SC 263 2005 [2528631890011996 1289 03]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-263-2005 [2528631890011996-1289-03]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá, D. C., veinte (20) de octubre de dos  cinco (2005).   

Referencia:  Expediente  número   

25286-31-89-001-1996-1289-03.   

                                       

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por la demandante  contra    la   sentencia   de   4   de   octubre   de  2000, proferida por la Sala Civil-Familia-Agraria   del   Tribunal   Superior  del  Distrito    Judicial   de   Cundinamarca,    dentro    del   proceso   ordinario  reivindicatorio      promovido     por  Multifinanciera  S.  A.  Compañía  de Financiamiento Comercial,  quien   le   cedió  sus  derechos  litigiosos  a  Juan  Pablo  Mallarino  Matiz,  frente a Alfredo Matallana Gómez.   

I.  ANTECEDENTES   

                             1. Solicitó la  demandante  declarar  que  el  predio  rural distinguido como el lote de terreno  número  DOS  FA  (2FA),  ubicado en la vereda Martín y Espino del municipio de  Tenjo,  Cundinamarca,  cuyos  linderos  y  demás características constan en la  demanda,  era  de  su  exclusiva propiedad; condenar,  como  consecuencia de lo anterior, al demandado a restituírselo y a pagarle los  frutos  naturales  y  civiles  producidos  y los que hubiera podido percibir con  mediana  diligencia  y cuidado desde cuando entró en posesión hasta la entrega  respectiva;  y  declarar  que  ella  no está obligada a indemnizar las expensas  necesarias  a  que  se  refiere  el  artículo  965 del Código Civil por ser el  demandado poseedor de mala fe.   

                                                          

2.  Fundamentó las  pretensiones en los hechos que seguidamente se compendian:   

                             a)  La  actora  adquirió  el  inmueble  objeto de las pretensiones por la dación en pago que a  su  favor  hizo  Fernando  Matallana  Gómez,  para  cancelar  de  ese  modo las  obligaciones  a  cargo  de  éste  contenidas  en  los pagarés números 01439 y  01235,  como  así  se hizo constar a través de la escritura pública 6097 de 7  de diciembre de 1995 de la notaría 42 de Bogotá.   

         

                             b)  El  10  de  febrero  de  1996, en las horas de la mañana, cuando Andrés Pizano Gutiérrez,  su  representante  legal,  en  ejercicio  del  derecho  de  propiedad de que era  titular,   pretendió  ingresar  al  predio,  Alfredo  Matallana  Gómez  se  lo  impidió, alegando ser el poseedor.   

                              c)  Al  día  siguiente  éste, ante la Inspección de Policía de Tenjo formuló querella por  perturbación  a  la  posesión que ejercía sobre el aludido bien, argumentando  la  comunidad  que existió en relación con el predio denominado lote número 2  «magom»; la división material del mismo por los  comuneros,   correspondiéndole   a   Fernando   Matallana  Gómez  la  porción  identificada  como  2F; el negocio de permuta que el 14 de mayo de 1990 celebró  con  éste,  en  el  que,  a cambio de la propiedad y posesión del terreno acá  pretendido,  que  le fue entregado materialmente en esa misma fecha, transfirió  a  aquél el cincuenta por ciento de las cuotas que poseía en la sociedad A y F  Casa  de Lubricantes Bogotá Limitada, recogido en el acta número 9 de la junta  de  socios, autenticada por los contratantes, sin que Fernando Matallana hiciera  luego    la    respectiva    escritura    pública    de    transferencia    del  terreno.   

                             d) El trámite  conciliatorio,  adelantado  ante  la  Cámara  de Comercio de Bogotá, fracasó,  pues no se llegó a ningún arreglo.   

                             f) El demandado  es  poseedor  de mala fe y no está en posibilidad de ganar por prescripción el  dominio  del  terreno,  el  cual  tiene  un  avalúo comercial de $80´000.000 y  todavía   es   de   propiedad   de   la  actora,  por  cuanto  aún  no  lo  ha  enajenado.   

                             Al mismo tiempo le denunció el pleito a  Fernando  Matallana  Gómez,  quien  la  contestó  en los términos del escrito  visible a folios 74 a 77 del cuaderno 2.   

                             3. Notificado el  demandado,  contestó  el  libelo  oponiéndose a las pretensiones; frente a los  hechos,  dijo  no constarle  algunos,   admitiendo  el relativo a la querella; precisó, adicionalmente,  ser  propietario  y  poseedor  regular  y  de  buena  fe  de la cosa pretendida,  primero,  desde  1983  en  común  con sus hermanos Fernando y Enrique Matallana  Gómez,  de  conformidad  con la escritura 2570 de 31 de diciembre de 1983 de la  notaría  24  de  Bogotá,  y  después,  a  partir de 1990, a raíz del negocio  celebrado  el  14  de  mayo de ese año con Fernando Matallana Gómez, por medio  del  cual le cedió a éste los derechos que tenía en la sociedad A. F. Casa de  Lubricantes  Bogotá  Limitada,  conforme con el acta 9 de la Junta de socios de  dicha  sociedad,  y  a cambio él recibió del último los derechos de dominio y  posesión  sobre  aquella  heredad;  justamente por ello, cuando se presentó el  representante  legal de la actora a invadir el predio, él adujo no solamente la  calidad  de  propietario  sino de poseedor; agregó que la posesión la ejercía  desde  antes  del título aducido por la actora, a quien el terreno nunca le fue  entregado  materialmente  por  quien  se lo vendió; en fin, que ésta sabía de  aquella  permuta desde antes de la celebración de la dación en pago y que, sin  deshacer  el  contrato del que él derivaba la posesión que ejercía, no había  lugar  a  la  reivindicación,  pues  ella  sólo  operaba  en  relación con la  posesión extracontractual.   

                             4. Por sentencia  de  14  de  junio  de  2000  el  Juzgado Civil del Circuito de Funza culminó la  primera  instancia, en la que acogió las pretensiones  de  la  demanda  y  declaró  la  improcedencia  de la  denuncia    del    pleito    formulada    por    la    demandante   a   Fernando  Matallana.   

                             5. Al desatar el  recurso  de  apelación  interpuesto  por el demandado, el Tribunal Superior del  Distrito    Judicial   de   Cundinamarca,   mediante   fallo   de   4  de  octubre  de  2000,  revocó el del  a-quo y, en su lugar, negó  las pretensiones demandadas.   

II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

1.  Luego de dar por  establecidos  los presupuestos procesales, decir cuál era la acción intentada,  detallar  las  características del dominio como instituto jurídico y aludir al  fundamento  aducido en el recurso de apelación, consistente en que la posesión  del  demandado,  proveniente  del  contrato  de permuta celebrado con su hermano  Fernando  Matallana  Gómez,  era anterior a los títulos de la actora, aseveró  el  tribunal  cómo el 14 de mayo de 1990 entre el último de los nombrados y el  opositor  se  celebró el convenio a través del cual, aquél, como pago del 50%  de  las  cuotas  que  recibió  de la sociedad A y F Casa de Lubricantes Bogotá  Limitada,  le  entregó  a  éste real y materialmente el dominio y la posesión  que  tenía  sobre  el  predio aquí pretendido, según lo indicaba el documento  visible   a  folio  69  del  cuaderno  1,  el  cual,  por  lo  demás,  figuraba  «suscrito  y autenticado por  sus  autores  y  no  fue  tachado de falso»(fl.21).   

                               

No   se   probó,   dijo  el  ad-quem,   que  dicho  contrato  hubiera  desaparecido  de  la  vida  jurídica  como generador de obligaciones, ya porque  hubiese  sido  resuelto  por  mutuo  acuerdo ora porque judicialmente se hubiera  declarado  su  resolución,  nulidad o simulación, o simplemente que se hubiera  agotado  en  su  integridad al haberse cumplido formalmente por las partes. Ante  la  existencia de ese vínculo negocial, prosiguió, las partes de este proceso,  en  relación  con  la  posesión  estaban  sujetas  al  mismo,  dependían  del  resultado  del  contrato  y  no  podían  acudir  a una acción diferente que no  emanara de tal acto.   

                               

2.  A  vuelta  de  anotar  cómo  la  contraparte recibió la posesión de aquel que para la época  de  ese  acuerdo  era  el  propietario del predio, es decir, Fernando Matallana,  quien  luego  lo  enajenó  a  la  actora,  por  lo  que  ésta era «también   causahabiente   del  anterior  propietario», y de citar una  jurisprudencia   de   esta   corporación   relativa   a   que   la  pretensión  reivindicatoria  excluía  todos  los  casos donde la posesión del demandado se  rigiera  por  un  contrato  celebrado  entre  el  dueño  y  el actual poseedor,  concluyó  el  fallador que del modo indicado se perfilaban debidamente fundados  los  argumentos  invocados  por el opositor, para solicitar la revocatoria de la  sentencia  apelada,  pues mientras subsistiera el vínculo contractual a través  del  cual  a  éste  le  fue  entregada la posesión del predio, esta acción de  dominio,  intentada  por el nuevo propietario, se tornaba improcedente, de donde  las pretensiones demandadas no prosperaban.   

                               

3.   Indicó,  finalmente,  que  siendo  improcedente  la  reivindicactorióna, era innecesario  analizar  los  elementos estructurales de esa clase de acciones  y si aquí  se hallaban o no estructurados.   

III.   LA  DEMANDA  DE  CASACIÓN   

                               

                             Cuatro  cargos, todos con respaldo en la  causal  primera  de casación, formula la demandante contra la sentencia, de los  cuales    la   Corte   resolverá   únicamente   el  cuartoprimero, por estar llamado a prosperar.   

                              CARGO  CUARTPRIMERO   

Acusa el fallo de quebrantar, indirectamente,  los  artículos  1602  del  Código  Civil, por aplicación indebida; y 16, 669,  740,  745,  749,  756, 759, 762, 764, 785, 946, 947, 950, 952, 1500, 1546, 1551,  1602,  1603,  1609, 1625, 1741, 1760, 1849, 1850, 1857, 1956 y 1958 de esa misma  codificación,  1º,  2º,  11,  20,  numeral  5º, 21, 26, 28, numeral 9º, 29,  numeral  4º,  30, 34, 100, 117, 118, 158, 166, 189, 358, numeral 1º, 362, 363,  366,  367, 822, 824, 871, 897, 898, 901, 905 y 910 del Código de Comercio, 4º,  174,  175,176,  177, 183, 187, 203 a 210, 213, 226, 249, 251, 252, 254, 258, 264  y  265 del Código de Procedimiento Civil, 58 de la Constitución Política, 12,  13,  14,  20,  22, 23, 24 a 44, 99 y 100 del decreto 960 de 1970 y 2º, 22 a 38,  43  y  54  del decreto 1250 de 1970, por falta de aplicación, como consecuencia  de  los  errores  de  derecho  en  que  incurrió el sentenciador al valorar las  pruebas.   

1.   Expresa   el   recurrente   que  como  consecuencia  del  examen  sobre la validez y eficacia de los títulos invocados  por  las  partes,  de  la confrontación de los mismos y de la valoración de la  posesión  del  opositor, era deber del tribunal determinar cuál de los sujetos  procesales    tenía   un   derecho   “prevalente”, de  suerte  que  si  hubiera  cumplido  tal  cometido,  habría  tomado la decisión  dándole   resolución  definitiva  al  litigio,  sin  desconocer  los  derechos  positivamente   amparados,  producir  la  pérdida  de  la  propiedad  de  quien  demostró  ser  su  titular  ni aludir a la necesidad de intentar otras acciones  que  condujeran  a  aniquilar  los actos allegados, pues al confrontarlos podía  descalificar    el    que   no   encajara   con   los   principios   y   valores  constitucionales.   

                               

Pese a lo anterior, lo cierto es que examinó  únicamente  ese  contrato,  negándose  a  hacer  lo  propio  con  los títulos  allegados  por  la  actora,  al  expresar  que  no  había  lugar a analizar los  elementos  que  integraban  esta  clase  de  acciones  ni  si  se  hallaban o no  estructurados  en  el  litigio; ello, prosigue, produce un trato desigual contra  los   intereses   del  actor  y  violación  de  las  normas  señaladas  en  el  cargo.   

2. Insiste la censora en que el fallador, al  sustraerse  de  hacer  la  confrontación,  se  apoyó  en  la  permuta y en una  jurisprudencia  de  esta  Corporación, “lo  cual  es del todo errado”,  por  cuanto en ninguna parte del ordenamiento jurídico se prevé  “el  valor  preferente  o  exclusivo  que tienen” una u  otrad.   

3. De esa manera, prosigue la impugnadora, el  juez  de  segundo  grado  sometió a las partes a un nuevo litigio en procura de  obtener   aquella   solución  final;  desconoció  el  derecho  de  dominio  de  Multifinanciera  S.  A.,  pues,  al  no  tener en cuenta sus títulos y dejar de  confrontarlos  con los allegados por Alfredo Matallana, no podía decidir que la  permuta  imponía  negar  las  súplicas;  ignoró  el  derecho  de propiedad de  aquélla,  al  señalar que sólo se podía acudir a una acción que emanara del  contrato  último  nombrado  para  aniquilarlo,  ya  que  tal  señalamiento  no  justificaba  la  abstención  de  la confrontación, de suerte que al no hacerlo  violó  el artículo 58 de la Constitución Política e hizo inoperante el poder  de  persecución  inherente  al  dominio;  y  ante  la  alternativa  de  usar el  artículo  1602  del  Código  Civil  o los otros preceptos citados en el cargo,  debió  escoger  esta  última  por  ser la que mejor encajaba con los valores y  principios   constitucionales,   por   cuanto  permitía  determinar,  en  forma  definitiva,  cuál de las partes tenía “derecho      prevalente” de conformidad con la Constitución.    

                             4.  Señala  la  casacionista  cómo, no  obstante  que  no  hizo  ninguna  referencia  acerca  de  que la junta de socios  hubiera  aprobado  o  no la cesión de los derechos sociales allí involucrados,  como  tampoco de la necesidad de otorgar la respectiva escritura pública, ni al  hecho  de  que  los  contratantes acordaron correr el instrumento público en un  plazo  no  mayor  a  dos  meses,  el  cual  debía  inscribirse en los registros  mercantil  y de instrumentos públicos, y menos frente a la circunstancia de que  en  los  certificados  de existencia y representación de la sociedad A y F Casa  de  Lubricantes  Bogotá Limitada no obraba anotación sobre la inscripción del  descrito  acto,  el  juez  de  segundo grado consideró que el aludido documento  privado  era  admisible,  pertinente  y  eficaz en vía de determinar el negocio  jurídico  aducido  por  el  demandado  y  que  la  posesión contractual él la  recibió  de  Fernando  Matallana, por lo que la actora se encontraba sometida a  sus efectos por cuanto era causahabiente del citado Fernando.   

                             Para  la acusadora el sentenciador dejó  de  ver  que  el demandado, en el interrogatorio de parte absuelto, expresó que  el   acta   obrante   en  el  expediente  era  una  escritura  pública,  aunque  seguidamente  aclaró  que  tal  cual  se  infería  de  ese mismo documento, la  escritura  debía  otorgarse  dentro de un plazo no mayor a dos meses, lo que no  se   hizo   alen   razón   a   no  haber  encontrado  al  vendedor,  quien  efectivamente  le  entregó la posesión sobre el predio pretendido, como consta  en el mismo escrito.   

                               

                             5.  Dice  que  el tribunal quebrantó el  artículo  1602 del Código Civil al pregonar, con base en ese documento, que el  negocio  allí  incorporado generaba una posesión contractual y vinculaba a las  partes  y  a  sus  causahabientes.  Así,  Como  consecuencia  de  un equivocado  análisis  del  conjunto  probatorio,  el  fallador  desconoció  el  derecho de  dominio del actor.    

                             Anota la impugnadoraora, finalmente, que  la  parte demandanteactora probó haberque adquiridoó el derecho de dominio del  predio  solicitado con arreglo a la ley, conforme a las escrituras números 5433  de  16  de  diciembre  de  “1999”,  de  la  notaría  primera,  6097 de 7 de  diciembre  de  1995,  de  la notaría cuarenta y dos, inscritas en la matrícula  inmobiliaria  número  50N-20249255  de  la  Oficina de Registro de Instrumentos  Públicos  de  Bogotá;  y  que  además  demostró,  mediante  los instrumentos  públicos  2570  de 31 de diciembre de 1979, de la notaría veinticuatro, y 6068  de  13 diciembre de 1979, de la notaría tercera, inscritas en el mismo folio de  matrícula  inmobiliaria, la cadena de títulos en que funda su derecho,, la que  abarca un tiempo superior a la posesión del demandado.   

Acusa  la  sentencia de quebrantar, en forma  directa,  por  aplicación  indebida,  los  artículos 669, 946, 947, 950, 952 y  1602  del Código Civil; 58 de la Constitución Política, y 1º, 2º, 10º, 11,  20, numeral 5º, 21, 22 y 822 del Código de Comercio.   

1.  Expresa  el  recurrente  que  como consecuencia del examen sobre la validez y eficacia de los  títulos  invocados  por  las partes, de la confrontación de los mismos y de la  valoración  de  la  posesión  del  opositor, era deber del tribunal determinar  cuál    de    los   sujetos   procesales   tenía   un   derecho   “prevalente”,  de  suerte  que  si el mismo hubiera  cumplido   tal  cometido,  habría  tomado  la  decisión  dándole  resolución  definitiva  al  litigio,  sin  desconocer  los derechos positivamente amparados,  producir  la  pérdida  de  la  propiedad  de  quien demostró ser su titular ni  aludir  a la necesidad de intentar otras acciones que condujeran a aniquilar los  actos  allegados,  pues  al confrontarlos podía descalificar el que no encajara  con los principios y valores constitucionales.   

                               

2.  No obstante lo  anterior,  argumentando  ausencia  de  prueba  acerca  de que la permuta hubiera  desaparecido  de  la  vida  jurídica  como  generador  de  obligaciones,  sólo  examinó  ese  contrato, negándose a hacer lo propio con los títulos allegados  por  la  actora,  al  expresar  que no había lugar a analizar los elementos que  integraban  esta  clase  de  acciones ni si se hallaban o no estructurados en el  litigio;  ello,  prosigue, constituye un trato desigual contra los intereses del  actor y violación de las normas señaladas en el cargo.   

3.  Insiste  la  censora  en  que  no  obstante  que  el  fallador debió confrontar los mentados  títulos,  se  negó  a hacerlo apoyado en la permuta y en una jurisprudencia de  esta  Corporación, “lo cual  es  del  todo  errado”, por  cuanto  en  ninguna  parte  del  ordenamiento  jurídico  se prevé “el  valor  preferente  o  exclusivo que  tienen” una u otra, por lo  cual  era  indispensable  que  aquél desarrollara la susodicha tarea analizando  globalmente  del  acervo  probatorio, pues sólo así podría pronunciarse sobre  cuál   de   los   títulos   tenía   “prevalencia” de  conformidad con la constitución.   

                              Remató   señalando   cómo   con  la  aplicación  del artículo 1602 ya citado, el tribunal violó el 4º de la misma  codificación,  que  establece  una  actuación preferente y directa de la norma  constitucional  sobre  la  legal  que  la contraríe; de manera que si no había  conformidad  debió  abstenerse de aplicar el primero de los citados preceptos y  optar por la alternativa antes mencionada.   

IV. CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                                  1.  Es  menester  precisar, por  adelantado,  que  auncuando  la acusación que se estudia fue propuesta por vía  indirecta  aduciéndose  la comisión de errores de derecho, lo cierto es que de  su  desarrollo  se  advierte un reproche eminentemente jurídico, consistente en  que   el   tribunal,   al   pregonar   equivocadamente   la  existencia  de  una  causahabiencia  entre  la  demandada y Fernando Matallana, derivada del contrato  entrambos  celebrado,  dejó  de evaluar los títulos a través de los cuales la  demandante  probó  ser la propietaria de la cosa pretendida, motivo por el cual  el  análisis  de  la  Corte  se  dirigirá  a establecer la gestación de tales  yerros jurídicos.   

                             2. Como se dejó visto, el fallador negó  las  pretensiones del libelo tras concluir que ante la existencia y vigencia del  contrato  a  través del cual el demandado recibió la posesión sobre la franja  de  terreno  de manos de Fernando Matallana, las partes, por encontrarse sujetas  a  ese  vínculo negocial, no podían acudir a una acción que no emanara de ese  convenio,  y  que como fue esta misma persona quien luego enajenó a favor de la  actora      dicho      predio,      ésta      también     era     “causahabiente»  de ese propietario anterior, motivo por  el  cual ella carecía de la aludida acción, pues, al subsistir el mentado acto  bilateral,  la reivindicación intentada resultaba improcedente, dejando así de  analizar  los elementos estructurales de esta clase de acciones y si se hallaban  o no reunidos en el litigio.   

                              3.   El  postulado  consignado  en  el  artículo  1602  del  Código Civil, según el cual, “todo contrato legalmente  celebrado  es  una  ley  para  los  contratantes”,  implica,  por  un lado, el  reconocimiento  que  hace  el  legislador  de  los  efectos jurídicos que puede  producir   la   autonomía  privada,  cuandoquiera  que  mediante  un  acto  tal  regularmente   ajustado   ellos  exteriorizan  exterioriza  su  voluntad  depara  adquirir  derechos  o  contraer  obligaciones.  De esta manera, cuando “en los  negocios  jurídicos  las  partes  contratantes sujetan sus estipulaciones a las  pautas  legales,  o  sea,  en  sus  declaraciones  de voluntad no comprometen el  conjunto  de  normas que atañen al orden público y a las buenas costumbres, el  Derecho  Civil  les  conocede  a  los  contratos  celebrados en esas condiciones  fuerza  de  ley,  de  tal  manera  que  no  pueden  ser  invalidados sino por el  consentimiento  mutuo  de  los  contratantes o por causales legales”(G. J., t.  CLVIII,  pag.256)  o, como en otra ocasión lo dijo la Corporación, suscrito el  convenio  “con  el  conjunto de las formalidades que le sean propias, adquiere  perfección  y  su  destino  es  el  de  producir  los  efectos que por su medio  buscaron los contratantes”(G. J., t. CII, pag.122).   

                             Por  el  otro,  es  palmario  que  dicho  precepto  normativo al mismo tiempo traza una limitación de carácter subjetivo  al  ámbito  de  aplicación  de  tales  efectos por cuanto los circunscribe con  exclusividad  a  las  partes  que  concurrieron a su formación, al decir que el  contrato  será  “ley para los contratantes”, descartando así, por lo menos  en  principio,  a quienes no lo son; esto último es, en suma, lo que se ha dado  en  llamar el efecto relativo de los contratos, para significar que ellos están  llamados  a  generar  y  producir  consecuencias  de tipo jurídico apenas entre  aquellos que los conformaron.   

                             Con  arreglo  al  precepto  legal que se  viene  comentando,  es  evidente  que  los  negocios  jurídicos  en  general no  perjudican  ni  aprovechan  a  terceros,  pues,  conforme  al  principio  de  la  relatividad  de  los  efectos  que  de ellos suele predicarse  -res inter alios acta aliiis neque nocere  neque  prodesse potest-,   es  respecto  de  quienes fueron parte que los mismos están llamados a producir  derechos  y  obligaciones  y  a  imponerles  una conducta leal y diligente en su  ejecución,  pues,  como  lo tiene dicho la Corte, en “virtud del principio de  la  relatividad  de  los  contratos,  éstos  solamente tienen fuerza vinculante  entre  las  partes,  lo  que  significa que ella no se extiende a terceros, para  quienes  el  contrato  a cuya celebración no concurrieron es ajeno, como quiera  que  frente  a  ellos  ha  de aplicarse la máxima romana de que esa convención  constituye   ´res   inter   alios  acta´,  que  ni  les  aprovecha  ni les perjudica”(G. J., t. CCXXXIV,  pag.418).   

                              Es  de  precisarse,  asimismo,  que  en  ocasionesaen  las  consecuencias de un convenio se proyectan sobre la situación  jurídica   de   personas  que  no  intervinieron  en  el  acto,  cual  acontece  concretamente  con  los  sucesores  universales  y,  en algunos eventos, con los  causahabientes  singulares.  Ostenta  la  calidad  de sucesor o causahabiente la  persona  que  recibe  de  otra,  conocida como causante o autor, unos derechos u  obligaciones,  ya  por  causa  de  muerte  ora por acto entre vivos, tal cual al  unísono  lo  predican  la  doctrina  y  la jurisprudencia, con apoyo en la ley.   

                               En   el   caso   particular   de   la  causahabiencia  a  título singular, es de verse que ella puede tener lugar como  consecuencia  de la cesión o subrogación en los derechos y obligaciones de una  parte  en  determinada relación, previa la expresa aceptación del otro extremo  del  respectivo  vínculo, por cuyo conducto se produzca el desplazamiento pleno  de  las  prerrogativas, cargas y acciones personales del sujeto subrogado. Estos  sucesores,   ha   dicho   la   Corte,  “no  tienen  otra  vinculación jurídica con su causante o autor que  la  producida  por  el  desplazamiento  de  uno  o  más derechos u obligaciones  determinados  que  salen  del  patrimonio  de  éste  para  ingresar  en  el  de  aquellos”(G. J., t. CXXXV,  pag.68).   

                              En   este   orden  de  ideas,  resulta  incuestionable  entonces  que de conformidad con el postulado que se analiza, al  margen  de  las  excepciones legales que puedan existir, los negocios jurídicos  no  producen  derechos  ni  obligaciones  para  aquellas  personas  ajenas  a su  celebración  o  que  no tienen vinculación alguna con las partes, esto es, los  terceros  en estricto sentido, lo que se explica por el hecho de que el concurso  voluntario  es  requisito  indispensable  para  la  radicación subjetiva de los  mencionados    efectos   jurídicos.,   pues,   como  recientemente  lo dijo la Corporación, el “principio  de  la relatividad del contrato significa entonces que a los extraños ni afecta  ni  perjudica;  lo  que  es decir, el contrato no los toca, ni para bien ni para  mal”,  como  que  “es natural que esa ´ley´ no pueda ponerse en hombros de  personas    que    no    han    manifestado    su    consentimiento   en   dicho  contrato”  (sentencia  195  de 28 de julio de 2005,  exp.#00449-01).   

                             4. Conforme a lo expuesto es palmario que  el  juzgador no le podía imponer a la sociedad demandante los efectos derivados  del  convenio  que  le  entregó  al  demandado la posesión sobre el lote ahora  reclamado,  sencillamente  porque  ella  allí no intervino en calidad de sujeto  negocial,  como  que  lo  fueron aquél y el mismo Fernando Matallana, y tampoco  atribuirle  el  calificativo  de  causahabiente del último de los nombrados ni,  por  consiguiente,  hacerla  acreedora  a  las  consecuencias  que legalmente se  desprendieran   de   tal  instituto  jurídico,  habida  consideración  de  que  Multifinanciera  S.  A.  no se subrogó en los derechos y obligaciones derivados  del  señalado pacto; adviértese, a este respecto, que el simple hecho de haber  adquirido   ella   de   esa   misma   persona  el  predio  en  cuestión  no  la  convertía,   per  se,  en  sucesora  suya,  como  que  de  un  acuerdo  de ese linaje apenas podían surgir  acciones   y   obligaciones   puramente   personales   entre  quienes  allí  se  comprometieron.   

                             Como a favor de la sociedad demandante no  se  realizó  la  subrogación  de  los respectivos efectos dimanantes, ese acto  bilateral  por sí solo no produjo el desplazamiento automático de las acciones  personales  que  alguno  de los contratantes pudiera tener emanadas directamente  de  allí, por cuanto, dada su particular y específica naturaleza, del mismo no  podían   brotar   más   que   prerrogativas   y   cargas   personales,   pues,  como  se sabe, los contratos  en  general,  y  particularmente  los  de  promesa  de  compraventa,  no generan  derechos    reales   sino   tan   solo   obligaciones   de   hacer   entre   las  partes.   

                             Es  palmario,  por  supuesto,  que si el  aludido  contrato  estaba  llamado  a propiciar apenas acciones personales entre  quienes  concurrieron  a  su  formación,  y  no  frente a aquellos que allí no  fueron  parte,  su  existencia  lejos se hallaba de constituir un obstáculo que  legalmente  le  impidiera al propietario del inmueble, que en ese negocio no fue  parte  ni  causahabiente  de  ninguna  de  ellas,  ejercer con éxito la acción  reivindicatoria  acá  intentada,  toda  vez  que, como se sabe, dicho mecanismo  judicial  se  caracteriza  por ser autónomo y eminentemente real, lo que indica  que  de  ningún  modo  se  encuentra  condicionado  al  previo ejercicio de una  personal  acción  derivada  de  tan  mentado  acto;  de  donde se sigue que, al  aseverar  que la reivindicación para obtener la restitución del bien procedía  únicamente  mediante  el  ejercicio  de  una  acción  a  través de la cual se  aniquilara  aquel  acuerdo  de  voluntades,  el  sentenciador  incurrió  en una  equivocación inocultable.   

                             Al  pregonar,  pues,  que  la actora era  igualmente  causahabiente  de  Fernando  Matallana en relación con el susodicho  contrato,  sin  que  realmente  lo  fuera,  dado que entre los interesados no se  produjo  acuerdo  a  través  del cual se realizara la cesión o subrogación de  los   efectos   jurídicos  de  ese  específico  acto  bilateral,  el  fallador  quebrantó  las  normas  que  se  refieren  a la aplicación del principio de la  relatividad  de  los  contratos,  es  decir, aquellos preceptos sustanciales que  circunscriben  el  efecto  de  los  negocios  jurídicos  a las partes y en modo  alguno   lo   amplían   respecto  de  los  terceros  propiamente  considerados.   

                             Entonces,  al  afirmar que la demandante  carecía  de  acción  reivindicatoria  para obtener la restitución del aludido  predio  mientras  los efectos de ese acto bilateral no desaparecieran de la vida  jurídica,  infringió  los  preceptos  que  le  conceden  al propietario de una  heredad  de  la  que  no está en posesión, el mecanismo judicial para demandar  que  el  poseedor  de  ella  sea  condenado  a restituírsela, concretamente los  artículos  946, 947 y 950 del Código Civil, por cuanto dejó de aplicarlos, no  obstante  estar  llamado a hacerlos actuar. Fluye palpable, dijo la Sala en otra  ocasión,  “que  la  sentencia quebrantó la ley de modo manifiesto y directo,  pues,  se  negó  a  examinar  los  elementos axiológicos de la reivindicación  propuesta,  argumentando  con  fundamento en el artículo 1602 del Código Civil  que  mientras  no  fuera  aniquilada  la  promesa de compraventa ajustada por el  heredero  …  y  los  demandados,  frente  a éstos no procedía reivindicar el  predio  … . Así se dio a esa norma un alcance del que carece, como que a ella  sólo  están  sujetos  los celebrantes del contrato y no los terceros. Dicho de  otro  modo,  el  fallador  quebrantó  el  principio  de  la  relatividad de los  contratos  sujetando  la  sucesión propietaria a los efectos desprendidos de un  acto  en  el  que  no  participó,  lo  que  muestra,  a  todas  luces,  que  la  disposición  fue  aplicada  indebidamente  por  no  ser  ese  el  caso que ella  regula” (sentencia 140 de 5 de agosto de 2002, exp.#6093).   

                               Fue    precisamente   la   predicada  causahabiencia  la  que le impidió al juzgador entrar en la tarea de confrontar  los  títulos  aducidos  por  la  actora  con  la mera posesión del demandado y  establecer  cuál de las partes tenía un derecho que  definitivamente  prevaleciera, como con insistencia lo  reclama  la impugnadora. Por supuesto que la sola presencia del aludido vínculo  no  autorizaba  al juez de segundo grado a afirmar la existencia de la susodicha  sucesión  ni  a  pregonar  la  improcedencia  de la acción de dominio mientras  perdurara  dicha relación contractual, puesto que se trata de un simple acuerdo  de  voluntades  ajustado  entre personas en relación con las cuales la sociedad  demandante  no  es,  itérase,  causahabiente,  y  que, además, no incorpora un  negocio  de  transferencia  de la propiedad o de otro derecho real, como así ha  de  entenderse  al  reparar  en el documento respectivo y advertir que allí las  partes  acordaron fue suscribir la escritura pública por la que se produjera el  traslado  del  dominio  de  los  respectivos  bienes  en un plazo no mayor a dos  meses(fl.21, cd1).   

                                Ello    traduce,    desde    luego,  desconocimiento  de  las  prerrogativas  dimanantes  de la propiedad que pudiera  tener  la  actora sobre la cosa, como certeramente lo pregona la acusadora en el  cargo,  pues  el tribunal, al proceder de la manera indicada, dejó de reconocer  la   eficacia   jurídica   de   la   persecución   y   la   prevalencia,  como  características  principales  del  derecho  real  de dominio, por cuanto de ese  modo  le  impidió  a Multifinanciera S. A. perseguir, con la preferencia que el  hecho  de  ser  propietaria  le  otorga,  la  heredad cuya restitución reclama.   

en     ,en     todo    casoque  , y entre  ellas las de persecución y prevalencia   

                                  La  equivocación  del  tribunal  resulta  de  mayores  proporciones  si  se  repara  en que, como expresamente lo  señaló  en  la  sentencia combatida, por el hecho de anteponer los efectos del  mentado  contrato  celebrado  aquel  14  de  mayo  de  1990  entre el opositor y  Fernando  Matallana,  dejó  de  efectuar  el análisis relativo a los elementos  estructurales  de  la  acción  propuesta,  esto  es, la reivindicatoria, y, por  ende,  de  entrar  en  el terreno de comprobar si los mismos concurrían en este  asunto.   

                             Es  de verse, entonces, cómo el juez de  segundo  grado,  en  vez  de circunscribir su análisis al ámbito propio de ese  contrato  ajustado entre quienes lo celebraron, esto es, el demandado y Fernando  Matallana  Gómez,  inexplicablemente  extendió  sus  efectos a persona ajena a  este   negocio,  vale  decir  a  Multinanciera  S.  A.,  para  por  este  errado  entendimiento  dejar  no  sólo  de  analizar  los  títulos  allegados por esta  sociedad  con  el  propósito de acreditar la condición de propietaria que dijo  tener  respecto  de  la  cosa  objeto  de  la persecución sino de confrontar la  posesión  del  opositor  con  la  cadena de títulos esgrimidos por ella y, por  ende,  de  definir ciertamente cuál de esas dos situaciones generaba un derecho  de  prevalencia en torno al bien perseguido; para expresarlo con otras palabras,  el  sentenciador  no  se  ocupó  de estudiar los títulos que la actora allegó  para  demostrar  el  dominio  que  ostentaba sobre el controvertido predio ni de  cotejar  éstos  con  los  actos  posesorios desplegados por el demandado, y, en  cambio,  con  prescindencia  de  la  propiedad  alegada por aquélla, se limitó  exclusivamente  a  reconocerle  valor  y  efecto jurídico al contrato que en su  favor   esgrimió   Alfredo   Matallana  Gómez  y,  con  ello,  a  predicar  la  improcedencia  de la acción reivindicatoria, aspectos que son justamente de los  que  se duele la censura en cuanto sostiene que en la sentencia combatida aquél  fijó  su  atención  en  el  mentado acto bilateral allegado por la contraparte  omitiendo  hacer  lo  propio  con  los  títulos  argüidos por la promotora del  proceso.   

                              No  está  de  más  recordar  que  el  precedente  jurisprudencial  en que se basó el tribunal para desatar el litigio  del  modo  en  que lo hizo, encuentra como fundamento el hecho de que la acción  reivindicatoria  intentada  en  el  asunto  donde  se  produjo esa decisión fue  propuesta  directamente  por  la  persona que antes le había entregado al allí  demandado  la  posesión  del  inmueble  con  base  en  un  contrato  de promesa  compraventa,  que no es exactamente este caso, por cuanto, como ya quedó dicho,  el  actor  en  esta causa no fue parte en el referido negocio; es decir, como lo  indicó  la  Corporación en otra ocasión, que “la situación en este proceso  es  radicalmente opuesta, pues el prometiente vendedor … no es quien ejerce la  acción  reivindicatoria ni es parte en el proceso”(G. J., t. CLXVI, pag.427),  de  suerte  que,  a semejanza de lo resuelto en ese mismo asunto, aquí la parte  demandante,  que  lo  obtuvo  mediante  escritura  pública número 6097 de 7 de  diciembre   de  1995,  inscrita  en  la  oficina  de  registro  de  instrumentos  públicos,  como  puede  verse  a  folios  7  a  15 y 63 del cuaderno 1 y 18 del  cuaderno  2,  no  quedó ligada por las acciones ni por las obligaciones que con  base  en ese negocio jurídico surgieran a cargo del antiguo dueño del inmueble  o a favor.   

                             5.  Por tanto,  prospera el cargo.   

                               

V. SENTENCIA SUSTITUTIVA  

                                   

                             1. Conforme al artículo 946 del Código  Civil  la  acción de dominio es la que tiene el dueño de una cosa singular, de  la  que  no  está  en  posesión,  para que el poseedor de ella sea condenado a  restituirla;  precepto  a  partir  del cual la jurisprudencia de la Corporación  tiene  dicho  que  para  el  buen  suceso  de la reivindicación el promotor del  litigio  debe  probar  la  presencia  de  los  respectivos  presupuestos de esta  acción,  esto  es, el derecho de dominio en cabeza del demandante, la posesión  material  en  el  demandado,  la identidad de la cosa pretendida con la poseída  por  el  opositor  y  que  se trate de cosa singular o cuota determinada de cosa  singular.   

                             Como  se  desprende  de  lo  acabado  de  señalar,  es  al demandante a quien le compete probar que ostenta la calidad de  propietario  del bien objeto de la pretensión, pues sólo de esa manera podrá,  por  lo  menos  en principio, desvirtuar la presunción que protege al demandado  en  su  condición  de  poseedor,  cual  lo  prevé el  artículo  762  del  Código Civil al decir, según su inciso segundo, que “el  poseedor  es  reputado  dueño, mientras otra persona no justifique serlo”. En  este   orden   de  ideas,  resulta  entonces  que,  según  lo  tiene  dicho  la  Corporación,  en  una  acción como la que se viene comentando el litigio puede  desarrollarse  en  uno  cualquiera  de  los dos siguientes terrenos: mediante la  confrontación   de  títulos  del  demandante  con  títulos  y  posesión  del  demandado  o  enfrentando  títulos  del  actor  contra  la  mera  posesión del  opositor(G.  J.,  ts.  XLVI,  pag.626;  CLV, pags.417 y 418; CCXLIX, Volumen II,  pag.1774, entre otras).   

                                  2.  En esta última hipótesis,  que  es  la  que viene al caso, atendidas las circunstancias particulares en que  aparece  planteado  el  litigio, si el demandado pretende seguir abrigado por la  presunción  atrás  aludida,  y  de  ese  modo  impedir  la  prosperidad  de la  pretensión  reivindicatoria,  debe  demostrar  que  la  situación de hecho con  ánimo  de señor y dueño la ha desplegado en forma ininterrumpida por un lapso  de  tiempo  superior a aquel comprendido en los títulos de dominio aducidos por  la    demandante,   desde   luego   que,   de   no  ser  así,  una  oposición  enderezada  a  impedir  la  restitución   de   la   cosa   carecería   entonces   de  eficacia  hacia  ese  propósito.   

                             Lo  anterior  se explica por el hecho de  que,  como  lo  tiene decantado la jurisprudencia, “no resulta suficiente para  enervar  la  pretensión  que  el  demandado  sea  poseedor  del bien, sino que,  además,   debe   probar   en  forma  contundente  que  esa  posesión  ha  sido  ininterrumpida  por  un período suficiente que le asegure que el actor, con los  títulos  que aduce, no pueda desvirtuar la presunción de dominio que ampara la  situación   posesoria   así   establecida,   postulado  este  acerca  de  cuyo  significado  dijo esta Corporación en la sentencia del 25 de mayo de 1990, ´la  anterioridad   del   título   del  reivindicante  apunta  no  sólo  a  que  la  adjudicación  de  su derecho sea anterior a la posesión del demandado, sino al  hecho   de   que  ese  derecho  esté  a  su  turno  respaldado  por  la  cadena  ininterrumpida  de  los  títulos de sus antecesores, que si datan de una época  anterior  a la del inicio de la posesión del demandado, permiten el triunfo del  reivindicante.  Entonces, no sólo cuando el título de adquisición del dominio  del  reivindicante  es  anterior  al  inicio de la posesión del demandado, sino  inclusive  cuando  es  posterior,  aquél  puede  sacar avante su pretensión si  demuestra  que  el  derecho  que adquirió lo obtuvo su tradente a través de un  título  registrado, y que éste a su turno lo hubo de un causante que adquirió  en  idénticas  condiciones; derecho que así concebido es anterior al inicio de  la  posesión  del   demandado,  quien no ha adquirido la facultad legal de  usucapir´”(G.  J., t. CCXIX, pags.590 y 591, entre  otras).   

                             3.  Por consiguiente, como el derecho de  propiedad  se  entiende  como  el poder jurídico que tiene su titular sobre una  cosa  para  usarla,  gozarla  y  disponer  de  ella  sin  respecto a determinada  persona,  y  como la acción de dominio constituye, justamente, una consecuencia  inevitable  del  carácter  absoluto  de  ese derecho, el régimen “probatorio  impone  a  quien  ejercita  tal  acción,  en  primer  lugar,  la obligación de  demostrar  que  es el propietario del bien que pretende reivindicar, como quiera  que  es  este  uno  de los supuestos de hecho del precepto legal que consagra el  efecto  jurídico  perseguido”,  y,  en  segundo  término,  desvirtuar  “la  presunción  de  dominio  que  conforme  al  artículo  762 del C. C., ampara al  poseedor  demandado,  lo  que logra presentando una titulación anterior a dicha  posesión” (G. J., t. CLV, pag.416 y 417).   

4.  En  torno  a la presencia del primero de  aquellos   presupuestos,   del   plenario   surgen  las  evidencias  siguientes.   

                               

Mediante escritura 6068 de 13 de diciembre de  1979,  otorgada en la notaría tercera de Bogotá (fls. 174 a 191, cd.1), Jesús  María  Pombo  Jiménez,  Rosa  Pombo  de  Raynolds  y Cecilia Pombo de Cubillos  constituyeron  la  sociedad comercial denominada “Meridor Limitada”, para la  cual  en  ese mismo acto el primero de los nombrados, a título de su aporte, le  transfirió  el  predio  denominado  “finca  Meridor”,  con  una  cabida  de  aproximadamente  362 hectáreas, ubicada en el municipio de Tenjo, Cundinamarca.  Posteriormente,  por  medio  del instrumento 2570 de 31 de diciembre de 1983, de  la  notaría  veinticuatro  de la misma ciudad (fls. 207 a 219, cd.1), la citada  sociedad  enajenó  a  favor de Enrique, Fernando y Alfredo Matallana Gómez, en  común  y  proindiviso,  el predio denominado “lote número 2”, segregado de  la   llamada  finca  o  hacienda  “Meridor”,  que  en  ese  mismo  acto  fue  distinguido  con  el  nombre  de “Magon”, con una cabida aproximada de 17.06  fanegadas.  Al  inmueble  así  resultante  la oficina de registro le asignó la  matrícula  inmobiliaria  número  830570,  donde  inscribió el señalado acto,  como  así  se  infiere  de los documentos visibles a folios 14 y 194 vuelto del  cuaderno 1.   

                               

Luego, a través del acto público 1932 de 22  de  julio  de  1988,  de  la  notaría  doce  de Bogotá (fls. 194 a 201, cd.1),  aquéllos   dividieron  materialmente  el  predio  conocido  como  “lote  #  2  Magón”,  con  ocasión  de  lo cual a Fernando Matallana le fue adjudicado el  que  allí  se  denominó  “lote No. 2F”, con área de 3 hectáreas 5.161,33  metros  cuadrados,  al  que  se  le  abrió  la  matrícula inmobiliaria número  50N-1183468  (fls.14  y  15),  donde se registró dicho instrumento. Finalmente,  como  consta  en  la  escritura  6097  de 7 de diciembre de 1995, de la notaría  cuarenta  y  dos  de  la  ciudad (fls.7 a 13, cd.1), el mismo Fernando Matallana  dividió  materialmente  el predio último referido en dos lotes, uno que llamó  dos  F  (2F)  y  el  otro  dos  FA (2FA), a los cuales la Oficina de Registro de  Instrumentos  Públicos  les  otorgó  los  folios  de  matrícula  inmobiliaria  50N-20249254  y  50N-20249255, respectivamente, como así se advierte de la nota  final  que  aparece en el certificado obrante a folio 15 del cuaderno 1. En este  mismo   instrumento   aquél   le   ofreció  el  segundo  de  tales  predios  a  Multifinanciera  S.  A. a título de dación en pago de los créditos que tenía  para  con ella, ofrecimiento que ésta allí mismo aceptó, comprometiéndose el  oferente  a  entregarlo  a  la  adquirente  dentro  de  los  30 días calendario  siguientes  al  otorgamiento  de  la  citada  escritura  pública.  Este último  contrato  se  registró  en  los  folios  de  matrícula  inmobiliaria  números  50N-1183468,  que  correspondía  al  predio  de mayor extensión (fls. 14 y 15,  cd.1),   50N-20249254,  equivalente  al  nuevo  inmueble  2F  (fl.18,  cd.2),  y  50N-20249255,  asignado,  como  se  acabó  de  decir,  al  lote  objeto  de  la  reivindicación (fl.63, cd.1).   

                             El  demandado,  como quedó expuesto, al  oponerse  a  la  acción  reivindicatoria, arguyó ser el propietario y poseedor  del   predio  reclamado,  aduciendo  al  efecto  haberlo  adquirido  y  recibido  materialmente  mediante  el  contrato  celebrado  el  14  de mayo de 1990 con su  hermano  Fernando  Matallana, a través del cual éste le entregó en forma real  y  material  el  dominio y la posesión que tenía sobre la totalidad del predio  conocido  como  “lote No. 2F”, con área aproximada de 3 hectáreas 5.161.33  metros  cuadrados,  del cual hacía parte la porción aquí pretendida, a cambio  de  las  cuotas  que él tenía en la sociedad A y F Casa de Lubricantes Bogotá  Limitada  y  que  le  cedió  a Susana, Manuel Fernando, Luisa Beatriz Matallana  Tafur,   hijos   del  mismo  Fernando,  y  donde  pactaron  que  las  escrituras  respectivas se correrían en un plazo no mayor a dos meses(fl.68).   

De la confrontación de aquella titulación,  de  la  cual  la  actora  deriva  su derecho de propiedad, con el argumento y la  prueba  que  esgrimió  el  opositor  en  su  defensa,  se observa cómo la mera  posesión  de  éste,  que  arrancó,  se reitera, ese 14 de mayo de 1990, no es  anterior  al  dominio  invocado  por  aquélla,  si se tiene en cuenta que en el  proceso  se  acreditó  que  Fernando  Matallana, quien le transfirió a ella el  dominio  del  bien,  adquirió  la  propiedad  del “lote No. 2F”, del que se  segregó  el  dos  FA (2FA)  objeto  de  la reivindicación, de la adjudicación que a su favor se hizo en la  división  material  que  recoge  la escritura 1932 de 22 de julio de 1988 (fls.  194 a 201).   

                                  Ahora, atendidas las divisiones y  segregaciones  relacionadas, en el proceso está acreditada, en debida forma, la  propiedad  del  lote  dos FA (2FA) desde finales de 1979, situación que prueba,  evidentemente,  la  prevalencia que tiene Multifinanciera S. A. para perseguir y  obtener  la  restitución  del predio disputado y, por lo mismo, para desvirtuar  la  presunción  establecida  en el artículo 762 del Código Civil respecto del  demandado,  por  cuanto  su posesión data apenas del citado 14 de mayo de 1990.  Palmario  es,  entonces,  que  la  titulación  por  virtud  de la cual aquélla  adquirió  y  probó  la  propiedad  del  inmueble  en  nada  se  afecta  por la  existencia  y  vigencia del contrato que a la contraparte le había entregado la  posesión,  resultando  así  prevalente el derecho de dominio de la actora, con  mayor  razón  si  se  tiene  en  cuenta,  como  desde antiguo lo tiene dicho la  Corporación,  que  cuando  “ambas  posesiones,  la  inscrita  del  actor y la  material  del demandado, proceden de la misma fuente”  -como acá ocurre,  en  que  una  y  otra  devienen  de Fernando Matallana-,  “ha de triunfar  quien  tiene  a  su  favor la inscripción en que consta el traspaso del dominio  que   el   dueño   anterior   hizo   de   su   propiedad”(G.   J.,  t.  LXIV,  pag.717).   

                             La  aseveración precedente resulta más  contundente  si  se  advierte que la tradición, desde la perspectiva que ofrece  el  Código  Civil,  conlleva  la  “entrega de la propiedad en cumplimiento de  negocio  traslaticio”,  motivo por el cual la persona que “recibe el dominio  tiene  derecho perfecto a poseer lo que es suyo, cualesquiera que sean las manos  en  que  el  objeto se encuentre a virtud de relación posesoria”, desde luego  que  “no  otra  es  la finalidad sustancial de la acción de dominio”, pues,  pese  a  “las  prerrogativas que por ley están atribuidas al sujeto del hecho  económico,  como presunto dueño de los bienes que utiliza, su posición dentro  del  juicio  reivindicatorio  cede  ante  quien  le demuestra mejor derecho como  titular  del  dominio”,  por  cuanto “lo que debe prevalecer no es el hecho,  que  tanto  vale y significa en las primitivas formas de la cultura humana, sino  el  derecho,  como  aspiración  superior  de  la  vida  civilizada”(G. J., t.  LXXXVIII, pag.70).   

                               

                             5.  Alrededor  del  segundo  de los anunciados requisitos, ha de decirse que ninguna duda surge  sobre   la   posesión   del   demandado,   pues  el  mismo  reconoció,  en  el  interrogatorio  de  parte  que absolvió y por intermedio del apoderado judicial  que  lo  representó al contestar la demanda y en los alegatos de instancia, ser  poseedor  del  inmueble  objeto  de  la demanda, manifestaciones que constituyen  prueba  de  confesión.  A  ello  se  suma la diligencia de inspección judicial  practicada  en  el mencionado inmueble, en que se constató su ocupación por el  opositor,  y los testimonios recepcionados, que igualmente aluden a ese vínculo  suyo con el predio.   

                               

De esos elementos de certeza emerge claro que  la  posesión  del  demandado  se  inició  el 14 de mayo de 1990, cuando le fue  entregado  materialmente  el  inmueble  conforme al contrato atrás aludido (fl.  68,  cd.1),  pues  los  actos  que ejecutó en el terreno con anterioridad a esa  fecha,  fueron  como  administrador  de  Fernando  Matallana, a quien, hasta ese  entonces, reconoció como propietario del mismo.   

                               

Sobre  el  particular  es  de  verse  que el  opositor,  en  el  interrogatorio de parte que absolvió el 26 de agosto de 1998  (fls.   109  a  111,  cd.1),  manifestó,  entre  otras  cosas,  que  dadas  las  diferencias  que  tenía  con  su  hermano  Fernando  Matallana  se  planteó la  posibilidad   de   negociar   la  finca,  y  fue  cuando  se  hizo  «un  documento  de compraventa debidamente  autenticado  en  el que yo le entrego mis acciones y él me entrega la posesión  de     la     finca     para    más    tarde    hacer    escrituras»,  escrito  que  seguidamente  reconoció  como  el  obrante al folio 68 del citado cuaderno, siendo que previamente había  confesado  que  antes  de  ese negocio él era administrador de la heredad; este  último   aspecto  fue  corroborado  por  los  testigos  Blanca  Jeaneth  Forero  Martínez(fls.122  a  125),  Juan  Guillermo  Borrero  Isaza(fls.130  a  133)  y  Guillermo  Vallejo  Echeverry  (fls.158  a  160),  como  así se concluye de las  declaraciones por ellos rendidas.   

                                                      

6. Con apoyo en la diligencia de inspección  judicial   (fl.122)   debe   decirse,   finalmente,  que  el  predio  pretendido  corresponde  a  un  bien inmueble singular, aspecto sobre el cual ninguna de las  partes formuló reparo alguno.   

                               

7.  Corolario  de  lo  expuesto  es  que  la  pretensión  reivindicatoria está llamada a abrirse paso, tal cual lo resolvió  el   a-quo  en  el  fallo  apelado.   

                                  

8.  Como  el  demandado  no  acreditó haber  plantado  mejoras  útiles  con  posterioridad  al  14  de  mayo de 1990, ni que  hubiese  invertido  en la conservación de la cosa, se confirmará la negativa a  su  reconocimiento,  así  como  aquella  que el juzgado despachó en torno a la  denuncia del pleito que la demandante le hizo a Fernando Matallana.   

De otro lado, no habiendo recurrido la actora  la  sentencia  de  primera  instancia debe igualmente confirmarse la estimación  del  juzgado  del  conocimiento  concerniente  a que el demandado es poseedor de  buena  fe  y  a  que,  por  lo  mismo, sólo está obligado a pagarle a aquélla  «los   frutos   percibidos  después      de      la     contestación     de     la     demanda»,  que tasó, sin reproche de las partes,  en $3´300.000.   

                             Ahora, como en la experticia acogida por  el  juzgado  los peritos valoraron los frutos civiles producidos por el predio a  razón  de  $150.000  cada  mes  (fls.145  a  156,  cd.1),  en  vista de que tal  valoración  se  efectuó  hasta  enero  de  1999,  conforme a lo previsto en el  inciso  segundo  del  artículo  307 del Código de Procedimiento Civil la Corte  adicionará  dicha  condena,  ordenándole  al  demandado  que  le  pague  a  la  demandante,  en  aquella  misma  cuantía  mensual dichos frutos por el período  comprendido   entre   febrero   del   citado   año   y   la   fecha   de   esta  sentencia.   

,eéque   conducirá  la  transferencia  de  lpropiedadtravés  de los cuáles se transfiere, derivada u originariamente,, en  vez   de   circunscribir   su  análisis  al  ámbito  propio  de  ese  contexto  apostadoentre   jueces   lo  celebraron,  entonces,  A  y  B,  inexplicablemente  extendió  sus  efectos  a  persona  ajena a este negocio, vale decir a capital,  para  por este errado entendimiento dejar de analizar los títulos allegados por  esta  propiedad  ,  como  se  dejóreseñado,, de suerte que, ha de repetirse,se  sentó   e   quedó   expuesto,se   sabe,SigAhoranifica,  lo  expuesto  que,para  uarúa    ,,emergesurgeeste   último  aspecto  aspecto  este  último  que  fundamentalmente demandantecómo   

VI. DECISIÓN  

                     

                             En  armonía  con  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Civil, administrando justicia en nombre  de    la    República,    y    por    autoridad   de   la   ley,   CASA   la   sentencia   de   4  de  octubre de 2000, pronunciada por la  Sala             Civil-Familia–Agraria del  Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial   de  Cundinamarca,  dentro del proceso identificado en esta  providencia  y,  actuando en  sede       de       instancia,       CONFIRMA el fallo de 14 de junio de 2000,  dictado  en  este  asunto por el Juzgado Civil del Circuito de Funza,  el cual además ADICIONA en el sentido  de  que  se  condena  al  demandado  a  pagarle  a la demandante la suma de doce  millones  de  pesos ($12´000.000), correspondiente a los frutos civiles dejados  de  percibir  por  el  período  comprendido entre febrero de 1999 y la fecha de  esta sentencia.   

                            Condénase  al demandado a pagar las costas de la segunda instancia. Tásense.   

                              Sin   costas   en  casación  ante  la  prosperidad del recurso extraordinario.   

CÓPIESE,   NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

    

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