SC5851-2014 [2007-00299-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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       CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA   

SALA   DE   CASACION  CIVIL   

Magistrada  Ponente   

MARGARITA   CABELLO  BLANCO   

SC  5851-2014   

Ref.: Exp. 11001 31 03 039  2007 00299 01   

Bogotá D.C., trece de mayo  de dos mil catorce (2014).   

Decide  la  Corte  el  recurso  de casación  interpuesto  por  la  SOCIEDAD  XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, parte actora, contra la  sentencia  proferida  el  10  de  junio  de 2011, por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Bogotá, dentro del proceso ordinario que la  misma promovió frente a XXXXXXXXXXXXXXXXX.   

ANTECEDENTES   

                     1. Ante el  Juzgado  39  Civil  del  Circuito  de  Bogotá, entre las partes atrás citadas,  cursó  el proceso ordinario referido a través del cual, su promotora, reclamó  como  pretensión  principal  que  se  declare  la  existencia  del  contrato de  distribución  que  las  dos sociedades, en el año 2000, concertaron, así como  el   incumplimiento   del   negocio   mencionado   por  parte  de  la  demandada  (XXXXXXXXXXXXXXXXXXX),  y  su  consecuente condena por los perjuicios generados,  en  la  modalidad de daño emergente, lucro cesante y por la afectación al buen  nombre.   

Se    pidió,   subsidiariamen   te,  por  un  lado,  la  declaración  de  existencia  de un  contrato  de  agencia  comercial;  por  otro,  que  dicho  negocio  había  sido  incumplido  por  la  agenciada  y,  por  tanto, a su cargo, debía disponerse el  resarcimiento   del  detrimento  causado  (daño  emergente  y  lucro  cesante),  incluyendo  el reconocimiento de la prestación contemplada en los incisos 1º y  2º del artículo 1324 del Código de Comercio.   

                    2. El actor  basó   sus   pedimentos   en   la   situación   fáctica   que   se  compendia  así:   

                     

                  2.1.  La sociedad  XXXXXXXXXXXXXXXXXX,   productora   del   cigarrillo  Marlboro,  para  lograr  su  introducción  en  Colombia,  acudió  a algunos distribuidores, entre otros, la  sociedad     XXXXXXXXXXXXXX,     y,     luego,     de    manera    directa,    a  XXXXXXXXXXXXXXX.   

         2.2.  Entre  el  24  de  febrero  de 2000 y 21 de marzo de 2002, la  accionante,  distribuía  el  cigarrillo  que  le proveía XXXXXXXX XXXXXXXXX, a  XXXXXXXXXXXXXXXXXXX,  y  ésta, a su vez, se la suministraba a la demandante. En  esa  operación,  esta  última  obtenía  una  reducción  del 7% y una “paca  real”  mensual  que  entregaba  la  proveedora principal, descuento que, en el  mismo año, ascendió al 9%.   

                            2.4. Debido a la diferencia de precios entre el  producto  legal  y  aquel que ingresaba al país de contrabando, que oscilaba en  $3.000.oo.  el  cartón, la actora realizó un trabajo de campo en el sector del  Centro  Comercial  de  la  Sabana,  en  donde  se  concentraban los comerciantes  mayoristas  de  dicho  producto  y,  como  consecuencia  de esa labor, logró el  suministro   legal   del  cigarrillo  a  restaurantes,  bares  y  tabernas.  Tal  situación     le     generó     a     la    accionada    grandes    beneficios  económicos.   

                   2.5. Vigente  como  estaba  la  relación  negocial  y  definidos los compromisos que cada una  había  adquirido, la demandada con posterioridad asumió ciertos procedimientos  que  develaban un evidente incumplimiento del contrato. Por ejemplo, i) a partir  de   abril  de  2002,  de  manera  unilateral,  introdujo  modificaciones  a  la  convención  para  reducir  el  margen de ingresos de la distribuidora, habiendo  mermado  las  deducciones  convenidas;  ii) no entregaba a la actora el producto  concertado  y  cuando  lo  hacía  resultaba  maltratado,  sucio y con averías,  situación   que   generó  la  razonable  desconfianza  de  los  compradores  y  consumidores;  iii)  cambió el sistema de descuentos; iv) limitó el número de  clientes  que  atendía  la distribuidora (demandante) en el centro Comercial La  Sabana,  sitio en donde se ubicaba el mayor volumen de compradores del producto,  disponiendo,  además,  la  venta  de  un  número  muy  inferior  de  pacas; v)  instruyó   a   varios  clientes  para  que  adquirieran  el  producto  a  otros  distribuidores;  vi)  el  22  de agosto de 2002, la Gerencia Nacional de Ventas,  ratificó  las  modificaciones  que unilateralmente había realizado, incluyendo  la  obligación de vender el producto a determinados precios, lo que produjo una  caída  de  ventas en los meses de agosto, septiembre y octubre de 2002; vii) en  diciembre   de  2002,  la  proveedora  empezó  a  negar  los  despachos  de  la  mercancía,  lo  que puede constatarse con las órdenes de compra Nos. 0037 de 9  de  diciembre de 2002, 96 de 9 de diciembre de 2003, 104 de 27 de enero de 2004,  107  de  18  de febrero de 2004, 108 de 24 de febrero de 2004, 37 de 29 de marzo  de  2004  y  113 de 23 de abril de 2004, que no fueron atendidas sin que mediara  explicación  alguna. Respecto de todas estas anomalías, a pesar de solicitarse  alguna justificación, la empresa fabricante no respondió.   

                   2.6. Además  de  las anteriores prácticas -agregó la actora-,  la accionada, de manera  inconsulta  y sin la antelación prevista (30 días), varió los precios fijados  al  producto  disponiendo una disminución en los mismos, afectando su margen de  ganancia.   

                     2.7. En el  segundo  semestre  de  2003,  la  proveedora,  en  una  actitud  de  “falta de  diligencia  profesional”,  permitió que otros distribuidores, de la ciudad de  Cali  exactamente, proveyeran el producto a los compradores y consumidores de la  ciudad  de Bogotá y a precios inferiores de los que ofrecía XXXXXXXXXXXXXXXXX,  generando un detrimento en sus finanzas.   

   

                   2.8. El 3 de  marzo  de  2004,  mediante  comunicación  PMC-018/04,  la  Treasury  Manager de  XXXXXXXXXXXXXXXXXX,  le  exigió  a  su  cocontratante  que  las  compras debía  pagarlas  de  contado  y  con un descuento del 3%, desconociendo que existía un  acuerdo  de  pago  con  un  plazo  de  45  días.  Ese comportamiento afectó la  liquidez de esta última.   

                      2.9.  La  sociedad  convocada  a  proceso,  el  25  de marzo de 2004, le hizo conocer a la  actora  que  la  prórroga  del  contrato  de  distribución,  para el año  siguiente  (2005), no tendría lugar, por tanto, el referido negocio terminaría  en esa fecha.   

                        3.  La  sociedad  XXXXXXXXXXXX,  una  vez enterada formalmente de la acción incoada, se  opuso  a  las  pretensiones  y negó que haya incumplido el contrato concertado.  Dijo   que   no  había  dado  por  terminado  dicha  negociación  y  menos  de  manera   unilateral,  injusta  o  abusiva;  tampoco  dejó  de despachar la  mercancía  solicitada,  ni  alteró  la relación de productos; aseveró que no  desconoció  el  plazo  para el pago de los mismos; en cuanto a las ventas   realizadas  por  parte  de  distribuidores  de  Cali  y a un precio inferior, no  incurrió  en  incumplimiento  alguno;  aseveró que no utilizó la información  suministrada   por  XXXXXXXXXXXXXXXXXX.;  en  cuanto  a  la  afirmación  de  la  demandante  sobre  que  instruyó  a  los  clientes  para que no le compraran el  cigarrillo,  sostuvo  que no era una aseveración que respondiera a la realidad.  También  rechazó  las afirmaciones de la accionante en lo que a los descuentos  refiere.   

                    

                    4. Agotadas  las   etapas   dispuestas   para   esta   clase   de  debates,  el  a-quo  decidió  la  instancia  habiendo  negado las súplicas formuladas.   

                 En  el  fallo  emitido  se  dejó  enunciado  que lo pretendido, de  manera  principal,  era  la  declaratoria  de un contrato de distribución, así  como  su  incumplimiento  por  parte de la accionada. No obstante, al momento de  abordar  la  resolución  del conflicto, el funcionario de primera instancia, en  procura  de  establecer  la  existencia  del  vínculo denunciado, se apartó de  aquel  referente  factual  y  analizó  únicamente  la petición subsidiaria de  existencia  del  contrato  de  agencia  comercial  para  luego,  por ausencia de  pruebas  sobre el particular, concluir que la actora no había logrado acreditar  dicho negocio.   

                   No obstante,  el  sentenciador  de  primera  instancia, a partir de evidenciar las recurrentes  compras  y ventas celebradas entre las partes, infirió que “(…)  la  documental  y  pericial  apuntan  a  dejar  en  claro  que la  relación  comercial  existente entre las partes del proceso giró en torno a la  concreción  o realización de compraventas mercantiles de un producto destinado  a  la reventa bajo la modalidad de suministro, conclusión que encuentra asidero  en  la  gran  cantidad  de  órdenes de compra y facturas cambiarias adosadas al  expediente,  surgiendo  de  su  literalidad  la  existencia  de  un considerable  volumen  de  compras determinantes a su vez de una concesión o trato preferente  en   lo  que  refiere  al  plazo  para  el  pago  de  las  mismas.  (…)  En resumen, las pruebas allegadas  permiten  afincar  la conclusión de estar frente a la adquisición en propiedad  de unos bienes para su posterior reventa”.   

                          Las  consideraciones  evocadas  validaron  el sentido de la decisión final adoptada.   

                    5.   La  determinación  memorada  suscitó  la  presentación  del  recurso  de  apelación  que, el ad-quem,  al   desatarla,  dispuso  la  confirmación  de  la  misma  aunque  por  razones  diferentes a las expuestas por el juzgador de primer grado.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

                    1.  En  el  fallo cuestionado se abordó el estudio expresando inicialmente, que  el  a-quo, no obstante haber  invertido   el   orden  de  las  pretensiones  formuladas,  había  acertado  al  considerar  que  el  contrato  que  rigió  las  relaciones  de  las  partes  no  respondía  a  uno  de  agencia  comercial,  sino  que  el vínculo aludía a un  negocio  de  suministro  para  distribución,  como así podía inferirse de los  documentos  obrantes  en  folios  15 a 19 y 146 a 154 del cuaderno principal; de  manera     concreta,     sostuvo     que,     en     el     147     ib,  se  aprecia  escrito que hace parte  del  acuerdo  celebrado,  cuyo  texto demuestra, inequívocamente, la naturaleza  del     negocio     referido:    “‘el  suministro  continuo por parte del proveedor, de los productos,  a  favor  del  distribuidor, a título de compraventa, para la posterior venta y  distribución  entre  los  clientes  del  distribuidor,  por su cuenta y riesgo,  dentro   del   territorio   (anexo  5)’”  –folio  39 sentencia del Tribunal-.   

                    2.  El  sentenciador, con miras a despejar cualquier duda en torno a la clase de  convenio  realizado,  resaltó  el  contenido  del  documento  que  recogió los  pormenores  del  mismo  y  en  particular la cláusula décima séptima (fl. 16,  cdno  1º),  en  donde,  expresamente, se reguló que la distribuidora no tenía  facultad         para        “‘representar  al proveedor en sus relaciones con sus clientes, o con  terceros,  ni  a  comprometer en ningún caso, actuar en su nombre, utilizar sus  marcas,  enseñas  o  lemas, o anunciarse como su representante o agente, por lo  cual  no  existirá ninguna clase de contrato de mandato, aparente o inaparente,  poder  de  representación,  agencia  comercial, comisión Corretaje o relación  alguna   que   el   (sic)  confiera   al   distribuidor   la  capacidad  de  actuar  a  nombrar    (sic)    o    por    cuenta    del  proveedor’” (folio 41,  cuaderno del Tribunal).   

                    3.  En  esa  dirección,  afirmó  que  “Por  tales  motivos  se  impone  concluir que XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX  fue   (sic)  sólo      un      distribuidor     de     los     productos     de  XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX”.  Conclusión que afianzó  en  los  siguientes  términos: “Es claro, entonces,  que  el  juzgador  de  primera instancia debió acoger la pretensión principal,  encaminada  a  que se declare la existencia de un contrato de suministro para la  distribución  de  productos,  pero  únicamente  a  partir  del  26 de marzo de  2002”;  y  “Así  las  cosas,    la   sentencia   deberá   modificarse   para   declarar   que   entre  XXXXXXXXXXXXXXXXXX,  y XXXXXXXXXXXXXXXXXX se        (sic)       celebró  un  contrato de suministro para la distribución el 26 de  marzo  de  2002”  (en  su  orden,  folios  43  y 44  idem).   

                    4.1.  En efecto, para el Tribunal, no hubo finalización injustificada o abusiva  del  vínculo  negocial  y  si bien no existía duda en cuanto que la misma tuvo  origen  en  un  acto  unilateral  de  la demandada, sin embargo, “se  produjo  con  apego  a los parámetros establecidos  en la  cláusula  13  del  contrato,  en  la  que se estipuló que éste se entendería  prorrogado      por     el     término     de     un     año,     ‘a no ser que cualquiera de las partes  manifieste  su intención de no prorrogarlo, mediante escrito que dirigirá a la  otra  parte’  (fl.  154,  cdno.  1).  Por tanto, como el contrato se suscribió el 26 de marzo de 2002, es  claro  que  la  comunicación emitida por XXXXXXXXXXXXXXXXXXX, el 25 de marzo de  2004,  en  la  que manifestó su intención de darlo por terminado, fue decisiva  para  que  aquél  tan  sólo  tuviera vigencia hasta el 26 de marzo de la misma  anualidad”. Y agregó:   

                    “Si  bien  es  cierto  que  esa  misiva refiere que  ‘Si  esta  propuesta  es  aceptada  por Usted, por favor indíquelo  mediante la firma de la copia de  esta   carta   en   el  espacio  destinado  abajo  y  devolviéndola  a  nuestra  atención’,  no  lo  es  menos  que,  según  el  contrato,  la  decisión  de  no prorrogarlo no quedaba  supeditada  a  la  aceptación  del  distribuidor,  lo  que,  además, sería un  contrasentido,   porque   ya   la  terminación  no  sería  por  iniciativa  de  ‘cualquiera   de   las  partes’,   sino   por  decisión  de  ambas.  Por  eso  la  cláusula  aludida   únicamente   requiere,   en   esta   hipótesis,   que   el   contratante   ‘manifiesta   su   intención  de  no  prorrogarlo’”. -folios  44 y 45 del mismo cuaderno-.   

                    4.2.  En lo relacionado con el no suministro continuo de los productos objeto de  la  distribución, otra de las quejas de la actora, sostuvo, que las órdenes de  compra  libradas  por  la  promotora  de  esta  litis,  fueron atendidas y citó  algunos  ejemplos de esos procedimientos (folio 45, sentencia del Tribunal), que  implicaron,   inclusive,   sustitución   o   reemplazo   de  varias  de  dichas  solicitudes,  vr.  gr., la 0037 de 9 de diciembre de 2002, por la 038 del 17 del  mismo  mes  y año; la 107 de 18 de febrero de 2004, que una vez fue anulada, se  cambió  por  la  No.  108  de  24 de febrero de esa misma anualidad, situación  similar  aconteció  con  las  órdenes de compra 96 de 9 de diciembre de 2003 y  104  de  27  de enero del siguiente año. Pero además, independientemente de lo  anterior  y  alusivo  a  esta  situación, era incontrovertible que existía, en  ultimas,  una  circunstancia  que  despejaba  cualquier  duda  sobre  el  debido  proceder  de  la  accionada  y  era que “la sociedad  demandada  se  reservó la facultad de atender total o parcialmente las órdenes  de  compra,  y que, ello es medular, cada una equivalía a una oferta que podía  ser  aceptada  o no (cláusula 5ª, num. 5.1., nums. iii y v; fl. 148, cdno. 1),  por  lo que se entendía cumplida dicha orden con el despacho de una parte de la  mercancía    pedida.    Por    eso,   entonces,   no   hubo   infracción   del  contrato”.   

                    4.3.  Continúo  expresando  la  sentencia  que  tampoco hubo incumplimiento del  negocio  por  parte  de  la  proveedora  por  la  modificación unilateral de la  relación   de   productos:   “(…)  dado  que  el  proveedor  se  reservó esa facultad en la cláusula 3ª del contrato, en la que  se   precisó   que  ‘La  relación  de  productos  que  hace  parte  de  este documento como anexo No. 4,  podrá  ser ampliada, restringida o modificada en cualquier forma y en cualquier  momento  por el proveedor, mediante aviso escrito enviado al distribuidor con 30  días  calendario  de  antelación  a  la fecha en que se vaya a ser efectiva la  nueva   relación   de  los  productos’”     (folio    47    ib).   

                    4.4.  Sobre  la  queja por una supuesta variación de los plazos para el pago de  la  mercancía  adquirida,  el  ad-quem  sostuvo    que    la    demandante    no   había   “demostrado  que  con  posterioridad  fue  modificado,  dado  que el  documento  relativo  al  pago  de  contado  realmente  estableció  un descuento  adicional  para  esa  hipótesis,  pero  no  impuso  que se hiciera de esa forma  (….)   ‘El     acreedor     podrá   otorgar   descuentos   al   Distribuidor,   en   los  siguientes  casos….estipulación  que no deja duda del carácter facultativo y variable de  esas  rebajas,  las  cuales,  por tanto, no pueden considerarse como porcentajes  fijos,  que  si  bien  es  cierto  en principio llegaron hasta el 9.3%, no lo es  menos  que  con  posterioridad  podían  cambiarse  y  reducirse  por  XXXXXXXXX  XXXXXXXXXX.”              –folio      48,      ibídem-.   

                    4.5.  Y  en  lo  que hace al cambio de distribuidores y, la venta en Bogotá por  parte  de  algunos  provenientes  de  la  ciudad  de Cali, a precios inferiores,  “no     traducen     el    incumplimiento    del  contrato,  dado que en él  no   se   pactó   cláusula   de   exclusividad”.  Precisamente,  en  la  medida  en  que  no  hubo  convenio  sobre  este  último  particular,  la  proveedora,  contrariamente, se había reservado la posibilidad  de  designar  otros  distribuidores  o vender sus productos directamente a otros  compradores,   sin   que   tal  proceder  implicara  un  desconocimiento  de  la  negociación ajustada.   

                    5.   Bajo  los  términos  anteriores  el  sentenciador  de  segunda  instancia  culminó  su  análisis  y  decidió    negar    la    totalidad    de    las    pretensiones    formuladas.   

          LA    DEMANDA   DE  CASACION   

                           Se  presentaron  nueve  cargos,  todos canalizados a través de la causal primera de  casación  prevista  en  el  artículo  368  del Código de Procedimiento Civil,  donde  se  denuncia  la  violación  de  varias  normas  sustanciales, tanto del  Código  de Comercio como de la Legislación Civil; trasgresión que ocurrió ya  de  manera  directa ora indirecta. La propuesta impugnativa será resuelta en el  orden  en  que  se presentaron las acusaciones, aunque, por referir a argumentos  comunes,  los  cargos  primero,  segundo  y  tercero, serán resueltos de manera  conjunta,  amén  de  su acogida; aun así, respecto de los demás su estudio se  abordará  de  forma  unificada,  habida  cuenta  que las pruebas invocadas como  sustento de todos ellos son similares.   

CARGO PRIMERO  

                   1.  El  censor, apoyado en la causal primera de casación, acusa la sentencia de  violar,  de  manera  indirecta,  los  artículos  822,  845,  871, 972 y 973 del  Código  de  Comercio;  1602,  1621, 1622 y 1625 del Código Civil, debido a los  errores  de  hecho  en  que  incurrió  por  indebida y falta de apreciación de  pruebas existentes en el proceso.   

                    1.1.  En  lo  que hace a la falta de apreciación de varios elementos de juicio,  el casacionista se refirió a los siguientes:   

                    i)  Comunicación PMC-018/04 del 3 de marzo del 2004, dirigida a XXXXXXXXXXX por  la  Treasury  Manager  de  XXXXX  XXXXXXXXXXXXXXXXXXX.,  (folio 377), alusiva al  porcentaje  de  descuentos concedidos a la distribuidora por el pago de contado.   

                      ii) Carta  del  23  de  marzo de 2004, emitida por XXXXX XXXXXXXXXXXXXX a XXXXXXXX, dejando  constancia   de   diversos   acontecimientos   ocurridos  durante  la  relación  contractual.   

                      iii)  La  confesión  de  la proveedora al aceptar como cierto, el hecho 52 del libelo, en  cuanto  que el 26 de marzo de 2004, despachó a la demandante la orden de compra  No. 111.   

                   iv) La orden  de compra #112 de 29 de marzo de 2004.   

                    v) La orden  de compra #113 de 23 de abril de 2004.   

                      vi) Carta  del  13  de abril de 2004, F&A 038/04 dirigida a XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, donde  menciona   que   el   contrato   estuvo   vigente   hasta  el  30  de  marzo  de  2004.   

                      v) Misiva  del  13  de  abril  de  2004,  F&A 039/04 dirigida a XXXXXXXXXXXX, en que se  precisa  que  el  contrato celebrado con la actora estuvo vigente hasta el 30 de  marzo de 2004.   

                          1.2.  Referente a las pruebas mal apreciadas señaló las que siguen:   

                    i) Contrato  de   distribución   celebrado   entre  las  partes  el  día  26  de  marzo  de  2002.   

                          ii)  Comunicación  de  fecha  25  de  marzo de 2004, dirigida por los representantes  legales  de XXXXXXXXXXX a XXXXX XXXXXXXXXXXXXX, informando sobre la terminación  del   contrato,   especialmente   en   cuanto  se  señala  que  “‘Si       esta       propuesta  es  aceptada  por  Usted, por  favor,  indíquelo  mediante  la  firma  de la copia de esta carta en el espacio  destinado    abajo    y    devolviéndola    a   nuestra   atención’”.              

         

                        2.  El  impugnante,  al momento de desarrollar este cargo, expuso que las equivocaciones  denunciadas  ponen  en  evidencia,  por  un lado, que el Tribunal, al valorar la  carta  a través de la cual se dio por culminada la distribución, no apreció a  plenitud  su  contenido,  pues  allí  había una propuesta de finalización del  convenio  que  fue ignorada; por otro, no atendió que la conducta de las partes  indicaba,   antes   que   la   culminación  de  la  relación  contractual,  la  continuación   de  ella,  habida  cuenta  que  la  actora  siguió  solicitando  mercancía  y  la  contraparte  accediendo  a  su  despacho.  También  erró el  fallador  al  momento de interpretar el contrato celebrado, pues no vio que dada  la  naturaleza  del  mismo no podían aceptarse las condiciones o circunstancias  en que la demandada le puso fin.   

                                   

2.1   En  efecto,  en torno al escrito  sobre  la  finalización  de  la relación contractual (25 de marzo de 2004), el  fallador  incurrió  en  un  primer  error, pues “le  cercena  el  derecho  a las partes de buscar una terminación por mutuo acuerdo.  En    este    caso,    XXXXXXXXX    XXXXXXXX    le    hace    una   PROPUESTA  a  XXXXXXXXXXXXXXXXXXX  y  le  solicita   que   la  acepte  (…)”.  Esa  actitud,  arguyó,  no  reflejaba otra pretensión que el querer, inequívoco, por cierto,  de  que  la  terminación  del  mencionado  contrato  tuviera lugar no de manera  unilateral  como  así estaba pactado, sino en forma conjunta, frente a lo cual,  contundentemente,    la   distribuidora   manifestó   que   no   aceptaba   esa  proposición.   

Agregó   que   los   contratos   deben  interpretarse  desde  diferentes  perspectivas, es decir, analizando la variedad  de  circunstancias  que  concurren en su formación; por ello mismo, la referida  carta  de  finalización  debió  valorarse teniendo en cuenta la ejecución que  hicieron  del  mismo;  cuál  fue la parte que redactó el canon generador de la  disputa y la fecha tomada para la supuesta cesación del contrato.   

2.1.1.   Frente   al   primer  punto,  el  casacionista  dijo  que  la sociedad demandante continúo remitiendo órdenes de  compra  como  así  se desprende de las emitidas con los Nos. 112 de 29 de marzo  de  2004  y  113 de 23 de abril de 2004; por su parte, la proveedora, el día 26  de  marzo  de 2004, despachó la orden 111 librada por XXXX XXXXXXXXXX; además,  emitió  dos certificaciones en las que atestó que esta última sociedad fue su  distribuidora  hasta  el  30  de  marzo  de 2004, no obstante que el negocio, de  haber  culminado,  su  vigencia  sería  hasta  el   25  del  mismo  mes  y  año.   

         2.1.2.  En  cuanto  a la redacción de la citada carta (25 de marzo  de  2004),  dijo  que  dicho  escrito,  habiendo  sido elaborado por la sociedad  XXXXX,  resultó  oscuro,  pues, “por un lado, habla  de  terminación,  pero,  por  el otro, de propuesta de terminación”.  Bajo  esa  perspectiva,  según  el  artículo 1625 del C.C.,  “la  estipulación  deberá entenderse en contra de  quien  la redactó, es decir, deberá entenderse que es una propuesta tal y como  lo  señala  el  párrafo transcrito de la misma” y,  ciertamente, reclamó ese procedimiento.   

2.1.3.  Por  último,  en  lo que hace a la  fecha  de  la  supuesta  finalización, el recurrente sostuvo que el contrato de  distribución  inició  el 26 de marzo de 2002, luego su culminación tuvo lugar  el  25  del  mismo  mes  del  año  que  seguía.  Las sobrevinientes prórrogas  iniciaban,  igualmente,  el día 26 y cesaban el 25; por tanto, cuando se envió  la  carta  de  terminación  el  25  de  marzo  de  2004,  el pacto ya se había  prorrogado.   

2.2. Relacionado con el negocio en mención,  que,  según el censor, el Tribunal apreció de manera equivocada, enfatizó que  dada  su  naturaleza y características, aparece como un convenio de duración y  colaboración;  luego,  en  esa dirección, así los convencionistas no lo hayan  establecido,  correspondía  aplicarle disposiciones y reglas de interpretación  especiales atinentes a ese tipo de contratos.   

2.2.1.  En  primer  lugar  refirió  que el  negocio  concertado respondía a unas particularidades semejantes al contrato de  suministro;  de  hecho, se proveía mercancía para distribuirla; y respecto del  mismo,  sostuvo,  la  propia normatividad mercantil (arts. 973 y 977), regula un  determinado  tratamiento  y,  en  especial, la forma de ponerle fin, en donde el  anuncio  de  la  cesación  del  contrato  imponía  hacerlo  con la antelación  debida;  dicho proceder, por cierto, resultaba imperativo y, con ello, evitaría  terminaciones intempestivas y los subsecuentes perjuicios.   

2.2.2.  Reclamó,  además, que el contrato  debió  ser  analizado  por  el  Tribunal,  que  no  lo hizo, según el criterio  sistemático,  en  cuanto  que  las  cláusulas  13  y  14  del referido negocio  contemplaron  los  diferentes eventos en que podía llegarse a poner término al  mismo  y,  aun  existiendo  causa  justa (incumplimiento), el contrato no debía  terminar  automáticamente,  es  decir, devenía inevitable dar un término como  preaviso.  La  lógica  impone,  arguyó,  siguiendo  esa regulación, que en el  presente  asunto también debió concederse un aviso previo y así evitar que la  terminación  dispuesta  generara  a la otra parte sorpresas; no pudiera adecuar  su  actividad  a  esa  culminación  y, contrariamente, de un momento a otro, se  viera  enfrentada a asumir tal cesación con todas las consecuencias nocivas que  semejante  situación  acarrearía.  Bajo esas circunstancias, el proceder de la  proveedora comportó un abuso del derecho.   

Arguyó,  adicionalmente,  que  la  parte  demandada  creó  la confianza legítima de que el contrato se iba a prorrogar y  disuadida  la distribuidora por esa intención, convencida de ello, asumió como  cierta  esa  posibilidad  para  luego, al cambiar la accionada repentinamente de  actitud,  ver  asaltada  su  buena  fe. Aseveró, en definitiva, que el pacto se  terminó  “de manera abusiva y contraria al texto y  espíritu del contrato celebrado”   

SEGUNDO CARGO  

                    1.  Acudiendo  a  la vía directa de la causal primera de casación, prevista en  el  artículo 368 del C. de P. C., el gestor del recurso denunció la violación  de  los  artículos 822, 899, 972 y 973 del Código de Comercio, debido a que no  aplicó  las  reglas allí previstas. Al momento de exponer los argumentos de la  trasgresión,   agregó  el  desconocimiento  del  artículo  871  de  la  misma  normatividad.   

                    2. Según el  recurrente,  el  Tribunal  incurrió en el yerro denunciado, en la medida en que  no  analizó  o  verificó  la  necesidad  de que la demandada diera un preaviso  razonable  o  prudencial  para  la terminación del contrato como lo regulan los  artículos  972  y 973 del C. de Co.; aceptar esa terminación sin el respectivo  preaviso,  sostuvo,  es  tanto  como  admitir  una  cláusula viciada de nulidad  absoluta,  lo  que  evidencia  que  la  terminación  en los términos en que se  llevó a efecto es ilegal (art. 899 C. Co.).   

                      Aseguró  que:  “En esa medida, la aceptación que el Tribunal  le  da  a  la  terminación  del  contrato sin preaviso, implicaría aceptar una  cláusula  viciada  de  nulidad  absoluta,  por  lo  que no puede aceptarse esta  hipótesis   tal  y  como  lo  hace  el  Tribunal”.   

                                             “Como  consecuencia de esta violación  a  las  normas  precedentes,  tendríamos  que  la terminación del contrato fue  ilegal  y  no  puede  ser  aceptada  en  este  caso  o,  desde  otro ángulo, la  estipulación   contractual  entendida  de  la  forma  en la que lo hace el  Tribunal   implicaría  la  nulidad  de  la  cláusula  por  violación  de  los  artículos  citados,  lo  que llevaría igualmente a la imposibilidad de aceptar  la  conclusión  del Tribunal” (folio 20 cuaderno de  la Corte).   

                      Además,  afirmó,  admitir  que  el  contrato  se  puede terminar en la forma en que tuvo  lugar  es  trasgredir  el  principio  de la buena fe, pues, las convenciones, se  rigen  no  solo  por  lo  que  en  ellas  se pacta sino por lo que les pertenece  atendiendo  su naturaleza y características y, no hacerlo así, es vulnerar las  disposiciones  pertinentes  y  en  particular  el  artículo  871  del C. de Co.  Agregó que:   

                      “(…)  olvidó  el  Tribunal  que  los  contratos obligan no  solamente  a  lo  pactado  en  ellos  ‘sino  a  todo  lo  que  corresponde  a la naturaleza de los mismos,  según la ley, la costumbre o la equidad natural”.   

                                             “Por  el contrario, la interpretación  que  efectúa  el  Tribunal  en  el  aparte trascrito se limita a afirmar que se  cumplió  el contrato, en contradicción con el artículo mencionado”   (folios  20  y  21  ib).   

                          Más  adelante, el recurrente expuso:   

                                             “Es entonces claro que la buena fe, en  su  función  integradora  de  la  normatividad  vigente, impone a las partes el  preaviso  en  aquellos  eventos en que existe una prórroga automática, pues la  conciencia  de  las  partes no es la de terminación del contrato, sino la de su  continuación   a   falta  de  comunicación  expresa  en  contrario”.    Y   culmina   su   argumentación   bajo   los   siguientes  términos:   

                      “(…)  CASE  la  sentencia  dictada  por  el  Tribunal,  en  atención  a  la  omisión  de  las  normas  legales  citadas,  al  permitir  la  terminación  del  contrato  sin  atender  a  los  preavisos  ordenados  por  el  legislador,  tanto  en  las  normas expresas del contrato de suministro, como en  las  normas  generales  sobre la buena fe contractual y la incorporación de las  reglas  que emanan de la naturaleza misma del contrato, situación que lo llevó  a  negar  la  pretensión  quinta  de  la demanda y las que de ella se derivan o  relacionan”   (folio   22,  del  mismo  cuaderno).   

                     

TERCER CARGO  

                    1.  En  esta oportunidad, invocando la causal primera de casación, se denunció  la  violación,  indirecta,  de  los  artículos  822,  830,  871, 972 y 973 del  Código  de  Comercio y 1602 del Código Civil, como consecuencia de los errores  de  hecho  en  que  incurrió  el  Tribunal  al  momento de cumplir su actividad  probatoria.    

                         2.  La  trasgresión denunciada fue desarrollada de la siguiente forma:   

                          2.1.  Consideró      indebidamente      apreciados      los     siguientes     medios  probatorios:   

                        i)  El  contrato  de  distribución  celebrado  entre  las partes el día 26 de marzo de  2002.   

                       ii)  La  comunicación  de  fecha  25  de  marzo de 2004, dirigida por los representantes  legales  de  XXXXXXXXXXX a XXXXX XXXXXXXXXXX, especialmente en cuanto se señala  que    “‘Si   esta  propuesta  es aceptada por  Usted,  por  favor, indíquelo mediante la firma de la copia de esta carta en el  espacio   destinado  abajo  y  devolviéndola  a  nuestra  atención’”.              

                    i)   La   comunicación   PMC-018/04  del  3  de  marzo  del  2004,  dirigida  a  XXXXXXXXXXXXX  por  la  Treasury  Manager de XXXX XXXXXXXXXXXXXXXXXX, relativa a  los descuentos concedidos por pago de contado.   

                       ii)  La  comunicación  del  23  de  marzo  de 2004, de XXXX XXXXXXXXXX a XXXXXXXXXXXXXX,  dejando  constancia  de  diversos acontecimientos ocurridos durante la relación  contractual.   

                      iii)  La  confesión  de  la  demandante  en  el  sentido  de ser cierto el hecho 52 de la  demanda,  según  el  cual  la  sociedad  accionada, el 26 de marzo del 2004, le  despachó la mercancía de que trata la orden de compra No. 111.   

                      iv) “El  programa  la  (sic) proyección de compras esperadas para el año 2004” (anexo  36 de la demanda).   

                    v) La orden  de compra #112 de 29 de marzo del 2004.   

                   vi) La orden  de compra #113 de 23 de abril del 2004.   

                          Como  fundamento  del  cargo  expresó  que el proceder de la demandada, al momento de  hacer  uso  de  la  cláusula  13  del  contrato, aceptando que su consagración  resultaba  plegada  a  la  normatividad  vigente,  relativa a la forma en que el  mismo  sería  finalizado,  no  respondió  a  los  deberes  de  conducta que le  imponían   las   disposiciones   pertinentes,   en   contravía,   su   actitud  “habría  correspondido  a  una actuación abusiva,  contraria  a  los postulados de la buena fe y constitutiva de una actuación que  afecta  los  actos  anteriores  del  mismo demandado que generaron una confianza  legítima  en  mi  poderdante  (…)”  –folio  23,  cuaderno  de  la  Corte-.   

                                             “De   la  recta  valoración  de  las  pruebas  señaladas  se  tendría  claro  que,  contrario  a  lo afirmado por el  Tribunal,  la  terminación  del  contrato  habría  sido  abusiva y estaría en  contradicción  con el texto y espíritu del contrato celebrado (suministro para  la       distribución)”       –folio   23,   cuaderno   del   recurso   de  casación-.   

                           El  casacionista  sostuvo  que  las dos sociedades, antes y después de la carta del  25  de marzo de 2004, a través de la cual se informó sobre la terminación del  convenio,  ejercieron algunas actuaciones que tuvieron indiscutida incidencia en  la  vigencia del negocio comentado. Por ejemplo, la vendedora, previamente a esa  misiva,  le  confirmó  a la distribuidora los descuentos por pago de contado y,  además,  le  entregó  la  proyección  de  compras  para  el  año  2004.  Ese  comportamiento,   aseguró,  le  hizo  creer  a  XXXX  XXXXXXXXX  que  el  pacto  continuaría  vigente.  A su turno, esta última sociedad, dos días antes de la  memorada  carta,  exteriorizó  a  XXX  XXXX su desacuerdo con ciertas conductas  realizadas,  así como continúo efectuando pedidos mediante órdenes de compra.  Otro  ejemplo  de  esa  percepción,  derivó  del despacho de mercancía (26 de  marzo  de  2004), atendiendo la orden de compra No. 111, y la expedición de una  certificación  dando  cuenta de la culminación de dicha relación en una fecha  diferente;  es  decir,  según el recurrente, la proveedora continúo ejecutando  el  trato;  por  su  parte,  la  distribuidora  siguió  solicitando mercancía,  aunque, en definitiva, la productora no la despachó.   

                      Bajo esas  circunstancias,  argumentó  el  recurrente,  la  sociedad demandada generó una  confianza  en  la empresa distribuidora sobre la prórroga del acuerdo lo que no  apreció   el   Tribunal,  por  ello,  con  la  decisión  adoptada,  violó  la  “Teoría  de  los Actos Propios”, el principio de  “la   confianza   legítima”  y  el  concepto  de  “la    buena    fe    en    la   ejecución   del  contrato”.   

                           El  impugnante   retoma   lo   expuesto   sobre  la  naturaleza  del  compromiso  de  “suministro  para la distribución” y solicita a la Corte tener en cuenta lo  referido  sobre  el  punto en cargo anterior. Adiciona algunos comentarios sobre  el  abuso  del  derecho,  insistiendo  en  que  la estipulación “no  es  viable  bajo  el  entendido  de  que  puede  terminarse sin  necesidad de preaviso”.   

                      El actor  refiere  a  algún  pronunciamiento  de la Corte alrededor de la terminación de  los  compromisos  de  “distribución, en el sentido  amplio,  que  incluyen  la  Franquicia,  la  distribución propiamente dicha, la  agencia,  (…)”.  Concluyendo  que “la  existencia  de  un  preaviso  es  fundamental  en  este tipo de  contratos   bien  que  tenga  duración  indefinida,  bien  que  incorporen  una  cláusula   de   prórroga   automática   (…)”.   

                     

                     Insiste en  que,  conforme  lo afirmó la Corte, “LOS JUECES DEBEN TENER ESPECIAL RIGOR EN  LA  VALORACIÓN ESPECÍFICA DEL MARCO CONCRETO DE CIRCUNSTANCIAS PARA GARANTIZAR  LA   JUSTICIA   AL  SUJETO  JURIS”  –mayúsculas  originales-,  lo que no hizo el Tribunal al sopesar la  conducta   de   XXXX   XXXXX,   pues  desconoció  que  esta  sociedad,  con  su  comportamiento  previo,  le  hizo  creer  a XXXXXXXXXXXXXX que la convención se  prorrogaría  a  tal  punto que le envió la proyección de ventas para 2004, y,  tres  (3)  semanas  antes,  le  había  hecho  conocer  los  términos de pago y  “la  variación  de  algunas  de  las  condiciones  establecidas  contractualmente”,  luego,  cuando le  informa  sobre  la  terminación del concierto ajustado, de manera intempestiva,  quedó en evidencia el abuso del derecho.   

                      Por otro  lado,   esa  confianza  creada  en  la  distribuidora,  derivada  de  los  actos  desplegados  por  la  proveedora, contradice la teoría de los actos propios, en  cuanto  que  luego  de  generar  la  creencia  de  la  prórroga  a partir de su  comportamiento,  desdijo  de  todo  ello y, contrariamente, dio por culminada la  relación existente.   

                   Por último,  el  recurrente  plantea  la  diferencia que existe entre contratos con prórroga  automática  y  los que no han contemplado esa figura. Respecto de los primeros,  aseveró,  siempre existe la convicción que tendrán prolongación, que solo el  actuar  positivo  de  la  parte  contratante invalida esa expectativa, es decir,  para  que  no haya extensión de su vigencia debe emitirse un pronunciamiento en  sentido   diferente;  el  silencio  de  las  partes  no  es  otra  cosa  que  la  ratificación  de  la  prórroga concertada desde el comienzo; por el contrario,  en  la  segunda  hipótesis, las partes saben, desde el comienzo, que el acuerdo  fenece  llegado  el plazo o la condición fijada; son conscientes que el negocio  tiene  un  límite  de tiempo, cumplido el cual finaliza el vínculo; y para que  pueda  continuar, se exige  una manifestación expresa de ese querer habida  cuenta  que  no  existe  expectativa  creada  al  no  establecerse, ni de manera  explícita  ni  tácita,  esa  posibilidad  de  prórroga;  por  tanto, en estos  eventos, la terminación contractual no comporta sorpresa alguna.   

                   Concluyó el  recurrente  exponiendo que el Tribunal  incurrió en yerro al considerar el  convenio  celebrado  como si fuera de duración definida, desconociendo el pacto  de prórroga automática.   

                     

CONSIDERACIONES  

                    1.  Como  viene  de  lo  narrado,  los  tres  cargos,  en conjunto, se dirigen a  cuestionar,  en  primer  lugar, la vigencia del contrato ajustado por las partes  y,  luego,  en  el evento de aceptarse su culminación, atendiendo el clausulado  inserto  en  el  texto  del mismo, se reprocha la forma en que la demandada puso  punto  final al convenio y, en particular, su irregular comportamiento, dado que  al  optar por la cesación del pacto, no se comportó de buena fe, abusó de sus  derechos y contrarió sus propios actos.   

                      2. Puestas  así  las  cosas,  de  suyo  surge  que la controversia suscitada en el presente  asunto  proviene  de  una relación contractual, concretamente, de un negocio de  suministro  para  distribución,  como  así  lo  llamaron  las  partes y quedó  ratificado  por  el ad-quem;  circunstancia  esta  última  que,  en  lo que interesa al presente fallo, es un  asunto  alrededor  del cual no existe diferencia que ventilar, por existir total  acuerdo.   

                    3.  Teniendo  como punto de partida ese vínculo negocial, cumple decir que como  fuente  de  obligaciones,  el  artículo  1494 del Código Civil, consagra entre  otras  opciones, la autorización para que las personas, cualquiera sea su clase  y   naturaleza,   realicen   pactos  o  convenios  patrimoniales,  basados   generalmente  en  la  mutua  confianza   y guiados bajo el principio de que  ellos se celebran para cumplirse.   

                               En   esa   dirección,   quien   pretenda  satisfacer  determinadas  necesidades  o  proveerse  de  ciertos  bienes,  ante  la presencia de unas y la  ausencia  de  otros, tiene la prerrogativa legal de acudir a diferentes formas o  modalidades   de  negociar  para  lograr  esos  propósitos;  es  decir,  puede,  respondiendo  a sus particulares condiciones, seleccionar el instrumento idóneo  para concretar dichos requerimientos.   

                    El  fundamento  de  una decisión de tal jerarquía estriba en un pilar esencial  como  es  la  autonomía  de  la  voluntad privada que, aunque hoy en día se le  atribuye  un  estado  de  crisis,  sigue conservando el sitial que siempre le ha  correspondido.  Las  partes  pueden autogobernarse y, en esa perspectiva, les es  dable   escoger   una   modalidad   de   contrato  plasmado  previamente  en  la  normatividad,   vr,  gr,  el  de  arrendamiento,  el  mutuo,  el  depósito,  la  compraventa,  etc.;  o,  según la situación particular, esa prerrogativa   se  extiende,  inclusive,  hasta estructurar su propia forma, clase o naturaleza  vincular  y,  a  partir  de  ello,  fijar  una  específica  regulación  legal,  respetando,  eso  sí,  postulados  anejos  a  las  buenas costumbres y al orden  público.   

             

                      3.1.  La  facultad   de   establecer  los  designios  contractuales,  se  concreta  en  la  posibilidad  de  convenir lo que consideren justo y conveniente a sus intereses,  por  ello,  están  en  la  libertad  de  fijar  plazos,  condiciones,  precios,  etc.   

                                             “(…)   la  voluntad  normalmente  manifestada,  tiene  todo  su  valor  jurídico.  En esto  consiste  el principio de la autonomía de la voluntad, cuyas consecuencias más  importantes  son:  1º)  Los  particulares  pueden  celebrar entre sí todos los  actos  jurídicos,  regirlos  a  voluntad  e  inventar  nuevos por combinaciones  inéditas.  Las  convenciones  son  libres,  sin  otra  limitación que el orden  público.  2º).  Los  efectos  de  las  obligaciones son los que las partes han  querido,  salvo  las reservas propias del orden público. 3º) Lo esencial es la  voluntad  interna;  su  manifestación no es sino su ropaje. 4º) La misión del  juez  sólo  consiste  en  investigar la intención presunta del autor del acto.  Por  otra  parte  y  de  modo  general  el  juez  no quiere nada, ni decide nada  personalmente.  Investiga  él  la voluntad de los particulares, la reconstruye,  la   desarrolla  en  sus  consecuencias  lógicas  en  relación  a  los  hechos  producidos.   El   Estado  confiere  ejecutoria  a  su  apreciación.  5º)  Las  obligaciones  no  se  modifican  sino  por  voluntad,  expresa o tácita, de las  partes,  desde el nacimiento de la obligación, o por un nuevo acuerdo de ellas.  6º)  Las  obligaciones  no  se extinguen sino por voluntad de las partes, en la  medida  en  que  ellas  lo  han querido” (René  Demogue.  Traité  Des Obligations, tomo 1, No. 27, p. 81).   

                   “toda  obligación  reposa  esencialmente  sobre la  voluntad  de las partes y ésta  es, a la vez, la fuente y la medida de los  derechos   y   de   las   obligaciones   que   el  contrato  produce”   (Flour,   J.   y   Aubert,  J.,  Les  obligations,  ed. Colin, París, 1975).     

                     

                    Perspectiva  recogida,  como  ya  se anotó, en el artículo 1494 del C.C., en los siguientes  términos:   

                    “Las  obligaciones  nacen,  ya del concurso real de  las   voluntades   de   dos   o   más   personas,   como  en  los  contratos  o  convenciones….”.   

                    Ese  mandato  fue  replicado,  por  remisión,  en  el Código de Comercio, cuyo  precepto  822,  señala  que:  “Los  principios que  gobiernan  la  formación de los actos y contratos y las obligaciones de derecho  civil    (…)   serán  aplicables  a  las  obligaciones  y negocios jurídicos mercantiles (…)”.   

                                   

                    3.2.  En  nuestro  ordenamiento,  entonces,  se  regulan  una  serie  de figuras  negociales,  disciplinadas  en cuanto a su contenido, sus efectos, los elementos  que  las  caracterizan  etc.,  denominadas  como  contratos  típicos  por estar  dotados  de  toda una previsión legal  que los identifica; paralelo a ello  existen   posibilidades  de  acuerdos  obligatorios  entre  las  partes  que  no  encuentran  ubicación específica dentro de la ley civil y/o comercial, nacidos  de  la  libertad  contractual  permitida  y  que no han sido individualizados de  manera especial.    

                   Para efectos  de  la  adecuada  interpretación  judicial  y a fin de que el funcionario pueda  calificar  el contrato, debe tener claro si está frente a un convenio típico o  atípico,  ya  que si se trata de lo primero, deberá guiarse por las reglas que  para  el  caso  prevé  la  normatividad,  realizando  la  concordancia entre lo  pactado  y  lo  consagrado positivamente; y si de lo segundo deberá analizar la  forma  como  los  particulares elaboraron las disposiciones que gobernarán esos  acuerdos.    

                    Ahora bien,  los   convenios   atípicos   pueden   celebrarse   rodeados   de  una  completa  regulación, sin olvidar por  no  ser  ello  posible  las  directrices  estructurales  correspondientes  a todo contrato y en esos casos es  evidente    que    se    obedece    la   ley   de  las  partes;  empero  si  pactaron situaciones nuevas, el manejo hermenéutico de  acuerdo  con  nuestros  códigos  será  aplicar los marcos jurídicos previstos  para  los contratos típicos que más se le parezcan (analogía) o los relativos  a   los   principios   generales    de   las   obligaciones   y/o  los  contratos   y  en  últimas siguiendo los principios generales del derecho,  respetando  siempre,  igualmente,  los referentes jurídicos de orden general de  los contratos.   

                    En  consecuencia,  a  pesar  de  esa  potestad  de  definir su suerte, dadas las  circunstancias  especiales  de  cada caso, en el evento de no existir en nuestra  codificación  marcos  jurídicos  negociales,  a  los  interesados les es dable  generar  una  relación  novedosa  o  al  menos  por  fuera  de  los  postulados  tradicionales  previstos,  es  decir,  la  autonomía  que  les  asiste  deviene  suficiente  para crear nuevas formas de asumir compromisos; la única limitante,  infranqueable  por  lo  demás,  concierne  con las buenas costumbres y el orden  público.  En  esos  eventos  las  partes tienen la seguridad que su voluntad es  respetada   por   el   Estado,   en   cuanto   que   libremente  convinieron  lo  ajustado.   

                    4.  En  el  asunto objeto de examen, el negocio de suministro para distribución  que  vinculó  a  las partes de este litigio, realizado en ejercicio pleno de la  potestad  atribuida  por  la  legislación  vigente  y reflejo inequívoco de la  aludida  voluntad  privada,  en  los  precisos  términos  que fue concebido, en  rigor,  no  contiene  regulación  específica en las disposiciones actuales; no  empece  su  frecuente  utilización  en  actividades  de  comercio,  no  hay  un  referente  de  orden  legal  concreto,  que  regente su definición, formación,  desarrollo y maneras de culminar dicho pacto.   

                           El  antecedente  más  próximo,  de  carácter normativo, aparecía en el artículo  975  in fine del Código de  Comercio bajo el siguiente texto:   

                                             “El   que  recibe  el  suministro  en  calidad  de  distribuidor  asume  la  obligación de promover, en la zona que se  designe,  la venta de mercancías o servicio de los cuales tiene la exclusividad  y   responde    de   los  perjuicios  en  caso  de  incumplimiento  de  tal  obligación,  aunque  haya  cumplido  el  contrato   en la cuantía mínima  fijada”.   

                   Sin embargo,  esta  disposición  fue  derogada expresamente por el artículo 33 de la Ley 256  de  1996,  sin  que  se  haya  introducido  regla alguna de semejante o parecida  textura,  ni contenido que supliera la deficiencia aquí resaltada, luego, salvo  esa  restringida  memoria alrededor de dicho negocio jurídico, hoy retirada del  ordenamiento,  refulge  inexistente alguna reglamentación legal aneja al punto.   

                     En efecto,  al  no  estar  regido  por  norma  general o especial, es de los clasificados en  nuestro  ordenamiento  como  atípico;  luego,  el tratamiento que ha de merecer  exige  acudir  a  la analogía, lo que implica evocar la convención que más se  asemeje  a  su  naturaleza  y  características,  para, una vez subsumido en las  disposiciones  que  le  son  propias, se realice la adecuación jurídica que lo  habilite   y,   por   ahí   mismo,  desplegar  las  reglas  de  interpretación  connaturales a esta clase de convenios.   

                    En torno al  tema, la Corte se pronunció así:     

                         “En  tratándose  de  la  tipicidad  de los contratos, ella tiene por finalidad la de  ordenar  las disposiciones negociales a través de tipos contractuales, mediante  un  proceso  que  toma como punto de partida la especificación, con sustento en  un  conjunto  de  datos  o  coordenadas  generales,  fruto de la autonomía  privada  de  las partes, es decir, el contrato, para, a partir de allí, agregar  las  notas particulares y distintivas que dan lugar a los diversos arquetipos de  contrato.   Cuando  dichos  tipos  están  previstos  en  normas  legales  (para  distinguirlos  de los originados en la denominada tipicidad social, es decir, la  gobernada  por normas consuetudinarias), la tipicidad presupone la existencia de  negocios  jurídicos  normativamente  hipotéticos, a los cuales, cuando sea del  caso,  habrá  de  adecuarse  la  declaración de voluntad de las personas, para  aplicarle  la  regulación  prevista  en  la regla legal. Por supuesto que, como  fácilmente  puede  entenderse,  allí  radica  la  importancia  de la tipicidad  contractual,  esto  es,  en  la  descripción  del  tipo  y  en  su  regulación  jurídica.”.   

                   “Cuando un  contrato  no  se  encuentra  descrito  en  un tipo legal y, subsecuentemente, no  está  especialmente  regulado  por  el  ordenamiento,  se denomina atípico.  Por  consiguiente,  dada  esa  peculiaridad,   las   dificultades   que  rodean  los  contratos  atípicos  son  fundamentalmente  dos: de un lado, la de precisar su admisión y validez, habida  cuenta  que  es  necesario  establecer  que  su función económico – social se encuentra conforme con los  principios  ético-  jurídicos  rectores  del  ordenamiento;  y, de otro, la de  establecer las reglas jurídicas que los disciplinan.”.   

                         “En  relación  con  este  último  aspecto,  es  decir,  la disciplina normativa del  contrato  atípico,  cabe destacar que deben atenderse, preferentemente, dada su  singular  naturaleza,  las  cláusulas  contractuales  ajustadas  por las partes  contratantes,  siempre  y  cuando,  claro  está,  ellas  no  sean  contrarias a  disposiciones  de  orden  público.  Así  mismo,  les son aplicables, tanto las  normas  generales  previstas  en  el  ordenamiento  como  comunes para todas las  obligaciones  y  contratos,  como  las  originadas  en  los  usos  y  prácticas  sociales;  y,  finalmente,  mediante  un  proceso  de auto integración, los del  contrato típico con el que guarde alguna semejanza relevante.”   

                         (…)   

                                             “Con    miras    a   determinar   la  reglamentación  de  esa  especie  de  pactos,  estos se han clasificado en tres  grupos  fundamentales:  a)  Los  que  presenten  afinidad  con  un solo contrato  nominado  determinado;  b)  los  que resulten con elementos atinentes a varios y  diversos  contratos  nominados;  es  decir,  los  llamados  mixtos,  en  los que  concurren  y  se  contrapesan  distintas  causas; y c) los que no tienen ningún  parentesco  conceptual  con  figuras  conocidas  y  un  contenido  absolutamente  extraño a los tipos legales.”   

                                             “Relativamente   al   primer   grupo,  doctrina   y  jurisprudencia  coinciden  en  que  deben  aplicarse  analógicamente las reglas escritas para  el  correspondiente  contrato  nominado;  en  cuanto al segundo, algunos autores  acogen       el       método       denominado      de      la      absorción  según el cual debe buscarse  un   elemento   prevalente   que  atraiga  los  elementos  secundarios,  lo  que  permitiría  someterlo  al  régimen  del contrato nominado pertinente; mientras  que      otros      acuden      al      criterio      de     la     combinación, que busca la existencia de  una     estrecha     relación     del     contrato     singular    –nominado-  y  las normas mediante las  cuales  éste  está  disciplinado  por  la  ley.  En ese orden de ideas, sería  siempre  posible  desintegrar cada contrato nominado en sus componentes y buscar  qué    disciplina    corresponde    a   cada   uno   de   dichos   componentes,  “estableciéndose        una        especie         de       ‘alfabeto    contractual’,  al  que  se  podría recurrir para  aplicar  la  disciplina  jurídica de cada uno de los contratos mixtos, mediante  una                   ‘dosificación’     de     normas     –o  de  grupos  de  normas-,  o  de varias disciplinas jurídicas en  combinación,   lo   cual   daría   el   resultado   que  se  busca’  (G.J.  LXXXIV, pág. 317), en   todo     caso,     agrega     más     adelante     la     Corte    ‘…   todos   estos   criterios   de  interpretación,  no  son,  en  último  análisis más que especificaciones del  principio  de la analogía, inspiradas en las peculiaridades de cada materia. De  aquí,  también,  que  el  criterio de interpretación más serio, respecto del  contrato  innominado  mixto,  es además de la aplicación directa de las reglas  generales   sobre  los  contratos,  el  de  la  aplicación  analógica  de  las  singulares  relativas  al  contrato  nominado  dado, que se manifiesten como las  más  adecuadas  al  contrato  mixto  que  se  debe  interpretar, y si éstas no  existen,   entonces   recurrir   a   las   de   la  analogía  iuris’        (ibídem).” (Sent. Cas. Civ. 22 de octubre 2001, Exp. 5817).   

                     5. En todo  caso,  los  pactos celebrados, una vez devengan perfeccionados y respondan a ese  referente  contractual  típico  o atípico, les asiste una realidad innegable y  es  que,  por  mandato  legal,  son  ley para quienes los han formado, como así  está    consagrado   en   el   artículo   1602   del   C.C.:   “Todo   contrato   legalmente   celebrado   es   una  ley  para  los  contratantes,  y  no puede ser invalidado sino por su consentimiento mutuo o por  causas legales”.   

                     Por manera  que  la  obligatoriedad  y,  por ende, el respeto a lo convenido con sujeción a  las  normas  existentes,  surge  al  margen  de que el convenio refleje un marco  jurídico específico o carezca de él.   

                    6. Plasmado  lo  anterior,  se  considera  que  el  contrato  que más cercanía tiene con el  denominado  por  las  partes, de suministro para distribución es el contemplado  en  el  artículo  968  del  Código de Comercio bajo el nombre de suministro y,  definido así:   

                                             “El  suministro  es el contrato por el  cual  una parte se obliga, a cambio de una contraprestación, a cumplir en favor  de  otra,  en  forma  independiente,  prestaciones  periódicas o continuadas de  cosas o servicios”.   

                    6.1.  Esa  referencia  legal atiende con suficiencia el tema auscultado, máxime  que,  en  el presente asunto, la estructura negocial ajustada por los litigantes  alude  a  la  provisión permanente de mercancías a instancia de la demandada y  en favor de la actora.   

                      6.2.  En  cuanto  a  la  actividad  de  distribución  que, como se asentó, no cuenta con  respaldo  normativo  y,  por  ende,  corresponde  aplicar  la analogía legis, a  partir  de  la  descripción  que del mismo han realizado la jurisprudencia y la  doctrina   patria   y   foránea,   se   debe   entender  como:  “la  gestión  de  un  empresario  que  con  ánimo  de  continuidad  comercializa  bienes  y  servicios de un productor”.  El  distribuidor  es  la  persona que actuando en nombre propio y por su cuenta,  adquiere  los  productos  o  la mercancía del fabricante o de otro distribuidor  para  entregarlos  al  consumidor,  quien  acudiendo a sucesivas ventas, pone al  servicio  de  tal  actividad la infraestructura con la que cuenta o que, a raíz  del   negocio  concertado,  decide  implementar.  Bajo  esa  consideración,  el  fabricante,  con  la  menor  inversión,  se  vale  de la que su distribuidor ha  dispuesto  para  la  consecución  del fin perseguido, que no es otro que llevar  sus  productos  al  destinatario natural (el consumidor), logrando maximizar los  resultados  de  su  ejercicio  empresarial,  con  la  consecuente  reducción de  costos.   

                                

                    7. Aunado a  lo  anterior,  cumple  reiterar  que,  igual  que  todo  vínculo  negocial,  el  concertado  por  los aquí contendientes, está sujeto a las reglas generales de  interpretación   anejas  a  cualquier  acuerdo,  atendiendo  por  supuesto,  su  naturaleza  y  características,  como  así lo regulan los artículos 1618 y ss  del Código Civil Colombiano.   

                           La  conjugación  de  los  aspectos referidos precedentemente, conducen a establecer  un   marco   normativo  idóneo  y  suficiente  en  procura  de  clarificar  las  directrices  jurídicas,  incluyendo las reglas de interpretación que gobiernan  la  convención celebrada por las partes y, así, evidenciar tanto el alcance de  sus  compromisos  como los parámetros a seguir para la finalización del mismo.   

                        8.  Al  descender  al caso  se expresa que el impugnante cuestiona, en concreto, la  sentencia  del  juzgador  de  segunda  instancia  en  tres  aspectos  puntuales:  i)  que  la  carta de 25 de  marzo  de  2004,  emitida  por la demandada informando sobre la terminación del  pacto,  contiene  una  propuesta  u oferta, dado que dicha misiva convocaba a la  actora  a  manifestar si aceptaba o no la cesación del contrato. En ese sentido  debió  ser  interpretada  por  el  juzgador  y  no,  en  la  forma que lo hizo,  entendiéndola   como   la   materialización  unilateral  de  su  culminación;  ii)  que la referida carta,  de  aceptarse esa potestad, fue enviada cuando el pacto ya se había prorrogado;  y,  iii)  que  aceptando la  remisión  en  tiempo,  es decir, antes de la prórroga, no se informó sobre la  pretendida terminación dando el preaviso que correspondía.    

                      8.1.  El  documento    referido    (folio    383,    cuaderno    principal    –carta  de  25  de  marzo  de  2004-),  ciertamente,  contiene  una  exhortación   a  la  distribuidora  para  que  “Si  esta  propuesta  es  aceptada  por  Usted, por  favor,  indíquelo  mediante  la  firma  de la copia de esta carta en el espacio  destinado    abajo    y    devolviéndola    a   nuestra   atención”.   Invitación   esta  que  el  casacionista  vindica  como  la  propuesta  que  le fue extendida a la impugnante y, al no ser aceptada por ella,  como  en  efecto  así  lo  estampó  en  el mismo documento, la negociación no  podía considerarse terminada.   

                   No obstante,  la  revisión  del  tenor literal de la misiva aludida señala, de manera clara,  que  la  censura  apreció  en  forma parcial y descontextualizada la mencionada  comunicación,  ejercicio  que  así  cumplido  la llevó a inferir lo que, a la  postre,  expuso  como fundamento de la acusación. Empero, en el contenido de la  misma   carta,   anteladamente   a   esa   redacción   se  había  plasmado  lo  siguiente:   

                                             “Bajo  la  Sección  Décima  Tercera,  Término  de  Duración  y  Efectos  de la Terminación del Contrato, se indica:  ‘El  presente  contrato  tendrá   un  término  de duración de un (1) años contado a partir de la  fecha  de  la  firma  por  ambas partes           y  se  entenderá  prorrogado por igual  término  a  no  ser  que  una  de  las  partes  manifieste  su intención de no  prorrogarlo,   mediante  escrito  que  dirigirá  a  la  otra  parte’.    En  concordancia  con  esta  cláusula  (…)  por  medio  de la presente le informa  (sic)  de la intención de  no    extender    ‘El  Contrato’ posterior al 26  de   Marzo   de   2004”   (negrillas   fuera   del  texto).   

                     Concurre a  fortalecer  la  anterior  apreciación  la  parte  final  del inciso primero del  escrito   memorado.  Allí,  por  la  sociedad  XXXX  XXXXXXXXXXXXXX,  se  dijo:  “Los    términos   definidos   en   ‘El        contrato’  y  no  definidos específicamente a  continuación,  serán  usados  de  conformidad  con  términos  establecidos en  ‘El Contrato’”. Lo que  señala,  de  manera  simple,  que  en  defecto  de  una  explicación expresa o  específica  de  los  términos  utilizados en la nota memorada, los interesados  deberían  atenerse  a  lo incorporado en el mismo pacto. Y, en la carta citada,  su  autora, al momento de informar su decisión, para nada hizo referencia a una  oferta  o  propuesta,  por  ello,  a  la  redacción  allí  estampada mal puede  atribuírsele  esa  categoría (propuesta u oferta); y, ante cualquier inquietud  o  duda  sobre  el  verdadero propósito de su gestora, debía acudirse al texto  del  mismo contrato, en donde no aparece consagrada la posibilidad de una oferta  o  propuesta  como  mecanismo  de finalización de la relación; contrariamente,  quedó   convenido  que  la  terminación  procedía  de  manera  unilateral  y,  ciertamente,  la demandada, el referirse a ese evento, se apoyó en la cláusula  trece  del  mismo,  atestación  de  su  inequívoco interés de hacer uso de la  prerrogativa resciliatoria.   

                                             Precisamente,   el   ad-quem  infirió  tal conclusión del escrito remitido a la distribuidora  y,  bajo  esa  percepción, además de no podérsele atribuir error alguno, dado  que  no  trasluce ni absurdo ni arbitrario, corresponde respetarlo en esta sede,  pues  no  puede  olvidarse que la autonomía de la que gozan los funcionarios de  instancia,  deviene  invulnerable  en  el  recurso  extraordinario de casación,  salvo  evidencias  de yerros protuberantes, que, como se dijo, no se dan en este  caso analizado.   

                     8.2.   En  cuanto al segundo aspecto del reproche, relativo a que la carta a través de  la  cual  la  proveedora  comunicó  la  finalización del contrato, fue enviada  cuando  ya  había  operado  la  prórroga, debe decirse que tal aseveración no  responde  a la realidad contractual, pues, por un lado, las partes no incluyeron  en  el  documento  elaborado estipulación alguna sobre el particular, es decir,  guardaron  silencio  en  cuanto  a  la  forma  como deberían contabilizarse los  términos  de duración del pacto. La única realidad es que el día veintiséis  (26)  de  marzo de dos mil dos (2002), el escrito pertinente fue firmado por una  y  otra  sociedad  y,  por  expresa  regulación  de  las  mismas, en esa fecha,  tendría  inicio  el convenio: “El presente Contrato  tendrá  un  término  de duración de 1 año contado a partir de la fecha de la  firma  por ambas Partes y se  entenderá  prorrogado  por  igual  término (…)”,  tiempo  de  ejecución que se extendería por un año, sin que se haya precisado  el  día  de  finalización.  Por  otro,  en razón de este hermetismo, resultan  aplicables  las  normas  vigentes  para  la  época  en  que  se perfeccionó la  convención  y,  que,  atendiendo  la naturaleza de la misma, se entiende que le  pertenecen.  Así lo manda el artículo 38 de la Ley 153 de 1887; por tanto, las  directrices  recogidas en el artículo 829 del Código de Comercio, concerniente  con  los  plazos,  emerge,  sin resistencia alguna, como la norma que regenta el  tema.                                     

                       Bajo los  siguientes    parámetros   el   punto   es   regulado   por   la   disposición  citada:   

                                             “En  los plazos de horas, días, meses  y años, se seguirán las reglas que a continuación se expresan:   

                                             (…)   

                                            (…)   

                    “3)  Cuando  el plazo sea de meses o de años, su vencimiento tendrá lugar el  mismo  día  del  correspondiente  mes  o  año;  si  éste  no tiene tal fecha,  expirará  en  el  último día del respectivo mes o año. El plazo que venza en  día  feriado  se  prorrogará  hasta  el día siguiente. El día de vencimiento  será hábil hasta las seis de la tarde”.   

                    A partir de  estas  premisas,  puede afirmarse que el contrato inició el veintiséis (26) de  marzo  de  dos mil dos (2002), como se dejó señalado precedentemente y el año  de  duración, objeto del pacto, se prolongó hasta el  ‘mismo    día   del  correspondiente     mes    o    año’,  es  decir,  el   veintiséis  (26) de marzo de dos mil tres  (2003),  y así sucesivamente hasta la última vigencia, esto es, el veintiséis  de marzo de dos mil cuatro (2004).   

                    En  ese  orden  de  cosas,  sin dubitación alguna, debe aceptarse que el envío  efectuado  el  veinticinco  (25)  de  marzo de dos mil cuatro (2004), penúltimo  día  del  plazo  señalado  (un  año), resultó oportuno o dentro del término  concertado,  al  margen  de  lo  repentino  o  sorpresivo  que  pudo resultar el  anuncio, asunto que será revisado más adelante.    

                           En  definitiva,  bajo  las  anteriores  argumentaciones, puede aseverarse, en primer  lugar,  que  no  hubo  propuesta u oferta alguna alrededor de la finalización o  prórroga  del contrato, sino un aviso de terminación del mismo; y segundo, que  la  comunicación  de  no prórroga se realizó en oportunidad, sin generar ello  violación legal o contractual alguna.   

                    8.3.  El  tercer  y  último  aspecto de la acusación, como se dejó señalado,  hace  referencia a la culminación propiamente dicha del negocio, por considerar  que  a  pesar  de  existir  estipulación  que  lo  permitía, concretamente, la  cláusula  trece  del  contrato,  la  proveedora  procedió  de mala fe, pues se  valió   de   esa  prerrogativa  y,  sin  mediar  ningún  preaviso,  de  manera  inesperada,  cuando  agonizaba  el  plazo, dio noticia a la distribuidora que el  vínculo  existente  llegaba  a  su  fin,  por  lo que al apartarse del deber de  conducta,  de  no  avisarle  con  cierta  anticipación,  también abusó de sus  derechos;  y, además, expresó que el comportamiento previamente asumido por la  pasiva   hacía   presumir   la   continuación   de   la  relación  existente,  circunstancia que contrarió la teoría de los actos propios.   

                    8.3.1.  No  se  llama  a  dudas  que,  en virtud de la autonomía de la voluntad  privada,  nada  extraño resulta la adopción de disposiciones contractuales que  autoricen,  de  manera  unilateral,  en cuanto se tornan ley del contrato (arts.  1602  C.C.,  en cc. 822 C. de Co.), la forma de conclusión del pacto celebrado.  Convenios  de  esas  características resultan válidos, pues reflejan el querer  de  los negociantes. Incluso,  la  misma  normatividad  civil  y  comercial  han  incorporado disposiciones que  facultan  a  una  de  las  partes  para  dar  por concluido el negocio de manera  unilateral,  vr. gr., el mandato (art. 2189 y 2190); y, el comodato (art. 2219).  Luego, no son determinaciones ajenas a ciertos eventos negociales.   

                        8.3.2.  Empero,   la   discrecionalidad   de  los  interesados  alrededor  del  vínculo  contractual  no  resulta  absoluta; la libertad en estas materias está limitada  por  unas  reglas  o  principios  que  aun  cuando  no  hayan  sido convenidos o  involucrados  expresamente  hacen  parte  del  mismo  por ser de su esencia. Los  contratantes  al  concertar  en  uno  u  otro  sentido  sus  objetivos,  no solo  involucran  sus  intereses  sino  que las determinaciones que prohíjan irradian  sus  efectos  más  allá  de  sus  exclusivos propósitos y afectan valores que  atañen  a  la  comunidad  de  la  que  hacen  parte.  El ejercicio de esa libre  voluntad  no  puede  considerarse,  por  la  libertad misma, como una patente de  corzo  para  desbordar  límites  propios  de  las  buenas costumbres y el orden  público,  entendidos  en su más amplia consideración. En esa línea, aspectos  como  la  buena  fe  y la ética de los contratos, entre otros, por disposición  legal,  constituyen  parte  integrante (arts. 1603 del C.C., en cc. art. 871 del  C.  de  Co.),  de  todo  negocio  o  acto  jurídico,  no  obstante  hayan  sido  desdeñados por quienes los celebraron.   

                     8.4. De lo  dicho  surge,  entonces,  que  precisar  el verdadero sentido de los compromisos  asumidos  por  uno  u otro contratante, así como el alcance de los mismos desde  la  perspectiva  legal,  social,  naturaleza del negocio, incluyendo la función  económica   que   cumple,   impone,   sin   duda,   la   valoración   de  esas  circunstancias.   

                     8.5. Desde  esa  perspectiva,  la buena fe bonae fidei,  uno de los principales ejes, implícita en todo ensayo negocial,  inclusive   en   las   etapas  previas,  es  principio  elevado  a  norma  jurídica  y  así  aparece en diferentes codificaciones. Por  ejemplo,  en el artículo 1134 del Código Civil Francés: “(…) Elles  doivent  etre   exécutées  de  bonne  foi”  (art.  1134),  disposición replicada en el artículo 1546 del  Código   Civil   Chileno:   “Los  contratos  deben  ejecutarse  de buena fe”. En su momento, don Andrés  Bello,  decidió  también  reproducirla  en  nuestro  ordenamiento  jurídico y  quedó  integrando  el  texto  del  artículo  1603  del  Código  Civil patrio:  “Los   contratos   deben   ejecutarse   de   buena  fe”.  Posteriormente,  en  el  año  1970,  en  los  artículos  863  y  871, pasó a hacer parte de la codificación comercial y, en  su  orden, se estableció: “Buena fe precontractual.  Las  partes  deberán  proceder  de  buena  fe  exenta  de  culpa en el período  precontractual,  so  pena  de  indemnizar  los  perjuicios  que se causen”; y,  “Los  contratos deberán  celebrarse  y  ejecutarse  de buena fe y, en consecuencia, obligarán no sólo a  lo  pactado  expresamente  en  ellos,  sino  a  todo  lo  que  corresponda  a la  naturaleza   de   los   mismos,  según  la  ley,  la  costumbre  o  la  equidad  natural”.  Luego,  a  partir  de  la  Constitución  Política  de  1991,  la  buena  fe  fue erigida como canon constitucional (art.  83).   

                    Por  manera  que,  los contratantes, al momento de fijar las reglas que señalan  los  designios  de  la  convención,  adicionalmente  a  lo  que  hayan resuelto  ajustar,  deben someter su comportamiento contractual a los cánones de la buena  fe,  sin que puedan, por ello, apartarse de un mínimo de referentes que marcan,  por  ejemplo,  respeto  por  los  derechos  de  la  otra parte; no abusar de los  propios;  no  someter  injustamente  al  cocontratante a condiciones desmedidas,  desproporcionadas,  abusivas  o  solo  en  beneficio de uno de ellos y no asumir  conductas desleales.   

                    La Corte, en  varios  de  sus  pronunciamientos  recogió  la buena fe como principio rector e  interpretativo de los negocios jurídicos, al decir:   

                    “(…)  la buena fe no es  un  principio  de  efímera  y  menos  de  irrelevante  figuración en la escena  jurídica,  por  cuanto  está presente, in extenso, amén que con caracterizada  intensidad,  durante las etapas en comento, tanto más si la relación objeto de  referencia  es de las tildadas de ‘duración’, v. gr: la asegurativa, puesto que  sus  extremos  -in  potentia  o  in  concreto-, deben acatar fidedignamente, sin  solución   de   continuidad,   los   dictados  que  de  él  emergen  (prédica  conductiva).  Es  en  este  sentido  que los artículos 863 y 871 del C. de Co y  1.603  del C. C., en lo pertinente, imperan que «Las partes deberán proceder de  buena   fe   exenta   de   culpa   en   el   período  precontractual….»;    «Los   contratos   deberán  celebrarse  y ejecutarse de  buena    fe….»,   y   «Los   contratos     deben     ejecutarse   de   buena   fe….»   (El  subrayado  es  ajeno  a  los  textos  originales)”.      

                   “Quiere  decir  lo  anterior que para evaluar si un  sujeto  determinado  actúo  o  no  de buena fe, resulta imperativo examinar, en  cada  una  de  las  precitadas  fases,  la  conducta por él desplegada, pero de  manera  integral,  o  sea en conjunto, dado que es posible que su comportamiento  primigenio,  en  estrictez, se ciña a los cánones del principio rector en cita  y  ulteriormente  varíe,  en  forma apreciable y hasta sorpresiva, generándose  así  su  inequívoco  rompimiento.  De  allí  que  la  buena  fe  no  se pueda  fragmentar,  en  orden a circunscribirla tan sólo a un segmento o aparte de una  fase,     por     vía    de    ejemplo:    la    precontractual    –o parte de la precontractual-, ya que  es  necesario,  como  corresponde,  auscultarla  in  globo,  según  se indicó,  valorando  las  diversas  oportunidades que los interesados tuvieron para actuar  con  lealtad, corrección (correttezza) y diligencia, según sea el caso. Al fin  y  al  cabo,  sin excepción, ella se predica de la integridad de eslabones que,  analizados  en retrospectiva, conforman la cadena contractual (iter contractus),  rectamente  entendida. No es gratuito que el citado artículo 863 del Código de  Comercio,  expressis  verbis, establezca un débito de comportamiento que cobija  todo   el   «…período  precontractual»,      sin     distingo     de     ninguna     especie”.  (Sent.  Cas.  Civ. del 2 de agosto de 2001; Exp., No. 6146)”.   

                        Luego,  ratificando la posición expuesta, volvió a decir:   

                                             “Sobre  el  particular,  la  Corte  ha  explicado  que  “  ‘la  buena    fe,    hoy   sólidamente   entroncada   con   insoslayables   mandatos  constitucionales  (Carta  Política,  art.83),  suele  ser  contemplada  por  el  ordenamiento  desde  tres  perspectivas  distintas: de un lado, aquella que mira  las  esferas íntimas de la persona, para tomar en consideración la convicción  con  la  que  ésta  actúa  en  determinadas situaciones; de otro lado, como la  exigencia  de lealtad, semblante que la erige en un verdadero hontanar de normas  de  corrección  contractual;  y finalmente, como un criterio de interpretación  de  los  negocios jurídicos. “Pueden citarse como ejemplo de la primera, cuya  principal  virtud  es  la  de generar derechos, lo prescrito en el artículo 768  del      Código      Civil,     conforme     al     cual      ‘la  buena  fe  es  la  conciencia  de  haberse  adquirido  el  dominio  de  la  cosa  por  medios legítimos exentos de  fraudes  y de todo vicio’;  o  las  disposiciones contenidas en los artículos 964, 1634, etc., ejusdem,  en  los  que  el  ordenamiento  privilegia   cierto   estado  subjetivo  o  espiritual  de  la  persona  que  se  caracteriza  porque  esta abriga la creencia razonada, sensata y ajena de culpa,  de   estar   obrando   en  conforme  a  derecho   (…)”   (Sent.  Cas.  Civ.  de  16  de agosto de 2007, Exp.No.1994 00200  01)’”,   posición  ratificada   en   sentencia  de  19  de  diciembre  de  2011,  Exp.  2002  00329  01.   

Por  su  parte,  la doctrina ha atribuido a  dicho    principio    esenciales   funciones,   por   ejemplo,   “En  síntesis,  tratándose de la buena fe, no sólo estamos frente  a  un  principio  general  de aplicación amplia o extendida, sino que ante algo  con  capacidad  potencial  para introducirse en importantes figuras jurídicas y  aportar   en   ellas   un  elemento  estructural  trascendente.  Esto  confiere,  notablemente,  fuerza  y  jerarquía  al  principio  general  de  la  buena  fe,  colocándolo  por  encima  de otros principios generales y haciéndole merecedor  del  más  alto  nivel entre los órdenes jurídicos generales. Por lo mismo, se  merece  el  nombre  de  principio  general superior”  (Fernando Fueyo Laneri, Instituciones, pp. 160).   

Y en referencia a uno de esos oficios que la  caracteriza  (integrador),  pertinente  resulta  señalar  que  refleja tanto un  aspecto  negativo  como  uno  positivo.  En  el   primero,  “la  buena  fe  se  presenta  como  una  obligación  de respeto, de  conservación    de    la    esfera    de   los   intereses   ajenos”.  Respecto  al  positivo, “la buena  fe  impondrá  una  activa  colaboración entre los cocontratantes, encaminada a  promover  sus  intereses”  (Betti,  Emilio, Teoría  General  de  las  Obligaciones,  tomo  I., Editorial Revista de Derecho Privado,  Madrid, 1969).    

Por  ello,  la potestad que la ley brinda a  las  personas para decidir, libremente, la suerte de sus destinos, no es posible  considerarla,  como  ya  se dijo, en términos absolutos; la realización de esa  facultad   impone,   simultáneamente,   observar   un  mínimo  de  exigencias:  “el  ejercicio de un Derecho subjetivo es contrario  a  la  buena  fe  no  sólo  cuando  no  se utiliza para la finalidad objetiva o  función  económica  o social para la cual ha sido atribuido a su titular, sino  también  cuando se ejercita de una manera o en unas circunstancias que lo hacen  desleal,  según  las  reglas  que  la  conciencia  social impone en el tráfico  jurídico  (…) Los derechos subjetivos han de ejercitarse siempre de buena fe.  Más   allá   de   la   buena   fe   el   acto   es   inadmisible  y  se  torna  antijurídico”  (Luis  Díez-Picazo, La Doctrina de  los  Actos Propios). Se espera, entonces, conciencia que el ejercicio de ciertos  derechos  impone,  concomitantemente,  el  respeto por los ajenos; es patentizar  valores  como la razonabilidad, el equilibrio contractual, el fin común; es, en  definitiva,   vindicar,   de  manera  privilegiada,  comportamientos  libres  de  propósitos  egoístas  e individualistas, que al ejercitar los derechos legales  o  contractuales,  según  el caso, arrasen con los intereses de la parte con la  que se pactó.   

                      8.6.  El  negocio   de   suministro   para  distribución,  convenio  acordado  entre  los  litigantes,  adicional  a  otros  elementos  propios  de  su naturaleza y que le  caracterizan,  está signado por ser un acuerdo de colaboración y de duración.   

                    Esa  primera  función de colaboración se traduce en una disposición por parte  del  distribuidor  para con su proveedor de ayudarlo a cumplir su objeto social;  es  una  concurrencia  de objetivos, de participación en fines similares; ambos  buscan  un  beneficio  económico  y  procuran  lograrlo  con el apoyo mutuo. El  distribuido  o  proveedor, a través de esa contribución, se libera de asumir y  organizar  la  colocación  de  la  mercancía  producida,  con  la consiguiente  reducción  de  costos,  pues  no  necesitará  de  personal,  ni transporte, ni  infraestructura  adicional para llevar sus productos al consumidor, entre otros,  pues  todo  ello  lo asume el distribuidor; por su parte, este último, adquiere  un  bien  respecto  del  cual  no  tuvo  que realizar ninguna inversión para su  producción,  ni  asume  las  labores,  deberes  y  obligaciones que competen al  fabricante;   además,   asegura   la   provisión  regular  de  la  mercancía.   

                    Referente a  la  duración,  la  distribución  se caracteriza porque tanto el proveedor como  el   distribuidor comparten, en común, el interés de que ese vínculo, en  el  tiempo,  dure  lo  máximo  posible;  hasta  cuando  las  circunstancias  lo  aconsejen,  pues,  de suyo, aparece que entre más exista la actividad cumplida,  mayores  probabilidades  habría  de  recuperar  la  inversión  y optimizar los  beneficios.   

                      8.6.1. De  estas  dos  cualidades  se  deduce  que  la  distribución  impone  al comprador  (distribuidor),  la implementación en mayor o menor volumen, según el producto  distribuido,  de  una  organización  necesaria  para  tales  propósitos y, por  supuesto,  esa  situación  le  genera  la asunción de gastos importantes, cuya  recuperación,  en  la  mayoría  de las veces, está supeditada a la extensión  del  convenio,  lo que significa que si el mismo no se prolonga con vocación de  perdurar,  el  interés  en  el  negocio  tanto  para  el proveedor como para el  distribuidor pierde significado.   

         

                    Tales   circunstancias   especiales   (colaboración   y   duración),  resultan  determinantes  a  la hora de poner fin a la relación, pues no admite discusión  que  si  la  remuneración del distribuidor proviene de las mismas ventas, el no  lograr  el  volumen  necesario de ellas o culminar el contrato en un lapso corto  de  tiempo,  trunca  las legítimas expectativas de dicho empresario y ese mismo  efecto  logra  generar  lo  que podría llamarse una terminación inesperada; en  otras  palabras,  cuando  la  finalización  se  produce sin un aviso previo, se  genera  o  compromete al distribuidor, quien por lo imprevisto de la noticia, no  alcanza  a  ajustar, con la misma celeridad, su organización, lo que, en línea  general,  le  impacta  de  manera  negativa,  pues abruptamente ve limitados sus  ingresos  no  obstante  mantener  la misma organización, lo que, muy seguro, le  prevendrá para liquidar personal, activos, etc.   

                     9. Como se  recordará,  en  la acusación, el casacionista reprocha al Tribunal el hecho de  haber  aceptado  la terminación unilateral del negocio celebrado por estar ello  de  acuerdo con lo pactado en la cláusula 13, sin haber analizado que la misma,  por  lo  sorpresiva,  no  se  hizo de buena fe, resultó injusta y arbitraria en  cuanto  que  tuvo  lugar  el mismo día en que el convenio fenecía, sin haberse  brindado  preaviso alguno. El censor argumentó que el convenio, ciertamente, no  contemplaba  ese  proceder,  sin  embargo,  dada  la naturaleza del pacto era un  asunto que debía ser entendido como de su esencia.   

                        Y,  en  verdad,  el sentenciador, como lo denuncia la acusación, pretirió el análisis  de  aspectos  que  van  más  allá del tenor literal del contrato de suministro  para  distribución;  empero,  no  por  ello,  podían  dejarse  excluidos.  Por  ejemplo,  no valoró, como le correspondía, itérase, las circunstancias en que  se  informó sobre la terminación del pacto; debió profundizar en, si el hecho  de  comunicar  su  culminación  horas  antes  de  vencerse  el plazo ajustado e  impedir  con ello la prórroga pactada, resultaba ser un procedimiento plegado a  una  debida  y  leal  conducta  contractual;  o  si,  era necesario examinar que  proceder  en  tal  forma  podría sorprender a la parte demandante al anunciarle  que  al  día  siguiente ya no sería la distribuidora de los productos que a lo  largo  de  dos  años  llevó  a  compradores  y  consumidores.  El ad-quem  dejó  de lado, entonces, en el  estudio   puesto   a   su  consideración,  sopesar  elementos  tan  importantes  relacionados  con  la naturaleza especial del contrato celebrado, que de haberlo  llevado a cabo, otras conclusiones hubiese extraído.   

                   Para la Sala  es    evidente    que   dentro   de   la   ejecución   negocial,   en   asuntos  caracterizados   por  la  necesidad  de  colaboración  y  permanencia, las  noticias  inesperadas  sobre  su  finalización,  por  lo inesperadas, tienen la  capacidad  suficiente  para  impresionar negativamente el ánimo o el patrimonio  de  quien las recibe; ante esas circunstancias, no hay lugar a reaccionar ya sea  para  impedir  el  impacto negativo que le produce o por lo menos aminorarlo; no  cabe   duda   que,  por  lo  sorpresivo  del  anuncio,  se  afecta  a  la  parte  contraria.   El  sentido común enseña que se requieren tiempos mínimos o  prudenciales  para  culminar  una determinada relación; por ejemplo, para poder  verificar  y  finiquitar los análisis contables, los estudios de créditos, los  períodos  de  prueba  en  asuntos  laborales, el otorgamiento de garantías; la  cesación  del arrendamiento o su no prórroga, etc.; con mayor razón cuando el  anuncio  intempestivo  tiende a dar por concluido un vínculo entre comerciantes  que  se  potencializa  como  de  larga  duración,  por  la  esencia  propia del  acuerdo.     

                    El contrato  ajustado   entre   las  sociedades  XXXXXXXXX  y  XXXXXXXXXXXXXXXXX,  en  efecto  autorizaba  su  terminación  unilateral  y  en  cualquier  tiempo;  y,  de  esa  prerrogativa  hizo  uso  la  empresa proveedora; sin embargo, en el ejercicio de  ese  derecho,  no podía menospreciar la suerte de la distribuidora y, por ello,  debió  pensar que la inoportuna noticia de la cesación de la relación podía,  como  así  sucedió,  vulnerar expectativas justificadas atendiendo la clase de  negocio   con   ella   celebrado.   Desdeñar   un  mínimo  de  precauciones  y  consideraciones  resultó  contrario  al postulado de la buena fe, en cuanto que  sólo  y  exclusivamente  valoró  su  situación,  aislada  de  la suerte de su  cocontratante;  inobservó  esa  función  positiva  que  cumple obrar de manera  correcta,  sin  sorpresas  o  desmedidos  aprovechamientos, apartándose de toda  proporcionalidad.   

                 Actuar  en  los  términos  referidos,  aún  con  respaldo legal o  contractual,  en relaciones negociales como la distribución o contratos afines,  vr.gr.,  la  agencia comercial, la franquicia, el suministro,  olvidando el  destino  del  otro  contratante, dejándolo a su propia suerte, debe calificarse  como   una   conducta  poco  transparente,  desleal  e,  incorrecta.  Denota  un  desconocimiento   de   reglas  que  gobiernan  la  vida  en  comunidad  como  la  solidaridad  y  el  respeto  por las buenas maneras, las que en los negocios y/o  actos jurídicos deben acometerse siempre.     

                     

                   10. Cuando a  la  actora  se  le comunica unas horas antes del vencimiento, que el contrato de  suministro  para  distribución,  luego  de  dos  años de relación, no se va a  prorrogar,  se  procede  en forma intempestiva, se genera sorpresa en ella y, de  un  momento  a  otro,  posiblemente,  se  le  compromete  a  desmontar  toda  la  infraestructura  dispuesta  para  el  cumplimiento  de ese acuerdo. No se le da,  entonces,  la  oportunidad  de  realizar  ajustes,  preavisar  personal, reducir  costos  y,  lo  que  es  peor,  eventualmente,  dadas  las  características del  producto distribuido, cesar toda actividad.   

                       En  esa  dirección  resulta  incontrovertible  que  a  pesar  de  existir cláusulas que  autorizan  la  terminación  unilateral  del  convenio,  en cualquier tiempo, es  menester,  en  virtud de la aplicación del principio de buena fe, la existencia  de  un  preaviso;  en  el entendido que el anuncio anticipado de la culminación  del  pacto  crea  al comerciante las condiciones favorables para lograr hacer el  tránsito     de     actividad     o    implementar    medidas    para    evitar  perjuicios.   

                      Propicio  aparece  señalar  que  en  la misma cláusula trece del contrato, atinente a la  terminación  por  justa  causa,  evento diferente al que se describe ahora, los  convencionistas acordaron lo siguiente:   

                      “(…)  cualquiera  de las Partes podrá dar por terminado el  presente  Contrato,  en  cualquier  momento,  con una  antelación  no menor de 90 días calendario mediante escrito que dirigirá a la  otra  Parte. Esta causal de terminación del Contrato  se   entiende   en   consecuencia    que   es   con   justa   causa   y  en  consecuencia   no impone a la parte que lo dé por terminado la obligación  de    indemnizar    cualquier    perjuicio    que   se   derive   de   esta  terminación”  (-hace  notar  la  Corte- folio 154,  cuaderno principal).   

                      Ese canon  evidencia  que  los  contratantes eran conscientes de la necesidad de conceder a  la  parte  que  no  tomaba  la  decisión  de  terminar el contrato, un término  prudencial  que  consideraron  de noventa (90) días, con miras a hacer realidad  esa  cesación.  Y  si así lo estipularon alrededor de una justa causa, vr, gr,  el  incumplimiento,  por  qué  razón no aceptar que frente a una circunstancia  como  la  terminación unilateral debido al vencimiento del período estipulado,  con  pacto  de  prórroga,  correspondía,  igualmente, habilitar un término de  preaviso?.   

                   

                     Previsión  de  ese  linaje,  que  dicho  sea  de  paso,  evidencia una conducta contractual  equilibrada  y  en  función  de  las dos partes, es proyección de, entre otras  reglas,    la    inserta   en   el   artículo   977   del   C.   de   Co.,   al  contemplar:   

                                             “Si     no     se     hubiere   estipulado   la  duración  del  suministro, cualquiera de las partes   podrá dar por terminado el contrato, dando a la otra  preaviso  en  el  término pactado o en el establecido por la costumbre o, en su  defecto,    con    una    anticipación    acorde    con   la   naturaleza   del  suministro” (resalta la Corte).   

                   Y si bien el  legislador  de  aquella  época no estipuló lapso de tiempo alguno para cumplir  dicho  preaviso,  lo  que  deviene  incontrovertible  es  que no solo consideró  oportuno     su     establecimiento,     sino     que     lo     previó    como  imprescindible.   

                    11.  Ahora,  en  el  entendido  que  el  negocio aquí concertado por las partes  (suministro  para  distribución),  en  la  medida  en  que  no  cuenta  con una  regulación  normativa  que  lo  regente,  como  quedó  plasmado  en  párrafos  anteriores,  situación  que  habilitó  encuadrarlo  en  el  de suministro, por  razón  de  esa hermenéutica, el Tribunal debió aplicar al presente asunto esa  regla;  inevitable  era,  entonces,  la  presencia  de  un aviso anticipado para  considerar  que  la  culminación del negocio resultaba ajustada a la legalidad,  evitando así la sorpresa o informe inesperado de su finalización.   

                     Pautas que  sobre  el particular no resultan aisladas; no es, siquiera, regulación en torno  a  uno  solo  de los aspectos que inciden en el desarrollo de asuntos similares,  sino,  contrariamente,  reflejan  una  tendencia  reiterada  y  constante de los  marcos  jurídicos  pertinentes y, de ahí, que en el artículo 972 ib.,  en  cuanto  a las obligaciones que  cada  parte  soporta,  cuando  no se ha fijado un término para su cumplimiento,  determina  la  necesidad de un preaviso o anuncio anticipado sobre el momento de  su  ejecución.  Todo, sin duda, converge en que la extemporaneidad es un asunto  que repele el desarrollo del contrato de marras.   

                     

                          12.  Planteamientos  de  esas  características  trae  consigo  la  evaluación,  muy  oportuna,  atinente  a  si  el preaviso o anuncio anticipado de la cesación del  convenio  es  un  asunto  de libre disposición de las partes o, contrariamente,  les  está  restringido  disponer  a su arbitrio de dicha prerrogativa; en otros  términos,  corresponde  examinar  la  legalidad  de  una  eventual  renuncia  o  modificación de tal garantía.     

                      Anejo al  tema,  la  Sala  considera  que  la  naturaleza  del contrato de suministro para  distribución  no es un negocio que involucre, únicamente, intereses de quienes  concurren  a  formarlo;  se  extiende  a  otras  personas  y,  por tanto, afecta  derechos  y/o  expectativas  diferentes  de  las  partes  intervinientes, lo que  justifica  limitar,  de manera particular, la potestad de acordar libremente las  pautas  que regirán sus destinos. Aparece incontrovertible que por razón de la  cadena  de  proveedores,  distribuidores  y  consumidores,  surgida  a  raíz de  negocios  de  la  índole  del  que  se  comenta,  la suspensión inesperada del  producto  suministrado  expande  o  irradia  beneficios  y perjuicios, según el  caso,  a  cada  uno  de  ellos,  amén  de  la afectación de la infraestructura  establecida en procura de ejecutar dichos pactos.   

                    Y,   en lo que hace a la parte distribuidora propiamente dicha, resulta, en  particular,  que  debido  a una de las características de ese convenio, como es  la  colaboración,  no  admite  que  alguna de ellas decline el derecho a que la  otra  le  conceda  un  preaviso  o  le  anuncie anticipadamente la cesación del  vínculo  celebrado.  No  llama  a  dudas  que vulnerar ese referente es atentar  contra  las buenas costumbres y pone en entredicho la confianza del destinatario  final  del producto distribuido, es decir, el consumidor, a quien, por encima de  circunstancias  derivadas  de  las relaciones entre proveedor y distribuidor, su  derecho debe permanecer incólume.   

                    Nótese que  el  artículo  973 de la codificación mercantil establece, perentoriamente, que  “en  ningún  caso  el  que  efectúa el suministro  podrá  poner  fin  al  mismo,  sin dar aviso al consumidor como se prevé en el  artículo    precedente”;    remisión   que  involucra   el   “preaviso  prudencial”  contemplado  en  la  norma  evocada  (art.  972). Luego, si al  proveedor  se  le  libera  de dar aviso anticipado al distribuidor, aun mediando  pacto  expreso  entre  ellos,  sobre la terminación del contrato, por elemental  lógica,  este  último,  tampoco  podrá  informarlo  al  consumidor y, por ese  camino,  se  vulneraría  el derecho que aquella regla jurídica contempla en su  favor,  situación que pone de relieve la improcedencia de una estipulación que  elimine el preaviso ya mencionado.   

                     

                       13.  En  conclusión,  demostrado  como quedó que el Tribunal pasó por alto realizar un  estudio  más profundo sobre la forma unilateral como fue dado por finalizado el  convenio  de  suministro  para  distribución  de  los  cigarrillos Marlboro, no  obstante   estar   acordado  por  los  contratantes,  se  estructuró  el  yerro  planteado,  lo  que  abre  paso  a  la  acusación  e impone la adopción de los  correctivos  pertinentes,  pues  la culminación del negocio en la forma abrupta  en  que se hizo y sin preaviso prudencial, afectó el principio de la buena fe y  de  lealtad que debe regir en la ejecución de los contratos, lo que aparejó el  detrimento denunciado.    

                      14.  Sin  embargo,  en  el  proceso  no  existen  suficientes  elementos  que acrediten la  magnitud  del  perjuicio generado al patrimonio de la actora, ni la cuantía del  mismo.              Por  tal  razón,  antes de proveer sobre la sentencia sustitutiva,  se  dispondrá  la  incorporación  de  un dictamen de perito experto en asuntos  contables, para que conceptúe sobre el punto.   

                      Los cargos  analizados prosperarán   

CUARTO CARGO  

                    1.  A través de este ataque, el gestor del recurso extraordinario, invocando la  causal  primera de casación, acusa la sentencia por violación indirecta de los  artículos  822,  871, 924, 972 y 980 del Código de Comercio y 1602 del Código  Civil,  en  virtud  de los errores de hecho en que incurrió al preterir algunos  elementos  de  prueba  existentes  en el proceso y apreciar indebidamente otros.   

                      1.1.  En  cuanto a los medios dejados de valorar, mencionó los siguientes:   

                           i)  Testimonio de XXXXXXXXXXXXX.   

                       ii)  El  documento   mediante   el   cual   la  actora  descorrió  el  traslado  de  las  excepciones.   

                     iii)   La  versión  incorporada  en la demanda en cuanto a las órdenes de compra Nos.  0107 y 0108;  anexos 30 y 31 del libelo.   

                    1.2.  Alusivo  a  los  elementos probativos evaluados de manera equivocada   refirió:   

                        i)  El  contrato  de  distribución  celebrado  entre  las partes el día 26 de marzo de  2002;   

                       ii)  La  exposición  de la parte demandada sobre las órdenes de compra Nos. 0107 (folio  590);  0108  (folio  599);  0109  (folio  588); 0103 (folio 590); y, 0038 (folio  563); y,   

                    iii)  El  Informe  de  despacho  número  1209-2004  anexo  5  (num. 7.7), de la  contestación de demanda.   

                        2.  El  impugnante  afirmó  que  el  error del Tribunal consistió en considerar que la  demandada  no  había  incumplido  el  contrato  por la falta de despacho de las  órdenes  de  compra Nos. 107 y 108, pues, según lo apreció, las mismas fueron  anuladas  y reemplazadas por la No. 109; además, porque la proveedora se había  reservado el derecho de admitir o no las solicitudes de compra.   

                     

                   Sostuvo que,  a    diferencia    de    lo    concluido    por   el  ad-quem, las referidas órdenes ni fueron anuladas ni  la  mercancía  despachada y en cuanto a la potestad de atender o no los pedidos  efectuados,   dicha  prerrogativa,  ciertamente,  fue  concertada,  pero  estaba  sometida a condiciones que no se cumplieron por XXXXXXX.   

                          2.1.  Referente  a  los  pedidos mencionados, arguyó, que en las copias de los mismos  aportados  por  la  sociedad  demandada  se  registra  el  sello  de  haber sido  anulados,  no  obstante,  dicha anotación no aparece en los originales adosados  por  la  accionante  y,  a  pesar  de  esa  situación,  el  Tribunal le brindó  credibilidad  a  los  de  la proveedora, dejando de lado que esta última fue la  que  a título personal colocó esa advertencia como así lo refirió la señora  XXXXXXXXXXXXXXXXXX  XXXXXXX,  empleada  de  dicha  empresa,  en  su declaración  rendida  en  primera  instancia.  El sentenciador olvidó, afirmó el opugnador,  que  era  a  la  demandada  a  quien le competía demostrar la anulación de las  órdenes  de compra, lo que no podía acreditarse sólo a través de sus propios  documentos  sino  con otras pruebas, con mayor razón cuando los aducidos por la  contraparte no contienen la mención aludida.   

                     Y agregó,  que  cuando  la  empresa  anulaba  una  orden  y la reemplazaba por otra así lo  informaba  en  la  siguiente,  y  las  107  y 108 que dice fueron canceladas, no  aparece información en la 109 expedida.   

                     2.2. Sobre  la  facultad  que  se  había  reservado la sociedad XXXXXXX de atender o no las  órdenes  de  compra,  la  censura  resalta  que  existió  error de hecho en la  interpretación  del contrato al Tribunal valorar de manera parcial el texto del  negocio  convenido,  pues si bien es cierto esa potestad se acordó, también lo  es  que  dejó  de  lado  el  numeral iv, de la cláusula 5.1., que expresamente  contempla  que todo pedido, luego de cinco (5) días de haberse realizado, si no  es  objetado  por  escrito,  se  entendería  aceptado,  situación que ocurrió  respecto  a  esas   solicitudes  por  lo  que debió efectuar los despachos  respectivos,  y  al  no  hacerlo  puede concluirse que hubo incumplimiento en la  provisión de productos.   

                     

QUINTO CARGO  

                    1.  El  promotor  de  la  acusación,  en  este  cargo, canalizado por la causal  primera  del  artículo  368  del  C.  de  P.C.,  denuncia  la  violación, vía  indirecta,  de  los  artículos  38  de  la  Ley 153 de 1887, 871 del Código de  Comercio  y,  el 1º, 6º, 7º y 8º de la Ley 256 de 1996, debido a los errores  de hecho en que incurrió el fallador al analizar algunas pruebas.   

                   2. Según el  recurrente,  la  equivocación  del  sentenciador  consistió  en inferir que el  “cambio      de      distribuidores”  en  la  zona  que  manejaba  la  demandante, no configuraba un  incumplimiento  del  contrato  celebrado,  en  la  medida  en  que las partes no  habían  pactado  cláusula  de  exclusividad;  a partir de esa forma de razonar  negó  la  pretensión  octava,  relacionada  con  la  gestión de XXXXXXXX ante  algunos  clientes  de  XXXXXXXXXXXXXXX  para  que  no le adquirieran a ésta sus  productos.   

                     3. Afirmó  que   dicho  dislate  provino  de  la  indebida  apreciación  del  contrato  de  distribución  celebrado entre las partes el día 26 de marzo de 2002; también,  por  la  falta  de  apreciación de pruebas como “el  anexo     15     de     la     demanda.     Lista     denominada    ‘CLIENTES          APADRINADOS  XXXXXXXXXXXXXXXXXXX’  entregada  en  el  mes  de  agosto  del  2002  por el Señor XXXXXXX y el asesor  XXXXXXXXXX     a     XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX”;  “El  anexo  No.  18  de  la  demanda. Fax del 23 de  septiembre     del     2002,     enviado    por    XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX    a  XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX           XXXXXX.          Denominada          ‘SUBDISTRIBUIDORES  LA 18 –VOLUMEN  ASIGNADO A XXXXX’,    y    en   la   que   se   hace  referencia    un   volumen   mensual  de  ventas  de  95  pacas”;    “El   dictamen  pericial  rendido  por la perito XXXXXXXXX y sus anexos, especialmente en lo que tiene que  ver   con   el   listado   de   clientes   de  XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX”;    Y   los    testimonios   de   XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXXXX   XXXXXXX,   XXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXXXXXX  y   XXXXXXXXXXXXX.   

                      Para  el  recurrente,  la  conducta de la demandada no solo implicó el ejercicio libre de  la  competencia entre comerciantes, sino fue más allá, dado que desplegó toda  una   actividad   tendiente  a  disminuirle  a  XXXXXXXXXXXXXXXX,  la  clientela  conseguida  y  direccionarla  en  favor  de  XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX,  otro  de sus  distribuidores,  tal  cual  lo  atestaron  los  declarantes  cuyas  versiones no  apreció el juzgador.   

                          Hace  énfasis  en  que  los  testimonios  referidos  dan  cuenta  que a varios de sus  clientes  les impartían instrucciones en el sentido de que no podían comprarle  a  la  demandante  sino  a  XXXXXXX;  que  la demandada, a través de uno de sus  empleados  llamado XXX, informaba a los compradores de XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, que  le  adquirieran  los  productos  a  esa  otra  distribuidora;  la  reducción de  clientela  se  vio  reflejada  en  el  dictamen pericial que el Tribunal tampoco  valoró,    experticia   que   describe  mes  a  mes  como  se  produjo  la  disminución  de  las  compras.  Además,  la  empresa productora le redujo a la  actora  la  clientela de 70 compradores a 10 o 12 y así lo atestiguó el señor  XXXXXXXXXXXXXXX,  exposición  que  tampoco  tuvo  en  cuenta el fallador.    

CARGO SEXTO  

                   1.  El  casacionista,  invocando  la  causal  primera  de  casación,  acusa  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal bajo el argumento de haber violado, vía  directa,  los  artículos  38  de la Ley 153 de 1887, 871 del C. de Comercio; el  7º  y  8º  de  la Ley 256 de 1996, trasgresión que se produjo por la falta de  aplicación de dichos preceptos.   

                              2.  El  censor,  memorando  similares  razones a las expuestas para  soportar  el  anterior  cargo,  estructura su inconformidad bajo el argumento de  que  el  juez de segunda instancia dejó de aplicar las normas sobre competencia  desleal  y, concretamente, desdeñó sopesar todo lo relacionado con la buena fe  comercial y con la desviación de la clientela.   

                     3. Para el  recurrente,  así  no se hubiera pactado exclusividad, a la empresa demandada no  le  era  permitido comunicarse con la clientela conseguida por la XXXXXXXXXXXXX,  con  el  propósito  de  instruirla  sobre  a  quién debía comprarle, pues ese  premeditado  comportamiento  constituía “mala fe en  la  ejecución  contractual”. La sociedad proveedora  así  tuviera  varios  distribuidores,  no  podía  desviar  la  clientela de la  actora, quien era uno de ellos, en favor de los restantes.   

                       Culmina  diciendo  que  si  el  Tribunal  hubiera  tenido  en  cuenta las normas citadas,  hubiese     concluido    que    la    demandada    había    “incumplido    el  contrato”.   

CARGO SEPTIMO  

                   1.  El  impugnante,  a  través  de  esta  acusación,  canalizada por la causal  primera  del  artículo  368  del  C.  de  P.C.,  denuncia  la  violación, vía  indirecta,  de  los artículos 38 de la Ley 153 de 1887, 871 del C. de Comercio;  215  y  218  a 222 de la Ley 223 de 1995 y artículos 1º, 6º, 7º, 8º y 18 de  la  Ley  256  de  1996,  debido  a  los  errores de hecho en que incurrió en la  valoración de las pruebas allegadas.   

                   2. Según el  censor,  el  desfase  del  fallador  consistió  en  inferir que “la  venta  de  productos  en Bogotá por parte de distribuidores de  Cali  a  un  precio  inferior”,  no configuraba una  deshonra  de  los  compromisos adquiridos en el contrato celebrado, en la medida  en    que    no    se    había    pactado   por   las   partes   cláusula   de  exclusividad.   

                   3.  Afirmó  que  dicha  equivocación  provino  de la indebida apreciación del  convenio  de  distribución  ajustado  entre  las partes el  26 de marzo de  2002;  también, por la falta de apreciación de pruebas como los testimonios de  XXXXXXXXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXX  y  de XXXXXXXXXXX.   

                     4. Para el  impugnante,  el  sentenciador,  al  dejar  de sopesar los elementos reseñados y  apreciar   equívocamente  el  contrato  de  distribución,  concluyó  que  las  prácticas  de  la  demandada  no  constituían  un  incumplimiento contractual,  cuando  dichos medios de persuasión indican todo lo contrario, pues, además de  desviar   la   clientela   de   XXXXXXXXXXXXXXXXX,   propició   el  contrabando  interdepartamental  de  cigarrillos,  generando  con  ello  la  venta  a precios  inferiores  respecto  de los que vendía la demandante, conducta que aparejó la  vulneración  de  la buena fe que debe regir los contratos y, además, gestó la  competencia desleal.   

                           El  casacionista  enfatizó  que  los  deponentes  mencionados  aludieron  a algunas  prácticas   de  la  demandada  que  incluyeron  la  manifestación  de  que  no  adquirieran los cigarrillos a XXXXXXXXX XXXXXXXXXX.   

CARGO OCTAVO  

                   1.  En  esta oportunidad, debido a la falta de aplicación de los artículos, 38  de  la  Ley  153  de 1887, 822 y 871 del C. de Comercio; 1602 del Código Civil,  215  y  218  a 222 de la Ley 223 de 1995 y artículos 1º, 6º, 7º,  8º y  18  de  la  Ley  256  de  1996, e invocando la causal primera, vía directa, del  artículo  368  del  C.  de  P. C., el actor, censura la sentencia proferida, en  cuanto    que,    bajo    esa    circunstancia,    violó    las   disposiciones  citadas.   

                     2. Para el  impugnante,  el  error  del  fallador  consistió en inferir que “la  venta  de  productos  en Bogotá por parte de distribuidores de  Cali  a  un  precio  inferior”,  no  configuraba un  incumplimiento  del  negocio  convenido,  habida cuenta que no se había pactado  por   las   partes   cláusula  de  exclusividad,  postura  que  “implica     desconocer    que    los    hechos    respectivos   implican    (sic)   una  flagrante  violación de las normas que regulan el comercio de cigarrillo dentro  del  país,  así como las normas sobre protección a los comerciantes contra la  competencia desleal”.   

                        En  el  parecer   del  casacionista,  el  ad-quem  pasó  por  alto  que  la  venta  de cigarrillos en el territorio  nacional  está  regulada  y no se pueden comercializar indistintamente en uno u  otro  departamento,  sin  satisfacerse  los  impuestos  pertinentes  y,  en  esa  dirección,  desconociendo  las  normas referidas, el Tribunal consideró que la  enajenación  de  ese  producto en Bogotá, por parte de distribuidores de Cali,  no  constituía  un incumplimiento contractual. Además, para el recurrente, esa  Corporación  se  equivocó por no sopesar que la demandada al propiciar que uno  de  sus  distribuidores  de esta última ciudad pudiera vender cigarrillos en la  Capital, estaba estimulando la competencia desleal.   

CARGO NOVENO  

                   1.  Culminando  la  reprobación  formulada  e  invocando  la causal primera del  artículo  368  del  C.  de P.C., la recurrente censura el fallo emitido por ser  violatorio,  de  manera  indirecta,  de los artículos 871, 822, 920 y 970   del  Código  de  Comercio;  1602 y 1865 del Código Civil, como consecuencia de  los  errores  de  hecho  en  que  incurrió  en  la  valoración  de las pruebas  allegadas.   

                     2. Para el  inconforme,  la  equivocación  hallada  en la decisión proferida consistió en  inferir  que  la  demandada  XXXXXX  tenía,  por  disposición  contractual, la  potestad  de  variar,  reducir  o suprimir, los descuentos otorgados a XXXX. Y a  dicho   error   arribó   por  haber  apreciado  indebidamente  el  contrato  de  distribución    y,    además,   por   no   haber   valorado   las   siguientes  pruebas:   

                    i)  La  lista  oficial  de  precios  vigentes  a partir del 26 de marzo de 2002,  firmada por el representante legal de XXXXX;   

                    ii)  La  política  de  descuentos   acompañada  al  contrato –anexo  8  de  la  demanda,  folio 30;   

                    iii)  Carta  de  acuerdo de la gerencia nacional de venta de XXXXXXXXX de agosto  22 de 2002, mediante las cuales se fijan descuentos a Mayoristas;   

                    iv)  La  comunicación de XXXXXXX, gerente nacional de ventas y distribución de  XXXXXXX;   

                    v)  Anexo  22  de  la  demanda  que  contiene  la lista sugerida de precios para  otorgar descuentos al canal mayorista;   

                    vi)  Anexo  23  de  la  demanda  que  contiene la lista de precios sugerido para  Marlboro;   

                    vii)  Anexo 24 de la demanda. Lista de precios del 9 de octubre de 2002, enviada  a  través  de  la  carta  de  4  de  octubre  del  mismo  año,  firmada por el  representante legal de XXXXXXXXX XXXXXXXXXXXXX;   

                    viii)  Anexo  25  de  la  demanda.  Lista de precios enviada por carta del 23 de  octubre   de   2002,  firmada  por  la  gerente  de  planeación  financiera  de  XXXXXXXXXXXXX;   

                    ix)  Anexos  26  y  27  de  la demanda. Lista de precios oficial a partir de los  días  2  y  5  de  junio de 2003, firmada por los gerentes general, nacional de  ventas  y  el de marca de XXXXXXXXXXXXXX XXXXXX, con un descuento del 9.3% sobre  el  precio  bruto,  términos  de  pago 45 días desde la fecha de la factura de  venta;   

                    x)  También  dejó  de  apreciar  los  testimonios de los señores XXXXXXXXXXX,  XXXXXXXXXXXXX, XXXXXXXXXXXXXX e XXX XXXXXXX.   

                      El censor  agregó     que     el     ad-quem,    para  fallar  en los términos en que lo hizo, sólo tuvo en cuenta  los  apartes  del  contrato que la demandada le señaló; empero, dejó de lado,  algunas  estipulaciones  que  de  haberse  tenido en cuenta hubiesen alterado el  sentido  del  fallo.  Por  ejemplo,  pasó  por  alto  la  cláusula  sexta  del  mencionado  negocio,  en  la  que  fueron  incluidos  algunos eventos en que las  reducciones  enunciadas  podían  tener  lugar,  entre  ellos, los volúmenes de  ventas,  la  información  suministrada  respecto del número de vendedores y el  descuento  base. Afirmó, adicionalmente, que de las rebajas concertadas por las  partes,  podían  señalarse  las  referidas  en el enunciado de “política de  descuentos”  y,  además,  la  que operaba por el “pronto pago” realizado.  Pero,  sostuvo,  el  quid  del  asunto  está  en  la expresión “a  su entera discreción”, potestad que,  de  manera  específica,  estaba  dirigida a la disminución por el pronto pago;  sin  embargo, enfatizó el impugnante, para las restantes retenciones no aparece  esa   discrecionalidad,   en   cuanto   se   erigía   como   un   derecho   del  distribuidor.   

                    Arguyó que  el  sentenciador, al valorar las diferentes hipótesis concebidas en función de  esas  rebajas, le dio el mismo tratamiento a todas y ahí radicó el error, dado  que  esa  posibilidad no operaba sino solo para el pronto pago. Aceptar la tesis  del  fallador,  argumentó, sería tanto como autorizar que el proveedor llevara  a  cero  la  ganancia  del distribuidor, pues si la retribución de este último  era,  en definitiva, la reducción que aquella le concedía, por obvias razones,  si no le autorizaba las mismas, no percibía ganancia alguna.   

                     

                      Sobre el  particular,  manifestó,  los  testimonios  señalados,  que  en la sentencia no  fueron  valorados, resultan explícitos en cuanto que a todos los distribuidores  les  suministraban  el  producto  a  precios  similares,  que  entre uno y otro,  alrededor  del  punto,  no  había  ninguna  diferencia. En ese mismo sentido se  pronunció  la sociedad XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, empresa distribuidora del mismo  producto,  al  decir  que  los  precios  a los que vendían la mercancía era el  referido  en  la  lista  acordada;  lo propio sucedió con el señor XXXX XXXXX,  empleado  de  la  demandada,  quien  corroboró  que  los  precios  a los que se  distribuía  el  cigarrillo  era el que XXXXXXXXXXX sugería, tratando de evitar  así el rompimiento del equilibrio entre ellos.    

                      Para  el  casacionista,  la debida interpretación del contrato, relativa a las políticas  de  descuentos,  debió  conducir al Tribunal a concluir que la demandada tenía  toda  la  autorización  contractual para concederlos o no, pero sólo frente al  pronto  pago  y  a  las  “promociones  y  eventos especiales”, pero para los  demás,  incluyendo  el  margen  de ganancia o la retribución de la demandante,  una  vez  concertados  “así se quedan salvo acuerdo  entre   las  partes”;  por  tanto,  acordados  como  estaban  las  referidas  deducciones,  según lo reivindicó el censor, desde el  inicio  de  la  negociación, no podían, con posterioridad, desconocerse y, por  el   contrario,   le   correspondía  a  la  sociedad  XXXXXXXXXXX  mantenerlas.   

                     

CONSIDERACIONES            

                    1.  La  censura  que  plantea la autora del recurso extraordinario, a través de  los  cargos recientemente extractados alude, en concreto, al desconocimiento por  parte   de  la  proveedora,  sociedad  XXXXXXXXXXXXXXXXXX,  de  los  compromisos  surgidos   del  contrato  de  distribución,  incumplimiento  referido  a  temas  puntuales  como: i) no despachar varias órdenes de compra; ii) gestar el cambio  de  clientes  entre  distribuidores ubicados en la Capital; iii) estimular que a  la  ciudad  de  Bogotá llegaran distribuidores de Cali; además, que los mismos  vendieran  el  producto  (cigarrillos Marlboro) a un precio inferior; y, iv) por  la  modificación,  de  manera  unilateral  e  inconsulta, de los descuentos que  había concertado con la actora.   

                    1.1.  Relacionado con el primero de los aspectos reseñados, como se recordará,  el  Tribunal  sostuvo, por un lado, que algunas de las órdenes de compra fueron  sustituidas  por  otras,  (la  037  por  la  038),  habiéndose  dejado  la nota  respectiva  en la primera de ellas; algunas más anuladas (la 107), dando origen  a  la  emisión  de  su  reemplazo  (108);  en todo caso, sostuvo, tales pedidos  fueron  atendidos a través de la No. 109, así haya sido de manera parcial; por  otro,  de  suma  importancia  según  lo  resaltó el fallador, la proveedora se  “reservó   la   facultad   de   atender  total  o  parcialmente  las  órdenes de compra”, aspecto este  que descarta el incumplimiento denunciado.   

                       A  esto  replicó  el  casacionista argumentando que la nota puesta en las órdenes 107 y  108,  relativas  a  la  anulación,  no  concuerda con las copias que estando en  poder  de  la distribuidora fueron allegadas al proceso, escritos cuyo contenido  develan  que ese registro resultó ser un acto unilateral de la accionada y, por  consiguiente,  no  surge  como el medio de persuasión idóneo sobre la conducta  contractual  de ambas partes. Y en cuanto a la factura 109 refiere, la relación  de  productos  y  el valor por el cual se extendió, no coinciden con la número  107  y  108, lo que denota que no fue confeccionada para remplazarlas. En cuanto  a  la  facultad  de  atender  o  no  los pedidos, sostuvo, era una prerrogativa,  ciertamente,  pero  no  bajo  el  total  arbitrio  de  la accionada, pues estaba  sometida  a algunos procedimientos establecidos en la misma convención que ella  no acometió.   

                        1.1.1.  Relativo  al  tema y, en particular, al despacho de mercancías, cumple señalar  que  en  el  interrogatorio  a  que  fue  sometida  la representante legal de la  sociedad   XXXXXXXXXXXXXXX   XXXX,   (folios   713   y  714),  la  misma  expuso  “En diciembre 9 de 2002, con la orden de compra 037  solicité,  creo  147 pacas, sin embargo, éstas no fueron despachadas ni total,  ni  parcialmente,  tanto el asesor de XXXXXXXXX, señor XXXXXXXXXXXXXXXX como la  señora  XXXXXXXXXXXXXXX  encargada  del  área  de  operaciones y logística me  suministraron  explicación  al  no  despacho  de  la  mercancía. El día 17 de  diciembre  después de haber transcurrido 9 días y vencido el plazo para que de  acuerdo  a  la  cláusula  quinta  del  contrato  no  me dieran explicación por  escrito,  ese  día  hablé con el señor tesorero quien me informó que solo me  podría  despachar  30  pacas y que por lo tanto debía anular la orden 037 para  proceder  a  despacharme  las 30 pacas con una nueva orden, o sea la 038. Quiero  dejar  constancia  que  por ese hecho tuve que liquidar el personal del área de  ventas  y  dejar de atender la clientela. En el mes de  febrero  de  2004  envíe  dos  órdenes  de  compra,  creo  y tampoco me dieron  respuesta  al  no  despacho de las mismas, ni de manera escrita, ni verbalmente.  Posterior  al  plazo  para  que  me  informaran  por  escrito  los  motivos,  me  informaron   que   solo   me   podrían   despachar   de  contado,  por  lo tanto las dos órdenes enviadas antes de la orden del 28 de  febrero,    no    fueron    despachadas.  A  finales  del  mes  de  marzo  y en el mes de abril de 2004 se  colocaron    otras    ordenes   que   tampoco   fueron   despachadas” (la Sala hace notar).   

                    Lo expresado  por  la  representante  de  la  actora  pone de manifiesto, en primer lugar que,  respecto  de  la orden No. 037 sí hubo despacho de mercancía (con la orden No.  038),  así  no haya sido en su totalidad, de donde aparece que la disparidad de  criterios  sobre  el  cumplimiento  del  contrato,  anejo  a  la remisión de la  mercancía  solicitada, se reduce a las órdenes 107, 108, 109, pues referente a  esos  documentos  y  las  circunstancias  de  su  emisión, es que el impugnante  concentra  su inconformidad, surgiendo, por tanto, la necesidad de precisar qué  función  cumplió  esta  última  orden  de compra (No. 109 de 26 de febrero de  2004),  librada  cuatro  días después de la No. 107 y seis luego de elaborarse  la No. 108.   

                     

                    Podría  pensarse  que  fue un nuevo pedido, como al parecer así lo enfatiza el  recurrente;  sin  embargo,  si ello así aconteció, qué razón habría para no  haber  despachado  la  mercancía solicitada a través de las órdenes de compra  107  y  108  y, a escasos días después, la petición cursada bajo la orden No.  109, sí hubiese sido atendida?.   

                     

                     Obsérvese  que  en folio 36 del cuaderno principal, aparece un resumen de compras realizado  por  la  actora  a  la  demandada  y en el mismo, en el aparte reservado para el  segundo  período (26-3-03 A 25-3-04), se señalan compras en diciembre de 2003;  enero,  febrero  y  marzo  de  2004,  cuando la representante legal de la actora  manifestó  que no le habían despachado compras después de 28 febrero de 2004.  Ese extracto  no fue desconocido por la demandante.   

                      Además,  advierte  la  Sala  que  en  el  folio 598 aparece glosada la copia de la tantas  veces  referida  orden  de  compra  No.  109, escrito que registra como fecha de  emisión  el 26 de febrero de 2004, y de remisión a la proveedora, vía fax, el  27  de  los  mismos, luego, en sana lógica, esta sociedad recibió el pedido en  esta  última  data;  mientras que en los folios 596, 597 y 601, aparecen, en su  orden,  la  solicitud de la tornaguía, una relación de productos gravados y la  autorización  de  movilización  y  de  tránsito,  cuyo  responsable  fue  XXX  XXXXXXXXXXXX  Especial contemplación amerita el referido recibo (parte inferior  folio  601),  pues, el mismo, alude a la factura No. 1897,  correspondiendo  esta  numeración  a  la  relación  de productos (parte superior folio 601), y,  dicho  escrito,  tiene  fecha  de  “Viernes,  27 de  febrero  de  2004”, es decir, coincide ese referente  temporal  con la fecha en que XXXXXXXXXXX recibió la orden No. 109, lo anterior  indica,  sin  mayores  esfuerzos,  que  aquella  autorización  de  tránsito ni  siquiera  puede  aludir  a  la  mercancía  de  esta última orden, pues no debe  olvidarse  que  cada trámite para que la Administración de Hacienda autorizara  la  tornaguía demandada un período de dos o tres días, posteriores al pedido,  como así lo indicó la señora XXXXXXXXX.   

                      Bajo esas  consideraciones,  es  evidente  que  el  listado  de  productos a que aluden los  documentos  señalados en precedencia, no puede corresponder a la orden No. 109,  habida  cuenta  que, se insiste, el despacho del pedido tiene la misma fecha del  recibido  de la solicitud pertinente, lo que no resulta posible por el tiempo de  los  mismos  trámites.  Pero,  tampoco  podrían  referir  a los pedidos de las  ordenes  107  y 108, pues, tanto el actor como la demandada coinciden en que, en  últimas,  no fueron atendidas; la primera bajo el argumento que no se despachó  la  mercancía,  la  segunda,  en  la  medida  en  que  dichos documentos fueron  anulados,  de  donde  emerge,  que  la  correspondencia  de  las  partes  o  los  documentos  que  generaban  no  condensan  la  realidad  contractual;  los datos  estampados  en  los  diferentes  documentos  cruzados  entre  la proveedora y la  distribuidora  no  reflejan,  de  manera  plena  y  fidedigna,  la  información  pertinente,  máxime  que no existe otra explicación alrededor de la situación  analizada.   

                    Esta  última apreciación se devela fortalecida por la nota que en la orden No.  107  fue  dejada,  relacionada  con  la  consignación de una importante suma de  dinero  por  parte de la distribuidora que, luego, no hay justificación de qué  paso  con  la  misma, es decir, le fue devuelta o aplicada a compras posteriores  o,  eventualmente,  a  saldos  pendientes.  En  todo  caso, sobre el tema no hay  aclaración  proveniente  de  ninguna  de  las  partes,  muy  a  pesar de que la  demandante  sostiene  que la mercancía pedida a través de ese documento no fue  despachada,  lo  que  haría creer que el dinero depositado debió ser devuelto.  Esta  circunstancia  indica  que la ausencia de notas explicativas en torno a la  sustitución  de  unas  órdenes  por  otras  o de sus textos o la anulación de  otras  tantas,  como  así  lo  reclama  la  impugnante, no reflejan un proceder  coherente  y  constante entre los contratantes, dando lugar a dudas insuperables  sobre el incumplimiento pregonado.   

                    Ante  semejante  panorama,  esto  es,  la  disparidad de textos entre las copias  allegadas  por  la  actora  y  las  aducidas  por  la  demandada, respecto a las  órdenes  de compra 107 y 108 que, como lo afirmó aquella, describen, de manera  incontrovertible,  una alteración, por agregación, en cuanto que la expresión  “anulada”  no  aparece  en ambos documentos, le competía a la distribuidora  demostrar  que, ciertamente, se había producido la inserción de esa nota y que  la  misma  desnudaba  un  proceder  anómalo  o contrario a la ley del contrato,  atribuido  a la sociedad XXXXXXXX, conducta que no asumió, habida cuenta que en  autos  aparece  solo  la  atestación  de  quien  introdujo  la nota, más no la  acreditación de la irregularidad denunciada.     

                  

                           En  conclusión,  las  dudas alrededor de la exactitud de la información inserta en  los   escritos   creados   como   consecuencia  de  la  venta  y  distribución,  concretamente,  en  lo  que  a  las fechas refiere y las notas de sustitución o  anulación conciernen, no permiten acoger el reproche propuesto.   

                    Y  si  de  la  carga  probatoria  se  trata,  como lo reivindica el promotor del  recurso,  de suyo emerge que era él quien tenía el compromiso de acreditar que  su  coocontratante  no  honró  los compromisos asumidos (Art. 177 C. de P. C.),  habida  cuenta  que  la  prueba  del  incumplimiento denunciado le corresponde a  quien afirma tal circunstancia.   

                               

                      1.1.2. En  cuanto  a  la  aplicación  acertada  o  no  de  la  prerrogativa atribuida a la  proveedora  de atender en forma facultativa los pedidos realizados, es decir, si  se  aplicó  correctamente  la  cláusula  5.1.iv.,  aspecto  sobre  el cual, en  definitiva,   el   ad-quem  escudó  el  proceder  de  la  demandada  a partir, precisamente, de esa opción  contractual,  de  suyo  aparece  irrelevante  su  valoración, pues, como quedó  visto  en  precedencia, respecto de las órdenes de compra 107,  108 y 109,  no  existe  certeza  en  torno  a si fueron acogidas por la proveedora así haya  sido  de  manera  parcial o, como ella misma lo vindica, fueron anuladas las dos  primeras;  en cuanto a la 109, recogiendo los pedidos anteriores, fue despachada  la  mercancía  solicitada.  No  se desprende, con la contundencia debida, ni de  las  pruebas  documentales  sopesadas  ni  del  interrogatorio  absuelto  por la  representante  legal  de  la  accionante,  un  incumplimiento  de la proveedora,  asunto que, itérase, le competía a la demandante acreditar.   

                          1.2.  Relacionado  con  el  supuesto  cambio o asignación de clientes por parte de la  demandada  entre  los  diferentes distribuidores ubicados en la capital, otra de  las  razones  del  incumplimiento  aducido, el recurrente arguye que la sociedad  XXXXXXXXX,  de manera arbitraria, aprovechando la información de los nombres de  clientes  suministrada por XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, impuso, según lo aseveró, una  repartición  de  los  mismos  en  favor  de  otras  empresas  diferentes  a  la  demandante,  proceder  que  encontró  el  Tribunal  ajustado  al contrato en la  medida  en  que las partes no convinieron exclusividad, se expresa que el señor  XXXXXXXXXX,  persona vinculada para la época (2002), a la sociedad demandada y,  a  quien,  como  su empleado, se le atribuyen las gestiones para, supuestamente,  desviar  la clientela de uno de sus distribuidores en favor de otros, aceptó el  procedimiento  denunciado como política de la empresa para lograr distribuir el  presupuesto asignado para labores promocionales del producto.   

                          Los  testimonios  a  que  refiere la acusación, demostrativos de tal comportamiento,  los   encuentra   la  Sala  imprecisos  y  dubitativos,  en  fin,  insuficientes  probatoriamente  para  aceptar  un eventual error del Tribunal en su valoración  con  miras  a  fijar  la  responsabilidad  de  la proveedora en la reasignación  arbitraria  de  clientela  entre  los  diferentes  distribuidores. En efecto, el  señor  XXXXXXXXXXXXXXX,  cuando  fue  preguntado  sobre  la  influencia  de  la  demandada  en  la  compra  de  sus  productos  o  la prohibición de adquirir el  cigarrillo  a  algún distribuidor en particular, fue claro en decir que no hubo  tal direccionamiento o imposición.    

                      El señor  XXXXXXXXXXXXXX,  quien  también concurrió a declarar, se pronunció en similar  sentido,  pues,  en  su  exposición,  ciertamente, aludió como una realidad la  separación  de  clientes, pero precisó que la determinación de comprarle a un  distribuidor  u  otro, incluyendo por supuesto a XXXX, es decir, seguir con esta  empresa  o  cambiar,  no  estaba  condicionada  por  parte  de  la demandada; no  existía  ninguna  consecuencia frente a esa determinación, en otros términos,  para  el  comprador  había  libertad en cuanto a qué distribuidor adquiría el  cigarrillo.   

                     La señora  XXXXXXXXXXX,  a  su  turno,  manifestó  que  a  pesar  de  haberse  separado la  clientela   entre   los   distribuidores,  procedimiento  que  confirmó  había  existido,  ella,  de  todas  maneras,  podía comprarle a la demandante y que en  caso  de  adquirir  el  producto a esta sociedad, no tenía ninguna consecuencia  adversa.   

                      Bajo esas  consideraciones,  puede  aseverarse que estas versiones, soporte de la queja del  casacionista,  no reflejan un proceder dirigido a la desviación de la clientela  de  la  accionante  hacia los diferentes distribuidores; no logran describir las  maniobras  denunciadas  y  encaminadas  a privar a la actora de los clientes que  había  conseguido; en ese contexto, la explicación brindada por la proveedora,  en  cuanto  que  la distribución de los clientes tuvo como propósito lograr un  reparto  equilibrado  de  los  gastos  asignados  para  la  publicidad,  resulta  atendible  y  válido  a la hora de evaluar dicha conducta, con mayor razón si,  ninguno  de  los declarantes, confirmó retaliaciones a la hora de no acatar las  propuestas  de  la  demandada,  menos que la actividad cumplida por esta última  tuviera  la  jerarquía  suficiente  para  estructurar  la  violación  a la ley  concerniente con los actos de competencia desleal.   

                    Precisamente,  en  esa  dirección,  no puede perderse de vista que la exigencia  del  artículo  8º  de  la  Ley  256  de  1996,  invocada por el impugnante, en  función  de  estructurar la conducta trasgresora en materia comercial de lograr  u  obtener  el  desplazamiento  de  la  clientela  a otro empresario, demanda la  realización  de  actos  evidentes  e  incontrovertibles  a ese propósito; debe  quedar  claro que ese es el principal móvil y, por supuesto, determinado por el  ánimo  de  obtener  un  provecho.  Sin  embargo, en el presente caso, según lo  sostuvo   el  señor  XXXXXXXXXX,  el  ejercicio  cumplido  que,  evidentemente,  implicó  la  separación de los clientes habidos en un sector específico de la  ciudad  (el  de  la  Sabana),  para asignarlos de manera proporcionada entre los  varios  distribuidores,  estuvo  justificada por la repartición del presupuesto  asignado  para  actividades  de  publicidad  y  sólo  tuvo  lugar  por un corto  período  de  tiempo,  situación  que no permite asegurar la configuración del  comportamiento díscolo a que alude la acusación.   

                    Pero,  además, como se anunció en precedencia, varios de los deponentes fueron  claros  al  aseverar  que  era  una opción que tenían y, decidir no comprar al  distribuidor  insinuado,  no  les  generaba repercusión de ninguna índole, por  tanto,  mal  puede  decirse  que  esa  conducta de la demandada era idónea para  estimular  y  lograr  la  desviación  de  la  clientela,  menos para afectar la  libertad  del  consumidor  o comprador (art. 7 Ley 256 de 1996), pues, itérase,  los  compradores  del  sector  de  la  Sabana  podían acudir a cualquier de los  distribuidores;  es  más,  tenían  la  alternativa  de adquirir el producto en  otros   sectores.  Así,  bajo  esas  consideraciones,  no  procede  aceptar  la  argumentación del cargo.   

                     

                    1.3.  En  torno  a  la presencia en Bogotá de distribuidores provenientes de la  ciudad  de  Cali,  amén  de  la  venta que los mismos realizaban del cigarrillo  Marlboro  a  menor  precio  del  que  se proveía en la capital, otro hecho que,  según  la  impugnante,  constituía incumplimiento del contrato por parte de la  demandada,  basta  con decir que los testigos fueron explícitos en asegurar que  no  conocían  las  personas  que promovieron esa incursión, tampoco estaban en  capacidad  de  afirmar  si tal situación había sido generada por la demandada.   

                     En efecto,  obsérvese   que   el   señor   XXXXXXXXXXX,   sobre   el  punto,  expuso  que:  “En el centro comercial  donde estamos, es muy  fácil  conseguir  mercancía  de  todas  partes  del  país  y  llega con mucha  facilidad”;  por  su  parte,  XXXXXXXX (folio 761),  dijo  que no sabía quién lo vendía y tampoco si XXXXXXXXX participaba. Por el  estilo  se  pronunció  el señor XXXXXXXX, quien confirmó que había adquirido  el  producto  proveniente  de  Cali,  pero  no  supo la persona que lo vendió y  tampoco  suministró información sobre si la accionada tenía o no parte en esa  actividad.  En cuanto a la señora XXXXXXXXXX (folios 766 y 767), sostuvo que el  conocimiento  que  tenía  sobre  el  particular  provenía  del  dicho de otros  comerciantes.   

                      Aparece,  así,  notorio  que  la sociedad demandada no fue la impulsora de las ventas del  cigarrillo   Marlboro  proveniente  de  la  ciudad  de  Cali,  tampoco  resultó  acreditado   en   el   proceso   que  dicha  empresa  las  realizaba  de  manera  indirecta.   

                    Y en cuanto  que   la   empresa   XXXXXXXXXXXXX   tenía   el   compromiso  de  controlar  el  desplazamiento  de  la  mercancía  que  le proveía a sus distribuidores en las  diferentes  partes  del país, por el hecho de haber suscrito un contrato con la  demandante,  no  es  un  asunto  que  haya  quedado  patentizado en el texto del  documento  pertinente,  tampoco es un tema que la ley contempla en esos precisos  términos;  por  tanto, no se le puede endilgar a la demandada que su omisión o  pasividad  es  reflejo  del estímulo a la violación de la ley (art. 18 Ley 256  de 1996).   

                    1.4.  Por  último,  concerniente con los descuentos que las partes concertaron,  como   se   recordará,   la   impugnante   argumentó,  como  basamento  de  su  inconformidad,  que  varios  de  ellos  fueron eliminados de manera arbitraria e  ilegal  por  la  proveedora.  El  Tribunal  pasó  por alto, aseveró, que en el  contrato  se  establecieron varias rebajas, algunas podían ser variadas y hasta  eliminadas,  otras,  en  cambio,  una  vez fueran concedidas no existía para la  proveedora  la  posibilidad  de suprimirlas. En síntesis, la acusación plantea  una  evidente  disparidad  de  criterios  entorno  a  la  interpretación  de la  cláusula 6ª del referido convenio.   

         

                    Situaciones de esas  características   no   resultan   extrañas,   por  el  contrario,  suelen  ser  recurrentes  y,  por ello, desde la propia consagración normativa (Titulo XIII,  artículos   1618   y  ss.),  se  han  adoptado  reglas  anejas  a  la  forma  y  procedimiento  que  debe  acometerse para, en definitiva, fijar la real voluntad  de las partes alrededor de lo que quisieron concertar.   

                    Sobre  el  particular,  la  Corte,  también,   ha  plasmado  su  criterio,  habiendo expuesto:   

                    “(…)  la  interpretación  de  los  contratos -en  línea   de   principio   rector-   es   tarea   confiada   a   la  ‘…cordura, perspicacia y pericia del  juzgador’ (CVIII, 289), a  su     ‘discreta  autonomía’ (CXLVII, 52),  razón    por   la   cual,   el   resultado   de   ese   laborío   ‘no  es  susceptible de modificarse en  casación,  sino  a  través  de  la  demostración  de  un  evidente  error  de  hecho’ (CXLII, 218 Cfme:  CCXL, 491, CCXV, 567)”.   

                    “Sin  embargo,  a  ello no le sigue que el sentenciador, per se, tenga plena o  irrestricta  libertad para buscar la communis intentio de los contratantes, sino  que  debe  apoyarse  en  las  pautas  o  directrices  legales  que se encaminan,  precisamente,  a guiarlo en su cardinal tarea de determinar el verdadero sentido  y  alcance  de  las estipulaciones de las partes, de modo que pueda descubrir la  genuina   voluntad   que,  otrora,  las  animó  a  celebrar  el  contrato  y  a  identificar,  en  la  esfera teleológica, la finalidad perseguida por ellas, en  concreto  en  lo que concierne al establecimiento de las diversas estipulaciones  que,  articuladas,  integran  el contenido contractual, objeto de escrutinio por  parte de su intérprete”.   

                    “(….)”   

                    “(…)            Ahora  bien,  el  criterio  basilar  en  esta  materia –más   no   el   único,   útil  es  memorarlo-  es,  pues,  el  señalado  en  el  artículo 1618 del Código Civil,  según  el cual, ‘conocida  claramente  la intención de los contratantes, debe estarse a ella más que a lo  literal  de las palabras’,  en  cuya  puesta  en práctica sirve de fundamento, entre otras pautas o reglas,  la  prevista  en  el  inciso  final  del  artículo  1622  ib., a cuyo tenor las  cláusulas     de     un     contrato     se     interpretarán     ‘por  la  aplicación  práctica  que  hayan   hecho  ambas  partes,  o  una  de  las  partes  con  aprobación  de  la  otra’”.    

                    “Esa   búsqueda   –o  rastreo  ex post- de la intención común, por lo demás, no debe ser erradicada  por  el  hecho  de  que las palabras usadas por los contratantes reflejen, prima  facie,  claridad y precisión, pues no hay que olvidar que si la voluntad común  de  las  partes  es  diferente  y se conoce, a ella hay que plegarse más que al  tenor  literal,  el  que,  in radice, en precisas circunstancias, puede llegar a  eclipsar  y, por ende, desfigurar, la verdadera voluntad de los convencionistas,  ratio  medular  del  laborío hermenéutico. No en vano, como bien lo señala la  antigua   máxima,   ‘la  letra  mata,  y  el  espíritu vivifica’”.   

                    “El    mismo    artículo   1622   –ya  citado-  sienta  otras  reglas  más  de acentuada valía, como  aquella     que    prevé    que    ‘las  cláusulas  de  un  contrato se interpretarán unas por otras,  dándosele  a  cada  una  el  sentido  que  mejor  convenga  al  contrato  en su  totalidad’,  en  clara  demostración  de  la  relevancia  que  tiene  la interpretación sistemática y  contextual, brújula sin par en estos menesteres”.   

                    “O,  en  fin,  la  contemplada en el artículo 1621, que dispone que cuando no  aparezca    ‘voluntad  contraria,  deberá  estarse  a  la  interpretación  que  mejor  cuadre  con la  naturaleza  del contrato’,  sin  dejar de tener su propia fuerza y dinámica, en veces definitiva para casos  específicos,  la  asentada  en  el artículo 1620, según la cual, ‘el sentido en que una cláusula pueda  producir  algún  efecto,  deberá  preferirse  a  aquel  en que no sea capaz de  producir  efecto  alguno’,  lo  que  significa que si la interpretación de una cláusula puede aparejar dos  sentidos    diversos,    uno   de   los   cuales   le   restaría   –o    cercenaría-    efectos,    o  desnaturalizaría    el    negocio   jurídico,   dicha   interpretación   debe  desestimarse,  por  no consultar los cánones que, de antiguo, estereotipan esta  disciplina”.   

                                             (…)   

                 Y,  sin duda, en el presente asunto, la situación delineada por el  censor,  apareja  un  punto  anejo  a la interpretación de los contratos, pues,  para  el  actor,  las  deducciones  concedidas  (relacionados con: i) descuentos  base;   ii)   descuentos  por  información;  iii)  descuentos  por  número  de  vendedores;  y,  iv)  descuentos  por  programas  de  fuerza  de ventas, una vez  resultaban  acordados  y  concedidos,  no  podían  variarse  por la proveedora;  mientras  que  esta última consideró que dicha cláusula (sexta) no tenía ese  alcance.    Cualquier   disminución   porcentual   era   discrecional   de   la  demandada.   

                    Tratando de  vivificar  las  pautas relativas a la verdadera y real intención de las partes,  en  el  texto  del  documento,  una  de  las  primeras  guías  interpretativas,  encuentra  la  Sala  que  en el aparte final del mismo de la cláusula sexta, se  establece:  “Las  condiciones  en  que  podrán ser  otorgados  dichos  descuentos,  serán  informadas  al Distribuidor  por el  proveedor de tiempo en tiempo”.   

                     Redacción  que  refiere,  indistintamente, a todos los descuentos a que alude ese canon. La  expresión     “dichos    descuentos”,   no   puede   ser  considerada,  como  así  lo  pretende  el  recurrente,  referida  únicamente  al descuento por pronto pago, excluyendo las  otras  cuatro  (4)  hipótesis citadas primeramente, pues, de no haberse querido  involucrar  unos  y  otros,  así  lo  hubiese  indicado  el tenor memorado; sin  embargo,  no  existe  salvedad  alguna.  Dicha  cita  aparece  luego  de haberse  mencionado todos los descuentos y no uno en particular.   

                            Y  abandonando  esa  línea interpretativa,  implementando otro mecanismo para  enriquecer  la  conclusión  sobre  el  verdadero  querer  de  los  interesados;  tratando  de  encontrar  luces  sobre  el  tema  a  partir  de lo que las partes  ejecutaron  luego  de  perfeccionado  el  contrato,  como  refrendación  de  lo  concertado,  aparece  la  carta  que la distribuidora envió a la proveedora con  fecha 21 de mayo de 2002 (folios 337 a 339), en donde expresó:   

                                             “Se   entiende   que  cuando  se  establecen  estrategias  de  ventas  como  la  de  escalas  de descuentos en las  ventas,  el beneficio sea general, es decir, para el comercio, el distribuidor y  el  proveedor, sin embargo lo anterior garantiza un mayor volumen donde  se  está  viendo  beneficiado  solamente  el  proveedor,  y  el  comercio  en mayor  rentabilidad  en  la  venta  al consumidor final, pero no quien realiza la mayor  inversión   como   ocurre   en   este   caso  con  el  distribuidor”   

                                             “Ahora  bien, como he venido aplicando  los  descuentos  sugeridos de acuerdo a la escala, he tenido que aplicar en  un  80%  el  máximo  descuento,  o  sea  el  4%,  ya  que gracias a mi esfuerzo  logístico,   atención  personalizada,  he  ganado  un  posicionamiento en  Mayoristas (sic)  ….”.   

                    Lectura que  descarta  cualquier  duda en torno a los  descuentos por ventas realizadas,  en  cuanto  que  para  la  distribuidora  no  resultaba  extraño que los mismos  variaran,  a  tal  punto  que  en  la misiva reseñada precedentemente, se   trata  una  eventual  reducción en el margen de ganancias por esa disminución,  sin  embargo,  la demandante no refirió a ella como una cláusula extraña o un  comportamiento  abusivo y ajeno al contrato por parte de la demandada, sino como  un   problema   de   equilibrio   contractual  a  raíz  de  las  circunstancias  sobrevinientes.  Una  y  otra  situación  trasluce  orígenes  y  consecuencias  disímiles.   

                    En  ese  contexto,  la  interpretación  del acusador no refulge ajustada a los parámetros del contrato  ni  de  la ley; su percepción destella sólo eso, la personal forma de apreciar  el  contenido  del  documento  a partir de su texto literal y evaluado de manera  parcial,  más  no  aduce  elemento  alguno que informe sobre el alcance que las  partes  quisieron  brindar  a esa cláusula, menos con la contundencia necesaria  para  infirmar lo que reluce de la carta memorada. Bajo esa perspectiva, emerge,  entonces,  que  la  réplica  formulada  a  la  sentencia  emitida  proviene, en  estrictez,  no  de  un  error  del  fallador,  sino  de  una diferente manera de  concebir  el trabajo del Tribunal; es decir, la distribuidora no coincide con la  interpretación    que   el   ad-quem   prodigó  al  contrato  de  distribución  y,  en  particular, a la  cláusula  sexta  del  mismo. En todo caso, no constituye una trasgresión de lo  pactado por parte de la sociedad XXXXXXXXX.   

                   Corolario de  lo expuesto precedentemente, los cargos no prosperan.   

                        4.  No  obstante  la  acogida  parcial  de  la  acusación,  en la medida en que se hace  necesario  recaudar pruebas, la Corte, antes de emitir la sentencia sustitutiva,  dispone,  en  ejercicio de la facultad prevista en el artículo 375. 2 del C. de  P. C., la incorporación de la prueba que adelante se precisará.   

DECISIÓN  

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia  en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República  de  Colombia  y  por  autoridad  de  la  ley  CASA, parcialmente, la  sentencia  proferida  el  10  de  junio  de 2011, por la Sala Civil del Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  dentro  del  proceso  ordinario  promovido    por    la    sociedad    XXXXXXXXXXXXXXXXXXXX    XXXX    frente   a  XXXXXXXXXXXXXXXXX.   

         

                          Para  efectos  de  proferir  en  su  momento  la  sentencia  sustitutiva, se ordena la  práctica  de  una  prueba  pericial, por parte de un experto contable, para que  conceptúe sobre los siguientes aspectos:   

                    i)  El  volumen  de  ventas  del  cigarrillo  Marlboro realizadas por la actora,  durante   el   período    comprendido  entre  marzo  2003  y  marzo  2004;   

                   iii) Para el  mes  de  marzo  de  2004,  de  qué  infraestructura disponía la actora para el  cumplimiento de la labor de distribución del producto señalado.   

                       iv)  Si  partir  de  abril  de  2004,  la demandante tuvo que liquidar personal, realizar  algún  activo,  asumir  créditos  vinculados a su labor de distribuidora de la  mercancía  citada;  o,  dado  el  caso,  soportar  erogaciones  derivadas de la  terminación súbita del contrato que mantenía con la demandada.   

                      v) Si la  accionante   continúo   con   su  labor  de  distribuidora,  con  qué  persona  –jurídica  o  natural-  mantuvo  dichos vínculos; qué producto siguió distribuyendo y durante cuánto  tiempo.   

                      vi) Esta  última    actividad    qué    remuneración   le   generó   a   la   sociedad  XXXXXXXXXXXXXXXXXX,  y,  bajo  qué modalidad tenía lugar, es decir, porcentaje  sobre ventas,  sumas fijas, descuentos, etc.   

                      vii)  El  experto,   igualmente,   se   pronunciará  sobre  la  situación  económica  y  financiera  de  la  sociedad  demandante. De atravesar dificultades, indicar las  épocas y, de ser posible, las causas de las mismas.   

                      viii) El  concepto  que  el experto emita deberá reflejar mes a mes, a partir de abril de  2004, los factores económicos o porcentuales que lo determinen.   

                      Para  el  cumplimiento  de  esta tarea, se designa a XXXXX XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX, quien  hace  parte  del  cuerpo  de  auxiliares  de  la justicia, en la especialidad de  perito  contador, a quien, la Secretaría, conforme lo previene el artículo 9º  del  Código  de Procedimiento Civil, le hará conocer  su nombramiento. El  experto contará con quince (15) para la ejecución del encargo.   

                     Sin costas  en el recurso de casación por haber prosperado la impugnación   

NOTIFÍQUESE.   

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

FERNANDO GIRALDO GUTÍERREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

    

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