SC 096 2005 [7335]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

SC-096-2005 [7335]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION CIVIL  

Magistrado Ponente  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

Bogotá,  D.  C., veinticinco (25) de mayo de  dos mil cinco (2005).    

Expediente  7335  

                      Provee  la  Corte  en  esta  oportunidad  en  relación  con  el  recurso  de  casación que  interpusiera  la  parte  demandante  contra la sentencia del 26 de mayo de 1998,  dictada  por  la  Sala  Civil-Laboral  del  Tribunal  Superior de Villavicencio,  dentro  del  proceso  ordinario de pertenencia, de naturaleza agraria, promovido  por  FABIO  RAMIREZ  CAÑAS  frente a MARIA DEL CARMEN MONTILLA, FABIO BENAVIDES  PULECIO y personas indeterminadas   

                      1. Mediante  demanda  presentada  el  14  de  marzo de 1995, cuyo conocimiento aprehendió el  Juzgado  Primero  Civil  del Circuito de Villavicencio, deprecó el actor que se  le  declarase propietario del fundo rural denominado “Villa Rosita”, situado  en  la vereda de San Antonio, comprensión territorial del municipio de Cumaral,  departamento  del  Meta,  por  haberlo adquirido por el modo de la prescripción  adquisitiva agraria de cinco años.   

                        2.  Como  sustento  fáctico  expuso, en síntesis, los siguientes hechos: 1) desde el mes  de  junio  de  1982  ejerce posesión quieta, tranquila, permanente y pacífica,  habiendo  efectuado  actos  de  explotación  económica  de ese terreno, “con  pastos,  siembros  y  cercas”;  2)  con  el  fin de esquilmar los derechos del  libelista,  la  señora  JOSEFINA  RUA  ISAZA,  otrora  propietaria inscrita del  disputado  predio  y  quien  fuera  su cónyuge, lo vendió a los hoy demandados  determinados,  quienes  nunca  han  tenido posesión real sobre el mismo; 3) los  presuntos  compradores  iniciaron un proceso contra la “vendedora simulada con  el  fin  de obtener la posesión del bien, sin que la justicia se hubiese dejado  engañar  y  es  así  que  aceptó  la  oposición  formulada  por el verdadero  poseedor” (fl. 37).   

                      3.  Previo  emplazamiento  edictal,  se  designaron  curadores  ad  litem  a  los demandados indeterminados y a la señora  MONTILLA,  con  quienes  se  surtió  la  notificación  del auto admisorio y el  traslado de la demanda, la que fue contestada por aquéllos.   

                          4.  En  oportunidad  compareció  BENAVIDES  PULECIO,  quien  constituyó como apoderado  judicial  al  mismo  auxiliar  de  la  justicia  designado para representar a su  litisconsorte,  el  que  individualmente  le  dio  respuesta  al libelo mediante  escritos  concebidos  en  los mismos términos. En ellos manifestó oposición a  las  pretensiones;  pidió  prueba del hecho primero, del que dijo no constarle;  negó el segundo, y aceptó parcialmente el tercero.   

          Propuso como “excepción” de mérito  la  que  denominó  “inexistencia  de  los requisitos legales para declarar la  usucapión   agraria”,  aduciendo,  básicamente,  que  no  se  configuró  el  requisito  establecido  en el artículo 4° de la ley 4ª de 1973, atinente a la  creencia  de  buena  fe  que  ha  de tener el demandante acerca de la calidad de  baldío  del  inmueble  materia  de  posesión. Destacó el excepcionante que el  libelista  tenía  conocimiento  de  que  el  bien  había sido adquirido por la  señora  JOSEFINA RUA ISAZA, de donde no era posible que su contraparte ignorara  que la finca no correspondía a un terreno baldío.   

                    5. Agotada la  ritualidad  propia  del  proceso agrario de pertenencia, el Juzgado a  quo dictó sentencia, el 31 de julio de  1997,  en  cuya  parte  resolutiva  dispuso: 1º) declarar probada la excepción  recién   aludida   y   2º)   denegar   las   pretensiones   incoadas   por  el  demandante.   

                      6. Apelada  esta  decisión  por  el accionante, la Sala Civil-Laboral del Tribunal Superior  de  Villavicencio,  mediante  el  fallo  contra  el que el demandante propuso el  recurso  de  casación  que  ahora  se  desata, revocó el numeral primero de la  sentencia  apelada,  pero  de  todos  modos  confirmó  la  desestimación de la  demanda de pertenencia.   

LA SENTENCIA DEL TRIBUNAL  

                     1. Inicia su  examen  con  cita  del  artículo 2512 del Código Civil, destacando que para la  estructuración  de  la  usucapión  como  modo  de adquirir el dominio, debían  concurrir,   tanto   las   exigencias   que   ese  texto  legal  menciona,  como  “los  demás  requisitos  legales”,  entre  ellos  el previsto en el artículo 4° de la ley 4ª de 1973.  Añadió  que  ni  la  reseñada norma, ni el Juzgado a  quo  “han expresado o exigido que para la prosperidad  de  esta  especial  forma de adquirir el dominio, la posesión deba ser ejercida  sobre  un  terreno  baldío,  sino  que  el  ocupante al entrar en posesión del  predio  lo haya hecho creyendo de buena fe  que  está  ocupando  tierras  baldías,  cuando en verdad son de  propiedad  particular  pero  sin  señal ostensible de  serlo   o  haberlo  sido  por  el  abandono  y  falta  de  explotación  por  su  propietario” (subrayas y negrillas del texto, fl. 19).   

                      Sobre este  particular,  acotó  el  fallador  que  el  demandante  “no  pudo  tener en su  conciencia  al momento de ocupar el inmueble, la creencia de buena fe de que era  baldío,  por  la  circunstancia  de  ser  su  exesposa la propietaria del mismo  (léase  el  hecho  2 de la demanda)” y porque, según lo observó en forma un  tanto  escueta, “por disposición judicial, sobre el bien pesaba una medida de  la  cual  se rebeló para iniciar la posesión que se le ha reconocido, a virtud  de la figura jurídica de la interversión del título” (fl. 20).   

          Precisó  el  mismo  sentenciador que la  ausencia  del  comentado  requisito impedía la consolidación de la usucapión,  lo  que  hacía  innecesario  abordar  lo concerniente a la demostración de las  demás  exigencias  que,  en concurrencia con la primera y de conformidad con la  ley,  hubieran podido determinar el éxito de la demanda impetrada por el señor  Ramírez Cañas.     

                     2. En cuanto  al  aserto  del  apelante,  según  el  cual la parte excepcionante no presentó  prueba  siquiera  sumaria  de  su  oposición, sostuvo el Tribunal que no había  nada  que  agregar,  en la medida en que “la causa del fallo desestimatorio de  las  pretensiones  es  la  falta  de  concurrencia  de  uno  de  los  requisitos  establecidos  por  la  ley  y no la oposición formulada por quienes actúan por  pasiva” (fl. 20).   

                   3. Finalmente,  y   a  manera  de  rectificación  doctrinaria,  apuntó  el  juez  ad  quem  que  la  excepción propuesta no  podía  haber  prosperado  como tal, porque los hechos sobre los cuales descansa  configuran  uno  de  los  requisitos  necesarios para el buen suceso de la   pretensión,  de  manera  que,  aun  en  el caso de que no se hubiera propuesto,  indefectiblemente  la sentencia habría sido igualmente absolutoria, como quiera  que   “faltaba  la  creencia  de  buena  fe  de  que  se  trataba  de  tierras  baldías”.  Esta  circunstancia,  de  paso,  sirvió  de  estribo  al juzgador  ad   quem  para  dejar  de  adentrarse en el estudio de la susodicha excepción.   

LA DEMANDA DE CASACION  

                    Dos cargos se  formulan   contra   la   sentencia;  por  referir  a  vicios  de  procedimiento,  inicialmente  se  despachará el segundo y luego se ocupará la Corte del primer  cargo, pues concierne a errores de juzgamiento.   

CARGO SEGUNDO  

                   Con base en la  causal  segunda  de  casación,  acusa  el  recurrente  el fallo de incongruente  porque “no tuvo en cuenta las excepciones del demandado”.   

                     En lo que se  puede  extraer  del muy confuso sustento de este cargo, que se hace a través de  una  poco organizada exposición de consideraciones, unas que apuntan a reiterar  la  buena fe posesoria del demandante, desconocida en su sentir de modo gratuito  por  el  Tribunal,  al  lado  de  otras que le infunden a la demanda el cariz ya  anotado,  aparece la cita y transcripción del aparte de la sentencia en el que,  a  manera  de  corrección  doctrinaria, el Tribunal ad  quem  fijó  su posición acerca del despacho técnico  que ameritaban las excepciones opuestas por uno de los demandados.   

                             La  discrepancia   con   la   fundamentación   de   la   reseñada   “corrección  doctrinaria”, viene expresada por el recurrente de este modo:   

                    “Por manera  que  cuando el a quo profirió  su  decisión  tuvo  como  fundamento las excepciones propuestas, aunque como lo  demostré  en  el  alegato  de  conclusión  ante el ad  quem,  el  dicho  demandado  carece  en  absoluto  de  interés  jurídico  para actuar o legitimación en causa, fenómeno este que al  Honorable  Tribunal  lo  tiene sin cuidado, porque la presunta mala fe extraída  con  lupa  de  la  expresión  “rebelde”  utilizada  por  el  mismo Tribunal  Superior  en  el  incidente de oposición, era lo único que a ellos les llamaba  la  atención,  así  desconocieran  todas  las  normas  sobre valoración de la  prueba  y consonancia de los hechos demostrados por los demás medios allegados,  con  la  parte  resolutiva  de la providencia motivo de apelación (sic)” (fl.  15).   

                  Añadió  que  el  Tribunal,  “en vez de RECONOCER aún de oficio,  como  reza  el  numeral 2° del artículo citado (sic) en su parte final, que mi  cliente  se encuentra cobijado por las normas vigentes en materia de posesión y  prescripción  del  C.C.,  para  acceder  a  la  calidad de propietario del bien  materia   del   proceso,   hizo   todo  lo  contrario  y  decidió  ‘presumir   la   mala   fe’,  desconocer los planteamientos de la  demanda  y  de  las  excepciones, revocar el punto 1° de la sentencia apelada y  muy  a  pesar  de  que el numeral 2° de la misma era sólo una CONSECUENCIA del  1°,  DESVERTEBRÓ  TODO  EL  PROCESO  –       pero       eso       sí      –        ‘así   sea   de   oficio’ denegar y desestimar las pretensiones  del apelante sin sustento legal alguno…” (sic) (fl. 15).   

           Alegó   que   por  razones  meramente  subjetivas,  es  decir,  que  a  pesar de la ausencia de toda prueba que así lo  permitiera,  el Tribunal desconoció la supraindicada presunción de buena fe en  la  posesión esgrimida por el demandante, apoyado en un “leve indicio”, que  fue “inducido” por el excepcionante.   

          Después  de memorar que, “quien puede  lo  más, puede lo menos”, el inconforme manifestó que si se probó que “el  demandante  llenó  todos  los  requisitos  para  adquirir  por prescripción el  derecho  de  domino  sobre  una extensión superior a 15 hectáreas”, también  tenía  “derecho  a  lo  mismo si se trata de un pequeño fundo cuya cabida es  exigua”.    

          Por  último,  invocó  el recurrente la  proscripción  del  enriquecimiento  sin  causa,  para  indagar  después, quien  podría  reputarse  dueño del predio, si no el mismo señor Ramírez Cañas, su  comprobado  poseedor  y  terminó  su  discurso  ilustrando  con  lo  que, en su  criterio,  debía  orientar  la decisión de los jueces, haciendo énfasis en la  prevalencia  del derecho sustancial y en la necesidad de adecuar dichos fallos a  los cambios que consigo trae cada época.   

SE CONSIDERA  

                      1.  Ha  de  repararse,  de entrada, en la poca claridad que ofrecen los términos en que fue  presentado  y  sustentado  este  cargo,  pues, por igual, parece que la invocada  falta  de  consonancia  la  hubiera  encontrado la censura en dos circunstancias  distintas:  la  primera,  porque  el Tribunal optó por “no tener en cuenta”  las  excepciones”  perentorias  presentadas  por  uno  de los demandados, y la  segunda,  porque  el  prenombrado  fallador,  pretiriendo  “las  normas  sobre  valoración  de  la  prueba  y  la  consonancia  de  los hechos demostrados” e  ignorando  los “planteamientos” efectuados por las partes en sus escritos de  demanda  y  de contestación, de manera arbitraria desconoció la presunción de  buena  fe  que  había  de  predicarse  de  la posesión ostentada por el señor  Ramírez  Cañas,  para  concluir,  sin  haber a ello, que no se acreditaron las  exigencias que condicionan el éxito de la demanda de pertenencia.   

                   2.         No obstante la  ya  advertida  ambigüedad  en la formulación del cargo, encuentra la Sala que,  por  igual,  éste no podrá ser atendido, dadas las razones que a continuación  se consignan.   

                                A.          En primer término, observa la Corte que  en   forma   repetida   y  flagrante,  la  censura  recayó  en  un  inadmisible  entremezclamiento  de  causales  en su intento de demostrar la acusación que se  estudia,  pues  a  través  de  la  señalada  causal de casación y alegando la  inconsonancia   atrás   comentada,   reprochó   al  sentenciador  ad   quem   porque,   para   concluir  la  improcedencia  de  la  declaración de pertenencia impetrada por el demandante y  “sin  fundamento  legal  alguno”,  dedujo  que  era  de mala fe la posesión  ejercida  por éste sobre el predio materia de litigio, desconociendo las normas  de  valoración  de  la prueba” y los “hechos demostrados” ante los jueces  de  instancia,  con  lo  que,  de  contera,  vulneró  las normas “vigentes en  materia  de  posesión  y prescripción del Código Civil” y las disposiciones  de  naturaleza constitucional y legal, que consagran la presunción de buena fe,  apreciaciones  que  –en el  criterio  de  la Corte- conciernen exclusivamente a un vicio de juzgamiento, por  involucrar,  a la par, reproches en torno a la fundamentación de tipo fáctico,  probatorio  y  jurídico  que  precedió  al  despacho  adverso de la demanda de  pertenencia,   resultando   en   un   todo   ajenos   a  la  segunda  causal  de  casación.   

                             B.        En  segundo  lugar,  el  hecho  de  que  el  recurrente, quien en el  presente  litigio  figura  como  parte  demandante,  por  la anunciada causal de  casación    persiga    el   rompimiento   del   fallo   impugnado,   aduciendo,  principalmente,  que  el  Tribunal  decidió  sin  tener en cuenta la excepción  perentoria  impetrada por uno de los demandados, evidencia una insorteable falta  de  interés  jurídico  para  recurrir,  desde  luego  que  si  en la destacada  omisión  hubiera  incurrido  el  fallador,  el llamado a protestar lo sería la  parte  que  formuló  el ignorado medio de defensa. Memórase que para la Corte,  “es  claro  que  para que el cargo de incongruencia sea atendible en casación  es  indispensable  que  lo  formule  la  parte  perjudicada con la disonancia”  (sent. de mayo 13 de 1985, CLXXX, pág. 77).   

                  Es  que,  así  como  “es  vano el cargo por inconsonancia cuando,  aunque  la sentencia no esté acorde con las pretensiones deducidas por la parte  demandante,  quien  invoca  la  causal   segunda, por tal motivo no es esta  parte  sino  el  demandado,  a  quien  no perjudica esa inconsonancia” (LXXIX,  pág.  77),  así  mismo  debe  tenerse  por cierto que si -en contravía con lo  previsto  en  el  artículo  305 del C. de P. C.- el Tribunal omite pronunciarse  sobre  las  excepciones  impetradas  por el demandado, debiendo hacerlo, sólo a  este  último  incumbirá  reclamar  por  dicha  irregularidad, prerrogativa que  escapa  a  su  contraparte,  a quien tal omisión no le ha podido causar agravio  alguno.    

Esta   acusación,   por   lo   dicho,  no  prospera.   

La  propiedad  intelectual  de este trabajo  corresponde  única  y  exclusivamente  a  D  M  S  Ediciones  Jurídicas,  esta  información  esta  protegida  en  su  totalidad;  ninguna  otra  empresa podrá  utilizar   este  trabajo  para  su  comercialización,  de  lo  contrario  será  sancionado    según   la   ley   vigente   y  puesto  a  disposición  de  las  autoridades   

CARGO PRIMERO  

                    Con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación  se acusa la  sentencia  de  ser  indirectamente vulneratoria de los artículos 762, 763, 764,  769,  770,  774,  775, 778, 779, 780, 2512, 2513, 2514, 2517, 2518, 2528, 2529 y  2535  del  Código  Civil;  artículos  58,   63,  66  y  150  (18)  de  la  Constitución  Nacional,  y  leyes 160 de 1994 y 153 de 1887 (arts. 3° y 17), a  consecuencia  del  error de derecho “en la apreciación de la prueba”, yerro  que  habría  llevado al Tribunal a concluir que no era de buena fe la posesión  detentada  por  el  señor Ramírez Cañas sobre el predio en disputa y que, por  consiguiente, no podía usucapirlo.   

                    En  desarrollo del cargo, expuesto en forma no del todo inteligible,  afirmó  el  censor,  en  sustancia,  que  el  juez  ad  quem desconoció el valor demostrativo señalado en el  artículo  258  del C.P.C., respecto del auto proferido el 31 de agosto de 1994,  que  en copia auténtica se allegó a la presente tramitación (fls. 2 a 15), el  que  dictó el mismo Tribunal, pero en una actuación separada: la aludida en el  libelo  incoativo,  esto  es,  dentro  de un proceso abreviado de entrega por el  tradente  al adquirente del bien materia de esta actuación. Con la referenciada  providencia,  en  segunda instancia se atendió favorablemente la oposición que  presentó  el  ahora  casacionista  contra  la  orden de entrega dispuesta en la  sentencia con que se finiquitó el citado proceso abreviado.   

                     Luego de reproducir algunos apartes de la  motivación  de  ese  auto  de  agosto  31  de  1994,  aseveró el censor que el  Tribunal  no  sólo dejó de analizar las copias en su contenido y contexto para  limitarse  a  extraer el término rebeldía  frente al secuestre para derivar de esta palabra consecuencias que  no  tiene  y  alcances  negativos  que  la  ley  procesal  no le permiten», sino  que    tampoco  “tuvo  en  cuenta  que  estas copias pertenecen a un  proceso  de  entrega  total  e  indivisible también, de cuyo contenido no puede  apartarse  el juzgador para concluir que el allí opositor nació jurídicamente  en  el  momento  de  la  oposición  (sic)  y  no  como lo demuestran los demás  elementos  probatorios  que  obran en autos, desde muchos años antes, es decir,  desde  cuando  entró  en  contacto  directo  con  el  terreno para explotarlo y  trabajarlo  en  la  forma que la ley prevé para ser tenido como poseedor único  con  ánimo  de  señor  y condueño sobre todo con absoluta buena fe que la ley  presume  a  su  favor  de  acuerdo  con  el artículo 769 del C.C.” (fls. 10 y  11).   

          En palabras suyas, “si se trata de dar  cumplimiento  al  artículo  4º  de la Ley 4ª de 1973 … el juzgador no puede  presumir  que  el  poseedor  Fabio  Ramírez  Cañas, cuando inició de hecho la  posesión,  lo  hizo  sobre un inmueble en calidad de invasor, subrepticiamente,  destruyendo  cultivos,  cercas,  viviendas que no existían”. Adicionó que la  prueba  de ese proceder irregular no se verificó, como tampoco se desvirtuó la  presunción  de  buena fe a que refieren los artículos 83 de la Constitución y  el 769 del Código Civil.   

           También   anotó   que  el  secuestre  designado  “simbólicamente”  en  la  otra actuación, no podía desplazar a  quien  por  tantos  años  había  ostentado  la posesión sobre el predio”, y  afirmó  luego que indirectamente fueron vulneradas las ya citadas disposiciones  del  Código  Civil  y  que  recientemente  fue expedida la Ley 160 de 1994, con  miras  a  ajustar  el  régimen  de explotación de tierras “a los tiempos que  corren”,  propendiendo porque, “al trabajador del campo” y con relación a  predios   menores   de   15  hectáreas,  no  se  les  aplique  el  término  de  prescripción de veinte años (fl. 12).   

          Cumplido  lo  anterior,  el casacionista  dedicó   un   capítulo   adicional   a   establecer   la   “trascendencia  y  demostración”  de  su  acusación,  en  la  que  censuró  al Tribunal porque  vulneró   “flagrantemente   las   normas   sobre  el  análisis  de  conjunto  probatorio”,  al  igual  que  el  artículo 766 del Código Civil, sobre   ‘justo título’,   porque  el  demandante  “no  ha  falsificado”,  no recibió “por documento viciado”, ni es causahabiente de  nadie (fl. 14).   

          De  no  haber  incurrido en esos yerros,  remató,  la  sentencia recurrida hubiera tenido que disponer la declaración de  prescripción adquisitiva de dominio.   

SE CONSIDERA  

          Examinada la acusación que se despacha,  sin  dificultad  alguna se advierte que el censor excluyó de ella el fundamento  principal  del  fallo acusado, y por el contrario, orientó su ataque a combatir  otros  aspectos  que  resultan  inocuos  para  lograr  el  quiebre  de aquel, en  especial,  por  recaer sobre apreciaciones meramente secundarias de la decisión  combatida,  o  por estar encaminadas a desvirtuar afirmaciones que, en rigor, el  Tribunal no hizo suyas.   

           En   efecto,   soporte  trascendental,  principalísimo  y  casi  único  de  la  sentencia impugnada, lo constituyó el  hecho  de  que  –para  el  citado  sentenciador, quien partió de lo dicho por el señor Ramírez Cañas en  su  libelo incoativo- el demandante “no pudo tener en su conciencia al momento  de  ocupar  el  inmueble,  la  creencia  de  buena fe de que era baldío, por la  circunstancia  de  ser  su  exesposa  la  propietaria  del  mismo  (léase  el  hecho 2 de la demanda)” (fl.  20,  subraya  la  Corte). Tal vicisitud, así lo entendió el Tribunal, impidió  la  configuración del supuesto de hecho contenido en el artículo 4º de la Ley  4ª  de 1973, norma que estableció la modalidad de prescripción adquisitiva de  dominio   “en  favor  de  quien,  creyendo  de  buena  fe que se trata de  tierras  baldías,  posea  en  los  términos  de  esta Ley, durante cinco años  continuos,   terrenos   de   propiedad  privada  no  explotados  por  su  dueño  …”.   

           Tampoco  anduvo  afortunado  el  censor  cuando  reprochó  al sentenciador de segunda instancia porque en contravía con  las  presunciones  establecidos  en los artículos 769 del Código Civil y 83 de  la  Carta  Política, coligió que el señorío aducido por el demandante, quien  –en    palabras   del  inconforme-  no  ingresó  al  inmueble  en  calidad  de  invasor,  ni de manera  violenta  u oculta, ni destruyendo cercas o viviendas, no lo había ostentado el  señor Ramírez Cañas de buena fe.   

           Basta   una   somera   lectura  de  la  motivación   del   fallo   impugnado   para   constatar  que  las  afirmaciones  relacionadas  en  el  párrafo precedente, no fueron efectuadas por el Tribunal,  quien  ni  siquiera  entró  a  calificar  la  buena  o  mala  fe  del susodicho  señorío.  Debe observarse, con todo, que el Tribunal sí hizo expresa alusión  a  la  ausencia  de  buena  fe  del  demandante,  pero   aplicada,  no a la  posesión  que  éste hubiera podido ostentar sobre el predio en disputa, sino a  la  creencia  que  sobre  el  carácter  baldío  del  mismo  debió albergar el  usucapiente,  como  presupuesto  necesario,  aunque  no único, de una sentencia  favorable, acorde con la Ley 4ª de 1973.   

          Puestas  así las cosas, no queda camino  distinto  que  concluir que la comentada forma en que el interesado combatió el  fallo  del  Tribunal  da  al  traste  con su propósito de resquebrajar el fallo  impugnado,  toda  vez  que,  adicionalmente, tratándose de la causal primera de  casación,  al  impugnante  se impone  que su «crítica guarde adecuada  consonancia con lo esencial de la motivación   que   se  pretende  descalificar,  vale  decir  que  se  refiera  directamente  a  las  bases  en  verdad  importantes y  decisivas  en  la construcción jurídica sobre la cual  se  asienta  la  sentencia,  habida cuenta que si blanco del ataque se hacen los  supuestos  que  delinea  a  su  mejor  conveniencia  el  recurrente y no los que  objetivamente  constituyen fundamento nuclear de la providencia, se configura un  notorio  defecto  técnico  por  desenfoque  que  conduce  al  fracaso del cargo  correspondiente» (sent. de 26 de marzo de 1999, exp. 5149).   

           Sin   más,   impone   lo   dicho   la  desestimación del cargo que se despacha.   

                     

DECISION  

                    En mérito de  lo   expuesto,   la   Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Civil,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la  sentencia   del  26  de  mayo  de 1998, proferida por el Tribunal  Superior  de  Villavicencio,  en el proceso agrario de pertenencia promovido por  FABIO  RAMIREZ  CAÑAS contra MARIA DEL CARMEN MONTILLA, FABIO BENAVIDES PULECIO  y personas indeterminadas.   

                      Costas del  recurso de casación a cargo de la parte recurrente. Tásense.   

                       Cópiese,  notifíquese y devuélvase   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELASQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS IGNACIO JARAMILLO JARAMILLO  

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CESAR JULIO VALENCIA COPETE  

     

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *