SC 363 2005 [7864]

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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SC-363-2005 [7864]

    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN CIVIL  

MAGISTRADO PONENTE:  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE  

Bogotá,  D. C., diecinueve (19) de diciembre  de dos mil cinco (2005).   

Referencia:  Expediente  número 7864.   

                              Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  demandante  contra  la  sentencia  de 27 de abril de 1999,  proferida  por  la Sala Civil-Familia-Laboral del Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Neiva,  dentro  del  proceso  ordinario promovido por José Manuel  González  frente  al  Departamento del Huila y la Nación-Ministerio de Defensa  Nacional.   

I.  ANTECEDENTES   

1. Mediante demanda,  reformada  en  su  oportunidad,  José Manuel González convocó al Departamento  del  Huila  y a la Nación-Ministerio de Defensa Nacional, para que se declarara  que  le pertenece la aeronave de matrícula HK 1743, marca Cessna Stationair II,  modelo  TU-206,  destinada al transporte público, cuyas demás características  se  describieron  en  el  libelo, y se dispusiera la restitución de la misma o,  subsidiariamente,  su  valor indexado, junto con los intereses respectivos, así  como el pago de los perjuicios.   

                             2. Como sustento  de   las   súplicas   fueron   presentados   los   hechos   que  se  compendian  seguidamente.   

                              a)  El  actor  compró  el  bien  objeto  de  reivindicación  a  Carlos Arturo Pinzón Castro,  según  escritura pública 165 de 9 de febrero de 1985 otorgada ante la notaría  segunda  de  Villavicencio  y  registrada  el  27  de septiembre siguiente en el  Departamento Administrativo de Aeronáutica Civil.   

b)  Oscar  Rafael  Pineda  Montañez,  piloto  al servicio del demandante, violó el espacio aéreo  del  Departamento  del  Huila,  pues  la  avioneta  sólo estaba autorizada para  realizar  vuelos  en  el  Meta,  motivo  por  el cual la Gobernación del Huila,  mediante  resolución  250  de 2 de abril de 1985, confirmada por la 323 de 3 de  mayo  siguiente, lo declaró incurso y culpable de las contravenciones previstas  en  los numerales 1°, 2° y 4°, literal a), del artículo 1° del decreto 1061  de  1984,  le  impuso  una  sanción de $800.000 y, adicionalmente, ordenó, sin  autorización  legal,  el  decomiso  definitivo  de  la  nave,  que fue puesta a  disposición  de la Fuerza Aérea Colombiana, sin considerar que la multa había  sido  pagada,  como  tampoco  que  estaba  acreditada su propiedad en cabeza del  actor.   

c) Esa gobernación,  por  petición del Consejo Nacional de Estupefacientes, profirió la resolución  480  de  13  de  julio  de  1985,  modificatoria  de  las resoluciones 250 y 323  mencionadas,  para  dejar  el  bien  a  disposición  de  aquella  entidad,  con  desconocimiento  de  que  la  sanción  obedeció  a  la  violación del espacio  aéreo,  mas  no  al   transporte de ningún tipo de carga ilícita; luego,  por  medio  de  resolución 711 de 30 de septiembre de 1985, revocó la 480 y la  nave  fue  dejada  nuevamente por cuenta de la Fuerza Aérea Colombiana, como se  encuentra actualmente.   

d)  Desde entonces  los  demandados  han  mantenido la posesión ilegal, arbitraria y de mala fe del  bien,  sin  que  haya sido posible su restitución, con lo que se ha perjudicado  al  demandante,  toda  vez  que  aquél  era  utilizado  para  la prestación de  servicios  de transporte aéreo, como se desprende del certificado expedido a la  sociedad Tarpa Limitada.   

e)  Al actor no le  consta  la conducta del piloto en cuanto a que no portaba el plan de vuelo, pues  éste  justificó su actuación en la necesidad de visitar a su madre gravemente  enferma,  sucesos  ocurridos  sin el consentimiento de aquél y que impedían el  decomiso  de  la  avioneta, a más de que se le violó el derecho de defensa, al  no  habérsele  vinculado  a la actuación, a sabiendas de que el bien era de su  propiedad.   

                                       3.  La            Nación-Ministerio de Defensa Nacional contestó  la  demanda  e interpuso la excepción de mérito de falta de jurisdicción. Por  su  parte,  el Departamento del Huila se opuso a las pretensiones, dijo atenerse  a  la  prueba  de la mayoría de los hechos e insistió en la “legalidad de la  actuación administrativa”.     

                             4. Por auto de 8  de  julio  de  1994,  el a-quo  reconoció  a Carlos Manrique Bermeo como coadyuvante de la parte demandante, en  los   términos  del  artículo  52  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  en  consideración  a  la  promesa  de compraventa suscrita entre ellos sobre el 50%  del    bien    litigioso.                  

5.   El  Juzgado  Tercero  Civil  del  Circuito  de Neiva le puso término a la primera instancia,  con  sentencia  de  17  de julio de 1995, en la que negó las pretensiones de la  demanda,  decisión  que,  al  ser  apelada  por el actor, fue confirmada por el  tribunal.   

  II.  LA  SENTENCIA  DEL  TRIBUNAL   

                               

1.   Empezó  el  ad-quem  por  destacar  los  aspectos  principales  en torno a esta acción reivindicatoria, esto es, por una  parte,  la  existencia  de la resolución 250 de 1985 por la que la gobernación  del  Huila  sancionó al piloto de la aeronave, a la vez que dispuso el decomiso  definitivo  de  ésta,  y,  por la otra, el título y dominio del bien en cabeza  del   promotor   del  proceso.                   

2. A continuación,  reprodujo  apartes  de  la  sentencia  impugnada,  haciendo  énfasis  en que la  avioneta  ingresó  al  patrimonio  del  Estado,  por  decomiso definitivo, como  efecto  de  la  ejecutoria de la resolución citada, que, por demás, goza de la  presunción  de  legalidad, mientras las autoridades judiciales no la declararan  contraria a derecho.      

Agregó  que tal medida aparejó como efecto  jurídico  la  pérdida  de  la cosa, y afirmó categóricamente que “no le es  permitido  al juez civil, por vía del proceso ordinario, quebrar la presunción  de  legalidad  de  un acto administrativo”, como tampoco “lo puede calificar  para  deducir  de él, por ejemplo, una arbitrariedad, de llegar a contenerla, y  proceder  a corregirla ordenando contra esa decisión una devolución de la cosa  y/o el pago del perjuicio”.   

3.  De  otro lado,  acerca  de  la  calidad  de  dueño del aeroplano invocada por el demandante con  base  en  la  escritura  pública  de  compraventa  registrada, recordó algunos  precedentes  jurisprudenciales  de  esta  Corporación,  para  señalar  que  la  mentada  resolución  “generó  un  desplazamiento  del título fundamento del  dominio  sobre la aeronave hacia la Fuerza Aérea Colombiana y, por supuesto, de  la  posesión,  porque  evidentemente quedó demostrado que les fue entregada la  avioneta”.   

Por tanto, encontró que perdida por el actor  “la  calidad de dueño, como queda perfectamente aclarado, no se legitima para  ejercer  la  acción  reivindicatoria  o  de dominio para tratar de recuperar la  posesión  de la aeronave, como lo exigen las reglas de los artículos 946 y 959  del  Código  Civil”.  Concluyó,  entonces,  que  al  ser  “impróspera  la  pretensión   principal,  quedaba  relevada  la  Sala  de  estudiar  las  demás  solicitudes del demandante”.    

III.  EL RECURSO DE CASACIÓN   

                              Cuatro  cargos  formula  el  recurrente  contra  la  sentencia  combatida; el primero, con fundamento en la causal quinta  del  artículo  368 del Código de Procedimiento Civil; en el segundo y tercero,  denuncia   la   violación   directa   e   indirecta   de   la  ley  sustancial,  respectivamente,  y  en  el  cuarto,  la  acusa  de ser incongruente. Los cargos  serán  despachados  en  orden  lógico,  empezando  por  los que corresponden a  vicios  in  procedendo, para  finalizar  con los que están montados sobre la causal primera de casación, los  cuales  se  analizarán  conjuntamente,  pues unas mismas razones servirán para  definirlos.    

                                       

                                                 CARGO PRIMERO   

1.  Se alega que la  sentencia  está  afectada de nulidad de rango constitucional, originada en  el  mismo  fallo,  por  violación  de  las  garantías  y  principios  de orden  superior.   

2.  El censor aduce  que  el  fallo apreció todas las resoluciones de la gobernación, para tenerlas  como  actos  administrativos  legales,  que  la  justicia  ordinaria  no  podía  calificar  o  modificar;  asimismo,  señala que el fallador evidenció, por una  parte,  que  el  propietario  inscrito  de  la  nave  no  intervino  en el   procedimiento  administrativo,  ni  ejerció  su  derecho de defensa, por lo que  tales  actos  no  le  eran  oponibles,  y,  por  la  otra,  que las infracciones  administrativas  del  piloto  sólo  ameritaban  una multa para el directo   responsable,  mas  no  el  decomiso  definitivo  del  bien,  siendo  palmaria la  arbitrariedad  de  la  decisión,  que no se compadecía con la infracción, sin  contar que nunca se citó al titular del dominio.   

También constató el juez de segundo grado,  prosigue,  que  el  actor  promovió  oportunamente  la  acción  de  nulidad  y  restablecimiento  del  derecho  contra  las  resoluciones  respectivas,  que fue  admitida  a trámite, pero que culminó con la anulación de lo actuado, bajo el  criterio  de que dichos pronunciamientos no eran actos administrativos, sino que  habían  sido  proferidos dentro de un juicio penal de policía que los excluía  del  control  de la jurisdicción de lo contencioso administrativo, postura esta  que  fue  confirmada por la Sección Primera del Consejo de Estado y por la Sala  Plena,  al  resolver  la  súplica,  “quedando  así agotada cualquier vía de  defensa judicial” ante tal jurisdicción.    

Sin  embargo,  continúa, cuando ejerció la  acción  civil,  el  juez  de  primera  instancia negó las pretensiones, pese a  encontrar  demostrados  los  presupuestos de la reivindicación, en el entendido  de  que  las  resoluciones  sí  eran  actos  administrativos  cobijados  por la  presunción  de  legalidad,  que  no  podían  ser  estudiados  por  la justicia  ordinaria,  determinación  que  fue confirmada por el juzgador y que constituye  una  aberrante violación del ordenamiento constitucional vigente, generadora de  “una   nulidad   de   rango   constitucional   que   debe   ser  reconocida  y  decretada”.    

   

3.  Las  actitudes  descritas   vulneran   el   derecho   de  acceder  real  y  efectivamente  a  la  administración  de  justicia,  que  no  se  satisface  con  la admisión de una  demanda,  sino  con  una  decisión  de fondo, ajustada a la equidad y al debido  proceso,  donde  prevalezca el derecho sustancial. Entonces, el demandante no ha  contado  con  aquella  garantía, pues no participó en el trámite policivo, ni  pudo  demandar  las  resoluciones  expropiatorias  ante  la  jurisdicción de lo  contencioso  administrativo,  y,  ahora,  la  justicia  ordinaria  le  niega  la  reivindicación  del  bien,  a pesar de haber acreditado debidamente su dominio,  lo  cual constituye una negación “aberrante, a la administración de justicia  y  al  acceso real y efectivo a la misma”, con violación del artículo 229 de  la Constitución Nacional.   

Finalmente,  el  recurrente  indica  que  el  sentenciador  pasó  por  alto  el  artículo  4°  de  la  Carta Política, que  establece  la supremacía de ésta sobre la ley, los actos administrativos y las  decisiones   policivas,   pues,   de  haberlo  aplicado,  habría  decretado  la  inconstitucionalidad  sobrevenida  de  todas  las  resoluciones expedidas por la  gobernación,  sobre  las  cuales  no  podría  sustentarse  un  fallo, pues son  manifiestamente   contrarias  a  la  Constitución,  violan  el  debido  proceso  judicial  y  administrativo, contienen una expropiación de facto, desconocen la  propiedad  privada,  el  justo  título,  el derecho de defensa, la equidad y la  justicia,  de suerte que no podían generar derecho, ni ser tenidas en cuenta en  decisión judicial alguna.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

                                     1.  El  recto  desempeño  de  la  función jurisdiccional  exige  la  cabal  observancia  de  las  formas  establecidas  por la ley para el  desenvolvimiento  del proceso, razón por la que su incumplimiento o desviación  abre  la  posibilidad  de inmediata corrección, a cuyo fin se ha establecido la  figura de las nulidades procesales.   

                             Es  así  cómo los artículos 140 a 147  del  Código  de  Procedimiento  Civil  contienen  el  régimen de las nulidades  procesales  e  introducen  una  descripción  de  las  causales  o  motivos  que  constituyen  vicios  de  tal  naturaleza  y dan lugar a invalidar una actuación  procesal,  no  sin  hacer  salvedad de que no todas las irregularidades acarrean  nulidades,  pues  esta  categoría  queda  reservada  para aquellas expresamente  calificadas como tal.   

Ha  de  decirse  también que este instituto  está   gobernado   por   diversos   principios,   como   los   de  taxatividad,  trascendencia,  protección  y convalidación, al paso que se encuentra sometido  a  reglas  bien precisas, no sólo desde el punto de vista de los hechos que les  dan  origen,  sino  en cuanto a la oportunidad y requisitos para proponerlas, la  manera  como  pueden  entenderse saneadas, y los efectos que se desprenden de su  declaración, entre otros aspectos.   

2.   Ahora,  la  fijación  del  régimen  de  las  nulidades  es  un  asunto  que,  en línea de  principio,  es  del  resorte  del  legislador,  que indica, según los criterios  antes  señalados,  las  causales que las generan, tal como quedó consignado en  el   citado  artículo  140,  atendiendo,  claro  está,  los  principios y  garantías   constitucionales,   de   los   que   son   finalmente  una  nítida  expresión.    

En  todo  caso,  es de verse también que el  inciso  final del artículo 29 de la Constitución Política establece que “es  nula  de pleno derecho, la prueba obtenida con violación del debido proceso”,  nulidad  de  orden  superior  que,  como  lo  indicó la Corte Constitucional en  sentencia  C-491  de 1995, viene a sumarse a las demás y puede invocarse cuando  sea el caso.   

En este preciso sentido la Sala ha recordado  que  “al lado de la nulidad de origen constitucional prevista en el Art. 29 de  la  C.  P.,  según  las  precisiones  hechas por la Corte Constitucional en las  sentencias  C-491/95 y C-217/96, operan en el ordenamiento procesal civil las de  carácter  legal   organizadas dentro de un rígido sistema de taxatividad,  conforme  al cual no hay nulidad sin texto que la consagre, lo que positivamente  se  refleja en los propios términos empleados en el inciso primero del art. 140  ibídem,  según  el  cual  ‘el  proceso  es  nulo en  todo     o     en    parte    solamente’   en  las  precisas  situaciones  detalladas  por  el  aludido  precepto, a las que hay que  agregar  las  específicamente  referidas  al  proceso ejecutivo, a las que hace  alusión    el    art.    141    ibídem”(fallo  de  5 de diciembre de 2000, exp.#7732, subrayado textual;  cfr.  sentencias  de  21  de marzo de 2000, exp.#5198; 1° de diciembre de 2000,  exp.#6341; y 4 de diciembre de 2000, exp.#7321, entre otras).   

3.  Acorde con los  postulados  generales  que se dejan plasmados en la líneas precedentes, resulta  importante  precisar ahora, siguiendo la doctrina jurisprudencial, que la causal  quinta  de  casación  estriba  en haberse incurrido en alguno de los motivos de  nulidad  previstos  por  el  ordenamiento jurídico, de suerte que, por contera,  será  totalmente  improcedente  un  ataque  extraordinario  donde  se denuncien  irregularidades  que no han existido, o que, de haber existido, no se encuentran  previstas  clara  e  inequívocamente  como tales, o que, estándolo, hayan sido  convalidadas de una u otra forma.   

           

                             4.  Situada la  Corte  dentro del contexto del cargo que se analiza, de entrada encuentra que la  censura  apunta  al reconocimiento de una causal constitucional de invalidación  de  lo  actuado que no encuadra dentro del supuesto previsto por el artículo 29  del  Estatuto  Fundamental,  como  tampoco  en  ninguno  de los que se describen  específicamente   describe   el   aludido   artículo   140,   lo  que  apareja  inexorablemente su fracaso.   

                                                 Ciertamente,  el  recurrente  denuncia,  en síntesis, la violación  del  derecho  de  acceso  real  y  efectivo  a  la  administración de justicia,  consagrado  en  el artículo 229 de la Constitución Política, con el argumento  de  no  habérsele permitido intervenir en el trámite policivo que adelantó la  gobernación,   ni   demandar   ante   la   jurisdicción   de   lo  contencioso  administrativo   las  decisiones  allí  proferidas,  que,  por  ende,  le  eran  inoponibles;  asimismo,  cuestiona  la interpretación expresada por el tribunal  acerca  de  las  resoluciones  correspondientes, en cuanto a su calidad de actos  administrativos,  aspecto  que, aunado a los anteriores, condujeron a que, en su  opinión,  no  se  diera  primacía  a  la  Constitución,  así  como  a que se  infringieran los derechos de defensa y propiedad.     

De otro lado, véase también que lo expuesto  por  el  impugnador,  en  gran  parte  de  la  acusación,  es  una discrepancia  conceptual  en  lo  que  toca  con  la  naturaleza atribuida por el ad-quem a las resoluciones emitidas por la  gobernación,   esto   es,  se  repite,  si  debían  considerarse  o  no  actos  administrativos,  cuestión  que  corresponde, sin duda, a un aspecto jurídico,  extraño  a  la  actividad  in  procedendo   y,  por  lo  mismo,  a  la  causal  de  casación aquí invocada.   

5.  Es  palmario,  pues,  que  el  cargo no prospera.            

CARGO  CUARTO   

1.  Se denuncia la  sentencia  por  no  estar  en consonancia con los hechos de la demanda ni con la  excepción  de  falta  de  jurisdicción  formulada por la Nación-Ministerio de  Defensa.   

2.   El  censor  manifiesta  que  la  sentencia  no  decidió  sobre  todos los temas sometidos a  composición  del  juez,  ni  consideró los hechos alegados para fundamentar la  causa  petendi o  los  señalados  en  la  demanda  y  en  su reforma, como tampoco  resolvió  sobre  la  excepción  de falta de jurisdicción esgrimida por uno de  los  demandados.  Por ende, si hubiera observado el artículo 305 del Código de  Procedimiento  Civil,  habría  concluido  que  el  actor estaba legitimado para  promover  la acción reivindicatoria, en tanto que era el único dueño inscrito  del  bien  y  tal  circunstancia  no  había  sido enervada por las resoluciones  arbitrarias,  desproporcionadas  y  violatorias  de  la  Constitución Política  actual.   

Del mismo modo, el fallador no consideró los  hechos  de  la  demanda  donde  está  relacionado  el  derecho  de dominio; las  circunstancias  de  modo,  tiempo  y  lugar  del  decomiso  de  la avioneta y la  pérdida  de  la posesión por una arbitrariedad oficial; la entrega abusiva del  bien  a  la  Fuerza Aérea Colombiana; el trámite policivo sin la presencia del  actor;  la  legitimación  en  la  causa  para  impetrar la reivindicación; los  hechos  de  la  reforma  del  libelo,  donde  se  insistió en la violación del  derecho de defensa; y la excepción de falta de jurisdicción.   

3. En este orden de  ideas,  de  haber  resuelto  la  excepción,  el  juez  de segundo grado habría  establecido  la  competencia  de  la  jurisdicción ordinaria, pues dentro de la  contencioso  administrativa  se  concluyó  que  las  resoluciones no eran actos  administrativos,  de  manera  que  las  decisiones  adoptadas  dentro del juicio  policivo,  en  especial,  en lo que atañe a los bienes de propiedad privada, no  podían  quedar  sin  control  jurisdiccional  dentro  de  un  Estado  Social de  Derecho,  estando  facultada  la  jurisdicción  ordinaria  para examinarlas sin  limitación   alguna.   Por  tanto,  como  no  se  resolvió  “sobre  todo  el  thema     decidendum  presentado  para  su  composición  por las partes, el  fallo   es   manifiestamente   injusto,   por   infra  petita”,   de   donde   se  impone  su  quiebre  en  casación.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

1.  La resolución  del  asunto  litigioso  puesto  a  consideración del juez, contenido en la  demanda,  su  contestación,  las excepciones y en los demás actos contemplados  por  la ley, origina el concepto de la congruencia, que fija al sentenciador los  linderos  de  su  decisión,  determinados  por  el  entorno  resultante  de  la  actividad de las partes contendientes.   

Este  principio  es  desarrollado,  en  sus  aspectos  formal  y  sustancial,  por  los  artículos  304 y 305 del Código de  Procedimiento  Civil,  que  han  servido  de  base  a la Corte para señalar que  “‘el fallador, pues, no  puede,  sin  desbordar  los límites de su potestad, resolver temas que no hayan  sido  propuestos  oportunamente por las partes, y tampoco puede, desde luego que  se  reclama  su  intervención  para  desatar  el  litigio,  dejar sin decisión  materias  de  las  que  fueron  sometidas a su composición. Por ello, de manera  terminante  ordena  el artículo 304 del C. de P. Civil, que la parte resolutiva  de  la  sentencia  deberá  contener decisión expresa y clara sobre cada una de  las  pretensiones  de  la  demanda  y  de  las  excepciones,  y el 305 siguiente  puntualiza  que  el fallo deberá ser consonante con esas pretensiones y con las  excepciones   dichas.  La  resolución  judicial  entonces  debe  ser  respuesta  acompasada  con lo pedido por el demandante y con las defensas del demandado; no  puede  exceder  esos  límites  y  tampoco  puede dejar sin desatar los precisos  temas      que      fueron      sometidos     a     su     decisión’”(G.     J.,     t.     CCXXXVII,  pag.813).   

2. Cuando el ataque  está  encaminado  al  establecimiento  de un vicio de disonancia para sustentar  una  causal  que  pueda  quebrar  la sentencia, su búsqueda debe empezar por un  cotejo  o  comparación  entre  los  hechos,  las  pretensiones reclamadas y las  excepciones  propuestas, con la parte resolutiva de la decisión; a partir de lo  que  resulte  de  contrastar  tales  factores  podrá  determinarse  si el fallo  desbordó  por  exceso  o  por  defecto  los  límites  trazados  por  los actos  procesales     enunciados,    y    si    resultó    por    ello    ultra,            extra  o  citra  petita,   e   incurrió   en  un  error  in procedendo.   

                               

                                                 Asimismo,  para  averiguar si un fallo adolece de esta irregularidad  debe  observarse  si fue condenatorio o absolutorio, por cuanto resulta estéril  atacar  por esta vía una sentencia totalmente desestimatoria, pues ella apareja  una  denegación tácita de las pretensiones (G. J., t. XCVI, pag.84; CCXVI, 66;  entre  otras),  quedando  a salvo, desde luego, el evento en que el reproche por  incongruencia  aluda  a  los  extremos  fácticos  del  debate,  caso en el cual  podría  predicarse  excepcionalmente  de una providencia absolutoria (G. J., t.  CCXLVI,   pag.148;   CCLII,   312;  entre  otras).        

                               

          3.  En el caso que ocupa la atención de la  Corte  el  impugnador  denuncia,  en  compendio, que la sentencia “no decidió  sobre  todos  los  temas  sometidos  a  la  composición del juez”, ni guardó  consonancia  con  los hechos de la demanda, como tampoco resolvió la excepción  de  falta  de  jurisdicción  formulada  por  la  Nación-Ministerio  de Defensa  Nacional,    reproches   que   no   pueden   abrirse   camino,   como   pasa   a  explicarse.      

                               

                              De otro lado,  en  cuanto  a la censura destinada a demostrar que el fallo es disonante con los  hechos  descritos  en  la  demanda y en su reforma, igualmente se ve que resulta  improcedente.   En  efecto,  según  lo  ha pregonado esta Corporación, la  incongruencia   concerniente   a   los   hechos  que  integran  la  causa  petendi se  presenta  cuando  el  juzgador  “al  considerar  los hechos sustentantes de la  pretensión,  no  hace  cosa  distinta a la de despreocuparse de la demanda para  tomar  únicamente  en cuenta aquellos que, de acuerdo con su personal criterio,  resultan  dignos de ser valorados”(G. J., t. CCXXV, pag.255), o, como también  se  ha  expresado,  con otras palabras, se trata de un “yerro por invención o  imaginación  judicial,  producto  de  la  desatención  o  prescindencia de los  hechos  de  la demanda”(sentencia de 27 de noviembre de 2000, exp.#5529). Pues  bien,  en  este  caso el recurrente aduce que el tribunal no consideró diversas  situaciones  fácticas  atinentes,  en  especial,  al  título de dominio que el  demandante  tenía  sobre  la  avioneta y a la manera como ésta fue decomisada,  entre  otros,  lo que constituye un desatino, pues, en realidad, el ad-quem  jamás  se  apartó  de  los  hechos relatados por el demandante, ni introdujo o recreó  supuestos  distintos  de  los que se le habían suministrado, sino que, a partir  de  unas  determinadas  consideraciones  estimó  que  la  propiedad del bien se  había  radicado en cabeza del Estado, lo que elimina la posibilidad de que haya  incurrido en una irregularidad como la denunciada.    

También  carece de razón el cargo cuando  predica  que  no  se  resolvió  sobre  la  excepción de falta de jurisdicción  propuesta  por uno de los demandados. Ciertamente, resulta extraño que el actor  manifieste  ahora  que,  de  haber  sido  examinado  este aspecto, se “habría  concluido  necesariamente  que  la  jurisdicción  civil  ordinaria tiene real y  efectivamente  atribuido  el  conocimiento  pleno de este asunto”, cuando ello  fue  exactamente  lo  que  ocurrió,  pues no puede olvidarse que este punto fue  decidido,  con  acierto  o  no,  en  el  mismo sentido que pretende el acusador,  cuando  en  ambas instancias se desestimó el incidente de nulidad propuesto por  la  Nación-Ministerio  de Defensa Nacional (fls. 5 a 7, cd.3 y 5 a 8, cd.5). Al  existir  este  precedente,  carece  de sentido sostener, a la altura del recurso  extraordinario,  que  la  sentencia de segundo grado dejó de pronunciarse sobre  la excepción que en idéntico sentido fue propuesta.   

Por  último,  no  está de más resaltar la  imprecisión  en que incurre el censor cuando, para rematar, afirma que el fallo  “es    manifiestamente    injusto,    por    infra  petita”(se  subraya),  pues este es un problema bien  distinto  de  la  incongruencia. En esta materia, basta decir que las sentencias  de  este  tipo  están  expresamente autorizadas por el inciso 3º del artículo  305  del  Código de Procedimiento Civil y se presentan cuando la pretensión es  acogida  en  una  medida  o proporción inferior a la reclamada, lo que, a todas  luces,  no  corresponde  a ninguna de las modalidades de disonancia, de modo que  cualquier  desatino  que  aquí  pudiera cometerse sería propio de la actividad  in  judicando, atacable sólo  por   conducto   de  la  causal  primera  de  casación.       

                               

4. En consecuencia,  el cargo no prospera.   

                              CARGO  SEGUNDO   

1.  Se denuncia la  infracción  directa  de  los  artículos 1º, 2º, 4º, 10, 11, 12, 13, 20, 21,  822,  830,  831,  835,  864,  897,  899, 901, 905, 1427, 1740, 1773, 1781, 1782,  1789,  1792,  1793,  1794, 1796, 1804, 1805, 1807, 1808, 1809, 1813, 1814, 1851,  1852,  1853,  1854,  1856,  1858, 1864 y 1869 del Código de Comercio; 669, 673,  740,  742, 743, 745, 749, 752, 756, 759, 762, 764, 765, 771, 773, 785, 946, 947,  950, 951, 952, 955, 957, 961, 963 y 964 del Código Civil.   

2. Tras anticipar la  aceptación  de la evaluación probatoria del fallador, el impugnador afirma que  aquél  dedujo,  con  acierto,  que  se  trataba  de  una  acción  de dominio y  encontró  probados  sus  elementos, mas no hizo actuar los artículos 946 y 950  del  Código  Civil, aplicables a los asuntos mercantiles según la remisión de  los  artículos  2º  y  822 del Código de Comercio, y por ello desconoció los  artículos  1427  y  1789  de  este último estatuto, que consagran la manera de  realizar  los  actos  y contratos que afectan el dominio de aeronaves, así como  los  artículos  824, 897, 899 y 901 de la misma codificación, concordantes con  el 1740 del Código Civil.   

3. Enseguida, basado  en  jurisprudencia  de  la Corte, identificó los presupuestos de la pretensión  reivindicatoria,  a saber, dominio del demandante, posesión del demandado, cosa  singular  o  cuota  determinada,  e identidad entre lo pretendido y lo poseído,  para  indicar  que  el éxito de la acción depende de la cabal demostración de  aquéllos.   

                               

Respecto  a  la  posesión  del  demandado,  manifiesta  el  acusador,  puede ocurrir que sólo el demandante exhiba títulos  de  dominio  sobre  la cosa, o que ambos lo hagan, para seguidamente estimar que  el  juez  de  segundo grado, al parecer, sólo consideró la primera hipótesis,  pero   olvidó   que  cuando  se  presenta  la  segunda  “debe  necesariamente  establecer  la  prevalencia  de  tales  títulos, la legalidad de los mismos, la  oponibilidad  o  no de tales instrumentos entre las partes, para concluir, luego  de  este análisis, si el título de dominio presentado por el actor tiene mayor  entidad  jurídica  que el aducido por el demandado, o si este último carece de  idoneidad  para  contrarrestar  el  del  demandante,  o  si  finalmente  el  que  prevalece es el del extremo pasivo de la litis”.    

Empero, el juzgador se limitó a señalar que  la  Nación  tenía  un  título de dominio sobre la aeronave, consistente en la  resolución  250 de 1985, y que, por tal motivo, el demandante lo había perdido  y  estaba  radicado  en el Estado, todo ello, puntualiza el casacionista, “sin  efectuar  la  menor  confrontación de los títulos, como si por el simple hecho  de  exhibir  el  demandado  …  un  pretendido título de dominio sobre el bien  objeto  de  la  acción,  ésta  ya  no  pudiese  continuar y no fuere labor del  juzgador  sopesar  los títulos esgrimidos, confrontarlos, para decidir cuál de  ellos prevalece”.     

                             4.  Aunque  el  sentenciador  apreció  correctamente  el título inscrito de propiedad aportado  por  José  Manuel  González,  así  como  las  resoluciones  dictadas  por  la  gobernación,  no  hizo más que reconocer que éstas eran actos administrativos  legales,  constitutivos  del  título  de  dominio  a  favor de la Fuerza Aérea  Colombiana,  y que determinaban el ingreso del bien al patrimonio de la Nación,  que  tomó posesión de la misma, con la consecuente pérdida de titularidad por  el demandante y el fracaso de sus pretensiones.     

                                 

                              CARGO  TERCERO   

1.  Se  acusa  la  sentencia  de  violar los artículos 1º, 2º, 4º, 10, 11, 12, 13, 20, 21, 822,  824,  830,  831,  835,  864,  897,  899, 901, 905, 1427, 1740, 1773, 1781, 1782,  1789,  1792,  1793,  1794, 1796, 1804, 1805, 1807, 1808, 1809, 1813, 1814, 1851,  1852,  1853,  1854,  1856,  1858, 1864 y 1869 del Código de Comercio; 669, 673,  740,  742, 743, 745, 749, 752, 756, 759, 762, 764, 765, 771, 773, 785, 946, 947,  950,  951,  952,  955, 957, 961, 963, 964 del Código Civil; 174, 187, 256, 258,  264  y  265  del  Código  de  Procedimiento Civil, como consecuencia de errores  evidentes de derecho en la valoración de las pruebas.   

2.  El  acusador  manifiesta  que  el  ad-quem  encontró  demostrado,  sin estarlo, que la Nación tenía a su favor un título  traslaticio  de  dominio  sobre  el bien, contenido en las resoluciones dictadas  por  la mentada gobernación, y que éstas cancelaron el dominio del actor, pese  a     que     no     fueron    inscritas    en    el    registro    aeronáutico  correspondiente.   

                             A  continuación,  indica que el mentado  yerro  recayó  sobre  la  escritura pública 165 de 9 de febrero de 1985, de la  notaría   segunda  de  Villavicencio;  la  certificación  expedida  el  27  de  septiembre  de  1985  por la oficina de Reglamento Aeronáutico y Registro de la  Aeronáutica  Civil, que acredita la propiedad de la aeronave en cabeza de José  Manuel  González;  la certificación emitida por la misma oficina el 8 de abril  de  1985,  donde  informa que la avioneta no tenía comunicación de suspensión  del  Ministerio  de  Justicia;  el  documento  de  23 de agosto de 1990 de dicha  oficina  por  el  que  se informa de la inscripción del embargo sobre el bien y  que   éste  figura  a  nombre  de  José  Manuel  González;  las  resoluciones  proferidas   por   la  aludida  gobernación;  y  en  las  pruebas  documentales  correspondientes  a  la  acción  de  nulidad  y  restablecimiento  del  derecho  instaurada  por  el  actor  ante  el  Tribunal  Contencioso  Administrativo  del  Huila.   

3.  Como sustento  dice  que  si el fallador hubiera observado los artículos 174 y 187 del Código  de  Procedimiento Civil, habría considerado que la ley sustancial exige ciertas  solemnidades  para  la existencia y validez de los actos y contratos relativos a  la  aeronaves  con  matrícula  colombiana,  así  como  que  el  artículo  256  ibídem dispone que cuando la  ley  ordena  el registro público de algún documento, debe aportarse, junto con  el  mismo,  la  prueba  de  tal inscripción, sin que pueda dividirse el alcance  probatorio  de  los documentos públicos y privados, como lo prevé el artículo  258  ejusdem,  y  sin  que, conforme al artículo 264 de la misma codificación, un  documento  público  ad  sustantiam  actus   pueda  ser  suplido  por  otro  medio  demostrativo.   

El   juez   de   segundo  grado  observó  materialmente  las pruebas, prosigue la censura, pero no reconoció eficiencia o  valoración  probatoria,  según  la  ley  sustancial,  a las que demostraban la  titulación  legítima y tradición de José Manuel González sobre la aeronave;  en  cambio,  le  otorgó  a  las mentada resoluciones una pertinencia que la ley  sustancial  no les concede, sin advertir que en dicho trámite administrativo no  intervino  el  propietario del bien y se le vulneraron los derechos de defensa y  propiedad,   otorgándoles,  además,  efectos  jurídicos  no  contemplados  en  disposición   sustancial   alguna,   al  considerar  cumplido  el  modo  de  la  tradición,  sin exigir la prueba de la inscripción en el Registro Aeronáutico  Nacional.   

De  no  haber  cometido tales desatinos, el  juzgador  habría  concluido  que los títulos del demandante prevalecían sobre  las  resoluciones  en  cuestión, pues la escritura de adquisición cumplía las  exigencias  del  artículo  1427  del  Código  de  Comercio, fue inscrita en el  Registro  Aeronáutico Nacional para la tradición, constituye verdadero y justo  título  traslaticio de dominio, no ha sido invalidada por autoridad alguna y se  encuentra  vigente  con  plenos  efectos  jurídicos. Por el contrario, aquellas  resoluciones  se  profirieron  en  una  actuación  policiva  de carácter penal  contravencional,  sin citación ni intervención del propietario de la nave, por  lo  que  no  le  eran  oponibles,  “como lo establecen las normas sustanciales  citadas  en  el  cargo”; no obstante, le fueron opuestas al derecho de dominio  del  actor,  sin confrontación previa, y se consideró equivocadamente que eran  actos  administrativos,  cuando  se trataba de un juicio policivo adelantado con  fundamento  en  el  decreto  1061  de  1984,  proferido  bajo el estado de sitio  entonces  vigente, resoluciones que, al ser examinadas frente a la Constitución  Política  de  1991,  resultaban  inaplicables  y  contrarias  a sus principios,  garantías y derechos.   

En  suma,  el  casacionista asevera que las  resoluciones  no podían asimilarse a una escritura pública, de modo que, al no  colmar  los  requisitos  del  artículo 1427 del Código de Comercio, no tenían  efectos  ad substantiam actus,  con  lo  que  se  tipificó un “error de hecho”, al “haberse sustituido la  escritura   por  las  resoluciones  mencionadas”,  con  grave  violación  del  artículo 265 del Código de Procedimiento Civil.   

                           CONSIDERACIONES DE LA CORTE   

                           1.                  Las  providencias  de  los  jueces  de  instancia  llegan a la Corte cobijadas por la  presunción   de   acierto,   según   la   cual  ellas  reflejan  una  adecuada  contemplación  de  los  supuestos fácticos, así como una correcta aplicación  del  derecho,  de  manera  que  el censor que pretenda desvirtuar tal regla debe  presentar  una  censura ajustada a las directrices del artículo 374 del Código  de  Procedimiento  Civil,  en  especial, en cuanto a la formulación separada de  los  cargos,  con la exposición de los fundamentos de cada acusación, en forma  clara  y  precisa”,  a  lo  que  se  agrega  que el reproche no sólo debe ser  exacto,  sino  también  completo,  lo  que  significa,  por  un lado, que ha de  guardar  absoluta  simetría  con los pilares de la sentencia cuestionada y, por  el  otro,  que  debe  cobijarlos  integralmente,  pues, de no ser así, el fallo  seguirá  en  pie  sobre  la  base  de  los razonamientos fácticos o jurídicos  pasados por alto.          

                                  2.  En  este  caso,  la  decisión  del  sentenciador  tuvo  sustento  esencial  en  los  argumentos que se compendian enseguida.    

                             Por un lado,  señaló  que  la  resolución  250 de 1995 era un acto administrativo en firme,  con   «imperio  mientras  la  autoridad  judicial  no  lo  declare  contrario  a  derecho”,  y  que  no  era  “permitido  al  juez civil, por vía del proceso  ordinario,  quebrar  la  presunción  de legalidad de un acto administrativo”,  como  “tampoco  lo  puede  calificar  para  deducir  de  él, por ejemplo, una  arbitrariedad,  de  llegar a contenerla, y proceder a corregirla ordenado contra  esa  decisión  una  devolución de la cosa y/o el pago del perjuicio”. Y, por  el  otro,  que el efecto jurídico del decomiso definitivo era el “perdimiento  de  la  cosa”,  de  modo  que  se  produjo  “un  desplazamiento  del título  fundamento  del  dominio  sobre  la aeronave” y ella “ingresó al patrimonio  del  Estado”,  lo que hizo tras examinar el título de dominio exhibido por el  demandado.   

                              3.  Sentadas  estas  premisas,  ha  de  verse  que  existen  varias  razones que determinan la  improsperidad   de   las   censuras,   como   pasa  a  explicarse.                       

         

                              a)  El  cargo  segundo,  por  la  vía  directa,  apunta  a  mostrar que el tribunal no hizo la  “confrontación  de los títulos” presentados por las partes, gestión de la  que,  a su juicio, habría salido victorioso el del actor, sino que se limitó a  acoger  el  exhibido  por  los  demandados,  como  si ello fuere suficiente para  enervar la acción.    

                             Pues bien, al retomar las consideraciones  de  la  sentencia,  emerge  que  el ad-quem  consideró  que  la  presencia de un acto administrativo en firme,  amparado  por  la  presunción  de  legalidad  y  que  no  había sido declarado  contrario  a  derecho,  implicaba  que  el  mismo  no  podía  ser  examinado ni  calificado  por el juez civil, como tampoco era factible enmendar o corregir las  eventuales  situaciones arbitrarias que pudieran hallarse en él. Asimismo, tras  poner  de  presente  “la  calidad  de  dueño  de  la  avioneta alegada por el  demandante,  con  fundamento en su escritura de compraventa del bien debidamente  registrada,  como  se  encuentra  establecido  en  el proceso”, estimó que el  mentado  acto  generó  “un  desplazamiento del título fundamento del dominio  sobre  la  aeronave hacia la Fuerza Aérea Colombiana”, aserto concordante con  lo  que,  en su sentir, constituía el efecto jurídico del decomiso definitivo,  esto es, el “perdimiento de la cosa”.      

                             Así,  pues,  contrario  a lo sostenido,  aflora  que el fallador no sólo fue consciente de la existencia de los títulos  allegados  a  la  controversia,  sino  que, además, los enfrentó directamente,  pues,  ha  de  repetirse, no de otra manera habría podido dar prevalencia a uno  de  ellos  y afirmar, consecuentemente, sobre la base de reconocer un derecho de  dominio  previo  en cabeza del demandante, que el catalogado acto administrativo  produjo  “un  desplazamiento del título fundamento  del  dominio  sobre la aeronave hacia la Fuerza Aérea  Colombiana”,  o,  como lo señaló en otro aparte, que “la aeronave ingresó  al  patrimonio del Estado, por el decomiso definitivo con destino al servicio de  la  Fuerza Aérea Colombiana, FAC, al encontrarse ejecutoriada la Resolución N.  250 de 1985 que así lo dispuso”(se subraya).    

                               

                            Dicho de otra  forma,  el  juez de segundo grado efectivamente cotejó los títulos de dominio,  mas  estimó,  conforme  a  su criterio de valoración, que debía primar aquél  que   incorporaba   un  acto  administrativo  en  firme  y  determinante  de  la  traslación  en  la propiedad del bien. Por lo mismo, desatina la censura cuando  cuestiona  al  juzgador  por  haber decidido amparado en la mera exhibición del  título  de  dominio  por  parte  de  los  demandados,  “sin efectuar la menor  confrontación  de  los títulos”,  toda vez que, con acierto o no, ésta  fue realizada.          

                               

                             Ahora, si lo  anterior  es  contrastado  con  la sustentación del cargo, ha de notarse que el  impugnador  se  dedicó  principalmente a insistir en la necesidad de confrontar  los    títulos,    reprochando    -erradamente-   que  el  sentenciador  hubiera omitido hacerlo, y a enunciar  algunas  pautas  legales  que  determinarían  la  prevalencia del suyo, pero en  manera  alguna  se ocupó de controvertir o derrumbar con argumentos jurídicos,  como  corresponde forzosamente en la vía directa, el entendimiento o raciocinio  toral  del  tribunal en torno  a  la naturaleza que ostentaban las resoluciones emitidas por la gobernación, o  acerca  de  su estado y firmeza actual, mucho menos, alrededor de la legalidad o  pertinencia  de  los  contundentes  efectos  legales  que se habían deducido de  ellas,  esto  es,  exactamente  la  pérdida  de la cosa para el actor debido al  previo desplazamiento de la propiedad de aquélla al Estado.    

                                En  este  preciso  punto,  valga  repetirlo,  llama  la  atención  que,  en  el cargo, el  demandante  haya  guardado  completo silencio en torno a los pronunciamientos de  las  autoridades  de  la  jurisdicción  contencioso administrativa acerca de la  naturaleza   de   las   resoluciones  expedidas  por  la  mentada  gobernación,  permitiendo,  por  su  inactividad,  que  este  argumento  permanezca  entre los  pilares fundamentales de la providencia criticada.   

                   En este orden  de  ideas,  por  la  asimetría  identificada entre la sentencia y el ataque, se  sigue  que  éste evidencia un desenfoque, materia en relación con la cual cabe  rememorar  que  la carga procesal atribuida al recurrente, cuando se trata de la  causal  primera  de  casación,  reclama  que  su  “crítica  guarde  adecuada  consonancia  con  lo  esencial  de  la motivación que se pretende descalificar,  vale  decir  que  se  refiera  directamente  a las bases en verdad importantes y  decisivas  en  la construcción jurídica sobre la cual se asienta la sentencia,  habida  cuenta  que si blanco del ataque se hacen los supuestos que delinea a su  mejor  conveniencia  el  recurrente  y  no  los  que  objetivamente  constituyen  fundamento  nuclear  de la providencia, se configura un notorio defecto técnico  por  desenfoque  que  conduce  al fracaso del cargo correspondiente”(G. J., t.  CCLVIII,  pag.284,  reiterada  en la de 15 de diciembre de 2003, exp.#7565), que  es  lo que precisamente sucede en el cargo examinado, donde el ataque se apartó  del raciocinio cardinal de la providencia fustigada.   

                              b)  Por  otra  parte,  en lo que respecta al cargo tercero, ha de recordarse que acusador, tras  presentar  un  listado  de  diversas  normas, denuncia la comisión de supuestos  errores  de  derecho,  consistentes  en  que el ad-quem  tuvo  por  demostrado,  sin  estarlo,  que  la Nación  ostentaba  un  título  de dominio contenido en las resoluciones dictadas por la  mencionada  gobernación  y  que las mismas cancelaban el dominio del actor, sin  considerar  que  aquéllas  no  fueron  inscritas  en  el  registro aeronáutico  previsto en el artículo 1427 del Código de Comercio.    

Dentro de la misma línea de argumentación,  manifiesta  también que se infringieron los artículos 256 y 265 del Código de  Procedimiento  Civil,  según  los cuales, por un lado, la copia de un documento  sujeto  a  registro público debe llevar la nota correspondiente y, por el otro,  un  instrumento  público  no  puede  ser  suplido por otra prueba, e insiste, a  términos  del  mencionado  artículo 1427 del Estatuto Mercantil, en que la ley  exige  ciertas  solemnidades para la existencia de los contratos relativos a las  aeronaves  con  matrícula  colombiana,  así  como dispone que la tradición se  efectuará con la inscripción.   

Para concretar su crítica, el casacionista  se  duele  de  que  el  fallador  haya otorgado a las nombradas resoluciones una  “pertinencia  que la ley sustancial no les concede”, sin tener en cuenta que  durante  su trámite le fueron violados los derechos de defensa y propiedad, por  lo  que  no  le  eran  oponibles,  a más de que no cumplieron con el modo de la  tradición,  ni  se  exigió  la prueba de su debida inscripción en el Registro  Aeronáutico Nacional.     

Como  puede  verse,  el  planteamiento,  a  través  de  la  denuncia  de  un  error  de  derecho,  apunta  a  demostrar  la  vulneración  de los artículos 256 y 265 del Código de Procedimiento Civil, en  la  medida  en  que  las  resoluciones de la gobernación no fueron aportadas al  proceso  con  la  constancia  de  haberse  inscrito  en el Registro Aeronáutico  previsto  por  el artículo 1427 del Código de Comercio, y, además, por cuanto  ellas  no  podían  sustituir  la escritura pública exigida por la misma norma,  para   efectos   de  la  transferencia  del  dominio  de  aeronaves.               

                             Emerge de lo  anterior  que  la  argumentación  que  sustenta el cargo se mueve en torno a la  presunta  inobservancia  de  los  citados  artículos  256 y 265, como normas de  disciplina  probatoria,  y  del artículo 1427 del Código de Comercio, precepto  este  que,  ha  de  decir la Corte, no ostenta naturaleza sustancial, puesto que  sólo  consagra  el  carácter  solemne  de los actos o contratos que afecten el  dominio  o  que  tengan  por  objeto  la  constitución de derechos reales sobre  aeronaves,  así  como establece la forma como ha de efectuarse la tradición de  los  mismos  bienes,  sin  declarar,  crear,  modificar  o  extinguir relaciones  jurídicas  específicas,  que  es  lo  que identifica las disposiciones de este  linaje,  las  que,  a  su  turno,  han de constituir el eje central de cualquier  reproche   montado  sobre  la  causal  primera  de  casación.      

                               

                                   Esta  circunstancia     -per  se-    deja  al cargo desprovisto de un elemento fundamental que habría de  ser  considerado en orden a establecer si la causal alegada se configuró, pues,  al  no haber una disposición sustancial hacia la cual la Corte pueda enfocar un  juicio  de  valor,  viene  a quedar solamente una queja general y sin contenido,  por  lo menos, para los efectos del recurso, lo que se corrobora con el hecho de  que  las  restantes  normas enlistadas al inicio de la censura no pasaron de ser  un  simple  y  escueto enunciado, pues el recurrente jamás volvió sobre ellas,  ni  procuró  elaborar argumentos claros y precisos que tendieran a comprobar su  infracción,  la  manera  cómo  se  habría producido y la trascendencia de tal  conducta.     

                             Adicionalmente,  no  puede  perderse  de  vista  que para sustentar la acusación el censor enumeró las distintas pruebas  documentales  sobre  las  que  presuntamente  habrían  recaído  los errores de  derecho,  sin  que  se  propusiera  una  crítica  concreta frente a cada una de  ellas,  salvo en lo que tiene que ver con las mentadas resoluciones, aspecto que  se abordará más adelante.   

Asimismo,  es  de  notar  que  la  censura  también  anotó  que  si  el  juez  de  segundo  grado  hubiera  observado  los  artículos  174  y  187  del  Código de Procedimiento Civil, concernientes a la  necesidad  de  la  prueba  y a su valoración conjunta, respectivamente, habría  considerado  que  la  ley  exige ciertas formalidades para los actos relativos a  las  aeronaves; no obstante, es evidente la imprecisión y el alcance general de  este  comentario,  pues  no se ligó a ningún medio demostrativo en particular,  como   tampoco  se  expusieron  argumentos  tendentes  a  demostrar  que  aquél  desconoció  la  última  regla de valoración probatoria integral, esto es, que  no   apreció   conjuntamente   las   piezas   demostrativas,   así   como  las  concordancias,  conexiones,  contradicciones,  etc,  existentes entre ellas, que  es,  en  realidad,  a  lo  que  se  refiere  el  mencionado artículo 187.    

Como  si  fuera poco, el impugnador aludió  también    a    que    el   juzgador   observó  materialmente  las pruebas, pero “no reconoció eficacia  o   valoración   probatoria   de   conformidad  a  los  postulados  de  la  ley  sustancial”  a  “las  que  demostraban  la  titulación legítima” y “la  tradición  cumplida a favor de … José Manuel González sobre la avioneta”,  apreciación  esta que sigue la misma línea del reproche anterior, en la medida  en  que  no  intenta  siquiera  precisar  cuál  fue  la  prueba afectada con el  supuesto  yerro,  ni  explica en qué pudo consistir éste, al punto que resulta  imposible  establecer  si  está  haciendo  referencia  a una preterición de la  prueba,  que  configuraría  un  error  de  hecho,  o a un defecto de disciplina  probatoria,  pues,  además,  no  menciona concretamente la norma de este linaje  que  el  sentenciador pudo haber infringido.         

Paralelamente  a este reparo, el recurrente  trajo  a  colación  las pretensas irregularidades originadas en el trámite que  antecedió  la emisión de la resoluciones comentadas, donde, en su opinión, le  fueron   violados   los   derechos  de  defensa  y  propiedad  previstos  en  la  Constitución  Política.  Sobre  este  particular,  una  vez más se observa un  reproche  general  sin  conexión  con  los  errores de derecho anunciados en el  encabezamiento  del  cargo  tercero,  toda  vez  que no se enfoca a demostrar la  falta  de  regularidad  jurídica  de  las pruebas, sino que invoca otro tipo de  circunstancias,  que, incluso, de haber ocurrido, tuvieron lugar en un escenario  diverso   al   proceso   en   el   que   dictó  la  sentencia  objeto  de  este  recurso.          

Por  último,  como se anticipó, la única  censura  que  se  plantea  con  relativa sujeción a los parámetros propios del  error  de  derecho  aparece  cuando el acusador sostiene que se infringieron los  artículos  256  y  265 del Código de Procedimiento Civil y 1427 del Código de  Comercio,  dado  que  las  resoluciones expedidas por la gobernación no podían  asimilarse  a  escrituras  públicas,  ni  fueron  aportadas  al  proceso con la  constancia  de  su  inscripción  en el registro aeronáutico, como lo impone la  primera   norma  citada,  de  modo  que  no  podían  tenerse  como  prueba,  ni  perfeccionaron la tradición.     

Sin embargo, advierte la Corte que la suerte  de  este  reparo  es  idéntica a la de los demás, si se tiene en cuenta que, a  estas  alturas,  aparece  de  modo  novedoso  y sorpresivo un cuestionamiento al  aspecto  formal  respecto de esa precisa prueba, en particular, a la manera como  el  documento  fue  aportado  al  proceso,  circunstancia  que  el demandante no  insinuó  siquiera  en  las  instancias  y sobre la cual, por razones obvias, no  pudieron  pronunciarse  los  demandados.  En este punto, ha de considerarse, sin  más  anotaciones, como de antiguo lo tiene dicho la jurisprudencia, que “toda  alegación  en  casación  conducente  a  demostrar que el Tribunal incurrió en  errónea  apreciación  de algunas pruebas por motivos de derecho o de hecho que  no  fueron  planteados en las instancias, configura un medio nuevo, que no es de  recibo en el recurso extraordinario”(G. J., t. CLXV, pag.170).   

                             4.  Desde otra  perspectiva,  como  en  lo  fundamental  la acusación predica violación de los  derechos  de  defensa  y  al  debido  proceso  del  demandante  en  la señalada  actuación  de  contravención  penal,  en  este  punto  de la argumentación se  impone  relievar  que  si  el  título de aquél fue inscrito en el registro del  Departamento  Administrativo  de Aeronáutica Civil el 27 de septiembre de 1985,  como  él  lo  admitió  en  el  hecho  segundo  de la demanda(fl.41, cd.1) y se  constata  con  la  copia  que  corre a folio 5 del cuaderno 8, resulta claro, en  consecuencia,  que  a  términos  del  artículo 1427 del Código de Comercio no  puede  decirse  que  la gobernación le cercenó alguno de tales derechos por no  haberlo  vinculado  al  procedimiento  que  adelantó,  y  donde  se  produjeron  aquellas  resoluciones,  por  cuanto  las  mismas, en todo caso, se dictaron con  anterioridad  a  tal  fecha, al punto de la última de las citadas decisiones se  expidió  el  3  de  mayo  de 1985, esto es, mucho antes de sentada la susodicha  inscripción.   

                             Es más, frente a este aspecto, de mayor  novedad  resulta  la información que emerge del oficio de 23 de agosto de 1990,  expedido  por  el  Departamento  Administrativo  de  la  Aeronáutica Civil, que  corre   a  folio 53 del cuaderno 1, toda vez que allí, con referencia a la  aeronave  de que tratan estos autos, esa autoridad, encargada de sentar y llevar  el  registro  público  de  los  actos  a  través  de los cuales se constituye,  modifica  o  grava  el  dominio de bienes de la señalada especie, como el mismo  casacionista  lo  admite,  certificó que la cosa en cuestión fue adquirida por  el  actor  mediante  escritura  pública  05655 de 4 de septiembre de 1985 de la  notaría  segunda  de  Bogotá, es decir, por acto diferente al aquí aducido, y  que  el mismo fue registrado el 20 siguiente, vale decir, en fecha distinta a la  ya  conocida  y,  en todo caso, con posterioridad a aquella en que se produjo la  última  de  las  dos  mentadas  decisiones  dictadas  por la gobernación en la  actuación  que adelantó. En este orden de ideas es palmario que, fundadamente,  no   podría   pregonarse   violación   de   alguno  de  los  citados  derechos  fundamentales del demandante.   

                             5. Con todo, al  margen   de   las   consideraciones  precedentes,  ha  de  reiterarse  cómo  el  ad-quem    encontró  que  la  aeronave ingresó al patrimonio del Estado, como  efecto  de  la  ejecutoria de la resolución 250 de 2 de abril de 1985, por cuyo  conducto   la   gobernación   del   Huila   dispuso   su  decomiso  definitivo,  determinación  esta  que,  por lo demás, gozaba de la presunción de legalidad  mientras  judicialmente  no  se  declarara lo contrario; recalcó, asimismo, que  como  dicha  decisión  conllevó  como consecuencia jurídica la pérdida de la  cosa  en  cabeza  de su anterior titular, al juez civil no le era viable quebrar  aquella  presunción,  como  tampoco  calificar ese acto “para deducir de él,  por  ejemplo, una arbitrariedad, de llegar a contenerla, y proceder a corregirla  ordenando  contra  esa  decisión  una  devolución  de  la cosa y/o el pago del  perjuicio”.  Hizo ver el fallador, adicionalmente, cómo la citada resolución  “generó  un  desplazamiento  del  título  fundamento  del  dominio  sobre la  aeronave  hacia la Fuerza Aérea Colombiana y, por supuesto, de la posesión”,  en  tanto  “quedó  demostrado que les fue entregada la avioneta”; insistió  en  que  habiendo perdido el demandante de esa manera la calidad de dueño sobre  el  aludido  bien,  carecía de legitimación para ejercer acción de dominio en  orden  a  “recuperar  la posesión de la aeronave”, pues no se cumplían las  reglas de los artículos 946 y 950 del Código Civil.   

                             Frente  a  esa  puntual apreciación del  fallador,  a  vuelta  de  relacionar  los presupuestos de la acción de dominio,  tocante  con  la posesión de la opositora sobre la cosa, manifiesta el acusador  que  el  tribunal  olvidó  que  cuando  se  presenta confrontación de títulos  debía   establecer   su   prevalencia,   “la  legalidad  de  los  mismos,  la  oponibilidad  o no de tales instrumentos entre las partes”, para así concluir  si  el  allegado  por  el actor tenía “mayor entidad jurídica que el aducido  por  el  demandado”  o  si el que prevalecía era “el del extremo pasivo”;  añade  que  “sin efectuar  la  menor  confrontación de los títulos” aportados por las partes, aquél se  limitó  a  señalar que a raíz del esgrimido por la Nación, consistente en la  resolución  250  de  1985,  el  demandante  había  perdido el dominio sobre la  aeronave,  como  si por esa  circunstancia  no  pudiera  “sopesar  los  títulos esgrimidos, confrontarlos,  para  decidir  cuál”  prevalecía;  comenta  que  aunque el tribunal apreció  correctamente  los  títulos  aportados  por  los litigantes, reconoció que las  resoluciones  allegadas  por  la contraparte eran actos administrativos legales,  constitutivos  del  título  de  dominio a favor de la Fuerza Aérea Colombiana,  determinantes  del  ingreso  del  bien  al  patrimonio  de  la  Nación  y de la  posesión   que   tomó  del  mismo,  pero  que  de  haber  realizado  la  dicha  confrontación  habría  concluido que prevalecía la titulación del actor, por  su  antigüedad  y  ser la única inscrita en el Registro Aeronáutico Nacional,  ya que aquellas resoluciones no lo fueron.     

                             Y  en  el  cargo tercero sostiene que el  sentenciador  observó  las  pruebas  determinadas  en esa acusación pero no le  reconoció  eficiencia  probatoria  a las que de allí demostraban el dominio en  cabeza  del  actor  y  en  cambio  sí se la dio a las mentadas resoluciones, no  obstante  que  la ley sustancial no se la concede; al considerar, pues, cumplida  la  tradición  sin haber exigido la prueba de la inscripción de tales actos en  el  Registro  Aeronáutico  Nacional,  le  otorgó  unos  efectos  jurídicos no  contemplados  en  ninguna  disposición  sustancial.  De no haber cometido tales  desatinos,  el  tribunal  habría  concluido  que  los  títulos  del demandante  prevalecían sobre las resoluciones en cuestión.   

                             Dejó  de  advertir, en fin, que como en  dicho  trámite  administrativo  el  actor  no  intervino,  se le vulneraron los  derechos  de  defensa  y  propiedad  privada,  por  cuanto  las  resoluciones se  profirieron  en  una actuación policiva de carácter penal contravencional, sin  su citación ni intervención, por lo que no le eran oponibles.   

                             De  una y otra posición se aprecia, sin  dubitación  alguna,  que  mientras  el  tribunal  consideró  que a raíz de la  ejecutoria  de  la aludida resolución el avión ingresó al patrimonio estatal,  dado  el  decomiso  definitivo  que  del  mismo se dispuso, lo cual conllevó la  pérdida  de  esa  cosa en cabeza del demandante, pues de la manera señalada se  desplazó  no sólo el título del dominio de la aeronave hacia la Fuerza Aérea  Colombiana  sino la posesión sobre la misma, por lo que al haber perdido aquél  de  ese  modo  “la  calidad  de  dueño”,  carecía  de  legitimación  para  “recuperar    la   posesión   de   la   aeronave”   mediante   la   acción  reivindicatoria,  el  recurrente se limita a cuestionarlo por no haber efectuado  la  confrontación  de  los  títulos  arrimados  de uno y otro lado, pues sólo  mediante  ese  ejercicio  podía  establecer que el allegado por el actor tenía  “mayor  entidad  jurídica  que  el  aducido  por  el  demandado”, y que por  circunscribirse  a  señalar que ante el esgrimido por la Nación, el demandante  había  perdido  el dominio, desconoció que la titulación de éste, por ser la  más  antigüedad  y  la  única  inscrita en el Registro Aeronáutico Nacional,  prevalecía.     

                             Tomando como punto de reflexión el marco  que  muestra  el  contraste  expuesto,  a efecto de establecer el mérito de las  acusaciones,  necesario resulta indagar cómo fue que la mencionada gobernación  adquirió  la  potestad  de  decidir sobre la disposición física del aeroplano  involucrado  en  este  proceso  y  de  resolver  finalmente sobre lo atinente al  dominio del mismo.   

                               

                             En  efecto,  El  Gobierno  Nacional,  en  ejercicio   de   las  facultades  que  le  confería  el  artículo  121  de  la  Constitución  Política,  a la sazón vigente, expidió el decreto número 1038  de  1984, por el cual declaró “turbado el orden público y en estado de sitio  todo el territorio de la  República”.     

                             Desarrollando los efectos de ese decreto  de  estado  de sitio, el Presidente de la República mediante el decreto 1061 de  5  de  mayo  de 1984 dictó “medidas conducentes al restablecimiento del orden  público”.  Con ese propósito dispuso que, además de las sanciones penales a  que  hubiere   lugar,  entre  otras,  incurrirían  en  contravenciones  de  carácter  penal  y,  por consiguiente, serían responsables la tripulación, el  dueño,  tenedor  o explotador de aeronave que aterrizara en aeropuerto o pistas  no  autorizadas  por  el  Departamento  Administrativo de la Aeronáutica Civil,  operara  aeronave  sin  llevar  a  bordo  la  autorización  del  plan  de vuelo  correspondiente  o  emprendiera  vuelo  o  lo variara sin autorización o sin el  plan  de  vuelo  respectivo, sin notificar tal decisión a una torre de control.   

                               Asimismo   determinó,   según   lo  prescribía  el  inciso  segundo  de  su  artículo  4º, que “las autoridades  civiles,   militares   o   de   policía  que  de  cualquier  forma”  tuvieren  “conocimiento  de  hechos  establecidos como contravención” en ese decreto,  debían  proceder  “a  inmovilizar los medios de transporte”, y, conforme al  inciso  final del artículo 5º, que “los medios de transporte” aprehendidos  en  las  circunstancias  previstas en ese estatuto legal serían “puestos   “en   depósito”   por  el  gobernador  o  el  funcionario  competente “en el Comando de la Brigada, de la  Fuerza  Aérea, de la Fuerza Naval o de la Policía que estime conveniente, para  lo  cual”  podía  tener  “en  cuenta  la  naturaleza  y  seguridad de tales  medios”(subrayas  fuera  de  texto).  Dispuso  igualmente, como lo preveía su  artículo  3º,  que  las contravenciones a que aludía el artículo 1º, dentro  de  las  cuales  se  hallaban  las que atrás quedaron referidas, darían lugar,  entre  otro  tipo  de  sanciones,  al “decomiso de la aeronave, embarcación o  vehículo  utilizado para realizarlas”, cual lo enseñaba su literal b).    

                              Del   mismo   modo  señaló  que  las  contravenciones  allí  establecidas  serían  investigadas  y  juzgadas  por el  “Gobernador,  Intendente  o  comisario,  o  el  Alcalde  Mayor  de Bogotá”,  mediante  la  aplicación  del  procedimiento determinado en ese precepto legal.  Concretamente  dispuso,  como  lo  indicaba su literal c), que transcurridos los  términos  allí  previstos,  el  funcionario  competente,  debía  dictar “la  correspondiente  resolución motivada, en la que”, entre otros aspectos, “se  determinará  el  decomiso  definitivo  de los medios de transporte indicando su  destinación    así:    las    aeronaves    al    servicio    de    la   Fuerza  Aérea”.   

                             Estando vigente la normatividad de que se  ha  hecho  memoria,  la  cual,  por  lo demás, fue declarada exequible por esta  Corporación  en  sentencia de 27 de junio de 1984 (G. J., t. CLXXIX, pags.504 a  511),  aconteció  que  el  20  de  marzo  de  1985, el Departamento de Policía  del    Huila  puso  a  disposición  de  la  gobernación  la  aeronave  ya  identificada,   así   como   a   Oscar  Rafael  Pineda  Montañez,  su  piloto,  atribuyéndole  precisamente la comisión de las contravenciones de que trataban  los  numerales  1º,  2º,  4º  y  5º  del  literal  a)  del artículo 1º del  mencionado decreto 1061, esto es, las referidas enantes.   

                             Pues bien, fue con base en lo anterior y  en  las  disposiciones  legales que vienen de comentarse, como el gobernador del  Huila,  siguiendo  el  procedimiento establecido en el mencionado artículo 7º,  adelantó  la  investigación  y  juzgamiento  que  lo  condujo  a  proferir las  resoluciones  250  de  2  de  abril y 323 de 3 de mayo de 1985, por medio de las  cuales   declaró   incurso   y   culpable   de  aquellas  contravenciones   -a   las  que  aluden  los  numerales  1º,  2º  y  4º  del  literal  a)  del  artículo  1º  del  citado  decreto-   al  mentado  Pineda  Montañez  en  su  condición  de piloto de la aeronave de matrícula HK  1743,  marca  Cessna,  modelo  TU-206F,  y  determinó, como consecuencia de esa  declaración,  “decomisar,  de manera definitiva”, dicho aeroplano, del cual  dijo     “se     destinará     al    servicio    de    la    Fuerza    Aérea  Colombiana”.   

                             Lo  expuesto  en precedencia indica, sin  duda,   varias   cosas:  por  una  parte,  que  cuando,  como  consecuencia  del  conocimiento   de   los   hechos  en  cuestión,  las  autoridades  de  policía  inmovilizaron  el  susodicho  elemento  de  transporte,  no  lo  hicieron con la  intención  de  asumir  la  condición   de dueños y señores de la misma,  despojando  así  de  esa  calidad a quienes para entonces la tuvieran, sino que  simplemente  actuaron  con el decidido propósito de acatar aquella normatividad  jurídica  que  le  imponía,  en  eventos  como  el que involucró ese trámite  administrativo,  el  deber  de  aprehender  tanto  a los contraventores como las  cosas  con  las que se realizaran los hechos respectivos, cual lo prescribía el  artículo  4º  del  señalado decreto, es decir, que desplegaron una actuación  de  tipo meramente policivo. Por esa misma circunstancia, cuando en cumplimiento  del  mandato  contenido  en  el  artículo 5º del mismo ordenamiento jurídico,  aquellas  autoridades  pusieron a órdenes del gobernador el descrito aeroplano,  no  le  entregaron  ni  le  transfirieron  posesión o propiedad alguna sobre la  misma,  pues  que, insístese, hasta allí aquellos eran unos meros aprehensores  de  bienes  ajenos.  Precisamente  por la condición que en tales circunstancias  adquiría  frente  a la mentada especie mueble, el aludido funcionario público,  al  asumir  el adelantamiento de la pertinente investigación, acorde con lo que  preceptuaba  el  inciso  final del citado artículo 5º, debía poner los medios  de  transporte  aprehendidos  “en depósito” de algunas de las instituciones  allí específicamente determinadas.       

                               Es   palmario,   entonces,   que   la  aprehensión   efectuada  por  el  Departamento  del  Huila,  por  medio  de  su  gobernador,  de  la  susodicha  aeronave  no  fue  producto  de  una  actuación  de facto sino el cumplimiento  de  unos  mandatos  legales  que  le imponían el deber no sólo de capturar los  infractores  de  tales  disposiciones  sino  de aprehender los elementos con los  cuales  se  produjeran  los  hechos  atinentes  a las mismas; desde luego que el  ejercicio  de  esa  función pública no convirtió, y no la podía convertir, a  la  administración enjuiciada en poseedora ni en titular del dominio, pues, por  expreso  mandato  legal,  las  funciones  que  asumió  en relación con la cosa  fueron  las de simple tenedor, la cual, como quedó dicho, podía entregar “en  depósito”   provisional  a  cualquiera  de  los  estamentos  oficiales  allí  expresamente  determinados.  Esa  condición,  de  tenedor,  de  depositario, de  administrador  de  lo ajeno, el Estado la conservó invariablemente hasta cuando  produjo  las  dos  resoluciones  a través de la cual juzgó las contravenciones  investigadas,  pues  justamente en esos actos la administración resolvió sobre  la  suerte  definitiva de los derechos atinentes al dominio y la posesión de la  cosa.  Y  es que no podía ser antes y de ningún otro modo, por cuanto, a voces  del  preanotado  literal  e) del artículo 7º, en la providencia que resolviera  la  controversia  el  funcionario  respectivo  debía  decretar  el  “decomiso  definitivo”  de  los  medios  de  transporte,  si  el  contraventor  resultaba  culpable,  y  si decidía, en cambio, que éste no lo era, entonces tendría que  ordenar  su  “libertad  inmediata…  y la devolución de los elementos que le  hayan  sido incautados”, según lo prescribía el inciso primero del artículo  8º.     

                             Como es evidente que apenas a través de  las  mentadas  resoluciones se dispuso el “decomiso definitivo” de la citada  aeronave,  fue,  por  consiguiente, a partir de la ejecutoria de las mismas como  la  Nación-Ministerio  de  Defensa  Nacional  pudo  adquirir  el  dominio  y la  posesión  sobre  la  misma,  pues  antes  de  ese preciso momento el Estado, en  ninguna  de  sus  diversas  manifestaciones,  obtuvo  una u otra condición, por  cuanto  hasta  allí, itérase, asumió el rol de un mero tenedor, al punto que,  como  quedó  visto,  si  la  gobernación  del  Huila hubiera encontrado que el  contraventor  no  era  culpable  de  la  comisión  de  los hechos investigados,  habría  tenido que absolverlo de los cargos y, por contera, devolver el aludido  vehículo.   

                             Con  los cargos que se analizan, por las  razones   que  arriba  quedaron  compendiadas,  mediante  la  confrontación  de  títulos  que  predica,  realizada  entre  la  escritura  y  el  certificado  de  tradición  que  esgrime,  que  dice  acreditan  su  dominio,  y las mencionadas  resoluciones,  en  que  la  opositora  pregona  ser  la propietaria, pretende el  casacionista  hacer  ver  el  error  en  que  incurrió el fallador, pues de ese  ejercicio,  asegura,  surge  indefectiblemente  la prevalencia de su titulación  frente  a la aducida por la demandada, de suerte que al ser de mayor entidad los  suyos  debió  accederse  a  la  reivindicación  suplicada, más cuando, según  arguye,  tales  decisiones  de  la  administración pública no le son oponibles  habida  consideración  que él no fue parte en el trámite donde se produjeron.  Pretende  así  el  impugnador,  en  suma, que se desconozcan los efectos de los  mencionados  actos de la administración, ya porque no se le pueden oponer al no  haber  sido  parte  en  ese  proceso ora en razón a que él no ha dejado de ser  propietario  en  la  medida  en  que  su título, debidamente registrado, siguen  vigente,  al  paso que las mentadas resoluciones no fueron inscritas en Registro  Aeronáutico  Nacional,  como  correspondía para que se produjera la tradición  de la cosa.         

                             Como  el  mismo  censor lo reconoció al  introducirse  en  el desarrollo del cargo segundo, uno de los presupuestos de la  acción  reivindicatoria es, precisamente, el hecho de que la cosa pretendida se  encuentra en posesión del demandado.   

                              Pues   bien,   si   se   aceptara   el  planteamiento  que  propone el recurrente en las acusaciones que se analizan, si  se  le restaran los méritos que emanan de las señaladas resoluciones, como él  lo  propone,  si  se  dijera que la titulación invocada por la actora prevalece  frente  a  la esgrimida por la opositora, si se admitiera que esas decisiones de  la  administración  pública,  por  la razón que fuera, no le son oponibles al  demandante  y  que,  por  tanto,  en  relación con sus derechos son ineficaces,  tendría   la   Corte  que  decir  que,  ante  cualquiera  de  la  puntualizadas  eventualidades,  la acción de dominio no saldría a flote, pues en presencia de  una   cualquiera  de  dichas  hipótesis,  resultaría  entonces  que  la  parte  demandada,  ya  el  Departamento  del Huila ora La Nación-Ministerio de Defensa  Nacional,  no  tendría  aquella  condición  de  poseedora que se exige para el  éxito  de  la  socorrida acción, por cuanto al restarle todo efecto jurídico,  cual  lo  pretende  el acusador, implicaría, por consiguiente, que el Estado no  alcanzó  a  obtener  la  condición de propietario ni poseedor, como quiera que  tales  condiciones,  como  viene  de verse, las pudo adquirir allí, y no antes,  toda   vez   que  con  antelación  al  momento  en  que  se  produjeron  dichas  determinaciones  la  administración  pública  no  era  más que tenedora de la  cosa,  calidad esta que, como se sabe, es diferente de la de poseedor y que, por  ende,  no  abre  la puerta para entrar con éxito a pretender la restitución de  la cosa.            

                             6. En adición a  los  planteamientos  precedentes,  de por sí suficientes para dar al traste con  las  súplicas  demandadas, relacionado con el aspecto que se deja comentado, no  ha  de  perderse  de  vista cómo el demandante, en todo caso, equivocó la vía  tendiente  a  obtener el restablecimiento de sus derechos que juzgó perturbados  por  el proceder desarrollado por la administración pública.      

Ciertamente, como hechos sustentantes de las  pretensiones  invocadas, el actor, tras aducir que había adquirido el aeroplano  mediante  escritura  165  de  9  de  febrero  de  1985,  sostuvo que como Pineda  Montañez,  piloto  al  servicio suyo, violó el espacio aéreo del Departamento  del  Huila,  la  gobernación,  en las resoluciones ya identificadas lo declaró  culpable  de  las  contravenciones  previstas  en  los numerales 1°, 2° y 4°,  literal  a),  del artículo 1° del decreto 1061 de 1984, le impuso una sanción  por  $800.000,  y, adicionalmente, ordenó, sin autorización legal, el decomiso  definitivo  de  la nave, la cual, por lo demás, fue puesta a disposición de la  Fuerza  Aérea  Colombiana, sin considerar que la multa había sido pagada, como  tampoco  que  estaba acreditada su propiedad privada en cabeza del actor; de ese  modo,  prosiguió,  se desconoció que la sanción obedeció a la violación del  espacio  aéreo,  mas  no al  transporte de ningún tipo de carga ilícita;  desde  entonces  los  demandados han mantenido la posesión ilegal, arbitraria y  de  mala  fe  del bien, sin que haya sido posible su restitución, con lo que se  le  ha  perjudicado,  pese  a  que  a él no le consta la conducta del piloto en  cuanto  a  que  no portaba el plan de vuelo, pues esos sucesos ocurrieron sin el  consentimiento  de  aquél,  lo cual impedía el decomiso de la avioneta, a más  de  que  se  le  violó  el  derecho de defensa, al no habérsele vinculado a la  actuación, a sabiendas de que el bien era de su propiedad.   

                             Como  se  advierte,  dicha  causa  está  referida,  con exclusividad, a la forma como se dieron los hechos que condujeron  a  la  aprehensión  de  la  cosa,  a  la  manera  como aquella gobernación, en  ejercicio   de   sus   potestades   legales,   adelantó   el   trámite  de  la  correspondiente   contravención   policiva,   al   contenido  de  las  mentadas  resoluciones  con  las  cuales  se finiquitó ese proceso administrativo, y a la  circunstancia  de que, pese a ser el propietario de la aeronave, el actor no fue  vinculado  a esa tramitación y, por tanto,  que allí no se le ofreció la  ocasión  para  ejercer  su  derecho  de  defensa. Es palmario, entonces, que el  demandante  tomó como soporte fáctico de sus pretensiones la actuación que el  funcionario  investigador de las aludidas contravenciones penales desarrolló en  el interior del proceso que al efecto instrumentó.   

                             Conforme  al  artículo  82  del Código  Contencioso  Administrativo,  la  jurisdicción contencioso administrativa está  instituida  por  la  Constitución  para  juzgar  las  controversias  y litigios  administrativos  originados  en la actividad de las entidades públicas y de las  personas privadas que desempeñen funciones administrativas.   

                              Dentro   de  las  diferentes  acciones  previstas  por  el citado ordenamiento jurídico se encuentra la llamada acción  de  reparación  directa,  la  cual está prevista, al tenor de su artículo 86,  para  “demandar  directamente  la reparación del daño cuando la causa sea un  hecho,  una  omisión,  una operación administrativa o la ocupación temporal o  permanente  de  inmueble  por  causa de trabajos públicos o por cualquiera otra  causa”.  Como  lo  sostiene  la doctrina del derecho administrativo, la que se  comenta  es  una  acción  de  responsabilidad extracontractual que podrá tener  lugar  por  hechos,  omisiones  u  operaciones  de  la administración pública,  entendiéndose  por esta última las situaciones fácticas o actos materiales de  ejecución  de  una  decisión  o  acto  producido por las entidades estatales o  quienes            ejercen           funciones           de           naturaleza  pública.          

                             Como  los hechos fundamentales expuestos  en  el  acto  introductorio  del proceso traducen una operación administrativa,  por  cuanto  en ellos se cuestiona no solamente la actuación de la gobernación  plasmada  en  las  resoluciones  memoradas  y a la ejecución de las mismas sino  también  las  circunstancias atinentes a la aprehensión de la avioneta y a que  el  demandante no fue vinculado a esa procedimiento policivo, resulta claro, por  un  lado,  que  toda  reclamación  dirigida  a obtener la reparación por parte  del   Estado  con  base  en  esa específica causa  petendi  debió  intentarse  a  través  de la acción  judicial  en  referencia  y, por el otro, que para conocer de ella la competente  era  la jurisdicción contencioso administrativa, pues, insístese, al tener por  base  la  reparación buscada el aludido fundamento fáctico, la proposición de  las  pretensiones  y la selección de la jurisdicción llamada a conocer de esos  específicos  hechos  no  quedaba,  y  no podía quedar, a la libre escogencia o  selección  que  hiciera  el  interesado  sino  que  se  encontraba forzosamente  obligado  a  ejercer  la  acción  que  al  efecto  legalmente  correspondía, a  proponer  las  pretensiones que fueran del caso acorde con la misma y a plantear  la  controversia  ante el juez natural: el contencioso administrativo. De no ser  así,  significaría  entonces  que el usuario de la administración de justicia  podría  acudir, motu proprio,  a  la  jurisdicción  ordinaria  o  a  la contenciosa administrativa con tal que  planteara,  simplemente,  pretensiones  que  correspondieran a cualquiera de las  acciones  inherentes  la jurisdicción que caprichosamente hubiera seleccionado,  sin    importar    la   naturaleza   de   los   hechos   sustentantes   de   las  súplicas.   

                             Es palmario, por supuesto, que como de lo  que  se  trata, al fin de cuentas, es de que el actor pretende que se le reparen  los  daños  que, en su sentir, ha padecido a raíz de que, por aquellos hechos,  omisiones  y  actos  de  la  administración pública, fue despojado del aludido  bien  mueble,  la  acción  debió adelantarse por los cauces correspondientes y  ante el juez natural al efecto.   

                             En  este orden de ideas, finalmente,  sea  que  se  tenga a la parte demandada como mera tenedora o que se persiste en  que  la  misma  es propietaria y poseedora de la cosa,  aunque prevaleciera  la  titulación esgrimida por la actora por hallarse inscrita en el registro, lo  cierto  es  que  el camino escogido para obtener el reconocimiento de perjuicios  demandado,     no     fue     el     correcto,     ni     tampoco     el    juez  seleccionado.        

                             7. Los cargos,  por   tanto,  no  se  abren  paso.   

IV. DECISIÓN  

                               

                             En  mérito  de  lo  expuesto,  la Corte  Suprema  de  Justicia,  en  Sala  de  Casación Civil, administrando justicia en  nombre  de  la República y por autoridad de la ley, NO  CASA  la sentencia de 27 de abril de 1999,     pronunciada     por    la    Sala  Civil-Familia-Laboral  del   Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de  Neiva,     dentro     del     proceso    ordinario    identificado    en    esta  providencia.   

                            Condénase a la parte recurrente al pago  de  las  costas  causadas  en  el  recurso extraordinario. Tásense.   

CÓPIESE,  NOTIFÍQUESE,  Y  OPORTUNAMENTE  DEVUÉLVASE EL EXPEDIENTE AL TRIBUNAL DE ORIGEN.   

EDGARDO VILLAMIL PORTILLA  

MANUEL ISIDRO ARDILA VELÁSQUEZ  

JAIME ALBERTO ARRUBLA PAUCAR  

CARLOS      IGNACIO      JARAMILLO  JARAMILLO   

PEDRO OCTAVIO MUNAR CADENA  

SILVIO FERNANDO TREJOS BUENO  

CÉSAR JULIO VALENCIA COPETE    

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