SC10640-2014 [2004-00017-01]

2014

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    República    de  Colombia   

    

Corte   Suprema   de  Justicia   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  CIVIL   

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

Magistrado Ponente  

SC10640-2014  

Radicación           N°  50001-31-10-002-2004-00017-01   

(Discutido y aprobado en sesión de nueve de  junio de dos mil catorce)   

Bogotá,  D.C.,  doce (12) de agosto de dos  mil catorce (2014)   

Decide  la  Corte  el  recurso de casación  formulado    por    Blanca    Luz   Mary   Polanía  Orjuela  contra la sentencia proferida  el 27 de  junio   de  2012   por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Villavicencio,   dentro  del  proceso  de la recurrente contra Jenny          Katherine          Soto         Polanía,    Diana  Bellamith  y  Sandra Milena  Soto   López,   en   su   condición  de  herederas  determinadas    de    Jairo    Soto    Gaviria   y   contra   sus   herederos indeterminados.   

Pidió  la  demandante  que  se declare que  entre  ella  y  Jairo  Soto  Gaviria  existió una unión marital de hecho entre  compañeros  permanentes  desde agosto de 1988 hasta abril de 2003, fecha en que  éste  falleció.  Como consecuencia de lo anterior, solicitó que se declare la  existencia  de la sociedad patrimonial entre compañeros permanentes y se ordene  su disolución y liquidación.   

Fundamentó tales pretensiones en que entre  ellos,  desde  1988, sin estar casados entre sí, se formó una unión singular,  estable,   con  plena  solidaridad  y  ayuda  mutua  de  forma  que  llegaron  a  comportarse  como  marido  y  mujer por más de dos años, hasta cuando el 10 de  abril  de  2003  acaeció  la  muerte  de Jairo Soto. Agregó que entre ellos no  mediaba  impedimento  legal  para  contraer  matrimonio ya que Jairo Soto había  liquidado la sociedad conyugal que tenía con Blanca Nieves Pérez.   

La  demanda  fue  admitida  por  el Juzgado  Segundo  de  Familia  de  Villavicencio,  despacho  al  que  le correspondió el  conocimiento   del   asunto;  y  respecto  de  ella,  una  vez  notificados,  se  pronunciaron los demandados así:   

Jenny Katherine Soto Polanía, a quien se le  designó  curadora  ad litem  por  ser  menor de edad y su madre ser la demandante, manifestó por conducto de  esta  auxiliar  que  se  atenía  a  lo  que  resultase  probado  (f. 85, c. 1).   

El  curador  ad  litem  de los herederos indeterminados, por su parte,  manifestó no oponerse a las pretensiones (fls. 95 y 96, ib.).   

Sandra Milena Soto Pérez y Diana Bellanith  Soto  Pérez,  en  escritos  separados  (fls.  143  a  147  y  154  a 158, c. 1,  respectivamente),   se   opusieron  a  las  pretensiones.  Manifestaron  que  la  demandante  y  Jairo  Soto  se  habían  separado desde mucho antes de agosto de  2001.  Formularon  como  excepciones  de mérito las que denominaron “falta de  agotamiento  de  la  conciliación  extrajudicial  en  derecho como requisito de  procedibilidad  ante  la  jurisdicción”,  “prescripción  de  la acción de  existencia,  disolución  y liquidación de la sociedad patrimonial”, “falta  de   requisitos   legales   para   declarar  las  pretensiones  desde  la  fecha  solicitadas”,  “temeridad  y  mala fe”, “inexistencia de la comunidad de  vida   permanente   y   singular   durante   todo   el   tiempo  demandado”  y  “coexistencia o dualidad de convivencias”.   

Rituado   el   trámite   de  la  primera  instancia,  el  juzgado  le  puso  fin con sentencia en la que declaró la existencia de la unión marital de  hecho  entre  Jairo  Soto  Gaviria  y  Blanca  Luz  Mary  Polanía Orjuela en el  período  comprendido  entre el 1° de septiembre de 1992  y el 8 de agosto  de  1999;  declaró  probada  la  excepción  de  prescripción  de  la  acción  tendiente  a  que  se  declare la existencia de la sociedad patrimonial de hecho  entre  estos  compañeros  permanentes  y  condenó  parcialmente en costas a la  parte demandada.   

Este fallo fue recurrido por la demandante y  las   demandadas   Diana  Bellamith  y  Sandra  Milena  Soto  Pérez.  El  Tribunal,  con  la  sentencia  que  desató  la  alzada,  resolvió  modificar el periodo de la unión marital, para  establecerlo  entre el 1°de septiembre de 1992  y el 10 de agosto de 2001.  En lo demás, confirmó el fallo del a quo.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

Luego  de  resumir  el  trámite  hasta ese  momento  surtido,  se  detiene  la Corporación en las razones de censura que la  actora  apelante  formula  a  dicho  fallo,  referidas  a  la estimación que el  a  quo hizo del escrito que  Jairo  Soto  Gaviria dirigió al Instituto de Seguros Sociales para retirar a la  demandante  como su compañera, por cuanto tal documento producía consecuencias  jurídicas  favorables  a  la parte que lo adujo, sin haber tenido en cuenta, de  otra  parte,  la  abundante  prueba testimonial. Resume también “el   motivo   de   la  censura  del  curador  ad  litem”  (f. 60, c. 3) en el sentido de criticar del juzgado de primera  instancia  no  haber  estimado todas las pruebas ni haberlas valorado de acuerdo  con la sana crítica.   

En  lo suyo, y no sin antes resaltar que se  limita  a  lo  que fue objeto de apelación, con apoyo en jurisprudencia de esta  Sala  establece  el  Tribunal  los  requisitos  que  deben  acreditarse  para la  declaración  de  la  unión  marital  de  hecho,  a  saber:  comunidad  de vida  permanente  y  singular;  convivencia  por  un  lapso no inferior a dos años; y  ausencia  de  impedimento  legal  entre  el  hombre  y  la  mujer  para contraer  matrimonio.   

Resalta  seguidamente  lo  dispuesto  en el  artículo  8° de la Ley 54 de 1990, atinente a la prescripción de las acciones  para  obtener  la  disolución  y  liquidación de la sociedad patrimonial entre  compañeros  permanentes,  hecho  lo  cual,  anuncia  la confirmación del fallo  apelado por los siguientes motivos:   

Tras  encontrar acreditado que entre Blanca  Luz  Mary  Polanía  y  Jairo  Soto  Gaviria  existió  una  comunidad  de  vida  permanente   y   singular   por   un  lapso  superior  a  dos  años,  sin  que  ninguno  tuviese impedimento  legal,   precisa  que la controversia gira en torno al momento en que ésta  unión  finalizó, pues al paso que la actora indica que perduró hasta el 10 de  abril  de  2003,  cuando  falleció  Jairo  Soto, el juzgador de primer grado la  reconoció  sólo  hasta  el 8 de agosto de 1999, declarando así la prosperidad  de la excepción de prescripción alegada por el extremo demandado.   

Transcribe  la comunicación que Jairo Soto  Gaviria  dirigió  al  Instituto de Seguros Sociales, recibida por la Entidad el  10  de agosto de 2001, en la que, para solicitar la desafiliación de Blanca Luz  Mary  Polanía, indicó que era su beneficiaria por siete años en su condición  de  compañera  permanente,  “pero  desde  hace dos  años  aunque  vivimos  bajo  el  mismo  techo  no  convive  conmigo” (f. 65, c. 3).   

Luego  de  anotar la Corporación que dicha  desafiliación  fue  cumplida  pues  así  lo certificó el Instituto del Seguro  Social, precisa que   

es   el   contenido   de   la  carta  con  reconocimiento  de  firma  que  enviara  el señor Jairo Soto Gaviria al ISS, la  (sic) que adquiere singular  importancia,  pues  en  ella  muestra  repulsa  a una protección y por ende, su  carencia  de  solidaridad  hacia su compañera, lo que permite vislumbrar que su  deseo  era  el  de no continuar con dicha unión, situación que se acentúa con  las  declaraciones  vertidas en el expediente, de las cuales mana la convivencia  con  su  esposa  Blanca  Nieves  Pérez  Peña  en  los  últimos  años  de  su  vida.   

Sobre  la crítica que eleva la apelante en  cuanto  a  que ese elemento de convicción es una confesión y no cumple con las  exigencias  legales  para tal propósito, expresa la colegiatura que se trata de  un   documento  privado  “el  cual  fue  reconocido  implícitamente  tal  y  como  lo  dispone  el  artículo  276  del  C.P.C.,  en  concordancia  con  el  numeral 3° del artículo 252 ibídem, por lo que goza de  todo  valor  probatorio,  por  la potísima razón de que dicho documento no fue  tachado de falso” (f. 66).   

Contrapone   esos   testimonios   a   las  declaraciones   de  Blanca  Nieves  Peña  (esposa  de  Jairo Soto), Sandra  Milena  Soto  Pérez  y  Diana  Bellanid Soto Pérez (demandadas), José Antonio  Baquero  Ladino, Oscar Fernando Pardo Acero, Arcelia Gaviria de Soto, Hernán de  Jesús  Londoño  Acosta,  Nelly Raquel Soto Gaviria, Nelly Andrea Soto Gaviria,  Luz  Dary  Valderra  Alzate y María Concepción Leyva Arenas -fragmentos de las  cuales reproduce-.   

Pasa a referirse al interrogatorio de Blanca  Luz  Mary  Polanía,  del  cual  declara  que  a  pesar de manifestar que había  convivido  con  Jairo  Soto  hasta  su  fallecimiento,  la  actitud  de  este al  despojarla  de  la  protección  en salud -lo que se concretó el 27 de junio de  2001-  es  más  que  significativo  de  su clara intención de no prodigar más  abrigo y solidaridad a su compañera,   

sin   que  por  aceptarse  su  relevancia  jurídica,  se  esté ante una confesión extrajudicial como lo deja entrever la  recurrente,  toda  vez  que  ésta alberga es una prueba documental en la que se  expresa  la ocurrencia de un hecho: el querer interno puesto a flote, de ponerle  punto  final  a  la  unión  marital que conformaba con Blanca luz Mary Polanía  Orjuela (f. 71).   

Ruptura  que  el  tribunal  encadena con la  “evidente”  reconciliación  de  Jairo Soto Gaviria con Blanca Nieves Pérez  Peña,  “con  quien  residió  en  los dos últimos  años  de  su  vida,  y  según  dan cuenta los familiares y allegados del mismo  causante,  ya  que  estas  son  las  personas  llamadas  a tener un conocimiento  directo   inmediato   de   dicha   situación”  (f.  72).   

Vuelve  sobre la comunicación suscrita por  Jairo  Soto  para  recalcar  que  la  declaración  allí contenida no puede ser  desacreditada  con  los  testigos  que  dan  fe  de  la  cohabitación  pero sin  adentrarse  en  explicaciones  en  torno  a  la presunta comunidad de vida de la  demandante  y  aquel, pues el hecho de compartir la misma morada no puede servir  de  elemento  de  convicción  para  la  declaratoria de la unión marital, como  tampoco   el   hecho   de   ser   beneficiaria   ante  un  banco  y  del  seguro  funerario.   

Con   todo,  se  aparta  el  ad  quem  de  la  sentencia  apelada  en  cuanto  a  la  fecha de terminación de la unión marital de Jairo Soto y Blanca  Polanía,   

“pues  aunque  la carta informa que no se  tiene  vida marital desde hace dos años, de lo cual infirió el sentenciador de  primer  grado  que  la  misma  había  culminado en agosto de 1999, no ese (sic)  menos  cierto  que ese lapso transcurrió sin pena ni gloria para este, viniendo  a  reflejar  su  decisión  los  motivos  personales  que  tuvo  para  tomar tal  determinación,  sólo  hasta  el  10  de agosto de 2001, data para la cual hizo  presentación de su controvertido escrito ante el ISS; no antes”   

Conclusión que reafirma por cuanto coincide  esa  fecha  con  la declaración de Blanca Nieves Pérez, sus hijas, la madre de  Jairo  Soto, su hermana Nelly Raquel, su sobrina Nelly Andrea y sus amigos José  Antonio  Baquero,  Oscar  Fernando  Pardo,  Hernán de Jesús Londoño, Luz Dary  Valderra y María Concepción Leiva.   

Aun   así,   concluye   el  ad  quem que debe mantener la prosperidad  de  la excepción de prescripción pues la acción de que trata el artículo 8°  de  la ley 54 de 1990 prescribe en un año a partir del momento en que ocurre la  separación  física  de  la  pareja  -10  de  agosto  de  2001- “por  lo  que  al presentarse la demanda a reparto el 19 de enero de  2004  (f.  25),  a  no  dudarlo,  para  tal  data, ya había fenecido el año en  referencia” (f. 76).   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

Antes de abordar el acápite correspondiente  a  los cargos que erige contra la sentencia recurrida, formula la impugnante una  previa   solicitud  de  estudio  preferencial  de  una  nulidad  constitucional,  “que  va  más allá de la causal 5ª del artículo  368  del  C.P.C.”  (f. 13, c. Corte), y que la hace  consistir  en  que  en  el  proceso  se  incurrió  en  un  vicio insaneable, de  carácter  supra legal, que acaeció en la audiencia consagrada por el artículo  101  del  Código de Procedimiento Civil, de la que refiere que ante la ausencia  en  dicha  diligencia  -en  dos  ocasiones-  de  la  curadora  ad litem  de  la  demandada  Yenny  Katerine  Soto  Polanía, el juzgado no  intentó    más    la    conciliación,  tornando  así  el  proceso  nulo  desde  la  audiencia  anotada,  infringiéndose  el  artículo  29  de  la Constitución Política, así como el  artículo     6°     del    Código    de    Procedimiento    Civil,  atinente  a  la  obligatoriedad de las  normas procesales.   

Prosigue con la formulación de un cargo por  la  causal  primera, que la  Corte  examinará  luego  del estudio de la nulidad que plantea el libelo, y que  la Sala entiende como un cargo soportado en la causal quinta.   

CONSIDERACIONES SOBRE LA NULIDAD  

De   entrada,   y   dejando   de   lado  consideraciones  atinentes  al interés para proponer la nulidad así como a los  efectos  de  las  restricciones  legales  que para conciliar tiene el curador ad  litem,  debe  señalarse  que ese embate no resulta próspero porque el supuesto  fáctico  que  le sirve de sustento al impugnante para proponerlo no encuadra en  ninguna  de  las  causales  legalmente  establecidas  al  efecto, requisito este  indispensable  para  la  prosperidad  de  un  ataque de esta naturaleza. (CSJ-SC  026-2013   Rad.  N°  05001-31-03-009-2004-00263-01;  SC  11  marzo  2012,  Rad.  5000131030012003-03026-01, entre otras)   

En consecuencia, y sin más consideraciones,  debe      concluirse     que     el     cargo     es     impróspero.   

CARGO PRIMERO  

En  este cargo se acusa la sentencia de ser  indirectamente  violatoria  del  artículo  8°  de la ley 54 de 1990 por error de  derecho en la valoración que el sentenciador otorgó  al   documento  aportado  por  la  parte  demandada,  consistente  en  fotocopia  autenticada  de  una  comunicación  del 8 de agosto de 2001, suscrita por Jairo  Soto  y  en  la  que expresa que lleva dos años sin convivir con la demandante,  violación  que  fue producto a su vez de la transgresión del artículo 276 del  Código  de  Procedimiento Civil y del numeral 3° del artículo 252 de la misma  obra.   

Aduce el cargo que la desatención medio de  las  normas probatorias referidas, condujo la violación del artículo 8° de la  ley 54 de 1990, al determinar su equivocada aplicación.   

Agrega  la  censura  que también violó el  Tribunal  la  norma  sustancial mencionada como consecuencia de errores de hecho  cometidos  en la apreciación de la prueba testimonial, que lo llevó, junto con  la  conclusión  que extrajo del documento antes aludido, a la errada deducción  de  que  la  relación  marital  entre  Blanca  Luz María Polanía y Jairo Soto  había terminado el 10 de agosto de 2001.   

En procura de su demostración aborda, uno a  uno,  los  testimonios  y  declaraciones  de  parte  de quienes depusieron en el  proceso:   

a.          En cuanto a las exposiciones de Ancízar  Ortiz  García,  Luis  Orlando  Álvarez  Rincón,  Julio Enrique Galvis Arias y  Patricia  Martínez,  manifiesta  que sin haber sido tachados estos testigos, el  Tribunal  no  les  otorgó  credibilidad  no  obstante que fueron explícitos en  manifestar  que  la  pareja  Soto-Polanía  convivió  durante más de dos años  hasta el fallecimiento de Jairo Soto.   

b.          A  continuación, prosigue con el grupo  de  testimonios  a  los que la corporación otorgó credibilidad, comenzando por  el  de  Blanca  Nieves  Pérez  Peña,  viuda  de  Jairo  Soto  y  madre  de las  codemandadas  Sandra  Milena  y Diana Bellanith Soto Pérez, en relación con el  cual  indica  que la testigo asumió que Jairo Soto se había separado de Blanca  Luz  Mary Polonia porque lo deduce del escrito con el cual el primero desafilió  a  la  segunda  como beneficiaria en la seguridad social. Apoyada en el escrito,  agrega  la censura, la testigo manifiesta que Jaime Soto se había ido a vivir a  su  casa  en  el  barrio  “el  Manantial” desde mediados de agosto de 2001 y  hasta  que él falleció. Sin embargo, sostiene que ella eludió responder sobre  si  se había reconciliado con Jairo Soto pues tan sólo mencionó que le pedía  el   favor   de   lavarle   la  ropa,  “cuando  él  iba”  (f.  22, c. Corte), así como haberle servido  el  almuerzo  o  el desayuno, de lo cual deduce que su presencia en esa casa era  esporádica.   

Pasa  al  interrogatorio  de la codemandada  Sandra  Milena  Soto  Pérez,  del  que predica que fue cercenado. Y con miras a  demostrarlo,  señala  que  esta declarante tiene como fuente de su dicho, no su  percepción,  sino  la  información  contenida  en  el  ya mencionado documento  suscrito  por  el  difunto Jairo Soto. Recalca que Sandra Milena Soto manifestó  que  residía  en  Buenaventura,  Valle, desde 1996 hasta el año 2006 o 2007, y  que  tuvo  noticia del supuesto reencuentro de sus padres, cuando se lo informó  por  teléfono  su  hermana  Diana  Bellanith,  con  ocasión del cumpleaños de  esta.   

Se  refiere seguidamente al interrogatorio  de  la codemandada Diana Bellanith Soto Pérez, del que transcribe un fragmento.  Indica    que   con   esta   declaración,   el   ad  quem  halló demostrada que la unión marital de  hecho  de  los compañeros Soto-Polonia no había terminado a la muerte de Jairo  Soto  sino  más  de  un año atrás, sin atribuirle la importancia probatoria a  los  gastos  de  sepelio  cubiertos con el seguro exequial tomado por Blanca luz  Mary Polonia, punto que narró esta declarante.   

Se  aplica  enseguida  al  examen  de  la  declaración  de  José  Antonio Baquero Ladino, de quien arguye que el tribunal  le   concedió   “desmesurada”  credibilidad,  dejando  de  apreciar  varios  componentes  de  esa  declaración,  como  que  no estaba informado del lugar de  residencia   de  la  demandante  Blanca  Luz  Mary  Polanía  y  haber  ofrecido  respuestas  inducidas y preparadas para hablar de lo que no sabía, crítica que  la   censura  sostiene  porque  el  recurrente  manifestó  que  “dos  años  antes  de  2001” ya estaba  viviendo con su esposa Blanca Nieves.   

Continúa  con  la  declaración  de Oscar  Fernando  Pardo Acero, de la que indica que el Tribunal no se percató de que el  testigo  eludió  informar  la  residencia  de  Jairo  Soto, por cuanto sólo se  limitó  a  contestar  que  unos dos años antes del fallecimiento, éste había  restablecido  relaciones  matrimoniales,  a  más  de que lo sabía porque Jairo  Soto  se  lo  había  comentado. Manifestó que no conocía a la hija de éste y  Blanca  Polanía,  Jenny  Katerine,  pero se refirió a que le había sugerido a  Blanca  Pérez  que  aprovechara  el seguro exequial de que disponía “la otra  familia”.   

Procede a examinar el testimonio de Arcelia  Gaviria  de  Soto,  madre  del  interfecto,  testimonio  que  fue tachado por la  actora.  El  yerro  del  Tribunal,  agrega,  radica  en  que  a pesar de ser una  deponente  interesada  en las resultas del proceso -por cuanto beneficiaba a sus  nietas-  y  de  oídas, le otorgó credibilidad. Y es de oídas, porque la misma  declarante  señala que lo que sabe es debido a que su hijo se lo contaba cuando  la iba a visitar.   

Del  testimonio  de  Hernando  de  Jesús  Londoño,  la  impugnante destaca que también es una versión de oídas y falaz  en  vista  de que alude a “la casa del Bochica”, como lugar en el que estaba  viviendo  Jairo  Soto  con  Blanca  Nieves,  cuando es lo cierto que esa casa la  había   vendido   el  causante  antes  de  la  separación  de  bienes  con  su  esposa.   

En  relación  con  el testimonio de Nelly  Raquel  Soto  Gaviria,  también  tachado,  por  ser  tía de las codemandadas y  hermana  de  Jairo  Soto,  señala  que el yerro se concretó en que el juzgador  colegiado  no  valoró  ni  dio  efectos  a la afirmación del testigo sobre que  Blanca  Luz  Mary  había  tratado  de  hacerle la vida imposible a Jairo y a la  declarante,  lo  que  evidencia una enemistad que afecta su credibilidad. Agrega  que  se  trata  de  un  testigo  de  oídas  porque  lo que sabe de la relación  sostenida con Blanca Luz Mary es porque Jairo Soto le contaba.   

Aborda  seguidamente  la  declaración  de  Nelly  Andrea  Soto  Gaviria, también tachada, de la que igualmente predica que  el  Tribunal  cometió error de hecho por no percatarse de que cuando la testigo  rindió  su  declaración,  en  abril  de  2008, contaba con 23 años, de lo que  infiere  que  era infanta cuando ocurrieron los hechos sobre los cuales versa su  testimonio,  “lo  que generaba todas las reservas o  beneficio  de  inventario  de tal circunstancia” (f.  31).   

De  la declaración de Luz Dary Valderrama  Alzate,   manifiesta   que   el  ad  quem  la  recortó,  a  la  par  que  le dio credibilidad a una testigo  tachada,  que  por  consiguiente no puede desvirtuar la permanencia de la unión  marital  de  hecho  de  la  pareja Soto Polanía hasta el fallecimiento de Jairo  Soto.  La  censura  resume  la declaración para indicar que es anodina y que no  tiene  elementos concluyentes, señalando al final que si el tribunal la hubiera  apreciado  en  su  integridad  hubiera  concluido  que Jairo Soto no visitaba de  continuo la casa de su esposa.   

Se  refiere seguidamente a la declaración  de  María  Concepción  Leiva  Arenas,  de  la  que  afirma  que el tribunal la  recortó,  en  aspectos  tales  como cuando dijo que no conoce a Blanca Luz Mary  Polanía   Orjuela,   de  lo  cual  infiera  la  impugnante  que  no  puede  dar  información  de  su  relación con Jairo Soto; que cuando estaba pequeña Jairo  Soto  tenía  una amante; que no le consta que Blanca Nieves Pérez y Jairo Soto  se  hubiesen  separado;  que  duró  muchos  años sin verlos. En fin, resume la  censura  esta  declaración,  con  glosas  que apuntan a desconocer su veracidad  pues  solo  visitaba  la  casa  de  Blanca  Nieves  Pérez en forma esporádica.   

Finalmente,  manifiesta que el Tribunal no  apreció  el  documento  expedido  por  la funeraria Santa Cruz donde consta que  Blanca  luz  Mary  Polanía  era  titular  del contrato 65-05, plan exequial que  incluía  como  beneficiario  a  Jairo  Soto, hecho al que además se refirieron  varios  testigos, y que es una demostración de que la affectio maritalis, entre  la  demandante  y el fallecido “estuvo latente hasta  la muerte de este” (fl. 38 ídem).   

CONSIDERACIONES  

El documento que reclamó la atención del  Tribunal  y  al que se refirieron varios de los declarantes en este proceso, fue  aportado  con  la  contestación de la demanda, en fotocopia autenticada (f. 52,  c.  1),  por  la  codemandada  Sandra  Milena Soto Pérez; y en copia simple (f.  159),  por  la  codemandada Diana Bellanith Soto Pérez. Asimismo lo aportó, en  fotocopia  autenticada  y con ocasión del testimonio que rindió, Blanca Nieves  Pérez  Peña,  madre  de  las anteriores codemandadas y cónyuge de Jairo Soto.   

Está  suscrito  por  Jairo  Soto Gaviria,  quien  lo reconoció notarialmente el 9 de agosto de 2001. Lo dirigió a la Jefe  de  Admisiones  del  Instituto de Seguros Sociales, tiene dos notas de recibido,  una  manuscrita  y otra mecánica (que incluye un logotipo y el nombre “Seguro  Social”), ambas del 10 de agosto de 2001.   

Reza así:  

De  la  manera  más  atenta  y cordial me  dirijo  a  usted para solicitar desafiliar a la señora Blanca Luz Mary Polanía  Orjuela  con  cédula  de ciudadanía No 21.240.753 de Villavicencio quien es mi  beneficiaria  desde  hace  siete  (7)  años  más o menos como mi compañera en  unión  libre  de  hecho; pero desde hace dos años aunque vivimos bajo el mismo  techo  no  convive conmigo, ni la más mínima atención como por ejemplo lavado  de  ropa,  cocción  de  alimentos muchos (sic) menos vida marital, sólo quedan  como  afiliadas  y  beneficiarias  mis  dos  hijas  menores Diana Bellanith Soto  Pérez y Jenny Katerine Soto Polanía quienes ya están afiliadas.   

No se ha podido llegar a un acuerdo para la  terminación  total  de  la  sociedad  en  unión  libre  de  hecho por falta de  disponibilidad de diálogo de la mencionada señora.   

Original  autenticada en notaría para que  tenga  validez  en  todos  los  estamentos  legales  como  el I.S.S, pensiones y  beneficencia del Meta etc.   

En  el escrito presentado con ocasión del  traslado  de  las  excepciones  (fls.  201  a  202), la demandante se refiere al  mentado  documento, no para tacharlo de falso o desconocerlo, sino para poner en  entredicho  la  veracidad  de  lo que allí manifiesta Jairo Soto y recalcar que  dichas  declaraciones,  a  más  de ser unilaterales,  no demuestran que se  hubiese  disuelto  o  terminado  la  unión  marital  de hecho. Tal argumento lo  reitera  en  el  alegato  de  conclusión (f. 419, c. 2) y en el que sustenta su  recurso  de  apelación  (fls.  29  a  39, c. 3), donde añade que el juzgado de  primera  instancia  consideró  el  escrito,  tácitamente,  como una confesión  extrajudicial.  Y  a  partir  de  esa  afirmación,  en el mentado alegato de la  apelación,  resalta  la  impugnante  que  las  declaraciones  contenidas  en el  documento  de  desafiliación, distintas de las dirigidas a dicho propósito, se  encaminan  a  fabricar una prueba, por cuanto su autor retrotrae la terminación  de  la  unión  marital dos años atrás, lo que trasgrede un principio esencial  de   la   confesión,  consistente  en  que  el  hecho  admitido  debe  producir  consecuencias    adversas    a    quien    lo   acepta   o   favorables   a   la  contraparte.   

En el ataque por error de derecho contenido  en  el  cargo,  la  impugnante  se dirige a desmoronar el argumento del Tribunal  -ofrecido  por  éste en respuesta a la tesis de la confesión extrajudicial que  planteó  la  impugnante  en  la  apelación-  referido a que no se trata de una  confesión  sino  de  un  documento  privado  no  tachado  de falso y reconocido  implícitamente.   

El  anterior  recuento luce procedente por  cuanto  debe  partirse de un hecho irrebatible: las partes ni los jueces dudaron  de  la  autenticidad  del documento, esto es, existe en el proceso plena certeza  de  que  Jairo  Soto  lo  suscribió  y  es  su autor. Es lo que, por lo demás,  expresa  el  numeral  1º  del artículo 252 del Código de Procedimiento Civil,  que   indica  que  el  documento  privado  es  auténtico   “1.     Si    ha    sido    reconocido    ante    el   juez   o  notario…”,   como   en   este  caso  aconteció.   

De  cara  a  esta  conclusión,  luce  por  entero   impertinente  arribar a la autenticidad del documento en mención,  apelando  a  su  reconocimiento  implícito  o con base en que no fue tachado de  falso,  eventos  todos dirigidos a dotar de autenticidad un documento privado al  que  la  ley  no  ha  concedido  ab initio tal atributo.   

De lo anterior se desprende que el error de  derecho  de que trata la acusación, que a fin de cuentas se dirige a enervar de  toda  eficacia  probatoria  al  mentado documento, no existe, aun cuando tampoco  fue  atinado  el Tribunal al apelar al reconocimiento implícito para justificar  la  pertinencia  de  la  estimación probatoria que el documento merecía, y por  esa    vía    replicar    un    argumento   de   la   apelación   –el   de   contener   una  confesión  extrajudicial–  con base  en  normas  ajenas al caso, disciplinado sí, por el mentado numeral primero del  artículo 252 del Estatuto Procesal Civil.   

2.           Ahora  bien,  si  la  valoración  del  documento  y  su  contenido,  para  el  Tribunal “de  singular  importancia”  (f.  65,  c.  3),  es pilar  fundamental  del fallo y ha quedado en pie, las conclusiones que con base en él  extrajo  esa Corporación han de mantenerse aun si prosperaran los embates que a  la prueba testimonial lanza la impugnación.   

La  jurisprudencia  de  esta  Sala ha sido  reiterativa en explicar que   

no solo es deber  del  recurrente echar a pique, en su integridad, los soportes en que se apoya la  sentencia  impugnada,  sino  que  frente  a  cada  uno  de ellos debe, asimismo,  combatir   la   totalidad   de   las   pruebas   con  las  que  el  ad-quem  dio  por acreditados los hechos  relevantes,  pues  si alguna de ellas no es descalificada y por sí misma presta  base  sólida  a  la  decisión  judicial  censurada, ésta quedará en pie y el  fallo  no  puede  infirmarse  en  sede  de  casación,  resultando completamente  intrascendente  si  se  logra o no demostrar la existencia de desaciertos que el  impugnante  le  imputa  a  la apreciación de otras pruebas, criterio por cierto  acogido  por la Corte en múltiples providencias en las cuales se afirma que «la  acusación  de  un  fallo por error de hecho manifiesto o error de derecho en la  estimación  de  las  pruebas  no  puede  prosperar  cuando  se  refiere a una o  algunas,  si  las  demás  constituyen  un  soporte  suficiente de la decisión»  (G.J. T. CXLIII, pág. 146)  (CSJ-SC 121-1995)   

De acuerdo con lo anterior, si el Tribunal  dedujo    del    documento    en   cuestión   que   Jairo   Soto   “muestra  repulsa  a  una  protección y por ende, su carencia de  solidaridad  hacia  su compañera, lo que permite vislumbrar que su deseo era el  de   no  continuar  con  dicha  unión”;  y  si  al  enlazarlo  con  la  prueba testimonial corrobora el ad  quem   la  ruptura  de  la  unión  marital  con  la  demandante  y  la  reconciliación  de  Jairo  con  quien  fuera su esposa, para  señalar  que  en agosto de 2001 tuvo lugar aquella, pues desde 19991,   ese  lapso      “transcurrió     sin     pena     ni  gloria”  (f.  75,  cdno. 3), tales conclusiones son  intocables.  En  el  último  caso,  además,  porque,  como  se  verá,  no  se  estructura  el  error  de  hecho  en la apreciación de los testimonios, como la  censura lo afirma.   

En  efecto,  el  denodado  esfuerzo  de la  recurrente  por  hilvanar  con  ostensible minuciosidad las diversas fisuras que  estima  se presentan en cada testimonio, resulta una tarea vana, pues, a más de  quedar  en  pie la conclusión del tribunal obtenida a partir del documento cuya  apreciación   quedó   incólume,   tal   laborío  decae  en  una  especie  de  contraposición   del   criterio   de  la  impugnante  con  el  que  adoptó  el  sentenciador.  Y  ello  dista  mucho  de la necesaria demostración del error de  hecho,  cuya  característica  más  sobresaliente  es la de que sea manifiesto,  particularidad  que  separa  y  distingue  a  la casación de las instancias del  proceso  e  impone  que  en  esta  sede  se  respete  la prudente autonomía del  Tribunal  en  la  valoración  de las pruebas, salvedad hecha de una conclusión  que desafíe los dictados de la lógica.   

Precisamente,  esa discreta autonomía del  juzgador  de instancia tiene cabal aplicación en la ponderación que, a la hora  de  sopesar  el  dicho  de  los  testigos,  debe  otorgar  a  los  detalles, las  circunstancias  fácticas y temporales que el declarante narra, su cercanía con  los   hechos   a   que   alude,   y   por   supuesto   a   su   imparcialidad  y  credibilidad.   

En  tratándose  de  testigos tachados por  sospechosos,  nótese  que  el artículo 217 del Código de Procedimiento Civil,  al  describir  qué  personas  lo  son  para  declarar,  deja al “concepto  del juez”, esa calificación,  a  partir  de  la evaluación que haga de factores tales como el “parentesco,  dependencias,  sentimientos o interés con relación a  las   partes   o   a   sus   apoderados,   antecedentes   personales   u   otras  causas”.   

Acorde  con  lo  anterior,  los  motivos y  pruebas  de  la  tacha  se  estimarán  por  el  juez  en la sentencia, pudiendo  apreciar  los testimonios sospechosos, de acuerdo con las circunstancias de cada  caso (artículo 218 del Código de Procedimiento Civil)   

La  anterior  preceptiva  denota,  como se  dijo,  que  en  la  evaluación  de  la  sospecha,  en el sistema procesal civil  colombiano  -en  donde impera la sana critica como método de apreciación   de  las  pruebas-, el juez goza de una libertad y autonomía en la que, a partir  de  la  persuasión  racional  a  la  que  llegue tomando en consideración cada  prueba  en  particular  y  todas  ellas  en  conjunto, se forme una idea que, en  general, tiene como límite no rebasar el sentido común.   

Aun  así,  en  el  camino  de cotejar los  yerros  fácticos  que  la  censura  denuncia,  con  la  lectura detenida de los  testimonios,  la  Corte  constata, que la deducción del Tribunal consistente en  que  la  pareja  de  esposos conformada por Blanca Nieves Pérez y Jairo Soto se  reconcilió  al  final  de  la  vida  de  este,  quien  además,  años  atrás,  suspendió  la convivencia marital con su compañera permanente y demandante, no  tiene  los  ribetes  de  ser  contraria  a la evidencia del proceso. No son  conclusiones  probatorias  contraevidentes, “juicios  del  sentenciador alejados de tal forma de la realidad del proceso, que resultan  inexplicables  o  absurdos” (CSJ-SC-025-1995) y que,  de ser trascendentes, conduzcan al quiebre del fallo.   

Porque  las  declaraciones de parte de las  codemandadas,  cuya  estimación  ciertamente  debía  tomarse  en  lo que fuese  desfavorable  a  ellas,  pero que no recibió embate alguno por la vía adecuada  (error  de derecho),   fueron examinadas por el Tribunal junto con las  declaraciones  de  terceros  y  de  familiares,  a  partir  de  lo  cual  halló  afirmaciones  similares  o  concordantes,  con naturales lagunas e imprecisiones  entre  ellas, en episodios de menor valía, de lo cual se formó una idea que lo  persuadió, junto con el documento a que se hizo mención.   

Y no por el hecho de existir en el proceso  otro  grupo  de  testigos  que afirmara que Jairo Soto convivió como compañero  permanente  de  la  demandante  hasta la fecha de su muerte, debe la Corte, cual  Tribunal  de  instancia,  analizar  al  detalle,  como lo propone la censura, el  dicho  de  cada  deponente, pues tal proceder sólo aquilataría la inexistencia  de un error fáctico con el carácter de manifiesto o evidente.   

Con  la  anterior  advertencia,  pone  de  presente  la  Corte,  y sólo para realzar la inexistencia del yerro, relatos de  varias  declaraciones  de  las  que  tuvo en cuenta el Tribunal para llegar a la  conclusión que adoptó.   

Así,  en  su  declaración  Blanca Nieves  Pérez  Peña  (fls. 268 a 278, c. 2), madre de las demandadas y esposa de Jairo  Soto  Gaviria,  manifestó  que  su  esposo  se  fue a vivir con la demandante a  partir   del   año   1992   hasta   1999,  año  este  en  que  “se  rompió  la  relación  que  tenían  ellos los dos”,  para  lo  cual  entrega al juzgado copia del oficio que Jairo  Soto  dirigió  al Instituto de Seguros Sociales, en el que indica que desafilia  a  Blanca Luz Mary Polanía Orjuela. Dice la declarante que cinco meses antes de  ese  oficio,  que  lleva  como  fecha  8  de agosto de 2001, su esposo le había  pedido  que  reanudaran  su  matrimonio  a lo que ella contestó “que   arreglara   su   situación  con  esa  señora”  y así, él trató por todos los medios de hacerlo, pero en vista  de  que  no  pudo  lograrlo, “entonces fue cuando me  entregó  el  oficio,  que  esa era una prueba que él tenía que no tenía nada  con   esa   señora”.  Agrega  que  “ya  entregado  este documento nosotros reanudamos nuestra relación  a  mediados  de agosto de 2001, hasta el día de su fallecimiento”.   

José  Antonio  Baquero Ladino (fls. 309 a  314),  amigo  por  25  años  de  Jairo  Soto,  declaró,  en  relación  con la  convivencia  de  la  pareja conformada por Jairo Soto y Blanca Luz Mary Polanía  que  no  creía  mucho en ella “porque Jairo Soto me  invitó  en  el 2001, a lo que (sic) lo acompañara a los seguros, en esa época  quedaba  en  el Banco Ganadero y Cafetero, porque iba a desvincular del seguro a  una  compañera  que  supuestamente le había vinculado al seguro, porque tenía  más  de  dos  años  que  esta  señora  no  le  servía  como  compañera para  nada”.   

Óscar  Fernando  Pardo  Acero (fls. 314 a  318,  c.  2),  quien  da  cuenta  de la fecha y circunstancias en que conoció a  Jairo  Soto  (en  1983 cuando era administrador de una tipografía que elaboraba  los  resultados  de  la  lotería  de la Beneficencia, para la cual trabajaba el  occiso),  manifiesta  que de la relación de éste con la demandante supo porque  cuando  Blanca  Pérez,  hacia  1990,  llegó  a la tipografía para ofrecer los  servicios  como  vendedora,  le preguntó por su esposo, a lo que respondió que  se  había  ido  de  la  casa.  Agrega  que  “en los  últimos  días,  los  últimos  meses de su existencia que fue en el 2003 en el  año  que falleció ya tenía yo conocimiento que Jairo Soto había restablecido  las  relaciones  matrimoniales  con  su  esposa desde hacía aproximadamente dos  años  atrás”. El testigo detalla pormenores de los  bienes  inmuebles de los esposos, recuerda que por el año 2001 fue invitado por  Jairo  Soto  a  una  reunión  que  hizo  en  la  casa del barrio Manantial para  celebrar  los  15 años de su hija Diana, manifiesta que en 1998 o 1999 supo que  había  recibido  maltratos de palabra y físicos por parte de Blanca Polanía y  sus hijas.   

Arcelia  Gaviria de Soto (fls. 320 a 325),  madre  de  Jairo  Soto,  se  refiere  en  varias  ocasiones  a  que  supo  de la  reconciliación  de  su hijo con Blanca Pérez a raíz del maltrato que recibía  de Blanca Luz Mary Polanía Orjuela.   

Hernán de Jesús Londoño Acosta (fls 325  a  328),  quien  le  vendió un lote al occiso y manifestó ser amigo de él por  espacio  de  25  años, relató que la última vez que habló con él en el año  2001,  Jairo  Soto  le  había  dicho  que  había  vuelto a convivir con Blanca  Pérez.   

Nelly Raquel Soto Gaviria, hermana de Jairo  Soto,  indica que este alcanzó a vivir casi dos años con Blanca Pérez, que le  consta  por  que  iba a la casa de esta y “hacíamos  reuniones  en  la  casa  de  ella,  ella es cristiana, hicimos una reunión a mi  sobrina Diana Bellanith que cumplió los 15 años en el 2001”.   

En  suma,  resulta  de  lo  dicho  que  la  conclusión  del  Tribunal  tiene  firme  asidero  en  las pruebas testimoniales  recaudadas,  por lo que tampoco se configura el yerro fáctico que la censura le  atribuye  al juzgador, a resultas de lo cual, concluye la Sala en el fracaso del  cargo.   

DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Civil,  en  nombre  de  la  República y por  autoridad    de    la   ley,   NO   CASA  la  sentencia proferida el  el 27 de junio de 2012  por  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Villavicencio, dentro del proceso  de  Blanca Luz Mary Polanía Orjuela  contra Jenny Katherine Soto Polanía,  Diana  Bellamith  y  Sandra  Milena  Soto  López, en su condición de herederas  determinadas    de    Jairo    Soto    Gaviria    y    contra    sus   herederos  indeterminados.   

Costas  a  cargo de la recurrente. Para su  liquidación  la  Secretaría  deberá  tener  en cuenta agencias en derecho por  valor    de    $3.000.000°°,   en   vista   de   que   el   recurso   no   fue  replicado.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase el  expediente al Tribunal de origen.   

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

                               

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

ÁLVARO      FERNANDO      GARCÍA  RESTREPO   

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

    

1  Recuérdese  que  en  la  solicitud,  de  agosto  de 2001, indica Jairo Soto que  “hace      dos     años”      no     conviven     como     compañeros  permanentes.     

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