SC10297-2014 [2003-00660-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    REPÚBLICA DE COLOMBIA     

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

Magistrado Ponente  

SC10297-2014  

Radicación:  11001-31-03-003-2003-00660-01   

(Proyecto  discutido en sesiones de 4 y 5 de  marzo,  16  de abril, 22 de mayo, 4 de junio, 10 de octubre y 25 de noviembre de  2013,  24  de  febrero  y 5 de mayo de 2014; y aprobado en sala de 3 de junio de  2014)   

Bogotá D. C., cinco (5) de agosto de dos mil  catorce (2014).   

Decide  la Corte el recurso extraordinario de  casación  que  interpuso  la  parte  actora  contra  la  sentencia proferida el  treinta  de abril de dos mil diez por el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de Bogotá, dentro del proceso ordinario de la referencia.   

A. La pretensión  

Fernando  Augusto García Matamoros y Claudia  Marcela   Ortega  Rueda  promovieron  proceso  ordinario  en  contra  del  Banco  Granahorrar   S.A.  –este  último  en  calidad  de  cesionario  del  Banco Central Hipotecario–  para  que  se  lo declare civilmente  responsable  por el incumplimiento de las obligaciones derivadas del contrato de  mutuo  que  ellos  celebraron  con  la  entidad cedente, por haber abusado de su  posición  dominante  al reversar el alivio a que por ley tenían derecho; negar  la  cancelación de la hipoteca; afectar su integridad psíquica al someterlos a  constantes  cobros;  y  reportarlos  de  manera  arbitraria  en las centrales de  riesgo.   

Solicitaron, en consecuencia, se condene a la  referida     entidad    a    pagarles    los    perjuicios    patrimoniales    y  extrapatri-moniales  que se  indicaron en el libelo.   

B. Los hechos  

1. En junio de 1994  los  demandantes  celebraron  con  el  Banco  Central Hipotecario un contrato de  mutuo  con  intereses,  garantizado  con hipoteca, por la suma de $8.300.000 que  debía cancelarse en 180 cuotas mensuales bajo el sistema UPAC.   

          2.  El desembolso del crédito se realizó  en  agosto  de 1994, y desde el mes siguiente los deudores comenzaron a pagar su  compromiso.   

3. Durante toda la  vigencia  de  la  obligación los mutuarios tuvieron un comportamiento ejemplar,  estricto y puntual en el pago de las cuotas mensuales.   

4.   El 17 de  marzo  de  2000,  el representante legal del BCH les informó que como resultado  del   proceso  de  reliquidación  del  crédito  se  les  había  aplicado  una  disminución        de        $4’004.886,43   por  concepto  de  alivio  autorizado  por  la  Ley  de  vivienda. [Folio 45]   

5. El BCH cedió el  referido  crédito  al Banco Granahorrar, hecho que fue informado a los deudores  en   memorial   de   27  de  junio  de  2000.  [Folio  46]   

          6.  Para  septiembre  de  2000 el crédito  tenía     un     saldo     de    $9’986.116,29,   al   cual   se   hizo   un   abono  de  $9’900.000,   tal   como  consta  en  el  ‘aviso  de  vencimiento y  pago’ expedido por el BCH.  [Folio 50]   

          7.  Al  mes siguiente el saldo total de la  obligación había ascendido de $86.116,29 a $342.950,35.   

8. Sin protestar por  el  exagerado  aumento de la deuda, los deudores pagaron $345.000, es decir más  de la suma que debían. [Folio 49]   

          9.   A   pesar   de  haber  cancelado  la  obligación  en su totalidad, al mes siguiente esto es en noviembre de 2000, les  llegó  un extracto de crédito hipotecario en el que figuraba un saldo final de  $4’721.250.  [Folio 51]   

10. A partir de ese  momento  los  demandantes  rechazaron el cobro que se les estaba haciendo porque  la  entidad cesionaria no podía variar a su antojo las condiciones del crédito  ni reversar el alivio que había aplicado.   

11.   Ante  los  reclamos  por  ellos  elevados  y  la  solicitud de cancelación de hipoteca, la  demandada  solo  ofreció  respuestas  evasivas,  alejadas  de la realidad y sin  ninguna justificación legal.   

          12.  Desde  ese  momento  adelantaron  una  incesante  y  agotadora  lucha  para  que Granahorrar les aclarara su situación  crediticia,  frente  a lo cual solo obtuvieron como respuesta una molesta ola de  cobros  de  una  deuda  inexistente  que  los  sumió  en un constante estado de  zozobra,  intranquilidad,  angustia,  tormento  y  desasosiego  extremos, que se  tradujeron en un evidente daño moral.   

          13. El reporte negativo ante las centrales  de  información,  de  igual modo, afectó su buen nombre e historia crediticia;  les   impidió   acceder  a  créditos  con  otras  entidades;  obstaculizó  la  realización  de  negocios; y les generó pérdidas económicas que significaron  un ostensible daño patrimonial.   

14.   Ante  los  persistentes   reclamos   de   los   actores   y  en  virtud  de  la  actuación  administrativa  adelantada  por  la  Superintendencia  Bancaria,  esta  entidad,  mediante  oficio  de  15  de  agosto  de  2002, conminó a la demandada para que  aplicara  el  alivio  del  crédito  que  había reversado de manera unilateral,  recalcando  que “si el deudor hipotecario no eligió  el  crédito  sobre  el  cual quería que le fuera aplicado el abono”,  éste  debió  hacerse  “exclusivamente  sobre  aquél crédito  al  que  le  corresponda un abono de mayor cuantía”.  [Folio 157]   

          15.   A   pesar   de   lo   anterior,  la  institución  financiera  continuó  con  sus  abusivos  e infundados cobros que  afectaron  la  tranquilidad y las actividades comerciales de los demandantes; al  tiempo   que   los   reportó  como  deudores  morosos  ante  las  centrales  de  información.   

16.   Finalmente,  a  mediados  de  julio  de  2003,  los  pretensores  recibieron una  propuesta  de un funcionario del banco para que cancelaran el valor de $115.513,  que  fue  el  saldo  que  resultó después de haber aplicado un nuevo alivio de  $3.885.887.   

17. Los demandantes  realizaron  el pago de la suma mencionada el 23 de julio de 2003 y para la fecha  en  que  interpusieron  la  demanda  se  encontraban  aún a la espera de que la  institución  financiera  cumpliera con su obligación de cancelar la hipoteca y  retirar la información negativa de las centrales de riesgo.   

C.    El   trámite   de   la  primera  instancia   

1.   El   2  de  septiembre  de  2003  se admitió el libelo incoativo y se corrió traslado a la  parte demandada. [Folio 31]   

2.    En   su  contestación,  la  entidad  convocada  se opuso a las pretensiones y alegó las  excepciones    que    denominó    “ausencia   de  responsabilidad   del  Banco  Granahorrar  frente  a  los  supuestos  perjuicios  materiales  y  morales alegados por los demandantes”;  y   “pago   de   la  ley  de  vivienda”. [Folio 265]   

3. El Banco Central  Hipotecario,  en  su  condición  de  llamado en garantía, manifestó que no es  responsable   de   las   acciones  u  omisiones  de  Granahorrar.  [Cuaderno llamamiento]   

4. El 31 de julio de  2007  se  dictó sentencia de primera instancia que negó las pretensiones de la  demanda,  con  sustento  en  que  la  reversión  del  alivio  estuvo legalmente  justificada   y,   por   tanto,   no   hubo   incumplimiento  por  parte  de  la  demandada.   

5.   Contra  esa  decisión los demandantes formularon recurso de apelación.   

D.     La    sentencia    de    segunda  instancia   

El  30 de abril de 2010 el Tribunal Superior  del  Distrito Judicial de Bogotá confirmó la decisión de primer grado por las  razones  expresadas  en  esa  providencia,  entre  las  cuales  adujo  que está  demostrado  que  la  demandada  incumplió  sus  obligaciones  contractuales  al  reversar  el  alivio que se había aplicado al crédito sin el consentimiento de  los  deudores,  y  al  reportarlos como morosos en las centrales de información  sin  serlo.  No  obstante, consideró que no existe prueba de los perjuicios que  tal  proceder  les  pudo  haber  generado,  por  lo  que  finalmente  negó  las  pretensiones.   

II. LA DEMANDA DE CASACIÓN  

Contiene  cuatro cargos que serán resueltos  en  el  mismo  orden  en  que  se  formularon, de los cuales los dos últimos se  decidirán   de   manera   conjunta   por   compartir  similares  acusaciones  y  argumentos.   

1. PRIMER CARGO  

Con apoyo en la causal segunda del artículo  368  del  Código  de  Procedimiento  Civil, acusó la sentencia por no estar en  consonancia con los hechos y las pretensiones de la demanda.   

Para  demostrar  el reproche, afirmó que la  parte   resolutiva   de   la   providencia   del   ad  quem no armoniza con las consideraciones en que halló  su  explicación  y  razón de ser, pues si el Tribunal encontró probado que la  entidad  financiera  incumplió  sus  obligaciones  contractuales,  entonces  la  decisión   debió   concretase   al  reconocimiento  de  la  indemnización  de  perjuicios que se solicitó.   

“El  yerro  del  Tribunal   –agregó–  recae  exclusivamente sobre la parte resolutiva de la  sentencia,  no  en  el  examen  de  las consideraciones que le sirvieron a dicho  juzgador  como  motivos  determinantes  de su fallo, y el error se traduce en no  guardar  congruencia alguna entre aquélla y éstos.”  [Folio 16]   

CONSIDERACIONES  

          1.  De  manera  reiterada  esta  Corte  ha  sostenido  que  la  incongruencia  consiste  en un quebrantamiento de las formas  esenciales  del  procedimiento que se patentiza cuando la sentencia decide sobre  puntos  ajenos a la controversia, o deja de resolver los temas que fueron objeto  de  la  litis,  o  realiza  una  condena  más  allá  de lo pretendido, o no se  pronuncia  sobre  alguna  de  las  excepciones  de  mérito  cuando  es del caso  hacerlo.   

          El  reseñado  vicio  comporta  una  inejecución  de  los preceptos  procesales  que  establecen los límites dentro de los cuales debe desenvolverse  la  actividad  del juzgador. Por ello, la doctrina procesalista ha sostenido que  ese  error  se traduce en un verdadero ‘exceso     de     poder’   al   momento   de   proferir   el   fallo,  pues  el  juez  está  “desprovisto  del poder de pronunciar más allá de  los   límites   dentro   de   los   cuales   está  contenido  el  tema  de  la  controversia”.              (CALAMANDREI,  Piero.  La  Casación  Civil. Tomo II. Buenos Aires:  Editorial Bibliográfica Argentina, 1945. Pág. 266)   

          Sabido   es   que   el   proceso   civil   contiene   una  relación  jurídico–procesal   en  virtud  de  la  cual la actividad de las partes y el campo de decisión del juez  quedan vinculados a los términos de la demanda y su contestación.   

          “Los  hechos  y  las pretensiones de la  demanda,      y      las      excepciones     del     demandado     –tiene  dicho  esta  Corte–,  trazan  en  principio los límites  dentro  de los cuales debe el juez decidir sobre el derecho disputado en juicio;  por  consiguiente,  la  incongruencia de un fallo se verifica mediante una labor  comparativa  entre el contenido de lo expuesto en tales piezas del proceso y las  resoluciones  adoptadas  en  él,  todo  en  armonía  con  el artículo 305 del  Código  de  Procedimiento  Civil; de ese modo se podrá establecer si en verdad  el   juzgador   se   sustrajo,   por  exceso  o  por  defecto,  a  tan  precisas  pautas”.  (Sentencia  de  casación civil de 6 de julio de 2005. Exp.: 5214-01)   

          Y  en  igual  sentido  ha sostenido: “El  precepto  citado  fija  los  límites  dentro  de  los  cuales  debe el juzgador  desarrollar  su  actividad  decisoria,  en  forma  tal que si los desborda, bien  porque   concede   más  de  lo  pedido  por  los  litigantes,  o  provee  sobre  pretensiones  no deducidas por ellos, u omite la decisión que corresponda sobre  alguna  de las pretensiones o excepciones en los términos fijados por la norma,  incurre  en  un  error  de procedimiento, originado en la violación de la regla  mencionada,  que  le  impone el deber de asumir un específico comportamiento al  momento  de  fallar, yerro para cuya enmienda está instituida la causal segunda  de  casación,  mediante  la  cual  puede lograrse la simetría que debe existir  entre    lo    decidido    en   la   sentencia   y   lo   solicitado   por   los  contendientes”. (Sentencia  de Casación Nº 042 de 26 de marzo de 2001. Exp.: 5562)   

La  facultad jurisdiccional del sentenciador  al  momento  de  emitir su decisión se encuentra demarcada, entre otras normas,  por  el  artículo  305  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  a  cuyo  tenor  “la  sentencia deberá estar en consonancia con los  hechos  y  las pretensiones aducidos en la demanda y en las demás oportunidades  que  este  Código  contempla,  y  con  las excepciones que aparezcan probadas y  hubieren  sido  alegadas  si  así  lo  exige  la ley… No podrá condenarse al  demandado  por  cantidad  superior  o  por  objeto distinto del pretendido en la  demanda,   ni   por  causa  diferente  a  la  invocada  en  ésta…”   

          La  trasgresión  de las anteriores pautas de conducta por parte del  fallador  significa la incursión en una causal de incongruencia que -como puede  advertirse-  conlleva  un  error de procedimiento porque las referidas reglas no  señalan  al funcionario judicial cuál debe ser el sentido de su decisión sino  que,  por  el  contrario,  le  dictan  los  parámetros  que debe seguir para el  proferimiento del fallo.   

          En  ese  orden,  cuando  el  juez  infringe  el  primer  inciso  del  artículo  305 incurre en el vicio de inconsonancia por emitir una sentencia que  decide  sobre  puntos  ajenos a la controversia o deja de resolver los temas que  fueron  objeto  de la litis. Incurre, además, en incongruencia cuando desconoce  el  mandato  contenido  en  el segundo inciso de la citada disposición, esto es  cuando  condena al demandado por cantidad superior o por objeto o causa distinta  de    la    invocada    en    la    demanda   (ultra  petita     o     extra  petita).   

          La  aludida causal, en línea de principio, no puede invocarse sobre  la  base  de  haberse  decidido  de  manera  adversa a los intereses del actor o  cuando  el  resultado  del  proceso  no  satisface al impugnante si la decisión  –libre   de  excesos  o  abstenciones        respecto        de        las       pretensiones–  recae  sobre  lo que ha sido materia  del  pleito.  En  tales situaciones, naturalmente, mal podría entenderse que se  dejó  de  resolver  sobre  un  extremo  de la controversia o que se interpretó  equivocadamente   la   demanda   o   se   condenó  más  allá  de  lo  que  se  pretendió.   

No   obstante,   aún   en   la  sentencia  completamente   desestimatoria   de  las  pretensiones  se  puede  presentar  la  incongruencia  “cuando el juzgador se aparta de los  hechos  aducidos  por  la  partes  y  sólo con base en los que supone o imagina  procede    a    la    absolución.”   (Sentencia  de  Casación  Civil  de 26 de septiembre de 2000. Exp.  Nº   6388)  Dicho  de  otra  forma,  “…es  posible  enjuiciar a través de la  causal  de  incongruencia  la  sentencia  totalmente absolutoria, cuando ella se  profiera  con base en hechos distintos de los alegados en la demanda…”.            (Sentencia  de  11  de  abril de 1994); es  decir  cuando  lo  resuelto por el juez desconoce las pretensiones deducidas del  libelo o las excepciones formuladas en la contestación.   

          De  igual  modo la decisión absolutoria puede resultar incongruente  “cuando  declara  probadas  sin alegación de parte  cualquiera  de  las  excepciones  denominadas  por la doctrina como ‘propias’,  es  decir,  las  de prescripción,  nulidad   relativa  y  compensación”.  (Sentencia de 22 de abril de 2009. Exp.: 2000-624-01)   

2.  En el caso que  suscita  la  atención de la Corte, la sentencia acusada negó completamente las  pretensiones  de  la  demanda,  a  cuya  decisión  arribó  después  de  haber  considerado,  entre otras cuestiones, que no existe prueba de los perjuicios que  el incumplimiento contractual ocasionó al actor.   

          Luego,   fue   una  cuestión  eminentemente  probatoria  y  no  una  desarmonía  de  la parte resolutiva respecto de las pretensiones y excepciones,  lo que condujo al Tribunal a proferir su decisión.   

          De  hecho,  al  examinar  la  sustentación  del  cargo  aparece con  nítida  evidencia  su  absoluta falta de correspondencia con la causal alegada,  porque  se  tomó  como  base  de  la censura un motivo que la ley consagra para  enmendar    un   error   in   procedendo   –cual  es  la  inconsonancia  de  la sentencia con las pretensiones de la demanda o las  excepciones      del      demandado–,  en  tanto  que  el  desarrollo  del  ataque  se  circunscribió a  reprochar  un  supuesto error in judicando,   para   cuya   corrección   se   ha   establecido   una   causal  diferente.   

          “La  resultante de esta extraña manera  de     impugnar     la     sentencia    –tiene       establecido      esta  Corporación– es  un  hibridismo  que  pugna  con  el  elemental  postulado de la  técnica  del  recurso extraordinario, conforme al cual se atribuye autonomía e  individualidad   propia   a   cada  una  de  las  causales  de  casación,  cuyo  desconocimiento  al  formular  la  respectiva  demanda es razón suficiente para  rechazar   el   cargo  así  propuesto”.  (Sentencia  de  Casación  Civil de 28 de agosto de 1974. G.J. t.  CXLVIII, pág. 229)   

          En  efecto,  cuando  el juez comete errores en los razonamientos que  realiza  para  hallar  la  premisa  fáctica  o  la  normativa,  o para hacer la  correspondiente  subsunción  de  aquélla  en ésta, o cuando no obstante haber  realizado  la  correcta  inferencia  lógica  se  abstiene de declarar el efecto  jurídico  que  la  norma  consagra,  en  todos esos casos el eventual equívoco  consistirá en un error de juicio y no en uno de procedimiento.   

Tales  situaciones no pueden confundirse con  la  que se presenta cuando el sentenciador se aparta de los hechos, pretensiones  y  excepciones aducidas por las partes y que delimitan el litigio, pues mientras  esta  situación  está comprendida en la causal segunda de casación, aquéllas  solo pueden plantearse en el ámbito de la primera.   

          La    inconsonancia,    ha    dicho    la   Corte,   “no  autoriza  ni  puede  autorizar  a  entrar  en  el examen de las  consideraciones  que  han  servido  al juzgador como motivos determinantes de su  fallo,  porque  si  la censura parte de haber cometido el sentenciador yerros de  apreciación   en   cuanto   a   lo   pedido   y   lo   decidido,   ‘y  a consecuencia de ello resuelve de  manera  diferente  a como se le solicitó, no comete incongruencia sino vicio in  judicando,  que  debe ser atacado por la causal primera de casación’    (G.J.   CXVI,   84)”.  (Sentencia  de  7 de marzo de 1997.  Exp.: 4636)   

Desde  tal  perspectiva, es incontrovertible  que  no  existe la incongruencia que se atribuye a la sentencia por cuanto ésta  abordó  todas  las  cuestiones  que se plantearon en el pleito, y concluyó que  ante  la falta de prueba de uno de los elementos exigidos para el buen suceso de  la  acción  ejercida  en  la demanda se imponía la absolución de la parte que  fuera convocada a juicio.   

          En  consecuencia, si el recurrente pretendía rebatir la conclusión  a   la  que  llegó  el  Tribunal  respecto  de  la  necesidad  de  declarar  la  consecuencia  jurídica prevista en la norma porque se demostraron los supuestos  de  hecho  que  ella consagra, entonces debió dirigir su acusación por la vía  de  la  causal primera y no por la de la segunda, siendo esa confusión técnica  una razón suficiente para declarar el fracaso del cargo.   

2. SEGUNDO CARGO  

Con   fundamento   en   la   causal  primera de casación se acusó la  sentencia    por    violación   directa,  por  falta de aplicación, de los artículos 63, 669, 1494, 1495,  1602,  1603,  1604,  1608, 1610, 1613, 1614, 1615, 1616, 2221, 2432, 2440, 2438,  2457 del Código Civil, y 38 de la Ley 153 de 1887.   

Destacó  la  censura  que  el  ad  quem  no  abrigó duda respecto de la  responsabilidad   en   que   incurrió   la  demandada  por  violación  de  sus  obligaciones  contractuales,  por  lo  que  era  de  esperarse  que  aplicara la  voluntad  de  la  ley sustancial y declarara la indemnización de perjuicios que  ella  señala.  De  ahí que al omitir hacer ese pronunciamiento incurrió en un  error      iuris     in     indicando.   

CONSIDERACIONES  

1. Con sustento en  la  causal  primera  de  casación consagrada en el artículo 368 del Código de  Procedimiento  Civil,  una  sentencia  puede ser acusada de quebrantar normas de  derecho  sustancial,  bien  porque  el  Tribunal se equivocó sobre la cuestión  jurídica  sometida  a  su consideración, ora porque esa infracción se produjo  como  consecuencia  de  un  error  de  hecho manifiesto en la apreciación de la  demanda,  su contestación o una determinada prueba, o de un error de derecho en  la valoración probatoria.   

Se  trata  de  dos  maneras  completamente  diversas  de  violación  de  la  ley  sustancial,  pues  en  el  primer caso el  recurrente  acepta  a  plenitud las conclusiones fácticas a que hubiere llegado  el  sentenciador,  en  tanto  que  en  la  segunda hipótesis se discrepa de las  conclusiones  a que éste arribó en torno a los hechos sobre los cuales litigan  las partes.   

Sobre  tan  importante  distinción  en  el  ámbito de la causal primera, esta Sala ha precisado:   

“1.  Al  quebranto  del  derecho sustancial  puede  llegarse  por  dos  vías  o caminos diferentes, según que el desacierto  cometido  por  el  sentenciador dependa o no del examen probatorio. En el primer  evento  se  ha  dicho que la violación se produce de manera indirecta porque la  transgresión  de la ley queda sujeta a la constatación irregular de los hechos  por  parte  del  Juez, que solo de contragolpe conduce a su inaplicación o a su  aplicación  inexacta, en tanto que la vulneración se produce de manera directa  cuando  el  Juzgador  incurre  en  esas  mismas conductas o en la de interpretar  erróneamente  la  ley,  pero  en este caso con total prescindencia del problema  probatorio,  como cuando ignora la existencia de la norma o desconoce su validez  y  alcance;  supuestos  estos  en  los que se ha dicho que el error es puramente  jurídico,  por  oposición al primero que surge de la falsa apreciación de los  hechos.   

         “2.  Por  ser,  entonces,  el error jurídico y el probatorio dos  conductas  bien  distintas  y  perfectamente  delimitadas  del  Juzgador  en  la  violación  de  la  ley  sustancial,  la  jurisprudencia de esta Corporación ha  sostenido  reiteradamente  que ellas no se deben confundir y menos entrelazar en  una   misma   vía   o  camino  de  impugnación,  por  cuanto  ello  constituye  irregularidad  técnica  de  la  acusación que impide a la Corte ocuparse de su  desarrollo  y  a la casación de cumplir a cabalidad sus fines de nomofilaquia y  de      unidad      interpretativa      de     la     jurisprudencia”.  (G.J. t.  CCXLVI, Vol. II, pág. 1251)   

La  muy  acentuada  diferencia entre las dos  maneras  en  que  se  puede  producir  la  violación  de la ley sustancial debe  tenerse  en  cuenta  al  momento  de  formular  las  acusaciones contra el fallo  impugnado,  pues un ataque en casación sólo puede desvirtuar la argumentación  jurídica  y  probatoria  que  haya  expuesto  el  ad  quem  como  fundamento  de  su  decisión,  si  guarda  estricta correspondencia con ellas.   

“Débese  destacar, entonces, que además  de  estarle  vedado  al impugnante mixturar las dos formas de ataque en un mismo  cargo,  tampoco le es permitido acudir arbitrariamente  a  cualquiera de ellas, pues le será imperioso trazar la acusación por la vía  directa  cuando  no  existan  errores  de  hecho o de derecho en la apreciación  probatoria  imputables  al  juzgador,  de  modo  que  la  disconformidad  con la  sentencia  cuestionada deberá ubicarse, por fuerza, en el ámbito estrictamente  jurídico.  Por  el contrario, cuando la discrepancia con la decisión recurrida  se  anide  en sus fundamentos fácticos, deberá perfilar la censura por la vía  indirecta,  encontrándose impelido, en tal supuesto,  a  definir  clara y puntualmente la especie de error que le endilga al fallador,  es   decir,   si   es   de  hecho  o  de  derecho.”  (Sentencia  de  Casación  Civil  de  17 de agosto de  1999, Exp. 5170)   

2. Se ha evocado la  anterior  jurisprudencia  porque  es  incontrovertible que el recurrente empleó  una  vía  inadecuada para combatir la sentencia en la medida en que dirigió su  ataque  por  la  vía  directa,  imputando  la  inaplicación  de  varias normas  sustanciales,  cuando  la  sentencia  del Tribunal está sostenida en un aspecto  netamente probatorio.   

En  efecto,  el ad  quem   confirmó   el   fallo  absolutorio  del  juez  a  quo  porque  no  halló  acreditados  los  perjuicios  alegados  por  los demandantes; y ello obligaba al  censor  a  combatir  la sentencia impugnada en el mismo campo fáctico, mediante  la  demostración  del  supuesto  error  que  cometió el Tribunal al no dar por  probados,   estándolo,   los   daños  cuyo  resarcimiento  se  invocó  en  la  demanda.   

Por  tal  razón,  los  términos  en que el  recurrente  se  situó  para  impugnar  la  sentencia, no resultan eficaces para  lograr  el  quiebre  de  aquélla  y  tal  deficiencia impide la prosperidad del  cargo.   

3. TERCER CARGO  

Con base en la causal primera de casación se  denunció    la   violación   indirecta  de  los  artículos  1602  y  1616  del  Código  Civil; 5º de la  Declaración   Americana  de  Derechos  y  Deberes  del  Hombre;  17  del  Pacto  Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos; 11 de la Convención Americana  de  Derechos  Humanos; 15 de la Constitución Nacional, por falta de aplicación  de  los  artículos 174, 175, 176, 177 y 187 del Código de Procedimiento Civil,  como   consecuencia  de  error  de  hecho  respecto  de  varias  pruebas  que  demuestran que hubo un reporte  injustificado  a  las centrales de riesgo, cuya falta de apreciación condujo al  Tribunal  a  concluir que no existió el daño al buen  nombre.   

Manifestó  que  el  banco  reportó  a  los  actores  como  morosos  ante  las  centrales  de información sin que ello fuera  cierto,  lo  que  demuestra “el incumplimiento de la  obligación  de  no  hacer y el daño mismo al buen crédito del que gozaban sus  nombres,   siendo   legal   y   jurídicamente   procedente  la  correspondiente  reparación”.   

Considera el censor que el Tribunal erró en  la  elaboración  de  la  premisa  menor  del  silogismo  jurídico al pretender  encontrar,  entre  los  elementos  materiales  que  se  allegaron al proceso, la  convicción   de  la  existencia  del  daño  subjetivo,  como  si  éste  fuese  susceptible de ser apreciado de manera objetiva. [Folio 35]   

Para los impugnantes, el reporte negativo en  las  centrales  de riesgo causó un grave menoscabo a su buen nombre, siendo ese  aspecto  imposible  de  ser  demostrado  mediante  pruebas directas porque es un  asunto inmaterial y subjetivo.   

4. CUARTO CARGO  

Con apoyo en la causal primera de casación,  se       acusó       la       sentencia       de       violar      indirectamente los artículos 1494, 1612,  1613,  1614,  1616,  2341  y 2343 del Código Civil, 15 de la Constitución, con  violación  medio  de los artículos 174, 175, 176, 187, 194, 198, 200 y 210 del  Código    de    Procedimiento   Civil   como   consecuencia   de   error  de  hecho  en  el que incurrió el  Tribunal  por  no  haber  apreciado  las pruebas practicadas en el proceso y que  demuestran  la  existencia del daño moral.   

Uno  por  uno  se citaron los documentos que  corroboran  el  acoso  persistente  y  mortificante al que la entidad financiera  sometió  a  los demandantes, aún en horas inapropiadas, y que los sumió en un  constante  estado de angustia y molestias insoportables por el cobro de algo que  no debían.   

Si  el  Tribunal  hubiera  apreciado  tales  pruebas,  en suma, habría condenado a la reparación del daño moral que causó  la entidad demandada.   

CONSIDERACIONES  

          1.  Tanto  el cargo tercero como el cuarto  reprocharon  la sentencia de segunda instancia por no haber tenido en cuenta las  pruebas  que corroboran que los actores sufrieron un daño a su buen nombre y un  grave  menoscabo  moral, hechos que -según su criterio- ameritan la imposición  de  sendas  indemnizaciones  frente  a  cada uno de esos tipos de perjuicio, del  modo como fuera solicitado en las pretensiones.   

          Previo  a  abordar  el específico punto  en    el   que   se   sustentó   la   acusación,         concerniente,  como se dijo,    a   la  valoración  probatoria que  realizó  el  ad quem,  resulta pertinente examinar  algunos  temas  que  tienen      directa  relación  con  el litigio,  tales    como    la    noción   del   detrimento  extrapatrimonial   y  las  distintas  formas   en   que   suele   presentarse;   la  posibilidad  de  que  un  incumplimiento  contractual  genere  un  daño  de  ese  orden;   y  la   prueba   que   se   requiere   para   demostrar   esa   clase   de  perjuicios.   

          2.  El  estudio  del  daño  ha adquirido una importancia  cada   vez  mayor  en  los  últimos   tiempos,  al  punto   que  para  muchos  autores  el  análisis  de  ese  elemento  constituye  en  la  actualidad  el tema  central  de la responsabilidad civil, pues ya no se lo  examina   como   un   simple   asunto   accesorio  al factor de imputación, sino que se le concede todo el  protagonismo  que le otorgan  una  sociedad y una       cultura       jurídica  interesadas   en   la  reparación del     derecho    o    bien       vulnerado,  en el reconocimiento del valor de la  persona  humana,  en la reivindicación del nombre de  las  víctimas  y en la obtención de su perdón por  haber         resultado         agredida su  dignidad.   

         Por          ello,   desde  hace  algunas  décadas, la doctrina de esta Corte ha  venido      afirmando     que     “dentro  del  concepto  y  la  configuración de la responsabilidad  civil,  es  el  daño  un  elemento  primordial  y  el único común a todas las  circunstancias,  cuya  trascendencia fija el ordenamiento. De ahí que no se dé  responsabilidad  sin  daño  demostrado,  y  que  el  punto  de  partida de toda  consideración   en   la   materia,   tanto  teórica  como  empírica,  sea  la  enunciación,  establecimiento  y  determinación  de  aquél,  ante  cuya falta  resulta     inoficiosa     cualquiera     acción     indemnizatoria”.  (Sentencia de casación civil de  4 de abril de 1968)   

         En  términos  generales, el  daño  es  una modificación de la realidad que consiste en el  desmejoramiento         o        pérdida    de    las    condiciones  en  las  que  se  hallaba  una  persona o  cosa  por la acción de las fuerzas  de   la   naturaleza   o  del  hombre.  Pero   desde   el   punto   de  vista  jurídico,   significa  la  vulneración  de  un  interés  tutelado  por  el  ordenamiento legal, a  consecuencia  de  una  acción u omisión humana, que repercute en una lesión a  bienes   como   el   patrimonio    o    la   integridad   personal,  y     frente     al    cual    se    impone   una  reacción  a   manera   de   reparación   o,  al  menos,  de satisfacción  o  consuelo  cuando no es  posible      conseguir      la     desaparición     del     agravio.   

         3.  Durante  mucho  tiempo  se  consideró  que  para el  derecho  civil el único daño importante  y, por ello, objeto de protección, era el patrimonial; creencia  que  se  apoyó, tal vez, en la interpretación de la fórmula del jurisconsulto  Paulo  (siglo  III),  según  la cual “el  daño  y la condena se predican tanto de la privación como de  la    disminución    del   patrimonio”.            (Digesto,   Libro  XXXIX,  título  II,  Ley  3ª:  “Damnum  et  damnatio ab ademptione et quasi deminutione patrimonio  dicta sunt”)   

         Según  esta concepción, el objeto del  derecho       privado      se      circunscribía   a   la  protección     de  la realidad del comercio, el juego de intereses y el  reparto   de   bienes,   por   cuanto  forman          parte          de          un         patrimonio que tiende a satisfacer las  necesidades     de    su    dueño,    tanto    las    materiales    como    las  espirituales.   

         Sin      embargo,     ya    en   las   Siete   Partidas   redactadas   en   Castilla  durante  el  reinado  de Don  Alfonso  X  El  Sabio (1252-1284), quedó definido el  daño    como    ‘el  empeoramiento  o  menoscabo que home recibe en si mesmo o en sus cosas por culpa  de      otro’.  “El    daño   recaería,   así,   sobre   algo  extrapatrimonial  que  se  denomina  ‘el  hombre  en sí mismo’,  en contraposición a ‘las  cosas  del  hombre’,         que         era        lo        patrimonial”.            (Gastón  SALINAS  UGARTE,  Responsabilidad  contractual. Tomo II.  Santiago de Chile: Thomson Reuters, 2011. Pág. 672)   

         El    antiguo    derecho    francés,  por    su    parte,  recogió  la tradición romana de manera imperfecta,  porque  los  autores no tuvieron sino un conocimiento incompleto de las   antiguas  fuentes.  “Esa laguna los condujo a establecer  una  distinción  que  el  derecho  romano  no  había  hecho  jamás  entre  la  responsabilidad   delictual   y   la   responsabilidad  contractual.  Admitieron con bastante agrado  que,  en  la  primera  de las esferas, el daño moral daba  lugar   a   reparación.  (…)  Pero  en la esfera contractual, los antiguos autores franceses se negaron  categóricamente   a   admitir   la   reparación   del   perjuicio   moral:  el  incumplimiento  de  un  contrato no daba lugar al abono de daños y perjuicios a  favor  del  acreedor  sino  con  la  condición  de  que  este  último  pudiera  establecer   que  por  ese  hecho  experimentaba  un  perjuicio  económico.”  (MAZEAUD  y TUNC. Tratado teórico y práctico de la  responsabilidad  civil  delictual  y  contractual.  Tomo  I.  Buenos  Aires, 5ª  edición. Pág. 429)   

          A   comienzos   del   siglo   XX,   los   tratadistas   MAZEAUD        y        TUNC,  a partir de un análisis histórico  del  derecho,  se opusieron a la opinión de los antiguos intérpretes franceses  y,  en especial, a la de DOMAT  y  POTHIER,  para quienes el  incumplimiento   contractual   no   daba   lugar   a  indemnización  del  daño  moral.   

          En  tal  sentido,  los  primeros  comentaron  que, desde siempre, el  sentimiento  del  honor “era conocido en los tiempos  más  remotos;  sin  duda  alguna,  en  la  época  de  la venganza privada, los  atentados  contra  el  honor  se  reprimían  con mayor severidad que los daños  materiales”.  (Ibid. Pág.  428)   

          En      similar     sentido     anotó     Ihering:     “Cuando  la  espada  era  la llamada a  poner  término a las guerras de lo tuyo y de lo mío, cuando el caballero de la  Edad  Media enviaba el cartel de desafío, los que presenciaban la lucha podían  colegir  perfectamente que no se luchaba sólo por la cosa en su valor material,  por  sólo  evitar  una pérdida pecuniaria, sino que se defendía algo más, se  defendía   en   la   cosa  el  derecho  de  cada  uno,  su  honor,  su  persona  misma”.  (La lucha por el  derecho. Buenos Aires: Editorial Atalaya, 1947. Pág. 176)   

          Con  fundamento en el estudio de otro texto de Ihering, los hermanos  MAZEAUD   y   ANDRÉ  TUNC  señalaron:  “En  pocas  palabras,  la  jurisprudencia romana llegó en esto a la  idea  de  que,  en  la vida humana, la noción de valor no consiste solamente en  dinero;  sino  que, al contrario, además del dinero, existen otros bienes a los  que  el  hombre civilizado atribuye un valor y que quiere ver que los proteja el  derecho”.  (Op. Cit. Pág.  429)   

          En     ese     orden    –prosiguen          los         referidos         autores–   “son  numerosas  las  convenciones  que  interesan directa o indirectamente a nuestros  sentimientos,  a  nuestra  tranquilidad,  a  nuestra  salud  física  y moral, a  nuestra  consideración  y a nuestro honor”. Por ello  “no  existe  ninguna  razón  para tratar de manera  diferente  (…)  los  dos  órdenes  de  responsabilidad.  Todos los argumentos  invocados  a favor de la reparación del perjuicio extrapecuniario en materia de  responsabilidad  delictual  valen también cuando se trata del incumplimiento de  un  contrato.  Tanto  en  uno como en otro caso, el abono concedido por daños y  perjuicios     desempeñará     satisfactoriamente     su     papel.” (Ibid, 467)   

          En  época más reciente, la doctrina generalizada se inclina por la  posibilidad  de  resarcir  el daño extrapatrimonial derivado del incumplimiento  contractual,  a  cuya  conclusión  se  ha  llegado  luego  de considerar que el  concepto   de  perjuicio  comprende  tanto  el  daño  patrimonial  como  el  no  patrimonial,  los  cuales  deben  ser  resarcidos  en  su  totalidad, por lo que  “ninguna razón lógica o  jurídica  se  opone  a  que  en  materia  de  contratos se indemnice el agravio  inferido  al  acreedor,  al  igual  que  tratándose  de los hechos ilícitos en  materia  extracontractual,  ya  que los motivos que justifican este criterio son  unos  mismos  en  una  y otra hipótesis”.   (FUEYO  LANERI, Fernando. Instituciones de derecho civil moderno. Pág. 72)   

          Frente   a   este   mismo   tema,   el  autor  chileno  Gastón    SALINAS    UGARTE    refiere:  “el  moderno  derecho  de  daños  considera  la  necesidad  de  reparar,  no  sólo la esfera material del  mismo,  sino  todos los aspectos vinculados con la espiritualidad, afectividad y  dignidad     humana     en     consideración    a    ideales    humanistas    y  solidaristas…”  (Responsabilidad   civil   contractual.   Tomo  II.  Santiago de Chile: Thomson Reuters, 2011. Pág. 673)   

          Los  tratadistas  argentinos, a su vez, coinciden en la necesidad de  resarcir  el  daño  moral  ocasionado con el incumplimiento contractual, por la  sencilla  razón  de  que  en  el  ordenamiento  positivo  del país austral esa  indemnización  se  encuentra  expresamente  permitida.  A  tal  respecto  se ha  afirmado  que “un hecho ilícito no deja de ser tal,  ni  modifica su naturaleza, por la mera circunstancia de producirse ‘dentro’  de  una obligación prexistente que  resulta      incumplida,     o     ‘fuera’  de  ella.  En  uno y otro supuesto, el menoscabo espiritual derivado de la lesión a  un  interés  no  patrimonial  puede ocasionarse y merece la misma reacción del  ordenamiento  jurídico, orientada a restablecer el equilibrio alterado mediante  el     pertinente     resarcimiento”.  (Ramón  Daniel  PIZARRO. Daño moral.  Buenos Aires: Edit. Hammurabi, 1996. P. 173)   

          Un   argumento   similar   expone   TRIGO  REPRESAS,    quien    considera   que   “el  concepto  unitario del daño moral  determina  que  el  perjuicio sea el mismo, sea que provenga de un acto ilícito  como       del      incumplimiento      de      una      obligación”.  (Tratado  de  la  responsabilidad  civil.  Tomo  I.  Buenos Aires: Ed. La Ley, 2008. Pág.  494)   

          En  el  derecho  comparado,  existen  legislaciones  cuyos  códigos  civiles  no  se  han  pronunciado expresamente sobre la cuestión, dando lugar a  una  evolución  doctrinaria  y  jurisprudencial  que  se  muestra  favorable al  resarcimiento  del  daño  extrapatrimonial  contractual;  tal  es  el  caso  de  Francia,  España, Suiza, Chile y Brasil. Por otro lado, están aquellos cuerpos  normativos  que  han  admitido  la  procedencia  de esa indemnización de manera  expresa,  entre  los  que  se  cuentan  el  del  Líbano, Perú, Argentina, y la  provincia   canadiense  de  Quebec.  (Ramón  Daniel  PIZARRO. Op. cit. Pág. 181)   

          4.  Nuestra  jurisprudencia, por su parte,  desde  1922  reconoció que “tanto se puede dañar a  un  individuo menoscabando su hacienda, como infligiéndole ofensa en su honra o  en  su  dignidad  personal  o causándole dolor o molestia por obra de malicia o  negligencia  en  el  agente.”  Con  sustento en esas  consideraciones,   la   Corte  revocó  una  sentencia  que  había  negado  las  pretensiones  por  no  hallar  probado  que  el  actor  sufriera menoscabo en su  patrimonio  por  el hecho de la extracción de los restos de su finada esposa de  la  tumba  en  que  fue  sepultada; y, en su lugar, concluyó que al demandante,  “por el solo hecho de la  extracción  indebida  de  los restos de su esposa que él tenía depositados en  una  bóveda  de  su  propiedad,  se  le infirió por culpa de los empleados del  Municipio  un  daño moral  que  debe  ser  reparado,  a  la  luz  de los artículos 2341 y 2356 del Código  Civil…” (Sentencia de 21  de  julio  de  1922.  León  Villaveces contra Municipio de Bogotá) [Se resalta]   

          Si  bien  desde  entonces  no  hubo  problema  alguno  en admitir el  resarcimiento  del  daño  moral  derivado  de  la responsabilidad aquiliana, no  ocurrió  lo  mismo  en tratándose de  la indemnización de ese rubro como  consecuencia  del incumplimiento contractual, bajo el argumento de que esa clase  de  daño no estaba consagrada en nuestro ordenamiento civil, o simplemente, con  apoyo    en    la    doctrina   de   algunos   autores   franceses   del   siglo  antepasado.  (Sentencias  de  20  de febrero de 1945,  G.J.  LVIII, p. 613; 29 de octubre de 1945, G.J. LIX, p. 751; de 23 de noviembre  de   1954,   G.J.   LXXIX,   p.  669;  de  28  de  agosto  1959,  G.J.  LIX,  p.  748)   

          El  único  pronunciamiento  que  en  todo  ese  tiempo llegó a una  conclusión  diferente  fue el de 6 de julio de 1955, que condenó a un mandante  al  pago  de  los  perjuicios  morales  que  ocasionó  a  su abogado, por haber  incumplido  el  contrato  de  mandato.  (G.J. LXXX p.  658)   

          Sin  embargo,  el  panorama  jurídico  en  la  actualidad  es  bien  distinto,  y  aun  cuando  el  Código  Civil  no  menciona  de modo expreso tal  indemnización,  lo  cierto  es que tampoco existe en ese cuerpo normativo ni en  ninguna  otra disposición una prohibición al respecto y, por el contrario, sí  pueden  encontrarse  varios preceptos a partir de los cuales se logra inferir la  posibilidad de su reconocimiento.   

          A  partir de una interpretación sistemática del artículo 1613 del  Código  Civil,  éste  no puede seguir siendo entendido como un obstáculo para  el  reconocimiento del perjuicio extrapatrimonial derivado del incumplimiento de  un  contrato,  dado  que ese precepto no tiene un alcance restrictivo en materia  de   indemnización   y,   por  el  contrario,  sólo  cumple  una  función  de  orientación  para  establecer  la  condena  por el daño patrimonial, lo que no  significa  que  solo  esta  clase de perjuicio tiene relevancia en el ámbito de  las convenciones.   

          Es   más,   el   artículo   1615   señala   que   “se  debe  la indemnización de perjuicios desde que el deudor se ha  constituido  en mora”, sin limitar el resarcimiento a  los  daños patrimoniales; lo que de todas maneras no resultaría posible porque  el   artículo   16   de   la  Ley  446  de  1998  señala  que  “dentro  de cualquier proceso  que  se surta ante la Administración de Justicia, la valoración  de   daños   irrogados   a   las   personas   y   a   las  cosas,  atenderá    los    principios    de  reparación    integral    y   equidad  y  observará  los  criterios  técnicos  actuariales”;  sin  que  la  citada disposición introduzca diferencias en la  indemnización  en  razón  de  la  fuente  que  dio  origen  al  perjuicio. (Se  subraya)   

          Ello  significa  que  el juez tendrá que ordenar al responsable del  daño  la  reparación  plena  del  mismo,  que  en  materia  contractual  se traduce en el deber de colocar al  deudor  en  la  misma  situación  en  que  se habría hallado si el convenio se  hubiera  cumplido  a cabalidad, lo cual supone restablecer tanto las condiciones  económicas   como   las   personalísimas   que   resulten   afectadas  con  el  incumplimiento.   

          En  nuestra legislación mercantil, el artículo 1006 del Código de  Comercio   consagra   la   indemnización   del   daño   extrapatrimonial   por  incumplimiento  del  contrato  de  transporte:  “Los  herederos  del  pasajero  fallecido  a  consecuencia  de un accidente que ocurra  durante   la  ejecución  del  contrato  de  transporte,  no  podrán  ejercitar  acumulativamente  la  acción  contractual  transmitida  por  su  causante  y la  extracontractual  derivada  del perjuicio que personalmente les haya inferido su  muerte;   pero   podrán  intentarlas  separada  o  sucesivamente.  En   uno  y  otro  caso,  si  se  demuestra,  habrá  lugar  a  la  indemnización     del     daño    moral”.    (Se  resalta)   

          A  su vez, la jurisprudencia nacional ha reconocido tácitamente que  no  es el carácter contractual o extracontractual de la obligación lo que hace  posible  la  reparación  del  perjuicio  extrapatrimonial,  tal como ha quedado  plasmado  en  las  condenas  por responsabilidad derivada del incumplimiento del  contrato     de     prestación     de    servicios    médicos.    (Sentencias  de 12 de julio de 1994, G.J. t. CCXXXI Nº2470, p. 49;  5  de  octubre  de  2004,  Exp.:  6191;   17  de  noviembre  de 2011. Exp.:  1999-0053-01, entre otras)   

          De  manera  que  no  es la fuente de la que emana la responsabilidad  (contractual  o  extracontractual) el criterio que permite otorgar el pago de la  indemnización  integral  del  perjuicio,  dado  que  no  existe  una  necesaria  correlación  entre  la  patrimonialidad  de  la prestación y la naturaleza del  daño.   

          Por  el  contrario,  es la comprobación de un daño a la persona lo  que  da lugar al resarcimiento no patrimonial, con independencia de si tuvo o no  su  origen en un convenio que en principio pudo perseguir un beneficio netamente  económico.   

          “Con   estos  lineamientos  –tiene dicho  esta  Sala– la  naturaleza  patrimonial o no patrimonial del interés afectado,  no    determina    de    suyo    la    naturaleza    del   daño,   ‘porque  consecuencias  de  naturaleza  económica,  y  por  lo  tanto  un  daño patrimonial puede derivar, tanto de la  lesión  de  un  bien patrimonial, cuanto de la lesión de un bien de naturaleza  no        patrimonial       (…)’.”  (Sent. de  18 de septiembre de 2009)   

          Por   estas   razones,   nada  se  opone  a  que  un  incumplimiento  contractual  dé lugar al reconocimiento de una indemnización extrapatrimonial,  a  condición,  claro  está,  de  que  un  daño  de  esta especie se encuentre  demostrado.   

          5.  La  persona, por definición legal, se  encuentra  investida  de  una  serie  de  derechos  y facultades que le han sido  reconocidos  por  la  norma,  respecto  de los cuales se predica su titularidad.  Tales  derechos  técnicamente  se  conocen  como derechos subjetivos; luego hay  daño  a  la  persona cuando se agravia o menoscaba un bien que hace parte de la  esfera  jurídica  del  sujeto.  “El sujeto iuris es  summa  de  valores  disímiles  dignos  de reconocimiento y tutela, cuya lesión  entraña  la  responsabilidad  de  quien  lo  causa,  o  sea,  el deber legal de  repararlo”.  (Sentencia de  18 de septiembre de 2009. Exp.: 2005-406-01)   

          En  lo  que  toca con los distintos aspectos del daño a la persona,  esta  Corte,  desde  1968,  compartió  la  clasificación que hizo SCOGNAMIGLIO,  para  quien  la integridad  psicosomática  de  un  individuo  puede proyectarse de tres maneras diferentes:  i)   en   el   patrimonio;  ii) en la vida de relación;  y  iii)  en  la  psiquis del  sujeto o daño moral en sentido propio.   

Sobre   el   particular,   la   referida  jurisprudencia    señaló:    “la   lesión   a   la  integridad  sicosomática  de  la  persona  puede  repercutir  en el patrimonio de la misma, tanto en los  gastos  de  curación  o  rehabilitación, como en las ganancias ciertas que por  tal  motivo  ha  dejado  o  dejará  de  percibir,  y  también  manifestarse en  quebrantos  transitorios  o  definitivos,  más  o  menos  graves, en la vida de  relación  del  sujeto, e incluso proyectarse en sus sentimientos…” (…)   

“En  lo  relativo  al daño a la persona,  consistente  de  inmediato  en  un  desmedro  a  la integridad física o mental,  o  en  injuria  al honor, la libertad o la intimidad,  susceptibles de traducirse  en  las  anotadas consecuencias patrimoniales, de proyectarse en quebrantos a la  vida   de   relación   y   de  repercutir  en  el  equilibrio  sentimental  del  sujeto,  es  obvia  la  exigencia  de  demostración  inicial  de  la  específica  ofensa  de la que se asevera hanse desprendido las  consecuencias   cuya   reparación   se  demanda…”  (Sentencia  de  Casación  Civil  de  4  de  abril de  1968.    CXXIV,   pág.   63)  [Subrayas  de  la  Sala]   

          Tal  postura  significó un gran avance teórico para su época. Sin  embargo,  en  la  actualidad  ha sido objeto de revisión y complementación por  parte  de la doctrina y la jurisprudencia comparada, toda vez que hoy en día no  se  justifica catalogar ‘la  lesión   a  la  integridad  psíquica’  de  una persona, esto es a su interioridad moral, por ‘su       proyección’   en   el  patrimonio  u  otro  bien  jurídico tutelado por el derecho.   

          Desde  luego  que  el  daño  se clasifica por las consecuencias que  produce  y  no  por  las  causas que le dieron origen. De ahí que un daño a la  esfera   interna   del   sujeto  que  ‘repercute   o  se  traduce’  en  un detrimento patrimonial, es simple y llanamente un perjuicio  material  o económico, y no existe ninguna razón para confundirlo con el daño  a  la  persona.  Lo  contrario  supondría  retornar a la antigua categoría del  ‘daño      moral  objetivado’, superado por  la doctrina y la jurisprudencia desde hace varios lustros.   

          La   antigua   clasificación,   por  lo  demás,  limita  el  daño  extrapatrimonial  a  la  esfera interna del sujeto y deja por fuera de la tutela  judicial  efectiva  las  repercusiones  sociales  del  perjuicio no patrimonial,  tales  como  la  honra, la dignidad, la libertad y el buen nombre de la persona,  que   no  dependen  de  su  psiquis  o  interioridad,  ni  mucho  menos  de  las  consecuencias  nocivas  que  llegue  a  producir  en  otros bienes jurídicos de  inferior jerarquía.   

          Desde  esta perspectiva, y en contraposición al daño estrictamente  patrimonial,   el   perjuicio  extrapatrimonial  no  se  reduce  al  tradicional  menoscabo  moral,  pues  dentro del conjunto de bienes e intereses jurídicos no  patrimoniales  que  pueden  resultar  afectados  mediante  una conducta dolosa o  culposa  se  encuentran  comprendidos  aquéllos  distintos  a la aflicción, el  dolor,  el  sufrimiento  o la tristeza que padece la víctima. En este contexto,  son      especies      de      perjuicio     no     patrimonial     –además  del  daño  moral–  el  daño  a  la salud, a la vida de  relación,  o  a  bienes jurídicos de especial protección constitucional tales  como  la  libertad,  la dignidad, la honra y el buen nombre, que tienen el rango  de derechos humanos fundamentales.   

          Así  fue  reconocido  por  esta Sala en providencia reciente, en la  que   se   dijo   que   ostentan   naturaleza   no   patrimonial:   “…la   vida   de   relación,   la   integridad  sicosomática,  los    bienes    de   la   personalidad   –verbi  gratia,   integridad   física  o  mental,  libertad,  nombre,  dignidad, intimidad, honor, imagen, reputación, fama, etc.–,   o  a  la  esfera  sentimental  y  afectiva…” (Sentencia de  casación   de   18   de   septiembre   de  2009)  [Se  subraya]   

          Estas  subespecies  del daño extrapatrimonial no pueden confundirse  entre  sí,  pues  cada una de ellas posee su propia fisonomía y peculiaridades  que  las  distinguen  de las demás y las hacen merecedoras de tutela jurídica;  aunque  a  menudo suele acontecer que confluyan en un mismo daño por obra de un  único hecho lesivo.   

          Con  relación a la usual definición del daño moral, esta Corte ha  ratificado  que  “está circunscrito a la lesión de  la     esfera     sentimental    y    afectiva    del    sujeto,    ‘que   corresponde   a   la   órbita  subjetiva,       íntima      o      interna      del      individuo’  (sentencia  de 13 de mayo de 2008),  de  ordinario  explicitado material u objetivamente por el dolor, la pesadumbre,  perturbación  de  ánimo,  el  sufrimiento  espiritual,  el  pesar, la congoja,  aflicción,  sufrimiento,  pena,  angustia,  zozobra,  desolación, impotencia u  otros   signos   expresivos”,   que   se  concretan  “en  el  menoscabo  de  los  sentimientos,  de  los  afectos  de  la  víctima  y, por lo tanto, en el sufrimiento moral, en el dolor  que  la  persona  tiene  que  soportar  por  cierto  evento  dañoso”.  (Sentencia de Casación Civil de 18  de septiembre de 2009. Exp.: 2005-406-01)   

          El  daño  a  la  vida  de  relación,  por su parte, que en nuestra  jurisprudencia   ha   adquirido   un   carácter   distintivo,  ajustado  a  las  particularidades  de  nuestra  realidad  social  y  normativa,  fue  ampliamente  desarrollado  en  la sentencia de 13 de mayo de 2008, en la que se dejó sentado  que  “es  una noción que debe ser entendida dentro  de  los  precisos límites y perfiles enunciados, como un daño autónomo que se  refleja  en  la afectación de la actividad social no patrimonial de la persona,  vista  en  sentido  amplio, sin que pueda pensarse que  se  trata de una categoría que absorbe, excluye o descarta el reconocimiento de  otras     clases    de    daño    –patrimonial              o             extrapatrimonial–  que  poseen  alcance  y  contenido  disímil,  ni  confundirlo  con  éstos,  como  si se tratara de una inaceptable  amalgama  de  conceptos,  puesto  que una indebida interpretación conduciría a  que  no  pudiera  cumplirse con la reparación integral ordenada por la ley y la  equidad…”    (Exp.:  1997-9327-01) [Se subraya]   

          Para  precisar  el significado de esta noción, en el mismo fallo se  partió  de  la  jurisprudencia  elaborada  por  el Consejo de Estado sobre esta  clase  de  daño,  y  en  tal sentido se puntualizó cómo éste “no  consiste  en la lesión en sí misma, sino en las consecuencias  que,  en  razón  de  ella,  se  producen  en  la  vida de relación de quien la  sufre…”.   De  igual  modo  se  aclaró,  con  apoyo  en  la  doctrina,  que  “el daño a la vida de relación es conceptualmente  distinguible  del  patrimonial y del daño a la salud, y puede coincidir con uno  u    otro,    o    presentarse    cuando   ambos   están   ausentes”. (Ibid)   

          La  senda  que  retomó  la  Sala  en  la  pluricitada  sentencia al  “ocuparse  nuevamente  del  estudio  del daño a la  persona  y,  en  particular,  de  una  de  las  consecuencias  que de él pueden  derivarse,  cual es el daño a la vida de relación”,  no  se  agotó  en  este  preciso concepto, sino que a la luz de “las  circunstancias  que  se  derivan del  orden  constitucional  vigente,  y  la  preocupación  que,  desde  siempre,  ha  mostrado  la  Corte por adecuar su actuación a los cambios jurídicos, sociales  y  económicos,  y  garantizar  en  forma cabal y efectiva la observancia de los  derechos   fundamentales  de  las  personas”;  desde  aquél   momento   vislumbró   la   posibilidad  de  reconocer  “en  forma  prudente  y  razonada, nuevas  clases   de  perjuicios  resarcibles,  encaminados  a  desarrollar  el  mentado  principio de reparación integral y a salvaguardar los  derechos   de   las   víctimas,   como   ahincadamente  lo  impone  el  derecho  contemporáneo…”            (Ibid) [Se resalta]   

          De  manera  similar,  en  la  sentencia de 18 de septiembre de 2009,  esta  Corporación, al tratar una vez más el tema del daño moral, precisó que  éste  es  una  “entidad  separada e independiente,  cuyo  resarcimiento  es  diferente”,  es  decir  que  “su  reparación  es  singular e individual y no se  contiene  en  la  de  otros  daños”, “aún  en  la  hipótesis  de  provenir de la lesión concurrente de  otros  intereses,  por  ejemplo,  los derechos de la  personalidad,  la salud e integridad…” (Exp.:        2005-406-01)       [Se  destaca]   

          Los  anteriores referentes jurisprudenciales permiten deducir que el  daño  a  los  bienes personalísimos de especial protección constitucional que  constituyen  derechos humanos fundamentales, no encaja dentro de las categorías  tradicionales  en  que  se subdivide el daño extrapatrimonial, por lo que no es  admisible  forzar  esas  clases  de  daño  para  incluir  en  ellas una especie  autónoma   cuya   existencia   y   necesidad  de  reparación  no  se  pone  en  duda.   

De ahí que el daño no patrimonial se puede  presentar  de  varias  maneras, a saber: i)  mediante  la  lesión  a  un  sentimiento  interior  y,  por ende,  subjetivo  (daño  moral); ii)  como  privación  objetiva  de  la  facultad  de realizar actividades cotidianas  tales  como  practicar  deportes,  escuchar  música,  asistir  a espectáculos,  viajar,  leer, departir con los amigos o la familia, disfrutar el paisaje, tener  relaciones  íntimas,  etc.,  (daño  a  la  vida de relación); o, iii)  como  vulneración  a  los  derechos  humanos  fundamentales  como  el  buen nombre, la propia imagen, la libertad, la  privacidad    y    la    dignidad,    que    gozan   de   especial   protección  constitucional.   

          Las   dos   primeras   formas   de   perjuicio  han  sido  amplia  y  suficientemente     desarrolladas    por    esta    Corte.    El    menoscabo  a  los  bienes  jurídicos  personalísimos de relevancia  constitucional,  en  cambio,  aunque  se  ha enunciado  tangencialmente  por  la  jurisprudencia, no ha sido materia de profundización,  dado   que   hasta   ahora  no  se  había  planteado  ese  asunto  en  sede  de  casación.   

          De  suerte  que  es  ésta  la  oportunidad propicia para retomar la  línea  trazada  por  la  jurisprudencia  de  la  Sala y, especialmente, por las  sentencias   de   13   de   mayo   de   2008   (Exp.  1997-09327-01)   y   de  18  de  septiembre  de  2009  (Exp.  2005-00406-01),  con  relación  al tema del resarcimiento de las diversas subclases de perjuicios que  constituyen  el  daño a la persona o extrapatrimonial; y, en concreto, respecto  de  la  protección  en  materia  civil  de  los  bienes  jurídicos de especial  relevancia constitucional.   

          6.  El  artículo  1º de la Constitución  Política  consagra  que  el  Estado  colombiano  está  fundado “en   el   respeto   de   la   dignidad  humana,  en  el  trabajo  y  la  solidaridad  de  las  personas”  que  lo  integran y en la prevalencia del  interés general. (Se resalta)   

          A  su turno, el inciso 2º del artículo 2º de la Carta Fundamental  preceptúa  que  “las  autoridades de la República  están    instituidas    para   proteger  a  todas  las  personas  residentes  en  Colombia,  en  su  vida,  honra, bienes, creencias y  demás derechos y libertades…”   

Mientras  que  el  artículo 15 ejusdem   dispone  que  el  Estado  debe  respetar  y hacer respetar los  derechos  a  la  intimidad  personal  y familiar y al  buen nombre. (Se subraya)   

          Por  su  parte, el artículo 5º de la Declaración Americana de los  Derechos  y  Deberes  del  Hombre reconoce que “toda  persona  tiene  derecho  a  la protección de la ley contra los ataques abusivos  a   su   honra,   a   su  reputación  y      a     su     vida     privada     y     familiar”.   

          A  su  vez,  el artículo 17 del Pacto Internacional de los Derechos  Civiles  y  Políticos  señala:  “Nadie  puede ser  objeto  de  injerencias  arbitrarias  o abusivas en su vida privada, en la de su  familia,  en su domicilio o en su correspondencia, ni  de  ataques  ilegales  a  su honra y reputación. Toda  persona  tiene derecho a la protección de la ley contra esas injerencias o esos  ataques.”   

          Deviene,  entonces, incuestionable que tanto la Carta Política como  los    instrumentos    internacionales   que   hacen   parte   del   bloque   de  constitucionalidad  ordenan  la  protección de los derechos fundamentales de la  persona  humana,  tales  como  la  integridad  psicofísica,  la  honra, el buen  nombre,  la  intimidad,  la  libertad,  que  no  son  más  que  desarrollos del  principio  del  respeto a la dignidad en el que se soporta nuestro Estado Social  de Derecho.   

          La  dignidad del ser humano es una idea a la que apenas daban cierta  importancia  los  sistemas  de  derecho  civil  decimonónicos. Sin embargo, con  posterioridad   a   la   segunda   posguerra   pasó  a  ocupar  el  centro  del  constitucionalismo   occidental   sobre   el   que   se  apoya  la  mayoría  de  ordenamientos   jurídicos   contemporáneos  y  por  el  cual  éstos  últimos  adquieren  su  razón  de ser. La persona humana como fin en sí mismo significa  ahora  no  sólo  el bien más preciado sino el único bien absoluto, por lo que  no otra sino su defensa es el propósito primordial del derecho.   

          El  constitucionalismo  se  convirtió  de  ese  modo  en  el  nuevo  paradigma  del orden jurídico, cuyo influjo ha repercutido en las demás áreas  del  derecho  positivo,  incluido el derecho civil, naturalmente, que además de  la  función  que  tradicionalmente ha cumplido como regulador de las relaciones  privadas,    asume    ahora    un    carácter   protector   de   los   derechos  inalienables.   

          La  defensa  de las garantías fundamentales, por tanto, no se agota  en  la  jurisdicción  constitucional  ni se limita al ejercicio de las acciones  constitucionales,   sino  que  es  el  propósito  de  todo  el  establecimiento  jurídico  entendido  como  un  sistema  unitario  sustentado en el respeto a la  dignidad humana.   

          Así  lo  ha  aclarado  la  jurisprudencia  nacional al expresar que  “la  intimidad,  el  buen  nombre  y  la  honra son  derechos  constitucionalmente  garantizados,  de  carácter fundamental, lo cual  comporta,  no  sólo  que  para  su protección se puede actuar directamente con  base  en  la  Constitución cuando a ello haya lugar, a través de la acción de  tutela,  sino  que, además, de las propias normas constitucionales se desprende  la  obligación  para  las  autoridades de proveer a su protección frente a los  atentados arbitrarios de que sean objeto.   

          “Esto  es, resulta imperativo conforme a la Constitución, que el  Estado  adopte  los  mecanismos  de  protección  que  resulten  adecuados  para  garantizar  la  efectividad  de  los  mencionados  derechos,  y  ello implica la  necesidad   de   establecer   diversos   medios  de  protección,  alternativos,  concurrentes  o subsidiarios, de acuerdo con la valoración que sobre la materia  se    haga   por   el   legislador.”   (Corte Constitucional. Sentencia C-489/02)   

          Desde  esta nueva óptica, ya no resulta posible concebir el derecho  civil  como  un conjunto de normas con significado netamente patrimonial, porque  la  protección  de los intereses superiores de los ciudadanos hace necesaria la  intervención  del derecho privado cuando aquéllos resultan vulnerados, pues de  otro  modo  la tutela de los bienes jurídicos protegidos por la Constitución y  por   las  disposiciones  internacionales  que  declaran  derechos  humanos,  no  lograría  hacerse  del  todo  efectiva  y  quedaría relegada al ámbito de las  buenas intenciones.   

          De   ahí   que   las   normas  constitucionales  que  consagran  la  inviolabilidad  de  los  derechos  fundamentales deben ser objeto de protección  y   exigibilidad  en  el  campo  del  derecho  civil,  es decir que si esos  derechos   realmente   son   inalienables  y  constituyen  intereses  jurídicos  tutelados  por  el ordenamiento positivo, entonces tienen que ser resarcibles en  todos los casos en que resulten seriamente vulnerados.   

          Sólo  en  este  contexto  cobra  significado la figura que se viene  analizando,    y    con    base   en   esta   nueva   concepción   –      más      normativa      que  filosófica–  es  posible  definir  el  daño  a  los  bienes  esenciales  de la personalidad, subjetivos o  fundamentales,  como el agravio o la lesión que se causa a un derecho inherente  al  ser humano, que el ordenamiento jurídico debe hacer respetar por constituir  una manifestación de su dignidad y de su propia esfera individual.   

          Con  todo,  la  defensa  del principio supremo de la dignidad humana  mediante  el  resarcimiento  integral del perjuicio que se ocasiona a los bienes  más  preciados para el individuo, es una institución del derecho civil, y como  tal,  requiere  para  su  concesión  del cumplimiento de los requisitos de esta  clase de responsabilidad.   

De    hecho,   las   profundas   raíces  iusprivatistas  de  esta  figura  se  evidencian  en  su  condición  de derecho  personalísimo,  es  decir  que  su  reclamo  solo  puede  ser ejercitado por su  titular, y no puede transmitirse ni enajenarse a otras personas.   

Otra  característica  propia  del  derecho  privado  es  que  la  protección  judicial  se  concreta  en una indemnización  pecuniaria,  a diferencia del amparo constitucional cuya protección consiste en  “una  orden  para  que  aquel  respecto de quien se  solicita  la tutela, actúe o se abstenga de hacerlo”  (artículo     86     de     la     Constitución  Política),     a     fin     de    “garantizar  al  agraviado  el pleno goce de su derecho, y volver al  estado    anterior   a   la   violación,   cuando   fuere   posible”  (artículo  23  del  Decreto 2591 de  1991).   

          Tal  protección,  sin  embargo,  para que sea eficaz, presupone que  esta  clase  de  daño  guarde  correspondencia con los valores del ordenamiento  jurídico  que  le  imprimen  sentido  y coherencia al sistema, lo que impone la  necesidad  de  delimitar  la  extensión del resarcimiento; es decir que se debe  discernir  entre  los  padecimientos  que  son  dignos de tutela civil y los que  deben  quedar  al  margen  de  ella,  pues de lo contrario se corre el riesgo de  incurrir  en  una  peligrosa anarquía conceptual que banalice las conquistas de  la  responsabilidad  civil  y  borre los límites entre lo que es jurídicamente  relevante y lo que constituye simples bagatelas.   

          7.  La atención debe centrarse, entonces,  no  en  la  posibilidad  de  admitir  la  indemnización  del daño a los bienes  personalísimos   protegidos   por   la   Constitución   y   por  los  tratados  internacionales  que reconocen derechos fundamentales, como categoría autónoma  perteneciente  al  género  de  los  perjuicios  extrapatrimoniales –pues  su  existencia hoy en día no se  pone  en  duda–;  sino en  precisar  en  qué  casos  resulta viable su concesión, con el fin de evitar un  pago  doble  o  exagerado  de  una  misma consecuencia nociva que tiene su causa  adecuada en un único evento.   

          Cabe  advertir que el problema de la acumulación de prestaciones de  carácter  extrapatrimonial  no  genera  el  mismo  tipo de interrogantes que se  presentan  en  tratándose  de  perjuicios  patrimoniales,  pues  frente a estos  últimos  la  cuestión  gira en torno a la prohibición de pagar al damnificado  una cifra que excede el resarcimiento pleno del perjuicio sufrido.   

          La  indemnización  del daño patrimonial tiene como fin remediar el  detrimento  económico  sufrido por la víctima, por lo que una condena excesiva  puede  ser  fuente de riqueza o ganancia injustificada. La reparación del daño  no  patrimonial,  por  el  contrario,  no  cumple  una  función resarcitoria en  sentido  estricto,  pues  ningún bien material es equiparable al valor absoluto  de la dignidad humana, el cual es, por lo tanto, irremplazable.   

          De  manera  que,  por  regla general, el desagravio del perjuicio no  patrimonial  carece  de  la  virtualidad de producir un enriquecimiento injusto,  pues   los   bienes   jurídicos  inherentes  a  la  persona  humana  no  tienen  equivalencia  en dinero. Luego, si la medida de satisfacción que se reconoce no  lleva  implícito  un provecho económico sino más bien de simple consolación,  satisfacción  o  compensación,  entonces  es  desacertado afirmar que la misma  puede dar lugar a cualquier tipo de lucro.   

          El  dinero  no es en estos casos una estimación del bien conculcado  porque  simplemente  cumple  la  función  de  contribuir  a  la adquisición de  satisfacciones  o  sensaciones  placenteras que atenúen la pérdida del bien no  patrimonial,  aunque no siempre esos mecanismos sustitutivos resultan aptos para  anular  o hacer desaparecer las consecuencias adversas a las que haya dado lugar  el hecho lesivo.   

          Por  esas  razones,  técnicamente  no es un lucro o ganancia lo que  puede   derivarse   de   una   indebida   acumulación   de  indemnizaciones  no  patrimoniales,  porque  la  aludida  circunstancia  solo  tiene  la  aptitud  de  engendrar   una   irrazonable   o   injustificada   complacencia,   lo  cual  es  sustancialmente distinto.   

          La  pauta  de  esta  justa  proporción  la  marca  el  criterio  de  razonabilidad  del  juez,  pues  es esa noción intelectiva la que le permitirá  determinar  en  cada  caso  concreto si la medida de satisfacción que otorga en  razón  del  daño  a la persona es equitativa, suficiente, necesaria y adecuada  para  consolar  a  la víctima por la pérdida de un bien inestimable en dinero,  para  reivindicar  su  derecho fundamental y para reparar el agravio o la ofensa  infligida a su dignidad.   

          El  juzgador  deberá  considerar,  en  primer  lugar,  que no es el  desconocimiento   de   cualquier   interés   personal   el   que  justifica  el  resarcimiento  integral en los términos del artículo 16 de la Ley 446 de 1998,  porque  el  tipo  de daño que se viene analizando solamente se configura cuando  se  violan  ciertos  derechos  fundamentales  que comprometen de modo directo la  dignidad,  tales  como la libertad, la intimidad personal y familiar, la honra y  el buen nombre.   

          Este  daño, entonces, debe ser de grave entidad o trascendencia, lo  que  significa  que  no  debe  ser  insustancial o fútil, pues no es una simple  molestia  la  que constituye el objeto de la tutela civil. Naturalmente que toda  persona,  en  tanto  pertenece a un conglomerado social y se desenvuelve en él,  está  llamada  a  soportar  desagrados o perturbaciones secundarias ocasionadas  por  sus  congéneres  dentro  de ciertos límites, no siendo esas incomodidades  las  que  gozan  de relevancia para el derecho; pues es claro que prácticamente  cualquier  contingencia  contractual  o  extracontractual apareja algún tipo de  inconvenientes.   

          De  igual  manera el fallador habrá de examinar si el resarcimiento  que  se  reclama por concepto de daño a un bien esencial de la personalidad, se  halla  comprendido  en  otro rubro susceptible de indemnización, como puede ser  el  perjuicio patrimonial, el moral, a la salud, o a la vida de relación; a fin  de    evitar    en    todo   caso   un   doble   resarcimiento   de   la   misma  obligación.   

          Así,  por  ejemplo,  si  el  daño  al  buen nombre coincide con la  afectación  del  patrimonio  de la víctima, y en la demanda se reclaman sendas  indemnizaciones,  entonces  no  será posible conceder ambas pretensiones porque  en  tal  caso  se  estaría  en  presencia del mismo perjuicio, imposible de ser  reparado  por  partida  doble,  dado  que uno converge en el otro. Lo mismo cabe  predicar  de  aquél  frente  al  daño moral o a la vida de relación cuando no  aparezcan claramente diferenciados.   

          No   obstante,   es  posible  que  el  quebranto  de  los  intereses  superiores  de  carácter  personalísimo coexista con otro tipo de daño cuando  cada  uno  de  ellos  tiene  su  causa  adecuada  en  una conducta distinta y no  confluye en un único perjuicio.   

          Como  también  puede  ser  que  el  actor  únicamente  reclame  la  indemnización  del daño a los bienes jurídicos esenciales al individuo porque  su  interés  se  centra  en  la  reivindicación de su dignidad, más que en el  resarcimiento  de  un  padecimiento  interior  a  su  psiquis,  de  un  eventual  detrimento patrimonial, o de un menoscabo a su vida de relación.   

En  tales  eventos,  mal  podría negarse la  reparación  civil  de  una  garantía  fundamental  por  el hecho de no haberse  demostrado  su  repercusión en la lesión a un bien de inferior raigambre, pues  de  lo  contrario  la  tutela  efectiva  civil  no  se  predicaría del interés  superior,  sino  de  otros  que podrían ser, incluso, incidentales al perjuicio  que se causa a un derecho de carácter personalísimo.   

          Ello  quiere  decir  que  la  vulneración  a  un interés jurídico  constitucionalmente  resguardado  no  deja  de ser resarcible por el hecho de no  tener  consecuencias  en  la  afectación de otros bienes como el patrimonio, la  vida  de relación,  o la esfera psíquica o interior del sujeto; y, por el  contrario,  solo  debe  negarse su reparación cuando se subsume en otro tipo de  perjuicio  o  se  identifica  con  él,  a fin de evitar un pago múltiple de la  misma prestación.   

          Puede  decirse, en síntesis, que existen ciertos parámetros que no  constituyen  una  limitación  al  libre  arbitrio  del  juzgador,  pero  que es  aconsejable  tener  en  cuenta a fin de evitar que se indemnicen situaciones que  no  lo  merecen. Así, por ejemplo, hay que evaluar si el hecho lesivo vulnera o  no  un  interés  jurídico  que goza de especial protección constitucional por  estar  referido  al  ámbito  de  los derechos personalísimos; si ese perjuicio  confluye   o  converge  en  otro  de  dimensiones  específicas  como  el  daño  patrimonial,  el  moral,  a la salud o a la vida de relación, de tal suerte que  se  presenten  como  una  misma  entidad;  o si, por el contrario, es posible su  coexistencia  con  esos  otros  tipos  de  daños por distinguirse claramente de  ellos  o tener su fuente en circunstancias fácticas diferenciables; entre otras  particularidades  imposibles  de  prever  de manera apriorística, dado que solo  las  peculiaridades de cada caso permiten arribar a la decisión más equitativa  y ajustada a derecho.   

          8.  En  los  cargos  que  se  analizan, se  acusó  la sentencia por no reconocer la indemnización de dos especies de daño  que  -en  criterio  del  casacionista-  tuvieron  causas adecuadas distintas: la  lesión al buen nombre y el perjuicio moral.   

          En  efecto,  la  situación  generadora del menoscabo al buen nombre  (cargo  tercero), como bien jurídico que goza de protección constitucional, se  hizo  derivar  del  reporte  injustificado  a  las  centrales  de  información;  mientras  que el hecho que dio origen al detrimento moral (cargo cuarto), según  fuera  expuesto  por  los actores, consistió en haberlos sometido durante mucho  tiempo  a  constantes zozobras, angustias y vejámenes por el cobro frecuente de  una obligación inexistente.   

          En  verdad  que  ambas  situaciones  son perfectamente distinguibles  porque  no están vinculadas por una relación de causa a efecto, ni converge la  una  en  la  otra.  De  hecho, bien pudo darse el caso de que el banco reportara  ilegalmente  a  los  demandantes  sin  someterlos durante más de dos años a un  cobro  de  lo  que  no debían; como también pudo haber ocurrido que la entidad  financiera  exigiera indebidamente el pago de una suma de dinero sin realizar el  reporte negativo a las centrales de información.   

          Pero  la  queja  de  los  actores  radica,  precisamente,  en que el  incumplimiento  de  las  obligaciones contractuales por parte de la institución  crediticia  les causó las dos clases de daño, pues deliberadamente vulneró su  buen  nombre  al  reportarlos  negativamente en las centrales de información, y  con  grave  culpa  lesionó  su  tranquilidad  y  paz interior, más allá de lo  jurídicamente  soportable,  al acosarlos durante largo tiempo mediante el cobro  insistente de algo que no debían.   

          Lo  anterior  deja  en  evidencia  no  sólo  la  viabilidad sino la  necesidad  de  conceder  ambos  tipos de indemnización, toda vez que los daños  que  se  reclamaron  tuvieron  causas  adecuadas  distintas  y lesionaron bienes  jurídicos  absolutamente diferentes, sin que uno de ellos llegara a converger o  identificarse con el otro.   

          8.1.   Una   vez   aclarados  los  puntos  precedentes,  solo  resta analizar el medio de prueba que corresponde a cada una  de  las  indemnizaciones  que  se  reclaman  en  los  cargos  tercero  y cuarto,  respectivamente,  pues solo así se logrará establecer si en verdad el Tribunal  erró  por  no tener en cuenta las probanzas que demuestran la existencia de uno  y otro tipo de daño.   

          A   tal   propósito   resulta   pertinente   memorar   que  si  las  indemnizaciones  que se reclaman son de naturaleza extrapatrimonial –como  se  alegó  en  el  caso  que se  analiza–,   porque   se  produjo  un  daño  a  un  bien jurídico personalísimo que goza de protección  constitucional  y una grave lesión a la esfera moral de las víctimas, entonces  la  prueba  que  acredite  la existencia de ambos perjuicios debe ajustarse a la  naturaleza de cada uno de ellos.   

         8.2.   En  cuanto  al  menoscabo  del  derecho  al  buen  nombre,  hay  que  admitir que el  daño   se  configura  cuando  se demuestra la  violación  culposa de ese  bien   jurídico,   sin   que   se   requiera   la  presencia  de  ninguna  otra  consecuencia.              Es     decir    que    una     vez    acreditada             la  culpa    contractual  y     la   vulneración   de   la  garantía                fundamental    como    resultado         de        ese  incumplimiento,  se  tiene  por     comprobado     el             detrimento      al     bien        superior    que    es    objeto    de    la    tutela    civil,  y en ese  momento   surge  el  interés  jurídico   para  reclamar  su  indemnización,  porque           el           daño            resarcible    se    identifica   con  el    quebranto   que   sufre   el   derecho  de      estirpe      constitucional.   

         Lo  anterior por cuanto –se        reitera–   el  objeto  de  la  tutela  judicial  efectiva  civil  en  este  específico  evento es el derecho fundamental al buen  nombre   en  sí  mismo  considerado,  y  no  la  afectación de otros bienes  jurídicos  tales  como  el  patrimonio,  la integridad psíquica o moral,  o  la  vida  de  relación del  sujeto.   

         En   el   caso   que   se   analiza,   el   Tribunal  tuvo  por  demostrado  el incumplimiento del contrato de mutuo por  culpa   de   la  entidad  financiera.  A  tal  punto  expresó:  “…para la  Sala  es  claro  que existió por parte de la entidad demandada, desconocimiento  absoluto  de  una  situación  fáctica  consolidada  a  favor  de  los deudores  (demandantes),  concretamente en relación al alivio aplicado previamente por la  cedente  del  crédito  (…),  en  un acto que, con abierta independencia de la  legalidad  de la decisión, desconoció el principio del respeto al acto propio,  pues  contrario  a  la  realización de una actuación unilateral y automática,  debió  acudir  bien  al consentimiento de los deudores, a efectos de proceder a  la  referida  reversión,  en caso de observar que el mismo no era procedente de  cara  a  la citada legislación, o ya, a la correspondiente acción judicial que  le faculta para proceder en esos términos.   

         “(…)   

         “Siendo  ello  así, resulta claro que la pasiva incurrió en el  incumplimiento  pregonado  por  los demandantes, sin que puedan abrirse paso las  defensas  enfiladas,  que  se  centran  en  la  ausencia de responsabilidad, por  cuenta   del   contenido   del   contrato  de  cesión  celebrado…” [Folio 36, cuaderno 3]   

         El  anterior  aspecto  no fue desvirtuado en casación, por lo que  no   existe  reparo  alguno  respecto  del  incumplimiento  contractual  en  que  incurrió      la     demandada.     Recuérdese  que  el  punto  objeto de  debate    se   centró  únicamente     en  la  prueba  del perjuicio sufrido, que con relación  al    menoscabo    al    buen   nombre,  se  halla  acreditado  en  el  proceso, tal como se demostró  en la formulación del cargo  tercero.   

         En   efecto,   a  folio  188  del  cuaderno  principal  reposa  certificado  de  la  CIFIN,  en  el  que  aparece  el  reporte  negativo por parte del Banco Granahorrar por  mora en el crédito de vivienda que es objeto de este proceso.   

         El  mencionado  informe  se expidió el 7 de noviembre de 2002, es  decir  dos  años  después  de  que los mutuarios cancelaran la totalidad de la  deuda  [folio  49],  y tres meses con posterioridad al  momento  en  que  la entonces Superintendencia Bancaria conminara a la demandada  para  que  aplicara  el  alivio  del  crédito  que  había  reversado de manera  unilateral. [F. 157]   

         Pero  el  aludido  perjuicio  no culminó en esa época, sino que,  cual   lo  muestra  el  reporte  emitido  por la CIFIN el 3 de febrero de 2005, todavía en esta última  fecha   figuraba   la   mora   de   una   deuda  que  -como quedó demostrado-  era         inexistente.        [F. 299]   

         Es   más,   ante  el  reclamo  elevado  por  los  clientes  a  la  institución  demandada  el  22  de  febrero  de 2005  [folio  300],  esta  última persistió, contra toda  evidencia,  en  que  “no  hay  diferencia  en  el  comportamiento histórico de su obligación reportado a  las  Centrales  de  Riesgo  con  respecto  al que registra nuestro aplicativo de  cartera…”  [301]   

         Es  decir  que  la  demandada,  aún  a  sabiendas   de  que  fue  ella  quien  incumplió      el      contrato     de     mutuo     –pues  así  se  lo  hizo  saber  la  Superintendencia–, y de  que  los  actores  habían  cancelado  voluntariamente la deuda desde octubre de  2000   (tal   como   consta   en  el  correspondiente  comprobante   de   pago  que  reposa  a  folio  49),  continuó  en  su  actitud  despreocupada  y  negligente  de mantener el reporte negativo ante las centrales  de  información,  vulnerando de esa forma el derecho fundamental al buen nombre  de los demandantes.   

          Lo  anterior  se estima suficiente para tener por demostrado el tipo  de  daño  del  que  se  viene  haciendo  alusión y, por lo tanto, se impone la  prosperidad del cargo tercero.   

         8.3.            Con    relación    a   la  demostración  del  daño  moral,  el  medio    probatorio    que   resulta  más  idóneo es la presunción simple, sin que ello  signifique  que  ésta sea  la  única  probanza  admisible,  pues  en  punto  a las pruebas la legislación  procesal  entregó  al  fallador  un  sistema de libre  apreciación  razonable  dentro  del  cual pueden ser valorados todos los medios  legales  de  convicción  que  logren sacar a la luz la verdad de los hechos que  constituyen la base de la controversia jurídica.   

         Tal   presunción,   conocida   también   como   “de  hombre  o  judicial”,  no puede ser confundida en modo alguno  con  las  presunciones  legales  a las que alude el artículo 176 del Código de  Procedimiento  Civil,  pues  estas últimas son directamente establecidas por el  legislador,  y  ante la comprobación del hecho en que se fundan, el juzgador no  realiza   inferencia  alguna  sino  que  simplemente  se  limita  a  aplicar  la  consecuencia jurídica que ellas prevén.   

La presunción judicial, por el contrario,  consiste básicamente en una inferencia lógica que,  como  los  indicios,  se  extrae  de  las  reglas  de la experiencia; pero que a  diferencia   de   éstos,   cuyo   razonamiento   debe   ser  explicado  paso  a  paso   –atendiendo  a su gravedad, concordancia y convergencia–,   aquéllas  solo  requieren  la  prueba  del hecho que les da origen porque el proceso intelectual es tan claro y  común  que  la mente lo  verifica  mecánicamente.  De manera que para su existencia, solo se necesita la  confirmación   del   hecho   probatorio,   el  cual,  naturalmente,  puede  ser  desvirtuado       mediante       prueba      en  contrario.   

En   otras   palabras,   las  presunciones  judiciales  son operaciones intelectuales consistentes en  tener como cierto un  evento,  denominado hecho presunto, a partir de la fijación normal de otro dato  denominado  hecho  base que debe haber sido probado. Su elaboración forma parte  del  procedimiento  de valoración de la prueba y del conjunto de operaciones de  carácter  epistemológico y jurídico que debe llevar a cabo el juez para fijar  las  circunstancias fácticas en las que debe fundarse la decisión. A partir de  un  hecho probado puede admitirse la certeza de otro, siempre y cuando entre los  dos  se  produzca  un  enlace  preciso  y directo según las reglas del criterio  humano.   

         En     términos     de     ANTONIO  ROCHA,  “es  un juicio  que  el  juez  se  forma  sobre  la  verdad  de  algo, por la lógica relación que muestra con otro hecho  diferente  y  conocido  como  cierto.  Viene pues a ser el más indirecto de los  medios  de  conseguir la verdad y el que sustancialmente puede clasificarse como  crítico,  o  hijo de la  razón,  por  oposición a los medios de prueba llamados históricos, en que las  cosas     se    representan    por    medio    de    los    sentidos.” (De la  prueba  en  derecho.  Tomo  1.  5ª  ed.  Bogotá: Ediciones Lerner, 1967. Pág.  554)   

En  similar  sentido  anota  MICHELE  TARUFFO: “Es,  pues,  evidente  que la presunción resulta de una inferencia  formulada  por  el juez, que llega a una conclusión sobre el hecho a probar (el  ‘hecho  ignorado’) partiendo de  un  hecho  ya  conocido o probado (el ‘hecho      conocido’),  que  sirve de premisa para un razonamiento, a menudo basado en  máximas    de    la    experiencia.”    Las   presunciones   –prosigue  el  citado autor- están sometidas a la prudencia del  juez,   “precisamente  porque  se  trata  de razonamientos e inferencias que dependen necesariamente de  su  convicción  discrecional  y  no  pueden  ser  de  ningún  modo reguladas y  determinadas    por    la    ley”.   (La  prueba de los hechos. 3ª ed. Madrid: Editorial Trotta, 2009.  Pág. 471)   

Las  presunciones judiciales, simples  o  de  hombre,  en suma, hacen  parte  de  las denominadas pruebas indirectas o críticas, y se definen como las  implicaciones  que  el  juez  extrae  de  un  hecho  conocido  para dar  por  supuesta  la  existencia  de  un  hecho  presunto.  De   ahí   que   no   pueda   considerársele   como   un   mero   ‘prejuicio  sin  prueba’,    dado    que    siempre  hay  que  demostrar  el  dato  del cual se infiere que es  cierto otro hecho que importa hacer valer en el juicio.   

          En  ese  orden, una vez acreditados los hechos que según las reglas  de  la  experiencia  y  la sana crítica constituyen una afectación a la esfera  íntima  de  las  personas,  es  preciso  reconocer esa clase de perjuicio si el  mismo  no  ha sido desvirtuado por otros medios de prueba. De ahí que cuando el  juez  no  advierte  la  presencia de esos hechos indicadores, o los observa pero  deja  de  valorarlos  como presunciones, siendo tales, entonces incurrirá en un  error de hecho por falta de apreciación de la prueba.   

          A  tal  respecto,  esta  Sala  tiene establecido, con relación a la  prueba   del   daño   moral,   que   “cuando   la  jurisprudencia  de la Corte ha hablado de presunción, ha querido decir que esta  es  judicial  o  de  hombre.  O  sea,  que  la  prueba dimana del razonamiento o  inferencia  que el juez lleva a cabo. Las bases de ese razonamiento o inferencia  no  son  desconocidas,  ocultas o arbitrarias. Por el contrario, se trata de una  deducción  cuya  fuerza demostrativa entronca con clarísimas reglas o máximas  de    la    experiencia    de    carácter    antropológico   y   sociológico,  (…).”   (Sentencia  de  casación civil de 5 de mayo de 1999. Exp.: 4978)   

          Bajo   esas   orientaciones   jurisprudenciales  y  doctrinarias,  y  teniendo  en cuenta las reglas de la experiencia que revelan los usos sociales y  los  dictados de la psicología, la antropología, etc., es forzoso concluir que  la  demostración  del  cobro  insistente y prolongado de una suma de dinero que  los  demandantes no debían, es una circunstancia que debe ser valorada como una  afectación de su esfera psíquica.   

          En  primer  término,  aparecen  las  cartas suscritas por el propio  demandante,  señor  García  Matamoros,  visibles  a folios 86 a 89, 101 a 102,  103,  104,  116  a  121, 135 a 137, 165 y 166, 215 a 217, 300 y 302 del cuaderno  uno,  que  analizadas  en  conjunto  con  los  escritos  remitidos por el Banco,  revelan  un  cruce  de  información  que gira en torno al cobro de las sumas de  dinero que el Tribunal halló injustificado.   

Entre los documentos enviados por la entidad  financiera se encuentran los siguientes:   

          i)  La  carta  de  7  de  septiembre  de  2001 en la que se expresa:  “Permítame   comentarle   y  recordarle  que  los  beneficios  y ventajas que Granahorrar ha venido ofreciendo, podrán ser tomados  en   una  nueva  campaña  que  tendrá  varias  semanas  de  duración…  Esta  ampliación  de  las campañas le permitirá normalizar su crédito… RECUERDE:  Granahorrar  LE  OFRECE  DESCUENTOS  sobre  LOS  VALORES  EN  MORA,  que varían  dependiendo  del  número de cuotas vencidas”. [Folio  106 c.1]   

ii)  La  carta de 3 de diciembre de 2001 que  tiene un contenido similar a la anterior. [Folio 113]   

iii) La carta de febrero de 2002, dirigida al  actor por Asesorías Jurídicas y Cobros Ltda, que reza:   

“Con carácter  URGENTE  lo  invitamos  por  ÚLTIMA  VEZ a legalizar la mora de su crédito con  GRANAHORRAR en referencia.   

“GRANAHORRAR desea proteger su patrimonio  y  el de su familia para lo cual lo invita a conocer algunas alternativas en las  fábricas  de crédito o directamente en nuestras oficinas, si desea comunicarse  con  nosotros  le  enviaremos  un  asesor  para  que  lo  atienda y le dé mayor  información.   

“No  permita que prospere NINGUNA ACCIÓN  JUDICIAL    en    su    contra   y   en   la   de   sus   codeudores”.   

iv) La de enero 2 de 2002, suscrita por Tania  Alejandra Vega Ramírez, que es del siguiente tenor:   

“Respetado  señor  García:  En  respuesta  a  su  petición relacionada con la obligación  hipotecaria  de  la  referencia, le informamos que los saldos suministrados para  la  cancelación  de su obligación, fueron determinados por el B.C.H., antes de  que  se  efectuara  el  proceso  de  redenominación  y la clasificación de los  clientes  que no podían recibir la reliquidación por encontrarse en la base de  la  Superintendencia  Bancaria, recibiendo el beneficio con otra entidad, por lo  tanto  al  GRANAHORRAR  realizar los procedimientos de acuerdo a lo dispuesto en  la  Ley  de  Vivienda  546  de  1999  el  B.C.H  en liquidación no autorizó la  aplicación  de la reliquidación, toda vez que usted está reportado recibiendo  el beneficio de Colmena.   

“En  consecuencia,  no  podemos  atender  favorablemente  su  solicitud  de expedición de PAZ y SALVO, ya que el crédito  presenta  un  saldo  vigente  con  corte al día de hoy de $ 5.766.359,21 y once  (11) cuotas en mora”.   

“Pensando  en  usted  y su familia, el BANCO GRANAHORRAR,     le     brinda     la     ULTIMA  OPORTUNIDAD,  de  legalizar  la  mora  de su crédito  hipoecario,  para  lo  cual  lo  invitamos  a  cualquiera  de  las  FABRICAS  DE CREDITO, que relacionamos a  continuación  o  a  nuestras oficinas para que conozca algunas alternativas que  le pueden permitir dejar al día su obligación.   

“No   permita  que  avance  el  PROCESO  JURÍDICO  en  su  contra  ya  que  puede  perder su inmueble y quedar debiendo.  Aproveche  esta  única  oportunidad  que le ofrece su BANCO GRANAHORRAR la cual  tiene   vigencia   máximo   hasta   el   próximo   31  de  mayo  del  año  en  curso”.    [Folio  146]   

vi)  La  carta de diciembre 10 de 2002, que  reza así:   

“En atención a  su  solicitud   formulada  en  días  pasados  respecto  a  la  obligación  hipotecaria  de  la referencia, y una vez revisado todo el movimiento histórico  del  crédito a partir de la cesión de Activos y Pasivos del BCH nos permitimos  informarle lo siguiente:   

“El  día 17 de  octubre  de  2000, no fue cubierto el saldo total de su obligación, quedando un  saldo  aproximado  a  esa fecha de $ 4.610.590.oo. Es de aclarar que a esa fecha  no se había efectuado el abono por concepto de reliquidación.   

“Por requerimiento de la Superintendencia  Bancaria,  se  realizó  una revisión a la metodología utilizada en el proceso  de  reliquidación  realizado  en  el año 2000, dicha revisión, la cual cuenta  con  el  visto bueno del mencionado Ente de Control, dio como resultado un valor  de  alivio  de  $  3.885.887.00  el  cual  fue abonado a su obligación el 27 de  septiembre  del  año  en  curso  con  la  correspondiente  retroactividad  de $  1.909.483,oo.  Este  abono  es al que se refiere en su comunicación, por lo que  aclaramos que no será reversado.   

“Como  puede apreciar los valores pagados  no  cubrieron  la totalidad de lo adeudado teniendo en cuenta que a la fecha del  abono  de  reliquidación  se  aplicó  al  saldo de capital vigente a esa fecha  (incluida   la  variación  por  UVR),  dejando  así  un  valor  vencido  de  $  537.864,44.   

“Así  las  cosas  una  vez se realice la  cancelación  total  del  saldo vigente, procederemos a tramitar la cancelación  de   hipoteca  y  actualizar  la  información  ante  las  centrales  de  riesgo  financiera”.   [203]   

vii)  La  carta  de  10  de febrero de 2003,  dirigida al señor García, en los siguientes términos:   

“Por medio de la  presente  le  queremos  informar  que  su  crédito  hipotecario  con  el  Banco  Granahorrar, se encuentra en mora.   

“El  banco quiere conocer los motivos por  los  cuales  no se ha podido colocar al día, y nos ha autorizado para lograr la  recuperación de la misma.   

“Es  por  esta  razón  que  lo  estamos  invitando  para  que  se  acerque  a nuestras oficinas o a uno de los centros de  atención  especializado  (CAES)  en  donde  un asesor se encuentra disponible a  atenderlo    y    orientarlo   sobre   la   forma   de   poder   normalizar   su  crédito”.   

viii)  La carta de 3 de marzo de 2005 en la  que se expresa:   

          “En  atención a la petición formulada  en  días  pasados  respecto al estado que presenta la obligación en referencia  en  las  centrales  de  información  financiera  ASOBANCARIA  y DATACREDITO nos  permitimos  manifestarle que es obligación del Banco reportar en forma oportuna  y  actualizada  la información de la cartera de créditos con el fin de revelar  la condición de pago de nuestros deudores.   

“Así  las cosas le aclaramos que no hay  diferencia  en  el  comportamiento  histórico de su obligación reportado a las  Centrales  de Riesgo con respecto al que registra nuestro aplicativo de cartera;  adicionalmente  le manifestamos que la información se encuentra actualizada por  cancelación      con      corte      a      Agosto     del     2003”.   

ix)  La  carta  de 18 de abril de 2005, que  reza:   

“En atención a  la  petición  formulada  en  días pasados, respecto al reporte originado a las  centrales  de  información  financiera, nos permitimos ratificarle lo informado  en  comunicación  del  03  de marzo de 2005….lo anterior con fundamento a las  normatividad  dictada  en  la cual el Banco se obliga a reportar la información  sobre  el cumplimiento de las obligaciones de cada deudor, la atención oportuna  de  todas  las  cuotas o instalamentos, entendiéndose como tales cualquier pago  derivado de una operación de crédito.   

“De acuerdo a lo anterior y con el fin de  dar  una  mayor  compresión  a  su  petición  me  permito  adjuntar movimiento  histórico  de  la  obligación  donde  podrá  observar  la  forma  como fueron  aplicados  los  vencimientos  facturados,  los  abonos  efectuados  y  saldos de  capital  vigente  discriminados  mes  a  mes  hasta la fecha de cancelación del  crédito.”   [Folio  303]   

Los  anteriores documentos, provenientes de  la  demandada  o  de personas autorizadas por ella, demuestran sin lugar a dudas  que  con  posterioridad  a  la extinción de la obligación por su pago total en  octubre  de  2000  [folio 49], el banco demandado cobró a los demandantes sumas  que  no  debían y en forma reiterada y prolongada trató de obtener el pago por  todos  los  medios posibles que estaban a su alcance, bajo la amenaza de iniciar  procesos  judiciales  en  su contra y de no levantar el gravamen hipotecario que  pesaba  sobre su vivienda, la cual, según las referidas exhortaciones, podrían  perder.   

Tales   documentos,   apreciados   tanto  individualmente  como  en  conjunto  y  de  conformidad  con  las  reglas  de la  experiencia  y  de  la  sana  crítica, constituyen el hecho probado que permite  inferir,  más allá de toda duda razonable, que la entidad financiera causó un  grave  daño  moral  a los demandantes, por cuanto es altísimamente probable y,  por  ello,  perfectamente  esperable  –dentro  de la generalidad que revelan las prácticas y costumbres de  nuestra  sociedad–, que la  conducta  desplegada  por la entidad demandada, y que ha quedado suficientemente  demostrada,   haya   causado   una   inmensa  pesadumbre,  congoja,  angustia  y  disminución  del  ánimo  de  los  actores,  todo  lo  cual  se  tradujo en una  indiscutible lesión a su integridad moral y afectiva.   

          Si   bien   es   cierto   que  no  cualquier  tipo  de  molestias  o  frustraciones  constituyen un daño moral resarcible, en el presente caso median  razones  suficientes  para  tenerlo  por  demostrado,  en  atención al evidente  malestar  emocional  e  impresión  negativa que el hecho que motivó el reclamo  causó a los pretensores.   

          Y  es  que  no  se  trata de cualquier quebranto afectivo, ni de una  simple  incomodidad o molestia como aquéllas a las que normalmente da lugar una  negociación   que   se   desarrolla  dentro  de  los  estándares  de  conducta  contractual  adecuada  y conforme a la buena fe; sino que la experiencia muestra  que  someter  a  una  persona  y  a  su  núcleo  familiar a frecuentes cobros y  amenazas  durante  varios años por una deuda inexistente, ocasiona –al menos desde la regularidad de casos  semejantes  que se dan en nuestro medio–,  un  grave  menoscabo  a  un  interés  espiritual prexistente, de  trascendencia   jurídica,   y  que  puede  reconocerse  bajo  la  forma  de  la  alteración de la esfera íntima de los sujetos.   

          Desde  luego  que  todo  contratante  está  compelido a soportar el  cobro  de  la  obligación,  y  aún de la que no debe si ese cobro obedece a un  error  involuntario  e inocuo. Pero lo que no puede admitirse, porque sería una  nociva  permisión  del  abuso  de  la  posición  dominante, es que una entidad  financiera  profesional,  a  la que se exige la mayor diligencia y cuidado en la  realización  de  sus  negocios,  por  su  propia  incuria,  haya  violentado la  tranquilidad  de sus clientes durante más de dos años a pesar de que éstos le  hicieron  saber  con  insistencia  y  por  todos los medios posibles que habían  cancelado la totalidad de la deuda.   

Por  ello,  el  Tribunal  incurrió  en los  errores  de  hecho  denunciados  por  los recurrentes, pues supuso que no estaba  demostrado  el  daño  moral,  cuando  las pruebas que se acaban de analizar dan  cuenta    de    la    existencia   del   perjuicio   extrapatrimonial   que   se  reclama.   

Es  indudable,  en  consecuencia,  que  la  aludida  omisión  conllevó  al  quebranto de los preceptos sustanciales que se  denuncian  en  los  cargos,  lo  cual  se  estima suficiente para casar el fallo  impugnado.   

          En  tal  virtud,  por  haber  prosperado  la demanda de casación en  favor  de  la  parte  que la interpuso, no hay lugar a imponer condena en costas  del recurso extraordinario.   

III.       LA      SENTENCIA  SUSTITUTIVA   

         1.   Es   preciso   convenir  con  el  a    quo   que   los  presupuestos     jurídico-procesales    que    se  requieren  para            fundamentar  una  decisión de mérito se acreditaron a  plenitud  en  esta  litis, por lo que nada encuentra esta Sede  para disentir de esa apreciación.   

2.  A  partir del  principio  de  la  buena  fe  contractual, consagrado en los artículos 1603 del  Código  Civil  y  871  del Código de Comercio, se desprenden varios deberes de  conducta,  entre  los  cuales se encuentra el que consagra que nadie puede ir en  contra  de  sus  propios  actos;  circunstancia  que  no solamente se contrae al  nacimiento  de  la  obligación, sino que sus efectos se despliegan en el tiempo  hasta la extinción de la misma.   

En observancia de este postulado, no resulta  admisible  que  el  acreedor financiero reverse a su capricho el alivio que haya  concedido  al  deudor en virtud de la aplicación de la Ley 546 de 1999, pues en  razón  de  la posición dominante en la que se encuentran esas entidades frente  a  los  deudores  hipotecarios,  tienen el deber de informarles previamente y de  manera   clara,  precisa  y  comprensible  sobre  cualquier  tipo  de  cambio  a  realizarse  en  desarrollo  del  crédito  de  vivienda,  a fin de que el deudor  cuente  con  la  oportunidad  de  ejercer  sus  derechos  frente  a  la eventual  modificación.   

De hecho, el parágrafo 1º del artículo 40  de  la  Ley  546  de 1999, consagra que “cuando  quiera  que  una  persona tenga  crédito  individual  a  largo  plazo  para más de una vivienda, deberá elegir  aquel  sobre  el  cual  se  hará  el  abono e informarlo al o a los respectivos  establecimientos    de   crédito   de   los   cuales   sea   deudor….”   

De  manera  que  es el usuario quien debe  escoger  el  crédito  al  que se debe aplicar el alivio, según le resulte más  benéfico,  o  en  caso  de  que no realice manifestación alguna, el abono debe  hacerse al crédito de mayor monto.   

          Precisamente  por  ello,  la entonces Superintendencia Bancaria  conminó  a  la  entidad  demandada  para  que aplicara el  alivio  que  había  reversado,  al  tiempo  que  recalcó  que  “si  el  deudor  hipotecario  no  eligió  el crédito sobre el cual  quería  que  le  fuera  aplicado  el abono, éste se hará exclusivamente sobre  aquel  crédito  al  que  le  corresponda un abono de mayor cuantía”;  tal  como lo dispone el artículo 1º del Decreto 712 de 2001.  [Folio 153]   

          3.     En    el    caso    sub  judice,  el  17 de marzo de 2000, el  representante  legal  del BCH informó a los deudores que se les había aplicado  un  alivio de $4’004.886,43  como  resultado del proceso de reliquidación del crédito autorizado por la Ley  de vivienda. [Folio 45]   

Una  vez  descontada  la  anterior  suma de  dinero,  los  demandantes  siguieron  pagando  las cuotas de la obligación, que  para    septiembre    de    ese    mismo   año   ascendía   a   $9’986.116,29. Luego de realizar un abono  de    $9’900.000   en  septiembre  [folio 50], quedó un saldo total de $342.950,35, tal como consta en  el   “aviso   de  vencimiento  y  pago” de octubre.   

En  este último mes los actores pagaron la  cantidad  de  $345.000  [folio  49],  es  decir,  un  poco  más del valor de la  obligación,   por   lo   que   es   evidente  que  ésta  quedó  completamente  saldada.   

          En   consecuencia,   era  de  esperarse  que  la  entidad  demandada  respetara  las  condiciones  del  crédito, del alivio que había aplicado y del  estado  de  la  deuda  que  para  ese  momento  se  había  extinguido  por pago  total.   

          No  obstante,  al  mes  siguiente,  esto  es  en  noviembre de 2000,  Granahorrar  reversó  el alivio de manera unilateral y sin causa legal, pues no  requirió  a  los  deudores  para  que  expresaran sobre cuál crédito deseaban  aplicar  el  abono;  ni  corroboró  el  hecho  de  que la deuda que los actores  tenían  con  el  Banco  Colmena “no recibió alivio  por  concepto  de  reliquidación de acuerdo con lo establecido en la ley 546 de  1999,   por   solicitud  del  cliente”  [folio  162]; desconociendo el derecho que  aquéllos  tenían  de aplicar el mencionado beneficio a la obligación que más  conviniera  a  sus intereses, en contravía de lo preceptuado por el Decreto 712  de 2001.   

          Por   tal   razón,   la  deuda  volvió  a  ascender  a  $4.721.250  [folio   51]  sin  ninguna  justificación  real  ni  legal;  lo que deja en evidencia el incumplimiento del  contrato  de mutuo por parte de la entidad acreedora, tal como fuera considerado  por el Tribunal.   

          4.  Ese  incumplimiento estuvo acompañado  de  la  actitud  despreocupada  del  Banco,  que les produjo un grave detrimento  moral  al  someterlos  a  una  situación de zozobra y angustia extremas por los  constantes  e  insistentes  cobros  de algo que no debían, y al amenazarlos con  promover  procesos  judiciales  en  su  contra  en  los  que  podrían perder su  vivienda.   

         De  igual  modo, la infracción de los deberes contractuales de la  entidad  financiera  vulneró  el  buen  nombre  de  los  actores al reportarlos  injustificadamente  ante  las  centrales  de información, a sabiendas del error  que      había      cometido     –pues  así se lo hizo saber la Superintendencia Bancaria en oficio  de    15    de    agosto   de   2002–,    no    obstante    lo    cual   aún   en    febrero   de   2005  figuraba  en  CIFIN  la  mora  de  una  deuda  inexistente. [Folio 299]   

         Lo  anterior  comportó  una  afectación  ilegítima  a  un  bien  jurídico     fundamental    protegido    por    la    Constitución,    que   debe   ser   reparada   por  cuanto  es  objeto  de  tutela civil.   

         En  efecto,  dada la trascendencia de los intereses superiores que  se  encuentran  en  juego,  resulta  apenas  esperable que quienes tienen en sus  manos  el  manejo  de  la información asuman una actitud de diligencia frente a  esa  responsabilidad.  En ese sentido, una actividad  profesional    de   interés   público  como  la  que  desarrollan las entidades financieras  debe  desplegarse  con  un  alto grado de compromiso frente a la  sociedad   en  general  y  ante  las  personas  a  las  que  está  referida  la  información  que  aquellas  manejan,  pues  de no ser ello así se vulneran los  derechos fundamentales de éstas.   

         De  manera  que  quien  tiene  el  deber  contractual o  legal de brindar información veraz,  incurre  en responsabilidad civil y está obligado a resarcir los perjuicios que  ocasiona,  si  el buen nombre de las personas que aparecen en las bases de datos  sufre    un    menoscabo    injustificado   por   causa   de   su   incumplimiento o culpa.   

         5.  Al  no  existir   ninguna  duda  respecto      del  incumplimiento  contractual y la realización de los  hechos        lesivos       que       desencadenaron       el       quebranto     de     la  integridad moral de los demandantes,  y  de  su buen nombre, no  resta  sino establecer        la  cuantía  a     la   que  ascienden    los  perjuicios     que  quedaron  demostrados en los dos cargos que prosperaron en  casación.   

         Tratándose  de un perjuicio extrapatrimonial o inmaterial siempre  existirá      dificultad      en      la     fijación     del     quantum  que  ha  de  reconocerse a la  persona  afectada, pero ello no implica la imposibilidad para determinar, en una  suma  concreta,  el  monto de la correspondiente condena, teniendo en cuenta, en  todo  caso,  que tal valoración debe estar siempre guiada por los principios de  reparación integral y equidad.   

         Es  cierto que estos perjuicios son de  difícil   medición  o  cuantificación,  lo que  significa  que       la      reparación      no      puede      establecerse  con  base  en  criterios  rigurosos           o          matemáticos;  pero  ello no   se  traduce  en  una  deficiencia  de   esa   clase  de  indemnización,  sino  en  una  diferencia  frente  a la  tasación     de     los    perjuicios  económicos  cuya valoración depende  de parámetros más exactos.   

         A  diferencia  de  los perjuicios patrimoniales, para cuyo  cálculo  existen en la mayoría  de  las  ocasiones  datos  objetivos, el perjuicio  extrapatrimonial  ha estado y seguirá estando confiado  al  discreto  arbitrio  de  los  funcionarios judiciales, lo que no “equivale   a   abrirle   paso   a  antojadizas  intuiciones  pergeñadas  a  la  carrera  para  sustentar  condenas  excesivas,  sino  que  a  dichos  funcionarios les impone el deber de actuar con  prudencia,     evitando     en     primer     lugar     servirse    de    pautas  apriorísticas…”.  (Sentencia  de  25  de  noviembre de 1992. Exp. 3382)   

         No   pueden,   por   tanto,  fijarse  o  establecerse  parámetros  generales  que  en  forma mecánica se apliquen a la valoración de tal clase de  perjuicio,  pues  cada  caso  concreto  ofrece particularidades que deberán ser  apreciadas    por    el    juez    al    momento    de    hacer    la    correspondiente    estimación.   

5.1. Con relación  al  pago de los perjuicios morales, conviene reiterar que como hacen parte de la  esfera  íntima  o  fuero  mental del sujeto damnificado, no son susceptibles de  tasación  por medio de pruebas científicas, técnicas o directas, toda vez que  su  esencia  originaria y puramente espiritual obliga al juez a estimarlos, pues  es  por  medio  de  la  equidad y el derecho, mas no del saber teórico o razón  instrumental, que pueden llegar a ser apreciados.   

Bajo  esos  presupuestos,  por cuanto sólo  quien  padece  ese  dolor subjetivo conoce la intensidad con que se produjo, tal  sufrimiento  no puede ser comunicado en su verdadera dimensión a nadie más; no  obstante,  como tal daño no puede quedar sin resarcimiento por la trascendencia  que  tiene para el derecho, es el propio juez quien debe regularlos con sustento  en    su    sano    arbitrio,    sustentado    en   criterios   de   equidad   y  razonabilidad.   

          Con  base en esos lineamientos, y teniendo en cuenta la gravedad del  perjuicio  ocasionado,  que  se  materializó  en  los  frecuentes cobros que se  hicieron  a  los  actores  de manera constante e insistente durante largo tiempo  (desde  noviembre  de  2000  hasta  julio  de  2003),  lo  cual  significó  una  prolongación  injustificada  de  la lesión, la Corte considera razonable fijar  el  monto  del  daño  moral  que  se  reclama,  en  la  suma de $10’000.000   para   cada   uno   de  los  demandantes.   

          5.2. En cuanto al daño al buen nombre, es  preciso  admitir,  en  los términos del derecho comparado actual, que la esfera  reservada  de  la  persona  se  valora  con  base en criterios extrínsecos, con  prescindencia  de  la  consideración  subjetiva  que  cada quien tenga sobre su  propio  honor,  intimidad  o  imagen.  Estos  parámetros externos se encuentran  demarcados  por la trascendencia que el ordenamiento jurídico les concede a los  bienes   esencialmente   personalísimos,   los  cuales  gozan  de  un  superior  privilegio   por   cuanto   se   encuentran   expresamente   consagrados  en  la  Constitución Política como garantías fundamentales.   

          Junto  con  la  pauta  anterior,  deben valorarse las circunstancias  particulares  de  cada caso, pues son ellas, precisamente, las que permiten a la  jurisprudencia  adaptar  los  criterios objetivos a las situaciones concretas de  cada  realidad;  y  en  tal  sentido  se  hace  necesario  tener  en  cuenta las  condiciones  personales  de la víctima, apreciadas según los usos sociales, la  intensidad  de  la  lesión, la duración del perjuicio, entre otras condiciones  que  el  juez  logre  advertir  para  la determinación equitativa del monto del  resarcimiento.   

          A  partir  de  todos  esos  lineamientos,  se logra constatar que el  daño  sufrido  por  los  demandantes  corresponde  al  menoscabo  de un derecho  superior;  que  el perjuicio se prolongó por más de cuatro años; que se trata  de  personas  con  estudios  universitarios  cuyo desenvolvimiento profesional y  social  depende,  en  gran  parte,  de  su  buen  nombre;  y que mantenían  frecuentes  relaciones  comerciales con entidades crediticias y establecimientos  de  comercio,  ante  los  cuales  su  reputación  financiera  sufrió  un grave  deterioro.   

          Todo  ello  conlleva  a  concluir  que  el mencionado daño debe ser  tasado en la suma de $20.000.000 para cada uno de los pretensores.   

          6.  Respecto del llamamiento en garantía,  se  negarán  las  pretensiones de la demandada, toda vez que los hechos por los  cuales  se  la  condenó  acontecieron con posterioridad a la cesión parcial de  activos,  pasivos  y  contratos  del  BCH  a Granahorrar que se celebró el 4 de  febrero  de  2000  y  fue  informado  a los demandantes el 27 de junio del mismo  año. [Folio 46]   

          En  efecto,  la  reversión  unilateral del alivio que en su momento  reconoció  el BCH ocurrió en noviembre de 2000, de suerte que el hostigamiento  por  el  cobro de una deuda inexistente y la permanencia del reporte negativo en  las  centrales  de  riesgo, son circunstancias cuya responsabilidad no puede ser  atribuida a la entidad cedente.   

7. Por las razones  anotadas,  es  preciso  concluir  que la sentencia de primera instancia debe ser  revocada  en  su integridad, para, en su lugar, condenar a la sociedad demandada  al  pago  de los perjuicios extrapatrimoniales por los conceptos y montos que se  dejaron consignados en el cuerpo de esta providencia.   

En tal virtud, se condenará a la demandada  al  pago de las costas en ambas instancias, de conformidad con lo previsto en el  numeral 4º del artículo 392 del Código de Procedimiento Civil.   

IV.  DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia, en Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República  y por autoridad de la ley, CASA  la  sentencia proferida el treinta de abril de dos mil diez por el  Tribunal   Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  dentro  del  proceso  ordinario de la referencia; y en sede de instancia,   

RESUELVE:  

PRIMERO: REVOCAR la  sentencia  proferida  el  31  de  julio de 2007 por el Juzgado Tercero Civil del  Circuito de Bogotá.   

SEGUNDO.     DECLARAR    no  probadas  las  excepciones  propuestas  por el Banco Granahorrar  S.A.   

TERCERO.     DECLARAR      que     el     Banco           Granahorrar     S.A.,    (hoy  Banco  BBVA  Colombia) incumplió  el  contrato  de  mutuo  que  celebró  con los actores, al reversar   unilateralmente   el  alivio   que   había   otorgado   al  crédito.   

CUARTO.  CONDENAR   al  Banco  BBVA  Colombia  a  pagar  a  cada  uno  de los demandantes la suma de $ 10.000.000 por  concepto de perjuicios morales.   

          QUINTO.  CONDENAR al Banco BBVA Colombia a  pagar  a  cada  uno de los demandantes la suma de $20.000.000 como compensación  al daño ocasionado a su buen nombre.   

SEXTO.  NEGAR las  pretensiones   del   llamamiento   en   garantía  por  lo  dicho  en  la  parte  motiva.   

Sin  costas en el recurso extraordinario de  casación ante la prosperidad del mismo.   

Cópiese,      notifíquese      y  devuélvase.   

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

(Salva voto)  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

(Salva voto)  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

ÁLVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

(Salva voto)  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

ACLARACIÓN  DE  VOTO   

Radicación         n°   11001-31-03-003-2003-00660-01   

En  primer  lugar  debo reconocer el gran  esfuerzo  de  todos  los  magistrados  integrantes  de la Sala de Casación  Civil  de esta Corte, y su dedicación al estudio del proyecto que finalmente se  convirtió  en sentencia; fue activa la participación tanto de quienes salvaron  el  voto  como  de  quienes  acompañamos  la  decisión;  todos  afrontando con  sinceridad  el  debate  sobre la obligación o no de reparar el buen nombre como  derecho  fundamental.  En  segundo  lugar,  hay  que  reconocer  los méritos al  ponente  del  proyecto  que  obtuvo  la aprobación, porque es fruto de meses de  investigación  judicial   para enfrentar el problema jurídico tocante con  la reparación del daño al derecho al buen nombre.   

No  hay  duda, cuando se afecta, trunca o  infringe  un derecho fundamental, puede procurarse la reparación. Acompañé el  proyecto  y  voté  por  su  aprobación  al  estar  comprobados  los  elementos  axiológicos  de  la  responsabilidad;  no  obstante,  es preciso que exponga la  aclaración  de  voto,  con respecto a mi concepción del resarcimiento del buen  nombre  como  nueva  categoría  desde  la  perspectiva  del  daño  inmaterial.   

La  cuestión,  en  mi  criterio,  debió  afrontarse  esencialmente  desde  el  planteamiento de la necesidad “incuestionable  hoy” de reparar el  daño  por  agresión  a los llamados derechos fundamentales, derechos humanos o  derechos  constitucionales,  conquista  y  baluarte  del Estado Constitucional y  Social  de  Derecho, nomenclaturas, hasta ahora parcialmente decantadas, empero,  no  como  categoría  exclusiva  del  daño no patrimonial. Por tanto, no debió  forjarse  el  buen  nombre  como  una  tercera  modalidad  autónoma  objeto  de  indemnización  dentro  del marco de los perjuicios inmateriales; hacerlo de esa  manera  genera varios problemas conceptuales dentro de la arquitectura del daño  y  su consecuente reparación. Entre otros inconvenientes, difumina interminable  e  incontablemente  los  motivos  reparatorios,  porque  siempre que aparezca un  nuevo  derecho fundamental lesionado que deba ser resarcido, deberá hacerse por  parte  del  intérprete  y del juzgador, un nuevo esfuerzo epistemológico, para  fundar  el  estatuto  teórico de ese otro derecho fundamental infringido, a fin  de  evitar  la  confusión  con  las demás formas resarcitorias ya reconocidas,  para  no  incurrir  en  una  doble  o  triple  indemnización,  con una eventual  afectación    del    principio    non    bis   in  ídem     en    perjuicio    de    los    agentes  dañadores.   

El  análisis  de  la  sentencia,  cuya  necesidad  de  proteger  y  de  indemnizar  el  buen  nombre  acompaño,  debió  encararse  desde  un  marco  teórico  diferente.  En efecto, por tratarse de un  derecho  fundamental  afectado, incumbía partir de la formulación autónoma de  una      responsabilidad      muy      singular,     denominada     “responsabilidad     por     agresión     a     los    derechos  fundamentales” o a los derechos constitucionales o  humanos,  según  se  considere pertinente, pero no como subespecie del daño no  patrimonial,  sino  fundándose  en  las  modalidades  indemnizatorias vigentes,  hasta  ahora, en el ámbito de la responsabilidad, y añadiendo en forma clara y  franca,  la obligación de reconocer con carácter complementario la reparación  satisfactoria  y/o  simbólica  y la garantía de no repetición, en consonancia  con  los  postulados  constitucionales,  con  el  derecho  internacional  de los  derechos   humanos   y   el   régimen   de  convencionalidad,  en  procura  del  resarcimiento  integral. Este análisis, bien puede aplicarse en este caso, o en  otros  de  similar  linaje,  cuando  se  lesione  cualquier  derecho con estirpe  iusfundamental,   sin  necesidad de recrear nuevas formas resarcitorias.   

Metodológicamente, esta aclaración, para  su  comprensión  abarca los siguientes ítems: 1. Breve marco conceptual de los  derechos  fundamentales.  2.  La  responsabilidad  por  agresión a los derechos  fundamentales,  3.  Los  elementos  axiológicos  de la responsabilidad, y 4. La  reparación  satisfactiva  y/o  simbólica y la garantía de no repetición como  fórmulas de la justicia restaurativa y de transición.   

    

1. Los derechos fundamentales. Génesis y concepto     

En  el  desarrollo  histórico  de  estos  derechos  deben  distinguirse  dos  etapas,  separadas  por  la coyuntura de las  revoluciones   liberales   de  finales  del  siglo  XVIII  e  inicios  del  XIX.   

La  primera  etapa  se  extiende  hasta  mediados  del  siglo XVIII. En sentido estricto, y desde una perspectiva formal,  no  se  puede  hablar  de  derechos  fundamentales  en  esta fase, porque en las  diferentes  formas  de  organización  sociopolítica,  parcialidades  y  reinos  feudales  ni  conocieron  el  concepto,  ni  el  desarrollo  social permitió su  reconocimiento.  Sí  hubo  manifestaciones  de algunos de sus  principios,  pero  únicamente procuraban limitar el poder del monarca o del príncipe en pro  de   garantizar   unos   estándares  mínimos  para  súbditos  y  vasallos,  o  simplemente  correspondían  a  meras  transacciones  o pactos para perpetuar un  determinado  régimen o un estamento con ciertas concesiones para sus oponentes.  Al  final  de este período se destacan importantes formulaciones: En Inglaterra  la  Carta  Magna  (1215),  the  petition  of  rights  (1628), the habeas corpus  act  (1679)  y  el Bill o  rights   (1688).   Asimismo,  en  la  Norteamérica  colonial  el  Cuerpo  de  libertades  de  Massachusetts  (1641)  y  la  Carta de  Privilegios del Buen Pueblo de Virginia (1701).   

Obsérvese  que  la  tradición de Europa  continental  dentro  de esta proyección histórica contribuyó, no tanto con la  producción  legislativa,  sino  con  la  formulación  y  apalancamiento de los  conceptos  filosóficos,  políticos  y sociológicos básicos que ulteriormente  permitieron  fundar los cimientos de la teoría de los derechos. En palabras del  profesor Ángel Llamas:   

“(…)  El  concepto  de  soberanía,  la aparición del Estado moderno, el monopolio de uso  legítimo  de  la fuerza y sus límites, la humanización progresiva del derecho  penal  y  procesal,  y el desarrollo del concepto de tolerancia serán las bases  necesarias   para   considerar  los  derechos  fundamentales  como  un  producto  histórico  racional  y  no  un anacronismo desplazado y aislado del conjunto de  sus   determinantes   nociones  (…)”1.   

En la segunda fase, gestada desde mediados  del  siglo  XVIII hasta la época actual, se construyó el Estado moderno,   y  se  sentaron  los pilares del constitucionalismo contemporáneo. Abarca desde  el  hito  fijado  por la Declaración de Derechos de Virginia de 1776, avanzando  con  la  expedición  de  los  Derechos  del  Hombre  y del Ciudadano de 1789 de  Francia  y  las  primeras enmiendas de la Constitución de los Estados Unidos de  América de 1787.   

Los   derechos   allá  consignados,  y  entendidos  como  facultades,  pero  al  mismo  tiempo,  como límites al poder,  fueron  fuertemente influenciados por los ideales propuestos en las revoluciones  liberales;  no  obstante,  inicialmente  se  formularon  en forma negativa, como  deberes    públicos   de   no   hacer,   de   no   intervención   –laissez      faire,     laissez  passer-,  garantizándose  exclusivamente  derechos  civiles  y políticos, como necesidad imperiosa de avalar la libertad individual  para fortalecer el creciente capitalismo de la época.   

Claro,  la  fórmula  fue  concebida para  poner  freno a los excesos estatales, pero principalmente para socavar el Estado  monárquico  o  absolutista; empero, ello facilitó que en pro de la libertad se  sacrificara  la  igualdad,  y  de  la  misma  manera,  se  ignorara  elaborar un  catálogo  eficaz  de  derechos económicos, sociales y culturales con contenido  social  –DESC-, pues las  nuevas   fuerzas  sociales  forjaron  sus  intereses  más  bien  para  proteger  legislativamente  la  propiedad  privada  y a la libertad de empresa2  de  los  sectores emergentes de la sociedad capitalista.   

En  ese  contexto,  como  reacción  al  individualismo  exacerbado  propiciado  por  el  Estado  legislativo,  desde  la  apertura   del  siglo  XX,  y  como  remedio  revulsivo  a  las  conflagraciones  mundiales,  primera  y segunda; frente a las iniquidades del capitalismo salvaje  y  para solventar la crisis de 1929, surge el Estado Social de Derecho, adoptado  paulatinamente,  que  erige los derechos fundamentales en elemento esencial para  legitimar  el  nuevo  modelo  de  Estado.  En  esa  perspectiva  se  forjaron la  Constitución  Mexicana  de  1917,  la de Weimar de 1919, potencializadas, desde  luego,    por    el    Welfare   State norteamericano.   

González Llorente expresa:  

“Los  derechos  fundamentales  han sido  fruto  de  una  doble  confluencia: a) de un lado, suponen el encuentro entre la  tradición   filosófica   humanista,   representada   prioritariamente  por  el  iusnaturalismo    de   orientación   democrática,   con   las   técnicas   de  positivización   y   protección   reforzada  de  las  libertades  propias  del  movimiento  constitucionalista, encuentro que se plasma en el Estado de Derecho;  b)  de  otro  lado,  representan un punto de mediación y de síntesis entre las  exigencias  de  las libertades tradicionales de signo individual, con el sistema  de  necesidades  radicales  de carácter económico, cultural y colectivo a cuya  satisfacción   y   tutela   se  dirigen  los  derechos  sociales”3.   

Contemporáneamente, la protección de los  derechos  avanzó  con  la expedición de la Carta de  las  Naciones  Unidas  firmada  el  26  de  junio  de  1945  en  San  Francisco,  California,  al  terminar  la  Conferencia  de  las Naciones Unidas, entrando en  vigor,  el  24  de  octubre  del  mismo  año, estatuto del cual forma parte, el  correspondiente    a    la    Corte    Internacional   de   Justicia4,  y  más  recientemente,   el  Consejo  de  Derechos  Humanos  (2006);  progresó  con  el  sistema  interamericano de derechos humanos previsto  en  la  Declaración  Americana de los Derechos y Deberes del hombre aprobada en  1948,  con la Carta de la OEA de 1948, y la Convención Americana sobre Derechos  Humanos  (Pacto  de  San  José)  adoptada en 1969, previendo como organismos de  protección  la  Comisión  Interamericana  de  Derechos  Humanos,  y  la  Corte  Interamericana.   

En  el  sistema  europeo  en  1950  se  introdujo         el         Convenio  Europeo  de Derechos Humanos,  para   proteger   los   derechos   civiles   y  políticos,  y  los  de  estirpe  socioeconómica   en   1961   con  la  Carta  Social  Europea.   

También se ha  ideado  como institución de protección el Tribunal   Europeo   de  Derechos  Humanos radicado  en  Estrasburgo,  el  Tribunal de  Justicia de la UE, y la Comisión Europea.   

En el reciente sistema africano se destaca  la  Carta  de  Derechos  Humanos y de los Pueblos, CAFDH, también conocida como  Carta  de  Banjul,  expedida  el 27 de junio de 1981,  entrando  en  vigencia  el  21  de octubre de 1986, contando con la Corte  Africana  de Derechos Humanos y de los Pueblos, radicada en  Arusha,  Tanzania,  y  con  la  Comisión  Africana de Derechos Humanos y de los  Pueblos.   

Las disparidades políticas, regionales y  culturales;  la gran extensión del territorio, celos regionales y de soberanía  han  impedido  consolidar  un  sistema asiático de derechos humanos, empero, en  1967  se  expidió  una  Carta de Derechos Humanos Asiáticos, no oficial ni con  categoría  de tratado; sin embargo, las oficinas regionales de la Organización  de  las  Naciones  Unidas  desarrollan  un  trabajo fuerte, como por ejemplo, la  OACDH,   Oficina   Regional   para   Asia   y  el  Pacífico  con  presencia  en  Bangkok.   

Todo  esto  es trascendente en la teoría  jurídica,  porque  se  trata de una reformulación, enfocada hacia la primacía  de   la  Constitución  y  en  pos  de  la  protección  real  de  los  derechos  fundamentales  y  de  la  dignidad  del  ser  humano,  desde su perspectiva como  persona,   pero   también   en   su   “relación  social”,  entendiendo,  como  lo expresó Norberto  Bobbio,  que  “(…)  el Estado está hecho para el  individuo     y    no    el    individuo    para    el    Estado    (…)”5.   

La  recensión  anterior  del vertiginoso  avance  de  los  derechos  fundamentales, compromete abiertamente la función de  impartir  justicia  y  por  supuesto,  la  de  esta  Corte,  que por más de una  centuria  ha  sido  garante  de  los  derechos  con  innovador  laborío  en  el  resarcimiento de los mismos, como adelante se muestra.   

1.1.   Ahora,   definir   los  derechos  fundamentales  es  una  tarea  compleja,  porque sobre la cuestión no cesan las  disputas         entre        iusnaturalistas,  iuspositivistas,  con  la  abierta participación de  los  realistas jurídicos.  Una   conceptualización   aproximada,  consiste  en  verlos  como  un  complejo  integral,   universal,   indivisible   e   interdependiente   cuya  base  es  el  reconocimiento  de la dignidad de la persona humana como inherencia intrínseca,  progresivos  y  expansivos que se comportan como verdaderos derechos subjetivos,  que  al  ser  normativizados en preceptos sustanciales constituyen un auténtico  derecho  objetivo,  tornándolos  en exigibles y susceptibles de protección por  parte  del  Estado.  Por  tanto,  tienen características materiales, formales y  procedimentales,6 y su repertorio va desde los  derechos   individuales   hasta   los   derechos  sociales  y  los  derechos  de  protección, ampliándose constantemente.   

Esa  enunciación  permite destacar en un  derecho   fundamental   tres   elementos   característicos:  (i)  Son  mandatos  jurídicos   imperativos,   (ii)   Ostentan   un    sustrato  de  contenido  moral7,   en   cuanto   son   inherentes   al   ser   humano8, por estar  relacionados   intrínsecamente  con  la  dignidad  humana,  sin  descartar  los  derechos  fundamentales  de  las  personas  jurídicas;  (III)  Son  auténticos  derechos  subjetivos,  con expresión en el derecho objetivo. Sin embargo, en el  estado  actual  del  arte,  no  hay  consenso  en  la  doctrina  sobre  la mejor  nomenclatura  y  la  caracterización  a  adoptar  para  su estudio, análisis y  protección judicial.   

1.2.  La  dignidad  humana,  esencia  del  derecho fundamental   

En  este  concepto  tienen  cabida  dos  perspectivas,   la  biológica,  por  la  cual  se  incluye  a  todo  espécimen  homo   sapiens,   pero  también,     la   ética   y   antropológica,    como   una   virtud  diferenciadora  frente  a  los  demás seres vivos, consistente en la noción de  dignidad humana.   

En  el presente derrotero, todo individuo  de  la  especie humana ocupa el mismo lugar que sus pares y merece ser respetado  por  todos  ellos,  debiendo permitir los unos a los otros, en forma recíproca,  desarrollar  su  plan  de  vida;  todo  lo  cual, justifica la creación de unos  parámetros  mínimos  inquebrantables  para  hacer  viable la sociedad; bajo la  sólida  premisa,  según  la  cual, el hombre es un fin en sí, siguiendo en el  punto,    la    concepción    kantiana10.   

En  otras  palabras,  la  teoría  de los  derechos  fundamentales  nutre su contenido del concepto esencial de todo hombre  o  mujer:  la  dignidad  humana,  desarrollada  a  través  de los principios de  libertad e igualdad.   

Por  tanto,  en  la  conceptualización  jurídica  y  características  con  que  los  juristas identifican los derechos  humanos,  constitucionales  o fundamentales, debe anteponerse como prerrogativas  de  la esencia de lo humano, una estructura tríadica: 1. La dignidad humana, 2.  La  libertad  real  de  la  persona,  y 3. La igualdad material; todas, desde la  perspectiva  individual  y  social para entender y calificar el núcleo esencial  de  un derecho fundamental. De consiguiente, no toda pretensión axiológica por  incluir  como  derecho fundamental en el sistema normativo, determinado derecho,  puede  adquirir  tal  linaje,  sino  a  fuerza  de  llenar,  aquéllos elementos  básicos.   

1.3.  Los  derechos  fundamentales  como  mandatos jurídicos imperativos   

La  esencialidad de la dignidad humana en  los  derechos  fundamentales,  y  la  incorporación  de éstos en el proceso de  juridización,  en palabras del filósofo alemán Jürgen Habermas, es resaltada  de la siguiente forma:   

“(…)  La  dignidad  humana  configura el portal a través del cual el sustrato igualitario  y  universalista  de la moral se traslada al ámbito del derecho. La idea de la  dignidad  humana  es  el  eje  conceptual  que  conecta  la  moral  del  respeto  igualitario   de   toda  persona  con  el derecho positivo  y  el  proceso  de  legislación  democrático,  de tal forma que su interacción puede dar origen a  un    orden   político   fundado   en   los   derechos   humanos   (…)”(…)   [T]ales  afirmaciones  funcionan  primordialmente  como  parámetros de sustitución: nos alertan sobre  un  modo  especial  de justificación  generalmente  aceptable  cuya dimensión  epistémica  se  encuentra  más  allá  del  control  del  Estado.  Los «padres  fundadores»  reconocieron,  además,  que  los  derechos  humanos, a pesar de su  simple  y  llana justificación moral, requieren una «declaración» democrática  y  deben  ser  aplicados  de manera constructiva en el interior de una comunidad  política     establecida     (…)”11.   

Ahora,  el proceso, por medio del cual se  incluyen  preceptos  de  ese  nivel  en  el  ordenamiento jurídico, se surten a  través      del      ejercicio      político12; que en las civilizaciones  occidentales  debe  realizarse  por medio de la democracia, escenario en el cual  confluyen   las  disímiles  propuestas  de  los  representantes  de  todos  los  sectores,  que  encarnan  diferentes  sistemas morales, políticos, religiosos y  filosóficos,  que  se  someten  a  deliberación  y  votación  para  llegar  a  consensos,  pero  también,  muchas  veces  por  vía  de la fuerza. Claro, ello  demanda  un  alto  derroche de inversión en educación, en servicios básicos y  en  justicia para los integrantes de la comunidad por parte del Estado, a fin de  que  todos  los  habitantes de un territorio determinado puedan participar en el  proceso  democrático,  en  pos  de  la  positivización de los derechos y de la  solución material de los mismos.   

Aun  cuando,  esto  no  lo  acepta  ni lo  entiende  un kelseniano puro o un normativista dogmático, en el ejercicio de la  democracia  cuando  se  incluye  como  fundamental  un derecho determinado en el  ordenamiento   jurídico,   se  trata  del  triunfo  de  unos  valores  éticos,  políticos  o  filosóficos,  por  encima de otros, sin que ello sea definitivo,  por  cuanto todos los sistemas de valores en cada época luchan dialécticamente  en  cada  tipo  de sociedad, para ser incluidos o excluidos normativamente a fin  de  apropiarse  de  la  naturaleza  coercitiva  y  del  obligatorio cumplimiento  consustancial  al  derecho.  Y  ello  es  así, porque de otro modo, no podrían  reclamarse judicialmente. Sobre el particular, opina Pérez Luño:   

“(…) En su  significación  axiológica  objetiva  los derechos fundamentales representan el  resultado  del  acuerdo  básico  de  las diferentes fuerzas sociales, logrado a  partir   de   relaciones  de  tensión  y  de  los  consiguientes  esfuerzos  de  cooperación  encaminados al logro de las metas comunes. Por ello, corresponde a  [éstos]  un  importante  cometido  legitimador  de  las formas constitucionales del Estado de derecho, ya  que  constituyen  los  supuestos  del  consenso  sobre  el  que se debe edificar  cualquier  sociedad  democrática;  en  otros  términos,  su  función es la de  sistematizar  el contenido axiológico objetivo del ordenamiento democrático al  que  la  mayoría  de  los ciudadanos prestan su consentimiento y condicionan su  deber  de  obediencia al derecho. Comportan también la garantía esencial de un  proceso  político  libre y abierto, como elemento informador del funcionamiento  de          cualquier          sociedad          pluralista         (…)”13.   

De esta forma, resulta clara la necesaria  complementariedad  entre  las  características  enunciadas en precedencia,  para  hablar  de  derechos fundamentales. Asimismo, a partir de esa concurrencia  de  características  se  explica  la  doble  connotación  que  adquieren  como  principio  y  derecho14.   

En  ese  sentido, los derechos tienen una  faceta  objetiva  y  material,  propia  de  su  posición jerárquica dentro del  ordenamiento  jurídico,  de tal forma que al estar en la cima deben servir como  soporte  y manantial dinámico (formal y sustantivo sea cual fuere el caso) para  las normas inferiores.   

1.4.  Los  derechos  fundamentales  son  también derechos subjetivos   

El   derecho,   igualmente   tiene  una  perspectiva  subjetiva, en la cual cada persona como titular del mismo, tiene la  potestad  de reclamar su pleno respeto frente a los demás, incluyendo al propio  ente  estatal,  permitiendo la posibilidad de acudir ante la justicia para cesar  la  vulneración  y  solicitar  su resarcimiento cuando se haya materializado un  daño.   

Así,    un    derecho    fundamental  es:   

«(…)  [U]na  figura  que  resume  un valor asumido en el sistema jurídico de una comunidad y  que  se inserta con fuerza vinculante en el ordenamiento jurídico. Faceta  objetiva  del  derecho,  como  valor  positivizado con una  estructura  compleja  y  con  amplias ramificaciones que se plasman en reglas de  derecho  sustantivo  y  de  derecho  procesal,  de  derecho constitucional, pero  también  de  derecho  penal,  o administrativo, o civil, por aludir a alguna de  las  disciplinas  habituales.  (…)  Pero,  de otro  lado,  y  con  frecuencia  en  íntima  conexión con ese primer significado, se  habla  de derecho como opción subjetiva que se atribuye a uno o varios sujetos.  Formalizado  el  instituto  jurídico,  el  núcleo  institucional   genera   en  torno  suyo  una  amplia  esfera  de  titularidades  subjetivas:  facultades  de  hacer,  facultades  de  imponer  que otros hagan, o  toleren;  facultades  de recibir una prestación, con frecuencia, poder de pedir  ayuda  para  que  no  se  coarten  los contenidos de tales titularidades; poder,  incluso   de   acudir   a  los  Tribunales  de  Justicia  en  defensa  de  estas  titularidades              (…)”15          (subrayas  propias).   

Para Pérez Luño:  

“Los derechos  fundamentales  constituyen la principal garantía con que cuentan los ciudadanos  de  un  Estado de Derecho de que el sistema jurídico y político en su conjunto  se  orientará  hacia  el  respeto  y  la promoción de la persona humana; en su  estricta  dimensión  individual (Estado liberal de Derecho), o conjugando ésta  con  la  exigencia de solidaridad corolario del componente social y colectivo de  la      vida      humana      (Estado     social     de     Derecho).   

“Los derechos  fundamentales  se  presentan  en la normativa constitucional como un conjunto de  valores  objetivos  básicos  (la  doctrina  germana  los califica, por ello, de  Grundwert)  y, al propio tiempo, como el marco de protección de las situaciones  jurídicas               subjetivas”16.   

2.  La  responsabilidad  por  agresión o  daño a los derechos fundamentales   

Si los derechos fundamentales constituyen  el  límite  de la democracia y la principal garantía a favor de los ciudadanos  en  el  sistema  jurídico  y  político  del  Estado  contemporáneo, todas las  autoridades  deben orientar su actividad para dar real protección cada día con  mayor énfasis (principio de progresividad).   

Lo  importante  de  una  facultad  o  de  interés  jurídico tutelado no es su reconocimiento ni su afirmación retórica  sino  su  protección  efectiva y la realización de sus contenidos, y con mayor  razón,   cuando  se  trata  de  la  perpetración  de  daños  a  los  derechos  fundamentales.  Por  tanto,  sus  titulares,  son  portadores  del  derecho para  reclamar  protección a los particulares o al propio Estado, cuando los vulneren  por  acción  u  omisión, porque comprometen la supervivencia de la humanidad y  la legitimidad del Estado mismo.   

Lo    característico    de    esta  responsabilidad,  consiste  en  que tanto víctima como victimario, se hallan en  tensión  o como sujetos de derecho vinculados jurídicamente por la afectación  a  un  derecho  fundamental.  No  es  otra cosa, cuanto singulariza este tipo de  responsabilidad.   

Ahora  bien,  en  toda  hipótesis  donde  concurra  una  afectación  a  los derechos fundamentales, y siempre y cuando se  demuestren  los  elementos de la responsabilidad contractual o extracontractual,  debe    hablarse    de    responsabilidad   por   agresión   a   los   derechos  fundamentales.   

Es  un  tipo  de responsabilidad del cual  puede  hablarse  exclusivamente  en los regímenes democráticos contemporáneos  como  una  modalidad  tendiente a exigir los perjuicios que se puedan derivar de  las  conductas  o  de los comportamientos que por acción u omisión transgredan  los  derechos  humanos  o  fundamentales protegidos en la legislación interna o  por  el derecho internacional o convencional; en este último evento, cuando sus  respectivos  postulados  se incorporan al ordenamiento interno por la categoría  del bloque de constitucionalidad.   

Al   interior   de   esta   clase   de  responsabilidad  encontramos  multiplicidad  de  derechos  que permiten edificar  indemnizaciones, por ejemplo:   

Responsabilidad   por   afectación   o  alteración  de  las  condiciones  de  existencia,  por el daño al derecho a la  intimidad    o   al   buen   nombre   y  a  la  vida  privada, por afectación al derecho a la salud; por  transgresión a los derechos sexuales y reproductivos, entre otros.   

En los derechos sexuales y reproductivos,  por   ejemplo,   resultan   de   particular   importancia   el   derecho   a  la  interrupción   voluntaria  del  embarazo  (IVE), el derecho de acceso a la  fertilización  in vitro o  las  técnicas  de  reproducción  asistida,  el  derecho  a  ser  madre  y a la  maternidad,  el derecho a ser padre y a la paternidad. Algunos de estos derechos  entran  en  contraposición, como el derecho a la interrupción del embarazo con  el  derecho a la procreación; el derecho a la vida y derecho a la interrupción  la    vida    por    vía    de    la   eutanasia17.   

Por  supuesto,  en  el ejemplo citado, la  materialización  de  éstos derechos y las reclamaciones indemnizatorias en los  países  con  economías  en  vías  de  desarrollo  o  con  grandes índices de  pobreza,   engendran  contradicciones  enormes  para  su  satisfacción  por  el  obstáculo  para  permitir  el  acceso  integral  y  universal a la salud de las  mayorías  necesitadas,  así  como  a los niños huérfanos y desamparados, por  causa  de  los  ingentes recursos que deben destinarse para permitir el acceso a  las  técnicas  reproductivas  como  ejercicio  del derecho a la reproducción a  determinadas  personas (fertilización in vitro, ovodonación, criopreservación  de ovocitos, verificación de embriones, etc.).   

Bien, en esta modalidad de responsabilidad  se encuentra, la discutida en el presente. El daño al buen nombre.   

2.1.  Los mecanismos para la reclamación  de  indemnización  en  el  ordenamiento  interno  por  afectación  a  derechos  fundamentales   

Precisamente  el  rasgo subjetivo, de los  derechos  fundamentales  implica  la  edificación  de  mecanismos judiciales de  garantía  que  resulten  eficaces.  El  ordenamiento nacional ofrece múltiples  acciones.  En  primer lugar se cuenta con un instrumento ágil e inmediato, como  la  acción constitucional de tutela prevista en la regla 86 de la Constitución  Política,   por  medio  de  la  cual  toda  persona  podrá  reclamar  “(…)  la   protección   inmediata   de   sus   derechos  constitucionales  fundamentales,  cuando quiera que éstos resulten amenazados  o vulnerados por la acción  u  omisión de cualquier autoridad pública (…)”,  facultando  al  juez  para  decretar  órdenes  dirigidas  al infractor para que  “(…)   actúe   o   se   abstenga   de  hacerlo  (…)”   con   el   propósito   de   detener  la  conculcación  o  frenar  la  amenaza.  Empero,  esta acción no es idónea para  reclamar  el  resarcimiento  por  afectaciones  consumadas, de tal suerte que la  jurisprudencia  constitucional  ha  dicho  que  en estas eventualidades se torna  improcedente   el   ruego  tuitivo.  En  palabras  de  la  Corte  Constitucional  colombiana:   

“(…)  La  carencia   actual   de   objeto  por  daño  consumado  se  presenta  cuando  la  vulneración   o  amenaza  del  derecho  fundamental  ha  producido  lo  que  se  pretendía  evitar  con  la  acción de tutela, de modo tal que ya no es posible  hacer  cesar  la violación o impedir que se concrete el peligro y lo único que  procede  es  el resarcimiento del daño originado en la vulneración del derecho  fundamental  (…)”18.   

Del   mismo  modo  acontece  cuando  ha  desaparecido  el  comportamiento  antijurídico,  ante la materialización de un  hecho  superado,  pues a  pesar  de  comprobarse una afectación a un determinado precepto constitucional,  se  despacha desfavorablemente la petición de amparo por ese motivo. Esta Corte  sobre  este  puntual  aspecto  ha  precisado “(…)  si  la  omisión  por la cual la persona se queja no  existe,  o  ya  ha sido superada, (…) la tutela pierde su eficacia y razón de  ser,  por  lo  que  la  posible  orden que llegase a impartir el juez del amparo  carecería    de    sentido    (…)”19.   

Excepcionalmente,  el  artículo  25  del  Decreto  2591  de  1991  permite  indemnizar  en  abstracto  el  daño emergente  “(…)  [c]uando  el  afectado no disponga de otro  medio  judicial,  y  la  violación del derecho sea manifiesta y consecuencia de  una     acción    clara    e    indiscutiblemente    arbitraria    (…)”.   

Al  respecto,  la Corte Constitucional ha  manifestado:   

“(…)  La  acción  de  tutela no es, en principio, el mecanismo idóneo para solicitar una  eventual  indemnización. En efecto, solo en circunstancias muy excepcionales en  las  que  (1)  la  violación  del  derecho  fundamental  resulte  manifiesta  y  consecuencia  de  una  acción  clara  e  indiscutiblemente  arbitraria,  (2) el  afectado  no  disponga  de  otro  medio  judicial,  y (3) siempre que ello fuere  necesario  para  asegurar  el  goce  efectivo  del derecho fundamental vulnerado  (…)”20.   

2.2. Las acciones declarativas como medios  idóneos para reclamar perjuicios   

De consiguiente, cuando se trata de daños  propiamente  tales a los derechos fundamentales que tienen un reflejo económico  inmediato  o  mediato,  el  instrumento reseñado es ineficaz, y en consecuencia  debe  acudirse  a  mecanismos  o  medios  judiciales  ordinarios para obtener un  resarcimiento.   Precisamente,  cuando  se  hace  relación a las conductas  endilgadas  a  autoridades  públicas,  el ordenamiento dispone de los medios de  control  estatuidos  en  el  Código  de  Procedimiento  Administrativo  y de lo  Contencioso  Administrativo  (Título  III  Parte  II),  mientras que cuando son  particulares  los  responsables,  se  debe  acudir  a  la demanda declarativa de  responsabilidad  civil  (Libro  II  Código  General del Proceso), contractual o  extracontractual  dependiendo  del caso, con fundamento en el artículo 90 de la  Carta,     en    el    artículo    2341    del    C.C.    y    demás    normas  complementarias.   

Cuando  la  afectación de estos derechos  proviene  de  los  particulares debe apelarse a las acciones reparatorias de que  conoce  la  jurisdicción ordinaria, mediante la cuerda procesal de los procesos  declarativos, tal como la que corresponde al presente evento.   

Tratándose de la responsabilidad por este  tipo  de  derechos, es necesario determinar claramente la naturaleza del derecho  fundamental  afectado,  y  para  lo  pertinente,  aun cuando puede utilizarse la  teoría  de  la ponderación de derechos, uno de los más autorizados criterios,  está  dado  por la teoría del núcleo esencial, entendido, en cuanto sustancia  primera   o   esencia   (ούσία)   ousía,  en  los  términos  del  gran  pensador de la antigüedad  (Aristóteles),  el  quod quid erat ese o   la  “quiddidad”,  aquello que  hace  que  el  derecho sea y no otra cosa, a fin de que no pueda ser limitado ni  desnaturalizado,  ni  confundido  con  otro  tipo  de  derechos.  Nuestra  Corte  Constitucional  ha  vacilado  en  prohijar este criterio. Lo aceptó en  la  Sentencia  C-131  de  1993, pero en otras oportunidades ha utilizado al criterio  de  ponderación.  Una  importante  caracterización,  la  presenta  el Tribunal  Constitucional español:   

“(…) Se  puede  (…) hablar de una  esencialidad  del  contenido  del  derecho para hacer referencia a aquella parte  del  contenido del derecho que es absolutamente necesaria para que los intereses  jurídicamente  protegibles,  que dan vida al derecho, resulten real, concreta y  efectivamente  protegidos.  De  este modo, se rebasa o se desconoce el contenido  esencial   cuando  el  derecho  queda  sometido  a  limitaciones  que  lo  hacen  impracticable,  lo  dificultan  más  allá  de lo razonable o lo despojan de la  necesaria     protección     (…)”21.   

3.  Elementos  de  la responsabilidad por  agresión a los derechos fundamentales   

En  general,  nada novedoso puede existir  cuando  reclamamos  responsabilidad  por agresión a los derechos fundamentales,  por  cuanto  no  podemos  edificar  la  construcción  teórica  de  la  acción  reparatoria  respectiva,  sino  con los elementos con que hemos contado hasta el  día  de  hoy,  para  demandar  ante los jueces la responsabilidad por cualquier  hecho  dañoso  o  por cualquier comportamiento o conducta antijurídica. Y esto  porque   incumbe   demostrar  los  elementos  axiológicos  que  corresponden  a  cualquier  tipo  de  responsabilidad, sea que esta venga desde el punto de vista  de             la            imputación22     por     vía     de  responsabilidad  con  culpa probada o con culpa presunta o por el riesgo creado,  porque  ello  dependerá  del  caso  concreto  como  haya ocurrido la situación  factual  que  legitima  el  resarcimiento de la persona ofendida en sus derechos  fundamentales.    

Lo novedoso y trascendente sí estriba, en  el  plus que adquiere la  responsabilidad   por   agresión  a  los  derechos  fundamentales,  por  cuanto  demostrada  su  existencia  deben impartirse condenas u órdenes complementarias  con  carácter  satisfactivo  y/o  simbólico  que  procuren  garantizar  la  no  repetición,  el arrepentimiento, la reparación integral, la alteridad; en fin,  prestaciones  de  hacer  o  de  no  hacer  en  pos  de  una  verdadera  justicia  restaurativa  y  de  una  justicia  transicional  hacia  la construcción de una  sociedad   democrática   con   pleno  respeto  y  protección  a  los  derechos  individuales y sociales.   

En   consecuencia,   deben  demostrarse  concurrentemente  los  elementos  axiológicos que integran la responsabilidad a  fin  de  disponer las indemnizaciones, condenas y órdenes correspondientes: (i)  El  elemento  generador  del  daño,  hecho  dañoso  o conducta antijurídica o  jurídica  que  transforma  el  mundo  externo;  (ii) el evento dañoso, daño o  perjuicio;  (iii)  la  relación  de  causalidad que debe existir entre el hecho  dañoso  y  el  daño  o  perjuicio; y (iv) la imputabilidad o atribución de la  responsabilidad,  y  la  consecuente  culpabilidad,  según  nos encontremos con  circunstancias  generadoras  de  la  responsabilidad gobernada o no por la culpa  presunta o la culpa probada.   

Estos  son  los  mismos  elementos  que  proclama   la   doctrina  española:  “(…)  toda  obligación   derivada   de   un  acto  ilícito  según  constante  y  pacifica  jurisprudencia,  exige ineludiblemente los siguientes requisitos: a) una acción  u  omisión  ilícita;  b)  la  realidad y constatación de un daño causado; c)  culpabilidad,  que  en  ciertos casos se deriva del aserto “si ha habido daño  ha  habido  culpa”,  y  d)  un  nexo  de  causal entre el primero y el segundo  requisito”23.   

1.   El   hecho   dañoso24,   la  conducta  o  el  comportamiento  antijurídico  lesivo por acción u omisión en  forma  inmediata  o  mediata  es  el  primer elemento. En lugar de la expresión  hecho   dañoso,   es   preferible   hablar  de  conducta  o  de  comportamiento  antijurídico  para  no  incurrir en el error de atribuir la transformación del  mundo  exterior  humanizado  a  fuerzas  ciegas  de la naturaleza o a fenómenos  externos al comportamiento humano.   

2.  El  daño  o perjuicio sufrido por la  víctima  o  acreedor.  Se trata de un menoscabo patrimonial o extrapatrimonial.  Es    la   lesión,   disminución,   perturbación,   destrucción,   pérdida,  vulneración  de  un derecho subjetivo que experimenta la víctima o el acreedor  en  su  patrimonio  económico o moral, o de un interés jurídicamente tutelado  por causa de la conducta dañosa.   

3.  La  existencia  de  un  nexo  causal,  significa  que  haya  un  vínculo  causal  entre  la  conducta (incumplimiento,  acción u omisión del agente) y el daño o perjuicio.   

4.  Culpabilidad como elemento subjetivo.  Su  presupuesto  es  la  imputabilidad.  Para  que  una  persona  sea  declarada  responsable,  el  comportamiento  del  sujeto  debe  ser  imputable, y si lo es,  consecuencialmente  puede  determinarse   si  hay  culpabilidad  en su  sentido  amplio  (dolo  o  cualquier  tipo  de  culpa)  en  el  incumplimiento o  violación.  La  culpabilidad  exige  como  presupuesto  previo la existencia de  imputabilidad,  elemento  que  no  debe probarse en la responsabilidad objetiva,  con riesgo o presunta.   

La  doctrina  nacional  más  autorizada,  señala  que  “(…) tanto la responsabilidad civil  contractual  como  la  extracontractual  se  basan en elementos que son comunes,  entre  ellos,  que  exista una conducta del demandado, que exista un daño y que  ese    daño   sea   causado   por   la   culpa   del   agente   (relación   de  causalidad)25.  Y  con  relación  a  la  conducta  dañosa, expone:   

“(…)  Se  requiere  que haya una conducta activa u omisiva  del   agente,  pues  en  la  responsabilidad  civil  es  esencial  que  haya  un  comportamiento  mediato o inmediato del responsable. Ello es válido tanto en la  responsabilidad  contractual  como  en  la  extracontractual.  El hecho ilícito  siempre  está precedido, desde el punto de vista psicológico o filosófico, de  un  acto  humano  que está dirigido a otra finalidad distinta de la de producir  efectos  jurídicos.  Dicho  de  otra  manera,  el  acto  lícito supone un acto  jurídico,  es  decir,  un  acto  encaminado  a  producir efectos jurídicos. En  cambio  la  responsabilidad  civil  supone  un acto humano que no tiende a crear  efectos  jurídicos,  pero  que  de hecho los crea porque se produce un daño en  forma  ilícita.  Así  por  ejemplo,  quien  mata intencionalmente a otro está  realizando  un  acto  humano, pero como ese acto humano no tiene la finalidad de  producir  efectos  jurídicos,  aunque  de  hecho  los  produzca, decimos que la  realización  de  ese daño intencional constituye un hecho ilícito26.   

Frente    al    segundo    fundamento  aduce:   

“(…)  para  que  haya responsabilidad civil contractual o extracontractual es preciso que el  demandante  haya  sufrido  un  daño. El simple hecho del comportamiento culposo  del  agente  no  genera  por  sí  solo  la  responsabilidad  civil.  Por  daño  civilmente  indemnizable  se  entiende el menoscabo de las facultades jurídicas  que  tiene  una  persona  para disfrutar un bien patrimonial o extrapatrimonial.  Ese  daño  es  indemnizable  cuando  en  forma  ilícita es causado por alguien  diferente   de   la   víctima.   Los   daños   pueden   ser   patrimoniales  o  extrapatrimoniales.  Los primeros son el atentado al patrimonio económico de la  víctima,  mientras que los segundos están referidos a la lesión de los bienes  protegidos  por  el  orden  jurídico,  pero  que  no  tienen  valor  pecuniario  alguno”27.   

Finalmente,   en   alusión  al  tercer  elemento, esa misma doctrina afirma:   

“(…) puede  suceder  que  una  persona  se  haya  comportado  en  forma  ilícita y en forma  paralela   o  simultánea  un  tercero  haya  sufrido  un  perjuicio.  En  tales  circunstancias,  no  existirá  responsabilidad  civil  de quien se comportó en  forma  ilícita  mientras  dicha  persona no haya sido el causante del perjuicio  sufrido  por  la  víctima.  En general, ésta es una exigencia de todo el mundo  normativo,  sea  religioso, moral o jurídico. Uno solo responde por los efectos  de        su        propia        conducta”28.   

            Descritos  los  elementos axiológicos de la responsabilidad, resulta importante  señalar,  para  entender  la  cuestión,  que  en forma unánime la teoría del  daño,  en el derecho nacional, y en algunos otros derechos de otros países con  algunas  variantes,  reconoce  a  título  de  perjuicios, las siguientes formas  indemnizatorias:  Los  perjuicios  materiales:  El  daño  emergente  y el lucro  cesante;  y  los perjuicios inmateriales, compuestos por el perjuicio moral y el  perjuicio  a  la  vida de relación, éste último en forma patente lo consignó  en 1968, ésta Sala de Casación.   

3.1.  Ahora  bien,  cuando  se  trata  de  agresión   a   los   derechos   fundamentales,  dada  su  trascendencia  en  la  construcción  del  Estado  Social  de  derecho,  como en el caso concreto, debe  hablarse  y  añadirse la reparación satisfactiva y/o simbólica y la garantía  de  no  repetición,  como  tercer  arquetipo de los perjuicios inmateriales. Es  decir,  el daño extrapatrimonial se compone: 1. Perjuicios morales, 2. El daño  a  la  vida  de  relación,  y  3. La reparación satisfactiva o simbólica y la  garantía de no repetición.   

El  daño  patrimonial  constituye  todo  menoscabo  monetariamente  determinable.  Señala  el artículo 1613 del Código  Civil  que  “(…)  [l]a indemnización  (…)  comprende el daño emergente y  lucro   cesante”,   la  regla  1614  ibíd.,  define  a  la primera de esas  modalidades   como   “(…)   el  perjuicio  o  la  pérdida  (…)” experimentada por la víctima, en  tanto  que  la  segunda,  es  “(…)  la ganancia o  provecho     que    [para    ella]    deja  de  reportarse (…)”. También  la  Sala reconoce como perjuicios inmateriales el moral y el perjuicio a la vida  de  relación  o  por  alteraciones a las condiciones de existencia, los cuales,  diferencia así, esta Corte:   

“(…)  El  daño  a  la  vida  de  relación y el moral son distintos, habida cuenta que el  primero  se  refleja  sobre la esfera externa del individuo, es decir, tiene que  ver  con  las  afectaciones  que  inciden en forma negativa en su vida exterior,  concretamente,  alrededor de su actividad social no patrimonial, mientras que el  segundo  recae  sobre  la  parte  afectiva  o interior de la persona, al generar  sensaciones    de    aflicción,    congoja,   desilusión,   tristeza,   pesar,  etc.     (…)”29.   

3.2  La  Asamblea General de las Naciones  Unidas  en  su  56  sesión  de  19  de  abril  de 2005, aprobó un documento de  soft   law  denominado  “Principios   y  directrices  básicos  sobre  el  derecho   de   las   víctimas   de   violaciones   manifiestas  de  las  normas  internacionales  de  derechos  humanos  y  de  violaciones  graves  del  derecho  internacional     humanitario     a     interponer     recursos     y    obtener  reparaciones”30.   

En  él,  se establecieron los siguientes  tipos  de reparaciones: (i) restitución al estado anterior a la victimización;  (ii)  indemnización  de  forma  adecuada a la gravedad de la violación y a las  circunstancias  de cada caso; (iii) rehabilitación médica o psicológica; (iv)  satisfacción;  y (v) garantías de no repetición. Medidas similares decreta la  Corte   Interamericana   en  algunos  de  los  casos  que  han  sido  objeto  de  juzgamiento31.   

En  la  citada Resolución de la ONU, las  medidas   de   restitutio  in  integrum  agrupan  las  acciones  que  procuran  ubicar a las víctimas en  condiciones  semejantes  a  la  situación  anterior  al  hecho dañoso  de  acuerdo  al  respectivo  proyecto de vida individual o comunitaria del afectado,  restableciendo   plenamente   sus   derechos   en   un  marco  democrático.  La  indemnización  pretende  reconocer  los perjuicios económicos (lucro cesante y  daño  emergente  presente  y  futuro),  los  perjuicios  inmateriales causados,  incluyendo  la  pérdida  de  oportunidad; y en el punto, la Resolución enlista  cinco   literales  indemnizatorios.  Las  medidas  de  rehabilitación   se  refieren   a  la  atención  médica  y  psicológica,  servicios  jurídicos  y  sociales.  Las  medidas de satisfacción abarcan ocho disposiciones para obtener  la  cesación de la infracción, la verificación de la verdad sin revictimizar,  búsqueda  de personas desparecidas o secuestradas, declaraciones oficiales para  restablecer  la dignidad, disculpas públicas, aceptación de responsabilidades,  conmemoraciones,  homenajes,  etc. Las medidas de garantía de no repetición se  refieren  al  fortalecimiento  de  medios  subjetivos  y  objetivos  que  en las  diferentes  instancias  procuren  garantizar  la  no  repetición  de los hechos  violatorios  del  derecho, y en este grupo se sugieren siete literales concretos  que contienen disposiciones al alcance de la comunidad mundial.   

Las  medidas reparativas descritas, en su  mayoría,  se  hallan  previstas  en  ordenamientos  como  el nuestro, porque la  indemnización  plena  que  las Cortes, Tribunales y Jueces locales aplican hoy,  contienen  disposiciones  restitutorias  e  indemnizatorias,  y en mayor o menor  grado, medidas de rehabilitación.   

3.3.   Con   relación  a  las  medidas  satisfactivas  y  de  no  repetición,  realmente  no  son  reconocidas  en  las  decisiones   judiciales   en   muchos  ordenamientos.   Estas  son  medidas  complementarias  y  necesarias para que la reparación sea integral, y cuando se  trata  de  derechos fundamentales infringidos, los jueces deben decretarlas, sea  como  parte  o  adherencia  a  la  indemnización del perjuicio inmaterial, o en  forma independiente.   

Por  tanto,  el  nuevo  marco  del Estado  Social  de  Derecho  conmina  a  adoptar  todas  las  medidas  legales, administrativas y jurisdiccionales con el objeto de asegurar y  garantizar  el  respeto  a  los  derechos  fundamentales  en  forma  efectiva  e  integral32,  de modo que se incluyan medidas de reparación satisfactiva y/o  simbólica y de no repetición.   

4.   La  reparación  satisfactiva  y/o  simbólica  y  la  garantía  de  no  repetición  como  formulas de la justicia  restaurativa y de transición   

4.1.   La  reparación  simbólica  y/o  satisfactiva  tránsito  a  la  reparación  integral.  A fin de dar curso a una  reparación    completa   o   plena,   “tout   le  dommage”   o  “full  compenssation”,  cual  lo  exige una teoría real,  justa  y  equitativa  del  derecho  de  daños  en  el Estado Social de Derecho,  tratándose  de  la  agresión  a  los  derechos fundamentales, debe reconocer y  disponerse,  aún  de  oficio,  la  reparación satisfactiva y/o simbólica y la  garantía  de no repetición, en coherencia con los estándares internacionales,  y   siguiendo   también,   en  gran  parte,  la  doctrina  vernácula  de  esta  Corte.   

Este  tipo de reparación va más allá del  aspecto  financiero  con  el propósito de obtener la satisfacción adecuada del  resarcimiento;  no  tiene carácter excepcional, sino ordinario y complementario  a  los  ítems  reparativos vigentes en el daño inmaterial en procura de que la  indemnización  sea  integral,  reparando intereses no dinerarios y atenuando el  dolor.   

El  Estado  Constitucional  y  Social  de  Derecho  como  superación de las formas de organización política de carácter  individualista,  al  estar  directamente comprometidos con la protección de los  valores,  principios  y derechos de carácter democrático, exige en los tiempos  y  coyunturas  actuales  como  imperativos  supremos,  la obligación de reparar  integralmente  a las víctimas por daños cuando haya ofensa a cualquier derecho  fundamental,  constitucional  o humano. En este caso, se hace necesario postular  como  elemento adicional a la indemnización tradicional y en consonancia con el  Derecho   Internacional   Humanitario   y   el   convencional,   la  reparación  satisfactiva  y/o  simbólica  y  de  garantía  de no repetición del daño, en  procura de la verdad, la justicia y la reparación.   

En  este punto, surge conceptualmente una  discrepancia   con   la   sentencia,  porque  la  decisión  debió  avanzar  al  reconocimiento  claro  de la reparación satisfactiva y/o simbólica y a la toma  de  medidas  de  no repetición, las cuales no son de recibo, únicamente cuando  hay  afectación al derecho a la vida o a la libertad. El derecho al buen nombre  es  un  derecho  fundamental,  y  como  tal  reclama  protección  y la condigna  sanción  ordenada  por  el  fallo; empero, cuando crea la tercera categoría de  daño  inmaterial,  por  vulneración  al  derecho  fundamental  al buen nombre,  sienta  la  base  para  la gestación infinita de especies individuales por cada  nuevo derecho que resulte afectado.   

El buen nombre debió enfrentarse desde la  teoría  constitucional  de  la  reparación  integral para que la nueva condena  edificada  como  tercera  forma  de  daño  inmaterial,  se  enfocara  hacia  la  reparación  satisfactiva y/o simbólica y hacia la garantía de no repetición,  por  estar  en  juego un derecho fundamental, digno de protección,  con el  fin   de   que  la  demandada,  patrocinara,  por  ejemplo,  campañas  para  la  protección   del   buen   nombre   de  los  usuarios  del  sistema  crediticio.   

Por   otra   parte,  como  adelante  lo  demostraré,  el  ejercicio judicial se tornará complejo, cuando se denuncie el  resarcimiento  de  nuevos  o  diferentes  derechos  fundamentales, o aún el del  mismo  buen  nombre,  al  construir  como  categoría independiente circunscrita  exclusivamente  al  daño  no  patrimonial,  la  vulneración  de  los  derechos  fundamentales,   porque   éstos   no  se  afectan  únicamente  en  el  ámbito  extrapatrimonial,  también  se  vulneran  en el ámbito patrimonial y con mayor  frecuencia,  en  esta especie. La categoría a profundizar, como parte del daño  inmaterial,    siguiendo    el    fallo    Villaveces   de   1922   –  1924,  debió  ser la reparación  satisfactoria o simbólica y las medidas de no repetición.   

4.2.   Necesidad   y   concepto  de  la  reparación   satisfactiva   y/o   simbólica   y   de   la   garantía   de  no  repetición.   

Hoy,   sobre  todo,  ante  los  fuertes  conflictos  sociales  y  políticos  generados por la concentración de capital,  por  el  megapoder  de  los conglomerados empresariales que apocan al ser humano  como  individuo  o  lo tornan una cifra o un simple objeto estadístico, ante la  violencia  de extrema derecha o de izquierda, llámese guerrillera o paramilitar  que  destruye  vidas  o desplaza personas y comunidades enteras; en el presente,  ante  las  catástrofes naturales o ambientales por imprevisión del Estado o de  particulares;  o  simplemente  ante  comportamientos jurídicos o antijurídicos  que  menoscaban derechos, se hace urgente, en forma simultánea con la adopción  de  los  modelos  de  justicia  restaurativa  y  de transición, que el juez del  Estado  Constitucional  acoja  mecanismos  para  la reparación integral, que no  abroguen  las  formas  reparativas  previstas  en  la  teoría  y en la doctrina  vigente  hasta  ahora,  para  el  derecho  de  daños,  sino que la complementen  enérgicamente.   

Se  trata  de  una  reparación que no es  sustitutiva    de   las   formas   tradicionales,   sino   de   restablecimiento  complementario  a  la indemnización de los perjuicios materiales e inmateriales  atrás señalados.   

Por   reparación   satisfactiva   y/o  simbólica,  se  entiende la ejecución de conductas por parte de los dañadores  con  finalidades  diversas, decretadas a buen juicio, según las condiciones del  caso,  encaminadas  alternativamente  a  preservar  la memoria histórica, la no  repetición  de  los  hechos,  a la aceptación pública de la infracción a los  derechos  subjetivos  de los afectados, el perdón público, la recuperación de  la  dignidad  de  las  víctimas;  y  si  se trata de crímenes, para impedir el  olvido  o la amnesia histórica. Cuando se habla de perdón público se trata de  un  verdadero  arrepentimiento  como medio para obtener la reconciliación entre  quienes  han  tenido  intereses  encontrados  en  la  historia y en el juicio en  procura del ideal de justicia.   

4.3.   El   significado   gramatical  y  filosófico de lo simbólico para la reparación   

Para entender esta modalidad reparativa es  necesario   recordar   que   símbolo,   se   deriva   del  latín  simbolum,  que  a  su  vez  viene  del  griego  σύμβολον,   cuyo  significado  en  términos de la RAE, es:   

“  1.      m. Representación  sensorialmente  perceptible  de  una realidad, en  virtud  de  rasgos  que  se  asocian  con  esta  por una convención socialmente  aceptada.  2.m.    Figura   retórica   o   forma  artística,  especialmente  frecuentes  a  partir  de  la  escuela simbolista, a fines del siglo XIX,  y  más  usadas  aún  en  las  escuelas poéticas o artísticas posteriores, sobre  todo  en  el  superrealismo,  y  que  consiste  en  utilizar  la  asociación  o  asociaciones  subliminales  de  las  palabras  o  signos para producir emociones  conscientes”33.    

Por   esta  razón,  el  simbolismo  es  comprendido  como un sistema de signos o de símbolos con que se presentan   creencias,  conceptos  o  sucesos.  También  es  la  corriente  que  acude a lo  metafórico,  al  símil y que en lugar de nombrar los objetos reales o ideales,  simplemente,  los  sugiere  o  evoca  por  comparación,  por  relación  o  por  semejanza,  de  modo  que  estructura  también  una representación sensible de  ideas;  así,  por  ejemplo,  el perro puede simbolizar la lealtad, el hierro la  fe,  el mausoleo al fallecido, el monumento la memoria histórica; las banderas,  la  paloma o los pañuelos blancos, la paz; pero también los hay formales en la  lógica  simbólica,  en  las  matemáticas  o  en la química, etc., porque las  palabras,  las  letras,  los  números, también pueden serlo. De manera que los  símbolos    pueden    ser   reales   o   ideales34.   

El  símbolo constituye la pieza clave de  la  naturaleza  del  hombre.  En  torno  a  esto  nos  dice  el filósofo, Ernst  Cassirer:   

“En el mundo  humano  encontramos  una  característica  nueva  que parece constituir la marca  distintiva  de la vida del hombre. Su círculo funcional no sólo se ha ampliado  cuantitativamente  [respecto  del  círculo animal] sino que ha sufrido también  un  cambio  cualitativo.  El hombre, como si dijéramos, ha descubierto un nuevo  método  para  adaptarse  a su ambiente. Entre el sistema receptor y el efector,  que  se encuentran en todas las especies animales, hallamos en él como eslabón  intermedio  algo  que  podemos  señalar  como  sistema «simbólico». Esta nueva  adquisición   transforma   la   totalidad   de   la   vida   humana”35.   

Por  vía  de  lo simbólico el hombre se  reconoce  “en  sí” o  “así  mismo”  y  se  distancia  de  los  otros animales, creando una figuración o un mundo que no es  el  natural  o  el  actualmente  real.  Por  medio  del  símbolo se potencia la  creatividad  y  el  espíritu  humano  para  imprimir una nueva dimensión en la  reparación del daño.   

Pero  no solo desde la filosofía y desde  la  lingüística  ha  sido enfrentado el símbolo, también desde la estética.  En   palabras   de    Coomaraswamy:  “El simbolismo es el arte de pensar  en    Imágenes”36,  nos  damos cuenta que se  trata  del  lenguaje de las formas simbólicas, donde  se  aprende y transforma el mundo a través de ellas, más allá del pensamiento  conceptual,  superando los límites de lo real y contradictorio. Cuando se habla  de  símbolo se trata de utilización de la analogía porque el símbolo muestra  y  oculta  todo  aquello  que no puede ser formulado o expresado de otra manera,  separándonos  de  lo  natural  y del mundo puramente realista, posibilitando la  creación de una nueva realidad.   

4.4.  La  reparación  simbólica:  salto  cualitativo    para    construir   una   comunidad   dialógica,   tolerante   y  democrática   

La  reparación  simbólica,  implica  la  ejecución  de  actividades  lúdicas  o emocionales que tengan presente que los  seres  humanos  dentro  de  nuestros atributos a la personalidad sentimos dolor,  pero  también  podemos  perdonar, en procura de contrición y de la superación  del  rencor  que  pudo  haber  nacido  de  la relación y de los efectos nocivos  generados  entre dañado y dañador con ocasión del hecho dañoso, de tal forma  que  las  víctimas  puedan  superar  la  aflicción  para  reencontrar también  momentos  placenteros  capaces  de  posibilitar la construcción de una sociedad  tolerante,  incluyente  y  próspera;  y  para  sociedades  en conflicto como la  nuestra,  da germen a una auténtica reconciliación. Ejemplos concretos de este  tipo  de reparación se halla en la construcción de monumentos a las víctimas;  desarrollo  de  murales  para  expresar pensamientos  relacionados  con  los  hechos,  con  los  sueños,  con proyectos de vida, pero  comprometidos  con  la  conquista  de  la  paz;  financiación  de  cátedras de  creatividad  hacia  lo  simbólico  y  lo  tolerante  en  escuelas,  colegios  y  universidades,  o en juntas comunales; financiación de programas de reparación  simbólica, etc.   

En la reparación simbólica el juez debe  potenciar  oficiosamente  o  por  solicitud  de  parte  desde  la  sentencia  el  desarrollo   de   procesos  democráticos  inclusivos  mediante  la  condena  al  ejercicio  y adelantamiento de tareas simbólicas, a la utilización de signos o  de  formas  culturales o de actividades artísticas, etc., donde a través de su  ejecución  quepan  víctimas  y  victimarios, y entre éstos puedan desarrollar  verdaderos   caminos   dialógicos,   más   allá   de  un  criterio  meramente  retributivo,   sancionatorio   o   indemnizatorio,  consecuencia  normal  de  la  cláusula       neminen      laadere.   

Las medidas simbólicas superan la visión  materialista,  o  están  más allá de las categorías indemnizatorias de daño  emergente,  lucro  cesante,  perjuicio  por  pérdida de oportunidad, perjuicios  morales,  perjuicio  a  la  vida de relación, todas las cuáles, normalmente se  traducen  en  términos  de  resarcimiento  económico. En efecto, lo simbólico  implica  un  salto  cualitativo en la actividad judicial, para comprender que la  sentencia  juzga  a  seres humanos comprometidos en proyectos vitales colectivos  de  autorespeto  e integración, donde quienes son contendientes se reencuentran  y  se  reconcilian  porque  no  están aislados en la comunidad de vida, sino en  tránsito  hacia  la  restauración  y edificación de una sociedad que desde lo  imperfecto  camina  a  lo  solidario  para  la realización de la justicia, como  instrumento para acrisolar una auténtica democracia.   

4.5.  El rol protagónico y visionario de  la  Corte  Suprema  de  Justicia colombiana en la formulación de la reparación  satisfactiva y/o simbólica y de las medidas de no repetición   

Esta  Corte,  con criterio visionario, ya  desde  1922  en  la  sentencia  de  casación y luego en la sustitutiva de 1924,  abogó  por la reparación simbólica, mucho antes que la Corte Interamericana y  de  los recientes dictados de las Naciones Unidas. En efecto, el 13 de noviembre  de  1893,  murió  en  esta ciudad, la señora Emilia Santamaría de Villaveces,  esposa  del  demandante,  León Villaveces; el cadáver fue sepultado, el 14 del  mismo  mes  y año, en el mausoleo número ciento dos (102) del cementerio nuevo  oriental  externo.  Inicialmente  León Villaveces, pagó el arrendamiento de la  bóveda,  por  el  término  de  ocho  años,  posteriormente la adquirió,  mediante  escritura  número  1942,  otorgada  el  22 de diciembre de 1900 en la  Notaria  2ª  de Bogotá y registrada el 3 de enero de 1901, libro No 1, página  4,  número  10,  en  la misma ciudad. En el mes de marzo de 1914, los empleados  del  cementerio,  sin previa autorización, exhumaron los restos de su cónyuge,  junto  con  el ataúd donde reposaban. Nunca le fueron entregados los restos, el  cofre fúnebre, ni la lápida de mármol que cubría el pabellón.   

El  cónyuge  sobreviviente  demandó  al  Municipio  de  Bogotá, hoy, Distrito, para la entrega de la bóveda marcada con  el  número  ciento dos (102), de los restos mortales, de la lápida de mármol,  el  ataúd  y  todo  lo  demás que contenía la cripta. En primera instancia se  accedió  parcialmente  a  las pretensiones, el Tribunal confirmó, y en sede de  casación  esta  Corte,  expuso,  el  21  de  julio  de  1922, una transcendente  doctrina satisfactiva y simbólica para el resarcimiento integral:   

“2341.  El  que ha cometido un delito o  culpa,  que  ha  inferido  daño  a  otro,  es obligado a la indemnización, sin  perjuicio  de  la  pena  principal  que  la ley imponga por la culpa o el delito  cometido”.   

“2356.  Por  regla  general  todo  daño  que pueda imputarse o malicia o negligencia de otra  persona, debe ser reparado por ésta”.   

“Este  último  artículo  extiende  la  reparación  a  todo  daño  inferido a una persona por malicia o negligencia de  otra,  de  manera  que  no  puede limitarse su ordenamiento únicamente al daño  patrimonial,  o  sea  en  lo  que  mira  al derecho de propiedad respecto de los  bienes  pecuniarios,  ya  que ese derecho es sólo una parte del conjunto de los  elementos  que integran la persona humana como sujeto de derecho. Tanto se puede  dañar  a un individuo menoscabando su hacienda, como infiriéndole ofensa en su  honra  o  en  su  dignidad  personal  o causándole dolor o molestia por obra de  malicia  o  negligencia  en  el agente. En el caso que se estudia, al demandante  Villaveces  por  el  solo  hecho  de la extracción indebida de los restos de su  esposa  que  él  tenía  depositados  en  una  bóveda  de  su propiedad, se le  infirió  por  culpa  de los empleados del Municipio un daño moral que debe ser  reparado,  a  la luz de los artículos 2341 y 2356 del Código Civil, artículos  que  el  Tribunal  infringió  por haber restringido su alcance, e interpretado,  por tanto, erróneamente.   

“Esta    interpretación   de   las  disposiciones  acotadas  del  Código Civil, está de acuerdo con los principios  de  una sana jurisprudencia, desde luego que todo derecho lesionado requiere una  reparación  a fin de que se conserve la armonía en la convivencia social, pues  aparte  de  las  sanciones  penales  que se refieren a la seguridad pública, es  preciso  que  la  persona  ofendida  sea  en  lo  posible  indemnizada por quien  menoscabo  sus  derechos; y si en muchos casos es difícil determinar el quantum  de  la  reparación,  esa  circunstancia no puede ser óbice para fijarlo aunque  sea  aproximadamente,  ya  que de otro modo habría que concluir que derechos de  alta  importancia  quedaban desamparados por las leyes civiles, cuandoquiera que  su  infracción  escapara  a  la acción de las leyes penales. En el caso que se  estudia se impone la sanción civil.   

“La  sentencia  debe  pues  ser  casada  también  en cuanto absolvió al Municipio de Bogotá del pago de los perjuicios  morales   causados  al  actor  por  los  agentes  de  aquél”37.   

Posteriormente,   para  dictar  sentencia  sustitutiva añadió:   

“En fuerza de todo lo expuesto, la Corte  Suprema,  administrando  justicia  en nombre de la República de Colombia, y por  autoridad  de la ley, casa parcialmente la sentencia objeto del presente recurso  en  cuanto  absuelve  al  Municipio  de Bogotá de la obligación de entregar la  lápida  que  cerraba  la bóveda que contenía los restos humanos de la señora  Martina  Emilia  Santamaría  de  Villaveces,  y  en  cuanto  absolvió  a dicho  Municipio  de  la obligación de pagar al mismo señor Villaveces los perjuicios  morales  que  sufrió por la indebida extracción de dichos restos; y para mejor  proveer  antes  de  dictar  la  sentencia que debe reemplazar a la del Tribunal,  dispone  que  por  medio de peritos nombrados por esta Corte se fije el monto de  los   perjuicios   sufridos   por   el   demandante   a  causa  de  la  indebida  extracción   de  los  restos de su esposa la señora Emilia Santamaría de  Villaveces  de  la bóveda de propiedad de aquél, marcada con el número ciento  dos (102) del cementerio nuevo oriental de esta ciudad.   

“Los peritos, además de las razones que  sirvan  para  fundar  su dictamen, tendrán en cuenta la intensidad del agravio,  la  condición social del señor Villaveces y de su esposa y la circunstancia de  haber   comprado   aquél   una  bóveda  para  mantener  guardados  los  restos  sobredichos  al  amparo  de  toda  profanación”38   

Evacuadas  las  pruebas,  al  dictar  la  sentencia  de  reemplazo,  razonó  la Corte, justamente abrazando en este fallo  del  22  de  agosto  de  1924,  la  reparación  simbólica, para hacer plena la  reparación.  Siguiendo  el dictamen pericial, destaca el mérito simbólico del  mausoleo  y  de  la lápida como desahogo de sentimientos, homenaje y memoria de  la  esposa  muerta,  colmando el vacío y la imposibilidad de reposición de los  restos humanos desaparecidos:   

“Ahora bien, observadas las cosas desde  el  punto  de  vista  práctico, puede decirse que la  conservación  de  los  restos  en un lugar determinado, no responde al deseo de  poseer  eso como una finca o una joya, por su propio valor intrínseco, sino por  el   mérito   simbólico,  representativo  de  la  persona  extinta.  Los  restos  óseos  de un cadáver no valen más que la carne,  más  nadie  se  preocupa  por  conservar  ésta  que  se destruye; si  aquéllos se corrompieran también, nada se perdería tampoco,  materialmente,  pero  el deudo no tendría un símbolo al cual rendir idealmente  el  homenaje  que  impone  el culto de los muertos. Y  tan  cierto es que los restos carecen de valor material, que donde se acostumbra  la  cremación, los deudos se conforman con un puñado de cenizas que cabe en un  cofrecito   minúsculo.  Esto  satisface39 al anhelo  espiritual,  pero  de todas maneras queda algo en que se encarna el recuerdo. De  éste  y del lugar donde se guarda hace el hombre un santuario adonde puede ir a  desahogar  sus  sentimientos.  Si  un caso fortuito,  como  una guerra, un terremoto, un naufragio, o un hecho ajeno privado a alguien  de  ese bien de valor simbólico, procura sustituirlo  con  otro  símbolo.  Por  eso  Francia  ha  erigido  un  monumento  al soldado  desconocido   y   Colombia   otro   a  los  héroes  ignotos,  que  representan  la  tumba de los millares  de  seres  que  perecieron  sin  que  sus  restos  pudieran ser identificados ni  recogidos  por sus familias, más estas han hecho de aquel monumento el sepulcro  de  cada  uno  de  esos  seres  y les basta la ilusión de que allí reposan sus  despojos.   

“Las  consideraciones  que preceden nos  hacen  pensar  que  la indemnización materia de nuestro dictamen debe tener por  objeto    repararle    a    Villaveces    el    dolor    sufrido,   reemplazando  con  otra  cosa que sirva de homenaje y evocación a  la  memoria  de  su esposa muerta, la propia tumba de  ella.  Esa  cosa  no puede ser otra que un monumento  artístico,  que  por sí sólo, o con los restos si  se  pueden  restituir,  colme  el  vacío  que  produjo  el  quebranto moral del  demandante.   

“Ahora     bien,     dadas  la  posición  social  de  los  interesados, su cultura, la  magnitud  del  pesar  causado,  etc.,  estimamos  que el mausoleo o monumento en  referencia   tiene   que   ser   de   un  costo  no  menor  de  tres  mil  pesos  ($3000)”   (Subrayado  fuera del texto).   

“De este modo los peritos han dado a la  indemnización  en  dinero  la  alta significación que tiene en la vida social,  donde  todos  los derechos de los asociados deben quedar amparados por la tutela  jurídica,  y  donde  todo  perjuicio  inferido a la  persona  o  a  la  propiedad de otro, debe ser en lo  posible                 reparado”40.   

Afincando   ya,  el  principio  de  que  “todo      perjuicio      inferido”  a  la  persona  o  la propiedad debe ser reparado plenamente,  tratando  del  doble  objeto  que  tiene  la indemnización en dinero, siguiendo  al  profesor Nicolesco señala:   

“Hoy el dinero constituye casi el único  medio  de  reparación.  Pero  si  bien  es  cierto que tiene siempre por objeto  procurar  al lesionado una satisfacción, su acción no es la misma en todos los  casos.  Al  lado  de  la penal, de la cual no se trata aquí por ser del dominio  del  derecho  público,  el  dinero  llena otras dos funciones en el dominio del  derecho  civil:  una función de equivalencia (“verum praetium, rei estimatio,  quanti  ea  res  est,  id  quod  interest”)  cuando se trata de reconstruir un  patrimonio  menoscabado, y una función puramente satisfactoria, cuando se trata  de un perjuicio no patrimonial.   

“¿Cómo llenará esta última función?  Bien  entendido  que  no  será reemplazando el dolor experimentado, los afectos  perdidos,  pero sí, haciéndolos menos sensibles, borrando, si ello es posible,  las   consecuencias   de  esas  sensaciones;  no  colocando  al  damnificado  en  condiciones  de  rehacerse  de  los bienes que ha perdido, pero sí, abriéndole  una nueva fuente de alivio y de bienestar.   

“Gracias  al  dinero  podrá procurarse  sensaciones   agradables   que   vendrán   a  contrarrestar,  a  compensar  las  sensaciones  dolorosas  o  desagradables  que  han  experimentado.  En  la  vida  ordinaria  también  el  dinero  tiene no solamente la función de proveer a las  necesidades  materiales  del hombre, sino que con él se satisfacen también las  necesidades morales, intelectuales y artísticas”.   

“En  razón  de  lo  expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley,  procedió  a  condenar al municipio a entregar la bóveda, la lápida de mármol  y    los    respectivos   perjuicios   morales”41.   

Nótese,  cómo  en esta decisión, no se  trata   de   una  simple  obiter  dictum,  ni  tampoco  de una formulación aislada para el reconocimiento  de  los  perjuicios morales, tal como lo han entendido intérpretes parciales de  tan  memorable  fallo,  al  no  leerlo  integralmente y al no advertir la fuerza  visionaria,  hermenéutica y teórica que se deriva tanto del fallo de casación  y  de  la  propia  decisión  reemplazatoria  proferida por esta Corte. En ambos  eventos,  con  ponencia  del  magistrado Tancredo Nannetti, la Sala de Casación  Civil,  aboga  por el resarcimiento de los perjuicios morales, pero, también, y  es  allí  donde  está el enorme poder innovador de esta Corte, en la sentencia  se  adelantó  certeramente  por décadas a los modernos sistemas reparativos de  carácter  satisfactivo  y/o  simbólico  que pregonan Cortes internacionales, a  partir  de  un  caso  tan singular, reconociendo LA REPARACIÓN SATISFACTIVA Y/O  SIMBÓLICA,   por  ello  con ardentía pregona, tratándose de pérdidas de  vida,  que si “(…) un hecho ajeno priva a alguien  de    ese   bien   de   valor   simbólico,   procura   sustituirlo   con   otro  símbolo”.  La motivación explícita y la toma de  partido  en  lo  pertinente  por  la  reparación  simbólica  es  una verdadera  ratio   decidendi  con  respecto  al resarcimiento integral del daño. Expone que como los restos óseos  y  el  cadáver  como  tales  se  corrompen  hay  necesidad  de fulminar condena  erigiendo        un        símbolo       para       “(…)       rendir     “(…)    idealmente  el  homenaje que impone el culto de los muertos.   Y  tan  cierto  es  que  los  restos  carecen  de  valor  material, que donde se  acostumbra  la cremación, los deudos se conforman con un puñado de cenizas que  cabe  en  un  cofrecito minúsculo. Esto satisface el anhelo espiritual, pero de  todas   maneras   queda   algo   en   que  se  encarna  el  recuerdo”.   

4.6. Plexo normativo nacional que potencia  la reparación integral en derecho de daños   

En   el  derecho  nacional  encontramos  disposiciones  que obligan a la reparación integral.  Con  algunas  limitaciones,  y  no  obstante,  con orientación culpabilista, el  artículo  1616  del  Código  Civil  colombiano,  aboga  por  tal  camino en la  responsabilidad  contractual.  Pero la regla 1031 del  C.   de   Co.   nacional,   también   propugna  por  la  reparación  integral:  «si  la  pérdida o avería es ocasionada por dolo o  culpa  grave del transportador, éste estará obligado a la indemnización plena  sin  que valga estipulación en contrario o renuncia»  (inc.  5.º). En el ámbito extracontractual hallamos  el  art.  2341  del C.C, obligando a la reparación plena al agente dañador que  ha  inferido  daño  a  otro,  haya  sido con dolo o por la simple culpa; y este  precepto  fue  precisamente  para  los  años  1922  y  1924  la  fuente  de  la  reparación  integral,  que  históricamente torna fundante, tan trascendentales  pronunciamientos.  Y  si  surgen  dudas,  el  art. 16  de  la  Ley  446 de 1998, proclama los principios de  reparación   integral  y  equidad  omnicomprensiva  e  ineluctablemente  en  la  responsabilidad  contractual  o  extracontractual;  de  modo, que la reparación  plena o completa, es exigencia hoy en el ordenamiento interno.   

Recientemente      la  Ley  975 de 2005, en el marco de la Ley de Justicia y Paz, las  víctimas     tienen     el    derecho    a    la    reparación    integral  de los daños sufridos (art.  37).  Y  la  Ley  1448  de 2011, Ley de Víctimas, también la pretende en forma  adecuada,  diferenciada,  transformadora  y efectiva, mediante un articulado que  recoge  los  postulados  del  derecho  internacional  humanitario,  con  efectos  temporales  y  como  medio  para  superar  el conflicto interno que vive nuestro  país.   

Todo  ello  sin desconocer los benéficos  efectos  de  las  reglas  58,  90  y  95,  que  junto  a los derechos, valores y  principios  insertos  en  la  Carta  Política  de  1991 compelen el nuevo marco  jurídico reparativo.   

Epílogo:  

Expuesto  el  marco  central  del derecho  reparativo  cuando  de  juzgar afectación a derechos fundamentales corresponde,  se  hace necesario, mostrar concretamente, el porqué de mi aclaración, una vez  más,    a    partir    de    la    propia    ratio  decidendi,  que  contiene  el  presente  fallo,  en  relación al daño no patrimonial.   

Luego  de hacer el recorrido evolutivo de  la  jurisprudencia  de esta Corte en el reconocimiento de los perjuicios morales  y  de  la  indemnización  por  el  daño  a  la  vida  de relación, afincó la  sentencia:   

         “Los      anteriores     referentes  jurisprudenciales  permiten deducir que el daño a los bienes personalísimos de  especial   protección   constitucional   que   constituyen   derechos   humanos  fundamentales,  no  encaja  dentro  de  las  categorías tradicionales en que se  subdivide  el  daño  extrapatrimonial,  por  lo que no es admisible forzar esas  clases  de  daño  para incluir en ellas una especie autónoma cuya existencia y  necesidad de reparación no se pone en duda.   

“De  ahí que el daño no patrimonial se  puede     presentar     de     varias    maneras,    a    saber:    i) mediante la lesión a un sentimiento  interior    y,    por    ende,    subjetivo    (daño    moral);    ii)  como  privación  objetiva  de  la  facultad  de  realizar  actividades  cotidianas  tales  como practicar deportes,  escuchar  música,  asistir  a  espectáculos,  viajar,  leer,  departir con los  amigos  o  la  familia,  disfrutar  el paisaje, tener relaciones íntimas, etc.,  (daño  a  la vida de relación); o, iii)  como  vulneración  a  los derechos humanos fundamentales como el  buen  nombre,  la  propia  imagen, la libertad, la privacidad y la dignidad, que  gozan de especial protección constitucional.   

        “Las   dos  primeras  formas  de  perjuicio  han  sido  amplia  y  suficientemente     desarrolladas    por    esta    Corte.    El    menoscabo  a  los  bienes jurídicos personalísimos de relevancia  constitucional,  en  cambio,  aunque  se ha enunciado  tangencialmente  por  la  jurisprudencia, no ha sido materia de profundización,  dado   que   hasta   ahora  no  se  había  planteado  ese  asunto  en  sede  de  casación”.   

Según  he expuesto, a mi juicio, existe como  categoría   autónoma,   la   responsabilidad  por  agresión  a  los  derechos  fundamentales,  y  entre ellos, el derecho al buen nombre; pero no lo está y no  es  posible  subordinarla, en forma alguna, como una tercera modalidad del daño  extrapatrimonial, como lo postula la sentencia.   

Sí, los derechos fundamentales, he demostrado  pueden  y  deben  ser  objeto  de  reparación,  pero no sólo en esa subespecie  particular  de  la  tercera categoría de daños no patrimoniales. Si se afrenta  el  buen  nombre,  la  vida,  la  libertad  o  algún  otro derecho con aquélla  condición;   demostrados   los   elementos   axiológicos   de   la  respectiva  responsabilidad,   tal   como   puede   acaecer  evento  dañoso  contractual  o  extracontractual,  puede  y  debe  reclamarse  de acuerdo a lo probado, el daño  patrimonial,  esto  es,  el daño emergente, el lucro cesante y el perjuicio por  la  pérdida  de  oportunidad; y de contera, también, en forma concurrente para  que  la reparación sea plena, el perjuicio moral, y el perjuicio por la vida de  relación.  El  perjuicio  moral  en  la órbita de la congoja, del pesar, de la  aflicción  o  pena que sufre la víctima; el perjuicio por la vida de relación  por  el  desmedro  de  la relación externa que trasciende el espacio íntimo de  cada    sujeto   y   la   “mismidad”  de cada sujeto, para trascender al contacto con quienes la persona  se  trata,  interrelaciona  o rodea, puesto que mientras exista, toda víctima o  todo  perjudicado  o  todo  humano, en la cotidianeidad debe vivir y existir con  otros  sujetos  de  derecho, como prolongación de su ser en la alteridad, en el  cara  a  cara, de tal modo que si existe daño, en éste ámbito también existe  perjuicio o desmedro relacional.   

En el caso concreto, el buen nombre puede ser,  indiscutidamente,  motivo  de  reparación  por daño emergente (ejemplo, cuanto  pudo  erogar  para  restablecerlo), puede ser razón para obtener indemnización  por  lucro  cesante  (porque  dejó  de  percibir en el caso del ahorrador o del  usuario  del  crédito,  los  beneficios  del acto o hecho jurídico materia del  crédito);  también  por  perjuicios  morales, tal como se reconocieron en este  caso;  igualmente  por  perjuicio  a  la  vida de relación, frente al cual hubo  omisión  en  reconocerlo,  en  cuanto es compatible  con la indemnización  por  daño  moral, y con los otros factores de la indemnización material.    

En esta perspectiva, la condena impartida por  el  buen  nombre  resulta  pertinente,  empero,  en la forma propuesta, enfrenta  problemas  epistemológicos  en la arquitectura del daño, porque todo daño que  afecte  derechos  fundamentales o no, -todo lo cual cuenta para el buen nombre-,  compele  de  acuerdo  a  lo  demostrado en juicio, la posibilidad de reconocer y  condenar  por  todos  los  factores indemnizatorios anotados. Por ello discrepo,  cuando    razona   la   decisión,   en   la   ratio  decidendi adicional, lo siguiente:   

“De  igual  manera el fallador habrá de  examinar  si  el  resarcimiento  que  se reclama por concepto de daño a un bien  esencial  de  la personalidad, se halla comprendido en otro rubro susceptible de  indemnización,  como  puede ser el perjuicio patrimonial, el moral, a la salud,  o  a  la  vida de relación; a fin de evitar en todo caso un doble resarcimiento  de la misma obligación”.   

De  este  modo,  en  la  forma propuesta la  reparación   no  sería  completa.  Es  integral  cuando  abarca  los  factores  materiales  y  no  patrimoniales,  éstos  últimos,  incluyendo  la reparación  satisfactoria y/o simbólica y la garantía de no repetición.   

La  verdadera  tercera  categoría  en la  modalidad  de  daño  no  patrimonial,  según  se  ha  expuesto,  debió ser la  reparación  satisfactoria  (satisfactiva)  y/o  simbólica  y  la  garantía de  repetición,     como    in    extenso  se  expuso,  cuando  se  afecta  todo  derecho fundamental, y no  únicamente  en  el caso al derecho a la vida o la libertad, como en los asuntos  fallados  por  los  jueces internacionales,  sino para todas las hipótesis  de  agresión  a  los  derechos  fundamentales,  como  aconteció  en  el juicio  Villaveces,    1922-1924,    donde   esta   Corte   condenó,   premonitoria   y  visionariamente,  junto  al  pago  al  perjuicio  moral,  a la devolución de la  lápida  signo  del  perenne  recuerdo, y la edificación del mausoleo, tal como  allí  se  consignó:  “reemplazando con otra cosa  que   sirva   de   homenaje   y   evocación   a   la   memoria   de  su  esposa  muerta,  la  propia  tumba  de  ella.  Esa    cosa    no    puede    ser    otra    que    un   monumento  artístico,  que  por sí sólo, o con los restos si  se  pueden  restituir,  colme  el  vacío  que  produjo  el  quebranto moral del  demandante”.   

Fecha ut supra,   

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA    

1  LLAMAS,        Ángel,        “Reconocimiento    histórico    de    los   derechos   humanos”,  Ensayo  disponible  en  versión  electrónica  en:  https://sites.google.com /a/cecar.edu.co/derecho  internacional-y-ddhh/contenido.    

2  Rafael  Aguilera  Portales  y  Diana  Rocío  Espino  Tapia, precisan sobre este  punto:   “En  efecto,  la  iniciativa  capitalista  burguesa  (liberalismo económico clásico) auspició que los poderosos abusaran  de  su  poder  en  agravio  del  sector social obrero más frágil y vulnerable.  Así,  el Estado liberal individualista no contempló la necesidad de garantizar  las  relaciones  sociales  que  serían consecuencia de esa nueva percepción de  Estado  y  se  convertiría en un instrumento del cual se valdrán los burgueses  para  defender  su  propiedad  privada  e  incluso  instrumentalizar  el trabajo  ajeno”.      Artículo     “Repensar   a  León  Duguit  ante  la  actual  crisis  del  Estado  Social”, en “Universitas, Revista de Filosofía,  Derecho  y  Política”, España: Universidad Carlos III de Madrid,   No.   12   de   julio  de  2006.  p.  50.       

3  PEREZ  LUÑO,  Antonio.  Los derechos fundamentales,  temas      clave     de     la     constitución     española.     España:  Editorial Tecnos, grupo Anaya, S.A., 2007. Ed. 9. p. 43.   

4  Por   supuesto  no  es  principalmente  órgano  de  Derechos Humanos, sino de controversias estatales.   

5  BOBBIO,  Norberto,  traductor  Rafael  de Asis. “El tiempo de los derechos”,  Madrid: Ed. Sistemas, 1991. p. 107.   

6  Desde    la    perspectiva   Alexiana.   

7 La  moral  no  vista  desde  el  punto de vista religioso, sino como característica  análoga  a la ética. Por tanto, no se trata de una perspectiva religiosa, así  muchas   veces   pueda   coincidir   la  concepción  con  los  valores  de  esa  índole.   

8  Todo  ello,  al  margen  de  los derechos que puedan tener los animales y de los  derechos  y  personería  que  pueda  otorgarse a la naturaleza. Precisamente la  Constitución  del Ecuador del 2008 con la enmienda del 2011, dispone en el art.  10   que  la  naturaleza  es  sujeto  de derechos, y en el art. 71 enuncia:  “La  naturaleza  o  Pacha  Mama,  donde  se reproduce y realiza la vida, tiene  derecho  a  que  se  respete  integralmente  su  existencia y el mantenimiento y  regeneración   de   sus   ciclos  vitales,  estructura,  funciones  y  procesos  evolutivos.  Toda  persona,  comunidad, pueblo o nacionalidad podrá exigir a la  autoridad  pública  el  cumplimiento  de  los  derechos  de la naturaleza. Para  aplicar  e  interpretar estos derechos se observaran los principios establecidos  en la Constitución, en lo que proceda”.   

9 Es  textual  la  cita  utilizada  por el Profesor Pablo Lucas Verdú de Erich Kaller  en:  LUCAS  VERDÚ,  Pablo.  “Humanidad y Derechos  Humanos”, en “Anuario  de   Derechos   Humanos,  Nueva  época”,  Madrid:  Universidad  Complutense, Vol. 1, 2000. p. 129 a 154.   

10  “(…)  En  el  reino de los fines todo tiene o un  precio  o  una  dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo  equivalente;  en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto,  no  admite  nada  equivalente,  eso  tiene una dignidad. Lo que se refiere a las  inclinaciones  y necesidades del hombre tiene un  precio comercial; lo que,  sin  suponer  una  necesidad,  se  conforma  a  cierto  gusto,  es  decir, a una  satisfacción  producida  por  el  simple  juego,  sin  fin  alguno, de nuestras  facultades,   tiene  un  precio  de  afecto;  pero  aquello  que  constituye  la  condición  para  que  algo  sea  fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor  relativo   o  precio  sino  un  valor  interno,  esto  es,  dignidad   (…)”.   KANT,   Inmanuel.  Traducción  de  Manuel  García  Llorente.  “Fundamentación  de  la metafísica de  las  costumbres”,  Madrid:  Espasa Calpe, 1980. p.  74.   

11  HABERMAS,  Jurgën.  “El  concepto  de la dignidad  humana   y   la   utopía   realista   de   los   derechos   humanos”,  México:  Universidad  Nacional  Autónoma, Revista Diánoia  No. 64, mayo 2010. p. 3 a 25.   

12  “(…)  El  Poder,  en  efecto,  crea  el  Derecho  positivo  que,  como  ya  se ha señalado, es la única realidad jurídica. Pero  esta  vinculación entre el Derecho y la decisión del Poder no ha de entenderse  como  resultado  de una posición decisionista o voluntarista desnuda. El Poder,  fuente   formal  y  última  del  Derecho,  es  una  realidad  social,  con  una  determinada  concepción  axiológica -que podrá parecer correcta o incorrecta-  tras  de  sí.  Las  normas  jurídicas,  producto  de  las decisiones del Poder  político,  son expresión, a la vez, de todo el background social y axiológico  que  se  encuentra  tras  el  Poder. Así, en el marco de un sistema jurídico y  político  democrático,  (que  constituye  nuestro  ámbito  de referencia y el  escenario  en el cual son válidas las reflexiones sobre la teoría jurídica de  los  derechos),  que  asume unos valores y principios axiológicos determinados,  el  Ordenamiento  jurídico  integra  determinadas  exigencias de justicia: esas  exigencias  se  especifican  en  postulados  normativos  jurídicos al más alto  nivel  que  deben ser respetados -como condición de validez- por las normas que  pertenecen    al    sistema   jurídico   (…)”.  ANSUÁTEGUI  ROIG,  Francisco Javier. “Ordenamiento  Jurídico  y  Derechos  Humanos”,  en TAMAYO,  J.  J., (dir.), “10 palabras  clave   sobre   derechos   humanos”,  Madrid:     Ed.    Verbo    Divino,    Estella,    2005.    p.    305    a   347.   

13  PEREZ  LUÑO, Antonio. “Los derechos fundamentales,  temas   claves  de  la  constitución  española”.  Novena edición, ed. Tecnos, Madrid: 2007. p. 20.   

14  Sobre   este   punto   el   Tribunal   Constitucional   español  en  Sentencia  de  14  de  julio de 1981, se refiere al «(…)           doble  carácter  que  tienen  los derechos fundamenta­les  (…).  En  primer  lugar,  los  derechos  fundamentales  son derechos subjetivos, derechos de los individuos, no  sólo  en  cuanto derechos de los ciudadanos en sentido estricto, sino en cuanto  garantizan   un  «status  jurídico»  o  la  libertad  en  un  ámbito  de  la  existencia.   Pero   al   propio   tiempo,   son  elementos  esencia­les  de  un Ordenamiento objetivo de  la  comunidad  nacional,  en  cuanto  ésta  se  configura  como  marco  de  una  convivencia  humana  justa y pacífica, plasmada históricamente en el Estado de  Derecho  y,  más  tarde,  en  el  Estado social de Derecho o el Estado social y  democrático    de    Derecho,    según    la    fórmula    de    [su]    Constitución    (artículo  1.1)»  Expediente  BJC  1981-5,  F.J. 5, España: p. 331.   

15  L.  MARTIN-RETORTILLO,  “Régimen constitucional de  los     derechos     fundamentales”,    en    L.  MARTIN-RETORTILLO,  I.  DE  OTTO Y PARDO, “Derechos  fundamentales    y    Constitución”,  Madrid:  Ed.     Cívitas,  1988. p. 57.   

16  PEREZ  LUÑO,  Antonio.  Los derechos fundamentales,  temas      clave     de     la     constitución     española.     España:  Editorial Tecnos, grupo Anaya, S.A., 2007. Ed. 9. p. 20.   

17  La  Corte  Const.  colombiana  ha venido generando una abigarrada doctrina sobre  los  derechos sexuales y a la reproducción asistida en las sentencias C-355 del  2006,  T-1104  del  2000,  T-496  del  2002, T-752 del 2007 y T-760 del 2008. De  particular  importancia  son  los problemas planteados en la sentencia T-009 del  17 de enero del 2014.   

18  COLOMBIA,  C.  Const.  Sentencia T- 841 de 3 de noviembre de 2011, M.P. Humberto  Sierra  Porto.  Postura  reiterada en providencias T-492 de 1992, T-1156 de 2000  entre muchas otras.   

19  COLOMBIA, CSJ.STC. 7 nov. 2012, Rad. 11001-02-04-000-2012-02211-01.   

20  COLOMBIA,  C.  Const.  Sentencia  T-  408  de 11 de agosto de 1998, M.P. Eduardo  Cifuentes Muñoz.   

21  ESPAÑA,  Tribunal  Constitucional.  Sentencia de 8 de abril de 1981, referencia  número  11/1981. Según P. Häberle, en la doctrinan  alemana,  núcleo  esencial  es  el»(…)  ámbito  necesario  e irreductible de  conducta  que el derecho protege, con independencia de las modalidades que asuma  el  derecho  o  de  las  formas  en que se manifieste. Es el núcleo básico del  derecho  fundamental, no susceptible de interpretación o de opinión sometida a  la  dinámica  de  coyunturas o ideas políticas». P. Häberle. “El   contenido   esencial   como   garantía   de   los   derechos  fundamentales.  Grundgesetz”, 3.ª ed. Heidelberg:  1983. Traducción española por la Editorial Dykinson.   

22  Entendida  como  atribución  de  responsabilidad desde óptica del deber ser no  desde  el  ser, porque las relaciones jurídicas en el derecho no son causales o  necesarias,  sino  mediadas por la libertad,  la voluntad o el interés, de  manera  que  el  sujeto  de  derecho  podrá  siempre  decidir si ajusta o no su  comportamiento  a  la  norma jurídica, si infringe o no el postulado jurídico,  significando  que la norma puede ser infringida, mientras que la relación   de  naturaleza  necesaria,  se  cumple al margen de la libertad o de la voluntad  del ser humano.   

23  Tribunal  Supremo  de  España,  Sala  1, 29/12/97, MP. Sierra Gil de la Cuesta,  diario la Ley de 6 de marzo de 1998.   

24  “Es  error  bastante común en la doctrina confundir en una sola cosa el hecho  dañoso  y  la  culpa del agente, a pesar de ser cosas totalmente diversas tanto  por  su  naturaleza como por su prueba. El hecho dañoso es fenómeno material y  objetivo,  susceptible  siempre  de  prueba directa. En el caso del proceso, tal  hecho  consistiría  en  la  defectuosa  colocación  de  la tapa en la boca del  tanque,  terminado  el  suministro  de  combustible;  y sería nada menos que el  pilar  sobre  el cual estaría edificada la responsabilidad cuasidelictual de la  Esso.  La  culpa  es  fenómeno  eminentemente  inmaterial  y  subjetivo. En las  actividades  peligrosas se presume del hecho dañoso y esta presunción subsiste  entre  tanto  el  agente del daño no la destruya (…)” COLOMBIA, CSJ. Civil.  Sent.  del  20  de  junio  de  1977,  Mg.  Pon.  Ricardo  Uribe  Holguín.    

26  Ibid. p. 247 a 249.   

27  Ibíd. P. 247 a 249.   

28  TAMAYO  JARAMILLO, Javier. Tratado de responsabilidad  civil.  Ed.  2.  Bogotá:  Editorial  Legis. Tomo I,  2007. p. 247-249.   

29  COLOMBIA,  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Civil. Sentencia de 20  de enero de 2009, exp. 000125.   

30  Asamblea  General  de  Naciones  Unidas. Resolución  número:  A/RES/60/147.  C.3.  disponible en versión electrónica en: http://www.un.org/Depts/dhl/resguide/r60sp.htm, consultada el 5 de agosto del 2012.   

31  Caso  1:  Masacres  de  río  negro  vs.  Guatemala,  sentencia  de  4 de septiembre de 2012.  Caso 2: Pueblo Indígena Kichwa de  Sarayaku  vs.  Ecuador,  sentencia  27  de  junio  de  2012. Caso 3: Caso Norín  Catrimán  y  otros  (dirigentes,  miembros  y  activista  del  pueblo indígena  mapuche)  vs.  Chile,  sentencia  29  de  mayo de 2014. Caso 4: Nadege Dorzema y  otros  vs.  República  Dominicana,  Sentencia  24  de  octubre de 2012. Caso 5:  Masacre  de  la  Rochela vs. Colombia, Sentencia 11 de mayo de 2007.  Caso  6:  Velásquez  Rodríguez Vs.  Honduras.  Sentencia de 21 de julio de 1989. Caso 6: “Caso Ivcher Bronsteinvs.  Perú”,  del 6 de febrero de 2001, Caso 7: “Caso del Tribunal Constitucional  vs.  Perú”,  del  31  de enero del 2001; y, “Caso Baena Ricardo y otros vs.  Panamá”, sentencia del  2 de febrero de 2001, entre otros.   

32CASTRO   ESTRADA,  Álvaro,  Nueva  garantía  constitucional.  La  responsabilidad patrimonial del Estado, México: Porrúa. 2002.   

33  RAE.    Diccionario    esencial   de   la   lengua  española.  Ed.  22.  Madrid: Espasa Calpe, 2006. p.  1365.   

34  Una  aproximación  al  estudio  de  lo  simbólico  desde  el  punto  de  vista  filosófico,  antropológico  y  artístico  pueden  consultarse en La Antropología  Filosófica de  Ernst  Cassirer,  publicada  por el  Fondo  de  Cultura  Económica y con traducción de Eugen Ímaz, México 1967; y  en    La   Actualidad   de   lo   Bello de  Hans-Georg  Gadamer,  traducción  de  Antonio Gómez Ramos,  Madrid:  ediciones  Pidó, 1991. Umberto Eco, también ha abordado la cuestión,  en  su  obra  Signo.  En  todos  se  analizan  los  problemas  culturales sobre tan importante categoría.  Así   por   ejemplo,   Cassirer   concibe   al  ser  humano  como  animal  simbólico que se expresa en el  lenguaje  verbal,  en  la cultura, en los ritos, en las formas institucionales y  en    las    costumbres    y    contribuyó    en   su   trabajo,   Filosofía  de  las formas simbólicas.  En   el   mismo   sentido   puede  investigarse  a  Mircea  Eliade  y  a  Martin  Heidegger.   

35  E.              Cassirer, Antropología      filosófica, p.  47. EN-CLAVES    del    pensamiento, año   VII,   núm.   14,   julio-diciembre   2013.   p.   85  a  101.   

36  COOMARASWAMY,     Ananda     K.,     Doctrina  tradicional  del  Arte. Palma  de Mallorca: Ed. Oñaleta, 1983.   

37  COLOMBIA,  GACETA  JUDICIAL,  Órgano  oficial  de la Corte Suprema de Justicia:  Tomo XXIV No 1515. p. 218 a 220.     

38  Ibídem.   

39  Esta  misma  expresión  es utilizada por la Organización de Naciones Unidas en  la   resolución   A/RES/60/147.   p.   8.  La  Real  Academia  la  define  como  “Pagar  enteramente  lo  que se debe. Nadie podrá  alegar  nada  para  no  satisfacer los pagos”. RAE.  Diccionario   esencial   de  la  lengua  española.  Ed.   22.   Madrid:   Espasa   Calpe.   2006.   P.  1340.   

40  COLOMBIA,  GACETA  JUDICIAL,  Órgano  oficial de la  Corte Suprema de Justicia: Tomo XXXI No 1602. p. 82 a 83.   

41  Ibídem     

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