STC10007 2022

AGOSTO

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

STC10007-2022

          

FRANCISCO  TERNERA BARRIOS  

Magistrado  Ponente  

STC10007-2022  

1.1.1.Radicación n°.  11001-02-03-000-2022-01313-00  

(Aprobado  en sesión virtual de tres de agosto de dos mil veintidós).  

Bogotá,  D. C., cuatro (04) de agosto de dos mil veintidós (2022).  

1.2.Decide  la Sala la acción de tutela instaurada por Leila Esquivel  Restrepo frente a la Sala de Civil del Tribunal Superior de Bogotá  y el Juzgado Treinta y Seis Civil del Circuito de la misma ciudad. Al  trámite se dispuso vincular a las partes e intervinientes en  el proceso declarativo de radicado  2019-00339.  

            

I. ANTECEDENTES  

1.  La gestora demanda la salvaguarda de sus derechos fundamentales al  debido proceso, confianza legítima, igualdad y acceso a la  administración de justicia.  

2.  Del escrito inicial y las pruebas allegadas se resaltan los  siguientes hechos y alegaciones relevantes:  

2.1.  Stefanía Ortegón Muñoz promovió demanda  declarativa contra Edison Vargas Guzmán, Moisés Huertas  Laiton y Leila Esquivel Restrepo, trámite en el que  el Juzgado Treinta y Seis Civil del Circuito de Bogotá, con  auto de 7 de septiembre de 2021, señaló fecha para  llevar a cabo la audiencia inicial, decretó la práctica  de algunas pruebas y negó otras de la parte demandante,  al considerar insatisfecha la carga enunciativa dispuesta en el  artículo 212 del Código General del Proceso. Frente  a las probanzas peticionadas por la tutelante, indicó que, «en  proveído de 31 de agosto de 2021, se precisó que  aquélla se notificó por aviso y en el término  legal guardó silencio»,  por lo que no accedió a las solicitadas.  

2.2.  El 1º de marzo de 2022, el Juzgado censurado mantuvo la  providencia anterior, precisando que «el  recurso formulado por la demandada deviene improcedente y  extemporáneo, como quiera que la determinación según  la cual, aquélla guardó silencio frente a la demanda se  adoptó el 31 de agosto de 2020 […] decisión que  se encuentra ejecutoriada ante la ausencia de recursos»;  a su vez, concedió  el recurso de apelación interpuesto en el «efecto  devolutivo».  

2.3.  El 29 de marzo del presente año, el Tribunal revocó  parcialmente  el auto apelado, pero solo en lo que concierne a los testimonios  solicitados por la demandante»,  los cuales decretó  y confirmó en lo demás.  

2.4.  Al respecto, la promotora censura la decisión del Tribunal, en  cuanto, en su criterio:  i)  no debió revocar el rechazo de los testimonios pedidos por la  demandante, pues no se expuso el objeto de la prueba: ii)  debió  tener por tempestiva la réplica de la demanda por ella  presentada, para decretar las declaraciones allí pedidas; y  iii)  no  debió tramitar la alzada de la parte activa, porque no sufragó  las «expensas  necesarias para la expedición de las copias -electrónicas-  para el surtimiento del recurso».  

3.  Conforme  a lo relatado, solicitó «DECLARAR  SIN VALOR NI EFECTO […] LAS DECISIONES ADOPTADAS EN EL  PROVEÍDO DEL 29 DE MARZO DE 2022»,  «ORDENAR  […] REVOCAR Y ACCEDER AL DECRETO DE LAS PRUEBAS SOLICITADAS  POR LA SUSCRITA»,  «CONFIRMAR LA DECISION […] QUE NEGÓ EL DECRETO DE  LA PRUEBA TESTIMONIAL SOLICITADA POR LA DEMANDANTE […] ASÍ  COMO EL HABER ACCEDIDO A TRAMITAR EL RECURSO DE APELACIÓN SIN  EL CUMPLIMIENTO DE LAS EXIGENCIA QUE (…) IMPONE LA LEY CIVIL».  

            

II. RESPUESTA          RECIBIDA  

El  Juzgado Treinta y Seis Civil del Circuito de Bogotá indicó  que lo pretendido por la accionante era «revivir  términos y actuaciones procesales que fenecieron en silencio,  toda vez que […] la pasiva fue notificada por aviso, sin que  mediara contestación de demanda y/o excepciones en tiempo.  Hechos que datan del año 2020».  

De  otro lado, informó que dictó auto de obedecimiento a lo  resuelto en el proveído que revocó parcialmente lo  decidido el 7 de septiembre de 2021 y que procedería a  realizar la audiencia subsiguiente.  

            

III. CONSIDERACIONES  

1.  En  el sub  examine,  corresponde a la Sala establecer si la Corporación cuestionada  vulneró las prerrogativas fundamentales alegadas por la  promotora, con ocasión del auto proferido el 29 de marzo de  2022, que resolvió la apelación interpuesta contra el  proveído dictado 7 de septiembre de 2021 por el Juzgado  Treinta y Seis Civil del Circuito de Bogotá, que rechazó  algunas pruebas testimoniales pedidas por la demandante y no decretó  las solicitadas por la tutelante, «como  quiera que no contestó la demanda».  

2.  Al  respecto, en primer lugar, resulta  indispensable puntualizar que la acción de tutela es  improcedente para reabrir los asuntos ya decididos en los respectivos  procesos judiciales, pues, de interpretarse en ese sentido las reglas  que regulan este mecanismo, no solo se desconocería la  institución de la cosa juzgada, sino que se quebrantarían  los principios de la autonomía e independencia de los jueces,  de suerte que solo excepcionalmente se puede acudir a la protección  ius  fundamental,  en  el evento en que el juzgador adopte una determinación o  adelante un trámite en forma totalmente alejada de lo  atendible, fruto del capricho o de manera desconectada del  ordenamiento aplicable.  

3.1.  En dicha providencia, para definir lo relativo a las pruebas pedidas  por la tutelante, se refirió a las oportunidades para requerir   la práctica de pruebas y enfatizó que, «si  en providencia de 31 de agosto de 2020 la jueza advirtió que  la señora Esquivel había sido notificada por aviso y  que ‘dentro  del término concedido… guardó silente conducta’,  determinación contra la cual no se presentó recurso  alguno, luce correcta la decisión de negar los medios  probatorios suplicados en un acto procesal de parte de la demandada  que no produjo efectos en el proceso»,  por lo que se abstuvo de hacer pronunciamiento respecto de la  tempestividad de la contestación de la demanda alegada por la  promotora, dado que dicha decisión  había cobrado fuerza ejecutoria y que su competencia se  limitaba a lo previsto en el inciso  3° del artículo 328 del estatuto adjetivo.  

3.2.  Por otra parte, en cuanto a la apelación de la allí  demandante, quien reclamaba por la negativa de unos testimonios, la  Corporación accionada adujo que, si bien el artículo  212 del Código General del Proceso le impone a las partes el  deber de informar el nombre, domicilio y lugar de residencia de las  personas que presenten como testigos, «tales  requerimientos pueden ser satisfechos por el interesado en la prueba  sin apego a expresiones sacramentales, como aquí sucedió,  pues la recurrente no sólo mencionó los nombres de los  testigos […] sino que precisó además, que darían  testimonio ‘sobre  los hechos de la demanda’ […] [por  lo que]  que constituiría un exceso formalismo exigirle que, en todo  caso, ha debido reproducir los enunciados fácticos ya  relatados».  

En  respaldo de lo anterior, expuso que en la decisión tomada por  el a  quo  citó jurisprudencia de esta Sala, en la cual se «recordó  que ‘quien  pide no tiene la obligación de hacer una relación  extensa y dispendiosa de cada uno de los eventos o sucesos que busca  acreditar con la declaración del tercero, pues lo cierto es  que la norma no exige que se haga con ese rigorismo exagerado, basta  con que el interesado de alguna forma deje ver cuáles son las  circunstancias fácticas [que] procura demostrar y que con ello  se pueda determinar los requisitos para decretar el medio probatorio,  para tener por cumplido el presupuesto’»  1.  

Igualmente,  aludió a otro pronunciamiento de esta Corporación, en  el que, en sentido diferente, se señaló que «los  argumentos […]  relacionados con que basta señalar de  manera ‘sucinta’ el objeto de la prueba requerida, no son  de recibo por cuanto […], se cimentaron en la norma adjetiva  anterior a la implementación de la Ley 1564 de 2012, y al  momento de solicitar la práctica de los aludidos testimonios  el demandante solo expresó que lo pretendido con los mismos  era que se declaren sobre los hechos y pretensiones de la demanda,  como de [su] contestación […] incumpliéndose de  esa manera con el requisito de ‘concreción’ que  impone el canon 212 ejusdem, pues […] su exposición fue  genérica e indeterminada»2.  

Y,  sopesando las tesis expuestas, el Tribunal resaltó la postura  incorporada en la CSJ STC15020-2018, a la cual se acogió,  argumentando que ambas eran decisiones «adoptadas  […] en sede de tutela, que sólo producen efectos  interpartes»  y  que aquella correspondía con el criterio que el Tribunal «ha  venido manejando en múltiples pronunciamientos […] como  puede advertirse en los autos de 12 de abril y 27 de junio de 2019  (exp. 029 2018 194 01 y 038 2017 262 02), 26 de marzo y 18 de  noviembre de 2021 (exp. 002 2020 63 02 y 022 2019 824 01).  

Adicionalmente,  refirió que el artículo 212 del Código General  del Proceso «no  prevé una consecuencia jurídica sancionatoria si no se  satisface plenamente alguna de sus exigencias, por lo que, en  principio, no podría el juez deducirla»  y en  sustento citó decisiones de la propia Sala, conforme a lo cual  concluyó que «[N]o  se ve, entonces, la razón para rechazar de plano la prueba  testimonial so pretexto de que ‘la  petición no cumple con los presupuestos establecidos en el  artículo 212’, porque la recurrente sí enunció  de manera breve lo que se pretende probar con las declaraciones [y  revocó] parcialmente el auto apelado, pero sólo en lo  concerniente a los testimonios solicitados por la demandante, los  cuales se decretan».  

4.  Para la Sala, la determinación cuestionada, independientemente  de que la postura sea o no compartida, no resulta abiertamente  arbitraria o manifiestamente alejada del ordenamiento jurídico,  por cuanto fue proferida después de haberse realizado una  valoración razonable de las actuaciones surtidas, de la  omisión en la interposición de recurso contra el auto  ejecutoriado del 31 de agosto de 20203  y con soporte en la normatividad que gobierna el asunto y en  jurisprudencia relacionada, bajo una hermenéutica plausible  que no habilita la intervención del juez constitucional.  

Así  las cosas y a tono con la actuación procesal analizada, en el  sub  judice se  observa una disparidad de criterios entre lo considerado por el  juzgador accionado -en el desarrollo del ejercicio normal de las  facultades y amparado en los principios de autonomía e  independencia judicial- y lo planteado por la solicitante, de suerte  que el juez constitucional no es el llamado a dirimir la  controversia, a modo de juez de instancia, arrogándose  competencias que no le corresponden4.  

5.  Por lo demás, frente al reproche de tramitar la apelación  de la demandante, a pesar de que no se pagaran las «expensas  necesarias para la expedición de las copias -electrónicas-  para el surtimiento del recurso»,  se advierte, de una parte, que el  auto que concedió la alzada nada dispuso respecto del pago de  esas «copias»  y, de otra, que contra ese proveído ningún reproche  elevó la promotora, por lo que el amparo invocado no tiene  vocación  de prosperidad, dado que el asunto no fue rebatido en su oportunidad.  

6.  Por las razones anotadas, se niega la salvaguarda impetrada.            

IV. DECISIÓN  

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala  de Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República y por mandato de la ley, NIEGA  el  amparo invocado.  

Comuníquese  lo resuelto en esta providencia a los interesados, por el medio más  expedito, de conformidad con lo previsto en el artículo 30 del  Decreto 2591 de 1991, y oportunamente envíese el expediente a  la Corte Constitucional, para su eventual revisión, en caso de  no ser impugnada.  

NOTIFÍQUESE  Y CÚMPLASE  

HILDA  GONZÁLEZ NEIRA  

Presidente  de Sala  

MARTHA  PATRICIA GUZMÁN ÁLVAREZ  

AROLDO  WILSON QUIROZ MONSALVO  

(Comisión  de Servicios)  

LUIS  ALONSO RICO PUERTA  

OCTAVIO  AUGUSTO TEJEIRO DUQUE  

(Salvamento  de Voto)  

FRANCISCO  TERNERA BARRIOS  

SALVAMENTO  DE  VOTO  

Radicación  nº  11001-02-03-000-2022-01313-00  

En  mi  criterio  no  es  razonable  sostener  que  para  la  petición  y decreto  de  un  testimonio  sea  suficiente  que  el  solicitante  manifieste  que  ese  medio  de  prueba  versará  «sobre  los  hechos  de  la  demanda».  Tampoco  resulta  admisible  predicar  que  el  Código  General  del  Proceso  «no  prevé  consecuencia  jurídica  sancionatoria  si  no  se  satisface  plenamente  alguna  de  [las]  exigencias»  consagradas  en  su  artículo  212.  Menos,  que  la  interpretación  avalada  por  la  sala  mayoritaria  en  este  caso  tenga  «soporte  en  la  normatividad  que  gobierna  el  asunto  y  con  la  jurisprudencia»  citada  por  el  Tribunal  accionado.  

A  decir  verdad,  uno  de  los  principales  propósitos  del  Código  General  del  Proceso  consistió  en  armonizar  las  reglas  del  juicio  civil  con  los  preceptos  de  la  Constitución  Política  de  

1991.  Tal  cometido  apuntó,  en  últimas,  a  materializar  el  postulado  de  tutela  judicial  efectiva  de  quienes  acuden  a la  jurisdicción  para  la  definición  legítima  y  pacífica  de  sus  controversias.  

En  lo  que  respecta  al  régimen  probatorio,  comporta  un  importante  cambio  el  que  ahora  los  litigantes  deben  acudir ante  los  jueces  a   constatar    los  supuestos  de  hecho  que  invocan  en  sus  escritos  iniciales  y  no  justamente  a  averiguarlos  como  ocurría  en  vigencia  del  Código  de  Procedimiento  Civil  (Decreto  1400  de  1970),  pues  no  se  trata  de  un  proceso  averiguatorio  sino  de  uno  confirmatorio  

Lo  dicho  se  extrae  de  la  lectura  de  la  normativa  actual  que,  a  diferencia  de  su  predecesora,  impuso  i).  el  deber  a  las  partes  de  «[a]bstenerse  de  solicitarle  al  juez  la  consecución  de  documentos  que  directamente  o  por  medio  del  ejercicio  del  derecho de  petición  hubiere  podido  conseguir»  (art.  78),  ii).  la  prohibición  legal  de  decretar  las  documentales  de  que  trata  el  literal  precedente  (art.  173),  iii).  la  posibilidad  de  practicar  pruebas  de  común  acuerdo,  incluso,  con  antelación  al  litigio  (art.  190),  iv).  la  responsabilidad  de  aportar  el  dictamen  pericial  que  se  pretenda  hacer  valer  «en  la  respectiva  oportunidad  para  pedir  pruebas»  (art.  2270),  entre  otras.  

De  lo  expuesto  es  dable  colegir  que  el  actual  estatuto  procesal  propende  porque  sean  los  justiciables  quienes  aporten  los  medios  probatorios  con  los  que  pretenden  soportar  sus  afirmaciones  y  solamente  soliciten  a  los  jueces  la  adquisición  o  práctica  de  lo  que  no  les  fue  posible  recopilar.  

Un  claro  ejemplo  de  una  prueba  que  no  siempre  se  logra  recaudar  en  la etapa  previa  o  inicial  del  juicio  corresponde  a la  testimonial,  pues  a  pesar  de  que  el  legislador  permite  su  recaudo  extrajudicial  (arts.  183,  185,  187,  188  y  190  del  Código  General  del  Proceso),  también  dicha  evidencia  puede  ser  pedida  en  las  oportunidades  respectivas  y  con  el  lleno  de  los  requisitos  correspondientes  (arts.  208  al  225  de  la citada  codificación).  

Tratándose  de  las  condiciones  que  deben  cumplirse  al  momento  de  peticionarla,  el  canon  212  del  estatuto  en  comento  destacó  el  deber  del  solicitante  consistente  en  indicar  los  hechos  específicos  que  pretende  acreditar  con  ella.  

En  ese  contexto,  es  preciso  recordar  que  el  artículo  219  del  anterior  Código  de  Procedimiento  Civil  -Decreto  1400  de  

1970-  exigía  que  «[c]uando  se  pidan  testimonios  deberá  (…)  enunciarse  sucintamente  el  objeto  de  la  prueba»,  mientras  que  el  nuevo  Código  General  del  Proceso  se  apartó  de  ese  canon  al  disponer  que  «[c]uando  se  pidan  testimonios  deberá  (…)  enunciarse  concretamente  [no  abstractamente]  los  hechos  objeto  de  la  prueba».  

Se  evidencia,  entonces,  que  la  nueva  legislación  pasó  de  un  modelo  sucinto,  breve  y  somero  a  uno  de  exposición  concreta,   o   en    palabras   de   la    Real    Academia    Española,  

«[p]reciso,  determinado,  sin  vaguedad».  

Es  que,  si  se  mira  con  detenimiento  el  paralelo  expuesto,  es  notorio  que  la  nueva  codificación  conservó  la  expresión  «objeto  de  la  prueba»  y  concentró  el  cambio  legislativo  a  la  forma  en  la  que  él  debe  ser  manifestado.  Ciertamente,  en  el  anterior  estatuto  bastaba  con  anunciar  dicho  objeto  de  manera  abstracta  o  incluso  etérea  para  que  se  abriera  paso  el  decreto  de  la  probanza,  mientras  que  en los  tiempos  de  ahora  se  deja  de  lado  esa  vaguedad  nominal  para  optar  por  un  modelo  en  el  que  ese  objeto  debe  ser  expresado  de  modo  concreto,  al  punto  que  permita  detectar  la  relevancia  de  la  prueba  para  la  litis  y  preparar  su  respectiva  contradicción.  

Así,  en  el  actual  sistema  procesal,  asiste  a  las  partes  y  sus  apoderados  la  responsabilidad  de  indicar  de  manera  específica,  al  pedir  los  testimonios,  los  supuestos  que  con  ellos  aspiran  a  demostrar,  so  pena  de  su  rechazo  conforme  a lo  dispuesto  en  el  artículo  213  del  estatuto  adjetivo,  en  tanto  condiciona  el  decreto  de  la  prueba  al  lleno  de  los  requisitos  

consagrados  en  el  artículo  que  lo  precede,  por  lo  que  mal  se  haría  en  desconocer  que  la  consecuencia  lógica  de  no  satisfacer  tales  exigencias  no  es  otra  distinta  al  repudio  de  la  probanza.  

Ahora,  la  imposición  de  esa  carga  enunciativa  tiene  un  fundamento  constitucional  relevante  que  impide  catalogarla  como  un  exceso  ritual  manifiesto  o  un  capricho  legislativo  tendiente  a  exigir  formalidades  innecesarias,  menos  aún,  como  un  obstáculo  a  la  consecución  de  los  derechos  sustanciales  perseguidos  por  las  partes.  

Ciertamente,  en  materia  de  tutela  contra  providencias  judiciales  se  tiene  decantado  que  el  defecto  procedimental  por  exceso  ritual  manifiesto  «puede  entenderse,  en  términos  generales,  como  el  apego  estricto  a  las  reglas  procesales  que  obstaculizan  la  materialización  de  los  derechos  sustanciales,  la  búsqueda  de  la  verdad  y  la  adopción  de  decisiones  judiciales  justas.  En  otras  palabras,  por  la  ciega  obediencia  al  derecho  procesal,  el  funcionario  judicial  abandona  su  rol  como  garante  de  la  normatividad  sustancial,  para  adoptar  decisiones  desproporcionadas  y  manifiestamente  incompatibles  con  el  ordenamiento  jurídico»  (SU061-18).  

De  lo  anterior  es  dable  colegir  que  exigir  el  cumplimiento  de  la  carga  enunciativa  de  los  hechos  objeto  de  la prueba  no  puede  concebirse  como  un  apego  formal  que  amenace  la  obtención  de  los  derechos  perseguidos  por  las  partes;  todo  lo  contrario,  justamente  busca  contribuir  a  que  el  juez  logre  constatar  la  ocurrencia  de  los  hechos  que  importan  al  litigio  y  que  fueron  invocados  por  las  partes  como  sustento  de  sus  pretensiones.  Lo  que  en  realidad  quiere  el  precepto  es evitar  el  decreto  y  la  práctica  de  testimonios  que  

lejos  de  servir  a  la  búsqueda  de  la  verdad,  dilaten  en  el  tiempo  la  definición  de  las  disputas  en  desmedro  del  término  de  duración  razonable  del  proceso  y,  por  tanto,  obstaculicen  la  satisfacción  de  la  tutela  judicial  efectiva  como  derecho  supra  legal  de  los  extremos  del  litigio.  

Dicho  en  otros  términos,  esa  carga  enunciativa  no  comporta  un  apego  caprichoso  a  las  formas,  ni  una  disposición  incompatible    con  el  régimen  probatorio   de   la  actual  codificación  procesal  que  -como  se  dijo-  apuntó  a  la  constitucionalización  del  proceso;  tampoco  resulta  desproporcionada  en  relación  con  el  propósito  de  garantizar  el  decreto  de  las  pruebas  que  en  realidad  resulten  de  provecho  para  la  disputa.   Se  procura,  pues,  la  eficiencia  de  los  procedimientos  al  servicio  de  las  prerrogativas  sustanciales  y  la  protección  de  los  derechos  ius  fundamentales  de  defensa,  contradicción  y  debido  proceso  que  asisten  a la  contraparte  del  peticionario  de  la  declaración,  quien  no  debe  verse  sorprendido  en  la  práctica  del  testimonio  con  aspectos  que  no  fueron  enunciados  como  objeto  de  la  prueba,  al momento  de  su  solicitud.  

Ahora,  pudiese  ser  pensado  que  la  satisfacción  de  la carga  en  comento  implicaría  una  limitación  al  derecho  a  la  prueba  y la  búsqueda  de  la  verdad;  sin  embargo,  tal  postura  desconocería  que  en  el  actual  modelo  de  administración  de  justicia  compete  a  las  partes  la  acuciosa  labor  de  acreditar  los  sucesos  en  que  fundan  sus  aspiraciones  con  miramiento  de  las  reglas  de  cada  medio  de  prueba  en  particular,  sin  que  ello  pueda  concebirse  como  una  carga  excesiva  para  los  litigantes,  pues,  como    atrás   se   dijo,   este   es   un  proceso  confirmatorio,  no  averiguatorio.  

Adicionalmente,  no  se  pierda  de  vista  el  deber  que,  conforme  al  canon  170  del  Código  General  del  Proceso,  asiste  a la  autoridad  judicial  para  decretar  las  pruebas  que  considere  «necesarias  para  esclarecer  los  hechos  objeto  de  la  controversia»,  circunstancia  siempre  vista  al  amparo  y  consecución  de  la  justicia  material.  Tampoco  es  de  olvidar  que  lo  predicado  no  resulta  ajeno  al  tratamiento  sobre  la  particular  temática  por  algunos  modelos  de  administración  de  justica  en  sistemas  del  common  y  civil  law.  

Ciertamente,  la  Ley  de  Enjuiciamiento  Civil  española  en  su  sección  7ª  –  «del  interrogatorio  de  testigos»  –  destaca  la  importancia  de  que  el  «contenido  de  la  prueba»  verse  específicamente  sobre  los  hechos  objeto  de  la  litis;  ello  se  extrae  del  tenor  literal  del  canon  360  que  sobre  ello  dispuso  que  «[l]as  partes  podrán  solicitar  que  declaren  como  testigos  las   personas   que    tengan    noticia   de  hechos  controvertidos  relativos  a  lo  que  sea  objeto  del  juicio».  

En  tal  sentido,  algunos  pronunciamientos  judiciales  del  

Tribunal  Supremo  de  ese  país  han  reiterado  que:  

(…)  los  tribunales  valorarán  la  fuerza  probatoria  de  las  declaraciones  de  los  testigos  conforme  a  las  reglas  de  la  sana  crítica,  tomando  en  consideración  la  razón  de  ciencia  que  hubieren  dado,  las  circunstancias  que  en  ellos  concurran  y,  en  su  caso,  las  tachas  formuladas  y  los  resultados  de  la  prueba  que  sobre éstas  se  hubiere  practicado,  precepto  que  ha  de  ser  puesto  en  relación  con  el  contenido  de  los  arts.360  y  361  de la L.E.C EDL2000/77463  ., el primero  de los cuales,  al explicitar el contenido de esta prueba, apunta que las partes  podrán solicitar  que declaren  como  testigos  las  personas que tengan  noticia de hechos  controvertidos  relativos  a  lo  que  sea  objeto  del  juicio  (…)  (Sentencia  

504/09,  Bilbao,  Pte.  María  Concepción  Marco  Cacho  –  Sentencia  519/10,  Valencia,  Pte.  Olga  Casas  Herrais.  

–       Sentencia    137/12,    Valencia,    Pte.    María    Pilar  

Eugenia  Cerdan).  

Por  su  parte,  la  regulación  angloamericana  en  sus  reglas  federales  de  evidencia  –  Federal  Rules  of  Evidence-  en  su  sección  relativa  a  la  prueba  testifical  -Witnesses-  destacó  la  importancia  que  tiene  el  «conocimiento  personal»  del  testigo  sobre  los  hechos  que  suscitan  la  controversia  y  derivó  de  ello  la  pauta  de  exclusión  para  aquellos  que  carecen  de  esa  información,  al  respecto  dispuso  en  la  regla  602  que:  

«Rule  602  –  Need  for  Personal  Knowledge:  A  witness  may  testify  to  a  matter  only  if  evidence  is  introduced  sufficient  to  support  a  finding  that  the  witness  has  personal  knowledge  of  the  matter.  Evidence  to  prove  personal  knowledge  may  consist  of  the  witness’s  own  testimony.  (…)»  (Regla  602  –  Falta  De  Conocimiento  Personal.  Un  testigo  no  puede  testificar  sobre  un  asunto  a  menos  que  se presenten  pruebas  suficientes  para  respaldar  la  conclusión  de  que  el  testigo  tiene  conocimiento  personal   del   asunto.  La  prueba  para  probar   el  conocimiento  personal  puede consistir  en el propio  testimonio  del  testigo).  

Véase  que  en  ese  modelo  para  la  admisión  de  la  prueba  se  requiere  como  mínimo  la  manifestación  del  propio  testigo  con  el  fin  de  acreditar  la  importancia  de  su  declaración  en  relación  con  las  circunstancias  concretas  sobre  las  cuales  gira  la  controversia,  so  pena  de  que  no  pueda  rendir  su  relato.  Y  no  se  confunda  esa  expresión  con  el  juramento  de  veracidad  que  compete  a  la  fase  de  la  práctica  de  la  prueba  y  que  rinde  el  deponente  una  vez  ha  sido  admitido  a  juicio,  evento  que  se  encuentra  regulado  de  manera  independiente  en  la  regla  de  evidencia  subsiguiente  a la  citada.  

Con  ese  escenario,  no  puede  desconocerse  que  en  el  Código  General  del  Proceso  las partes  deben  estar  enteradas  de  lo  que  van  a  declarar  los  testigos  con  el  fin  de  prepararse  para  la  audiencia  y  refutar  en  ella  lo  que  consideren  pertinente  conforme  a  sus  intereses,  de  tal  manera  que,  lo  contrario,  comportaría  una  evidente  lesión  a su  derecho  de  oposición  

Esa  regla  también  cumple  una  labor  de  importante  valía  para  la  materialización  de  los  principios  de  celeridad,  economía  y  eficiencia  procesal  porque  permite  excluir  las evidencias  que,  de  ser  decretadas,  dilatarían  la  disputa  sin  necesidad  y  harían  más  costoso  soportar  el  juicio  para  los  extremos  de  la  litis,  no  sólo  por  el  tiempo  adicional  que  conllevaría  la  respectiva  práctica  en  desmedro  del  término  de  duración  razonable  del  litigio,  sino  por  las  expensas  que  a ese  tipo  de  medios  probatorios  resultan  naturales  como  bien  lo  reconoce  el  artículo  214  del  estatuto  procesal  al  referirse  a  los  «gastos  del  testigo».  

La  doctrina  autorizada  sobre  la  materia  tampoco  ha  pasado  por  alto  el  planteamiento  descrito.  Michele  Taruffo,  por  ejemplo,  identificó  el  «conflicto»  que  genera  «la  necesidad  de  tener  un  proceso  imparcial,  eficiente  y  preciso»1.  Al  respecto,  señaló  que:  

En  teoría,  se  podría  usar  cualquier  medio  de  prueba  en  cualquier  tipo  de  proceso  y  la  determinación  de  qué  medios  serán  los  que  apoyen  la  decisión  sobre  los  hechos  en  disputa  podría  ser  algo  que  se  dejara  al  juzgador  para  el  momento  en  que  emita  su  resolución  final.  Sin  embargo,  hay  diversas  razones  en  favor  de  una  selección  preliminar  de  los  medios  de  prueba  que  pueden presentarse en el curso  del  proceso.  Por  ejemplo,  las  partes  no  deben  sentirse  obligadas  a  presentar  cualquier  prueba  que  quieran,  ni  tampoco  se  les  debe  permitir  hacerlo,  porque  esto  ocasionaría  demoras  y  complicaciones  en  el  funcionamiento  del  

proceso;  (…)  no  pueden  incorporarse  pruebas  al  proceso  indefinidamente  (…).  Otras  razones  para  seleccionar  los  medios   de    prueba    admisibles    se    pueden    derivar    de    la  

necesidad  de  proteger  valores  generales  o  intereses  específicos  que  merezcan  una  consideración  especial.  Por  lo  general,  corresponde  al  juez  (…)  evitar  desórdenes  en  el  proceso  y  una  indebida  pérdida  de  tiempo  en  el  subsecuente  curso del  mismo.  

En  ese  mismo  sentido,  se  hace  referencia  a  la  regla  403  

1  Taruffo,  La  Prueba,  2008,  pág.  57:  

de  las  Federal  Rules  of  Evidence  citadas  en  precedencia,  según  la  cual  cualquier  medio  de  prueba  «relevante»  puede  ser  excluido  cuando  exista  el  riesgo  de  demora  excesiva  o pérdida  de  tiempo,  entre  otras  razones.  

Nótese  entonces  cómo,  en  total  armonía  con  esa  filosofía,  el  numeral  10°  del  precepto  372  ejusdem  autoriza  al  funcionario  judicial  en  el  desarrollo  de  la  audiencia  inicial  a  descartar  «las  pruebas  relacionadas  con  los  hechos  que  declaró  probados».  Prescindencia  que  toma  como  punto  de  partida,  en  relación  con  la  testimonial,  aquellas  circunstancias  específicas  que  desde  la  fase  introductoria  fueron  anunciadas  respecto  de  cada  declarante.  Pues,  aquí  no  se  trata  de  un  ejercicio  simplemente  numérico  dado  que  envuelve  un  trasfondo  mayor  a la  sola  cantidad  de  testigos  por  escuchar  en  la  vista  de  instrucción  y  juzgamiento,  en  tanto  se  ocupa  de  la  calidad  y/o  necesidad  de  la  información  que  ellos  vendrían  a  introducir  al  debate  frente  a  los  hechos  que  ya  quedaron  demostrados  hasta  ese  momento.  

De  modo  que  esta  articulación  de  deberes  de  las  partes,  requisitos  de  ciertos  actos  procesales  y  algunos  poderes  del  juez  se  fundamentan,  entre  otras  bases,  en  el  principio  de  tutela  jurisdiccional  efectiva  en  la  medida  que  todo  confluye  en  la  agilidad  de  la  decisión  para  emitirla  con  prontitud  y  efectividad.  

En  ese  contexto,  la  carga  de  indicar  «concretamente  los  hechos  objeto  de  la  prueba»  proporciona  al  juez  el  conocimiento  necesario  para  determinar  si  el  testimonio  pedido  satisface  los  requisitos  de  admisibilidad  probatoria  consagrados  en  el  artículo  168  del  Código  General  del  Proceso,  esto  es,  si  resulta  conducente  frente  a  la  hipótesis  

que  se  pretende  acreditar,  pertinente  en  relación  al  thema  probandum  y  útil  para  demostrar  sucesos  que  no  se  encuentren  previamente  acreditados  en  el  expediente.  

De  lo  expuesto,  es  ostensible  que,  en  el  modelo  actual  de  administración  de  justicia  civil,  las  pruebas  deben  ser  pedidas  de  manera  clara  y  precisa  para  que  el  contradictor  pueda  preparar  su  defensa  de  la  forma  en  que  considere  más  acorde  a  sus  propósitos  y  sin el  riesgo  de  verse  sorprendido  por  aspectos  que  no  fueron  debidamente  anunciados  por  el  peticionario  de  la  prueba,  todo  en  garantía  de  su  derecho  constitucional  al debido  proceso.  

Ahora,  destáquese  que  el  derecho  a  no  verse  sorprendido  con  evidencias  no  anunciadas  por  la  contraparte  no  resulta  un  evento  propio  o  desarticulado  del  asunto  objeto  de  reflexión.  Baste  remitirse  a  otras  disposiciones  del  Código  General  del  Proceso  que  también  pretenden  materializar  tal  planteamiento.  A  modo  de  ejemplo,  nótese  que  el  canon  221  ejusdem  al  regular  lo  relativo  a  la  práctica  del  interrogatorio  del  testigo,  faculta  a  este  para  «aportar  y  reconocer  documentos»,  pero  únicamente  los  «relacionados  con su  declaración»,  precepto  que  resulta  de  gran  valía  para  evitar  la  incorporación  de  documentales  que  nada  tengan  que  ver  con  el  objeto  concreto  de  la  prueba  anunciado  por  el  peticionario  de  la  testimonial.  

En  suma,  dado  el  carácter  confirmatorio  de  la  actual  codificación  procesal,  cada  una  de  las  partes  comparece  a la  audiencia  de  práctica  de  pruebas  con  el  conocimiento  de  los  hechos  específicos  que  serán  objeto  de  prueba  y  sobre  ello  circundará  su  respectiva  participación,  so  pena  de  menoscabar  las  garantías  constitucionales  en  comento.  De  

allí  que  la  regla  que  impone  enunciar  los  supuestos  sobre  los  cuales  versará  la  declaración  pedida  tenga,  además  de  un  claro  fundamento  legal  -arts.  212  y  213-,  un  fundamento  constitucional.  

Ante  este  marco,  es  importante  resaltar  que  la  evidencia  incorporada  al  proceso  tiene  como  eje  fundamental  demostrar  o  desvirtuar  los  hechos  materia  de  discusión  y  que  son  supuestos  de  las  pretensiones  y  excepciones,  de  manera  que  resulta  innegable  la  conexión  entre  la  prueba  testifical  con  el  núcleo  fáctico  sobre  el  cual  se  convoca  al  declarante.  Cosa  que  solamente  tiene  amparo  en  el  sistema  oral  y  por  audiencias  bajo  la  égida  de  que  dicho  testimonio  se  contraerá  a  las  situaciones  que  realmente  la  persona  concurre  a  despejar.  

Esto  no  es  de  poca  significancia  a la luz  de  las  prerrogativas  esenciales  de  los  intervinientes,  cual  ya  se  indicó.  En  especial,  porque  de  cara  a  las  reglas  de  legalidad  y  debido  proceso  del  artículo  29  de  la  Carta  Magna,  deviene  importante  garantizar  la  posibilidad  de  que  una  parte  realice  su  ofrecimiento  probatorio  en  forma  libre,  como  que  a  la  otra  se  le  asegure  en  idéntica  medida  la  alternativa  de  contradecirlo,  todo  ello  circunscrito  al  objeto  concreto  de  la  prueba.  

Expresado  en  otras  palabras,  tan  importante  es  el derecho  de  aportar  o  solicitar  pruebas,  como  el  de  controvertirlas.  Ninguno  puede  tener  mayor  entidad  frente  al  otro  en  el  contexto  dialéctico  del  proceso.  Y,  por  consiguiente,  tanto  el  aportante  como  su  contradictor  deben  ceñirse  a  las  reglas  definidas  por  el  legislador,  entre  otras  cosas,  para  evitar   restricciones    injustificadas   en   el    ejercicio   de   las  

prerrogativas  del  otro  extremo.  

Ahora,  no  pasa  desapercibido  que  esta  Sala  dijo  en  otra  ocasión  que  «quien  pide  no  tiene  la  obligación  de  hacer  una  relación  extensa  y  dispendiosa  de  cada  uno  de  los  eventos  o sucesos  que  busca  acreditar  con  la  declaración  del  tercero,  pues  lo  cierto  es  que  la  norma  no  exige  que  se  haga  con  ese  rigorismo  exagerado,  basta  con  que  el  interesado  de  alguna  forma  deje  ver  cuáles  son  las  circunstancias  fácticas  procura  demostrar  y  que  con  ello  se  pueda  determinar  los  requisitos  para  decretar  el  medio  probatorio,  para  tener  por  cumplida  el presupuesto»  (STC15020-2018).  

Sin  embargo,  lo  dicho  en  esa  oportunidad  no  puede  entenderse  como  un  aval  a la  inobservancia  de  la  carga  en  comento  pues,  como  allí  mismo  se  dijo,  la  exigencia  enunciativa   «no    es    una    simple    formalidad»    dado   que   se  

«justifica  sustancialmente»  en  el  cometido  de  verificación  de  los  «requisitos»  de  admisibilidad  probatoria  y en  el  «ejer[cicio]  [d]el  derecho  de contradicción».  

Esa  postura  luce  incluso  armónica  con  un  veredicto  más  reciente  de  esta  magistratura  (STC3786-2021)  donde  se  consideró  razonable  la  decisión  de  denegar  testimonios  por  dejar  de  lado  el  requisito  de  concreción  objeto  de  reflexión.  

Así  las  cosas,  es  conveniente  precisar  cómo  la  legislación  actual  impone  la  carga  de  informar  de  manera  concreta,  específica  y  sin  ambages  los  hechos  sobre  los  cuales  versará  la  declaración  pedida,  dado  que  esa  regla  permite  i).  garantizar  los  derechos  constitucionales  de  defensa  y  contradicción,  ii).  determinar  si  la  probanza  satisface  los  presupuestos    legales   de    admisibilidad    probatoria   y,    iii).  

contribuir  a  la  materialización  de  los  postulados  de  celeridad,  plazo  razonable,  economía  procesal  y,  por  tanto,  tutela  judicial  efectiva.  De  modo  que  no  queda  duda  que  su  desconocimiento  deriva  en  el  rechazo  de  la  prueba,  tras  la  imposibilidad  de  determinar  la  eventual  relevancia  para  esclarecer  los  hechos  thema  de  prueba.  

Con  ese  panorama,  resulta  imperativo  que  me  aparte  del  razonamiento  de  la  Sala  mayoritaria,  comoquiera  que  el  tribunal  debió  confirmar  la  negativa  del  decreto  de  la  testimonial  aludida,  en  tanto  la  parte  no  cumplió  con  la  labor  encomendada  por  la  ley  al  momento  de  la  petición  probatoria,  dado  que  únicamente  dijo  que  los  testigos  declararían  «sobre  los  hechos  de  la  demanda».  Es  decir,  su  enunciación  fue  abstracta  cuando  requería  ser  concreta,  lo  que  le  imposibilitaba  al  juez  establecer  la  pertinencia,  conducencia  y  utilidad  de  la  prueba,  así  como  a  su  contraparte  los  aspectos  que  iban  a  ser  objeto  de  contradicción.  

Lo  expuesto,  deja  en  evidencia  que  el  Tribunal  convocado  desconoció  la  carga  enunciativa  concreta  que  impuso  el  Código  General  del  Proceso  al  solicitante  del  testimonio  -art.  212-  y  la  consecuencia  procesal  que  se  deriva  de  su  desconocimiento  -art.  213-.  

En     los     referidos     términos     dejó     consignada    mi  discrepancia.  

Fecha,  up  supra  

OCTAVIO  AUGUSTO  TEJEIRO  DUQUE  

Magistrado  

Firmado  electrónicamente por Magistrado(a)(s):  

Octavio  Augusto Tejeiro Duque  

Este  documento fue generado con firma electrónica y cuenta con  plena validez jurídica, conforme a lo dispuesto en artículo  103 del Código General del Proceso y el artículo 7 de  la ley 527 de 1999  

Código  de verificación:  EA534B20FE68CE2623EB085BF6465E13650ADEBBAB0730222B9B3FDEF43649B0  

Documento  generado en 2022-08-05  

1          STC15020 de          19 de noviembre de 2018.  

2          STC3786 de          14 de abril de 2021.  

3          En          ese sentido, no puede perderse de vista que la Sala ha considerado          que «[E]l          accionante no puede acudir a la justicia constitucional en pos de          oportunidades defensivas adicionales, ya que la falta de proposición          oportuna de los medios de resguardo diseñados para las          correspondientes actuaciones, constituye una desidia procesal que no          puede sanearse con la subsidiaria acción de tutela, toda vez          que (…), cuando las partes dejan de utilizar los mecanismos          de protección previstos por el orden jurídico, quedan          sujetas a las consecuencias de las decisiones que le sean adversas…»          (ver          recientemente en CSJ STC3846-2022).  

4          Al respecto, esta          Corporación ha esgrimido, de          un lado, que «el          juez de tutela no es el llamado a intervenir a manera de árbitro          para determinar cuáles de los planteamientos valorativos y          hermenéuticas del juzgador, o de las partes, resultan ser los          más acertados, y menos acometer, bajo ese pretexto, como lo          pretende la actora, la revisión oficiosa del asunto, como si          fuese uno de instancia.          Y, de otro, que la          adversidad de la decisión no es por sí misma          fundamento que le allane el camino al vencido para perseverar en sus          discrepancias frente a lo resuelto por el juez natural»          (STC 28. mar. 2012, Rad. 00022-01, reiterada recientemente en          STC7607-2021).  

      

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *