S 099 99 [5020]

1999

Asistente Jurídico Inteligente

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S-099-99 [5020]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL Y AGRARIA  

Magistrado Ponente: Dr. JOSE FERNANDO RAMIREZ  GOMEZ   

Santafé de Bogotá, D.C., veintidós (22) de  noviembre de mil novecientos noventa y nueve (1999)   

Referencia: Expediente No. 5020  

                              Decídese   el  recurso  de  casación  interpuesto  por el demandante CONRADO CANO SIERRA contra la sentencia del 13 de  abril  de  1994,  proferida por la Sala Civil del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Pereira,  en este proceso ordinario de resolución de contrato que  el citado promoviera contra LAZARO TORRES OSPINA.   

ANTECEDENTES  

                             1.  En demanda presentada el 10 de marzo  de  1992,  cuyo  conocimiento correspondió por reparto al Juzgado Segundo Civil  del  Circuito  de  Pereira  (fls.  15  al  19,  c.  1), CONRADO CANO SIERRA, por  intermedio  de  apoderado  judicial  solicitó  que  previos  los  trámites del  proceso  ordinario  se  dispusiera  la  resolución  del  contrato de promesa de  compraventa  contenido  en la audiencia de conciliación celebrada en el Juzgado  Tercero  Civil  del  Circuito  de  Pereira, el 3 de octubre de 1991, mediante el  cual  el  demandante prometió en venta al demandado el lote de terreno descrito  en  el hecho primero de la demanda. Consecuentemente se pidió condenar al   demandado  a  pagarle  al  demandante  los  perjuicios sufridos con ocasión del  incumplimiento  de  dicho  contrato,  los  cuales  ascienden  a  siete  millones  ochocientos  veintidós  mil  trescientos  noventa  y  dos  pesos  con cincuenta  centavos  ($7.822.392.50),  más  los  intereses  moratorios  bancarios sobre el  capital  de treinta millones trescientos ochenta y dos mil trescientos setenta y  cinco  pesos ($30.382.375), hasta cuando se satisfaga la obligación. Además se  solicitó   condenar   al   demandado   a   restituir   el  bien  objeto  de  la  negociación.   

                             2.  Como  fundamento de lo pretendido se  invocaron los siguientes hechos:   

                             2.1. El 18 de julio de 1990, Conrado Cano  Sierra   y   Lázaro  Torres  Ospina  celebraron  una  promesa  de  contrato  de  compraventa,  mediante  la  cual el primero de los mencionados se comprometía a  transferir  a  favor  del  segundo  el  derecho  de dominio y la plena posesión  material  de  un lote de terreno denominado La Cima, ubicado en el paraje de San  Joaquín,  con  todas  sus  anexidades  y  mejoras,  el  cual  tenía una cabida  superficiaria  de  cuarenta  mil  cuatrocientos treinta y siete metros cuadrados  (40.437  Mts.2).  El precio que debía pagar el promitente comprador ascendía a  la  suma  de ciento cuarenta y un millones quinientos veintinueve mil quinientos  pesos ($141.529.500).   

                             2.2.  Mediante demanda que correspondió  por  reparto  al  Juzgado  Tercero  Civil  del Circuito de Pereira, Conrado Cano  Sierra  promovió  un proceso ordinario pretendiendo la resolución del contrato  anterior,  proceso que terminó por virtud del acuerdo a que llegaron las partes  en  la  audiencia  de conciliación celebrada de conformidad con el art. 101 del  C.  de  P.  C. (fls. 9 al 11, c.1). Dicho acuerdo consistió en la modificación  del  contrato  de  promesa  anterior,  “modificación” consistente en que se  reducía  a  la  mitad tanto la extensión superficiaria del lote prometido como  el precio.   

                              2.3.  En  la  promesa  de  compraventa  celebrada  en  la audiencia mencionada, Conrado Cano Sierra prometió transferir  al  demandado  a  título  de  compraventa  el  derecho  de  dominio  y la plena  posesión  de  un  lote  de  terreno  que  se  desmembraría  de  otro  de mayor  extensión  denominado  La  Cima,  ubicado en el paraje de San Joaquín, con una  cabida  superficiaria  de 20.218,5 metros cuadrados, el cual se identifica en el  contrato por los respectivos linderos.   

                             2.4.  El  precio pactado en esta última  transacción  fue  la  suma de setenta millones setecientos sesenta y cuatro mil  setecientos   cincuenta  pesos  ($70.764.750.oo),  de  los  cuales  recibió  el  demandante  diez  millones de pesos ($10.000.000.oo) a la firma de la promesa de  compraventa,  y  se  acordó que el saldo lo pagaría el demandado en dos cuotas  iguales  de treinta millones trescientos ochenta y dos mil trescientos setenta y  cinco  pesos  ($30.382.375.oo),  cuyo  vencimiento  sería el 30 de diciembre de  1991  y  el  31  de  julio  de  1992, respectivamente. También se pactó que el  demandado    pagaría    las    siguientes   sumas   de   dinero:   “el  día  7  de  octubre  de 1991 la suma de catorce millones que  corresponde  a los intereses que le adeudan en razón del negocio anterior hasta  el  mes  de  octubre  de  1991,  el  día  29 de noviembre la suma de un millón  doscientos  mil pesos ($1.200.000.oo) suma que corresponde a los intereses sobre  el  saldo  adeudado  de  sesenta millones setecientos (sic) sesenta y cuatro mil  setecientos  (sic)  cincuenta pesos ($60.764.750.oo), el 30 de diciembre de 1991  pagará  la  cuota de treinta millones trescientos ochenta y dos mil trescientos  setenta  y  cinco  pesos  ($30.382.375.oo)  y  un  millón  doscientos mil pesos  ($1.200.000.oo)  por  concepto de intereses del mes de diciembre del mismo año.  Sobre  el  saldo  de  treinta millones trescientos ochenta y dos mil trescientos  setenta  y  cinco pesos ($30.382.375.oo) pagará un interés del 3% mensual, por  mensualidades  vencidas así: el 30 de enero de 1992 la suma de novecientos once  mil   cuatrocientos   setenta   y   un   mil   pesos  con  veinticinco  centavos  ($911.471.25),  igual  suma el 28 de febrero de 1992, el 30 de marzo de 1992, el  30  de  abril de 1992, el 29 de mayo de 1992, el 30 de junio de 1992, y el 30 de  julio  de  1992  en  esta  misma  fecha  pagará  el  saldo  de treinta millones  trescientos   ochenta   y   dos   mil   trescientos   setenta   y   cinco  pesos  ($30.382.375.oo).   

                             2.5.  A  la fecha de presentación de la  demanda  el  promitente comprador había incumplido en el pago de las siguientes  obligaciones:  “siete millones de pesos ($7.000.000)  por  intereses  pactados  el  7 de octubre de 1991; treinta millones trescientos  ochenta  y dos mil trescientos setenta y cinco pesos ($30.382.375.oo) el día 30  de  diciembre  de  1991  como  parte  del  capital  y ochocientos veintidós mil  novecientos  cuarenta  y  dos pesos con cincuenta centavos ($822.942.50) el día  28  de  febrero de 1992, por saldo de intereses pactados dentro de la promesa de  compraventa estipulada en la audiencia de conciliación…”.   

                             2.6. En virtud de la mora del demandado,  el  actor solicita se le reconozca como indemnización por perjuicios el pago de  los  intereses  no  cancelados  oportunamente,  más  los  intereses  moratorios  bancarios  sobre  la  suma  de  treinta  millones  trescientos ochenta y dos mil  trescientos  setenta  y  cinco  pesos ($30.382.375), desde el 30 de diciembre de  1991,  fecha  en  que  se  hizo  exigible  la  obligación,  a  razón del 5.48%  mensual.   

                             3.  Notificado  el  auto admisorio de la  demanda  y  corrido el respectivo traslado al demandado (fl. 24, c.1), éste por  intermedio  de  apoderado  judicial  le  dio  contestación,  oponiéndose  a la  totalidad  de  las  pretensiones. En cuanto a los hechos aceptó como ciertos el  primero,  segundo,  tercero, cuarto y octavo; manifestó no constarle el quinto,  sexto y séptimo, y negó el noveno (fls. 43 al 47 id).   

                             4.  Puso  fin  a la primera instancia la  sentencia  del  8  de  noviembre  de  1993,  por medio de la cual se negaron las  súplicas  de  la demanda y se condenó en costas a la parte demandante (fls. 64  al 74, ib.)   

                              5.  Apelada  por  la  parte  actora  la  sentencia  de  primer  grado,  el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de  Pereira,  mediante  providencia  del  13  de  abril  de  1994 (fls. 12 al 20, c.  Tribunal), la confirmó.   

LA SENTENCIA IMPUGNADA  

                             El  ad  quem  luego  de  referirse a los  antecedentes  del  proceso,  (fls.  12  al  19,  c. T), y no encontrar causal de  nulidad  que  invalidara  lo  actuado,  volvió  a  hacer  un  recuento  de  las  circunstancias   fácticas   que   dieron  origen  al  contrato  de  promesa  de  compraventa  respecto  del  cual  se  pide  la  resolución.  Hecho  lo anterior  concluyó  que  de  acuerdo con la manera particular como las partes convinieron  dicho   negocio   se   trataba  de  una  “auténtica  conciliación  habida  cuenta  de que dieron terminación total a la contención  derivada  de  la  original  promesa y con respecto a la cual el actor pretendía  que  se declarase resuelta. Dicho con palabras diferentes: el litigio relativo a  la  condición  resolutoria  consustancial  a la promesa de contrato a la sazón  suscrita  por  las  partes  finalizó  por conciliación. Hubo extinción de las  obligaciones  anteriores,  atañederas a la promesa de comprar y vender cada una  de  las partes un predio determinado por un precio también especificado y, así  mismo,  originándose  las  concernientes  a  la  nueva  promesa,  en la que con  reducción  de  la  extensión  del inmueble y el precio precedentes, sirvió de  medio  para  terminar ese litigio que como es obvio no puede ser revivido con el  expediente  que  una de las partes no cumplió el acuerdo a que se llegó por la  vía  de  la  conciliación  que  hoy  se impone en el proceso civil como medida  tendiente a la descongestión de la justicia…”.   

                             Precisado  lo  anterior  expresó que de  conformidad  con  lo  previsto en los artículos 6º. y 9º. del Decreto 2651 de  1991  y  101  del  C.  de P. C., la conciliación y el auto que la aprueba tiene  efectos  de cosa juzgada y en consecuencia no puede ser modificada por decisión  alguna,  ya  que  su  incumplimiento no permite condición resolutoria, sino que  puede  dar  origen a un proceso de cumplimiento con indemnización de perjuicios  o en determinadas circunstancias a un proceso de ejecución.   

LA DEMANDA DE CASACION  

                             Contra  el fallo antes resumido un cargo  esgrime  la parte demandante, con fundamento en la causal 1ª. del artículo 368  del  C.  de P. C., en concordancia con el artículo 51 del Decreto 2651 de 1991,  el  cual  es enunciado de la siguiente manera: “acuso  la  sentencia  recurrida de fecha 13 de abril de 1994, por violación directa de  la  ley sustancial, por falta de aplicación de los artículos 1546 del C. C. en  concordancia  con  los  artículos 1602, 1608, 1611 derogado por el artículo 89  de  la  ley  153  de  1887,  1613, 1618, 1849, 1857, 1928, 1929, 1930 y 1932, en  concordancia  con  los artículos 1494, 1495, 1496, 1498, 1499, 1500, 1501, 1502  normas todas del C. C. C.”   

                             En  el  derarrollo del cargo sostiene la  censura  que el Tribunal despojó al estatuto de la conciliación de los efectos  materiales  que  surgen  cuando  en  el  acta  se  crean,  modifican o extinguen  obligaciones   por  acuerdo  de  las  partes  con  la  intervención  del  juez.  Seguidamente  hace  una  breve  historia  de la figura de la conciliación en la  legislación  laboral  y  en  la  civil, luego de lo cual afirma que los efectos  sustanciales  o  materiales  de aquélla no pueden ser restringidos, cercenados,  ni reducidos a los meramente ejecutivos o de cumplimiento.   

                             Afirma el casacionista que a causa de la  aplicación  indebida  de  algunas  de  las normas que regulan los efectos de la  conciliación  se  violaron por falta de aplicación las normas sustanciales que  regulan  la  resolución  del  acto de la conciliación y sus consecuenciales de  indemnización  de  perjuicios  y  la  restitución  de  la  cosa  objeto  de la  negociación,  pues  “Omnubilado  el Ad Quem por los  efectos  del  decreto  2651  de 1991, artículos 4 y 6, creyó que la situación  quedaba   plenamente   gobernada   por   los  anteriores  preceptos.  Creyó  el  sentenciador  de  segunda  instancia,  que  la  conciliación quedaba reducida a  aspectos  meramente  procedimentales, unívocos del proceso ejecutivo, no siendo  dable      la      proposición      de     proceso     diverso,     como     el  ordinario”,    lo   que  conllevó  a  que  se  aplicaran  indebidamente  las  normas  mencionadas y de contera el artículo 332  del C. de P. C.   

                             Continúa  diciendo que la presencia del  Juez,  al  momento de conciliar, no significa que no hubiese surgido un contrato  o  convención,  como  acto por el cual una parte se obliga para con otra a dar,  hacer  o  no  hacer  alguna cosa, con carácter bilateral, conmutativo y con los  elementos  previstos  en  el  artículo  1501  del  C. C., norma ignorada por el  fallador, al igual que los artículos 1495, 1496 y 1498 id.   

                             Posteriormente afirma que la concepción  teórica  del  problema  y  la  solución  del  mismo  fue  errada por cuanto el  fallador  ignoró  que  la  conciliación  es  un  negocio jurídico que implica  acuerdo  de  voluntades para crear, modificar o extinguir obligaciones y que por  ende   es   similar   a   un   contrato,   “lo  que  automáticamente  da  lugar  a  la  aplicación  de  las  normas que regulan los  contratos.  Como  no  comprendió esto, el fallo se tradujo irremediablemente en  la  absolución  de  la  parte  demandada, y la desestimación de la pretensión  principal  absolutoria  del  negocio  de  promesa  de  contrato  de  compraventa  consignado   en  el  acta  de  conciliación,  como  de  las  demás  peticiones  consecuenciales de la resolución del contrato”.   

                             Seguidamente  reitera  que  el  reproche  estriba  en  la  indebida  aplicación de las normas que rigen la conciliación,  así  como  en la falta de aplicación de los preceptos que rigen el contrato de  compraventa,  pues  según el impugnante “No se puede  empeñar  o  forzar  a  un  contratante  que  cumplió o se allanó a cumplir un  acuerdo  de  promesa de disposición de un bien inmueble y plasmado por escrito,  ante  el  Juez,  mediante  el  mecanismo de la conciliación, a plantear la vía  ejecutiva  o  de cumplimiento con indemnización bajo la premisa del artículo 4  del  varias  veces  citado decreto 2651, forzando a una parte a continuar atada,  sometida   a  una  situación  irregular”.  Dice  el  casacionista  que  con  la  conciliación  en  comento  se dio culminación a un  litigio anterior y se celebró un nuevo contrato.   

CONSIDERACIONES  

                             1.  El  art.  101  del  C.  de  P. C. al  reglamentar  la  etapa concerniente a la audiencia de conciliación establece en  el   penúltimo  inciso  del  parágrafo  3º.:  “La  conciliación   y   el   auto   que   la   aprueba,  tendrán  efectos  de  cosa  juzgada”.   

                             Desentrañar  el sentido y alcance de la  anterior  declaración  normativa  constituye el meollo del debate planteado por  la  decisión  del  ad  quem  y  el  recurso de casación propuesto por la parte  demandante.   

                             El tenor de la norma citada conduce a una  lectura  inequívoca y clara: si la conciliación y el auto que la aprueba traen  como   implicaciones  la  autocomposición  del  conflicto  de  intereses  y  la  terminación  del  proceso,  en  el  caso  en  que  una cualquiera de las partes  quisiera   volver  a  plantear  una  proposición  jurisdiccional  de  idéntico  conflicto,  la  otra parte, estaría en la posibilidad de formular la excepción  de  cosa  juzgada,  como  lo  estaría  en  los  eventos de la transacción o el  desistimiento  cuando éstas sean las formas de finalización del proceso en los  términos de los arts. 340 y 342 ib.   

                              La   conciliación   es   un   género  significativo  de  acuerdo  entre las partes. Tanto la ley 446 de 1998, art. 64,  como  el  decreto 1818 de 1999, la definen desde la perspectiva instrumental, es  decir,  como  mecanismo  alternativo  autocompositivo  para  la  resolución  de  conflictos,  “con  la  ayuda de un tercero neutral y  calificado,  denominado  conciliador”.  Ella, per se,  carece  de  contenido  sustancial.  Su substrato es abierto y libre, de modo tal  que  ella  puede  adoptar  el contenido de cualquier acto jurídico idóneo para  romper  el desacuerdo. Puede ser transacción, pero también puede contener otro  acto,  contrato  o  negocio  jurídico  que produzca como efecto la renuncia, la  aceptación  o la modificación de la pretensión. En todo caso ella es la norma  jurídica  particular  que entra a regir el conflicto para componerlo una vez el  juez la homologue con la providencia aprobatoria.   

                             El acto de las partes aunado al del juez,  “tendrán   los  efectos  de  la  cosa  juzgada”,  dice el artículo inicialmente mencionado. Efectos que  se  producen  al  interior  y  al  exterior  del proceso. Interiormente se torna  inimpugnable   en  forma  absoluta;  externamente,  según  se  vio,  obra  como  impedimento  para  una  resolución  de mérito que no sea la declaratoria de la  cosa juzgada.   

                             Esa  inimpugnabilidad  interior del acto  conciliatorio  visto  en  el espectro de su contenido sustancial, es la que abre  la  senda  jurisdiccional para el conocimiento de pretensiones impugnativas como  las  propuestas  por  la  parte  recurrente en la demanda promotora del proceso,  frente  a  las  cuales  no  hay  cosa  juzgada  por  la  disimilitud de objeto y  causa.   

                              Si   el  efecto  de  cosa  juzgada  se  extendiera  a  la  eventual  impugnación  del  acto  conciliatorio  en  proceso  separado,  fácilmente  se  caería  en injusticias, por cuanto se dejarían por  fuera  de  juzgamiento  actos  logrados  mediante  la coacción física o moral,  pues,  como  ya  se  anotó  en esta providencia, al interior del proceso no hay  instrumentos  (medios  probatorios,  recurso,  procedimientos),  que mediando la  respectiva  verificación  permitieran  restarle  eficacia al acuerdo y menos si  éste  ha  tenido  cumplimiento.  Por  supuesto,  que  de entrada se descarta el  recurso  extraordinario  de  revisión  por  ser exclusivo de la providencia que  formal y materialmente es sentencia.   

                             Otra tesis llevaría a sostener que como  el  juez  debe  velar por la validez, viabilidad y eficacia de la conciliación,  esto  es,  que  esté ajustada a las prescripciones sustanciales, sea posible en  cuanto  a  su  cumplimiento  y  eficaz  para  la  solución  del  conflicto,  la  providencia   aprobatoria   produciría  un  juzgamiento  implícito  del  acto,  enervativo  de  cualquier  pretensión  ulterior  mediante la cual se tratara de  controvertir  el  acuerdo  de voluntades en cualquiera de sus fases. Claro está  que la norma es ajena a esta teoría.   

                             Según  el  art.  2483  del C. Civil, la  transacción  (y  esta  puede  ser  una de las modalidades de la conciliación),  “produce   efectos   de  cosa  juzgada  en  última  instancia;  pero  podrá  impetrarse la declaración de nulidad o la rescisión,  en  conformidad  a los artículos precedentes”,   es  decir,  por  las  causales  previstas  por  los artículos 2476 a 2482, pero  también  por  las  causales  generales  de  nulidad  de los negocios jurídicos  consagradas  por  los  artículos  1740  a  1756,  y  por supuesto demandarse la  resolución  de  conformidad  con  el  art.  1546  ejúsdem,  por tratarse de un  contrato  bilateral. Obviamente la norma no diferencia entre la transacción que  ocurre  antes  del  proceso y aquella que se da estando éste en curso, pues esa  no  es  distinción  que  toque  con  su  naturaleza y núcleo esencial, como se  infiere   del  art.  2478  cuando  preceptúa  como  causal  de  nulidad  de  la  transacción   la  celebrada  cuando  el  proceso  estuviere  ya  terminado  con  sentencia  con  fuerza de cosa juzgada, siempre que las partes o alguna de ellas  no hubiere tenido conocimiento al tiempo de transigir.   

                             A decir verdad, el tema de la resolución  de  la  transacción,  y  se  acude  a este contrato por vía ejemplificativa en  consideración  a que él muchas veces es el contenido de la conciliación, como  ya  se  anotó,  ha sido debatido, pero la doctrina más tradicional y amplia en  cuanto  al  número de autores, ha sostenido la procedencia de la pretensión de  resolución  cuando  las  obligaciones  derivadas  de  la  transacción  no  son  cumplidas,  sin que halle impedimento en la fuerza de la cosa juzgada que a ella  le  asigna  la  ley  respecto  de  las  partes, pues entiende, como ya se había  expuesto,  que debido a esa eficacia el demandado ante el desconocimiento de una  transacción  “puede  oponer  la  exceptio litis per  transactionem    finitae,    análoga    en    todo    a    la    exceptio   rei  iudicatae” (Véase Planiol y Ripert, Laurent, Ricci,  Baudry-Lacantinerie,   De   Ruggiero,   José   Mélich-Orsini,   entre  otros).  Concretamente  A.  Colin  y  H.  Capitant,  fincados  en  decisión  de la Corte  francesa,  sostienen que “Es perfectamente compatible  con  el contexto de la transacción la existencia de prestaciones que pueden ser  cumplidas  luego  o  en fecha determinada, sin perjuicio de la acción que pueda  corresponderle  a  cualquiera  de  las  partes  para instar la resolución de la  transacción   si   abiertamente   se   faltase  a  sus  estipulaciones  por  el  contrario” (Curso Elemental de Derecho Civil, t. IV,  pág. 998).   

                             Desde  luego,  que  el presente caso, ni  siquiera  ofrece  la  discusión  que  plantea el contrato de transacción en si  mismo,  pues  las  partes  no acudieron a esa fórmula negocial para dirimir las  diferencias  del  proceso  anterior,  sino,  y  con  claridad  meridiana,  a  la  celebración   de   un   nuevo   contrato   de   promesa   de  compraventa,  que  indiscutiblemente  es  el  contenido del arreglo conciliatorio, con un carácter  eminentemente  novatorio,  pues  por  este acuerdo se abolieron las obligaciones  anteriores,  es  decir,  las  que  había  generado  el  contrato  de promesa de  compraventa   celebrado  el  18  de  julio  de  1990,  sustituyéndose  por  las  obligaciones  nuevas,  que  ahora  se  alegan   incumplidas,  o sea las que  tuvieron  como  fuente  el  contrato también nuevo, ajustado el 3 de octubre de  1991,  con  ocasión  de  la  audiencia  de conciliación que en esa misma fecha  ocurrió.   

                             Claro está que la referencia al contrato  de  transacción,  vale por el efecto de cosa juzgada que desde antaño a él le  atribuye  el  art. 2483 del C. Civil, hoy extendido por el art. 101 del C. de P.  Civil,  al acuerdo conciliatorio y el auto que lo apruebe, con independencia del  contenido sustancial de dicha composición.   

                             2.  En el asunto sub judice CONRADO CANO  SIERRA  pretende  se  declare  la  resolución  de  un  contrato  de  promesa de  compraventa  de  un  inmueble  (fls.  17 y 18 C. 1), contenido en el acta de una  audiencia  de  conciliación  realizada en el Juzgado Tercero Civil del Circuito  de  Pereira  el  3  de  octubre  de  1991  (fls.  9  al 11 id.), y se condene al  demandado  LAZARO  TORRES  OSPINA  a indemnizar al demandante por los perjuicios  causados  en  virtud  del  presunto  incumplimiento  en  el  pago  de  parte del  precio.   

                             Como quedó ya anotado en este proveído,  las   anteriores  pretensiones  fueron  despachadas  desfavorablemente  por  los  juzgadores  de  primera  y  de  segunda instancia, toda vez que consideraron que  como  el  contrato impugnado se había celebrado en virtud de la conciliación a  que  llegaron  las  mismas partes de este litigio dentro de un proceso ordinario  que  se  adelantó en el Juzgado Tercero Civil del Circuito de Pereira, el mismo  no  era  susceptible  de  resolución,  puesto  que  como la conciliación tiene  efectos  de  cosa  juzgada  no  puede  ser modificada por decisión alguna, y su  incumplimiento  puede  originar,  según el caso, un proceso de cumplimiento con  indemnización de perjuicios o un proceso de ejecución.   

                             Así  las  cosas, resulta claro el yerro  del  ad  quem,  pues, si bien es cierto, el pleno acuerdo conciliatorio tiene la  virtud  de  impedir  la  iniciación de un proceso o de terminarlo, pues produce  efectos  de  cosa  juzgada  entre  las  partes respecto de la materia litigiosa,  también  es  cierto que cuando dicha conciliación concluya con la celebración  de  un contrato, del cual surjan nuevas obligaciones bilaterales, no se le puede  desconocer  o  cercenar la prerrogativa que tiene el contratante cumplido frente  al  contratante  incumplido  de  pedir  a  su  arbitrio,  o  la resolución o el  cumplimiento  del  contrato con indemnización de perjuicios, de conformidad con  lo dispuesto en el artículo 1546 del C. Civil.   

                             En  este orden de ideas, resulta válido  sostener  que  los  efectos de cosa juzgada son para el litigio primigenio, pero  en  ningún momento se pueden extender dichos efectos a los nuevos contratos que  surjan   con  ocasión  del  acuerdo  conciliatorio,  ya  que  una  cosa  es  la  conciliación  como  instrumento para poner fin a un litigio y otra muy distinta  es  el  medio de que se valen las partes para llegar a aquella, que en este caso  consistió  en  la  celebración  de  un  contrato de promesa de compraventa. En  verdad  el  Tribunal confundió, y de ahí su equivocación, el contrato que dio  origen  al  primer  proceso en que se concilió, con el contrato demandado, como  si  fuera un solo acto jurídico, cuando en realidad no lo son, pues se trata de  dos  contratos perfectamente diferentes. Adviértase que la conciliación que se  plasmó  en  un  nuevo  contrato  de  promesa  de  compraventa,  dio  lugar a la  autocomposición  del  conflicto  de  intereses  que originó el proceso que con  ocasión  de  ella  finalizó,  con  el  efecto  de cosa juzgada que la norma le  atribuye,  porque  definitivamente  así  se  zanjaron  las  diferencias  que se  habían  presentado  en  desarrollo  del  contrato  de  promesa  de  compraventa  originalmente   celebrado.  Circunstancia  esta  que  lógicamente,  y  dada  la  vocación   de  permanencia  que  comporta  la  cosa  juzgada,  impide  que  esa  controversia  pueda  ser  nuevamente objeto de una pretensión procesal, como lo  ha    explicado    la    Corporación   cuando   ha   dicho   que   “…este   contrato   tiene   una   finalidad  obvia,  esencial  y  necesaria:  la  de  poner  término a las disputas patrimoniales de los hombres,  antes  de  que  haya  juicio  o  durante el juicio. Celebrado de acuerdo con las  prescripciones  generales  de los contratos, su efecto no podrá ser otro que el  de  cerrar,  indubitablemente,  absolutamente  y  para siempre el litigio en los  términos  de  la  transacción.  La controversia de allí en adelante carece de  objeto,  porque  ya  no  hay  materia  para un fallo, y de fin, porque lo que se  persigue  con  el  juicio  y la sentencia ya está conseguido. Las partes se han  hecho  justicia  a  sí  mismas,  directa  y  privadamente,  en  ejercicio de su  libertad;  de modo que la jurisdicción, que es institución subsidiaria, quedó  sin    que    hacer”.   (G.J.   No.   2149,   pág.  267).   

                             De  acuerdo con lo anterior no existe el  obstáculo  que  encontró  el  Tribunal para decidir sobre la resolución de la  promesa  de  compraventa  en  cuestión  por  incumplimiento  de  alguno  de los  contratantes,  lo  que  impone  que  el  fallo  impugnado  deba  ser casado. Por  consiguiente el cargo prospera.   

RESOLUCION  

                             En  armonía  con  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación  Civil  y Agraria, administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley, CASA  la  sentencia dictada el 13 de abril  de  1994  por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito Judicial de Pereira en este  proceso  ordinario  instaurado  por  Conrado  Cano  Sierra contra Lázaro Torres  Ospina.   

                             Pero  antes  de  dictar  la sentencia de  reemplazo,  la Corte, en ejercicio de la facultad que le confiere el inciso 2º.  del  artículo  375  del  C.  de P. Civil, decreta de oficio la práctica de las  siguientes pruebas:   

                             1. Mediante dictamen pericial practicado  por  expertos  en  la  materia  efectúese  un  avalúo  de los frutos civiles y  naturales  producidos  o  que  hubiera  podido  producir  el inmueble objeto del  contrato  impugnado,  desde  cuando  el  demandado  lo tiene en su poder, o sea,  desde  el 12 de octubre de 1991 hasta la fecha, dividiéndolos en dos etapas: la  primera,  desde ese día hasta el 30 de julio de 1992, fecha de la notificación  del  auto  admisorio  de  la  demanda, y la segunda, desde esta última fecha en  adelante.   

                             Ambas  partes colaborarán adecuadamente  en   la   práctica   de   la   presente  prueba,  cuyos  costos  asumirán  por  mitad.   

                             Al  efecto,  señálase  un  término de  veinte  días  contados  a  partir  de la fecha de posesión de los peritos, que  oportunamente  serán  designados por el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Pereira,  al  cual  se  comisionará  para  tal  efecto  y  recepción de la  experticia.   

                              2.  Por  la  secretaría  de  la  Sala  ofíciese  al Banco de la República, con el fin de que en un término de veinte  días,  informe  a  esta  Corporación  cuál  es  el valor actual de un peso de  octubre  3  de  1991,  habida  cuenta de la pérdida del poder adquisitivo de la  moneda colombiana ocurrida desde esa fecha.   

                               Sin    costas    el    recurso    de  casación.   

                            Cópiese y notifíquese.   

JORGE ANTONIO CASTILLO RUGELES  

MANUEL ARDILA VELASQUEZ  

NICOLAS BECHARA SIMANCAS  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

JOSE FERNANDO RAMIREZ GOMEZ  

JORGE SANTOS BALLESTEROS  

    

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