CSJ  SC,  21  jun. 2011, rad.  2002-00024-01,    esta    Corporación    sobre    el    mencionado   equívoco,  comentó:   

(…)   el   aludido   yerro  ‘(…),  apunta al aspecto normativo de  las  probanzas y se presenta en el momento de la contemplación jurídica de las  mismas,  es  decir,  cuando  luego  de darlas por materialmente existentes en el  proceso,  se  pasa  a  ponderarlas  a  la  luz  de  los preceptos que regulan su  valoración,  quedando excluida toda controversia en cuanto a su aspecto físico  o  material,  pudiendo surgir el desacierto por transgredir el debido respeto al  postulado  del contradictorio, en las fases de aducción e incorporación de los  elementos  de  juicio,  ora porque se entra a contrariar al legislador acerca de  su      mérito      o      eficacia      probatoria      (…)     ‘se  presenta  en  síntesis  cuando la  sentencia  exige,  para demostrar un acto o un hecho, una prueba especial que la  ley  no  reclama;  o  cuando  viendo  la  prueba  en  su exacta dimensión no le  atribuye  a  ella  el  mérito  que  la  ley  le  asigna para demostrarlo; o, en  fin,   cuando  se  lo  niega  por  estimar  que  el  medio  fue ilegalmente  producido   cuando  así  no  sucedió’   y   que,  por  tanto,  ‘el  error  de  hecho  y  el  de  derecho, en materia de apreciación  probatoria  que por vía indirecta lleva a la violación de norma sustancial, no  pueden  ser  confundidos.  El error de hecho implica que en la apreciación  se  supuso  o  se omitió una prueba, mientras que el de derecho entiende que la  prueba  fue exacta y objetivamente apreciada pero que, al valorarla, el juzgador  infringió  las  normas  legales  que  reglamentan  tanto su producción como su  eficacia’  (…)’.   

          3.    Los   parámetros  esbozados,  permiten  inferir  que  la  impugnante  inobservó  la  técnica  casacional,  pues  luego  de  reseñar los  instrumentos  que  advirtió  fueron  valorados  por el juzgador y los actos que  omitió  apreciar,  limita el discurso a manifestar en sentido abstracto, que no  se  realizó  el  análisis  en  conjunto  de  tales  elementos de juicio, y que  también   se   pretirió   la  asignación  del  mérito  demostrativo  de  los  mismos.   

Igualmente  se  verifica,  que  a  pesar  de  indicar  las normas de carácter probatorio que estimó infringidas, no se ocupa  de   explicar   en   qué   consistió   la   transgresión   de  esa  clase  de  disposiciones.   

a).  Al respecto se observa, que cita el  numeral  2° parágrafo 2º artículo 101 del Código de Procedimiento Civil, el  cual  hace  referencia a que salvo los eventos justificados para no asistir a la  «audiencia preliminar» ahí  prevista,  «si alguno de los demandantes o demandados  no  concurre,  su  conducta  se considerará como indicio grave en contra de sus  pretensiones    o   de   sus   excepciones   de   mérito,   según   fuere   el  caso», y aunque resalta la inasistencia a ese acto de  la  convocada al litigio, además de que fue sancionada con multa por el juez de  conocimiento,  según  auto  de  23  de marzo de 2004, no se detiene el censor a  analizar  que  en el fallo se advirtió la no comparecencia de la accionada a la  mencionada   «audiencia»,  pero  que  debido a la inexistencia de «excepciones de  mérito»,  se consideró que no había lugar a erigir  un  indicio  grave  en contra de tales mecanismos de defensa, lo que implica que  no  cumplió  con  la  tarea  de  evidenciar  la  manera  como  el  ad   quem   pudo  haber  inobservado  la  «regla    probatoria»  enunciada en el reseñado precepto.   

            

Sobre el particular, cabe acotar, que cuando  el   «error  de  derecho»  se   origina   en   la  transgresión  de  la  citada  disposición  legal,  esta  Corporación  a  fin de explicar la manera como debe  plantearse   la   acusación,   en  fallo  CSJ  SC,   22  abr.  2013,  rad.  2005-00533-01, expuso:   

(…) Como es natural, en procura de que ese  error  aparezca,  debe  el  impugnante  demostrar que la tarea evaluativa de las  distintas  probanzas cumplida por el sentenciador se llevó a cabo al margen del  análisis  de conjunto pedido en el artículo 187, o sea, poniendo de manifiesto  cómo  la  apreciación  de  los  diversos  medios  lo  fue de manera separada o  aislada,  sin  buscar sus puntos de enlace o de coincidencia. Ese y no otro debe  ser  el  criterio  a  seguirse  cuando  de  individualizar este tipo de yerro se  trata.  En  consecuencia, si, con prescindencia de las conclusiones obtenidas en  el  campo  de  los resultados de la prueba, pues es asunto que cae en el terreno  rigurosamente  fáctico,  la  referida  tarea  valorativa  se  ciñó a la norma  citada,  no  será  admisible  la  prédica  de  la  sustitución  del examen de  conjunto  realizado  por  el  sentenciador  por  el  que proponga el recurrente.  Expresado   de  otra  manera,  se  debe  tener  un  cuidado  sumo  para  que  el  planteamiento  no  derive  hacia el aspecto de la objetividad de los hechos pues  en  éste  la  cuestión queda ya bajo el influjo del error de hecho que como se  sabe  tiene  una  naturaleza  distinta  a  la  del  error de derecho’ (…).   

c).   En  cuanto al inciso 1º precepto  210    ídem,   también  mencionado  dentro  de  las normas transgredidas, aplicable al interrogatorio de  parte  en  lo  que  atañe  a  la  confesión  ficta  o  presunta, contempla que  «[l]a  no comparecencia del citado a la audiencia, la  renuencia  a  responder y las respuestas evasivas, se hará constar en el acta y  hará  presumir  ciertos  los  hechos susceptibles de prueba de confesión sobre  los   cuales  versen  las  preguntas  asertivas  admisibles,  contenidas  en  el  interrogatorio escrito».   

En  lo  que se relaciona con ese aspecto, el  ad  quem  sostuvo  que  de  argumentarse    para    efectos    del   reconocimiento   de   la   «presunción  de  tener por ciertos los hechos de la demanda (…),  habida  consideración  que  la demandante no aportó interrogatorio escrito, lo  cierto  es  que la accionada no propuso ningún medio exceptivo y ninguno de los  supuestos  fácticos  del  libelo  hace  referencia  a los elementos del mandato  oculto».   

No obstante, la recurrente extraordinaria no  entra  a  confutar  lo ahí expresado, a fin de revelar el equívoco invocado, y  es  que ni siquiera tuvo en cuenta que en el proveído de 10 de mayo de 2004, el  juez  de  conocimiento denegó decretar la práctica del citado medio de prueba,  luego  se tornaba jurídicamente imposible deducir la consecuencia consagrada en  la aludida disposición.   

d).    Igualmente   se   invoca  como  infringido   el   canon   249   ejusdem,  el  cual  prevé  que  «[e]l juez podrá  deducir   indicios   de   la   conducta  procesal  de  las  partes»,  pero ningún desarrollo argumentativo se plasmó a fin de revelar  en  qué  consistió  o  cómo  se produjo la vulneración de tal precepto, y si  apuntaba  a  cuestionar  que el Tribunal estimó que en  cuanto  a  los  indicios que surgen de la no contestación de la demanda y de la  inasistencia  de  la  demandada  a la audiencia de conciliación y a absolver el  interrogatorio  de  parte,  no  debe  perderse  de  vista  que  en  tales etapas  procesales  estuvo  representada por curador ad litem, por lo que, en principio,  ninguno  de  los  efectos  jurídicos  que conllevan tales comportamientos puede  tenerse  como  prueba  indiciaria  de  los hechos que soportan las pretensiones,  pues  tampoco  está  demostrado  en  forma fehaciente que la demandada conocía  desde      el     comienzo     la     existencia     del     proceso,   ha  debido  dar  cumplimiento  a  la  exigencia  formal  atinente  a  exponer  las  razones en virtud de las cuales se  imponía  entender  que  tales  apreciaciones  implican un quebranto de la norma  probatoria  en  cuestión,  pero  no lo hizo así, toda vez que pretermitió por  completo escudriñar esa problemática.   

e).   Finalmente,  cabe  señalar  que  incurre  el  censor  en  la  imprecisión  técnica  concerniente  a predicar la  existencia   del   «error  de  derecho»  con relación a elementos de persuasión que se denuncia no fueron  valorados  por  el  ad quem,  puesto  que  tal  como  se menciona en el precedente anteriormente citado, aquel  únicamente  puede  surgir  o  configurarse  en  el  evento  de  que el juzgador  efectivamente haya sometido a examen la respectiva probanza.   

4.   Con  sustento  en  las  anteriores  reflexiones,    se   determina   que   los   cargos   analizados   no   alcanzan  éxito.   

5.   En  razón  a  que  ninguna de las  acusaciones  prospera,  queda  truncada  la impugnación extraordinaria, pero no  hay  lugar  a  condenar  en costas a la recurrente, de conformidad con el inciso  1º  artículo  163  del Código de Procedimiento Civil, al hallarse beneficiada  con  el  amparo  de  pobreza  que  le  otorgó  el  juez  de  conocimiento (c.1,  fl.32).   

IV. DECISIÓN  

          En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Civil de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

          Primero:   No  casar  la  sentencia  de  2  de  septiembre  de  2010  proferida  en  el  proceso  ordinario  promovido  por  Edna Rocío Luna Quijano,  invocando  su  condición de heredera del causante Edgar Luna Rodríguez, contra  Luz Marina Villamil Torres.   

          Segundo: Abstenerse de condenar en costas  a  la  recurrente  extraordinaria.            

          Tercero:   Oportunamente   devolver   el  expediente al Tribunal de Origen.   

Cópiese y notifíquese  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

ÁLVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

    

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