SC 062 2005 [7562]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-062-2005 [7562]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

Magistrado  Ponente   

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá D.C., veinticinco (25) de abril de dos  mil cinco (2005).   

                                Referencia:     Expediente     No.  7562   

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  la parte demandante contra la sentencia de 29 de septiembre de  1998,  pronunciada  por  la Sala Civil – Familia – Laboral del Tribunal Superior  del  Distrito  Judicial  de  Santa  Rosa  de  Viterbo,  en  el proceso ordinario  adelantado  por  MARÍA  ANTONIA  CAMARGO frente  a HERNÁN,  ROSALBA    y    ANA   MOLANO   CAMARGO   y   personas  indeterminadas.   

I.           ANTECEDENTES   

                             1.           María   Antonia  Camargo  demandó  a  Hernán,  Rosalba y Ana Molano Camargo, así como a las personas indeterminadas,  para  que se declarara que es propietaria del inmueble ubicado en la carrera 4ª  número   7  –  40  (actualmente  7 – 52) del municipio de Paipa (Boyacá),  identificado  con  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria  074  – 0031621 de la  Oficina  de Registro de Instrumentos Públicos de Duitama, por haberlo adquirido  por  prescripción extraordinaria, y para que, consecuencialmente, se dispusiera  la inscripción en el registro correspondiente.   

                             2.           Como  sustento  de  las  súplicas  se  invocaron los hechos que seguidamente se compendian.   

a.             Desde  1967  la  demandante  tiene  la  posesión  pública y continua del bien, en nombre propio, con ánimo de señora  o  dueña,  sin  reconocer  dominio  ajeno  y  nadie  ha  pretendido o reclamado  derechos  sobre  el  mismo,  pues  en  el  vecindario es considerada como dueña  absoluta.   

b.            Con sus recursos ha mejorado el predio y  realizado  actos  positivos,  tales  como  limpieza,  cerramientos,  siembra  de  árboles  frutales  y pastos, construcción de desagües y alcantarillado, cría  y  pastoreo  de  ganado, instalación de servicios públicos, lo que muestra una  explotación  económica  efectuada  sin  el  consentimiento  de  ninguno y como  propietaria,   en   forma   pacífica,   pública   e   inequívoca.   

                     

                             c.           La   actora   es   favorecida  por  la  prescripción  adquisitiva  extraordinaria,  toda  vez que posee el predio desde  hace veintiséis años.   

         

                             3.           Admitida  la  demanda  se  ordenó  su  notificación  a  los demandados y el emplazamiento de las personas que creyeran  tener derechos sobre el respectivo bien.   

                             Al  responder  el  libelo, Rosalba y Ana  Molano  Camargo  se  opusieron  a  las pretensiones y negaron los hechos que las  sustentaban;  Hernán  Molano  Camargo  lo  hizo  en igual sentido, a la vez que  propuso   como   excepción   perentoria   la  que  denominó  “falta  de  los  presupuestos  para  la prescripción adquisitiva”, basada en la carencia de la  calidad de poseedora de la demandante.   

                             Este último  también  formuló demanda de reconvención, en la que solicitó la restitución  del  inmueble,  junto con sus frutos civiles y naturales producidos a partir del  2 de abril de 1986,  fundamentada de la siguiente manera:   

a.            Hernán, Ana y Rosalba Molano Camargo, en  representación  de  su  madre  María  Belén Camargo de Molano, adquirieron el  inmueble  por  adjudicación  que  se  les  hizo  en  el proceso de sucesión de  Celestina Ochoa Vda. de Camargo.   

c.            Eusebia  Camargo Ochoa, en su condición  de  arrendataria,  manifestó  en  1970  a  los  propietarios  del  inmueble  la  conveniencia  de  que  alguien cuidara la casa, pues se estaban causando daños,  solicitud  que  éstos  autorizaron,  por  lo  que  la arrendataria consiguió a  María Antonia Camargo.   

d.             Fallecida  Eusebia,  los  propietarios  entraron  en  conversaciones  con  María  Antonia Camargo y con sus hijos Jaime  Gustavo  y  Luis Antonio Camargo, para comunicarles la decisión de urbanizar el  lote  para  su  venta,  por  razón  de  los  altos  impuestos.  Para estos  efectos,   determinaron  colocar  un  aviso  de  venta  y  se  les  informó  el  desinterés  en  refaccionar  la  casa, pidiéndoles que “fueran buscando otra  parte donde vivir”.   

e.            Posteriormente,  se  convino  entre  los  dueños  Hernán, Ana y Rosalba Molano Camargo, y los inquilinos María Antonia,  Jaime  Gustavo  y  Luis  Antonio Camargo, suscribir un contrato de arrendamiento  por  el término de un año, prorrogable a voluntad de las partes, documento que  fue  aceptado por todos el 1º de octubre de 1987, menos por María Antonia, por  no saber firmar.   

f.             Los  arrendatarios  pagaron  el  canon  mensual  durante  tres  años,  unas  veces  en  la  casa  de habitación de las  arrendadoras  Rosalba  y  Ana Molano Camargo, y otras en el mismo inmueble, pero  en 1990 dejaron de cancelarlo, pese a los reiterados cobros.   

g.            Con  manifiesta  mala  fe,  por medio de  apoderado,  seguramente  mal  informado  o engañado, se instauró por aquéllos  una  acción  posesoria contra los propietarios, con el propósito de apoderarse  del bien.   

h.            María  Antonia  Camargo  y  sus  hijos,  detentan  una  posesión  de  mala  fe  sobre el predio “Santa Elena”, cuyos  titulares son Hernán, Rosalba y Ana Molano Camargo.   

La  demanda  de reconvención fue respondida  por  la  actora,  quien se opuso a su prosperidad.   Luego, el juzgado  de  conocimiento  ordenó  integrar  el  litisconsorcio  activo en la demanda de  reconvención,  citando  a  Rosalba  y Ana Molano, quienes, a su vez, intentaron  reconvenir por fuera de término.   

En   representación  de  las  personas  indeterminadas   el   curador  ad  litem  se  notificó  de  la  admisión  de  la demanda y la respondió sin  sustentar oposición alguna.   

                              4.            La primera instancia culminó con  sentencia  de  23  de  abril  de  1998,  en  la que el Juzgado Segundo Civil del  Circuito  de  Duitama  negó las pretensiones de la demanda inicial y accedió a  la  restitución  pretendida  por  los  demandados, sin lugar a frutos, mejoras,  expensas  ni  deterioros.   Una vez interpuesto por la actora el recurso de  apelación,     el     Tribunal    confirmó    íntegramente    la    sentencia  impugnada.   

                                                 II.                       LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL   

1.             Tras   corroborar   los   presupuestos  procesales,   el   ad  quem  recordó  los  principios  de  unidad  y  comunidad  de  la prueba, así como la  imparcialidad  en  su  valoración,  conforme  a  las  directrices  de  la  sana  crítica,  para  adentrarse,  seguidamente,  en  el  examen  de los elementos de  convicción acopiados en el proceso.   

En  tal  dirección,  encaró  las  pruebas  solicitadas  por  la  demandante, específicamente, las declaraciones de Liliana  Ochoa  Puerto,  Ana  Silvia  Monroy  de  Sánchez,  Santos  Miguel Sánchez Coy,  Álvaro  de  Jesús  Ochoa  Puerto  y  José Roso Ochoa Brijaldo, que consideró  coincidentes  en cuanto a la permanencia de María Antonia Camargo en el predio,  por  más de veinte años, y las actividades económicas desplegadas, por lo que  suponen  es  de  su propiedad.  Añadió que en la inspección judicial fue  constatada  la  existencia  del  predio  y su destinación, y que con el estudio  grafológico  se  estableció que el contrato de arrendamiento donde figura como  arrendataria  María  Antonia  Camargo,  entre  otros, no sufrió alteraciones o  modificaciones.   

Pasó  el  sentenciador al escrutinio de las  pruebas   pedidas   por   los   demandados,  para  destacar,  primeramente,  las  declaraciones  de  Jaime Gustavo y Luis Antonio Camargo, hijos de la demandante,  quienes  afirmaron  haber vivido en el lote con su madre por algunos años, a lo  que  añadieron  que su tía Eusebia la trajo allí hace veintiséis años, para  que  cuidara la casa y le ayudara a vender ganado, época desde la cual comenzó  a  “picar”  el  lote,  ordeñar,  cercar y sembrar hortalizas, permaneciendo  aún  allí.   Alrededor  de  los deponentes José Rodríguez, Isabel Rojas  Paipilla,  Aura  Luz  García,  Edgar  José  Alvarado,  Isaías  Hurtado Niño,  Nicolás  Camargo  Benítez,  Ligia  Camargo  Vargas, María Adela Salcedo y Ana  Rosa  Camargo  Sanabria, el fallador encontró que dan cuenta de la detentación  del  predio  por parte de Eusebia hasta su muerte, con cultivos y animales, así  como  que  ella  mandaba, disponía y pagaba a María Antonia y sus hijos por la  ayuda  que  prestaban; agregaron que con la leche Eusebia elaboraba almojábanas  para  la  venta,  que  no  vivía  en la misma casa sino al frente y que algunas  mejoras  fueron  hechas  últimamente  por  los hijos de María Antonia, quienes  pagaban  arriendo  a  Rosalba Molano, desde 1984 a 1988; también subrayaron que  desde  hace  doce  o  quince  años han visto a María Antonia en el inmueble y,  según  los  últimos testigos, los herederos autorizaron a Eusebia Camargo para  que  mandara  en  el  predio desde 1967 hasta su fallecimiento, cuando “según  dicen”,    le   arrendaron   a   María   Antonia   Camargo,   sin   que   les  conste.   

Adicionalmente,   mencionó  la  escritura  pública  de  protocolización  del  juicio sucesorio de Celestina Ochoa Vda. de  Camargo,  el  registro  de  defunción de Eusebia Camargo Ochoa y el contrato de  arrendamiento  suscrito  el  1°  de  octubre de 1987 entre Jaime Gustavo y Luis  Antonio  Camargo,  como  arrendatarios, y Hernán, Rosalba y Ana Molano Camargo,  como arrendadores.   

2.            Así  las cosas, inició la ponderación  conjunta  del acervo probatorio, no sin antes advertir que los relatos de Isabel  Rosas  Paipilla,  Ana  Rosa  Camargo  Sanabria,  Ligia Camargo Vargas y Nicolás  Camargo  Benítez,  se  apreciarían  con  mayor  rigor,  por razón de la tacha  originada en el parentesco y la dependencia laboral.   

Afirmó  el  Tribunal,  entonces, que María  Antonia,  Jaime  Gustavo  y  Luis Antonio eran trabajadores de Eusebia, quien no  habitaba  el  lote,  pero  mandaba,  recibía  la  leche para las almojábanas y  ejercía  diversas  actividades hasta el día de su deceso; a partir de allí se  ha  visto  a  María Antonia y, desde hace diez años, ha mejorado el predio con  construcciones,  cerramientos, etc.  Por tanto, hasta 1986, mientras vivió  Eusebia,  María  Antonia  se  dedicó al cuidado de los animales, sin que pueda  aceptarse una posesión conjunta.   

No  interesa  la  calidad en que permaneció  allí  Eusebia,  continuó,  pues  basta  saber  que María Antonia dependía de  ella,  como  tampoco  importa  el hecho de que la primera no habitara el predio,  dado   que   tal   circunstancia  no  evidencia  la  posesión  de  la  segunda;  contrario  sensu,  la  misma  demandante  y  sus  hijos admiten que Eusebia los llevó al inmueble para que lo  cuidaran  y  atendieran  los  animales;  incluso,  el  levantamiento de mejoras,  después  del  óbito  de  Eusebia,  ratifica  que  previamente la demandante no  podía disponer sobre el lote.   

Concluyó  el  Tribunal  que la posesión de  María  Antonia  se  remontaba  al  2  de  abril  de 1986, fecha de la muerte de  Eusebia,  sin  que  pudiera  admitirse  que  fuera simplemente tenedora, pues no  suscribió  el  documento  de arrendamiento, que, además, no fue reconocido por  sus  hijos,  es decir, carece de autenticidad legal; empero, emerge que falta un  presupuesto  axiológico  de  la  pertenencia, cual es, la posesión veintenaria  exigida por la ley.     

Y,            acerca  de la reivindicación, encontró  reunidos  sus requisitos, que el título de dominio precedía la posesión de la  reconvenida  y precisó que, evidentemente, el poseedor sin título no puede ser  de    buena    fe,    salvo   cuando   invoca   la   prescripción   adquisitiva  extraordinaria.   

III.         EL RECURSO DE CASACIÓN   

                             Con fundamento en la causal primera, dos  cargos  se  proponen contra la sentencia del Tribunal, en los que se denuncia la  comisión  de  errores  de  hecho.  Los reproches se despacharán conjuntamente,  dado que adolecen de los mismos defectos.   

                                  CARGO  PRIMERO   

En  éste  se  aduce  la  infracción de los  artículos  673,  762, 764, 768, 946, 947, 948, 949, 950, 981, 2512, 2513, 2518,  2522,  2527,  2531  y  2532  del Código Civil, 407 del Código de Procedimiento  Civil  y 1° de la ley 50 de 1936, a causa de yerros fácticos en la estimación  de las pruebas   

1.          Para  empezar,  la  recurrente reproduce  apartes  de  los  testimonios  de  Lilia  Ochoa  Puerto,  Ana  Silvia  Monroy de  Sánchez,  Santos  Miguel  Sánchez  Coy, Álvaro de Jesús Ochoa Puerto y José  Roso  Ochoa  Grijaldo,  encaminados a destacar su permanencia en el predio y las  actividades propias del señorío, durante más de veinte años.   

Seguidamente,  indica  que  el  ad   quem   desatinó   al   ponderar  la  declaración  de  parte  de  María  Antonia  Camargo,  que  “no  integra  una  confesión”  y  fue  desfigurada, al considerar que de ella se desprendía que  los  demandados  eran propietarios del bien; asimismo, comenta que la demandante  sólo  dijo que allí la había llevado su tía Eusebia y que el sentenciador no  se  percató  de  que ésta no tuvo ningún derecho de propiedad.   De  otro  lado, señala que esta prueba se solicitó en una demanda de reconvención  extemporánea, por lo que su práctica fue “claramente ilegal”.   

De  igual modo, identifica otro error cuando  el  Tribunal  ignoró  que  las  copias  de la partición elaborada dentro de la  sucesión  de Celestina Ochoa Vda. de Camargo, carecían de la firma de su autor  y  de  autenticación,  por  lo  que  no  eran  idóneas  para acreditar que los  demandados  adquirieron  el  bien.   Critica  también que los sellos de la  Oficina  de Registro de Duitama aparecen dentro de una providencia donde el juez  se  abstuvo de resolver las objeciones a la partición y concedió un recurso de  apelación,  de  modo  que  “  …  no  se llevó a los autos la sentencia que  aprobó el trabajo de partición”.   

2.            Por  otra  parte, la impugnadora asevera  que  el  fallador  desconoció  totalmente  los  medios de prueba  que ella  aportó,  “que apreciados en su conjunto con un criterio objetivo y de acuerdo  con  …  las  reglas de la sana crítica impuestas por el Art. 187 del C. de P.  C.,  demuestran  plenamente  que  la  demandante adquirió el bien materia de la  declaración  de  pertenencia por el modo de la prescripción extraordinaria, de  acuerdo  con el Art. 2031 del C.C., en concordancia con el Art. 1º de la ley 50  de  1936.”   En este aspecto, expresa que los testimonios evidencian  objetivamente  la  posesión  pública, quieta, pacífica, continua y autónoma,  al  paso  que  son responsivos, exactos y completos para comprobar una posesión  por   más   de   veinte   años,   según   el   artículo   981   del  Código  Civil.   

A continuación, manifiesta que se aplicaron  indebidamente  los  artículos  946, 947, 948, 950 del Código Civil y “demás  normas  concordantes”,  con  atropello de sus derechos, pues al no probarse la  propiedad,  como primer requisito de la acción de dominio, tampoco se destruyó  la  presunción  del  artículo  762 del Código Civil.   Ciertamente,  añade,  los  documentos  allegados  no  son  auténticos y, por lo mismo, al no  aportarse   una   prueba   igual   o   superior,   sigue   en   pie  la  mentada  presunción.   

Adicionalmente,  estima  que fue absurda la  petición  de  la  contraparte  para que se integrara el contradictorio, pues no  existía  un  litisconsorcio  necesario,  y  afirma  que este error procesal fue  aprovechado  para formular la demanda de mutua petición, a la que no se le hizo  presentación  personal,  ni  fue  admitida  y  notificada,  pero  sirvió  para  decretar  múltiples  pruebas.   Como  consecuencia  de esta equivocación,  prosigue,  se  recaudaron  nuevos  medios,  en  particular, el interrogatorio de  parte  de la demandante inicial, de donde resulta que se aplicó inadecuadamente  el  artículo  83 del Código de Procedimiento Civil, y que “todas las pruebas  practicadas  en  función  de  lo ordenado por el auto de 10 de mayo de 1996 …  son  absolutamente  ilegales,  pues  el  Juzgado  carecía  de  competencia para  ello” y “únicamente la tenía para dictar la sentencia”.   

Anota,  igualmente,  que  el  a  quo violó el principio de preclusión y  aplicó  incorrectamente el artículo 83 en mención, de suerte que, repite, “  …  el  procedimiento  que se siguió fue absolutamente ilegal … y el Juzgado  carecía  de  competencia  para  ordenar  … la práctica de nuevas pruebas”.  Así,  resulta que el interrogatorio de parte de la actora, basado en la demanda  de  reconvención,  “  …  es absolutamente nulo … ”, no tiene alcance de  confesión,  no  tuvo  tal  propósito,  pues ella sólo dijo que había entrado  legítimamente  al  predio  junto  con  su tía, para realizar actos propios del  dominio.   

Por último, señala que según el artículo  249  del  Estatuto  Procesal  la conducta es un medio de prueba, que el Tribunal  pretirió  en  cuanto  a  la  parte  demandada  cuando  pretendía establecer la  condición  de  arrendataria de María Antonia, con “ … un documento privado  sin  firma … ” y sin fecha cierta que “ … carecía de valor demostrativo  ”,  e  insiste  en  que la hijuela aportada para acreditar la adquisición del  predio,  “ … carece en absoluto de eficacia probatoria pues no está firmada  por  el  autor  del trabajo de partición ni por ningún notario … ”, pese a  lo  cual  fue  tenida  en  cuenta,  “ … en un evidente y manifiesto error de  hecho  …  SIN PERCATARSE de que no tiene la categoría de documento auténtico  ni   mucho  menos  de  documento  público”,  de  modo  que  no  eliminaba  la  presunción  del  artículo  762  del  Código  Civil en favor de María Antonia  Camargo.   

                               

                                  CARGO  SEGUNDO   

Se  esgrime  la  vulneración  de los mismos  preceptos  invocados  en  el cargo precedente, a causa de “ostensibles errores  de hecho”.   

1.            Tras acotar que el debido proceso impera  en  todo  tipo  de  actuaciones,  así  como que es nula cualquier prueba que lo  infrinja,    indica    el   recurrente   que   el   a  quo,  después  de  correr  traslado  para  alegar  de  conclusión,  “… desconoció el principio de la preclusión y consideró que  existía  un litisconsorcio necesario, en una manifiesta desviación del derecho  y  quebrantando  el  Art.  6  del  C. de P.C., de acuerdo con el cual las normas  procesales  son  de  orden  público  … ”, por lo que emerge que “ … las  pruebas  practicadas  en detrimento de dicho mandato constitucional son nulas de  pleno derecho” y “carecen de eficacia probatoria”.   

A   renglón  seguido,  sostiene  que  las  decisiones  de  instancia  se apoyaron en tales testimonios nulos, que, además,  no  son  exactos  ni  responsivos,  con  lo que se incurrió en “un evidente y  manifiesto  error de hecho …  por adición de prueba”, afirmación esta  que  acompaña de transcripciones parciales de las versiones de Aura Luz García  Rodríguez,  Edgar  José  Alvarado,  Isaías  Hurtado  Niño,  Nicolás Camargo  Benítez,  Ligia  Camargo  Vargas,  María  Adela  Salcedo  de  Sierra, Ana Rosa  Camargo  Sanabria,  Isabel  Rojas  Paipilla  y  José Rodríguez, especialmente,  cuando   aluden   a   la   permanencia   de   María   Antonia   Camargo  en  el  predio.    En  concreto,  del  primer  declarante  dice  que  “de su  extenso  testimonio  no  se desprende un hecho concreto, no da circunstancias de  tiempo,  modo y lugar”, y con respecto al último, anota que “las respuestas  son vagas, fallan las circunstancias de modo, tiempo y lugar”.   

2.            Encuentra también que se cometió   error  de  hecho  cuando  el  Tribunal olvidó que las fotocopias del trabajo de  partición  verificado dentro de la sucesión de Celestina Ochoa Vda. de Camargo  no  estaban  firmadas por su autor ni por el notario que las expidió, de manera  que  no   se  trataba  de  un  documento  auténtico,  como  tampoco de uno  público,  “carece  en  absoluto  de  valor  probatorio”,  y  no acredita la  adquisición del bien por los hermanos Molano Camargo.   

3.            Seguidamente,  insiste  en  que  con  la  formulación   de   la   demanda   de   reconvención   y  la  integración  del  litisconsorcio  se  violaron los artículos 29 de la Carta Política, 6 y 83 del  Código   de   Procedimiento   Civil;   por  consiguiente,  dice,  “todas  las  actuaciones  …  dando  trámite  al litisconsorcio necesario son absolutamente  ilegales  y  contrarias  al  principio del debido proceso”, lo que lleva a que  las  pruebas  practicadas  sean “nulas de pleno derecho y … no puedan servir  como  fuente  de  una  decisión  judicial”.   Agrega,  entonces,  que la  alteración  artificial  de  las etapas procesales quebrantó el principio de la  preclusión,  por lo que “todo lo actuado con posterioridad … está afectado  de nulidad” por falta de competencia.   

4.            De  otro  lado,  comenta  que del examen  conjunto  de  los testimonios aflora que no son responsivos ni completos, no dan  razón  de  la  ciencia  de su dicho, como tampoco de las circunstancias de modo  tiempo  y  lugar;  no  obstante, ellos fueron adicionados por la sentencia, para  darles  eficacia  probatoria  contraria a las reglas de la sana crítica, lo que  constituye un error de hecho evidente y manifiesto.   

5.            En cuanto a la prueba del dominio de los  demandados,  puntualiza  que “carece en absoluto de eficacia probatoria” por  falta  de  firma  de  la  hijuela,  no  es  un documento público ni auténtico,  configurándose  un  error  de  hecho que salta a la vista.  A su turno, en  torno  a  la  posesión  de  mala  fe  de la demandante originada en la falta de  título,   aduce   que   se   trata   de   una   doctrina   revaluada,   máxime  cuando    “la    misma  contraparte  admite  …  que  dicha señora entró al predio porque fue llevada  por  la  señora  EUSEBIA para que cultivara el fundo”, por lo que, repite, no  se desvirtuó la presunción del artículo 768 del Código Civil.   

6.  Finalmente, la  impugnadora   atribuye   al   Tribunal  la  violación  del  artículo  970  ibídem, en la medida en que  no  reconoció  las  mejoras  ni  el  derecho de retención, permitiendo así un  enriquecimiento  injustificado, que impone la restauración del derecho conforme  al  artículo 230 de la Constitución Política, mandato que, itera, también se  infringió  al  desconocer  la prueba de la posesión y al tener por establecida  una propiedad que no estaba acreditada.   

                                      IV.          CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

1.            La presunción de acierto y legalidad que  ampara  la  sentencia  exige  a quien pretende su quiebre, cuando se apoya en la  causal  primera  del  artículo  368  del  Código  de  Procedimiento Civil, que  demuestre  cabalmente  la  infracción  trascendente  de  una  norma  de derecho  sustancial.   

Es sabido que tal infracción puede generarse  de  modos  distintos,  esto  es, en forma directa o indirecta.   En la  última  hipótesis,  que  es  la  que  el  recurrente  ha  invocado  aquí,  la  vulneración  del  derecho  material  proviene  de un desacierto vinculado a los  medios  de  convicción,  bien sea por un error de hecho o uno de derecho.   Estas  modalidades  de  yerro  poseen, a su turno, una naturaleza y un contenido  diversos,  dado  que  el  primero se nutre de la prueba como elemento material y  objetivo  del  proceso,  mientras  que  el  segundo  atañe  a  la equivocación  judicial  en  torno  a  las  normas  de  disciplina  probatoria  que  regulan la  admisibilidad,  aducción,  decreto,  práctica,  eficacia  o valoración de las  piezas demostrativas, entre otros aspectos rituales.   

2.             Ahora,  es  también  conocido  que  el  artículo  374  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  con  las modificaciones  introducidas  por el decreto 2651 de 1991,  prevé los requisitos a los que  ha  de  ajustarse  la  demanda  de casación, dentro de los que cabe subrayar el  ineludible  deber  de  explicar  “los fundamentos de cada acusación, en forma  clara  y precisa”, exigencia que, cuando se trata de censuras enfocadas por la  vía  indirecta  de la causal primera, y, particularmente, de un error de hecho,  impone   al  interesado  la  observancia  de  diversos  lineamientos,  a  saber:  a).  la  indicación  de  la  norma   sustancial   infringida,   b).   la   exposición  de  la  forma  como  se  infringió  el  precepto,  c). la mención de la prueba  o  pruebas  sobre  las  que  recayó el error, junto con la debida e inequívoca  explicación  del desatino en la contemplación objetiva del medio, bien sea por  su  preterición,  adición,  suposición,  cercenamiento,  distorsión, etc., y  d).  la  demostración de la  incidencia    que   el   yerro   tiene   en   el   sentido   de   la   decisión  combatida.                 

                                                 Precisamente,  todo  esto  explica  que  los  errores  de hecho y de  derecho,  pese  a  que  conllevan  uniformemente a la violación indirecta de la  ley,  no  puedan entremezclarse ni confundirse o alegarse simultáneamente en un  cargo  respecto  de  los mismos elementos probatorios, pues sus características  específicas  los  hacen  excluyentes;  por  lo  mismo, si en este caso la   sentencia  ha  sido  atacada  por la presunta comisión de errores de hecho, las  razones  que  se  esgriman  para  sustentarlos  deben  corresponder  fielmente a  aquellas  que  son propias de esta especie, mas no a las que pertenecen al error  de  derecho,  y,  mucho  menos,  aparecer como una mixtura de reproches de una y  otra  índole,  toda  vez  que  con ello la censura quedaría desprovista de los  fundamentos  –  claros  y  precisos  – que reclama la ley.  Desde luego, el  talante  dispositivo  del  recurso  de casación impide a la Corte escoger, a su  arbitrio,  entre  uno  y  otro  yerro,  para  entrar  a  examinar  la acusación  propuesta,  pues  ello equivaldría a recrear la impugnación o a darle un rumbo  que no ha sido genuinamente trazado por el recurrente.   

3.            En  este  orden de ideas, ha de decir la  Sala,   como   se   anticipó,   que  ambos  cargos  presentan  protuberantes  e  irremediables  defectos  de argumentación, de los que forzosamente se desprende  el fracaso del recurso, como se explicará.     

a.            En  primer  término, a pesar de que los  cargos   fueron   orientados  por  la  vía  indirecta,  por  haberse  incurrido  supuestamente  en errores de hecho, es palmario que su desarrollo jamás guardó  completa  armonía  con dicho planteamiento, habida cuenta que correspondió, en  su  mayor parte, a quejas propias y exclusivas del error de derecho, referidas a  la  contemplación  jurídica  de  las  probanzas,  a  las  que paralelamente se  acompañaron  críticas  superficiales  sobre  algunos  temas relativos a yerros  fácticos,  con  lo  que  se  generó  una  amalgama  tal,  que hace francamente  imposible  desentrañar el verdadero propósito de la censura.      

Véase  cómo  el  recurrente,  a manera de  ejemplo,  en  el  primer  cargo,  tras  relacionar los preceptos que se habrían  vulnerado,  afirma  que el Tribunal cayó en errores de hecho en la apreciación  de  las  pruebas,  que  pasa  a  sustentar con raciocinios que ninguna relación  tienen  con  sus  características, como los que se transcriben a continuación,  entre  otros:  a). “No quiso  percatarse  el  Tribunal … ni se percató tampoco de que ese interrogatorio de  parte   fue   pedido   en   una  llamada  demanda  de  reconvención,  presentada después de haber precluido  todas  las  etapas  procesales  para ello … Tampoco se percató el Tribunal de  que  el  mencionado  interrogatorio  de parte no se pudo recibir el 3  de  noviembre  de  1994  por cuanto no  concurrió  a  la  audiencia  el  apoderado que debía formular las preguntas ni  dejó  cuestionario  escrito  …,  y  en  cambio  sí se practicó la prueba el  6  de  junio  de 1997 … en  este   segundo   período   probatorio,   claramente   ilegal”;   b).   “Erró  igualmente  de  hecho  el  Tribunal  al  no  percatarse  de que las copias de la partición realizada en el  proceso  de  sucesión  de  CELESTINA  OCHOA  VIUDA  DE CAMARGO … carecen  de  la  firma  de  quien habría  realizado  dicho  trabajo,  así como de autenticación de cualquier naturaleza.  De  ello  se  sigue  que  no  son  documentos  idóneos  para  acreditar que las  demandadas  adquirieron  el  bien  por el modo de sucesión por causa de muerte,  pues   los   aludidos   documentos  carecen  en  absoluto  de  autenticidad.”;  c).  “Conforme  se  anotó  anteriormente,   los   documentos  con  los  que  los  señores  MOLANO  CAMARGO  pretendieron   acreditar   la   calidad   de  dueños  no  son  auténticos.”;  d).  “Palmario resulta que  todas  las pruebas practicadas en función de lo ordenado por auto de 10 de mayo  de    1996    ya    citado,    son    absolutamente  ilegales, pues el juzgado carecía de competencia para  ello.   Únicamente  la  tenía  para dictar sentencia …”; e).  “ … el a  quo  violó  por  aplicación  indebida el Art. 83 del  Código  de  Procedimiento Civil, haciéndolo actuar en una situación jurídica  no  gobernada  por  él.   Luego,  el  procedimiento  que  se  siguió  fue  absolutamente  ilegal  y  el  Juzgado  carecía  de competencia para ordenar con  fundamento  en tal norma procesal la práctica de nuevas pruebas, por carecer en  absoluto   de  competencia  …”;  f).  “Teniendo  en  cuenta  los  enunciados anteriores, se concluye sin  dificultad  que  el  interrogatorio  de  parte que le fue formulado a la señora  MARIA  ANTONIA  CAMARGO  con  base  en  la  pretendida  demanda ya citada … es  absolutamente  nulo.   Y  por  consiguiente no puede tener la categoría de  confesión  que  le dio el Tribunal … ”. (C. Corte, fls. 21 – 26 , subrayado  textual)   

Y, para agravar las deficiencias del ataque,  en  adición a los comentarios anteriores se alude en algunos pasajes, de manera  genérica  e indiscriminada, a presuntas irregularidades tocantes, ahora, con la  apreciación   material  de  las  pruebas,  como  cuando  se  afirma  que  “el  Tribunal   … desconoció totalmente los medios de prueba aportados por la  parte  demandante,  que  …  demuestran  plenamente  que  … adquirió el bien  materia  de la declaración de pertenencia … ”, pues “ los testimonios son  exactos,  responsivos  y  completos,  dan  razón de su dicho y acreditan que la  demandante  ha  ejercido  sobre el predio actos a que solo da derecho el dominio  …  ”,  o  cuando  concluye  que “ … no existe elemento probatorio alguno  presentado  por  los demandados y contrademandantes, que destruya la PRESUNCIÓN  DE  DUEÑO contemplada en el Art. 762 del Código Civil.   Presunción  a  favor  de  MARÍA ANTONIA.  No existe una prueba prevalente que destruya  los      elementos      de      certeza      aportados      por     la     parte  demandante.”                

Por  otro  lado,  con  el  segundo cargo no  ocurre  cosa  distinta,  pues,  tras  la  enunciación  de  yerros fácticos, el  recurrente  presenta  una  confusa  mezcla  de argumentos de diversa naturaleza,  que,  por razones obvias, restan sentido y claridad a la acusación.    En   compendio,   para  iniciar  aduce  la  vulneración  del  principio  de  la  preclusión,  la cual, en su opinión, originó una nulidad constitucional en el  decreto  y  práctica  de  varios testimonios, aseverando, simultáneamente, que  éstos  “no  son  exactos, ni responsivos ni completos, no dan la razón de la  ciencia  de  su  dicho  y  las  respuestas  no  tienen  explicación  de ninguna  naturaleza”,   en   una   incomprensible  fusión  de  reparos  de  disciplina  probatoria,   por  una  parte,  y  de  contemplación  objetiva,  por  la  otra;  posteriormente,  reitera que el Tribunal cometió un “error de hecho” cuando  apreció  las  copias  del trabajo de partición de la sucesión Celestina Ochoa  Vda.  de  Camargo, por cuanto no estaban firmadas ni autenticadas y carecían de  valor  probatorio;  y,  finalmente,  critica  la  presentación de la demanda de  reconvención,  al  igual  que la integración del litisconsorcio, para concluir  que  se  generó la ilegalidad de  dichas actuaciones, así como la nulidad  de   las   pruebas   que   consecuentemente   se  practicaron.      

En  suma,  es de verse que el desarrollo de  las  acusaciones  no  acompasó  con  los  errores de hecho anunciados, sino que  mostró   una   sistemática   e  inextricable  mezcla  de  reparos,  que  torna  frustránea  la  censura, llegándose, incluso, al extremo de alegar situaciones  que  eventualmente  podrían  tipificarse dentro de otras causales de casación,  como  cuando denunció la existencia de nulidades por falta de competencia o por  trámites  inadecuados,  en contravía de la independencia que debe reinar entre  los motivos que dan acceso al recurso extraordinario.    

b.           Aunque lo expuesto sería suficiente para  descartar  el  estudio  de  fondo  de  los cargos, no está de más señalar que  algunos  de  los reproches planteados desbordan el marco fáctico trazado en las  instancias,   por   lo   que   constituyen   medios   nuevos,   inaceptables  en  casación.     En   efecto,   nótese   cómo   el  recurrente  trató  repetidamente  de  derrumbar los pilares de la acción reivindicatoria propuesta  en  la  demanda  de  reconvención,  mediante  la  alegación consistente en que  “…  las  copias  de  la  partición  realizada en el proceso de sucesión de  CELESTINA  OCHOA VIUDA DE CAMARGO …  carecen de  la  firma  de  quien  habría realizado dicho trabajo,  así  como de autenticación de cualquier naturaleza ”, de modo que “ … no  son  documentos  idóneos  para acreditar que las demandadas adquirieron el bien  por  el  modo  de sucesión por causa de muerte, pues … carecen en absoluto de  autenticidad  ”  (subrayado  textual),  argumento este, que resulta novedoso y  sorpresivo,  toda  vez  que  no  se  esgrimió  cuando el mencionado documento –  escritura  pública 172 de 16 de agosto de 1968 de la Notaría Única de Paipa –  se  adjuntó a las contestaciones del libelo presentadas por los hermanos Molano  Camargo  o  a  la  demanda  de reconvención de Hernán, como tampoco cuando por  auto  de  15  de  julio de 1994 se dispuso tenerlo como prueba y, en general, en  ninguna oportunidad procesal.      

                             En   esta   materia,   ha   dicho  la  doctrina  jurisprudencial  que el recurso de casación debe estar referido a la situación  fáctica  debatida  en  el proceso, que es la que las partes conocieron y la que  el  juzgador  consideró  para  emitir la decisión controvertida, de suerte que  cualquier  argumento  que traspase dicho marco no puede ser apreciado, porque se  violaría  “  … el derecho de defensa si uno de los litigantes pudiese echar  mano  …  de  hechos,  extremos  o  planteamientos  no alegados o formulados en  instancia,  respecto de los cuales, si lo hubiesen sido entonces, la contraparte  habría  podido  defender  su  causa.    Pero promovidos ya cerrado el  proceso,  la  infirmación de la sentencia con apoyo en ellos, equivaldría a la  pretermisión  de  las instancias, de las formas propias del trámite requerido,  con  quebranto  de la garantía institucional de no ser condenado sin haber sido  oído     y     vencido     en     juicio”     (G.J.    t.    LXXXIII,    pag.  76).           

c.           Finalmente, ha de verse que por fuera de  las  enormes  irregularidades  que  se  han identificado, los cargos se contraen  simplemente  a  comentarios  aislados  e inconexos que, en todo caso, no cumplen  con  el  perfil  que debe tener una acusación extraordinaria para ser examinada  por la Corte de Casación.   

Es  así  cómo  al hacer un reconocimiento  general  de  lo  planteado en la demanda, se nota, además, que el casacionista,  pese  a  haber  denunciado  errores fácticos, no intentó siquiera confrontar o  cotejar  detalladamente  el contenido material de las pruebas y la sentencia, en  orden  a  establecer  si  el  razonamiento  vertido  en  ésta armonizaba con la  realidad,  pues  se  limitó  a  hacer  extensas  transcripciones,  seguidas  de  escuetos  comentarios  donde  sólo plasmó su propio punto de vista, con lo que  desatendió  abiertamente  una  de  las pautas elementales e ineludibles de este  tipo de cuestionamiento.        

                             4.          Por lo visto,  no prosperan los cargos.    

                            V.  DECISIÓN   

                             En consonancia con lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en  nombre  de  la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia  de  29  de  septiembre  de  1998,  pronunciada  por  la  Sala  Civil  – Familia – Laboral del Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Santa Rosa de Viterbo en el proceso ordinario adelantado  por  MARÍA  ANTONIA  CAMARGO  frente  a HERNÁN,  ROSALBA  y  ANA MOLANO CAMARGO, así como  contra las personas indeterminadas.   

                           Costas a cargo  de la recurrente. Tásense.   

                                       Cópiese,  notifíquese y devuélvase el  expediente al Tribunal de origen.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

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