SC10261-2014 [1998-07770-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

MARGARITA   CABELLO  BLANCO   

Magistrada  Ponente   

                        SC10261-2014   

  Ref: Expediente No 11001 31 03 003 1998 07770 01   

Bogotá, D.C., cuatro (4)  de agosto de dos mil catorce (2014).   

            Decide   la  Corte  el  recurso de casación que la parte actora formuló contra la sentencia  proferida  el  25  de noviembre de 2010, por la Sala Civil de Descongestión del  Tribunal   Superior  del  Distrito  Judicial  de  Bogotá,  dentro  del  proceso  ordinario  de responsabilidad civil que LUZ STELLA PUERTA HOYOS, FERNANDO PUERTA  ABAD  y  LUZ STELLA HOYOS GÓMEZ promovieron frente a LUÍS ANTONIO RUÍZ MURCIA  y el CENTRO OFTALMOLÓGICO COLOMBIANO LTDA.   

ANTECEDENTES   

    

1. Se  reclama  la  responsabilidad  civil  contractual  por los daños y perjuicios sufridos por la  primera  de  las  demandantes,  luego  del  tratamiento  médico  ejecutado  por  el   doctor  RUÍZ  MURCIA  en  las instalaciones del CENTRO OFTALMOLÓGICO  COLOMBIANO  a  partir  del  28 de febrero de 1991. Igualmente solicitaron que se  condene   a   los   convocados  al  pago  solidario  de  unas  sumas  de  dinero  así:     

             a.  A  LUZ STELLA PUERTA HOYOS por concepto de perjuicios materiales  lo  siguiente:  por daño emergente, cuarenta millones de pesos ($40.000.000.oo)  o  el  mayor  valor  que  se  demuestre. Por lucro cesante cincuenta millones de  pesos  ($50.000.000.oo)  o el mayor valor demostrado. Como perjuicios morales el  equivalente  a mil gramos oro, y por daño fisiológico el correspondiente a dos  mil gramos oro.   

          b.  A favor de LUZ  STELLA  HOYOS  GÓMEZ,  la  suma  de dieciocho millones de pesos (18.000.000.oo)  “a    valores    de  1991”  por perjuicios  materiales,   y   por   morales   el   equivalente   a   mil   gramos   de   oro  puro.   

                   c.  Para FERNANDO PUERTA  ABAD,  lo  que  corresponda a mil gramos oro por concepto de perjuicios morales.   

                       El señor  LUÍS  ANTONIO  RUÍZ  es un médico oftalmólogo que ejerce su profesión en un  consultorio  ubicado  en las instalaciones del CENTRO OFTALMOLÓGICO COLOMBIANO,  establecimiento del que también es socio.   

                   En  el  año  de 1986 la  demandante  fue  intervenida  quirúrgicamente  de sus dos ojos por el señalado  galeno,   para    “corregir  un  problema  de  astigmatismo  e  hipermetropía”,  operación que se  realizó en la Clínica Barraquer, en la ciudad de Bogotá.   

                    Informa,   que   cuatro  años  después, “experimentó de nuevo problemas de  visión”,  y  el médico que la trató sugirió a la  paciente  la  práctica  de  una segunda operación en ambos ojos, llevándose a  cabo  el  24  de  abril  de  1990,  pese  a  lo  cual,  los resultados no fueron  satisfactorios  “en  cuanto a la mejoría en el ojo  derecho”.   

            Dado   que   las  limitaciones  de  visión  en  ese  órgano continuaron aumentando, se practicó  otra  cirugía  en  el  mes  de  octubre  del  mismo año, y frente al resultado  negativo   el   oftalmólogo   recomendó   a   la  joven  tratada  “someterse   a   un   trasplante   de   córnea”.  La  paciente  manifestó su renuencia al procedimiento, pero ante la  insistencia  del  galeno,  aceptó  realizarse el trasplante mediante operación  ambulatoria el 28 de febrero de 1991.   

           Por   cuanto   la  operación  fue  sencilla,  la  demandante  se  trasladó  hasta  su  casa, pero  “comenzó a experimentar unos dolores muy intensos,  que  se  prolongaron  por  varios  días”. Al tercer  día,  y  como  no  fue  posible  ser atendida personalmente por el Dr. RUIZ, se  desplazó  a  la  Clínica Barraquer, donde luego de establecerse que tenía una  infección  en  el ojo intervenido, la Dra. ÁNGELA MARÍA GUTIÉRREZ le aplicó  el  tratamiento  correspondiente,  suministrándole incluso “dosis importantes  de antibióticos”.   

          Agrega, que el Dr.  RUIZ  MURCIA  la  contactó  para  explicarle que él asumiría directamente los  costos   de   los   procedimientos,   pero   a   condición   que   “saliera  de  la  Clínica  en  la que se hallaba”;  también  le  dijo  que  no podía ser en el CENTRO OFTALMOLÓGICO  COLOMBIANO  porque estarían haciendo una esterilización, razón por la cual el  tratamiento   “se  produjo  inicialmente  mediante  visitas  suyas  a  la  residencia  de  la  paciente”.  Posteriormente   se   hizo  un  nuevo  reemplazo  de  córnea,  que  comprendió  igualmente    un   “trasplante   parcial   de   la  esclera”,  llevado  a cabo el 13 de marzo de 1991 en  la  Clínica  del  Country  de  Bogotá,  sin  que los resultados hayan sido los  esperados.   

            Narra   que   el  proceso  de agravación del ojo derecho se agudizó con los días, razón por la  cual  el  médico  planteó  la  colocación  de “un  implante  y  una prótesis”, el que, luego de haberse  hecho   en   el   centro   demandado   el   11  de  mayo  de  1991  “fue  rechazado  por  el  organismo de la paciente”,  haciéndose  necesario  instalar  “un  implante  de  hidroxiapatita  (o fosfato de calcio)”,  gastos   que   asumió  el  Dr.  RUÍZ  y  quien  después  se  negó  a  seguir  atendiéndola,  momento  desde el cual el “Dr. CALLE  ha  sido  el  médico  que  ha  estado a cargo del tratamiento de la demandante,  asumiendo ésta el valor íntegro del mismo”.   

          En  definitiva, la  paciente,  hija  de  FERNANDO PUERTA y LUZ STELLA HOYOS, sufrió un agravamiento  del  ojo  afectado,  que  culminó  “con la pérdida  anatómica  del  mismo”,  debiendo  desplazarse a la  ciudad  de  Miami  en  los  Estados  Unidos, para recibir atención en el Bascom  Palmer  Eye  Institute,  por  razón  de la enucleación y el implante al que se  sometió.   

              3.     La  demanda  se  admitió por auto de 18 de enero de 1999 y se corrió el respectivo  traslado  al  extremo  pasivo  de  la litis. Los dos convocados comparecieron al  proceso  por  conducto de vocero judicial aceptando unos hechos y negando otros.  Propuso  el  extremo  pasivo  a  través de un mismo mandatario, las excepciones  perentorias  de  “ausencia  de  culpa como elemento  integrante  de  la  responsabilidad  civil perorada en la demanda”  y  la de “falta de legitimación en la  causa por su aspecto pasivo”.   

          El apoderado de la  parte  actora,  dentro del término legal reformó el libelo genitor, incluyendo  como  parte  pasiva  a  la  CRUZ  ROJA  SECCIONAL ANTIOQUIA. Igualmente añadió  algunos  hechos  respecto  del  libelo  inicial,  por  ejemplo  que  la  córnea  trasplantada  a  la  paciente  estaba contaminada y los demandados no realizaron  “ningún  examen  para  establecer  los riesgos que  pudieran  derivarse del trasplante”; también agregó  que  como el padre de LUZ STELLA PUERTA falleció, su hija concurre al proceso a  reclamar  su  propio  perjuicio,  y  como heredera de su progenitor respecto del  daño moral que aquél sufrió.   

             Después     de  admitida  la reforma el 5 de abril de 2000, los demandados llamaron en garantía  a  la  CRUZ  ROJA  DE ANTIOQUIA, con fundamento en que la bacteria que causó la  infección   no   estaba   presente   en   las  salas  de  cirugía  del  CENTRO  OFTALMOLÓGICO  sino  que se halló en el frasco en el cual había sido remitido  por  parte  del  Banco  de  Ojos  de  la CRUZ ROJA, la córnea trasplantada a la  promotora del juicio.   

             Admitida     la  tercería,  se  notificó  a  la  llamada  en  garantía  quien,  a  través  de  procurador judicial se opuso a las súplicas incoadas.   

                    4. El debate,  luego  de  agotarse  el  trámite  procedimental de rigor, se clausuró mediante  sentencia  de  25 de mayo de 2007. La providencia, por un lado, admitió la  defensa  de  la CRUZ ROJA SECCIONAL ANTIOQUIA, demandada y llamada en garantía,  así  que  se  desestimaron las pretensiones formuladas contra ella; y por otro,  se  acogieron  varias  de  las  súplicas  propuestas  frente  a  los convocados  iniciales,   en   las  cuantías  fijadas  por  el  a  quo.   

           Parte   actora  y  citada  al  juicio,  por  conducto  de  sus  mandatarios  apelaron el mencionado  proveído,   y   el   Tribunal   al  resolver  la  alzada  lo  ratificó  en  su  integridad.   

LA   SENTENCIA   DEL  TRIBUNAL   

El   fallador   comenzó   su  exposición  refiriéndose   a  la  “sustentación  del  extremo  pasivo”, de la que dijo que dolidos con la sentencia  de   primera   instancia,   esgrimieron   principalmente   que  el  a  quo  tuvo  dos clases de errores: uno,  relacionado  con  el  tipo de responsabilidad determinada, y otro, con la prueba  del  contrato,  y  luego  de  reproducir  apartes  de ese recurso de apelación,  señaló  que  aquél “se orienta a poner en tela de  juicio  la juridicidad del fallo en cuestión, por el hecho de haberse proferido  sin  que  se  hubiera  definido”  el carácter de la  acción,      si      contractual      o      extracontractual,     “pasándose  por  alto que ni siquiera la demanda hizo referencia  sobre la existencia de contrato alguno”.   

Seguidamente realizó citas jurisprudenciales  y   doctrinales   de  las  que  concluyó  que  “la  responsabilidad   es   un   concepto   único,   ya   provenga   de  contrato  o  no”,  lo  que  enfatizó  al  expresar que, para los  convocados    recurrentes   el   a   quo  despachó  el asunto calificándolo como de naturaleza contractual  “tanto   respecto   del   paciente,  como  de  sus  ascendientes”,  sin  establecerse  si  el  vínculo  jurídico  nació  en  una  relación  habida  entre  médico-paciente,  o entre  paciente-centro oftalmológico.   

Advirtió  al  respecto que la censura no se  ajusta  “a  exacta  ortodoxia  jurídica”,  si  se  considera que la acción  indemnizatoria  por  responsabilidad  civil ejercida por quienes se ven dañados  en  razón  de  una  conducta médica acusada como perjudicial, al margen de que  provenga  o  no  de  una  convención,  “no  exigen  calificación   alguna   de  tal  índole”,  lo  que  soportó con jurisprudencia de la Corte que trajo a colación.   

Acometió  de inmediato el análisis de sí,  la   responsabilidad   reclamada   provenía   o  no  de  la  ejecución  de  un  negocio   jurídico  y  expresó  que  de  ser  ello afirmativo, habría de  precisarse  si  las  consecuencias  del  daño  fueron  previstas  o  no  en  la  convención,  tópico  para  lo  cual  inició  la  indagación  de “la prueba del contrato”.   

El   vínculo   negocial  lo  encontró  demostrado,  por  lo que resulta indiferente para los fines de la indemnización  si  la  relación  contractual  fue  entre  el  médico y el paciente o entre el  último  y  la  clínica  oftalmológica,  toda  vez  que   el “referenciado  trasplante  de  córnea, al llevarse a cabo en las  instalaciones  de  dicho  centro  médico  lo  fue  con aprobación –o, al menos aquiescencia- del médico  RUÍZ  MURCIA,  a quien la paciente le aceptó la realización de esa operación  (…)  dándose  de  esta  manera  indiscutible  la  activa intervención de ese  demandado  en  la producción del daño (…) de donde resulta indiscutible, una  relación  jurídica  con  la  paciente,  sin  que pueda darse por descartada la  existencia  de  un  contrato”; así que la prueba del  contrato  no  admite  duda,  resultando infundada la crítica de los recurrentes  respecto del acuerdo y el tipo de responsabilidad alegada.   

En cuanto a los errores de apreciación sobre  los  que  la  apelación  de  la  pasiva  llamó  la  atención,  razonó que no  demeritaban  las consideraciones del a quo    por    tratarse    de    “simples  especulaciones”  que  no  desvirtúan la negligencia  médica   advertida   en   la   decisión  apelada.  La  advertencia  de  cierta  incongruencia,  dijo,  tampoco  influye  sobre  su  comprobada  juridicidad, por  cuanto  debe ser de tal magnitud “que pueda llegar a  hacer  nugatorio  el  derecho que se discute, debiéndose tener en cuenta que la  demanda  busca la reparación del daño” y fue ese el  aspecto  fundamental  que  se  trató  en  la  sentencia  de  primer  grado para  respaldar las conclusiones ahí consignadas.   

De  la condena solidaria, esgrimió que como  el  perjuicio  perseguido  fue  causado “al unísono  por  los  dos  demandados  recurrentes, la solidaridad es indiscutible, como que  está expresamente prevista en la ley”.   

Los  otros  argumentos  del  recurso  de  apelación    sustentados    esta   vez   por   los   actores,   los   despachó  así:   

“Que  debió  ser  condenada la demandada  Seccional  Cruz Roja de Antioquia”. Previa acotación  de  la  fundamentación  de  ese punto, estimó que no era ello cierto, bastando  traer  a  cuento  la  exposición  razonada de la primera instancia que también  trasuntó,  de la que concluyó que no existe certeza que el recipiente empleado  para  la  transportación  de  la córnea implantada a la paciente, “ya  contenía  el  germen  en cuestión, sin que pueda pasar por  alto  que la Seccional de la Cruz Roja no intervino en la manipulación de dicho  recipiente”    desde    su   llegada   al   Centro  Oftalmológico  hasta  su  remisión  al  Laboratorio  Clínico de la Fundación  Santa María para su examen.   

Por  tanto,  concluyó  que  fue correcta la  evaluación  realizada  frente  a la llamada en garantía que culminó “con su  absolución”.   

“Que  el  daño emergente de STELLA HOYOS  GÓMEZ  se  encuentra  mal  liquidado”.  Precisó la  sentencia,  que  a  pesar  de  ser  aquél  uno de los reproches formulados a lo  decidido  por  el  fallador  de  primer nivel, no aparece en ninguna parte de la  exposición   “reparo  alguno  concreto  sobre  el  particular,  que  de  alguna  manera  establezca  el error aritmético en que se  hubiera  incurrido”, pero además si la impugnación  se  remite  a  la  analítica  del  a quo, en el sentido de que los gastos de la  demandante  cuando  la  atendió el Dr. CALLE, junto con otros, fueron cubiertos  por  el  demandado, lo cierto fue, que la censura no soportó cuáles fueron las  pruebas  que  no  obstante haberse allegado al proceso, no se tuvieron en cuenta  para integrar el daño emergente.   

Adicionalmente,  en  lo  tocante  a la glosa  relativa  al  medio de convicción reportado en idioma extranjero, advirtió que  resultó  suficiente  el  argumento de primera instancia como razón inobjetable  para  no  tenerlo  en  cuenta, y si considera la crítica que debieron emplearse  los  poderes  de  dirección para decretar pruebas de oficio, señaló que no se  colmaban  las exigencias previstas en el artículo 179 del CPC., debido a que la  referida  traducción   “ninguna  utilidad  le  reporta    a    los    hechos    alegados    por    las    partes”.   

“Que  también  el  lucro cesante fue mal  liquidado”,    pues    desconoce,   entre   otros,  “la  prueba y el principio de equidad consagrado en  la  ley”  y  que  su  cálculo  debió abarcar “el  período  futuro”.  Expresó, que los convocados fueron condenados al pago del  lucro  cesante  resultante  de  las  motivaciones  hechas  en  el fallo apelado,  “involucrando   aspectos   ciertos,   de  realidad  incuestionables”,  lo  que  resultó  a tono con las  exigencias advertidas por la doctrina.   

Manifestó  que  para  ratificar  cómo  el  a quo se sometió a la regla  de  la verdad, basta memorar las consideraciones vertidas en la página 32 de su  providencia,  apreciándose  la  búsqueda  de  “una  justa  reparación integral del daño, pero con base en una constante real, como  lo  es  el  salario  legal,  toda  vez  que  cualquier  otro  valor  resultaría  especulativo”.   

Dijo,  previo  a  reproducir apartados de lo  concluido  por  el  juzgador  de primer grado referente a la tasación del lucro  cesante,  que la pretensión de los actores respecto al perjuicio generado a LUZ  STELLA  PUERTA,  corresponde  a  la  ganancia  que  ella  dejó de reportar a su  patrimonio   durante   toda   su   vida   probable   considerando   ”el  ingreso que como golfista dejó de percibir”, de  acuerdo  con  los  principios  de reparación integral y equidad  previstos  en el artículo 16 de la ley 446 de 1998, las razones de la sentencia  apelada  resultan  “jurídicamente  acertadas (…)  optando  por  hacer  entrar  en  la concreción de la indemnización el elemento  salario  mínimo  legal,  por  cuanto,  en primer lugar, es, en general, sin que  requiera  prueba  específica,  la  retribución  económica  que  las  personas  reciben  por  su  desempeño  laboral  en  nuestro  medio, lo que constituye una  constante  de  certeza  ante  la ocurrencia de una lesión, pues el valor de ese  factor  es  lo  que  debe  reportarle  a  las  personas la ganancia por la labor  realizada (…)”.   

De  donde,  como  lo  aseveró  la  primera  instancia,  antes  de  ser  dictado  el  proveído  impugnado,  la  víctima  se  recuperó   de   la  lesión  padecida,  justificándose  que  no  se  incluyera  “el  lucro  cesante futuro, calculado más allá de  dicha  fecha”,  verdad  plausible en rigor jurídico  que  no  desconoce  el  sentido  de la equidad, apareciendo así muy acertada la  desestimación del peritaje rendido sobre este punto.   

Añadió,  finalmente,  en  relación con la  tasación  del  daño  moral,  que  si  bien  su  fijación puede dar lugar a la  subjetividad  del  juzgador, se estimó bien definida en la suma de “$2.000.000  para cada uno de los ascendientes, y $8.000.000 para  la víctima”.   

LA    DEMANDA   DE  CASACION   

          De  acuerdo  a las previsiones de la causal primera de casación que  consagra  el  artículo  368  del Código de Procedimiento Civil la parte actora  formuló    una   única   acusación   por   violación   recta   de   la   ley  sustancial.   

CARGO ÚNICO  

          Con  fundamento  en  la  prenombrada causal se acusa la sentencia de  vulnerar  directamente,  los artículos 2341, 1613 y 1614 del Código Civil y el  canon 16 de la ley 446 de 1998.   

                   Expone el recurrente que  el  Tribunal,  basado  enteramente  en  el  fallo  de  primera instancia, aunque  ratificó   la   condena   a   cargo   de   los   dos  convocados,  “se  equivocó  al  liquidar  el  lucro  cesante  sufrido  por la  víctima  LUZ  STELLA PUERTA” a partir de las erradas  consideraciones jurídicas que pasan a describirse.   

                    Para   fijar  el  lucro  cesante    consolidado,   el   ad   quem  únicamente tuvo en cuenta el salario mínimo mensual; además, no  concedió  indemnización  por  lucro  cesante  futuro.  Luego de reproducir las  razones  en que se soportó en este aspecto el proveído combatido, señaló que  la  equivocación  consistió  en  que  la  aplicación del principio de equidad  exige  tasar  el  lucro  cesante  a  partir  de  cada  caso  concreto. Dice, que  “no  es  lo  mismo  liquidar el lucro cesante de un  campesino  de  8 años de edad, o de uno de 14 años de edad, y que ya abandonó  sus  estudios,  que  (…)  el  de  un estudiante universitario que, en el orden  normal  de  las cosas iría a ganar lo que en el medio local ganan profesionales  de  la  misma  clase.  Es  lógico  pensar  que el campesino normalmente gane un  salario  mínimo  mensual  cuando  comience  su  vida  laboral.  Y dentro de los  estudiantes,  no  es  lo mismo calcular el daño de un estudiante de cuarto año  de  medicina, que el daño de un estudiante de último año de residencia en una  alta   especialización   médica,  dentro  de  la  cual  no  obtenía  todavía  ingresos”.   

                    Según  esos  ejemplos,  cada   circunstancia   supone  que  de  no  producirse  el  daño,  “en  el  orden  normal  de  las cosas”  cada  uno obtendría una ganancia significativamente diferente, siendo esas, las  apreciaciones  que  debe  considerar  el juez a la luz del precepto 16 de la ley  446 de 1998.   

                     Advirtió    que    la  doctrina,  con  base  en  el  canon  230  superior  es  criterio  auxiliar de la  actividad  judicial,  trayendo a cuento la glosa de tratadistas que al citarlos,  aceptan  “la tesis que ahora propongo”.   

                  Por  consiguiente,  memora, el  Tribunal  debió liquidar el lucro cesante pasado teniendo en consideración que  la  actora,  al  culminar sus estudios, “de no haber  sido  golfista  profesional, como mínimo habría obtenido ingresos equivalentes  a  los  obtenidos por profesionales de su misma especialidad universitaria (…)  Así  las  cosas, no es difícil concluir que lo razonable y equitativo para con  una  persona  de  sus  calidades académicas y deportivas, el lucro mensual bien  podría haber sido de unos 6 millones de pesos (…)”.   

                       En     cuanto     al  “lucro   cesante   futuro   por  pérdida  de  una  oportunidad”,  refirió  que  el Tribunal acogió la  tesis  del  juzgador  de primer nivel para negar su reconocimiento, “bajo  el  argumento de que la víctima, pese a haber sufrido una  incapacidad  permanente  parcial,  tenía,  al  momento del fallo, una actividad  laboral  remunerada,  lo  que  significa  que no había sufrido pérdida laboral  hacia el futuro”.   

                   Informa  que,  aunque en  principio,  la  indemnización  se  decide  en  concreto,  a  partir  del  daño  económico  realmente  sufrido  por la víctima, cuando el perjudicado queda con  una  incapacidad  permanente parcial, y “pese a ello  se  desempeña  en  una actividad remunerada, la doctrina considera que de todas  formas,   tiene   derecho   a  una  indemnización  por  lucro  cesante  futuro,  equivalente  al  porcentaje  de incapacidad, teniendo en cuenta su supervivencia  probable  y el salario mensual que devenga al momento del fallo”, siendo  aquella  una de las tantas maneras de calcular en equidad la  pérdida de la oportunidad a causa del daño.   

                   Expone,   que  la  tesis  que  invoca  no  es producto de su invención, “sino de una institución largamente  desarrollada  y aceptada de manera pacífica por la doctrina y la jurisprudencia  en  el  derecho  comparado”,  concluyendo  que es el momento para que la Corte  defina  un  tema  de tanta importancia en la medida que, no es justo ni lógico,  que  por  el hecho de que la víctima se encuentre percibiendo un salario, “no  pueda  cobrar  el valor de su incapacidad laboral, sobre todo si como en el caso  sub examine, dicha incapacidad es del 60%”.   

                   Finalmente,   al  abordar  la  incidencia  de  la  violación, expresó que el artículo 2341 del Código Civil  dispone  que  todo  daño  imputable por culpa del demandado, debe repararse por  éste,  y  los  preceptos 1613 y 1614 de la misma obra ordenan la indemnización  del  lucro cesante pasado y futuro. No obstante, dado que algunos daños, pese a  su  existencia  cierta, no son cuantificables, la ley 446 ordena su liquidación  equitativa  e  integral,  en  cuyo  caso,  mal  puede  abstenerse el juzgador de  “otorgar  la  indemnización  de  un  perjuicio que  existe pero que no se puede cuantificar con toda precisión”.   

                   Así,  continúa,  de no  haberse  incurrido  en  la  infracción  de  las normas denunciadas, el Tribunal  habría  modificado  la  condena,  disponiendo  la reparación del lucro cesante  pasado   sobre   una   base  superior  al  salario  mínimo,  al  igual  que  la  indemnización    equitativa    de    la   ventaja   futura   sufrida   por   la  demandante.   

CONSIDERACIONES  

1.  Tiene  establecido  la  Corte,  que  los  “presupuestos  de  la  responsabilidad  civil  del  médico  no  son  extraños  al  régimen  general  de  la  responsabilidad  (un  comportamiento  activo  o  pasivo,  violación del deber de asistencia y cuidado  propios   de   la   profesión,   que   el  obrar  antijurídico  sea  imputable  subjetivamente  al  profesional, a título de dolo o culpa, el daño patrimonial  o  extrapatrimonial y la relación de causalidad adecuada entre el daño sufrido  y     el     comportamiento    médico    primeramente    señalado)”.  (Cas.  Civ.  Sentencia  001 de 30 de enero de 2001, expediente  5507).   

           1.1   Sobre   esa  responsabilidad,  si  bien   en  una  época,  ya distante en el tiempo, se  consideró  que  se  ubicaba fundamentalmente en el ámbito extracontractual, lo  cierto  es  que  la  jurisprudencia  de  esta  Corporación,  desde la recordada  sentencia  de  5  de  marzo  de  1940,  ha  puntualizado  que, por el contrario,  aquella   es  preponderantemente  contractual,  sin  dejar  de  lado, claro  está,  que  pueden  concurrir  hipótesis  en  las  que  asume  otro carácter.   

               1.2       Con  abstracción  de  lo  anterior,  esto  es  si  el  daño  tuvo fuente o no en un  vínculo  negocial,  pues el Tribunal acertadamente ubicó el litigio dentro del  espectro  de  la  responsabilidad  dimanada de un pacto, en el caso que transita  por  la Sala, luego de promoverse una acción civil motivada en las lesiones que  produjo  a  la convocante un procedimiento médico, la primera instancia acogió  parcialmente  las  súplicas  incoadas  y  el   juzgador  de  segundo grado  ratificó  en  su  integridad  el  fallo  que fue apelado por ambos extremos del  debate.  Así,  la  ordenación  confirmada  por el ad  quem,  dispuso  el  pago  solidario  con  cargo  a los  demandados  CENTRO  OFTALMOLÓGICO  COLOMBIANO  y  LUÍS ANTONIO RUÍZ MURCIA de  unas  sumas  por  concepto de lucro cesante pasado, perjuicios morales y daño a  la vida de relación.   

          1.3  Dado  que  el  fallador  Colegiado  revalidó en su integridad lo dispuesto por el a  quo,  la parte actora formuló demanda  de  casación,  ataque  que  fundamentó  en la casual primera contemplada en el  precepto  368  procesal  civil,  por  violación directa de los artículos 2341,  1613 y 1614 del Código Civil y el 16 de la ley 446 de 1998.   

2.  De  tiempo  atrás,  ha  reiterado  esta  Corporación,  que  “se  infringe  la  ley por vía  directa  cuando, sin consideración a las pruebas, se deja de aplicar dicha ley,  o  se  la  aplica  indebidamente, o se la interpreta de manera equivocada…”.  (Cas.  Civ.  Sentencia  de  julio  7  de 1964. G.J, t.  CVIII, p. 56).   

Dicho  de otra manera, la vulneración recta  de  las  reglas  sustanciales,  que como motivo de casación contempla la causal  inicial   del   artículo   368   ejusdem,  sólo se produce cuando, al margen de toda discusión probatoria,  el  sentenciador deja de emplear en el caso controvertido, la norma a que debía  sujetarse  y, consecuencialmente, hace actuar disposiciones materiales extrañas  al  litigio,  o cuando habiendo acertado en la norma rectora del asunto yerra en  la  interpretación  que  de ella realiza. También ha sido criterio reiterativo  de  la  Sala,  que  cuando la denuncia se orienta por la vía directa, presupone  que   el   censor  viene  aceptando  plenamente  las  conclusiones  fácticas  y  probatorias deducidas por el Tribunal.   

                    2.1  El  acusador,  al  escoger  la  vía derecha aquí debatida, se  duele  fundamentalmente  de  la  forma  en  que  se cuantificaron algunos de los  valores que se ordenaron cancelar solidariamente al extremo pasivo.   

2.2 Luego de memorar los aspectos probados  en  el  plenario  y  además  aceptados  por  el  Tribunal, expuso que aquél se  “equivocó al liquidar el lucro cesante sufrido por  la   víctima   LUZ   STELLA  PUERTA”  a  partir  de  incorrectas motivaciones jurídicas.   

3. Cuestiona en primera medida el recurrente,  la  base con que se tasó el lucro cesante pasado, por cuanto la aplicación del  principio  de  equidad  exige  liquidarlo  teniendo en cuenta cada situación en  concreto,  y  señala  ejemplos de cómo al abrigo de una u otra situación debe  variar  el  análisis  de  la  circunstancia  fáctica,  apreciación  que ha de  tenerse  en  cuenta a la luz de lo establecido por el artículo 16 de la ley 446  de  1998  y de la evolución de la doctrina, que cumple, acorde con el canon 230  superior,    la    función    de    criterio    auxiliar    de   la   actividad  judicial.   

El daño es uno de  los  presupuestos  estructurales  de  la  responsabilidad  sin cuya existencia y  plena  demostración aquella se desvanece, tanto que, resultaría innecesaria la  verificación  y  análisis  de sus restantes elementos porque, ante su ausencia  no  surge ninguna obligación indemnizatoria. Así, ha expresado la Corporación  que  aquél  “se erige en la columna vertebral de la  responsabilidad  civil, en concreto de la obligación resarcitoria a cargo de su  agente  (victimario),  sin  el  cual,  de consiguiente, resulta vano, y también  hasta  especulativo, hablar de reparación, de resarcimiento o de indemnización  de    perjuicios,    ora    en    la    esfera    contractual,    ora    en   la  extracontractual”.  (Cas.  Civ.  sentencia  de  4 de  abril de 2001, exp. 5502).   

Los  artículos  1613  y  1614  del Estatuto  Civil,  dentro  del  espectro  de la responsabilidad contractual, disciplinan la  indemnización  de  perjuicios,  incorporando los conceptos de daño emergente y  lucro cesante.   

Alude el primero, a las sumas de dinero que  manan  del  patrimonio  del  afectado para atender las consecuencias del impacto  directo  que  significó  el  menoscabo y que, tratándose de la responsabilidad  médica,  aquél  atañe  al  valor  salido  del  peculio  de  la víctima en la  atención  de  la  lesión  física  o  psíquica  que demanda el cuidado de los  profesionales   de  la  salud.  El  lucro  cesante,  por  su  parte,  refiere  a  “la  ganancia o provecho  que  deja  de reportarse a consecuencia de no haberse cumplido la obligación, o  cumplido   imperfectamente,   o   retardado   su  cumplimiento”.  Lo  cual,  extrapolado  al  terreno  de  la  responsabilidad  por el  ejercicio  de  la  medicina,  significa  lo  que deja de ingresar al capital del  afectado,  en  su  aspecto  físico o emocional en cuanto a la productividad que  por    la    lesión    originada    en    la   actuación   clínica   se   vio  disminuida.   

Ciertamente  el  precepto  16 de ley 446 de  1998,  estableció  que  para  valorar  los daños, se  atenderán  “los principios de reparación integral  y  equidad  y  observará  los  criterios  técnicos  actuariales”,  doliéndose  el  casacionista  de  que  en  la estimación de los  perjuicios  a más de inobservarse esas pautas, se omitió la doctrina que trajo  a  cuento,  siendo  que  los estudios de los tratadistas constituyen un criterio  auxiliar de la actividad judicial.   

Lo  primero  por explicar es que no resulta  desacertada  la  aplicación  de los preceptos sustantivos denunciados, dado que  fue  precisamente  en  la equidad en que se inspiró el Tribunal al ratificar la  sentencia  del  a  quo  para  conceder  a  la  convocante  lesionada  una  suma de dinero por razón del lucro  cesante  consolidado,  utilizando como parámetro de cálculo el salario mínimo  legal  mensual.  Otra  cosa,  es que la interpretación que hizo el ad  quem de la equidad no coincida con la  que     el     censor     pretende    en    la    formulación    del    recurso  extraordinario.   

LUZ  STELLA  PUERTA  no  se  desempeñaba  profesionalmente,  ejercitaba una actividad deportiva como jugadora de golf pero  en  el  ramo  aficionado,  tenía título universitario en mercadeo (folio 547),  pero  para  la  época  del  hecho  dañino  no  gozaba  de una fuente formal de  ingresos  de  la  cual  pudiera  partirse,  lo  que aparejó consecuencias en la  tasación  de  la  indemnización,  aplicándose  al  caso  la  solución que ha  encontrado  la  Corte,  en  el  sentido  que  cuanto  menos devengaba un salario  mínimo  mensual, teniendo en consideración que la edad de producción promedio  comienza  a  los  dieciocho  años,  ya  cumplidos  para  ese  entonces  por  la  actora.   

Estaría,  síguese,  en los terrenos de lo  hipotético,  considerar  como  posible  la  participación  de  la lesionada en  torneos  nacionales  e internacionales de golf para de ahí derivar dividendos y  tasar   el   lucro   cesante   consolidado,  máxime  cuando  su  actividad  era  desarrollada como aficionada, no como profesional.   

La      equidad      —aplicación  de  la  justicia  al caso  concreto—  es  también  criterio  auxiliar de la función de la judicatura, aunque en los eventos de los  artículos  116 y 247 superiores, han expresado algunos tratadistas, actúa como  verdadera  fuente  del derecho. Su consagración normativa, a más de encontrase  de  antiguo  en  diversas disposiciones legales, verbigracia el art. 5º ley 153  de  1887,  no  fue  ajena al celo del Constituyente de 1991 quien positivizó su  función en la misma Carta Política.   

En  efecto,  merced  a  lo  previsto  en el  artículo  20, se garantiza a toda persona la libertad de expresar y difundir su  pensamiento  y opinión, informar y recibir información veraz e imparcial; así  como   el   derecho   de   rectificación   en   condiciones   de   equidad;   el  artículo  95  inciso  2º  señala  que es un deber del ciudadano contribuir al  financiamiento  de  los  gastos  e inversiones del Estado dentro de conceptos de  justicia    y   equidad;  los  artículos 226 y 227 contemplados en el capítulo  de   las  relaciones  internacionales,  indican  que  el  Estado  promoverá  la  internacionalización  de  las  relaciones  políticas,  económicas, sociales y  ecológicas   sobre   bases   de  equidad,  reciprocidad  y conveniencia nacional.  Igualmente  destaca  que  se  promoverá  la  integración  económica, social y  política  con  las demás naciones y especialmente, con los países de América  Latina  y  del  Caribe  mediante  la celebración de tratados que sobre bases de  equidad,   igualdad   y  reciprocidad,  creen organismos supranacionales; el canon 267 inciso 3º dispone  que  la  vigilancia  de  la  gestión  fiscal incluye el ejercicio de un control  financiero,   de   gestión   y   de  resultados,  fundado  en  la  equidad  y  la  valoración de los costos  ambientales.  Por último, el artículo 363 determinó que el sistema tributario  se  apoya  en  los  principios  de equidad, eficiencia y progresividad.   

Nada  de  lo  expresado  por  el  Tribunal,  entonces,  se  opone  al  recto  entendimiento  de la previsión contenida en el  canon  16  de la ley 446 de 1998, mucho menos a los contenidos de los artículos  1613  y  1614  sustantivos  civiles.  Tratándose  de la primera norma, sobre la  equidad  puede  decirse,  de  manera  general, que permite al operador jurídico  examinar,  como  se  hizo,  las  circunstancias  que envolvían el entorno de la  demandante   luz   stella  puerta  hoyos,  ponderando  las  diversas cargas impuestas por el marco normativo  denunciado por infracción directa.   

Por consiguiente, fue justamente con base a  los  estándares  de  equilibrio y ecuanimidad que se tasó la condena por lucro  cesante  pasado,  según  un recto entendimiento de las normas del Código Civil  mencionadas  y del artículo 16 de la ley 446 de 1998, no encontrándose ningún  reparo al fallo enjuiciado proferido en segundo grado.   

Tan fue la equidad el postulado que inspiró  la   sentencia   enjuiciada,   que   se   reconoció,   repítase,   pese  a  la  improductividad  de  la afectada al momento de la ocurrencia del hecho, una suma  resarcitoria  por  lucro  cesante  consolidado  acorde  con el valor del salario  mínimo legal mensual.   

3.1  De  otro  lado,  el recurrente echa de  menos   que   no   se  haya  tenido  en  cuenta  la  doctrina  que  “acepta  la  tesis  que  propongo”  y  luego  de  trasuntar  apartes  de los estudios de tratadistas, advirtió que LUZ  STELLA  de  no  haber  sido  golfista  profesional,  al menos habría conseguido  ingresos   equivalentes   a   los   obtenidos  por  quienes  se  desempeñan  en  especialidades  universitarias  como  la  que ella escogió, siendo “prueba  de  ello”  que  “el  mismo  Tribunal admite que la demandante actualmente trabaja  como  instructora profesional de golf, y en publicidad y mercadeo”.   

Debe  precisarse,  liminarmente,  que  la  doctrina   en   verdad,   es  solo  eso  que  afirma  la  censura,  “un  criterio  auxiliar  de  la actividad judicial”  según  lo dispone el canon 230 de la Carta, vale decir, una pauta  coadyuvante  para  la  mejor  interpretación  del sistema normativo, cumpliendo  funciones          de          diversas          índoles:          científica,  mediante   la   revisión   y   sistematización  de  las  normas,  práctica,  debido  a  que desentraña el  alcance  del  orden  jurídico  y crítica,   toda   vez   que  juzga  la  prudencia  y  conveniencia  de  las  reglas.   

Bajo  ninguna  circunstancia  actúa  como  fuente  obligatoria,  ni si quiera en los países gobernados por el common  law,  donde  ciertos jueces, a lo  sumo  han  considerado  algunas  obras  de  tal  importancia e incidencia en sus  sentencias  que  las  calificaron  como  “books  of  authority”,   por  contener,  como  entre  nosotros,  argumentos de autoridad.   

Al  no  producir  el  efecto  de una fuente  formal  de  derecho, entendida como todo tipo de disposición, escrita o no, que  determina  la  vinculatoriedad del comportamiento del ciudadano y de los poderes  públicos  en general, al constituir la expresión de las relevancias normativas  que  una  sociedad  otorga  a  los diferentes estamentos del Estado a la hora de  producir                   derecho1,  no puede fundar el censor su  acusación  en  los  comentarios que a no dudarlo son autorizados, pero no atan,  iterase, la motivación del juzgador en sus providencias.   

Así  ocurrió  en  la  sentencia combatida  donde,  el  Tribunal,  al  abrigo  de  la  inteligencia  que  le dispensó a las  circunstancias  que  contornaron  la  especie  debatida,  juzgó con un criterio  razonable,  la fijación de los perjuicios por concepto de lucro cesante pasado.  En  casos  semejantes  cuando  ha  existido  carencia  demostrativa de ingresos,  tratándose  del asunto que transita por la Sala donde, ni siquiera se acreditó  el  ejercicio  de  una actividad profesional, de manera que refulge consecuente,  cual  lo  ha  advertido  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  que así como no es  “descabellado    afirmar  que  quien  trabaja  devenga    por    lo    menos    el    salario   mínimo   legal,   (CCXXVII,  página  870, reiterada en sentencia de 30 junio de 2005,  expediente  00650-01), lo mismo puede decirse cuando, quien sufrió el menoscabo  no   probó   una  vinculación  laboral  y  sin  embargo  se  le  reconoce  una  indemnización  de  conformidad  con  el  salario  mínimo  legal  mensual.  Una  interpretación  diversa  caería en los terrenos de lo especulativo y eventual,  que  podría  desbordar,  inclusive, la misma aplicación de la equidad invocada  por la censura.   

4. La otra parte de la acusación consistió  en   que   el   juez   plural   no  concedió  indemnización  por  “lucro     cesante     futuro     por     pérdida     de     una  oportunidad”.   (Subraya  fuera  de  texto).  Aseguró el casacionista que cuando el perjudicado queda con  una  incapacidad  permanente  parcial,  y  pese  a  ello  desempeña  un trabajo  remunerado,  tiene  derecho a una ganancia ulterior, indemnización que equivale  “a  lo  que  la  doctrina  denomina cuantificación  equitativa     del    lucro    cesante    futuro    por    pérdida    de    una  oportunidad”.   

El    ad  quem,  luego de reproducir apartes del fallo de primer  nivel  y  de  notas de unos estudios científicos sobre tasación de perjuicios,  advirtió  que  la  víctima  se  recuperó  de la lesión padecida, por ello se  sustrajo  de  condenar  al  pago  del “lucro cesante  futuro,  calculado  más allá de dicha fecha”.    

4.1  Por  sabido  se  tiene  que  el  lucro  cesante,  en puridad de término, refiere fundamentalmente al provecho que de no  producirse  el  daño  debió  entrar  al  patrimonio  de  la  víctima, pero el  quebranto  de  ese  interés  que  se  deja de percibir obedece a una situación  real,  susceptible  de  constatación física, material u objetiva, y excluye la  eventualidad   de  hipotéticas  ganancias,  cuya  probabilidad  es  simplemente  remota.   

              Cuando      el  perjuicio  material  tiene  el  adjetivo  “futuro”,  ha expuesto la Sala que  ”no  es  posible  aseverar, con seguridad absoluta,  como  habrían  transcurrido los acontecimientos sin la ocurrencia del hecho”,  acudiendo  al propósito de determinar “un  mínimo  de razonable certidumbre” a  “juicios  de  probabilidad objetiva” y  “a  un  prudente sentido restrictivo  cuando  en  sede litigiosa, se trata de admitir la existencia material del lucro  cesante  y de efectuar su valuación pecuniaria, haciendo particular énfasis en  que  procede  la reparación de esta clase de daños en la medida en que obre en  los  autos,  a disposición del proceso, prueba concluyente en orden a acreditar  la  verdadera  entidad  de  los  mismos  y  su  extensión  cuantitativa, lo que  significa  rechazar  por principio conclusiones dudosas o contingentes acerca de  las  ganancias que se dejaron de obtener, apoyadas tales conclusiones en simples  esperanzas,  expresadas  estas  en  ilusorios  cálculos  que  no  pasan  de ser  especulación  teórica,  y  no  en  probabilidades objetivas demostradas con el  rigor  debido” (cas. civ. sentencia de 4 de marzo de  1998,  exp.  4921.  Reiterada  en  decisión  de  9  de  septiembre de 2010 Ref,  2005-00103).   

                     4.2   La   Corte,   en  relación  con  las  circunstancias  indemnizables que resultan venideras, tiene  por  establecido  que  no  sólo  las  cosas actuales  interesan    al    derecho;   igualmente  el  porvenir,  aunque  intangible, goza de  su   aprecio2.   

                   Vivimos  dentro y según  la  ley. Ella nos define, nos otorga la distintas calidades, nos convierte en lo  que   somos:   nacionales,   ciudadanos,   contratantes,   empleados,  doctores,  cónyuges,  hijos  etc; lo que fuimos y lo que seremos, por ello tan importan al  derecho       los       sucesos       futuros      que      el      nasciturus,   por   ejemplo,   goza   de  protección                 jurídica3.   

                  También los  acontecimientos  en  gestación son propios  de  la vida de los contratos; de modo  especial  en  los  denominados  de tracto sucesivo, en los que se promete, amén  del  presente,  eventos  que  están  por producirse.  Nótese  que,  en  los  distintos ordenamientos existe  permisión  para  contratar  sobre  cosas  aún  inexistentes (v. gr. la llamada  venta   de   cosa   esperada,   art.   1869  del  Código  Civil),  u  obligarse  condicionalmente  (a  la condición corresponde el futuro como cosa per  se),  con la única salvedad que no  sea   imposible,   porque  entonces,  es  verdad,  se  estaría   negociando   sobre   la  nada4.   

          De  donde, asuntos  de  corta,  mediana  o  lejana proximidad serán del interés de la juridicidad,  como ocurre, en el derecho resarcitorio.   

Razonado en lo anterior, la Sala, a través  de  fallo  de  24  de  junio  de  2008,  expediente 2000 01141 01, determinó, a  propósito  de  las  ganancias  frustradas  o ventajas dejadas de obtener,   “que  una  cosa  es  la  pérdida  de  una  utilidad  que se devengaba realmente cuando el acontecimiento  nefasto  sobrevino, la pérdida de un bien con comprobada actividad lucrativa en  un  determinado  contexto  histórico  o, incluso, la  privación  de  una  ganancia  que  con  una alta probabilidad objetiva se iba a  obtener  circunstancias  en  las  cuales  no  hay  lugar  a especular en torno a  eventuales   utilidades   porque   las   mismas   son   concretas,  (…)  y, otra muy distinta es la frustración de la chance, de una  apariencia  real  de  provecho,  caso  en el cual,  en el momento  que  nace  el  perjuicio,  no  se  extingue  una  utilidad  entonces existente, sino,  simplemente,      la     posibilidad     de     obtenerla.     Trátase,   pues,  de  la  pérdida  de  una  contingencia, de  evidente  relatividad  cuya  cuantificación  dependerá  de  la  mayor  o menor  probabilidad  de  su  ocurrencia  (…)”.  (Negrilla  fuera de texto).   

Posteriormente,  se  trató la “perdida   de  oportunidad”  como  un  asunto  parecido al lucro cesante, que no idéntico u homogéneo. Así, explicó  la  Corporación:  “Problema  análogo  a  la  certeza  del  daño, suscita la  pérdida   de   una  oportunidad  (Perte  de  Chance,  Perdita di una Chance, Loss  of   Chance,  Der  Verlust  einer  Chance),  o  sea, la frustración, supresión o  privación  definitiva  de  la  oportunidad  legítima, real, verídica, seria y  actual  para la probable y sensata obtención de un provecho, beneficio, ventaja  o  utilidad  a  futuro  o,  para  evitar  una desventaja, pérdida o afectación  ulterior   del   patrimonio,   asunto   de   tiempo  atrás  analizado  por  los  comentaristas  desde  la certidumbre del quebranto, la relación de causalidad y  la        injusticia        del       daño”5   

.  

Más  adelante  se  anotó  en  la  misma  decisión:  “En particular, la supresión definitiva  de   una  oportunidad,  podrá  comprender  el  reconocimiento  de  los  costos,  desembolsos    o   erogaciones   inherentes   a   su  adquisición,  el valor de la ventaja esperada o de la desventaja experimentada,  cuando  los  elementos  probatorios  lleven  al  juzgador  a la seria, fundada e  íntima  convicción  a  propósito  de la razonable probabilidad de concreción  futura  del resultado útil, por lo cual, a diferencia  del  lucro  cesante,  o sea, la “ganancia o provecho que deja de reportarse”  (artículo  1614 del Código Civil), en ella no se tiene la utilidad, tampoco se  extingue,  y  el  interés protegido es la razonable probabilidad de obtenerla o  de   evitar   una   pérdida”.  (Negrilla  fuera  de  texto).   

En  tiempos  recientes,  la Sala abordó lo  atañedero  a  la  pérdida  de oportunidad, también conocida como “de  la  chance”  y sin vacilaciones,  reiteró  su  posición  en  torno  a  que  es  una  cuestión distinta al lucro  cesante.   

En  efecto, la providencia que in extenso se reproduce dijo:   

“Ahora  bien,  dada  la  forma  como  se  solicitó  el  resarcimiento  de  los  perjuicios  que  dice  haber  padecido la  sociedad  actora,  es  menester  preguntarse  qué  ocurre  cuándo  la pérdida  experimentada  por  la  víctima  no  es  de una ganancia, provecho o beneficio,  propiamente  dichos, sino de la oportunidad de obtenerlos? Estos supuestos, como  se  aprecia,  son  distintos, no obstante su cercanía y, por ende, son diversos  de la real y cierta obtención de una ganancia actual o futura.   

La pérdida de una oportunidad atañe a la  supresión  de  ciertas prerrogativas de indiscutible valía para el interesado,  porque  en  un  plano  objetivo,  de contar con ellas, su concreción le habría  significado  la  posibilidad  de  percibir,  ahí  sí,  una ganancia, ventaja o  beneficio,  o  de  que  no  le  sobrevenga  un  perjuicio.  Expresado  con otras  palabras,  existen  ocasiones  en  las  que  la  víctima  se  encuentra  en  la  situación  idónea para obtener un beneficio o evitar un detrimento, y el hecho  ilícito  de  otra  persona  le  impide  aprovechar  tal  situación  favorable.   

(…)  

Es  claro,  entonces,  que  si,  como  se  señaló,  una  cosa  es no percibir una ganancia y otra verse desprovisto de la  posibilidad  de obtenerla, el daño por pérdida de una oportunidad acaece sólo  en   frente   de   aquellas  opciones  revestidas  de  entidad  suficiente  que,  consideradas  en  sí  mismas,  permitan colegir, por una parte, que son reales,  verídicas,  serias  y actuales, reiterando aquí lo expresado por la Sala en el  fallo  precedentemente citado, y, por otra, idóneas para conseguir en verdad la  utilidad  esperada  o  para  impedir  la configuración de un detrimento para su  titular,  esto  es,  lo  suficientemente fundadas como para que de su supresión  pueda  avizorarse  la  lesión  que  indefectiblemente ha de sufrir el afectado.   

Por lo tanto, es indispensable precisar que  la  pérdida de cualquier oportunidad, expectativa o posibilidad no configura el  daño  que  en  el  plano  de  la responsabilidad civil, ya sea contractual, ora  extracontractual,  es  indemnizable.  Cuando se trata de oportunidades débiles,  incipientes,   lejanas  o  frágiles,  mal  puede  admitirse  que,  incluso,  de  continuar   el   normal  desarrollo  de  los  acontecimientos,  su  frustración  necesariamente  vaya a desembocar en la afectación negativa del patrimonio o de  otro   tipo   de  intereses  lícitos  de  la  persona  que  contó  con  ellas.   

Adicionalmente, por parte de la doctrina se  indica  que “debe exigirse que la víctima se encuentre en situación fáctica  o  jurídica  idónea  para  aspirar a la obtención de esas ventajas al momento  del  evento  dañoso”  (Zannoni,  Eduardo  A.  El  daño en la responsabilidad  civil.  Editorial  Astrea,  Buenos  Aires,  2005,  págs. 110 y 111).  Y en  relación  con  este último aspecto, resulta pertinente acudir a la opinión de  Geneviève  Viney  y  Patrice Jourdain, quienes señalan que la oportunidad debe  existir  para  el  momento en el que se realiza la conducta antijurídica que se  imputa   al   demandado,  pues  “cuando  el  demandante  no  ha  intentado  su  oportunidad  en  el  momento  en  el  que  sobreviene  el  hecho  que  le impide  definitivamente  hacerlo,  debe,  para  obtener reparación del daño, demostrar  que  en dicho momento estaba en capacidad de aprovechar la oportunidad o estar a  punto  de  poder  lograrlo.  Esta  directiva  permite  excluir la reparación de  esperanzas  puramente  eventuales  que no están sustentadas en hechos acaecidos  al  momento  de  advenimiento del hecho dañino imputable al demandado (…). La  exigencia  del  carácter  real  y serio de la oportunidad perdida constituye un  correctivo  eficaz  contra  los  abusos  eventuales  de  la  teoría”  (Viney,  Geneviève  y Jourdain, Patrice. Les conditions de la responsabilité, L.G.D.J.,  3ª  edición,  París,  2006,  ps.  101  y  102)”6   

.  

En  la  literatura  sobre la indemnización  fundada   en   la   pérdida  de  oportunidad  dentro  de  los  ámbitos  de  la  responsabilidad  civil,  tanto  aquella como el lucro cesante futuro que algunos  pretenden  equiparar  en  una  misma categoría, son disímiles conceptualmente,  como   según   se   apreció,   lo   ha  reconocido  la  jurisprudencia  de  la  Corporación.   

Las  últimas  doctrinas  sobre  la materia  —  a pesar de que existen  corrientes   que   la   ubican  dentro  del  género  lucro  cesante—   también  marcan  fronteras  entre  ambas,  y  más  importante  aún,  coinciden  en  que el apreciable grado de la  posibilidad  debe  ser  suficiente,  de  suerte  que  la  oportunidad perdida no  resulta  indemnizable  si  representa  apenas una probabilidad abstracta y vaga,  una esperanza débil de derecho.   

Para  los profesores FELIX TRIGO REPRESAS y  MARCELO  LÓPEZ MESA, “el daño emergente es el más  cierto  de  todos  los  daños  patrimoniales, por cuanto parte de la base de un  desembolso  efectivo  o  de  un menoscabo tangible. Un  grado  menos  de certidumbre y nos encontramos con el lucro cesante, que se basa  en  la  disminución  de  ingresos,  extremo que debe  fundarse  en un juicio de probabilidad. Finalmente, en  cuanto  a  la  pérdida de chance existe la necesidad de realizar otro juicio de  probabilidad,  sólo que de naturaleza más flexible,  para  apreciar  así,  si  el  damnificado  se  ha  visto privado de obtener una  ganancia,  o  si  al  menos,  ello  es verosímil”7   

. (Negrilla fuera  de texto).   

En   palabras   de   GASTÓN   SALÍNAS  UGARTE8  la  pérdida  de  oportunidad  es una forma de daño en la cual la  certidumbre  del  mismo  aparece imprecisa, aun cuando se halla presente; razón  por  la  cual  en  la aplicación del moderno derecho indemnizatorio, cuando los  Tribunales  han  reconocido  perjuicios  al  amparo  de ese concepto, han dejado  claro  que  en  esos  eventos  la  cuantía  se establece en virtud de lo que la  doctrina  francesa  ha  enseñado como la desaparición de la probabilidad de un  suceso  favorable  o  pérdida  del  chance  de  obtener  una ganancia, debiendo  contemplarse   de   una   forma   restrictiva   y  su  reparación  nunca  puede  formularse   en  los  mismos  términos  que  si  el  daño  no  se hubiera  producido y el resultado hubiera sido beneficioso al perjudicado.   

Más  adelante expresó el mismo autor que:  “No   se   trata,  por  supuesto,  del  tradicional  lucro  cesante, pues el daño que éste importa, es  cierto  en  la  medida en que el damnificado tiene un interés legítimo  a  la  percepción de esos lucros al momento del evento dañoso. En otras palabras,  el  rubro  lucro  cesante  no  indemniza  la  pérdida de una mera expectativa o  probabilidad  de beneficios económicos futuros, sino el daño que supone privar  al  patrimonio  damnificado  de  la obtención de lucros a los cuales su titular  tenía  derecho,  es decir, título, al tiempo en que  acaece  el  eventos  damni.  Cuando el daño se origina en frustración  de  una  esperanza  razonable,  en  la  pérdida  de una chance, de una probabilidad  fundada,  nos  encontramos  frente a esta categoría de daño, donde coexiste un  elemento   de   certeza   con  un  elemento  de  incertidumbre”.  (Destaca la Sala).   

A partir de las reflexiones memoradas, debe  decirse  que tanto la pérdida de oportunidad como el lucro cesante futuro, pese  a  que  el  censor  los  entremezcla,  pertenecen  a  categorías  diversas pues  atienden  fuentes  obligacionales distintas, pero además se diferencian por los  grados de certidumbre que en una y otra se registran.   

En la primera, existe un razonable juicio de  posibilidad,  relativo  a  la  concreción futura de un resultado útil donde se  combinan  la  certidumbre y la fluctuación, pero partiéndose de la base de que  el  afectado  se  hallaba  en  una  posición  de  privilegio que le permitiría  obtener   un  beneficio,  y  el  actuar  ilícito  de  otra  persona  le  impide  fructificar  tal situación de prosperidad. De hecho, no escasean en la doctrina  especializada  ejemplos  de  esta  nueva  modalidad  de  daño. Piénsese, en la  actuación  del  agente  demandado en responsabilidad civil que con su proceder,  impidió  que  alguien,  habiéndose  inscrito  a  un  concurso  o licitación y  superado   la   mayoría   de   sus   fases,  por  una  indebida  digitación  o  calificación,  lo  excluyó  de  la posibilidad de obtener el empleo o resultar  adjudicatario  del  contrato; el deportista que con una trayectoria reconocida y  después  de  haber  obtenido distintos premios, es atropellado por un automotor  en  la  proximidad  de  la  última  competencia  donde se había perfilado como  seguro  ganador;  el  evento  del  descuido  del  abogado  que  no  recurre  una  providencia  con  el propósito de que sea revocada; o de la persona que, por no  recibir  la  información  suficiente  y  pertinente,  pierde  la oportunidad de  resolver  si  adopta una decisión diferente de la que finalmente tomó frente a  una  negociación  significativa,  para  solo  mencionar,  a  título  meramente  enunciativo,  algunos  de  los  supuestos  más  frecuentemente  citados  por la  literatura sobre la materia.   

En el segundo evento, esto es en el ámbito  del  lucro  cesante futuro, no se indemniza la pérdida de una probabilidad sino  la  obtención  de  dividendos  a  los cuales tendría derecho la víctima, pero  bajo el esquema de una privación de ganancia cierta.   

4.3  No  ha sido pacifica la ubicación del  acaecimiento     del     daño     por     pérdida     de    la    “chance”;    algunos   autores   han  expresado  que se trata de un método de cuantificación del daño, creyendo con  ello  haberse  resuelto  el  problema  respecto a la incertidumbre causal que el  mismo   devela9    y    que   ha   puesto   en   duda   en   muchos   sistemas   su  aceptación.   

La pérdida de oportunidad, cuya aplicación  se  ha  excluido  por  tratadistas  foráneos  y nacionales en tratándose de la  responsabilidad  médica  dada  la  imposibilidad  o dificultad de establecer el  nexo  de  causalidad,  conviene  precisarlo,  constituye  una  especie  de daño  independiente,  provisto de unas singulares características y que, en últimas,  se  ve  concretado  en  el  desvanecimiento  de  la  posibilidad  de obtener una  ganancia   o   de   evitar   que   se   produzca  un  evento,  frustración  que  correlativamente,  coloca  a  quien  sufre el menoscabo en la posición de poder  demandar la reparación de los perjuicios.   

Aquella,  en  sí  misma considerada, causa  daño  a  quien  se privó o se frustró de ese “chance”, razón por la cual  tiene  un  valor  en  sí  misma,  independientemente  del hecho futuro, pues la  lesión  consistente  en la desaparición absoluta de una probabilidad objetiva,  posee una naturaleza cierta y directa.   

Sus  presupuestos  axiológicos,  para  que  pueda    considerarse   como  daño  indemnizable  según  la  elaboración  jurisprudencial     de    esta    Corporación    refieren    a:    (i)  Certeza respecto de la existencia de  una  legítima  oportunidad, y aunque la misma envuelva un componente aleatorio,  la  “chance”  diluida debe ser seria, verídica, real y actual; (ii) Imposibilidad concluyente de obtener  el  provecho o de evitar el detrimento por razón de la supresión definitiva de  la  oportunidad para conseguir el beneficio, pues si la consolidación del daño  dependiera   aún   del   futuro,  se  trataría  de  un  perjuicio  eventual  e  hipotético,  no  susceptible  del  reconocimiento  de una indemnización que el  porvenir     podría     convertir     en    inconveniente;    y    (iii) La víctima debe encontrarse en una  situación  potencialmente  apta  para  pretender  la consecución del resultado  esperado;  no  es cualquier expectativa o posibilidad la que configura el daño,  porque  si  se  trata  de  oportunidades débiles, lejanas o frágiles, no puede  aceptarse  que,  incluso,  de  continuar  el  normal desarrollo de las cosas, su  frustración   inevitablemente  conllevaría  en  la  afectación  negativa  del  patrimonio  u otros intereses lícitos. Dicho de otro modo, el afectado tendría  que  hallarse,  para  el  momento  en  el  cual  ocurre  el hecho dañino, en un  escenario  tanto  fáctico como jurídicamente idóneo para alcanzar el provecho  por el cual propugnaba.   

Dilucidada  la etiología y elementos de la  pérdida  de  una  oportunidad,  que  la  ubican  como un daño indemnizable, al  descender  al  caso  concreto,  es evidente que el perjuicio médico por la  lesión  en  el  ojo derecho de la demandante quedó plenamente demostrado, así  como  la  culpa  y el nexo causal, siendo únicamente el motivo de discusión su  cuantificación,  punto  sobre  el  que  giró la inconformidad en el recurso de  casación.  Nada  se  alegó ni se demostró sobre la causación de un daño por  aquél  concepto  en  las  correspondientes  instancias; tampoco se discutió el  perjuicio  mirado  desde  el prisma de la cuantificación del hecho dañoso como  consecuencia de perder “la chance”.   

Además,  aún de aceptarse su coincidencia  teórica   como   lo  expone  la  parte  recurrente,  al  reclamar  “lucro     cesante     futuro     por     pérdida     de     una  oportunidad”,  se  itera, no fue objeto de debate en  los  primeros  niveles a la manera como aquí lo plantea la crítica. Baste ver,  que  ni en la demanda, ni en el escrito arrimado cuando se corrió traslado para  alegar  de  conclusión,  ni  en  el  recurso  de  apelación,  la  parte actora  esgrimió la causación de un daño puntual bajo ese rubro.   

         Adicionalmente,  es  bueno  precisarlo,  que bien mirando la institución que se  estudia  como cuantificación del hecho dañino, una especie del daño emergente  —pues también hay quienes  ahí  lo  sitúan—  o del  lucro  cesante,  ora  como  una  modalidad  indemnizable  autónoma, el colofón  sería  el  mismo,  en  el  sentido  de  que  se  está  esgrimiendo  ante  esta  Corporación  un  punto  nuevo  inadmisible  en casación, pues no fue propuesto  bajo  ninguno  de  los  esquemas  anteriores  en  el  ámbito  de  los  momentos  procesales que la ley confiere para ese propósito.   

          Así  lo  expresó  la  Sala  cuando  determinó, que al alegarse la frustración de la chance,  el  tema,  de  ser  procedente,  “debió ser discutido en  esos   términos    en   el   transcurso  del  proceso,  lo  que  aquí  no  aconteció”. (Cas. Civ. Sentencia de 24 de junio de  2008,  expediente  2000  01141.  Reiterado  en  sentencia de 1º de noviembre de  2013, expediente 1994 26630).   

                   Aceptar en el  recurso  extraordinario  de  que  aquí  se  trata,  la  introducción de puntos  novedosos  conduce a la violación del derecho de defensa, llamado a impedir que  una  parte  sorprenda  a  la  otra  con  explicaciones  fácticas  que no fueron  ventiladas  en  el trámite del asunto, al menos, repítase, a la manera como en  el  caso  se  esgrimió la indemnización “por pérdida de una oportunidad”.  Así  lo  decantó  la  jurisprudencia  cuando  asentó  que   “se  violaría  el  derecho  de  defensa si uno de los litigantes  pudiese  echar  mano  en  casación  de  hechos,  extremos  o  planteamientos no  alegados  o formulados en instancia, respecto de los cuales, si lo hubiesen sido  entonces,   la   contraparte   habría  podido  defender  su  causa.   (sentencia  de 1º de marzo de 1955, G.J. LXXXIII, pág. 76,  reiterada  en  los fallos proferidos el 24 de abril de 1977 y el 19 de noviembre  de 2001, entre otros).   

                   De igual modo,  la  Sala  en la decisión reproducida  desdeñó de los puntos nuevos en el  espectro  de  la impugnación extraordinaria pues expone que,  “éste  tiene  por  objeto  restablecer  el  imperio  de  la  ley  infringida  en  la  sentencia, la cual no podía basarse sino en lo alegado ante  el   juez,  no  en  lo  que  pudiese  ser  alegado  con  posterioridad  ante  la  Corte.   El  recurso va dirigido contra el fallo, en cuanto ha desatado una  controversia  teniendo  en  cuenta los elementos aducidos y los hechos invocados  en  ella  y  no  elementos ni hechos ajenos al litigio, y por tanto desconocidos  del juez”.    

Por  tanto,  si  la  suma que se reclama por  pérdida  de  una  oportunidad,  se situara dentro de los linderos de un género  distinto  y  subsecuentemente  como  una categoría nueva de daño, o dentro del  marco  del  perjuicio subsidiario, o inclusive, cual lo planteó el censor, como  especie  del  lucro  cesante  futuro,  sencillamente  el punto no fue sometido a  debate  en  el decurso de la actuación procesal apropiada. Tal como se reiteró  en  los  varios precedentes que se reprodujeron, la pérdida de oportunidad debe  ser  alagada  y  probada  luego  de  su  debida  contradicción  dentro  de  las  instancias,  por  consiguiente resulta patente que su discusión no es admisible  en  casación,  toda  vez que, como ya se dijo, entrañaría la introducción de  cuestiones   novedosas   que   aparejarían   la  vulneración  del  derecho  de  defensa.   

Habida cuenta de lo referido, el cargo no se  abre paso.   

DECISIÓN  

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley   

RESUELVE  

                                              Primero.- NO CASA  la sentencia proferida el 25 de noviembre de 2010, por  la  Sala  Civil de Descongestión del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Bogotá,  dentro del proceso ordinario identificado en el encabezamiento de esta  providencia.   

                  Segundo.-  Condenar  en costas del recurso  de  casación  al  recurrente. Por concepto de agencias en derecho inclúyase la  suma  de seis millones de pesos ($6.000.000.oo)  M/cte, dado que la demanda  fue objeto de réplica.   

NOTIFÍQUESE  

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH   MARINA  DÍAZ  RUEDA   

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL    SALAZAR  RAMÍREZ   

LUIS ARMANDO TOLOSA VILLABONA  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ  

    

1  DE  CASTRO  y  BRAVO.  F.  Derecho  Civil de España.  Instituto de Estudios Políticos de Madrid, 1995. p. 367.   

2 CSJ  Sentencia de 5 de noviembre de 1998 Exp. 5002   

3  DWORKIN, Ronald. El imperio de la justicia. Editorial  Gedisa. Pag. 11. Barcelona 1988.   

4  Sentencia ibidem   

5  Sentencia    de    9    de    septiembre    de     2010    Referencia:  17042-3103-001-2005-00103-01   

6  Cas.  Civ.  1º  de  noviembre  de  2013. Expediente:  08001-103-008 1994-26630-01   

7 TRIGO  REPERAS,  Félix  y  LÓPEZ  MESA, Marcelo. Tratado De la Responsabilidad Civil.  Cuantificación  del  daño.  Fondo Editorial del Derecho y la Economía. Buenos  Aires 2006.   

8  SALINAS  UGARTE,  Gastón.  Responsabilidad Civil Contractual. Tomo I. Editorial  Abeledo Perrot. Santiago de Chile 2011.   

9  MEDINA  ALCOZ,  Luis.  La  teoría  de la pérdida de  oportunidad.  Estudio  jurisprudencial y doctrinal de  derecho de daños público y privado. Pag. 87     

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