SC 254 2005 [7602]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

SC-254-2005 [7602]

      

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado Ponente  

Pedro Octavio Munar Cadena  

Bogotá Distrito Capital, veinticuatro (24) de  octubre de dos mil cinco (2005).   

REF.-         Expediente No. 7602   

                    Se decide por  la  Corte  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto  por la parte  demandante  contra  la  sentencia  del 19 de noviembre de 1998, proferida por la  Sala  Civil – Familia del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Santa  Marta,   dentro   de   los   procesos  ordinarios  acumulados,  adelantados  por  AMPARO  PALOMINO  DE  BAQUERO,  MARIO  DE JESUS BAYONA  CANO,  ELAISA  GALVÁN  MENDOZA,  TULIO  MOSCOTE  FRAGOZO,  ELBA  ROSA  RUDAS DE  BARRIENTOS,  HELEN  TRIBIN DE DIAZGRANADOS, GLORIA AMPARO CAMACHO AGUADO, CARMEN  MANUELA   REDONDO   GOMEZ,   ERLINDA   ELIZABETH  GOMEZ  CASTRILLÓN,  frente  al BANCO POPULAR (Sucursal Santa  Marta).   

ANTECEDENTES   

                             1.  Correspondió  al  Juzgado Tercero Civil del Circuito de Santa Marta decidir los  procesos,  ordinarios  acumulados,  adelantados por los anteriormente reseñados  demandantes,  los cuales, en escritos de carácter facsimilar, impetraron que se  declarase  a  la  entidad  demandada  responsable  de los daños que sufrieron a  raíz  de  la  pérdida  de  las  distintas joyas que le entregaron en garantía  prendaria   y   que   cada   uno   de   aquellos   individualizó.   Reclamaron,  subsecuentemente,  que  se le condenase a pagar las sumas de dinero que cada uno  de  ellos  puntualizó,  equivalente  al  valor  de  las  alhajas extraviadas o,  subsidiariamente,  el  mayor valor que se demostrase en el proceso, junto con la  corrección  monetaria  del caso y los intereses moratorios causados desde “el  día  de  la exigibilidad” y hasta el día del pago. Finalmente, reclamaron la  indemnización de los perjuicios morales padecidos.   

                       2.  Tales  pedimentos  se encuentran apuntalados en supuestos fácticos de similar talante,  motivo por el cual pueden condensarse del siguiente modo:   

                            Los  demandantes   solicitaron  al  Banco  demandado  diversas  sumas  de  dinero  en  préstamo,  habiendo  entregado  en  garantía,  cada  uno  de ellos, alhajas de  distinta  clase  y  valía,  y  cuyo  precio fue avaluado unilateralmente por un  perito designado por aquél.   

                    Las referidas  joyas  fueron  hurtadas  durante los días 18 y 19 de agosto de 1990, sin que se  violentaran  las  puertas  de  acceso,  ya  que se usó la llave legítima de la  puerta  principal  del  Banco,  además  que no hubo servicio de vigilancia y el  sistema  de  alarma  de encontraba desactivado; así mismo, por esos  días  se  venían realizando trabajos de mantenimiento al equipo de aire acondicionado  pero  por  falta  de  un  repuesto se suspendió su ejecución durante los días  antes  mencionados,  situación  informada  al gerente de la entidad, a quien la  policía  le  comunicó,   la  noche del 19 de agosto del año en cita, que  había  ruidos  y movimientos extraños en el interior de las dependencias de la  entidad  financiera,  a  lo  cual  respondió  que se debían a los trabajos que  allí  se  estaban  realizando,  omitiendo  así  trasladarse  a  dicho  lugar a  percatarse de  lo que acontecía.   

El  ilícito  se  produjo  por  la  conducta  negligente  de  los  directivos  del Banco, de ahí que éste no pueda eludir su  responsabilidad,  máxime  que  se  pagó  el  bodegaje  de  los bienes dados en  prenda,  situación que impone al depositario o tenedor de ellos responder hasta  de la culpa leve.   

                       La  parte  demandada  le  comunicó  al  demandante  que  el  extravío de las joyas había  ocurrido  sin  su responsabilidad, invitándolo, junto con los demás afectados,  a  recibir  el  valor  de  los  avalúos consignados en los pagarés, el cual es  irrisorio  y  no  considera el trabajo del orfebre, ni la calidad intrínseca de  la  prenda,  el  valor  de las piedras preciosas y las demás circunstancias que  resaltan su verdadero valor pecuniario o comercial.   

                      3. El Banco  demandado  contestó  de  manera semejante todas las demandas, aceptando en cada  caso  la  existencia  del  mutuo  y  de  la  prenda  con  tenencia de las joyas,  puntualizando  que  el avalúo de las mismas fue practicado por un perito de esa  entidad   “en  presencia  y  con  aquiescencia”  de  los interesados, y  admitiendo  que  luego  de  la  pérdida de las joyas puso a disposición de los  afectados  el  valor  tasado  en  el respectivo avalúo, mediante cheques que no  fueron  retirados  por  ellos.   Propuso,  así  mismo, las excepciones que  denominó    “fuerza   mayor   o   caso   fortuito”,   “ausencia   de  culpa”   y  “cumplimiento del contrato”, las cuales fundamentó,  en  síntesis,  en  que  sus  instalaciones  están  resguardadas con especiales  cerraduras  de  seguridad  y complejos sistemas de alarmas que las comunican con  la  policía;  que su bóveda está protegida con una placa refractaria al calor  y  dispone  de un  “reloj triple cronométrico”, un reloj temporizador,  detectores  de  temperatura  y  sensores  magnéticos,  entre  otras  medidas de  protección,  amén  que  el  robo  se produjo por hechos imputables a terceros,  quienes  violentaron  varios  de esos mecanismos y desconectaron algunas de esas  alarmas.   

                   4. Habiéndose  acumulado  los  procesos  y una vez agotado el trámite de la primera instancia,  el  fallador  puso  fin  a  la  misma  mediante  lacónica  sentencia  en la que  desestimó   las   pretensiones  de  los  demandantes,  determinación  que  fue  confirmada  por  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Santa Marta por  medio de la decisión ahora recurrida en casación.   

LA SENTENCIA RECURRIDA  

                     El Tribunal,  luego  de  cerciorarse  de la similitud del asunto sometido a su examen con otro  decidido  por  esa  Sala,  reprodujo extensamente la determinación adoptada con  anterioridad,  sin  detenerse  a  efectuar  las  diferencias  fácticas  de cada  caso.   Y  como  quiera que esta es toda la motivación de la sentencia, es  menester referirse a la aludida transcripción.   

                    En ese fallo,  el   sentenciador   precisó   que   el  litigio  versa  sobre  una  pretensión  indemnizatoria   derivada   del   presunto  incumplimiento  de  una  obligación  contractual  de  mutuo,  garantizada  por  un  contrato  accesorio de prenda con  tenencia,  respecto  del  cual  no  se ha alegado  “decisión de parte ni  resolución  de ineficacia judicial”, motivo por el cual debe aceptarse que no  ha  sido anonadado y, en consecuencia las partes y los juzgadores deben atenerse  a  su tenor. Seguidamente refirió los presupuestos exigidos para el surgimiento  de  la  responsabilidad  por  incumplimiento  o  cumplimiento  defectuoso de los  contratos.   

                     Infirió que  se  demostró  la  existencia  del  contrato principal de mutuo, garantizado con  otro  accesorio de prenda, consistente en la entrega de unas joyas como respaldo  de  la  obligación  principal  de  préstamo  dinerario,  según los documentos  adosados  a la demanda y a la contestación de la misma y su marco legal general  de condiciones establecido en el manual prendario.   

Refiriéndose al contrato de prenda, del cual  dijo  que era real, accesorio y bilateral, puntualizó que la  “principal  obligación”   del  deudor  era  la  entrega  de la cosa dada en prenda y  luego  la  de  pagar  el préstamo para obtener la restitución de aquella, pues  según  el  inciso  segundo  del  artículo  2418 del Código Civil, el acreedor  tiene  la  obligación  de  restituir  la  cosa de serle satisfecho el crédito;  mientras  tanto  debe guardar y conservar la prenda, como buen padre de familia,  so  pena  de responder de los deterioros sufridos por ésta, a causa de su culpa  (artículo  2419  ídem),  normas estas que considera aplicables en razón de la  remisión contenida en el artículo 822 del Código de Comercio.   

                       Luego  de  encontrar  estructurado  el  primer  presupuesto,  puso  de  relieve  que  en la  cláusula  sexta  de  la  solicitud  de pagaré y contabilización del préstamo  prendario   se pactó que  “’en  caso  de pérdida de la prenda el Banco sólo responderá por el  avalúo     que     el     cliente    acepta    en    el    presente’  …”,  así  como  también que, de  acuerdo  con lo dispuesto en el artículo 2421 del Código Civil, la obligación  de  restituir  la  cosa  dada  en  prenda  surge  una  vez  el deudor cancele la  totalidad  de  la  obligación  principal,   siendo esto lo que acontece en  situaciones  normales.  Empero, es distinto cuando   “surgen eventos  abruptos,  groseros  y  extralegales,  –  e  incluso  extracontractuales  –  que  aniquilan  el  contrato  como  fue  la  pérdida  de  las  joyas empeñadas como  producto  de  un  robo  en las instalaciones del Banco Popular acaecido el 19 de  agosto  de  1990”,  pues  esa  circunstancia  genera  un  cambio radical en la  relación  sustancial contractual que  “no permite hallar la solución en  nada   diferente   al   contrato   mismo,   como   expresión   máxima   de  la  autorregulación  particular  de  su  voluntad  y  para concluir acudiendo a las  normas  supletorias sobre el tópico”.  La pérdida, por cualquier causa,  del  bien  dado  en  garantía,  extingue el derecho de prenda (art. 2431 C.C.),  dando  lugar  a  las  restituciones  acordadas  en  la misma convención o en la  ley.   

Puso de presente que la discusión litigiosa  se  centra   en  que el actor exige la indemnización por la pérdida de la  cosa,  por confluir la culpa del acreedor al no tomar las medidas adecuadas para  guardar  y  conservar las joyas como un buen padre de familia.  A su vez el  Banco pretende exculparse alegando fuerza mayor o caso fortuito.   

Para  establecer  si  hubo  negligencia  del  Banco,   prosiguió,   debe   recordarse   que   el  artículo  63  ibídem,  clasifica  la  culpa  en grave,  leve  y levísima. En consecuencia, como por mandato del artículo 2419 del C.C.  el  acreedor  es obligado a guardar y conservar la prenda, como un buen padre de  familia,  es  claro  que  responde  de  la culpa leve, aserto que halla su   “perfecto  encuadre  jurídico”   en  el  artículo  1604  ibídem  que  señala  que  el  deudor es  responsable  de  la  culpa  leve  en  los  contratos que se hacen para beneficio  recíproco de las partes, como lo es el contrato analizado.   

       

                   Consideró que  la  culpa  atribuida  al  Banco  tenía  que  analizarse de cara al hurto en que  desaparecieron   las   joyas   y,  para  ello  entró  a  estudiar  el  material  probatorio.   Así,   destacó  que  en  la declaración trasladada de  Marina  De  Andreis  De Berrío se refirió el cuidado desplegado por el jefe de  la  Sección  Prendaria  del  Banco, quien aseguraba diariamente las joyas en la  bóveda  destinada  para  el efecto, la cual tenía un sistema de alarmas que no  funcionó.  Del  testimonio  de  Tesio  Caputo  Carlomagno,  avaluador  del ente  bancario,  resaltó que éste afirmó que la entidad financiera tiene sistema de  alarma  y  su  edificación  brinda  la  suficiente seguridad para preservar los  bienes  entregados  en  custodia.   Añadió  que  la  mayor  precisión  y  claridad  sobre  la  seguridad de las joyas está en la testificación de María  Elvira  Lacouture  de  Arias,  quien aseveró que la sección prendaria tenía 2  cajas  donde  se  guardaban  las  prendas: la auxiliar, donde se depositaban las  cosas  recibidas  cada  día,  y la principal, a donde posteriormente se pasaban  cuando  ya  no había despacho al público, la cual disponía de un reloj triple  cronométrico  y un temporizador conectados con el sistema de alarmas del Banco,  los  que eran programados por el jefe de la división comercial e inmediatamente  se  cerraba  la puerta quedaban conectados a la alarma. Agregó la deponente que  esa  caja  tenía  en su parte externa una caja de clave que era manejada por la  jefe  de división Marina de Andreis y que ella tenía las llaves del dial de la  clave.   

                        Aludió,  seguidamente,  el  fallador,  tanto  a la inspección judicial practicada en ese  proceso  y  en  la  cual  se  observó  el  sistema  de seguridad del Banco, que  comprende  vidrios  de  seguridad  dotados  de  rayos  infrarrojos,  alarma  con  conexión  con la Policía y a Telesantamarta, relojes de seguridad etc., como a  la  declaración  del  Jefe  del  Departamento  de  Seguridad del Banco Popular,  señor  Alberto Cervera Held, quien relató que el sábado en horas de la noche,  cuando  se  retiraron  los  empleados,  el vigilante  colocó el sistema de  alarmas  y se retiró a descansar y cuando regresó el lunes festivo se percató  de  que  la puerta de la bóveda de prendaria había sido violentada y que en la  empresa  de teléfonos aparecieron desconectados unos fusibles que neutralizaban  la  acción  o la comunicación con la policía; la sirena sonó el domingo 19 y  la policía portuaria acudió a constatar que ocurría.   

De  esas  probanzas concluyó el juzgador de  segundo  grado  que  el  Banco  Popular   “cuenta  con  todo  un  sistema  técnico   de  cuidado  y guarda de los bienes  que se encuentran bajo  su  custodia  y  su no funcionamiento no obedeció a negligencia de su personal,  sino a factores técnicos que lo relevan de cualquier culpa”.   

                   Agregó que la  parte  actora  “no demostró que la conducta indiferente y negligente del  personal  administrativo  y de vigilancia del Banco hubiese propiciado, aún por  omisión,  el  hecho  delictual  del  cual  se  desprendió  la  pérdida de las  joyas”,  habida  cuenta  que  a  la  luz  del  artículo  177  del  Código de  Procedimiento Civil le incumbía dicha carga probatoria.   

                        Habiendo  agotado   de   ese  modo  la  transcripción  de  la  sentencia  cuyo  contenido  constituye,  a  su  vez,  el  fundamento de su decisión, emprende el examen del  testimonio   de   Henry   Barón,   el  cual  no  fue  recibido  en  aquel  otro  proceso.    Luego   de   reproducirlo   espaciosamente,  concluyó  que  no  podía   “desprenderse  ni por asomo”  de su dicho culpa alguna de  la  entidad  bancaria,  motivo  por  el cual confirma la sentencia sometida a su  juicio.   

LA    DEMANDA    DE  CASACION   

                    La acusación  del  recurrente  se  desenvuelve  en  un  cargo  único en el que se duele de la  violación  indirecta  de los artículos 63, 1494, 1500, 1602, 1604, 1605, 1606,  1612  a  1614,  2414,  2419  y  822 y 1417 del Código de Comercio, por falta de  aplicación,  como  consecuencia  del  error  de  hecho  derivado de la falta de  apreciación  de  diversas  pruebas,  omisión  que  lo  llevó  a  no  dar  por  demostrada,  estándolo,  la culpa del demandado, y a “…trasladarle la carga  de   la   diligencia   al  actor,  cuando  ésta  debe  probarse  por  quien  la  alega”.   

                     

                      Las pruebas  por  cuya  preterición se duele son los testimonios del sargento LIBARDO SOTELO  BELTRAN,  de  ALBERTO  CERVERA HELD, MARIA LACOUTURE de ARIAS, MARINA DE ANDREIS  de BERRIO, BLAS ZACCARO BARRAZA y ALMA MARIA RODRIGUEZ ROBLES.   

                      Del primero  reseñó  los  apartes  en que el deponente narró cómo, luego de ser advertido  por  parte  de  la Policía Ferroviaria de que algo anormal sucedía en el Banco  Popular  envió  una patrulla del F-2 a que inspeccionara si la puerta de acceso  se  encontraba  violentada,  inquietud  que  le fue contestada negativamente. Al  persistir  sus  dudas  se  trasladó  hasta  la  casa  del  gerente, señor Blas  Zaccaro,  pero  allí  un  hijo de éste le informó que aquél se encontraba en  una  fiesta,  y  que no debía preocuparse porque en el Banco estaban realizando  unas  obras;  sin  embargo,  él insistió en comunicarse con el gerente, razón  por  la que el hijo telefónicamente le transmitió su inquietud y luego le dijo  que    su    papá    le    “…    ‘había  mandado  decir que muchas gracias, que no se preocupara, que  era  que  él  tenía  unos  empleados haciendo unas reparaciones en el aire del  edificio…”.   No  obstante  esa  respuesta,  el declarante insistió en  trasladarse  hasta  donde el subgerente, quien tampoco se encontraba, motivo por  el cual procedió simplemente a elaborar su informe.   

                   Del testimonio  de  Alberto Cervera Held, jefe de seguridad del Banco, recibido en el transcurso  de  la diligencia de inspección judicial, destacó sus aseveraciones alusivas a  la  seguridad  del  Banco, subrayando aquellas relativas a que cuando el sistema  de  alarmas  está  montado y por cualquier causa se interfiere la comunicación  con  la  policía,  anuncia  su  activación  local,  es  decir,  dentro  de las  instalaciones,  mediante  una sirena, y que para la fecha del ilícito la alarma  se  montó  el  día  sábado  17 de agosto de 1990, aproximadamente a las 18:30  horas,  o  sea,  que  desde  ese momento el Banco quedó sin vigilante y con las  protecciones  electrónicas,  de  ahí que se hubiese activado el domingo 18, en  horas  de  la  mañana  y  hubiese  sido  escuchada  por  las  personas  que  se  encontraban  en  los  alrededores  del  edificio, al punto que los agentes de la  policía  ferroviaria  concurrieron al Banco a verificar lo acontecido. También  hizo  énfasis la censura, en que el declarante, refiriéndose a la puerta de la  bóveda,   informó   sobre  la  existencia  de  un  reloj  triplecronométrico,  consistente  en  un  aparato  de  tres cronómetros en los cuales se programa el  tiempo  que  la  bóveda  debe  permanecer  cerrada,  de  manera  que si alguien  obtuviere  las  claves  y  quisiera  abrir las puertas, dicho mecanismo no se lo  permitiría;  además  que  esa puerta estaba dotada de un censor de temperatura  que  quizás  se  activó  con  la  acción  del soplete de acetileno. Según el  testigo,  cuando el sistema esta operando en la llamada posición día, no tiene  señal  sonora al activarse, es decir, que la sirena solamente es audible cuando  el sistema está en posición nocturna.   

                      La testigo  María   Lacouture   de   Arias,  prosigue  la  censura,  afirmó  haber  tenido  conocimiento  por  comentarios  de  los  clientes  y por haberlo escuchado en la  entrevista  que los periodistas le hicieron al Dr. Barros, que el gerente había  recibido  la  llamada  de   un  hijo,  a quien el comandante de policía le  había  advertido  respecto  a lo que podía estar sucediendo en el interior del  Banco,  y  que él había contestado que no se preocupara porque los que debían  estar  laborando  eran  los  empleados  de  Aires de Colombia y que allí debía  estar, también, el celador del Banco.   

                    Reseñó, del  mismo  modo,  la censura, la declaración de Marina De  Andreis de Berrío,  quien  relató  que  el  domingo 18 de agosto de 1990, en las horas de la noche,  asistió  a  una  reunión  en  la  que  estaba  presente el señor Blas Zaccaro  Barraza,  quien  públicamente dijo que le hicieron una llamada para decirle que  estaban  sacando  una  tula  del  Banco  y que él había contestado que era que  estaban  arreglando  el  aire acondicionado. Más adelante puntualizó que aquel  no   salió   del   lugar;   “   …‘Él  se  quedó  ahí  y  no  se  habló mas de eso porque la fiesta  estaba        tan        agradable’…”.   

                    Relativamente  a  la  declaración de Alma María Rodríguez Robles, trasuntó el recurrente en  forma  extensa  su declaración, la cual versó, en ajustada síntesis, en torno  a  la  seguridad del Banco, los turnos que debían prestar los celadores y sobre  la  coordinación  necesaria  para  que  en  el  feriado  pudiesen  ingresar los  trabajadores  de  Aires  de  Colombia   a  realizar  la  reparación de los  equipos de aire acondicionado descompuestos.   

                   Agotadas estas  transcripciones,  acometió  la  censura  la   “demostración  del  error  evidente  de  hecho”  alegado, para lo cual precisó que los presupuestos  estructurales  de  la responsabilidad contractual son la existencia del vínculo  contractual;  el  incumplimiento,  por culpa o dolo, de las obligaciones nacidas  del  contrato;  que  ese incumplimiento hubiese causado daño a quien reclama la  indemnización  y,  finalmente,  que  exista un nexo causal entre aquel y éste.  Acota,  seguidamente, que se encuentran probados los contratos de mutuo y prenda  sobre unas joyas de oro.   

                      Añade que  según  el  Tribunal,  el  Banco  cuenta  con un sistema de guarda de los bienes  sometidos  a  su  custodia  y  que si no funcionó no obedeció a su negligencia  personal,  sino  a factores técnicos que lo relevan de cualquier culpa. Empero,  los  aludidos testimonios, demuestran la actitud de “diligente negligencia”,  no  solo   del gerente del Banco de esa época, sino en la coordinación de  la  labor de reparación del sistema de ventilación, pues en últimas todas las  decisiones  quedaron  en  manos  del  celador.  Transcribe  incoherentemente,  a  continuación,  extensos  apartes  de  la  testificación  del  sargento Libardo  Sotelo  y  destaca  que su actitud de diligencia contrasta con la asumida por el  gerente,  quien no hizo absolutamente nada para cerciorarse de la regularidad de  los  trabajos  adelantados  en  las  instalaciones  del  Banco,  pese  a  que le  informaron  que  se  estaban  sacando  unas tulas, aserción que apuntala en las  declaraciones  de Marina de Andreis de Berrío y María Lacouture de Arias y que  en su sentir corrobora Zaccaro Barraza.   

                      Pone, así  mismo,  de  presente  que  de  lo  que  se  trataba era de auscultar la conducta  desplegada  por los representantes del Banco en especial la de su gerente, quien  enterado  de la posibilidad de una situación irregular en la sede de la entidad  crediticia,  no  se  tomó  la  leve  molestia de verificar si todo transcurría  normalmente  “…porque la fiesta estaba tan agradable”.   

               

                     Para rematar  su  acusación,  bosquejó el impugnante algunas elucidaciones relativas al modo  como   se   produjo   la  violación  de  las  normas  por  cuya  violación  se  quejó.    

CONSIDERACIONES  

                   El yerro aquí  denunciado  recae  sobre  la  valoración  que  el  sentenciador  hizo  del  haz  probatorio  referido  en la censura y de cuyo contenido material, advierte desde  el  umbral  la  Corte,  se  colige  la culpa de la entidad demandada, ya que las  personas  caracterizadas  como  los  órganos  por  medio  de los cuales aquella  realiza  sus  tareas,  faltaron de manera ostensible a los deberes de diligencia  propios de la actividad bancaria.   

                       Sin  duda  alguna,  a  esa  inferencia se arriba luego de agotar del examen objetivo de las  pruebas que a continuación se analizan.   

                    El gerente de  la   época,   señor   Blas    Zaccaro   Barraza,   fue  enterado  de  las  irregularidades  que estaban aconteciendo dentro de las instalaciones bancarias,  y  en  lugar  de  asumir un comportamiento diligente, consistente en trasladarse  allí  a  cerciorarse  de lo que ocurría, o delegar al empleado pertinente para  que  lo  hiciese,  optó  por  permanecer  entretenido  en la sarao en el que se  hallaba.  Desde  luego,  que  de haber asumido la actitud esmerada que de él se  esperaba,    se    habría,    quizás,    impedido    la    consumación    del  ilícito.   

Sí  Zaccaro  Barraza  hubiese  atendido  el  llamado  de  la  Policía  seguramente  se  habría  enterado de que las alarmas  locales  del establecimiento bancario habían emitido la señal de alerta, hecho  indicativo  de  que  se presentaba una irregularidad que exigía ser constatada.                                      

                    Y es que así  se  desprende  de su versión de los hechos en la que manifestó que en horas de  la  noche   del  domingo 18 de agosto de 1990 la policía le comunicó a su  esposa  y  a  uno  de  sus  hijos  que  habían  recibido  una  llamada anónima  reportando  movimientos  raros en el Banco    “donde  sacaban  como  especie  de  unas  bolsas  y  carpetas”,  por lo que requerían ubicarlo para que  les  permitiera la llave para verificar que acontecía allí, motivo por el cual  su  hijo  Oscar  efectúo varias llamadas para localizarlo, encontrándolo en la  residencia  de la familia Barleta Eleanezer  (sic)  en donde estaba en  una   reunión   social   departiendo    “con  dignísimas  personas prestantes de la ciudad como era el señor alcalde, varios  senadores,  inclusive la señora Marian  (sic)  De Andreis funcionaria  del  Banco,  (…)”.  Sostuvo que enterado  por   su   hijo   del  reporte  policial  le  contestó:    “Mijo,  yo  no  creo  que  exista nada anormal por cuanto en el  Banco  deben  estar  trabajando  los  empleados de la firma Aires Colombia y hay  celador  por  cuanto  era  indispensable y necesario trabajar los días sábados  domingos  y  lunes  que  eran feriados, tanto en el día como en las horas de la  noche  para  que  montaran  el  equipo  de aire acondicionado que había sufrido  días  anteriores  un  grave daño lo cual nos mantuvo por varios días sin este  servicio…”.      Y    más   adelante  puntualizó:    “(…)   al  recibir  la  llamada  de  mi  hijo,  no  me  imaginé  en  ningún momento que en ese momento  pudiera  estar  sucediendo  algo  anormal por lo que ya consigné donde expresé  muy  claramente que para ese día se encontraban trabajando unos funcionarios de  Aires  de Colombia y además estaba un celador del Banco se supone que estaba un  celador del Banco”.   

         

                    De otro lado,  el  Jefe  del  Departamento  de  Seguridad  del Banco Popular  -zona norte-  expresó  que  la gerencia de la sucursal de Santa Marta no coordinó con él la  seguridad  de  la  oficina  durante  el fin de semana en que ocurrió el mentado  hurto    (F.23  C.2),  ni  el  vigilante  señor  Arteche  reportó  a  sus  superiores  el  cambio  de  la programación de las labores de mantenimiento del  aire  acondicionado,  habida  cuenta  que  los  empleados  de  Aires Colombia no  laboraron  el domingo 19 de agosto de 1990; afirmó, también, que en la empresa  de  teléfonos  aparecieron  desconectados  unos  fusibles  que neutralizaban la  acción  o  la comunicación con la policía, sin embargo ese día el sistema de  alarma  local  del  Banco emitió la señal de alerta, habiendo acudido miembros  de  la  Policía Portuaria  cuyo cuartel está ubicado  a media cuadra  del Banco  (F.25 C.25).   

La Jefe de la División Administrativa de la  entidad  demandada,  señora  Alma  María  Rodríguez  Robles,  relató  que el  gerente   le   ordenó   coordinar   las   labores  de  mantenimiento  del  aire  acondicionado  encomendadas  a  la empresa Aires de Colombia y  programadas  para  los  días  en  que  ocurrió  el  hurto  comentado,  tarea que dice haber  cumplido  puesto que le dijo al vigilante Gerardo Arteche que le avisara a Angel  y  Vásquez  que  debían hacer el turno de fin de semana, indagó qué personas  realizarían  esos  trabajos  y  anotó  sus  datos  en  el libro de registro de  celadores,  precisando  que  algunas  de  ellas  le  suministraron  el  nombre y  apellido,  mientras  que  otras solo éste último.  De igual modo, afirmó  que  el  sábado  fue  a  la  oficina  y  observó  que los técnicos no habían  llegado,  razón  por  la  cual  llamó a la empresa y le informaron que estaban  consiguiendo  unos  repuestos,  sin  que  se  hubieren  presentado  cuando  ella  salió   (entre 10 y 11 de la mañana). Preguntada, así mismo, sobre si el  gerente  encargó  a  algún  funcionario  de  la vigilancia de las personas que  allí  iban  a  laborar,  respondió  que no, “…no  hubo  obligación  por parte de funcionario sino de los celadores que tenían el  turno,  ellos  tenían  la  obligación  de cerrar y abrir  y ellos estaban  bajo el control de los celadores”.   

Ahora, si bien la declaración vertida por el  sargento  Libardo  Beltrán  Sotelo ante el Juzgado 9º de Instrucción Criminal  de  Santa  Marta  no  es atendible, por haberse omitido su ratificación como lo  ordena  el  numeral  1º  del  artículo 229 del Código de Procedimiento Civil,  nada  impide, por el contrario, reparar en el documento por medio del cual dicho  funcionario  público  rindió  informe  de  los  sucesos  ocurridos a raíz del  aludido hurto.   

         

                   Aseveró allí  que    “…en  el  día de ayer 19 de los  corrientes  a  las  20:00 horas aproximadamente, la Estación Cien, impartió un  comunicado  de  que  en  el  Banco  Popular  al  parecer  había  unas  personas  sospechosas,  de  inmediato  se  envió  a  la Patrulla de la Sijin –       Signo       –  (sic.)    y a la patrulla  de  la  vigilancia,  para  que  constatara  esta  novedad,  posteriormente estas  Patrullas  reportaron  que  las  instalaciones  del  Banco  se  observaban en su  exterior  en  una  forma  normal y que no tenía ninguna muestra de violencia su  sistema  de  seguridad,  razón  por  la  cual  se  pensó  que  todo  estaba en  orden.   En  igual  forma  comunico  a  mi  Capitán  que  personalmente me  trasladé  hasta  la  calle 16 número 22-98 residencia del Doctor BLAS SOCARRAS  (sic),  Gerente  actual  del  mencionado  Banco, para solicitarle que hiciera el  favor  de  venir con la patrulla para que pasara revista a las instalaciones del  Banco  y  así  poder  descartar  la  posible  novedad.   En  la mencionada  residencia  fui atendido por una señora y tres hijos del Doctor BLAS SOCARRAS y  el  hijo  de  nombre JORGE BLAS, estos después de haberles comentado la posible  anomalía  que  podía  haberse presentado en el Banco y solicitarle que viniera  alguien  para que pasara revista, el señor JORGE BLAS, se traslado con nosotros  en  el vehículo hasta la calle 15 número 22-47 residencia del señor FELICIANO  PEREZ  empleado  del  Banco,  pero  este  no  se  encontraba  en  su residencia,  regresando  de  nuevo  a  la  dirección del señor Gerente  procediendo el  señor  JORGE BLAS  a efectuarle un llamado por teléfono al sitio donde se  encontraba  al  parecer  en  una  fiesta, este le comunico a su padre la posible  novedad  en  el  Banco, pero el señor Gerente le dijo a su hijo JORGE BLAS, que  no  ningún problema que lo que pasaba era que estaban haciendo unos arreglos en  el  aire  del  edificio  que  por esta razón era que habían visto personas por  ahí…”.   

                         El  haz  probatorio  en estudio, pone al descubierto el poco celo y la desidia del Banco,  no  solo, en lo relativo a la coordinación de la operación relacionada con las  reparaciones  del  aire  acondicionado,  sino, también, con las precauciones de  seguridad   propias   de   la   actividad  profesional  desarrollada  por  dicha  entidad.   

                     En relación  con  lo  primero,  debe  acotarse que la misma fijación de la época durante la  cual  debía efectuarse la reparación de los equipos de clima artificial denota  la  falta  de  cautela  de  los  directivos  de  la  sucursal,  pues es patente,  inclusive  para  quien  es  ajeno  a  las  responsabilidades  bancarias,  que la  ejecución   de   las  obras  durante  un  feriado  tan  extenso,  aparejaba  la  disminución  de  las seguridades de las instalaciones de la entidad, de por sí  insuficientes,  como  adelante  se  acotará, en el interior de la edificación,  amén  que terminó por convertirse en una cubierta de las situaciones anómalas  que habrían de desarrollarse posteriormente.   

                       De  igual  manera,   la   labor   de   coordinación   de  las  referidas  reparaciones  se  circunscribió  a  delegar  toda la responsabilidad de la seguridad del Banco al  vigilante  del  mismo  (sólo  la  “coordinación”  porque,  al  tenor de la  declaración  de Alberto Cervera, el celador no prestó guardia por esos días),  habiendo  quedado  las instalaciones del Banco a su libre disposición y a la de  los  empleados  de  la empresa encargada de las refacciones contratadas, sin que  ello  fuese  motivo de preocupación alguna de los funcionarios encargados de la  administración.  Y  si  bien  no  está  probado  en el proceso que uno y otros  hubiesen  intervenido  activamente  en el delito, ni existe forma de presumirlo,  sí  queda  al descubierto la franca despreocupación de los administradores por  la vulnerabilidad en que quedaba el recinto.   

Fue  tan  deficiente esa “coordinación”  que   las   directivas  de  la  entidad  bancaria,  ni  siquiera  reportaron  al  Departamento  de  Seguridad  de  éste   -zona  norte- la ejecución de los  trabajos   de   mantenimiento   del  aire  acondicionado,  en  orden  a  obtener  instrucciones  para  el manejo de la seguridad, no obtuvieron la identificación  completa  de  quienes  iban  a  efectuar  tales  labores,   no determinaron  claramente  cómo  y quienes iban a prestar el servicio de vigilancia, así como  el  horario de dicho servicio ni le impartieron instrucciones a los celadores al  respecto, entre otras omisiones.   

                      Aunado a lo  anterior,  se tiene que los delincuentes, para ingresar a las dependencias de la  entidad,  usaron sendas copias de las llaves de la puerta de acceso  (folio  105  del  cuaderno  marcado con el No.226), las cuales son de marcas disímiles,  de  modo  que  la  existencia  de esos duplicados no se concibe, salvo prueba en  contrario,  que no obra en el proceso, si no hubiese mediado dolo o culpa de los  empleados encargados de su manejo y custodia.   

                     Pero es que,  además,  se  confió  toda  la  seguridad  de las instalaciones del Banco a las  alarmas   conectadas   a   la  Policía,  sin  prever  que  dichos  dispositivos  electrónicos  podían  quedar  fuera de servicio o ser desconectados, como a la  postre  aconteció, dejando desamparada la edificación, pues aunque no se niega  que,  a  la  par, se habían instalado alarmas sonoras locales, lo cierto es que  no  se  dispuso  de personas que estuviesen atentas a reaccionar cuando sonaran,  vale  decir,  no  había  vigilantes  dentro  de  las  instalaciones,  o  en sus  alrededores,  pendientes  de  las  mismas  o de la existencia de cualquier hecho  extraño  con la potencialidad de atentar contra las dependencias de la entidad.  Ese descuido equivale tanto como no tener dichos dispositivos.   

         

                     La verdad es  que   elementales   medidas   de  prudencia  y  diligencia,  aconsejan  a  quien  profesionalmente  se  dedica a la actividad bancaria a adoptar diversos sistemas  de  seguridad  ante  la  eventualidad  de  que  cualquiera  de ellos falle o sea  anulado.   

                      Fluye  del  contenido  objetivo  de  la prueba censurada que el sentenciador incurrió en el  error  de  facto  que  el  recurrente le enrostra, el cual resulta transcendente  frente  a  la  decisión  de las pretensiones de los demandantes, salvo, hay que  decirlo  desde  ya, respecto a Elaisa Mercedes Galván Mendoza, en virtud de que  dicho  yerro  carece de la virtualidad de variar el sentido de la determinación  adoptada  con relación a sus pedimentos.                    

                    En efecto, la  mencionada  actora recibió el valor del avalúo de las joyas dadas en prenda de  las  obligaciones  Nos.04333726 y 04316630, previo descuento del monto de dichas  deudas,  tal  como  lo  manifestó  a  través  de  su  apoderado judicial en el  memorial  que obra a folios 297 y 298 del cuaderno marcado con el No.330, al que  adosó  fotocopia auténtica de las actas de liquidación del crédito prendario  en el que declaró a paz y salvo al Banco.   

Súmase  a lo anterior, que en el proceso no  obra  ninguna  otra  prueba relativa al valor de las joyas empeñadas por Elaisa  Mercedes  Galván  Mendoza,  ni se vislumbra la posibilidad concreta de tasarlo,  amén  de  que  ésta  al  momento  de acordar las condiciones del crédito y la  garantía  aceptó  la  estimación pecuniaria que de las alhajas hizo el Banco.   

                      Colígese,  entonces,  que  pese  al  yerro  en  que  incurrió el Tribunal respecto a dicha  accionante,   de   todas   maneras   sus   pretensiones   están   llamadas   al  fracaso.   

                    Sin  embargo,  la  trascendencia  del  error  en  comento  respecto a los demás  demandantes   implica   el  quiebre  del  fallo  impugnado,  lo  que  impone  su  reemplazo.   

SENTENCIA SUSTITUTIVA  

                      1.  Si  bien  los  demandantes  se  preocuparon por resaltar y probar la culpa en la que  incurrió   la   entidad   bancaria,   ello   no  quiere  decir  que  las  cosas  necesariamente  deban  ser  así,  es  decir que corresponda al deudor prendario  demostrar,  ineludiblemente,  en  casos  como  el  de esta especie, la culpa del  acreedor,  pues,  por  el  contrario,  por  las  razones que pasan a señalarse,  aquél,  el  deudor prendario, está exonerado de esa carga probatoria, con más  veras si de la prenda mercantil se trata.   

                      En efecto,  conforme  a  lo  prescrito  en  el artículo 1204 del Código de Comercio,   “el  contrato  de  prenda con tenencia se perfeccionará por el acuerdo de las  partes;  pero el acreedor no tendrá el privilegio que nace del gravamen, sino a  partir  de la entrega que de la cosa dada en prenda se haga a él o a un tercero  designado  por las partes”.  Distingue, entonces, el legislador, entre el  contrato  de  prenda,  cuyo perfeccionamiento atribuye al mero consentimiento de  las   partes    (disposición   consensual),   del   gravamen  surgido  del  cumplimiento  de la susodicha estipulación, el cual, por supuesto, solamente se  perfecciona  a  partir  de la entrega del bien mueble al acreedor prendario o al  tercero  escogido  por las partes.  Es decir, que por medio del contrato de  prenda  con tenencia nace para el acreedor el derecho de exigir la entrega de la  cosa  que  habrá  de  garantizar  la  deuda, sucedido lo cual se perfecciona el  gravamen.   

                   Colígese, por  consiguiente,  que  antes  de  la entrega de la cosa, el acreedor sólo tiene un  derecho    personal   a  obtenerla,  motivo  por el cual, para que el privilegio nazca y surja el derecho  real, es menester que aquél  la  reciba,  acto  a  partir  del  cual emanarán los derechos de persecución y  preferencia.   

                        Pero  es  incontestable  que  una  vez  efectuada  tal  entrega,  brotan  para el acreedor  pignoratario  los  deberes  y  obligaciones  que de tal carácter se desprenden,  particularmente,    las    de    guardar,   conservar  y  restituir      la  prenda    (artículos  2419  y  2426  del  Código Civil), todas ellas  enmarcadas,  en el asunto de esta especie, en un contexto muy particular que las  dimensiona  y  vigoriza:  la actividad profesional del aquí acreedor prendario,  la  cual  se  vislumbra  con  claridad  a  partir  de  la confluencia de algunos  vectores       característicos,       concretamente,       la      habitualidad  con  que ella se desarrolla,  el  propósito  lucrativo que  suele  acompañarla,  y  su  exteriorización hacia el  público, al que, valga la pena destacarlo, le es dado  suponer,  en  esas  condiciones,  que el deudor posee los conocimientos y maneja  las  técnicas propias de su profesión. Y como quiera que el Banco demandado se  dedicaba     cotidianamente    a   la   actividad  del  préstamo  pignoraticio,  labor  por  la  que  recibía una remuneración  (bodegaje),  incluso   distinta   de  la  que  derivaba  por  el  mutuo  que  concedía   (intereses),  amén  que  ella  era  parte  de  su  actividad social, es preciso  concluir,  entonces,  que  se trata de un profesional, condición esta que, como  ya  se  pusiera  de  presente,  robustece  y  concreta sus deberes, a la vez que  incide en la determinación de su responsabilidad.   

                   Ya se dijo que  el  acreedor  prendario  con tenencia de la cosa está particularmente obligado:  a)  a  su guarda; b) a su conservación; y c) a su restitución, no sólo porque  así  se desprende de las reglas contenidas en los ya reseñados artículos 2419  y  2426  del  Código  Civil  sino,  también, porque en ese sentido apuntan los  artículos    1605    y   1606   ejusdem,   que   sientan   las   líneas  generales  en  la  materia.   Individualmente   considerada,  esto  es  desligándola  de  la  prestación  de  restituir,  la  de guardar es  una   obligación   de  hacer  que  consiste  en  desplegar  una  actuación  de  protección  de  la  cosa,   esto  es,  de  mantenerla  en un lugar seguro,  cuidarla  y  sustraerla de los diversos peligros que puedan acecharla. Se trata,  pues,  de  un  deber  de  actividad  orientado  a vigilar el bien para evitar su  pérdida  o  destrucción y, en su caso, a recuperarlo mediante las acciones que  estén  a  su alcance.  En fin, el acreedor pignoratario es el guardián de  la   cosa  con  todos  los  deberes,  cargas  y  atribuciones  que  esa  noción  envuelve.   

                      Parejamente  con   esta   obligación   de   estirpe   tuitiva,   tiene  la  de  conservar  la cosa, es decir, la de velar  por  su  integridad  y  entidad.   De  ahí que no le baste simplemente con  adoptar  medidas  de  precaución,  porque  ocasiones  hay  en  las  que  le son  exigibles  actos  de  manutención,  como  acaece  v.gr.,  cuando  se  trate  de  animales;  al  paso  que  en  otras oportunidades le corresponderá acondicionar  lugares  especiales para guardarla, como acontece, por ejemplo, con la necesidad  de  adaptar  cuartos con ciertas condiciones climáticas, etc. Tan significativo  es  este  deber que tanto el artículo 2421 del Código Civil, como el artículo  1205  del Código de Comercio, aludan a la obligación del mutuario de pagar los  gastos   en   los   que  hubo  de  incurrir  el  mutuante,  necesarios  para  la  conservación de la cosa pignorada.   

                     Y aunque los  referidos  deberes de guarda y conservación, vistos aisladamente (como lo hace,  por   ejemplo,  el  artículo  2419  del  Código  Civil),  puedan  tildarse  de  obligaciones  en  las  que  solamente  se puede reclamar del deudor diligencia y  cuidado,  lo  cierto  es  que  en  tratándose  de  la  prenda  y otros negocios  jurídicos  que  le  son  afines,  ellas  están  íntimamente  ligadas  con  la  obligación  de restituir (que  es  obligación  de  resultado), al punto que se impone afirmar como conclusión  que  en  dichos  contratos  se  guarda  y  conserva  la  cosa en forma adecuada,  justamente  para  poderla  restituir  del  modo  debido.  Es decir, que ese  deber  de  restitución   “justifica y valida”  el cumplimiento de  aquellas  otras  dos  obligaciones;  desde  luego que el pignorante solamente se  declarará  satisfecho  cuando  el  bien le ha sido debidamente devuelto, lo que  hará  presumir  que  éste  fue  custodiado  y  conservado  en  forma  idónea,  inferencia que opera en ese sentido y no en el contrario.   

                             En  consecuencia,  si  eventualmente  quisiera  pensarse  que al mutuario le es dado  quejarse,  v.gr.  para  exigir  medidas  conservatorias  de  la  cosa, de que el  pignoratario  no  está cumpliendo cabalmente con su deber de custodia, punto en  el  cual debería medirse la diligencia con la que aquél estaría desarrollando  tal  actividad,  lo  cierto  es que cuando exige la restitución del bien mueble  dado  en  prenda,  las  cosas  ya no pueden mirarse con la misma óptica, habida  cuenta  que en este caso la de restituir ya no es obligación de mera diligencia  y  cuidado  porque  el  acreedor  no  espera  únicamente del deudor que hubiese  desplegado  una  conducta  adecuada y diligente, sino un resultado concreto: que  se  le  entregue  la  cosa  debida.  Es  decir que, como lo anota Álvaro Pérez  Vives,  al  referirse a las obligaciones que suelen llamarse “de resultado”,  el  deudor  “debe  cumplir  una  prestación  precisa,  ejecutar  un  hecho  o  abstenerse  de  hacerlo, la no obtención del resultado hace incurso en culpa al  contratante,  que  debe  probar, para liberarse, la causa extraña o la ausencia  de    culpa    según    el    caso”    (Las    garantías   Civiles.   Temis.  Pág.289).   

                    Que las cosas  son  de  ese  modo  es  cuestión  que  no  llama  a  duda,  pues conforme a las  prescripciones  del  artículo  1730  del  Código Civil, “siempre que la cosa  perece  en  poder  del deudor, se presume que ha sido por hecho o culpa suya”,  presunción  que  pone  a quien adeuda un cuerpo cierto que ha perecido en vías  de indemnizar al acreedor del mismo.   

                         Cabría  preguntarse,  entonces,  si  es  ésta  una  presunción  de  la  que  el deudor  solamente  puede  escaparse  demostrando  fuerza  mayor  o,  en general un hecho  extraño,  o  por el contrario, si le es admitido demostrar diligencia y cuidado  para  exonerarse  de  responsabilidad;  empero,  sin necesidad de asentar reglas  generales  que  no  vienen  al  caso,  y  puestos  los  ojos,  en cambio, en las  particularidades  que  evidencian  los  asuntos  de  esta estirpe, en los que el  obligado  a  restituir la prenda desarrolla una actividad profesional de índole  mercantil  por  la  que  recibe  una remuneración, concretamente, el pago de un  estipendio  por razón del bodegaje de las joyas pignoradas, la Corte no titubea  en  concluir  que éste únicamente se libera de responsabilidad demostrando una  causa extraña.   

                      No  a otra  conclusión  puede  llegarse  si  se  examina  el tratamiento que en el estatuto  mercantil  tienen  situaciones  que  guardan  similitud  con  la  que  aquí  se  enjuicia,  vale  decir,  las  obligaciones  de  restituir  a  cargo  de  ciertos  empresarios  tales como el transportador (artículos 982 y 1030), el depositario  (artículo  1171);  el  hotelero  (artículo  1196),  entre  otros,  respecto de  quienes    se    adopta    un   régimen   de   culpa  presunta, el mismo al que se refiere el artículo 1730  del  Código  Civil,  pero en los que el responsable siempre debe indemnizar por  la  pérdida  de  la  cosa  debida,  a menos que demuestre un hecho extraño con  eficacia tal que rompa el nexo causal.    

                      De ahí que  igualmente     deba    concluirse    cómo,    en    tanto     “…            ‘sea posible prever la realización de  un  hecho  susceptible  de  oponerse  a  la  ejecución del contrato, y que este  evento  pueda  evitarse con diligencia y cuidado, no hay caso fortuito ni fuerza  mayor.   Sin  duda el deudor puede verse en la imposibilidad de ejecutar la  prestación  que  le  corresponde,  pero  su  deber  de  previsión  era  evitar  encontrarse  en  semejante  situación.   El  incendio,  la inundación, el  hurto,  el  robo, la muerte de animales, el daño de las cosas, etc., son hechos  en  general  previsibles  y  que  por  su  sola  ocurrencia no acreditan el caso  fortuito  o la fuerza mayor, porque dejan incierto si dependen o no de culpa del  deudor.   Por  consiguiente,  es  racional  que el deudor que alegue uno de  esos  o  parecidos acontecimientos, pretendiendo librarse del cumplimiento de su  obligación,  debe  no  sólo  probar  el  hecho,  sino  demostrar  también las  circunstancias  que  excluyen  su  culpa.   Y  la  presunción de culpa que  acompaña  a  quien  no  ha  ejecutado el contrato, no se destruye por la simple  demostración  de  la causa del incumplimiento cuando el hecho así señalado es  de  los  que  el deudor está obligado a prever o impedir.  Por ejemplo, el  robo  y  el  hurto  son  hechos que se pueden prever y evitar con solo tomar las  precauciones  que  indique  la naturaleza de las cosas.  No constituye caso  fortuito  sino  probando  que  no  obstante fue imposible evitar el suceso: como  cuando  se  consuman por un asalto violento que domina la guardia suficiente con  que    se    custodia    la   cosa…’  (LXIX, 555)”  (CLXV, pág.12.).   

                       Así  las  cosas,  no  es  posible  entender,  como  lo  hiciera  el Tribunal, que en estas  materias  la  responsabilidad  del  acreedor,  tenedor  prendario,  se encuentre  sometida  al  gobierno  de  los  artículos  63 y 1604 del Código Civil, y que,  subsecuentemente,   le   es   suficiente   demostrar,  para  descargarse  de  la  responsabilidad  que  se le imputa derivada del incumplimiento de la obligación  de  restituir  la  cosa  pignorada,  que no incurrió en culpa por haber actuado  como   un   buen  padre  de  familia,  pues,  contrariamente,  como  ha  quedado  establecido,  su  exoneración  se  encuentra condicionada a la comprobación de  una   “causa  extraña”,  motivo por el cual, al deudor no le basta con  demostrar  diligencia  y  cuidado,  es  decir que no cometió culpa alguna, sino  fundamentalmente,  que  el daño es imputable a una causa diferente de su propia  acción  u  omisión.  Significa  esto  que su labor sube de punto, toda vez que  tiene  ante  sí la tarea de comprobar que aconteció un hecho que rompe el nexo  de  causalidad entre su conducta y el daño, que es tanto como probar que él no  lo causó.   

                   Y  es que  en  el  punto  no  puede  pasarse  por  alto  que  de  ser  aplicadas  con ciega  inflexibilidad  las  prescripciones contenidas en los mencionados artículos (63  y  1604  ibídem), chocarían  ellas  con  las  disposiciones  consagradas en el ordenamiento para cada caso en  particular,  las  cuales  por  el  contrario, matizan el rigor de aquellas otras  cuyo  talante  general, se ve aminorado por las múltiples excepciones previstas  en el ordenamiento.   

                     

                    

                      El hurto de  las  joyas,  como ha quedado visto no constituye por sí solo una fuerza mayor o  caso  fortuito  que exonere a la entidad accionada, cual lo alega ésta a manera  de  excepción,  habida  cuenta que la falta de diligencia y cuidado para evitar  su  ocurrencia  fue  el  detonante  del hecho, de manera que resulta evidente su  falta  de  celo,  no  sólo en la coordinación de la operación relacionada con  las  reparaciones del aire acondicionado, sino, también con las precauciones de  seguridad propias de la actividad profesional que ella desarrolla.   

                     

                   La culpa de la  entidad  demandada por la pérdida de los bienes pignorados conduce a descartar,  por  consiguiente,  no sólo la fuerza mayor o caso fortuito sino cualquier otra  causa  extraña,  pues  ese actuar negligente le es imputable y, por ende, no se  acreditó  la  rotura  del  nexo causal, por lo que se tendrán como no probadas  las  excepciones   de  “fuerza  mayor  o  caso  fortuito”  y   “ausencia de culpa”  aquí propuestas.   

                     

                   De igual modo,  no  está  llamada a prosperar la excepción de fondo  bautizada como   “cumplimiento  del contrato”, ya que el hecho de que el Banco hubiere girado  a  favor  de  los  demandantes  cheques  por  el  valor del avalúo de las joyas  entregadas  en prenda, previa deducción del saldo de las obligaciones con ellas  garantizadas,  por  sí  sólo no es constitutivo de pago, habida cuenta que ese  ofrecimiento  no  fue  aceptado  por  los  demandantes,  ni ante la renuencia de  éstos  a  recibirlo,  se  efectuó  mediante  la  consignación  prevista en el  artículo  1656  del  Código  Civil  como  modo  de extinguir las obligaciones,  disposición  a  la  que se acude ante la ausencia de regulación de esa materia  en  el  Estatuto  Mercantil  conforme  lo  autoriza  en  su artículo 822.    

                     

                      Tampoco las  consignaciones  de  los  referidos  valores  en  los  procesos aquí acumulados,  adelantados  por Helen Tribin de Díaz Granados, Elba Rosa Rudas de Barrientos y  Erlinda  Elizabeth  Gómez  de  Castrillón tienen eficacia jurídica, ya que el  pago  por  consignación  de  la  prestación  debida como modo de extinguir las  obligaciones  debe  someterse  a  la  totalidad  de  las  prescripciones  que lo  rigen.   «Para  hacer  efectivo  este  derecho  del deudor la legislación procesal colombiana, así la  que  rigió  el país hasta junio de 1971 como la que hoy impera, ha establecido  un  procedimiento  integrado  fundamentalmente  por  los siguientes actos:   a)   la  oferta  que  por  escrito  y a través del juez competente hace el  solvens  al accipiens de pagar el objeto debido; b)  si el acreedor rechaza  el  pago  ofrecido,  el  juez  autoriza  la  consignación;  y  c)  si aún  después  de ésta el acreedor persiste en su negativa, el juez, a petición del  deudor,    debe   proferir   sentencia   sobre   la   validez   del   pago   por  consignación”.   (CXLVII   pág.  49  y  s.s.).   Esto  es,  que salvo las excepciones legales, solamente con la cabal  observancia  de  las  exigencias  propias  del  pago  por  consignación  podía  liberarse válidamente la deudora.   

                   3. Como quiera  que  por  disposición del artículo 1731 del Código Civil, si el cuerpo cierto  perece    por    culpa    del   deudor–  la  cual  se  presume (artículo 1730)-, “la obligación de este  subsiste  pero  varía de objeto; el deudor es obligado al precio de la cosa y a  indemnizar  al  acreedor”, es palmario, entonces, que el Banco demandado está  obligado  a  pagar el valor de las joyas y a indemnizar cualquier otro perjuicio  que   hubiese   causado   a   los   demandantes.                          

                      Empero, la  condena  que  aquí  habrá  de impartirse comprenderá únicamente el precio de  las  alhajas,  pues correspondiéndole a los demandantes demostrar la existencia  y    extensión    de    cualquier    otro    perjuicio,   se   abstuvieron   de  hacerlo.   

                    Como valor de  los  aludidos  bienes  se  tendrá  el  fijado  en  el  avalúo contenido en los  contratos  de prenda adosados a las demandas,  toda vez que en los procesos  acumulados   no  obra  ninguna  otra  prueba  del  mismo,  ni  se  vislumbra  la  posibilidad  concreta  de  tasarlo,  amén  de  que  al  momento  de acordar las  condiciones   del   crédito   y  la  garantía  los  interesados  aceptaron  la  estimación pecuniaria que de dichas joyas hizo el Banco.   

                          A  los  referidos  valores  se le aplicará la corrección monetaria pedida por la parte  actora,  a partir de la fecha en que ocurrió el hurto de las joyas, esto es, el  día  19  de  agosto  de  1990,  tomando como referente el factor de corrección  suministrado  por el Banco de la República  (8.3015), indicador económico  que  es  un  hecho notorio, a la luz de las prescripciones del artículo 191 del  Código de Procedimiento Civil.   

                     Efectuada la  multiplicación  de los guarismos materia de la actualización por dicho factor,  se obtuvieron los resultados que a continuación se indican.   

     

1. El avalúo de las joyas entregadas  en  prenda  por  la  demandante  Amparo  Palomino  de Baquero, según el pagaré  No.502146,  fue  estimado  en  $1.000.000.oo,  cantidad  que  actualizada en los  términos antes indicados equivale a $8.301.500.oo.      

3.2  Las  joyas  entregadas en prenda por la  demandante  Helen  Trivin de Díaz Granados, según el pagaré No.503568, fueron  estimadas  en  $800.000.oo,  cantidad  que  actualizada  en  los términos antes  indicados equivale a $6.641.200.oo.   

3.3   La  estimación  de  las  joyas  entregadas  en  prenda  por el demandante Mario Bayona Cano, según los pagarés  Nos.  502619,  502620  y  502621,  correspondía  a  $700.000.oo, $ 600.000.oo y  $600.000.oo,   respectivamente,    cantidades   que   actualizadas  en  los  términos  antes  indicados  equivalen  a  $5.811.050.oo  la  primera  y las dos  últimas a $4.980.900.oo cada una.   

3.4  Las joyas entregadas en prenda por  la  demandante  Elba  Rosa Ruda de Barrientos fueron avaluadas,  según los  pagarés  Nos.  501819  y 604373, en $172.000.oo y $330.000.oo,  cantidades  que  actualizadas  en  los términos antes indicados equivalen a $1.427.858.oo y  $2.739.495.oo, respectivamente.   

3.5  El avalúo de las joyas entregadas  en  prenda por la demandante Gloria Amparo Camacho Aguado, según el pagaré No.  603986,  fue  estimado  en  $516.000.oo,   cantidad  que actualizada en los  términos antes indicados equivale a $4.283.574.oo.   

3.6   El  justiprecio  de  las  joyas  entregadas  en prenda por la demandante Erlinda Elizabeth Gómez de Castrillón,  según  los  pagarés  Nos.  501213  y  412151,  fue  estimado  en $414.000.oo y  $334.000.oo,  respectivamente,  cantidades  que  actualizadas  en  los términos  antes     indicados     equivalen     a     $3.436.821.oo    y    $2.772.701.oo,  respectivamente.   

3.7   Las  alhajas  pignoradas  por  la  demandante  Carmen  Manuela Redondo Gómez, según pagarés Nos.604040 y 604039,  fueron  tasadas  en  $940.000.oo  y  $760.000.oo, respectivamente, guarismos que  actualizados  en  los  términos  antes  señalados  equivalen,  en  su orden, a  $7.803.410.oo y $6.309.140.oo.   

3.8   Las  empeñadas  por la demandante  Alcira  Isabel  Granados Bermudez, según pagaré No.412495, fueron estimadas en  $240.000.oo,  cantidad  que  actualizada  en  los términos indicados equivale a  $1.992.360.oo.   

3.9   Finalmente,  el  avalúo  de  las  alhajas  que  Tulio  Enrique  Moscote  Fragozo  dio en prenda de su obligación,  contenida  en  el  pagaré  No.503049,  fue  estimado  en $400.000.oo, monto que  actualizado en los términos referidos equivale a $3.320.600.oo.   

Igualmente, se ordenará el pago del interés  legal,  civil  moratorio, del 6% anual, causado a partir de la notificación del  auto admisorio de la demanda.   

4.   Finalmente,  la  reclamación de la  indemnización  por  daños  morales está llamada al fracaso, pues, de un lado,  la  parte  actora  no  determinó en qué consistió el perjuicio de esa índole  que  la  pérdida  de  las  joyas  supuestamente  le causó, ni cómo ese trauma  repercutió  en  los  atributos  de  su  personalidad;  y  de  otra parte, de la  situación  fáctica  aquí  debatida  tampoco  es  factible  deducir  cómo esa  pérdida  pudo lesionar la parte afectiva de su patrimonio moral, ni obra prueba  que acredite la existencia de un agravio de esa especie.   

                      En armonía  con    lo    expuesto,    la    sentencia    del   a  quo   se  revocará y, en su lugar, se declarará  civilmente       responsable       al       Banco      Popular      –sucursal Santa Marta-  responsable  de  la  pérdida  de  las joyas entregadas por Amparo Palomino de Baquero, Helen  Trivin  de  Díaz  Granados,  Mario  Bayona  Cano, Elba Rosa Ruda de Barrientos,  Gloria  Amparo  Camacho  Aguado, Erlinda Elizabeth Gómez de Castrillón, Carmen  Manuela  Rendón  Gómez, Alcira Isabel Grandos Bermudez y Tulio Enrique Moscote  Fragozo  como  garantía  prendaria  de los contratos de mutuo que celebraron y,  subsecuentemente,  se  condenará  a  dicha  entidad  al pago de los respectivos  perjuicios   materiales,   dejando   a  salvo  las  compensaciones  a  que  haya  lugar.   

DECISIÓN   

                    En mérito de  lo   expuesto,   la   Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Civil,  administrando  justicia  en  nombre  de la República y por autoridad de la ley,  CASA    PARCIALMENTE   la  sentencia  proferida  el  19  de noviembre de 1998, por el Tribunal Superior del  Distrito   Judicial   de   Santa  Marta  en  ya  referidos  procesos  ordinarios  acumulados, y como juez de segunda instancia   

RESUELVE   

                                              Primero.-    REVOCAR   parcialmente  la  sentencia  que en este mismo proceso profirió, el  29  de  noviembre  de 1996, el Juzgado Tercero Civil del Circuito de Santa Marta  y,   en  su  lugar,  DECLARAR  civilmente  responsable  al  Banco  Popular   -sucursal  Santa  Marta-  de  la  pérdida  de  las  joyas entregadas por Amparo  Palomino  de  Baquero,  Helen  Trivin de Díaz Granados, Mario Bayona Cano, Elba  Rosa  Ruda  de  Barrientos, Gloria Amparo Camacho Aguado, Alcira Isabel Granados  Bermudez  y  Erlinda Elizabeth Gómez de Castrillón como garantía prendaria de  los contratos de mutuo que celebraron las partes.   

                                              Segundo.-       CONDENAR,  subsecuentemente, al demandado a pagar, dentro de los cinco   (5)   días  siguientes a la ejecutoria de este fallo, las siguientes sumas  de  dinero:                      

                    1.  A la  demandante  Amparo  Palomino  de Baquero la suma de ocho millones trescientos un  mil   quinientos   pesos   ($8.301.500.oo),  por  concepto  de  los  daños  materiales  causados  por la pérdida de las joyas entregadas como garantía del  préstamo contenido en el pagaré No.502146.   

                    2.  A la  demandante  Helen  Trivin de Díaz Granados la suma de seis millones seiscientos  cuarenta  y  un  mil doscientos pesos  ($6.641.200.oo), por concepto de los  daños  materiales  causados  por  la  pérdida  de  las  joyas  pignoradas para  caucionar el préstamo contenido en el pagaré No.503568.   

                      3.  Al  demandante  Mario  Bayona  Cano  la  suma de cinco millones ochocientos once mil  cincuenta  pesos ($5.811.050.oo), por concepto de los daños materiales causados  por  la  pérdida de las joyas empeñadas para garantizar el préstamo contenido  en  el pagaré No.502619; la cantidad de cuatro millones novecientos ochenta mil  novecientos  pesos   ($4.980.900.oo),  valor de las joyas que garantizan el  pagaré  No.502620.   Finalmente,  cuatro  millones novecientos ochenta mil  novecientos  pesos   ($4.980.900.oo),  precio  de  las alhajas a las que se  refiere el pagaré No.502621.   

                    4.  A la  demandante  Elba  Rosa  Ruda  de Barrientos el monto de un millón cuatrocientos  veintisiete  mil  ochocientos  cincuenta y ocho pesos  ($1.427.858.oo) como  indemnización  de  los  daños materiales derivados de la pérdida de las joyas  pignoradas  respecto  al   pagaré  No.501819.   Del  mismo  modo,  la  cantidad  de  dos millones setecientos treinta y nueve mil cuatrocientos noventa  y  cinco  pesos  ($2.739.495.oo),  por  el  aludido  concepto  y respecto de del  pagaré No.604373.   

                    5.  A la  demandante  Gloria  Amparo  Camacho Aguado la suma de cuatro millones doscientos  ochenta  y tres mil quinientos setenta y cuatro pesos  ($4.283.574.oo), por  concepto  de  los  daños  materiales  causados  por  la  pérdida  de las joyas  entregadas    como   garantía   del   préstamo   contenido   en   el   pagaré  No.603986.   

                    6.  A la  demandante  Erlinda  Elizabeth  Gómez  de Castrillón el monto de tres millones  cuatrocientos   treinta   y   seis   mil   ochocientos   veintiún   pesos   ($3.436.821.oo),  que  corresponden a la pérdida de los bienes que caucionan el  préstamo  contenido  en  el  pagaré  No.501213;  igualmente,  la  suma  de dos  millones   setecientos   setenta   y   dos   mil   setecientos   un  pesos   ($2.772.701.oo),  en  que  se  tasan  los  daños  que sufrió por los hechos ya  referidos respecto a las joyas que garantizan el pagaré No.412151.   

                    7.  A la  actora  Carmen Manuela Redondo Gómez la suma de siete millones ochocientos tres  mil  cuatrocientos diez pesos  ($7.803.410.oo), a título de indemnización  por  la  pérdida  de  las  joyas  empeñadas  en  garantía  de  la obligación  contenida  en  el  pagaré  No.604040;  igualmente, la cantidad de seis millones  trescientos  nueve  mil  ciento  cuarenta  pesos   ($6.309.140.oo),  por el  concepto en referencia pero respecto al pagaré No.604039.   

                    8.  A la  accionante  Alcira  Isabel  Granados Bermudez el monto de un millón novecientos  noventa  y  dos  mil  trescientos sesenta pesos  ($1.992.360.oo)  como  resarcimiento  al  perjuicio  material  causado  por  la pérdida de las alhajas  pignoradas   para   garantizar   la   obligación   contenida   en   el  pagaré  No.412495.   

                      9.  Al  demandado   Tulio   Enrique   Moscote  Fragozo  la  cantidad  de  tres  millones  trescientos  veinte mil seiscientos pesos  ($3.320.600.oo), por concepto de  daños  materiales generados por el hurto de las joyas entregadas en prenda para  garantizar el pagaré No.503049.   

                       Tercero.  –     NEGAR   la  indemnización  reclamada  por  concepto  de  daños  morales,  por  las razones  expuestas en la parte motiva de este fallo.   

                                              Cuarto.-    CONDENAR   al  Banco demandado a pagar sobre las anteriores sumas de dinero y a  partir  de  la notificación del auto admisorio de la demanda un interés legal,  civil moratorio, del 6% anual.   

                                              Quinto.-    CONFIRMASE  la  desestimación  de  las  pretensiones  de la demandante Elaisa  Mercedes    Galván    Mendoza,    por    las    razones    anotadas    en    su  oportunidad.   

                                              Sexto      .-       CONDENASE  al  Banco  demandado al pago de  las  costas  de ambas instancias a favor de los demandantes vencedores. De igual  manera,  condenase  a  la demandante Elaisa Mercedes Galván Mendoza a pagar las  costas que su demanda le originó a la entidad accionada.    

                     

                                              Séptimo.-   Sin  costas  en  el recurso de casación a cargo de los demandantes cuya demanda  de  casación prosperó.  Condenase a la señora Galván Mendoza a pagar el  20%   de   las   costas   del  recurso  de  casación  a  favor  de  la  entidad  demandada.   

NOTIFÍQUESE   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO  FERNANDO  TREJOS  BUENO   

CESAR  JULIO VALENCIA COPETE    

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *