AC1854-2014 [2007-00343-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  CIVIL   

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

Magistrada Ponente  

AC1854-2014  

Radicación           nº  15001-31-10-002-2007-00343-01   

(Aprobado  en sesión de doce de marzo de dos  mil catorce)   

Bogotá  D.C., diez (10) de abril de dos mil  catorce (2014).   

Decide  la Corte sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación  presentada  por  Temilda  Neira  de  Tovar,  frente a la  sentencia  de  22  de  febrero  de 2012, proferida por la Sala Civil Familia del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Tunja, dentro del proceso ordinario  que aquella promovió contra Eugenio Tovar Daza.   

     

I. ANTECEDENTES     

1.  En  el escrito introductorio se solicitó  declarar  la  nulidad  de las escrituras públicas números 2619 y 2803 de 25 de  septiembre  y  13  de  octubre  de  2004,  protocolizadas en la Notaría 1ª del  Círculo  de  Tunja, en las que se hizo constar la disolución y la liquidación  de  la  sociedad  conyugal  surgida  por  el matrimonio de los comparecientes al  proceso,   por   carecer   de   justa   causa   y   del   consentimiento  de  la  actora.   

En  consecuencia  de  lo  anterior, se pidió  restablecer  la  «sociedad  conyugal»  y la totalidad de  su  patrimonio,  condenándose  al  convocado  al  pago  de los frutos civiles y  perjuicios,  debidamente  indexados,  desde  la  fecha  del  primer  instrumento  público.   

Subsidiariamente, se planteó que se declarara  civilmente      responsable      al     accionado     de     la     «elaboración  y  consecución  para  su  provecho  de  las  [citadas]  escrituras»   al   haber  obtenido     irregularmente     el    «consentimiento»  de  la  demandante,  por  lo  que  debe sufragar los daños ocasionados desde el  otorgamiento  de  aquellas,  tasados  en  $150.000.000,  o los que se determinen  dentro de la actuación, con la correspondiente actualización.   

          2.     Los    fundamentos    fácticos    admiten    el    siguiente  compendio:   

a).  Los  contendientes contrajeron nupcias,  «sin      acordar  capitulaciones»,  el  2  de  diciembre  de  1978,   de  cuya  unión nacieron Angélica, María Eugenia,  Mauricio   y  Leonardo  Tovar  Daza  (sic).   

b).  El demandado, aprovechando la sumisión  de  su  esposa  y  haciéndole  ver  la conveniencia que representaría para sus  hijos,  la  convenció  de  disolver  su  sociedad  conyugal  por vía notarial,  logrando  que  firmara, originariamente el primer instrumento público enunciado  y  posteriormente  el  otro,  aclaratorio  del inicial, lo que hizo sin leer, ni  estar asistida de abogado.   

c).  Los bienes que integraban el patrimonio  social  fueron  conseguidos  con  el  trabajo  mutuo  de  los cónyuges y en tal  virtud,   por   constituir   gananciales,   deben   ser  liquidados  por  partes  iguales.   

d).  La distribución resultó inequitativa,  dado  que  el  accionado efectuó a su acomodo la partición de las propiedades,  asignando  avalúos  de  manera  personal  y alejada de los precios comerciales,  todo lo cual refleja la intención dolosa de timar a su cónyuge.   

3. Notificado el convocado de la admisión de  la   demanda,   se   opuso   a   las   súplicas   formulando  las  «excepciones   de   mérito»  de  “falta  de  causa  para  pedir  [y]  carencia     de     fundamentación     fáctica     de    la    responsabilidad  contractual”,  en esencia,  porque  «no existieron las  maniobras       engañosas,       dolosas       y       fraudulentas»  que  afectaran la voluntad negocial de  la  actora  y  que  el  libelo  demandatorio  carece  de hechos constitutivos de  «responsabilidad      contractual».   

4.       El      a-quo  le puso fin a la primera instancia  mediante  sentencia  de  21  de  octubre  de 2009 en la que acogió las defensas  formuladas   y  desestimó  las  pretensiones  por  no  haberse  acreditado  los  supuestos en que estas se fundaron.   

          5.     El    ad   quem  al  desatar  la  apelación  propuesta  por la actora confirmó el  fallo  y  aclaró  que  solo  acogía el medio enervante denominado «falta        de        causa       para       pedir»,   puesto   que   el   de  «carencia de fundamentación fáctica de  la    responsabilidad    contractual»   debió  negarse  por  no  versar  el asunto sobre un vínculo de tal  característica.   

En  soporte de su decisión, el ad   quem   comenzó  por  ratificar  la  prosperidad  de  la  tacha  admitida por el juez de primer grado respecto de los  testigos  Mauricio y Angélica Tovar Neira, a la vez que restarle credibilidad a  la  atestación  de  María  Eugenia,  todos  ellos hijos de los litigantes, por  virtud   del  afecto  hacia  su  progenitora  y  advertir  que  tienen  interés  económico  en  la  repartición  de los bienes, aspirando a que su padre no los  comparta con sus otros descendientes extramatrimoniales.   

Seguidamente, se refirió a los presupuestos  de  la  nulidad  de  los  contratos,  precisando  que  la  ley  no  establece la  «falta  de  justa  causa»  como  uno  de  ellos, por lo que su planteamiento carece de asidero jurídico, a  más  de  que  en  el acto de disolución y liquidación de la sociedad conyugal  realizado,   no   se   demostró  la  ausencia  de  capacidad,  objeto  y  causa  lícitos.   

Luego  procedió  a analizar cada una de las  circunstancias  que  vician el consentimiento, esto es, el error, la fuerza y el  dolo,  sin  encontrar  la  estructuración  de  alguna  de  ellas, puesto que se  evidencia  la  presencia  de  voluntad  y  libertad  para actuar, no se advierte  equivocación  en  punto  de  derecho,  ni  en  la naturaleza del acto, dado que  «las    partes,    con  antelación  se  reunieron para acordar el reparto de los bienes, por lo cual se  deduce  que  (…)  el negocio a realizar es la disolución y liquidación de la  sociedad    conyugal    y    no    otro».   

          Tampoco  percibió  maquinaciones  engañosas  dirigidas  a  que  la  actora  suscribiera  los  señalados  instrumentos,  para  de  esa  forma  poder  predicar       que       hubo       «dolo»,  menos  cuando  éste  se  hace  consistir en el «incumplimiento  de  un acuerdo- no escrito (…)- y a la existencia  de  otra  mujer  en la vida del demandado»,   hecho   que  no  se  demostró,  como  tampoco  la  «incidencia  de aquella en la obtención  de   la   firma   de   las   escrituras».   

          Finalizó   descartando   el  acaecimiento  de  fuerza  que  hubiera  conllevado  a la celebración del mencionado pacto, toda vez que no se acreditó  la  existencia  de  intimidación  o  amenaza  capaz  de  anular la «libre        voluntad»  de  la  demandante,  pues «[e]l   respeto  y  obediencia  que  la  señora  Temilda  afirmó tenerle como esposo, padre y como autoridad del hogar,  no  es un indicio de fuerza tal que permita viciar su consentimiento»,  máxime  que  el dictamen de medicina  legal  «deja  claro que la  actora    es   una   persona   con   ‘capacidad  para  comprender  situaciones,  relaciones entre hechos,  consecuencias  de  sus  comportamientos’»,    y    conforme   al   «artículo  1513  del  Código Civil, el  solo  temor  de desagradar a las personas a quienes se debe sumisión y respeto,  no  limita  la libertad en términos absolutos e impedientes, es decir, no vicia  el  consentimiento», razón  por  la  cual,  «la nulidad  del  negocio  jurídico  no está llamada a prosperar»  (fls. 29-58 C.2).    

          6.  Propuesta  y  concedida  la  impugnación  extraordinaria,  esta  Corporación   la   admitió  y  en  tiempo  hábil  la  recurrente  allegó  el  correspondiente libelo en procura de sustentarla (fls. 7-31).   

     

I. CONSIDERACIONES     

          1.   De  conformidad  con  el  artículo  374  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  la  demanda  de  casación  debe  contener los siguientes  requisitos:   

1.  La  designación  de las partes y de la  sentencia  impugnada.   2.  Una síntesis del proceso y de los hechos,  materia  del litigio. 3.  La formulación por separado de los cargos contra  la   sentencia  recurrida,  con  la  exposición  de  los  fundamentos  de  cada  acusación  en forma clara y precisa.  Si se trata de la causal primera, se  señalarán  las normas de derecho sustancial que el recurrente estime violadas.  Cuando  se  alegue  la violación de norma sustancial como consecuencia de error  de  hecho  manifiesto  en la apreciación de la demanda o de su contestación, o  de  determinada  prueba,  es  necesario  que  el  recurrente lo demuestre. Si la  violación  de  la norma sustancial ha sido consecuencia de error de derecho, se  deberán   indicar   las  normas  de  carácter  probatorio  que  se  consideren  infringidas explicando en qué consiste la infracción.   

2. Dada la naturaleza dispositiva y estricta  del  recurso  impetrado, cuyo propósito es el quiebre de una sentencia amparada  por   la  presunción  de  legalidad  y  acierto,  el  escrito  presentado  para  respaldarlo    debe   sujetarse   a   determinados   requerimientos   de   forma  normativamente  previstos, lo que implica que la parte afectada con el fallo que  se aspira aniquilar, no tiene plena libertad de configuración.   

Ciertamente, una demanda de este linaje debe  cumplir  las  exigencias  formales establecidas en la ley, por cuanto el combate  en  este estadio se circunscribe al fallo que causó el agravio cuya reparación  se  busca,  y  no constituye el escenario adicional de una tercera oportunidad a  la  que  se  prolonguen  con  amplitud  y sin restricciones las controversias ya  agotadas  en  las  instancias,  en  el  que  se  permita  de  manera panorámica  enjuiciar todo el proceso.   

Igualmente,  la censura es la que tiene a su  cargo  el  deber irremplazable de explicitar y precisar los motivos o razones de  los  que se sirve para obtener la finalidad pretendida, puesto que a la Corte le  está  vedado  suplantar  su  voluntad  y mucho menos actuar de oficio en pro de  hallar el basamento de la inconformidad.   

Por  eso,  en este escenario se requiere que  las  acusaciones  sean  formuladas  por  separado  con  la  exposición  de  los  fundamentos  de  cada  una de ellas, de manera clara y precisa, lo cual conlleva  no  solo  a  que  se  identifiquen  los  errores cometidos, sino a determinar el  alcance de ellos.   

Esta  Corporación,  en auto CSJ SC, 26 Ene.  2012,    Rad.   2008-00567-01,   respecto   de   las   reseñadas   condiciones,  recordó:   

Ahora, si claridad es lo que se entiende sin  dificultad,  sin  duda  o  sin confusión, esto significa que, en palabras de la  Corte,    no    resulta   técnico   ‘denunciar   un   error  de  juzgamiento  y  desarrollarlo  como  de  procedimiento,  o acusar errores de hecho o de derecho en la apreciación de las  pruebas  como fundamento de la violación directa de la ley sustancial, sino que  es  necesario  identificar,  en  primer  lugar,  el tipo de error en que se pudo  incurrir,  y  luego aducirse la causal o la vía que para el efecto se encuentra  legalmente prevista» (…).   

Por  consiguiente, en el escrito mediante el  cual     se     formaliza     la     «impugnación  extraordinaria» se debe aducir o invocar como mínimo  una  de  las causales mencionadas y desarrollarlas en armonía con su contenido.  Así  entonces,  cuando se trata de violación de normas sustanciales, al censor  le  corresponde  identificar  las  que  ostentan  tal entidad, precisar cómo se  produjo  el  quebrantamiento  e  indicar  la clase de error cometido; en caso de  inconsonancia,  le  compete  señalar  en  dónde  está  la  desarmonía; en la  hipótesis  de  disposiciones  contradictorias, anotar cuáles son; en el evento  de  la reforma en perjuicio, manifestar cómo se estructuró y en el supuesto de  nulidades,  puntualizar  el  correspondiente motivo y cómo aparece configurado.   

Sobre  el  particular,  la jurisprudencia de  esta   Sala,  en  proveído  CSJ  SC,  17  ene.  2013,  rad. 2005-00244-01,  reiteró:   

(…)  para que la casación pueda alcanzar  sus  fines propios, para que le sea dado a la Corte entrar a estudiar el recurso  en  el  fondo,  no  basta  con que se haya interpuesto, concedido y admitido, ni  tampoco  que  se presente una demanda a manera de alegato de conclusión, ya que  se  trata  de  un  recurso  eminentemente  extraordinario  y  no  de una tercera  instancia  del  proceso,  sino  que  es menester que esa demanda llene todos los  requisitos  formales  exigidos  por  la  ley  para  ella,  cuya omisión total o  parcial  conduce,  por  mandato  expreso de la misma ley, a la inadmisión de la  que ha sido defectuosamente aducida (…).   

3.  En el presente asunto, la impugnante  plantea  tres  (3)  cargos,  fundados  en  la  causal  1ª del artículo 368 del  Código de Procedimiento Civil, así:   

3.1. En el «primer  reproche»  acusa  al  fallo  recurrido  de  transgredir la ley sustancial en forma directa, concretamente, el  precepto   1838  del  Código  Civil,  por  falta  de  aplicación,  puesto  que  «desconoció   que   la  partición    de    la    sociedad    conyugal    no    es    un    ‘acto       jurídico’   que  se  pudiera  calificar  como  contrato,      sino      una      ‘convención’  destinada    a    ponerle    fin   a   una   comunidad   de   bienes».   

Agrega       que      «[e]l  juzgado  de instancia»  no  tuvo en cuenta dicho precepto para  admitir  que  la  actora  sí podía solicitar la rescisión de la disolución y  liquidación  de  la sociedad conyugal, al haber sido engañada por el demandado  quien  además,  ocultó  el  verdadero valor de los bienes, pues aquella firmó  las  escrituras  «con  una  voluntad  distorsionada  y  limitada  en  la claridad de lo acordado»,       beneficiando      a      su  ex-cónyuge.   

Señala  que la aludida norma instituye como  presupuestos  de  la recisión, «el engaño de uno de  los    cónyuges,    un  justificable  error acerca del verdadero estado de los negocios sociales [y] que  se  presente  la demanda, dentro de los cuatro (4) años contados a partir de la  disolución  de  la  sociedad», requisitos que en este  asunto  se  cumplen, pues el proceso se inició con el fin de demostrar que para  la   firma   de   las   escrituras  públicas  donde  constan  los  «actos  impugnados», el convocado había  engañado  a  la  accionante,  toda  vez  que  para  ello le propuso a ésta dos  condiciones,  como  eran  la  de  beneficiar  a  sus  hijos  adjudicándoles sus  pertenencias y mantener la unidad familiar, las que no satisfizo.   

Añade   que   igualmente   era  necesario  establecer  la  diferencia  en  el  valor  de los bienes repartidos «que  si  bien  no llegaron a la lesión  enorme,  si  son  de  gran  significancia»,     por    lo    que    «al     dejar     de     existir     justa    causa    para    dicha  distribución», derivada del  incumplimiento del accionado, procedía la nulidad.   

Se  duele de que el Tribunal hubiera acogido  la  defensa  de  «falta de  causa  para  pedir», con el  argumento  de  no  estar  contemplada la «carencia   de  justa  causa»  como  vicio  del  consentimiento,  cuando  el antedicho canon 1838  «la    incluye    como  consecuencia       del       engaño,      consistente      en      ‘violar  la  fe  conyugal’».   

Así  mismo,  citando a la Corte, expone que  muchas  veces  la intención del actor no está contenida en el capítulo de las  súplicas,  sino  en los supuestos de hecho y de derecho, por lo que se requiere  que  ese  designio  aparezca  claro  en  la  demanda, pero si no ocurre, ello no  impide  un fallo de mérito, «en la medida en que sin  atentar   contra  su  contenido  objetivo,  pueda  ser  interpretada»;  de  ahí  que  en  este  caso,  si el  «Tribunal  le hubiera dado  alcance  al verdadero propósito de la demanda definitivamente hubiera entendido  que  la  justa  causa  alegada, no era otra cosa que la consecuencia de dejar de  existir  el  motivo que tuvo Temilda Neira de Tovar, para firmar la liquidación  de  los  bienes y que dicha razón fue inexistente desde el mismo momento en que  se  elaboraron  las  escrituras,  porque Eugenio Tovar jamás tuvo intención de  cumplir  el compromiso adquirido con ella», en cambio,  con  engaño,  que incluyó el valor de los haberes, se aprovechó de un reparto  ventajoso para él.   

Enfatiza  en  que  si  el  juzgador  hubiera  observado   la   sentencia   impugnada  «no  hubiera  aceptado  la  excepción; sino por el contrario había  accedido      a      las      pretensiones     de     la     demanda».   

          3.2.  El  «segundo  embate»   se   refiere   a   la   «violación  directa»  del artículo 1741  del  Código  Civil,  por  aplicación  indebida  y  la  transgresión  del 1838  ibídem,  al  no tenerlo en  cuenta,    pues    el    ad    quem    consideró  que  no  existían  causales  para  la  nulidad  de  los  instrumentos    públicos    ab   initio    citados,    desconociendo    de    esa    manera    «las  realidades  expuestas en la demanda, en la que claramente se  determina    que   se   está   frente   a   la   solicitud   de   una   nulidad  relativa»,   derivada  de  «(…)  la  ‘falta   de  justa  causa’  como argumento producto del engaño  consagrado  en  el artículo 1838 ibídem»,  toda  vez  que  la  actora  accedió  a  suscribir  los  aludidos  títulos,  basada  en  la  promesa  de  su  esposo  de  beneficiar a sus hijos y  mantener  la  unidad familiar, compromiso que él no cumplió, lo que representa  un  ardid,  conforme  lo  indicado  en  los  hechos  trece  y quince del escrito  introductorio,   además  de  constituir  «un  vicio  contemplado  en  la  ley  para  que exista nulidad de las obligaciones pactadas,  máxime  cuando,  en  el  caso  que  nos  ocupa  se  hizo con plena intención y  llevando   a   error   en   la   valoración   de  los  bienes  patrimoniales  a  repartir».   

Agrega  que  de  haberse  entendido  que  la  intención   del   citado   a   juicio   era   no   liquidar   la   «sociedad      conyugal»  por  partes  iguales,  porque  quería  dejarle  a sus hijos habidos fuera del matrimonio lo que a él le correspondía,  ahí  sí  «tendría cabida  la   excepción   que   prosperó   en   la   sentencia  impugnada».   

Concluye   la   censura   señalando,  que  «[e]l Tribunal al no hacer  el  estudio de todos los hechos y enlazarlos adecuadamente con las pretensiones,  tergiversa   los   primeros  y  por  consiguiente  desconoce  el  querer  de  la  demanda».   

3.3.  La  impugnante,  en  el  «cargo        tercero»  cuestiona  el  fallo  al  estimar  que  vulnera  en  forma indirecta, por aplicación indebida, los cánones 1502, 1503,  1741,  1838  y  2683  del  Código  Civil;  75, 76, 82, 187 y 304 del Código de  Procedimiento  Civil,  y  numerales  4ª  y  7ª  de  la  Ley  28  de 1932, como  consecuencia  de  error  de  hecho  en  la  apreciación  y  valoración  de las  pruebas.   

Sostiene  que  el  sentenciador  efectuó un  análisis  parcializado  de la pericia sicológica, pues se dedicó a revisar la  capacidad  y  conducta  de  la  demandante,  sin  hacer  lo  propio respecto del  accionado  en  donde  se refieren sus rasgos de personalidad y que llevaron a la  actora  a  firmar sumisamente las escrituras, vulnerándose su buena fe, aspecto  que aquel no tuvo en cuenta.   

Que  así  mismo  erró  en  el  análisis y  valoración  de  las declaraciones de Mauricio, Angélica y María Eugenia Tovar  Neira,  hijos  de las partes, al no creerles y aceptar la tacha formulada por el  demandado,  pues  no  se sabe de dónde extrae el Tribunal que el parentesco les  quita  credibilidad  a  sus  testimonios,  sin  que pueda basarse en el dicho de  aquel,  dado  que según el dictamen médico legal, él presenta predisposición  para  culpar  a  los  demás,  con  un  comportamiento conflictivo, «deshonesto,   indicado   por   mentir  repetidamente».   

Reprocha  que el juzgador haya expuesto como  argumento  para  restarle  crédito  a  los  deponentes  la  concordancia de sus  manifestaciones,  la  que  se  explica  porque  participaron en el acuerdo, y en  cuanto  al  interés  afectivo hacia su madre señala que ese no es un argumento  fundado,    puesto   que   lo   indicado   por   ellos   es   que   «existe  cierto malestar en contra de su  padre,  pero  como  consecuencia  de  su  actuación  posterior,  no anterior al  otorgamiento  de  las  escrituras  (…)»  por  virtud  de  su  infidelidad y al engaño al que los sometió,  pues  se  sentían  culpables  de  haber  convencido  a  su progenitora para que  accediera  a la disolución y liquidación de la sociedad conyugal, con promesas  que su padre no observó.   

También   esgrime   que  el  ad  quem ha debido profundizar más en las  razones  que  tuvo  para restarle mérito a la atestación de María Eugenia, no  por  ser  hija de los litigantes, sino por tener interés en el negocio familiar  del  que  ella  es  socia, ya que ese argumento no es de recibo, debido a que su  inclinación  de  ánimo  por  la  empresa no influye en el repartimiento de los  bienes sociales entre sus padres.    

Así mismo ataca el fallo por no valorar los  testimonios  de Raúl Acevedo, Clara Ruth Burbano Galán y Clara Muñoz García,  que  confirman  la  actitud  patriarcal  del  accionado, referida en el dictamen  médico  legal,  corroborándose  su mal genio, lo mismo que la actitud pasiva y  conciliadora   de   la   actora,   características  que  le  generaban  a  ella  «físico temor»  y que él aprovechó para adjudicar el  patrimonio como a bien quiso.   

El  casacionista discrepa de la explicación  ofrecida  por  el  juzgador,  atinente  a la dependencia económica que planteó  para  descartar  las  declaraciones  de  los descendientes de los contendientes,  toda  vez que solo tuvo en cuenta las aseveraciones mendaces del demandado, pues  dichos  testigos trabajaban para la época de los hechos en el negocio familiar,  proveyéndose  su  manutención  y  educación con las utilidades de la sociedad  Calamar    Ltda.,    de    lo    que   «no     se    desprend[e]    una    dependencia    económica    tan  grande» que pudiera afectar  sus manifestaciones.   

Que  igualmente  constituye  un  invento del  ad   quem,  el  argumento  relacionado  con  el  interés en las resultas del proceso, dado que el malestar  de  los  hijos  comunes de los nombrados esposos devino del incumplimiento de su  papá,  por lo que pretender el restablecimiento de las cosas a como se hallaban  antes   del   desproporcional   reparto,   no   debe   ser  suficiente  para  no  creerles.   

Culmina   señalando   que   «[e]n   definitiva   (…),   el  (…)  Tribunal  no efectuó el análisis probatorio en forma debida, por cuanto no las  analiza  en conjunto«, con lo  que  desconoce  los  preceptos  174  y  186  del Código de Procedimiento Civil,  «siendo   la   sentencia  deficiente,  pues  descarta  sin ofrecer explicación alguna, posturas que daban  cuenta  de  circunstancias  de tiempo, modo y lugar, ajenas a las consignadas en  los   fallos  que  desconocen  tanto  la  realidad  verdadera,  como  la  verdad  procesal».   

Que     de     haber     «analizado  las pruebas en conjunto y de  manera  completa» ha debido  concederle  valor  a  los  testimonios  de los descendientes de las partes y por  ende  declarar  probado el engaño a que fue sometida la demandante por obra del  convocado,  quien  lo  hizo  con  el  único propósito de beneficiarse en forma  inequitativa  e  injusta, lo que debía conllevar a la nulidad de las escrituras  supracitadas o a la compensación dineraria solicitada en subsidio.   

Con  base  en  lo  anterior  pide  casar  la  sentencia y acoger las pretensiones postuladas.   

         

4.  Vistos los argumentos fundamento de  los  embates,  se  constata  la  preterición de los parámetros que orientan la  técnica casacional, lo que impide la admisión de la demanda.   

          4.1.  En  efecto,  cuando  se  trata  del  quebranto recto de la ley  sustancial,  vía  escogida en los dos iniciales reproches, le resulta imperioso  al  casacionista aceptar las conclusiones fácticas y probatorias efectuadas por  el  juzgador,  dado  que  por  ese  camino, todo queda reducido a un problema de  subsunción   normativa,   atinente  a  su  elección,  aplicación  y  alcance.   

Al   respecto,   esta   Corporación,   en  auto  CSJ  SC,  28  Oct.  2013,  Rad.,  2006-00131-01  sostuvo:   

(…)  cuando  se  denuncia derechamente la  violación   de   un  precepto  sustantivo,  la  censura  no  debe  ‘separarse,  un ápice siquiera, de la  quaestio  facti,  cual  y  como  fue  apreciada  por el sentenciador, so pena de  resultar  inidónea  la  acusación  en  caso  de  que  ello  ocurra’  (…), puesto que en ese evento, la  Corte  ‘trabaja  con los  textos  legales  sustantivos únicamente, y ante ellos enjuicia el caso; ya sabe  si  los  hechos  están probados o no están probados, parte de la base de una u  otra    cosa,    y    sólo   le   falta   aplicar   la   ley   a   los   hechos  establecidos’  (…).   

Igualmente, en fallo  CSJ      SC,      22      Mar.     2007,     Rad.     00058-01,     reiteró:   

Como se sabe, las acusaciones propuestas por  la  vía  directa  de la causal primera de casación se encuentran encaminadas a  establecer  que  el sentenciador infringió una norma de derecho sustancial, sin  que  hayan  mediado  errores  en  la  contemplación  material  de  los hechos y  pruebas,  por  lo  que  se  trata  de  un reproche que se desarrolla en un campo  estrictamente  jurídico,  cuya prosperidad depende de que el impugnador consiga  demostrar  la falta de aplicación de los preceptos llamados a gobernar el caso,  la   actuación   de   los   que   no  resultan  pertinentes,  o  la  incorrecta  interpretación  de  aquéllos  (…).  Sobre  ese  particular, de antiguo tiene  dicho  la  Sala  que, cuando es seleccionada la vía directa, (…) la actividad  dialéctica  del  impugnador  tiene que realizarse necesaria y exclusivamente en  torno  a los textos legales sustanciales que considere no aplicados, o aplicados  indebidamente,  o  erróneamente  interpretados;  pero en todo caso con absoluta  prescindencia  de  cualquier  consideración  que  implique  discrepancia con el  juicio  que el sentenciador haya hecho en relación con las pruebas (…).    

         

Al  examinar  las  señaladas  acusaciones se  evidencia  la inobservancia de las mencionadas exigencias técnicas, dado que en  el  reproche  inicial, frente a las consideraciones del Tribunal atinentes a que  no  era dable la declaratoria de nulidad pretendida puesto que no existía vicio  del  consentimiento,  la  impugnante  enfrenta esa deducción, señalando que la  actora   firmó   los   instrumentos   públicos   aceptando  la  disolución  y  liquidación  de  la  sociedad conyugal confiada en que el reparto de los bienes  sería  equilibrado,  sin  que  ello  hubiese  ocurrido  dado  que  el demandado  «aprovechó  esa confianza  en  él  depositada para establecer el error comercial de los bienes»,  reclamando  que el Tribunal ha debido  reconocer  «que sí había  un  vicio  en el consentimiento de la demandante, producto del engaño a que fue  llevada  por  el demandante».   

Así  mismo,  respecto  del  argumento  del  ad   quem  alusiva  a  que  «la   normatividad   no  autoriza   la   declaratoria  de  nulidad  por  el  hecho  de  que  ‘no  haya una justa causa, por lo cual  la  pretensión  alegada  de  la parte actora, frente a la falta de causa justa,  para  pretender la nulidad de la escritura pública, (…) no cuenta con ningún  asidero     legal,     ni    doctrinal»,  la  recurrente replica que la renuncia efectuada por la actora al  reparto  de  los  gananciales  por mitades, no fue gratuito, sino que tenía una  contraprestación  a  la  que se obligó el accionado, consistente en asegurarle  los  bienes  a  los  hijos  habidos  dentro  del matrimonio y mantener la unidad  familiar    «y   al   no  cumplirlos,  surgió  como  consecuencia  la  falta  de  justa  causa,  para que  permaneciera  vigente  la  disolución  y  liquidación de la sociedad conyugal,  causa     justa     que     se     consagró     en    la    demanda»,    por    lo    que    «era  procedente  la  acción de nulidad  solicitada».   

También  fue  rebatida  la  deducción  del  juzgador  según  la  cual,  en  el  acto  de  disolución  y liquidación de la  sociedad  conyugal  no  se presentó error, fuerza o dolo que permitiera afirmar  la  existencia de «vicio del  consentimiento», pues frente  a   tal   inferencia,  la  impugnante  replica  que  el  demandado  «engañ[ó]  a su cónyuge con malévola  intención  y  con  error  en  el  valor  de los bienes, para aprovecharse de un  reparto  completamente  ventajoso  a  los  intereses  del  demandado».   

Como  se  ve,  las  reseñadas  conclusiones  plasmadas  en  el  fallo  cuestionado,  no fueron aceptadas por la censura, como  tenía  que  ser,  sino que las controvirtió, desconociendo que su actividad se  tenía  que  orientar  en  torno  de  las  normas sustanciales y nada más, para  demostrar  que  no  se  aplicaron, o que lo fueron indebidamente, o que tuvieron  una  hermenéutica  equivocada,  desechando  por  entero,  como  antes se expuso  cualquier  consideración que implique inconformidad con el juicio realizado por  el juzgador atinente a los supuestos fácticos y probatorios.   

Es más, esa ausencia de técnica se evidencia  cuando    la    censora    pretende    hacer    ver    que    la    «intención  del  actor  muchas veces no  está   contenida  en  el  capítulo de las súplicas, sino también en los  presupuestos  de  hecho  y  de  derecho por él referidos a lo largo de la pieza  fundamental»,  y  que si el  Tribunal  «le hubiera dado  alcance  al verdadero propósito de la demanda definitivamente hubiera entendido  que  la  justa  causa  alegada, no era otra cosa que la consecuencia de dejar de  existir  el  motivo que tuvo Temilda Neira de Tovar, para firmar la liquidación  de  los  bienes y que dicha razón fue inexistente desde el mismo momento en que  se  elaboraron  las  escrituras,  porque Eugenio Tovar jamás tuvo intención de  cumplir  el compromiso adquirido con ella».   

          En   la   sustentación  del  segundo  cargo,  la  censura  también  cuestiona  las  inferencias  fácticas  y  probatorias  plasmadas  en  el fallo.   

Véase   que   frente   al  argumento  del  ad  quem  relativo a que no  existían   motivos   para  atender  la  nulidad  de  los  documentos  públicos  mencionados,  la  impugnante esgrime que «si   bien  el  Honorable  Tribunal  hace  un  análisis  sobre  las  nulidades  absolutas  y relativas (…) desconoce las realidades expuestas en la  demanda,  en  la  que claramente se determina que se está frente a la solicitud  de  una  nulidad  relativa»,  por  lo  que  «no existiendo  nulidad      absoluta,      ha      debido      conocer      la     ‘falta   de  justa  causa’  como argumento producto del engaño  consagrado  en  el  artículo  1838 ibídem, por cuanto como se ha sostenido, la  razón  de Temilda Neira de Tovar para firmar las escrituras, fue la promesa que  como   causa   final,   le   hizo   Eugenio   Tovar   Daza   (…)  [pues  si  éste]  hubiera  cumplido  con  favorecer  a  sus  hijos,  con  respecto a los bienes que le correspondían y de  mantener  la  unión  familiar, no hubiera existido la posibilidad de la acción  que   hoy   ocupa   la   atención   de  la  Honorable  Corte  (…)».   

Al  respecto  cabe resaltar que al mencionar  que        el       juzgador       «desconoc[ió]  las  realidades  expuestas en la demanda»,  está aludiendo a que los hechos ahí  narrados   sí   configuran   alguna   «causal     de     nulidad»,  cuando  aquel  dedujo lo contrario, y al afirmar que el convocado  no  cumplió el compromiso asumido para que la demandante consintiera el acto de  la  separación  de bienes, no corresponde a una deducción que haya obtenido el  ad  quem,  por  lo  que  al  apoyarse  en  supuestos  distintos  a  los  precisados  en  el  fallo,  se está  separando   de   los   cimientos   que   orientaron   la  labor  de  subsunción  normativa.   

Igualmente   se   patentiza  la  reseñada  falencia,  al  dedicarse  la  censura  a  explicar  que  el  engaño  perpetrado  constituye     «vicio  contemplado  en  la  ley  para  que exista nulidad de las obligaciones pactadas,  máxime  cuando en el caso que nos ocupa se hizo con plena intención y llevando  a  error  en la valoración de los bienes patrimoniales a repartir»,  situación que indica haber revelado en los hechos trece y quince  de la demanda.   

Así  mismo,  la  recurrente  enfrenta  las  consideraciones     relativas     a     que     no     existió     «vicio  del  consentimiento»,   cuando   esgrime   que   como   el  «reparto   se   hizo  en  consciente  engaño por parte de Eugenio» al  hacerle las dos promesas ya expuestas, una de ellas «seguir  en  unión  familiar,  segundo  propósito  para  convencer a la hoy actora (…) [para  quien]  era  muy  grave  que  se  rompiera  la unidad  familiar   (…)  [e]s  indudable  que  lo  anteriormente  mencionado  vicia  el  consentimiento  por  error  y por dolo y por tanto constituye nulidad relativa y  es  en ese sentido que el Honorable Tribunal a (sic) debido aplicar el artículo  1741  del  Código  Civil  aceptando  la  nulidad o rescisión de las escrituras  (…)  pretensión principal de la demanda, reconociendo que al ser engañada la  hoy  casacionista,  no  existió  justa  causa,  razón  o motivo, para que ella  hubiera     firmado     los     citados     documentos     públicos».   

Obsérvese  que  se  alude  al  «engaño      perpetrado», inferencia  probatoria esta que no coincide con las establecidas por  el  ad  quem, situación que  también  se  percibe  al  aludir  a  que  el  accionado actuó con «plena       intención».   

También  se  aparta  de lo sostenido por el  sentenciador,  cuando expone como argumento que en su sentir sí permitirían el  acogimiento    de    «la  excepción  que  prosperó en la sentencia impugnada»,  la  circunstancia  de  que  tanto la demandante, como los hijos comunes hubieran  entendido    «que   el  propósito  de  no  liquidar  por  partes  iguales  como  lo determina la ley la  sociedad   conyugal,   era   porque   él   quería   era  dejarle  ‘…lo          que         me  corresponde…’  a  sus  hijos  que  tuvo  fuera  del  matrimonio»,    es    decir,   si   esa   intención   estuviera   «claramente  expuesta  y  así entendida  por   ellos»;  así  mismo  incurre    en    similar    descarrío    al    argumentar    que   «[e]l Tribunal al no hacer el estudio de  todos  los  hechos  y  enlazarlos adecuadamente con las pretensiones, tergiversa  los  primeros  y  por consiguiente desconoce el querer de la demanda».   

Adicionalmente,   cabe  resaltar  que  el  impugnante  omitió  examinar  y  revelar  la  forma  como  se infringió la ley  sustancial,  porque  a  pesar  de  citar  algunos  preceptos de esa naturaleza e  indicar  que  hubo  indebida aplicación o que no se escogió el que regulaba la  situación  en concreto, pretirió exponer de manera clara y precisa, porqué de  acuerdo  con  las  conclusiones  fácticas y probatorias del juzgador, el asunto  correspondía  subsumirlo  en  la  disposición  que supuestamente no se tuvo en  cuenta,  y  que por ello se tornaba totalmente errado hacer la adecuación en la  norma elegida por el Tribunal.   

4.2. En cuanto al último reproche orientado  por     la     «vía  indirecta»,  en  el  que se  denuncia    la    incursión    de    «errores     de     hecho»,  se  incurrió  en  omisión de formalidades legales, toda vez que  tales  desaciertos  deben  ser  clara  e  inequívocamente  comprobados  por  el  recurrente y dicha carga fue desatendida.   

En efecto, respecto de atestaciones como las  de  Raúl  Acevedo, Clara Ruth Burbano Galán y Clara Muñoz García denunciadas  como  preteridas, omitió efectuar la respectiva labor de contraste entre lo que  objetivamente  muestran  esas  probanzas  y  el  examen que de las mismas debió  realizar   el   ad   quem,  mecanismo  exclusivo  de  acreditación de los errores cometidos, y tampoco puso  de  presente  la  protuberancia  y  trascendencia  de  esa  equivocación, ni el  relativo  a  la inadecuada apreciación de las declaraciones de los hijos de los  nombrados esposos o del dictamen médico legal.   

La  censura,  entonces,  se  quedó  en  el  umbral,  pues  un  error  de hecho no se demuestra únicamente señalando lo que  dice  la  prueba, ya que «en  tal  momento  de  su  discurso  se  halla el censor apenas comenzando su camino,  porque  a  él  -no  al tribunal de casación- incumbe además acreditar en qué  forma  ese  medio  probatorio  supuestamente olvidado sí acredita el hecho cuya  presencia  en  autos  se reclama. Pues demuestra quien prueba, no quien enuncia,  no   quien   envía   a  otro  a  buscar  la  prueba»  (fallo  CSJ  SC,  18  Dic.  2009,  Rad.1999-00045-01).   

Aquí lo que se aprecia es que el impugnante  se  preocupó  más por hacer un alegato de instancia, en el que de modo libre y  sin  restricciones  enfrenta  el  proceso, pero no se aplicó, como se lo impone  este  sendero extraordinario, a cuestionar la sentencia y los fundamentos en que  se  sustenta  la misma, pues ha de tenerse presente que en sede de casación, la  formalidad  de la demanda no se satisface efectuando un discurso genérico en el  que  se  ensaya  una  interpretación  distinta,  incluso  mejor,  del análisis  probatorio   efectuado   por  el  ad-quem,  lo  que  se  exige es que haya confrontación de lo expresado por  éste  y  lo  consignado  en  los  elementos  demostrativos  que acogió, con la  finalidad  de  establecer  en  qué  radica  la  equivocación  y  cuál  es  su  trascendencia en el fallo.   

Al  respecto,  la  Sala  en  proveído  CSJ  SC,  14  abr.  2001,  rad. 2005-00044-01  dijo  que  cuando se acusa la sentencia de violación indirecta de  la  ley  sustancial, es imperativo que el recurrente en casación «más  que  disentir,  se  ocupe  de  acreditar  los  yerros  que le  atribuye  al  sentenciador,  laborío  que  reclama  la  singularización de los  medios  probatorios  supuestos  o  preteridos; su puntual confrontación con las  conclusiones  que  de  ellos  extrajo  -o  debió  extraer-  el  Tribunal  y  la  exposición  de  la evidencia de la equivocación, así como de su trascendencia  en la determinación adoptada».   

DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de Justicia, Sala de Casación Civil,   

RESUELVE  

Primero: Declarar  inadmisible  la  demanda  y,  en  consecuencia, desierto el recurso de casación  interpuesto por la accionante, en el proceso de la referencia.   

Segundo: Devolver  el    expediente    al    Tribunal    de    origen,    por    conducto   de   la  Secretaría.   

Notifíquese  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ    

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