SC 072 2005 [5000131030011999 04421 01]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-072-2005 [5000131030011999-04421-01]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

Magistrado  Ponente:   

CÉSAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

Bogotá  D.C.,  tres  (3)  de mayo de dos mil  cinco (2005).   

Ref.:   Exp.  No.  5000131030011999-04421-01   

Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  formulado  por  la sociedad SERVICIO AÉREO DEL VAUPÉS  –  SELVA  LIMITADA  –  ,  contra la sentencia de 29 de  marzo  de  2001,  dictada  por la Sala Civil – Laboral del Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de  Villavicencio,  en  el  proceso  ordinario promovido por  aquélla  frente  a la FÁBRICA ESTATAL DE AVIACIÓN DE  KIEV   –  AVIANT  –  .    

I.           ANTECEDENTES   

                                 1.         Ante  el  Juzgado  Primero Civil del Circuito de  Villavicencio,  Servicio  Aéreo  del  Vaupés – Selva Limitada -, demandó a la  Fábrica  Estatal  de  Aviación  de  Kiev  –  Aviant  -, para que, como entidad  fabricante  y  propietaria  del  avión  HK  4008X,  se  le declarara civilmente  responsable  por los perjuicios sufridos por aquélla con ocasión del accidente  ocurrido  el  21 de diciembre de 1996, y que, como consecuencia, fuera condenada  al  pago  de  la  cantidad  que  resultara  demostrada como “indemnización de  responsabilidad    civil    extracontractual”,    estimada    en    más    de  $3000’000.000.00,  junto  con   los   intereses   legales   desde   la   fecha  del  suceso  hasta  la  de  pago.   

2.             Como  sustento  de  las  súplicas  se  invocaron los siguientes hechos:   

a.            El  21  de  mayo  de  1996 la demandante  celebró  con  Meruc  Aviation  Leasing Corporation un contrato de arrendamiento  sobre  la  aeronave  AN-32-B,  con  matrícula  HK 4008X y serie de fabricación  3402,  perteneciente  a  la  demandada,  que  se  accidentó  el 21 de diciembre  siguiente,  cuando  estaba dedicada al transporte de carga y cubría el trayecto  de Bogotá a Rionegro.   

b.            En  el  accidente fallecieron los cuatro  ocupantes  del  avión,  éste  quedó totalmente destruido y, según el informe  preliminar  emitido por la Aeronáutica Civil, la posible causa de aquél fue la  pérdida  del ala derecha por desprendimiento cuando se disponía al aterrizaje,  debido a defectos de fabricación.    

c.            La  sociedad  arrendadora  fue liquidada  después  del  siniestro  y  cedió  sus  restantes contratos a otra compañía,  “siendo  esta  la  razón  por  la  cual  únicamente se demanda a la fábrica  propietaria del avión accidentado”.   

d.            Las fallas en la fabricación del avión  que  dieron lugar al accidente originaron perjuicios en las modalidades de daño  emergente        por        $150’000.000.00,   correspondientes  a  erogaciones  para  la  búsqueda,  rescate  de  víctimas,  inhumación  de  cadáveres,  etc;  lucro  cesante  por  $1.300’000.000.00,  “ya  que  la empresa ha dejado de percibir ganancias desde el día del accidente a la  fecha,  pues, se obtenía una ganancia neta de $450.000 pesos por hora de vuelo,  las  cuales ascendían a 83 horas de vuelo al mes, las que a la fecha darían un  total   de   2.324   horas,   si   se  tiene  en  cuenta  que  han  transcurrido  aproximadamente   28   meses”;   y   de  orden  moral  por  $1.500’000.000.00, reflejados en el deterioro  del  “good  will”,  credibilidad  y  confianza  de  la  empresa; además, se  esperan   demandas   por   parte   de  los  herederos  de  las  víctimas.    

3.            La demandada se opuso a las pretensiones;  en  cuanto  a los hechos, reconoció el arrendamiento de la nave de su propiedad  y  la  ocurrencia del accidente en las circunstancias descritas en el libelo, al  paso  que  dijo  no  constarle  los  otros;  respecto  de la causa del siniestro  manifestó  que,  según el informe rendido por el vice – director de diseño de  Antk   Antonov,  probablemente  ocurrió  por  la  ejecución  de  una  maniobra  imprudente  y excesiva “en S”, por el piloto, para rectificar la desviación  lateral,  hecho que generó una tensión imprevista de la “semiala derecha”,  aunada  a  la existencia, antes del despegue, de una aparente fisura o deterioro  mecánico    del    ala    derecha,    que    no    fue    controlado   por   el  transportador.   

4.            El juzgado de conocimiento le puso fin a  la  primera  instancia con sentencia de 28 de junio de 2000 en la que desestimó  las  pretensiones y absolvió a la demandada, providencia que al ser apelada por  la actora resultó íntegramente confirmada.   

II.          LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL   

1.              Para    empezar,   el   ad  quem estableció las diferencias entre  la  responsabilidad  civil  contractual  y  la  extracontractual,  a  la vez que  indicó,  con  apoyo  en la doctrina jurisprudencial, que la acción invocada en  la  demanda  tiene  fuerza  vinculante,  por  lo que no puede ser variada por el  juzgador,  “pues  caería en incongruencia por desatención de la causa petendi”.   

Seguidamente,  fijó  su  atención  en  las  normas  mencionadas  en  el  libelo,  relativas al contrato de arrendamiento, la  indemnización  de  perjuicios,  el  arrendamiento  de  transporte, las acciones  populares  y  la  fianza,  así  como  se detuvo en la segunda pretensión, para  notar  la  prevalencia  de  la responsabilidad civil extracontractual aludida en  ésta,  toda  vez  que “la citación normativa hecha en la demanda, no vincula  al  Juez,  pues  así  sea  equivocada,  debe  …  aplicar  la normatividad que  corresponda al caso”.     

Sobre  la  responsabilidad extracontractual,  señaló  sus  elementos,  insistió  en  la carga probatoria de la demandante y  clasificó  la  materia,  por un lado, en directa o personal, y, por el otro, en  indirecta o compleja.   

2.            Descendió al caso, para situarlo dentro  de  la  última  modalidad  anotada, la cual, dijo, puede surgir por el hecho de  las  cosas  bajo  cuidado  del  agente, en particular, cuando es su propietario,  pues  “todo  el que cause daño con el uso y goce de la cosa de que es dueño,  está  obligado  a  indemnizar a la víctima”, como también puede presentarse  por  el  hecho de las cosas animadas o inanimadas, como sucede, verbigracia, con  los  edificios  en  ruina,  los  objetos  que  se  arrojan  de las alturas y los  animales.   

Afirmó,  entonces,  que si la demandada fue  citada  como propietaria y fabricante de la aeronave, era menester demostrar los  requisitos  de  la responsabilidad, dado que, por la teoría de la culpa, cuando  se  trata  de  perjuicios  irrogados  por el uso de las cosas que se tienen bajo  guarda,  conforme  al  artículo  2347  del Código Civil, la responsabilidad no  proviene   simplemente   del   dominio   sino   del   goce   que   de   él   se  haga.       

En este asunto, prosiguió, “no aparece que  la  entidad  demandada  sea  culpable  del daño que afirma la actora”, porque  ella  sólo  figura como propietaria del vehículo, mas “no como guardiana …  ni  ejerciendo  actividad  alguna con la aeronave de su propiedad” y, además,  por  cuanto  en  el  informe  final  del accidente elaborado por la Aeronáutica  Civil  se  manifestó  que  era  “imposible  determinar  qué factor indujo al  rompimiento  del  plano derecho haciendo que se excediera la resistencia última  de  la  estructura  ya que no hay evidencia que indique si fue por exceso de las  cargas  laterales  impuestas  por  el  piloto  o  por un factor externo tal como  turbulencia  del  aire  claro  o  de  cualquier otra índole”, a la vez que se  mencionó  como  causa  probable del suceso “la fractura en vuelo de una parte  del   ala   derecha   que  indujo  a  la  ruptura  del  estabilizador  izquierdo  excediéndose   la   resistencia   última   de   la   estructura,  por  razones  desconocidas”.    Dicho   reporte,  agregó  el  Tribunal,  fue  también  remitido  a  la parte demandada, que sugirió como causa del evento una maniobra  mal  realizada  por la tripulación, aspecto que no fue acogido por la autoridad  aeronáutica nacional.   

3.            Por  tanto,  concluyó  que  no existía  certeza  sobre  la  causa  del  accidente, ni prueba de que la demandada debiera  responder  por  el  hecho  de  ser  fabricante  y propietaria del avión, habida  cuenta  que  no se demostró su culpa, como tampoco la relación existente entre  el  daño  y la mentada calidad, a lo que añadió que aquélla no se encontraba  ejerciendo actividad alguna con el bien ni era su guardiana.   

III.          EL RECURSO DE CASACIÓN   

Frente  a  la  sentencia  se  formularon dos  cargos  donde  se denuncia, en su orden, la violación directa e indirecta de la  ley   sustancial,   los  cuales  serán  despachados  con  base  en  las  mismas  consideraciones.   

CARGO PRIMERO  

1.             El  fallo  es  acusado  de  violar  los  artículos  2341  del  Código Civil, 78 de la Constitución Política, 11, 23 y  29  del  decreto  3466  de  1982,  por  falta de aplicación, y 2347 del Código  Civil, por aplicación indebida.   

2.            Reprocha  la impugnadora que el Tribunal  haya   considerado   el   artículo  2347  del  Código  Civil,  relativo  a  la  responsabilidad  extracontractual  por  el  hecho  de  las  cosas, cuando, en su  opinión,  dejó  de aplicar el decreto 3466 de 1982, conocido como Estatuto del  Consumidor,    que    “consagra   una   especie   de   responsabilidad   civil  extracontractual  contra los productores, importadores y fabricantes de bienes y  servicios,  en  los casos en que éstos no sean de la calidad e idoneidad que se  pregona en el mercado”.   

El  artículo  11  del decreto, continúa,  establece  la  garantía mínima presunta respecto de la calidad de los bienes y  servicios,  que  se  entiende  pactada  en  los  contratos  de  compraventa y de  prestación  de  servicios,  y  que  recae  directamente sobre los proveedores o  expendedores,  “sin  perjuicio  de  que  éstos  puedan, a su turno, exigir el  cumplimiento  de  dicha garantía mínima a sus proveedores o expendedores, sean  o  no  productores”.   Según  dicho  precepto,  prosigue la censura, tal  garantía   puede   hacerse  efectiva  conforme  al  artículo  29  ibídem,   que,   a   su   vez,  permite  solicitar,  en  todo caso, “la indemnización de los daños y perjuicios a que  hubiere  lugar”,  y  prescribe que la decisión del asunto “sólo podrá ser  favorable  al expendedor o proveedor si éste demuestra que ha habido violación  de  los  términos  o  condiciones  de  la  garantía o garantías por parte del  consumidor  o  que  no  ha  podido  dar cumplimiento a la garantía o garantías  debido  a  fuerza  mayor  o  caso  fortuito,  siempre  y  cuando  no haya podido  satisfacerla por intermedio de un tercero”.   

Agrega  la recurrente que el artículo 78 de  la    Constitución   Política,   posterior   al   referido   decreto,   asigna  responsabilidad  a  “quienes  en  la  producción y en la comercialización de  bienes  y  servicios,  atenten  contra  la  salud,  la  seguridad  y el adecuado  aprovisionamiento  a consumidores y usuarios”, al paso que cita ampliamente la  sentencia  de constitucionalidad C – 1141 de 30 de agosto de 2000, por virtud de  la  cual  la  acción  de  responsabilidad civil extracontractual procede contra  importadores,  productores  y  fabricantes de bienes, para exigir la efectividad  de  la  garantía  mínima  presunta  y obtener la indemnización de perjuicios,  cuando  los  bienes  o  servicios resultan defectuosos o de mala calidad, que es  justamente lo que, a su modo de ver, el fallador ignoró.   

Por  tanto,  el  Tribunal incurrió en error  iuris  in  iudicando,  por  haber  entendido que la condición de propietaria y fabricante de la nave en que  fue  convocada  la  demandada  no  le generaba imputación de responsabilidad y,  consecuencialmente,  dejó  de  aplicar  las  aludidas normas constitucionales y  legales,  yerro  que  fue  trascendente,  pues, de no haberse caído en él, las  pretensiones habrían sido acogidas.   

3.            Advierte  también  la  casacionista que  aunque  se  descartó  el  nexo  causal  entre  el  daño  y  la  condición  de  propietaria  y  fabricante  de  la  nave  atribuida a la demandada, éste fue un  soporte  probatorio de refuerzo, por lo que “no hay duda de que desquiciado el  argumento  cardinal  de la sentencia recurrida, la Corte debe casarla y, ubicada  en  sede  de  instancia,  indagar  sobre  la  concurrencia  de  los presupuestos  requeridos por el tema propuesto”.     

Por último, pese a no atacar la conclusión  adicional  del sentenciador, en sentir de la recurrente, por razones de técnica  de  casación,  hace un repaso de los elementos de la responsabilidad, que, a su  juicio,  se  encuentran  demostrados con base en la confesión ficta o presunta,  el  indicio  derivado  de la conducta procesal de la demandada, el testimonio de  Luis   Eduardo   Silva   Quintero,   el   informe   final  del  accidente  y  la  experticia.       

CARGO SEGUNDO  

1.            En éste se denuncia la inaplicación de  los  artículos 2341 del Código Civil, 78 de la Constitución Política, 11, 23  y  29  del  decreto  3466 de 1982, al igual que la aplicación indebida del 2347  del Código Civil, a causa de errores de hecho.   

2.            Manifiesta inicialmente la censora que el  Tribunal  ignoró que el asunto no versaba sobre la responsabilidad por el hecho  de  las cosas prevista en el artículo 2347 del Código Civil, sino alrededor de  la  responsabilidad civil extracontractual a cargo de productores, fabricantes o  importadores  de  bienes  y  servicios,  consagrada en el decreto 3466 de 1982 o  Estatuto  del Consumidor, cuando quebrantan la garantía mínima de éstos y con  su  mala calidad afectan a los consumidores o usuarios.                                

Específicamente, señala la preterición de  la  demanda  y  de  los  alegatos de ambas instancias, alusivos a las fallas del  avión,  que  de  haber  sido  estimados  habrían  permitido  entender  que  la  reclamación  descansaba  “en  la  imputación  del  daño  sufrido  …  como  consecuencia  de la mala calidad  o defectos de fabricación de la aeronave  …  producida por la sociedad demandada”, los que, antes de concluir el plazo  de  la  garantía,  originaron  el  accidente  y los perjuicios, responsabilidad  regulada por los preceptos que se dejaron de aplicar.   

Pasa   entonces   a  comentar  las  normas  presuntamente  inaplicadas  y anota que “se trata de un sistema de protección  para  el usuario o consumidor por la falta de idoneidad o mala calidad de bienes  y  servicios”,  en  el  que  no  sólo  se  le  dota  de una acción común de  responsabilidad   civil   contractual   frente   a   vendedores  o  expendedores  inmediatos,  sino  de una extracontractual respecto de importadores, productores  y  fabricantes,  para  el cumplimiento de las garantías de calidad y el pago de  los  perjuicios  derivados  de  productos o servicios defectuosos, materia en la  que  trae  a  colación varios pasajes de la sentencia de constitucionalidad C –  1141 de 2000.      

3.            Adicionalmente,  en  lo  que toca con la  incertidumbre  sobre las causas del siniestro y la ausencia de vínculo entre la  culpa  atribuida  a la propietaria y fabricante del avión y los daños, asevera  que  el  Tribunal  cometió  un  yerro  fáctico al no haber visto la confesión  ficta  o  presunta  por  inasistencia  a  la  audiencia  de  conciliación  y al  interrogatorio  de  parte,  como tampoco estimó la contestación de la demanda,  los  contratos  de  arrendamiento,  el  auto de 4 de octubre de 1999, el indicio  derivado  de  la pasiva conducta procesal de la demandada, el testimonio de Luis  Eduardo   Silva  Quintero,  el  dictamen  pericial  sobre  la  cuantía  de  los  perjuicios  y  las  conclusiones  emitidas por la Oficina de Control y Seguridad  Aérea  de  la Aeronáutica Civil, así como desatinó en la interpretación del  informe    final    del   accidente   producido   por   esta   última   entidad  estatal.                      

Puntualiza que si alguna duda cabía sobre la  causa  del  accidente, le correspondía despejarla a la  empresa convocada,  pues  el artículo 29 del Estatuto del Consumidor dispone que la sentencia sólo  podrá  favorecer  al  productor,  fabricante  o  importador si demuestra que el  consumidor   violó  los  términos  de  la  garantía,  o que no ha podido  cumplirla  por  fuerza mayor o caso fortuito; igualmente, añade que “bajo los  presupuestos  de la responsabilidad … por ejercicio de actividades peligrosas,  la  exoneración  …  solo  puede  sobrevenir, si el demandado demuestra que el  daño  se  produjo,  por  fuerza mayor, caso fortuito o culpa de la víctima”,  situaciones que no fueron alegadas ni probadas.      

Como  colofón, recuerda otros apartes de la  mencionada  sentencia  de  exequibilidad,  según los cuales “la posición del  consumidor  no  le  permite  conocer  en detalle el proceso de producción, más  aún  si  éste  se  desarrolla  en  condiciones técnicas que solamente son del  dominio  del  empresario  industrial”,  y  que “corresponderá al empresario  demostrar  los  hechos  y  circunstancias  que  lo eximan de responsabilidad”,  entre  otros,  para  rematar con la mención de la trascendencia de los errores,  pues  si  el  Tribunal  no  los  hubiera cometido, “habría accedido – bajo el  imperio  de  la  normatividad  contenida  en el Decreto 3466 de 1982 – a todas y  cada  una  de  las  pretensiones  que  para  obtener la justa reparación de los  perjuicios  …,  por  cuanto la culpa de la entidad demandada en la producción  del  daño, el daño y la relación de causalidad entre el perjuicio y la culpa,  se  demuestran  satisfactoriamente  en  el  presente  caso  con las pruebas que,  relacionadas   en   este   cargo,   fueron  omitidas  en  su  análisis  por  el  tribunal”.        

IV.          CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

1.            Como es sabido, el éxito de los ataques  edificados  sobre  la  causal  primera  de  casación depende de que el acusador  cumpla  cabalmente  con  la gestión de proponer y demostrar la vulneración del  derecho    material.                                              

Ahora, también se sabe que el camino por el  cual  se  arriba a una infracción de este género puede variar, en la medida en  que  el  desatino  haya  involucrado  o  no los aspectos probatorios del debate;  cuando  ello  no  ha  ocurrido,  se  trata  de la vía directa, que se contrae a  materias  puramente  jurídicas  y  supone  plena  conformidad  con  los asuntos  fácticos;  en  cambio,  cuando la violación de la ley guarda relación con los  elementos  de  convicción,  el  recurrente  debe  comprobar la existencia de un  error     de     hecho     o     de     derecho,     propios    de    la    vía  indirecta.             

En  suma,  lo  cierto  es  que  el  reproche  extraordinario,  encaminado  por  cualquiera  de  las  vías,  debe  conducir al  atropello  del  derecho sustancial, de modo que, en últimas, si no se establece  este      tipo     de     agresión,     ningún     cargo     puede     abrirse  paso.       

2.            En  el caso que ocupa la atención de la  Corte,  los  reparos  presentados  por  la  parte  demandante  se  apoyan en una  idéntica  premisa,  consistente  en  que el asunto debió ser gobernado por las  disposiciones  del  Estatuto  del  Consumidor,  al  punto  que  se le endilga al  Tribunal la falta de actuación de las mismas.   

En efecto, como se reseñó, el planteamiento  contenido  uniformemente en los cargos denuncia la infracción de los artículos  2341  del  Código  Civil,  78  de la Constitución Política, y 11, 23 y 29 del  decreto  3466  de  1982,  conocido  como  Estatuto  del Consumidor, por falta de  aplicación,  así  como  la aplicación indebida del artículo 2347 del Código  Civil.    Aunque el primer cargo es formulado por la vía directa y el  segundo  por la indirecta, ha de notarse que no sólo coinciden en su plataforma  normativa,  sino,  además, en que se encuentran enderezados principalmente, por  una  u  otra  senda,  a  criticar  la aplicación del artículo 2347 del Código  Civil,  por impertinente, y a reivindicar, correlativamente, la intervención de  las  normas  del  decreto  3466  de 1982, éstas sí, a juicio de la recurrente,  precisas y ajustadas a la controversia.     

Concretamente,  véase  como  en  la primera  censura  se  dice que “los presupuestos jurídicos sobre los que descansan las  declaraciones  y  condenas  impetradas  en  el  libelo  incoatorio  del proceso,  no   son,   bajo   ningún   respecto,   los  de  la  responsabilidad  civil  extracontractual que por el hecho de las cosas regula el  Código   Civil,  como  equivocadamente  lo  entendió  el  Tribunal,  sino  los  consignados  en  el Decreto 3466 de 1982, conocido en el medio como ‘Estatuto  del  Consumidor’  que en términos generales, consagra  una  especie  de  responsabilidad civil extracontractual contra los productores,  importadores  y  fabricantes  de  bienes y servicios, en los casos que éstos no  sean    de    la    calidad    e    idoneidad    que    se    pregona    en   el  mercado”.      Y,  en la segunda acusación, nótese cómo  se   expone   que   “el   asunto   sub   júdice  no  versaba  sobre  la  responsabilidad  civil  extracontractual por el hecho de las  cosas  regulada  por  el  Código Civil, y particularmente sobre el hecho de las  cosas  contemplado  en el artículo 2347 de la misma codificación, sino   sobre  la  responsabilidad  civil  extracontractual  en  que  incurren  los productores, fabricantes e importadores en la comercialización de  sus  bienes  o servicios cuando, con ocasión de la mala o defectuosa calidad de  los  bienes  y  servicios  que  ofrecen  a  la  comunidad,  causan  daños a los  consumidores  y usuarios de tales bienes y servicios, especie de responsabilidad  consagrada  y regulada en el Decreto 3466 de 1982, y en  la  cual  la  obligación de resarcir el perjuicio no surge o nace del daño que  se  cause  en  el  uso  y goce de la cosa o servicio con estándares mínimos de  calidad,  sino  del  daño  ocasionado  al usuario y al consumidor por la mala o  defectuosa  calidad del bien o servicio que se ofrece, quebrantando la garantía  mínima  predicable  de  los  bienes y servicios y, que no solamente hace sujeto  pasivo  de  la  obligación  de resarcir los perjuicios al inmediato proveedor o  expendedor,  sino  también  al  mediato  productor, fabricante o importador del  bien             o             servicio            defectuoso.”            (se  subraya).          

3.             En  orden  a  desatar  el  recurso  se  advierte,  en  primer lugar, que no existe completa consonancia entre la postura  que  la  sociedad  demandante  plasmó  en el libelo y asumió a lo largo de las  instancias,   y   la  que  presenta  ante  la  Corte  de  Casación.               

Evidentemente, en la demanda se pidió que la  Fábrica  Estatal  de  Aviación  de  Kiev  –  Aviant  – fuera declarada “ …  civilmente  responsable  de  todos los daños y perjuicios sufridos por la parte  demandante,  como  entidad  fabricante  y propietaria del avión … ”  y  que,  como  consecuencia,  se  le  condenara  al pago de la “ … cantidad que  resulte    demostrada    como    indemnización    de    responsabilidad   civil  extracontractual  … ”.  En los supuestos fácticos, la actora mencionó  el  contrato  de arrendamiento de la aeronave, el  accidente ocurrido el 21  de  diciembre de 1996 y la supuesta causa de éste, consistente, en su opinión,  en  que  el aeroplano “ … perdió su ala derecha por desprendimiento, debido  a  defectos  de fabricación cuando se disponía a aterrizar, según se anota en  el  informe  preliminar … emitido por la Aeronáutica Civil ” (C. 1, fls. 40  –  46).   Durante el desarrollo del proceso, en especial, al presentar  el  alegato  de  conclusión (C. 1, fls. 210 – 215) y al sustentar la apelación  de  la  sentencia  de  primer  grado  (C.  Tribunal,  fls. 7 – 8), la demandante  continuó  dentro de la misma línea de argumentación, enfocada esencialmente a  evidenciar  que  la  empresa  demandada,  como  fabricante  y  propietaria de la  aeronave,    era   responsable   extracontractualmente   como   efecto   de   su  “negligencia   grave”,   reflejada   en  las  “fallas  estructurales”  y  “defectos  de fabricación” del avión, así como en algunos desperfectos de  los   equipos  de  navegación,  conclusiones  a  las  que  llegó  después  de  interpretar  los  informes  técnicos rendidos por las autoridades aeronáuticas  de Ucrania y Colombia.    

Así las cosas, emerge que la demandante no  describió  dentro  de  su  causa petendi ninguna  circunstancia  específica – verbigracia, la calidad de las  partes,  la  destinación  de  los  bienes  o  servicios,  etc  – que apuntara a  demostrar  que,  de  una  u  otra  manera,  se  había  visto involucrada en una  “relación  de  consumo”,  que  es  la  que  determina la aplicación de las  normas  especiales.   Véase  cómo  Selva Limitada, en apretada síntesis,  concretó   su   pretensión   a   la   determinación   de  la  responsabilidad  extracontractual  del fabricante y propietario del aeroplano, como secuela de un  accidente      presuntamente      originado      en      los     defectos     de  fabricación.        

En  este  orden  de ideas, si la calidad de  consumidor  depende,  como  se verá, de determinadas condiciones predicables de  una  situación  concreta,  las  cuales  no  fueron  aducidas por la demandante,  aflora  que  no  hicieron  parte  de la materia objeto de la controversia y, por  tanto,  no pudieron ser enfrentadas o cuestionadas por la parte demandada, pues,  como  queda  examinado,  sólo  en  el  recurso  extraordinario  vinieron  a ser  esgrimidas.   

                                             

4.           Ahora bien, aun si se dejaran de lado las  consideraciones  precedentes,  debe  señalarse  que  el escrutinio de fondo del  asunto,  a  la  luz de las circunstancias que muestra el proceso, arroja que, en  todo  caso, los hechos que han originado el litigio no pueden encuadrarse dentro  del  ámbito  de  aplicación  del  mentado  cuerpo  normativo  –  Estatuto  del  Consumidor  –  ,  como  pasa  a  explicar  la  Corte, no sin antes hacer algunas  anotaciones    en    torno    a    lo   que   se   conoce   como   Derecho   del  Consumidor.   

a.            El   desarrollo  y  evolución  de  la  industria,   la  producción  en  serie,  la  masificación  de  las  relaciones  jurídicas  y económicas, el mercadeo y la distribución comercial, entre otros  factores,  han  sido  determinantes  para  el  surgimiento  de una disciplina de  orientación  tuitiva que se ha denominado Derecho del Consumidor o, para otros,  del  Consumo,  esencialmente  caracterizada  por  regular lo que concierne a los  consumidores y a las relaciones de consumo.   

Se  trata  de  una materia que traspasa las  relaciones  tradicionales propias del derecho privado, para extenderse a las que  se  ajustan  entre el Estado y los diversos actores del mercado, en la medida en  que   tengan  injerencia  en  los  intereses  de  la  colectividad;  en  efecto,  reconocidos  autores  han  sostenido  que “el derecho del consumo comprende no  solamente  las  reglas aplicables a los actos de consumo, sino también aquellas  que  tienden  a  proteger  a  los  consumidores,  aún  si  éstas no se aplican  directamente  a  ellos.   Así, el derecho del consumidor puede situarse en  relación  con  los  derechos  comercial,  económico,  de la competencia, de la  distribución  y  ambiental”  (Calais  – Auloy Jean, Droit de la consommation,  Paris,  Dalloz,  pag. 19, 1986; citado por Pérez Bustamante Laura, Derechos del  Consumidor,         Buenos         Aires,         Astrea,         pag.        4,  2004).           

Por supuesto, uno de los aspectos complejos  de  esta  temática  ha  sido, precisamente, el de establecer una definición de  “consumidor”,  materia  en  la que se han adoptado diversas nociones; por un  lado,  de manera abstracta o general, se habla del “ciudadano – consumidor”,  concepto  que,  según  estiman  algunos expositores, presenta un enfoque que lo  hace  apto  “no para atribuir derechos a cada consumidor, que pueda ejercerlos  individualmente,   sino   más   bien  para  expresar  programas  políticos  de  actuación  o también para aludir a derechos tales como los que se otorgan a la  ‘educación’     o     a     la    ‘información’”.   (Mosset   Iturraspe   Jorge  y  Lorenzetti  Ricardo  Luis,  Defensa del Consumidor, Santafe, Rubinzal – Culzoni,  pag.  58,  1993);  por  otro  lado,  se  ha  acudido  a  definiciones mucho más  concretas,  donde  dicha  calidad  depende  de criterios restringidos en mayor o  menor  grado,  como  se estudiará, según la política legislativa que se asuma  sobre el particular.     

Desde esta perspectiva, es fundamental fijar  con  exactitud  este  concepto, pues él también permitirá demarcar claramente  el  ámbito  de  acción  de  los  preceptos  llamados a tutelar los respectivos  intereses.   

                             b.                En  la  experiencia  Colombiana,  la máxima expresión en la materia se ha reflejado en  el  reconocimiento  constitucional  de  los  derechos  de  los  consumidores, al  disponer  el  artículo  78  que la “la ley regulará el control de calidad de  bienes  y  servicios  ofrecidos  y  prestados  a  la  comunidad,  así  como  la  información  que  debe  suministrarse al público en su comercialización”, y  que  “serán  responsables, de acuerdo con la ley, quienes en la producción y  en  la  comercialización  de  bienes  y  servicios, atenten contra la salud, la  seguridad     y    el    adecuado    aprovisionamiento    a    consumidores    y  usuarios”.   

Previamente  a la promulgación de la Carta  Fundamental  de  1991, la ley de facultades extraordinarias 73 de 1981 autorizó  la  expedición  del  decreto 3466 de 1982 o Estatuto del Consumidor, que vino a  constituirse  en  un  cuerpo  normativo  que,  por primera vez, fue destinado al  tratamiento  de  ciertos  aspectos  vinculados a la regulación y protección de  los consumidores.   

Dentro   del   estatuto  se  definió  al  consumidor  como “toda persona, natural o jurídica,  que  contrate  la  adquisición,  utilización  o  disfrute  de  un  bien  o  la  prestación  de  un  servicio  determinado,  para la satisfacción de una o más  necesidades”  (artículo  1°,  literal c.), noción  que,  a  primera  vista,  abarca  todos  los  tipos  de  personas  – naturales o  jurídicas  – y de bienes – muebles o inmuebles – , sin distinción alguna, a la  par  que introduce un ingrediente asociado a la finalidad de la “adquisición,  utilización  o  disfrute”  del  bien  o  servicio,  esto  es, que con ella se  persiga,  valga  repetirlo, “la satisfacción de una  o                          más                          necesidades”.            

Aunque  en  la  definición  no  se  emplea  ningún  parámetro  relacionado,  por  ejemplo,  con el hecho de que la persona  deba  ser  consumidor  o  destinatario  final  del  bien  o  servicio,  o con la  circunstancia  de  que el uso o consumo se enmarque o no dentro de una actividad  profesional  o  empresarial,  como  ocurre  en  otros  países,  ello  no  puede  conducir,  por  la  simple imprecisión  terminológica, a pensar que todos  los  sujetos que interactúan en el tráfico de bienes y servicios conforman tal  categoría  –  consumidores  – y que, por ende, a ellos indistintamente les sean  aplicables   las   normas   especiales,  pues  con  semejante  entendimiento  se  desnaturalizaría,  por  vía  de  la  generalización,  un estatuto excepcional  destinado  a  proteger  a determinados sujetos de las relaciones de intercambio.   

De  ahí  que se imponga la adopción de un  criterio  interpretativo de la noción de consumidor, que consulte racionalmente  las  finalidades  específicas  del estatuto en el que se encuentra incorporada,  y,  en  esa  misma  medida,  delimite  el  marco de las disposiciones, tarea que  seguidamente emprenderá la Corporación.   

Es  de  verse,  primeramente,  cómo  en la  exposición  de  motivos de la ley 73 de 1981 se hizo alusión a la necesidad de  orientar  las  políticas  de  la  administración  “hacia  la contención del  fenómeno  inflacionario,  para  evitar el encarecimiento del costo de la vida y  garantizar   a   las   masas  trabajadoras  un  ingreso  real,  que  permita  el  mejoramiento  de  sus condiciones de existencia”, así como se resaltó que su  aprobación  representaría  “un  instrumento  de indudable trascendencia para  organizar  y  actualizar  ese  campo  central de la intervención económica del  Estado,  que  hace  relación  directa  con  las  metas  de justicia social y de  mejoramiento  de  las  clases  trabajadoras  que  deben  presidir  el desarrollo  económico.”   

Y,  en  las  ponencias presentadas ante las  cámaras,  también  se  manifestó,  entre  otras  cosas:  “ … Hay un vasto  clamor  ciudadano,  de  muchos años atrás, pidiendo al Estado una legislación  fuerte  que  proteja  a  los  consumidores  de  la  indolente y creciente sed de  riquezas  de  los  dueños  de  bienes  y servicios …  Es evidente que el  Estado  no  debe  estar ausente en la regulación de los precios del mercado, en  su  control  y  especialmente,  en  la defensa del consumidor, que es el extremo  más  débil  de la relación, aunque sea el más numeroso … No hay duda, como  se  ha anotado, que la sociedad actual básicamente se divide entre expendedores  y  proveedores,  por un lado y, por el otro, los consumidores que constituyen la  inmensa  mayoría  de  la Nación.  El control de los primeros y la defensa  de  los segundos, debe ser uno de los objetivos fundamentales del Estado actual,  si   se   quiere  sinceramente  conseguir  una  sociedad  menos  injusta,  menos  subyugante,  en  donde  los  abismos  de  desigualdad que la invaden comiencen a  hallar  frenos  y  remedios  con  una  legislación  efectiva  y vigorosa …”  (Historia   de   las   Leyes,   Tomo  IV,  Legislatura  de  1981,  pags.  228  –  251).     

Así,   con   independencia  de  que  las  motivaciones   entonces   expuestas   sean   plenamente   compartidas  por  esta  Corporación  o  de  que  ellas conserven vigencia, emerge innegablemente de los  antecedentes  legislativos  que una de las principales pretensiones del estatuto  fue  la  de amparar los intereses de un sector de la comunidad que, por lo menos  en  términos  generales,  se encuentra en condiciones de debilidad frente a los  operadores  comerciales  profesionales – proveedores, expendedores, productores,  etc  -.  Por  tanto,  la amplitud y vaguedad del concepto legal de consumidor no  puede  llevar  a  un  entendimiento indiscriminado, pues con ello perdería toda  razón  la  existencia de un régimen especial, como tampoco puede concebirse la  asimilación  de  dicha  definición  con  otras,  como las de “Productor” y  “Proveedor  o  expendedor”,  que el mismo estatuto explica en términos bien  diversos,  al señalar que el primero será “toda persona natural o jurídica,  que  elabore, procese, transforme o utilice uno o más bienes, con el propósito  de  obtener uno o más productos o servicios destinados al consumo público. …  ”,  y  que  por el segundo se entenderá “toda persona, natural o jurídica,  que  distribuya u ofrezca al público en general, o a una parte de él, a cambio  de  un  precio,  uno  o  más bienes o servicios producidos por ella misma o por  terceros,  destinados  a  la  satisfacción  de  una  o  más necesidades de ese  público”. (artículo 1°, literales a. y b.)     

                            En  este  orden  de  ideas,  para  estos  efectos   estima la Corte que, con estrictez, siempre será forzoso indagar  en  torno  a la finalidad concreta que el sujeto – persona natural o jurídica –  persigue  con  la adquisición, utilización o disfrute de un determinado bien o  servicio,   para   reputarlo  consumidor  sólo  en  aquellos  eventos  en  que,  contextualmente,  aspire  a  la  satisfacción de una necesidad propia, privada,  familiar,  doméstica  o empresarial – en tanto no esté ligada intrínsecamente  a  su  actividad  económica propiamente dicha, aunque pueda estar vinculada, de  algún  modo,  a  su  objeto  social  -,  que  es  lo  que  constituye  el rasgo  característico  de  una  verdadera  relación  de  consumo.  Este punto de  vista,  cabe  resaltar, es el que puede identificarse en numerosos ordenamientos  jurídicos   que,  como  adelante  se  examinará,  catalogan  únicamente  como  consumidor  a  quien  sea  destinatario  final  del bien o servicio, o, por otro  lado,  exigen  que  la adquisición o utilización esté ubicada por fuera de la  esfera  de  actividad  profesional  o  empresarial  de quien se dice consumidor;  adicionalmente,  no  está de más anotar que una postura similar es la adoptada  por   la   Superintendencia  de  Industria  y  Comercio  cuando,  dentro  de  su  competencia,  ha  conceptuado  sobre  el  alcance  del  término  que  se  viene  estudiando.  (conceptos  96027242  de 2 de septiembre de 1996, 96060904 de 28 de  noviembre  de 1996, 97023655 de 15 de julio de 1997, 99067274 de 4 de febrero de  2000,  02108233  de  17  de  enero de 2003 y 03025237 de 9 de mayo de 2003; Cfr.  Compendio  de  doctrina sobre protección del consumidor 1992 – 1999, Ministerio  de  Desarrollo Económico, Superintendencia de Industria y Comercio, 2000, pags.  152 – 160, y www.sic.gov.co).   

c.           En el derecho comparado puede verse, como  se  anticipó,  que  aunque  el tratamiento del tema no es uniforme, sí muestra  algunos  lineamientos  peculiares.                 

En la República Argentina, por ejemplo, la  ley  24.240  de  1993  de “Defensa del Consumidor” tiene como consumidores o  usuarios    a    “las    personas    físicas   o  jurídicas  que  contratan  a  título oneroso para su  consumo  final  o  beneficio  propio  o  de  su grupo  familiar  o  social: a). la adquisición o locación de  cosas  muebles,  b).  la  prestación  de  servicios,  c).  la  adquisición  de  inmuebles  nuevos destinados a vivienda, incluso los lotes de terreno adquiridos  con  el  mismo  fin,  cuando  la  oferta  sea  pública  y  dirigida  a personas  indeterminadas”  (artículo  1°);  asimismo,  se excluye de esta categoría a  “quienes   adquieran,  almacenen,  utilicen  o  consuman  bienes  o  servicios  para   integrarlos   en   procesos  de  producción,  transformación,   comercialización   o   prestación   a  terceros” (artículo 2°, se subraya).     

Este  concepto,  circunscrito  al  llamado  consumidor   final,  ha  sido  relacionado  por  la  doctrina  con  el  término  destinatario   final,  tomado  del  ámbito  del  transporte,  que  “trata  de  manifestar  gráficamente  una  idea  básica  para  la  noción,  esto  es, que  adquiere  los  bienes  o  servicios  para utilizarlos o consumirlos él mismo, y  que,  en  consecuencia,  esos  bienes  o servicios quedan detenidos dentro de su  ámbito  personal,  familiar o doméstico, sin que vuelvan a salir al mercado”  (Mosset  Iturraspe  J.  y  Lorenzetti  R.,  ob. cit., pags. 59 y 60); por tanto,  siguiendo  a  los  mismos  autores, lo anterior quiere decir que por fuera de la  protección  normativa  quedan  los  “consumidores – empresarios”, es decir,  aquellos  cuyos actos se dirigen a ser incorporados en procesos productivos o de  naturaleza  similar;  empero,  ha  de  precisarse,  esto  no  significa  que las  personas  jurídicas no puedan ser consumidores finales, pues aunque normalmente  no  desempeñan  tal  rol,  en  la medida en que “no adquieren, al menos en lo  general  o  común,  bienes para sí, para su consumo final o beneficio, y menos  aún  –  por  su  propia  índole  – para el grupo familiar o social … ello no  quita  que,  por excepción, frente a supuestos muy especiales – y no genéricos  –  se  considere  a  las personas jurídicas como consumidoras de tales o cuales  bienes  o  servicios.  …  Tengamos  en cuenta que la ley, más adelante, en el  artículo  2º,  excluye  de  la  condición de consumidores a quienes adquieran  bienes    o    servicios    paras    ‘integrarlos    en    procesos    de    producción   …’;   habrá   que   demostrar  que  la  adquisición  por  la  persona  jurídica  no  tuvo esa finalidad.” (ob. cit.,  pags. 59 y 60)   

                                                De  otro  lado, definición semejante se utiliza, verbigracia, en el  Código  de Defensa del Consumidor de Brasil – ley 8.078 de 1990, modificada por  la  9.298  de  1996  – que establece que “consumidor es toda persona física o  jurídica  que  adquiere  o  utiliza  un  producto  o servicio como destinatario  final”  (artículo  2°),  posición que, según algunos comentaristas, supone  que   “cualquiera  sea  la  naturaleza  jurídica  del  consumidor  económico  (persona  natural  o  jurídica),  éste  no alcanzará la cualidad jurídica de  consumidor  si  la  adquisición  o  propensión a la adquisición no se hubiere  realizado    en    calidad    de    ‘destinatario      final’”   (Antonio   Herman  V.  Benjamín,  El  Código  Brasileño  de  Protección  del  Consumidor,  publicado  en  Política  y  Derecho del Consumo,  Biblioteca    Millennio,    El    Navegante   Editores,   Bogotá,   pag.   500,  1998).    Adicionalmente,  nótase  que  lo  propio  ocurre con la ley  Chilena  19.496  de  1997,  modificada  por  la  19.659  de  1999, que tiene por  consumidores  a  “las  personas  naturales  o  jurídicas  que,  en  virtud de  cualquier   acto  jurídico  oneroso,  adquieran,  utilicen  o  disfruten,  como  destinatarios   finales,  bienes  o  servicios”.        

                               Ahora, en el  marco  de  la  Unión  Europea, la Directiva 93/13 CEE adoptada el 5 de abril de  1993   sobre   “cláusulas   abusivas   en   los   contratos   celebrados  con  consumidores”,  uno  de  los  aspectos  a los que se orienta la protección de  éstos,  dispuso  que como tal se tendría cualquier persona física que, en los  contratos   regulados   por   la   Directiva,   actúe   con   un   propósito    ajeno    a   su   actividad   profesional (artículo 2°, literal b, destacamos).   

                                     Para  implementar  esta  Directiva, en Italia, por ejemplo, se expidió la ley 52 de 6  de  febrero  de  1996 que, entre otras cosas, adicionó el Código Civil de 1942  con  el  artículo  1469 bis,  que,  en  lo pertinente, reza: “En el contrato concluido entre el consumidor y  el  profesional se consideran vejatorias las cláusulas que, a pesar de la buena  fe,  determinan  a  cargo  del  consumidor un significativo desequilibrio de los  derechos  y  las  obligaciones  derivadas del contrato.   En  relación con los contratos a que se refiere el inciso primero,  el  consumidor  es  la  persona  física  que  actúa por motivos extraños a la  actividad   empresarial  o  profesional  eventualmente  desarrollada.  El profesional  es  la  persona  física  o  jurídica,  pública  o  privada, que, en    el    marco    de    su     actividad    empresarial   o  profesional,  utiliza  el contrato a que se refiere el  inciso anterior” (se subraya).   

Sobre este precepto, autorizados expositores  han  manifestado  que,  para los efectos de la reglamentación, consumidor será  únicamente  la persona física no profesional y no empresario, o eventualmente,  la  persona  física empresario o profesional que contrate con fines ajenos a su  actividad,  noción esta que, puntualizan, no necesariamente equivaldrá a la de  adherente  o  contratante  débil, pues es mucho más restringida, habida cuenta  que  puede  presentarse  un  adherente o una parte débil que no sea consumidor,  así  como  un  consumidor  que  no  puede  ser  catalogado  como tales. (Astone  Francesco,  Ambito  di  applicazione  soggettiva.  La  nozione  di  ‘consumatore’         e         ‘professionista’,  en “Il Codice Civile, Comentario,  Clausole  vessatorie  nei  contratti  del consumatore”, a cura di Guido Alpa e  Salvatore Patti, Giuffré editore, pag. 168, 2003).   

Por  su  parte,  la  ley  Española  26  de  1984,   modificada  por  la  22  de 1994, “General para la Defensa de los  consumidores  y usuarios”, considera consumidores o usuarios a “las personas  físicas   o  jurídicas  que  adquieren,  utilizan  o  disfrutan,  como   destinatarios   finales,   bienes  muebles  o  inmuebles, productos, servicios, actividades o funciones, cualquiera  que  sea  la  naturaleza  pública o privada, individual o colectiva, de quienes  los  producen,  facilitan,  suministran  o expiden” (artículo 1°).  Del  mismo  modo, con un texto similar al que posteriormente se adoptó en Argentina,  indica   que  “no  tendrán  la  consideración  de  consumidores  o  usuarios  quienes,  sin  constituirse en destinatarios finales,  adquieran,  almacenen,   utilicen  o consuman bienes o servicios con el fin  de  integrarlos en procesos de producción, transformación, comercialización o  prestación  a  otros”. (subraya la Sala)     

                           En compendio,  este  muestreo  legislativo,  que  coincide  con  la constante que se observa en  otros  ordenamientos,  permite  identificar  dos  directrices  básicas  para la  calificación    de    consumidor:    a).  la  posición  de  destinatario  o  consumidor  final  del  bien o  servicio;    y    b).   la  adquisición  o utilización de bienes o servicios con una finalidad ubicada por  fuera del ámbito profesional o empresarial.    

                              

5.            Así   las   cosas,  considerando  los  elementos  de  juicio que se han dejado reseñados, es inevitable afirmar que la  calidad  de consumidor – y la consecuente aplicación del estatuto – sólo puede  determinarse  a  partir  del examen detallado de las circunstancias subjetivas y  objetivas que rodean una relación específica.     

Por  ahí  mismo,  de  cara a la situación  fáctica  sometida  al  estudio  de  la  Corte,  resulta  forzoso  arribar a las  siguientes  conclusiones:  a).  Servicio  Aéreo  del  Vaupés  – Selva Ltda. – se constituyó como una sociedad  mercantil,  cuyo  objeto es “la explotación del transporte aéreo de carga”  (C.   1,   fl.  3);  b).  el  contrato  de  arrendamiento  de  aeronave  suscrito  entre la mentada sociedad y  Meruc   Aviation   Leasing   Corporation   tiene  naturaleza  mercantil  y,  por  estipulación  de  las partes, se  sometió a las leyes de la República de  Colombia  (C.  1,  fls.  11  –  26);  c). la  finalidad  que  la aerolínea perseguía con la celebración del  contrato  de  arrendamiento  era  procurarse  un  elemento  operacional  para el  desarrollo  directo  de su objeto social, sin que pueda afirmarse que aspiraba a  la   satisfacción  de  una  necesidad  personal,  pues,  contrariamente,  dicho  vehículo  era  empleado  por  la empresa demandante para ofrecer a terceros sus  servicios  profesionales  de  transporte,  constituyéndose,  como  tal,  en  un  proveedor  o expendedor, conforme lo menciona el literal b del artículo 1° del  Estatuto      del      Consumidor,      enantes      trascrito;     d).   la   aerolínea   no   obraba  como  destinatario  final  del  bien  utilizado,  por  cuanto el mismo era integrado o  incorporado  al  giro  ordinario de sus negocios; por este aspecto, no cabe duda  que  la  sociedad  se  comportaba  dentro  de  la  esfera propia de su actividad  profesional   o   empresarial   típica   o   propiamente   dicha;  e).  la  relación  jurídica y económica  tendida  entre  la sociedad demandante y la arrendadora – Meruc Aviation Leasing  Corporation  –  ,  que  no  se  revisa  en  este  proceso, o entre aquélla y la  propietaria  –  fabricante  del  avión,  sociedad  demandada en este proceso, –  Fabrica  Estatal  de  Aviación  de  Kiev  – , no puede ser considerada como una  “relación  de  consumo”,  al  no  ajustarse  a  las pautas previstas por la  legislación  vigente;  f). el  hecho  de  que  la  relación  entre las empresas demandante y demandada se haya  presentado  en el marco de su actividad profesional o empresarial, determina, en  principio,  que  no  haya  lugar a presumir o entender que la sociedad actora se  encontraba  en una posición de debilidad económica, informativa, técnica o de  cualquier  otro orden; en todo caso, aun si se presentara cualquier asimetría o  desequilibrio  en  una relación entre profesionales – que suele ocurrir -, ello  no  convertiría  per se a la  parte  débil  en consumidor, ni habilitaría la aplicación del régimen propio  de  ellos,  toda  vez  que  cualquier  situación  abusiva  que  pudiera darse o  cualquier  responsabilidad  en  la  que  pudiera incurrirse, como la derivada de  productos  defectuosos  que aquí se ha invocado, no quedaría desamparada, sino  que  simplemente  estaría  sometida  a  las normas generales, que no a aquellas  destinadas a los consumidores.   

6.           Al  descartarse la eventual vulneración  de  la  ley  sustancial, a la que, en últimas, debería conducir la acusación,  bien  por  la  vía  directa  o  la  indirecta,  emerge que los cargos no pueden  prosperar.   

V.          DECISIÓN   

Por  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República   y  por  autoridad  de  la  ley,  NO  CASA  la  sentencia  de  29 de marzo de 2001 dictada en este  asunto  por  la Sala Civil – Laboral del Tribunal Superior del Distrito Judicial  de Villavicencio.    

Costas a cargo de la recurrente. Tásense en  su oportunidad.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE    

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