SC10326-2014 [2008-00437-01]

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  CIVIL   

Magistrado Ponente:  

ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ  

SC10326-2014  

Radicación  n.°  25307-31-03-001-2008-00437-01   

Bogotá,  D.  C., cinco (5) de agosto de dos  mil catorce (2014).-   

(Discutido  y aprobado en Sala de 5 de marzo  de 2013)   

Decide  la Corte el recurso de casación que  el    demandado,   señor   DIEGO   MAURICIO   POSADA  LONDOÑO,   interpuso  contra la sentencia proferida el 13 de agosto de 2010 por  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Cundinamarca,  Sala Civil –  Familia,  en  el  proceso  ordinario  reivindicatorio  promovido  por la señora  YANETH   CONSUELO   AVELLANEDA   DELGADO.   

ANTECEDENTES   

1.            En la demanda con la que se dio inicio al  presente  proceso,  que obra del folio 31 al 37 del cuaderno No.1, se solicitó,  en  síntesis, que se declarara que le pertenece a la actora el dominio del lote  No.  9  del  “Condominio  Casa  de  Campo”, ubicado en  el municipio de  Ricaurte,   que   identificó  además  por  su  cabida  y  linderos;  que,  por  consiguiente,  se  ordenara al accionado restituírselo; y que se le condenara a  pagarle  a  aquélla  los  frutos  percibidos  o que, con mediana inteligencia y  cuidado,  hubiese  podido  producir el bien, desde cuando el accionado empezó a  detentarlo,  por  tratarse  de  un  poseedor  de  mala fe, así como el valor de  “las reparaciones” y las costas del proceso.   

2.            En  sustento  de  tales pretensiones, se  adujeron los hechos que pasan a compendiarse:   

2.1.          La adjudicación a la demandante del bien  raíz  objeto  de la reivindicación, en la liquidación de la sociedad conyugal  que tuvo conformada con su esposo.   

2.2.          La  promotora  del  juicio  se encuentra  privada  de  la  posesión  material  del  inmueble,  puesto  que  la  tiene  el  demandado,  quien “entró [a él] (…) mediante maniobras engañosas en julio  de  2005,  aprovechando  que  se  le autorizó el ingreso (…) para el disfrute  (…)  de  manera temporal, por préstamo que éste le hizo a [aquélla] para el  pago  de  la administración”, lo que impide que pueda ganar por prescripción  el dominio.           

         

3.            El Juzgado Primero Civil del Circuito de  Girardot,  Cundinamarca,  al  que  correspondió  el  conocimiento  del  asunto,  admitió  la  demanda  con auto del 11 de noviembre de 2008 (fl. 40, cd. 1), que  se  notificó  personalmente  al  accionado  en  diligencia realizada el día 26  siguiente  (fl.  56, cd. 1), quien  por intermedio de apoderado judicial la  contestó,  escrito  en  el  que se opuso al acogimiento de sus pretensiones, se  pronunció  de  distinta  manera sobre los hechos en los que ellas se fundaron y  formuló  las excepciones de mérito que denominó “[e]xistencia de promesa de  compraventa  entre  las  partes”, fincada en que “la demandante se encuentra  privada  de  la  posesión del inmueble (…) por su propia voluntad, puesto que  acordó   de   manera  verbal,  promesa  de  compraventa”,  “[m]ejoras”  y  “[d]erecho de retención”  (fls. 148 a 156, cd. 1).   

4.            La citada oficina judicial puso fin a la  instancia  con  sentencia  del  18 de diciembre de 2009, en la que desestimó la  excepción  de  “existencia de promesa de venta”; ordenó al demandado hacer  entrega  a  la  actora del inmueble disputado; lo condenó a pagarle, la suma de  $545.139.857.34,  por  concepto  de frutos civiles dejados de percibir; negó el  reconocimiento  de  mejoras  y  la retención del bien; e impuso al accionado el  pago de las costas del proceso (fls. 181 a 198, cd. 1).   

5.            Contra  esa  decisión, el señor Posada  Londoño  interpuso  recurso de apelación, que fue decidido por la Sala Civil –  Familia  del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca, mediante sentencia del 13 de  agosto   de   2010,  en  la  que  revocó  la  del  a  quo; declaró probada la excepción de “[e]xistencia  de   promesa   de  compraventa  entre  las  partes”;  denegó  la  pretensión  reivindicatoria;   declaró  oficiosamente  la  nulidad  del  referido  contrato  preparatorio;   y,   como   consecuencia  de  tal  determinación,  proveyó  lo  pertinente en punto de prestaciones mutuas.   

LA   SENTENCIA   DEL  TRIBUNAL   

1.            Empezó  el ad  quem   por   precisar   que   ninguna   discusión   se  suscitó  en  torno  del  cumplimiento  de los requisitos propios de la acción reivindicatoria, pero que,  ante  el  planteamiento por el demandado de la excepción de  “existencia  de  promesa de compraventa entre las partes”, que reforzó en la impugnación,  el  problema  jurídico  se  orientaba  “a  determinar si existe una relación  contractual  que  justifique  la posesión del demandado” y que conduzca a que  dicha  acción  no deba acogerse, más concretamente, si concurre “una promesa  de compraventa” o una “oferta”.   

2.            De entrada, descartó que el carácter de  la  negociación  celebrada  por  las  partes  hubiese  sido  mercantil, pues no  encontró  que  el  demandado  fuera comerciante o “que h[ubiese] adquirido el  inmueble    para   arrendarlo   o   enajenarlo,   sino   para   su   habitación  personal”.   

3.            Seguidamente puntualizó que, conforme a  las  pruebas  recaudadas,  “las  partes tuvieron la intención de realizar una  venta,  pues  sin  duda  acordaron  el  precio  y  el  objeto, ateniéndose a la  preceptiva  que  lo  harían  por  escritura pública, escenario en el que puede  decirse  que  a  su  manera realizaron una promesa de venta; que no determinaran  sus  elementos  esenciales,  no  implica  que  no  pueda  hablarse de ella, pues  existen  aspectos  que perfilan el acuerdo, que aunque plagado de imperfecciones  frente  a  la  ley  sustancial,  no  por ello debe desconocerse, como lo hizo la  demandante,  al  reducir la posesión del demandado a un simple engaño o abuso,  y  el  a-quo,  al  negarle cualquier trascendencia a los hechos probados; que no  esté  por  escrito  no  es  muy  diferente  a  que  no  cumpla otros requisitos  esenciales,  solamente  que  implica una actividad probatoria más compleja, que  cumplida  satisfactoriamente  lleva  a las mismas consecuencias que cuando sólo  falta     fijar    la    notaría    donde    se    realizará    el    contrato  prometido”.   

4.            Ante  el  hallazgo  de que las partes se  encontraban  vinculadas  por  ese  acuerdo  de voluntades, concluyó “que ello  excluye   la   acción  reivindicatoria  promovida”,  por  lo  que,  añadió,  “prospera la excepción de mérito correspondiente”.   

5.            No  obstante  lo  anterior,  frente a la  circunstancia  de encontrarse en presencia de “un contrato civil de promesa de  compraventa  de un bien inmueble, del que la actora se aparta, pero en el que el  demandado  se  ampara”, analizó a la luz del artículo 1742 del Código Civil  “la  idoneidad  del  pacto  en  el  que  se  trenza  el litigio” y, sobre el  particular, arribó a las siguientes inferencias:   

5.1.          La  promesa  “adolec[e]  de múltiples  carencias,  entre  las  que  se  destaca  no  constar  por  escrito,  no haberse  determinado  el  contrato  de  tal suerte que para su realización solo falte la  tradición  de  la  cosa  y  que  contuviera un plazo o condición que fijara la  época en que habría de celebrarse el contrato”.   

5.2.           Esas  omisiones  conducen  a  que  deba  declararse  de  oficio la nulidad absoluta de la citada promesa, pues “ha sido  aducida  y probada, su nulidad aparece manifiesta y las partes intervinientes en  ella  están  presentes,  sin  que  en  tal  medida  se entienda violado derecho  constitucional  alguno,  como  insinúa  el  apelante  al prever que el contrato  está  afectado  de  nulidad,  pero  que  no se podría dar su decreto oficioso,  porque  para  ello  [es] menester promover un nuevo proceso donde previamente se  agotara  la  conciliación  prejudicial,  puesto  que  de  ser así, simplemente  jamás  se  podría  reconocer de oficio la aludida nulidad, asunto que no es de  recibo  frente  a  la  claridad y vigencia del canon que prevé tal posibilidad,  pues  siempre  que el juez debe proceder así es porque nadie lo ha solicitado y  siendo  de  tal  manera  nunca  se  habría realizado tal intento conciliatorio,  además  que la actora tuvo la posibilidad de pronunciarse sobre la existencia y  validez  de  la  mencionada  promesa  que  la  vinculaba  con  el  demandado, al  descorrer    el    traslado    frente    a   la   excepción   de   ‘existencia  de  promesa de compraventa  entre         las         partes’”.   

6.             Prosiguió   el  juzgador  de  segunda  instancia  a  definir  las  prestaciones  mutuas, para lo cual dejó sentado que  como  “no  es  a  instancia  de  [ninguna  de  las  partes]  que se decreta la  nulidad”,  la  notificación  del auto admisorio del libelo “no puede servir  de  hito”  para adoptar tal determinación, “por lo que la actualización de  las  sumas  pagadas, sus frutos y los del inmueble” se deben calcular “desde  que   se   hicieron   las  erogaciones  respectivas  y  hasta  la  fecha  de  su  restitución”.   

Consideró al demandado “poseedor de buena  fe”,  toda  vez  que ingresó “al inmueble en virtud de la promesa declarada  nula,  por lo que tiene derecho a que se le abonen las expensas necesarias y las  mejoras  útiles  (artículos  965  y  966  del  Código  Civil)”  y,  con ese  fundamento,  catalogó  como  tales  las  alegadas  en  la contestación, ya que  tratándose  de una finca de recreo, los arreglos de la piscina, el jacuzzi y la  vivienda,  la  siembra de árboles, la instalación de polisombra con estructura  y  rejas  de  puerta  y  entrada, no pueden estimarse como simples “artificios  inútiles”.   

En  cuanto  a  los  frutos, se apartó de la  tasación  que  de  ellos  hicieron los peritos, porque estimó que los expertos  partieron  erróneamente  de  considerar  que  se  trataba  de  una vivienda con  destinación  turística,  pese a que no tenía la licencia que exige el Decreto  2590  del  2009,  reglamentario  de  la  Ley  1101 del 2006. Con ese fundamento,  estableció  el canon de arrendamiento del inmueble en “el 1% mensual sobre el  valor  comercial  del  bien, que no es otro que el confesado y respaldado por el  demandado,  sin  contra-evidencia  de la demandante, en $380.000.000”, y sumó  “las  rentas  desde  julio de 2005 hasta julio de 2010, en un equivalente a 60  meses,  reajustados  cada  doce meses conforme al 100% del incremento de precios  al   consumidor   en   el   año  inmediatamente  anterior,  para  un  total  de  $253.754.592”.   

Así  mismo, señaló que la demandante debe  restituir,  debidamente indexada, la suma de $210.000.000, que recibió de manos  del demandado como parte del pago del precio del inmueble.   

7.            Con esa motivación, el Tribunal revocó  el  fallo  del a quo para, en  su  reemplazo,  declarar  probada  la  excepción de “existencia de promesa de  compraventa  entre  las  partes”;  denegar  las  pretensiones  de  la demanda;  declarar  oficiosamente  la  nulidad  de  la  referida  promesa  de compraventa;  condenar  al  accionado a restituir a la actora el inmueble objeto del proceso y  a  abonarle,  a  título de frutos, la suma de $253.754.592; e imponerle a ésta  el  pago  a  aquél de $32.000.000, por concepto de mejoras, y $210.000.000, con  su  corrección  monetaria,  como devolución del precio recibido (fls. 31 a 48,  cd. 5).   

LA    DEMANDA   DE  CASACIÓN   

Cuatro  cargos formuló el recurrente contra  la  sentencia del ad quem: el  primero,  por  incongruencia,  y los tres restantes, por violación indirecta de  la ley sustancial.   

Para resolverlos, la Corte, con fundamento en  los  criterios  establecidos  en  los  numerales  2° y 3° del artículo 51 del  Decreto  2651  de 1991, acumulará, por una parte, el cargo primero y la última  parte  del  que le sigue, porque contienen argumentos similares; y, por otra, el  segmento  inicial  del  cargo segundo con el tercero, porque unas mismas razones  servirán  para  su  despacho.  Finalmente,  asumirá  el  estudio  de la cuarta  acusación.    

CARGO PRIMERO  

1.            Con  estribo  en  la  causal  segunda de  casación,   el   recurrente   reprochó   que  la  sentencia  del  Tribunal  es  incongruente,  “por  haber  declarado nulo, de manera oficiosa, el contrato de  promesa  aducido  por  la  parte demandada, sin que se cumplieran los requisitos  para hacer tal pronunciamiento”.   

2.              Destacó    que    en   la   demanda  reivindicatoria  no  se  mencionó  la  existencia  del  contrato  de promesa de  compraventa,  sino  que,  por  el  contrario, se aseveró, de manera “mendaz y  desleal”,  que el accionado “entró en posesión” del inmueble “mediante  maniobras  engañosas  en  julio  de  2005”  y  que,  por  lo  tanto,  era  un  “poseedor  de  mala  fe”;  y  que  fue  “en la contestación del libelo”  introductorio  en  la  que  “se  mencionó  el referido negocio jurídico para  explicar   cómo   y  porqué  el  demandado  se  encontraba  en  posesión  del  inmueble” materia de la presente controversia.   

3.            Puntualizó  el  censor  que  “[s]i la  nulidad  del  contrato de promesa de compraventa no fue un aspecto del conflicto  que   enfrentaba   a  las  partes,  no  podía  ser  objeto  de  pronunciamiento  judicial”;  y observó, luego de reproducir el contenido de los artículos 305  del  Código  de  Procedimiento  Civil y 1742 del Código Civil, que la facultad  prevista  en  el  último  “no es absoluta e ilimitada -como pudiera parecer a  primera  vista-  sino que está sujeta a ciertos requisitos que, de antiguo, han  sido  puestos  de  presente  por  la  Sala a la cual me dirijo y que deben estar  cumplidos  para  que  pueda  el  juez  (…) hacer uso válidamente de tal poder  anulatorio,   sin  infringir  el  principio  normativo  de  la  consonancia  del  fallo”,  aserto  que  sustentó con transcripción parcial de un fallo de esta  Corporación.   

4.            Enfatizó  “que el contrato de promesa  celebrado  entre las partes -que el Tribunal consideró demostrado en el juicio-  no  fue invocado como fuente de derechos y obligaciones (…) y, por ello, no se  cumplía  con una de las condiciones necesarias para que tal negocio pudiera ser  declarado  nulo  por  el  Tribunal;  el  demandado,  como  antes  se  acotó, lo  mencionó  en  uno  de  los  hechos  expuestos  en  sustento  de  la  excepción  propuesta,  con  la única finalidad de enervar la acción ejercida por la parte  actora, es decir, con un alcance meramente procesal y nada más”.   

Añadió  que  “la  proposición  de  la  excepción  de  fondo  por  parte  de  mi  mandante, tuvo como único propósito  evidenciar  cómo  y  porqué  razón  poseía  el  inmueble  que  la demandante  pretendía  reivindicar  de sus manos y no el de exigir la defensa de derechos o  el   cumplimiento  de  obligaciones  que  tuvieran  su  fuente  en  tal  negocio  jurídico”,  planteamiento  que  también  reforzó con la invocación de otro  pronunciamiento de la Corte.   

5.            En suma, concluyó, en primer lugar, que  “[c]omo  en  el  presente  juicio, ni la demandante ni el demandado ejercieron  acción  personal tendiente al cumplimiento del contrato por ellas celebrado, ni  el  litigio  versó  sobre  tal  aspecto,  la decisión anulatoria del mismo, es  violatoria  de la regla normativa consagrada en el artículo 305 del C. de P.C.,  pues  el  Tribunal  declaró  nulo  el contrato, sin que se cumplieran todos los  requisitos  establecidos para la aplicación del art. 2 de la ley 50 de 1936”;  y,  en  segundo  término,  que “la facultad oficiosa no se ejerció con apego  estricto  a  los  requisitos  establecidos  en  la ley sustancial, por lo que el  pronunciamiento  del  ad quem  comporta  la  infracción del principio de la congruencia, que por ministerio de  la ley debe tener la sentencia judicial”.   

6.            Para terminar, el casacionista advirtió,  adicionalmente,  que  el  demandado  “no tuvo la oportunidad de controvertir o  pronunciarse  acerca  de  la  nulidad  que  de  manera  sorpresiva  declaró  el  Tribunal,   lo   que,   en   últimas,  supone  un  quebranto  de  la  garantía  constitucional  de no ser condenado sin haber sido oído y vencido en el juicio,  garantía  que,  bueno  es  recordarlo,  la Carta Política reconoce a todos los  ciudadanos”.   

CARGO SEGUNDO  

(PARTE FINAL)  

1.            En  la parte inicial del referido cargo,  previa  invocación  de  la  causal primera de casación, se acusó la sentencia  “de  interpretar erróneamente el artículo 1742 del Código Civil, modificado  por  el  artículo  2º  de  la  ley 50 de 1936, y el artículo 1611 del Código  Civil,   modificado,   a  su  vez,  por  el  artículo  89  de  la  ley  153  de  1887”.   

2.            En la segunda parte de la acusación, el  censor  expresó  que  el  otro  “aspecto  a  considerar  tiene que ver con el  alcance  del poder que la ley da al juez para declarar nulo, de manera oficiosa,  el  respectivo  contrato”  y,  en  desarrollo  de  este  específico reproche,  repitió  los  argumentos  con  los  que  sustentó el cargo primero, empero con  omisión de toda referencia a que el fallo fuera incongruente.   

CONSIDERACIONES  

1.            Luego de colegir el fracaso de la acción  reivindicatoria  ejercitada en la demanda con la que se dio inicio al proceso y,  correlativamente,  el  éxito  de  la  excepción  meritoria  que  se  denominó  “existencia  de  promesa  de  compraventa  entre las partes”, alegada por el  accionado,  habida  cuenta  que  los  litigantes  se  hallaban vinculados por un  “acuerdo  de  voluntades”,  el Tribunal estimó que “la médula del debate  traído  a  conocimiento  de  la  judicatura  para  ser desatado, tiene como eje  articulador  un contrato de promesa de compraventa de un bien inmueble” y, por  tal  razón,  juzgó  que  era su “deber”, en acatamiento de las previsiones  contenidas  en  el  artículo  1742  del Código Civil, “pronunciarse sobre la  a[p]titud  e  idoneidad  del  pacto  en  el  que se trenza el litigio base de la  confrontación”.                     

Tras  advertir que la promesa de compraventa  de  que se trata no consta por escrito, que en ella no se determinó el contrato  prometido   de  tal  suerte  que  para  su  perfeccionamiento  solo  faltara  la  tradición  de  la  cosa o las formalidades legales y que no contiene un plazo o  condición  que  fije  la  época  en  la  que  habría de celebrarse el negocio  prometido,  deficiencias  que contrarían abiertamente el artículo 89 de la Ley  153  de  1887, que subrogó el artículo 1611 del Código Civil, el ad  quem  declaró  de  oficio la nulidad  absoluta  de la mencionada promesa, puesto que ella fue “aducida y probada”,  amén  que  “su nulidad aparece manifiesta y las partes intervinientes en ella  está presentes”.   

2.           El  recurrente  denunció,  en  el cargo  primero,  la  incongruencia  del  fallo  del  ad quem  y, en la segunda parte del cargo segundo, señaló que  dicho  proveído quebrantó, por interpretación errónea, el artículo 1742 del  Código  Civil,  subrogado  por  el  artículo 2º de la Ley 50 de 1936, todo en  razón  a  que  la  declaratoria  oficiosa  de nulidad absoluta de la promesa de  compraventa  celebrada  por las partes, se efectuó sin que estuvieran cumplidas  las  exigencias  que permitían realizar tal pronunciamiento, es decir, aquellas  delineadas    por    la    jurisprudencia,    con    base    en   el   señalado  precepto.   

Al  respecto,  el impugnante memoró que en  criterio  de  esta  Sala  de  la  Corte  Suprema de Justicia, la aplicación del  citado  “(…)  ‘poder  excepcional   (…)   está   condicionad[a]   por   la   concurrencia  de  tres  circunstancias:  1º  Que  la  nulidad  aparezca  de  manifiesto  en  el  acto o  contrato,  es  decir, que a la vez que el instrumento pruebe la celebración del  acto  o  contrato,  muestre  o  ponga  de bulto, por sí solo, los elementos que  configuran  el  vicio  determinante  de  la  nulidad  absoluta: 2° Que  el  acto  o  contrato  haya  sido  invocado en el litigio como  fuente  de  derechos y obligaciones para las partes; y  3º   Que   al   proceso  concurran  en  calidad  de  partes  las  personas  que  intervinieron  en  la celebración de aquél o sus causahabientes, en guarda del  principio  general  que  enseña  que  la  declaración de nulidad de un acto no  puede    pronunciarse    sino    con    audiencia    de   todos   los   que   lo  celebraron’ (se  subraya;  LXXIII,  pág.  295,  reiterada entre  otras, en  cas. civ. 21 de febrero de 1992, CCXVI, 139)”.   

Y  aseveró  que  en  el  caso sub  lite,  de  esos  tres requisitos, no  estaba  satisfecho  el  segundo,  toda  vez  que  la  actora no se refirió a la  existencia  de  un  contrato  de  promesa  de  compraventa entre las partes y el  demandado,  si  bien  en la contestación del libelo introductorio lo mencionó,  fue  “para  explicar  cómo  y  porqué  (…)  se encontraba en posesión del  inmueble  que  la  demandante  pretendía  recuperar mediante el ejercicio de la  acción   real”,   y   no   “como  fuente  de  derechos  y  obligaciones”.   

Teniendo presente el marco que delimita las  acusaciones  acumuladas,  las  cuales,  según  ya  se reseñó, plantean que el  fallo   del   ad  quem  es  incongruente  por  haber  decretado  la  nulidad  absoluta de un contrato que no  había  sido  “invocado en el litigio como fuente de  derechos  y  obligaciones  para  las  partes”  y que,  además,  dicha decisión vulnera por interpretación errónea el artículo 1742  del   Código  Civil,  reemplazado  por  el  artículo  2º  de  la  Ley  50  de  1936,  procede  la  Corte a  despacharlas  ceñida  al  específico  ámbito  allí  trazado,  sin que le sea  dable,  por  tanto,  abordar  temáticas  ajenas  al  alcance  que  pueden tener  acusaciones elevadas con base en esos precisos fundamentos.   

3.           Reza el artículo 1742 del Código Civil,  subrogado  por  el  artículo  2º  de  la Ley 50 de 1936, en lo pertinente, que  “[l]a  nulidad  absoluta  puede  y  debe  ser  declarada  por el juez, aun sin  petición  de  parte,  cuando  aparezca  de  manifiesto  en  el acto o contrato;  (…)”.   

Sin  duda, la norma otorga a los juzgadores  de  instancia  la  facultad oficiosa y, simultáneamente, les impone el deber de  pronunciarse  en  la  sentencia  con  la  que  resuelvan el asunto sometido a su  composición,  sobre  la  nulidad absoluta de los actos o contratos que se hayan  hecho  valer en él, con la condición expresa de que el vicio de que adolezcan,  aparezca   de   manifiesto,  esto  es,  de  manera  ostensible  o  evidente,  en  ellos.   

Empero   el  ejercicio  de  tal  potestad  decisoria  no  está  sujeto  únicamente  al  cumplimiento  de  la exigencia en  precedencia   advertida   -que   la   nulidad   sea   manifiesta-,   sino   que,  adicionalmente,  depende,  como  lo ha predicado de antiguo la jurisprudencia de  la  Corte,  de  que el acto o contrato haya sido aducido en el juicio por alguna  de  las  partes,  con el propósito de obtener un efecto jurídico que incida en  la  decisión  y  de  que  estén  vinculadas  al proceso todas las personas que  intervinieron en su celebración.   

Sólo  en  la  medida  en que se avizore la  satisfacción  de  las  tres  condiciones  anteriores, puede el juez, sin mediar  petición  de  alguna  de  las partes, declarar la nulidad absoluta de un acto o  contrato.   

4.           Centrada  la  queja  del  censor  en  el  incumplimiento  del  segundo  de  los  anotados  requisitos,  se reitera, que la  promesa  de  compraventa  celebrada  por las partes no fue traída a este juicio  “como  fuente  de  derechos  y  obligaciones”,  se  hace  necesario fijar el  verdadero alcance de tal exigencia.   

4.1.          La Corte, en cuanto hace al artículo 15  de  la  Ley  95  de  1890,  que  con un tenor similar en el punto que se examina  antecedió  al  artículo 2º de la Ley 50 de 1936, señaló que “[s]i  bien  [dicho precepto] impone  al  Juez  la  obligación  de declarar de oficio la nulidad  absoluta  cuando  aparezca de manifiesto en el acto o contrato, esta atribución  no  puede  ejercerla  indistintamente  respecto  de  todo  acto que figure en el  juicio,  sino  sólo  con  relación  a aquellos cuya  validez  o  nulidad  tenga  influencia  en  la decisión del litigio;  pues  dicha  disposición  tiene  precisamente por objeto que el  Juez  no reconozca validez para los efectos del fallo  a  un acto o contrato absolutamente nulo” (Cas. Civ.,  sentencia   de   8   de   febrero   de   1923,  G.J.  T.  XXIX,  pág.  345;  se  subraya).   

4.2.          Con  posterioridad, la Sala precisó que  “[u]na  nulidad  absoluta  de  la  clase  a  que se  refieren  los  artículos  15  [de  la Ley 95 de 1890]  y 2º [de la Ley 50 de 1936]  citados,  es  decir  manifiesta,  en  el  sentido  ya  expresado,  no  puede declararse de oficio sino cuando  entre  las  partes  contratantes  se  está  litigando sobre la efectividad o el  cumplimiento  del  contrato  y  entonces  como por un  principio  general  de  orden  público  los actos absolutamente nulos no pueden  vincular  jurídicamente  a  las  partes, el fallador niega esa vinculación por  medio  de  la  declaratoria  oficiosa  de  nulidad.  Quiere esto decir que ni el  artículo  15  de  la  Ley  95 de 1890 ni el 2º de la Ley 50 de 1936 son de una  aplicabilidad  irrestricta  e  ilimitada” (Cas. Civ.,  sentencia   de   agosto  26  de  1938,  G.J.  T.  XLVII,  págs.  61  a  67;  se  subraya).   

4.3.          En fallo proferido pocos días después,  la  Corte  añadió:  “Por eso, el segundo requisito  para  que  la  nulidad  absoluta  pueda  ser  declarada  de  oficio es  que  el  acto  o  contrato haya sido invocado en el litigio; es  decir  que el acto o contrato nulo se haya exhibido en el proceso en apoyo de la  pretensión  de  alguna  de  las partes”  (Cas.  Civ.,  sentencia  de  18 de octubre de 1938, G.J. T. XLVII,  págs. 235 a 239; se subraya).   

4.4.          Luego,  la  Corporación desarrolló los  requisitos  necesarios  para  que  proceda  la  declaratoria oficiosa de nulidad  absoluta  de  un  acto  o  contrato,  en  los siguientes términos: “Y  el  poder  excepcional que al Juez le otorga el artículo 2º  de  la  Ley  50  de  1936  para  declarar  de  oficio  la nulidad absoluta no es  irrestricto  o  ilimitado,  sino  que por el contrario está condicionado por la  concurrencia  de tres circunstancias: 1ª, que la nulidad aparezca de manifiesto  en  el  acto  o  contrato,  es  decir, que a la vez que el instrumento pruebe la  celebración  del  acto  o  contrato  contenga, muestre o ponga de bulto por sí  solo  los elementos que configuran el vicio determinante de la nulidad absoluta;  2ª,  que el acto o contrato haya sido invocado en el  litigio  como  fuente  de  derechos  u  obligaciones para las partes;  y  3ª,  que  al  pleito  concurran,  en  calidad de partes, las  personas  que intervinieron en la celebración de aquel o sus causahabientes, en  guarda  del  principio  general que enseña que la declaratoria de nulidad de un  acto  o  contrato  en  su  totalidad no puede pronunciarse sino con audiencia de  todos  los  que  lo celebraron” (Cas. Civ., sentencia  de 5 de abril de 1946, G.J. T.LX, pág. 363; se subraya).   

4.5.          Años  después,  la  Sala,  después de  reproducir  el  segmento  anterior  y  de  clarificar el alcance de la exigencia  tocante  con  que  la  nulidad  aparezca  de  manifiesto en el respectivo acto o  contrato,     reiteró     que     “[e]l   segundo  requisito  para  que  la  nulidad  absoluta  pueda  ser  declarada  oficiosamente,  es el de que el acto o  contrato  nulo  haya  sido invocado en el litigio por  alguno  de  los  contratantes; es decir, que  se  haya  exhibido  en  el  proceso  en apoyo de alguna de sus  pretensiones”,  razonamiento   que  sustentó  con  la  sentencia  de  26  de  agosto  de  1938.  Seguidamente   agregó:   “No  sobra  observar,  en  relación  con  este  punto,  que  la  nulidad  absoluta  sólo puede declararse  cuando  el  acto  o  contrato  viciado es invocado en  juicio,  lo  que  presupone  que  se  está  tratando  de  que  produzca efectos  jurídicos;   es   el  interesado  mismo  quien  lleva  el  acto  o  contrato  a  conocimiento  de  la  justicia,  y  lo  único  que hace ésta, es ejercitar una  facultad   que   le   está   expresamente  reconocida  por  la  ley”  (Cas.  Civ.,  sentencia  de  22  de  octubre      de      1952,     G.J.     T.     LXXIII,     pág.     295;     se  subraya).       

4.6.          Las  fallos  que  se  han  reseñado, en  esencia,  han  orientado  la doctrina jurisprudencial expuesta con posterioridad  por  esta  Corporación  respecto de esta temática, debiéndose destacar que la  enumeración  de  los  requisitos para la declaración oficiosa de las nulidades  absolutas  planteada en la sentencia de 5 de abril de 1946, ha sido reiterada en  fallos  de  10  de  octubre  de  1995 (expediente No. 4541), 11 de marzo de 2004  (expediente  No.  7582), 25 de julio de 2005 (expediente No. 20915), 28 de abril  de  2006 (expediente No. 05001-3103-007-1997-10347-01) y 14 de diciembre de 2007  (expediente No. 73001-3103-005-2004-00072-01), entre otros.   

5.           Teniendo como fundamento, por una parte,  los  antecedentes  jurisprudenciales  que  se  dejan compendiados, por otra, que  “la sanción de la nulidad absoluta  obedece a  razones  de  interés  general  y  tiene  por  objeto  asegurar   el   respeto   de   disposiciones   de   orden   público”  (Cas.  Civ.,  sentencia  de  19 de agosto de 1935, G.J. T.XLII,  pág.  372;  se  subraya),  y,  finalmente,  la necesaria observancia del debido  proceso  y  del  ejercicio del derecho de defensa (art. 29 C.P.), la Sala estima  pertinente  puntualizar que la facultad-deber establecida en el artículo 2º de  la  Ley  50  de  1936  para declarar de oficio la nulidad absoluta de un negocio  jurídico  opera  en frente de todos los actos o contratos que sean invocados en  el   proceso   por   cualquiera  de  las  partes,  para  dar  soporte,  total  o  parcialmente,  a  la postura procesal que asuman dentro del respectivo trámite,  esto  es,  en el caso del actor, como fundamento de la acción, o en el caso del  demandado,  como  sustento  de  la  oposición  y/o  de las excepciones que haya  propuesto,  toda vez que en uno y otro supuesto es claro que con su aducción se  persigue  guiar  el  sentido  de  la  decisión  con  la que se deba resolver el  conflicto,  propósito  éste  que es suficiente para que el juez, evacuadas las  etapas  procesales  que garanticen la adecuada contradicción, ejerza el control  de  legalidad  que  se  le  ha  confiado  y,  de  esta  manera, prevenga que las  determinaciones  que  adopte  se vean influenciadas por manifestaciones viciadas  de  nulidad  absoluta,  que,  por  lo  mismo, no deben servir de fundamento a la  definición  de  una  controversia judicial. Situación diferente se presenta si  el  negocio  jurídico de que se trate sólo ha tenido en el juicio una mención  marginal,  o  una  referencia  tangencial,  y,  por  ende,  no hace parte de los  soportes  fácticos  de  las  posturas procesales de las partes, ya que en tales  supuestos  la  injerencia  del  juez  para  auscultar  la  validez  de  tal acto  dispositivo  está  restringida y corresponderá al interesado en tal propósito  ejercer  el  derecho  de  acción  en  orden  a obtener de la administración de  justicia el correspondiente pronunciamiento.   

Se sigue de lo expuesto, que cuando la Corte  enlistó  como requisito para que proceda la declaración oficiosa de la nulidad  absoluta,  el  atinente  a  “que el acto o contrato  haya  sido  invocado  en  el litigio como fuente de derechos u obligaciones para  las  partes”, no le dio a dicha expresión el alcance  restringido  que pretende el recurrente, esto es, que la aducción en el proceso  del  respectivo negocio jurídico hubiese tenido como fin exclusivo pretender el  cumplimiento  de  los  derechos  y/o  las obligaciones principales que de él se  desprendan.   Tal  comprensión  del  requisito  en  estudio,  como  es  lógico  entenderlo,  no  armoniza  con  la  razón de ser de las nulidades absolutas, en  cuanto  que  con  dicho  instituto,  en  general,  se  busca  defender  el orden  público,  como  ya  se destacó, el cual se vería negativamente afectado si se  aceptara  que un acto o contrato viciado de esa manera pudiera servir de soporte  a  una  sentencia  judicial,  en  tanto  que  si  así  fuera,  se  le  estaría  reconociendo  un  efecto  jurídico-procesal,  que es lo que el juez debe evitar  mediante el oportuno ejercicio de la facultad analizada.   

No se puede desconocer la trascendencia que  en  el  tráfico  jurídico  tiene la autonomía privada y, correlativamente, la  protección  que  a  ella  le  brinda la ley, al prever en el artículo 1602 del  Código  Civil  que  “[t]odo contrato legalmente celebrado es una ley para los  contratantes,  y  no puede ser invalidado sino por su consentimiento mutuo o por  causas  legales”,  razón  por  la  cual éste efecto, el de la invalidación,  sólo  se  presenta,  por regla general, cuando aquel a quien la ley le reconoce  interés  jurídico  discute  judicialmente  la  validez  del  respectivo acto o  contrato.  No  obstante,  es  necesario  advertir  también  que  en los tiempos  actuales,  en  los  que como consecuencia de múltiples factores, tales como los  avances  tecnológicos,  la  globalización  de  la  economía  y  la  necesaria  agilidad  en  el  intercambio  de  bienes  y servicios, la actividad negocial se  torna  cada vez más impersonal, intensa y desequilibrada, mayor valía tiene el  control  de  juridicidad  o de licitud establecido en el artículo 2º de la Ley  50  de  1936, pues su correcta y oportuna aplicación, con la debida observancia  del  debido  proceso,  salvaguarda el interés general, que en los términos del  artículo  1º  de la Carta Política es prevalente, así como la protección de  los  débiles  (art.  13, in fine, ibídem), cuyo defensa corresponde a todas las autoridades.   

6.            Examinadas,   en  lo  pertinente,  las  actuaciones  procesales del accionado, señor Diego Mauricio Posada Londoño, se  encuentra lo siguiente:   

6.1.          Al  contestar la demanda, manifestó que  el  hecho  cuarto  de  la  misma, atinente a que la actora “no ha enajenado ni  tiene  prometido  en  venta el inmueble relacionado”, “NO ES CIERTO”, pues  “entre  las  partes  sí  hubo  una  promesa  de  compraventa aunque de manera  verbal;  la  cual  se  demostrará  en  el  presente proceso”; frente al hecho  séptimo  del  libelo,  en  el  que  se expuso que la señora Avellaneda Delgado  “se  encuentra privada de la posesión material del inmueble, puesto que dicha  posesión  la  tiene  en la actualidad el señor DIEGO MAURICIO POSADA LONDOÑO,  persona  que  entró  en  posesión  mediante  maniobras  engañosas en julio de  2005”,  respondió  que  “NO  ES  CIERTO,  por  cuanto:  a) la demandante se  encuentra  privada  de  la  posesión  del  inmueble materia del proceso, por su  propia  voluntad,  puesto  que  acordó de manera verbal, promesa de compraventa  con  el  demandado y por ello no es cierto  que  esté utilizando maniobras engañosas para estar en posesión  del  inmueble, pues ella es producto de un negocio lícito con la demandante; b)  el  ingreso  al  inmueble  fue  autorizado de manera definitiva e informado a la  administración,  (…)  como  resultado  de  un  negocio lícito de compraventa  prometido   y   no   de   un   préstamo  como  se  afirma  falsamente  en  este  hecho”.   

6.2.          Más adelante propuso como excepción de  mérito  la  que  denominó “[e]xistencia de promesa  de  compraventa  entre  las partes”, en pro de la que  invocó  las  cartas fechadas los días 31 de julio de 2005, 23 de enero, 2 y 31  de  julio  y  9  y  23 de agosto de 2008, misivas que, afirmó, comprueban “la  existencia  del  negocio  de  la  COMPRAVENTA entre las partes sobre el inmueble  objeto de la demanda”.   

6.3.            Bajo   el   título   “RELATO  DE LOS HECHOS”, expuso los que a  continuación se reproducen:   

“PRIMERO:  El  día 31 de julio de 2005 la  señora  YANETH  CONSUELO  AVELLANEDA  DELGADO,  junto  con  mi poderdante DIEGO  MAURICIO  POSADA  LONDOÑO,  acordaron  verbalmente  los  términos  en  que  se  desarrollaría  y  la  forma  como  se concretó la transacción comercial de la  promesa  de  compraventa  tal  y  como  se  plasmó  en la carta dirigida por la  demandante  al  administrador del conjunto sobre el inmueble objeto del presente  proceso.   

“SEGUNDO:   El  contrato  de  promesa  de  compraventa se desarrolló dentro de los siguientes términos:   

“a) El precio acordado fue por la suma de  $380.000.000  que  mi  poderdante  pagaría  en  varías cuotas iniciando con un  primer  abono  y  cuota de cinco millones de pesos moneda corriente ($5.000.000)  para   asegurar   el  negocio,  según  consta  en  el  recibo  firmado  por  la  actora.   

“b)  La  entrega  real  y  material  del  inmueble se hizo en julio 31 de 2005.   

“CUART[O]:  Es de anotar que la demandante  se  ha  negado  de  manera  reiterada  al  recibo del pago del saldo del negocio  jurídico  acordado.  Tanto  así que la demandante envió carta calendada el 02  de  julio  de  2008,  dando  por  no recibida la consignación en efectivo en su  cuenta  de ahorros, dineros que a la fecha no han sido devueltos por  (…)  ésta”.   

   

6.4. En el escrito de alegaciones presentado  en  la  primera  instancia,  a  la  par que memoró lo pedido en la demanda, los  hechos  controvertidos  y  las  pruebas  practicadas, puntualizó que con “las  excepciones  obviamente se refutan las pretensiones de la demanda, basadas en el  sentido  [de]  que  la  posesión  señalada  por el actor, no es producto de la  mala    fe,  sino un negocio  jurídico  de compraventa celebrado entre las partes de  manera verbal”.   

6.5.          Al sustentar el recurso de apelación que  interpuso  contra  el  fallo  estimatorio  de  la  reivindicación  proferido en  primera  instancia,  el  apoderado  del  señor  Posada  Londoño, en síntesis,  expuso:   

a)           Cuando  la posesión de quien detenta un  bien  deriva  del hecho de haber celebrado con el propietario un contrato, no le  es  dable a éste “ejercer la acción reivindicatoria como acción principal y  autónoma».   

b)           Como  en  el  presente  proceso “está  plenamente  demostrado  (…),  que la posesión ejercida por la parte demandada  es  claramente  contractual  (…),  vale  decir,  tuvo  su origen en el negocio  efectuado  con  la  parte  demandante,  entendido  como  un  acuerdo  lícito de  voluntades  provenientes  de  personas  plenamente capaces, sobre objeto y causa  lícita[s]”,   la   acción   de   dominio  no  estaba  llamada  a  prosperar.   

c)           De  admitirse,  en gracia de discusión,  “que  el  juez  tuviera  razón al afirmar que el contrato de promesa ajustado  entre  las  partes  era  nulo,  de  nulidad absoluta, ello no constituía razón  suficiente   para  denegar  la  excepción  propuesta,  pues  tal  nulidad  debe  necesariamente  ser  declarada  por  el  juez y mientras ello no suceda tal acto  jurídico  resulta  vinculante  para  las partes”, pronunciamiento que en este  caso  particular  no  era viable, por no resultar aplicable el artículo 306 del  Código de Procedimiento Civil.   

d)           La  insatisfacción  de los presupuestos  consagrados  en  el artículo 1611 del Código Civil, reformado por el artículo  89  de la Ley 153 de 1887, no acarrea “la negación del vínculo jurídico que  ata  o  liga  a los contratantes, en desarrollo del cual se producen efectos que  no  es  dable  soslayar, tales como la entrega total o parcial del precio, o del  bien    materia    de   la   venta,   las   eventuales   restituciones   mutuas,  etc.”.   

e)           Está  “fehacientemente acreditado con  las  probanzas  allegadas  al  plenario, que la posesión del inmueble por parte  del  demandado  tenía  un  incontrovertible origen contractual, vale decir, fue  fruto  o  resultado de unas negociaciones y manifestaciones verbales de voluntad  negocial  llevadas  a  cabo  entre las partes, posesión contractual y fuente de  derechos  que  no  se desdibuja o evapora por no constar por escrito el contrato  de  promesa,  pues esta omisión en gracia de discusión afectaba exclusivamente  la  validez  del  negocio  jurídico,  pero  no  por  ello  desaparece del mundo  fenomenológico   un   situación   fáctica,   negocio  realidad,               que  debe  desatar    el    Juez    bajo    los    poderes   y   deberes   de   su   actuar  jurisdiccional”.   

f)           A  la luz de las normas mercantiles, que  consideró   aplicables,  en  particular,  del  artículo  861  del  Código  de  Comercio,  el  contrato de promesa de compraventa en cuestión es válido y, por  lo   tanto,  debió  “reconocerse  que  tal  vínculo  jurídico  impedía  la  prosperidad  de  la  acción  de  dominio  ejercida  y  dictarse  una  sentencia  desestimatoria  de las súplicas de la demanda”, pues ninguna de las sanciones  que  ese  ordenamiento  prevé en relación con los contratos, “se verifica en  el  caso  concreto  para  desconocer  los  efectos  jurídicos  del  acuerdo  de  voluntades entre las partes”.      

7.            Ninguna   duda  queda,  pues,  que  el  demandado,  señor  Diego  Mauricio  Posada  Londoño, al invocar el contrato de  promesa  de  compraventa  que  dijo haber celebrado verbalmente con la actora en  relación  con  el  inmueble  materia  de  la  controversia,  pretendió que tal  negocio  produjera  efectos  jurídicos  y que, como consecuencia de ello, en la  sentencia   con   la   que   se   dirimiera  el  pleito  se  negara  la  acción  reivindicatoria  reclamada  porque,  según  afirmó  reiteradamente,  la  parte  pasiva  llegó  a  la posesión del predio en virtud de un acto voluntario de su  antecesora,   tal   y   como,   en  definitiva,  lo  resolvió  el  ad   quem,  aspecto  este  del  fallo  de  segunda  instancia  que,  valga anotarlo, no es susceptible de ser analizado por  la  Corte  en desarrollo del recurso extraordinario de casación, pues quedó al  margen de toda censura.   

8.           No  sobra  advertir  que  la  actora, al  descorrer  el  traslado de la excepción meritoria denominada “[e]xistencia de  promesa  de  compraventa  entre  las  partes”, se opuso a su acogimiento, como  quiera  que  estimó que el negocio jurídico en que ella se fundó, no cumplía  los  requisitos  del artículo 1611 del Código Civil, en particular, el primero  – “[q]ue conste por escrito”- (fls. 158 y 159, cd. 1).   

9.           Significa lo anteriormente expuesto, que  en  el  presente  asunto  se satisfizo, con creces, el segundo de los requisitos  que  a  la  luz del artículo 2º de la Ley 50 de 1936 es necesario para que los  jueces  de  instancia, en la sentencia con la que resuelven el proceso, declaren  de  oficio la nulidad absoluta de un acto o contrato que se pretenda hacer valer  en   el   juicio,   lo  que,  además,  descarta  que  el  fallo  impugnado  sea  incongruente,  toda  vez  que  el Tribunal no desbordó la facultad –   deber   consagrada  en  el  citado  precepto     cuando,    motu    proprio,  adoptó  esa  determinación  respecto del contrato de promesa de  compraventa  que  estimó  se  había  convenido  entre  quienes conformaron los  extremos  del  presente litigio sin que se observara la forma solemne exigida en  el  ordenamiento,  lo  que,  en  su  concepto,  lo  hacía  absolutamente  nulo.   

10.          Simultáneamente, el análisis efectuado  por  la  Corte  desvirtúa que el ad quem hubiese  interpretado  erróneamente  la indicada norma, conclusión  que  frustra  la acusación contenida en la segunda parte del cargo segundo, que  igualmente está llamada al fracaso.   

11.          Es también colofón de lo analizado, que  no  obstante  ser  oficiosa  la  nulidad  absoluta  declarada  en  la  sentencia  cuestionada,  esa  sola circunstancia no traduce quebranto alguno del derecho de  defensa  del  demandado,  pues  es  lo  cierto  que,  conforme  las  actuaciones  procesales  que  se  dejaron relacionadas, la validez del contrato de promesa de  compraventa  aducido  por  el accionado fue materia del debate sostenido por las  partes, con respeto por sus garantías procesales.    

CARGO SEGUNDO  

(PRIMERA PARTE)  

1.          Como ya se registró, con fundamento en  la  causal  primera  de  casación,  el  censor acusó la sentencia del Tribunal  de    contener    una  interpretación  errónea  de  los artículos 1611 del  Código  Civil,  modificado por el artículo 89 de la  Ley   153   de   1887,  y  1742  ibídem,  subrogado  por el artículo 2º de la Ley 50 de 1936.   

2.          De entrada, el  impugnante    recordó  que el ad quem “estimó  que  el  contrato de promesa celebrado entre las partes  no  constaba por escrito y que tal vicio causaba su nulidad absoluta que, podía  y  debía,  ser  declarada  de  oficio”,  aserto que  sustentó  con  la reproducción de algunos apartes de  la sentencia de segunda instancia.   

3.              Luego      de      transcribir  las  normas  señaladas  al  inicio  del cargo, explicó que fue equivocada la hermenéutica que en relación  con  ellas  realizó  el Tribunal al considerar “que un contrato de promesa de  compraventa   de   inmueble  que  no  se  haya  hecho  constar  por  escrito  es  absolutamente   nulo”,   pues   la   falta  de  tal  requisito  lo  que conlleva  es     que     “no     está    acreditada    su  existencia”   y,   por  lo   mismo,  “mal   podría   declarar[se]   nulo  lo  que  es,  en  puridad,  inexistente”.   

4.          Trajo a colación diversos fallos de la  Corte   y   apoyado   en   ellos,   coligió  que  “conforme  a  la  reiterada  jurisprudencia  de  la  Sala  (…),  la exigencia de que el contrato de promesa  conste  por  escrito,  constituye requisito no solo ad  probationem     sino     también     ad  substantiam  actus,      por      lo      que     ‘…no      es     jurídicamente  posible declarar la nulidad  solicitada,  puesto que un contrato cuya existencia no  se  demuestra,  no  puede declararse nulo: solo lo que  existe  es  factible  de  ser destruido’ (Se subraya; LXXIV, pág. 671)”.   

5.           Puso  de  presente,  además,  que  la  sentencia  de  esta  Corporación  citada  por  el  Tribunal,  fechada  el 13 de  diciembre  de  1954,  “no  resulta aplicable al presente asunto, pues allí se  trabó  juicio  sobre un contrato de promesa que a pesar de constar por escrito,  no  había  señalado  plazo  o  condición  que  fijara la época en que debía  celebrarse  la venta, mientras que aquí, según el propio Tribunal, se trata de  un contrato de promesa que no se hizo constar por escrito”.   

CARGO TERCERO  

1.          Igualmente con estribo en el numeral 1º  del  artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, se reprochó al  ad quem la  aplicación        indebida        de  las mismas  normas  especificadas  en  los  cargos  anteriores,  debido  al  error  de  derecho en la apreciación de las pruebas, con violación  medio  de  los artículos 174 y 180 ídem.   

3.            Añadió  que  el ad  quem  “tuvo  por  demostrada  la  existencia  del  contrato  de  promesa de compraventa con base en los documentos  visibles  a  folios  63  a  66,  con  la  confesión  de la demandante y con los  testimonios  de  Ortiz, Ramírez y Restrepo (fls. 7 a 14; 15 y 16, 21 y 22 c. 3,  respectivamente)  y  al  hacerlo  cometió  el error de derecho denunciado, pues  violó  la  regla  probatoria  establecida  en  el  art.  89  de  la  ley 153 de  1887”.   

4.              Tras  insistir  en  que  la  exigencia  de  que  el  contrato  de  promesa  conste  por escrito constituye un  requisito     ad    probationem       y      ad     substantiam       actus,  el casacionista reiteró el error de  derecho  por  él  denunciado  y  puso  de  presente  que,  como  consecuencia  de        tal  anomalía,         fue         indebida   la   aplicación   que   el  sentenciador  de  segunda  instancia  hizo del artículo 1742 del Código Civil,  modificado por el artículo 2º de la Ley 50 de 1936.   

CONSIDERACIONES  

1.            Con  el propósito de resolver  las    acusaciones    primeramente    examinadas  por  la  Corte,  se  compendiaron,  en lo que  era  necesario,  las  actuaciones  procesales  del  demandado,  señor  Diego  Mauricio  Posada     Londoño.     De     ellas,   en   suma,  se  colige lo siguiente:   

1.1.           El citado accionado fue          quien,   en   el   presente   asunto,     invocó    la   existencia   del  contrato  de  promesa  de  compraventa  que  manifestó         haber         celebrado  con  la  actora, respecto  del  inmueble  objeto de la reivindicación por ésta  última             reclamada.   

1.2.                Con   base   precisamente     en    tal  negocio  jurídico,  él            afirmó  que  la     posesión     que    ejerce    sobre     el    bien    aquí     disputado    la      derivó     de dicho contrato.   

1.3.                   Con     ese       fundamento,  estimó  que      la      acción     de     dominio     intentada     en     su  contra, no estaba llamada  a prosperar.   

1.4.              Aseveró  que  la  circunstancia de que se hubiera          celebrado   verbalmente  el    señalado   contrato,   esto   es,   que   no   se       hiciera      constar por  escrito,  no  le  resta  validez, habida cuenta que en virtud de su realización  las    partes    ejecutaron    las    prestaciones  en  él  convenidas,  como  la  entrega del inmueble  prometido en venta y el pago del precio.   

1.5.                   Predicó,      además,      que  dicho  negocio  jurídico no está  afectado  de  nulidad  absoluta,  pues satisface las exigencias que en relación  con  la  promesa  de  contratar  contempla  el  Código  de Comercio, que era el  aplicable,   en   concreto,   su   artículo   861,  por  lo que ese acuerdo de voluntades es   existente   y  válido.   

2.              Debe  añadirse   ahora,  que  fue  el  propio  accionado  quien,  además, se  ocupó  de  allegar  medios de prueba para acreditar  la     mencionada  promesa  de compraventa, como quiera que él aportó  la  prueba  documental  y  solicitó  las  declaraciones de testigos    con    las    que   procuró   su  comprobación.   

3.                En  contraste    con    lo    anterior,    el    citado  accionado,    en   los   cargos   que   ahora   se  auscultan,               adoptó      una      postura          diferente a  la  que,  como  viene  de señalarse, asumió en las  instancias.   

En  efecto,  para decirlo en breve, en la primera parte del cargo  segundo,  sobre  la  base  de  que  el  contrato  de  promesa de compraventa que  celebró  con  la  accionante  no  se  hizo  constar  por  escrito,  afirmó  su  inexistencia   jurídica   y,  con  tal  fundamento,  reclamó  el  quiebre  en  casación  del  fallo del  Tribunal, en cuanto hace  a  la  declaratoria  oficiosa de nulidad absoluta que dicha autoridad pronunció  respecto  del  anotado  negocio jurídico.  Y en  el   cargo   tercero   denunció   la   comisión  por  parte  del  ad     quem     de     error     de  derecho,  consistente  en  que  en  tuvo  por  probado  el  indicado  contrato  preparatorio  con  la  prueba  documental,  la  confesión  de  la  actora y los  testimonios  recaudados,  cuando,  por tratarse de un negocio jurídico solemne,  la    acreditación  de  su  existencia  sólo  podía     hacerse     con     el     documento    que    lo    contuviera,  reproche que, como es lógico  entenderlo,  va  dirigido  a  enervar  también  la nulidad oficiosamente  reconocida  por el sentenciador  de  segunda  instancia.        

En resumen, las referidas acusaciones están  soportadas  en  la  inexistencia  jurídica  de  la  promesa  y  en  la falta de  demostración de dicho contrato.   

4.           Cotejados unos y otros planteamientos del  demandado,  se  concluye  que  los  que  soportan los cargos que ahora ocupan la  atención  de la Sala, contradicen abiertamente los que esa misma parte predicó  en  el  trámite  de  las instancias, pues mientras allá, para defenderse de la  reivindicación,  afirmó  tanto  la  existencia  como la comprobación, con los  elementos  de  juicio  que  por  iniciativa o petición suya se recaudaron en el  juicio,  del tantas veces mencionado contrato de promesa de compraventa, en sede  del  recurso  extraordinario  de casación, para obtener el derrumbamiento de la  nulidad  absoluta  que en relación con ese negocio jurídico declaró de oficio  el  Tribunal,  aseveró su inexistencia y señaló que los medios de convicción  militantes  en  el  litigio no servían para su demostración.      

5.           Siendo  ello así, como en efecto lo es,  forzoso  es  desde  ya señalar que ninguno de los argumentos en que se soportan  las  acusaciones  objeto  del presente examen son admisibles en casación por la  incoherencia  o  contradicción  que entrañan frente al comportamiento anterior  del  accionado,  y  que, por esa razón, independientemente de la postura que la  Sala  pueda  tener sobre la forma del contrato de promesa y las consecuencias de  su  inobservancia,  tales  censuras  no  están  llamadas  a  abrirse  paso, con  fundamento en los siguientes razonamientos.   

5.1.           Respecto  de  la  buena  fe,  principio  general  del  derecho,  hoy  de  rango  constitucional  (art. 83, C.P.), se debe  destacar,  entre  sus  distintas facetas y modalidades, la regla de conducta que  exige  de las personas un comportamiento ajustado a estándares o parámetros de  corrección,    lealtad    o     probidad   en   todas   sus   actuaciones,  particularmente, en aquellas con significación jurídica.   

Vista  de  esa  forma, la buena fe conduce,  aparejadamente,   a  que  en  cada  sujeto  surja  válidamente  la  expectativa  legítima  de  que  los  demás,  cuando   se   establecen  relaciones  interpersonales   con   relevancia  para  el  derecho,   van   a   proceder  en  forma  coherente  con sus conductas o comportamientos precedentes,  generándose  así  un  clima  de confianza y seguridad que, en buena medida, se  erige  en  uno de los pilares fundamentales de la vida en sociedad, toda vez que  sirve  a  la  convivencia pacífica y a la vigencia de un orden justo, que, como  lo   consagra  el  artículo  2º  de  la  Constitución  Política,  son  fines  esenciales del Estado social de derecho.   

Con   razón   la   Corte,   en  reciente  pronunciamiento,  expresó  que  “actuar de buena fe  impone  la  observancia  irrestricta  de  unas  reglas de proceder conforme a la  rectitud,   honestidad,  probidad”  y  que,  por  el  contrario,   “asumir  prácticas  distintas  a  lo  éticamente  establecido  en  un  momento  y  lugar  determinado  por cada grupo  social,  es  desconocer  tal  principio”  (Cas. Civ.,  sentencia     de     24     de     enero     de     2011,     expediente     No.  11001-3103-025-2001-00457-01).   

5.2.          Precisamente, con fundamento en el marco  antes  descrito,  se  ha  desarrollado  una  regla  jurídica  de singular   importancia  en  la  actualidad para efectos de evaluar el comportamiento humano  con  trascendencia jurídica, que se conoce en el derecho contemporáneo como la  “doctrina  de  los  actos  propios” -venire contra  factum  proprium  non  valet  manifestaban los juristas  del  medioevo-, conforme a la  cual,  en  líneas  generales, en virtud de la buena fe objetiva existe el deber  de  comportarse  en  forma  coherente,  de  tal  manera que una persona no puede  contradecir  injustificadamente  sus conductas anteriores relevantes y eficaces,  particularmente  cuando  con  ellas  se haya generado una confianza razonable en  los  otros  en el sentido de que dicho comportamiento se mantendrá –expectativa  legítima-,  deber  cuyo  incumplimiento  o  desatención  puede  dar  origen  a  consecuencias de diversa  naturaleza,  tales  como  la  inadmisibilidad  o  rechazo  de  la  pretensión o  excepción  que tenga como fundamento el comportamiento contradictorio, o, en su  caso,  la  reparación  de  los  daños  causados  por  la infracción del deber  jurídico  en  esos  términos  asumido  y  por la vulneración de los intereses  legítimos de aquel cuya confianza se vio defraudada.   

Esta  Corporación, sobre el particular, en  reciente fallo, expresó:   

“Ahora,  referir  a  la doctrina de los  actos  propios, es reclamar la exigencia de un comportamiento coherente; de ahí  que,  la  concreción  de  una  u otra conducta, según su extensión y efectos,  vista  en  retrospectiva,  permite  precisar  si  lo cumplido estaba en la misma  línea  de lo que, otrora, se ejecutó. Realizado este ejercicio, si lo acaecido  no  correspondió  a lo que en el pasado inmediato tuvo lugar; si no hay puentes  comunicantes  entre  una  y  otra  conducta  que  le  mantengan  en  su esencia,  significa  que  el  acto  propio no fue respetado y, contrariamente, el proceder  desplegado  contradijo  su inmediato antecedente, esto es, vulneró el principio  analizado.   

“…  

“Las  reseñas  verificadas, con todo y  las  variables  incorporadas  en  cada  región  o normatividad, respecto de las  cuales   no   entra   la   Corte   a   establecer   categorizaciones  o  ligeras  generalizaciones,  ponen de presente la teoría de los actos propios o “venire  contra  factum  proprium  non  valet”,  que  en  definitiva conclusión, puede  anunciarse  que  es  la  coherencia  exigida  en  el  comportamiento  de las personas, de tal forma que lo realizado en el pasado, que  ha  servido, a su vez, como determinante o referente del proceder de otras o que  ha  alimentado,  objetivamente, ciertas expectativas, no pueden ser contrariadas  de  manera sorpresiva, caprichosa o arbitraria, si con ello trasciende la esfera  personal  y  genera  perjuicio  a  los  demás.    

“…  

“Empero, cumple resaltar que el objetivo  último,  no  es,  en  verdad,  salvar  la  contradicción del acto o impedir la  incoherencia  de un determinado comportamiento; el fin, esencial, por lo demás,  es  evitar  que  con  ese cambio de actitud, con esa rectificación se  genere  un  perjuicio  a  quien  despertó  alguna expectativa  válida  por  la conducta desplegada anteriormente, es, en otras palabras, dejar  incólume     la    confianza    fundada    en    ese    antecedente.   

“Bajo   tales  parámetros,  oportuno  resulta  asentar que si bien jurisprudencia y la doctrina no son concordantes en  cuanto  a  los requisitos establecidos para considerar si, en estrictez, procede  la  teoría  de  los  actos  propios,  la  mayoría  converge  en  señalar  los  siguientes  como  tales: i) una conducta relevante que genere en la otra persona  un   grado   de   confianza   legítima   sobre  la   realización   o  concreción,  en  el futuro, de unas consecuencias en particular; ii)  que,  con   posterioridad,   emerja   otra  conducta  (quizás  una  pretensión)  que  contradiga  con  evidente  y  objetiva incoherencia, los antecedentes plantados;  iii)  que  la  nueva situación presentada tenga trascendencia en lo jurídico y  la  virtualidad para afectar lo existente;  y, iv) que haya identidad entre  quienes   resultaron   involucrados   en   uno  y  otro  episodio”  (Cas.  Civ.,  sentencia  de  24 de enero de 2001, expediente No.  11001  3103 025 2001 00457 01; se subraya).   

5.3.          En  el  plano  del  derecho procesal, la  buena  fe  es igualmente un principio orientador de la conducta que deben asumir  tanto  quienes  integran  los  extremos  del  litigio,  según  lo  consagra  el  artículo  71  del Código de Procedimiento Civil, al prever que es deber de las  partes  y  sus  apoderados  “[p]roceder  con  lealtad  y buena fe en todos sus  actos”  (numeral  1º), como la propia administración de justicia, tal y como  puede inferirse, entre otros, del artículo 37 de esa misma obra.   

Ese deber impera por igual en las relaciones  de  las  partes  entre  sí,  de  ellas  para  con  el  juez y de éste para con  aquellas.  Todos  en sus actuaciones deben comportarse en forma correcta y leal,  y,  por  ende,  observar una línea de conducta que, sin desconocer las diversas  posiciones  que ocupan en el proceso, se ciña al referido principio y que esté  caracterizada  por la coherencia, lo que descarta de plano la posibilidad de que  en  un  momento  dado,  sin existir justificación, desarrollen actuaciones que,  pese  a  ser  lícitas,  en sí mismas consideradas, contradigan la conducta que  con   anterioridad  observaron,  socavando  así  la  posición  que  los  otros  intervinientes  en el proceso asumieron con fundamento en la razonable confianza  que les suscitaba la continuidad de aquel comportamiento.   

No  se  trata,  pues,  de  restringir a las  partes  el  ejercicio  del derecho de acción o de defensa, o de limitar al juez  en  el  cumplimiento  de  sus  funciones, sino de impedir que los actos que, por  incoherentes  o inconsistentes, van en contravía de la buena fe y vulneran, por  tanto,  la  confianza adquirida por los demás sujetos procesales, tengan cabida  en las controversias judiciales.   

Es  así como la Corte, en relación con la  valoración  de un documento aportado en copia informal, que el Tribunal invocó  como  fundamento  de  su fallo, estimó que no era dable a la misma parte que lo  allegó   “sin  protesta  u  objeción  de  ninguna  especie”, reprochar en casación que dicho documento  estaba   desprovisto   de   poder   de   convicción,  por  cuanto  “ese  comportamiento inicial, en cuanto concluyente e inequívoco  en  poner de manifestó una aquiescencia tácita respecto del valor demostrativo  integral  de  determinado  medio probatorio a pesar del vicio existente, excluye  la  posibilidad  de  que  aquél,  cambiando  su  posición  y  contrariando  en  consecuencia  sus  propios  actos  anteriores  en  los que otros, particulares y  autoridades,  fundaron  su  confianza,  pretenda  obtener  ventaja  reclamado la  descalificación   de   dicho  medio  por  estimarlo  inadmisible”,  caso  en el cual consideró necesario armonizar la previsiones de  las    normas    probatorias   disciplinantes   de   la   materia   “con  caracterizadas  exigencias  de  buena  fe,  en especial con  aquella  que  rechaza  las conductas contradictorias y obliga a quien en actitud  de  esa  estirpe  incurre,  a  responder  por  las consecuencias de la confianza  suscitada,  propósito  este  de suyo laudable que puede alcanzarse en la medida  en  que  se  distinga  el documento producido, de un lado, y del otro el acto de  producirlo  en  función  probatoria  lo  que,  por sabido se tiene, le está de  ordinario  reservado  a  las  partes,  entendiendo  entonces  que no se trata de  otorgar  al  primero  una calidad que la ley le niega, cosa que evidentemente no  es  factible  hacer  con  sólo  valerse del postulado en cuestión, sino que se  trata  de  imprimirle seriedad y estabilidad al segundo, impidiendo el ejercicio  posterior  de  facultades  procesales  que,  sin  embargo  de  ser legítimas en  abstracto,  lo  contradicen  y  por  ende  deben  ser paralizadas”  (Cas.  Civ.,  sentencia  de  27  de  marzo de 1998, expediente No.  4943).   

Aunque  con  alcances  diversos,  el  comentado  postulado  ha  sido aplicado por esta Sala de la Corte  Suprema  de  Justicia,  entre  otras,  en  sentencias  de  9  de  agosto de 2007  (expediente  No. 08001 31 03 004 2000 00254 01), 24 de enero de 2011 (expediente  No.  11001-3103-025-2001-00457-01)  y  22  de  junio  de  2011  (expediente  No.  11001-3103-010-2000-00155-01.   

6.           Retornando al caso traído al escrutinio  de  la  Corte,  se  colige  que  si  fue  el  propio demandado quien, como ya se  explicó,  adujo  y  se  ocupó  de  la  labor  de  obtener la comprobación del  contrato  de promesa de compraventa que manifestó haber celebrado con la actora  respecto  del inmueble objeto de la litis, negocio jurídico en relación con el  que  predicó  su  existencia  y  validez,  todo  con  miras  a conseguir que se  desestimara  la  acción reivindicatoria propuesta en el escrito inaugural de la  controversia,  habida  cuenta  que  manifestó  que fue como consecuencia de esa  convención  que  él  entró  a poseer el bien disputado, es inadmisible que en  los  cargos  que  se  auscultan sostenga su inexistencia jurídica y su indebida  comprobación,  pues se trata de un cambio de postura que apunta a desvirtuar la  nulidad  absoluta  que  respecto  de ese contrato declaró de manera oficiosa el  Tribunal,   decisión   ésta  que,  adicionalmente,  no  puede  catalogarse  de  sorpresiva  para  dicho  extremo  litigioso,  como  quiera que él dilucidó tal  temática  con  amplitud  en  el  alegato con el que sustentó la apelación que  interpuso  contra  el  fallo  de  primera  instancia, de lo que se sigue que esa  determinación no vulneró su derecho a la defensa.   

7.           Es  ostensible, por lo tanto, el fracaso  de las acusaciones que se dejan analizadas.   

CARGO CUARTO  

1.           Con sustento en el primero de los motivos  que  autorizan  el  recurso  extraordinario de casación, se acusó la sentencia  del  Tribunal  de interpretar erróneamente el artículo 1746 del Código Civil,  desvío  que  acarreó la falta de aplicación del artículo 964, inciso 3º, de  la misma obra.   

2.           El  yerro  hermenéutico  denunciado  lo  sustentó   el   casacionista   en  que  el  ad  quem  “hizo  una  distinción que no consagra el precepto,  según  que  la  nulidad  del  contrato  que  se  disponga en la correspondiente  sentencia  sea  consecuencia  de  una  demanda  judicial,  o  resultado  de  una  declaración  oficiosa  del  juez  o tribunal, pues en este último caso, según  sus  propias  palabras, ‘su  notificación    en    sí   misma   no   puede   servir   de   hito   para   la  prestaciones’”.   

3.           Explicó el censor que el artículo 1746  del  Código  Civil  no  distingue,  para  efectos  de  definir las prestaciones  mutuas,  que  la nulidad declarada tenga origen en la iniciativa de las partes o  del  juez,  pues  en  uno  y  otro  caso  ellas  “tienen   derecho  a ser  restituidas  al mismo estado en que se hallarían si no hubiese existido el acto  o  contrato  nulo,  tomándose en consideración la posesión de buena o mala fe  (…),  según  las  reglas  generales  que  sobre  la materia prevé el Código  Civil”,  planteamiento  que  sustentó  con apoyo en la jurisprudencia de esta  corporación.   

4.           En  consonancia con lo anterior, trajo a  colación  el  inciso  3º  del artículo 964 del Código Civil, que reza: “El  poseedor  de  buena fe no es obligado a la restitución de los frutos percibidos  antes  de  la  contestación de la demanda; en cuanto a los percibidos después,  está sujeto a las reglas de los dos incisos anteriores”.   

5.           Puso de presente que el Tribunal señaló  que    el   demandado   “era   un   poseedor   de   buena   fe,   ‘pues ya se ha establecido que ingresó  al    inmueble    en   virtud   de   la   promesa   declarada   nula’”  y  advirtió  que  “si  ello es  así,  como en efecto lo es, no se encuentra obligado a la restitución de [los]  frutos  percibidos  antes de la contestación de la demanda”, sea que se tenga  en  cuenta  la  fecha en que esta actuación se cumplió (13 de enero de 2009) o  aquella  en que se le notificó el auto admisorio de la demanda (26 de noviembre  de 2008).   

CONSIDERACIONES  

1.           Como  se  aprecia,  la inconformidad del  recurrente  se  reduce  al  momento del que partió el Tribunal para cuantificar  los  frutos  cuya  restitución ordenó al demandado, que corresponde a la fecha  en  la que éste entró a poseer el inmueble disputado -julio de 2005-, hito que  con  la  censura  se pretende variar hacia adelante, hasta la fecha en la que se  dio  contestación al escrito introductorio -13 de enero de 2009- o a aquella en  la  que  se  surtió el enteramiento personal al accionado del auto admisorio de  la demanda, diligencia que tuvo lugar el 26 de noviembre de 2008.   

Por consiguiente, a ello circunscribirá la  Sala su estudio.   

2.            Por  mandato  del  artículo  1746  del  Código  Civil,  “[l]a nulidad pronunciada en sentencia que tiene la fuerza de  cosa  juzgada,  da  a las partes derecho para ser restituidas al mismo estado en  que  se hallarían si no hubiese existido el acto o contrato nulo; sin perjuicio  de  lo  prevenido  sobre el objeto o causa ilícita. (…). En las restituciones  mutuas  que hayan de hacerse los contratantes en virtud de este pronunciamiento,  será  cada  cual  responsable de la pérdida de las especies o de su deterioro,  de  los  intereses  y  frutos,  y del abono de las mejoras necesarias, útiles o  voluntarias,  tomándose en consideración  los  casos  fortuitos,  y la posesión de  buena  o  mala  fe  de  las  partes;  todo ello según  las  reglas  generales y sin  perjuicio    de    lo    dispuesto    en    el    siguiente   artículo”   (se  subraya).   

Como   la   ha   interpretado  la  Corte,  “las  prestaciones  recíprocas  a  que da lugar la  declaración  judicial de nulidad de un acuerdo de voluntades, reglamentadas por  el  artículo  1746 del Código Civil, dentro de las cuales están, ‘además  de  la  devolución  de  las  cosas  dadas con ocasión del contrato invalidado…, sus intereses y frutos, el  valor  de  los  gastos  y mejoras que se hubieren realizado en ellas’  (sentencia  020 de 24 de febrero de  2003,   exp.#6610),  ‘se  rigen  por las mismas reglas generales de las prestaciones mutuas consignadas en  el  Capítulo  4º  del  Título  12 del Libro 2º del Código Civil’   (G.   J.,   t.   CCXXXIV,   pág.  886)”  (Cas. Civ., sentencia de 21 de junio de 2007,  expediente  No.  7892;  se  subraya), esto es, en los artículos 961 a 971 de la  citaba obra.   

“El  poseedor  de  mala  fe es obligado a  restituir  los  frutos  naturales  y  civiles  de  la  cosa,  y no solamente los  percibidos   sino  los  que  el  dueño  hubiera  podido  percibir  con  mediana  inteligencia y actividad, teniendo la cosa en su poder.   

“Si  no  existen  los  frutos, deberá el  valor   que   tenían  o  hubieran  tenido  al  tiempo  de  la  percepción;  se  considerarán   como   no   existentes  los  que  se  hayan  deteriorado  en  su  poder.   

“El poseedor de  buena  fe  no  es  obligado a la restitución de los  frutos   percibidos   antes   de  la  contestación  de  la  demanda;  en  cuanto  a  los  percibidos  después,  estará sujeto a las  reglas de los dos incisos anteriores.   

“En  toda  restitución  de  frutos  se  abonarán   al  que  la  hace  los  gastos  ordinarios  que  haya  invertido  en  producirlos” (subrayas y negrillas fuera del texto).   

4.            Resulta cierto, como se infiere  del  contenido  de  los  señalados  preceptos,  que  en  ellos el legislador no  incluyó   como   factor   que  se  debe  tener  en  cuenta para la concreción de las prestaciones mutuas  de  que allí se trata, si  la     nulidad     declarada    lo    fue   a   solicitud  de  parte  o  por  declaración  oficiosa del  juez,   y   que,  por  el  contrario,  lo  que  ambas  normas contemplan como  parámetro para el efecto  es la buena o mala fe del  poseedor.   

5.            Sobre  ese  particular,  la  Sala,  en  relación  con  el  artículo  964  del  Código  Civil,  ha observado que dicha  norma   “establece  una  excepción  a  la  regla  general desarrollada en el artículo 716 ibídem,  pues  hace  dueño  al  poseedor  de buena fe de los  frutos  que  haya  percibido  con  anterioridad  al  enteramiento de la demanda,  momento  hasta  el  cual puede atribuírsele dicha condición -la de poseedor de  buena  fe-, pues a partir de allí, en el supuesto de ser vencido en el proceso,  se  le dará el mismo tratamiento establecido para el poseedor de mala fe y, por  lo  mismo,  estará obligado a la restitución de la totalidad de los frutos que  perciba”  (Cas.  Civ.,  sentencia     de     16     de    septiembre    de    2011,    expediente    No.  19001-3103-003-2005-00058-01;  se  subraya). No sobra  destacar  que esta posición de la jurisprudencia que  ha  sido  constante  desde  hace  varios  lustros, al precisarse en su    momento    que    “[c]uando   los   arts.  964  y 966 del C.C. hablan de contestación de la demanda, no se  refieren  al  hecho  material de la respuesta del demandado al libelo con que se  inicia  el  juicio,  sino  al  fenómeno  de  la  litis  contestatio, o sea a la  formación  del  vínculo jurídico-procesal que nace con la notificación de la  demanda”  (Cas.  Civ.  3 de junio de 1954, LXXVII,  pág. 772).   

6.            Es  patente, entonces, que el  Tribunal  erró  en  la  interpretación  del  artículo  1746 del Código Civil  y   que,  como     consecuencia     de     tal  yerro,   no   hizo   actuar   el   artículo      964      ibídem,  pues  de  no  haber cometido  tales  desatinos,  habría  colegido  que el aquí demandado, al ser poseedor de  buena  fe,  como  esa  misma  Corporación  lo  calificó  en  su  propio fallo,  apreciación  fáctica que al no estar comprendida en la acusación no puede ser  revisada  por  la  Corte,  estaba  obligado  a  restituir únicamente los frutos  percibidos  con  posterioridad  a  la  notificación  del  auto  admisorio de la  demanda,    porque    sólo    a    partir    de   este   momento   quedaba  sometido  al  régimen que para los poseedores de mala fe  prevé el segundo de tales preceptos.   

7.           En suma,  el  cargo  está  llamado  a  prosperar  y,  en  tal  virtud, habrá de casarse la sentencia del Tribunal,  empero  solamente  para  modificar, en el fallo de reemplazo, la condena que por  concepto  de  frutos  se  impuso al demandado.   

SENTENCIA SUSTITUTIVA  

1.            Por  los restringidos alcances  avizorados  en torno de la  acusación     que     resulto    próspera    en  casación,   la   Corte  limitará   su   actividad   en   sede   de   segunda   instancia   a  concretar el valor de los frutos que  el  demandado debe restituir a la actora,   teniendo  en  cuenta  que  habrá de partirse para ello de la  fecha   en  la  que  se  notificó  al  señor   Posada   Londoño   el  auto  admisorio  de  la  demanda, esto es, el 26  de  noviembre  de 2008, empero sin alterar ninguna otra de las  bases  que  aplicó el Tribunal para su cálculo  y  que  describió  de  la siguiente manera: “(…) se  tomará  como  tope  para  el señalamiento de los frutos el 1% mensual sobre el  valor  comercial  del  bien, que no es otro que el confesado y respaldado por el  demandado,  sin  contra-evidencia  de la demandante, en $380.000.000”,  renta  que  se reajustará “cada 12 meses conforme al 100%  del  incremento  de  precios  al consumidor en el año calendario inmediatamente  anterior (…)”.   

2.              Teniendo  en  cuenta  tales  fundamentos, se establece  que  para  el  período comprendido entre el 1º de agosto de 2008 y el 31 de  julio   de   2009,  el  ad  quem  tomó       una       renta       mensual      de      $4.399.659.oo;  y  que  para  el período comprendido entre el 1º de agosto de  2009  y  el  31  de  julio  de 2010 el canon que utilizó ascendió a la suma de  $4.737.112.oo.   

3.            Así  las  cosas, tomando como  punto  de partida el 26 de noviembre de 2008, se determina, en primer lugar, que  el   tiempo   que   transcurrió   desde   entonces  hasta   el   31   de   julio   de  2009, fue de 8 meses y 5 días; y, en segundo término, que aplicada  la   renta   mensual   de   $4.399.659.oo,   para   este  período  los     frutos     totalizaron    la    suma    de    $35.930.548.50.   

En consecuencia, suman los frutos causados  desde  el  26  de  noviembre  de  2008  hasta el 31 de julio de 2010 la cantidad de $92.775.892.50.   

4.            Corolario  de lo expresado, es  que  la  Corte reproducirá las determinaciones adoptadas por el Tribunal, salvo  la  tocante  con la condena que por concepto de frutos impuso al demandado en el  punto  quinto de las resoluciones de su fallo, que se modificará en cuanto hace  al valor de la misma y al período de su causación.   

          

DECISIÓN   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  en Sala de Casación Civil, actuando en nombre de la República y  por   autoridad   de   la   ley,   CASA  PARCIALMENTE  la  sentencia que el 13 de agosto de 2010 profirió el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Cundinamarca, Sala Civil – Familia,  en  este  proceso  ordinario,  plenamente  identificado  al  inicio del presente  proveído,     y     actuando     en    sede    de    instancia,    RESUELVE:   

“Primero:           Revocar  la sentencia de fecha y  procedencia  anotadas” [18 de diciembre de 2009, del Juzgado Primero Civil del  Circuito de Girardot].   

“Segundo:           Declarar  probada  la excepción  denominada  ‘existencia de  promesa       de       compraventa       entre       las      partes’   y   en  consecuencia  denegar  las  pretensiones”.   

“Tercero:           Declarar oficiosamente la nulidad  de  la  promesa  de compraventa no escrita pactada entre las partes respecto del  inmueble  con  folio de matrícula inmobiliaria núm. 307-38289 por virtud de la  cual  Yaneth  Consuelo  Avellaneda  Delgado  entregó  la  posesión del mismo y  recibió              $210’000.000”.   

“Cuarto:           Declarar probada la objeción por  error  grave al dictamen pericial inicial, en cuanto concierne a la tasación de  frutos del inmueble, dejando vigente lo relativo a mejoras”.   

“Quinto:           Condenar al demandado a restituir  a  la demandante el inmueble objeto del proceso y a abonarle a título de frutos  entre”  el  26  de noviembre de 2008 “y el 31 de julio de 2010 la suma de”  NOVENTA  Y  DOS  MILLONES  SETECIENTOS SETENTA Y CINCO MIL OCHOCIENTOS NOVENTA Y  DOS  PESOS  CON  CINCUENTA CENTAVOS ($92.775.892.50) MONEDA CORRIENTE, “dentro  de los 10 días siguientes a la ejecutoria de esta providencia”.   

“Sexto:            Condenar a la demandada a abonar  al    demandante   a   título   de   mejoras   la   suma   de   $32’000.000,  dentro del mismo término de  10 días”.   

“Séptimo:           Ordenar a la demandante restituir  al  demandado  las sumas de $5.000.000, $195.000.000 y $10.000.000 indexadas con  el  ipc  desde  el 9 de agosto de 2005, el 1º de enero de 2007 y el 24 de junio  de  2008,  respectivamente,  hasta (…) su pago, dentro del mismo término de 6  (sic) días”.   

“Sin      costas      por      lo  advertido”.   

No  hay lugar a la imposición de costas en  casación, por la prosperidad del recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  cúmplase  y,  en  oportunidad,   devuélvase  el  expediente  al  Tribunal  de  origen.   

MARGARITA CABELLO BLANCO  

RUTH MARINA DÍAZ RUEDA  

FERNANDO GIRALDO GUTIÉRREZ  

ARIEL SALAZAR RAMÍREZ  

ARTURO SOLARTE RODRÍGUEZ  

JESÚS VALL DE RUTÉN RUIZ    

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