SC 251 2005 [7895]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-251-2005 [7895]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado Ponente  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

Bogotá,  D. C.,  seis (6) de octubre de  dos mil cinco (2005).   

Ref.  Expediente  Nro.  7895   

                     Decídese el  recurso  de casación interpuesto por los demandantes contra la sentencia que el  10  de  agosto  de 1999 dictó la Sala Civil del Tribunal Superior de Medellín,  dentro  del  proceso  ordinario  reivindicatorio propuesto por ROBERTO JARAMILLO  CUARTAS,  LA  AGRIPINA,  JARAMILLO Y CIA S.C.A. y NEGOCIOS M.M.U.V. S.A., contra  LA ARBOLEDA LTDA.   

ANTECEDENTES   

                   1.              Ante  el  Juzgado  Sexto  Civil  del  Circuito de Medellín los referidos actores pidieron  que  se  les  declarara  titulares  del  “dominio  pleno  y exclusivo del bien  inmueble  que se relaciona en el hecho 1º de este libelo introductorio” y que  se  restituyera  el citado bien a sus verdaderos copropietarios, declarándose a  la  demandada  como  poseedora  de  mala  fe,  para  los efectos relativos a las  prestaciones mutuas.   

                             2.                      Estos  pedimentos  fueron  sustentados  en los hechos sintetizados a  continuación:   

                            Los  demandantes  son  propietarios,  en común y proindiviso, de un inmueble situado  en  Medellín,  en la fracción de Robledo, paraje o barrio el Coco, actualmente  sector  de  Calasanz  o  Floresta,  de  una  cabida  aproximada  de  42.000  m2,  distinguido  con  la  matrícula  inmobiliaria  001-693358  y  demarcado por los  linderos  allí  relacionados,  el que adquirieron en la sucesión de JUAN MARIA  COBALEDA  (muerto  en  1917),  según escritura pública 2820 del 28 de junio de  1996,  otorgada  en  la  Notaría Primera de Medellín, quien a su turno lo hubo  mediante  negociación  solemnizada por escritura pública No. 60 de enero 28 de  1887, de la Notaría Segunda del mismo lugar.   

                    Los herederos  del  citado  causante,  “en  cabeza  de  la  señora  ELENA RESTREPO ARANGO”  ocuparon  el  referido  inmueble,  habitando  una casa que se hallaba dentro del  mismo,  hasta  el  fallecimiento  de  la  interpelada (6 de septiembre de 1977),  siendo  continuadores  de  la  posesión  “por ministerio de la ley”, DIDIER  ALBERTO  y  EDUAR  YOBAN  OSPINA  RESTREPO,  a la sazón de 2 y 3 años de edad,  respectivamente.   

                     Se  agregó, en términos no muy claros,  que  la  posesión  ejercida  por  las  distintas  personas que han fungido como  herederos  del  señor COBALEDA, “es de las que la ley reconoce como posesión  inscrita  mediante  decreto  de  posesión  emanado  del  Juzgado  10  Civil del  Circuito”  (ello,  refiriéndose a providencia de agosto 13 de 1971), mientras  que  DIDIER  ALBERTO  y  EDUAR YOBAN no ejercitaron la material, pues pasaron al  cuidado  personal  de  la  abuela  AGRIPINA  ARANGO  DE  OSPINA, quien continuó  ejerciendo  actos  de  dominio,  entre  ellos, “numerosas ventas por documento  privado  que  reposan en poder de cada uno de los compradores, ventas que dieron  origen   y   conformación  al  contrato  de  sociedad  denominado  LA  AGRIPINA  S.C.A.”.   

                   Fallecidos los  hermanos  OSPINA RESTREPO, les sucedió en sus derechos la sobreviviente abuela,  quien  a  mediados  de  1994  recuperó  temporalmente la posesión del inmueble  ejercitando  entre  otros  actos de señorío el cercamiento del lote con adobe,  lo  que  dio  ocasión  a  que  la  demandada  fallidamente promoviera un primer  proceso  policivo  (por  ocupación  de  hecho).  Destruido posteriormente dicho  cerramiento  por  manos  criminales, hubo de hacerse uno nuevo con alambre, para  lo   cual  se  mandó  a  medir  el  lote  por  una  comisión  de  topógrafos,  circunstancia  utilizada  por  la  demandada  para   promover nuevo proceso  policivo,  esta  vez  con  éxito,  pues  obtuvo  la entrega del predio el 13 de  octubre  de  1996, por parte de la Inspectora 13 A, tratándose ese inmueble del  mismo perseguido en reivindicación.   

                     La demandada  es  poseedora  de  mala fe, porque habiendo adquirido un lote aledaño de cabida  inferior  al  área  que  tiene  construida,  se  apropió  del  terreno  de los  accionantes  recurriendo  al empleo de maniobras consistentes en la sustracción  de  piezas de protocolo notarial y falsificación de escrituras públicas (no se  mencionaron   en   la   demanda   incoativa),   utilizándolas   como   base  de  integraciones,   reloteos   y   aclaraciones  de  linderos,  hechos  puestos  en  conocimiento    de    la    justicia    penal,    sin   resultados,   hasta   la  presente.   

                             3.                      La  sociedad  accionada  contestó  la  demanda  oponiéndose  a las  pretensiones.   Propuso   como  excepciones  las  de  usucapión,  prescripción  extintiva y fraude procesal.   

                      Sostuvo que  carecen  de  claridad la demanda y sus anexos en cuanto a ubicación, linderos y  cabida  del  inmueble,  razón  por  la  cual  no  podía   aceptar  que el  perseguido   en   reivindicación  estuviera  en  su  poder;  que  los  linderos  expresados  en  la  escritura  No.  60  de  enero  28  de 1887, mediante la cual  adquirió  el  causante  un  predio  “de dos puchas”, no se determinaron por  planos,  calles ni carreras, habiéndose reproducido los mismos en el decreto de  posesión  efectiva  de  la  herencia dictado el 13 de agosto de 1971 y aseguró  que  la  escritura  8091  del  4  de diciembre de 1946, “sobre la cual basa el  demandante  todas  sus peticiones”, alude a un “lote de dos puchas de las de  ocho  plazas”  (fl.  191), cuyos linderos de las longitudes y especificaciones  allí  descritas  se  quisieron  actualizar con la escritura 2820 de 1996, en la  que  “se  excluyó de los linderos lo ya vendido mediante escrituras públicas  en  número  mayor  de  12”,  que no expresan la extensión ni los linderos de  cada fracción enajenada.   

            Añadió  que  “en  las  matrículas  inmobiliarias  que  el  demandante  incorporó  a  la  Oficina  de  Registro  de  Instrumentos,   ya   se  habla  de  otros  linderos”,  siendo  diferentes  los  mencionados   en   la  demanda,  así  como  la  ubicación  y  las  dimensiones  superficiarias  indicadas  en ella y destacó que por escritura 1015 de 1996, la  demandante  CASTRO MEJIA y CIA compró un predio a OLGA VANEGAS del que “no se  mencionaron  linderos,  sino  que se remitieron a la matrícula inmobiliaria No.  0030896”,  excluyéndose  el área correspondiente a la carrera 83 A Nos 49 DD  78/ 82, “sin determinarla”.     

                     Precisó que  no  se  pretendía  dueña  de  lote alguno de 42.000 m2, sino de dos, separados  entre  sí,  de  22.340  y  7.400 m2 y que el bien reclamado por los pretendidos  herederos  del  JUAN MARIA COBALEDA, es diferente del único que éste adquirió  en  1887,  “no  contiguo  del  que  han  poseído  desde tiempo ha, esto es un  pequeño  predio  distribuido o dividido entre varios comuneros, según el plano  elaborado  por  el Catastro Municipal que acompaño (el visible a fl. 178) y que  sólo  mide  872  m2”,  de manera que lo comprado por aquél no sería un solo  predio   sino   dos   discontinuos,   por  hallarse  separados  por  un  número  considerable de habitaciones de terceros.   

                       

                  Ya  en  sustento  de sus excepciones, alegó que había ejercido una  posesión  pacífica  e  ininterrumpida,  sumada  a  la  de sus antecesores, los  señores  Simón  y Josué Levy Levy, por más de 30 años; que los interpelados  adquirieron  varios  lotes  de terreno, acorde con las escrituras públicas 2209  de  1975,  326  y  327  de  1976,  todas  de  la Notaría Séptima de Medellín,  acumulando  una  extensión  que superó los 100.000 m2 y que los antecesores de  los   señores  Levy  Levy  adquirieron  esos  predios  según  dan  cuenta  los  folios   de  matrícula 001 249809 y 001 249811; que parte de esos terrenos  fueron  destinados  a  construir  urbanizaciones  de “alto costo”, con vías  asfaltadas,  calzadas, antejardines, parqueaderos, alcantarillados, etc., por lo  que  tuvieron  que  ceder,  gratuitamente,  más  de 38.000 m2 al Municipio; que  inclusive,  vendieron  a  terceros  otras  porciones de los terrenos previamente  adquiridos  y  que  la  sociedad demandada se constituyó por escritura pública  1081  de  julio  29  de  1981  de la Notaría 16 del lugar, mediante aportes que  respecto   de   partes   de   esos   terrenos   efectuaron   los  señores  Levy  Levy.   

          Sugirió  que  el  expediente alusivo al  proceso  de  sucesión  que  cursó ante el Juzgado 10 fue ocultado por la parte  actora  y  anotó  que  del  protocolo  de  la Notaría Cuarta fue sustraída la  matriz  de  la  escritura  8091  de  diciembre 4 de 1946, que hacía relación a  linderos  que  no  corresponden  al “lote de propiedad de la Arboleda ni a los  linderos  pretendidos  por  el  demandante ni a su ubicación ni extensión” y  que  en  los  últimos  años “se reabren procesos de personas fallecidas hace  muchos  años  con  títulos  de  dominio de difícil identificación para crear  conflictos y extorsiones”.   

   

                  4.        Culminó  la  primera  instancia con sentencia desestimatoria de las  pretensiones,   confirmada   por   el   juzgador   ad  quem  al  decidir  la  alzada  interpuesta  por  ambas  partes.   

LA   SENTENCIA   DEL  TRIBUNAL   

          Luego  de un breve preámbulo conceptual  acerca  de  la  acción  reivindicatoria  y la enunciación de sus elementos, el  juzgador  advirtió  que  en  este evento la carga de su prueba corre por cuenta  del actor, pasando a su examen en el caso de mérito.   

                       Sostuvo,    apoyándose   en   citas  jurisprudenciales  de  la  Corte  que,  tratándose  de inmuebles, el derecho de  dominio  debe  acreditarse  mediante  la  existencia  de  un  título y un modo.  Advirtió  que el aducido por los actores es la escritura pública 2820 de 28 de  junio  de  1996,  en  la  que  consta  la  adjudicación  hecha  en su favor, en  comunidad,  dentro de la liquidación de la sucesión de JUAN MARIA COBALEDA, en  relación  con  el  inmueble  que  se  persigue en reivindicación, es decir, el  descrito en el hecho primero de la demanda.   

                     En  lo tocante con la identidad del bien  pretendido  con  el poseído, concluyó que carecía de plena certeza. Reprodujo  al  efecto  las  reflexiones consignadas en el fallo de primera instancia acorde  con  las cuales a tal conclusión se arribaba en consideración a que el terreno  reclamado  por  los  actores,  de  42.000  m2, tenía un área superior a la que  conforman  los  dos  que,  separados  entre sí, posee la demandada (de 22.340 y  7.400  m2);  que  dada  su  extensión,  en  la  inspección  judicial  se dejó  constancia  de  la imposibilidad de identificar a plenitud el terreno reclamado,  cuya  titulación  se  remonta  al  año  de  1887; que acogía íntegramente el  dictamen   pericial   no  objetado  por  error  grave,  hallándose  en  él  la  apreciación  de  los  peritos acerca de que el terreno reclamado no es el mismo  que  detenta  la  demandada;  que el adquirido por JUAN MARIA COBALEDA, de quien  derivan  sus  derechos los actores, no coincide con el adquirido por la sociedad  demandada  por  cesión de sus socios Levy Levy, conclusión facilitada mediante  la  consulta  de  los planos, tanto de esta última propiedad, como de la que se  pretende  reivindicar;  que  el  inmueble  descrito  en  el auto que decretó la  posesión  efectiva  de  la herencia, documento utilizado como prueba dirigida a  clarificar   su   determinación   en  conjunto  con  los  demás  elementos  de  convicción,   según   los   peritos,   no  coincide  con  el  ocupado  por  la  demandada.   

                      El Tribunal  hizo  suyo  lo  dicho  por  el  juez a quo,  en  cuanto  destacó  el  concepto  negativo  dispensado  por los  auxiliares  de  la  justicia, con apoyo “en el plano obrante a folio 4, acerca  de  la  identidad  entre  el  bien poseído por la demandada y el descrito en el  auto  de  decreto  de  posesión  efectiva de la herencia, por virtud de la cual  afirmaron  los  actores  que  los  herederos  del  causante  JUAN MARIA COBALEDA  recibieron  la  tenencia  del  inmueble perseguido en reivindicación. Acotó el  sentenciador  que  “según  se  percibe  allí,  ambas  propiedades  están  a  considerable  distancia,  hecho  que refuerza la conclusión del juzgado”, con  lo  que concluyó que la acción de dominio no estaba llamada a prosperar porque  no  se  acreditó la identidad entre el bien pretendido por los demandantes y el  poseído por la demandada.   

LA    DEMANDA   DE  CASACION   

CARGO  UNICO   

                     Con  fundamento  en la causal primera de  casación,  se  denunció  la  infracción de los artículos 653, 654, 656, 665,  667,  669, 740, 745, 749, 756, 762, 764, 768, 946, 947, 950, 951, 961 a 964, 969  y  2322 del Código Civil, en consonancia con los artículos 43 y 44 del decreto  1250  de  1970,  a  causa de errores de hecho en la apreciación de las pruebas,  pues  el  Tribunal  no  dio por demostrado, estándolo, que el predio materia de  reivindicación  coincide con el descrito en el título de dominio, la demanda y  el  identificado  en  el  proceso; que fue adquirido por los actores como cuerpo  cierto  y,  en  cuanto  tal,  se  ejerció la acción reivindicatoria, y que ese  predio  se  hallaba  comprendido en el poseído por la demandada. En torno a los  aludidos yerros probatorios, sostuvo la censura:   

                        1.                       Fue  indebidamente  apreciada la escritura 2820 de 1996, mediante la  cual   adquirieron   los   demandantes   el  dominio  y  posesión  del  terreno  reivindicado,  instrumento  del que transcribió lo allí consignado en punto al  área  del  respectivo  terreno,  su localización y linderos y la constancia de  que  fue  adjudicado  “como  cuerpo cierto y hace parte del adquirido por Juan  María  Cobaleda  por  título  60  del  28  de enero de 1887 … inscrito en la  Oficina  de Registro Principal de Instrumentos Públicos el 31 de los mismos mes  y año, hoy bajo el folio real 001-0030896” (fl. 29).   

                             2.                      El  fallador  no  apreció  que  según  el dictamen, “el inmueble  descrito  en  el hecho primero de la demanda se identifica, aproximadamente, con  el  lote  de terreno que en el sitio está conformado …  (por la) Manzana  A  de  la  urbanización  “La  Arboleda”,  con  un  área  de  22.304 m2; el  excedente  de  la  Manzana C, con área de 7.448.50 m2; zonas verdes cedidas por  los  señores  Levy  Levy  al  municipio  de  Medellín; tramo de la carrera 86,  comprendido  entre  una  “quebradita  sin  nombre” y el conjunto residencial  Calasanz  Campestre,  con área de 2.400 m2 y, por último, terreno de 1.920 m2,  comprendido  entre la margen izquierda de dicho afluente innominado y, propiedad  de  las  EPM  y  la  calle  50  A,  fracciones de terreno cuya superficie total,  expresaron  los  expertos,  era de 38.126.50 m2., área muy próxima a la que en  la   demanda   incoativa   se  atribuyó  al  predio  en  disputa.                       

                       Según la  escritura  2209 de 1975, los señores Levy  Levy “adquieren un predio con  linderos  comunes  objeto  de  actualización  ulterior,  conforme a la cual, el  inmueble  en  uno  de  sus  linderos  linda  (sic)  con  la  calle  50  C  y una  quebrada”,  denominada  “La  Mina”  en  las  escrituras 326 y 327 del 4 de  marzo  de  1976, en las que igualmente se cita como lindero la mencionada calle.  Agregó  que  a  pesar  de  lo  anterior,  en la escritura 326 se determinan los  siguientes  linderos: “por el frente o sur en línea  quebrada   en   una   extensión  de  183  mtrs  con  la  calle  50C;  gira  al  norte  en  una  extensión de 64 mtrs. Lindando con los  lotes  que son o fueron de Arturo Jaramillo, Hernando Jaramillo, Jesús Gracia y  P.  Cardona, gira al este en 36.50 mtrs., al sur en 57 mtrs, al este en 9 mtrs.,  al  norte  en  28  mtrs.;  por  el  sur  con la calle  50C;…  por  el  este  en  104 mtrs. Con propiedad de  Empresas  Públicas  de  Medellín;…por  el  oeste  en  línea quebrada en una  extensión   de  416.80  mtrs.  Con  la  quebrada  La  Mina…”  (subrayas tomadas de la demanda, en la que  hay salvedad acerca de que son de la parte recurrente).   

                  De  la  escritura 327 dijeron los inconformes que en la partición y  adjudicación  efectuada  a las vendedoras en la liquidación de la sucesión de  JOSE  MANUEL  ESTRADA  SIERRA,  junto con otros bienes se les adjudicó la finca  denominada  “El  Coco”,  determinada  así  “por  el frente que da al sur,  partiendo  de  una  quebradita  que  parece  tiene  el  nombre de La Mina”, en  lindero  con  Jesús  Alvarez, con la calle 50C, hasta encontrar lindero en muro  de adobe con Laura Jaramillo…”   

                            Por  consiguiente,  agregaron,  “resulta  evidente e incontestable la ubicación de  estos   inmuebles   en  la  parte  posterior  del  lote  objeto  de  la  acción  reivindicatoria,  al  lado  de  la  Calle  50  Colombia y en la ubicación de la  Estación  de  Energía de las Empresas Públicas de Medellín, lindero común a  todos  los  inmuebles, ubicación que conforme a la testimonial de Darío Marín  Jaramillo  y  Zoe  Arango  Hincapié, al referir a una casa antigua habitada por  una  persona y donde funcionaba un estadero de nombre La Cabaña de Juaco o Casa  Verde  y donde posteriormente dicen funcionaron las oficinas de la constructora,  no corresponde a la indicada en los títulos escriturarios”.   

                             4.                      Igualmente,  la  censura  denunció  la falta de apreciación de los  testimonios  de  Alberto José Hernández Estrada, Gabriel de Jesús Barrientos,  Uriel  Peñuela Garzón, Zoe Arango Hincapié y Darío Marín Jaramillo, pues no  vio  el  juzgador  que  todos  ellos  sitúan el bien materia de reivindicación  dentro   del   detentado   por   la  demandada.  Reprodujo  fragmentos  de  esas  exposiciones  y  expresó  acerca  de  los  deponentes,  que “por conocimiento  directo    y    personal    ubican    el   inmueble   objeto   de   litis,  en  el  sitio  donde existen unos  palos  de mango y cerca de una casa donde vivía la señora con dos niños, como  lo declara Peñuela Garzón”.   

                     Un análisis  más  profundo  de  todo  el  acervo  probatorio, prosiguió, hubiera llevado al  Tribunal  a  no  soportar  lacónicamente su fallo en “la muelle premisa de la  falta  de  identificación  del  predio,  pues dados los evidentes cambios en la  conformación  del  terreno  por  los  avances  en  el  desarrollo físico de la  ciudad,   la   identificación   así   fuese   parcial,   del  bien  objeto  de  reivindicación  en  manos  del  demandado, de lo cual dan cuenta las diferentes  piezas  procesales,  hubiera  permitido  la  prosperidad de las pretensiones”,  ello  teniendo  presente, además, que la clase de excepciones propuestas por la  pasiva  “implican  de  suyo  el  reconocimiento de derechos en la contraparte,  pues  propusieron  nada  más  ni  nada  menos  que prescripción adquisitiva de  dominio  y la extintiva de las acciones frente a un demandante que no consideran  el  legítimo propietario del predio que se les disputa”, con lo que resultaba  irrelevante  que  al  oponerse a la reivindicación, la demandada hubiera negado  estar poseyendo algún predio de la parte actora.   

                     Por último,  expresó  que  se  acreditó  que  el  bien  perseguido  en  reivindicación  se  adquirió  como  cuerpo  cierto  y que estando identificado por cuanto que “el  mismo  dictamen  pericial  rendido  dentro del proceso es concluyente al indicar  que  el  mismo  se comprende e identifica aproximadamente con el lote de terreno  de  38.126.50 m2”, resulta claro que debió prosperar la acción de dominio en  la  parte  plenamente  identificada  y coincidente con la adquirida por la parte  actora  “e  individualizada con base en esta probanza, la cual se complementa,  sin  duda con los testimonios y títulos escriturarios de dominio, reseñados en  precedencia”,  de  donde  emergía la incidencia del denunciado yerro fáctico  en la combatida decisión judicial.   

SE  CONSIDERA   

                 1.                         De   entrada  cumple  decir  que  la  sentencia  impugnada  revela  una  actitud  un  tanto  ajena  a  la que el legislador quiso  imponer  a los jueces al consagrar el precepto contenido en el artículo 304 del  C.  de  P.  C.,  palpable en la medida en que el Tribunal no acometió una labor  dialéctica  propia,  tendiente  a  evaluar  el  poder  de convicción que en su  ánimo  le  producían los elementos de juicio obrantes a folios, sino que optó  por  reproducir  los  de  la juez de primera instancia. Dentro de tan particular  esquema  de  acción,  es  de entender que el prohijamiento de los argumentos de  orden   fáctico   expuestos   por   el   juzgador  a  quo, determina que sean estos los soportes principales  de la decisión combatida.   

                     2.          Es preciso destacar, en todo caso, que el  fundamento  de  la  denegación de la pretensión reivindicatoria avalado por el  juzgador  de  segunda  instancia estribó principalmente en la consideración de  que  no se satisfacía el requisito de la identidad entre el bien pretendido con  el  poseído,  conclusión  a  la  que  llegó  con  soporte  en varias premisas  cardinales.  Con  todo,  la censura olvidó extender su ataque claro y concreto,  debidamente  ajustado a las pautas de orden técnico que caracterizan el recurso  de  casación,  con relación a algunas de las aludidas circunstancias, las que,  aun  asumidas  en  forma  individual  –y  tomadas  en  conjunto,  con más veras-, revisten la contundencia  requerida  para soportar la decisión impugnada, proceder omisivo del recurrente  que  sin  duda  trunca  el  éxito  de  la  impugnación,  pues  en virtud de la  naturaleza  eminentemente  dispositiva  del  recurso de casación, el ámbito de  acción  de  la  Corte  será el demarcado por el inconforme al sustentarlo, sin  que  le  sea  dado  a  ésta  abordar, a manera de juez de instancia, el estudio  integral del fallo recurrido.   

                    En  el  contexto  así  descrito,  es  necesario  reparar en que las  referenciadas  premisas guardan relación directa, vigorosa e indiscutida con la  conclusión  obtenida  por  el fallador, por manera que si no fueron combatidas,  no  hay  forma  de excluir la deducida ausencia de identidad. Desde luego que si  se  debe  tener por cierto (en la medida en que quedó por fuera del reproche de  la  censura),  que  en la diligencia de inspección judicial ni siquiera se pudo  identificar  el  predio materia de la misma; que los peritos dedujeron que entre  el  terreno  perseguido  en  reivindicación  y el detentado por el demandado no  existe  relación  alguna en el sentido de que el uno corresponda al otro o haga  parte   de   él,   conclusión  a  la  que  también  llegó  el  sentenciador,  soportándose,  además,  en  el  contenido  de  unos  planos,  y que tampoco se  acreditó  la  identidad  entre  el  predio  sobre  el que recayó el decreto de  posesión  efectiva  de  la  herencia y el detentado por la demandada, no habrá  manera,  entonces,  de asumir, con soporte en las argumentaciones esgrimidas por  los  recurrentes en su única acusación -en un todo irrelevantes, como se verá  después,  y  que  no encarnan un ataque puntual y directo contra las comentadas  apreciaciones  del  Tribunal-, que en el fallo de segunda instancia se incurrió  flagrantemente  en  error de hecho que llevó a deducir, sin haber lugar a ello,  la   ausencia   del   sustrato   de   hecho   de   uno  de  los  requisitos  que  indefectiblemente  demanda  el  éxito  de  la  acción reivindicatoria, ello de  conformidad con los artículos 946, 950 y 952 del Código Civil.   

                    Tampoco  olvida  la  Corte  que  aunque no con la claridad deseada y  luego  de  reprochar  al  Tribunal por no haber deducido la identidad del predio  materia  de  controversia  judicial  en  la  forma  como lo planteara la actora,  sostuvo  la  censura, según pudiera concluirse de la sustentación de su queja,  que  por  el  hecho  de que la demandada formuló la excepción de prescripción  adquisitiva  de  dominio  sobre  ese inmueble, el juzgador debió deducir que la  opositora  confesó  lo  atinente  a  la  identidad  que  echó  de menos cuando  confirmó  el  fallo de primera instancia. No discute la Sala que normalmente la  formulación  de  una excepción del talante aludido por los inconformes reporta  el  efecto  por  él invocado, lo cual, sin embargo, no lo beneficia, por ser lo  cierto  que  en  el  asunto  sub examine, el  demandado  fue  enfático  y reiterativo cuando, al contestar la  demanda,  negó  que el predio por él detentado correspondiera al adquirido por  Juan  María  Cobaleda  en  el  año  de  1887  o  al  adjudicado  a  los  ahora  accionantes,  en  junio de 1996, de donde no cabría hacer derivar la pretendida  confesión  judicial,  con apego a los artículos 195 y 197 del C. de P. C., por  no  emanar  ésta de una manifestación inequívoca cual lo exige el ordinal 4º  de la primera de las recién citadas disposiciones.   

                     3.          Ahora,  así  se  asumiera, en gracia de  discusión,  pues  no  fue  así,  que la acusación en estudio fue redonda y no  dejó   de  extenderse  a  alguna  apreciación  del  Tribunal  que  ostente  la  virtualidad  requerida  para  soportar,  por  sí misma, la combatida decisión,  habría  de  observarse que en todo caso, la demanda de casación tampoco estaba  llamada a tener éxito, como pasa a explicarse.   

                      Aunque  el  Tribunal  echó  de  menos  el requisito de identidad de los lotes, bien miradas  las  cosas,  sus reproches despuntan en que no existe título que acreditara que  en  cabeza  de  quienes  conforman la parte actora, radicaba el dominio sobre el  bien  perseguido  en  reivindicación,  a  la  sazón,  el  que  “adquirió LA  ARBOLEDA,  por cesión de sus socios LEVY” (fl.  20 vto), en virtud de la  titulación  aducida por la sociedad demandada. Fuerza es, entonces, memorar muy  sucintamente,  que  el éxito de la acción reivindicatoria impone al demandante  la  acreditación  de su condición de propietario, la que debe demostrar frente  al  demandado  poseedor,  ello  con  miras  a aniquilar la presunción legal que  protege  a  este  último (art. 762 C. C.), debiendo acometer esa carga procesal  de  tal manera “que sus títulos desvirtúen la presunción legal que favorece  al  poseedor y por eso tal título debe abarcar un periodo más amplio que el de  la  posesión”  (sent.  de  julio 26 de 1986). Memórese al respecto que en la  demanda  incoativa se relató el otorgamiento de la escritura pública No. 60 de  1887  que  instrumenta  un  contrato  de  compraventa,  en el que como comprador  fungió  el señor JUAN MARIA COBALEDA y que los libelistas quisieron prevalerse  de  la  titulación contenida en ese documento notarial, en especial, por cuanto  figura  inscrita  en  el folio de matrícula 001 30896, el matriz de aquel donde  se  registró  la  adjudicación  protocolizada  con  la escritura 2820 de 1996,  el   001  693358,  y  por cuanto los derechos de dominio por ellos aducidos  devienen del mencionado señor COBALEDA.   

          Sobre  este  tema, bueno es resaltar, de  una  vez,  que  como a folios no obra copia de esa escritura 60 del mes de enero  de  1887,  no  podría  darse por acreditada la existencia de la negociación en  ella   contenida,   circunstancia   que,   per   se,  imposibilitaría  el  avizorado propósito de la parte  actora.   

                       No en vano, al ocuparse de la carga de la  prueba  del  dominio  que gravita sobre quien ejerce la acción reivindicatoria,  la  Corte  ha  precisado,  de antaño, que “cuando la acción en comento verse  sobre  inmuebles,  ese  deber  probatorio sólo se logra, según lo imperado por  los  artículos  745,  749  y  756 del Código Civil; 43, 44 del Decreto 1250 de  1970,  y  253,  256  y  265  del  C.  de  P.  C.,  mediante la escritura publica  debidamente  registrada, o el titulo equivalente a ella, con lo cual caracteriza  su  mejor derecho que el demandado a poseer la cosa” (sent. de 14 de diciembre  de  1977),  y  que,  “por  tanto, “la prueba de un  título  sobre  inmuebles,  sometido  a  la  solemnidad  del  registro, no puede  hacerse  por  medio  de  una  simple  certificación del registrador”,  desde luego que ésta se constituirá en la  “prueba de  haberse  hecho  la  inscripción del titulo, pero no demuestra el título en sí  mismo,  cuando  este  ha  de acreditarse, lo cual solo puede hacerse mediante la  aducción  del  propio  título, esto es, de su copia jurídicamente expedida”  (sent.  de 12 de febrero de 1963, reiterada en sents. de 6 de mayo de 1998, 9 de  diciembre  1999,  exp.  5352,  y más recientemente, el 16 de diciembre de 2004,  exp. 7870).   

          No   sobra  destacar  que  los  demandantes  se  encontraban  en  la  necesidad  de  remontarse  a  ese  título  (la  escritura 60 de 1887) porque la  sociedad  demandada  alegó  y  demostró  una posesión anterior a la escritura  2820  de  1996  con  lo que pretendían acreditar el supuesto derecho de dominio  que tienen sobre el predio en litigio.   

                  4.        Pero  aún  haciendo  caso  omiso  de  la  no  aportación,  en este  proceso,  de  la  referenciada  escritura  primigenia (la No. 60 del 28 de   enero  de  1887),  sería  forzoso reparar en que el dominio que los demandantes  dijeron  haber  adquirido  sobre el predio materia de litigio quedaría en serio  entredicho,  no  obstante  que fue inscrita en la respectiva Oficina de Registro  la  transferencia  de  derechos de dominio instrumentada en la escritura 2820 de  1996  y  aludir  ésta  al  predio  descrito  en  la  demanda, puesto que si los  demandantes  quisieron  prevalerse de su derecho de dominio, remontándolo hasta  el  mes de marzo de 1887, habría de colegirse que el predio que la parte actora  pudo  haber  obtenido  con  ocasión  de la partición contenida en la escritura  2820,  debería  corresponder  al  comprado por el señor COBALEDA a finales del  siglo  XIX,  tanto  por  su  ubicación,  como  por  sus linderos y el área que  aproximadamente  comprende,  sin perjuicio, claro está, de la actualización de  la  información  atinente a estos temas, con ocasión de los cambios inherentes  al prolongado tiempo transcurrido desde entonces.    

                     En  el  descrito  orden  de  ideas, debe  tenerse  en  cuenta,  además,  que  en  la  demanda  de  reivindicación  no se  mencionó  siquiera  que  el terreno habido por el señor COBALEDA en el año de  1887  hubiera  incrementado  su  extensión (y menos en forma tan considerable),  con   motivo   de   englobamientos,   accesiones  u  otros  actos  jurídicos  o  circunstancias  similares,  y  que  en  los  referenciados  folios de matrícula  inmobiliaria  brillan  por  su  ausencia  anotaciones  en  tal  sentido.  Por el  contrario,  la  extensión  del predio que habrían adquirido los demandantes en  virtud  de  la escritura 2820 de 1996, estaría comprometida, en grado sumo (tal  vez  total),   como quiera que allí se hizo expresa “exclusión” de un  lote  de  terreno,  el  afectado  con  las  “ventas”  instrumentadas  en las  escrituras  públicas  que  con dicho fin allí fueron relacionadas (c. 1, fls 5  vto  y 6), debiéndose precisar que esas supuestas ventas recaen, al menos en su  mayor  parte,  sobre  derechos de cuota, según distintas anotaciones que fueron  inscritas en el folio de matrícula 001 30896.    

                    De  otra  parte, en armonía con algunas de las apreciaciones de los  peritos  que  no  fueron  objetadas  en su momento, ni tampoco atacadas ahora en  casación,  el  “solar”  comprado  por JUAN MARIA COBALEDA en enero de 1887,  “es  el  que  se  encuentra  hoy situado dando frente a la carrera 83 A, antes  camino  real  que  giraba  para  el  Salado”, identificándose plenamente este  terreno  con  el que “todos en la zona” conocen como “de los Cobaledas”,  ubicado  en el costado occidental de la carrera 83 A, a 70 metros de la calle 49  E y a 30 metros de la calle 49 DD.    

         

                     Sobre este predio “de los Cobaledas”,  también  aseveraron los peritos, sin que los actores repudiara tal conclusión,  que   tenía   una   cabida   aproximada  de  872  m2  y  que  en  la actualidad se encontraba dividido en 11  propiedades,  de  donde no deja de parecer extraño que el predio asignado a los  demandantes  en  virtud  de la adjudicación instrumentada con la escritura 2820  de  1996,  no sólo se presentara como ajena al inmueble “de los Cobaledas”,  dada  la  exclusión  que  al  respecto se efectuó en el trabajo de partición,  sino  que  recayera  sobre  un  terreno  con  cabida  enormemente superior, para  alcanzar  los  42.000 ms2 que  se  anunciaron  en el hecho primero de la demanda de reivindicación, o siquiera  la  cifra de 38.126.50 m2 que respecto del mismo predio calcularon los expertos.   

                    Conviene  anotar,  en adición a lo dicho, que amén de precisar que  el  vocablo  “solar”  refiere  a “un lote pequeño sin edificar”, de una  cabida,  normalmente,  entre  300  y  1200  m2; que hasta la tercera década del  siglo  anterior  se  utilizó  la  palabra  “pucha”,  como 1/16a parte de un  “almud”,   equivalente   éste   a  media  fanegada,  de  donde  cada  pucha  correspondía  a  menos de 202 m2; que cuando se hacía alusión a un predio muy  pequeño,  se  decía  “ese  terreno  será  de una o dos puchas”, y que, en  resumen,   dos  “puchas”  equivalían  a  403,72  m2  (c.  4, fls. 39 y 40), recabaron los peritos, ante  la  solicitud  de aclaración elevada por los demandantes, que “pucha”, como  medida  superficiaria  otrora  profusamente  usada  en Antioquia y el “antiguo  Caldas”,  no  es  una  finca,  ni  una cuadra, ni una plaza, ni una hectárea,  “sino  mucho menos que eso”, según la equivalencia atrás aludida, lo cual,  ni  de  lejos,  implicaba  que  se  tratara  de  una  medida inexacta (fls. 59 y  60).   

                    5.        Al  punto  vale la pena acotar que con la escritura 2820 de 1996, se  quiso  “actualizar  los  linderos,  descripción  y  cabida  del  único bien relicto inventariado” (c. 1,  fl.  9),  trayendo a colación, para ello, a la escritura pública 8091 del 7 de  diciembre  de 1946, según la cual, el área de ese terreno era “de dos puchas  de  tierra  de las de ocho plazas cada una”  (lo  resaltado constituye una adición al texto de la escritura  primigenia),  tal y como reza en copia de la misma que figura a folios 186 y 187  del  mismo  cuaderno, propósito que no puede encontrarse atendible, entre otras  cosas,  porque  en  el  texto  de  ese  documento notarial, ni en ninguno de los  demás  que  invocó  la  parte  actora,  se  ilustra  sobre  las razones de esa  modificación  o  sobre su equivalencia con la superficie que al mismo predio se  asignó en la escritura 60 de 1887.   

                    Bastan  las  reflexiones anteriores para concluir en que el cargo no  prospera.   

                    En mérito de  lo   expuesto,   la   Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  casación  Civil,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia  del  10  de  agosto  de 1999, dictada por la Sala Civil del  Tribunal  Superior  de  Medellín,  dentro  del  proceso ordinario propuesto por  ROBERTO  JARAMILLO  CUARTAS,  LA  AGRIPINA,  JARAMILLO  Y CIA S.C.S., y NEGOCIOS  M.M.U.V. S.A., contra LA ARBOLEDA LTDA.   

                    No se condena  en  costas  del  recurso  extraordinario al señor JARAMILLO CUARTAS, a quien la  Corte  benefició con un amparo de pobreza (fls. 67 a 70 de este cdno), pero sí  a  sus  litisconsortes,  las  sociedades  LA  AGRIPINA,  JARAMILLO Y CIA S.C.S y  NEGOCIOS M.M.U.V. S.A., como es de rigor. Liquídense.   

                       Cópiese,  notifíquese y en su oportunidad remítase a la oficina de origen.   

EDGARDO   VILLAMIL  PORTILLA   

MANUEL  ISIDRO  ARDILA  VELÁSQUEZ   

JAIME  ALBERTO  ARRUBLA  PAUCAR   

CARLOS IGNACIO JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO  OCTAVIO  MUNAR  CADENA   

SILVIO  FERNANDO  TREJOS  BUENO   

CESAR  JULIO  VALENCIA  COPETE   

   

    

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