SC11347-2014 [2009-00760-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE  SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA    DE   CASACIÓN  CIVIL   

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

Magistrado Ponente  

SC11347-2014  

Radicación    n°  73013103042009-00760-01   

(Aprobado en sesión de siete de julio de dos  mil catorce)   

Bogotá,  D.C., veintisiete (27) de agosto de  dos mil catorce (2014).   

Decide  la  Corte  el  recurso  de casación  interpuesto  por por William Pulecio Suárez frente a la sentencia de 28 de mayo  de  2012, proferida por la Sala Civil-Familia del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Ibagué,  dentro del proceso ordinario que el recurrente promovió  contra  la  Cooperativa  de  Transportadores de Servicio Urbano del Tolima Ltda.  “Contrautol”, Aseguradora  Solidaria  de  Colombia,  Ricardo  Martínez  Garzón,  Hernando  Ortiz Pérez y  Martha Cecilia López.   

I.-  EL LITIGIO  

                     

1.-   El  actor pidió declarar que sus  contendores  son  civil  y  solidariamente responsables de los perjuicios que le  fueron  ocasionados  con  la  muerte  de  José  Heliodoro  Barco  Rincón y, en  consecuencia,   se  les  condene  a  indemnizarle  los  daños  material  -lucro  cesante-,  moral  y  a  la  vida de relación, en la cuantía discriminada en la  demanda,   junto   con   su   respectiva   indexación  e  intereses  moratorios  comerciales;  precisando  que  el  pago  de  los  dos  últimos  conceptos  debe  imponerse  a  las  citadas  empresas   (fls.  25  a  31  del  c.  1).    

2.-     La     causa     petendi  admite  el  siguiente  compendio  (fls.      98      y     99     ibídem):   

a.-)  El 7 de enero de 2008, después de las  cuatro  de  la mañana, José Heliodoro Barco Pulecio salió de su casa, ubicada  en  la  calle  38 n° 13-75 de Ibagué, rumbo al trabajo, cuando al aprestarse a  tomar  el  transporte  habitual,  en el parqueadero de Cootrautol, fue arrollado  por  el  bus  de  esa  empresa,  conducido  por  Ricardo  Martínez Garzón y de  propiedad  de  Hernando  Ortiz  Pérez  y Martha Cecilia López; percance que le  produjo  la  muerte  por  las  escoriaciones en el lado superior izquierdo de la  cara y la fractura del fémur.   

b.-) El chofer del vehículo no observó las  normas  reglamentarias de tránsito y actuó negligente e imprudentemente, al no  frenar  en  el  momento en el que debía hacerlo, no estar pendiente de la vía,  centrar  su  atención  en  la  charla que tenía entablada con otras personas y  dejar   al  herido  “tirado  y  sin  importarle  su  suerte”.   

c.-) El deceso de Barco Pulecio se tradujo en  perjuicios  materiales, morales y a la vida de relación de su núcleo familiar,  en  la  medida  en que aquél velaba por su esposa, Yolanda Pulecio Suárez, sus  hijas,  Diana Marcela y Niny Yohana Barco Pulecio, y su cuñado, William Pulecio  Suárez,  a  quienes sostenía económicamente a la par de que vivía con ellos,  prodigándose  mutuamente,  “amor, cariño, cuidado,  esmero   y   en   general   todos   los   actos   familiares   propios   de   un  hogar”.   

d.-)  Al  tiempo  del  insuceso,  el  occiso  contaba  con cincuenta y dos años, trabajaba en la construcción y devengaba un  salario   básico   mensual   de  cuatrocientos  cuarenta  y  cuatro  mil  pesos  ($444.000).    

3.-   Admitido   el  libelo  se  notificó  personalmente  a  los  convocados,  salvo  a los cónyuges Ortiz López, quienes  fueron   emplazados    (fls.   48,   72,   74,   118   a  121  ibídem).   Todos  se opusieron a las  súplicas  y  formularon  las  excepciones  de  mérito denominadas “culpa   exclusiva   de   la  víctima”,  “cobro  excesivo  de  perjuicios”,  “amparo  del  asegurador y límite asegurado”, “principios  de  la  indemnización  e  improcedencia  de pagos no pactados en la póliza”,  “ausencia  de  legitimidad en la causa por activa”, “ausencia de relación  entre  el  fallecimiento de la víctima y los daños del automotor de placas WTL  061”,  “preeminencia  del  fallo  penal  en  el  civil  o cosa juzgada penal  absolutoria”   y   “la  genérica”    (fls.   76   a  80,  108  a  116  ejusdem).   

El   curador  ad  litem manifestó estarse a lo que resulte probado (fl.  125, c. 1).   

4.-        El       a-quo culminó la primera instancia con el  fallo  de  24 de octubre de 2011, que declaró probada la falta de legitimación  en     la     causa    por    activa    (fl.    257    a    264,    ibídem).   

5.-  El  superior  confirmó  lo decidido al  desatar  la  alzada  interpuesta por el promotor del litigio (folios 21 a 29 del  c. 7).     

II.-     FUNDAMENTOS    DEL    FALLO  IMPUGNADO   

En resumen son los siguientes:  

1.- La legitimación en la causa corresponde  a  un  pilar  fundamental  de  la  acción,  por  lo que es un asunto propio del  derecho  sustancial,  en  cuanto  a la pretensión debatida en el litigio y no a  los  requisitos  indispensables para su integración y un desarrollo válido, al  punto  que  su  ausencia  no impide la resolución de fondo del pleito, sino que  comporta  una  decisión  adversa,  pues, quien reclama el derecho no es titular  del   mismo   o   lo   aduce  frente  a  un  sujeto  que  no  es  el  llamado  a  contradecirlo.     Así  lo  explicó la Corte en el fallo CSJ SC  de 14 de agos. de 1995, Rad. 4268.   

2.-  Cuando  un  hecho  perjudica  a  varias  personas,  cada  una  está facultada para pedir el resarcimiento de sus propios  perjuicios,  ya  sea padecidos directamente o los denominados de “rebote”;   estos  últimos,  son  los  sufridos  como consecuencia de  detrimentos  ocasionados  a  otros,  en  la esfera material o moral, sin que sea  menester   que   medie   un  parentesco  con  la  víctima,  pues,  “basta  que  con  el  hecho  ocasionado a la otra persona sufra un  perjuicio  o  daño,  en  un  interés  o  en  sus  afectos para que adquiera la  titularidad  de la acción”, amén que se solicitan a  nombre propio y no del afectado en forma directa.   

La jurisprudencia, CSJ CCXXXI, Vol. II, 867 y  CSJ   SC   de   26   feb.   2004,  Rad.  7069,  ha  explicado  que  “no  es  realmente  el vínculo de parentesco o conyugal el factor  determinante     de     la     legitimación    activa    para    reclamar    la  indemnización”,  porque  lo que confiere el derecho  es  la  existencia  de los supuestos requeridos para el surgimiento del mismo, a  saber:  la  dependencia económica que tenía el reclamante de quien falleció o  quedó  en  imposibilidad  de  prestarle esa ayuda;   un daño cierto,  esto  es, que haya certeza que de no haber ocurrido el suceso habría continuado  la  contribución  económica;  y  que la pretensión indemnizatoria no implique  obtener un provecho contrario a la moral o al derecho.   

Los   herederos  del  perjudicado  directo  también  están  legitimados  para  pedir el resarcimiento del agravio padecido  por  este,  mediante  el  ejercicio  de la acción hereditaria trasmitida por el  causante,  que  es  de  índole  contractual  o  extracontractual, según que la  muerte  haya  acaecido  por la infracción de compromisos previamente adquiridos  por  el  agente del daño, o que se dé al margen de una relación de tal linaje  y  como consecuencia del incumplimiento del deber genérico de no causar daño a  los  demás.  Y por supuesto que quien sufra un perjuicio con la muerte de otro,  pariente  o no, está facultado para pedir su reparación económica, entablando  la  acción  iure proprio.   

3.-   De  acuerdo  con  esas  reflexiones,  cualquier  persona  está  legitimada  para deprecar el resarcimiento del daño.  Claro  está,  siempre  y  cuando  demuestre que el hecho le ocasionó de manera  personal y específica un detrimento patrimonial o moral.   

a.-)  Ningún elemento de juicio muestra que  el  causante  fuese  el  esposo o compañero permanente de la hermana del actor.  Esa  aseveración  imponía la carga de traer la prueba idónea del “lazo   de   afinidad”   conforme  lo  dispuesto en el Decreto 1260 de 1970 o la Ley 54 de 1990.   

b.-)  No  está  demostrado  que  el  occiso  contribuyera  económicamente al sostenimiento del demandante, o que entre ellos  existiera  un  fuerte  vínculo  de  amistad  del  que pudiese presumirse que el  desaparecimiento de José Heliodoro le generó aflicción.   

Por   el   contrario,  del  interrogatorio  practicado  al  actor  emerge  que  su  relación con el fallecido no tenía los  matices  referidos  en  el  pliego  inicial, toda vez que de sus respuestas, que  “deben  valorarse  como concesión (sic) a voces del  canon  195  del  estatuto  procesal civil”, se deduce  que  él y su hermana no vivían en casa de Barco Pulecio, como afirmó en dicho  escrito.   

Ciertamente,  el  absolvente  dijo que José  Heliodoro  “vivía  con  una  hija  de nombre Johana  Barco”  y  que  la  noche  anterior  del  accidente  “‘yo  lo  acompañé  a la casa a donde él vive y me di cuenta de que  quedó  en  la  casa’ ”,  agregando     que     el     difunto     residía     en     la     “‘calle  39  con   carrera   13’”,  dirección    diferente    a   la   suya,   y   que   allí    “…vivía  solo y lo asistía una hija que de vez en cuando iba a  visitarlo    y   le   llevaba   cosas’”.  Aseveró,  además, que “él tenía  su  casa”, por lo que “no  se  quedaba  dormido  en los andenes”, destacando que  “él  era  un  hermano  para  mi,  con mi hermana se  separó  hace tiempo, no recuerdo cuanto tiempo, él les ayudaba económicamente  a mis padres”.   

Por lo tanto, si el vínculo afectivo con la  víctima  no  está  demostrado,  la  acción  resarcitoria resulta impróspera,  pues, el reclamante carece de legitimación para su ejercicio.   

III.-  LA DEMANDA DE CASACIÓN  

Dos  ataques  se  formularon  con base en la  causal  primera  del  artículo  368  del Código de Procedimiento Civil, de los  cuales únicamente se admitió el inicial.   

PRIMER CARGO  

Con apoyo en la causal primera de casación,  ataca  el  fallo  de  violar, por vía indirecta, los artículos 2341 y 2347 del  Código  Civil,  a  causa de haber incurrido en error de hecho en la valoración  de las pruebas que a continuación se reseñan.   

1.-   Cercenó,   esto  es,  que  apreció  parcialmente   el   interrogatorio  practicado  al  demandante  William  Pulecio  Suárez,  pues,  pasó  por  alto  que  éste  manifestó  que el causante José  Heliodoro  Barco Rincón era maestro de construcción, devengaba un salario, que  la  noche  antes  del accidente lo acompañó hasta su residencia y que era como  un  hermano  para  él;  además,  que  ayudaba  a  los padres del actor con una  mensualidad de quinientos mil pesos ($500.000).   

Así   las   cosas,  de  haberse  sopesado  íntegramente  tal probanza, afloraría el daño moral causado al gestor, por la  desaparición  de  quien  era  como  “un hermano para  él”.      

2.-  Pretirió  el testimonio de Olga María  Vega  de  Hueso,  quien  al  preguntársele  si  conocía  al  actor respondió:  “lo  distingo  de vista, trato y comunicación desde  el  año 2005 porque él iba a visitar al señor que falleció a mí casa porque  yo era la arrendadora”.   

Quedó  así  acreditado  el  vínculo  de  hermandad  y  amistad  que  unía  a  aquellos,  de  tal  suerte  que de haberse  apreciado  dicha  manifestación otra hubiese sido la resolución adoptada en la  sentencia.   

3.-  Omitió  valorar los poderes conferidos  por  Pulecio Suárez para intervenir en el juicio penal y el otorgado al abogado  Adolfo  Bernal  Díaz,  autenticado  el 13 de febrero de 2008. Estos son muestra  del  gran dolor que le causó la muerte de su cuñado, al punto que lo motivó a  estar   al  frente  de  las  actuaciones  judiciales  adelantadas  a  raíz  del  accidente,  toda  vez que “sólo la persona que sufre  con   el   hecho  es  quien  se  preocupa  por  resarcir  ese  dolor”.     Además,    tampoco    tuvo    en    cuenta    “los  registros  de  las sobrinas”, que  ponen al descubierto la familiaridad existente.   

No  obstante,  esa situación no le mereció  ninguna  consideración  al  fallador  y,  por  ello,  arribó a una conclusión  contraria     a    lo    que    evidenciaban    los    referidos    medios    de  convicción.   

          4.-  Por  otra  parte,  es  claro  que  los  juzgadores de instancia  desconocieron  la  jurisprudencia  del  Consejo de Estado, según la cual,   “todo  daño debe ser reparado, sea quien sea el que  lo    sufra,    incluidos    amigos,   con   el   único   requisito   que   sea  cierto”.    

Así,  el  texto  que  recoge  ese  criterio  señala que    

“…no  hay  que  plantear  más  que una  cuestión:  ¿experimenta  el  demandante,  sí o no, un verdadero pesar?. En la  afirmativa,  ese  pesar  debe  ser  reparado,  sea  quien  sea  el que lo sufra,  pariente  cercano,  pariente lejano o, incluso, sencillamente un amigo.  En  la  negativa, no se debe ninguna reparación. No cabe entonces sino rechazar las  teorías   restrictivas;  todas  ellas  proceden  de  una  confusión  entre  el  perjuicio  material  y  el  daño  moral.   Así como no cabe reservarle la  acción  de indemnización tan sólo a los parientes consanguíneos y afines que  sean  acreedores  de  alimentos,  no  se  podría  reservarla para los parientes  consanguíneos   y   por   afinidad   muy   próximos  (cónyuge,  ascendientes,  descendientes,  hermanos  y  hermanas,  suegros  y  suegras,  yernos  y  nueras,  cuñados  y cuñadas), a los parientes en grado de suceder, o también a los que  tengan  un vínculo de parentesco consanguíneo o por afinidad reconocido por la  ley.   El  pesar experimentado, cuya reparación se asegura, no se limita a  unas  u  otras de esas categorías, rebasa el círculo mismo de la familia, y es  susceptible   de   afectar   a   cualquier  persona  (…)”.    

Por  regla  general,  la  indemnización del  agravio  moral  presupone  la  aflicción, la pena, el abatimiento y la amargura  sufrida  por  la  persona  con  ocasión  del daño irrogado, tales sentimientos  angustiosos   son   inherentes   al   ser   humano   sensitivamente   capaz   de  recibirlos.   

IV.- CONSIDERACIONES  

1.-   El   actor,   obrando   iure   propio,  pide  declarar que los demandados son civil y solidariamente responsables de los  perjuicios  que  se  le  ocasionaron  por la muerte de su cuñado José Eliodoro  Barco  Rincón  y,  en  consecuencia,  se  les condene a indemnizarle los daños  material,   moral   y  a  la  vida  de  relación  causados  con  tal  insuceso.   

2.-           El  Tribunal  confirmó la sentencia del  a-quo,  que declaró probada  la  falta  de  legitimación en la causa por activa, en razón a que el interés  del  reclamante  para  deprecar  el resarcimiento de perjuicios por el óbito de  Barco     Rincón,     “aparece     carente    de  pruebas”,  ya  que  no  acreditó  idóneamente  el  parentesco   alegado,   y   tampoco   demostró  que  el  causante  contribuyera  económicamente  a  su  sostenimiento  o  que  entre  ellos  existiera un fuerte  vínculo  de  amistad.  Por  el contrario, encontró que las manifestaciones del  gestor,  hechas en el interrogatorio de parte que se le practicó, deben tomarse  como  confesión  de que él no vivía en la misma casa con el occiso, de lo que  brotan  serias  dudas  sobre  la veracidad de una relación íntima entre ellos,  como se aseguró en la demanda.   

4.-  El  yerro fáctico en la valoración de  las   pruebas,  como  forma  indirecta  de  infracción  de  la ley sustancial, se presenta cuando, de manera  ostensible,  el juzgador supone, omite o altera el contenido de ellas, siempre y  cuando  dicha anomalía influya en la forma como se desató el debate, de suerte  que  de no haber ocurrido otro fuera el resultado, lo que debe aparecer palmario  o contundentemente demostrado.   

En ese sentido, la jurisprudencia de la Sala  ha indicado, repetidamente, que   

“[E]l  error de hecho, que como motivo de  casación  prevé  el  inciso  segundo,  numeral  primero, del artículo 368 del  Código  de Procedimiento Civil, ocurre cuando se supone o pretermite la prueba,  entendiéndose  que incurrirá en la primera hipótesis el juzgador que halla un  medio  en  verdad  inexistente  o  distorsiona  el  que  sí  obra para darle un  significado  que  no contiene, y en la segunda situación cuando ignora del todo  su  presencia  o  lo  cercena  en  parte,  para,  en  esta última eventualidad,  asignarle   una  significación  contraria  o  diversa.  El  error  ‘atañe  a  la  prueba  como  elemento  material  del  proceso, por creer el sentenciador que existe cuando falta, o que  falta  cuando  existe,  y  debido  a  ella  da  por  probado  o  no  probado  el  hecho’   (G.   J.,  T.  LXXVIII,  página  313) (…) Denunciada una de las anteriores posibilidades, el  impugnador  debe  acreditar  que la falencia endilgada es manifiesta y, además,  que  es  trascendente  por  haber  determinado la resolución reprochada, de tal  suerte  que,  de  no  haberse  incurrido  en esa sinrazón, otra hubiera sido la  resolución   adoptada   (…)  Acorde  con  la  añeja,  reiterada  y  uniforme  jurisprudencia  de  la Corporación, el yerro fáctico será evidente o notorio,  ‘cuando   su   sólo  planteamiento       haga       brotar      que      el      criterio’     del     juez     ‘está  por  completo divorciado de la  más    elemental   sindéresis;   si   se   quiere,   que   repugna   al   buen  juicio’, lo que ocurre en  aquellos    casos   en   que   él   ‘está         convicto        de        contraevidencia’ (sentencias de 11 de julio de 1990 y  de  24  de enero de 1992), o cuando es ‘de  tal  entidad que a primer golpe de vista ponga de manifiesto la  contraevidencia  de  la  determinación  adoptada  en  el fallo combatido con la  realidad   que   fluya   del   proceso’  (sentencia 146 de 17 de octubre de 2006, exp. 06798-01); dicho en  términos  diferentes,  significa  que  la  providencia  debe aniquilarse cuando  aparezca  claro  que  ‘se  estrelló  violentamente  contra  la lógica o el buen sentido común, evento en  el  cual  no  es  nada  razonable  ni  conveniente  persistir  tozudamente en el  mantenimiento  de  la  decisión  so  pretexto de aquella autonomía’”            (CSJ   SC   de   21   de  feb. de 2012, Rad. 2004-00649, reiterada CSJ  SC  de  24  jul. siguiente,  Rad. 2005-00595-01).   

5.- Tiene incidencia en la resolución que se  está adoptando:   

a.-) Que José Heliodoro Barco Rincón murió  el  7  de  enero  de  2008,  cuando  tenía  cincuenta  y  dos  años  de  edad,  probablemente,  según el informe de policía y la opinión pericial de Medicina  Legal,  “de  haber  sido  atropellado  por vehículo  automotor,  buseta”, de placas WTL 061, conducido por  Ricardo  Martínez  Garzón y de propiedad de Hernando Ortiz P. y Martha Cecilia  López G. (fls. 12, 13, 56, 57 y 63 a 68 del c. 4).   

b.-)  Que al proceso fueron aportadas copias  simples de los registros civiles:   

(i) De defunción de  José Heliodoro Barco Rincón (fl. 3).   

(ii)  De matrimonio  entre  Barco  Rincón  y Yolanda Suárez Pulecio, celebrado el 1° de octubre de  1985 (fl. 4).   

(iii) De nacimiento  de  Niny Johana y Diana Marcela Barco Pulecio, figurando como padres la anterior  pareja (fls. 10 y 11, 138 y 139).   

c.-)  Que  en la audiencia preliminar de que  trata  el  artículo  101  del  Código de Procedimiento Civil, se interrogó al  demandante William Pulecio Suárez (fls. 161 a 170).   

d.-)  Que  en  el  juicio  se recibieron los  testimonios  de  Yanneth  Patricia Díaz Betancourt, Luz Marina Betancourt, Olga  María  Vega  de  Hueso,  Héctor  Marino  Chaves Acosta, Adriana Rojas Barrero,  Jaime  Fresneda  Rangel  y  Jorge  González (fls. 1 a 5 del c. 4 y 2 a 7 del c.  6).                                                             

e.-) Que trasladadas de la Fiscalía Novena  Seccional  Unidad  de Vida y Otros de Ibagué, llegaron al trámite en cuestión  reproducciones   del  “poder  general”  conferido  por  Yolanda Pulecio Suárez a William Pulecio Suárez,  para  que  a  su  nombre  instaure  acciones judiciales contra Ricardo Martínez  Garzón  y Juan Crisóstomo Hernández Galeano, por las circunstancias ocurridas  el  7  de  enero  de 2008, en las que falleció José Heliodoro Barco Rincón; y  del  especial  que  el  aquí  reclamante  otorgó  a  un  abogado, “en  [su]  calidad  de  representante de la víctima (perjudicada)  Yolanda   Pulecio   Suárez”,  en  pos  de  obtener  “la verdad, justicia y reparación, por el accidente  que  ocasionó  el  vehículo de servicio público de placas WTL 061…en el que  falleció  el  esposo  de su representada” (fls. 78 y  79 del c. 4).   

6.-  Por  la  muerte  de  una  persona como  consecuencia  de  una  acción u omisión jurídicamente reprochable, surge para  los  herederos  la  facultad  de  reclamar  los perjuicios por ella padecidos, a  través  de  la  denominada  acción  hereditaria.  Adicionalmente,  los  mismos  sucesores  o cualquier otro sujeto, tienen la potestad de reclamar, iure  propio, la reparación de los daños  personales y ciertos, o de rebote, que haya producido tal deceso.   

En efecto, dijo la Sala en sentencia CSJ SC  de 18 de may. de 2005, rad. 14415, que   

“[S]e   trata   entonces  de  acciones  diversas,  por  cuanto  tienden  a  la  reparación de perjuicios diferentes. La  primera,  puesta  al  alcance  de  los  causahabientes a título universal de la  víctima  inicial,  que  se  presentan  en nombre del causante, para reclamar la  indemnización  del  daño  sufrido  por  éste, en la misma forma en que él lo  habría  hecho.  La  segunda,  perteneciente  a toda víctima, heredera o no del  perjudicado    inicial,   para   obtener   la   satisfacción   de   su   propio  daño”   

Cumple  señalar  que,  tratándose  de los  perjuicios  morales,  cuando  se invoca la acción iure  propio,  la  Corte  ha  sido  estricta  al  limitar el  derecho  de  reclamarlos  únicamente  para las personas con un cercano vínculo  familiar con la víctima, ya que   

“como el reconocimiento indeterminado de  este  derecho,  podría  dar  lugar a una ilimitada multiplicidad de acciones de  resarcimiento,  la  doctrina  y  la  jurisprudencia  han  considerado  necesario  reservar  ese  derecho  a aquellas personas que, por sus estrechas vinculaciones  de  familia  con  la  víctima del accidente,  se hallan en situaciones que  por  lo  regular  permite  presumir,  con  la  certeza  que  requiere todo daño  resarcible,  la  intensa  aflicción que les causa la pérdida del cónyuge o de  un  pariente  próximo. Obvio es que, derivándose fundamentalmente este derecho  de  las relaciones de familia, el demandante del resarcimiento de daños morales  sólo  ha  de legitimarse en causa mediante la demostración de tales relaciones  con  las  respectivas  partidas  de  su estado civil”  (criterio  sentado  en  CSJ  SC  de 18 de oct. 1967, GJ. 2285 y 2286, pág. 259,  reiterado  sucesivamente en CSJ SC de 11 may. 1976, G.J. 2393, pág. 143; CSJ SC  de  10  de  mar.  de  1994;  y  CSJ SC de 18 de may. de 2005, Rad. 14415).    

Es decir, siguiendo ese criterio, que lazos  de   amistad,   fraternidad   o   hermandad,   no  legitiman  para  deprecar  el  reconocimiento de un daño inmaterial.   

Cosa  distinta  pasa  con  los  perjuicios  patrimoniales,  habida  cuenta  que,  conforme  lo ha enseñado la Corporación,  “…no  es  realmente  el  vínculo  de parentesco o  conyugal  el  factor  determinante  de  la legitimación activa para reclamar la  indemnización”, pues, lo que confiere el derecho es  la  dependencia  económica  del reclamante con quien falleció, el daño cierto  que  produjo el deceso y que la aspiración indemnizatoria no se traduzca en una  ventaja  contraria  a  derecho  (CSJ SC de 26 de feb. de 2004, Rad. 7069); o, en  palabras recientes de la Sala,   

“[L]a  legitimación  para esta clase de  damnificados  no  se circunscribe a los alimentarios o a las personas que tengan  con   la  víctima  directa  una  relación  de  parentesco,  o  de  convivencia  matrimonial  o  marital, sino que se extiende a todas aquellas que acrediten que  la  lesión  causada  a la víctima directa les ha ocasionado daños, los que en  el   caso  de  los  perjuicios  de  carácter  patrimonial  consistirán  en  la  privación  del  auxilio,  del  apoyo  o  del  soporte económico que, de manera  lícita,  aquella  les  brindaba,  el  cual, como es la regla general en materia  indemnizatoria,  deberá ser debidamente acreditado en el proceso”   (CSJ  SC  de  28  oct.  de  2011,  Rad.  1993-01518-01).   

7.-  Analizando cada una de las pruebas que  se  dicen  cercenadas  o  preteridas,  encuentra  la  Corte  que el ad-quem   no  incurrió  en  los  errores  endilgados, por los siguientes motivos:   

a.-)  Los  registros  civiles  aportados al  plenario,  de  defunción  de José Heliodoro Barco Rincón, de matrimonio entre  Barco  Rincón  y Yolanda Suárez Pulecio y de nacimiento de Niny Johana y Diana  Marcela  Barco  Pulecio, son copias simples que carecen de mérito demostrativo,  por  lo que no resultaba imperativo para el fallador ponderarlas, ya que como lo  ha  dicho  la  Corte,  “No  es  posible imputarle al  Tribunal  error  de  hecho,  bajo  la base de no valorarse pruebas que, o no son  idóneas  o resultan ineficaces” (CSJ SC de 8 de may.  de 2014, Rad. 2012-00036-01).   

En ese orden de ideas, si el actor no trajo  al  juicio dichos documentos, conforme las reglas especiales del Decreto 1260 de  1970,  artículo  110,  y  las  generales  del  Código  de Procedimiento Civil,  artículo  254,  no  le  es  dado censurar el olvido del juzgador en sopesarlos.   

Precisamente,   en   la  casación  de  4  de  noviembre  de  2009,  Rad.  2001-00127-01, reiterada el 6 de  abril de 2011, Rad. 2004-00206-01, se expresó que   

“(…)        Tratándose   de   la  prueba  documental,  la  ley  señala  que   ‘las  partes  deberán  aportar  el  original  de  los  documentos  privados,  cuando  estuvieren  en su  poder’   (artículo 268  del  C.  de P. Civil), entendiéndose por documento original aquel que se aporta  tal  como  fue  creado  por  su  autor.  Es  claro,  entonces,  que la reseñada  disposición,  impone  a las partes el deber de llevar al proceso los originales  que   estén   en   su  poder,  pues  así  lo  explicita  la  norma  de  manera  incontestable.  Sin  embargo,  conforme  a lo dispuesto por los artículos 253 y  254  Ibídem,  es  factible aportar documentos en copias, caso en el cual éstas  solamente  tendrán  el  mismo  mérito  que  el  original,  en  las  hipótesis  previstas  en la última norma mencionada.  Así emerge de dicho precepto, pues  textualmente  prescribe  que  las copias tendrán el mismo valor probatorio del  original,  en  los  siguientes  casos:  1.   Cuando  hayan sido autorizadas por  notario,  director  de  oficina  administrativa  o  de policía, o secretario de  oficina  judicial,  previa  orden  del  juez,  donde    se    encuentre      el      original      o    una    copia    autenticada.  2.  Cuando sean autenticadas  por  notario,  previo  cotejo  con  el  original  o  la  copia  autenticada  que  se  le  presente.   3.   Cuando  sean compulsadas del  original  o  de copia autenticada en el curso de inspección judicial, salvo que  la  ley  disponga  otra  cosa. Como es evidente, el valor de las copias aparece  previsto  por  el  legislador  de  manera  francamente  específica, esto es, en  cuanto  se  presente cualquiera de los referidos eventos. (…) Lo cierto es que  la  normatividad  reseñada evidencia el celo del legislador para que las partes  alleguen  el  original de los documentos que reposan en su poder, pues sólo por  excepción  podrán  aducir  la  reproducción del mismo, claro está, siempre y  cuando  se  encuentren  debidamente  autenticadas…La  Corte, por el contrario,  considera  que las copias que carecen de la atestación de que son idénticas al  original  no prestan mérito probatorio,  salvo que reúnan las condiciones del  artículo  254  del código de enjuiciamiento o de cualquier otra norma que así  lo señale”.    

Así mismo, en el fallo de tutela CSJ STC de  7   de   junio   de  2012,  Rad.  2012–1083-00, la Sala mantuvo su criterio, explicando que   

Con  abstracción  de la forma en la que se  aportaron     dichos     instrumentos,  su contenido material tampoco acredita la condición con la que se  anunció     el    demandante,    esto    es,    la    de    ser    “cuñado”  del causante, habida cuenta  que  ausentes  están los escritos que legalmente establecen que la cónyuge del  occiso,  Yolanda  Pulecio  Suárez,  es  hermana  de William Pulecio Suárez. No  militan,  en  últimas, sus respectivos registros de nacimiento, sin que sirvan,  para  tal  efecto,  los  que  en  el  cargo  se denominaron como de “las  sobrinas”,  pues,  los  de  Nini  Johanna  y  Diana  Marcela, relacionan apenas quienes son sus progenitores, nada  más.   

Siendo así las cosas, al estimar necesaria  el  Tribunal  la  prueba  de  la  afinidad  del demandante con la víctima, para  deducir  su  legitimación en la reclamación de los perjuicios peticionados, no  cometió  la  sentencia  atacada  el  yerro  de valoración probatoria que se le  achaca,  porque  en  verdad  no se acopió el documento idóneo, registro civil,  que indique ese vínculo.    

b.-)  Se  queja  el  censor  de  que  no se  valoraron  los  poderes:  uno  que  se le confirió para intervenir en el juicio  penal  y  el  otro  que  otorgó  a  un  abogado  para  que  allí  ejerciera la  representación  judicial;  que  en  su  concepto  muestran el gran dolor que le  causó la muerte de su cuñado.   

Ciertamente que en la providencia acusada no  se   hizo   alusión   a   los  mentados  documentos;  empero  ese  silencio  es  intrascendente,  toda  vez que ellos denotan no la intención de William Pulecio  Suarez  de  hacer alguna reclamación directa en la causa penal o el sufrimiento  profundo   por   el   desaparecimiento  de  quien  dice  su  familiar,  sino  la  finalidad   de  actuar  en  nombre  y  representación  de  Yolanda Pulecio  Suárez,  en  pos  de  obtener  para ella “la verdad,  justicia  y reparación, por el accidente que ocasionó el vehículo de servicio  público   de   placas   WTL   061…en   el  que  falleció  el  esposo  de  su  representada”.   

Es   decir,  que  lo  que  informan  esos  “poderes”    resulta  irrelevante  frente  a la conclusión de la sentencia, según la cual, huérfano  de   demostración   es   el   alegato  de  “que  el  desaparecimiento  de  José  Heliodoro generó desmedro o siquiera aflicción en  el demandante”.   

c.-)   Se duele también el impugnante  de  que  en  la  decisión  reprochada  se  pasó por alto el testimonio de Olga  María  Vega  de  Hueso, particularmente, la parte en la que adujo distinguir al  actor  “de vista, trato y comunicación desde el año  2005  porque  él iba a visitar al señor que falleció a mí casa porque yo era  la arrendadora”.   

En realidad de verdad que el Tribunal no se  refirió  específicamente  a  esa deposición; pero, es manifiesto que la misma  es  indiferente  en  relación  con lo que el acusador dice que prueba, toda vez  que  la  testigo  en modo alguno relató “el vínculo  de  hermandad  y  amistad” que supuestamente ligaba a  William  con  José  Heliodoro, pues, solo apuntó unas visitas al domicilio del  último,  de  donde no resulta viable  fustigar al juzgador por ignorar esa  versión,  cuando  relumbra  que  no  es  útil  para  acreditar  la  pretendida  “hermandad  y  amistad”.   

Además,      la      “intrascendencia” de prueba en comento  se  hace  más  evidente, al reparar en que su contenido choca, o contrasta, con  lo  manifestado  por  otro  testigo,  Jorge  González  -tampoco  aludido por el  Tribunal-, quien expresó:   

“Cuando José Heliodoro vivió en mi casa  [2006]  solamente  lo visitaba de vez en cuando llegaba una de las hijas a darle  plata  de  la  comida. De resto nadie más iba a buscarlo de parte de la familia  de  él.  Esta  hija  que  iba  a  buscarlo  era  amiga mía, ella tiene marido.  También  conozco  a  otra de las hijas, nadie más lo pregunta. José Heliodoro  reitero  no  mantenía  a  ninguna  familia,  la  hija iba a buscarlo para darle  plata…José  Heliodoro  después de que la señora lo dejó a él, llegó a mi  casa  con un colchón para que le diera la posada, después de muerto ahí si le  apareció  la  señora  que él tenía” (fl. 5 del c.  6).     

En  suma,  más  allá  de que el examen de  valoración  o  credibilidad  de  una  probanza es tarea propia de la instancia,  halla  la Corte que la declaración preterida no trasciende, al no ser inconcusa  sobre  el  lazo  de  amistad  y  hermandad  que  se esgrime como fundante de los  perjuicios    reclamados,  particularmente  sobre  los  materiales,  por  lo  que  no  hay  lugar  al error  enrostrado.   

d.-)   Asevera   el   recurrente  que  la  declaración  que  ofreció en el juicio fue cercenada, esto es, que se apreció  parcialmente,  pues,  se  pasó  por  alto  que  el  actor  manifestó que José  Heliodoro  Barco Rincón era maestro de construcción, devengaba un salario, que  la  noche  antes  del accidente lo acompañó hasta su residencia y que era como  un  hermano  para  él;  además,  que  ayudaba  a  los padres del actor con una  mensualidad de quinientos mil pesos ($500.000).   

Con el interrogatorio practicado dentro del  proceso,  se  busca  obtener  la  confesión judicial provocada, a partir de las  respuestas  que  se brindan a cada uno de los cuestionamientos que se plantean a  la parte.   

Para     que     haya    “confesión”, que es la prueba en sí,  la  manifestación que hace el litigante debe cumplir cada una de las exigencias  del  artículo  195  del  Código  de  Procedimiento  Civil;  entre ellas,   “que  verse sobre hechos que produzcan consecuencias  jurídicas    adversas   al   confesante   o   que   favorezcan   a   la   parte  contraria”.   

En ese sentido, la Corte ha puntualizado que  “confesión  es la manifestación que hace una parte  sobre  hechos  que  pueden  producirle  consecuencias  jurídicas adversas o que  favorezcan  a  la  parte contraria” (CSJ SC de nov. 8  de 1974).   

Analizadas  con detenimiento las respuestas  que  dice  el censor se pretermitieron por el Tribunal, advierte la Sala que, en  rigor,           ellas           no           constituyen           “confesión”,   porque   atañen   a  circunstancias  que  de  ningún  modo son contrarias al interés o aspiraciones  del demandante en este proceso, impugnante en casación.   

Y  es que no se comprende cómo podría ser  lesivo  a  la  súplica  indemnizatoria del gestor, asegurar que el occiso   trabajaba  en  la  construcción, que percibía un sueldo, que la noche anterior  fue  dejado  en  su  residencia por el demandante, que eran como hermanos, y que  socorría  a  los  progenitores  del  actor  con quinientos mil pesos ($500.000)  mensuales.   

En   tal   orden  de  ideas,  no  valorar  manifestaciones  de  la  parte  que  redundan  en  beneficio  de  los hechos que  planteó  como  sustento  de  sus  pretensiones,  no  configura  el  yerro de la  naturaleza aquí anunciada.   

8.-  Por último, conviene anotar que no es  propio  de  este ataque corroborar si la sentencia cuestionada se ajustó o no a  un  precedente judicial relativo al principio de reparación integral del daño,  dado que   

“La violación indirecta de la ley ocurre  siempre  con  motivo  de  la  labor  investigativa  del  Tribunal  en  el  campo  probatorio;  fuera  de  este  no  puede haber violación indirecta de la ley”;  es  decir,  “sólo cuando  trata  de  saber  el  juzgador  de  instancia  si los hechos materia del litigio  están    o    no    probados,   es   cuando   puede   acaecer   la   violación  indirecta…”    (CSJ   GJ,   T.   LXVIII,   pág.  604).   

9.-  La conclusión de todo cuando viene de  analizarse  de  cada  una de las pruebas tildadas de preteridas o cercenadas, es  que  el  censor no tuvo éxito en su propósito de probar el yerro denunciado y,  de  contera,  que  entre  él  y  el  causante  hubiera  un  vínculo cercano de  afinidad,   hermandad   o   amistad   que  permitiera  edificar  la  aspiración  resarcitoria, por lo que el ataque no sale avante.   

10.-  Como  la  decisión  es  adversa  al  impugnante  extraordinario,  de  conformidad con el último inciso del artículo  375  del Código de Procedimiento Civil, en armonía con el 19 de la Ley 1395 de  2010,  se  le  condenará en costas, y se fijarán en esta misma providencia las  agencias  en  derecho,  para  lo  cual  se  tendrá  en cuenta que el libelo fue  replicado.   

V.- DECISIÓN  

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación  Civil  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre  de  la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la sentencia de 28 de mayo de 2012, proferida por  la  Sala  Civil-Familia  del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Ibagué,  dentro  del  proceso  ordinario  seguido  por  William Pulecio Suárez contra la  Cooperativa  de Transportadores de Servicio Urbano del Tolima Ltda. –Contrautol-,  Aseguradora Solidaria de  Colombia, Hernando Ortiz Pérez y Martha Cecilia López.   

Costas  a cargo de la parte recurrente, las  que  serán  liquidadas  por  la  Secretaría,  la que incluirá la suma de seis  millones      de      pesos     ($6’000.000) por concepto de agencias en derecho.   

Notifíquese    y  devuélvase   

JESÚS  VALL  DE  RUTÉN  RUIZ   

MARGARITA   CABELLO  BLANCO   

RUTH   MARINA   DÍAZ  RUEDA   

ÁLVARO  FERNANDO GARCÍA  RESTREPO   

FERNANDO    GIRALDO  GUTIÉRREZ   

ARIEL    SALAZAR  RAMÍREZ   

LUIS   ARMANDO  TOLOSA  VILLABONA   

    

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