AC6588-2014 [2007-00436-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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SALA DE CASACIÓN CIVIL  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

MAGISTRADO PONENTE  

AC6588-2014  

Radicación           n°  11001-31-03-011-2007-00436-01   

(Aprobado en sesión de seis de agosto de dos  mil catorce)   

Bogotá  D.C., veintisiete (27) de octubre de  dos mil catorce (2014)   

Se pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  de  las  demandas  que  presentaron  Edelmira,  José del Carmen Guerrero Páez,  Oliverio  Prieto  Alvarado  y  José Vicente Guerrero Torres, para sustentar los  recursos  extraordinarios  de  casación  que  interpusieron contra la sentencia  proferida  el  18  de  enero  de  2013,  por  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial de Bogotá, dentro del proceso de la referencia.   

I. ANTECEDENTES  

A. La pretensión  

Alfredo,   Vicente   Enrique,  Fernando  y  Guillermo   Matallana   Gómez,   Silvia   y  Andrés  Villegas  Matallana   promovieron  proceso  ordinario  de  reivindicación  en contra de Leonidas, Luz  Mery,  Luis  Alexander, Faustino, Edelmira, José y Ana Epimenia Guerrero Páez,  Elsa  Páez  de  Guerrero,  José  Vicente  Guerrero  Torres  y  Oliverio Prieto  Alvarado,  para  que se declare que son los propietarios legítimos del inmueble  localizado  en  la  carrera  36  n°  4-15 de esta capital, y se les condenara a  restituirlo,  junto  con  los  frutos  civiles  que se hubieren podido producir.   

B. Los hechos  

1.   Enrique,  Fernando,   Guillermo,  Alfredo  y  Gustavo  Matallana  Gómez  adquirieron  por  adjudicación,  en  la  sucesión  de  Susana  Gómez  de  Matallana,  el predio  identificado  con  el  folio  de matrícula inmobiliaria n° 50C-1064397. [Folio  29, c. 1]   

2.   Mediante  sentencia  de  17  de  enero de 1987, proferida por el Juzgado Veintisiete Civil  del  Circuito  de  Bogotá,  en  el  proceso  de  sucesión  de  Gustavo Eduardo  Matallana  Gómez,  se aprobó el trabajo de partición en el que se adjudicó a  Andrés  y  Silvia  Matallana Villegas una cuota parte de ese bien raíz. [Folio  29, c. 1]   

3.  En el año de  1982  Enrique  Matallana  Gómez  arrendó a Wbaldino Sicua Porras el inmueble a  reivindicar,   al   que   el  arrendatario  ingresó  junto  con  su  compañera  sentimental  y  sus  hijos Leonidas y José Vicente Guerrero Torres. [Folio 115,  c. 1]   

4.  Ante el deceso  del  arrendador  ocurrido  el  9 de septiembre de 2003, los mencionados señores  Guerrero  Torres  desconocieron  el  contrato de arrendamiento, y se proclamaron  señores y dueños del fundo. [Folio 115, c. 1]   

5.  La  posesión  ejercida  fue  irregular  y  de  mala  fe,  porque además de que los demandados  carecen  de  justo  título de dominio, «les   constaba  que  mis  poderdantes  eran  los  propietarios  del  inmueble».  [Folio 115, c.  1]   

6.   Edelmira  Guerrero  Páez promovió proceso de pertenencia en contra de Enrique, Fernando,  Guillermo  y  Alfredo  Matallana  Gómez,  Silvia y Andrés Matallana Villegas y  demás  personas  que  se  creyeran  con  derecho  sobre  el predio, para que se  declarara  que  adquirió  por prescripción extraordinaria el inmueble que hace  parte  de  uno de mayor extensión, cuya nomenclatura catastral corresponde a la  carrera 36 n° 4-15 de Bogotá. [Folio 38, c. 1]   

7.  Del  juicio  conoció  en  primera  instancia el Juzgado Cuarenta y Dos Civil del Circuito de  Bogotá,  que  mediante  sentencia de 20 de octubre de 2005, declaró probada la  excepción  de «carencia de  causa», y en consecuencia,  negó las pretensiones de la demanda. [Folio 36, c. 1]   

8.  Al desatar la  segunda  instancia  el  Tribunal Superior de Bogotá, en fallo de 28 de junio de  2006, confirmó la decisión de primer grado. [Folio 63, c. 1]   

9.  Leonidas, Luz  Mery,   Luis   Alexander  y  Faustino  Guerrero  Páez  promovieron  demanda  de  pertenencia  en  contra  de  Enrique,  Fernando,  Guillermo,  Alfredo  Matallana  Gómez,  Andrés  Matallana Villegas y de todas las personas que se creyeran con  derechos  sobre  el  respectivo  bien, para que se declarara que adquirieron por  prescripción  extraordinaria  el  inmueble  que  hace  parte  de  uno  de mayor  extensión   identificado   con   el   folio   de  matrícula  inmobiliaria  n°  50C-1064397. [Folio 337, c. 1]   

10.  El  Juzgado  Noveno  Civil  del  Circuito de Bogotá al que le correspondió su conocimiento,  en  providencia  de 14 de diciembre de 2007, resolvió inhibirse de resolver las  pretensiones del libelo. [Folio 342, c. 1]   

11.  Apelada  esa  decisión,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá, mediante fallo de 27 de mayo de  2009, la confirmó. [Folio 348, c. 1]   

C. El trámite de las instancias  

1.  El  27  de  septiembre  de  2007,  el Juzgado Once Civil del Circuito de Bogotá admitió la  demanda,  ordenó la notificación y el traslado de rigor, y dispuso su registro  en  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria del bien que es materia del litigio.  [Folio 141, c. 1]   

2. Edelmira y José  del   Carmen  Guerrero  Páez  se  opusieron  a  las  pretensiones  del  escrito  inaugural,  con  fundamento en que su ingreso al predio no se hizo en calidad de  arrendatarios,  porque no existe prueba de tal acuerdo de voluntades, pues en el  documento  que  se  anexó, no se identificó el inmueble arrendado, el término  de  duración  del  contrato,  ni  se  suscribió  por el supuesto arrendatario.   

La  posesión  la ejerció Leonidas Guerrero  Torres  con  anterioridad  al  deceso de Waldino Sicua Porras, y los demandantes  abandonaron el bien desde hace más de 20 años.   

Formularon  las  excepciones de «prescripción  extintiva de la acción  o     liberatoria»,  «falta de legitimación en  la  causa  por  activa»  y  «genérica»;  también  solicitaron el reconocimiento de las mejoras plantadas  en  el fundo. [Folio 213, c.  1]   

En  similar  sentido, se pronunció Oliverio  Prieto Alvarado. [Folio 238, c. 1]   

Los demandados José Vicente Guerrero Torres,  Leonidas,  Luz  Mery,  Luis Alexander, Faustino, y Ana Epimenia Guerrero Páez y  Luis  Alberto  Molina  Torres,  se  opusieron a las pretensiones del libelo, con  sustento  en  que los actores abandonaron el predio en 1958, época desde la que  ejercen  la  posesión  de  buena  fe,  en  forma  continua, quieta y pacífica.   

No se celebró contrato de arrendamiento con  el  señor Waldino Sicua Porras, y en la copia que de ese acuerdo se adjuntó no  se  indicó quién era el arrendador, ni se precisó cuál era el bien arrendado  y  la  fecha  de  su otorgamiento, circunstancias que permiten dilucidar que ese  convenio es inexistente. [Folio 296, c. 1]   

Oliverio Prieto Alvarado y Edelmira Guerrero  Páez  no  son  poseedores,  sino  arrendatarios  de Luis Alberto Molina Torres,  quien  a  su  vez,  adquirió  la posesión de Leonidas y José Vicente Guerrero  Torres, en 1994. [Folio 297, c. 1]   

Propusieron  las excepciones de «prescripción    extintiva   de   la  acción»  y  «pleito     pendiente»,  la  primera  se  fundamentó  en  que  adquirieron  «el predio por  la  prescripción extraordinaria descrita en el art. 2531 del C.C.»    y    la    segunda    «porque  en la actualidad cursan en los  Juzgados    Civiles   del   Circuito   de   Bogotá   los   tres   procesos   de  pertenencia».  [Folio 297,  c. 1]   

La  accionada  Elsa  Páez  de  Guerrero  no  contestó   la   demanda,   ni  formuló  defensa  alguna.  [Folio  300,  c.  1]   

3.  Mediante fallo  de   26  de  marzo  de  2012,  el  Juzgado  Dieciséis  Civil  del  Circuito  de  Descongestión  de  Bogotá,  al que se remitió el expediente, declaró probada  la       excepción       de       «prescripción  extintiva de la acción»,  negó  las  pretensiones  de la demanda y condenó en  costas a la parte actora. [Folio 340, c. 1]   

4. Inconformes, los  demandantes apelaron la decisión. [Folio 342, c. 1]   

En  sustento, se adujo que los demandados no  demostraron  ser  poseedores en época anterior a 1988, porque el señor Waldino  Sicua  Porras  sufragó  el  canon  de  arrendamiento  hasta  el  año  de 1987,  «momento   en  el  cual  unilateralmente  y  sin  justificación  alguna  se  dejo  (sic)  de cancelar el  mismo».  [Folio  7, c. 7]   

El deceso del arrendatario se produjo el 9 de  septiembre  de  2003,  es  decir, sin que transcurriera el plazo de veinte años  establecido  en  la  ley, para adquirir por el modo de la usucapión; tampoco es  viable  que  sus  causahabientes aleguen suma de posesiones, porque «ninguno  de  sus herederos ocupo (sic)  ni   ha   ocupado  el  inmueble  de  propiedad  de  mis  mandantes»  y tampoco se acreditó la venta de los  derechos de posesión.   

5.  El 18 de enero  de  2013  se  dictó  la sentencia de segunda instancia que revocó la de primer  grado  y,  en  su  lugar,  declaró  infundadas  las excepciones de «prescripción    extintiva   de   la  acción»,    «pleito  pendiente»  y «falta  de  legitimación»,  ordenó  a los demandados restituir el inmueble identificado con  el  folio  de  matrícula  inmobiliaria  n°  50C-1064397 a los señores Silvia,  Andrés  Matallana  Villegas,  Vicente  Enrique,  Fernando  Alfredo  y Guillermo  Matallana  Gómez y pagar a los demandantes la suma de $248.940.560 por concepto  de  frutos;  condenó en costas de la primera instancia a los accionados. [Folio  91, c. 7]     

II. LAS DEMANDAS DE CASACIÓN  

1.    De  Edelmira,   José   del  Carmen  Guerrero  Páez  y  Oliverio  Prieto  Alvarado.   

Se   formuló   un  único  cargo  que  se  fundamentó   en   la   causal   primera   prevista   en  el  artículo  368  del  estatuto  adjetivo,  por  violación  indirecta  por  falta  de  aplicación  de  los  artículos 2512, 2513, 2531, 2532, 2535, 2536 y  2538  del  Código Civil y 1º de la Ley 50 de 1936, como consecuencia de yerros  de facto.   

La  equivocación se originó en la indebida  apreciación  de  las declaraciones de Juan de Jesús Cicua, Jaime Cicua, María  Ana  Elsa  Cicua,  Edelmira,  José  del Carmen Guerrero Páez y Vicente Enrique  Matallana  Gómez  y  del  dictamen  pericial,  con los que se establecieron las  mejoras  plantas en el predio, su explotación económica, los pagos de impuesto  predial y de servicios públicos.   

Tampoco  tuvo  en  cuenta  la  prueba de las  reuniones      celebradas     entre     las     partes     para     «conciliar       sobre       dicha  posesión»,     ni  «la  conciliación  sobre  posesión  suscrita entre los poseedores, mis poderdantes, el suscrito apoderado  y  el apoderado de la parte demandante», con las que se acreditaron los actos posesorios.   

El  Tribunal ignoró los hechos expuestos en  la  demanda,  en  la que se manifestó: «De  esta  manera,  es  claro  que  los hoy demandados ingresaron al  inmueble  como  parte  de  un  núcleo  familiar  por  virtud  de un contrato de  arrendamiento».   

Para demostrar el desatino, refirió que con  el  interrogatorio  que  absolvió Vicente Enrique Matallana Gómez se acreditó  que  los demandantes no ejercieron acciones legales para obtener la restitución  del  inmueble  y el pago de la renta, circunstancias que dejaron en evidencia el  «desinterés  e inacción  con    relación    al    predio»;    también  informó  sobre  la  posesión  que ejercieron Leonidas y  José Vicente Guerrero Torres.   

Con los testimonios de Juan de Jesús, Jaime  Enrique,  María  Ana  Elsa  Cicua  Cicua,  Edelmira  Guerrero Páez y José del  Carmen  Guerrero  Páez,  se acreditó la interversión del título de tenedor a  poseedor  de  Waldino  Cicua  Porras  y  su núcleo familiar, conformado por los  demandados  y los señores Vicente y Leonidas Guerrero Torres; se probó que los  actores abandonaron el inmueble.   

Los  yerros del ad  quem  lo  condujeron  a revocar la decisión apelada,  cuando  estaban plenamente demostrados los hechos que configuraban la excepción  de     «prescripción  extintiva de la acción liberatoria».   

En consecuencia, solicitó casar el fallo de  segundo  grado,  para  en  su  lugar, confirmar la dictada en primera instancia.   

2. De José Vicente  Guerrero Torres.   

En  tres  cargos  sustentó  el recurrente su  demanda:   

    

2.1.  El primero  atribuyó  a  la  sentencia  la  violación  de  la  ley  sustancial  de  manera  indirecta,  por  infracción  de  los  artículos  407  numeral 1 del Código de  Procedimiento  Civil,  762,  764,  769,  770,  2518, 2522, 2527, 2531 y 2532 del  Código  Civil, 5 de la ley 120 de 1928 y 1º de la Ley 50 de 1936, por causa de  errores  de  hecho  generados  en  la  «apreciación  de  los  testimonios  de  Alejandro Bejarano Acosta y  Olivo Torres Hernández».   

Señaló  como  textos  legales  de  disciplina probatoria infringidos los artículos 75 numeral  10,  92  numeral  4,  174, 175, 177, 178, 179-1, 183-1, 185, 187, 213, 219, 220,  226,  227,  228,  251,  253,  254,  264,  304, 305 y 407 numeral 10 del estatuto  procesal civil.   

En   desarrollo   de  la  acusación,  el  impugnante  sostuvo  que  no se valoró la prueba testimonial en debida forma, y  se  dejaron  de  apreciar  en  conjunto  los medios persuasivos, contrariando el  imperativo  legal  contenido  en  el  artículo 187 del Código de Procedimiento  Civil,  omisión  que  condujo  a  que no se tuviera por demostrada la posesión  sobre  el  inmueble  que  se  ejerció desde 1958, es decir, con anterioridad al  título  de  dominio  de  los  demandantes  que  data  del  16 de junio de 1988.   

El testigo Alejandro Bejarano Acosta relató  que  llegó  al  predio  en 1983 y trabajó con Epimenia Torres, José Vicente y  Leonidas  Guerrero  Torres; época para la cual quienes lo contrataron, llevaban  más  de  20  años  habitando  el inmueble, construyeron unos apartamentos y un  parqueadero  y  vendieron  una  cuota  parte de ese bien a Luis Molina; además,  manifestó  que  no  conoció a los demandantes y que jamás los vio ingresar al  predio.   

Refirió el declarante que Leonidas Guerrero  fue  quien  edificó  las  construcciones  existentes  en el lote, y realizó la  instalación de los servicios públicos.   

Con  el  testimonio  de  Alejandro Bejarano  Acosta  y  Olivo  Torres Hernández que conocieron de manera directa los hechos,  se  acreditó  la  posesión  de  José  Vicente Guerrero Torres por un período  superior  a  los  veinte  años,  de  ahí  que  el  sentenciador  incurrió  en  protuberante yerro fáctico, en la valoración de esas pruebas.   

2.2.  El  segundo  cargo   se   encaminó  a  denunciar  el  fallo  por  violación  indirecta  por  infracción  de los artículos 407 numeral 1 del Código de Procedimiento Civil,  762,  764,  769,  770,  2518, 2522, 2527, 2531 y 2532 del Código Civil, 5 de la  Ley  120  de  1928  y  1  de  la  Ley  50 de 1936, por causa de error de derecho  y  como  normas probatorias infringidas los artículos  75  numeral  10,  92 numeral 4, 174, 175, 177, 178, 179-1, 183-1, 185, 187, 213,  219,  220,  226,  227,  228, 251, 253, 254, 264, 304, 305 y 407 numeral 10 de la  normatividad adjetiva.   

El  yerro  de iure  consistió   en   que   no   apreció   «integradamente   todas   las  pruebas  aportadas»,   porque  no  valoró  en  forma  correcta  los  testimonios de José Olivo Torres y Alejandro  Bejarano,  quienes  informaron  que  José  Vicente  Guerrero  Torres  posee  el  inmueble  desde 1958 en forma permanente, y que en él tiene un restaurante y un  parqueadero.   

Ningún comentario hizo sobre la inspección  judicial  practicada  el 19 de febrero de 2010, con la que se estableció que no  fue      debidamente      integrado      el      contradictorio     «en  la  forma  y  con  el  término de  comparecía   (sic)   dispuestos   para   todos   los   demandados»,  de ahí que no era viable resolver el  litigio  sin la presencia de quienes debieron ser citados al juicio, conforme al  artículo  952  del Código Civil, con lo que se configuró la causal de nulidad  contemplada  en  el  numeral  9  del  artículo 140 de la normatividad adjetiva.   

No  analizó en conjunto las pruebas con las  que  se  acreditaron  los  elementos de la prescripción, de manera principal la  testimonial,  circunstancia  que  condujo  al  ad quem  a  tener  por  establecido que José Vicente Guerrero  Torres   tuvo   la   calidad   de   arrendatario   del   inmueble,  «sin   percatarse  de  analizar  otras  probanzas   que  señalaban  lo  contrario,  pruebas  testimoniales  rendidas  a  petición  de  aquella  persona las cuales apuntaban a señalar que ha sido y es  el  poseedor  del inmueble por un lapso suficiente para prescribir». [Folio 32, c. Corte]   

2.3.  Fundó  el  tercer  cargo  en  el numeral 5º del artículo 368 del Código de Procedimiento  Civil,  porque  se  configuró la causal de nulidad prevista en el numeral 9 del  artículo 140 ibídem.   

En apoyo de ese argumento sostuvo que tenía  legitimación    para    aducir    la    irregularidad,    porque   «la  relación  jurídico  – procesal no podía desatarse, sin la  presencia  del  total  de  intervinientes  en  el  acto  solemne impugnado, cuya  declaración  está  afectando  los  intereses  de mi representado»,  pues por tratarse del emplazamiento de  personas       indeterminadas      «se  encuentra  de  por  medio  el  orden  público  y  el  interés  social».  [Folio  34,  c.  Corte]    

No    fueron    citadas    «todas    las   personas   que   como  causahabientes    constituyen    el    litisconsorcio    necesario»,  circunstancia que impedía resolver de  fondo  el  litigio  y que estructura una violación a los derechos fundamentales  al   debido  proceso,  defensa,  acceso  a  la  administración  de  justicia  y  prevalencia del derecho sustancial sobre el procesal.   

III. CONSIDERACIONES  

1. En virtud de la  naturaleza  eminentemente  dispositiva  del  recurso  de casación, la actividad  discursiva  y juzgadora de la Corte se halla limitada por el contenido y alcance  del  libelo  que  se presente para sustentar la acusación, de ahí que no esté  permitido  hacer interpretaciones que sobrepasen los señalamientos que en forma  expresa  y  manifiesta  aduzca  el  censor, ni mucho menos reformular los cargos  planteados de modo deficiente.   

Característica   esencial  de  ese  medio  defensivo  es  su  condición  extraordinaria,  de  la  que  dimana  que no toda  inconformidad  con el fallo permite a la Corte adentrarse en su examen de fondo,  sino   que  es  requerido  que  la  censura  esté  soportada  en  las  causales  taxativamente previstas en la ley.   

La admisibilidad de la demanda se sujeta, en  fin,  al  cumplimiento  de  los  requisitos  expresados  en el artículo 374 del  Código  de  Procedimiento Civil, conforme al cual además de la designación de  las  partes,  del fallo cuestionado, de la síntesis del proceso y de los hechos  materia  del  litigio,  es ineludible la formulación por separado de los cargos  que  se  esgrimen  en contra del pronunciamiento judicial, con la exposición de  los  fundamentos  de  cada acusación, en forma clara y precisa, y no basados en  generalidades.   

La  claridad  y precisión a las que se hace  referencia  reclama la exposición exacta y rigurosa de la causal invocada, así  como  de  las  razones  que  permitan  percibir, sin duda ni confusión, de qué  manera  el  Tribunal transgredió disposiciones legales al proferir la decisión  cuestionada.   

2. Tratándose de  la  causal  primera,  no solo se deben señalar las normas de derecho sustancial  que  se  estimen  vulneradas,  sino  que  es  preciso que el recurrente ponga de  presente  la  manera  como  el  sentenciador las quebrantó, sin que sea válido  hacer  reproche  alguno  a  la apreciación de las pruebas cuando se trata de la  vía directa.   

Empero, si el ataque se encamina por la vía  indirecta,  esto  es,  por  equivocaciones en materia probatoria, el censor debe  indicar  la  forma  en que se hizo patente el desconocimiento de las pruebas, es  decir,  si  la  equivocación  fue  de hecho o de derecho, y su incidencia en la  determinación reprochada.     

2.1.  Sobre  la  distinción   entre  el  error  de  facto  y el de iure,  la  jurisprudencia  ha  sostenido  que  mientras  el  primero  se  configura por  «la   omisión   o   la  suposición     de     una     prueba»,   el   segundo   parte   de   la   base   de   que   «la  prueba  fue exacta y objetivamente  apreciada,  pero  que,  al  valorarla, el juzgador infringió las normas legales  que    reglamentan   tanto   su   producción   como   su   eficacia» (CSJ SC, 19 Oct. 2000, Rad. 5442).   

Al denunciar el yerro fáctico, al impugnante  le  corresponde  identificar los medios de convicción sobre los cuales recae el  equívoco   del  juzgador;  explicar  si  respecto  de  ellos  se  incurrió  en  preterición  o  suposición,  o  si el desatino radicó en la alteración de su  contenido  material,  e  indicar  de  qué  manera  incidió el desacierto en la  violación de la ley sustancial.    

En  la invocación del desacierto jurídico,  resulta  necesario  mencionar  las  normas de disciplina probatoria que habrían  sido  infringidas,  con  explicación de las razones por las cuales se considera  que  el  juzgador  no  acertó  en  la  ponderación  jurídica de las probanzas  «principalmente,   en  aspectos  tales  como  su  aportación  o  solicitud, decreto, práctica y valor  demostrativo»   (CSJ   AC,   19   Dic.  2012,  Rad.  2001-00038).   

Esa  diferencia conlleva a la inadmisión de  un  cargo  en  el  que  se  aduce  el  error de derecho pero que se sustenta con  razones  propias del de hecho, y viceversa; pues tal mixtura comporta una simple  enunciación  de  la  acusación pero sin la clara y precisa fundamentación que  exige  la  ley,  en  cuyo  caso le estaría vedado a la Corte escoger a su libre  arbitrio  el  tipo  de yerro a partir del cual realizar el examen de la censura,  en razón de la naturaleza dispositiva del recurso extraordinario.   

2.2.  Requisito  adicional  de  la  imputación  es  que  sea integral, esto es, que controvierta  todos  los  fundamentos del fallo, pues lo contrario conduciría a que las bases  no  atacadas  de  la  decisión  la  sostuvieran,  y  por  ende,  reafirmaran la  presunción  de legalidad y acierto con que viene amparada dicha providencia. En  ese  orden,  se  requiere  que  exista  simetría entre los razonamientos que se  exponen  en  la  impugnación  y las motivaciones sobre las cuales se soporta el  veredicto.   

         

Finalmente,  el  desacierto  que se endilgue  debe      ser,      amén     de     evidente,     trascendente     «pues  si  es irrelevante o recóndito,  de  suerte  que  para  poder  percibirlo  haya  que  escudriñar  más allá del  razonable  ejercicio valorativo que haya hecho el juez, no será posible admitir  a  trámite la casación» (CSJ AC, 14 May. 2012, Rad.  2002-00111).   

3. Tratándose de  la  causal  quinta  de  casación,  esta  Sala de manera reiterada ha sostenido:   

La   procedencia  de  la  causal  5ª  de  casación,   por   haberse  incurrido  en  alguno  de  los  vicios  invalidantes  consagrados  en  el  artículo  140  del  C.  de  P.  C.,  supone las siguientes  condiciones:  ‘a) que las  irregularidades   aducidas   como   constitutivas  de  nulidad  general  existan  realmente;  b) que además de corresponder a realidades procesales comprobables,  esas  irregularidades  estén  contempladas taxativamente dentro de las causales  de  nulidad  adjetiva  que  enumera el referido artículo 140; y por último, c)  que  concurriendo  los  dos presupuestos anteriores y si son saneables, respecto  de  las  nulidades  así  en  principio  caracterizadas  no  aparezca que fueron  convalidadas  por  el  asentimiento  expreso  o tácito de la persona legitimada  para  hacerlas valer’. (G.  J. Tomos XLI bis pág.132, CXXXVI, pág. 143 y CLII, pág. 219)   

Posteriormente,  la  misma  Corporación,  señaló:   

«El inciso final  del  artículo  29  de  la  Constitución  Política  establece que ‘es  nula  de pleno derecho, la prueba  obtenida  con  violación  del  debido proceso´, nulidad de orden superior que,  como  lo  indicó  la  Corte  Constitucional en sentencia C-491 de 1995, viene a  sumarse  a  las  demás  y  puede  invocarse  cuando  sea  el caso. (CSJ  STC  19 Dic. 2005, Rad. 7864)    

4. Adicionalmente  el  acusador  debe  ser  en extremo cuidadoso no solo al identificar la clase de  error  que  contiene  el  fallo  impugnado,  vale  decir,  de  juzgamiento  o de  actividad,  sino  también  al  seleccionar  -o  escoger- la causal precisa para  corregirlo,  pues  un  descuido en la labor de reconocimiento del yerro, o en la  de  adecuación  de  éste  al  preciso motivo casacional, constituye un defecto  técnico de la acusación que impide su admisión   

          Sobre    este    punto,    esta    Sala   tiene   dicho:   

Cada  uno  de  los cargos que se formule en  contra  de  la  sentencia  acusada  debe fundarse en una sola de las mencionadas  causales y resulta ajeno a la técnica del recurso la  combinación  de  las  mismas;  por  tanto, es contrario a ella, la ‘mezcla  de dos o más causales dentro  de  un  mismo  cargo,  bien  sea  porque ellas se aduzcan en forma expresa, bien  porque,  invocándose  una causal determinada, se desarrolle mediante la censura  de      yerros      correspondientes      a      otras      causales’.  (CSJ STC  23    Mar.    2000,   Rad.   5259)      

Hechas   las   anteriores   precisiones,  indispensables  para fundamentar la decisión que adelante se adoptará, la Sala  observa  que  los  cuatro  cargos que han sido formulados en las dos demandas de  casación  no satisfacen las comentadas exigencias legales, como a continuación  se explica.    

5.  En la demanda  formulada  por  Edelmira,  José  del  Carmen  Guerrero  Páez y Oliverio Prieto  Alvarado,  no  se  demostró  la  equivocación  y su  trascendencia en la decisión.   

Se   dejó   de   lado  el  análisis  que  indefectiblemente  debió  realizar  el censor cuando acude a la vía indirecta,  consistente  en  comparar las conclusiones de orden fáctico a las que llegó la  corporación  judicial  con  lo  que objetivamente revelan las pruebas que no se  valoraron  o  que  aún  apreciadas, se les cercenó o tergiversó su contenido.   

Y a continuación,  desvirtuar las bases  esenciales  de la sentencia, después de lo cual debe hacer evidente la forma en  la  que  los  yerros atribuidos al ad quem  incidieron en la transgresión de disposiciones sustanciales, tal  como  lo  previene  el  artículo  374  del  estatuto  procesal,  al  erigir  la  demostración        de       la       equivocación       de       facto  en requisito formal de la demanda  de casación   

En  efecto,  el  recurrente  se  limitó  a  expresar   que   con   las   prueba  testimonial  se  demostró  que  «se produjo  la  intervención (sic) de tenedor a poseedor con animo (sic) de señor y dueño  del  señor  WALDINO  CICUA  PORRAS  y  su  núcleo  familiar conformado por los  demandados  en  este  proceso, como también sobre la posesión ejercida por los  señores   VICENTE   Y  LEONIDAS  GUERRERO  TORRES»,  al paso que reprodujo apartes de tales declaraciones,  lo  cual,  en  verdad, resulta insuficiente para demostrar un error fáctico del  Tribunal,  dado  que  la  dinámica  de  la causal primera de casación no queda  reducida   a  la  mera  enunciación  y  transcripción  de  las  referidas  probanzas,  sino  que  debe ir acompañada de la crítica lógica y jurídica de  los  testimonios,  y su necesaria confrontación con lo que ellos haya aseverado  el  sentenciador,  para  acreditar de tal manera el yerro que se denuncia.    

5.1.          Adicionalmente,  las  manifestaciones  realizadas  por  Edelmira  y  José  del Carmen Guerrero Páez, no tienen fuerza probatoria para acreditar que  desde  enero  de  1987  los  demandados intervirtieron el título de tenedores a  poseedores,   pues   las  aserciones  realizadas   por  los  demandados  no  generaron  consecuencias  adversas  para quien las realizó o en beneficio de la  otra  parte (artículo 195 numeral 2 y 5 del Código de Procedimiento Civil), de  ahí  que  no puedan servir de respaldo probatorio de los hechos que con ella se  pretenda demostrar.   

Al respecto definió la Sala:  

5.2.  De  otra  parte,  es requisito indispensable para la admisión del cargo, que se demuestre  la  presencia  en el expediente de los elementos probatorios que se dice omitió  el  Tribunal;  pero  para  ese  propósito,  no  basta simplemente que la prueba  exista  por el aspecto material, objetivo o físico, sino también jurídico, es  decir,   que   cumpla   con   los  requisitos  formales  para  su  aducción  al  proceso.   

En   efecto,  la  validez  del  medio  de  persuasión  exige que su aportación al expediente, se haga con sujeción a los  requisitos  previstos  en el ordenamiento jurídico, con el fin de garantizar el  respeto  a  los  principios  de  publicidad, contradicción, lealtad e igualdad,  para hacer efectivo el derecho al debido proceso.   

En  el  caso presente, los documentos a los  que  hacen  mención los demandantes, correspondientes a la copia auténtica del  registro  civil  de  nacimiento  de Leonidas Guerrero Torres, la fotocopia de un  poder  y  de  una comunicación para que se hiciera un acuerdo entre las partes;  así     como     «la  conciliación  sobre  posesión  suscrita entre los poseedores, mis poderdantes,  el  suscrito apoderado y el apoderado de la parte demandante anexa en original a  folios          629          a         630»1, no  fueron  ordenados  tener como prueba, de ahí que los intervinientes en la litis  no pudieran controvertirlos.   

Respecto  de este punto, se advierte que en  la  diligencia  celebrada  el  22  de  marzo  de 2011, algunos de los demandados  solicitaron  al  a  quo que  decretara   «la  prueba  documental  oficiosa  a  que  hace  referencia  memorial  (sic)  suscrito por el  apoderado   en   mención   y   que   obra  a  folios  621  a  623»2,    que  corresponde  a  los  documentos  referidos;  reclamación  frente  a  la  que el  funcionario     dispuso     que     «es  una  facultad exclusiva del juez quien por considerar necesaria  una  determinada  prueba,  proceda a decretarla de oficio, no a solicitud de las  partes,  quienes  tuvieron su oportunidad procesal»3   

Acto  seguido,  el  14 de marzo de 2012, la  parte  actora  reiteró  su solicitud inicial, siendo negada por auto dictado el  15 de ese mismo mes y año.   

En ese orden, es evidente que los documentos  que   según   la   recurrente   no   fueron   valorados   por  el  ad   quem   no   se   solicitaron,   ni  incorporaron  al proceso dentro de los términos y oportunidades establecidas en  el  artículo 183 de la normatividad adjetiva, es decir, con la contestación de  la  demanda  y  tampoco  se  ordenaron  tener  como  prueba, de ahí que ningún  reproche  se  le pueda endilgar al Tribunal, cuando tales escritos no cumplieron  con los requisitos legales para su aducción al proceso.   

5.3.  De  otra  parte,  se  atribuye  al  juzgador,  la  errada  valoración  de un recibo   correspondiente  al  pago  del canon de arrendamiento, fechado en enero de 1987,  con  el  que  se  demostró, -según la recurrente-, que los demandantes no eran  titulares    del    derecho    de   dominio   sobre   el   predio   «cuando  suscribieron  el  contrato  de  arrendamiento  ni acreditaron autorización alguna de la titular de dominio para  el   efecto»4,      prueba      con     la     que     también     –en   opinión   de  la  censura-  se  acreditó  que  operó la prescripción extintiva de la acción reivindicatoria,  porque       los      actores      «dejaron  de  actuar  durante  más  de  veinte  años  sobre  dicho  predio»5   

Frente   a  esa  acusación,  es  preciso  advertir  que  el  ad  quem  al  analizar  el  referido  elemento   persuasivo,  estimó  que  tras  valorarlo  en  conjunto,   con   otros   medios  de  prueba,  se  demostraba    que    hasta    1986,    «la   señora  Epimenia  y  el  señor  Waldino  cancelaron  cánones  de  arrendamiento,  pero  por  problemas de salud  dejaron            de            hacerlo»6.   

De  ahí  que  es  claro   que   el  ataque  se  fundó  en  una  simple  inconformidad      del     recurrente,   en   la  valoración  del  medio  de  persuasión  referido,  lo  cual  riñe  con  la   autonomía   de   la  que  goza  el  juez  para  ese  propósito,    sin    que    ello,    per  se,  entrañe arbitrariedad alguna.   

En efecto, sólo un  desacierto  evidente,  manifiesto y trascendente, esto es, el que brota a simple  vista   y  se  impone  a  la  mente  como  craso,  inconcebible  y  sin  mayores  elucubraciones,  es  susceptible  de  apoyar la causal de casación que por esta  vía  daría  al  traste con el fallo impugnado. Tal requisito no lo cumplió la  demanda,  toda  vez  que  el  reproche  que  se  formuló consistió en una mera  opinión divergente de la que se formó el juzgador.   

          Resulta  incontestable que la impugnante no demostró la existencia  de   yerros  en  la  valoración  probatoria,  ni  menos  aún  que  de  haberse  presentado,  lograran  alcanzar  la entidad suficiente para ser catalogados como  ostensibles.   

          6.  En  el  primer  cargo  de la segunda  demanda  de  casación,  se  acusó  la  sentencia  por  la  comisión de yerros  fácticos,    derivados    de    la   «apreciación  de  los  testimonios  de  Alejandro Bejarano Acosta y  Olivo          Torres          Hernández»7, y  más  adelante  agregó «El  ad  quem  no  solamente  dejó de valorar la prueba testimonial en forma debida,  sino  que  omite  concederle  a  la  misma  la  trascendencia  que tiene y de no  apreciarlas  en  conjunto,  en contravía de lo ordenado en el artículo 187 del  C.P.C.»8,  argumento  propio  de  la censura por  equivocaciones de derecho.   

De ahí que sea evidente que en sustento del  reproche  por  errores  fácticos  se expusieron razones de un ataque por yerros  jurídicos  y  de  hecho,  mixtura  que  comporta una enunciación carente de la  claridad  y precisión que exige la ley, ante lo cual le está vedado a la Corte  escoger  el  tipo  de  desatino que sería la base para el examen de fondo de la  censura.   

Así  las cosas, si se formuló el cargo con  fundamento  en  la  vía  indirecta,  era deber del impugnante señalar de forma  indudable  si  la  equivocación  fue  de  hecho  o  de  derecho, y no apoyar su  inconformidad con razonamientos de ambos tipos de faltas.   

Ahora  bien,  si  se  dejara  de  lado  la  incorrección  advertida,  de  todas  maneras, el cargo sigue siendo deficiente,  porque  no  se  confrontaron  todos  los  argumentos  del fallo, ni los soportes  probatorios  en  los  que se fundamentó, para corroborar tal aserto, se observa  que  la  citada  corporación  judicial  expuso varias razones, entre las que se  destacan las siguientes:   

(i)   Analizadas   las  pruebas  en  forma  individual  y  en conjunto, se acreditó que aproximadamente en el año de 1964,  la  señora  Epimenia  Torres  Páez  ingresó  al  inmueble, como arrendataria.   

(ii) Con las declaraciones de Juan de Jesús  Cicua,  Jaime  Cicua  y María Ana Elsa Cicua, así como con los interrogatorios  absueltos  por  Edelmira,  José  del  Carmen  Guerrero  Páez y Vicente Enrique  Matallana,  se  demostró  que  Epimenia  Torres  Páez  y  Waldino  Cicua  eran  tenedores  del  bien,  «en  virtud   del   contrato   de  arrendamiento»  y  que  cancelaron   los   cánones   hasta  el  año  de  1986.  Además,  «se  adosó  un documento en el cual se  afirma  constar el contrato de arrendamiento y que no fue tachado de falso en la  oportunidad  señalada  en  el  art.  289  C.P.C.»9   

(iii) No se probó que los señores Leonidas  y    Vicente    Guerrero    Torres    ejercieran   la   posesión   «desde  el momento en que ingresaron al  lote».   

(iv)  La  falta  de  pago  de la renta y las  construcciones  que  se  levantaron  en  el  predio,  no  permiten  «deducir  la mutación de la condición  de  tenedor  a la de poseedor, máxime cuando no fueron acreditados actos claros  de  señorío»10;   sostuvo  además  que  «los   actos   de   mera   facultad  o  tolerancia  no  otorgan  posesión  alguna  y  que  el  solo lapso del tiempo no  transforma  la  tenencia  en posesión –Arts.    777   y   2520   de   C.C.»11.   

(v) Con los testimonios de José Olivo Torres  y  Alejandro  Bejarano,  se  acreditó que entre 1989 y 1990, Vicente, Waldino y  Epimenia   instalaron   en   el   inmueble  un  parqueadero  y,  posteriormente,  «se    produjo    la  ‘venta’        del        ‘lote’  al  señor  Luis  Alberto  Molina,  última  persona  que  aceptó  la  realización  del negocio que fue invalidado  posteriormente     por    la    Fiscalía    89»12.   

(vi) No se logró establecer que los actos de  posesión  de  los  demandados  se  hayan  iniciado en el año de 1987, sino con  posterioridad,  en  el  2003,  tras el deceso de Waldino Cicua, quien habitó el  predio  en  su  calidad  de tenedor, de ahí que el ad  quem       concluyó       que      «no podía señalarse que a la fecha de  presentación  de  la demanda en el año 2007 hubieran transcurrido los 20 años  necesarios    para   la   extinción   de   la   acción   reivindicatoria   por  prescripción»13.   

(vii)  Si se contrastan las razones aducidas  por  el juzgador, antes transcritas, con el cargo formulado, con facilidad puede  advertirse   que  no  se  controvirtieron  la  totalidad  de  aquellas,  lo  que  constituye defecto técnico que impide admitir el ataque.   

En  efecto,  el  impugnante refirió que los  testimonios  de  Alejandro  Bejarano Acosta y Olivo Torres Hernández, no fueron  valorados  en  debida  forma  por  el  Tribunal,  y  que omitió su análisis en  conjunto  con  los  restantes  medios  persuasivos, con los que se demostró que  «la   posesión  de  mi  representado  por un periodo que supera mas (sic) de los veinte años requeridos  para  que  se  hubiera  confirmado  la  excepción  de  prescripción  extintiva  declarada       por      el      ad      quem»14.   

Sin  embargo,  no  discutió los argumentos  expuestos  en los literales (ii) y (iv) a los que se hizo mención, como tampoco  las  pruebas  en  que se fundamentaron,  omisión  que   deja  incólume  la  providencia  combatida  y,  en pie, la presunción de legalidad y acierto que la  ampara.   

El    censor  no  debatió  el  razonamiento  del Tribunal consistente en que Epimenia Torres y  Waldino   Cicua,   ingresaron   al   terreno  como  arrendatarios,  calidad  que  conservaron  hasta  su deceso, porque si bien dejaron de pagar la renta desde el  año   de  1986  y  levantaron  varias  construcciones  en  el  inmueble,  tales  circunstancias    no   intervirtieron   su   título  de  tenedores  en  el de poseedores, como tampoco los  elementos  probatorios  en  los que fundó esa conclusión, específicamente los  testimonios  de  Juan de Jesús Cicua, Jaime Cicua y María Ana Elsa Elsa Cicua,  así  como  los  interrogatorios  de Edelmira, José del Carmen Guerrero Páez y  Vicente Enrique Matallana.   

Sobre  la  deficiencia anotada, la Corte, de  forma constante e invariable, ha sostenido que:   

(…)  dado  el  carácter  dispositivo  de  la  impugnación  y la imposibilidad que de allí se  deriva  para  completar  oficiosamente  la  acusación, iteradamente  (….)  ha  señalado que ‘por  vía  de  la  causal  primera de  casación  no  cualquier  cargo  puede recibirse, ni puede tener eficacia legal,  sino  tan sólo aquellos que impugnan directa y completamente los fundamentos de  la    sentencia   o   las   resoluciones   adoptadas   en   ésta   (CSJ  AC,  12 Mar 2008, Rad. 00271; 29 Jul 2010, Rad. 00366; 18 Dic  2012,    Rad.    2004-00511,    entre   otros)    

Por  consiguiente, como no se encararon las  razones  medulares  en  que  se  apoyó  el  Tribunal  para revocar el fallo de primer grado y acceder a las  pretensiones  del  libelo,  de  modo  que  se hiciera  evidente  el  error de actividad o de juzgamiento y su  trascendencia en la decisión.   

    

1. En el segundo cargo se acusó    la    sentencia    por    incurrir   en   deficiencias   jurídicas   «por  quebrantamiento del artículo 187  del  C.  de P.C., al no integrar todas las pruebas, de  cuyo    conjunto    brota    que    se   demostraron   los   elementos   de   la  prescripción»15,        sustentado  en  que  no  se  tuvieron en  cuenta  la  totalidad  de  las manifestaciones realizadas por los testigos José  Olivo  Torres  y  Alejandro Bejarano, y en omitir el  análisis de la inspección judicial.     

          Sobre  el  yerro   de   iure  por  infracción  del  artículo  187  de la normatividad  adjetiva, la Sala definió:   

Como       de       ‘conformidad  con la presunción legal  de  acierto  en  la estimativa probatoria de un fallo que llega en casación, se  entiende  que  el  fallador  da  cumplimiento al deber de apreciar en conjunto o  globalmente  (integración  mediante  la  relación  o  causación de similitud,  disimilitud,  oposición,  convergencia,  etc.) todas las pruebas que se dan por  existentes  en el proceso sometiéndose en ello a las reglas de la sana crítica  y  sus  limitaciones  (las  solemnidades  esenciales y de validez de los actos),  dando  la  razón  del  mérito  de  cada  prueba (art. 187 del C. de P. C.), es  menester  concluir  que  su  impugnación  en  casación por error de derecho no  queda  ajustada  del  todo  a  la  técnica  por  la indicación abstracta de la  violación  de  la  citada preceptiva, sino que además, es indispensable, entre  otros,  que  el  defecto  sea  en la apreciación normativa de la prueba y no se  sustente  en  deficiencia fáctica, como la preterición de la prueba, porque el  yerro  que  debe  endilgarse debió ser el de hecho y no el de derecho. Además,  es  imperativo,  por  lo  arriba  expuesto,  que  la indicación de tal yerro de  derecho,  a  pesar  de  referirse  a  falta  de  apreciación  global,  debe  ir  acompañada  de  la  determinación  o  singularización  (como  lo  exigen  los  artículos  368,  num.1,  y  374, num.3, C. de P. C.) de todas y cada una de las  pruebas,  que a juicio del recurrente no fueron objeto de apreciación conjunta;  indicación  ésta  que,  por  lo  demás,  debe  ser completa en el sentido que  abarque  la  apreciación  en  conjunto  de  todo (y no de una parte o grupo) el  acervo  probatorio  que  sostiene  el  fallo,  la  que debe ir acompañada de su  comprobación   con  la  indicación  de  los  pasajes  donde  quede  demostrada  completamente  la  falta  absoluta  de  la  mencionada integración y estimativa  global,  pues  no  apareciendo  de  esta  manera,  se mantiene la presunción de  acierto  en  esta materia, que, por lo tanto, deja invulnerable el fallo por ese  motivo (CSJ STC 6 May. 1991)   

7.1.  En  el caso  presente  se acusó al Tribunal por omitir el examen de la inspección judicial,  deficiencia  que  aún  de haberse presentado no constituye yerro jurídico sino  fáctico,  pues  el  primero  por  presentarse al momento de evaluar la eficacia  demostrativa  del  medio probatorio, supone que el juzgador lo apreció, pero le  otorgó  un  mérito  que la ley no le reconoce o le negó el que le asigna, por  lo  que  es  evidente  la  deficiencia  de  técnica  de  esa  acusación.    

También   se  impugnó  el  fallo  porque  –según  el  censor-  se  prescindió  de  algunas  de  las  manifestaciones  de  los testigos José Olivo  Torres  y  Alejandro  Bejarano, en las que informaron que José Vicente Guerrero  Torres   posee   el  inmueble  desde  el  año  de  1958  en  forma  permanente,  equivocación  en  la  que de hallarse incurso el sentenciador, constituiría un  error  de hecho, como consecuencia de la modificación del contenido objetivo de  ese  medio  de persuasión, mas no un yerro jurídico, el que se  configura  por  la  infracción  de  las  normas  legales  que  regulan su producción o su  eficacia,  por  lo que los argumentos expuestos por el censor no guardan lógica  relación con el cargo.   

Además, con sustento en la causal primera de  casación  el  recurrente  indicó  que  al  juicio  no fueron citadas todas las  personas  que  por  disposición  del  artículo  952  del Código Civil debían  comparecer,  razón por la que estimó que se configuraba la nulidad establecida  en  el  numeral  9  del  artículo  140  del  Código  de  Procedimiento  Civil.   

De lo anterior se infiere que en el cargo se  mezclaron  aspectos  propios  de  la  vía  indirecta con asuntos atinentes a la  causal  quinta  del  artículo 368 de la normatividad adjetiva, sin que le esté  permitido  a  la  Corte  optar  de  manera  oficiosa  por  una de ellas, pues la  técnica  del recurso extraordinario de casación impone al recurrente delimitar  en forma clara y precisa la causal que se invoca.   

7.2. Adicional a lo  expuesto,   si   bien   se   individualizaron   las  pruebas  que  se  estimaron  equivocadamente     apreciadas     –los  testimonios  de  José  Olivo  Torres  y Alejandro Bejarano- y  omitidas  –la inspección  judicial-,  la  sustentación  que  se  efectuó  de la censura no se dirigió a  discutir  la  totalidad  de  los medios de persuasión en los que se sostiene el  fallo,  entre  otras,  las  declaraciones  de Juan de  Jesús  Cicua,  Jaime  Cicua y María Ana Elsa Elsa Cicua, y los interrogatorios  absueltos  por  Edelmira,  José  del  Carmen  Guerrero  Páez y Vicente Enrique  Matallana.   

Por  último,  se  aprecia que el   impugnante  no  demostró  la  existencia  de  yerros  en  la  valoración  de los elementos probatorios,  porque  no  abordó la labor   de   señalar   los   apartes  pertinentes  de  la  sentencia  con  los  que  se  dejara  en  evidencia  que el  Tribunal     omitió     su     análisis     en  conjunto,  requisito  formal de la demanda, conforme  lo previene el artículo 374 del estatuto procesal.   

Sin embargo, el demandante luego de hacer su  propia  valoración  de  los  testimonios  de  José  Olivo  Torres  y Alejandro  Bejarano  y  tras señalar que el ad quem omitió  examinar  la inspección judicial, se limitó a manifestar  que  no  se  integraron  todas  las  pruebas  incorporadas  al proceso, y que su  análisis fue parcial.   

8. En lo que respecta  al  tercer  cargo,  que  se planteó con fundamento en lo previsto en el numeral  5º  del artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, el censor sostuvo que  se  incurrió  en  nulidad,  porque  no  fueron  convocadas  al juicio todas las  personas  que  de  acuerdo  con  el  artículo  952  del  Código  Civil debían  comparecer,  a  lo  que  agregó  que  se  encontraba legitimado para alegar esa  irregularidad,       porque       «se  encuentra  de  por  medio  el  orden  público  y  el interés  social»16.   

A primera vista resulta palpable el desacierto  de  la  acusación,  toda vez que el denunciado vicio procesal, aún de existir,  debe  alegarlo la parte que demuestre interés para proponerlo, como se deduce a  partir  del artículo 143 del Código de Procedimiento Civil, norma que también  expresa  que  la nulidad por indebida representación o falta de notificación o  emplazamiento   en   legal   forma   «sólo   podrá   alegarse   por  la  persona  afectada».   

Luego,  en  el  evento  de que en realidad se  hubiera  dejado  de  notificar  a  quienes  debían  ser citados al proceso, esa  irregularidad  solo  podría  ser  invocada por los directos afectados, esto es,  por  las personas que no fueron convocadas a la litis, de ahí que ante la falta  del  presupuesto  de  legitimación  del recurrente para alegar la causal quinta  como  motivo  casacional,  no  procede  admitir  la  acusación  así formulada.   

En consecuencia, como las demandas adolecen de  falencias  técnicas  se  dispondrá  su inadmisión,  declarándose desiertos los recursos.   

         

En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de Justicia, en Sala de Casación Civil,   

RESUELVE:  

PRIMERO: INADMITIR  las  demandas  presentadas para sustentar los recursos de casación interpuestos  contra  la  sentencia  de  18 de enero de 2013, dictada por el Tribunal Superior  del Distrito Judicial de Bogotá, dentro del asunto referenciado.   

SEGUNDO:  DECLARAR  desiertos  los  recursos  de  casación,  de  conformidad  con el inciso 4º del  artículo 373 del Código de Procedimiento Civil.   

En su oportunidad, devuélvase el expediente  a la corporación de origen.   

  Notifíquese.  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

ÁLVARO FERNANDO GARCÍA RESTREPO  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

    

1 Folio  10, c. Corte   

2 Folio  716, c. 1   

3 Folio  716, c. 1   

4 Folio  10, c. Corte   

5 Folio  11, c. Corte   

6 Folio  87, c. 7   

7 Folio  29, c. Corte   

8 Folio  29, c. Corte   

9 Folio  87, c. 7   

11  Folio 88, c. 7   

12  Folio 88, c. 7   

13  Folio 89, c. 7   

14  Folio 30, c. Corte   

15  Folio 30, c. Corte   

16  Folio 34, c. Corte     

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